Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de junio de 2020

(DES) BIBLIOTECARSE

Del tiempo impreso
Luis Barragán

Vana ilusión, la cuarentena no ha alcanzado para todas las tareas por siempre postergadas. La creímos holgada, dispuesta  para  llenar y vaciar continuamente el tintero, pero la sola angustia de sobrevivir a un régimen en sí mismo, pandémico, ha imposibilitado la reflexión necesaria y la escritura deseada, en el trance de un oficio, el nuestro,  que pugna por atravesar las fronteras virtuales que ahora lo delimitan.

Disculpándonos por el tono personal,  adoptar  todas las previsiones posibles ante un huésped tan peligroso, como invisible, dentro y fuera de la casa, compensando en alguna medida la desinformación e improvisación reinante con la auto-disciplina personal y familiar, significa también sufrir los embates de la búsqueda de los alimentos y medicamentos demencialmente encarecidos. Y, a la vez, lidiar con la falta de los insumos y servicios básicos, como el combustible, el agua y la electricidad que, incluyendo una dañina  variación de su intensidad, convierte las telecomunicaciones en toda una fantasía.

Nada propicias las condiciones para la meditación pausada y serena, pendientes de algún ensayo largamente prometido, diligenciamos como podemos la reparación de los artefactos eléctricos y electrónicos, varias veces, resignados a escribir y enviar los habituales artículos semanales desde el teléfono móvil celular, igualmente comprometido.  No obstante, a pesar de todos los pesares, quedando impresa en el tiempo que corre indefectiblemente, algún resquicio alcanzamos para la  lectura organizada, la cual -  por cierto – ni siquiera fue negada para los  presos políticos de los ’60 del ‘XX  que tuvieron ocasión de publicar aún tras las rejas, como muy pocos pueden adivinarlo hoy.

El asunto viene a colación por un Tweed de LGMM (https://twitter.com/luisbarraganj/status/1275554749929136129), a propósito de un artículo relacionado con Carlos Ruíz Zafón, recientemente fallecido, pues, considerándonos un “ejemplar raro” entre la dirigencia política, dijo difícil hallar a alguien que “dedique su tiempo a escribir sobre escritores y libros”, aunque – le aclaramos – ojalá lo tuviésemos. Sin mayores pretensiones, rondándonos por varios días el telegrama, quizá lo explicamos por pertenecer a una generación de dirigentes hechos en la modernidad, aferrados a la mucha o mediana densidad de los libros convencionales, en contraste con los forjados por la llamada post-modernidad, contentos con la ligereza e interesada trivialidad del debate público.

En todo caso, sabemos de numerosas personas que cultivan la lectura con devoción, dispuestas por siempre al comentario, con una cuidadosa y celosa disposición de sus más preciados libros, jamás anegadas de un número insoportable de ejemplares.  Los devotos reflejan fielmente una época que profundizará la post-pandemia con ámbitos más reducidos e íntimos para la extendida lectura o  la rápida consulta, acaso, ya tributados por los medios digitales, organizadores más que ahorradores de tiempo. Acotemos, si fuere el caso, el dirigente promedio de la post-modernidad, gustará más de la  arquitectura bibliotecaria, babélica y convencional para un empleo masivo y abierto, como la biblioteca Tianjin Binhai, ubicada en China, tomada por futurista, que tomar el libro de la modesta mesa de noche, encender la lámpara y leer, sin que alguna cámara de televisión haga célebres sus gestos.

28/06/2020:
Fotografías:  Fred Dufour (AFP), Tianjin Binhai. 
Cfr.

domingo, 21 de junio de 2020

EL VIENTO DE RUÍZ ZAFÓN

Del espesor de las estanterías
Luis Barragán

Apegados al formato convencional, hoy, el libro sabe de distintas versiones informáticas para recorrer las redes e interpelar al navegante que prefiere las aguas ligeras. El internauta promedio tiene, por lo general, una frágil embarcación y lo banal le es una carga más cómoda, con sus memes, humores de bajo cabotaje,  convertida la ridiculez en un visado hacia la popularidad.

Quizá sea la tendencia, el libro se dice desterrado del universo digital, aunque la lectura sea la inevitable herramienta empleada.  Paradójicamente, se lee, aunque es necesario llegar a mares anchos y profundos para descubrir que el libro es algo más que un fetiche.

Recientemente falleció Carlos Ruiz Zafón, autor de una saga extraordinaria en la que el protagonista es el libro. Incluso, puede decirse, sus textos  abonan a la feliz bibliosis que una ya remota vez descubrimos con Jorge Luis Borges y las vivencias de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, hasta llegar a Federico Vegas y una novela histórica que resultó la biografía del espesor de los estantes que conoció.

Cuando pocos conocían del autor, años atrás, desde la península ibérica, Trinidad Navarro, nos envió un título aparentemente fúnebre de Ruiz Zafón.  El cementerio de libros se hizo la sombra de un viento que nos prendió inmediatamente, cuya fuerza llega hasta estos días.

En tiempos de pandemia, fallece un autor que exhibe un puerto importante y confiable donde fondear nuestras naves deseosas de aguas más profundas. Despleguemos las velas, rompamos cabos y dejémoslo que nos lleve a la rica intimidad de las estanterías adecuadamente compatibles con las redes digitales.

Fotografía:
https://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/carlos-ruiz-zafon-y-su-lado-secreto-como-musico-entre-sus-exitos-literarios-509142
22/06/2020:
http://guayoyoenletras.net/2020/06/21/del-espesor-las-estanterias/

lunes, 6 de abril de 2020

NOTICIERO RETROSPECTIVO


- R.Olivares Figueroa. "Crencias y prácticas supersticioss venezolanas". El Farol, Caracas, nr. nr. LXXXX (SIC) de noviembre de 1946.

-  Manuel Rojas Poleo. "Mientras pasan los días: Alí Lameda". El Nacional, Caracas, 20/12/69.
- "Embargan hoy a TELEVISA los trabajadores  en conflicto". El Nacional,  29/12/59.
- Arturo Uslar Pietri. "Pizarrón: Libros sin gente". El Nacional,  29/08/53.
- Mons. José del Carmen Manzanares. "San Pedro, el primer Papa". Últimas Noticias, Caracas, 01/07/87.

Reproducción: El Nacional, Caracas, 02/07/1944.

{Recordemos que se puede clicear la imagen para ampliarla}

sábado, 4 de abril de 2020

CUADERNO DE BITACORA

De un primer vistazo, atrae la portada del libro de Anne Applebaum en su edición rusa, sobre el Gulag. La creemos toda una pieza de arte. Es siempre difícil el diseño y tanto que, a veces, siendo tan malo, no se compadece con las bondades del texto (y viceversa). Quizá tan difícil como fue el de diseñar las caratulas de los viejos long-plays que, reducidos al pequeño ejemplar digital de hoy, ha de extremar el genio del creativo. Por supuesto, esto tiene que ver con los países  libre y convincente mercado que gran alrededor de las vitrinas, estéticamente también exigentes, y no en la Venezuela decaída y retrocedida que ya no sabe de ellas, excepto los lugares sospechoss de generosas ofertas.

