Política y universidad
William Anseume
Este tema presenta profundo, presenta al menos una doble vía. La de las políticas públicas universitarias y la de la vida política del país incidida por las universidades. De momento, aunque no pienso abandonar ninguna, me quedo con la segunda.
¿Cuándo surgió el prurito de la política partidista en las universidades? ¿Acaso no eran en su mayoría políticos y universitarios, por retrotarernos a la fundación de la nación, quienes aquel día firmaron el Acta de la Independencia? Más recientemente, por indagar el momento de la ruptura:¿Quiénes instauraron la democracia en Venezuela? ¿No eran políticos? ¿No fueron universitarios? ¿Dónde se forjó la llamada Generación del 28 tan luchadora contra la tiranía gomecista? ¿De dónde surgen formados intelectualmente y preparados para hacer política los líderes que organizan el quiebre de la dictadura de Pérez Jiménez? ¿No fueron también en su mayoría universitarios? ¿Quién fue Leoni? ¿Quién fue Jóvito? ¿Quién fue Caldera? ¿Dónde, en principio, bebió ideas Betancourt?
Justo en el proceso de devaluación discursiva y política de la democracia puntofijista, se crea la dañina distanciación politica-universidad en Venezuela. Una brecha que permite escalar con ímpetu esas elaboraciones mentales de la izquierda venezolana también surgidas de la brillantez universitaria, indudablemente, imbuidas en los procesos “heroicos” de la Revolución Cubana, y en toda la visión bipolar internacional que le sirvió a la mayoría de los intelectuales como trampolín para inclinarse al ala soviética del mundo en oposición a la supuesta explotación capitalista de los proletarios del orbe. Simplifico en demasía procesos complejos. Pero no dudo que, sin buscar hacer descansar en nadie culpabilidades que obedecen a una época y una épica fundamental de la humanidad, derivada, entre otros múltiples aspectos, de una Guerra Mundial y sus consecuencias; a la llamada izquierda internacional le convino en demasía la apertura de una distancia de la política con respecto a la universidad. Especialmente en Venezuela, donde el afianzamiento de la cultura militarista así como su conexión con los militares le sirvió a esa izquierda para materializar finalmente su conquista del poder. De allí que se haya aupado a un Teniente Coronel a la presidencia de la República, y éste haya postulado (impuesto) al individuo más alejado de la universidad para sucederle ante su muerte inminente.
Ahora, de unos cuarenta o cincuenta años a acá, la política se torna un acto malvado para universitarios que se posicionan como académicos puristas. La universidad nada quiere saber de políticos y, al parecer, viceversa. Como si no hubiera, como de hecho ahora la hay, y de qué manera, una acción destructiva del poder hacia las universidades, un odio, una repulsa, que me da la razón en cuanto al origen y materialización de la idea de alejar lo más posible a la universidad de la política, hasta causar una brecha honda, irrecuperable. De allí que para un acto reciente por la autonomía universitaria en el Aula Magna de la UCV, por poner un ejemplo mísero, se haya predicho que era un acto universitario que no permitiría la participación de líderes ni de partidos políticos, como ocurrió para deslucimiento y mayor intrascendencia de tan importante evento.
En ese sentido, los universitarios tenemos la obligación de rescatar ambos para el pensamiento y para la acción. Política y universidad sólo en la ficción no van juntas; esa mala idea elaborada justamente por políticos que implantaron imágenes para hacer ver que la actividad política era nauseabunda e indigna, menor, sucia y contaminante, para su conveniencia y la de sus proyectos, a la par de ser una idea falsa, generó los peligros mayores y causó en parte sustancial estos estragos en una y otra, en la acción política y en la universidad. Volveré, sin duda sobre estos planteamientos aquí apenas esbozados.
15/07/2020:
https://www.lapatilla.com/2020/07/15/william-anseume-politica-y-universidad
Captura de imagen:
https://www.youtube.com/watch?v=jX4WGv2RPHU
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miércoles, 15 de julio de 2020
domingo, 26 de abril de 2020
CAZA DE CITAS
"La política venezolana ha entrado en crisis porque ha entrado en crisis el discurso que la representaba"
Omar Astorga
("Ensayos de filosofía política y ultura", UCV, Caracas, 2014: 255)
Ilustración: Giuseppe Veneziano.
Omar Astorga
("Ensayos de filosofía política y ultura", UCV, Caracas, 2014: 255)
Ilustración: Giuseppe Veneziano.
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lunes, 6 de abril de 2020
ESTRELLAS ENGAÑOSAS
La otra latitud política del coronavirus
Luis Barragán
Supusimos la cuarentena, sesentena u ochentena, apta para toda la reflexión escrita pendiente, pero – condicionada y desconfiada – la impide la supervivencia sanitaria en casa, faltando el agua y, en buena parte del país, el flujo eléctrico; esto, por no citar las constantes diligencias por los alimentos, medicamentos y detergentes, siendo tan precarias las comunicaciones. Apenas, por escasas horas nocturnas, removemos papeles y libros, intentando legitimar el receso forzado por un tiempo ya interesadamente indeterminado, sabiendo la cuarentena un término propiamente médico y sanitario con independencia de sus cuantías.
Un vistazo a la prensa internacional, nos impone de la campaña de un marxismo que pretende salir ileso de la pandemia, a propósito de lo que libremente se informa en los países afectados en contraste de otros que celan el secreto de sus tragedias. En unos, se airea el conflicto entre la cesión de los derechos personales y ciudadanos y las aspiraciones a una extrema seguridad, mientras que, para otros, bastará con citar el testimonio desesperado de Carolina Cox en la Cuba que exporta a algunos legionarios de la medicina con fines propagandísticos. Al respecto, agreguemos, hay una insostenible prédica moral que permite traer a colación a Ludwig von Mises y su “Socialismo: análisis económico y sociológico”, manifestando que “el hombre no es malo, sin embargo, porque busque el placer y evite el dolor, esto es, porque quiera vivir”, con la pretensión socialista de reemplazar la moral de las sociedades abiertas a favor de la abnegación, el renunciamiento y el sacrificio de sí mismo, como un valor per se y cuya exclusividad, añadimos, tan fariseamente reclama (WBF, Buenos Aires, 1968: 469); por cierto, la sola y consabida fiesta de Los Roques, ilustra la realidad que padecemos bajo el actual régimen venezolano.
Aparentemente efímero, el reciente debate entre Slavoj Žižek y Byung-Chul Han, en torno al colapso o la reivindicación del capitalismo, siendo tan obscura la pretendida alternativa, le concede otra latitud política a los tiempos del coronavirus. De obscuridades sabemos de sobra en este rincón del mundo, pero, a pesar de todas las muy elocuentes evidencias, Anne Applebaum reportó el testimonio de Hans Modrow, uno de los líderes comunistas provenientes de la Alemania Oriental, quien cifró sus mejores esperanzas en el llamado socialismo bolivariano (https://www.anneapplebaum.com/2020/02/27/venezuela-is-the-eerie-endgame-of-modern-politics).
La Cuba entristecida que retrata Abraham Jiménez Enoa (https://gatopardo.com/opinion/desde-el-malecon/la-mayoria-de-los-cubanos-no-pueden-darse-el-lujo-de-quedarse-en-casa-coronavirus-cuba/?fbclid=IwAR0KWzQb2ZPaNeGQej499Dwp5r4koGDnQndYyjjubSVuAi5ei-PrCB2EwJc), otro ejemplo, marca un rumbo que ya transitamos acá. Applebaum, en febrero próximo pasado, se aproximó con sobriedad y eficacia a la situación venezolana (https://www.anneapplebaum.com/2020/02/27/venezuela-is-the-eerie-endgame-of-modern-politics), aunque dijo hallar una polarización que, a nuestro juicio, no la hay ante un régimen contundentemente rechazado por las grandes mayorías condenadas al hambre, como hizo Stalin con Ucrania.
Refería von Mises, el socialismo “no saca su fuerza de una necesidad interna del pensamiento político científico moderno, sino de la voluntad política de una época favorable al misticismo y al romanticismo” (ídem: 52), observación que había reiterado Jacques Maritain en varios de sus títulos. Empero, huérfano de alguna mística y sensibilidad, a falta del adecuado soporte teórico, aspira a (pre) fabricarlos en los tiempos mismos de una pandemia que se dice ajena – siendo la peor – a toda dimensión ética, ideológica y política.
06/04/2020:
Ilustración: Ghee Beom Kim.
viernes, 3 de abril de 2020
EL JARDÍN DE LOS SENDEROS QUE ... SE UNEN
Pureza política
Juan Pablo García
No hay política sin un sentido y una esencia éticas. Quienes la hacen deben ser portadores de principios y valores que ayudan a nuestra trascendencia. Peor que el coronavirus, el régimen narcotraficante los dislocó a más no poder. Dijo legitimar el pillaje, el vandalismo, el saqueo y, por eso, ninguna autoridad moral tiene frente a la delincuencia común con la que se ha confundido. Mata como mata cualquier asesino de bar de mal muerte. Ven sustancias tóxicas como cualquier jíbaro de barrio. Se emborracha y droga en Los Roques como el peor de los malandros que pide respeto porque ya no tiene una pistola al cinto, sino lo que un arma larga al hombro. Con estos ejemplos se entenderá muy bien la tragedia que vivimos los venezolanos.
Por supuesto que se trata de todo un régimen que afecta a propios y a extraños. Tienta y se hace de individualidades y hasta de sectores de la oposición a los que contamina y, a cambios de prebendas y otros favores más, participan del negocio. Porque también hay los que hacen jugosos negocios y conocen como la boliburguesía y los bolichicos. Sin embargo, es hasta peor. Porque practican el más descarado cinismo. Se dicen de oposición y también hacen diligencias de oposición que no es otra cosa que intentar que todos cohabitemos con la dictadura. Esto pone el acento en ls diferencias éticas que van más allá de la política. Varias veces hemos sido víctimas de la traición.
Como nunca antes, hacer política y, mejor, hacer política ciudadana ha significado hacer política con ética. Una y otra cosa a la vez. Si hacemos únicamente política, sola, desnuda, nos llevará al pragmatismo más sórdido, al oportunismo más obsceno, a vender hasta la misma mamá si es posible. Si nos realizamos únicamente a través de la ética, sola, desnuda, nos llevará completamente a la contemplación, al aislamiento, a tratar de salvar el propio pellejo con olvido de los demás. Y para superar la situación planteada en Venezuela, se necesita de la gente sana que es la inmensa mayoría de la población, incluyendo a dirigentes con los que nos podemos acordar, porque predican y dan ejemplo de esos principios y valores mínimos con los que coincidimos, a pesar de las diferencias y matices políticos. He acá la clave: la pureza absoluta en lo ético es inútil en el mundo terrenal, en el de la pluralidad y las más lógicas diferencias. Podemos y debemos coincidir todos en lo posible para hacer todo lo posible: superar al narco-régimen socialista. Quedan huesos sanos en el liderazgo político venezolano. Lo reconocemos porque no somos maniáticos de la ética. No obstante, los hay insanos y, como tampoco somos maniáticos de la política, no cedemos ante los cómplices y colaboracionistas de la dictadura. Luego, es posible hacer lo posible para salvar al país desde una postura política que no se entiende sin la ética y desde una postura ética que no se entiende sin la política. Porque estamos en el terreno de los hechos y, a la vez, tenemos deseos y esperanzas de trascendencia histórica.
