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sábado, 11 de julio de 2020

EL CAMINO PENDIENTE

En busca del 5-J
Víctor Maldonado C.  
  
A Luis Barragán

Doscientos nueve años y un inmenso vacío. Ese sería un epitafio perfecto para un país fallido. Es poco lo que se puede evocar de la declaración de independencia y de aquellas gestas gloriosas que se narran todavía hoy en tono peripatético e infatuado, cuando la realidad es otra. Si acaso hubo independencia, ahora mismo no somos libres. Si alguna vez tuvimos país, en la actualidad eso es poco menos que una nostalgia. Ahora somos más colonia bastarda que país libre. Y el millón de kilómetros cuadrados que casi somos se lo disputan cualesquiera de las variopintas versiones de fuerza cuyo único interés es el saqueo y la depredación. Hemos vuelto al pavoroso año 1814, cuando las ciudades se vaciaron, queriendo huir de Boves, esa tiranía hecha de resentimiento, y que iba montada a caballo para arrasar con todo. Nuestro éxodo contemporáneo huye de lo mismo, de la reivindicación del odio, capaz de matarnos de hambre mientras suena al fondo la última versión de “patria querida”. La historia sirve para apreciar la secuencia que nos ha traído hasta aquí.

Ahora todo el tiempo del país transcurre encerrados en una terrible cuarentena que hiede a control social y a condicionamiento operante. El miedo a todo y a todos es la negación fisiológica de la libertad y la esperanza. Y no es que alguno piense que la pandemia sea eterna, como si lo parece ser el control férreo que tiene el caos que nos aplasta bajo el imperativo ideológico tenaz del socialismo del siglo XXI. La pandemia cesará, solo para indicarnos que no tenemos independencia alguna. Que vivimos la ruina y el fallido en la inmensa soledad de lo poco importante. Pero además lo experimentamos sabiendo que quienes deberían dirigirnos son tan fatuos y escasos, más aún que los que debieron improvisar un rol en aquellos tiempos de nuestra revolución germinal.

¿Acaso tuvo sentido? Los venezolanos solemos perdernos en los recovecos de una historia mal contada, pero que nos ha acomplejado hasta el presente. Porque ¿cómo podemos volver a ser esos héroes magnánimos que arruinaron sus vidas y haciendas para parir la libertad de todo el continente? Peor aún ¿acaso lo fueron? ¿Hubo alguna vez esa coincidencia de semidioses esclarecidos que se dedicaron a la libertad? ¿Y si no fue así? ¿Si solo fueron intereses, emociones, envidias y desencuentros que al final se sintetizaron en un curso de acción posible, el más posible, el que aprovechó las circunstancias de la debilidad y la confusión de los borbones? 

¿Qué pasa si en lugar de ser nosotros los protagonistas de nuestro destino, solamente fuimos la consecuencia de la capacidad rapaz y depredadora del “emperador de los franceses”, que puso de rodillas a una familia real venida a menos por las conjuras internas y el fétido manejo de la sucesión? ¿Y si los interinatos de aquellas épocas, las cortes y la regencia, lo hicieron tan mal que nos abrieron un espacio de justificación de los hechos cumplidos, tan incapaces que eran de comprender nada, víctimas de su propia contradicción, y si, de las brutales embestidas del ejército napoleónico? ¿Qué vamos a responder si llegamos a la conclusión de que para la época el imperio ya no era posible, y finalmente fuimos resultado y no causa, a pesar del guión que dijimos que interpretamos con esa solidez de las proclamas? ¿Y si solo fue una huida hacia ningún sitio? ¿Y cómo podemos justificar lo que después ocurrió? La primera república estaba condenada antes de nacer. ¿Por qué?

Mariano Picón Salas en su ensayo sobre Francisco de Miranda nos va relatando la trama. Para finales de 1.810 los saldos eran agridulces. La Junta Suprema no había podido incorporar al movimiento autonomista a Maracaibo, Coro y Guayana. Ellas seguían como garantes del poder español. Divididos llegaron al 5 de julio, y por eso el documento fundamental de la nacionalidad fue suscrito por representantes de las provincias de Caracas, Cumaná, Barinas, Margarita, Mérida, Barcelona y Trujillo. Un sitio, la capilla del seminario Santa Rosa de Lima. Una hora, 3:00 p.m. “Nosotros, reunidos en Congreso, queremos reafirmar nuestros derechos y autorizar el libre uso que vamos a hacer de nuestra soberanía”. ¿Nosotros? 

Al parecer pugnaban tres partidos, digamos que tres puntos de vista sobre las razones y alcances de la movida independentista. No había, por lo tanto, una antorcha de luz que los guiara hacia los senderos inefables de la unidad. Ni luz, ni música de fondo. Cada grupo tenía una apuesta que poco a poco iba a colocar sobre la única mesa posible. Tres partidos y “algunas individualidades sobre salientes y enérgicas como Rivas y Bolívar”, y de seguro, la de Francisco de Miranda. 

El primer grupo estaba integrado por “los aristócratas autonomistas que querían aprovechar la excelente coyuntura de la guerra española para mandarse solos”. Picón Salas sigue escudriñando en las razones. “Su vigorosa patria potestad, sobre hijos, esclavos, hatos de ganado, haciendas de cacao y tanques de añil, no encuentra otra restricción que la política. Ser poder político, así como ya son poder familiar y poder económico, es lo que en el fondo auspician. Hay buenos y malos hombres en esta primera ficción autonomista”.  Como siempre, a un preclaro Martín Tovar Ponte se opondrá un tortuoso e integrante Marques de Casa León. 

El segundo grupo estará formado por una juventud ilustrada, y embriagada con la lectura de los textos y autores de la revolución francesa. Estos “sienten, románticamente, el deseo de un cambio; abominan de todo lo viejo, ven en la revolución una maravillosa aventura cargada de sorpresas, y para escándalo de las antiguas familias y los prejuicios vigentes, cultivan la amistad de los pardos y gentes de color. Ellos serán el núcleo dirigente de la Sociedad Patriótica. 

El tercer grupo es la reacción. Son los comerciantes y funcionarios españoles que se ven desplazados por el patriarcado criollo, demasiado cerca, y, por lo tanto, una imposición más interesada que el lejano rey. Ellos, y el pueblo mismo, preferían esa justicia y ley aplicadas en nombre del borbón, y no lo que se venía venir, “el ensoberbecido patricio criollo que subrayaba su altanera preeminencia”.

“En nombre de Dios, todopoderoso, nosotros los representantes…”. Así comienza la larga fundamentación encomendada al diputado Juan Germán Roscio y al secretario del congreso, Francisco Isnardi. España no puede seguir rigiendo debido al “trastorno, desorden y conquista que tiene ya disuelta a la nación española”. No deja de considerarse una larga y exhaustiva lista de agravios, desencuentros y desplantes practicados por los gobiernos de España, que no les dejan ninguna otra alternativa que declarar solemnemente que las provincias unidas de Venezuela son, de hecho y de derecho, estados libres, soberanos e independientes, creyendo y defendiendo la santa, católica y apostólica religión de Jesucristo, como el primero de los deberes.

El diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar señala que el manuscrito original se perdió. Cosas de la larga guerra. No se tiene el original que llevaba las firmas de los cuarenta y un diputados, el sello del congreso, la firma de secretario Isnardi y el decreto refrendatorio suscrito por los triunviros Mendoza, Escalona y Padrón. Afortunadamente el texto había sido reproducido en El Publicista de Venezuela del 11 de julio de 1811, y en la Gaceta de Caracas del 16 de julio del mismo año. Los primeros cien años de independencia tuvieron como referencias esas fuentes. Pero en 1907 se consiguió en Valencia un libro de actas manuscrito del Congreso Constituyente de 1811-1812. Ese es el que está en el Salón Elíptico del Palacio Federal, que se abre solemnemente una vez al año. 

Al llegar Chávez al poder, lo primero que hizo fue abrir el cofre y manipular el libro de actas. Las profanaciones siempre van contra los símbolos. El que haya sido él, debió advertirnos sobre la catástrofe que luego nos iba a venir por él. Pero antes a alguien se le ocurrió que el mismo día de la independencia se celebrara también el día de la fuerza armada venezolana. Ese maridaje constante entre la ficción militar y una independencia que fue proclamada por civiles siempre ha atentado contra la comprensión de lo que somos, por una parte, y lo que nunca fuimos por la otra. Buscando el 5 de julio caigo en cuenta que todas nuestras efemérides se han perdido entre marchas militares, arengas marciales y esa visión epopéyica, ridícula y mentirosa que no nos pone a pensar en las fisuras de lo humano, que bien nos haría saber y reconocer para comprender esta inercia laberíntica que nos asola una y otra vez.

Los días previos fueron obviamente tensos. Tres partidos y dos puntos de vista. ¿Centralistas a favor de Caracas, o federales en desmedro de la fortaleza que iba a ser necesaria para enfrentar una guerra civil pavorosa, y la reacción de un imperio que no iba a quedarse de brazos cruzados? La decisión no fue la más conveniente. Y la república se perdió. Había quienes preferían hacer las cosas con calma, apostando a la progresividad. Bolívar respondía febrilmente que “vacilar es perdernos”. La sabiduría a veces no se lleva demasiado bien con el ímpetu. Miranda, diputado por El Pao, gracias a uno de los varios desplantes de la petulancia caraqueña, observaba con temor. Él quería la independencia, pero sabía de riesgos, y presentía el bochinche.

