De nuestra reserva ética
Luis Barragán
Recordemos, con motivo de la convocatoria a la exitosa consulta popular del 16-J, un grupo de destacados big-leaguers venezolanos, se pronunció favorablemente, aunque el video respectivo trajo una importante aclaratoria: siempre cuidan de no inmiscuirse en la diaria diatriba política. Consejo éste, dado por Andrés Galarraga, supo de una obvia excepción con el plebiscito que, al pasar los días, muestra su profunda e inédita significación histórica al tratarse la propia existencia republicana.
Apartando el caso de los jugadores que incursionaron en las maniobras del actual régimen, ofreciéndose hasta como candidatos que alcanzaron importantes posiciones, luego abandonadas por el oficio real que sinceraron, el promedio ha sido celoso de una conducta ecuánime, sobria y respetuosa, muy consciente y cuidadoso del papel desempeñado entre nosotros. El país que admira y aplaude a sus grandes figuras deportivas, celebra el talento, la vocación, la probidad, la disciplina y la perseverancia que, por siempre, resultan indispensables en toda empresa de superación.
Importante acotación, pocos o nadie cuestiona el caudal económico obtenido por todos y cada uno de nuestros profesionales del deporte, porque lo sabemos de un legítimo origen, proporcional al esfuerzo realizado, ciertamente transparente. Frecuentemente, con la discreción propia de todo gesto auténtico, suelen hacer contribuciones muy tangibles, dando muestra de un solidario desprendimiento, en el ejercicio de la caridad que, como toda que sea tal, no espera una contraprestación personal e inmediata.
Demostrando lo lejos que puede llegar el venezolano que descubre a tiempo su talento y vocación, desenvolviéndose libremente, ellos constituyen el referente ético por excelencia que no tiene equivalente, por ahora, en otros ámbitos, por lo menos, con la fuerza y la ejemplaridad tan necesarias. Por lo general, queda atrás la amarga noticia de los ídolos que también estelarizaron las páginas de sucesos, décadas atrás, por algunos extravíos y abusos, llegando a despilfarrar la fortuna alcanzada, pero – sancionados moralmente por la sociedad – también supieron corregir y, en la etapa postrera de sus vidas, se convirtieron en personas sensatas, prudentes y respetables.
En medio de las consabidas, actuales y duras circunstancias, reivindicando lo que fue una gesta de unidad de la familia venezolana, a propósito de las jornadas del 16-J, podemos afirmar que tenemos una sólida reserva ética en la Venezuela que se levantará y echará a andar por el camino de sus plenas realizaciones. El deportista, por afición y profesión, se alza como un referente fundamental para la ciudadanía y, naturalmente, para el liderazgo político, incluyendo al que desafortunadamente lo desconoció, rompiendo el compromiso histórico del 16-J.
Reproducción: Carlos "Morocho" Hernández, El Nacional (Caracas, 11/1965).
06/11/2017:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/31246-de-nuestra-reserva-etica
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sábado, 4 de noviembre de 2017
jueves, 31 de agosto de 2017
NECESARIA CONJUNCIÓN
Moral y políticaNicomedes Febres
Martes, 29 de Agosto de 2017
Todos nos ubicamos en el amplio espectro de la línea que hay entre la Moral y la Inmoralidad común, pero la inmensa mayoría de las personas creen que ellos están en el extremo de la mayor moralidad existente, siendo muchos unos delincuentes porque cada ladrón juzga por su condición.
Quien trazó la línea diferencial entre la Moral y la Política fue el gran Nicolás Maquiavelo en su monumental obra El Príncipe, que ha salido en miles de versiones, incluso comentadas por algunos políticos, entre ellos Napoleón Bonaparte y si alguien quiere conocer al verdadero emperador francés debe leer sus comentarios privados apuntados en ese libro. Tremendo loco era el corso. Pero ni Maquiavelo logró desasirse de su propia moral que él condicionó a la reunificación de Italia.
Como los políticos son personas corrientes, todos tienen su visión personal de la moral y luego de tantos años puedo decirles que hay de todo como en botica, pero como la gente de a pie cree que la moral y la política están imbricadas siempre, tienden a juzgar de manera simplista las acciones de los políticos, que muchas veces están signadas por la desesperación y la urgencia entre opciones siempre malas y por eso la Política es el arte de lo posible y como la mayoría de las personas creen que los políticos son gente exitosa y la moralidad de mucha gente exitosa económicamente deja mucho que desear, pues creen que el éxito político y el económico son iguales, entonces según ellos, los políticos son ricos y por ende unos delincuentes, que no lo son, como tampoco todos los ricos. Diría más bien que son gente común y corriente, y normalmente los políticos que de jóvenes asumen la política como forma de testimonio de existencia son quizás lo mejor moralmente de cada generación y por eso digo que hay que conocer la historia personal de los políticos, que ha sido la columna vertebral de la valoración de los gringos hacia sus líderes, que además incluye algo tan relativo como ser fiel a la verdad. Cosa distinta que por azar de la fortuna, son los hombres exitosos de repente y lo digo pensando en el difunto, que se rodean en el acto de puros delincuentes ávidos de riqueza y pienso en muchos políticos metidos en eso desde adultos, y basta el psuv por demostrar mi opinión. Por ejemplo todos hablamos pestes de ricardito sánchez y de william ojeda, este último que se ofertó como un paradigma moral por haber confrontado la corrupción judicial en su libro "Cuanto vale un juez", por el que fue preso durante un año. Recuerdo que su madre era una respetable y vieja maestra petareña de la que él se jactaba y con quien vivía, sin embargo ricardito y william se prostituyeron.
Pero resulta que nadie habla del resto de nuestros diputados en la asamblea nacional pasada cuando dosdado era su presidente. Allí acudieron diputados de la oposición, desde mi amigo Eduardo Gómez Sigala hasta muchos otros que no disfrutan del mismo status económico de Eduardo. Estos eran pobres de solemnidad, que como no tenían como mantenerse en Caracas, vivían en sus pueblos del interior y cada vez que se venían en autobús a sesiones debían llegar a pulgosas pensiones de mala muerte en las cercanías del congreso nacional, comiendo comida mala, mientras a sus contrapartes chavistas les pagaban sus emolumentos y viáticos, que no lo hacían con los opositores, amén de hoteles de lujo, excelentes apartamentos amoblados, carros con chofer, tarjetas de crédito sin límites, prepagos de las mejores y un sinfín de privilegios más. Sin embargo no he leído de homenajes ni reconocimientos de esos humildes diputados que resistieron solos todas las tentaciones para que dieran saltos de talanqueras a favor del régimen. De mucho de eso hablamos con el diputado Luis Barragán, uno de ellos, sobre el tema. Esa es la verdadera historia heroica de la vida política de cada día cuando se apagan los reflectores y cesan aplausos y pitidos.
Fuentes:
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Diputado Luis Barragán,
Eduardo Gómez Sigala,
Ética,
Moral,
Política,
Políticos
miércoles, 30 de agosto de 2017
FOSO
EL PAÍS, Madrid, 12 de agosto de 2017
TRIBUNA
Entre la impunidad y el mito
La izquierda se ha arrogado durante años el papel de comisaria moral del espectro político
Jorge Eduardo Benavides
Durante casi ochenta años, la extinta Unión Soviética levantó, a base de exterminios, cárceles, gulags y cientos de miles de kilómetros de alambres de púas, el paraíso comunista que extendía sus fronteras hasta la mitad de Europa. Durante todo ese tiempo, una gran parte de los llamados intelectuales de izquierda del mundo occidental miraron con anuencia todo aquel inventario de atropellos y asesinatos, a veces simplemente negando su existencia o, si eran puestos contra las cuerdas por la tozuda realidad, explicando la serie de males necesarios que se requerían para luchar contra el perverso capitalismo.
En su ensayo Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses (1944-1956), Toni Judt reflexiona con minucia sobre el carácter ambivalente de muchos de estos intelectuales y la pasmosa relajación moral de algunos de ellos, como Emmanuel Mounier, quien escribe, a propósito del golpe de Praga de 1948, que “no hay progreso que no tuviera su comienzo en una minoría audaz, ante la instintiva pereza de la mayoría”. No fue el único ni sería el último de los muchos intelectuales europeos —Sartre, Brecht, Debray…— que durante décadas persistieron empeñados en que el comunismo soviético era un sistema per se bondadoso y libertario. Lo mismo ocurrió con la Cuba castrista: escasos fueron los intelectuales de ese entonces que no cantaron loas a Fidel Castro y escribieron ruborosos elogios a la revolución mientras sus colegas eran silenciados, asesinados o encarcelados. De hecho, nuestro tan querido boom literario estaba compuesto por los principales legitimadores del castrismo y la revolución, como bien sabemos.
Durante mucho tiempo nos han dicho que eran gentes de buena fe engañadas por la maquinaria propagandista de aquellos regímenes. Que en realidad nadie sabía lo que estaba ocurriendo realmente tras las fronteras de Cuba, la Unión Soviética o China. Pero ese sapo yo no me lo trago, pues era gente informada y con acceso a lo que ocurría en el mundo. Por desgracia, creo que la explicación más probable es más simple y también más siniestra: querían creer. Empeñados en las bondades del comunismo, aquellos intelectuales le dieron la espalda a su primera responsabilidad con la verdad y avalaron así a todos quienes los leían y los tenían por referentes morales, cegándolos ante la desventura y el horror que sufrían sus congéneres. Lo cuenta muy bien el escritor cubano Jacobo Machover en El sueño de la barbarie: la complicidad de los intelectuales con la dictadura castrista.
Pues bien, con ese auspicioso saldo moral en sus cuentas han funcionado durante décadas los partidos comunistas y las izquierdas unidas de todo el mundo y se han disculpado todos los atropellos, todos los encarcelamientos y toda la brutalidad de los regímenes que ensayan la senda del totalitarismo y que son modelo de estos partidos, que funcionan gracias a la democracia que quieren destruir. Basta leer los tuits en los que el vergonzante Alberto Garzón despide —con la emoción de una colegiala— a Fidel Castro (“Su ejemplo y pensamiento pervive”, dice) y elogia el destrozo que está haciendo el chavismo en Venezuela hoy mismo; empeñado en negar la clamorosa evidencia de que nadie que dure en el poder 50 años puede considerarse demócrata ni que un régimen que se enquista a sangre y fuego es modelo de democracia. ¿Es eso lo que propone Izquierda Unida para España o se trata solo de una aspiración mística-ideológica?
En todo caso, esto ha sido así porque durante años la izquierda se ha arrogado el papel de comisaria moral del espectro político, de airada detentadora de la progresía y la bondad. Y los demás nos hemos dejado chantajear y hemos dado por bueno que ser de izquierdas (de esa izquierda) es estar intrínsecamente del lado de los desfavorecidos. De lo contrario uno era —y es— acusado de fascista. Y no, no concede crédito democrático que los comunistas se hubieran enfrentado a Franco aquí en España, porque no hay ningún valor en enfrentarse a una dictadura en nombre de otra.
No nos engañemos: no hay ninguna deriva en la Izquierda Unida ni en el planteamiento de Podemos —los verdaderos campeones del cinismo— ni en general en las izquierdas de todo el mundo que tienen como modelo a Stalin, a Castro o Chávez, a quienes elogian con impunidad o justifican con vacilantes balbuceos y desplantes retóricos. Esa izquierda siempre ha defendido los regímenes totalitarios y es lo que buscan instaurar en nombre de un mundo mejor y de una sociedad perfecta. Tal es su naturaleza.