Claro está, hay editoriales con un diseño emblemático que reducen la posibilidades de portadas alternativas.  No obstante, este diseño corporativo (pensamos en Anagrama o Tusquets, por ejemplo) constituye una gran ventaja: apela a la confianza generada por la empresa. No imaginamos sus colecciones de los más variados formatos, trazos y colores.  Podemos convenir que el sello editorial (logotipo o  siglas, a modo de ilustración), bastará para experimentar adicionalmente con un preámbulo gráfico atractivo, aunque esto aumenta el costo de la edición. Valga recordar, por una parte, las viejas ediciones que hcieron de la figuración plástica o de la fotografía su fuerte, frente a la tradicional o concisa que sólo avisaba del libro. O de las viejas ediciones de Tecnos, sin motivo gráfico alguno, sólo respaldadas con el nombre de la editorial, sobre fondo verdoso; o del fondo anaranjado o amarillo, según la materia, de Amorrortu.  O de la moderación de Siglo Veintiuno.

Descubrimos esta portada de la Applebaum, por la búsqueda de una fotografía distinta para el blog al emplear caracteres rusos. Muy diminuta la muestra, hubo que hacerle una captura de imagen.

En fin, ¿cuáles portadas memorables por excelsas o por deleznables?

(LB)

martes, 10 de marzo de 2020

PORQUE SE TIENE UNA VIDA

“Que la lista de libros no sea muy larga”
Eugenio Fouz

“Nothing long. I have a life” 
(Ellie Alves)

Para que se entienda a qué lista de lectura me refiero empezaré por poner el título de la columna en contexto, al igual que la cita de ahí arriba de Ellie Alves. La frase “Que la lista de libros no sea muy larga” se la dice una adolescente de 15 años a su vecino recién llegado. La acción transcurre en el jardín de entrada de unos apartamentos en la ciudad de Los Ángeles, en California.

El recién llegado es un joven librero amante de los libros y la buena literatura que inicia lo que puede ser una amistad con la quinceañera Ellie -un personaje de la serie de televisión americana You– después de haber destrozado su smartphone unas horas antes y aparecer con uno nuevo. Ella, agradecida por el gesto de Joe Goldberg -el enigmático librero-, quiere ayudarle a crear un perfil en las redes sociales. Joe acepta la ayuda, aunque propone a su vez a su pequeña vecina escribir una lista de libros para ella. A Ellie no parece atraerle la lectura y la calma que esta supone. Ella, aparentemente, no pertenece al tipo de chica interesada por los libros, sino más bien a esa otra clase de jovencita atrapada en la imagen y la vida social moderna.

Goldberg ha leído muchos libros y pretende contagiarle el gusto por la literatura o, al menos, facilitarle el acceso a cierta cultura literaria.

A lo largo de la serie vemos referencias explícitas e implícitas a varios escritores. A veces solo se deja entrever la portada de un libro como ocurre con Play it as it lays de Joan Didion. Hay otros momentos en que se menciona al ingenioso hidalgo de Cervantes, a Dostoievski y El conde de Montecristo de Dumas. Un episodio comienza con estas líneas de Nora Ephron que no dejan indiferente a nadie “Men and women can’t be friends because the sex part always gets in the way«.

La escena que tiene lugar en el jardín de la comunidad de vecinos resulta graciosa. No es menos graciosa la respuesta de Ellie cuando se imagina como tarea desagradable y dura la obligación de una lista de lectura: “Nada muy largo. Tengo una vida”. Quien ama las obras literarias entiende que la vida y la literatura son inseparables.

Fuente:
https://www.elnacional.com/opinion/que-la-lista-de-libros-no-sea-muy-larga
Ilustración: Julio Pacheco Rivas, Lucubraciones, 1972.

lunes, 2 de marzo de 2020

CONTEXTO DE TIERRA ARRASADA TOTAL

Ricardo Ramírez Requena: “Somos como una vela en la oscuridad”
Resisten toda adversidad. Desconfían de los malos augurios y son sordos ante cualquier vaticinio catastrófico. Ellos viven dentro del caos, pero el enfoque que han logrado labrar en su propio camino de servicio los protege ante la centrífuga asesina. Ricardo Ramírez Requena es profesor universitario, y su misión de acompañamiento y enseñanza lo anima a continuar en Venezuela. Él es uno de los orfebres de la esperanza
Dalila Itriago

Nací en Ciudad Bolívar el 9 de septiembre de 1976. Mi familia materna es de los estados Sucre y Bolívar, y la paterna del estado Táchira. Soy Ricardo Ramírez Requena, licenciado en Letras de la UCV, cursé estudios en la maestría de Literatura Comparada de esa misma universidad, trabajé en las librerías Ateneo de Caracas, Tecniciencia, El Buscón, Nacho y Kálathos.

También fui coordinador editorial de Editorial Alfa, he sido profesor de las universidades Simón Bolívar, Metropolitana, UCAB y de la Escuela de Letras de la UCV desde el año 2009. Actualmente soy director de La Poeteca, una fundación privada que promueve la lectura y la escritura de poesía, a través de talleres y conferencias. Tenemos una sala de lectura con más de 5.000 ejemplares y coordinamos el Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas.

Además de dictar clases y dirigir La Poeteca, dicto charlas en el Espacio Anna Frank. A pesar de esto que te estoy contando, te puedo decir que no vengo del mundo de la cultura. Mi padre es militar retirado y mi madre profesora de preescolar, jubilada. Yo me crie en El Cafetal. Mis amigos eran ingenieros, administradores, se ocupaban de otras cosas.

Entender el mundo de Letras fue un proceso, un descubrimiento, una decisión de atreverme y de proponerme estar allí. Mi desconocimiento sobre eso llamado “estamento cultural” era tal, que ni siquiera sabía que existiese una carrera llamada así, Letras.

Yo había estudiado Administración, soy TSU en esa especialidad por el Iludirla (SIC) , y mis trabajos habían sido en Cantv y en Telcel, primero como operador telefónico y después como supervisor. A Letras llegué a los 23 o 24 años de edad. Eso sí, frecuentaba todas las actividades culturales de los años 90: la Semana Internacional de la Poesía, el Festival Internacional de Teatro, las retrospectivas de las películas del Ateneo de Caracas y de la Cinemateca Nacional, y los museos.

Sabía que no era hijo de ningún artista, ni de algún escritor, pero también sabía que me gustaba muchísimo leer y escribir; y hay algo que he aprendido a lo largo de estos años: uno tiene que escuchar mucho. Eso es lo que tienes que hacer: escuchar, aprender y preguntar.