En el congreso, un arrollador discurso de Miranda a favor de la independencia fue respondido con una bofetada de Ramón Ignacio Méndez. Se fueron a las manos porque los argumentos en contra se habían agotado. La verdad es que declararon dejar de ser colonia española, pero no podían dejar de ser cultura colonial, esa que por más de trescientos años había regido sus vidas. No es fácil dejar de ser a través de un acta. No es fácil dejar de ser, por más que la emoción del momento suscriba lo contrario. Esta búsqueda nos confronta con algunos hallazgos: No fueron todos, no estaban claros, no estaban realmente unidos alrededor de un propósito unívoco, no previeron los costos. Fue una época de confusa agitación. El bochinche estaba a la vuelta de la esquina.

El resultado no podía ser otra que “la patria boba”. Una cosa era la declaración de la independencia, además suscrita con la prosa encendida de Roscio, y otra muy diferente encarar la realidad, que tuvo efectos telúricos para los que no estaban preparados los constituyentes. Mariano Picón Salas lo describe maravillosamente: “la guerra había sido actividad ajena a aquellos patricios caraqueños que gozaron de un mundo tan próspero y pacífico como el de los últimos años del coloniaje. Los capitanes de milicia de la provincia venezolana apenas lucían su hermoso tricornio, su espadín diplomático, su casaca azul, su camisa de seda en las fiestas oficiales, además regidas por el más cortesano ceremonial”. Será la guerra de las primeras sorpresas con que tropezarán los magnates. La guerra y la necesidad de reconocer la capacidad de quien la tuviera, que no todo podía darse graciosamente por el merecimiento de un buen nombre, o por riqueza.

Dos mundos se enfrentaban fratricidamente. Por una parte, los privilegios que pretendían conducir lo que ignoraban. Por la otra, la experiencia comprobada de Miranda, que por pardo, tenía los días contados. Lo odiaban. Le envidiaban su trayectoria. No lo soportaban. Pero más allá de la inquina, del quítate tú para ponerme yo, de la pretensión de que fueran los demás los que pagaran los costos, lo cierto es que después de las proclamas, y más allá de los encendidos debates del congreso, la realidad se iba a imponer y a dar todas las lecciones que fueran necesarias.

El pretender que fue un momento idílico es totalmente falso. Seguían siendo colonia. Culturalmente restringidos a sus propios fueros, tuvieron que ocurrir muchas cosas para que cayeran en cuenta que el desafío podía atropellarlos hasta dejarlos fuera de combate. Que podía ser más grande que ellos y lo que significaban. Y que nada ni nadie podía asegurarles nada. Que probablemente iban a perderlo todo, que el camino era largo, sangriento y extenuante. Pero, sobre todo, que las categorías con las que trataban de comprender al mundo no les iban a servir. Estaban inmersos en una revolución saturniana, ávida de devorar a sus perpetradores. 

Lo cierto es que en los albores de esa primera experiencia de adultez republicana la acción política y militar de 1811 estaba atascada entre el problema regionalista, el de las castas, el problema hacendado, el miedo a la igualdad que en realidad pocos, muy pocos querían, la querella constitucional, y los costos de ese experimento que, invocando a Dios todopoderoso, llamaron independencia. Desde nuestra época fundacional improvisamos, despreciamos la realidad tal y como es, creemos que los detalles que estorban a nuestros planes, ellos mismos se disuelven. Desde el principio el delirio se posesiona de nuestras decisiones. 

A doscientos nueve años mi parecer es que queda poco de esa independencia proclamada. Pasaron cosas. No nos hemos reconciliado con nuestros propios mitos. Bolívar fue también profanado, no solamente en sus huesos, peor aún, en su significado, quedando sumergido en la vorágine que nunca quiso ser. Su nombre pisoteado e igualado a la peor barbarie posible. Su legado escarnecido. Su pueblo diezmado.  ¿No habrá llegado el momento de ofrendarle la paz y el silencio que nunca le hemos dado? Y nosotros ¿advertiremos que llevamos poco más de dos siglos sin encontrar el reposo de la libertad y la verdadera prosperidad, que solo producen repúblicas con instituciones fuertes y un apego irrestricto al derecho? ¿Seguiremos invocando los trágicos espectros del caudillismo, la violencia, el poder mal entendido, la corrupción y el populismo? ¿No tenemos acaso los mismos problemas de la época fundacional? 

Mario Briceño Iragorry señaló alguna vez que Venezuela se debía a sí misma un mea-culpa colectivo. Porque mientras no adoptemos una aptitud humilde y serena, no seremos capaces de tener la claridad requerida para entender nuestra función social. Yo coincido con el intelectual trujillano en que necesitamos abrirnos a un proceso de sinceridad y austeridad capaz de llevarnos a la salvación de nuestro destino histórico y darnos las razones de nuestro desfigurado rostro presente. No podemos dejar de buscar la ocasión para que ese proceso, doloroso pero fructuoso, se dé alguna vez. Mientras tanto yo seguiré buscando en el 5J los rastros perdidos de esa libertad que quiero y que no encuentro. 

05/07/2020:
Capturas de imágenes:

lunes, 29 de junio de 2020

(DES) BIBLIOTECARSE

Del tiempo impreso
Luis Barragán

Vana ilusión, la cuarentena no ha alcanzado para todas las tareas por siempre postergadas. La creímos holgada, dispuesta  para  llenar y vaciar continuamente el tintero, pero la sola angustia de sobrevivir a un régimen en sí mismo, pandémico, ha imposibilitado la reflexión necesaria y la escritura deseada, en el trance de un oficio, el nuestro,  que pugna por atravesar las fronteras virtuales que ahora lo delimitan.

Disculpándonos por el tono personal,  adoptar  todas las previsiones posibles ante un huésped tan peligroso, como invisible, dentro y fuera de la casa, compensando en alguna medida la desinformación e improvisación reinante con la auto-disciplina personal y familiar, significa también sufrir los embates de la búsqueda de los alimentos y medicamentos demencialmente encarecidos. Y, a la vez, lidiar con la falta de los insumos y servicios básicos, como el combustible, el agua y la electricidad que, incluyendo una dañina  variación de su intensidad, convierte las telecomunicaciones en toda una fantasía.

Nada propicias las condiciones para la meditación pausada y serena, pendientes de algún ensayo largamente prometido, diligenciamos como podemos la reparación de los artefactos eléctricos y electrónicos, varias veces, resignados a escribir y enviar los habituales artículos semanales desde el teléfono móvil celular, igualmente comprometido.  No obstante, a pesar de todos los pesares, quedando impresa en el tiempo que corre indefectiblemente, algún resquicio alcanzamos para la  lectura organizada, la cual -  por cierto – ni siquiera fue negada para los  presos políticos de los ’60 del ‘XX  que tuvieron ocasión de publicar aún tras las rejas, como muy pocos pueden adivinarlo hoy.

El asunto viene a colación por un Tweed de LGMM (https://twitter.com/luisbarraganj/status/1275554749929136129), a propósito de un artículo relacionado con Carlos Ruíz Zafón, recientemente fallecido, pues, considerándonos un “ejemplar raro” entre la dirigencia política, dijo difícil hallar a alguien que “dedique su tiempo a escribir sobre escritores y libros”, aunque – le aclaramos – ojalá lo tuviésemos. Sin mayores pretensiones, rondándonos por varios días el telegrama, quizá lo explicamos por pertenecer a una generación de dirigentes hechos en la modernidad, aferrados a la mucha o mediana densidad de los libros convencionales, en contraste con los forjados por la llamada post-modernidad, contentos con la ligereza e interesada trivialidad del debate público.

En todo caso, sabemos de numerosas personas que cultivan la lectura con devoción, dispuestas por siempre al comentario, con una cuidadosa y celosa disposición de sus más preciados libros, jamás anegadas de un número insoportable de ejemplares.  Los devotos reflejan fielmente una época que profundizará la post-pandemia con ámbitos más reducidos e íntimos para la extendida lectura o  la rápida consulta, acaso, ya tributados por los medios digitales, organizadores más que ahorradores de tiempo. Acotemos, si fuere el caso, el dirigente promedio de la post-modernidad, gustará más de la  arquitectura bibliotecaria, babélica y convencional para un empleo masivo y abierto, como la biblioteca Tianjin Binhai, ubicada en China, tomada por futurista, que tomar el libro de la modesta mesa de noche, encender la lámpara y leer, sin que alguna cámara de televisión haga célebres sus gestos.

28/06/2020:
Fotografías:  Fred Dufour (AFP), Tianjin Binhai. 
Cfr.

miércoles, 24 de junio de 2020

TECHOS Y CAMINERÍAS

Realpolitik en las Universidades
José Alberto Olivar

El desasosiego generalizado esparcido por el aparato de guerra de la tiranía, sin duda ha sido muy efectivo para la consecución de sus fines. En la esfera política, a estas alturas, luce indoblegable, acosado si, pero indoblegable, moviendo sus fichas, adoptando medidas de confinamiento social que, bajo la excusa de la pandemia, ha jugado a su favor.