(*) Jorge Eduardo Benavides es escritor.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/09/opinion/1502293979_955294.html
Fotografía: Tomada de la red.
TRIBUNA
Entre la impunidad y el mito
La izquierda se ha arrogado durante años el papel de comisaria moral del espectro político
Jorge Eduardo Benavides
Durante casi ochenta años, la extinta Unión Soviética levantó, a base de exterminios, cárceles, gulags y cientos de miles de kilómetros de alambres de púas, el paraíso comunista que extendía sus fronteras hasta la mitad de Europa. Durante todo ese tiempo, una gran parte de los llamados intelectuales de izquierda del mundo occidental miraron con anuencia todo aquel inventario de atropellos y asesinatos, a veces simplemente negando su existencia o, si eran puestos contra las cuerdas por la tozuda realidad, explicando la serie de males necesarios que se requerían para luchar contra el perverso capitalismo.
En su ensayo Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses (1944-1956), Toni Judt reflexiona con minucia sobre el carácter ambivalente de muchos de estos intelectuales y la pasmosa relajación moral de algunos de ellos, como Emmanuel Mounier, quien escribe, a propósito del golpe de Praga de 1948, que “no hay progreso que no tuviera su comienzo en una minoría audaz, ante la instintiva pereza de la mayoría”. No fue el único ni sería el último de los muchos intelectuales europeos —Sartre, Brecht, Debray…— que durante décadas persistieron empeñados en que el comunismo soviético era un sistema per se bondadoso y libertario. Lo mismo ocurrió con la Cuba castrista: escasos fueron los intelectuales de ese entonces que no cantaron loas a Fidel Castro y escribieron ruborosos elogios a la revolución mientras sus colegas eran silenciados, asesinados o encarcelados. De hecho, nuestro tan querido boom literario estaba compuesto por los principales legitimadores del castrismo y la revolución, como bien sabemos.
Durante mucho tiempo nos han dicho que eran gentes de buena fe engañadas por la maquinaria propagandista de aquellos regímenes. Que en realidad nadie sabía lo que estaba ocurriendo realmente tras las fronteras de Cuba, la Unión Soviética o China. Pero ese sapo yo no me lo trago, pues era gente informada y con acceso a lo que ocurría en el mundo. Por desgracia, creo que la explicación más probable es más simple y también más siniestra: querían creer. Empeñados en las bondades del comunismo, aquellos intelectuales le dieron la espalda a su primera responsabilidad con la verdad y avalaron así a todos quienes los leían y los tenían por referentes morales, cegándolos ante la desventura y el horror que sufrían sus congéneres. Lo cuenta muy bien el escritor cubano Jacobo Machover en El sueño de la barbarie: la complicidad de los intelectuales con la dictadura castrista.
Pues bien, con ese auspicioso saldo moral en sus cuentas han funcionado durante décadas los partidos comunistas y las izquierdas unidas de todo el mundo y se han disculpado todos los atropellos, todos los encarcelamientos y toda la brutalidad de los regímenes que ensayan la senda del totalitarismo y que son modelo de estos partidos, que funcionan gracias a la democracia que quieren destruir. Basta leer los tuits en los que el vergonzante Alberto Garzón despide —con la emoción de una colegiala— a Fidel Castro (“Su ejemplo y pensamiento pervive”, dice) y elogia el destrozo que está haciendo el chavismo en Venezuela hoy mismo; empeñado en negar la clamorosa evidencia de que nadie que dure en el poder 50 años puede considerarse demócrata ni que un régimen que se enquista a sangre y fuego es modelo de democracia. ¿Es eso lo que propone Izquierda Unida para España o se trata solo de una aspiración mística-ideológica?
En todo caso, esto ha sido así porque durante años la izquierda se ha arrogado el papel de comisaria moral del espectro político, de airada detentadora de la progresía y la bondad. Y los demás nos hemos dejado chantajear y hemos dado por bueno que ser de izquierdas (de esa izquierda) es estar intrínsecamente del lado de los desfavorecidos. De lo contrario uno era —y es— acusado de fascista. Y no, no concede crédito democrático que los comunistas se hubieran enfrentado a Franco aquí en España, porque no hay ningún valor en enfrentarse a una dictadura en nombre de otra.
No nos engañemos: no hay ninguna deriva en la Izquierda Unida ni en el planteamiento de Podemos —los verdaderos campeones del cinismo— ni en general en las izquierdas de todo el mundo que tienen como modelo a Stalin, a Castro o Chávez, a quienes elogian con impunidad o justifican con vacilantes balbuceos y desplantes retóricos. Esa izquierda siempre ha defendido los regímenes totalitarios y es lo que buscan instaurar en nombre de un mundo mejor y de una sociedad perfecta. Tal es su naturaleza.
(*) Jorge Eduardo Benavides es escritor.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/09/opinion/1502293979_955294.html
Fotografía: Tomada de la red.
miércoles, 7 de junio de 2017
CUENTOS COMUNALES
SOL DE MARGARITA, 3 de junio de 2017
Fisiología de la "nueva clase"
Walter Castro Salerno
Ha resultado demostrable, por obvia, con las posiciones asumidas por los principales poderes públicos, coincidentes con el gobierno, (CNE, Sala Constitucional del TSJ), o divergentes (Fiscal General), y la dinámica misma de los hechos últimos, la decidida e inalterable determinación de la clase política gobernante (la “nueva” y muy opulenta), de entronizarse, al costo que sea, y a como dé lugar, en el poder. No se arredra, ni se ha detenido, en el reguero de sangre que han dejado las numerosas manifestaciones de resistencia, aun cuando algunas de éstas hayan sido organizadas y ejecutadas por bandas o agentes paramilitares extranjeros. No ha tomado en cuenta para nada las advertencias, opiniones contrarias, las críticas salidas de sectores o individualidades correspondientes al pensamiento y “praxis”, del legado del Cdte. Chávez.
La “nueva clase” tampoco ha sufrido el menor escrúpulo de conciencia moral al violentar los procedimientos previstos en la Constitución para convocar y realizar una Asamblea Nacional Constituyente. Émulos de un viejo autócrata del siglo XIX, de los tantos que pululan y ensombrecen nuestra historia, (José Tadeo Monagas) reiteran con él: “La Constitución sirve para todo”. Lo único serio e importante: Quedarse en el poder. Lo demás: la crisis económica, con hiperinflación que yugula y sangra el ingreso de los trabajadores, la parálisis del sector agroindustrial, el crónico desabastecimiento de víveres y medicamentos, el marasmo de la investigación científica, la ruina de hospitales, no importa. Son intrascendentes. Resultan en los llamados efectos colaterales. No deben
ni pueden constituir opciones prioritarias.
Acaso podrían distraer los esfuerzos, enredar la estrategia, colocar en peligro mortal la supervivencia de la nueva clase que detenta el poder, parasita el Estado, se abroga toda clase de privilegias, prebendas, cargos públicos, inmunidades e impunidad. La “nueva clase” funciona en y con la realidad del poder. En esta forma: 1/ Ninguno de sus integrantes sufre los embates de la crisis. Nunca los verá usted en la cola para comprar pan u otros víveres, medicamentos, insumos. 2/ Tiene acceso a las mejores viviendas, los autos, hoteles, balnearios. 3/ Al ser nepótica, la mayor parte de su parentela, hijos, hermanos, sobrinos y primos, se encuentra en los más altos y bien remunerados cargos de la administración pública, embajadas y consulados, organismos aduaneros y tributarios, directivas de empresas mixtas y expropiadas. 4/ En el exterior, reside en las zonas más selectas y costosas, se viste y calza ropa y calzado de marcas finas y caras, disfruta todos los lujos y placeres de la “dolce vita”. 5/ Está exenta de toda la farragosa tramitación ante organismos oficiales.
Tal pues, a grandes y someros trazos, la fisiología de la “nueva clase”. Su voluntad política, su afán y ambición es mantener semejante hegemonía. Lo demás, son “cuentos comunales”, “el hombre nuevo”, “la democracia participativa y protagónica”.
Fuente:
http://www.elsoldemargarita.com.ve/posts/post/id:190278/Fisiolog%C3%ADa-de-la-_nueva-clase_
Fisiología de la "nueva clase"
Walter Castro Salerno
Ha resultado demostrable, por obvia, con las posiciones asumidas por los principales poderes públicos, coincidentes con el gobierno, (CNE, Sala Constitucional del TSJ), o divergentes (Fiscal General), y la dinámica misma de los hechos últimos, la decidida e inalterable determinación de la clase política gobernante (la “nueva” y muy opulenta), de entronizarse, al costo que sea, y a como dé lugar, en el poder. No se arredra, ni se ha detenido, en el reguero de sangre que han dejado las numerosas manifestaciones de resistencia, aun cuando algunas de éstas hayan sido organizadas y ejecutadas por bandas o agentes paramilitares extranjeros. No ha tomado en cuenta para nada las advertencias, opiniones contrarias, las críticas salidas de sectores o individualidades correspondientes al pensamiento y “praxis”, del legado del Cdte. Chávez.
La “nueva clase” tampoco ha sufrido el menor escrúpulo de conciencia moral al violentar los procedimientos previstos en la Constitución para convocar y realizar una Asamblea Nacional Constituyente. Émulos de un viejo autócrata del siglo XIX, de los tantos que pululan y ensombrecen nuestra historia, (José Tadeo Monagas) reiteran con él: “La Constitución sirve para todo”. Lo único serio e importante: Quedarse en el poder. Lo demás: la crisis económica, con hiperinflación que yugula y sangra el ingreso de los trabajadores, la parálisis del sector agroindustrial, el crónico desabastecimiento de víveres y medicamentos, el marasmo de la investigación científica, la ruina de hospitales, no importa. Son intrascendentes. Resultan en los llamados efectos colaterales. No deben
ni pueden constituir opciones prioritarias.
Acaso podrían distraer los esfuerzos, enredar la estrategia, colocar en peligro mortal la supervivencia de la nueva clase que detenta el poder, parasita el Estado, se abroga toda clase de privilegias, prebendas, cargos públicos, inmunidades e impunidad. La “nueva clase” funciona en y con la realidad del poder. En esta forma: 1/ Ninguno de sus integrantes sufre los embates de la crisis. Nunca los verá usted en la cola para comprar pan u otros víveres, medicamentos, insumos. 2/ Tiene acceso a las mejores viviendas, los autos, hoteles, balnearios. 3/ Al ser nepótica, la mayor parte de su parentela, hijos, hermanos, sobrinos y primos, se encuentra en los más altos y bien remunerados cargos de la administración pública, embajadas y consulados, organismos aduaneros y tributarios, directivas de empresas mixtas y expropiadas. 4/ En el exterior, reside en las zonas más selectas y costosas, se viste y calza ropa y calzado de marcas finas y caras, disfruta todos los lujos y placeres de la “dolce vita”. 5/ Está exenta de toda la farragosa tramitación ante organismos oficiales.
Tal pues, a grandes y someros trazos, la fisiología de la “nueva clase”. Su voluntad política, su afán y ambición es mantener semejante hegemonía. Lo demás, son “cuentos comunales”, “el hombre nuevo”, “la democracia participativa y protagónica”.
