La moral de escondimiento
Luis Barragán
Limitar, condicionar, censurar o bloquear la información, es clave. Solamente el poder da la versión de sí y del país, generando una moral de la duplicidad para sobrevivir tratando de darse alguna prestancia o legitimidad ahora cuestionada por los venezolanos.
Suele esconder hechos, criterios y y hasta emociones para facturar otros que digan de una prédica del amor, la solidaridad, el esfuerzo y la honradez. Imposible una libérrima y espontánea rueda de prensa con nacionales o extranjeros, o la aceptación y garantía de una investigación parlamentaria lo más imparcial posible, teniendo por escenario a la opinión pública, pues, a lo sumo, prácticamente sustitutivo de la Gaceta Oficial, bastará el Twitter pretendiendo despejar dudas, en provecho de un simple mensaje telegráfico que no tolera réplica alguna.
Antes, desconocidas las redes sociales que hoy dicen delatar todo y a todos, por más resistencia que ofreciese el gobierno de turno, la básica división de los órganos del Poder Público forzaba a la sinceridad de la vida pública o privada de sus miembros por la sola circunstancia de decidir o influir en la vida pública y también privada de todo un país. Removiendo papeles en la Semana Mayor que concluye, hallamos el testimonio de la comparecencia de la Dra. Gladys Castillo de Lusinchi a la por entonces Comisión de Medios del Congreso de la República (1987), cuyo proceso de divorcio – entre otros problemas – quiso esconderse infructuosamente, ilustrándonos sobre las bondades de una – si así lo desean – mínima y convincente democracia.
Apenas, se dice algo del consabido y ventajoso viaje de una niñera armada a Brasil e impiden una averiguación de la Asamblea Nacional, presionando a los medios, reclamando estridentemente la privacidad de un alto funcionario público cuando no la respetan de cualquier opositor o disidente, trepando las más absurdas descalificaciones personales, difamándolo impunemente tras la grabación y montaje de una llamada telefónica. Hace poco, un díscolo diputado oficialista ofendió a un colega opositor, catalogando a su padre de asesino, creyendo que se trataba de Tomás Guanipa cuando realmente le respondió a Ángel Medina, quienes asisten regularmente a las sesiones y, por lo menos, alguna vez los ha visto y oído.
El escondimiento del ya harto sonoro caso del Banco de Andorra y de los que propiciaron las sanciones del gobierno estadounidense, imposibilitada cualquier investigación independiente o la más humilde indagación de sus compatriotas, los obliga a una cruzada anti-imperialista en demanda del nacionalismo y la honestidad que únicamente exigen a los demás. Cada uno de los venezolanos, en su larga y paciente cola para acceder a los insumos básicos, en medio de la inseguridad personal que nos aqueja, debe mostrar las virtudes que no ejemplariza un gobierno que tampoco les permite la más mínima interpelación sobre el colosal despilfarro de divisas que nos trajo a la presente situación y, menos, sobre la nada venturosa posición que logra el país en el blanqueamiento internacional de capitales.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2015/04/la-moral-de-escondimiento/
www.noticierodigital.com/2015/04/la-moral-de-escondimiento/
Ilustración: Alonso. Economía Hoy, Caracas, 20/01/1993.
Cfr. Caso Dra. Gladys Castillo de Lusinchi y su comparecencia por ante la Comisión de Medios del Congreso (1987): http://lbarragan.blogspot.com/2015/03/desarchivo.html
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domingo, 5 de abril de 2015
EL DISCURSO DESCOMPUESTO
De la moral andorrizadaLuis Barragán
Realidad convertida en formidable pretexto ideológico, la cartilla de racionamiento en los inicios del socialismo históricamente conocido, después perfeccionado el hábito en la economía de guerra que los caracterizó, dijo responder a una mejor distribución de los recursos disponibles. El intento de repartir lo poco que había, traicionada la emergencia, se convirtió en un pesado hábito que supo de algunos alivios con la versión desarrollada que festejaron luego los soviéticos.
Desmentido Marx, partieron de la escasez hacia la escasez. Moralmente, parecía legítimo impedir que los pocos despojaran a los muchos de los bienes necesarios, acuñando un discurso del heroísmo que, adicionalmente, lidiaba con una desproporcionada violencia externa: el sedicente imperialismo que los necesitaba con urgencia para saciar todas sus más deplorables y meléficas apetencias.