No resulta inverosímil suponer que, a finales del 2019, el cenáculo dictatorial sacó muy bien sus cuentas, estableció sus prioridades y de inmediato comenzó la ejecución de su contraofensiva. Con la mirada puesta en el dispositivo constitucional que obliga a la convocatoria a elecciones para la Asamblea Nacional en este 2020, cualquier otro objetivo quedó relegado a un segundo plano, al menos por el momento.

El tema de las elecciones universitarias, fue tan rápidamente sofocado, como resultó su irrupción en la palestra nacional tras la medida cautelar dictada por la sala constitucional del TSJ el pasado 27 de agosto de 2019. Así, para sorpresa de propios y extraños, sobre todo de los que se pavoneaban como voceros oficiales en Consejos Universitarios y Directivos, anunciando altisonantes que ahora sí les pondrían las manos a las Universidades Nacionales, el ministro para la Educación universitaria, César Trómpiz, a principios de diciembre de 2019, puso en el congelador, lo que lucía como una inminente toma por asalto de los despachos rectorales, mediante la irrita convocatoria a elecciones a trocha y moche.

Hasta ese momento, las actuales autoridades de todas las universidades con períodos más que vencidos, bajaron sus niveles de stress, ante lo que en público se denunciaba como violación tajante del principio autonómico, pero que en la trastienda no ha sido más que la preservación de cuotas enmohecidas de lo que otrora fueron infranqueables señoríos institucionales.

Furtivas reuniones al principio, luego públicas mesitas de diálogo, entre algunas autoridades con representantes del gobierno de Maduro, dan cuenta de una realpolitik que a los incautos se vende como una posición responsable y por demás defensora de la Universidad, pero que la tradición revela como el modo de actuar de quienes reciben de una u otra forma, líneas de actuación política para sobrevivir, colaborando con la tiranía.

Y así, tal como se orquestó la maniobra para designar un CNE que es el vivo reflejo de ese mundillo político de oportunistas, además de las medidas cautelares para destronar jefes partidistas atornillados en sus bunkers, las autoridades universitarias, varias de las cuales debieron su elección hace ya bastante tiempo a esos mismos petit comité hoy desplazados, aseguran su existencia, primas de cargo, escenarios de figuración y cuotas de políticas, mediante el más descarnado doblex, porque se saben los siguientes en la lista de descabezados, vía medida cautelar del TSJ.

Este 2020 es el año de torcerle el cuello a la Asamblea Nacional y al quedar consumado ese objetivo, el 2021, será el año para la toma definitiva de los despojos universitarios.

22/06/2020:
Cfr. 
Fotografía: El ministro de la usurpación en la sede ucevista (tomada de la red).

domingo, 21 de junio de 2020

HOY, LOS GRANDES OLVIDADOS

Del médico venezolano
Luis Barragán

Creyentes y no creyentes, estamos felices por la reciente decisión vaticana respecto a José Gregorio Hernández.   De reconocida solidaridad con los más pobres, la muerte repentina del galeno conmovió profundamente a la Venezuela de entonces y, a la postre, se convirtió en uno de los elementos esenciales de nuestra identidad nacional. Por cierto, no conocemos todavía de algún estudio sobre el aporte de Américo Montero, actor radial y televisivo que  representó y emblematizó al ahora beato, en décadas pasadas, visándolo eficazmente para el imaginario social, como no les dio tiempo de hacer  (y renovar)  a Flavio Caballero o a Mariano Alvarez.
Casualmente, en medio de la consabida cuarentena, hallamos en nuestros archivos una nota alusiva a la desaparición física de Miguel Pérez Carreño, en la que otro médico, Pastor Oropeza, le rindió un justo tributo a su colega (El Nacional, Caracas, 23/06/1966).  Importantes centros hospitalarios del país, llevan el nombre de uno y otro galeno.
Además del Dr. Hernández, el venezolano por siempre estuvo familiarizado con el nombre de los grandes médicos que, desde la civilidad, contribuyeron inmensamente a la construcción de la República. Vargas, Razetti, Luciani, Pérez de León, Ímber de Coronil, Convit, Dominici, Méndez Gimón,  Lobo, Moros, o – recientemente fallecido – Francisco Kerdel Vegas,  son algunos de los apellidos que se hicieron referentes por el desempeño académico y el ejercicio profesional que tradujeron también en un testimonio invaluable de servicio público. 

Hoy, entre la absoluta precariedad de las condiciones acá reinantes y la diáspora, son pocos los que trascienden a la opinión pública, excepto sean vejados y detenidos por el más modesto comentario o video de denuncia y protesta. Parece mentira que, prácticamente nadie, conozca el nombre del ministro usurpador de Salud, en medio de la pandemia del Covid19, destruidos los viejos hospitales públicos y en franco naufragio las clínicas que fueron escuela y sello  de orgullo entre nosotros.
El profesional de la salud que ahora recorre las calles y callejuelas en bicicleta para atender en todo lo posible al prójimo, es fiel heredero de aquellos maestros que hicieron del aula una cátedra e solidaridad. Es el portador de un distinto porvenir para la medicina en Venezuela, sin dudas.

23/06/2020:
https://www.caraotadigital.net/opinion-1/del-medico-venezolano

domingo, 24 de mayo de 2020

... FUENTEOVEJUNA, SEÑOR

De cierta humillación social
Luis Barragán

El tiempo de pandemia, por cierto, sincera la realidad de las sociedades liberales e iliberales, aunque éstas tardan demasiado en esclarecerla por obra de la censura y de la represión.  La intriga abre sus fauces para las más disímiles versiones que los factores de poder (y contrapoder), varias veces, impotentes,  ensayan en aras de la propia supervivencia.

A los fervorosos partidarios del madurato, parece ya no convencerles que las consabidas sanciones internacionales impidan la adecuada prevención y tratamiento del coronavirus. Fugaz e inútil celebración, intuyen muy bien que la carga conocida (y desconocida) de los buques iraníes, beneficiará el bolsillo de los capitostes más encumbrados del régimen. 

Intentando una explicación de la situación socialmente desesperada que comparten con el resto de la población, los partidarios más decididos tienden a creer que el régimen sólo beneficia a la oposición. E, incluso, supimos del testimonio, hubo un “colectivo” tan fanático y arrojado como el que más, en la paciente espera de un trámite hospitalario que concluyó en una dolorosa pérdida familiar, asegurando que nada parecido le hubiese ocurrido al vecino que nunca votó por Chávez Frías, pero recibe  puntual su caja CLAP.

Por supuesto, creencia ya internalizada,  la sola adhesión o  militancia oficialista los hace acreedores de cualesquiera beneficios del Estado, aún en desmedro de las grandes mayorías. Además, todo relacionamiento es enteramente personal, por lo que no median las instituciones por muy compleja y plural sea esta u otra sociedad.

Lo peor es que prefieren  apuntar al pretendido beneficio de los opositores,  antes de hacerlo con los prohombres del régimen saqueador del erario público que nos trajo a la catástrofe humanitaria. Cuidadosos, en un rapto de arrepentimiento, socialmente zaheridos, les sale más “barato”, además, declararse chavistas (como si hubiere alguna diferenciación de fondo con el madurismo), y un poco ni-níes hasta nuevo aviso (ni maduristas ni oposicionistas), para aliviar un poco la situación.

Fotografía: Tomada de las redes.
26/05/2020:
https://www.caraotadigital.net/opinion-1/de-cierta-humillacion-social

domingo, 17 de mayo de 2020

¿PÓLVORA PARA EL CORONAVIRUS?

Secutirización de la pandemia
Luis Barragán

Convengamos, quizá el anglicismo llegó para quedarse. Observamos, quizá no ha prosperado un término en español más adecuado para  los sectores académicos que cultivan la  materia.

Lucen numerosos los problemas comunes u ordinarios que prontamente juran comprometernos  – exclusiva e incomprensiblemente - en términos de seguridad y defensa nacionales. Así lo observó, por ejemplo, Javier Treviño Rangel (http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-013X2016000200253),  refiriéndose a la asunción estadounidense de las migraciones ilegales procedentes de México; y, paradójicamente,  la propia asunción mexicana de las migraciones ilegales procedentes del resto de Centroamérica. 

Extendida la pandemia, la usurpación  la ha tratado como un asunto militar que afecta derechos fundamentales de  los venezolanos ampliamente desinformados de la administración epidemiológica que ensaya o dice ensayar, por lo menos, en contraste con otros países en los que también destaca el ejercicio de la libre opinión pública. E, inconstitucional e ilegalmente, renueva o pretende renovar un Estado de Excepción que es el mismo de la década, apartando los obvios matices.

La secutirización  o, mejor, la militarización de un extraordinario y prolongado acontecimiento de salubridad o sanidad pública, lleva a la inmediata criminalización de quienes rompen o dicen que rompen con las normas frecuentemente sobrevenidas. Huelga comentar  - verbi gratia -  la situación de los periodistas en Venezuela, o el particular tratamiento y resultado del motín penitenciario de Guanare, pues, hasta  la simple curiosidad de un transeúnte que observa el choque de dos automóviles, predispuestas las autoridades uniformadas, significa la amenaza de una severa detención o el descarado  robo del móvil celular que no, hurto.

