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miércoles, 18 de marzo de 2015

VOLVER AL ABSURDO... DESDE EL ABSURDO

EL PAÍS, Madrid, 15 de marzo de 2015
LA CUARTA PÁGINA »
Volver a Buñuel
Fue un hombre absoluta y admirablemente libre. Un perfecto anarquista baturro. Basta con mirar a Hollywood para constatar que es hoy uno de los motores esenciales del vigoroso cine latinoamericano

Enrique Vila-Matas 

En un cuento de Maupassant hay una frase que a Ford Madox Ford y a Joseph Conrad les encantaba: “Era un caballero con patillas rojas que siempre pasaba el primero por una puerta”. Ford decía: “Ese caballero está tan bien conseguido que no necesitamos saber nada más de él para comprender cómo actúa. Ya está hechoy podemos ponerlo a trabajar de inmediato”.
Hay quien dice que en una novela o en un relato se necesitan muy pocas pinceladas para hacer que un retrato cobre vida. “Era una de esas mujeres que no acaban de cerrar nunca del todo los grifos”. He aquí una greguería de Gómez de la Serna que seguramente podría poner a un personaje en marcha. Hay narradores que realizan un profundo y completo estudio psicológico de alguien, pero a veces sólo consiguen que su héroe, perfectamente bien construido, esté tan vivo y sea tan memorable como otro que en un cuento de segunda fila tiene una aparición fugacísima, pero está igual de bien construido y queda también en nuestra memoria.
Sin duda lo más memorable y más citado de Mi último suspiro —libro de conversaciones de Carrière con Buñuel, libro prodigioso que a muchos nos intriga que a lo largo del tiempo no haya sido leído y celebrado mucho más— es aquella declaración última del cineasta en la que dice que, pese a su odio a la información, le gustaría poder levantarse de entre los muertos cada diez años, llegarse hasta un quiosco y comprar la prensa: “No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba”.
Este pasaje es el más citado, pero del libro también es memorable, por ejemplo, la aparición fugaz de ese poeta extraño y magnífico que fue Pedro Garfias; un hombre que, después de nuestra Guerra Civil, tuvo que exiliarse a México y que, según Buñuel, era capaz de pasarse 15 días buscando un adjetivo. Cuando lo veía, Buñuel le preguntaba si había encontrado ya el adjetivo.
—No; sigo buscando— contestaba, alejándose pensativo.
Con cuatro palabras, basándose en la angustia de esa búsqueda metafísica, Buñuel lograba que en Garfias la tragedia del exilio cobrara vida.
Juan Marsé logra algo parecido —en cuanto a síntesis descriptiva— en su breve relato del único día en que vio y saludó a Buñuel. El episodio lo recoge Mientras llega la felicidad,
la biografía de Marsé que ha escrito Josep María Cuenca: en el París de 1973, días antes de continuar viaje hacia a México donde acababan de editar Si te dicen que caí, Marsé, que tenía una gran admiración por Buñuel, fue a un cine del Quartier Latin a ver El discreto encanto de la burguesía. Unos días después, ya en México, le llevaron al pase de un documental a la mayor gloria del pintor mexicano Alberto Gironella. Y allí estaba Buñuel, al que Marsé, antes de la proyección del filme, le dijo que en París acababa de ver El discreto encanto… Buñuel se mostró vivamente interesado por el asunto, pero especialmente interesado en saber si había mucha gente viendo la película. “Sí, pero ya sabe cómo son esos cines pequeños del Quartier Latin”, le dijo Marsé. Y Buñuel insistió: “Sí, sí, ¿pero estaba lleno?”. Poco después, ya en la salita de proyección, mientras pasaban el insufrible documental, cuenta Marsé que Buñuel estaba sentado delante de él y que a los pocos minutos de empezar la película se levantó y dijo: “¡Pero cómo me duele la barriga! Me duele mucho la barriga”. Y se fue. Como el rayo. Y Marsé pensó: “Este tío es un sabio. Fantástico”. Nunca más lo volvió a ver.
“Sí, sí, ¿pero estaba lleno?”. De algo aparentemente lateral, Buñuel podía sacar oro. Porque para mí no hay ahí en esa pregunta sólo un saludable afán de llenar una sala (al fin y al cabo, el cine ha de atraer la atención del máximo público posible; la sala vacía, el camino contrario, tendrá su prestigio, pero es ridículo y frustrante), sino también la idea de quebrar la monotonía que puede haber en un saludo y sus convenciones y, sobre todo la idea de tirar de un inesperado hilo, del primero que uno encuentra, y con esa obsesión, que puede empezar pareciendo fuera de lugar y lateral, acabar llegando muy lejos, incluso a llenar las salas del mundo entero.
En Mi último suspiro esa forma de tirar del hilo menos pensado es continua. Una gran fiesta. Y ahora una pregunta: ¿se nota que, imitando a la Orden de Toledo que fundara Buñuel, he creado recientemente una orden, cuyo máximo objetivo en la Tierra es lograr que, aun no siendo una novedad, se llenen de nuevo las librerías de todo el mundo con ejemplares de Mi último suspiro?
Bueno, respiro, y sigo. En el libro no hay lugar para el tedio porque un finísimo hilo lo está quebrando siempre. Habla Buñuel, por ejemplo, del pedantismo de las jergas literarias, fenómeno típicamente parisiense que causa estragos, cuando se acuerda del joven intelectual mexicano que conoció en una escuela de cine de D. F. y de quien, al preguntarle qué enseñaba, recibió esta respuesta:
—La semiología de la imagen clónica.
Lo hubiera matado, dice Buñuel.
Y a continuación —tirando del hilo del crimen— da otro salto en la conversación y añade a bote pronto lo siguiente: detesta a muerte a Steinbeck. Le habría matado, dice, a causa de un artículo en el que contaba —seriamente— que había visto a un niño francés pasar ante el palacio del Elíseo con una barra de pan en la mano y presentar armas con ella a los centinelas: “Steinbeck encontraba este gesto conmovedor. Pero, ¿cómo se puede tener tan poca vergüenza? Steinbeck no sería nada sin los cañones americanos. Y meto en el mismo saco a Dos Passos y Hemingway. ¿Quién les leería si hubiesen nacido en Paraguay o en Turquía? Es el poderío de un país lo que decide sobre los grandes escritores…”.

