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lunes, 30 de diciembre de 2019

LUCHA ENTRE PULSIONES

Los intelectuales y la política
Ferrán Requejo
24/07/2017

La noción de “intelectual” es más europeocontinental que anglosajona. En el mundo de habla inglesa predomina más bien la figura del experto y es más escéptico respecto de las explicaciones y evaluaciones generales hechas por un mismo autor sobre temas políticos, sociales y culturales.
Por otra parte, las relaciones de los intelectuales con la política distan de ser una relación sencilla y unívoca. La experiencia del siglo XX muestra multitud de ejemplos de personas culturalmente reconocidas y socialmente influyentes que se han equivocado radicalmente sobre el significado, por ejemplo, del nazismo o el comunismo. Los totalitarismos han seducido a buena parte de los intelectuales europeos. Algunos los justificaban en términos de una necesidad temporal dentro de una lógica histórica de “progreso”. El añorado Manolo Vázquez Montalbán resumía estas alucinaciones teóricas con su ironía habitual: “¿ Cómo es posible que unas personas tan inteligentes puedan llegar a ser políticamente tan aleladas?”.
El tema del “impulso erótico” hacia la verdad se ha presentado desde los tiempos clásicos como una lucha entre las pulsiones moral-racionales en busca de la verdad y las pulsiones pasional-irracionales. La referencia es el diálogo Fedro de Platón. La alegoría es un auriga (la razón) que trata de controlar un carro tirado por dos caballos que representan aquellos dos tipos de pulsiones. Naturalmente, le cuesta mucho que los dos caballos avancen en una misma dirección hacia el deseado mundo de las ideas. La conducción siempre es ­difícil y el resultado incierto. Puede acabar en de­sastre.
Veamos algunos ejemplos dispares de esta tensión: Heidegger defiende una metafísica de Sery legitima el nazismo, dos cosas que hoy parecen lo bastante congruentes entre ellas. Sartre reflexiona con una indiscutible densidad en El ser pero justifica hasta muy tarde las atrocidades del estalinismo. Incluso Benjamin muestra un trasfondo intelectual errático, que va desde la influencia primigenia de Carl Schmitt hasta escritos marxistas que le son intelectualmente incómodos y que, de hecho, no se avienen mucho con sus lúcidas críticas del arte contemporáneo. La oleada de los maîtres-à-penser franceses (Fou- cault, Glucksman, Derrida, etcétera) apoyó a Mao o a la revolución iraní. Un aire de familia ­recorre los proyectos de milenaristas, puritanos, jacobinos, bolcheviques, fascistas, maoístas, fundamentalistas religiosos, et­cétera.
Como mínimo hay cuatro componentes, combinados en intensidades diferentes, que explican estas derivas: 1) Una “voluntad de poder” de influencia política, a menudo ­poco disimulada. 2) La tendencia a las dua­lidades analíticas de la “tiranía de la mente discontinua” ( R. Dawkins). 3) Una simple falta de conocimientos científicos o históricos, escondida por el hecho de razonar desde una supuesta superioridad analítica o moral, y 4) Las presunciones epistemológicas de la “falacia de la abstracción”.
Denomino falacia de la abstracción a la pretensión que un ra­zonamiento es analíticamente más profundo y definitivo cuando incluye los términos más abstractos posibles en el lenguaje de la argumentación. Se trata de una falacia que transita por dos vías que in­ducen a error: A) crear la sensación de que si se sube el grado de abstracción de los términos analíticos, el razonamiento tiene más alcance empírico (cosa notoriamente falsa), o B) construir una estrategia retórica que rehúye los puntos conflictivos bajo la apariencia que se ha llegado al meollo del problema. Estas dos vías se presentan a menudo como el paso de la “anécdota a la categoría”, un camino que no siempre resulta adecuado ya que hace perder la riqueza informativa inherente a los casos concretos que analizar. Algunos filósofos muestran una repetida tendencia a caer en esta falacia. Sin embargo, Hegel, precisamente Hegel (!), uno de los filósofos más abstractos y de lenguaje más oscuro, ya advertía sobre este espejismo epistemológico.
Naturalmente, en las democracias del siglo XX también ha habido intelectuales mucho mejor orientados en términos epistemológicos y políticos. La lista también es larga: Russell, Camus, Aron, Berlin, etcétera.
Platón se equivocaba en la alegoría. En el ámbito político no es conveniente que el auriga sea la razón teórica. Sabemos que la razón crea monstruos y que los productos teóricos del lenguaje producen espejismos que nos fascinan. Hace falta que el auriga sean las prácticas institucionales de las democracias liberales, estos productos históricos de aluvión que tanto ha costado conseguir. A pesar de todas sus limitaciones, son los mejores productos políticos que la humanidad ha sido capaz de generar. El foco de los análisis hay que situarlo en las realizaciones prácticas, no en las declaraciones ideológicas. Y eso se ha pensado mejor desde Amsterdam, Londres, Filadelfia o Toronto, que desde Berlín, París, Roma o Moscú.
Acabemos de una forma más estival. Una conocida definición dice: “Un intelectual es alguien que ha encontrado algo más inte­resante que el sexo” ( E. Wa­llace). ¡Muy buen verano!

Fuente:
https://www.lavanguardia.com/opinion/20170724/4351312766/los-intelectuales-y-la-politica.html
Pieza: Claes Oldenburg.

viernes, 17 de agosto de 2018

PAPEL ASIGNADO

EL PAIS, Madrid, 17 de agosto de 2018
ENTREVISTA | NORBERTO FUENTES, ESCRITOR CUBANO
“Heberto Padilla quiso ser el Solzhenitsyn de Cuba. Un error fatal”
El escritor Norberto Fuentes desgrana en ‘Plaza sitiada’ su versión de la famosa sesión de autocrítica forzada del poeta en 1971, en la que se vio involucrado
Pablo de Llano

La última obra del escritor Norberto Fuentes (La Habana, 1943), Plaza sitiada (Cuarteles de Invierno), es una inmersión en la sesión de autocrítica a la que forzó en 1971 el régimen cubano al poeta Heberto Padilla, fallecido en el 2000 en el exilio en EE UU. La publicación de Fuera del juego en 1968 –con poemas como Para escribir en el álbum de un tirano o Cantan los nuevos césares– soliviantó a Fidel Castro y derivó tres años después en su detención y confinamiento en el centro de interrogatorios de la policía política.

Al salir, Padilla pronunció en la Unión de Escritores y Artistas un discurso de repudio a su propio libro y loa al sistema en el que acusó de desafectos a otros como el propio Fuentes, que se enzarzó in situ en una bronca con el poeta reivindicándose “revolucionario”.

El caso Padilla marcó el endurecimiento de la represión ideológica al mundo de la cultura y supuso la ruptura con Cuba de buena parte de la intelectualidad occidental –según el autor, “deliberadamente” buscada por Castro–. Fuentes siguió en la isla y en los años ochenta fue parte “del hardcore fidelista” (según escribió en Dulces guerreros cubanos, 1999), hasta que fue arrestado en 1989 durante la Causa 1 –el proceso que llevó al fusilamiento del general Ochoa– y terminó exiliándose en 1994.

En su casa de Miami, reflexiona sobre aquel episodio tras el que “todos se pusieron a llorar por Padilla, que en realidad fue una víctima de sí mismo” y él, a su juicio, quedó en el olvido “como un paria juzgado por extranjeros y cobardes de la intelectualidad criolla”.

Pregunta. ¿Por qué Fidel Castro decide lanzar su ataque a la intelectualidad?

Respuesta. Temía la posibilidad de tener en Cuba escritores disidentes de renombre internacional, como Alexandr Solzhenitsyn en la URSS. Decía que eso sería un caballo de Troya dentro de la revolución, que la bombardearían desde dentro. Y quería romper con los intelectuales occidentales que sentía que estaban monitoreando su proceso y que lo condicionaban ética y moralmente. A la vez le sirve como mensaje de adhesión a Moscú en un momento en que sus relaciones con los soviéticos no eran buenas: “Somos tan duros como ustedes. También metemos presos a nuestros intelectuales”, y en el que asomaba como alternativa la revolución pacífica de Allende en Chile.

P. ¿Cómo entendía Castro su relación con intelectuales y artistas?

R. Como con todo el mundo: mientras entraran por el aro, no había ningún problema. Para Fidel, como todo leninista, la cultura era un instrumento de la propaganda revolucionaria con un límite claro: “No me hagan contrarrevolución”. Era un límite elástico si lo sabías emplear. Pero Padilla, sencillamente, la jodió.

P. ¿Por qué?

R. Porque había estado en una URSS ya moralmente debilitada mamando una situación en la que los escritores e intelectuales armaban una cantidad de lío que Fidel Castro no iba a permitir en su joven revolución cubana. Eso aprende Padilla y considera que puede reproducirlo en Cuba. Quiso ser el Solzhenitsyn cubano. Fue un error fatal.

P. Pero la mecha, dice en el libro, la prende una obra suya, no de Padilla.

R. Sí, Condenados del Condado. Salió en el 68 unos meses antes que Fuera del juego. Fidel Castro lo leyó y al terminarlo lo tiró contra una pared. En aquel tiempo mi libro fue considerado el primer libro disidente que se hizo en Cuba. Es la primera obra de ficción sobre un episodio de la revolución que tiene un estilo crítico de la peor manera, con humor, y que refleja una realidad que nadie conocía, la Lucha contra bandidos [la persecución en los sesenta contra los alzados anticastristas en la sierra del Escambray]. Eso fue darle duro a la cadena del mono, y Fidel dijo: “Ojo, aquí viene algo”. Él le enseñó a la Seguridad del Estado que había que trabajar como los cristianos, por señales. Y mi libro fue una señal. Fidel dijo que me cogieran preso, pero mis amigos me defendieron –incluido el general Tomassevich, que era una figura sagrada en ese momento– y lo frenaron, aunque él les avisó: “Van a ver que esta mierda no para aquí. Tiempo al tiempo”. Tenía toda la baraja en su mano. Aún estaba esperando a ver qué pasaba.