No fue un proceso natural ni tampoco sobrenatural. Ni tiene que ver con características extraordinarias de uno. Sencillamente, tiene que ver con decisiones. Decidí que deseaba leer lo que había que leer, y que quería escribir. Quería formar parte de un mundo en el cual no estaba inmerso: conocerlo, explorarlo, desde una gran humildad, porque sabía que no era de allí.

Estudiar la carrera de Letras me ayudó. Ahora te puedo decir que jamás pensé que fuera a trabajar en el mundo del libro o de la cultura. Me veía trabajando en otra cosa, es que ¡no conocía a nadie! Los escritores y los editores estaban por allá y yo los veía desde el lugar del público. Entonces, descubrí que en este país se hicieron cosas extraordinarias, únicas en el contexto de América Latina.

Acá siempre se ha escuchado: “Es que aquí no se publica nada”. ¡Aquí se publicó de todo! Todo lo que tú te puedas imaginar. Las revistas más extraordinarias, que duraron años. Los mejores diseñadores gráficos, los mejores autores: acá estaban la crema y nata de la cultura latinoamericana. Estaban en este país, por eso la gente venía a trabajar acá. Descubrir ese acervo es descubrir que acá hay algo que hay que salvaguardar. Algo por lo que vale la pena trabajar y continuar.

Ese mundo es cerrado, sí, pero hay que entrar y conocerlo. Es como entrar en el mundo de los especialistas en Derecho Mercantil o en el gremio de los auditores, de los traumatólogos, de los cirujanos de mano. Es decir, todo eso tiene unos lenguajes que tienes que conocer. Si no los conoces, cómo entras. Sin embargo, lo que sí te puedo decir es que dentro de las múltiples taras que pudo haber habido, aquí hubo frutos. Y esos frutos se procuraron destruir y hoy en día estamos en ruinas.

¿Qué cómo es el contexto en el que ahora vivimos? Vivimos en un país donde todo se mueve entre ruinas. La Universidad Central es una ruina. Es la sombra del lugar al cual yo entré a estudiar hace 20 años; y el mundo del libro se fue abajo.

En Venezuela no quedan grandes iniciativas editoriales. Todas dependen de subsidios de pequeñas fundaciones privadas. Esto último está muy bien, pero no es suficiente. Hay que entender que esto es, en mucho, el “mientras tanto”. El “para que esto no se termine de hundir, vamos a mantenernos acá”; pero en algún momento el país tiene que cambiar, volverán las grandes editoriales y este tipo de fundaciones también crecerán.

Recuerdo que alguna vez le escuché decir a un amigo que si él se quedaba en el país, tenía que hacer algo útil por el país. Para mí algo útil es, por ejemplo, estar en la universidad: enseñar. Pertenecer, por ejemplo, a iniciativas como La Poeteca, que son pequeñas, que son modestas, en comparación con lo que podía hacer el Conac, pero que en este momento tiene una ponderación especial. Aunque tampoco crea que haya heroísmo alguno. Me parece que es lo que hay que hacer y punto.

Este es un país donde el 87% de la población vive en pobreza, y a mi juicio una enorme cantidad de esas personas son responsables de la situación en la que se encuentran; pero los niños desnutridos, los niños enfermos muriéndose de cáncer o de hambre no son responsables ni merecen esto. Esos sí son los grandes problemas.

Estamos en un contexto de tierra arrasada total. Pero me parece irresponsable decir que acá estamos nosotros, como héroes. No. Simplemente somos como una vela en la oscuridad y nuestro trabajo es mantener esa velita encendida. Acá vamos a hacer todo lo que tengamos que hacer y todo lo que esté en nuestras manos. Pero, atención, los grandes cambios serán otros y tienen que ser de enorme envergadura. Por eso creo que estamos en el “mientras tanto”, pero es importante mantenerse en ese “mientras tanto”, porque más fácil es tirar la toalla. Es muy fácil decir: “No hagamos nada. Ya esto se perdió. Chao”.

¿Qué por cuál razón sigo acá? Son muchas las respuestas: no tengo pasaporte europeo ni visa americana. Tenía mi visa y fui a pedir la de mi hijo Tomás y no solo me negaron la del niño sino que me cancelaron la mía y la de Blanca, mi esposa. ¿Qué por qué sigo aquí? Porque no tengo 25 años, porque si me voy será para darle una mejor vida a mi hijo, pero haré cualquier otra cosa en lo que me queda de vida, que no será lo que yo he hecho.

Te puedo mencionar un millón de casos de amigos míos que todos son vigilantes nocturnos. Irse es muy difícil. Y sí, tengo vínculos con Venezuela que para mí son muy importantes: toda mi familia es de aquí, creo en una consciencia histórica de la venezolanidad, mi país es este y no quiero irme a ninguna otra parte. Además, siento que si me voy me sentiré como un “maleteao”, un “botao”. Me sentiría expulsado.

Estamos en un momento en el cual nada está garantizado. Tengo como tres años diciendo que a lo mejor “este es mi último semestre”, y mientras yo pueda estar ayudando y dando, ahí estaré. Pero puede haber un momento en que diga: “Ya no sigo”.

El profesorado venezolano gana mal desde inicios de los años 90. Si uno se metió a dar clases, si uno adquirió estos compromisos, sabía en qué se estaba metiendo. Todo el mundo vive de otros trabajos y de otras cosas que hace por fuera. Nadie vive de ser solo profesor en la universidad. Por eso cuando me piden sugerencias, recomiendo la reinvención.

Uno tiene que reinventarse. Buscar elementos a los cuales se pueda aferrar para evitar la desesperación, y asimismo tiene que manifestar sus emociones. De nada sirve reprimirlas. Si estas harto, si quieres llorar, quieres pegar cuatro gritos, tienes que permitirte hacerlo. Pero también tienes que valorar y sopesar las cosas que sí estás haciendo. Las cosas que sí tienes: tu casa, tu carrito, tu hijo, tu esposa, tu grupo de amigos, que al igual que tú están fajados.

Ver las iniciativas extraordinarias que sí están surgiendo en el contexto del periodismo, en la literatura, sin que esto signifique un velo que te haga ver todo rosado, como Disneylandia, o haga que te engañes. No puedes dejar de valorar y de reconocer las cosas que están ahí: el Ávila sigue ahí todas las mañanas, y entender que cada experiencia, aunque se parezca muchísimo a la de otros, es distinta. No todos se van (o se quedan) por las mismas razones, ni tienen las mismas condiciones.

Cuando hablo de reinventarse, en el contexto de los cambios que estamos viviendo, que esencialmente están determinados por la hiperinflación, me refiero a que tiene que haber un cambio de paradigma en términos de ingreso, en términos de cobro. Tienes que buscar dolarizarte, aunque en mi caso, por ejemplo, recibo ingresos mixtos, pues, como profesor de la UCV, cobro en bolívares que no pueden ser dolarizados.