Ahí está ya el Buñuel de la segunda parte del retrato de Marsé, el hombre absoluta y admirablemente libre. El mismo que huye con dolor de barriga de una salita de cine. Un perfecto anarquista baturro. El mismo hombre libre que nos narra en Mi último suspiro su última aventura en Hollywood: habiendo sido nominado para los Oscar, le visitaron cuatro periodistas mexicanos amigos y le preguntaron si creía que ganaría. Estoy convencido, les dijo, ya he pagado los veinticinco mil dólares que me han pedido, y los norteamericanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra.
Cuatro días después, los periódicos mexicanos anunciaban que había comprado el Oscar por veinticinco mil dólares. Escándalo en Los Ángeles. El productor Silberman no podía estar más molesto con Buñuel. Pero tres semanas después la película obtenía el Oscar, lo que le permitió insistir en su idea:
—Los americanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra.
Lean o simplemente regresen a Mi último suspiro ahora que lo he comprado por veinticinco mil dólares, ahora que es evidente la incidencia cada vez más acusada de Buñuel en el cine actual, pues basta con mirar a Hollywood y hacia el oscarizado Alejandro González Iñárritu, su discípulo aventajado, o bien constatar cómo Buñuel es hoy uno de los motores esenciales del vigoroso cine latinoamericano de este siglo, o bien recordar su influencia en el curioso Magical Girl,
de Carlos Vermut, o escucharle decir al coreano Bong Joon-ho a la entrada de un cementerio: “Buñuel, por favor, no hay otro como él”.
De ese cementerio debe de estar escapándose ahora Buñuel para llegarse hasta un quiosco y comprar la prensa y leer que el relanzamiento de Mi último suspiro llena salas enteras del Quartier Latin de París.
(*) Enrique Vila-Matas es escritor. Su último libro es Kassel no invita a la lógica (Seix Barral).