P. ¿Por qué explotó con Padilla y no con usted?

R. Yo conocía bien el terreno en el que me movía. Ya me habían jodido antes, sabía lo que tenía que hacer. No formar líos exógenos a la literatura, concentrarme en escribir, no salir de ahí. Pero Padilla quería un papel protagónico, dar conferencias, hacer grandes declamaciones, despachar con la prensa extranjera, ser el superintelectual crítico. Y se le fue de las manos. Los premios en 1968 de la Unión de Escritores a Fuera del Juego y Los siete contra Tebas [de Antón Arrufat] fueron la segunda y definitiva señal, aunque todavía Fidel deja esa bronca en stand by. Hasta que en 1971 reúne a la Seguridad del Estado y dice: “Comenzó la guerra contra los intelectuales. Hay que cortarles las patas ya”.

P. ¿Qué había echado a andar el espíritu crítico?

R. Pues que la gente había empezado a probar su fuerza, a tensar la cuerda por las influencias de la época. Ya se sabe qué pasa en Moscú. Se había publicado en Cuba a Isaac Bábel, Un día en la vida de Ivan Denisovich de Solzhenitsyn, y dijimos, “¡Coño, esto se puede hacer!”. Comenzamos a respirar, a tener visos de otra cosa. Los que no tenían talento, por supuesto, prefirieron seguir con la línea oficial, pero los que lo tenían querían intentar hacer cosas nuevas. Ahí Padilla encuentra un campo sin explorar, el de la discusión y el debate, y, como todo artista, quiere poner su pica en Flandes.

P. Y, finalmente, se vuelve el objetivo principal.

R. Sí, porque estaba desbocado. Yo le dije: “Heberto, muchacho, te están dando cuerda, te están dando cuerda”; pero no hacía caso, se sentía invulnerable. Y ya lo venían cocinando hace tiempo. Hasta le habían hecho un estudio de personalidad.

P. Usted sostiene que era el segundo en la fila.

R. Padilla tenía las instrucciones de la Seguridad del Estado de todos a los que tenía que nombrar en la autocrítica, y yo seguía siendo un objetivo por Condenados del Condado. Pero después de que él hace su discurso yo me niego a decir que soy contrarrevolucionario y armo el lío. Yo no tenía nada en contra de la revolución. No quería tumbar a ese gobierno. Yo era un escritor revolucionario que quería hacer literatura revolucionaria. Y eso estaba montado para que todos se autocriticasen.

P. En La mala memoria (1989), Padilla escribió: “Norberto Fuentes escenificó con brillantez el papel que la policía le había asignado”.

R. Y de alguna manera ha sido la tesis que prevaleció. A mí, como siempre se hace con respecto a Cuba, se me aplicó la óptica de los lugares comunes. No aceptaron que un escritor fuera revolucionario y no renegase de ello. Yo trato de explicarle al lector lo que pasó, hago el cuento de cómo yo viví las cosas y cómo las hice. Este es un libro que yo me debía a mí mismo.

P. ¿Cuándo se reencontraron en el exilio en EE UU, hablaron de lo que pasó?

R. No, nunca le toqué el tema. Estuvimos bastantes veces juntos e incluso planeamos hacer un libro entre los dos sobre el 1959 [año de la revolución cubana]. Heberto fue uno de mis mayores defensores para que yo saliera de Cuba y para mí era más importante agradecerle eso y mantener mi amistad con él. No quise revivir aquel muerto.

P. ¿Cómo cree que se sentiría leyendo este libro?

R. Mal, pero yo no soy el responsable de la cobardía de nadie. Heberto embarcó a mucha gente aquella noche. Lo que hizo no tiene nombre.

Fotografías: Giorgio Viera
Fuente:
https://elpais.com/cultura/2018/08/17/actualidad/1534458972_044062.html

domingo, 29 de julio de 2018

¿DESESPECIALIZACIÓN?

EL NACIONAL, Caracas, 21 de junio de 2018
“Todos son intelectuales”
José Rafael Herrera

Las llamadas ciencias sociales han avanzado vertiginosamente, de modo exponencial, durante los últimos tiempos. Casi se podría afirmar que los muy respetables científicos sociales llevan puestas las botas de las siete leguas, las mismas que usara Pulgarcito para evadir al ogro que se oculta detrás de la realidad. Sus agigantados avances, su extensión por la sinuosa y escarpada geografía del conocimiento, se pierde tras el horizonte de las urbes, del primero al último de los mundos posibles. Sus respuestas –siempre– están a la mano, como en las largas estanterías de los supermercados que, en épocas más felices, tenían a su disposición los consumidores venezolanos. Y cuentan, además, con una respuesta del peso y tamaño requeridos para la ocasión, para todo o para casi todo. La sociología, por ejemplo, cual caballero de reluciente armadura, porta en sus manos el escudo de la epistemología y la lanza del método. En su justa contra los molinos de viento metafísicos, ha dado cuenta de sus extraordinarias capacidades para pasar de las formas de la religión a las formas teológicas y, desde estas, a la ciencia pura y simple. Uno de esos distinguidos científicos sociales, auténtico heredero de las más sutiles revelaciones que se sustentan en las certezas provenientes de la reflexión del abstraktes Verständnis, es el lúcido y eminente profesor Fernando Mires, quien hace pocos días dejó caer sobre su cuenta de Twitter una sentencia tan 'clara y distinta' como plena de maravilla aristotélica: “Intelectual es toda persona que piensa. Los intelectuales no existen como profesión: existen profesores, escritores, pintores, dentistas, policías, obreros, albañiles, basureros (todas dignas profesiones). En todas esas profesiones hay gente que piensa: todos son intelectuales”.

Es verdad que, basándose en sus indiscutibles esfuerzos cognitivos y en sus inclinaciones por las certezas relativas, las ciencias sociales presuponen respuestas para toda ocasión, para cada circunstancia, porque ellas –entre 'eventos' y 'narrativas', como acostumbran decir– conocen de antemano, prevén, se anticipan. No como las sacerdotisas, echando mano del oráculo, ni por medio de las piedras de los druidas, ni de las cartas astrales de los divinari, sino –como respetables científicos que son– a través de sus sofisticados y rigurosísimos instrumentos metodológicos de última generación. Y sin embargo, cabe pensar –después de todo, “hay gente que piensa”– en la posibilidad, y solo a manera de hipótesis, de que, tal vez, sea por eso que sus grandes fortalezas pudieran llegar a poner de relieve sus grandes debilidades. En efecto, como ha afirmado recientemente el estudioso español, Alexandre Carrodeguas: “Las sociologías generales, más allá de lo que pueda ser su mérito, no le hacen justicia a la realidad, porque pretenden tener sistemáticamente una respuesta para todo. Con ellas sabemos de antemano lo que debemos encontrar, en qué casilla teórica, bajo qué concepto o rubro prexistente acomodaremos lo que hayamos observado”.

Y, más aún: “Se sabe de antemano, por ejemplo, que la realidad social se puede distribuir, sin restos, en unos órdenes o sistemas determinados. O que está edificada sobre elecciones individuales racionales. O, al contrario, que las sociedades se organizan como totalidades a priori, como si la sociedad prexistiera a sí misma, y los actores no hicieran otra cosa que aplicar los valores sociales, como sostiene el culturalismo, aplicar las funciones, según el funcionalismo u obedecer a unas reglas, como plantea el estructuralismo”. Tales escuelas o tendencias tienen una “respuesta para todo” y proponen “conceptos elásticos que llevan más a formular preguntas que a responderlas”. Y es que, después de todo, conviene plantear preguntas pertinentes, buenas preguntas, porque solo de ese modo resulta posible anticipar buenas respuestas.

Antonio Gramsci no era, para su desgracia, sociólogo. Lector de Vico y de Hegel, de Marx y Labriola, de Croce y Gentile, eligió la filología y la filosofía, no solo por convicción, sino también por profesión. En sus Cuadernos puede leerse que, ciertamente, “todos los hombres son ‘filósofos”, pero, eso sí: “definiendo los límites y los caracteres de esta 'filosofía espontánea', propia de 'todo el mundo', y de la filosofía que está contenida: 1) en el lenguaje; 2) en el sentido común y el buen sentido; 3) en la religión popular y en todo el sistema de creencias, supersticiones, modos de ver y obrar que se asientan en aquello que generalmente se denomina 'folclor'”. Y así, una vez que se demuestra que todos los hombres son “filósofos” inconscientemente, dado que “en la mínima manifestación de cualquier actividad intelectual –el ‘lenguaje’– está contenida una determinada concepción del mundo”, resulta necesario pasar a un segundo momento: al de la crítica y la conciencia, dado que no es posible pensar sin poseer “conciencia crítica, de un modo disgregado y ocasional, es decir, 'participar' de una concepción del mundo impuesta mecánicamente”.

No pocas veces, los silogismos pueden llevar a conclusiones que terminan en la más triste confirmación del populismo: “Todos los hombres son intelectuales. Trucu-trú es –muy a su pesar– un hombre. Ergo: Trucu-trú –muy a su pesar– es un intelectual”. A Dios rogando y..., dice un refrán popular, bien conocido por la gran mayoría de la intelectualidad nacional. No hay que estudiar, en consecuencia, para ser filósofos. Hay gobernantes que no llegaron a formarse, a educarse, en las universidades. No lo necesitaban: son intelectuales, o como dice Gramsci, “filósofos”. Todos lo son. Los hay, incluso, capaces de formular tautologías sin tener idea de que, efectivamente, son expertos en ellas, como aquel conocidísimo filósofo que solemnemente sentenció: “Y si me matan y me muero”. No: no es necesario estudiar para ser un intelectual. Bastará, como diría Spinoza en su Reforma del entendimiento –o sea, en ese intento suyo por enmendar, precisamente, el intelecto– con las percepciones de oídas o con la vaga experiencia. Y así, “como va viniendo, vamos viendo”. Que “el tiempo de Dios” sea “perfecto” o “que Dios proveerá”, son dos de las más grandes sentencias que se le han escapado de sus respectivos laberintos minotáuricos a dos grandes intelectuales, para devenir máximas de la novísima filosofía probada y comprobada, epistemológica y metódicamente, por uno de los más destacados científicos de la certeza sensible de este menesteroso presente. No sin razón, afirmaba Hegel que el entendimiento sin la razón es algo. A pesar de no tener profesión alguna, después de todo, habrá que “seguir pensando”.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/todos-son-intelectuales_240806
Piezas: Richard Serra.
Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=S3Q9FNCLaHI

miércoles, 30 de agosto de 2017

FOSO

EL PAÍS, Madrid, 12 de agosto de 2017
 TRIBUNA 
Entre la impunidad y el mito
La izquierda se ha arrogado durante años el papel de comisaria moral del espectro político
Jorge Eduardo Benavides

Durante casi ochenta años, la extinta Unión Soviética levantó, a base de exterminios, cárceles, gulags y cientos de miles de kilómetros de alambres de púas, el paraíso comunista que extendía sus fronteras hasta la mitad de Europa. Durante todo ese tiempo, una gran parte de los llamados intelectuales de izquierda del mundo occidental miraron con anuencia todo aquel inventario de atropellos y asesinatos, a veces simplemente negando su existencia o, si eran puestos contra las cuerdas por la tozuda realidad, explicando la serie de males necesarios que se requerían para luchar contra el perverso capitalismo.