Fuente:
http://www.elsoldemargarita.com.ve/posts/post/id:190278/Fisiolog%C3%ADa-de-la-_nueva-clase_
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Walter Castro Salerno
jueves, 18 de agosto de 2016
REGRESO A LA BARBARIE
EL NACIONAL, Caracas, 18 de agosto de 2016
El espíritu del subdesarrollo y la ética de la miseria
José Rafael Herrera
El buen Immanuel Kant trazó, con firmeza, una estricta 'línea de demarcación' entre la heteronomía y la autonomía moral, estableciendo así el ineludible pasaje de la adolescente inmadurez a la madurez propiamente dicha. Pero la moral es, en realidad, algo más que el simple “deber ser” -término que, por ciento, en estos días, se ha hecho tan habitual, tan común, tan banal, en el lenguaje cotidiano de los funcionarios públicos y privados, policias, educadores, comunicadores, políticos de oficio, etc-. La moral no es un modelo “natural”. Tampoco es algo estático e inmodificable. Por eso mismo, no es una suerte de topus hiperunanico en el que sólo se reflejan las cosas, no como ellas son sino como “deberían ser”, a la manera del espejismo con “buen sentido”. Ella, más bien, está directamente relacionada con el modo de vida social y, en virtud de ello, es una objetivación de la cultura de un determinado conglomerado humano, inmerso en un espacio y un tiempo determinados. Si, como dice Hegel, toda religión remite necesariamente a un principio moral, se puede agregar, a la vez, que toda moralidad remite a la construcción y constitución de una determinada Bildung, es decir, de una determinada formación cultural y, por ende, histórica. La moral, en tanto que modo de pensar, decir y hacer, es mucho más un asunto del ser, de la realidad efectiva, que del inalcanzable, idílico, “deber ser”. Ella es nada menos, que el gobierno de la razón histórica.
No es improbable que, ante semejante conclusión, el gigante de Köningsberg -y, mucho más que él, cierto seguidor suyo-, quedara un tanto sorprendido. No obstante, y de ser así, imagine por un instante el lector cómo sería el thauma de Trucutrú, cuyo habitual cinismo suele ir acompañado de la expresión “ese es el deber ser”, como si se tratara de uno de los mazasos de su impotencia. A propósito de Trucutrú -modelo platónico de la heteronomía-, conviene establecer más de cerca algunos detalles relativos a esta relación existente entre la moralidad y la cultura: ninguna de las dos instancias puede ser sopesada en sus justas dimensiones sin mencionar al lenguaje, porque el lenguaje es una complejidad de hechos orgánicos por medio del cual, como dice Gramsci, “una multiplicidad de voluntades disgregadas, con heterogeneidad de fines, se relacionan con vistas a un mismo fin, sobre la base de una misma y común concepción del mundo”.
De lo dicho hasta ahora, se puede concluir que, en efecto, en el lenguaje se concentra “el clima”, o si se prefiere, el ambiente propicio de la cultura colectiva, ya que su basamento intelectual ha sido asimilado por el ser social, al punto de devenir motivación esencial, “temperatura”: pasión. Recuérdese aquello que, no sin insistencia, observaba Spinoza: “la fuerza de una pasión puede sobrepujar las demás acciones del hombre”. No se trata de la tan cacareada “esperanza”, en consecuencia, sino, en todo caso, del “optimismo de la voluntad”. Siempre. Es así como el lenguaje contiene los elementos fundamentales de una determinada concepción de la vida, de toda una cultura. Por lo cual, el lenguaje de cada individuo permite llegar a comprender los alcances, la mayor o menor complejidad, de la concepción del mundo que se pueda llegar a tener.
El enemigo del cambio real, el mayor detractor de la democracia y del progreso social, se haya inserto en el lenguaje. La superación de la “menor complejidad” presente en una determinada concepción del mundo, a la que Gramsci se refiere, se ha hecho carne y sangre de este tiempo, de esta realidad. Y cabe advertir que no se trata de un fenómeno exclusivo de un país que diariamente es mancillado en largas colas, con -por cierto- la esperanza de adquirir uno que otro producto elemental para poder subsistir. No es solamente el fondo de la narco-caverna de Trucutrú y de sus patéticas sombras vivientes. Es Trump, es Putin, son los Mussolini que se resisten a ser enterrados definitivamente por la historia. Ver la luz, salir de la caverna, comienza por superar la ética de la miseria que un lenguaje extrañado y mediocre le ha impuesto a la sociedad del presente. Es el retorno de la barbarie (bar-bar) que muy poco -o nada- sabe del lenguaje, por lo menos no en la complejidad que Gramsci exige. El ignorante, el subdesarrollado cultural -cuyo lenguaje revela la pobreza espiritual que lo afecta, y que lo hace portador de la cruel y enajenada heteronomía- se haya en la completa inconsciencia de sí mismo que se extiende a la realidad de verdad y a la objetividad de la vida. El pobre de espíritu “vive” -cree ciega y estrechamente que lo hace- “feliz”, sin detenerse un instante a pensar que “quien cesa de padecer deja de ser”.
La tarea cultural por transformar el “glorioso” espíritu del subdesarrollo -a pesar de que hay unos cuantos “conductores” que sienten un profundo orgullo por sustentarlo- pasa por la transformación, es decir, por el enriquecimiento del propio lenguaje en todas sus dimensiones, es decir, no solo gramaticales o de dicción, sino gestuales, corporales, visuales, musicales, en fin: desde sus manifestaciones propiamente cognitivas hasta sus expresiones estéticas. En efecto, y como ha observado Vico, desde la antigüedad “los héroes percibieron por los sentidos humanos aquellas dos verdades que constituyen toda poiesis económica, y que las gentes conservaron con estas dos palabras: educere y educare”. Y, de hecho, lo que constituye todo saber, toda praxis humana, es la producción material y espiritual, porque lo que distingue al ser social de cualquier otra especie es la actividad productiva humana, pero lo que posibilita esa actividad productiva es la conciencia. La superación de la pobreza material que subyuga comienza por la superación de un lenguaje pobre, mediocre, triste y, en última instancia, hueco. Superarlo es el punto de partida de la superación de la ética de la miseria y del conformismo. La inteligencia no es ni más ni menos que lo que Aristóteles llama Virtud. Es la razón al servicio del mundo objetivo y del mundo objetivo al servicio de la razón. Es la conquista de la autonomía, del desarrollo pleno, libre, sin caudillos y sin 'taitas'. Es, en suma, la plena madurez como capacidad de autodeterminación de la vida política, social e individual.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/jose_rafael_herrera/espiritu-subdesarrollo-etica-miseria_0_904709616.html
Fotografía: Detalle de una obra de Julio Pacheco Rivas, exposición BOD (Caracas, 2016).
El espíritu del subdesarrollo y la ética de la miseria
José Rafael Herrera
El buen Immanuel Kant trazó, con firmeza, una estricta 'línea de demarcación' entre la heteronomía y la autonomía moral, estableciendo así el ineludible pasaje de la adolescente inmadurez a la madurez propiamente dicha. Pero la moral es, en realidad, algo más que el simple “deber ser” -término que, por ciento, en estos días, se ha hecho tan habitual, tan común, tan banal, en el lenguaje cotidiano de los funcionarios públicos y privados, policias, educadores, comunicadores, políticos de oficio, etc-. La moral no es un modelo “natural”. Tampoco es algo estático e inmodificable. Por eso mismo, no es una suerte de topus hiperunanico en el que sólo se reflejan las cosas, no como ellas son sino como “deberían ser”, a la manera del espejismo con “buen sentido”. Ella, más bien, está directamente relacionada con el modo de vida social y, en virtud de ello, es una objetivación de la cultura de un determinado conglomerado humano, inmerso en un espacio y un tiempo determinados. Si, como dice Hegel, toda religión remite necesariamente a un principio moral, se puede agregar, a la vez, que toda moralidad remite a la construcción y constitución de una determinada Bildung, es decir, de una determinada formación cultural y, por ende, histórica. La moral, en tanto que modo de pensar, decir y hacer, es mucho más un asunto del ser, de la realidad efectiva, que del inalcanzable, idílico, “deber ser”. Ella es nada menos, que el gobierno de la razón histórica.
No es improbable que, ante semejante conclusión, el gigante de Köningsberg -y, mucho más que él, cierto seguidor suyo-, quedara un tanto sorprendido. No obstante, y de ser así, imagine por un instante el lector cómo sería el thauma de Trucutrú, cuyo habitual cinismo suele ir acompañado de la expresión “ese es el deber ser”, como si se tratara de uno de los mazasos de su impotencia. A propósito de Trucutrú -modelo platónico de la heteronomía-, conviene establecer más de cerca algunos detalles relativos a esta relación existente entre la moralidad y la cultura: ninguna de las dos instancias puede ser sopesada en sus justas dimensiones sin mencionar al lenguaje, porque el lenguaje es una complejidad de hechos orgánicos por medio del cual, como dice Gramsci, “una multiplicidad de voluntades disgregadas, con heterogeneidad de fines, se relacionan con vistas a un mismo fin, sobre la base de una misma y común concepción del mundo”.
De lo dicho hasta ahora, se puede concluir que, en efecto, en el lenguaje se concentra “el clima”, o si se prefiere, el ambiente propicio de la cultura colectiva, ya que su basamento intelectual ha sido asimilado por el ser social, al punto de devenir motivación esencial, “temperatura”: pasión. Recuérdese aquello que, no sin insistencia, observaba Spinoza: “la fuerza de una pasión puede sobrepujar las demás acciones del hombre”. No se trata de la tan cacareada “esperanza”, en consecuencia, sino, en todo caso, del “optimismo de la voluntad”. Siempre. Es así como el lenguaje contiene los elementos fundamentales de una determinada concepción de la vida, de toda una cultura. Por lo cual, el lenguaje de cada individuo permite llegar a comprender los alcances, la mayor o menor complejidad, de la concepción del mundo que se pueda llegar a tener.
El enemigo del cambio real, el mayor detractor de la democracia y del progreso social, se haya inserto en el lenguaje. La superación de la “menor complejidad” presente en una determinada concepción del mundo, a la que Gramsci se refiere, se ha hecho carne y sangre de este tiempo, de esta realidad. Y cabe advertir que no se trata de un fenómeno exclusivo de un país que diariamente es mancillado en largas colas, con -por cierto- la esperanza de adquirir uno que otro producto elemental para poder subsistir. No es solamente el fondo de la narco-caverna de Trucutrú y de sus patéticas sombras vivientes. Es Trump, es Putin, son los Mussolini que se resisten a ser enterrados definitivamente por la historia. Ver la luz, salir de la caverna, comienza por superar la ética de la miseria que un lenguaje extrañado y mediocre le ha impuesto a la sociedad del presente. Es el retorno de la barbarie (bar-bar) que muy poco -o nada- sabe del lenguaje, por lo menos no en la complejidad que Gramsci exige. El ignorante, el subdesarrollado cultural -cuyo lenguaje revela la pobreza espiritual que lo afecta, y que lo hace portador de la cruel y enajenada heteronomía- se haya en la completa inconsciencia de sí mismo que se extiende a la realidad de verdad y a la objetividad de la vida. El pobre de espíritu “vive” -cree ciega y estrechamente que lo hace- “feliz”, sin detenerse un instante a pensar que “quien cesa de padecer deja de ser”.