Predisposición interesada con pretensiones de lugar o de sentido común, el video más distraído que la curiosidad callejera suscita, compromete absurdamente la seguridad y defesa de la nación. O el lógico pronunciamiento de la  Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales, en torno al COVID19, reivindicando la vocación ciudadana y la acreditación incuestionable de sus miembros, acarrea severas y muy directas amenazas de los prohombres del poder establecido, rondando los peligros para la Academia Nacional de Ciencias económicas que ha hecho lo propio.

viernes, 15 de mayo de 2020

"EL MUNDO DE AYER NO ERA MEJOR"

El mundo de ayer
Leonardo Padura / El País

Stefan Zweig fue un romántico europeo que, poco antes de suicidarse, lejos de una Europa que se desintegraba por la más desoladora de sus muchas guerras, escribió un maravilloso y desgarrado testamento, titulado El mundo de ayer (1942), en el que hablaba no de su propio devenir, “sino el de toda una generación, la nuestra, la única que ha cargado con el peso del destino, como, seguramente, ninguna otra en la historia”.

La generación del judío austriaco Zweig es la que nace en la Europa de finales del siglo XIX, vive en su juventud la I Guerra Mundial y el triunfo de la Revolución de Octubre y, en su madurez, la perversión utópica ejecutada por el estalinismo, el ascenso paralelo del nacionalsocialismo y conflictos fratricidas como la contienda civil española. La hornada europea que, ya en su vejez, asiste al inicio de la II Guerra Mundial, con Holocausto incluido.

Stefan Zweig se suicidó en su exilio brasileño en 1942 y no supo que caerían bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Mucho más recientemente, el muy reconocido y leído Noah Yuval Harari (también judío, por cierto, también heterodoxo, por supuesto) nos recuerda en sus 21 lecciones para el siglo XXI que el hombre de hoy, nuestra afortunada generación, ha sido, a lo largo de toda la historia del Homo sapiens, la que menos riesgos ha tenido de morir de hambre, en una guerra o por una epidemia, los tres grandes azotes que siempre han perseguido a la humanidad. Y ofrece cifras que sustentan su afirmación.

El mundo de ayerHarari, sin embargo, no deja por ello de expresar sus temores sobre las cualidades y calidades de este tiempo presente en el cual se ha perdido buena parte de la fe de que gozó el pensamiento y el modelo liberal, con globalización incluida, mientras los países se blindan con murallas de nacionalismo y fundamentalismos religiosos excluyentes, cuando la humanidad se encuentra más cerca de un tremebundo descalabro ecológico. Y el historiador israelí anota, además, las incertidumbres que genera un futuro presumiblemente diseñado por inteligencias artificiales alimentadas por algoritmos o engendros por el estilo.

Creo con Harari y con muchos otros que pertenezco a la generación que ha sufrido menos la violencia bélica, que ha nacido con más años de expectativa vital, ha tenido más altura para asomarse al futuro, incluso de vivirlo y de congratularse con él. Y también de horrorizarse con las variantes posibles de ese porvenir que parece cada vez más cercano.

En las décadas que van de nuestra adolescencia a la adultez, hemos sido testigos presenciales de un cambio de era histórica: el tránsito arrasador de los tiempos de los recursos mecánicos y analógicos al periodo del imperio de la digitalización, con todas las múltiples consecuencias positivas y negativas que tales procesos revulsivos suelen entrañar. Hoy somos beneficiarios de herramientas de comunicación, conocimiento, de avances médicos, de movilidad que medio siglo atrás parecían argumentos exclusivos de películas de ciencia ficción. Las revoluciones de la tecnología de la información y de la biotecnología lo han cambiado casi todo, y es seguro que lo cambiarán aun más en unos años. ¿Somos mejores por eso? ¿Viviremos mejor en el futuro? ¿Tendrá más sentido el sinsentido existencialista de la vida? Debo admitir que tengo serias dudas al respecto. Y no solo porque me esté poniendo viejo y, quizás, volviéndome un lamentable conservador y se me desborde mi recipiente de pesimismo. La coyuntura universal que hoy vivimos, calcada de fantasías como las de H. G. Wells en La guerra de los mundos es una confirmación dolorosa.

Mi afortunada generación, junto a sus tremendos logros científicos, ha sufrido también profundos traumas capaces de alterar muchas de nuestras percepciones de la vida y la forma de asumirla. Cuando disfrutábamos de la juventud apareció y nos traumatizó la aparición del VIH/sida, una enfermedad entonces mortal que afectó de manera bastante radical el ejercicio de la sexualidad. Unos veinte años después fuimos víctimas, y todos, a la vez, telespectadores, del ataque del 11 de septiembre de 2001 que transformó los cánones de la seguridad, introdujo el miedo al terrorismo en la política de Estado y lo convirtió en un trauma individual que logró degradar el disfrute del viaje, la aventura, el descubrimiento (entre otros goces), para convertirlo en una faena llena de escollos y traumas (no puedes viajar en avión con un vasito de yogur en tu equipaje de mano). Y si pensábamos que ya teníamos suficiente, justo cuando llegamos a los tiempos de mayor desencanto político de las últimas décadas (o de desencanto con los políticos y sus actuaciones que hemos estado sufriendo en las últimas décadas), pues nos ha llegado el coronavirus o covid-19, que nos impide viajar y, nos recomienda no acercarnos a otras personas —y ni soñar con tener sexo con un desconocido. Que nos hablemos con un metro y medio de distancia entre nosotros, que nos autoconfinemos…

El mundo que parecía ampliarse y hacerse menos ajeno (más globalizado) es hoy un lugar hostil, del que debemos apartarnos si queremos llegar a vivir los ochenta años de promedio que nos regalaron los avances médicos, una mejor alimentación y la superación de grandes guerras. Debemos encerrarnos y comunicarnos con cuidado, mejor si es a través de Facebook o Instagram, sin saber hasta cuándo no podremos asistir a un evento deportivo o a un concierto musical, porque debemos cuidarnos de las grandes aglomeraciones de personas. Huir de los besos y los abrazos.

La muy justificada histeria generada por este nuevo virus tiene y tendrá proporciones y consecuencias realmente apocalípticas, con independencia de su justificación real, avalada por las cifras de contagiados y muertos. Lo cierto es que las economías se tambalean, las sociedades se cierran, la maravillosa ciencia de la era digital patina y no avanza. La misma ciencia que decodificó y sintetizó el genoma humano pero aún no ha logrado un antídoto contra el cáncer, la epidemia más indetenible de estos tiempos, que cada día mata a tantas personas como el coronavirus…

¿Hasta dónde llegaremos en esta carrera de dolor y de miedo? Nadie lo sabe. ¿Es el fin de los tiempos, de la sociedad? No, no es el fin de los tiempos ni de la sociedad, pero puede ser el fin de una manera de vivir en el tiempo y en sociedad. Presiento que aun con una (relativamente) rápida solución de la crisis sanitaria que hoy vivimos y tanto nos aterroriza, nuestro mundo no volverá a ser el mismo, y no para mejor. Y no soy de los que creo que el mundo de ayer haya sido el más feliz y que debemos recuperarlo, como pide Trump cuando clama por devolver a América la grandeza perdida. ¿La grandeza de los tiempos de una feroz discriminación racial legalizada (prohibida la entrada de perros, judíos y negros)?, por ejemplo. O una grandeza como la que sueña un Putin que se reelegirá presidente ad infinitum: la recuperación del orgullo ruso gracias al cual los ciudadanos quizás podrían escoger entre zarismo y estalinismo, si es que algo pueden elegir.

El mundo de ayer, el ayer de nuestra privilegiada generación, no era mejor, aunque cada vez nos lo parezca más. “Resulta que estábamos mejor cuando creíamos que estábamos peor”, me dijo alguien. Porque, aun con las muestras de solidaridad y de altruismo que hemos aplaudido, el mundo de hoy está enfermo, no solo de coronavirus, sino de otros males para los cuales no habrá vacunas (nacionalismos, fundamentalismos) y me hace temer a cómo se organizará el mundo de mañana, quizás cuando los poderes políticos nos digan que otra vez podemos besarnos y abrazarnos, hablarnos y tocarnos… y ya tengamos miedo de hacerlo o, incluso, no sepamos cómo hacerlo.