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jueves, 2 de abril de 2020
OTRAS LATITUDES POLÍTICAS PARA LA PANDEMIA
Política en tiempos de crisis
Meritxell Batet / El País
Las crisis reclaman actuar. Esperamos decisiones claras, rápidas y efectivas ante amenazas que, de un modo u otro, superan nuestras capacidades ordinarias. Amenazas que, además, se identifican como tales unánimemente y, en consecuencia, parecen demandar respuestas únicas y correctas, ajenas al pluralismo propio de la política.
En este contexto, la política, que es esencialmente discusión, puesta en duda y pluralidad de opciones y respuestas, puede parecer prescindible cuando no disfuncional. Expertos y gestores parecen más adecuados que los políticos para hallar y poner en práctica tales respuestas correctas; y en efecto afloran sin cesar propuestas con ese aval y que se presumen alejadas de la discrepancia partidista.
Sin duda, la política está detrás de esas capacidades, ordinarias y extraordinarias, con las que contamos y que hoy se ven sobrepasadas por una crisis que pone de manifiesto sus limitaciones. Son decisiones políticas las que configuraron los instrumentos con los que contamos, las que determinaron la situación en que nos alcanza la crisis y hasta el número y calidad de los expertos y gestores existentes. Fueron decisiones políticas las que construyeron nuestro sistema sanitario, las que lo reforzaron y también las que fijaron sus límites. Es la política quien fija las prioridades sociales; y son las instituciones quienes permiten que esa fijación se haga de modo público, responsable, consciente de sus efectos y alternativas y con respeto de los valores que hemos decidido proteger reforzadamente. Ni los estudios de televisión ni las calles pueden hacerlo. Las instituciones públicas son nuestro instrumento más poderoso como sociedad; y son quizás el único instrumento para quienes disponen de menos recursos. Si no funcionan o no lo hacen suficientemente, podemos reformarlas o cambiar a sus miembros; pero no podemos permitirnos sustituirlas ni renunciar a ellas. Los ciudadanos necesitamos de las instituciones, pero las instituciones debemos escuchar sus demandas y atenderlas, en el marco de lo posible.
Esa es sin duda una discusión sobre el pasado, útil para recordar y para mejorar nuestras capacidades futuras, pues será también una discusión de futuro; pero de escasa ayuda para encarar la crisis, más allá de certificar la dignidad de quienes intervienen en el debate y prevenirnos frente a quienes quieren hacer de las crisis económicas, sanitarias o ambientales crisis institucionales
Hemos decidido mantener la discusión política durante esta crisis. Nuestros representantes y nuestros Parlamentos mantienen sus funciones y debaten sobre la acción frente a la pandemia de la Covid-19. Y adoptan las decisiones fundamentales al respecto. Así es en todos los países democráticos y así es en España. Y creo que es bueno exponer las razones para actuar así.
Expertos y gestores lo son en aspectos concretos. Pero las crisis invariablemente afectan a diversos ámbitos y valores; y exigen ponderar sus efectos en todos ellos. Esa ponderación es eminentemente política, también porque sobre el peso de los valores afectados no hay expertos, sino juicios y opciones personales y sociales, esto es, juicios y opciones políticas: de las posibilidades de proteger la vida a la sostenibilidad económica de nuestra sociedad, de la afectación a la dignidad al respeto de la autonomía y la eficacia, del coste presupuestario al mantenimiento del orden público.
La pluralidad, por otro lado, también existe en cuanto a las respuestas técnicas. Por desgracia, no hemos desterrado la incerteza y las crisis surgen siempre en ámbitos de duda e inseguridades. La “respuesta correcta” no es siempre fácil de identificar, ni hay consenso sobre la misma o sencillamente no existe. Confiar la decisión, en tales casos, a la política democrática es signo de humildad y respeto al otro, que quizás tenga razón; pero sobre todo es un instrumento para conseguir que esa decisión sea informada, razonada, integre el máximo de aportaciones; sea asumible por los ciudadanos y se adopte de modo plenamente responsable.
Hacer realidad estas exigencias es la tarea de la política. Las sesiones parlamentarias a las que sometemos decisiones y propuestas de los Gobiernos no son un escaparate para la lucha partidista ni una finalidad en sí mismas. Son nuestro instrumento fundamental para cada uno de esos objetivos:
1. Para explicar y razonar públicamente las medidas. Porque sólo las medidas convincentes tienen posibilidades de éxito. Y sólo se explica con convicción cuando debe darse respuesta al otro, cuando se enfrentan sus dudas, objeciones y alternativas. Expresarlas, considerarlas y responderlas es la obligación de oposición y Gobierno. Y por ello asumen la correspondiente responsabilidad.
2. Para integrar en las medidas el máximo de aportaciones y evitar que algunas pasen desapercibidas. Partidos y medios de comunicación enfatizamos lo que nos separa, pero la inmensa mayoría de decisiones parlamentarias integran posiciones de todos los grupos, más allá de la mayoría gubernamental existente. También, o sobre todo, en tiempos de crisis.
3. Para garantizar que quien decide lo hace sometido al control y a la presión del otro; que es consciente de las alternativas y que sabe que su posición debe contar con el rigor necesario para superar el escrutinio público y de la oposición. Y también para someter esas alternativas y ese control a las reglas propias del debate parlamentario y al mismo escrutinio público.
4. En fin, para poder responder a la crisis, la sanitaria y sus consecuencias sociales y económicas, con un uso intenso y responsable de lo público, que es quien siempre asume la respuesta y la responsabilidad de actuar. En crisis, nos refugiamos todos en los medios públicos, y a los representantes públicos corresponde en consecuencia dirigir la respuesta. De la crisis saldremos gracias a lo público; gracias, pues, a las decisiones políticas que lo generaron y a las que lo ponen en funcionamiento. Saldremos gracias a las instituciones de todos.
Pero estas finalidades no se alcanzan de modo automático. La política la hacemos personas, y de nuestra responsabilidad y acierto depende que el sistema parlamentario funcione y sus fines se hagan reales también en la gestión y superación de las crisis. En tales casos, el pluralismo de nuestros parlamentos debe ser solo un instrumento real para que prime la unidad en el objetivo que ahora todos compartimos: superar la crisis de la Covid-19. Para ello es requisito inexcusable el respeto por el otro; un respeto que nace de la necesaria humildad propia y de la conciencia de las limitaciones, las propias y las que impone la realidad.
Admitamos las limitaciones y asumamos, sin rendirnos, que en ocasiones chocaremos con obstáculos insuperables. Ni ciencia ni política son infalibles. Con muertes de seres queridos, con afectación de los negocios, con incertidumbre sobre el futuro, con pisos pequeños y sin luz… Sé que es difícil, pero más que reproches y diatribas, demoliciones y bilis, hace falta prudencia, serenidad, comprensión y empatía. Respeto por el trabajo y la contribución ajena y prudencia en su valoración; comprensión por el esfuerzo realizado e incluso por la impotencia que pueda encontrar; implicación en la oferta de respuestas; empatía y solidaridad con quienes más sufren, con quienes pierdan recursos, fuerzas y, sobre todo, personas queridas. Son esos los signos que distinguen a quienes luchan contra la crisis, quienes se comprometen para superarla, frente a quienes querrán utilizarla para sus intereses. A todos ellos, trabajadores hoy esenciales en tantos ámbitos, autoridades y representantes públicos responsables, muchas gracias.
(*) Meritxell Batet es la presidenta del Congreso de los Diputados.
Fuente:
Aaron Fávila (AP).Una máquina operada por un trabajador con traje protector lanza líquido desinfectante en una calle de Manila, en Filipinas, este jueves.
Cfr.
https://elpais.com/espana/2020-03-24/como-hacer-politica-desde-el-salon-de-casa.html
Cfr.
https://elpais.com/espana/2020-03-24/como-hacer-politica-desde-el-salon-de-casa.html
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miércoles, 1 de abril de 2020
VIOLENCIA
Cómo duele Caracas
NIcomedes Febres
Ayer amanecí acongojado y en mi mente, cuando aun no había abierto los ojos todavía, estaba tatuada la carta que le envió El Libertador a su tío Esteban Palacios en 1825 explicándole cómo estaba entonces Caracas luego de la Independencia. Comienza esa carta con la frase "Caracas ya no existe" ha muerto y sus restos blanqueados guardan la memoria del martirio, los sepulcros están..... y por allí continúa. Aquí lejos y sabiendo del sufrimiento de los caraqueños ningún sentimiento me acompaña diferente al dolor y la tristeza. Aislados, cada uno de ustedes inmerso en sus temores y dudas frente al porvenir. Cuando ni lo inmediato y sencillo es previsible. Sojuzgados por la necesidad y también por el temor a ese virus chino que dejaron escapar. Viven la suma de dos tragedias socialistas, el virus chino y el chavismo criollo. Tenían que ser ambos socialistas. Como los socialistas nunca trabajan no se preocupan por llevar el pan al hogar, ni poseen el prejuicio burgués de ver crecer a la familia, ni se angustian por la responsabilidad de sacar adelante a los tripones que no pidieron venir a este mundo vuelto un sufrimiento. Si me hubiese imaginado esta situación a tan corto plazo no habría salido de Caracas, porque por ser tan torpe o apasionado, soy hombre de trincheras, del frente de batalla, así sea de camillero o socorrista por mi edad. Presumí que la experiencia del gran apagón sería la experiencia radical para que los que gobiernan entendieran lo mal que lo están haciendo. Pero no, los socialistas son peor que los borbones malos, ni perdonan, ni olvidan ni aprenden. Malditos sean todos ellos por hacer sufrir tanto a los venezolanos.
Ayer el Grupo de Lima manifestó su apoyo al presidente Guaido y advirtió que un ataque a su persona, familia o entorno desataría los demonios contra el chavismo. Para los ignorantes que jamas entenderán a la política eso solo significa presión para una salida política negociada, pues nadie quiere una explosión de cientos de miles de muertos. El único diálogo posible con el chavismo es negociar su capitulación pero hay que hacerlo ver como un acuerdo para que no se suelten los locos de lado y lado.
Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres
Fotografía: https://www.diariolasamericas.com/america-latina/paciente-coronavirus-huye-del-hospital-caracas-n4195206
Tratado del valor
Nicomedes Febres
Siento tristeza y vergüenza personal por la amenaza de muerte de maduro contra el presidente Guaido.
No tengo ninguna relación personal con el inquilino de Miraflores, pero mal que bien, fue un personaje importante de nuestra historia patria en el lado más oscuro de esa historia y tal amenaza representa un hito nefasto en nuestro pasado de cara al porvenir, pues nunca se ha visto nada tan infame como este socialismo.
Esa frase: "Yo iré preso, pero tu estarás muerto" sintetiza a toda la concepción de la democracia en la Política del chavismo. Será un icono inmoral. No existe tratadista político en el pasado que no haya dado al valor personal la mayor importancia como virtud necesaria para el ejercicio del poder. Ni la laboriosidad, la bondad,la solidaridad, ni nada. Por encima esta el coraje. Y es cierto, no hay ninguna virtud que se equipare al valor personal en la práctica política. Sin tener valor el miedo condiciona todas las decisiones y el miedo es el peor de los consejeros. He hablado del tema con cierta intimidad con políticos del pasado y todos coincidían conmigo. Lo hablé con Edecio la Riva, quien fue dejado por muerto en el Cementerio general del sur en Caracas por unos esbirros de la Seguridad Nacional; con el presidente salvadoreño José Napoleón Duarte, que los esbirros lo torturaron tanto que también lo creyeron muerto antes de ser presidente.
El doctor Calvani, que enfrentó a título personal toda la violencia centroamericana cuando logró crear una base para el diálogo en la región y asumió riesgos inimaginables por esa violencia que degrada a la política y la vuelve una actividad gansteril. Alguna vez lo comenté también con Teodoro, quien fue un icono del valor en la época de la violencia. No es que solo fueran guapos, es que la Política desarrolla un sentido del deber moral en los políticos de verdad que los hace distintos ante el destino. La pareja femenina del poder siempre es la Historia y esa es la que obliga y le da armazón moral a los políticos de verdad. Los otros son traficantes del poder.