Ilustración: Eduardo Estrada.

jueves, 4 de diciembre de 2014

SELF-FIARSE

EL PAÍS, 25 de noviembre de 2014
CAFÉ PEREC
Es sólo una selfie, cariño
Enrique Vila-Matas 

¿Qué hay en una selfie? Seguramente, un gesto de autoafirmación por parte de quien se autocaptura. Pero no siempre fue así. Para comprobarlo basta acercarse estos días en París a la Galerie de France (54 rue de la Verrerie), a una exposición de autofotografías del escritor polaco Stanislaw Ignacy Witkiewicz (1885-1939). Allí están, en Visages photographiés de près,las imágenes ya casi legendarias que se tomara a sí mismo Witkiewicz acercando muchísimo la cámara a su propio rostro, o bien acercándola al de alguno de sus amigos, como Artur Rubinstein, convencido el escritor como estaba de que la cámara le permitiría entrar, sin ninguna interferencia, en las profundidades del inconsciente.
Witkiewicz —algunos recordarán su imponente novela Insaciabilidad, recién reeditada en Círculo de Escritores— se sentía fascinado y obsesionado por la identidad cambiante de la cara humana. En sus pioneras selfies se le ve hipnotizado por su propio poder psíquico. Y no es para menos, porque, al perderse la última fuente de luz, los sucesivos rostros de Witkiewicz se convierten todos en tremebundas muecas.
En los últimos tiempos, como si fuera ya una oscura fatalidad inherente a las propias selfies, hemos sabido de personas accidentadas cuando posaban para ellas mismas. Tras tan absurda sucesión de muertes por selfie, se llegó a comentar si no sería que el peligro venía de la cámara misma, de la pavorosa mueca que en el último segundo veían los damnificados.
Witkiewicz se sentía fascinado y obsesionado por la identidad cambiante de la cara
¿Somos un peligro para nosotros mismos, o es sólo una selfie, cariño?
Me viene a la memoria George Sand entrando en un salón de París y quedándose horrorizada al ver que los aristócratas que se habían salvado de la guillotina gesticulaban y se ofrecían pastelitos como siempre, entre las más pavorosas muecas, “envejeciendo allí mismo”. La escalofriante escena influyó en Proust, y es el tipo de episodio que en la actualidad podemos ver a diario en la televisión: esas muecas de nuestros distinguidos gobernantes siempre en los pasillos del Congreso pasándose pastelitos. Sorprende, por ejemplo, ver cómo ninguno de ellos ha entendido que han de reaccionar en serio y actuar de verdad contra la corrupción. Esa incomprensible inmovilidad y proliferación, en cambio, de muecas trasnochadas y de réplicas parlamentarias mil veces repetidas sólo consiguen que les veamos envejecer en directo, ahí en sus salones.
Su extraña conducta me recuerda que Witkiewicz organizó en los años treinta en el pasillo de su casa de Varsovia “duelos de muecas”. Era frecuente ver allí a dos personas frente a frente, arrodilladas, en combate hasta la destrucción completa del adversario, hasta lograr una facha tan espeluznante que ya no tuviera ninguna contramueca por parte del otro. No disponían de mejor ping-pong que sus propias caras. Un camino, un implacable pasillo de destrucción, hoy recorrido a diario por quienes envejecen en directo en nuestras pantallas y parecen atrapados en la misma oscura y suicida fatalidad que viene caracterizando a las pérfidas selfies.

sábado, 10 de marzo de 2012

OBLÓMOV


RELECTURAS
El joven tumbado (Oblómov)
El hastío como medida de salvación. El personaje del escritor ruso Iván A. Goncharov, héroe absoluto de los indolentes y el protagonista de la mejor novela que se ha escrito sobre la ociosidad, representa también el sueño de todos
Enrique Vila-Matas

Me acuerdo de Rilke, para quien la vida en sí, pura y libre de las determinaciones particulares que la califican y delimitan, se parecía a la muerte; lo era en tanto que puro espacio hueco e impreciso, ausencia y concavidad. “¿Cuándo es el presente?”, llegó a preguntarse, influenciado por J. P. Jacobsen, autor de Niels Lyhne (1880), novela en la que se fomenta la sospecha de que la existencia, la vida, “no es jamás”.