Imposible de sostener, el discurso tardó en descomponerse, pero lo hizo antecediendo a la debacle real. Por ello, el derrumbe silencioso y pacífico de la Europa Oriental, antes impensable, o la callada y eficaz conversión hacia la economía de mercado de extensas zonas en China, piloteando al resto del país, añadida Vietnam que también padece un régimen incongruente con el creciente modelo que le permite – simplemente – sobrevivir, todavía fresco el recuerdo de la pavorosa guerra de la que emergió. Acotemos, un lcomplejo de naciones acunadas por la unidad semántica que le facilita el socialismo, cuyos niveles de vida, a pesar de la censura digital de exclusiva vocación política, fielmente refleja la red de redes, permitiendo que la cartilla en cuestión sea una nota de ingrata nostalgia o, a lo sumo, una severa amenaza de faltar a la disciplina social que lograron impulsar.
El infeliz socialismo llamado del siglo XXI de una única originalidad, la de su inicial ascenso democrático, mostrando paulatinamente las huellas de las experiencias conocidas en el mundo, fracasado o postergado el negocio de los dispositivos biométricos, avanza de acuerdo a la cartilla trastocada en guión. Aparentemente resignada la población que intuye los riesgos de una despiadada incriminación por el menor gesto de protesta, dado el escarmiento oficial de los más osados que insiste tanto en estigmatizarlos, sufrimos de las gigantescas colas para acceder o, mejor, intentar acceder a los insumos básicos, sin promesa alguna de provisionalidad.
Venimos de la abundancia, porque el régimen venezolano monopolizó y despilfarró centenares de miles de millones de dólares cuando el precio petrolero alcanzó cotas históricas. A la irrefutable evidencia, sumamos un irresponsable y desmedido endeudamiento, y el deliberado – concluimos - quiebre de la agricultura, de la cría y de la industria, siendo absolutamente predecibles sus consecuencias, por lo que padecimos y padecemos de un insólito despojo que tiene su más didáctica expresión con el caso de la sucursal del Banco de Andorra.
Caso que autoriza a hablar de una suerte de moral andorrana, la desesperada cartilla apunta a un penoso y estruendoso fracaso que, muy lejos de manifestar el destino universal de los bienes y servicios, mejor realizado – por ironía – en los países de libre mercado, nos castiga de acuerdo al interesado reparto de las divisas, las calculadas importaciones y la ventajosa disposición de recursos que, por cierto, reserva para los venideros comicios semicompetitivos del parlamento. Batiendo el fantasma del imperialismo que, si fuere el caso, está levantando China con su relacionamiento comercial y financiero con los más débiles socios secundarios, imputa de veleidad capitalista toda expresión de disidencia, descontento, inconformidad, como en los viejos manuales de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética.
Todavía visible, el presupuesto público para el gasto de consumo en el hogar presidencial contrasta dramáticamente con el de la más numerosa familia que debe turnarse para engrosar las colas con lo poco que pueda reportarle el bolsillo. Comienza a cotizarse la maldición hacia el automóvil particular, la atención médica especializada, la vivienda desahogada, la dieta especial, la solución odontológica, la reciente telefonía celular, la lectura actualizada, la vestimenta al gusto, el espectáculo exigente, el fármaco avanzado, los medios sanitarios garantizados, o el enjuague capilar, la maquinilla del barbero, severamente amenazada la pasta dental que cuida de las encías. Y todo esto, mientras que a los grandes burócratas se les reconoce el derecho al confort, por decir lo menos, defendidos por la impune hazaña de gozar de un dineral en el extranjero en la prolongada era del control de cambio.
La respuesta desesperada reside en el enemigo externo, cuidando de amoblar al interno que edifica justo a la medida de la apabullante y temida impopularidad gubernamental que no tarda en canalizarse. Por lo demás, satisfechos con su extemporaneidad, no reparan en los islotes de prosperidad de varias décadas que ya no requieren de la explotación directa del resto de las naciones, bastándose a sí mismos, excepto por el afán de las mafias en realizar las nuevas guerras que garantizan un magnífico dividendo, al igual que la célebre teoría del valor no encuentra asidero suficiente en las economías del conocimiento estratégico.
Involuntariamente, nos hacemos acreedores del sello andorrano, como apenas ayer del saudita. Puede decirse, las grandes colas están encaminadas para lo que dejaron y, quien pida un poco más, no le quita a sus iguales, sino al más igual de todos.