Presumo que maduro se dejó dominar por el miedo cerval que le inspira el futuro y eso lo hace capaz de cualquier sin razón. Al presidente Guaido le recomendaría que ignore tal amenaza, que esa es responsabilidad de sus anillos de seguridad, pero medito y me preguntó cómo pueden unos militares que se sienten los propietarios del coraje porque portan las armas, seguir a un cobarde como maduro. O como decimos por estas calles: total, cada quién con su cada cual.
Fuente:
https://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/36642-valor
Fotografía: https://www.infobae.com/america/venezuela/2020/03/17/los-inquietantes-numeros-que-indican-que-en-venezuela-la-crisis-por-el-coronavirus-podria-ser-dramatica/
NIcomedes Febres
Ayer amanecí acongojado y en mi mente, cuando aun no había abierto los ojos todavía, estaba tatuada la carta que le envió El Libertador a su tío Esteban Palacios en 1825 explicándole cómo estaba entonces Caracas luego de la Independencia. Comienza esa carta con la frase "Caracas ya no existe" ha muerto y sus restos blanqueados guardan la memoria del martirio, los sepulcros están..... y por allí continúa. Aquí lejos y sabiendo del sufrimiento de los caraqueños ningún sentimiento me acompaña diferente al dolor y la tristeza. Aislados, cada uno de ustedes inmerso en sus temores y dudas frente al porvenir. Cuando ni lo inmediato y sencillo es previsible. Sojuzgados por la necesidad y también por el temor a ese virus chino que dejaron escapar. Viven la suma de dos tragedias socialistas, el virus chino y el chavismo criollo. Tenían que ser ambos socialistas. Como los socialistas nunca trabajan no se preocupan por llevar el pan al hogar, ni poseen el prejuicio burgués de ver crecer a la familia, ni se angustian por la responsabilidad de sacar adelante a los tripones que no pidieron venir a este mundo vuelto un sufrimiento. Si me hubiese imaginado esta situación a tan corto plazo no habría salido de Caracas, porque por ser tan torpe o apasionado, soy hombre de trincheras, del frente de batalla, así sea de camillero o socorrista por mi edad. Presumí que la experiencia del gran apagón sería la experiencia radical para que los que gobiernan entendieran lo mal que lo están haciendo. Pero no, los socialistas son peor que los borbones malos, ni perdonan, ni olvidan ni aprenden. Malditos sean todos ellos por hacer sufrir tanto a los venezolanos.
Ayer el Grupo de Lima manifestó su apoyo al presidente Guaido y advirtió que un ataque a su persona, familia o entorno desataría los demonios contra el chavismo. Para los ignorantes que jamas entenderán a la política eso solo significa presión para una salida política negociada, pues nadie quiere una explosión de cientos de miles de muertos. El único diálogo posible con el chavismo es negociar su capitulación pero hay que hacerlo ver como un acuerdo para que no se suelten los locos de lado y lado.
Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres
Fotografía: https://www.diariolasamericas.com/america-latina/paciente-coronavirus-huye-del-hospital-caracas-n4195206
Tratado del valor
Nicomedes Febres
Siento tristeza y vergüenza personal por la amenaza de muerte de maduro contra el presidente Guaido.
No tengo ninguna relación personal con el inquilino de Miraflores, pero mal que bien, fue un personaje importante de nuestra historia patria en el lado más oscuro de esa historia y tal amenaza representa un hito nefasto en nuestro pasado de cara al porvenir, pues nunca se ha visto nada tan infame como este socialismo.
Esa frase: "Yo iré preso, pero tu estarás muerto" sintetiza a toda la concepción de la democracia en la Política del chavismo. Será un icono inmoral. No existe tratadista político en el pasado que no haya dado al valor personal la mayor importancia como virtud necesaria para el ejercicio del poder. Ni la laboriosidad, la bondad,la solidaridad, ni nada. Por encima esta el coraje. Y es cierto, no hay ninguna virtud que se equipare al valor personal en la práctica política. Sin tener valor el miedo condiciona todas las decisiones y el miedo es el peor de los consejeros. He hablado del tema con cierta intimidad con políticos del pasado y todos coincidían conmigo. Lo hablé con Edecio la Riva, quien fue dejado por muerto en el Cementerio general del sur en Caracas por unos esbirros de la Seguridad Nacional; con el presidente salvadoreño José Napoleón Duarte, que los esbirros lo torturaron tanto que también lo creyeron muerto antes de ser presidente.
El doctor Calvani, que enfrentó a título personal toda la violencia centroamericana cuando logró crear una base para el diálogo en la región y asumió riesgos inimaginables por esa violencia que degrada a la política y la vuelve una actividad gansteril. Alguna vez lo comenté también con Teodoro, quien fue un icono del valor en la época de la violencia. No es que solo fueran guapos, es que la Política desarrolla un sentido del deber moral en los políticos de verdad que los hace distintos ante el destino. La pareja femenina del poder siempre es la Historia y esa es la que obliga y le da armazón moral a los políticos de verdad. Los otros son traficantes del poder.
Presumo que maduro se dejó dominar por el miedo cerval que le inspira el futuro y eso lo hace capaz de cualquier sin razón. Al presidente Guaido le recomendaría que ignore tal amenaza, que esa es responsabilidad de sus anillos de seguridad, pero medito y me preguntó cómo pueden unos militares que se sienten los propietarios del coraje porque portan las armas, seguir a un cobarde como maduro. O como decimos por estas calles: total, cada quién con su cada cual.
Fuente:
https://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/36642-valor
Fotografía: https://www.infobae.com/america/venezuela/2020/03/17/los-inquietantes-numeros-que-indican-que-en-venezuela-la-crisis-por-el-coronavirus-podria-ser-dramatica/
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lunes, 23 de marzo de 2020
CONCESIÓN GRACIOSA PARA UNA EPIDEMIA DE MÁS DE SOBRIA
Del tiempo para una política de Estado, cuando haya … Estado
Luis Barragán
Todo brote, epidemia y, aún más, pandemia, tiende a actualizar y, en efecto, actualiza radicalmente los problemas sanitarios, aunque uno de los más dramáticos asuntos remita a la libertad de expresión, actualizando al propio sistema político. Nadie - en su sano juicio - puede imaginar largas y extraordinarias diatribas para una situación absolutamente impostergable de emergencia, sentida y vivida como tal, pero tampoco aceptar y callar las manipulaciones del poder.
La dictadura socialista que no garantiza el suministro de electricidad y de agua, demasiado poco hizo por la salud y la salubridad del país, convertido Barrios Adentro en una vulgar bandera demagógica. Desde hace muchos años, no se atreve a divulgar las cifras alusivas, ni siquiera ante la proximidad o en medio del más modesto brote, cuidando muy bien de perseguir a cualesquiera galenos, enfermeras, camilleros o aseadores que refieran algo sobre la suerte de nuestros hospitales, equipos y demás insumos médicos.
El decreto de Estado Alarma llena las formalidades que la empeñan, como si la comunidad internacional no supiese de ella, aunque obviamente no atreve su remisión a la Asamblea Nacional para una mínima evaluación, mientras asume la cuarentena más como una experiencia militar que médico-asistencial. La temerosa dictadura vela – ante todo – por ella misma, siendo inevitable que la ciudadanía pregunte – aparentemente resignada - sobre el incierto abastecimiento de los productos básicos, luego de hacerlo por una mascarilla o un medicamento, galopando veloz la hiperinflación.
No puede evitar la denuncia y la protesta ciudadana, adquirida y ejercida una clara conciencia de la solidaridad con el ánimo de fortalecer a los médicos, enfermeras y demás trabajadores de la salud. Empero, esta dictadura se lleva preso Darvinson Rojas, so pretexto del coronavirus; o el ministro usurpador de Educación Superior literalmente dona al Servicio de Infectología del Hospital Universitario antibacteriales y bragas cual concesión graciosa en tiempos del coronavirus.
Por cierto, en días pasados, un columnista de El País, Emiliano Monge, aseguraba que el tiempo del coronavirus no es el de los políticos, y sólo los ciudadanos comunes deben obedecer a funcionarios expertos, investigadores, médicos y enfermeros. Debe dar gracias a Dios que no hiciese acá, en Venezuela, la cuarentena, pues, no diría tamaña sandez.
23/03/2020:
Cfr.
domingo, 22 de marzo de 2020
TIEMPO PARA LA POLÍTICA DE ESTADO, CUANDO HAY ... ESTADO
Este no es el tiempo de los políticos
En mitad de una pandemia, solo podemos confiar en el personal sanitario, pues lo que ellos no nos dicen casi siempre acaba siendo 'fake news'
Emiliano Monge
En su edición de 1975, la Enciclopedia de Columbia, una de las más importantes y prestigiosas del mundo, publicó la primera biografía de la talentosa y peculiar Lillian Virginia Mountwaezel, quien naciera en el pequeño pueblo de Bangs, en Ohio, hacia 1942.
Antes de morir, en 1973, Mountwaezel, una de las primeras mujeres homosexuales que reconoció públicamente sus preferencias y que enfrentó, sin temor, las consecuencias de dicho reconocimiento, tuvo tiempo de convertirse en la tipógrafa más importante de su país —le debemos varias de las fuentes que hoy, más de cincuenta después, seguimos utilizando de manera cotidiana—.
Pero el talento de Virginia Mountwaezel, que recién había cumplido 31 años cuando fue alcanzada por la furia de la explosión de una planta de agroquímicos y fertilizantes cuyo incendio cubría —así de léperas pueden ser las casualidades— para la revista Combustibles, iba mucho más allá del diseño de letras: nadie más, de entre todos los fotógrafos de su generación, revolucionó, como ella, el imaginario que se tenía del universo rural de los Estados Unidos de América.
En los años sesenta del siglo XX, década en la cual el mercado del arte se aceleró, se transformó y se reinventó a sí mismo como pocas otras veces en la historia, no se tiene recuerdo de una exposición más importante, más sorprendente, más escandalosa y más determinante para el futuro inmediato —debe tenerse en cuenta, además y sobre todo, que hablamos de unos años en los que el escándalo tomaba por asalto todas las galerías e incluso los museos más reconocidos de la Unión Americana—, que la inolvidable Flags Up!
"Sutilmente provocadora", "inteligente hasta el paroxismo" o "tan poderosa como un golpe en el vientre", fueron algunas de las sentencias que se publicaron en los principales diarios y en las revistas más leídas de la época, sobre la muestra de Virginia Mountwaezel, compuesta por doscientas treinta fotografías en diferentes formatos, que retrataban buzones postales de la América profunda, así como sus contextos, a los propietarios de las casas y a los trabajadores del Servicio Postal Americano, quienes, en aquellos años, mucho antes de Internet y del correo electrónico, representaban la viva imagen del progreso, la comunicación y la preservación de la memoria.
Para muestra un botón: como si Virginia Mountwaezel tuviera una máquina del tiempo o, mejor aún, una cámara capaz de inmortalizar, no aquel objeto al que apunta, sino aquel que estará ahí, en el lugar que el aparato está contemplando, muchísimos años después; es decir, como si ella, la mayor de nuestras muertas precoces, fuera capaz de ver a través del tiempo, en la fotografía de la invitación a la inauguración de Flags Up! —invitaciones que, en el mercado negro, han alcanzado un valor superior a los 35.000 dólares— el espectador contempla lo siguiente: más allá de un buzón oxidado, junto al cual yace un cartero de cuya mano izquierda están cayendo al suelo varias cartas, un par de camilleros —ataviados con equipos médicos que los cubren por completo, como si hubieran llegado de otro mundo— cargan a una mujer de edad avanzada, quien yace sobre una camilla y es acompañada por el joven médico que manipula el respirador artificial que parece mantener con vida a aquella mujer.