En su ensayo Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses (1944-1956), Toni Judt reflexiona con minucia sobre el carácter ambivalente de muchos de estos intelectuales y la pasmosa relajación moral de algunos de ellos, como Emmanuel Mounier, quien escribe, a propósito del golpe de Praga de 1948, que “no hay progreso que no tuviera su comienzo en una minoría audaz, ante la instintiva pereza de la mayoría”. No fue el único ni sería el último de los muchos intelectuales europeos —Sartre, Brecht, Debray…— que durante décadas persistieron empeñados en que el comunismo soviético era un sistema per se bondadoso y libertario. Lo mismo ocurrió con la Cuba castrista: escasos fueron los intelectuales de ese entonces que no cantaron loas a Fidel Castro y escribieron ruborosos elogios a la revolución mientras sus colegas eran silenciados, asesinados o encarcelados. De hecho, nuestro tan querido boom literario estaba compuesto por los principales legitimadores del castrismo y la revolución, como bien sabemos.

Durante mucho tiempo nos han dicho que eran gentes de buena fe engañadas por la maquinaria propagandista de aquellos regímenes. Que en realidad nadie sabía lo que estaba ocurriendo realmente tras las fronteras de Cuba, la Unión Soviética o China. Pero ese sapo yo no me lo trago, pues era gente informada y con acceso a lo que ocurría en el mundo. Por desgracia, creo que la explicación más probable es más simple y también más siniestra: querían creer. Empeñados en las bondades del comunismo, aquellos intelectuales le dieron la espalda a su primera responsabilidad con la verdad y avalaron así a todos quienes los leían y los tenían por referentes morales, cegándolos ante la desventura y el horror que sufrían sus congéneres. Lo cuenta muy bien el escritor cubano Jacobo Machover en El sueño de la barbarie: la complicidad de los intelectuales con la dictadura castrista.

Pues bien, con ese auspicioso saldo moral en sus cuentas han funcionado durante décadas los partidos comunistas y las izquierdas unidas de todo el mundo y se han disculpado todos los atropellos, todos los encarcelamientos y toda la brutalidad de los regímenes que ensayan la senda del totalitarismo y que son modelo de estos partidos, que funcionan gracias a la democracia que quieren destruir. Basta leer los tuits en los que el vergonzante Alberto Garzón despide —con la emoción de una colegiala— a Fidel Castro (“Su ejemplo y pensamiento pervive”, dice) y elogia el destrozo que está haciendo el chavismo en Venezuela hoy mismo; empeñado en negar la clamorosa evidencia de que nadie que dure en el poder 50 años puede considerarse demócrata ni que un régimen que se enquista a sangre y fuego es modelo de democracia. ¿Es eso lo que propone Izquierda Unida para España o se trata solo de una aspiración mística-ideológica?

En todo caso, esto ha sido así porque durante años la izquierda se ha arrogado el papel de comisaria moral del espectro político, de airada detentadora de la progresía y la bondad. Y los demás nos hemos dejado chantajear y hemos dado por bueno que ser de izquierdas (de esa izquierda) es estar intrínsecamente del lado de los desfavorecidos. De lo contrario uno era —y es— acusado de fascista. Y no, no concede crédito democrático que los comunistas se hubieran enfrentado a Franco aquí en España, porque no hay ningún valor en enfrentarse a una dictadura en nombre de otra.

No nos engañemos: no hay ninguna deriva en la Izquierda Unida ni en el planteamiento de Podemos —los verdaderos campeones del cinismo— ni en general en las izquierdas de todo el mundo que tienen como modelo a Stalin, a Castro o Chávez, a quienes elogian con impunidad o justifican con vacilantes balbuceos y desplantes retóricos. Esa izquierda siempre ha defendido los regímenes totalitarios y es lo que buscan instaurar en nombre de un mundo mejor y de una sociedad perfecta. Tal es su naturaleza.
(*) Jorge Eduardo Benavides es escritor.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/09/opinion/1502293979_955294.html
Fotografía: Tomada de la red.

miércoles, 7 de junio de 2017

¿UN SENTENCIADOR INAPELABLE?

Entrevista
Gregorio Morán: “En los medios convencionales estamos en el peor momento de la democracia”
Paula Corroto

Dice el periodista Gregorio Morán (Oviedo, 1947) que, después de El cura y los mandarines, que acaba de salir a la venta por Akal, tras ser cancelado in extremis por Planeta, no abordará el periodo político y cultural entre 1996 y la actualidad.

“Porque después de 1976 hubo un periodismo punzante y peleón, pero con el PSOE llegó el final de ese periodismo. Y en la cultura el PSOE lo compró todo. El PSOE fue un cáncer cultural. Por eso es un periodo que me interesa mucho menos aunque lo esté sufriendo mucho más”, afirmó el martes ante un grupo de periodistas. Su análisis, que va desde 1962 a 1996 se detiene, por tanto, en cómo los intelectuales pasaron de ser firmes opositores al régimen franquista en los sesenta a convertirse en reaccionarios en los ochenta.

Para ello parte de la figura del cura Jesús Aguirre –después duque de Alba– para dar un repaso muy crítico a intelectuales como Víctor García de la Concha, exdirector de la RAE y actual director del Instituto Cervantes. Esa precisamente fue una de las claves de que Planeta echara el libro para atrás cuando ya estaba casi en las librerías. “Se trata de censura económica, no política, porque estaba a punto de salir el Diccionario de la RAE. Es lo mismo que ocurre con el Banco Santander o Endesa, nadie se mete con ellos porque son los grandes patrocinadores culturales de este país”, sostuvo. Pero también añadió: “La canonización del Régimen del 78 fue un error. Los autoelogios ya olían a pescado podrido”. De esos barros estos lodos que precisamente sí analiza en esta entrevista con eldiario.es.

Este libro nació de la pregunta sobre qué pasó con aquellos intelectuales que eran transgresores y contrarios al régimen franquista para volverse reaccionarios a partir de los ochenta. ¿Ha hallado la respuesta?

Encontrar una respuesta válida no sé yo porque cada mandarín es un mundo. Pero sí hay algunos puntos de coincidencia. Sobre todo la actitud del poder hacia ellos en los años sesenta, que es una actitud de oposición. Hay un elemento que es clave y es que el franquismo duró muchísimo. Ahora parece como si la Guerra Civil hubiera durado 40 años y el franquismo, tres. Y no, es al revés. El momento en el que se detecta el cambio es hacia finales de los sesenta. A partir del estado de excepción de enero de 1969, que en general nunca aparece en los libros de Historia. Siempre se dicen muchas boberías sobre mayo del 68. Yo lo viví aquí en Madrid y no influyó para nada. Pero enero de 1969 sí. Fue nuestro mayo del 68 en negativo, porque fue un estado de excepción en toda España después del asesinato del estudiante Enrique Ruano, que por cierto su confesor era Jesús Aguirre.

Usted se centra en los intelectuales, pero la sociedad española en general vivió un giro parecido: de transgresora y opositora, buena parte pasa a ser conservadora, neoliberal y votante del PP.

Sí, sí, parte de esas clases medias formadas en el franquismo, sectores populares también. Es verdad, pero la sociedad ya era conservadora incluso entonces. Es decir, en los años sesenta, lo que diferenciaba a los sectores intelectuales de la sociedad era total. En Barcelona no existía tanta distancia como en Madrid, pero aquí era total. Por lo tanto, la involución de la sociedad no  se notó tanto. ¿Por qué? Porque la única vez que les dejaron votar, que fue el 15 de junio [de 1977], votaron, en general a la UCD y a Adolfo Suárez, y cuando eso se fue al carajo votaron al PSOE, unos chicos como ahora podían ser los de Podemos. Además, acababa de pasar el golpe de Estado del 23F.

Pero en el caso de los intelectuales no fue así porque ahí había una ruptura en los años 60 y en los 70 comienza a haber un acercamiento. También estaba la conciencia de que Franco no se moría. Eso es terrible. Yo ahora con esta edad me acerco más a entender aquello.

Para algunos intelectuales como Javier Gomá, los problemas de nuestra democracia tienen algo que ver con el hecho de que no tuviéramos la historia democrática de otros países como Francia o Alemania.

Cuando uno dirige la Fundación March se convierte en un intelectual de diferente tipo a un profesor universitario. Es decir, yo tengo una opinión muy modesta de la capacidad analítica de Javier Gomá. Siento una cierta irritación hacia este tipo de figuras que todo el mundo recoge porque es el que concede las becas. Esa opinión de nuestra frágil y joven democracia me parece una chorrada. Y si en vez de decirlo Gomá, lo dice un profesor cualquiera, no le hacen ni puto caso. Pero si llevas la Fundación Juan March se dice que es un hallazgo intelectual de altura.

El problema nuestro no es que la democracia sea joven, sino cómo se llegó a esa democracia. Hay países que tienen problemas mayores que los nuestros, como Italia, y tuvieron más tiempo. El problema es que hubo parcelas enteras en las cuales no entró la Transición como, por ejemplo, la Universidad o la Fundación Juan March.