25/04/2020:
https://www.almendron.com/tribuna/el-mundo-de-ayer-4
Fotografía: Coronavirus.- Países Bajos informa de 83 muertos en un día, la cifra más baja de  Instagram / @Iamfake.  https://m.notimerica.com/politica/noticia-coronavirus-paises-bajos-informa-83-muertos-dia-cifra-mas-baja-hace-tres-semanas-20200419143655.html

jueves, 14 de mayo de 2020

PODER Y DERECHO

La tentación autoritaria bajo la pandemia
Juan Cianciardo /  El Mundo

En un Estado constitucional no hay ninguna razón que justifique la violación o anulación de un derecho humano. Ni siquiera la preservación de otro derecho humano. En ese «carácter absoluto» de los derechos humanos radica su atractivo central. Su contenido es limitado, pero no es limitable. Dicho con otras palabras, los derechos son «fines en sí mismos», no medios que puedan sacrificarse en aras de otro fin, cualquiera sea la importancia que se le atribuya. Resisten incluso la voluntad de las mayorías que quieran negarlos o derrumbarlos: son, según una feliz expresión de Ronald Dworkin, «cartas de triunfos políticos en manos de las minorías».
La especificación del contenido limitado pero ilimitable de cada derecho no se encuentra realizada en la Constitución -allí no hay más (ni menos) que fórmulas que sirven como punto de partida-, sino que surge como fruto de una tarea colectiva, de un diálogo que tiene lugar, sobre todo, aunque no únicamente, en los parlamentos y en los tribunales. Es allí donde se discute el alcance de cada derecho, su esfera de funcionamiento razonable, ese núcleo que constituye su esencia. Se trata de un diálogo que remite a la Constitución, a un «modo de ser» particular, el del ser humano, y a las circunstancias históricas, que influyen estirando o acortando ese contenido.
¿Funciona este modo de entender la relación entre poder y derecho (el derecho como límite del poder) cuando nos enfrentamos a una emergencia como la que se abate ahora sobre el mundo? Hay quienes responden con una negativa: la emergencia no nos dejaría otro camino que optar por unos u otros derechos. Pretender lo contrario no sería más que una ingenuidad. La respuesta del Estado constitucional es diferente: un sí rotundo. Desde esta última perspectiva, la emergencia es parte de la Constitución, y por eso encontramos en ella límites que conducen a conjurarla garantizando el respeto de los derechos humanos. Hay límites de tipo formal: son mecanismos tendientes a simplificar el proceso de toma de decisiones, sobre la base de que las emergencias requieren respuestas urgentes, con debates acotados. Y hay límites sustanciales: los derechos humanos se pueden restringir de un modo más intenso que en períodos de normalidad, pero en ningún caso se justifica su violación. Esas restricciones de carácter excepcional son aceptables solo si se relacionan directamente con el logro de un fin relevante (la superación de la pandemia, por ejemplo), si no existe otro medio eficaz para alcanzar ese fin, y si la importancia del fin justifica el costo que supone.
El respeto del principio de proporcionalidad (con sus subprincipios de adecuación, necesidad y proporcionalidad en sentido estricto) es, pues, condición necesaria para que restricciones de derechos como las que estamos padeciendo no violen el Estado constitucional de derecho. Esta es, creo, una de las claves de lectura del debate que tuvo lugar en el Congreso el pasado 5 de mayo: según parece, para un sector del arco político hay hoy, ya en el inicio de la desescalada, medios para combatir el Covid-19 menos restrictivos de los derechos que los empleados hasta aquí y, por lo tanto, la prolongación del estado de alarma es innecesaria (y por lo tanto no respetuosa del subprincipio de necesidad). De ahí que esta cuarta prórroga en la que nos encontramos, que se prolongará hasta el próximo 24 de mayo, haya sido la que menor respaldo suscitó entre los diputados (178 votos sobre 350 escaños, frente a los 269 de la prórroga anterior). Esto explica, también, que se haya abierto como posibilidad tangible que medidas concretas adoptadas al amparo de esta prórroga sean declaradas inconstitucionales, o que el pedido de la quinta prórroga no alcance la mayoría indispensable para prosperar.
Más allá de que se comparta o no la posición política de quienes votaron a favor, en contra o se abstuvieron en esta última ocasión (no es sencillo para el ciudadano medio conocer datos relevantes indispensables para opinar de modo fundado en un sentido u otro), lo que resulta sin ninguna duda importante es que estemos en alerta. Gobiernos y ciudadanía somos víctimas de una peligrosa tentación autoritaria, consistente en justificar el sacrificio de algunos derechos (por ejemplo, la libertad de tránsito, el derecho a la intimidad, el derecho a la privacidad, la libertad de expresión) para preservar otro (por ejemplo, el derecho a la salud). Gobernantes cansados, incompetentes o incluso perversos acaban justificando lo injustificable. Y reciben el apoyo de una parte de la ciudadanía, que, presa del temor, asiente mansamente a la pérdida de porciones importantes de libertad.
(*) Juan Cianciardo, director del Máster en Derechos Humanos de la Universidad de Navarra.

Fuente:

martes, 12 de mayo de 2020

¿Y QUIÉN DEFIENDE A POPPER?

Profetas del pasado
Carlos Raúl Hernández

Especulamos sobre la post pandemia y nos equivocaremos en buena medida. Por eso conviene escabullirse de conspiranoias, historicismos, catastrofismos y otros ismos. De los que dijeron que “no había que hacerle caso”, y de los paladines contra una sociedad ególatra y hedonista que abandonó a los pobres (¿?), de los que anunciaron terremotos en la civilización y que nunca volveremos a ser los mismos.

Harán mal papel y por eso entre los profetas del futuro y los del pasado, me quedo con estos. Los segundos intentan muy modestamente, aprender cómo se comportaron sociedades en suertes parecidas y nunca adivinar lo que vendrá a partir del pretérito ¿Qué cambios se produjeron? Vale preguntarse sí fueron tan drásticos como los que nos anuncian; y qué se puede aprender de ellos. La Muerte Negra del detestable siglo XIV, comienza, se expande y desaparece sin que nadie supiera qué era ni por qué estaba ahí, lo que se descubrió quinientos años después.

No sé de ningún pensador que atribuya la causa del Renacimiento en el siglo XV, a que la mitad de la población de Europa, y casi todas las majadas y cosechas desaparecieran con las desgracias del pestoso siglo anterior. Más bien lo explican por la acumulación de riquezas, gracias a la expansión de comercio con Oriente que permitió surgir en Italia clases ociosas y ricas amantes del arte.

A la Gripe Española, se le llamó así porque el único país que publicó información sobre la pandemia fue España, ya que las demás naciones de Europa, menos ella, combatían en la Primera Guerra Mundial. Pero la gripe no dejó huella en los procesos políticos posteriores, entre otros la descomposición de los grandes imperios que sucedió a la guerra. Hablamos de dos de las más destructivas pandemias que recuerde la Humanidad.

El mal necesario

No hay que ser “visionario” para intuir que según indica modestamente la experiencia, después del Covid-19, la sociedad deberá aprender como siempre de los infortunios. Pero creer que el porvenir está predeterminado por lo que pasó ayer y que los hechos tejen una cadena de eslabones inseparables, desconoce que los procesos históricos son reinicios, rectificaciones, rupturas, más que continuidades. Los errores nos persiguen, pero no son fatales. Podemos librarnos de ellos.

Supongamos que al frente de un proceso político X, hay una claque de mangantes, buenos para nada con incontables fracasos por su incapacidad de reconocer la O por lo redondo. Pero después de, por ejemplo, 25 años, el enemigo que combaten los mangantes se trastabilla y pierde el poder. La épica pueril dirá que el desenlace es producto de “una trayectoria histórica de luchas”, es decir, sacralizará sus burradas. Con la deriva de la oposición chilena, Pinochet hubiera muerto en el poder como Castro.

La derrota de la dictadura en el plebiscito de 1989 no fue obra de la “trayectoria histórica de luchas” ni ninguna otra zarandaja, sino de que los opositores cambiaron radicalmente de mentalidad, rompieron con todo lo que habían hecho y viraron en 180º. De persistir en el camino, hubieran seguido su fracaso. La manía de que los fenómenos son producto inevitable de las condiciones y de fuerzas históricas indetenibles se llama historicismo
(he oído incluso alfabetas decir que Hitler, Stalin o Mao fueron “históricamente necesarios”).

En la Edad Media éramos simples ejecutantes de una partitura escrita por Dios. Lo que pasaba era necesario porque Él lo quería. San Agustín murió aterrado de que su alma estuviera condenada desde la eternidad y que todo lo que hizo para salvarse fuera inútil. En la visión moderna, la ciencia y la pseudociencia quieren ocupar el lugar de Dios y prescriben que la realidad es cognoscible y predecible. Hegel y Marx, creadores de cienciologías, nos enseñaron a pensar en predestinaciones sociales, vicio que estorba entender lo político.

Destino final

Al estilo medieval, el sino de la Humanidad era ineluctable y habría un Fin de la Historia. Para Hegel el triunfo de la Justicia y la razón, el Espíritu Absoluto. Según Marx el socialismo-comunismo, luego de pasar los estadios avanzados de la sociedad capitalista, tal como ésta se desarrolló de manera natural en el régimen feudal, en una secuencia nieta-madre-abuela.

La violencia política era la simple partera de una criatura que ya estaba en el vientre de la historia. Cuando los comunistas hacían política, actuaban a nombre de la necesidad del parto, eran actores inconscientes de fuerzas ciegas, de condiciones materiales todopoderosas que conducirían a un destino inevitable. Los países industriales pasarían ineluctablemente al socialismo-comunismo en los hombros de la mayoría, el proletariado. Pero en Europa, después de conflictos y escarceos, la revolución fracasa y la destierra al Asia el mismo proletariado que debía amarla.

Lenin hace la primera revolución comunista, y Mao más tarde hace la segunda contra las previsiones de Marx, en países donde no había condiciones tal como él las concebía. Y demuestran que éstas no preexisten y son creación de la voluntad de poder, capaz de cambiar el destino y reírse de los profetas del futuro. 70 años después, contra las profecías, la humanidad presencia el hundimiento del mundo feliz, cuando horror derriba el muro de Berlín. Todavía hay sonámbulos que sueñan revoluciones.