Por supuesto, nunca sabremos si aquellas cartas —que están cayendo al suelo teatralmente— iban dirigidas a esa mujer que los trabajadores de la salud, disfrazados de seres interplanetarios, están llevándose, con toda seguridad, hacia alguna institución hospitalaria. Como no sabremos nunca cuál sería el contenido de aquellas cartas: ¿mandaba noticias un hijo desplegado por el ejército norteamericano en la guerra de Corea?, ¿preguntaba por la salud de aquella mujer una hermana a quien la vida había llevado al otro lado del país donde naciera y muriera prematuramente la propia Virginia Mountwaezel? ¿O es que el cartero ya depositó, en aquel buzón oxidado, la carta que dirigida a esa mujer enferma y todas esas otras cartas, las que están en el aire, iban dirigidas a otros vecinos de aquel pueblo? ¿Están, esos otros vecinos, también ellos enfermos? ¿Es, esa imagen que observamos, la de una mujer enferma o es la de un pueblo enfermo? ¿Se trata de una epidemia? Desgraciadamente, esto tampoco lo sabremos nunca.
Como no sabremos nunca, tampoco, qué habría pasado, qué pasaría si todo esto fuera cierto, es decir, si Virginia Mountwaezel hubiera existido, si hubiera sido tipógrafa, si hubiera patentado ocho fuentes distintas, si hubiera muerto en una explosión, si hubiera hecho pública su sexualidad, si hubiera sido fotógrafa y si hubiera revolucionado la imagen que Norteamérica tenía de sí misma, hacia mediados del siglo XX, retratando el mundo rural, los buzones de las casas, las enfermedades, las epidemias, los doctores, los camilleros o el resto de trabajadores de la salud. Pero la verdad es que Virginia Mountwaezel fue una invención de la Enciclopedia de Columbia.
En un túnel del tiempo inverso al de la cámara imaginaria de nuestra fotógrafa imaginaria, la Enciclopedia de Columbia se adelantó a las fake news, mucho antes de que estas nos rodearan, asediaran, trastocaran y humillaran. Como han hecho muchas otras enciclopedias y diccionarios, Virginia Mountwaezel no fue otra cosa que una marca de agua, una entrada falsa: la invención que se hace pasar como algo real, para poder, a través suyo, atrapar a plagiarios potenciales, algo que, mucho tiempo antes, habían llevado a cabo, aunque no a través de palabras sino de islas o montañas falsas, los cartógrafos.
El asunto, por supuesto, va más allá de los engaños y las fake news —esas trampas malintencionadas de las cuales, ante pandemias como la que estamos enfrentando, debemos cuidarnos más que nunca—. Y es que aquello que observamos, muchas veces, es verídico, aunque no sea verdadero. Yo, por ejemplo, de Virginia Mountwaezel no sabía más que algunos detalles: nació en 1942, era tipógrafa y fotógrafa y murió en una explosión, trabajando para una revista de nombre improbable: Combustibles.
El resto es de mi cosecha, aunque no debí imaginarlo —de ahí que sea verídico, aunque no verdadero—: el personal que se encarga de la salud, siempre ha hecho lo mismo: jugarse la vida, rodeados de enemigos invisibles —pero también políticos— con aquello que tienen a mano —como un antiguo respirador artificial—. Y es verdad que, en mitad de una pandemia, solo podemos confiar en ellos, pues lo que ellos no nos dicen, casi siempre acaba siendo fake news o entrada falsa.
Lo único que le podemos exigir, entonces, al personal encargado de nuestra salud —que en mitad de una pandemia se convierte en la mayor de nuestras autoridades—, es que ellos también se muestren conscientes de esto: no pueden mentirnos ni endulzarnos el oído, no pueden ni deben responder a otros parámetros que los científicos y sanitarios, no pueden ni deben someterse a otra autoridad que no sean sus enfermos.
El escenario presente, que será complicado, doloroso y largo, debe ser manejado por funcionarios expertos, investigadores, médicos y enfermeros indispuestos al servilismo político, porque no es tiempo de políticos ni, menos aún, de politiquerías. Que los partidos y sus representantes, por favor, cierren el hocico y quemen sus agendas.
Los ciudadanos comunes, mientras tanto, debemos hacer lo único que en este momento podemos hacer: obedecer y ayudar, en la medida de lo posible y sin poner en riesgo a nadie más, a aquellos que más lo necesiten, sobre todo a los viejos.
Quizá así, algún día, las enciclopedias hablen de esta pandemia como se habla de los tiempos de solidaridad, empatía y humanidad.
Fuente:
Fotografías: Julien de Rosa (EFE), una mesa electoral el pasado domingo en París: https://elpais.com/elpais/2020/03/20/opinion/1584715049_536587.html
Lillian Virginia Mountwaezel: https://www.lvmrc.org/
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sábado, 14 de marzo de 2020
UNA RELACIÓN ESTABLE
Rafael del Águila
Race de Cain ton supplice Aura-t-il jamais une fin?
Ch. Baudelaire: Abel et Caìn
La ubicuidad y el absurdo del mal
El mal es ubicuo. El mal prolifera y lo hace sin sentido y sin orden. El mal es objeto de una expectación inusitada. Es noticia. La noticia. O bien, quizás, lo son sus personificaciones, sus apariciones recurrentes. Todo el mundo lo retrata, lo expone, lo busca, lo rastrea. Hay una urgencia por verlo, por oír sus razones, por conocerlo. Acaso, en el fondo, lo veneramos sin saberlo. Vemos su mano feroz en las catástrofes, las guerras, la tortura, la crueldad, las epidemias, las hambrunas. En el asesinato, el terrorismo, las mafias o las tiranías. Las Torres Gemelas caen infinitas veces ante nuestros ojos atónitos. Ya son símbolo del mal en la era global como las bombas «inteligentes» o las guerras étnicas. O como las palabras que los que morirían poco después dejaron en los contestadores de sus seres queridos. O como el mal que viene, para curar el mal o para empeorarlo...1
Es el caso que, debido a esta proliferación del mal en la realidad, la imagen y el concepto, en los medios visuales o escritos, hay quien ha dado en pensar que en nuestro nuevo planeta mediático hemos perdido definitivamente nuestra sensibilidad al mal, que estamos encallecidos por su exceso. Yo, la verdad, lo dudo. Pero es cierto que el listón de lo que nos impresiona está cada vez más alto. En el siglo XVIII Voltaire o Kant (y muchos otros, por cierto) se mostraban anonadados por el terremoto que en 1755 destruyó la mitad de la ciudad de Lisboa. El temblor de tierra hizo temblar nada menos que a la Ilustración misma, a su optimismo, a sus teodiceas, a su convicción de poder domar el mal, a sus creencias sobre la providencia benigna y el progreso. ¡Feliz siglo aquel en el que ese escándalo lo produjo un terremoto! Tal cosa se devora en nuestro mundo global en menos de un fin de semana y sus ecos son acallados por algún horror subsiguiente. Hoy necesitamos más que eso para hacernos siquiera volver la vista. Necesitamos, quizá, que el mal, la muerte de inocentes, sean causados por nosotros. Que sean, como en Nueva York, inesperados, brutales, absurdos, estremecedores y, al tiempo, que muestren la contingencia de nuestras vidas, la falta de firmeza de aquellos ámbitos y poderes en los que confiamos para nuestra protección. Que señalen el sinsentido, la ausencia de teodicea y de «antropodicea». Que nos obliguen a ser en esto, epicúreos, y creer con esta escuela que únicamente tenemos ante nosotros tres alternativas: o bien dios (la razón, el progreso) no existe, o bien es un canalla, o bien es un pobre hombre. Esto agota nuestras posibilidades.
Pero hay más. Porque el mal se nos multiplica, es importante advertirlo, cuando se conecta con la política, con sus acciones y con sus omisiones, con su capacidad para cuidarnos, pero también para destruirnos.
Combatir el mal con el bien. Combatir el mal con el mal. Actuar por convicciones o por consecuencias. El coste de la seguridad, de la libertad, el precio de vivir juntos, la imposibilidad de estar separados. Y la política en el centro de todas esas tensiones. De estas cosas hablaremos. Dedicaremos un instante de reflexión, no a la crisis que está en marcha, sino a sus cimientos. Porque además de las catástrofes reales, la cantidad, la calidad y la variedad de los libros recientes dedicados al mal y que lo exploran desde las perspectivas más alejadas, resulta sorprendente (véase bibliografía al final del artículo). Ante un tema como éste, inabarcable y con conexiones múltiples, conviene restringirse y yo lo haré: me limitaré a dar un breve paseo, en el que espero su compañía, por la relación entre el mal y la convivencia desde la perspectiva de la teoría política.
Las raíces del mal: el problema de la fundación política
En el principio de esta increíble y triste historia hay un nombre: Caín. Por supuesto el mal en nuestra cultura no tiene a Caín como primera personificación. Ni siquiera el vínculo del mal con la política o el poder o el orden le tienen a él como pionero. Podemos remontarnos, quizá, al affaire Lucifer, que al fin y al cabo es un ángel caído que se rebela contra el poder de dios y contra su orden cósmico y que aspira a sustituirle. Si hay que creer a Tomás de Aquino, que sabía sin duda de estas cosas, lo que convierte al diablo en diablo es «apetecer la igualdad con Dios perversamente» y alcanzar «su felicidad por sí mismo». En realidad, en esta lucha por el poder en el principio de los tiempos, el diablo apeteció la perfección pero «sin gracia de Dios», apeteció no existir «por debajo de Dios», apeteció presidir a la multitud de los ángeles sin respetar el orden de Dios, etc. En una palabra, el mal nace como autoafirmación, como rebelión política... y fracasa.
Y no mejor destino corre la segunda rebelión, la del hombre, la de Adán y Eva, pese a que ésta se realiza no sólo en nombre de una autoafirmación luciferina, sino en nombre de la sed de saber. En efecto, ustedes ya lo sospechan, por comer del árbol del conocimiento Adán y Eva son expulsados del paraíso y devienen vergonzosos mortales. Bien podría decirse que nuestros padres, al rebelarse contra el suyo, introducen la muerte como precio del conocimiento.
Pero es Caín el ejemplo políticamente más interesante. Todos conocemos su historia. Caín mata a su hermano. Lo hace porque parece haber perdido la competición con él por el amor de Dios. Lo hace por celos, envidia, desesperación. Lo hace y sabe (de una manera quizá nueva) que está mal hacerlo. La soberbia de Lucifer, la curiosidad de Adán son de índole distinta a esta envidia desesperada al hermano. Dios le pregunta y él se evade. Dios, que quizá no supo amar por igual a sus hijos, inquiere lo que ya sabe. Y cuando todos esperamos la ira divina, cuando todo nos hace pensar en la justicia del talión o en el «justo castigo» al culpable, Dios nos sorprende y tras imponerle una leve condena («vagabundo errante serás en la tierra», etc.) dice: «quienquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces» (Gen. 4, 12/15).