La tarea cultural por transformar el “glorioso” espíritu del subdesarrollo -a pesar de que hay unos cuantos “conductores” que sienten un profundo orgullo por sustentarlo- pasa por la transformación, es decir, por el enriquecimiento del propio lenguaje en todas sus dimensiones, es decir, no solo gramaticales o de dicción, sino gestuales, corporales, visuales, musicales, en fin: desde sus manifestaciones propiamente cognitivas hasta sus expresiones estéticas. En efecto, y como ha observado Vico, desde la antigüedad “los héroes percibieron por los sentidos humanos aquellas dos verdades que constituyen toda poiesis económica, y que las gentes conservaron con estas dos palabras: educere y educare”. Y, de hecho, lo que constituye todo saber, toda praxis humana, es la producción material y espiritual, porque lo que distingue al ser social de cualquier otra especie es la actividad productiva humana, pero lo que posibilita esa actividad productiva es la conciencia. La superación de la pobreza material que subyuga comienza por la superación de un lenguaje pobre, mediocre, triste y, en última instancia, hueco. Superarlo es el punto de partida de la superación de la ética de la miseria y del conformismo. La inteligencia no es ni más ni menos que lo que Aristóteles llama Virtud. Es la razón al servicio del mundo objetivo y del mundo objetivo al servicio de la razón. Es la conquista de la autonomía, del desarrollo pleno, libre, sin caudillos y sin 'taitas'. Es, en suma, la plena madurez como capacidad de autodeterminación de la vida política, social e individual.
Fuente:
http://www.el-nacional.com/jose_rafael_herrera/espiritu-subdesarrollo-etica-miseria_0_904709616.html
Fotografía: Detalle de una obra de Julio Pacheco Rivas, exposición BOD (Caracas, 2016).
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sábado, 26 de marzo de 2016
DESILUSIÓN GOZOSA
Nagasaki Arriechi
Luis Barragán
El gobierno intenta engañarnos a través de una cuña de muy elaborada factura, mediante la cual ofrece la versión demoníaca de un pasado de hambruna que ha sucumbido ante un presente de hartazgo. Del close-up del misérrimo hueso de la supervivencia pasa al de una olla de abundancias que, finalmente, cuece el mensaje de gran satisfacción de la ama de casa que ha redimido; y, además, con absoluto desparpajo, la ministro para la Mujer, juró recientemente que el pueblo está feliz.
La maquinaria propagandística y publicitaria oficial insiste en burlarse de los venezolanos que sufren los estragos de la crisis, pretendiendo afianzar una interpretación idílica de lo que no cesa de ocurrir, propicia para el juicio de psicólogos y psiquiatras. No puede prosperar tamaña ficción de una felicidad que sólo los privilegiados del poder encuentran, por suerte de algo más que un conjuro político e ideológico.
Convertido el asunto en un problema moral de fondo, semana y tanta atrás se hizo noticia la supuesta incursión de negocios de una ex – parlamentaria de mediana relevancia, sobre todo cuando vivía Chávez Frías, otrora responsable – si mal no recordamos – de los asuntos financieros del partido y también vocera de sus propuestas macroeconómicas La inauguración de un spa, movilizó inmediatamente a los venezolanos residentes en Miami para protestarla porque Negasaki (sic) Arriechi, así identificada por el ocio creador de unos amigos, trata ventajosamente de fugarse del paradisiaco socialismo del siglo XXI con el fin de habitar los suburbios de la cruda realidad del vetusto capitalismo de sus tormentos, por ironía, a tres horas en automóvil de Orlando, referente nostálgico de nuestra clase media.
Se nos antoja un personaje de Jesús del Campo, pues, contrario a lo que pueda insinuar el título de la novela del filólogo, “Los diarios clandestinos de Blancanieves” (Edhesa, Barcelona, 2008), trata de una veraz fábula – valga el oxímoron - política del principado. Generalizada una peligrosa huelga de libreros, apareciendo en escena la Opep y el Chicago Bulls, por ejemplo, asegura la protagonista que “hemos “hemos exportado más noticias de las que hemos importado y constituido frecuentemente un punto de referencia que vuelve cuestionables muchas costumbres ajenas”.
La señora Arriechi ilustra esa tan particular transición hacia la desilusión que puede calificarse de gozosa, aunque - probablemente confiada en el anonimato que ha favorecido a otros compañeros de causa de mayores enredos – no puede evitar el enojado y legítimo señalamiento de sus compatriotas. Por lo menos, Disney hizo de la ingenuidad de la princesa su mejor escudo, descubriéndola del Campo con una clara consciencia política de la crisis de un país de ficción que nunca solventará una declaración, por ministerial que fuese.
Ilustración: Rayma.
Luis Barragán
El gobierno intenta engañarnos a través de una cuña de muy elaborada factura, mediante la cual ofrece la versión demoníaca de un pasado de hambruna que ha sucumbido ante un presente de hartazgo. Del close-up del misérrimo hueso de la supervivencia pasa al de una olla de abundancias que, finalmente, cuece el mensaje de gran satisfacción de la ama de casa que ha redimido; y, además, con absoluto desparpajo, la ministro para la Mujer, juró recientemente que el pueblo está feliz.
La maquinaria propagandística y publicitaria oficial insiste en burlarse de los venezolanos que sufren los estragos de la crisis, pretendiendo afianzar una interpretación idílica de lo que no cesa de ocurrir, propicia para el juicio de psicólogos y psiquiatras. No puede prosperar tamaña ficción de una felicidad que sólo los privilegiados del poder encuentran, por suerte de algo más que un conjuro político e ideológico.
Convertido el asunto en un problema moral de fondo, semana y tanta atrás se hizo noticia la supuesta incursión de negocios de una ex – parlamentaria de mediana relevancia, sobre todo cuando vivía Chávez Frías, otrora responsable – si mal no recordamos – de los asuntos financieros del partido y también vocera de sus propuestas macroeconómicas La inauguración de un spa, movilizó inmediatamente a los venezolanos residentes en Miami para protestarla porque Negasaki (sic) Arriechi, así identificada por el ocio creador de unos amigos, trata ventajosamente de fugarse del paradisiaco socialismo del siglo XXI con el fin de habitar los suburbios de la cruda realidad del vetusto capitalismo de sus tormentos, por ironía, a tres horas en automóvil de Orlando, referente nostálgico de nuestra clase media.
Se nos antoja un personaje de Jesús del Campo, pues, contrario a lo que pueda insinuar el título de la novela del filólogo, “Los diarios clandestinos de Blancanieves” (Edhesa, Barcelona, 2008), trata de una veraz fábula – valga el oxímoron - política del principado. Generalizada una peligrosa huelga de libreros, apareciendo en escena la Opep y el Chicago Bulls, por ejemplo, asegura la protagonista que “hemos “hemos exportado más noticias de las que hemos importado y constituido frecuentemente un punto de referencia que vuelve cuestionables muchas costumbres ajenas”.
La señora Arriechi ilustra esa tan particular transición hacia la desilusión que puede calificarse de gozosa, aunque - probablemente confiada en el anonimato que ha favorecido a otros compañeros de causa de mayores enredos – no puede evitar el enojado y legítimo señalamiento de sus compatriotas. Por lo menos, Disney hizo de la ingenuidad de la princesa su mejor escudo, descubriéndola del Campo con una clara consciencia política de la crisis de un país de ficción que nunca solventará una declaración, por ministerial que fuese.
Ilustración: Rayma.
28/03/2016
viernes, 25 de septiembre de 2015
MALVERSACIÓN ÉTICA
(In) moralidad pública
Luis Barragán
A finales del siglo pasado, surgieron conductas moral y públicamente sancionadas. Una libre y sensible opinión pública, las reprobaba y lograba inhibir al eventual infractor para reforzar un indispensable sentido de convivencia, siendo innecesaria la agresión física, pues bastaba una directa mirada de reproche al victimario.
Enunciados algunos casos, el desenvolvimiento en el Metro de Caracas, por más prisa que se alegara para abordar los vagones y emplear las escaleras mecánicas que funcionaban impecablemente, en un ambiente limpio de toda propagada y publicidad, política y comercial, excepto los ingeniosos y continuos diseños gráficos de las campañas que lo convirtieron también en escuela de civismo, solía impedir o pacíficamente evitar que alguien forzara las puertas automáticas, consumiera bebidas y alimentos, ejerciera la mendicidad o se atreviese a grafitearlo. No fue frecuente la directa llamada de atención de las autoridades de un sistema de transporte que cumplía un horario más amplio de servicio, frente al transgresor de las normas que inmediata y tácitamente era señalado por el público que lo rodeaba, cohibiéndolo prontamente.
Trascendiendo los hemiciclos del parlamento, la proyección, discusión y sanción del Código Orgánico Procesal Penal, luego promulgado, amplió tan significativamente la consciencia sobre los derechos humanos a respetar que ya pocos funcionarios se arriesgaban al maltrato de cualesquiera persona bajo sospecha, presumiendo su inocencia y diferenciándola de aquellos delincuentes obviamente peligrosos y para los cuales utilizaban otros y más adecuados métodos. Hay testimonios en la prensa de la época, sobre la denuncia y la tramitación de los abusos policiales, aminoradas las públicas detenciones bajo el protocolo arbitrario del pesquisador que debía serlo antes que el caprichoso golpeador del ciudadano desprevenido que ni se enteraba del motivo que lo llevó a sellar el rostro contra la pared, con o sin cédula de identidad en mano.
Igualmente, la sola posibilidad de un favor hecho a personas extrañas a las empresas del Estado para su transportación, merecía la inmediata condena pública y le auguraba un severo cuestionamiento al peculado, revirtiendo así una modalidad que fue segura práctica de viejas gestiones. Las antes famosas “colas de PDVSA” o de cualquier entidad estatal que facilitaba sus aviones para el traslado corto o largo de la dirigencia política, afectaba rápidamente el prestigio del beneficiario hasta asegurarle un bajo y riesgoso puntaje en la estima de propios y extraños.
Los tres casos ilustrados reflejan la emergencia y consistencia de una moral pública que pudo resultar – acaso – paradójica, pues apareció en medio de una crisis generalizada del país, a la vez que reveló fuertes indicios de una tendencia ética alternativa. Al empleo ordenado del subterráneo, contribuyó una decidida campaña institucional, además, convincente por la eficaz prestación del servicio; al logro de una distinta normativa procesal penal, ayudó la diligente preocupación de los parlamentarios que la trabajaron con vocación pedagógica; y al debido uso de los costosos medios aéreos del Estado, tributó la denuncia de los abusos convertidos en noticia y propósito de corrección.
Evidentemente, tergiversada una tendencia ética que espontáneamente surgió de la rutina ciudadana, huelgan los comentarios sobre la inmoralidad pública que ha impuesto un régimen que nos sentencia – cada vez más – a la burda supervivencia. Únicamente señalaremos, por una parte, la imposibilidad real de conocer y – mejor – saber del específico empleo de los recursos del Estado por quienes exhiben como única credencial su adscripción al PSUV, constituyendo un delito de hecho que la prensa procure indagarlo, salvo – fuera de su alcance - la extranjera que pudo avisar del reciente arribo a Cuba de Rodrigo Londoño Echeverri ("Timochenko"), en un avión de PDVSA, masificado el peculado de uso para las campañas electorales y otras actividades partidistas; y, por otra, de acuerdo a sobrados testimonios de amigos, el comportamiento botarata y arrogante de los acaudalados relacionados con el gobierno venezolano que pueden brindar en cualquier capital del mundo, como el de los numerosos funcionarios diplomáticos y consulares que, faltando poco, no son de carrera, dibujan el recurrente exilio dorado de quienes – ligándolo - establecerse definitivamente en el extranjero so pretexto del cambio nacional de régimen.
La también divertida retórica gubernamental, poblada de falacias antes inconcebibles, resulta en una degeneración de conductas que todavía no triunfan definitivamente por la resistencia cotidiana del ciudadano. Y nos remite al problema de la autenticidad, recordándonos las viejas lecturas de Ignace Lepp.