03/05/2020:


¿Qué es eso de historicismo?
José Rafael Herrera 

“Nadie es mejor que su tiempo, a lo sumo 
es su propio tiempo”
G. W. F. Hegel

No resulta tarea fácil la pretensión de poner en duda las capacidades intelectuales de un pensador de la talla de Karl Popper, autor de una Lógica de la investigación científica, con sus criterios de demarcación y su doctrina del “falsacionismo”. Por fortuna, el “principio del orden espontáneo”, que el prestigioso autor compartió desde siempre con Von Hayek, da cuenta de que no siempre lo que es bueno para el pavo es bueno para la pava. Entre austríacos te veréis. De modo que, por ejemplo, si bien La sociedad abierta y sus enemigos es un ensayo que recoge algunas verdades de peso, que permiten dar sustento y justificación al devenir de la democracia occidental, el ensayo sobre la Miseria del historicismo es, a lo sumo, una vergüenza, no solo textual –¡que lo es!–, sino esencialmente contextual. La versión popperiana de la conocida sentencia de Wittgenstein: “Quien sea incapaz de hablar con claridad debe callar hasta poder hacerlo”, se vuelve en contra de su propio autor.

El historicismo, según el punto de vista que de él ha dado Karl Popper, es una concepción cuasi mística, plena de palabras infladas y pretensiosas sin mayor significado, que pretende profetizar cuál es el origen y cuál será el fin de la historia universal. Según el filósofo austríaco, existen dos tendencias o tipos de historicismo: los “anticientíficos” y los “procientíficos”. Los primeros están cargados de un esencialismo totalizante, holístico, místico-religioso, si se quiere, que niega de plano el incuestionable triunfo de las ciencias físico-matemáticas y de la metodología de la investigación científica en el abordaje de los procesos políticos y sociales, que los historicistas pretenden sustituir con la intuición y el “esencialismo” que emana de la “comprensión vivencial” de las realidades históricas. La segunda, parte de lo que apenas es una tendencia conceptual –una hipótesis– y termina presentándola como un postulado conclusivo, como una “ley inexorable y universal” de la historia. En todo caso, en ambas tendencias se presentan los mismos defectos: creen que las fuerzas ocultas de la historia determinan las acciones humanas y que el conocimiento del pasado permite prever el futuro. Y es así como tales creencias son convertidas en leyes, en mandatos supremos. Es por eso que para Popper el historicismo es miserable, porque termina siendo el gran causante de la justificación de los peores totalitarismos padecidos por la humanidad. He aquí la lista negra de los “rufianes”, de “los más buscados” por mister Popper: Platón, Aristóteles, Hegel y Marx.

El entusiasmo con esta versión popperiana del historicismo tuvo un éxito formidable entre no pocos científicos de la política y la sociedad, particularmente entre los años setenta y ochenta, una época marcada, como se sabe, por la progresiva “muerte de las ideologías” y el advenimiento de los adioses a las viejas convicciones de unos cuantos ex camaradas que, en el fondo, nunca lograron tramontar, a pesar de sus muy sinceros y denodados esfuerzos, el más allá de la tercera página de la Fenomenología de Hegel o de los dos primeros párrafos de la Dialéctica negativa de Adorno. La era de las grandes ideologías y, con ella, de las complicaciones argumentativas –es decir, ”dialécticas”– en el horizonte de la comprensión histórica, había –¡por fortuna!– culminado, y ahora el vasto territorio del sentido común quedaba libre a sus anchas para poder cumplir el anhelado retorno a esas pequeñas satisfacciones de la vida, al fruto de las cosas más elementales –pero dulces–, en el que los viejos resabios de la abuela, el chinchorreo, la sabiduría popular, la buena cerveza y la metodología de las ciencias sociales se confunden y hermanan en un abrazo. Se trataba, finalmente, de dar “el salto del aguilucho” y de transmutar los rigurosos acordes de la Quinta sinfonía de Mahler por los cálidos compases del “Chiquitita” de Abba o el “Lady” de Kenny Rogers.

Lo cierto es que ningún historicista, plenamente consciente de serlo, puede permitirse el toupet de ser juzgado ni como un profeta del pasado o del futuro ni como un amante de los totalitarismos, según la ligereza de ignorantes y prejuiciosos, entregados a los brazos del entendimiento reflexivo. Más aún, ningún historicista, por respeto a sus propias consideraciones, podría llegar a argumentar la mamarrachada de representarse el porvenir como la predeterminada conclusión de “lo que pasó ayer”, y menos aún de concebir que “son los hechos” los que, por sí mismos, “tejen una cadena de eslabones inseparables”, fabricados con el material de los errores que, cual espantos, persiguen y se empeñan en acorralar a la humanidad.

El señor Popper ha sido, sobre todo, un severo y respetable crítico de los dogmas y los esquematismos, en cuanto al estudio de las “ciencias duras” se refiere. Pero la subordinación que hace en sus obras del saber histórico al uso y abuso –como solía afirmar Federico Riu– de sus intereses políticos inmediatos lo transforma en el peor de los fanáticos, capaz de representarse a Platón o a Hegel como los antecesores de Mussolini o de Hitler y a Stalin como el más legítimo heredero de Marx. Por ese camino, el general Pérez Arcay o el taimado Luis Miquilena –los primeros mentores de Chávez– terminarían siendo calificados como supremos historicistas convencidos, por más aventurado y temerario que resulte afirmar que sus vidas estuvieron consagradas a la lectura de –por lo menos– una sola página de la obra de Hegel, prestos, como en efecto, al servicio de la verdad y la libertad.

Claro que Popper tenía sus méritos. Eso es innegable. Pero no así sus repetidores de oficio. Afirmar que historicismo significa esa “manía de que los fenómenos son producto inevitable de las condiciones y de fuerzas históricas indetenibles”, además de mal escrito, sería como afirmar que el gran descubrimiento de Arquímedes consistió en inventar el jacuzzi y que Newton se hizo un nombre con la invención de los ordenadores Apple. Todo lo contrario, es el hombre, al decir de Marx, quien permite comprender la anatomía del mono, no la del mono al hombre. Ni son las “fuerzas históricas indetenibles” las que predestinan a la humanidad, sino que es la humanidad la que, con sus errores y virtudes, sus aciertos y desaciertos, se va labrando su propio destino en la historia. Es más, las tales “fuerzas” de la historia no son más que la objetivación de la propia acción de los hombres. Y es que tales “fuerzas” son, al decir de Vico, de “factura humana”, porque justo donde termina la creación de los hombres comienza la objetividad. Y a la inversa. Verum et factum convertuntur. Tampoco el historicismo se preocupa por pretender definir el futuro de la historia, porque su preocupación se centra en el presente y lo real. De hecho, como dice Hegel, la filosofía es el propio tiempo aprehendido con el pensamiento.

En el presente, y a diferencia de los férreos años de la dictadura neopositivista sobre el pensamiento libre, la vulgata de los esquematismos –tesis, antítesis y síntesis incluidas– contra el historicismo filosófico ha sido desechada por fraudulenta. Todo lector contemporáneo sabe bien que Hegel nada tenía ni de prusiano ni de totalitario y que entre Marx y el marxismo se alza, por cierto, una inmensa barrera, un auténtico “criterio de demarcación”. Y no se diga más de Platón y Aristóteles, por respeto a la inteligencia. Quizá una buena actualización contribuya a desechar los viejos prejuicios de otros años en unos cuantos y hasta contribuya a despistar los síntomas de la peligrosa peste de la mediocridad.

07/05/2020:

domingo, 26 de abril de 2020

DEL OYENTE DE LARGA DURACIÓN

Felipe Izcaray o la intimidad de los audífonos
Luis Barragán

La inmensa dificultad de reencontrarnos con nosotros mismos, durante la prolongada cuarentena, habla de las radicales tensiones e incertidumbres que nos asedian al cumplirla en un país como Venezuela.  No obstante, podemos también aludir a un constante reajuste de la convivencia familiar - otrora olvidada – en el contexto de un relativo aislamiento que no mitiga  la consabida precariedad de las conexiones virtuales.

Acaso, una experiencia  sea la de recobrar la intimidad de los audífonos en el intento de garantizar una privacidad que nos lleva  inadvertidamente  a  las novedades del sonido rechazado por el consumo cultural dominante. Hay directores orquestales de una extraordinaria solvencia técnica, capaces de emocionarnos a través de ejecuciones que ya nos parecen demasiados breves, cuando – paradójicamente – se ha convertido en una norma social que las piezas melódicas que excedan de cinco minutos – por ejemplo –  resultan tediosas, arraigados los estereotipos del oyente de larga duración.

Uno de esos directores,  es Felipe Izcaray, quien recientemente arribó a la edad de setenta años. Soportando los rigores de la doble pandemia, porque al coronavirus debemos añadirle las particularidades del régimen que agrava su recepción, igualmente condenado a los cortes de electricidad,  merece el reconocimiento de la Venezuela que está en trance de reencontrarse consigo misma, ojalá definitivamente para no repetir jamás esta amarga experiencia de dos décadas.