Hay muchas maneras de interpretar esa inesperada misericordia. La más interesante consiste en suponer que Dios quiere poner fin a una posible cadena de violencias. Que considera que la venganza podría dar origen a una cadena de muerte en el mundo. El paralelo con la tragedia griega es llamativo. En la Orestiada de Esquilo Agamenón sacrifica a su hija Ifigenia para poner a los dioses del lado de la expedición griega a Troya; ese sacrificio político le cuesta la vida a la vuelta de la guerra a manos de su esposa Clitemnestra y de su amante; Orestes, su hijo, se venga de los asesinos; la sangre de la madre clama contra Orestes, la venganza es ahora de las Furias... y así continúa la cadena imparable de violencia y muerte hasta que Atenea intercede ante el Aerópago y consigue instaurar un espacio de relativo olvido, de restitución y de perdón que fuera habitable por los hombres. La divinidad frena la cadena de violencias y venganzas, y la queja de la tragedia, «el corazón del mal en la medida en que éste habla» (Sichére), puede cerrarse con esperanza en el futuro.
Quizá al dios judeocristiano le acometió un pensamiento similar al de Atenea y decidió frenar la violencia en el inicio. Sea como sea, resulta extremadamente llamativo este paralelismo entre Atenas y Jerusalén. El caso es que Caín se alejó y se convirtió en fundador de ciudades. Fundador de ciudades, adviértanlo, fundador del refugio de la humanidad, fundador de nuestras patrias, de nuestros órdenes políticos, de nuestra convivencia meramente humana. La política se convierte, de este modo, en sustitutiva de la religión (Nicoletti). La política es, pues, hija de Caín, hija de ese orgullo cainita que promueve refugio y salvación ciudadanos, al margen de aquel dios que únicamente se nos hace asequible en el desierto y para el que es la soledad, no la civilización, el lugar en el que decide mostrarse.
Y no sólo eso. Si hay que creer a algunos intérpretes (Taboni), la ciudad, los sedentarios urbanos, favorecen la mezcla de sangre y de culturas. Mientras los nómadas ganaderos –Abel– pueden garantizar al grupo una cierta homogeneidad racial y cultural, los agricultores sedentarios fundadores de espacios urbanos de convivencia –Caín–, rompen con los mandamientos divinos de pureza y construyen espacios mestizos gobernados políticamente. El mismo contraste lo encontramos no mucho después entre Babel, la políglota, y Jerusalén, la santa. Idéntico pecado de civilidad comete la mujer de Lot, convertida en estatua de sal por no ser capaz de vencer su nostalgia urbana. De hecho, la Biblia, abunda en descalificaciones para la ciudad: «la gran Babilonia, la madre de las prostitutas y de las abominaciones de la tierra» (Apocalipsis, 17,5). Ciertamente, el libro conoce bien que el origen de la ciudad y de la política es el crimen y también el orgullo, pero tampoco se le oculta que sus muros y sus leyes dan seguridad a los hombres y eso les llena de satisfacción mundana.
Algo hemos avanzado: ya sabemos que en el origen de la política hay un crimen. Agustín de Hipona lo escribió: si el primer fundador de la ciudad terrestre –Caín– fue un fratricida, no debe extrañar que este ejemplo encontrara un eco en la fundación de Roma, en la que Rómulo asesina a su hermano Remo. Cicerón también se escandalizó de este crimen; no es cómodo convivir con el mal en el origen de la República. Roma quedaba manchada por un «pecado». Pero quizá sea Maquiavelo quien, como es habitual, nos habla más claramente: quien lee la Biblia «sensatamente», nos dice, verá que Moisés «se vio obligado» a matar «infinitos hombres» para fundar un orden político basado en la ley de Dios. Y cuando vamos al capítulo y versículo citados por el florentino (Éxodo, 32, 27-29) encontramos la descripción sin complejos de una masacre ordenada por el profeta y cometida, contra «miles» de los propios hijos y hermanos de los asesinos, en nombre de Yahvé. Parece que, a veces, fundar el poder en una moral cuesta extremadamente caro. Parece que si el acto de fundación política exige al tiempo el acto de crear las leyes de la convivencia, estos actos no nos «salen gratis». Quizá Arendt tenga razón y cualquier fraternidad ciudadana de la que los hombres seamos capaces, se compre al precio del fratricidio y el crimen. Quizá la razón asista a Benjamín y todo documento de la civilización sea al tiempo documento de la barbarie.
Permítanme, en todo caso, que antes de seguir adelante señale la extraordinaria cercanía de todos estos mitos respecto de ciertas metáforas que desde la antropología o el psicoanálisis, han abordado no hace mucho este tema. Tomemos el caso del antropólogo René Girard. El pensamiento occidental, nos dice, sitúa el origen de la vida en común en un contrato o en la razón o en el interés bien entendido, etc., por eso es incapaz de descubrir lo que hay en realidad en su base y que, según él, es una simple e inquietante verdad: «no hay vida, en el plano de la comunidad, que no hable de muerte». De hecho, la institución del chivo expiatorio, de la víctima sacrificial, es lo que hace posible la vida en sociedad. La violencia contra esta víctima es fundadora de vida social y reemplaza el círculo sin fin de la violencia privada por el círculo del ritual que repite incansable la conmemoración del acto de origen, pero ofrece seguridad y orden renovados. Es Sigmund Freud el primero que afirma que la práctica ritual tiene su origen en aquel homicidio fundante. La violencia contra la víctima rehace la unidad perdida por la violencia recíproca y estos ritos que sustituyen la violencia inicial existen prácticamente en todas las culturas. Cabe decir, pues, que el rito sirve como vacuna. Y no sólo el rito. Quizá otros usos sociales cumplen funciones análogas (por ejemplo, la catarsis que entre los espectadores producía la obra trágica). En definitiva, la comprensión racional del origen de nuestra vida en común es, precisamente, la que nos obliga a considerar seriamente el papel de la violencia como fundadora del orden, la paz y la convivencia, las leyes y quizá incluso nuestras concepciones de la justicia.
El poder, la política y el mal: una relación estable
La naturaleza humana perversa y el poder pacificador de la política y el Estado
Seamos claros, nos piden Pablo de Tarso, Agustín de Hipona o Lutero: si los hombres fuesen auténticamente cristianos, esto es, buenos, los príncipes y los gobiernos no serían necesarios, pero dado que son malos y si no existiera la espada y la ley «se devorarían unos a otros», el poder político es ineludible. En un principio no parece haber mucha diferencia entre esta formulación y las del odiado Maquiavelo, el denostado Hobbes o los inmorales partidarios de la razón de Estado.
Es cierto, como ha sugerido entre otros Sfez, que lo específicamente original y quizá escandaloso de Maquiavelo consiste en un pensamiento sobre el mal al que se le cercena su fundamento teológico. A partir de él la reflexión sobre el mal político se divorcia de antiguos acompañantes (dios o el orden cósmico) y queda enfrentado al mundo de lo contingente, a nuestras decisiones meramente humanas. En el horizonte maquiaveliano, el mal no puede ser erradicado, la presuposición de la malignidad humana es ineludible y lo único que podemos hacer es cultivar una virtù que permita una audaz política del mal menor. Queda, naturalmente, para escándalo de los siglos posteriores, el problema moral de si una política del mal menor, en estas condiciones de ubicuidad e irreductibilidad del mal y sin sanción teológica que «nos cubra», no supone un abandono, no supone, en realidad, querer el mal.
En Hobbes todo queda nítidamente expresado en el famoso texto: «mientras los hombres viven sin ser controlados por un poder común que los mantenga atemorizados a todos, están en esa condición de guerra, guerra de cada hombre contra cada hombre». Es decir, que el poder político colectivo atemoriza a los hombres (keep them all in awe) y gracias a ese «temor reverencial», gracias al miedo, se constituye un cuerpo político capaz de frenar mediante dominio y violencia (es decir, mediante el mal) la guerra y la anarquía continuas. La inclinación malvada de los hombres hace de nuevo necesaria la alianza del poder con el mal mismo para producir resultados adecuados: convivencia y paz. A lo que aquí se señala, como luego lo hará en contexto diferente Freud, es al coste de la vida en común.
No es de extrañar que en esta época dominada por la idea del poder pacificador del Estado, surgiera una disciplina, precisamente la de la razón de Estado, cuyo objetivo era justificar las maldades evidentes que resultaba necesario realizar para conservar ese bien ligado a la paz y la convivencia entre los hombres. La idea de que el fin (creación, conservación, fortalecimiento del Estado) justifica los medios (transgresores de la moralidad) pone en circulación un dispositivo estratégico que inunda muy rápidamente el mundo político y se muestra extremadamente útil para la estabilidad del sistema de dominio prevaleciente. Pero del mismo modo, esta idea, que indudablemente contiene algo de verdadero (todos creemos que ciertos fines justifican ciertos medios bajo ciertas circunstancias), introduce en el pensamiento político un estremecimiento: la sospecha de que, efectivamente, el mal se halla ligado de algún modo oscuro y desazonante a nuestra forma de vida en común2.
El mal necesario y limitado: liberalismo y poder político
El liberalismo aspira a abrir la «caja negra» del poder político. El poder es un mal, desde luego... y un mal necesario, claro está... pero, por eso mismo, si hemos de utilizarlo también debemos controlarlo y limitarlo. Tan necesario como el poder es su limitación si queremos que este dispositivo cumpla las funciones que le han sido asignadas. Así, la seguridad que el poder político produce frente a la anarquía, debe extenderse a las actuaciones del poder mismo: ¿qué barrera existe contra la violencia y la opresión del poder o del gobierno? Ciertamente el poder, el gobierno y las leyes que de él emanan existen para evitar que los malvados hombres se dañen unos a otros y para asegurar paz y convivencia. Pero no es posible construir un poder político ilimitado y absoluto, que pueda ejercer dominio y maldad sobre los individuos sin control alguno, y esperar que cumpla correctamente aquellas funciones. Esto sería (la ironía es de Locke) como tomar medidas contra los zorros, pero creerlas innecesarias con los leones. Como dijo Montesquieu, si todos los hombres son bestias, los príncipes son bestias sin ataduras. Y por otra parte, si ya hemos aprendido que la sociedad es «obra de nuestras necesidades y el gobierno de nuestra perversidad», si el poder político, en realidad, es el ropaje que adopta la «pérdida de nuestra inocencia», como afirma Paine, no podemos ser ya tan ingenuos como para no limitarlo eficazmente. De este modo, se vincula la limitación del poder y, por tanto, la restricción del mal, con un cierto conjunto de leyes. Leyes que lejos de ser obstáculos para nosotros, son producto de nuestro consentimiento y de la actividad de nuestros representantes y constituyen la garantía de la paz, la justicia y la convivencia en libertad. En realidad, esas leyes hacen efectivos los derechos naturales que poseemos en tanto que individuos, y gracias a ellas disfrutamos de ámbitos en los que nadie interfiere el disfrute de nuestra libertad. Sólo hay libertad en la ley que limita al poder, sólo hay poder limitado allí donde el poder detiene al poder. El mal, pues, nos es necesario, por eso hemos de domarlo (y esgrimir frente a él nuestros derechos), someterlo (al consentimiento de los obedientes), hacerlo sensible a nuestros intereses (mediante la representación), despedazarlo (dividir sus poderes), regularlo (someterlo al imperio de la ley).