Fuentes:
http://www.noticierodigital.com/2015/09/inmoralidad-publica/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1108185
http://www.lapatilla.com/site/2015/09/28/luis-barragan-in-moralidad-publica/
http://lacabuya.com/in-moralidad-publica-por-luisbarraganj/
Luis Barragán
A finales del siglo pasado, surgieron conductas moral y públicamente sancionadas. Una libre y sensible opinión pública, las reprobaba y lograba inhibir al eventual infractor para reforzar un indispensable sentido de convivencia, siendo innecesaria la agresión física, pues bastaba una directa mirada de reproche al victimario.
Enunciados algunos casos, el desenvolvimiento en el Metro de Caracas, por más prisa que se alegara para abordar los vagones y emplear las escaleras mecánicas que funcionaban impecablemente, en un ambiente limpio de toda propagada y publicidad, política y comercial, excepto los ingeniosos y continuos diseños gráficos de las campañas que lo convirtieron también en escuela de civismo, solía impedir o pacíficamente evitar que alguien forzara las puertas automáticas, consumiera bebidas y alimentos, ejerciera la mendicidad o se atreviese a grafitearlo. No fue frecuente la directa llamada de atención de las autoridades de un sistema de transporte que cumplía un horario más amplio de servicio, frente al transgresor de las normas que inmediata y tácitamente era señalado por el público que lo rodeaba, cohibiéndolo prontamente.
Trascendiendo los hemiciclos del parlamento, la proyección, discusión y sanción del Código Orgánico Procesal Penal, luego promulgado, amplió tan significativamente la consciencia sobre los derechos humanos a respetar que ya pocos funcionarios se arriesgaban al maltrato de cualesquiera persona bajo sospecha, presumiendo su inocencia y diferenciándola de aquellos delincuentes obviamente peligrosos y para los cuales utilizaban otros y más adecuados métodos. Hay testimonios en la prensa de la época, sobre la denuncia y la tramitación de los abusos policiales, aminoradas las públicas detenciones bajo el protocolo arbitrario del pesquisador que debía serlo antes que el caprichoso golpeador del ciudadano desprevenido que ni se enteraba del motivo que lo llevó a sellar el rostro contra la pared, con o sin cédula de identidad en mano.
Igualmente, la sola posibilidad de un favor hecho a personas extrañas a las empresas del Estado para su transportación, merecía la inmediata condena pública y le auguraba un severo cuestionamiento al peculado, revirtiendo así una modalidad que fue segura práctica de viejas gestiones. Las antes famosas “colas de PDVSA” o de cualquier entidad estatal que facilitaba sus aviones para el traslado corto o largo de la dirigencia política, afectaba rápidamente el prestigio del beneficiario hasta asegurarle un bajo y riesgoso puntaje en la estima de propios y extraños.
Los tres casos ilustrados reflejan la emergencia y consistencia de una moral pública que pudo resultar – acaso – paradójica, pues apareció en medio de una crisis generalizada del país, a la vez que reveló fuertes indicios de una tendencia ética alternativa. Al empleo ordenado del subterráneo, contribuyó una decidida campaña institucional, además, convincente por la eficaz prestación del servicio; al logro de una distinta normativa procesal penal, ayudó la diligente preocupación de los parlamentarios que la trabajaron con vocación pedagógica; y al debido uso de los costosos medios aéreos del Estado, tributó la denuncia de los abusos convertidos en noticia y propósito de corrección.
Evidentemente, tergiversada una tendencia ética que espontáneamente surgió de la rutina ciudadana, huelgan los comentarios sobre la inmoralidad pública que ha impuesto un régimen que nos sentencia – cada vez más – a la burda supervivencia. Únicamente señalaremos, por una parte, la imposibilidad real de conocer y – mejor – saber del específico empleo de los recursos del Estado por quienes exhiben como única credencial su adscripción al PSUV, constituyendo un delito de hecho que la prensa procure indagarlo, salvo – fuera de su alcance - la extranjera que pudo avisar del reciente arribo a Cuba de Rodrigo Londoño Echeverri ("Timochenko"), en un avión de PDVSA, masificado el peculado de uso para las campañas electorales y otras actividades partidistas; y, por otra, de acuerdo a sobrados testimonios de amigos, el comportamiento botarata y arrogante de los acaudalados relacionados con el gobierno venezolano que pueden brindar en cualquier capital del mundo, como el de los numerosos funcionarios diplomáticos y consulares que, faltando poco, no son de carrera, dibujan el recurrente exilio dorado de quienes – ligándolo - establecerse definitivamente en el extranjero so pretexto del cambio nacional de régimen.
La también divertida retórica gubernamental, poblada de falacias antes inconcebibles, resulta en una degeneración de conductas que todavía no triunfan definitivamente por la resistencia cotidiana del ciudadano. Y nos remite al problema de la autenticidad, recordándonos las viejas lecturas de Ignace Lepp.
Fuentes:
http://www.noticierodigital.com/2015/09/inmoralidad-publica/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1108185
http://www.lapatilla.com/site/2015/09/28/luis-barragan-in-moralidad-publica/
http://lacabuya.com/in-moralidad-publica-por-luisbarraganj/
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TESTIMONIO DE IMPOTENCIA
Luis Barragán
La viejita – expresión cariñosa a la que no llega el frío término “tercera edad” – se acercó lentamente, en una de las calles de Palo Negro, estado Aragua.Poco a poco, en medio de la visita casa por casa, propia de la faena electoral, nos haló del brazo y, orientándonos a la puerta de su vivienda, palabras más, palabras menos, nos dijo que había visitado recientemente un edificio próximo a la sede de la Asamblea Nacional: Mijito, vi una cosa que creí que únicamente pasaba aquí, imagínese usted.
Nos relató que, al cruzar por el Centro Simón Bolívar, observó que dos policías abordaron a un adolescente amorralado y lo condujeron a un rincón del deteriorado edificio. Ella, se detuvo so pretexto de arreglarse, aunque el nieto la apremiaba para la diligencia de la pensión que todavía no le llega, y grabó en su cabeza la escena, dándonos un testimonio de impotencia en clave de telenovela.
- Un policía descubrió una cadenita que llevaba el muchachito y se la arrancó del cuello, mirando hacia los lados. A lo mejor pensó que esta viejita ni sabrá dónde está parada. El otro, no recibió la cédula del carricito que estaba aterrorizado, sino que le jurungó toda la cartera. Mi nieto se devolvió y cuando supo lo que yo miraba, quería que caminara más rápido. Dejé caer mi bastón para grabar más, diputado, porque ¿usted es diputado, no? Caramba… yo trabajé planchando en la casa de un diputado de esos que nada más trabajan en Aragua, no era de lo que están allá en Caracas que aparecían cada rato en televisión… Espero no molestarlo con esto…
- De ningún modo me molesta y le acepto el cafecito…
- Bueno, mijito, le revisaron el bulto ese que se lleva en la espalda. Parecían unos buitres repartiéndose unos coroticos y la plata. El carricito tenía dos celulares y los policías se lo repartieron. Le dieron un empujon al niñito contra a pared. Miraban los policías a los lados y mire usted que en mí no se fijaban los pendejos esos. Con esa cara de ogros, el que los miraba por un momentico seguía de largo asustadito. En eso regresó bravísimo mi nieto y me apuró. Le conté. Él me dijo que me apurara y me llevó en tarara hacia arriba. Después me contó que en esas cosas es mejor no meterse porque lo hubieran parado a él y le hacen lo mismo o, ¿quién sabe si encuentran o siembran de mariguana al carricito y me meten en un paquete? ¿Ustedes los diputados no se encargan de esas vainas? Me dio lástima dejar a ese muchachito asustadito pero debía seguir…
Por las señas de los compañeros de la ruta tenía que proseguir, tratano de orientar a la viejita que echó el cuento en tono confidencial, meditando sobre la necesaria autoridad moral que ha de distinguir a todo funcionario público y, más aún, si es agente policial. Es tarea del diputado denunciarlo, ofrecer iniciativas de saneamiento, diligenciar los recursos y procurar un empleo pulcro, impulsar proyectos de leyes relacionados, siendo la principal: escuchar, escuchar y escuchar, por más reiterada que sea la escena, para ganar también la autoridad moral necesaria:, pues, sin ella, no es posible deliberar, legislar, controlar, presupuestar, autorizar, protestar y comprometerse.
Fuente:
http://www.diariocontraste.com/autoridad-moral-por-luis-barragan-luisbarraganj/
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Moral
PRETEXTOS
De la desautoridad moral
Luis Barragán
El gobierno venezolano, el mismo en más de una década y media, insiste en ocultar sus errores en relación a la histórica reclamación del Esequibo. Valga la ironía, David Granger y todo el gobierno guyanés nos acusa de todo el atraso y acoso que ha sufrido su país por más de medio siglo, al igual que Nicolás Maduro, como su antecesor, responsabiliza al imperio estadounidense de todas nuestras desdichas, aplaudido el capitalismo chino con el que voluntariamente anudaron una ya agigantada deuda.
Moralmente desautorizados, solamente desea el régimen contextualizar la reclamación en la agenda de su mera supervivencia política y, sospechamos, que no cuenta con un suficiente plantel de especialistas en la materia que sea capaz de orientarlo. La única vez que ha permitido el oficialismo debatir el asunto en el parlamento, demostró una pobreza de argumentos – si es que lo fueron – para un dramático contraste con los alegatos de la oposición.
Moralmente desautorizados, pretendieron convertir a la oposición en los apátridas de siempre, apelando a un libreto que muy bien justifica el problema como una rencilla de vecindario, en lugar de confiarlo como inherente a la Política de Estado que bien merece y, por ello, celebran la simplicidad de un Maduro que anuncia que esperará a Granger sentado en una oficina de las Naciones Unidas, descalificándolo personalmente, mientras que el vecino lanza dardos de mejor precisión política. Además, si de oposición se trata, ésta ha sido diligente al plantear constantemente la materia y las iniciativas que son necesarias, incluyendo dos o tres propuestas legislativas.
Moralmente desautorizados, parece que la historia no favorece a la escuela, porque – al revisar los Diarios de Debates que modestamente hemos acumulado de décadas anteriores – ha sido, por lo menos, confusa la postura de sus predecesores marxistas. E, incluso, Hernán Castillo, autor que ha examinado las ya remotas disquisiciones de diputados y senadores, en torno al Esequibo, las ha dictaminado con una severidad que compartimos, asomando hipótesis – acotemos –sobre la posible denuncia del Acuerdo de Ginebra por Guyana, ventiladas por uno de los tribunos de entonces (en: “Problemas militares venezolanos”, UCAB-UPEL, Caracas, 2009).
Moralmente desautorizados, se equivoca el gobierno guyanés, porque Venezuela jamás ha agredido a su pueblo, insistiendo en el trámite pacífico de una reclamación que no ha negado nuestra contribución para su desarrollo, incluyendo la propia independencia de Gran Bretaña, mucho antes que Chávez Frías errara. Irresponsablemente, el mandatario del este, pretende culparnos de la situación en la que se encuentra un país de asombrosas contradicciones internas al que desea conducirlo temerariamente a un tribunal internacional en el que puede perder el “chivo y el mecate”, perturbándolo para aglutinar un apoyo que posiblemente afectará a toda la región.
Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/23917-de-la-desautoridad-moral
Luis Barragán
El gobierno venezolano, el mismo en más de una década y media, insiste en ocultar sus errores en relación a la histórica reclamación del Esequibo. Valga la ironía, David Granger y todo el gobierno guyanés nos acusa de todo el atraso y acoso que ha sufrido su país por más de medio siglo, al igual que Nicolás Maduro, como su antecesor, responsabiliza al imperio estadounidense de todas nuestras desdichas, aplaudido el capitalismo chino con el que voluntariamente anudaron una ya agigantada deuda.
