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jueves, 14 de mayo de 2020

PARA UNA ÉTICA DE LA CORDURA POLÍTICA

Gedeón o el milagro del rocío
José Rafael Herrera 

Lo que sirve para todo tiene en su haber lógico -y ontológico- la desventaja de no servir para nada. Cuando se afirma que todo es posible, con ello se afirma, a la vez, que nada es posible. La creencia tautológica según la cual “el ser es el ser y nada más que el ser”, solo significa que el ser no es más que la nada. Es una fantasía política, solo apta para los candores del gran público, la pretensión de hacer pasar una simple evasión de estrategia política por una suerte de fórmula algebraica invertida, capaz de atribuirle al lenguaje habitual contenido matemático, y no al revés, transmutando al lenguaje matemático expresiones del lenguaje habitual. De ahí que el conocido “todas las opciones están sobre la mesa” también se pueda interpretar como el desconocido “ninguna de las opciones está sobre la mesa”. Omnis determinatio est negatio. Y quizá, por eso mismo, convenga no buscar sobre la mesa lo que no debería estar sobre la mesa, cuando las cosas que se planifican con pulcro rigor y mesura suiza no solo no deben sino que no pueden ponerse en riesgo de exhibición. Decía Maquiavelo que, en política, no siempre se dice lo que se hace ni se hace lo que se dice.

Gedeón es una palabra hebrea. Significa “destructor”. Y, según las Escrituras, fue el nombre de un poderoso guerrero y juez del antiguo Israel. Tras la ruina dejada por la invasión de tribus nómadas, amalecitas y madianitas, Yahveh envió a uno de sus ángeles a hablar con Gedeón. El ángel, revestido de un fuego misterioso, le anuncia que Dios ha decidido encargarle la tarea de liberar a su pueblo. Como respuesta a la destrucción del profano altar de Baal, los nómadas concentraron su ejército para hacerle frente a Gedeón, quien había reunido un ejército de trescientos hombres y algunas tropas “auxiliares”. Atacó a los nómadas por sorpresa en la noche y se produjo tal confusión que los madianitas se atacaban entre ellos, hasta que, finalmente, huyeron despavoridos, perseguidos por las tropas de Gedeón. Fue un milagro que, como frescor de rocío sobre verdes ramos, la misión lograra liberar al pueblo de Israel de sus opresores y saqueadores. Una historia, por cierto, muy distinta a la que en días recientes experimentó el pueblo de Venezuela, sometido también por invasores nómadas, cubanos, rusos y drusos, cómplices de las mafias de narcotraficantes autóctonos, que han terminado por transmutar la política en una cuestión de crimen estructural, en un ruin “negocio” para enriquecerse a manos llenas mientras hunden a la población en la peor de las miserias. Eso sin contar con el deliberado objetivo de ir en contra de la sociedad occidental, envenenándola con narcóticos hasta convertirla en presa fácil de sus intereses. Todo lo cual los convierte en una seria amenaza para la libertad, la paz y la seguridad mundial.

Tal vez, después de todo, Marx tenía razón cuando afirmaba que, como decía Hegel, la historia se repite dos veces. Pero, en su opinión, a Hegel se le olvidó agregar que la primera vez se trata de una gran tragedia, mientras que la segunda se trata de una ridícula farsa. El mármol del glorioso ejército de Napoleón I terminó en el yeso de los mercenarios -y del lumpanato- de Napoleón III. El primer Gedeón fue una gran tragedia. El segundo, a duras penas, una vergüenza. Eso sin contar con uno que otro triste y lamentable “dirigente” que, echando por la borda las viejas virtudes israelíes, obnubilado como está por las frases hechas y la consecuente confusión del Objekt con el Gegenstand, ha llegado a proclamar sus “teorías” -meros puntos de vista- como auténticos principios humanos, mientras asume la “praxis” de “los demás” como una fijación característica de la “sórdida forma judaica”. Como dice el adagio, “no hay peor cuña que la del mismo palo”.