¿Y cree que se ha roto o se está rompiendo el Régimen del 78? ¿Y por qué es así ahora?

En primer lugar, no se ha roto. Una cosa es que se está intentando poner en cuestión y superarlo. Y esto es porque hay una generación que es la tuya, que no tiene ninguna obligación de mantener el canon. Es más, que interpreta que el canon ha jodido su vida, y es verdad. El canon ha provocado la crisis. Esa idea de que la clase política era sabia… Ahora se dice mucho, “político corrupto”, pero durante muchos años se dijo que estos políticos eran los más listos de Europa. Cuando el futuro analice a Zapatero se dirá, “pero estos, ¿estaban locos todos para poner a un tipo como este de presidente? Pero si no tiene ni zorra idea”. Era un vendedor de humo profesional.

Luego pusimos a Rajoy.

Sí, sí. Pero Rajoy es un registrador de la propiedad. Es decir, es otra cosa. No hará ninguna aventura. No se le ocurrirá decir, “y ahora vamos a repartir no sé cuántos euros a cada uno de los ciudadanos”. No. Rajoy siempre se quedará corto. Pero es que Zapatero se pasó tres pueblos con los brotes y demás. El problema de Rajoy es la derecha, pero ese es otro tema. Él es un registrador de la propiedad y el problema, claro, es que la propiedad está muy afectada.

Lo que ha ocurrido con este libro, con Planeta, con Víctor García de la Concha, ¿son coletazos de la Transición? ¿Sus últimos intentos por demostrar que mandan?

Eso quisiera yo. A lo mejor son nuestros últimos coletazos. No lo tengo nada claro. Esta es una diferencia capital entre Podemos y yo. Yo pienso, como dicen los gallegos: todo es empeorable. Yo no creo que estén dando los últimos coletazos. Primero, porque después de tantos años diciendo quién daba y quién no daba los últimos coletazos, y resulta que éramos nosotros los que estábamos dando los últimos coletazos… Por ejemplo, con la muerte de Franco. ¿Qué iba a significar aquello? Pues lo que significó fue más miedo. Ahora resulta que todo el mundo tomó champán. Mentira bellaca. Pero ese es el canon que se os ha vendido a vuestra generación. Yo era militante [del PCE] entonces, y sé lo que significó aquello. Todo el mundo tenía preparado hacer una huelga general a la muerte de Franco, pero cuando sucedió no sólo no hubo ni una sola huelga general, sino que la gente estaba absolutamente acojonada.

¿Ha cambiado el miedo de bando ahora?

Yo creo que sí. En eso sí que es diferente. Tu generación ha introducido una variante que es la que concede mayores esperanzas. El miedo ya no es lo que era.

Quizá porque no hay mucho que perder.

Exacto. No hay nada que perder. El miedo será el de vuestros padres, o el de los que viváis en sus casas. ¿Por qué son los nietos los que están sacando los cadáveres de las cunetas? ¿Dónde están los hijos?

Ese debate sí se dio en Alemania.

Sí. El debate aquel se llamaba además, ‘La historia que no quiere pasar’. Yo estuve en Alemania y viví bastante intensamente aquella polémica. En Alemania hay muchísimos libros de hijos de nazis que explican el comportamiento de sus padres. En España no hay ninguno. Es más, como hagas un libro te pueden meter una querella importante, como ocurrió en un caso en Asturias. En Valdedios, donde por cierto hizo el seminario Víctor García de la Concha en la posguerra, hubo un hospital psiquiátrico. Y [durante la guerra] cuando llegaron los nacionales se desmanteló y liquidaron a todo aquel que pillaron. Esto lo publicó un historiador asturiano. Y uno de los hijos de los psiquiatras asesinos puso una demanda y ese libro tuvo que ser retirado.

Ya que se remite a la memoria histórica no sé si ha leído lo que ha dicho Javier Cercas sobre que este movimiento se convirtió en un negocio, en una industria.

Puede ser. Hombre, él es uno de sus protagonistas. No le tengo especial simpatía. Solo he leído de él el primer libro y me pareció infecto. Sobre todo porque no tiene ni idea de quién era Rafael Sánchez Mazas. Pero es otra de las cosas con la que la gente se quedará turulata en el futuro: ¿y este escritor, qué escribía? Yo te podría decir seis escritores de mi época a los que hay que buscar en la Wikipedia y ni aparecen. Y eran grandes figuras.

Usted ha dicho que ahora los escritores escriben novelas a partir de personajes reales, y casi no hay ficción. ¿Qué significa esto?

Que la realidad es una cabronada. La realidad te obliga a muchas cosas, y es mucho mejor contar una historia humana. Es lo que en periodismo llamamos una “percha”. Tú tienes una percha y sobre ella escribes una historia. Eso está en el ABC del periodismo. Pero ahora se han cambiado las tornas y el sueño dorado de todo escritor es ser periodista, tuitero y entrar en las tertulias. Eso les fascina más que el trabajo oscuro de un escritor. Escribir en los suplementos dominicales de los periódicos les parece mucho mejor.

Antes era al revés. El sueño de todo periodista era ser escritor. Ahora eso ha cambiado y es, sencillamente, un problema intelectual, porque es más cómodo, más fácil. Por ejemplo, La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, es el reportaje más acojonante que he leído, pero como novela es una mierda, porque no es una novela.

Otra cosa que ha dicho: cuando el PSOE triunfa en 1982 apenas tenía militantes y tuvo que rellenar sus listas como fuera. Aquí sí encontramos una similitud con Podemos, que de hecho, no sabemos si se presentará a las municipales.

Absolutamente. Con un detalle, precisamente Podemos no se presenta a las locales para no caer en lo que le pasó al PSOE. Coinciden en que no tienen gente, pero como saben lo que le pasó al PSOE no lo quieren hacer. El PSOE rellenó todas las listas y claro, cuando rellenas todo entra todo y eso te puede hundir. ¿Cómo entró Roldán, que llegó a director de la Guardia Civil siendo un delincuente?

Podemos sí que apenas ha dicho nada acerca de la cultura. ¿Podría pasar algo parecido a lo que ocurrió entonces con la cultura y el PSOE? De hecho, usted ha dicho que el PSOE fue un cáncer cultural.

Es que ellos tienen un temor… Parten de profesores de universidad y sería el mayor error del mundo porque en el momento en el que pasas a la condición de intelectual dejas de ser político. Y lo que la gente quiere es que te dediques a la política. Está muy mal visto ser un intelectual. Yo me acuerdo cuando Tarradellas, aquel presidente de Cataluña, estaba en una cena donde había un amigo mío, Antonio Senillosa, que era un buen lector, un hombre conservador, de derechas, que le dijo: “Oiga, señor Tarradellas, tenemos un presidente en España, que es Adolfo Suárez, que no ha leído un libro en su vida”. Y le dijo Tarradellas: “Mejor, imagínese si llega a leer libros”.

¿Y usted, que viene del PCE, empatiza con Podemos?

A tenor del miedo que le tienen y los ataques que les lanzan, eso es sano. Si les funciona o no, yo ya soy mayor. Pero a mí me parece muy bien que se acabe con la casta. Además, esa actitud de algunos intelectuales de decir, “pero estos chicos, qué programa tienen”, y yo digo, “qué programa tiene el PSOE o el PP”. ¡Pero si lo tienen para no cumplirlo! Cuando hablan del programa económico de Podemos, pero vamos a ver, ¿quién nos ha hundido? No sé cómo [el PP y el PSOE] tienen ese desparpajo para decirlo. ¡Pero si son ellos los que nos han metido en una crisis económica del carajo! ¿Y ahora reprochan a estos chavales que no tienen programa económico?

Prácticamente ningún escritor –el otro día sí lo dijo Juan Goytisolo- ha mostrado su apoyo a Podemos.

Nadie, nadie. Y yo al final me voy a animar porque les están pidiendo unas cosas a unos tipos que acaban de salir que no les han pedido a ninguno de los otros. Es verdad que estos no les van a dar nada, pero me parece una desvergüenza. O cuando dicen, en el PP y el PSOE, que estos no tienen experiencia de gobernar, pero ¿y vosotros? Si habéis dejado esto como un erial. El día que tengan poder no serán como vosotros, serán otra cosa.

Por cierto, ¿cómo vivió el 9N? ¿Qué le pareció?

La situación en Cataluña es muy complicada y cada vez más. No hay ningún peligro de choque de trenes. Solo hay un tren que ha salido de allí y tratándose de Rajoy llegará a la estación, chocará contra los postes que hay allí y no sé sabe muy bien qué pasará. Pero la situación, intelectualmente, allí es absolutamente desastrosa. Empieza a ser una cosa que algunos habíamos vivido ya algunos años antes. Eso de que todas las conversaciones eran sobre lo mismo.

¿La caída de Pujol significa también la caída de determinado régimen?

Debería significar, pero no significa nada. Te basta con que te cuente esto: el día del remedo de referéndum, en la cola que iba a votar Pujol hay un tipo que grita, ¡vergüenza, vergüenza! Y los tipos de la cola afrontaron al tipo diciendo que Pujol merecía un respeto y que hiciera el favor de callarse. Con eso te lo digo ya todo.

Usted acaba de sufrir, como dice, “la censura económica” de su libro. ¿Cree que la situación de los medios tiene ahora más presiones, menos libertad?

En los medios escritos convencionales estamos en el peor momento de la democracia. Los digitales están en otra galaxia. Pero, nunca, desde la muerte de Franco se había estado peor. El problema es que el poder está en el papel. Los cambios hay que forzarlos en el papel. Es importantísimo lo virtual, pero el poder y el futuro del poder están en el papel. Los digitales no podrán sustituirlo. Pueden hacer lo que están haciendo ahora, porque si no, esto sería una ruina. En Madrid, de todas formas, hay bastante más polémica entre los medios de comunicación que en Cataluña porque allí CiU lo compró todo.

Fuente:
http://www.eldiario.es/cultura/libros/Gregorio-Moran-convencionales-momento-democracia_0_330717866.html
Cfr.
http://revistaleer.com/2014/10/el-cura-y-los-mandarines-historia-de-un-libro-nonato/
Fotografía:  http://revistaleer.com/2014/10/el-cura-y-los-mandarines-historia-de-un-libro-nonato/

¿Y QUIÉN CRITICA AL JUEZ?