¡No es jamás! Esto casi suena a Beckett y recuerda a Martin Amis cuando dijo que si alguien quisiera imitar el estilo beckettiano podría fácilmente salir del paso escribiendo: “No, nunca, jamás, no”.

Pero volvamos a la existencia y a la sospecha sobre ella. A Jacobsen le inquietaban los seres “que viven como si eso fuese la cosa más natural del mundo”. No es extraño pues que para el Niels Lyhne de su novela la vida hubiera perdido toda naturaleza y contenido y no fuera nunca algo obvio en su transcurrir, sino algo vacío e irreal: la vida vista como algo que puede que estuviera pasando a su lado, pero no a través de él.

Niels Lyhne nos recuerda a esos solitarios que alguna vez hemos visto sentados en orillas extrañas, contemplando la vida muda de la que se alejan. Y también a la novela Oblómov del escritor ruso Iván A. Goncharov, donde los habitantes del pueblo de Oblomovka ven discurrir la vida “a su lado, como un río que contemplan desde la ribera”.

Y es que si la existencia es sólo una incesante despedida de sí misma, sobre su fuga planea constantemente esta cuestión: “¿Cuándo se vive?”. La pregunta la hace Oblómov, el haragán por excelencia de la literatura rusa y pariente secreto de Niels Lyhne. Si Lyhne es alguien “medio Werther, medio Hamlet, vencido por un pesado cansancio” (eso decía Zweig de él), Oblómov también es una persona fatigada, en realidad es el héroe absoluto de los indolentes y el protagonista de la mejor novela que se ha escrito sobre la ociosidad.

Su inmovilismo atrae a muchas almas hoy más que nunca. Ni un movimiento. No hacer nada. No colaborar

Veamos: Oblómov es un joven y desvalido aristócrata, incapaz de hacer nada con su vida. Duerme mucho, bosteza continuamente dentro de su bata deshilachada. No hace nada, pero es que nada. Encogerse de hombros es su gesto preferido. Es de esa clase de personas que tienen la costumbre de irse a dormir antes de fatigarse. Estar tumbado cuanto más tiempo mejor parece su única aspiración, su modesta aunque envenenada rebeldía. A lo largo de toda la novela de Goncharov, el joven Oblómov raramente deja su habitación, donde permanece tumbado en un diván intentando evitar las propuestas y las obligaciones que le llegan del exterior, y sólo hasta muy avanzado el libro no le veremos, por primera vez, salir de la cama. Ha perdido la costumbre de moverse, de vivir, de ver gente, le parece que se ahoga en medio de la multitud. Es alguien que dio por terminada hace tiempo su vida en sociedad, y vive literalmente como un joven tumbado o, mejor dicho, como un muerto: la vida fluye pero sólo a su lado, sólo al lado de su diván, en realidad la vida nunca ha pasado por él.

Amado por Olga, ésta desiste de su empeño en llevarlo al altar cuando comprende que el joven elegirá siempre el reposo si ha de decidir entre el reposo y ella. Tal convicción la lleva entonces a casarse con Stolz, amigo de infancia de Oblómov y contrapunto exacto de éste, porque es un trabajador infatigable y un entusiasta de Europa y del progreso y un tipo absolutamente convencido de que lo natural es vivir… La novela de Goncharov —en realidad irresumible como todas las buenas novelas— fue durante tiempo vista como una crítica de la nobleza rusa y del régimen zarista, pero lo que ha perdurado del libro no ha sido su conciencia política, sino el talento del autor al crear el paradigmático personaje de Oblómov, de quien en el libro se nos explica, con moroso detalle y mucha gracia, su desdichada forma de ser. ¿Desdichada? Quizás sea al revés y Oblómov, alejado de toda acción, sea un alma feliz, completamente feliz.