Moralmente desautorizados, solamente desea el régimen contextualizar la reclamación en la agenda de su mera supervivencia política y, sospechamos, que no cuenta con un suficiente plantel de especialistas en la materia que sea capaz de orientarlo. La única vez que ha permitido el oficialismo debatir el asunto en el parlamento, demostró una pobreza de argumentos – si es que lo fueron – para un dramático contraste con los alegatos de la oposición.
Moralmente desautorizados, pretendieron convertir a la oposición en los apátridas de siempre, apelando a un libreto que muy bien justifica el problema como una rencilla de vecindario, en lugar de confiarlo como inherente a la Política de Estado que bien merece y, por ello, celebran la simplicidad de un Maduro que anuncia que esperará a Granger sentado en una oficina de las Naciones Unidas, descalificándolo personalmente, mientras que el vecino lanza dardos de mejor precisión política. Además, si de oposición se trata, ésta ha sido diligente al plantear constantemente la materia y las iniciativas que son necesarias, incluyendo dos o tres propuestas legislativas.
Moralmente desautorizados, parece que la historia no favorece a la escuela, porque – al revisar los Diarios de Debates que modestamente hemos acumulado de décadas anteriores – ha sido, por lo menos, confusa la postura de sus predecesores marxistas. E, incluso, Hernán Castillo, autor que ha examinado las ya remotas disquisiciones de diputados y senadores, en torno al Esequibo, las ha dictaminado con una severidad que compartimos, asomando hipótesis – acotemos –sobre la posible denuncia del Acuerdo de Ginebra por Guyana, ventiladas por uno de los tribunos de entonces (en: “Problemas militares venezolanos”, UCAB-UPEL, Caracas, 2009).
Moralmente desautorizados, se equivoca el gobierno guyanés, porque Venezuela jamás ha agredido a su pueblo, insistiendo en el trámite pacífico de una reclamación que no ha negado nuestra contribución para su desarrollo, incluyendo la propia independencia de Gran Bretaña, mucho antes que Chávez Frías errara. Irresponsablemente, el mandatario del este, pretende culparnos de la situación en la que se encuentra un país de asombrosas contradicciones internas al que desea conducirlo temerariamente a un tribunal internacional en el que puede perder el “chivo y el mecate”, perturbándolo para aglutinar un apoyo que posiblemente afectará a toda la región.
Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/23917-de-la-desautoridad-moral
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sábado, 15 de agosto de 2015
DIMENSIÓN MORAL: UN EJERCICIO CONCRETO
EL NACIONAL, Caracas, 12 de agosto de 2015
De Hiroshima al golpe de Estado
Aníbal Romero
El propósito fundamental del estudio de la historia consiste en explicar. Sin ese esfuerzo, que debería siempre eludir actitudes dogmáticas, el análisis del pasado con facilidad se convierte en un ejercicio de justificación o condena a ultranza. No sostengo que justificar o condenar acontecimientos pasados sea ilegítimo, y muchas veces es indispensable hacerlo. Tan solo afirmo que sin el empeño genuino de explicar lo ocurrido, tanto la condena como la aprobación carecen de fortaleza conceptual y ética.
En tal sentido, y transcurridas siete décadas luego del estallido de dos bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, buen número de comentaristas alrededor del mundo han formulado de nuevo la pregunta: ¿Fue necesario usar esas armas? ¿Era viable otra salida a los dilemas que planteaba la terminación de la guerra? ¿Qué significó hacia adelante el empleo de tales instrumentos de destrucción masiva?
Se impone precisar la pregunta central: ¿Necesario con relación a qué, con qué objetivo? Me parece evidente que para los decisores estadounidenses, civiles y militares, la interrogante se mostraba así: ¿Era necesario usar esas armas para poner fin a la guerra sin pagar los inmensos costos humanos, en este caso el costo en vidas de soldados norteamericanos, que inevitablemente exigiría la invasión del Japón como tal, es decir, de las cuatro principales islas japonesas, entre ellas la isla de Honshu en la que está ubicada Tokio?
Para explicar la decisión de emplear las bombas atómicas, con sus espantosas implicaciones, resulta imperativo tomar en cuenta el demoledor choque militar y psíquico que sufrieron las fuerzas militares estadounidenses en su avance a través del océano Pacífico, tanto en las invasiones a pequeñas islas fortificadas como Iwo Jima y Okinawa, así como al enfrentarse al fenómeno de los Kamikaze o acciones suicidas de la fuerza aérea japonesa contra los buques de guerra norteamericanos.
Lo que aprendieron los estadounidenses de esas experiencias, y ello constituye un elemento clave en el análisis de la decisión de usar las armas atómicas, fue que la resistencia japonesa era fanática, que la sociedad japonesa de entonces y sus fuerzas militares no estaban dispuestas a rendirse, y que si los muertos, heridos, mutilados y desaparecidos se multiplicaban en tanto más se acercaban al Japón propiamente dicho, el precio de una invasión a las islas centrales con seguridad alcanzaría centenares de miles de bajas norteamericanas adicionales.
Es un error común, pero no por tal motivo aceptable, emitir juicios sobre eventos como los acá esbozados desde una perspectiva moral y políticamente abstracta, contrastando las situaciones analizadas con una especie de mundo ideal, pasado, presente y futuro, en el que presuntamente no existen guerras, los seres humanos somos altruistas y la bondad y la racionalidad reinan en la Tierra. Pero semejante línea interpretativa es tan absurda como inútil. El presidente Truman y sus asesores tenían que tomar decisiones en un mundo real y concreto, en medio de una guerra atroz que reclamaba las vidas de miles de sus ciudadanos en diarios combates de extrema crueldad, y ante un enemigo que, como lo indicaban su tenacidad bélica y su atroz conducta hacia sus adversarios capturados, defendería su país hasta la muerte a menos que su emperador lo impidiese.
Y este es un punto relevante: lo que no pocos estudiosos pierden de vista, o encuentran casi imposible asimilar cuando estudian el caso de las bombas atómicas y el Japón, es el sustrato cultural-psicológico que para entonces dominaba la lucha de los japoneses, tanto civiles como militares, sustrato que de manera especialmente intensa impulsaba al brutal militarismo japonés. Los analistas que emiten juicios a setenta años de distancia como si fuesen dioses en un Olimpo de pureza moral y quimeras políticas, encuentran cuesta arriba comprender que la irracionalidad es un ingrediente de los grandes eventos históricos, sobre todo de las guerras, y que el fanatismo es en ocasiones una realidad inescapable.
Con reiterada frecuencia se argumenta que Washington debió realizar una “prueba” de la bomba atómica en presencia de representantes japoneses, de modo que estos últimos se percatasen de lo que les iba a ocurrir y optasen por rendirse. Para empezar, los estadounidenses solo habían desarrollado dos bombas atómicas en agosto de 1945, y era incierto cuándo podrían tener otra u otras. Si los devastadores bombardeos incendiarios a Tokio y otras ciudades japonesas durante los primeros meses de 1945, en alguno o tal vez en varios de los cuales perecieron más civiles que en Hiroshima y Nagasaki, no habían persuadido al emperador y su gobierno a rendirse, ¿qué podía entonces esperarse de una “prueba” que bien podía fallar y ello asumiendo que los decisores japoneses se hubiesen dignado a asistir a esta?
Creer semejante ingenuidad, que es fruto de nuestras ilusiones posteriores, pierde de vista el hecho clave de que aún después de que Hiroshima y Nagasaki fueron destruidas los días 6 y 9 de agosto de 1945, los decisores japoneses, en particular los jefes militares, todavía se negaban a afrontar la realidad, y fue necesaria la intervención directa, inusual y finalmente definitoria del propio emperador ante el consejo de gobierno para poner fin a la resistencia japonesa, ante la perspectiva de que el país quedase reducido a cenizas.
Completando esta historia de insensatez, cabe añadir que pocos días luego de los desastres en Hiroshima y Nagasaki, durante la madrugada del 14 al 15 de agosto (la noche inmediatamente anterior a que fuese transmitido al pueblo el anuncio de rendición, grabado por el emperador), un grupo de oficiales del ejército llevó a cabo un intento de golpe de Estado en Tokio. Estos jóvenes fanáticos tomaron por unas horas el palacio imperial, intentaron colocar al emperador bajo arresto y trataron de secuestrar las cintas magnetofónicas de su mensaje de rendición, todo ello para procurar que el Japón siguiese la lucha hasta el propio exterminio.
Si bien es cierto que ese grupo de oficiales actuó en contra de lo ya decidido por las máximas autoridades del país, y por último fracasaron, lo acontecido puso de manifiesto que fue solo la muy tardía intervención de Hirohito la que hizo aceptar a los militares japoneses que había llegado el fin de la guerra para ellos, y que Japón se rendiría. Ni Hirohito ni su gobierno sabían que los estadounidenses ya habían usado las dos bombas atómicas que para el momento poseían. Lo que se les planteaba era que a Hiroshima y Nagasaki les siguiese la aniquilación atómica de muchas otras ciudades, Tokio incluida. Fue esa visión del apocalipsis lo que a la postre les doblegó.
Cabe preguntarse: ¿Qué opción tenía Truman? ¿Cómo hubiesen reaccionado el pueblo y el Congreso estadounidenses si Truman hubiese enviado a una muerte segura a centenares de miles de jóvenes norteamericanos en la invasión al Japón, en lugar de utilizar las nuevas y terribles armas de que pudo disponer en agosto de 1945? ¿Cómo habrían reaccionado millones de madres, esposas, hermanas, novias, amantes y amigas, y desde luego padres, hermanos, etc., al enterarse de que sus seres queridos murieron sin que antes Truman hubiese empleado todos los medios a su alcance para poner fin a la resistencia japonesa?
Estas son, creo, las preguntas que hay que hacerse, en lugar de observar ese escenario trágico con la actitud de jueces impolutos y todopoderosos, que emiten veredictos acerca de eventos complejos con inexcusable vanidad y arrogancia.
Desde luego, en un mundo ideal tales preguntas no tendrían que ser formuladas, pues en un mundo ideal no existirían las guerras, ni las armas, ni siquiera la maldad, las debilidades, egoísmo y fallas de todo tipo que con frecuencia caracterizan la conducta humana. En ese mundo ideal seríamos plenamente racionales y éticamente intachables. Pero insisto: tal escenario utópico es inadecuado como referencia para explicar y evaluar hechos históricos de tal complejidad.
El nacimiento de la era atómica no puso fin a las guerras, aunque sí ha limitado, hasta ahora, las confrontaciones entre las grandes potencias. Ni siquiera se detuvo la búsqueda de arsenales nucleares por parte de países que aspiran poseer la bomba, y numerosos ejemplos revelan que la amenaza de una colosal destrucción no siempre detiene nuestra ambición de poder y no siempre reduce nuestros miedos, o lo hace solo a duras penas.
Considero difícil e improbable que cambiemos sustancialmente de actitud.
De Hiroshima al golpe de Estado
Aníbal Romero
El propósito fundamental del estudio de la historia consiste en explicar. Sin ese esfuerzo, que debería siempre eludir actitudes dogmáticas, el análisis del pasado con facilidad se convierte en un ejercicio de justificación o condena a ultranza. No sostengo que justificar o condenar acontecimientos pasados sea ilegítimo, y muchas veces es indispensable hacerlo. Tan solo afirmo que sin el empeño genuino de explicar lo ocurrido, tanto la condena como la aprobación carecen de fortaleza conceptual y ética.