Durante muchos años, por lo menos desde finales de los años 70 hasta mediados de la década pasada, el estamento cultural, en el sector de la literatura, era un bloque sólido que trabajaba de una sola manera: a través del Estado. Tú recibías subsidios pero también tenías un Estado al que no le dabas cuenta. Es decir, había dinero y punto.

Hoy en día, de todo lo que hacemos uno lleva las cuentas. Estás obligado a sacar la más mínima cuenta. Antes existía el “viernes de quincena”, cuando te ibas a tomar unas cervezas con los panas y si te salías un poco del presupuesto, sabías que en 15 días volvías a cobrar. Ese dinero te servía, te funcionaba. En hiperinflación eso no sirve. No funciona.

Sabía que no era hijo de ningún artista, ni de algún escritor, pero también sabía que a mí me gustaba muchísimo leer y escribir

Cuando yo hablo de reinventarte, también vale para el caso de un profesor de la Escuela de Letras de la UCV que ahora está trabajando en una librería en Quito, porque se dio cuenta de que no lograba obtener los recursos para vivir acá. Entonces se tuvo que ir. Se trata de buscar soluciones para evitar que tú o tus seres queridos pasen hambre.

Reinventarte es que yo trabajaba en la UCAB y, luego de pertenecer al jurado del concurso de poesía, me plantearon la idea de hacer esta fundación y decidimos echarle pichón. En este momento. y en este contexto, cuando el presupuesto es determinado, debes rendirlo a lo largo del tiempo y, además, todo está dolarizado.

Ahora, ¿por qué acepté este compromiso? Porque es algo nuevo y el país lo necesita: trabajar el hecho poético, trabajar lo que es la poesía vinculada con la educación.

Mi plan A es quedarme aquí. Ese siempre ha sido mi plan y el de mi familia. ¿Que si tengo un plan B? Todos los venezolanos lo tenemos, pero mi Plan B nunca ha sido salir corriendo. Yo no tengo 20 años para irme a vivir debajo de un puente, con un muchacho y con una esposa. No. Entonces hasta ahora no he visto con claridad ese: “Me voy”.

La cosa no es nada más comprar un paisaje de avión e irte. Tienes que tener una red, tienes que tener un grupo de gente que te apoye. Son muchas cosas que conlleva el planificar una migración. Yo soy de los que creen que tú no puedes trabajar y hacer una vida aquí y, a la vez, planificar una migración. Yo me siento incapaz de hacerlo.

Este es mi caso. Y aclaro que no soy nadie para decirle a la gente que no se vaya. Lo que sí hago es que le pregunto a mis estudiantes sobre sus viajes y procuro darle contactos de amigos que estén fuera, porque también conozco a un montón de gente que se ha ido y que ha regresado; pero eso no sale en las redes. Lo que sí es cierto es que no seré yo quien le diga a un joven de 25 años, que lo único que ha conocido es este desastre, que no se vaya a conocer otras cosas.

Entender el mundo de Letras fue un proceso, un descubrimiento, una decisión de atreverme y de proponerme estar allí

¡Olvídalo! Tuve una juventud maravillosa. Conocí muchísimas experiencias del espacio público en Caracas: las noches caraqueñas, las madrugadas, las rumbas, todos los museos, las salas y los grandes momentos del libro de al menos los últimos 25 años. Además, he podido hacer lo que para mí era inesperado: una carrera en el mundo literario en Venezuela.

He podido dar clases en el lugar donde me gradué, tengo una mujer maravillosa y un hijo bellísimo; y a punta de muchísimo trabajo he podido tener una vida plena y dichosa que he llegado a valorar, porque en dos o tres oportunidades he tenido operaciones mayores y en todas se ha planteado el hecho de no superarlas.

Mis tres operaciones fueron en los años 2006, 2012 y 2015, y eso me ha dado fuerzas para avanzar en una cantidad de cosas. Me pude haber quedado en el quirófano y a partir de allí empecé a priorizar las cosas importantes de mi vida.

Si me tengo que ir del país será otra vida, será otra realidad, serán otros asuntos. No estoy cerrado a que Tomás, mi hijo, termine siendo argentino, mexicano o chileno, para nada; pero mientras yo esté aquí, si estoy acá, es porque las cosas están andando de una manera interesante.

Seguir aquí significa que continúa la posibilidad de seguir manteniendo encendida esa vela y yo insisto en decir que hasta el último día que cada quien pueda estar acá, tiene que arrimar un poco el hombro para ayudar y hacer lo que tenga que hacer por el país. Hay centenas de cosas por hacer y la gente las está haciendo”.

Fuente:
https://elestimulo.com/climax/ricardo-ramirez-requena-somos-como-una-vela-en-la-oscuridad/?fbclid=IwAR17Yfm5nNouctI3-mXzGMEoA3VOpUwHR41ZeGsupnbMSSsbdRY1Oa33AWs

sábado, 30 de noviembre de 2019

DE FUTURO USO

La biblioteca prospectiva
Luis Barragán

Luce obvio el contraste entre las grandes ferias del libro que escenifican algunos otros  países y las nuestras, marcando – además – un importante y dramático acento: ellos no sufren el tal socialismo del siglo XXI en el que, leer, es un despropósito.  Hace poco, volvió al ruedo propagandístico FILVEN que, por superiores que fuesen sus recursos, no tuvo la significación y también el alcance del modesto evento realizado en la UCAB, moviendo la brújula del centro al oeste de la ciudad.

Citas cada vez menos frecuentes, permiten  también radiografiar a la Venezuela sumergida en una catástrofe humanitaria, resignados al chequeo de las vejeces editoriales que la explican, mientras que las novedades solo llegan por una mera alusión en las redes digitales para colmar nuestro malestar e impotencia, Acudimos con curiosidad, por siempre, palpando vacilantes los bolsillos tentados a la temeridad de unas cifras para la compra culpable, pues,  faltando poco, están los fármacos pendientes, entre otros de los rubros de una cotidianidad inmerecida.

Una mañana, a la entrada de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela, descubrimos varios puestos de venta de lo que pudo calificarse como una feria, por la calidad de los títulos exhibidos, e  inevitable – no habría otra ocasión – adquirimos algunos ejemplares ciertamente baratos, pero representativos de una semana menos para prevenir el ataque hipertensivo.  Quisimos llevarnos otros de autores hoy difíciles de acceder, calculando igualmente el espacio disponible de la modesta biblioteca casera,  dada la confianza generada por el Fondo Editorial de la Facultad, así fuesen de remota data.

Uno, sobre el pasado caraqueño, destinado a un obsequio para la persona muy querida que tiene por vocación la ciudad; el otro, una oportuna complementación al esfuerzo de argumentar una defensa territorial; el resto, el necesario para lo que será – apenas – una nota al pie de página respecto a un historiador muy conocido, y el faltante para completar las referencias disponibles con miras a un texto que espera sobre el imaginario político. Puede decirse, están destinados a  un anaquel prospectivo, prometiéndonos tiempo para la realización de un largo trabajo sobre variados temas que, por ahora, terminan dándole soporte a buena parte de nuestros artículos semanales.