El remedio en el mal: el poder democrático y sus riesgos
Pero hay quien cree que esta descripción, no importa cuán elegante parezca, es producto de un gigantesco malentendido. Si el mal es la opresión, el dominio, la crueldad y la arbitrariedad, la libertad no es, como pretende el relato liberal, ausencia de constricciones, protección frente al abuso y disfrute de ámbitos de no interferencia. La libertad, si es algo, es autonomía, es capacidad para darse a sí mismo las normas y las reglas de conducta que uno apetezca, es no-dependencia. Si el mal es la opresión, la libertad que nos ofrecen los liberales no es sino un nuevo tipo de sujeción que corrompe el mundo. La clave, nos dirá Rousseau, es la obediencia no a la ley, sino a la propia voluntad, o sea, que si uno obedece a la ley ésta debe ser «propia». La clave no es, pues, la ley, sino aquellos que la hacen, el poder legislativo, porque sólo la obediencia a la ley que uno se ha prescrito es libertad. Únicamente este tipo de ley es capaz de obrar los «prodigios» necesarios para huir del mal y del dominio e internarse en la política de la libertad: que todos sirvan al bien común y al interés general, libres bajo su aparente sujeción. Y así, en esta versión republicano-democrática del tema nos encontramos con que el remedio (a la dominación) puede que esté en el mal (el poder). Y, en efecto, como señala el hermoso libro de Jean Starobinski, para Rousseau si el veneno y el mal progresan con la civilización, con las «funestas luces» y las «vanas ciencias», es del mal mismo del que podemos extraer un remedio terapéutico: la soberanía del pueblo y la voluntad general, el rechazo del principio representativo, la virtud republicana, el bien común, etc., esos son los paliativos para frenar la corrupción generalizada, el mal, la dependencia y el dominio. Así pues, desde esta perspectiva el poder no es «malo en sí mismo». Sólo lo será aquel que se considera ilegítimo, opresor, generador de ciudadanos pasivos, dependientes, insolidarios..., pero si logramos reorientar la flecha del poder, si conseguimos extraer de él libertad cívica y voluntad general del pueblo soberano, entonces es el poder mismo el que se convierte en un remedio contra los males políticos.
La potencia de la justificación democrática y participativa del poder político es muy alta. Tanto que ha desencajado la expresión a más de uno... y no sin razones, al parecer. En realidad, el germen de la tiranía, y en ese sentido también del mal, está en la falta de límites, en la falta de cortapisas al poder y a su ejercicio. Esto es lo que afirmarán, entre otros, Tocqueville y también Constant. La tiranía de la mayoría es, desde luego, tiranía y de las más peligrosas: genera dependencia, servidumbre, homogeneización, mediocridad y, en casos extremos, persecución y despotismo. En efecto, «los mismos hombres que un día derriban un trono y pisotean la autoridad de los reyes, se pliegan todos los días sin resistencia a los menores deseos de un funcionario» y tal comportamiento se debe, precisamente, a que del otro lado de la cadena del dominio no ven a un hombre empuñando el extremo, sino a la encarnación del pueblo mismo. Nada hay, pues, más peligroso que ese remedio en el mal que puede desencadenar una tiranía reforzada de legitimidad.
Y no digamos nada si lo que tenemos ante nosotros no es una democracia participativa sino la cristalización institucional de una democracia representativa apoyada en la legitimidad democrática. Si hay que creer a Foucault, el simulacro de poder popular se desplaza en ese contexto hacia un sistema de vigilancia y control, de dominación y de disciplinas. Una suerte de tiranía «panóptica» en la cual nadie empuña el extremo de la cadena de dominio, precisamente porque no se trata de una cadena, sino de una red. Una tiranía sin rostro. Una estructura reticular por la que circula control y homogeneización. Una vigilancia cotidiana y ubicua que inunda los más pequeños intersticios de la vida diaria, de nuestras mentes y de nuestros cuerpos. Un poder «malévolo», pero sin voluntad que lo dirija. Un múltiple y polimorfo sistema de controles que cristaliza las desigualdades y las asimetrías, genera homogeneidad, multiplica los comportamientos obedientes y elimina espacios para la diferencia. Una pesadilla de dominio encarnada en una retícula que se encarga al tiempo de la vigilancia y del castigo. Un dispositivo que encarna el mal, por mucho que intente ligarse en su legitimidad con el «pueblo», la «mayoría» o la «normalidad».
Las huidas de la política: primacía del derecho, de la utopía, de la historia o del mercado
Hay dramatismo en la descripción postmoderna como posiblemente lo haya en la más clásica crítica liberal a la tiranía de la mayoría. Y también hay, desde antiguo, variadas soluciones que aspiran a garantizarnos que no caeremos en tales abismos. Soluciones que han de pasar, al parecer, por la huida de las imperfecciones de la política en general, y de la política democrática en particular, hacia reinos más apacibles. Sólo cabe aquí nombrarlas.
Podemos, con Kant y el liberalismo, suponer que la razón es capaz de fundamentar con absoluta certeza la moral y el derecho, de modo que los tribunales puedan frenar el ejercicio empírico de la soberanía popular sometiéndole a límites infranqueables cuando esto se requiera. Así, la paloma de la moral y el derecho «domarán» a la serpiente de la política, el bien ligado a la razón universal someterá al mal ligado a la voluntad popular cuando ésta se convierte en errática.
Podemos, con los anarquistas, ir un paso más allá. Aquí los matices parecen haber desaparecido: el gobierno es esencialmente inmoral, producto de la agresión, agresivo él mismo y engendrado por el mal. El estado no es más que un despotismo que impide el desarrollo de los individuos y su libertad, es la encarnación del mal y existe una incompatibilidad absoluta entre el poder y la libertad. Y en ese rechazo a lo político no hay nada de «remedio en el mal»: el mal contamina lo que toca y no puede utilizarse el estado para liberarnos del estado. Lo que reemplazará a esa actividad corrupta que es la política es la utopía de la cooperación armoniosa entre seres individuales esencialmente buenos, inclinados a la solidaridad, amantes de la igualdad y de la ayuda mutua, etc. Cuando la represión del poder y el mal se retiran queda la esencia humana intocada, la transparencia de la bondad armoniosa.
Y esto es justo lo que la otra tradición emancipadora socialista y comunista jamás creyó. Para ella el estado no era un mal, sino más bien un instrumento del mal, es decir, un aparato político en manos de los explotadores. Al menos por ahora, toda sociedad había de ser dirigida, esto era ineludible. Lo crucial es cómo lo hagamos y hacia dónde nos dirijamos. Y gracias a la ciencia de la historia y de la sociedad, gracias a nuestras certezas científicas sabemos con seguridad cuáles serían las etapas, los problemas, los protagonistas, las tensiones principales que atraviesan al dominio y la explotación presentes y que apuntan, indefectiblemente, hacia un futuro reconciliado y armónico de superación del mal. Para disciplinar a los renuentes se requiere, no la fe en la armoniosa autoorganización, sino (en las versiones comunistas) de la dictadura del proletariado que daría a luz una sociedad sin clases, una sociedad sin mal ni dominio, una sociedad en la que paulatinamente se cumpliría la profecía de Engels, el estado se extinguiría y el gobierno de las personas se vería reemplazado por la mera administración de las cosas. Aquí el mal (la dictadura) daría a luz el bien absoluto (la sociedad reconciliada y armónica) gracias a la huida del ámbito de la política y a la lectura de ésta en términos «científicos». Se trata, como es patente, de la idea de remedio en el mal llevada a su extremo por una élite que ha sustituido la contingencia de la política por la seguridad de una ciencia social de la emancipación del dominio.
Tenemos, por fin, otro tipo de huida: la huida hacia el mercado. El espíritu que informa esta huida de la política fue bien resumido nada menos que por el tercer presidente de los Estados Unidos, Jefferson: «El mejor gobierno es el que gobierna menos». Ese espíritu de «cuanto menos gobierno mejor» se apoya en la presunción de que el poder constriñe y es, por lo tanto un mal, y que hasta los poderes «benévolos», como los que surgen de los estados sociales y democráticos de derecho, son en realidad malévolos al reducir el ámbito de actuación de la sociedad civil, convertir a los ciudadanos en apáticos y dependientes, y disminuir las capacidades del mercado económico para crear oportunidades, riqueza, justicia distributiva y bienestar. La propuesta, pues, es huir de la política institucional y del Estado y reemplazarlos por la benéfica anarquía productiva del mercado libre. Aun cuando existen expresiones aún más drásticas, la idea de un «estado mínimo» (Nozick) es la que mejor se corresponde con las propuestas neoliberales o libertarias: es decir, un estado limitado al mínimo necesario e indispensable para proteger los derechos individuales y asegurar la libertad y el funcionamiento del mercado. A veces el folclore neoliberal ha llegado a proponer no sólo el «adelgazamiento» del estado (mediante desregulación, retirada de determinados ámbitos de actuación o reducción drástica del gasto público, por ejemplo), sino incluso la privatización de funciones esenciales tales como la administración de justicia, el sistema penitenciario, la defensa nacional o la policía. Parece que el mal se evaporaría de ciertas funciones estatales tan pronto como la política cediera su lugar al sano egoísmo del negocio. Por lo demás, como sugiere Hayeck, la democracia como mecanismo de legitimación cumpliría contemporáneamente una mala función política: sería la causa de un crecimiento acelerado del poder y de la maquinaria admistrativo-burocrática y de la consecuente disminución de las oportunidades ciudadanas para ser libres. En realidad, la única función real contra el mal que la democracia tendría sería constituirse como sistema de impedimentos y barreras que sirviera para expulsar a los malos gobernantes, no para seleccionar a los buenos. Si funcionara adecuadamente, la democracia podría garantizar la paz, la convivencia y la justicia, aun cuando no es nada seguro que pueda proteger contra el abuso si continúa con la deriva bienestarista y no asume la libertad que la no-política, el mercado, es capaz de conseguir para nosotros.
El mal político extremo: los totalitarismos 3
El siglo XX, al decir de muchos el peor y más cruel siglo de nuestra historia conocida, nos ha dado abundantes pruebas de la conexión entre el mal y la política. Los totalitarismos son un ejemplo privilegiado de maldad política o, mejor aún, de los males que un cierto tipo de política es capaz de desencadenar. También son el mejor ejemplo de aquella aguda observación de Simone Weil: «El mal imaginario es romántico, variado, el mal real triste, monótono, desértico, tedioso». Si la tiranía, el dominio, la crueldad o el crimen han representado hasta ahora el mal político, los fenómenos totalitarios, nuevos y sin precedentes, como sugiere Arendt, han elevado el listón hasta un punto que resulta difícil imaginar.
¿Cómo debemos comprender estos fenómenos extremos? ¿Mal radical o mal banal?, ¿mal que pervierte las raíces del pensar, que contamina la reflexión con máximas malvadas?, ¿mal banal basado en la ausencia de pensamiento, en la incapacidad para pensar o juzgar?, ¿mal que es consecuencia de un poder desligado de las «garantías» políticas y reflexivas de la modernidad?, ¿mal que es producto de esa misma modernidad leída en clave técnica? Tenemos respuestas para todos los gustos. Mal radical para las lecturas que se acercan al fenómeno desde Kant, y que sugieren que el horror es debido a la profundidad de la maldad de las máximas morales de aquellos que lo producen. Mal banal, para el «escandaloso» análisis de Arendt, que sugiere que es la superficialidad, la falta de profundidad, precisamente, la pasividad y la rutinización de la obediencia, lo que permite el surgimiento del mal absoluto. Los crímenes de la gente normal, de los «amigos», de los conocidos, de la «gente de orden», aparentemente incapaz de todo comportamiento extremo, pero por ello mismo fácil presa de las nuevas autoridades y las nuevas cosmovisiones, los nuevos valores y las nuevas fuentes de poder. Quizá, el holocausto es indesligable de la racionalidad tecnológica, de la burocratización del pensar y el actuar, de las jerarquías sociales que permiten eludir el juicio por uno mismo remitiéndose a lo que determinen las autoridades establecidas, etc. De hecho, como sugiere Bauman, el holocausto es ininteligible sin una idea muy moderna en su base: la imagen del mundo como un jardín que hemos de modificar y manipular hasta «domarlo» y ajustarlo a las exigencias ideológicas de modo que sea de manera absoluta «lo que debe ser». Este tipo de cosmovisión genera al tiempo una cirugía extrema y una indiferencia moral ante el sufrimiento, así como tiende a considerar a los que no se ajustan a su molde como «personas superfluas» (Arendt). De este modo, el horror y el mal no surgirían de la negación de la modernidad, sino de la profundización en algunos de sus rasgos básicos. Tampoco podría comprenderse esa alianza del poder brutal con el mal desmedido como una especial característica psicológica arraigada en algún tipo de «carácter» (ya individual, ya nacional), sino como vinculada a ciertas condiciones sociales y políticas, y a la hegemonía de ciertos valores y comportamientos.