En el lenguaje de la medicina, un “falso positivo” es un error de apreciación mediante el cual, al momento de realizar la exploración física complementaria de un paciente, el resultado indica una enfermedad que, en realidad, no tiene. En este sentido, el segundo Gedeón histórico no puede ser calificado como un “falso positivo” sino, más bien, como un non-nato. Desde que se tomara la decisión de seleccionar a una empresa de vigilancia como la Silvercorp Inc., especializada en la custodia y seguridad de personalidades, ya las cosas no andaban por el camino trazado por Gedeón. Sus mismos contratistas parecieran haberlo comprendido, aunque tardíamente. Pero la empresa en cuestión, al ver que el negocio con los contratistas había llegado a su fin, decidió venderle la información al narcorrégimen, el cual tomó la decisión de pagarle a la empresa, ordenándole seguir adelante con la operación.  Ahora el narcorrégimen había encontrado una oportunidad única para distraer la atención de los gravísimos problemas que aquejan al país. Y así comenzó la representación de la más reciente comedia bufa, que lleva por título: “La furia bolivariana”. El yeso había comenzado a fraguarse.

Solo faltaba acusar, una vez más, al “imperialismo yanqui” de intentar posar su “planta insolente” sobre “el sagrado suelo de la patria”, a través de una avanzada de “sus organismos de inteligencia”, con lo cual se le advertía al mundo sobre las “verdaderas intenciones” del gobierno norteamericano y sus “lacayos”; pero, a la vez, se trataba de mostrar cómo la “furia bolivariana” de unos “simples pescadores revolucionarios y patriotas” era capaz de someter a un nutrido grupo de experimentados “marines”, y así elevar la moral de la cada vez más mermada, deprimida y escuálida población chavista, además de ocultar el aumento de los artículos de la “cesta alimentaria”, la falta de efectivo y de gasolina, y el ya inocultable desastre de los servicios públicos. Mataron a unos muertos y apresaron a unos incautos. Por si fuese poco, sometieron a la dirigencia democrática al escarnio público y la colocaron en posición de un cisma en ciernes, de una inminente confrontación interna. En esto último, sin duda, algunos periodistas que actúan como francotiradores a sueldo -auténticos mercenarios del escándalo- cumplieron un papel estelar. En fin, entre gallos y medianoche, hasta las antiguas huestes chavistas de las barriadas populares fueron acusadas de estar financiadas por la CIA y la DEA. Todo en un mismo saco de truculencias, sazonada con la retórica del trasnocho. En suma, un éxito para el narcocartel. El yeso se había secado. Una auténtica bombona de oxígeno para los moribundos.

Para las fuerzas democráticas, más allá de las intrigas, las acusaciones recíprocas y las consecuentes facturas, de este Gedeón de marketing solo queda el amargo recuerdo. Y, sin embargo, recordar, siempre, implica volver a hilar, recomponer el tejido, reordenarlo, reestructurarlo. Hay que recuperar la cordura. Todo lo cual significa, a fin de cuentas, pensar, una y otra vez, siempre de nuevo. Todo recuerdo es una lectio. No se puede seguir haciendo política sin pensamiento en sentido enfático. Mucho está en juego cuando se habla de la recuperación integral de todo un país. Por eso mismo, las bufonadas tienen que parar. Deben llegar a su fin. No habrá milagro ni mucho menos rocío sin voluntad y unidad, es decir, de nuevo, sin pensar.

14/05/2020:
Composición gráfica: Jeremy Geddes.

domingo, 5 de abril de 2020

RUMORALES

Bolas y fake-news
Nicomedes Febres

Quizás el mayor recuerdo que me quedó del proceso de la caída de Pérez Jiménez fue las visitas a una señorita vieja muy amiga de mi casa y amiga o emparentada con militares metidos en el golpe militar que derrocó al dictador. La señorita gozó un mundo ese proceso de 23 días donde fue centro de información política, que no se daba por teléfono sino personalmente y en la excitación de su protagonismo le dio por creer y diseminar mucha información sin saber si era veraz o falsa, lo que le hizo perder veracidad por las bolas, como se le decía a las que ahora son fake news. Unos rumores falsos que ahora solo favorecen al régimen. Y la consecuencia de las noticias falsas es que solo logran volver escéptico al público, desencantarlo y que cuando venga el necesario Juicio de Nuremberg los acusados se justifiquen diciendo que ellos no sabían que eran noticias falsas. Por eso le pido a muchos amigos que inundan las redes con información es que discriminen un poco con las noticias que reproducen, que a oídos vistas son disparatadas y favorecen al régimen por ser la mentira la norma general de ellos. Como estamos en las chiquiticas bien chiquiticas, entonces sean juiciosos en sus publicaciones porque notarán que maduro cayó de verdad cuando este sentado en el tribunal de Nuremberg de La Haya junto a otros gilipollas. Si no, fíjense cómo el régimen inunda la televisión, donde tiene absoluta hegemonía comunicacional y no permite que nadie ni difiera ni diga la verdad. Por supuesto, eso me permitirá defender que se haga lo mismo contra ellos cuando caigan, que no será una violación a la democracia, sino por defender el más sagrado principio de la virilidad como es que "lo que es igual no es trampa".