En otras condiciones y circunstancias,  Izcaray no sólo recibiría el reconocimiento real y palpable del país, sino que ni siquiera tendría que salir de su querida Carora para dictar las clases, charlas y conferencias para una audiencia exigente, al igual que para los menos avisados, como el suscrito, interesados en algún libro que lo refiera.  A la larga e intensa experiencia y vivencia profesional, sumamos una extraordinaria acreditación académica que muy bien autorizaría esta otra experiencia de la llamada economía naranja: licenciado en educación musical, maestría en dirección coral y doctorado en dirección de orquesta por la universidad de Wisconsin-Madison (Estados Unidos).

No sabemos, ni nos interesa saber de las inclinaciones políticas de Izcaray, porque nuestra certeza reside en el aporte que todavía tiene pendiente para la reconstrucción de Venezuela, siendo el emprendedor  que, además, movió la batuta en el estado Nueva Esparta o en Mérida,  y la creó para los salteños, en Argentina. Celebramos el éxito de nuestros músicos en el exterior y la heroica supervivencia de quienes acá se quedaron, quienes tuvieron por un insigne maestro al ilustre caroreño, delante del atril, en el  Sistema Nacional de Orquestas y en la Sinfónica Venezuela, construyendo civilidad. Y esto también lo trasluce la intimidad de los audífonos.

Fotografía: Stiven Valecillos (El Impulso, Barquisimeto, 2017).
27/04/2020:
http://guayoyoenletras.net/2020/04/27/felipe-izcaray-la-intimidad-los-audifonos/

LAS OTRAS FAUCES DE UNA PANDEMIA

A la deriva
Luis Barragán

¿Qué podemos esperar, si no conocemos el más elemental boletín epidemiológico? La desinformación es la pieza estelar de un régimen que procura encontrarse a sí mismo, en medio de una pandemia que celebró como su mejor aliada para el urgido control social por siempre deseado.

La situación aparentemente escapa de todo cálculo político, deslizándose hacia una irracionalidad algo más que perturbadora. El dirigente de hoy, vapuleado por las circunstancias como el que más,  debe apelar a una suerte de ética de la cordura política, capaz de procesar aquellas convicciones e intuiciones, incluyendo la propia perspectiva existencial, para contribuir a la orientación ciudadana.

Percepción personal, en el medio urbano luce como tendencia dominante la del relajamiento de las medidas de precaución frente al coronavirus, donde la autoridad policial que ejerce o ha de ejercer la representación del Estado, economizando  esfuerzos,  ya es indiferente al descuido de las personas que transitan la vía pública, y viceversa. Más allá de una cierta ansiedad por regresar a la normalidad perdida, simulándola, aún antes de la cuarentena,  sentida y presentida la desasistencia de un Estado exhausto, el nivel alcanzado de auto-disciplina, la mejor prevención, está cediendo poco a poco a una silenciosa anarquía que, valga la acotación,  puede equipararse a las improvisadas o demenciales medidas de la usurpación contra las Empresas Polar, aunque – ambos casos de desorientación   –  no guardan correspondencia con las espontáneas y naturales protestas suscitadas en todo el territorio nacional en firme reclamo de las más básicas provisiones y servicios.

Puede ocurrir que, al tercer o quinto día, sólo sepamos que el ocupante de Miraflores se escabulló y, desde alguna latitud, se digne en justificar la huida. O que el atrincheramiento mismo en la ciudad capital, aislándola desavisadamente de las entidades vecinas, sea para evitar el escape: cualesquiera conjeturas las hace posible esta sensación de  desbrujulamiento del poder sometido a las constantes presiones y tensiones de sus camarillas.

El huésped peligroso, únicamente ha puesto el acento a una realidad incubada desde mediados de la presente década. Creído y aplaudido como el aliado inesperado, el COVID19 también abre otras fauces.

27/04/2020:
https://www.lapatilla.com/2020/04/27/luis-barragan-a-la-deriva/
Cfr.
https://www.diariocontraste.com/2016/02/a-la-deriva-por-luis-barragan-luisbarraganj/

VICISITUD Y VIVENCIA DE LA PANDEMIA

Del más allá y más acá
Luis Barragán

Extendida la  cuarentena, con todas sus vicisitudes y vivencias, seguramente se integrará a la tradición oral de cada  familia por varias generaciones, aún las más dispersas,  hasta diluirse en la grata e ingrata anécdota de ocasión.  A la postre, solapadas, serán diferentes las versiones que sobrevivan para explicar la suerte que nos ha tocado, como ningún antecesor en cien años a la redonda – sencillamente -  le tocó. 

Más allá, convengamos, al consabido hecho universal todavía de consecuencias impredecibles, sumaremos la muy  particular situación venezolana, bajo el yugo de la hiperinflación y del precio de la gasolina superior al del propio barril petrolero, por ejemplo. Huelga comentar, se evidencia  la ampliación del terrorismo psicológico que convierte al coronavirus en el extraordinario aliado de un régimen de  tan prolongada como asombrosa agonía.

Más acá, advirtamos, el encuentro con la intimidad hogareña quizá olvidada, reajustada por el impacto emocional de un enclaustramiento al que faltamos por las forzadas excusiones para hallar o tratar de hallar los alimentos necesarios y los medicamentos que sean – apenas – posibles.  Excursiones también de alto riesgo, no sólo por el COVID19 que nos apunta imperceptiblemente a todos, sino por la abusiva y brutal respuesta de los elementos represivos del vapuleado Estado ante el menor gesto de inconformidad.

Las inevitables relaciones de vecindad sufren de frecuentes alteraciones y aplacamientos, sobre todo en los condominios que no soportan los costos de mantenimiento, el desahogo estridente de alguna casa o apartamento, las faltas al protocolo mínimo y común de seguridad sanitaria, los atrevimientos del delincuente de la barriada o urbanización. Hay también  testimonios impresionantes de solidaridad con el que nada o muy poco tiene para comer o requiere urgentemente de algunas pastillas,  el anciano archivado en la soledad de sus penurias o  el odontólogo que no puede abrir su consultorio y el vendedor de cigarrillos detallados que tiene la calle vedada.

Cada quien tiene un testimonio  que ofrecer y, además, archivos digitales que preservar, prometiéndose reorientar la vida en la Venezuela aún petrolera en la que se ha querido convertir el asalto al erario público en una virtud revolucionaria. De cuál será el saldo de todas estas amargas experiencias, responderán mejor los poetas, cuentistas y novelistas  que los cientistas sociales, líderes políticos u opinantes que,  como el suscrito, es  incapaz de hallar las palabras necesarias para transmitir sus propias alteraciones y aplacamientos personales. .

martes, 14 de abril de 2020

REPRESALIA

Llegó la peste: Venezuela, un país en emergencia sanitaria
Luis Fernando Castillo Herrera
  