El hombre que se enfrentó a los intelectuales
Antonio Lucas

Ignacio Sánchez-Cuenca es hombre serio. De los que se ponen a pensar con algo de zarza ardiente. Un cruce de empollón y rebelde dispuesto a prender las sayas de las creencias en las que no cree. Ignacio Sánchez-Cuenca (Valencia, 1966) está sentado en un despacho dibujando dianas mentales contra algunos de los escritores, periodistas o intelectuales que más pitan: Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Fernando Savater, Félix de Azúa, Arturo Pérez-Reverte, Javier Cercas, Arcadi Espada y Jon Juaristi, entre otros. Los acusa de palabrones. De viajar por los periódicos con artículos de pensamiento leve. De pensamiento torcido. O de pensamiento confuso. Los tiene por butroneros del decoro de opinar.

Sánchez-Cuenca tiene un ámbito de acción ancho: la Transición, el terrorismo y la violencia, la calidad democrática o la política comparada. Pero desde que estudiaba en la Universidad Complutense (donde también fue titular en Sociología) tuvo una irreprimible vocación por incordiar, como un alcotán de los que asestan picotazos en el costillar del bicho derrotado.

Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencia Política, ha publicado un ensayo que tiene algo de coliseo donde trincha a un puñado de articulistas. Hombres (sólo hay una mujer) que suman oleadas de lectores para sus libros y trasladan a tantos de esos seguidores hasta los diarios en los que escriben. Es una bronca entre politólogos y escritores. Carga la bayoneta en unas páginas que tienen tanto de osadía como de ambición aguada. Un manual de desafectos que pudiera ser un cinturón de dinamita, pero con la carga floja y el interruptor algo suelto. La desfachatez intelectual (Libros de la Catarata). Así se llama el trabajo.

Con un cierto Morán Style (Gregorio Morán levantó polvo con su volumen El cura y los mandarines, donde arremete contra parte del star system de la literatura española actual), el profesor Sánchez-Cuenca se pone bravo, pero en el derrote olvida parte de la historia del periodismo español de los últimos 40 años (los de la democracia). En los 80 y 90 se cuajaron columnas y crónicas que no desmerecen de aquellas que (con motivo o sin él) le despiertan alarma. Algunas inflamables de Eduardo Haro Tecglen o Manuel Vázquez Montalbán, entre otros, serían hoy polémicas. Un antecedente interesante que no cita. El columnismo y el periodismo de opinión tiene en estas latitudes una formulación propia. Incluso una arista caprichosa. Distintos son los artículos de fondo, los análisis de especialistas por materias y el frenesí de los politólogos. Pero un escritor con columna observa, ironiza, cabrea, acierta o patina. Su lectura es libre. El acuerdo o desacuerdo, también. Otra cosa son los intereses creados a los que puedan o no servir. Y ahí Sánchez-Cuenca asoma cañón, pero no prende la mecha.

¿El suyo es el libro de un indignado?
    Es fruto de una decepción creciente con las intervenciones políticas de nuestros intelectuales más visibles.
¿Cómo define desfachatez?
    Contenidos superficiales, poco meditados y poco informados, envueltos en un estilo prepotente y muy tajante. Ofrezco muchos ejemplos en el libro.
Habla de sus damnificados como si fuesen casi una secta.
    No creo que sean una secta, si bien muchos de ellos tienen vínculos personales, una afinidad generacional y una evolución ideológica similar. Viajan de posiciones de izquierdismo radical hasta el liberalismo o el conservadurismo actual.
Aun así quedan retratados como un grupo de presión al calor de algunos medios de comunicación...
    No creo tampoco que sean un grupo de presión. Pero casi todos ellos mantienen vínculos muy estrechos, casi indestructibles, con los medios de comunicación en los que escriben y que les promocionan.
¿Qué entiende por «buen intelectual»?
    No estoy muy seguro, pues hay intelectuales de muchas clases. Pero en el debate político su obligación es elevarse sobre el terreno de las tertulias y la coyuntura, tanto en contenidos como en forma, aportar una visión de largo plazo que contribuya a entender el presente, refinar argumentos, sacar lecciones de lo que ha ocurrido en otros lugares y otras épocas, etcétera.
¿Cuáles son sus intelectuales españoles de referencia en este momento?
    No sé si debe haber intelectuales de referencia.
¿Qué impresión le merecen Juan Goytisolo y Rafael Sánchez Ferlosio?
    Lo siento, pero no los he seguido con suficiente atención como para poder emitir una opinión interesante.
Es curioso que casi todos los aludidos en este libro pertenecen a un segmento ideológico que va de una derecha fuerte a un centro derecha o alternativas mixtas (y todos manifiestamente antinacionalistas), pero no hay articulistas con ánimo de izquierdas.
    Me he querido centrar en los escritores e intelectuales que tienen mayor prestigio y reconocimiento en nuestra sociedad, quienes reciben premios y homenajes, participan en los ciclos de conferencias y cursos de verano, tienen abiertas las tribunas de los principales medios de comunicación, publican en las editoriales más potentes... Intelectuales de izquierda que reúnan esas condiciones no se me ocurren. Los intelectuales criticados en el libro fueron muy de izquierdas en su día, pero han evolucionado hacia la derecha y no ha habido suficiente renovación generacional como para que hayan ascendido nuevos intelectuales de izquierda a esas posiciones de gran visibilidad social.
¿El libro viene a desmontar al presunto grupo?
    No, más bien es una llamada de atención para que los aludidos eleven el nivel de sus intervenciones. Me parecería una catástrofe que dejaran de escribir en los medios de comunicación, porque tienen talento. Pero esa inteligencia y conocimientos suficientes debería llevarles a refinar algo más sus opiniones. No todo lo que dicen, según parecen creer todos ellos, es digno de respeto.
Habla de la Generación del 98 y del 14, que tuvieron un sentido de catástrofe respecto a España. ¿De verdad ve paralelismo?
    Bueno, eso debería decirlo un experto en la materia. Yo hice un acercamiento algo superficial al asunto, pero lo que les vincula es una cierta aproximación moral a la política. Escriben, como tantos hombres del 98, desde el ángulo de la decepción moral. Se consideran tipos de alta moralidad, dueños de unas ideas estupendas, pero que se muestran muy defraudados por la política existente. Ese tipo de actitud es lo que unifica desde hace más de un siglo a nuestros intelectuales. Y creo que eso tiene mucho que ver con que casi todos sean hombres de letras...
¿Es un inconveniente?
    En absoluto, tengo un respeto total por las Humanidades. Yo estudié Filosofía, pero sus aproximaciones a la política es individualista. Siempre están en ese tono de «qué lejos queda mi país de lo que a mí me gustaría». Así que como yo me decepciono hago una recusación sin matices del país en que me ha tocado vivir, me lamento, me maldigo por ser español y digo que toda esta caterva de mediocres políticos que están condenando el desarrollo de mi nación deben ser barridos y yo debo empezar la gran regeneración de España en nombre de mis ideales. Eso es superficial y empobrecedor porque no permite alumbrar los problemas concretos ni establecer soluciones. Es un discurso demasiado abstracto y que puede explicar los virajes bruscos que tienen en sus biografías algunos intelectuales de los que hablo: un día se descubren fascistas, al siguiente son demócratas y mañana monárquicos o anarquistas. Es el resultado de esa actitud del «me duele España porque no está a mi altura».
Todos ellos son antinacionalistas y, a la vez, contrarios o en desacuerdo con los Gobiernos de Zapatero. ¿Una casualidad?
    Eso los une a todos. Y me parece muy bien, faltaría más. Pero se podrían haber trabajado un poco mejor la crítica. Cuando Félix de Azúa dice tonterías como que Zapatero ha sido el peor gobernante después de Fernando VII resulta sonrojante.
¿Y por qué cree se dio ese desafecto común?
    Primero por un efecto biográfico: porque muchos empiezan por la extrema izquierda, pasan a la socialdemocracia en la etapa dorada de Felipe González, se dejan querer por la nueva derecha de Aznar y su proyecto orgulloso de una España fuerte contra el sectarismo nacionalista. Y cuando llega Zapatero les pilla con el paso cambiado.
Cambiado respecto a qué.
    Pues que no tienen ninguna complicidad con el tipo de propuestas de Zapatero. Les pone muy nerviosos la Ley de Memoria Histórica. Les saca de sus casillas el proceso de paz con ETA y algunos asuntos más. Esto es bastante evidente. Y ya con la crisis su prestigio se resiente porque entonces no tienen nada que decir, no aportan nada nuevo más allá que apuntarse al regeneracionismo que circula entre juristas, economistas y otros gremios. Lo que a esta gente le pone es el plan Ibarretxe y el procés de Artur Mas. Pero la crisis está muy lejos de sus preocupaciones. De ahí que tanta gente joven pierda la conexión con ellos, no les seducen nada. Yo los veo en franca decadencia. Tienen un estilo anticuado al enfrentarse al debate político. La calidad de sus intervenciones va a menos y luego tienen la piel muy fina cuando se les critica.
¿Asesoró de algún modo a Zapatero como presidente?
    Algunos de ellos me han llamado mamporrero del presidente Rodríguez, pero jamás he escrito un papel para ningún Gobierno en España.
Las mujeres no abundan en el libro. Es más, sólo a Edurne Uriarte le dedica unas líneas...
    Pues no tengo una buena respuesta para eso... Quizá haya tenido un sesgo inconsciente y no me haya fijado en artículos escritos por mujeres o quizá también sea que las mujeres no adoptan igual el discurso del «machismo discursivo» que señala Diego Gambetta. Tienen opiniones fuertes, pero no la prepotencia estilística de los machos de nuestra esfera pública...
También podría ser que la mayoría de mujeres con espacio de opinión en los periódicos esté más cerca de la izquierda...
    ¿Pero quién hay en la izquierda (hombre o mujer) que tenga en la prensa el prestigio y la presencia de los autores que yo hablo?