Lo del coronavirus es cada día más preocupante y estos infames solo creen que con represión resuelven el problema y están más enfocados con la crisis de la gasolina que en otra cosa, porque allí pueden sacar billetes. Hay vídeos nacionales pavorosos donde llegan los esbirros del régimen repartiendo plan de machete al público presente que ve a los enfermos. La más elemental lógica indica que ninguna medida para controlar la epidemia es mejor que dar información veraz.

Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres

Brevísima nota LB: La captura de imagen colocada, no signifca descalificación alguna para los video-juegos, ni a su legítima publicdad en las redes.  Otra cosa es que para los alarmistas de siempre, deliberadamente tales en consonancia con la guerra psicológica oficial, importa sembrar los rumoresen claves de video-juego y cine de acción.

domingo, 22 de marzo de 2020

TIEMPO PARA LA POLÍTICA DE ESTADO, CUANDO HAY ... ESTADO

Este no es el tiempo de los políticos
En mitad de una pandemia, solo podemos confiar en el personal sanitario, pues lo que ellos no nos dicen casi siempre acaba siendo 'fake news'
Emiliano Monge
En su edición de 1975, la Enciclopedia de Columbia, una de las más importantes y prestigiosas del mundo, publicó la primera biografía de la talentosa y peculiar Lillian Virginia Mountwaezel, quien naciera en el pequeño pueblo de Bangs, en Ohio, hacia 1942.
Antes de morir, en 1973, Mountwaezel, una de las primeras mujeres homosexuales que reconoció públicamente sus preferencias y que enfrentó, sin temor, las consecuencias de dicho reconocimiento, tuvo tiempo de convertirse en la tipógrafa más importante de su país —le debemos varias de las fuentes que hoy, más de cincuenta después, seguimos utilizando de manera cotidiana—.
Pero el talento de Virginia Mountwaezel, que recién había cumplido 31 años cuando fue alcanzada por la furia de la explosión de una planta de agroquímicos y fertilizantes cuyo incendio cubría —así de léperas pueden ser las casualidades— para la revista Combustibles, iba mucho más allá del diseño de letras: nadie más, de entre todos los fotógrafos de su generación, revolucionó, como ella, el imaginario que se tenía del universo rural de los Estados Unidos de América.
En los años sesenta del siglo XX, década en la cual el mercado del arte se aceleró, se transformó y se reinventó a sí mismo como pocas otras veces en la historia, no se tiene recuerdo de una exposición más importante, más sorprendente, más escandalosa y más determinante para el futuro inmediato —debe tenerse en cuenta, además y sobre todo, que hablamos de unos años en los que el escándalo tomaba por asalto todas las galerías e incluso los museos más reconocidos de la Unión Americana—, que la inolvidable Flags Up!
"Sutilmente provocadora", "inteligente hasta el paroxismo" o "tan poderosa como un golpe en el vientre", fueron algunas de las sentencias que se publicaron en los principales diarios y en las revistas más leídas de la época, sobre la muestra de Virginia Mountwaezel, compuesta por doscientas treinta fotografías en diferentes formatos, que retrataban buzones postales de la América profunda, así como sus contextos, a los propietarios de las casas y a los trabajadores del Servicio Postal Americano, quienes, en aquellos años, mucho antes de Internet y del correo electrónico, representaban la viva imagen del progreso, la comunicación y la preservación de la memoria.
Para muestra un botón: como si Virginia Mountwaezel tuviera una máquina del tiempo o, mejor aún, una cámara capaz de inmortalizar, no aquel objeto al que apunta, sino aquel que estará ahí, en el lugar que el aparato está contemplando, muchísimos años después; es decir, como si ella, la mayor de nuestras muertas precoces, fuera capaz de ver a través del tiempo, en la fotografía de la invitación a la inauguración de Flags Up! —invitaciones que, en el mercado negro, han alcanzado un valor superior a los 35.000 dólares— el espectador contempla lo siguiente: más allá de un buzón oxidado, junto al cual yace un cartero de cuya mano izquierda están cayendo al suelo varias cartas, un par de camilleros —ataviados con equipos médicos que los cubren por completo, como si hubieran llegado de otro mundo— cargan a una mujer de edad avanzada, quien yace sobre una camilla y es acompañada por el joven médico que manipula el respirador artificial que parece mantener con vida a aquella mujer.