Solía ser decorativa en el país de los cañonazos bancarios del petróleo,  recreativa en el de la serenidad del ocio conquistado, u obligada por mandato de un curso  académico, pero la biblioteca ahora es de potenciales proyectos o de preservación. De un lado, porque adquirimos y guardamos el ejemplar como aporte al libro que no hemos publicado, constantemente rehecho; o, del otro,  nos suponemos rescatistas de los que queda tras el colapso: nos desprendimos años atrás de una buena colección de textos de y sobre Vargas Llosa, convencidos del posterior abaratamiento o hallazgo de sus obras en las bibliotecas públicas, pero jamás adivinamos el zarpazo que a la lectura misma le daría la presente dictadura venezolana.

Fotografía: LB (Caracas, 28/11/2019).
02/12/2019:
http://guayoyoenletras.net/2019/12/02/la-biblioteca-prospectiva/

miércoles, 6 de noviembre de 2019

BIBLIOPOLITANOS

El segundo aire de Cruz del Sur
Sebastián de la Nuez

Calle El Colegio, en Sabana Grande, en los años 6o. A la derecha, en el centro comercial, se asentaría la nueva Cruz del Sur.

En los años setenta se mudaría la librería Cruz del Sur a Sabana Grande. En esta segunda y definitiva etapa juega un papel fundamental una mujer que se manejaba a sus anchas en el lado socialdemócrata de la Venezuela de ese tiempo. Ella, Cristina Guzmán, le compró a Violeta Roffé los restos de su imperio. ¿Qué había pasado?

Pasó que, llegado cierto momento, la clientela de Cruz del Sur y la capacidad de convocatoria de antes entró en declive. O fue el cansancio de Violeta Roffé o quizás la amenaza polvorienta de las obras del metro avanzando desde Chacaíto a plaza Venezuela. Como sea que haya sido entró en escena Cristina Guzmán, quien era absolutamente joven al momento de hacerse dueña de la librería ahora ubicada en Sabana Grande. Lo sigue siendo, absolutamente joven, con esa personalidad dicharachera, ecléctica y festiva que tiene. Sus experiencias están llenas de afectos y chismes. En este rincón umbroso de Santa Eduvigis donde vive parece volver a figurar con donaire como alguna vez lo hizo entre las clases política y financiera caraqueñas; y como era tan absolutamente joven, no tuvo interés real en la política sino en el mundillo de los libros.

Durante el café que se tomó con Violeta y el dirigente masista Freddy Muñoz —quien la había llamado para darle el pitazo de una eventual venta de Cruz del Sur— escaneó a la señora y la almacenó en su personal departamento Tipas Duras. No parecía, para nada, Violeta, alguien optimista. Tal fue la impresión que le dio. Y la miró a ella, nunca se le olvidará, como un ser ajeno a su mundo, una especie rara. Sin embargo, antes de llegar a ese café en Sabana Grande, Cristina Guzmán había acumulado saberes y desarrollado destrezas en sitios afines a los oficios del papel.

En el Búhuo

Cristina no terminó Sociología en la UCAB. De ahí en adelante se las entendió sola con la vida, guiándose por su intuición. Es una relacionista pública nata, nunca ha necesitado un título universitario para triunfar y acumular experiencias diversas. Cuando se encontró con Violeta venía de dos pasantías en librerías de estreno. La primera, El Búho, en la calle Las Flores de Sabana Grande, un invento de Simón Alberto Consalvi, quien a la sazón se encontraba desempleado pues el país atravesaba el primer periodo presidencial del socialcristiano Rafael Caldera. La esposa de Consalvi, Josefina Carrero —Mimina, prima de Cristina—, lo acompañaba en la aventura; Armando Trak, un caballero de la cultura, también. El logotipo lo desarrolló Gerd Leufert, considerado uno de los pioneros del diseño gráfico en Venezuela. La librería, pequeña y acogedora, quedaba en un edificio relativamente nuevo para la época. Su eslogan: «Libros contra el conformismo». La idea de la incorporación de Cristina al proyecto surgió durante una reunión en la que se encontraban los Consalvi y los Dao-Guzmán. Nelson Dao, como ella misma lo describe, es el padre de su hijo. Pertenece a la acaudalada dinastía de origen libanés dedicada al sector bancario.

Simón Alberto también atendía al público. Fue una época de oro, divertida y bastante desasida de los números. Lo importante eran las letras. Las letras y la amistad. Los encargados de El Búho vendían, ensartaban los tickets de los libros en un palito de acero y al final del día apuntaban en una hoja la relación de lo vendido. «Verdaderamente una cosa bien elemental», dice ahora Cristina.

La gente iba sobre todo para conversar en las tardes con Simón Alberto, y algunos llevaban dulces de la pastelería Las Flores, situada exactamente enfrente.

Pero las cosas en El Búho no podían marchar bien pues los adecos, supuestamente amigos de Consalvi, no constituían una clientela recomendable para una librería en trance de progresar o morir. Iban pero no compraban. O, si lo hacían, jamás pagaban sus deudas. El negocio no duró mucho.

Luego, Cristina trabajó con Clara Sujo en la galería Estudio Actual. Allí hizo amigos maravillosos como Marta Traba, Ángel Rama y Ana María Mazzei. Emigró hacia la Sala Mendoza, en la avenida Andrés Bello. Entró a trabajar con Lourdes Blanco, cuyo marido era por entonces director del Museo de Bellas Artes, el pedagogo, museógrafo y diseñador de muebles Miguel Arroyo.

Cristina encontró en la parte de abajo un ambiente desnudo y la propia Lourdes le propuso montar en ese espacio una librería. A ella le encantó la idea. Una librería dedicada sobre todo al arte. El diseño de los muebles lo hizo el propio Arroyo en sus ratos libres. Enfrente quedaba la tienda VAM, nos veremos en VAM, desde la cual un día habría de llamarla el operador político de izquierdas Muñoz. La principal clientela de La Librería, así mismo fue bautizada, fueron los trabajadores de Empresas Mendoza. Allí empezó a trabajar Clementina Mendoza, una mujer de contactos y entusiasmos.

En el camino, sobre la práctica diaria, atenta a su entorno, aprendió Cristina a regentar o administrar una librería sin necesidad de cursos o talleres. De El Búho sacó, además de lo que pudo enseñarle Consalvi sobre libros, una libreta de direcciones con editoriales y distribuidoras más algunos rudimentos administrativos. Después, los mismos representantes de las editoriales, quienes portaban maletines al estilo visitador médico y le enseñaban catálogos, le fueron transmitiendo herramientas que ella absorbía. Recuerda esas visitas como algo delicioso pues los individuos se sentaban a tomar café y le daban recomendaciones. El oficio de librero también estaba en ellos, de algún modo.