Quizá Juan Goytisolo. Quizá Rafael Sánchez Ferlosio, aunque sea más incalculable en su posición política. Quizá Juan José Millás, al que sólo cita por el lado del «ingenio».
    Pero en el caso de Goytisolo no se mete en la política del día a día. Ferlosio me parece muy abstracto. Y respecto a Millás, sí lo cito. No sé si he sido sesgado o no he encontrado el equivalente en la izquierda.
¿Y qué hay de malo en pensar que este país es deficiente en varias cosas?
    Es que en ese sentido España es muy pendular. En 2007, un año antes de que comenzara la crisis, la mayoría de las encuestas europeas señalaban que la satisfacción de los españoles con la democracia era más alta que la de los daneses. ¿Teníamos una democracia mejor que la de Dinamarca? Evidentemente, no. Y en cualquier caso, las dificultades que atraviesa España son parecidas de las que atraviesan Italia, Portugal, Grecia o Irlanda. No sufrimos una condena histórica que nos lleva a estar en la cola. Tenemos una opinión excesivamente negativa sobre nuestra clase política, instituciones y nuestra propia producción cultural.
¿El medio aún es el mensaje?
    A eso no sé responder.

Fuente:
http://www.elmundo.es/papel/cultura/2016/05/16/5735c351468aeb5e2c8b45dd.html
Cfr.
https://www.youtube.com/watch?v=B-fRrFoKUEQ
Fotografía: http://www.eldiario.es/politica/democracia-crisis-instituciones_0_234126756.html

domingo, 20 de noviembre de 2016

CAZA DE CITAS


“Hay además el lugar no menos común de separar la condición del político de la del intelectual, como si los negocios de la polis fuesen cosa de arrieros, gañanes y labriegos, o discusión de milites en pleno fragor de la batalla. Es cierto que a esto contribuyen dos cosas: la desoladora cantidad de oligofrénicos que Dios mediante y el sufragio universal se atornillan hasta la consumación de los siglos en  una curul, un comité nacional, en ministerios y presidencias; y la inextricable definición del intelectual, como se designa a las personas que trabajan con su inteligencia, como si eso fuese una profesión (…) Lo que se trata de decir con aquella generalidad es que Gonzalo Barrios es un hombre inteligente como el que más; que es un hombre culto, de una cultura trascendida y no bachotage, caletre de ayer noche para asombrar a la galería; que en el teatro de la política sabe tomar con talento y oficio una brechtiana distancia  con su propio personaje (dicho en otros términos, o mejor no otros sino complementarios, que tiene sentido del humor);  y que al lenguaje político, generalmente árido y fatigoso, sabe ennoblecerlo porque todas las anteriores condiciones le permiten que sus frases ‘broten de manantial sereno’, envidiablemente bien dichas y lustrosas. Así, ¿qué duda cabe? Gonalo Barrios es un intelectual a tiempo completo (…)  Trotsky, Gramsci, Jaurés en la izquierda; Churchill, De Gaulle, e incluso (porque cuenta reconocerle inteligencia a semejante bribón) Goebbels en la derecha son, en este siglo, algunos especímenes de pareja condición de una, repetimos, tan restrictiva y a nuestro juicio incorrecta definición del ‘intelectual-político’ que por lo demás es un adefesio terminológico”

Manuel Caballero

(“La pasión de comprender. Ensayos de historia (y de) política”, Editorial Ariel – Seix Barral Venezolana, Caracas, 1983: 127 s.)
Reproducción: Gonzalo Barrios, según Molina. Momento, Caracas, nr. 604 del 11/02/1968.

lunes, 29 de diciembre de 2014

TREMENDISMO

EL PAÍS, Madrid, 29 de diciembre de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Viejos y nuevos intelectuales
Como hace cien años, proliferan los diagnósticos tremendistas y los discursos maniqueos que fomentan la irresponsabilidad. Hay que vencer la tentación de la palabra candente y no abastecer de excusas al populismo
Víctor Lapuente Giné / Benito Arruñada  
 
En 1914 pronuncia Ortega su famosa conferencia Vieja y nueva política, símbolo del compromiso intelectual contra la Restauración y su sistema político bipartidista, clientelar y corrupto. Observadores diversos, de Esperanza Aguirre (Abc, 30-06-2014) a Andrés Ortega (EL PAÍS, 15-05-2013), han advertido los paralelismos obvios entre la situación que criticaba Ortega y la actual. Creemos que hay otro paralelismo, menos obvio pero más trágico: el papel tóxico de nuestros intelectuales. Como ha señalado José M. Marco, no solo Ortega, sino muchos otros, de Costa a Azaña, contribuyeron con su “palabra candente” a destruir nuestro régimen liberal. Tanto polarizaron el debate político que lo alejaron de pautas sosegadas y constructivas. Acallaron así las voces realistas y pragmáticas, las de aquellos que proponían las soluciones pactistas e incrementalesque nos hubieran acercado a los países avanzados.
Un siglo después, estamos tentados a repetir el mismo error. De entrada, porque admiramos el compromiso político de nuestros intelectuales, sobre todo el de la generación del 14, la “más cualificada y brillante de nuestra historia contemporánea” (Luis Arias, EL PAÍS, 31-03-2014). Y, en particular, el de Ortega, “el mayor escritor español del siglo XX” (Javier Cercas, EL PAÍS, 17-08-2014). Por desgracia, ese compromiso ha sido, y es, aciago. Ante todo, porque mucho intelectual español cae, con Ortega, en tres grandes vicios: exagerar los problemas, compararlos con referencias irreales y agregarlos en términos inmanejables.
Tanto en la Restauración como ahora, los relatos de moda usan con alegría adjetivos de calibre orteguiano para pintar un cuadro desmedido, el de una España “caduca” y “cadavérica” que “está acabando de morir” porque “nuestro problema es mucho más grande, mucho más hondo”. Metáforas de similar calado se han reiterado tanto que hemos acabado por despreciarnos, hasta llegar a la anomalía de que, según una encuesta global de Pew, nos vemos mucho peor que como nos ven los extranjeros.
En segundo lugar, una y otra vez, nuestra intelligentsia comete lo que los institucionalistas llamamos un error coasiano, comparando una realidad defectuosa con su ideal favorito, en lugar de compararla con otras realidades, como las de países vecinos (Portugal, Italia, incluso Francia). O con la de parientes venidos a menos tras aventuras similares a las que hoy nos propone Podemos (Cuba, Argentina, Venezuela).
Al exonerar a las masas, la 'intelligentsia' alimenta a la política de odio y revanchismo
Ese idealismo es perjudicial porque, al prometer un porvenir glorioso, invita a dar un salto en el vacío. Máxime cuando usa la razón para excitar las emociones de las masas. Ortega nos exhorta a rebelarnos contra la “corrupción organizada”, en una insurrección que no difiere mucho de la de los indignados actuales cuando claman contra una “casta” de la que también estos se distancian. Hasta los círculos de Podemos recuerdan la red que Ortega concebía como “órgano de propaganda y órgano de estudio del hecho nacional” y que sugería basar en “lazos de socialidad —cooperativas, círculos de mutua educación; centros de observación y de protesta”, una “red de nudos de esfuerzo” para construir un “sistema nervioso” con el que canalizar la auténtica voluntad del pueblo y así “penetrar en el fondo del alma colectiva”. Una red popular dentro de un proceso que se nos presenta como educativo y bottom-up. Aunque, no nos engañemos, ayer como hoy el liderazgo está claro. Ortega nos animaba “a ser primero amigos de quienes luego vamos a ser conductores”, y Podemos se ha movido ya en esa dirección.
Coincide también Ortega con Podemos en su visión de la política, una visión dañina porque la plantean como lucha y no como conciliación, desdeñando el orden público y el Estado de derecho (una “nimiedad”, una “ficción jurídica”). Ortega desacredita incluso la idea de Cánovas de que no “haya vencedores ni vencidos”, quizá lo más loable de la Restauración, preguntándose si “¿no os suenan como propósitos turbios estas palabras? Esta premeditada renuncia a la lucha, ¿se ha realizado alguna vez y en alguna parte en otra forma que no sea la complicidad y el amigable reparto?”. Pues bien, don José, 100 años después sabemos que sí. La renuncia a la lucha no solo es positiva, sino que es la base misma del Estado de derecho o, si se prefiere, del Estado de bienestar. solo que hoy las excusas de lucha vuelven a tener demanda.
Renunciar a la lucha no sólo es positivo, sino la base del Estado de derecho y de bienestar
Por último, no solo eran perniciosos el diagnóstico y el método de nuestros regeneracionistas de hace un siglo, sino también su forma de enfocar los problemas políticos y su desprecio por la economía. Hoy aún se admira que Ortega quiera “cambiar a España de raíz” (Vargas Llosa, EL PAÍS, 29-06-2014), o incluso que sea “radicalmente radical, porque va a la raíz de los problemas” (Cercas). Craso error. Buscar la raíz de nuestros problemas tratando de hallar la “opinión verdadera e íntima” de los españoles, como pretendía Ortega, es fútil y contraproducente. Científicos sociales, de Charles Lindblom a Roland Coase, pasando por Karl Popper, han demostrado que es más efectivo pensar en cambios incrementales y alternativas factibles. Lamentablemente, el pragmatismo exige más análisis y no es tan mágico ni espectacular como las enmiendas a la totalidad.
Enfrascados en buscar la raíz de todos los problemas, nuestros intelectuales han alimentado sueños colectivistas. La fe en que un Estado bien dirigido resolvería los problemas cotidianos caló de tal forma que hasta pequeñoburgueses ilustrados, que hubieran podido abanderar el liberalismo político, entendieron, como Azaña, que el Estado era el “único Dios de quien podemos esperar”. Esa idea regeneracionista de la “Política” como instrumento transformativo de la sociedad, que expulsa a la “política” como facilitadora de proyectos individuales, sigue viva hoy día. Late en el mantra de que debemos “buscar la utopía” y en la queja de que el mercado reina sobre la política. Pero la utopía es solo una trampa, y el mercado solo nos recuerda que vivimos en un mundo de recursos limitados.
Nuestra crítica no es una defensa del statu quo. El régimen actual tiene mucho margen de mejora, como también lo tenía el de la Restauración. Leandro Prados y sus coautores estiman que, entre 1880 y 1913, nuestro PNB por habitante cayó del 83,3% al 72,3% respecto a los principales países europeos. Pero eso no disculpa a aquellos intelectuales que, por su idealismo estéril, no podían identificar la causa de esa debilidad relativa de España. Como ha demostrado Pedro Fraile, lo que nos apartó de Europa no fue el exceso de capitalismo, tan denostado por Ortega, sino su defecto: la poca y decreciente exposición de nuestra economía a la competencia, tanto nacional como internacional. Que los intelectuales del 14 pregonaran un mensaje aun más contrario al mercado solo facilitó la tarea a los proteccionistas, los verdaderos responsables de nuestro retraso.
Lo que nos apartó de Europa no fue el exceso de capitalismo, tan denostado por Ortega, sino su defecto
Pero no se trata aquí de hacer un balance ventajista del pasado, sino de sacar lecciones para un presente en el que corremos riesgos parecidos. Y no por el auge de argumentos populistas, sino porque, como hace 100 años, muchos discursos intelectuales los abastecen de excusas. Evitemos caer en el mismo error. Si bien hoy ya pocos menosprecian la economía, muchos, a ambos lados del espectro ideológico, comparten con Ortega un análisis maniqueo de la realidad en términos de “élites extractivas” o de un “capitalismo de amiguetes”. Al exonerar a las masas (como si estas no fueran también extractivas, sino víctimas inocentes), los intelectuales alimentan de odio y revanchismo la política. Justifican así iniciativas que, al socavar la economía de mercado, nos condenarían a décadas de pobreza.
En 2014, como en 1914, han proliferado los diagnósticos tremendistas, las ensoñaciones colectivas y la polarización. Esta tríada es atractiva mediáticamente, pero es nociva para la convivencia y el progreso. Debemos abandonar los discursos maniqueos y victimistas, pues fomentan la irresponsabilidad. Y vencer la tentación del verso candente y el idealismo, para prestar más atención a la prosaica tarea de comparar y construir realidades.
(*) Benito Arruñada es catedrático de la Universidad Pompeu Fabra y Víctor Lapuente profesor en el Instituto para la Calidad de Gobierno de la Universidad de Gotemburgo.