En tal sentido, y transcurridas siete décadas luego del estallido de dos bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, buen número de comentaristas alrededor del mundo han formulado de nuevo la pregunta: ¿Fue necesario usar esas armas? ¿Era viable otra salida a los dilemas que planteaba la terminación de la guerra? ¿Qué significó hacia adelante el empleo de tales instrumentos de destrucción masiva?
Se impone precisar la pregunta central: ¿Necesario con relación a qué, con qué objetivo? Me parece evidente que para los decisores estadounidenses, civiles y militares, la interrogante se mostraba así: ¿Era necesario usar esas armas para poner fin a la guerra sin pagar los inmensos costos humanos, en este caso el costo en vidas de soldados norteamericanos, que inevitablemente exigiría la invasión del Japón como tal, es decir, de las cuatro principales islas japonesas, entre ellas la isla de Honshu en la que está ubicada Tokio?
Para explicar la decisión de emplear las bombas atómicas, con sus espantosas implicaciones, resulta imperativo tomar en cuenta el demoledor choque militar y psíquico que sufrieron las fuerzas militares estadounidenses en su avance a través del océano Pacífico, tanto en las invasiones a pequeñas islas fortificadas como Iwo Jima y Okinawa, así como al enfrentarse al fenómeno de los Kamikaze o acciones suicidas de la fuerza aérea japonesa contra los buques de guerra norteamericanos.
Lo que aprendieron los estadounidenses de esas experiencias, y ello constituye un elemento clave en el análisis de la decisión de usar las armas atómicas, fue que la resistencia japonesa era fanática, que la sociedad japonesa de entonces y sus fuerzas militares no estaban dispuestas a rendirse, y que si los muertos, heridos, mutilados y desaparecidos se multiplicaban en tanto más se acercaban al Japón propiamente dicho, el precio de una invasión a las islas centrales con seguridad alcanzaría centenares de miles de bajas norteamericanas adicionales.
Es un error común, pero no por tal motivo aceptable, emitir juicios sobre eventos como los acá esbozados desde una perspectiva moral y políticamente abstracta, contrastando las situaciones analizadas con una especie de mundo ideal, pasado, presente y futuro, en el que presuntamente no existen guerras, los seres humanos somos altruistas y la bondad y la racionalidad reinan en la Tierra. Pero semejante línea interpretativa es tan absurda como inútil. El presidente Truman y sus asesores tenían que tomar decisiones en un mundo real y concreto, en medio de una guerra atroz que reclamaba las vidas de miles de sus ciudadanos en diarios combates de extrema crueldad, y ante un enemigo que, como lo indicaban su tenacidad bélica y su atroz conducta hacia sus adversarios capturados, defendería su país hasta la muerte a menos que su emperador lo impidiese.
Y este es un punto relevante: lo que no pocos estudiosos pierden de vista, o encuentran casi imposible asimilar cuando estudian el caso de las bombas atómicas y el Japón, es el sustrato cultural-psicológico que para entonces dominaba la lucha de los japoneses, tanto civiles como militares, sustrato que de manera especialmente intensa impulsaba al brutal militarismo japonés. Los analistas que emiten juicios a setenta años de distancia como si fuesen dioses en un Olimpo de pureza moral y quimeras políticas, encuentran cuesta arriba comprender que la irracionalidad es un ingrediente de los grandes eventos históricos, sobre todo de las guerras, y que el fanatismo es en ocasiones una realidad inescapable.
Con reiterada frecuencia se argumenta que Washington debió realizar una “prueba” de la bomba atómica en presencia de representantes japoneses, de modo que estos últimos se percatasen de lo que les iba a ocurrir y optasen por rendirse. Para empezar, los estadounidenses solo habían desarrollado dos bombas atómicas en agosto de 1945, y era incierto cuándo podrían tener otra u otras. Si los devastadores bombardeos incendiarios a Tokio y otras ciudades japonesas durante los primeros meses de 1945, en alguno o tal vez en varios de los cuales perecieron más civiles que en Hiroshima y Nagasaki, no habían persuadido al emperador y su gobierno a rendirse, ¿qué podía entonces esperarse de una “prueba” que bien podía fallar y ello asumiendo que los decisores japoneses se hubiesen dignado a asistir a esta?
Creer semejante ingenuidad, que es fruto de nuestras ilusiones posteriores, pierde de vista el hecho clave de que aún después de que Hiroshima y Nagasaki fueron destruidas los días 6 y 9 de agosto de 1945, los decisores japoneses, en particular los jefes militares, todavía se negaban a afrontar la realidad, y fue necesaria la intervención directa, inusual y finalmente definitoria del propio emperador ante el consejo de gobierno para poner fin a la resistencia japonesa, ante la perspectiva de que el país quedase reducido a cenizas.
Completando esta historia de insensatez, cabe añadir que pocos días luego de los desastres en Hiroshima y Nagasaki, durante la madrugada del 14 al 15 de agosto (la noche inmediatamente anterior a que fuese transmitido al pueblo el anuncio de rendición, grabado por el emperador), un grupo de oficiales del ejército llevó a cabo un intento de golpe de Estado en Tokio. Estos jóvenes fanáticos tomaron por unas horas el palacio imperial, intentaron colocar al emperador bajo arresto y trataron de secuestrar las cintas magnetofónicas de su mensaje de rendición, todo ello para procurar que el Japón siguiese la lucha hasta el propio exterminio.
Si bien es cierto que ese grupo de oficiales actuó en contra de lo ya decidido por las máximas autoridades del país, y por último fracasaron, lo acontecido puso de manifiesto que fue solo la muy tardía intervención de Hirohito la que hizo aceptar a los militares japoneses que había llegado el fin de la guerra para ellos, y que Japón se rendiría. Ni Hirohito ni su gobierno sabían que los estadounidenses ya habían usado las dos bombas atómicas que para el momento poseían. Lo que se les planteaba era que a Hiroshima y Nagasaki les siguiese la aniquilación atómica de muchas otras ciudades, Tokio incluida. Fue esa visión del apocalipsis lo que a la postre les doblegó.
Cabe preguntarse: ¿Qué opción tenía Truman? ¿Cómo hubiesen reaccionado el pueblo y el Congreso estadounidenses si Truman hubiese enviado a una muerte segura a centenares de miles de jóvenes norteamericanos en la invasión al Japón, en lugar de utilizar las nuevas y terribles armas de que pudo disponer en agosto de 1945? ¿Cómo habrían reaccionado millones de madres, esposas, hermanas, novias, amantes y amigas, y desde luego padres, hermanos, etc., al enterarse de que sus seres queridos murieron sin que antes Truman hubiese empleado todos los medios a su alcance para poner fin a la resistencia japonesa?
Estas son, creo, las preguntas que hay que hacerse, en lugar de observar ese escenario trágico con la actitud de jueces impolutos y todopoderosos, que emiten veredictos acerca de eventos complejos con inexcusable vanidad y arrogancia.
Desde luego, en un mundo ideal tales preguntas no tendrían que ser formuladas, pues en un mundo ideal no existirían las guerras, ni las armas, ni siquiera la maldad, las debilidades, egoísmo y fallas de todo tipo que con frecuencia caracterizan la conducta humana. En ese mundo ideal seríamos plenamente racionales y éticamente intachables. Pero insisto: tal escenario utópico es inadecuado como referencia para explicar y evaluar hechos históricos de tal complejidad.
El nacimiento de la era atómica no puso fin a las guerras, aunque sí ha limitado, hasta ahora, las confrontaciones entre las grandes potencias. Ni siquiera se detuvo la búsqueda de arsenales nucleares por parte de países que aspiran poseer la bomba, y numerosos ejemplos revelan que la amenaza de una colosal destrucción no siempre detiene nuestra ambición de poder y no siempre reduce nuestros miedos, o lo hace solo a duras penas.
Considero difícil e improbable que cambiemos sustancialmente de actitud.
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martes, 7 de julio de 2015
ANTAÑO Y HOGAÑO
Conspicuo desorden
Luis Barragán
Atriles inevitables, los muros de ciudades, pueblos y caseríos, reflejan y explican fielmente al régimen cual asiento notarial. Nos valemos de una pared como ejemplo, entre las miles del país, que escuda a un supuesto centro de deportes extremos del oeste caraqueño, cuya precariedad únicamente lo destaca como el farallón publicitario para la hábil supervivencia de sus administradores, pues, el constante reclamo de su adhesión gubernamental lleva a Chávez Frías a empuñar una patineta ya de imposible importación y masificación entre la muchachada aficionada al atrevido deslizamiento con sus insólitas piruetas.
Muro de una ilimitada espontaneidad, desafiando el trazo más solemne de los propagandistas de oficio, ha soportado infinitas capas de pintura que, endurecidas, sospechamos lo sostienen: quizá con seis meses de duración, saturado por otros pequeños motivos gráficos del ocio rutinario, la última edición – digamos – publicitó los delitos políticos del pasado ya remoto, resaltando a Lovera y a Pasquier; estampado por el lujoso afiche de las consabidas primarias del PSUV, sobrepuesto a la otra mano de la costosa pintura, es seguro borrador de nuevas ocurrencias; y, al pie, el árbol sobreviviente que rubrica la ajada acera presta a la condensación y rebote del polvo y la suciedad licuados con tedio. Estética del deterioro, rinde fiel testimonio del desorden gubernamental que ni siquiera la sobria impresión de la Gaceta Oficial logra ocultar.
Bastará con otro ejemplo de los extravíos, como la emisión febril de dinero inorgánico que aguijonea la inflación, desabastecidos de los insumos básicos, o la tormentosa inseguridad personal que obviamente resalta las cifras de homicidios, enmascarando las lesiones físicas y psicológicas ya incontables de un hampa que goza de sendas armas de guerra. La retórica fraudulenta, la tan predecible narrativa anti-imperialista, difícilmente esconde ese desorden inaudito y conspicuo que no es otro que el moral.
Invertidos los valores, pintoreteados de buenas e incumplidas intenciones, el reclamo estridente de libertad, paz, hermandad, honestidad, entre otros que agota el discurso oficial, se estrella contra la realidad de una censura, persecución y represión que ha dislocado la básica relación de premios y castigos, cuyo balance define también a una sociedad. Hay conductas imposibles de investigar y someter al debate del país, por dolosos que sean los manejos de las autoridades públicas y casos como el del Banco de Andorra – supuestamente olvidado – y la restante acumulación delictiva de divisas exportadas y depositadas en el extranjero, por ejemplo, son intocables: lo peor es que basta el más tenue señalamiento hacia un funcionario de dudosas - y muy dudosas - actuaciones para que inmediatamente ascienda en la jerarquía gubernamental, siendo celebrado un silencio que remitirá – presionándolos – a los jueces penales que el infortunio condena a dirimir las injurias, difamaciones o calumnias alegadas.
Poca duda cabe que la fácil prosperidad petrolera, acaparada por pocos, ha disparado todos los resortes de la ética y de la moral indispensables para la convivencia y existencia misma del país, pero ya son muchos los lustros en los que nos satura el doble discurso del poder, ejerciendo una pedagogía perversa de la mentira y de la simulación muy a lo siglo XXI, con la demoledora e intimidatoria maquinaria propagandística y publicitaria del Estado que realiza los antivalores. Ciertamente, en la centuria pasada, como lo reporta una didáctica ilustración de Eneko (Economía Hoy, Caracas, 03/07/1989), había recrudecido la deshonestidad. Sin embargo, lejos de idealizar ese pasado, la sola vigencia de las libertades públicas garantizaba la discusión y la contención en torno a la descomposición de los valores; y, no es casual, la severa amenaza y privación de esas libertades, añadida la insana pretensión de los gobernantes atornillados por más de década década y media, ha agravado o exacerbado lo que – antaño – fue un dolor estomacal y – hogaño – un cáncer.