Llevaba dos o tres años allí cuando recibe la llamada de Muñoz, a quien había conocido en El Búho. La apremió: vuela, date prisa, Violeta Roffé vende Cruz del Sur en Sabana Grande. La llamada la hacía el dirigente masista desde un teléfono público en VAM. Agregó que le parecía un negocio perfecto para ella. Cristina le preguntó que de dónde creía él que podía sacar dinero para comprarla. Muñoz le contestó que no sabía; que se limitaba a pasarle el dato y, si ella lo deseaba, servir de puente con la señora Roffé.

Tomó su número de teléfono y le dijo que se lo pensaría. No lo dudó tanto. Le dieron ganas de conocer a la señora Roffé. Llamó al dirigente y acordaron una cita. Una vez frente a Violeta convinieron ambas en una compra-venta por cuotas. Se incluyó en ella a Sofía Colmenares, una italiana de origen griego que había conocido a un venezolano de nombre Luis Colmenares Díaz mientras este estudiaba teatro en Roma; enamorados, se vinieron ambos a Venezuela. Es la persona más noble que ha conocido Cristina Guzmán en su vida, Sofía, y nadie le ha rendido todavía el tributo merecido. Una auténtica librera. Tuvo un hijo, llamado igualmente Luis Colmenares, exitoso escritor de telenovelas.

A veces la regañaba, recuerda con nostalgia. Cuando Virginia Betancourt comenzó a sonsacarla para llevársela a la Biblioteca Nacional a tiempo parcial como relacionista o jefa de Prensa, Sofía le decía que no era bueno abandonar el negocio propio. Cristina no pensaba irse a la Biblioteca… pero a fin de cuentas la curiosidad le hizo una jugarreta, fue demasiada tentación y terminó convencida por la hija de Rómulo.

Quería ver cómo funcionaba aquella institución puertas adentro.

Antes de eso, dejó su huella en Cruz del Sur. Le dio un giro al aspecto general de Cruz del Sur, las vidrieras se animaron de cerámica y películas silentes, «un libro más arriba que otro», exposiciones de artistas plásticos en el tercer piso: trataba de ser innovadora. Al asumirla había dispuesto aquel cambio fundamental, destinar el tercer nivel a galería de arte. La idea inyectó vitalidad al proyecto. Ella, con los recursos propios de una dama de su tiempo y de su condición, viajaba a menudo a Nueva York y traía esculturas, adornos, piezas de cerámica.

Allí se mantuvo Cristina durante quince años —trabajando a partir de cierto momento, en paralelo, en la Biblioteca Nacional— y, cuando quiso vender, todo el mundo le advirtió que sería imposible. Los alrededores se estaban convirtiendo en un achicharrado erial pues las obras del metro despanzurraban la calle, sus tripas de tierra abiertas en canal. En los últimos tiempos no pasaba ni un peatón por el frente de la librería-galería. Se estaba quedando con algunos clientes grandes, como el Instituto de Diseño, cuya biblioteca abasteció casi en su totalidad. Los amigos remachaban: estás loca, no la vas a poder vender.

Sin embargo, recibió tres ofertas y pudo escoger la mejor. La Universidad de Los Andes compró finalmente Cruz del Sur. María José Pérez Soto de Guzmán, su madre, firmó con el representante de la ULA. A Cristina le pareció de lo más lindo que el comprador fuera una universidad. Nunca más se supo del nombre Cruz del Sur.

Sofía Colmenares, luego de una experiencia desafortunada en Monte Ávila, montó una librería propia camino de El Hatillo, pero no le fue bien. Cristina, siempre emprendedora, inventó una fábrica de cosméticos especializada en cremas para la cara. Un sistema de puerta a puerta. Ella, sin duda, las probó todas y su efecto benefactor puede detectarse hoy, tantos años después.  Le fue bien y eso duró unos catorce o quince años. Se hizo una casa en Altamira. Luego se mudó a este espléndido apartamento de Santa Eduvigis donde los ecos de una revolución desafortunada apenas llegan vía TV.

Fuente:
http://www.hableconmigo.com/2019/11/06/el-segundo-aire-de-cruz-del-sur/?fbclid=IwAR2mrwZC_uolR3F5MB_NNivremCCjOwP-NgGK9OYml-fH1gSx1qPxDMpEAg

sábado, 7 de julio de 2018

KUNDERÍSTICA

Milan Kundera y la fama
Alirio Pérez Lo Presti

En «Jacques y su amo» (1981), Milan Kundera realiza un homenaje a Diderot.

Se trata de una obra de teatro en tres actos en la cual vincula historias en un entremezclamiento «polifónico» de las mismas. La obra está precedida por una introducción que nos recuerda el carácter melancólico de Kundera: «Cuando los rusos ocuparon, en 1968, mi pequeño país, todos mis libros quedaron prohibidos y, de golpe, ya no tuve posibilidad legal alguna de ganarme la vida».

Pero la convulsa fama la alcanza con su obra «La insoportable levedad del ser» (1984), su libro comercialmente más exitoso, combina el erotismo y la seducción de Tomás con las vicisitudes que tiene que pasar. Se trata de un médico exitoso quien, a raíz de una declaración política escrita, es despojado de su cargo y debe trabajar como limpiador de ventanas. El libro tiene una atmósfera filosófica que toma el tema del ser. Nietzsche es uno de los filósofos que componen la estructura de la obra. No es casual que sea precisamente Nietzsche, el filósofo «punta de lanza» de la contemporaneidad, el señalado por Kundera para desarrollar sus ideas: «La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡Pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?».

Hay un giro importante en su obra, donde se conjuga lo filosófico, lo erótico, con mucho más peso que en sus trabajos anteriores, y lo político está entremezclado con todos estos elementos, adquiriendo quizá una relevancia equivalente; o al menos determinando los acontecimientos de los personajes, pero como marco histórico referencial.

«Teresa, a la una y media de la mañana, se puso el pijama y se acostó junto a Tomás. Dormía. Se inclinó sobre la cara de él y al besarlo notó en su pelo un perfume extraño. Volvió a olerlo otra vez y otra más. Lo olfateó como un perro y entonces comprendió: era el olor de un sexo de mujer». Señalando más adelante: «A los que creen que los regímenes comunistas de Europa Central son exclusivamente producto de seres criminales, se les escapa una cuestión esencial: los que crearon estos regímenes criminales no fueron los criminales, sino los entusiastas, convencidos de que habían descubierto el único camino que conduce al paraíso». Con esta novela alcanza el culmen literario y gana lectores a montones.