Ilustración: Autor no identificado, José Ortega y Gasset, tomada de: http://incursionesteoricopracticas.blogspot.com/2012/01/la-relacion-masaselites-proposito-de.html

jueves, 25 de diciembre de 2014

PINÁCULO EN LA SIMA

EL NACIONAL, Caracas, 4 de diciembre de 2014
La clase intelectual
Antonio López Ortega

Muy en el fondo de sus cavilaciones, la clase intelectual venezolana siempre se ha sentido lejos del país. Puede pensarlo, soñarlo, añorarlo, criticarlo, pero el crío siempre termina caminando hacia otro lado, buscando un horizonte agreste con gesto inconsciente. Digamos que esa correa de transmisión nunca ha funcionado: las ideas que se producen de un lado no llegan a la masa, y la masa inmadura tampoco busca guía o señales. Hay quien ha visto en ese hecho inconmovible el gran fracaso de nuestra educación, más que palpable en estos últimos años: ni el maestro goza de entusiasmo para departir conocimientos ni el joven alumno asimila nada distinto a imágenes dispares. Esa capacidad de sembrar valores en los jóvenes espíritus nunca ha sido tarea fácil, pero desde la Antigüedad griega los maestros eran verdaderas columnas de la sociedad, pues mientras transmitían las grandes verdades culturales también enseñaban a pensar. Hoy en día, sin embargo, en nuestro descoyuntado país, cualquier iniciativa instruccional se topa de inmediato con la ignorancia crasa. En términos generales, el pasado es una noción inexistente y el presente una especie de combustión instantánea.
Muchos de nuestros problemas, de nuestras taras, de nuestras inconsistencias, han sido develados durante muchos años por nuestra clase intelectual. Ahí están el retrato ominoso de Guzmán hecho por Ramón Díaz Sánchez, o la Comprensión de Venezuela de Mariano Picón Salas, o el Mensaje sin destino de Briceño Iragorry o los diarios carcelarios de Blanco Fombona. Nuestros grandes cuentistas se han encargado de desmenuzar nuestra realidad física y emotiva, hasta llegar a niveles insospechados. Y no se hable de nuestra gran poesía, capaz de atravesar la materia para dar cuenta de nuestra cosmovisión y afanes. Ese tesoro está allí, a la mano, pero nadie lo consulta, ni tampoco el gesto docente lo trae al salón de clases. Si así lo hiciéramos, veríamos que nuestra tragedia actual –minada por el caudillismo, el personalismo, el militarismo, el despotismo y la corrupción– se asemeja a retratos de época. Para un lector atento o instruido, los desmanes de hoy pueden ser los de ayer, calcados al pie de la letra en muchos casos. Ya hemos tenido grandes frescos literarios que nos han hablado del poder omnímodo y su rastro de sangre. De manera que esta película que nos quiere mostrar hombres nuevos y socialismos del siglo XXI, en verdad nos habla de hombres viejos, muy viejos, y de taras que se repiten. Vivimos en el reino de la regresión creyendo que conquistamos el futuro.
Los libros de nuestros intelectuales son señas de identidad indelebles o rastros que brillan en el vacío. Sus vidas se abocaron a construir sentido, significación, entendimiento y razón de ser, en la mayoría de los casos mucho más allá de nuestra clase política, por lo general inconsistente. Cualquier página de este legado coral, cualquier frase, le tapa la boca a las estupideces que a diario pronuncian nuestros llamados representantes, artífices del rebuzne. Esas páginas son nuestro consuelo, pero también nuestra tabla de salvación. Mirar hacia el futuro es reencontrarlas, pues no hay mapa mayor del país integral que ese legajo infinito de hojas macerado a través eza se entregaron a los otrosnf f ermedad, la c mapa mayodel paupideces que a adiario oos al pie de la letra en muchos casos de los siglos por venezolanos honorables. Vidas que desde el exilio, la enfermedad, la cárcel o la pobreza se entregaron a los otros. Vidas ejemplares sin saber que lo eran.

Fotografía: LB, 2014.

domingo, 7 de julio de 2013

¿Y SI EXTRAEMOS UN SOLO EJEMPLAR ...?

¿Políticos pensantes?
Ox Armand  


Un amigo me comentó el Tweed de Iván Méndez (@ivanxcaracas)  sobre los libros y  los políticos o, más exactamente, con sus actos. A simple vista, no parece una relación virtuosa, pero son diferentes las perspectivas para tratarla. Digamos que ¿lo primero es el libro y después el testimonio político, o a la inversa?  En un caso, estaríamos hablando del intelectual que se mete en política, realizando su programa. Sería como un tecnócrata que tiene éxito previamente, como ciertos ministros de Carlos Andrés Pérez II, y luego debe probarlo con la ventaja del “ya lo dijo antes”. O si se tratara del libro en sí mismo, dedicado a otras cosas, como la novela, estaría moralmente autorizado como lo estuvo Rómulo Gallegos o Arturo Uslar Pietri.

El otro caso, se refiere al político práctico, tan práctico que nunca ofrece con antelación sus ideas sistematizadas. Vale la eficacia, no el dogma. Deben otros interpretarlo y escribir, porque – a lo sumo – lo que puede publicar luego son sus memorias, la compilación de los discursos o las entrevistas concedidas. Pérez fue prolijo en discursos y hay antologías oficiales extraordinarias, no sin comentar que Agustín Blanco Múñoz o Alfredo Peña recogieron eficazmente su pensamiento en sendas obras de entrevistas, como no pudieron hacerlo Roberto Giusti y Ramón Hernández.

El prototipo clásico del dirigente político venezolano, fue el que pensaba y el que actuaba. Vale decir, el que simultáneamente reflexionaba según previera o evaluara sus actos. Y de todas las tendencias: Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Gustavo Machado, por ejemplo. Otro ejemplo, Rodolfo José Cárdenas, Domingo Alberto Rangel y Carlos Canache Mata. Digan lo que digan, se dedicaban.  José Rodríguez Iturbe, Teodoro Petkoff y Constantino Quero Morales. Además, político que se preciara, escribía semanalmente en la prensa. Pero todo decayó. La política banal de veinte o diez años para acá, les exige un estudio de televisión y el ventajoso reportaje de la prensa, antes que tinta constante y sonante. Todo (a mi modo de ver) degeneró, comenzando por los que les hacían los artículos ubicados en los espacios graciosamente concedidos por periódicos y portales. Hay quienes jamás necesitaron demostrar sus ideas, afinar sus planteamientos, darle consistencia a sus propuestas, apelando al lugar común que otros interpretaban, como Chávez Frías. Por añadidura, goza de todo el fondo editorial de El Perro y La Rana o Monte Ávila para sus intérpretes y linsonjeros de oficio.

Además, ¿quién duda de la influencia de algunos políticos, autores de obras que sentaron precedentes? ¿”Venezuela, política y petróleo” de Rómulo Betancourt no influyó determinantemente en nuestra compartida visión de país? Incluso, un amigo ya adelanta un seminario en la UCV sobre libros de marcada trascendencia, como el de Betancourt, “Especificidad de la democracia cristiana” de Caldera, “Checoeslovaquia, el socialismo como problema” de Petkoff, “Del buen salvaje al buen revolucionario” de Carlos Rangel, entre otros. Pero ¿hoy se pide un libro porque hay un sector serísimo de la opinión pública?

Todo político que se tenga por tal, es pensante. Otra cosa es la piratería: se hace pasar por meditabundo. Una anécdota: un connotado político quiso por escenario una universidad al sur del país. Y, al solicitarlo a otro amigo, por cierto,  me dijo que le negó la posibilidad ya que iba a hablar de la política diaria, no del derecho del trabajo como Caldera, por decir algo.

http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/15807-ipoliticos-pensantes

jueves, 17 de enero de 2013

TELEUNO

Con sobrada razón, María Efe celebró la aparición de Antonio Pasquali en el conocido programa de Globovisión, comenzando la noche de ayer.  Por lo general, la palabra profunda y certera es reemplazada por la más fácil y equívoca. Y los inteligentes entrevistadores lo dejaron hablar, algo importante, esforzándose en realizar sus mejores esfuerzos para que Antonio Pasquali fuese, sencillamente, Antonio Pasquali.