Fotografía:
- El muro en cuestión (Caracas, 30/06/2015).
Ilustración:
- Eneko. Economía Hoy, Caracas, 03/07/1989.
Fuente:
http://www.diariocontraste.com/caracas-el-deterioro-ilimitado-por-luis-barragan-luisbarraganj/
Luis Barragán
Atriles inevitables, los muros de ciudades, pueblos y caseríos, reflejan y explican fielmente al régimen cual asiento notarial. Nos valemos de una pared como ejemplo, entre las miles del país, que escuda a un supuesto centro de deportes extremos del oeste caraqueño, cuya precariedad únicamente lo destaca como el farallón publicitario para la hábil supervivencia de sus administradores, pues, el constante reclamo de su adhesión gubernamental lleva a Chávez Frías a empuñar una patineta ya de imposible importación y masificación entre la muchachada aficionada al atrevido deslizamiento con sus insólitas piruetas.
Muro de una ilimitada espontaneidad, desafiando el trazo más solemne de los propagandistas de oficio, ha soportado infinitas capas de pintura que, endurecidas, sospechamos lo sostienen: quizá con seis meses de duración, saturado por otros pequeños motivos gráficos del ocio rutinario, la última edición – digamos – publicitó los delitos políticos del pasado ya remoto, resaltando a Lovera y a Pasquier; estampado por el lujoso afiche de las consabidas primarias del PSUV, sobrepuesto a la otra mano de la costosa pintura, es seguro borrador de nuevas ocurrencias; y, al pie, el árbol sobreviviente que rubrica la ajada acera presta a la condensación y rebote del polvo y la suciedad licuados con tedio. Estética del deterioro, rinde fiel testimonio del desorden gubernamental que ni siquiera la sobria impresión de la Gaceta Oficial logra ocultar.
Bastará con otro ejemplo de los extravíos, como la emisión febril de dinero inorgánico que aguijonea la inflación, desabastecidos de los insumos básicos, o la tormentosa inseguridad personal que obviamente resalta las cifras de homicidios, enmascarando las lesiones físicas y psicológicas ya incontables de un hampa que goza de sendas armas de guerra. La retórica fraudulenta, la tan predecible narrativa anti-imperialista, difícilmente esconde ese desorden inaudito y conspicuo que no es otro que el moral.
Invertidos los valores, pintoreteados de buenas e incumplidas intenciones, el reclamo estridente de libertad, paz, hermandad, honestidad, entre otros que agota el discurso oficial, se estrella contra la realidad de una censura, persecución y represión que ha dislocado la básica relación de premios y castigos, cuyo balance define también a una sociedad. Hay conductas imposibles de investigar y someter al debate del país, por dolosos que sean los manejos de las autoridades públicas y casos como el del Banco de Andorra – supuestamente olvidado – y la restante acumulación delictiva de divisas exportadas y depositadas en el extranjero, por ejemplo, son intocables: lo peor es que basta el más tenue señalamiento hacia un funcionario de dudosas - y muy dudosas - actuaciones para que inmediatamente ascienda en la jerarquía gubernamental, siendo celebrado un silencio que remitirá – presionándolos – a los jueces penales que el infortunio condena a dirimir las injurias, difamaciones o calumnias alegadas.
Poca duda cabe que la fácil prosperidad petrolera, acaparada por pocos, ha disparado todos los resortes de la ética y de la moral indispensables para la convivencia y existencia misma del país, pero ya son muchos los lustros en los que nos satura el doble discurso del poder, ejerciendo una pedagogía perversa de la mentira y de la simulación muy a lo siglo XXI, con la demoledora e intimidatoria maquinaria propagandística y publicitaria del Estado que realiza los antivalores. Ciertamente, en la centuria pasada, como lo reporta una didáctica ilustración de Eneko (Economía Hoy, Caracas, 03/07/1989), había recrudecido la deshonestidad. Sin embargo, lejos de idealizar ese pasado, la sola vigencia de las libertades públicas garantizaba la discusión y la contención en torno a la descomposición de los valores; y, no es casual, la severa amenaza y privación de esas libertades, añadida la insana pretensión de los gobernantes atornillados por más de década década y media, ha agravado o exacerbado lo que – antaño – fue un dolor estomacal y – hogaño – un cáncer.
Fotografía:
- El muro en cuestión (Caracas, 30/06/2015).
Ilustración:
- Eneko. Economía Hoy, Caracas, 03/07/1989.
Fuente:
http://www.diariocontraste.com/caracas-el-deterioro-ilimitado-por-luis-barragan-luisbarraganj/
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domingo, 5 de abril de 2015
SIGNO
La moral de escondimiento
Luis Barragán
Limitar, condicionar, censurar o bloquear la información, es clave. Solamente el poder da la versión de sí y del país, generando una moral de la duplicidad para sobrevivir tratando de darse alguna prestancia o legitimidad ahora cuestionada por los venezolanos.
Suele esconder hechos, criterios y y hasta emociones para facturar otros que digan de una prédica del amor, la solidaridad, el esfuerzo y la honradez. Imposible una libérrima y espontánea rueda de prensa con nacionales o extranjeros, o la aceptación y garantía de una investigación parlamentaria lo más imparcial posible, teniendo por escenario a la opinión pública, pues, a lo sumo, prácticamente sustitutivo de la Gaceta Oficial, bastará el Twitter pretendiendo despejar dudas, en provecho de un simple mensaje telegráfico que no tolera réplica alguna.
Antes, desconocidas las redes sociales que hoy dicen delatar todo y a todos, por más resistencia que ofreciese el gobierno de turno, la básica división de los órganos del Poder Público forzaba a la sinceridad de la vida pública o privada de sus miembros por la sola circunstancia de decidir o influir en la vida pública y también privada de todo un país. Removiendo papeles en la Semana Mayor que concluye, hallamos el testimonio de la comparecencia de la Dra. Gladys Castillo de Lusinchi a la por entonces Comisión de Medios del Congreso de la República (1987), cuyo proceso de divorcio – entre otros problemas – quiso esconderse infructuosamente, ilustrándonos sobre las bondades de una – si así lo desean – mínima y convincente democracia.
Apenas, se dice algo del consabido y ventajoso viaje de una niñera armada a Brasil e impiden una averiguación de la Asamblea Nacional, presionando a los medios, reclamando estridentemente la privacidad de un alto funcionario público cuando no la respetan de cualquier opositor o disidente, trepando las más absurdas descalificaciones personales, difamándolo impunemente tras la grabación y montaje de una llamada telefónica. Hace poco, un díscolo diputado oficialista ofendió a un colega opositor, catalogando a su padre de asesino, creyendo que se trataba de Tomás Guanipa cuando realmente le respondió a Ángel Medina, quienes asisten regularmente a las sesiones y, por lo menos, alguna vez los ha visto y oído.
El escondimiento del ya harto sonoro caso del Banco de Andorra y de los que propiciaron las sanciones del gobierno estadounidense, imposibilitada cualquier investigación independiente o la más humilde indagación de sus compatriotas, los obliga a una cruzada anti-imperialista en demanda del nacionalismo y la honestidad que únicamente exigen a los demás. Cada uno de los venezolanos, en su larga y paciente cola para acceder a los insumos básicos, en medio de la inseguridad personal que nos aqueja, debe mostrar las virtudes que no ejemplariza un gobierno que tampoco les permite la más mínima interpelación sobre el colosal despilfarro de divisas que nos trajo a la presente situación y, menos, sobre la nada venturosa posición que logra el país en el blanqueamiento internacional de capitales.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2015/04/la-moral-de-escondimiento/
www.noticierodigital.com/2015/04/la-moral-de-escondimiento/
Ilustración: Alonso. Economía Hoy, Caracas, 20/01/1993.
Cfr. Caso Dra. Gladys Castillo de Lusinchi y su comparecencia por ante la Comisión de Medios del Congreso (1987): http://lbarragan.blogspot.com/2015/03/desarchivo.html
Luis Barragán
Limitar, condicionar, censurar o bloquear la información, es clave. Solamente el poder da la versión de sí y del país, generando una moral de la duplicidad para sobrevivir tratando de darse alguna prestancia o legitimidad ahora cuestionada por los venezolanos.
Suele esconder hechos, criterios y y hasta emociones para facturar otros que digan de una prédica del amor, la solidaridad, el esfuerzo y la honradez. Imposible una libérrima y espontánea rueda de prensa con nacionales o extranjeros, o la aceptación y garantía de una investigación parlamentaria lo más imparcial posible, teniendo por escenario a la opinión pública, pues, a lo sumo, prácticamente sustitutivo de la Gaceta Oficial, bastará el Twitter pretendiendo despejar dudas, en provecho de un simple mensaje telegráfico que no tolera réplica alguna.
Antes, desconocidas las redes sociales que hoy dicen delatar todo y a todos, por más resistencia que ofreciese el gobierno de turno, la básica división de los órganos del Poder Público forzaba a la sinceridad de la vida pública o privada de sus miembros por la sola circunstancia de decidir o influir en la vida pública y también privada de todo un país. Removiendo papeles en la Semana Mayor que concluye, hallamos el testimonio de la comparecencia de la Dra. Gladys Castillo de Lusinchi a la por entonces Comisión de Medios del Congreso de la República (1987), cuyo proceso de divorcio – entre otros problemas – quiso esconderse infructuosamente, ilustrándonos sobre las bondades de una – si así lo desean – mínima y convincente democracia.
Apenas, se dice algo del consabido y ventajoso viaje de una niñera armada a Brasil e impiden una averiguación de la Asamblea Nacional, presionando a los medios, reclamando estridentemente la privacidad de un alto funcionario público cuando no la respetan de cualquier opositor o disidente, trepando las más absurdas descalificaciones personales, difamándolo impunemente tras la grabación y montaje de una llamada telefónica. Hace poco, un díscolo diputado oficialista ofendió a un colega opositor, catalogando a su padre de asesino, creyendo que se trataba de Tomás Guanipa cuando realmente le respondió a Ángel Medina, quienes asisten regularmente a las sesiones y, por lo menos, alguna vez los ha visto y oído.
El escondimiento del ya harto sonoro caso del Banco de Andorra y de los que propiciaron las sanciones del gobierno estadounidense, imposibilitada cualquier investigación independiente o la más humilde indagación de sus compatriotas, los obliga a una cruzada anti-imperialista en demanda del nacionalismo y la honestidad que únicamente exigen a los demás. Cada uno de los venezolanos, en su larga y paciente cola para acceder a los insumos básicos, en medio de la inseguridad personal que nos aqueja, debe mostrar las virtudes que no ejemplariza un gobierno que tampoco les permite la más mínima interpelación sobre el colosal despilfarro de divisas que nos trajo a la presente situación y, menos, sobre la nada venturosa posición que logra el país en el blanqueamiento internacional de capitales.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2015/04/la-moral-de-escondimiento/
www.noticierodigital.com/2015/04/la-moral-de-escondimiento/
Ilustración: Alonso. Economía Hoy, Caracas, 20/01/1993.
Cfr. Caso Dra. Gladys Castillo de Lusinchi y su comparecencia por ante la Comisión de Medios del Congreso (1987): http://lbarragan.blogspot.com/2015/03/desarchivo.html
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