De por qué los grandes ideales son peligrosos
El mal, entendido como límite, radical y banal, sugiere una conexión estremecedora entre la normalidad, la falta de pensamiento, la burocratización y rutinización política, por un lado, y el mesianismo, la implacabilidad, la falta de escrúpulos y vacilaciones para imponer un alto ideal, por otro. El mal, pues, no surge simplemente de la ausencia de ideales y de la mera instrumentalidad. Tampoco del fanatismo sin más. Sino de la estrategia brutal puesta al servicio de una gran idea que la fundamenta, le da densidad y atractivo, cuerpo y sangre, en un mundo previamente convertido en árido. El pensamiento implacable es el que funda ese mal extremo, ese límite en el que el mal no es nunca sólo un estallido de violencia y crueldad, nunca sólo la explosión, sino el mal estancado, hipócrita y desierto del día siguiente bajo el signo de la «normalidad». Esto quiere decir, entre otras cosas, que el mal extremo no aparece sólo en los medios, sino en la manera en que medios y fines se engarzan y multiplican sus efectos de mutuo apoyo, dotándose de eficiencia y fundamento. Un gran orden nuevo, la nación auténtica, la emancipación humana, son fines que, como la salvación de nuestras almas para los inquisidores o los instigadores de las guerras de religión o los terroristas islámicos, parecen justificar casi cualquier acto o sacrificio «necesarios» para alcanzarlos. Y cuanto más alto el fin (eliminar toda injusticia, el fin definitivo del terrorismo, la perfección política) y más «nítidos» los medios (violencia revolucionaria, terrorismo, guerra), tanto más sube nuestro nivel de tolerabilidad moral con las transgresiones, esto es, más somos capaces de «justificar».
El enfoque que propongo, ya lo habrán advertido, es un tanto descreído en la potencia de los fines. Pero me parece, que todas las políticas que han prometido y prometen asegurarnos de manera lógica, perfecta, científica y/o evidente, contra el mal lo han desencadenado con más fuerza. Las pequeñas políticas imperfectas, contingentes, inseguras, experimentales, falibles, prudentes y audaces, pueden hacer una mejor labor. Por eso creo, con Todorov entre otros, que para luchar contra el mal, no es necesario creerse una encarnación del bien.
Bibliografía sobre el mal
Las raíces
– Taboni, P. F.: La città de Caino e lacittà di Prometeo, Quatroventi, Urbino.
– Escalante, F.: La mirada de Dios, Paidós, México.
– Sichère, B.: Historias del mal, v. c. A. L. Bixio, Gedisa, Barcelona.
– Girard, R.: La violencia y lo sagrado, v. c. J. Jordá, Anagrama, Barcelona.
Algunos clásicos y textos escogidos
– Agustín de Hipona: La ciudad deDios, v. c. S. Santamarta & R. Fuente, BAC, Madrid.
– Tomás de Aquino: Cuestiones disputadas sobre el mal, v. c. E. Téllez, EUNSA, Pamplona.
– Villar, A. (ed): Voltaire-Rousseau: entorno al mal y la desdicha, Alianza, Madrid.
– Kant, I.: La religión dentro de los límites de la mera razón, v. c. F. Martínez Marzoa, Alianza, Madrid.
– Crignonn, C. (ed): Le mal: Texteschoisis, Flammarion, París.
– Larrimore, M. (ed): The Problem ofEvil: A Reader, Blackwell, Oxford.
El mal y la política
– Nicoletti, N.: Il male e la politica, Murceliana, Brescia.
– Barbier, M.: Le mal politique, L'Harmattan, París.
– Sfez, G.: Machiavel: la politique dumoindre mal, PUF, París.
– Starobinski, J.: El remedio en el mal, v. c. J.L. Arántegui, La Balsa de la Medusa, Madrid.
– Arendt, H.: Eichman en Jerusalem, v. c. C. Ribalta, Lumen, Barcelona.
– Weil, S.: La gravedad y la gracia, v. c. C. Ortega, Trotta, Madrid.
– Bauman, Z.: Modernidad y Holocausto, v. c. A. Mendoza, Sequitur, Madrid.
– Mate, R. (ed): La filosofía después del holocausto, número monográfico de Isegoria, nº 23, diciembre 2000.
– Gatti, R. (ed): Il male politico, Città Nuova, Roma.
– Todorov, T.: Memoire du mal, tentation du bien, Robert Laffont, París.
01/11/2001
1. Escrito el 28 de septiembre del 2001. ↩
2. Bastante más información sobre esos extremos en R. del Águila: La senda del mal. Política y razón de Estado, Taurus, Madrid, 2000. ↩
3. Me centraré en el totalitarismo nazi. Sobre el comunismo ver R. del Águila y F. Vallespín: «El Leviatán Rojo», Revista de libros, 17 de mayo de 1998. ↩
Fuente:
https://www.revistadelibros.com/articulos/el-mal-y-la-politica
Fotografía:Ulli Michel / Reuters. "En esta emblemática foto, tomada el 28 de Julio de 1994, una mujer desplazada de Ruanda se derrumba con su bebé sobre la espalda a un lado de una carretera, camino del campo de refugiados de Kibumba, antiguo Zaire, hoy República democrática del Congo. Huía del genocidio en el que miembros de la etnia tutsi fueron asesinatos de forma sistemática por radicales de la etnia hutu": https://www.semana.com/mundo/galeria/las-imagenes-mas-emblematicas-de-las-guerras-desde-vietnam-hasta-la-actualidad/635580
Fotografía:Ulli Michel / Reuters. "En esta emblemática foto, tomada el 28 de Julio de 1994, una mujer desplazada de Ruanda se derrumba con su bebé sobre la espalda a un lado de una carretera, camino del campo de refugiados de Kibumba, antiguo Zaire, hoy República democrática del Congo. Huía del genocidio en el que miembros de la etnia tutsi fueron asesinatos de forma sistemática por radicales de la etnia hutu": https://www.semana.com/mundo/galeria/las-imagenes-mas-emblematicas-de-las-guerras-desde-vietnam-hasta-la-actualidad/635580
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Rafael del Aguila
domingo, 1 de marzo de 2020
DEL OBRAR POLÍTICO: LA PALABRA
Del debate universitario
Luis Barragán
La discusión y la movilización, constituyen dos de las facetas más importantes del obrar político. Empero, suele ocurrir, solemos confundir la política con las propias herramientas de comunicación que emplea, tomando el totalitarismo un curso novedoso para realizarse con la apariencia de las libertades que niega.
El Tweed circunstancial, centrado en alguna de las vicisitudes que tejen el drama universitario, puede imponerse por encima de aquél mensaje también directo y conciso capaz de asomar y propiciar una interesante polémica, cual escena de una víctima del llamado coronavirus que evade el planteamiento y cuestionamiento de las condiciones de salubridad imperantes en el país y sus alternativas. Quizá, por ello, se dirá que basta una etiqueta en torno a la autonomía de la universidad que adquiere la prestancia de un comodín, utilizado orwellianamente por los que aún la combaten, en lugar de avanzar en el intercambio: estamos la altura de la tristemente célebre sentencia 0324 de 2019, incólume porque la 0047 de 2020 trata de una suspensión, por cierto, renovable de hacer falta políticamente, por lo que no se justifica que retrocedamos a las meras consignas reivindicativas, antes impensables en una instancia del conocimiento organizado. .
Atravesamos un problema grave y profundo de características existenciales, respecto a la universidad; por consiguiente, una pasajera emoción y el planteamiento de algunas ideas, pronto nos devuelven – resignados – al oficio privilegiado por el régimen: el de la propia, básica e indelegable sobrevivencia personal. Inaudito, todavía son escasas las voces provenientes del mismo mundo universitario que opinan sobre la materia, ante la omisión y cautela de quienes juran pontificarla, permitiéndonos añadir que la historia les dará alcance por lo que no hicieron – declarando muchos imposibles - en una coyuntura tan crucial de hacer caso a la sentencia ortegueana con la iniciamos nuestra modesta intervención en la sesión de la Asamblea Nacional (27/02/2020).
¿Protagonizamos un debate real, sostenido y ascendente, sobre la universidad venezolana y su destino? ¿Disponemos del tiempo y de la motivación necesaria para darle consistencia? ¿Lo convertirá definitivamente el régimen en otra de las puerilidades que lo alimentan? De acá se desprenden los síntomas iniciales de la gravedad que ha ganado el asunto en los predios de la opinión pública y de la política misma, simulando una controversia y una dinámica a favor del selfie que le concede ventaja al soterrado esfuerzo de supervivencia de la burocracia y de sus intereses tan ramificados.
Obviamente, siendo muy otros los tiempos, podemos constatar en la prensa escrita y diarios de debates del otrora Congreso de décadas atrás, el nivel y profundidad que conquistó la diatriba que, hoy, resultaría harto tediosa; a modo de ilustración, citamos los debates parlamentarios que sintetizaron todo un dilema entre la llamada renovación y la reforma universitarias, hacia 1970; o, valga la acotación, un largo texto publicado en un órgano inicialmente del PCV que, después, fue controlado por el MAS, como fue Deslinde, referido a un diagnóstico del problema de la educación superior, cuya sola invocación escandalizaría a los ahora enemigos declarados de la autonomía. Vale decir, alcanzamos una mínima y eficaz argumentación o racionalidad que el país – alarmantemente – no extraña, respecto a sus dirigentes.
(*) “Obras completas”, Revista de Occidente, Madrid, 1947: III, 207
Reproducción parcial: Deslinde, Caracas, 15 al 30/06/1969.
02/03/2020:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/36482-universitario
Luis Barragán
“Para
definir una época no basta
con
saber lo que en ella se ha hecho;
es
menester además que sepamos
lo
que no se ha hecho, lo que en ella es imposible”
José
Ortega y Gasset (*)
La discusión y la movilización, constituyen dos de las facetas más importantes del obrar político. Empero, suele ocurrir, solemos confundir la política con las propias herramientas de comunicación que emplea, tomando el totalitarismo un curso novedoso para realizarse con la apariencia de las libertades que niega.
El Tweed circunstancial, centrado en alguna de las vicisitudes que tejen el drama universitario, puede imponerse por encima de aquél mensaje también directo y conciso capaz de asomar y propiciar una interesante polémica, cual escena de una víctima del llamado coronavirus que evade el planteamiento y cuestionamiento de las condiciones de salubridad imperantes en el país y sus alternativas. Quizá, por ello, se dirá que basta una etiqueta en torno a la autonomía de la universidad que adquiere la prestancia de un comodín, utilizado orwellianamente por los que aún la combaten, en lugar de avanzar en el intercambio: estamos la altura de la tristemente célebre sentencia 0324 de 2019, incólume porque la 0047 de 2020 trata de una suspensión, por cierto, renovable de hacer falta políticamente, por lo que no se justifica que retrocedamos a las meras consignas reivindicativas, antes impensables en una instancia del conocimiento organizado. .