Anotemos dos importantes perspectivas a las que apuntó Pasquali. La una, desde un ámbito conceptual y experiencial, consignó sus críticas al régimen imprimiéndole sobriedad dode abunda la ligereza, la banalidad y la improvisación. La otra, reconocido experto en la materia, apuntó al desastre televisivo y, en general, comunicacional, del régimen que pretende arrancar el alma, sin arrepentirse de sus ya consabidos estudios y señalamientos sobre la televisión comercial que exageró su  crematismo.

Coincidimos con María Efe, en el lamentable desconocimiento de un elenco de intelectuales probos y honestos, todavía irreemplazados, a favorde otros supuestamente emergentes licuadores de una necedad sin límites....

LB

jueves, 27 de septiembre de 2012

EL MEJOR REMEDIO

SOL DE MARGARITA, 12 de Septiembre de 2012
Ínsulas Extrañas
La condición intelectual
Según Camus, la solvencia moral obligante era la de la vigilancia, la de la duda perpetua, pues la condición humana dista mucho de ser perfecta, y muchas veces son más los demonios que nos visitan que los dioses que nos orientan.
Antonio López Ortega

La condición intelectual nunca pudo ser igual después de las tres grandes pestes del siglo XX: Nazismo, Comunismo, Fascismo. En el pasado, los poetas o cronistas pudieron alimentar sus versos con tragedias bélicas o epidemias religiosas, pero nunca la negación de la condición humana tuvo las proporciones infernales que vimos en el fenecido siglo. Se diría que, a partir de esos sucesos, una especie de antivirus debería correr de manera natural por el torrente sanguíneo de la condición intelectual, y prender las alarmas de manera preventiva.
Sorprende, sin embargo, cómo la desmemoria o la irresponsabilidad hacen campo en mentes que suponemos luminosas. Los desmanes siguen ocurriendo, en una proporción u otra, y frente a ellos los intelectuales se comportan como juglares.
La situación del intelectual creyente, que puede abrazar una u otra causa, quedó hecha añicos en el siglo XX. Ya solo hay lugar para la duda, para la vigilancia, porque el poder en sí mismo es nefasto, corroe todas las instancias, y ante él el ejercicio intelectual solo puede aspirar a volverse muro de contención frente a los abusos y los engaños.
En la Francia que sobrevive a la Segunda Guerra Mundial, dos modelos de conducta intelectual quedan enfrentados. Uno es el de Jean Paul Sartre, con su denominación del engagement (compromiso), que modeló tantas conductas, sobre todo en el campo de lo que conocemos como izquierda. Otro es el de Albert Camus, para quien la condición intelectual no podía ser ya la misma, pues credo que se abrazara conducía irremisiblemente a la decepción, a la quiebra de la ilusión.
Según Camus, la solvencia moral obligante era la de la vigilancia, la de la duda perpetua, pues la condición humana dista mucho de ser perfecta, y muchas veces son más los demonios que nos visitan que los dioses que nos orientan.
Después de haber traído el infierno a la superficie en pleno siglo XX, con campos de concentración y bombas atómicas, la fe en causas humanas requiere al menos una dosis de escepticismo.
Es el mejor remedio para las visiones mesiánicas, unívocas e invariables que todavía nos visitan. Descreer siempre será lo más sano que sumarse ciegamente a los designios de otros.

Fotografía: Detalle de la reseña de El Nacional (Caracas, 1957), AC Nobel de Literatura.

domingo, 29 de julio de 2012

DESINSULACIÓN

SOL DE MARGARITA, Porlamar, 25 de Julio de 2012
Ínsulas extrañas
Intelectualidad y poder
Los ejemplos están a la mano para entender cada vez menos a aquellos intelectuales o artistas que en pleno siglo XXI siguen abrazando causas políticas sin un ápice de crítica o autocrítica: parecen niños danzando la música de la ignorancia o, peor, de la desmemoria.
Antonio López Ortega

Un hermoso poema de Eugenio Montejo –“Adiós al siglo XX”– enumera los grandes avances de esa centuria pero también las grandes pestes: nazismo, estalinismo, franquismo. Más recientemente, el ensayista colombiano Carlos Granés, en su libro El puño invisible, expone una tesis al menos temeraria: no fueron las políticas las verdaderas revoluciones del siglo sino más bien las artísticas. Dicho esto, la distancia de los acontecimientos nos obliga a entender cada vez menos la situación de intelectuales y artistas que abrazaron en su momento utopías que terminaron siendo escaparates desvencijados. Leer hoy en día los cantos que Paul Eluard dedicó a Stalin o alguna que otra oda impresentable de Neruda ofende la condición misma de la poesía. Hubo intelectuales orgánicos del Franquismo, con libros que hoy valen menos que el polvo, y nos cuesta releer a esa mente prodigiosa que fue Heidegger defendiendo las tesis del “hombre nuevo”. Todo engaño o autoengaño, en un siglo de tantas creencias, tuvo su contrapeso, y para anteponerse a la tesis del compromiso de Sartre tuvimos a un Camus, así como Heidegger encontró en su discípula, confidente y amante Hanna Arendt la más importante biógrafa del autorismo.
Los ejemplos están a la mano para entender cada vez menos a aquellos intelectuales o artistas que en pleno siglo XXI siguen abrazando causas políticas sin un ápice de crítica o autocrítica: parecen niños danzando la música de la ignorancia o, peor, de la desmemoria. ¿No recordamos ya las cartas que Anna Ajmátova enviaba a sus pares franceses alertando sobre los crímenes del régimen de Stalin? Si alguna lección han dejado las pestes de las que hablaba Montejo es que ningún intelectual de hoy puede ejercer su oficio sin un temple crítico frente al poder, frente a todo tipo de poder. Pensar o criticar son condiciones innegociables para un intelectual de estos tiempos: de él no se espera menos que esto. No hacerlo es negar la primera condición de un pensador o creador, que es la de ser la punta de vanguardia de una sociedad para alertarla de sus errores, desvaríos o despropósitos. El acompañamiento que en la actual crisis económica española –con Juan Goytisolo a la cabeza– han ejercido sus intelectuales es digno ejemplo de una función que, lejos de olvidarse, se mantiene en vela frente a unas clases política y económica que demuestran ser irresponsables.
Para ceñirnos a la escala venezolana, el temple crítico de nuestros intelectuales los ha llevado en el pasado al ostracismo, al presidio y, en algunos casos, a la muerte. En el balance de una corta gesta republicana, los nombres que tuvieron que alertar sobre los desmanes del poder se crecen frente a los que callaron y consintieron. Tenemos hoy tristes casos de intelectuales talentosos convertidos en lectores de cartillas y de poetas que ensalzan al mandante de turno con dotes de vate. Son gestos lastimosos, lamentables, que sólo el tiempo se encargará de ordenar. También en los años venideros tendremos a nuestro Eluard particular: un poeta que costará apreciar por sus credos inaceptables y sus declaraciones de pacotilla.
Ilustración: Guy Laramée (El País, Madrid,  27/07/12)

lunes, 1 de noviembre de 2010

hilandería


EL NACIONAL - Lunes 01 de Noviembre de 2010 Nación/4
CHAVISMO Comunas dependen de reforma constitucional
Intelectuales del PSUV critican fallas del partido
"Si el pueblo
legislador profundiza el parlamentarismo de calle, malas noticias; es un modelo atado a burocracia de Asamblea", dicen
MARU MORALES


Los intelectuales pro oficialistas Edgar Figuera y Rubén Reinoso evaluaron los resultados del 26-S y concluyeron que el revés del chavismo fue la respuesta del electorado a cinco años de malas gestiones en los ámbitos nacionales, regionales, locales y en la Asamblea Nacional.

"Hay una dislocación entre el discurso y las prácticas de la gestión socialista que está impidiendo que el socialismo sea gratificante", dijo Figuera, antropólogo y profesor universitario, a una audiencia integrada por diputados, funcionarios de la Asamblea Nacional y militantes del PSUV. El foro se realizó la semana pasada en el Parlamento cuando se analizaron los nuevos escenarios políticos postelectorales.

El profesor ofreció algunos datos, en su opinión, preocupantes: "La Junta del Chocolate tiene 3 años esperando recursos y la planta procesadora de cacao no funciona. En una encuesta que realizamos en el estado Sucre, 43% de los habitantes no conoce el nombre del gobernador". Se trata de Enrique Maestre, jefe del PSUV en la entidad oriental.

Por ello, Figuera se mostró a favor de revisar algunos mandatos regionales y municipales: "El 26 nos engañamos e intentamos engañar a la gente con gestiones de gobernadores y alcaldes que hay que poner en remojo. Antes que otros los vayan a revocar, debemos adelantar ese proceso". Igual posición tiene el Frente de Profesionales y Técnicos del PSUV.

Ante el vacío jurídico para consolidar la estructura del Estado comunal, Figuera planteó la necesidad de modificar parcialmente la Constitución para que la comuna sea operativa y legal y sea reconocida como las parroquias, regiones y municipios: "Hay algunos aspectos jurídicos que obstaculizan el desarrollo y la formación de comunas y del gobierno comunal. Si queremos que el pueblo se empodere, parte del quehacer legislativo, de las regiones, tiene que pasar a manos de la comuna".

El historiador Rubén Reinoso sostuvo que si el concepto de pueblo legislador es una profundización del parlamentarismo de calle son malas noticias. "Es un modelo atado a la burocracia de la Asamblea cuyos 4.000 empleados están en Caracas. El diputado en su región no cuenta con apoyo para desarrollar su tarea de divulgación".

Alertó que el pueblo legislador tiene que construirse sobre una lógica que trascienda al PSUV, al que tildó de endogámico, incapaz de mirar hacia fuera de sus filas: "En las cifras oficiales del PSUV hay 7 millones de militantes, pero sólo votaron 5 millones, lo cual quiere decir que no pudimos convencer a nadie para que votara por nosotros. Y peor aún un alto porcentaje dejó de votar por nosotros".