Por supuesto, nunca sabremos si aquellas cartas —que están cayendo al suelo teatralmente— iban dirigidas a esa mujer que los trabajadores de la salud, disfrazados de seres interplanetarios, están llevándose, con toda seguridad, hacia alguna institución hospitalaria. Como no sabremos nunca cuál sería el contenido de aquellas cartas: ¿mandaba noticias un hijo desplegado por el ejército norteamericano en la guerra de Corea?, ¿preguntaba por la salud de aquella mujer una hermana a quien la vida había llevado al otro lado del país donde naciera y muriera prematuramente la propia Virginia Mountwaezel? ¿O es que el cartero ya depositó, en aquel buzón oxidado, la carta que dirigida a esa mujer enferma y todas esas otras cartas, las que están en el aire, iban dirigidas a otros vecinos de aquel pueblo? ¿Están, esos otros vecinos, también ellos enfermos? ¿Es, esa imagen que observamos, la de una mujer enferma o es la de un pueblo enfermo? ¿Se trata de una epidemia? Desgraciadamente, esto tampoco lo sabremos nunca.
Como no sabremos nunca, tampoco, qué habría pasado, qué pasaría si todo esto fuera cierto, es decir, si Virginia Mountwaezel hubiera existido, si hubiera sido tipógrafa, si hubiera patentado ocho fuentes distintas, si hubiera muerto en una explosión, si hubiera hecho pública su sexualidad, si hubiera sido fotógrafa y si hubiera revolucionado la imagen que Norteamérica tenía de sí misma, hacia mediados del siglo XX, retratando el mundo rural, los buzones de las casas, las enfermedades, las epidemias, los doctores, los camilleros o el resto de trabajadores de la salud. Pero la verdad es que Virginia Mountwaezel fue una invención de la Enciclopedia de Columbia.
En un túnel del tiempo inverso al de la cámara imaginaria de nuestra fotógrafa imaginaria, la Enciclopedia de Columbia se adelantó a las fake news, mucho antes de que estas nos rodearan, asediaran, trastocaran y humillaran. Como han hecho muchas otras enciclopedias y diccionarios, Virginia Mountwaezel no fue otra cosa que una marca de agua, una entrada falsa: la invención que se hace pasar como algo real, para poder, a través suyo, atrapar a plagiarios potenciales, algo que, mucho tiempo antes, habían llevado a cabo, aunque no a través de palabras sino de islas o montañas falsas, los cartógrafos.
El asunto, por supuesto, va más allá de los engaños y las fake news —esas trampas malintencionadas de las cuales, ante pandemias como la que estamos enfrentando, debemos cuidarnos más que nunca—. Y es que aquello que observamos, muchas veces, es verídico, aunque no sea verdadero. Yo, por ejemplo, de Virginia Mountwaezel no sabía más que algunos detalles: nació en 1942, era tipógrafa y fotógrafa y murió en una explosión, trabajando para una revista de nombre improbable: Combustibles.
El resto es de mi cosecha, aunque no debí imaginarlo —de ahí que sea verídico, aunque no verdadero—: el personal que se encarga de la salud, siempre ha hecho lo mismo: jugarse la vida, rodeados de enemigos invisibles —pero también políticos— con aquello que tienen a mano —como un antiguo respirador artificial—. Y es verdad que, en mitad de una pandemia, solo podemos confiar en ellos, pues lo que ellos no nos dicen, casi siempre acaba siendo fake news o entrada falsa.
Lo único que le podemos exigir, entonces, al personal encargado de nuestra salud —que en mitad de una pandemia se convierte en la mayor de nuestras autoridades—, es que ellos también se muestren conscientes de esto: no pueden mentirnos ni endulzarnos el oído, no pueden ni deben responder a otros parámetros que los científicos y sanitarios, no pueden ni deben someterse a otra autoridad que no sean sus enfermos.
El escenario presente, que será complicado, doloroso y largo, debe ser manejado por funcionarios expertos, investigadores, médicos y enfermeros indispuestos al servilismo político, porque no es tiempo de políticos ni, menos aún, de politiquerías. Que los partidos y sus representantes, por favor, cierren el hocico y quemen sus agendas.
Los ciudadanos comunes, mientras tanto, debemos hacer lo único que en este momento podemos hacer: obedecer y ayudar, en la medida de lo posible y sin poner en riesgo a nadie más, a aquellos que más lo necesiten, sobre todo a los viejos.
Quizá así, algún día, las enciclopedias hablen de esta pandemia como se habla de los tiempos de solidaridad, empatía y humanidad.