«El arte de la novela» es un ensayo donde Kundera expone su posición personal sobre este género. Compuesto por varios textos, dedicados a autores como Hermann Broch, Franz Kafka, en donde hace referencia en múltiples ocasiones a Rabelais, Cervantes, Sterne, Diderot, Flaubert, Tolstói, Musil, Gombrowicz. Se tra

Quizá sea «La inmortalidad» (1989), lo mejor de toda su producción literaria. A partir del gesto encantador de una mujer de cierta edad, el escritor desarrolla un extraordinario volumen de más de 400 páginas en donde entrelaza la trama de múltiples personajes pertenecientes a distintas épocas históricas. Para el muy singular profesor Avenarius, por ejemplo, el mundo de hoy no sirve como objeto de juego. En este libro, Kundera ya no plantea el elemento político como parte de la obra. Plantea la exacerbación colectiva del culto a la imagen en la sociedad actual, y todo el texto está enmarcado en un sentido lúdico acerca del arte y el artista.

El texto comienza de esta singular forma: «Aquella señora podía tener sesenta, setenta y cinco años. Yo la miraba mientras estaba acostado en una camilla frente a la piscina de un club de gimnasia situado en la planta de un edificio moderno. Pasó junto al instructor y cuando estaba a unos tres o cuatro pasos de distancia, volvió hacia él la cabeza, sonrió, e hizo con el brazo un gesto de despedida. ¡En ese momento se me encogió el corazón! ¡Aquella sonrisa y aquel gesto pertenecían a una mujer de veinte años!».

Desde este trabajo Kundera va a cambiar de manera ostensible. Son otros los temas y las situaciones que nos presenta. Son otros los conflictos de los personajes. Ya no existe una crítica a la pretensión del progreso. Ahora se pasea minuciosamente por la estética y los problemas del mundo actual. El escritor que era en 1967 ha quedado muy atrás. Sus temas son los temas de la contemporaneidad.
ta de explorar la posición que ocupa la novela en la contemporaneidad y los retos que ha de asumir. Desarrolla una interesante teoría de la novela: «Cada novela, quiéralo o no, propone una respuesta a la pregunta: ¿qué es la existencia humana y en qué consiste su poesía?». Llega a conclusiones como la siguiente, muy en concordancia con los tiempos en que vivimos: «Flaubert descubrió la necedad. Me atrevo a decir que éste es el descubrimiento más importante de un siglo tan orgulloso de su razón científica». «El descubrimiento flaubertiano es para el porvenir del mundo más importantes que las turbadoras ideas de Marx o de Freud».
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/32883-perez-lo

Eterno retorno a Kundera
Alirio Pérez Lo Presti 

A veces siento que estoy en deuda con Milan Kundera por haber tenido el infinito gusto de leerlo. Entonces escribo nuevamente sobre él.

Milan Kundera es un escritor checoslovaco nacido en 1929. Se afilió al partido comunista al término de la segunda guerra mundial y fue expulsado del mismo en

1948. Profesor de la Escuela de Estudios Cinematográficos de Praga, perdió su cargo tras la invasión rusa (1968). Sus obras fueron retiradas de la calle, y desapareció de los manuales de literatura. En 1979 fue privado de su nacionalidad checoslovaca por la publicación de la obra «El libro de la risa y el olvido». Representa al escritor «total», en sentido de que su obra alcanza la perfección en la novela, el cuento, el teatro, el ensayo y la crítica literaria.

Estas son algunas notas que deseo compartir por entregas, pues de su producción literaria me he dedicado a estudiar los siguientes libros: 1. La broma. Novela (1967). 2. El libro de los amores ridículos. Cuentos (1968). 3. La despedida. Novela (1973). 4. La vida está en otra parte. Novela (1973). 5. El libro de la risa y el olvido. Novela. (1978) 6. Jacques y su amo. Obra de teatro en homenaje a Diderot (1981). 7. La insoportable levedad del ser. Novela (1984). 8. El arte de la novela. Ensayo. (1986). 9. La inmortalidad. Novela (1989). 10.Los testamentos traicionados. Ensayo (1993). 11. La lentitud. Novela (1995). 12.La identidad. Novela (1997). 13.La ignorancia. Novela (2000). 14.El Telón. Ensayo (2005). 15. La fiesta de la insignificancia. Novela (2014).

Sus primeras obras van a estar muy condicionadas por elementos políticos, cuyo eje central es la crítica a los regímenes totalitarios y cómo se ven afectados los personajes de la novela por la política, desde la forma de plantearse aspectos elementales de la existencia, hasta la manera de vinculación interpersonal de la gente.

En «La broma» (1967), un personaje quiere impresionar a la joven con la cual galantea y escribe en una postal «para herirla, asombrarla y confundirla: ¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Trotski! Ludvik». El gesto, pilar fundamental de esta novela, le cuesta caro. Tiene que pagar con la pérdida de su libertad la supuesta arremetida contra el régimen. El personaje es denunciado por la propia joven con la cual mantiene una relación afectiva. Kundera es meticuloso cuando narra la forma en que es vejado por soldados adolescentes encargados de su custodia. El contenido es eminentemente político. Una crítica al totalitarismo imperante en su vida, pero particularmente cómo afecta la conducta de las personas con las cuales se vincula.

«El libro de los amores ridículos» (1968), tiene un carácter más lúdico. Orienta su obra literaria hacia escenarios de mayor profundidad psicológica. Sin embargo, el contenido de lo político sigue presente y el autor se vale de la ironía «…los mártires son quienes tienen permitido reafirmarse placenteramente en su dulce inactividad al confirmarles que la vida no ofrece más que una disyuntiva: ser aniquilado o ser obediente».

En «la vida está en otra parte» (1973), el autor exacerba sus cualidades irónicas al construir un personaje. Se trata de un poeta «revolucionario» que llega incluso a elaborar los «versos socialistas acerca de la muerte». El poeta expresa en sus letanías el deseo de poder relatar sólo historias de amor: «¡Es tan agradable relatar este tipo de historias! ¡Qué maravilloso sería poder olvidarse de aquella que ha sorbido la savia de nuestras cortas vidas para poder emplearla en sus vanas obras, qué hermoso sería olvidarse de la Historia». El controvertido tema del artista «comprometido» y la potencial mengua de su capacidad artística.

En «La despedida» (1973), la seducción y el erotismo se entremezclan con el contexto político: «… lo que lo impulsaba a conquistar a las mujeres era el deseo de venganza, era la tristeza y el descontento o la compasión y la lástima, el mundo de las mujeres se confundía para él con su amargo drama en este país, en el que había sido perseguidor y perseguido y donde había vivido muchas peleas y pocos idilios».

En «El libro de la risa y el olvido» (1978), sigue siendo el totalitarismo el escenario donde se mueven sus personajes: «Mirek es un corrector de la historia igual que lo es el partido comunista, igual que todos los partidos políticos, que todas las naciones, que el hombre. La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad. El futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia».

Kundera representa la paradoja genial de aquello que nos divierte y a la vez nos condena.
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/32850-perez-l


El salto de Kundera
Alirio Pérez Lo Presti

Con este texto finalizamos las entregas sobre Milan Kundera, escritor con quien me siento en deuda permanente.