Atravesamos un problema grave y profundo de características existenciales, respecto a la universidad; por consiguiente, una pasajera emoción y el planteamiento de algunas ideas, pronto nos devuelven – resignados – al oficio privilegiado por el régimen: el de la propia, básica e indelegable sobrevivencia personal. Inaudito, todavía son escasas las voces provenientes del mismo mundo universitario que opinan sobre la materia, ante la omisión y cautela de quienes juran pontificarla, permitiéndonos añadir que la historia les dará alcance por lo que no hicieron – declarando muchos imposibles - en una coyuntura tan crucial de hacer caso a la sentencia ortegueana con la iniciamos nuestra modesta intervención en la sesión de la Asamblea Nacional (27/02/2020).
¿Protagonizamos un debate real, sostenido y ascendente, sobre la universidad venezolana y su destino? ¿Disponemos del tiempo y de la motivación necesaria para darle consistencia? ¿Lo convertirá definitivamente el régimen en otra de las puerilidades que lo alimentan? De acá se desprenden los síntomas iniciales de la gravedad que ha ganado el asunto en los predios de la opinión pública y de la política misma, simulando una controversia y una dinámica a favor del selfie que le concede ventaja al soterrado esfuerzo de supervivencia de la burocracia y de sus intereses tan ramificados.
Obviamente, siendo muy otros los tiempos, podemos constatar en la prensa escrita y diarios de debates del otrora Congreso de décadas atrás, el nivel y profundidad que conquistó la diatriba que, hoy, resultaría harto tediosa; a modo de ilustración, citamos los debates parlamentarios que sintetizaron todo un dilema entre la llamada renovación y la reforma universitarias, hacia 1970; o, valga la acotación, un largo texto publicado en un órgano inicialmente del PCV que, después, fue controlado por el MAS, como fue Deslinde, referido a un diagnóstico del problema de la educación superior, cuya sola invocación escandalizaría a los ahora enemigos declarados de la autonomía. Vale decir, alcanzamos una mínima y eficaz argumentación o racionalidad que el país – alarmantemente – no extraña, respecto a sus dirigentes.
(*) “Obras completas”, Revista de Occidente, Madrid, 1947: III, 207
Reproducción parcial: Deslinde, Caracas, 15 al 30/06/1969.
02/03/2020:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/36482-universitario
sábado, 29 de febrero de 2020
TESIS
La confrontación final
Nicomedes Febres
* La Política es algo que nunca se aprende ni se piensa completo y estos días que he estado leyendo y estudiando sobre la Guerra Civil Española entendí que después de tanto desastre, muerte y desolación en ese conflicto cualquier bando que hubiese ganado la guerra jamás podía tener como solución de los problemas políticos a la Democracia, que se supone que es un sistema de diálogo y acuerdos que permite el accionar de ambos bandos. Por eso cada guerra civil es y desagraciadamente debe ser de exterminio del otro. Allá cada bando fue cayendo en manos de los más radicales y posiblemente ha sido así en todos los conflictos del siglo XX en cada nación. En Venezuela sucedió con la guerra de Independencia también, cuando la Junta Patriótica llevó nariceado al Congreso de 1811 al conflicto y algunos de los diputados patriotas se dejaron de ideas independentistas cuando empezó a sonar el plomo. Hay que meditar en esto para valorar las opciones que tenemos hoy en día en Venezuela ante el chavismo, pero no lo debe estar pensando solo Guaidó sino también los políticos de verdad y cada militar en su conciencia. Aquí el daño ha sido demasiado profundo y grande para creer luego en soluciones de cirugía plástica. Y esto abarca a todo el continente americano empezando por nuestros vecinos al sur y el norte del Río Grande. Sé que hay en algún lado una línea roja que en algún momento el chavismo va a pisar porque ya hay demasiada desolación, muerte y daño en el pasado. Veamos, pero creo que tengo la razón, aunque Venezuela sea el único país del mundo donde vuelan las cucarachas.
* Este año ha sido demasiado complicado en asunto del mantenimiento de los equipos electrodomésticos pues se nos han echado a perder la lavadora secadora, una nevera, un horno pequeño, la bomba de agua y ahora el freezer por lo que llamé a un joven que heredó el negocio de su padre y vino al día siguiente. Me cambió una pieza dañada por las irregularidades en el voltaje de la electricidad y debo colocar un protector de voltaje, pues la media docena que compré hace 2 años se agotó. Me cobro por la reparación que tardó unos diez minutos 50 US$ y por un repuesto otros 50US$. Venía de una reparación con otro cliente e iba para casa de otro. Creo que si fuese joven y más pela bola me metería a reparador de equipos eléctricos o plomero.
* En la foto el general Franco junto al coronel Millán Astray, aquél a quien le gritó don Miguel de Unamuno lo de “Vosotros venceréis pero no convenceréis” en el auditorio de la Universidad de Salamanca. Parece no ser tan cierto lo de esa frase ni Millán Astray ser el patán que todos pensamos pues pese a ser el fundador junto a Franco de la Legión Extranjera española era un exquisito traductor de la literatura y poesía japonesa que aprendió en Filipinas cuando peleó contra los invasores malayos de las islas. Recibió varias heridas de bala en su vida durante su estadía en el Norte de África, en el pecho primero, luego en un pie y por eso era cojo, después una bala le quitó un brazo y la última le arrancó un ojo y parte de la cara. No era cobarde y vivió hasta avanzada edad dedicado a sus estudios japoneses y al cuido de los mutilados de la guerra civil.
Fuente:
Fotografía: Ramón Alberto Rivero. Conferencia de Nicomedes Febres sobre la Guerra Civil Española, Universidad Metropolitna (Caracas, 29/02/2020).
Reflexiones
Nicomedes Febres
* En la conferencia de ayer a casa llena en la Sala Mendoza se presentó un imponderable como fue el fracaso de las imágenes que tenía preparadas, por lo que tuve que improvisar con los textos y debí aguzar las ideas para que sin mis mejores recursos, que son las imágenes, pudiéramos salir adelante. Dos ideas me vivieron, la primera, que ciertamente la guerra civil española fue una situación espontánea que se salió de cualquier parámetro calculado por los bandos, que en principio era promover o detener un golpe militar y eso puede suceder en Venezuela, y la segunda idea es que después de un millón de muertos, que es el cálculo de los caídos allí, nadie puede venir como un San Francisco de Asís a proponer un regreso a la democracia, de modo que el que gana se lo lleva todo y eso sucedió en España con Franco. Otra cosa es un romanticismo bobalicón. Mi estimado Fernando Falcón, director del post grado en la Escuela de Ciencias Políticas allí presente me pidió repetir la conferencia allá, pero por supuesto con las imágenes que enriquecen mucho a los textos. Por lo pronto, quiero sacarme el tema de la cabeza en estos días.
* Voy a revisar ahora el tema del coronavirus que no lo he estudiado por razón de tiempo y en Medicina es muy peligroso opinar sin saber. Con razón mi querida Juli Carbonell, cansada del stress de la epidemia lo llama el coronilla virus, por lo harta que la tienen los asustados y aspavientosos, pero no parece que el referido virus tenga la letalidad de la antigua Gripe Española que asoló a Venezuela en 1918 y que tuvo consecuencias políticas muy importantes porque una cosa fue el gobierno del general Gómez antes de la Gripe Española, por la cual se prohibieron el cine, las retretas, las manifestaciones populares masivas, y otro fue el gobierno dictatorial después de la pandemia pues la epidemia pasó pero la prohibición de la manifestación de gentes permaneció suspendida hasta el final del régimen. Era común en aquella época irse los caraqueños a la Plaza Bolívar a informarse para ver como “estaba la vaina” por cualquier vaina y de allí la multitud que se reunía. Además el local de El Universal quedaba entre Gradillas y Sociedad y ponían los titulares de las noticias llegadas por teletipo en un pizarrón a la entrada del edificio.
* Desafortunadamente los venezolanos somos más de ver que de leer y aquí les va una imagen de los caraqueños en la Plaza Bolívar por los sucesos de 1902 de la guerra contra Alemania, Inglaterra y los otros países de Europa por el impago de la deuda externa por parte del cabito Castro. Del Bloqueo he visto cinco hermosas imágenes a color en los grabados internacionales, los cuales he adquirido porque la iconografía de esa época es importante para los venezolanos y son difíciles de hallar. Los venezolanos le he hemos dejado mucho de nuestra riqueza cultural al Estado, como antes se le dejó en herencia la Iglesia y uno no sabe que dejarán luego de este saqueo chavista allí. Por eso es mejor mantener al chavismo bruto e ignorante, y con veinte años en el poder miren como siguen siendo.
Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres/posts/10220722732798952
Reflexiones
Nicomedes Febres
* En la conferencia de ayer a casa llena en la Sala Mendoza se presentó un imponderable como fue el fracaso de las imágenes que tenía preparadas, por lo que tuve que improvisar con los textos y debí aguzar las ideas para que sin mis mejores recursos, que son las imágenes, pudiéramos salir adelante. Dos ideas me vivieron, la primera, que ciertamente la guerra civil española fue una situación espontánea que se salió de cualquier parámetro calculado por los bandos, que en principio era promover o detener un golpe militar y eso puede suceder en Venezuela, y la segunda idea es que después de un millón de muertos, que es el cálculo de los caídos allí, nadie puede venir como un San Francisco de Asís a proponer un regreso a la democracia, de modo que el que gana se lo lleva todo y eso sucedió en España con Franco. Otra cosa es un romanticismo bobalicón. Mi estimado Fernando Falcón, director del post grado en la Escuela de Ciencias Políticas allí presente me pidió repetir la conferencia allá, pero por supuesto con las imágenes que enriquecen mucho a los textos. Por lo pronto, quiero sacarme el tema de la cabeza en estos días.
* Voy a revisar ahora el tema del coronavirus que no lo he estudiado por razón de tiempo y en Medicina es muy peligroso opinar sin saber. Con razón mi querida Juli Carbonell, cansada del stress de la epidemia lo llama el coronilla virus, por lo harta que la tienen los asustados y aspavientosos, pero no parece que el referido virus tenga la letalidad de la antigua Gripe Española que asoló a Venezuela en 1918 y que tuvo consecuencias políticas muy importantes porque una cosa fue el gobierno del general Gómez antes de la Gripe Española, por la cual se prohibieron el cine, las retretas, las manifestaciones populares masivas, y otro fue el gobierno dictatorial después de la pandemia pues la epidemia pasó pero la prohibición de la manifestación de gentes permaneció suspendida hasta el final del régimen. Era común en aquella época irse los caraqueños a la Plaza Bolívar a informarse para ver como “estaba la vaina” por cualquier vaina y de allí la multitud que se reunía. Además el local de El Universal quedaba entre Gradillas y Sociedad y ponían los titulares de las noticias llegadas por teletipo en un pizarrón a la entrada del edificio.
* Desafortunadamente los venezolanos somos más de ver que de leer y aquí les va una imagen de los caraqueños en la Plaza Bolívar por los sucesos de 1902 de la guerra contra Alemania, Inglaterra y los otros países de Europa por el impago de la deuda externa por parte del cabito Castro. Del Bloqueo he visto cinco hermosas imágenes a color en los grabados internacionales, los cuales he adquirido porque la iconografía de esa época es importante para los venezolanos y son difíciles de hallar. Los venezolanos le he hemos dejado mucho de nuestra riqueza cultural al Estado, como antes se le dejó en herencia la Iglesia y uno no sabe que dejarán luego de este saqueo chavista allí. Por eso es mejor mantener al chavismo bruto e ignorante, y con veinte años en el poder miren como siguen siendo.
Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres/posts/10220722732798952
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