Los primeros veinte años del siglo XX no podían ser más convulsos en Venezuela. Una revolución caudillista dirigida por andinos, conflictos con potencias mundiales, la traición entre compadres que concluyó con el ascenso de un régimen arbitrario; el reventón petrolero del Zumaque I, y como si no fuera suficiente debemos sumar a la lista brotes epidemiológicos: la peste bubónica y la gripe española. De esta manera, el país que recibe el alba de una nueva centuria presentaba serios rasgos de agotamiento político y económico; mientras tanto, su sociedad rural se encontraba en gran medida desprotegida ante las enfermedades.
Cipriano Castro, presidente de Venezuela, evoca con fulgor la victoriosa Revolución Liberal Restauradora, aquella época cuando los hombres de las encumbradas regiones andinas marcharon para defenestrar al inadvertido Ignacio Andrade. Curiosamente, este presidente tuvo también que lidiar en su momento con los estragos de una epidemia: la viruela. En su libro ¿Por qué triunfó la Revolución Restauradora? expondría cómo aquella situación debilitó su gobierno (1898-1899) y lo hizo presa de sus opositores (“El Mocho” Hernández, Ramón Guerra y el propio Cipriano Castro).
Corría el año de 1908 y al despacho presidencial llegaría una delicada noticia proveniente de La Guaira: ¿algún alzado?, ¿una revolución armada? Nada de eso, no se trataba de una montonera. Un enemigo aún más letal se aproximaba: la peste bubónica había llegado a Venezuela. La bacteria Yersinia pestis se aloja en las ratas negras y se transmite a través de las pulgas que estas poseen. Durante la Edad Media Europa se vio afectada dramáticamente por la enfermedad, que además de ser mortífera produce grotescas inflamaciones de los ganglios; la coloración oscura de estos generó que el padecimiento fuese bautizado como peste negra.
Todo parece indicar que un barco proveniente de Trinidad había traído ratas infectadas. El indeseado polizón rápidamente hizo de las suyas y las pulgas se empezaron a propagar generando la infección. El gobierno de Castro delegó a Rafael Rangel para enfrentar la situación, un médico nacido en Betijoque, poblado del estado Trujillo. Rangel, primer director del laboratorio del hospital Vargas y reconocido bacteriólogo, era a todas luces el hombre más calificado ante la emergencia sanitaria.
Sin embargo, Rangel no pudo detectar la presencia de la bacteria luego de una primera evaluación; por consiguiente, confirmó que sólo se trataba de una falsa alarma. Es importante señalar que el puerto de La Guaira formaba parte del sistema de importación y exportación de la economía nacional, por lo que su clausura temporal significaba un problema mayúsculo, de manera que la noticia fue recibida con agrado por el Ejecutivo Nacional. No obstante, las muertes continuaban registrándose, algo no andaba bien. Rangel debía volver al puerto y realizar una nueva evaluación.
Finalmente, los resultados arrojarían la presencia de la enfermedad. Con celeridad se tomaron las medidas pertinentes, el puerto fue decretado en cuarentena: ropa, ranchos y otros espacios infectados fueron incendiados para eliminar la bacteria, situación que más tarde traería consecuencias negativas para Rafael Rangel. Poco más de un mes fue suficiente para controlar la enfermedad y evitar que se propagara.
Con todo, tras el derrocamiento de Cipriano Castro, Rangel sería acusado de negligente, culpándolo de las muertes ocurridas por su errado primer diagnóstico; al mismo tiempo se le señaló como causante de la pérdida de viviendas y comercios. La animadversión fue tan marcada que el gomecismo le negaría recursos para continuar estudios en Europa. Sumido en la desdicha, el doctor Rangel terminaría suicidándose el 20 de agosto de 1909, a los 32 años.
En 1919, Juan Vicente Gómez controlaba el panorama político. Algunas obras de comunicación vial parecían conjugarse muy bien con los mecanismos coercitivos, simbiosis que aseguraba una sólida administración. Sin embargo, un enemigo biológico regresaba. La peste bubónica, aunque había sido controlada en 1908, tuvo esporádicas apariciones en años sucesivos demostrando que las insalubres condiciones del país eran más que evidentes. En esta ocasión, la cruzada contra la peste estuvo a cargo de Luis Gregorio Chacín Itriago, un galeno oriundo del oriente de Venezuela (Clarines, estado Anzoátegui); durante el período 1919-1922 ocupó la dirección de Sanidad Nacional de Venezuela.
El foco de la epidemia fue ubicado en los Valles del Tuy. Entre las acciones que fueron asumidas destacó el aislamiento de las ciudades vecinas; las fronteras se custodiaron con oficiales armados que impedían el tránsito entre las localidades. Chacín Itriago sectorizó en tres lugares la epidemia: Valles del Tuy, Caracas y Las Canales. Entre las personas más afectadas por la enfermedad se hallaban los trabajadores y frecuentes usuarios de mercados públicos.
En la octava Conferencia Sanitaria Panamericana desarrollada en Lima entre el 12 y 20 de octubre de 1927, Luis Chacín Itriago explicaría que los mercados eran los lugares por excelencia para albergar ratas, sus condiciones eran de alta insalubridad y en su mayoría los productos que allí se vendían procedían de los Valles del Tuy; las pulgas infectadas fácilmente podían viajar con la mercancía.
Para disminuir y controlar la emergencia en Caracas se tomaron tres medidas fundamentales; en primer lugar, reclusión en locales de aislamiento durante siete días para los enfermos y personas que convivan con ellos. En segundo lugar, fue clausurado el Mercado Público, y las casas aledañas debían realizar modificaciones “anti-ratas”, reforzando puertas y ventanas, todo ello para evitar el acceso de los roedores. Finalmente, se realizaron fumigaciones con azufre en espacios específicos.
En el caso de los Valles del Tuy, fue común el desalojo de viviendas; muchas fueron incendiadas. Se consideraba que los materiales utilizados en su construcción facilitaban la presencia de ratas y pulgas, impidiendo su exterminio a través de la fumigación. Pasadas las semanas el escenario fue cada vez más favorable, hasta el control general de la emergencia.
La peste en Venezuela en tiempos de Castro y Gómez no fue únicamente un asunto de la medicina, también fue aprovechada para las acciones políticas, las represalias contra Rafael Rangel resultan un claro ejemplo de ello. Por su parte, durante la octava Conferencia Sanitaria Panamericana, Chacín Itriago expuso la guerra contra la Yersinia pestis como una acción que demostraba el gran avance científico y administrativo en la Venezuela regida por el benemérito Juan Vicente Gómez; empero, los episodios de peste desde 1908 mostraban un cuadro totalmente distinto.

Fuente:
Fotografía:  Rafael Rangel.

jueves, 2 de abril de 2020

DEL TRÁNSITO A LA INMEDIATA POST-GUERRA

¿Hacia un nuevo orden mundial?
Víctor Rodríguez Cedeño

La pandemia ha generado una crisis sin precedentes. Un enemigo anónimo e invisible que ha mostrado debilidades y no sólo del hombre para manejar amenazas globales de esta naturaleza y alcance, sino de la sociedad internacional. La soberanía estadal ha sido superada ante esta realidad. No ha habido fronteras, ni preferencias. Nos ha afectado a todos independientemente del nivel de desarrollo del país del norte o del sur; de la clase social, de la condición económica, del rol social. Ha sido un impacto simplemente global y general que parece habernos agarrado por sorpresa a todos, lo que obliga a la dirigencia mundial a reflexionar y a considerar con urgencia la necesidad de concluir acuerdos que permitan acciones conjuntas rápidas y eficaces para enfrentar los grandes retos que giran en torno a la persona y al ambiente.

Los Estados deben considerar con urgencia la elaboración de un texto internacional que vaya más allá de una simple Declaración de Principios, más bien, de un texto normativo, es decir, vinculante para todos, que más allá de la Carta de las Naciones Unidas, hasta ahora considerada la Constitución Mundial, con base en la cual se ha elaborado el sistema internacional, político y jurídico, permita una organización más solidaria. No se trata de elaborar una Constitución en el sentido estricto del término, tampoco de reformar la Carta de Naciones Unidas, procesos sumamente complejos que retrasarían las buenas intenciones. Se trata mas bien de un documento que complemente la Carta de las Naciones Unidas, lo que no es nuevo en la práctica diplomática después de 1945 que muestra la adopción de varios textos que sin ser acuerdos formales precisan y desarrollan las normas de la Carta, es el caso, entre otros, de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 y la Declaración sobre los Principios de Derecho Internacional referentes a las relaciones de amistad y de cooperación entre los Estados, de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas, de 1970.

En la década de los setenta se intentó elaborar un nuevo orden económico internacional que si bien no se logró como lo habrían requerido los países en desarrollo, dejó sentados principios que habrían de guiar el comportamiento de los Estados en lo sucesivo. Normas y principios relacionados con la ayuda para el desarrollo (hasta 0,7% del PIB de los países industrializados); la soberanía permanente sobre los recursos naturales, derecho al desarrollo, comercio internacional, transferencia de tecnología hacia el Sur, entre otros,

La situación y los tiempos han evolucionado lo que exige la transformación del orden jurídico internacional, para adaptarlo a las nuevas realidades. Algunos principios han sido superados, la soberanía absoluta entre otros; algunos han surgido, la solidaridad internacional. Nuevas normas, de carácter imperativo (jus cogens) y obligaciones para todos los Estados (erga omnes) que conforman una suerte de orden público internacional. También se han creado instancias internacionales que castigan los crímenes internacionales (responsabilidad penal individual internacional), los tribunales ad hoc creados por el Consejo de Seguridad y la Corte Penal Internacional, entre otros.

Se plantea entonces hoy la necesidad de adoptar un instrumento en esta dirección, un instrumento consensuado que marque la voluntad colectiva de promover un mundo mejor y más seguro que garantice el futuro de la humanidad y el bienestar y la libertad del hombre en base a principios fundamentales siempre vigentes: la solidaridad, la igualdad, el respeto pleno de los derechos humanos y sobre la protección del ambiente construidos con grandes esfuerzos las ultimas décadas. Un texto que debería contener no solamente principios, sino obligaciones claras en cuanto a la acción de los Estados ante crisis que puedan afectar la existencia misma de la humanidad. Un texto que contenga más allá de obligaciones de comportamiento, usuales en el medio diplomático aún vigente, obligaciones de resultado, contentivo de compromisos claros que permitan el ordenamiento de las relaciones internacionales ante situaciones complejas que exigen un tratamiento conjunto, como la que lamentablemente hemos vividos estas últimas semanas.

El mecanismo de adopción de un instrumento de esta naturaleza es complejo. Consultas globales, partiendo de acuerdos regionales en base a criterios nacionales, para concluir en una Cumbre Mundial de Jefes de Estado y de Secretarios Generales de las Organizaciones Internacionales universales y regionales más representativas que suscriban el nuevo compromiso. Un proceso en el que evidentemente la sociedad civil debe jugar un papel fundamental.

En definitiva y así ha quedado demostrado, los intereses colectivos prevalecen sobre los intereses individuales. Ya no habría mas materias del exclusivo interés de los Estados. El tránsito de la sociedad internacional hacia una comunidad internacional es inevitable e impostergable. Un nuevo orden mundial, definitivamente, se impone.

Fuente:
Fotografía: How Hwee Young (EFE). Viajeros con maletas salen de la terminal uno del aeropuerto de Changi, en Singapur. El Gobierno de este país aconsejó el miércoles a todos los ciudadanos que aplazaran sus viajes por el riesgo de contagio del coronavirus: https://elpais.com/elpais/2020/03/19/album/1584617566_646053.html#foto_gal_12