Fuente:
Lillian Virginia Mountwaezel:  https://www.lvmrc.org/

viernes, 26 de mayo de 2017

SUSTANTIVIDAD DE LO INSUSTANCIAL

EL UNIVERSAL, Caracas, 17 de mayo 2017
Fake news o noticias falsas
Elides Rojas

Siempre estuvieron rondando por ahí, solo que con la aparición y apogeo de las redes sociales y todas las plataformas de inmediata publicación y divulgación se extendieron hasta hacer poco creíble lo que sí merece ser creído. Antes, aunque de eso no hace mucho tiempo, una información falsa en un periódico podía estar viva al menos por 24 horas, aunque el desmentido saldría igualmente en radio y televisión antes de que el medio impreso equivocado lo aclarara. Hoy, eso no es posible. La noticia falsa vuela, pero también el desmentido es rápido. Pero, produce crecimiento de seguidores y genera rápida repetición. No obstante, son noticias de vida efímera. Por falsas justamente.

El chavismo, siempre de la mano del G2 cubano y otros inseparables asesores expertos en la manipulación y la siembra, es un gran productor de noticias falsas. Pero va más allá. No se limita a informar con mentiras o a crear corrientes de opinión más cercanas a la propaganda que a la realidad; también miente en tribunales, usa fiscales para enjuiciar con lo falso, condena a punta de cobas. Pero eso, más que una desviación de opinión, es un asunto más grave: es delito de Lesa Humanidad y tarde o temprano se ventilarán donde corresponde. Siempre ha sido así y Venezuela no será la excepción. Claro que lo más seguro es que los autores intelectuales, los cubanos, salgan ilesos. Pero los ejecutores venezolanos, plenamente identificados ni un acuerdo de transición los salva. Ese tipo de delitos no entran en ninguna negociación por ser de carácter atroz y cualquier afectado puede llevar adelante el proceso, más allá de acuerdos de cúpulas. Y víctimas de sobra es lo que tiene el chavismo. Y cada día que pasa aumentan su saco de crímenes. Los tiene en cárceles, los tiene condenados. Los tiene en proceso. Los tiene liberados por los tribunales, pero presos por los militares. Los tiene bajo juicios militares cuando corresponden procesos civiles. Tienen  presos con pruebas falsas y sentenciados hasta con testigos de mentira. Perfectamente denunciados en el exterior, incluso con confesiones de fiscales involucrados. Sabe muy bien el chavismo lo que hace y como machos, suponemos, asumirán las consecuencias. Debe ser así si asumimos que son bárbaros, bravos y pelo en pecho.

Pero eso, además de noticia falsa, es un delito grave. Sembrar armas, drogas, es otra modalidad muy de estos tiempos. Incluso con cientos de testigos al momento de la detención ilegal, por demás. Y, como también es natural, una cosa lleva a la otra.


El chavismo ha usado la mentira de manera tan abusiva que ya nadie le cree. Desde la recuperación milagrosa de Chávez, tiempos en los que la credibilidad de varios funcionarios también terminó fuera de este mundo, hasta ahora, siguen construyendo informaciones falsas e interesadas, especialmente contra dirigentes de oposición. Como en Cuba. Así lo hicieron allá toda la vida. Solamente se trajeron a Venezuela, y no de manera gratuita, esa maestría en la manipulación y calumnia. Los programas estrellas de VTV son lo más parecido a la televisión de Ruanda en tiempos de la masacre. Eso, como se sabe, costó varias sentencias por crímenes masivos. En Twitter y otras redes sociales de fuerte penetración es posible ver cualquier montaje, ubicados lejos de la equivocación y muy cerca de la alevosía. Es el chavismo. Son así y no cambiarán por mucho grito que les peguen en las calles.

Lo malo, y siempre hay lo malo, es que la fiebre de la noticia falsa también camina fuertemente por los lados de la oposición y de quienes están contra el chavismo. Con una clara consecuencia: llega un momento en que no se le cree nada a nadie.

Pero hay que decirlo, en eso de la falta de credibilidad todavía el chavismo lleva una gran ventaja. De hecho, salvo prueba en contrario, ya ganó el campeonato.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/fake-news-noticias-falsas_652711