Vivir mentalmente con naturaleza hamletiana, en la atmósfera de estos días de transición incierta y de indeterminación fluctuante

Su inmovilismo atrae a muchas almas hoy más que nunca. Hoy, cuando la crisis empieza a propiciar una modesta pero envenenada rebelión, en el fondo inquietante para el poder económico: la silenciosa rebelión de los oblomovs que surgen de entre las gavillas de jóvenes tumbados por el paro. La consigna es apartarse, hacer uso del “derecho de irse” que reclamaba Baudelaire. Para ejercer ese derecho y afiliarse al oblomovismo la solución más práctica es quedarse quieto, descubrir que para huir de un lugar lo mejor es quedarse en él. En la novela de Goncharov la acción está prácticamente ausente de ella, y aun así parece que pase algo, quizás sea sólo la vida pasando al lado de la trama. El muy casero protagonista y cansado héroe de la nada no inicia jamás una acción ni actividad alguna que no sean sus vodevilescas disputas con su criado Zakhar en pasajes haraganes, pasajes del libro lógicamente gandules, pues éstos no hacen más que describir las monótonas jornadas de un indolente, de un ser abúlico, no nacido siquiera para hacer novelas: “Escribir de noche —pensó Oblómov— ¿cuándo dormirá? Seguramente gana más de cinco mil al año. ¡No está nada mal! Pero escribir todo el tiempo, derrochar el alma, el pensamiento en menudencias, cambiar de convicciones, comerciar con la inteligencia, la imaginación, violentar la propia naturaleza, sufrir la inquietud, la indignación, no conocer el reposo y estar siempre en movimiento… Y escribir, escribir siempre, ser como una rueda, una máquina: escribir mañana y pasado mañana, en días de fiesta, en verano, escribir constantemente. ¿Cuándo podrá detenerse y descansar? ¡Qué desgraciado!”.

Me parece que Oblómov acertó de lleno. ¿Qué es eso de comerciar con la inteligencia? ¿Cómo no darle la razón a este ocioso ruso tumbado, al joven que inspiró aquel sorprendente grafiti de Guy Debord en un muro del Quartier Latin de París en los años cincuenta? Ese grafiti decía: “No trabajéis nunca”.

¿Y quién, al fin y al cabo, no es oblomovista? ¿Quién no intuyó alguna vez que ser ocioso es precisamente aquello con lo que sueña todo el mundo, “pues todo lo que el hombre hace es un intento por recuperar el paraíso perdido”? ¿Y quién no sospecha que los seres humanos lo que realmente ambicionan es la paz y el descanso?

Oblómov —apunta Christopher Domínguez Michael en El XIX en el XXI— es puente que une a los hombres superfluos de Gógol con los seres vacíos de Beckett o de Robert Walser. Y aquí cabría recordar también al joven tumbado de Un hombre que duerme, de Perec, aficionado a quedarse quieto y buen discípulo del Kafka que escribía una noche en Praga: “No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches…”.

Oblómov, con su indolencia de siglos concentrada en su casa de San Petersburgo y a la búsqueda del paraíso perdido, parece querer recomendarnos a todos lo que Eugeni D’Ors recetaba en su más memorable libro: el hastío como única medida para la salvación, es decir, nos recomendaba encasquetarnos el tedio al pie de la letra, sin paliativos, sin matiz alguno, calarse el puro cansancio: “No excursión: chaise longue. No conversación, silencio. No lectura, letargo. En lo posible, ¡ni un movimiento, ni un pensamiento!”.

Exacto. Ni un movimiento. No hacer nada. No colaborar. Que se estrellen ellos. Vivir mentalmente con naturaleza hamletiana, en la atmósfera de estos días de transición incierta y de indeterminación fluctuante. Y dejar que sea lo impetuoso, con sus finanzas de lenguaje criminal, lo más parecido a ese río vulgar de la vida que pasa a nuestro lado; una vida que por suerte a veces fluye ajena a nosotros, en el más puro espacio hueco e impreciso. O

Niels Lyhne. Jens Peter Jacobsen. Traducción de Ana Sofía Pascual. Acantilado, 2003. Oblómov. Ivan A. Goncharov. Traducción de Lidia Kuder de Velasco. Debolsillo, 2009. El XIX en el XXI. Christopher Domínguez Michael. Sexto Piso, 2010. Un hombre que duerme. Georges Perec. Traducción de Eugenie Russek-Gérardin. Anagrama, 1990. Oceanografía del tedio. Eugeni D’Ors. Tusquets, 1981.

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/03/07/actualidad/1331120301_775574.html