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/22170-de-la-moral-andorrizada
SOMBRA DE TRÁNSITO
De la Venezuela saudí a la andorrana
Luis Barragán
Históricamente definida en Venezuela, la etapa saudí estuvo varias veces caracterizada por una incontrolable bonanza petrolera, un desbordado endeudamiento y una sórdida corrupción, con sus caras: la más lejana, afianzada una mínima cultura e institucionalidad democrática, susceptible de la derrota electoral del gobierno, también se tradujo en la elevación de nuestra calidad de vida, el impulso de las industrias básicas o el plan masivo de formación académica en el exterior; y, la más cercana, apuntalado el autoritarismo por unos comicios semicompetitivos, prolongado un mismo gobierno, el deterioro pareciendo no hallar límites, ha quebrado la economía o la desesperanza empuja a la emigración de los más atrevidos. El consabido caso de la Banca Privada de Andorra y de los altos funcionarios venezolanos vinculados a sendos delitos financieros, sancionados por el gobierno estadounidense, contribuyen a caracterizar la otra etapa de un rentismo al que sólo le faltaba dar soporte a un modelo socialista.
Valga la coletilla, existe una distancia considerable – por ejemplo – entre Pérez Jiménez, quien se llevó un buen dinero, compró La Moraleja y se dedicó exitosamente a los negocios privados, desechando las oportunidades reales para regresar al gobierno, y los de ahora que acumulan fabulosas propiedades, satisfacen la vieja vanidad de gozar entre sus caballos de paso e incursionan en la legitimación de capitales, ligando que nunca caiga el gobierno que los premió. El paso siguiente al ascenso social y la estabilidad económica, consiste en la consagración de los excesos emparentados inconscientemente con los remotos seriales estadounidenses, los que – apenas – resolvían el problema de un tornillo comprando otro avión, mientras que los actuales empleados del varias veces quebrado impunemente Banco Industrial de Venezuela, están sumergidos en la angustia de un cierre cuya promesa cierta es la del desempleo. Sin embargo, buscando una anacrónica confrontación anti-imperialista que les conceda alguna prestancia, el cinismo moral nos conduce a las amargas vicisitudes de la vida diaria en nuestro país.
Enunciemos, debemos soportar las largas colas para intentar el acceso a los insumos, alimentos y medicamentos más elementales, pretendiendo inculpar a terceros de una crisis generada por el propio gobierno suficientemente advertido de sus terquedades, errores y torpezas que, persecución y censura por delante, criminaliza todo cuestionamiento. Empeoradas las condiciones para un abierto y libre debate, la temeraria versión oficial choca contra las realidades, pretendido que todo reclamo sea una mera veleidad capitalista, por cierto, como si fuesen sucesores de un consumado período manchesteriano.
Negada la utilidad y comodidad del automóvil particular, cualquier medio de transportación pública, por inseguro, riesgoso y agotador que fuese, es suficiente y hasta preferible que andar a pie, aunque – se dirá – ofrece la ocasión para ejercitarse físicamente. El consumo eléctrico, por más complejo hidroeléctrico de Guri que tengamos, una herencia menoscabada, comienza a orbitar como un pecado capital.
Inconcebible la prohibición para los elencos privilegiados del poder que, además, los escandaliza la sola mención de la famosa niñera armada que voló a Brasil, se les antoja demasiado suntuoso que el resto de la población pretenda un médico especializado, una vivienda desahogada, una lectura actualizada, un desodorante medicado, una vestimenta según el gusto, una dieta especial, un grifo resistente, un anticaspa, una ortopantomografía, un espectáculo exigente, un móvil celular inteligente, un fármaco avanzado, un desinfectante eficaz, una mano de pintura para el techo hogareño, un bocado innovador. Del extravagante “ta’ barato dame dos”, pasamos al penoso “agarrando aunque sea fallo”, cumpliendo un itinerario que desemboca en los alegatos principistas esgrimidos por el poder establecido, traicionados frecuentemente por los hechos, así los propagandistas y publicistas oficiales ingenien las más más variadas consignas y motivos gráficos, en un país donde la necropolítica oficialista tiene por asidero más de veinte mil muertos anuales.
Los gastos de consumo presidencial, hasta que sean visibles en el presupuesto público, sustentan una moral, una decencia, unas buenas costumbres, nada ejemplarizantes. Moral andorrarizada que, definitiva, cumplimenta todo un ciclo.
Fuente:
http://www.diariocontraste.com/de-la-venezuela-saudi-a-la-andorrana-por-luis-barragan-luisbarraganj/
Luis Barragán
Históricamente definida en Venezuela, la etapa saudí estuvo varias veces caracterizada por una incontrolable bonanza petrolera, un desbordado endeudamiento y una sórdida corrupción, con sus caras: la más lejana, afianzada una mínima cultura e institucionalidad democrática, susceptible de la derrota electoral del gobierno, también se tradujo en la elevación de nuestra calidad de vida, el impulso de las industrias básicas o el plan masivo de formación académica en el exterior; y, la más cercana, apuntalado el autoritarismo por unos comicios semicompetitivos, prolongado un mismo gobierno, el deterioro pareciendo no hallar límites, ha quebrado la economía o la desesperanza empuja a la emigración de los más atrevidos. El consabido caso de la Banca Privada de Andorra y de los altos funcionarios venezolanos vinculados a sendos delitos financieros, sancionados por el gobierno estadounidense, contribuyen a caracterizar la otra etapa de un rentismo al que sólo le faltaba dar soporte a un modelo socialista.
Valga la coletilla, existe una distancia considerable – por ejemplo – entre Pérez Jiménez, quien se llevó un buen dinero, compró La Moraleja y se dedicó exitosamente a los negocios privados, desechando las oportunidades reales para regresar al gobierno, y los de ahora que acumulan fabulosas propiedades, satisfacen la vieja vanidad de gozar entre sus caballos de paso e incursionan en la legitimación de capitales, ligando que nunca caiga el gobierno que los premió. El paso siguiente al ascenso social y la estabilidad económica, consiste en la consagración de los excesos emparentados inconscientemente con los remotos seriales estadounidenses, los que – apenas – resolvían el problema de un tornillo comprando otro avión, mientras que los actuales empleados del varias veces quebrado impunemente Banco Industrial de Venezuela, están sumergidos en la angustia de un cierre cuya promesa cierta es la del desempleo. Sin embargo, buscando una anacrónica confrontación anti-imperialista que les conceda alguna prestancia, el cinismo moral nos conduce a las amargas vicisitudes de la vida diaria en nuestro país.
Enunciemos, debemos soportar las largas colas para intentar el acceso a los insumos, alimentos y medicamentos más elementales, pretendiendo inculpar a terceros de una crisis generada por el propio gobierno suficientemente advertido de sus terquedades, errores y torpezas que, persecución y censura por delante, criminaliza todo cuestionamiento. Empeoradas las condiciones para un abierto y libre debate, la temeraria versión oficial choca contra las realidades, pretendido que todo reclamo sea una mera veleidad capitalista, por cierto, como si fuesen sucesores de un consumado período manchesteriano.
Negada la utilidad y comodidad del automóvil particular, cualquier medio de transportación pública, por inseguro, riesgoso y agotador que fuese, es suficiente y hasta preferible que andar a pie, aunque – se dirá – ofrece la ocasión para ejercitarse físicamente. El consumo eléctrico, por más complejo hidroeléctrico de Guri que tengamos, una herencia menoscabada, comienza a orbitar como un pecado capital.
Inconcebible la prohibición para los elencos privilegiados del poder que, además, los escandaliza la sola mención de la famosa niñera armada que voló a Brasil, se les antoja demasiado suntuoso que el resto de la población pretenda un médico especializado, una vivienda desahogada, una lectura actualizada, un desodorante medicado, una vestimenta según el gusto, una dieta especial, un grifo resistente, un anticaspa, una ortopantomografía, un espectáculo exigente, un móvil celular inteligente, un fármaco avanzado, un desinfectante eficaz, una mano de pintura para el techo hogareño, un bocado innovador. Del extravagante “ta’ barato dame dos”, pasamos al penoso “agarrando aunque sea fallo”, cumpliendo un itinerario que desemboca en los alegatos principistas esgrimidos por el poder establecido, traicionados frecuentemente por los hechos, así los propagandistas y publicistas oficiales ingenien las más más variadas consignas y motivos gráficos, en un país donde la necropolítica oficialista tiene por asidero más de veinte mil muertos anuales.
Los gastos de consumo presidencial, hasta que sean visibles en el presupuesto público, sustentan una moral, una decencia, unas buenas costumbres, nada ejemplarizantes. Moral andorrarizada que, definitiva, cumplimenta todo un ciclo.
Fuente:
http://www.diariocontraste.com/de-la-venezuela-saudi-a-la-andorrana-por-luis-barragan-luisbarraganj/
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