"Los testamentos traicionados" (1993), es un ensayo sobre la novela. Pensamos que el arte de la novela es el protagonista de este libro; el espíritu de humor que lo engendró; su misterioso parentesco con la música; su historia, que evoluciona (como la música) en tres tiempos; la estética de su tercer tiempo (el de la novela moderna) y su sabiduría existencial. El cambio dado por Kundera es tal que ya no escribe en checo. Ha adoptado el francés como el idioma para el desarrollo de éste y de sus futuros trabajos. Un idioma que permite una comercialización más fluida de sus obras.

En "La lentitud" (1995), entremezcla personajes de varias épocas que coinciden en un castillo de Francia convertido en hotel. Se exacerba lo banal, lo cotidiano, lo insulso como potencial producto para el arte de la novela: "A Inmaculada no se le ha ocurrido en vano la idea del mal aliento, es un recuerdo reciente e inmediatamente rechazado el que le ha inspirado semejante maldad: el recuerdo del mal aliento de Berck. Cuando escuchaba, hecha trizas, sus insultos, no estaba en condiciones de ocuparse de su exhalación, y un observador oculto en ella fue el que registró en su lugar ese olor nauseabundo e incluso el que añadió el siguiente comentario lúcidamente concreto: el hombre cuya boca huele mal no tiene amantes. Ninguna se acomodaría".

En "La ignorancia" (2000), temas como la amistad, sus características y su valor, van a estar presentes; así como la ausencia del otro, los problemas relacionados con la memoria, pero vistos desde la dimensión personal en la que se transfiguran los recuerdos. El olvido como elemento del ser y la ignorancia como instancia que nos invade: «La Odisea, la epopeya fundadora de la nostalgia, nació en los orígenes de la antigua cultura griega. Subrayémoslo: Ulises, el mayor aventurero de todos los tiempos, es también el mayor nostálgico. Partió (no muy complacido) a la guerra de Troya, en la que estuvo diez años. Después se apresuró a regresar a su Ítaca natal, pero las intrigas de los dioses prolongaron su periplo, primero durante tres años llenos de los más fantásticos acontecimientos, y, después, durante siete años más que pasó en calidad de rehén y amante junto a la ninfa Calipso, quien estaba tan enamorada de él que no le dejaba abandonar la isla».

"El telón" -ensayo en siete partes- (2005), es una especie de corolario sobre su aventura en torno al arte de la novela, al arte del ensayo, la literatura, el escribir. Aborda las características de la novela contemporánea, diserta sobre el arte contemporáneo y la presencia permanente del pasado en el arte que se realiza en el presente. Cuando se refiere a lo actual evoca al Quijote en repetidas oportunidades: «…si el valor estético no existiera, la historia del arte no sería más que un inmenso depósito de obras cuya sucesión cronológica carecería de sentido. Y a la inversa: sólo se percibe el valor estético en el contexto de la evolución histórica de un arte». El asunto de la modernidad y la contemporaneidad como elementos distintos, con márgenes definidos, es abordado de manera magistral y su visión sobre lo estético merece especial mención: «Los conceptos estéticos sólo empezaron a interesarme cuando percibí sus raíces existenciales; cuando los comprendí como conceptos existenciales; porque tanto la gente sencilla como la refinada, inteligente o tonta, se enfrenta constantemente en su vida con lo bello, lo feo, lo sublime, lo cómico, lo trágico, lo lírico, lo dramático, la acción, las peripecias, la catarsis o, por hablar de conceptos menos filosóficos, con lo vulgar; todos estos conceptos son pistas que conducen a distintos aspectos de la existencia inaccesibles por cualquier otro medio».

En sus intentos por entender la dimensión del arte señala: "Hubo largos períodos en los que el arte no buscaba lo nuevo, sino que se enorgullecía de embellecer la repetición, de reforzar la tradición y de asegurar la estabilidad de una vida colectiva; la música y la danza sólo existían en el marco de los ritos sociales, de las misas y las fiestas. Luego, un día, en el siglo XII, un músico de iglesia tuvo en París la idea de añadir un contrapunto a la melodía de un canto gregoriano… a raíz de allí los compositores perdieron el anonimato, y la música se convirtió en historia de la música…Este fue el gran milagro de Europa: no su arte, sino su arte convertido en historia. ¡Ay! Los milagros son poco duraderos. Quien levanta el vuelo un día aterrizará. Presa de la angustia, imagino el día en que el arte dejará de buscar lo nunca dicho y volverá, dócilmente, a ponerse al servicio de la vida colectiva, que exigirá de él que embellezca la repetición y ayude al individuo a confundirse, alegre y en paz, con la uniformidad del ser. Pues la historia del arte es perecedera. La palabrería del arte es eterna". ¡Así cerramos el telón!

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/32994-perez-lo

domingo, 27 de mayo de 2018

DE UN AUTOR CONTRABANDEADO

Aquél desembarco de Roth
Siul Nagarrab

A mediados de la presente década, camino seguro a nuestra quiebra editorial, llegó una oleada de autores foráneos a las librerías sobrevivientes de Caracas, a muy bajo precio, quizá por obra de un afortunado contrabando, tal como acontecía con la ropa de marca, perfumes o golosinas que, de repente, alentaban a la buhonería que poblaba las calles, como nunca después logró repetir. Recordamos, por escasos bolívares, pudimos adquirir el grueso volumen de Hannah Arendt sobre los orígenes del totalitarismo que, además,  nos negábamos a aceptar en Venezuela, reponiéndolo en el anaquel de casa, pero también numerosos títulos de un autor que no conocíamos: Philip Roth, recientemente fallecido.

Reducida la oferta de novedades, siendo muy pocas las alternativas a elegir, en aquélla época compartimos las febriles lecturas de Paul Auster y Haruki Murakami, con el abaratadísimo Roth.  Nos impusimos de su prosa, cadencia y paciencia, pero también de las más inteligentes ridiculizaciones políticas que Nixon nunca le agradecería, removiendo sus rencores.

Alrededor de diez de sus títulos, llegaron a nuestras playas y todavía nos disponemos a releer “La conjura de América” y las “Lecturas de mí mismo”, aunque “Deudas y dolores”, novela de iniciación, se convirtió en nuestro título favorito. Más allá de la trama protagónica, a la que seguramente le fastidió a la persona beneficiaria de la depuración de nuestra modesta biblioteca casera, pues, nunca  comentó sobre el autor, tuvo la habilidad de introducirnos y de vivenciar la vida cotidiana de una familia judía de los Estados Unidos de los cincuenta del veinte, complementando lo que Amo Oz ha retratado del Israel contemporáneo.

A Roth tampoco se le encuentra en los remates de libros que quedan, como a casi ningún otro meritorio autor, excepto se trate del infaltable Paulo Coelho, por el que piden hasta un millón de bolívares, aunque el desprevenido comprador no sepa que el ejemplar ya puede descargarse íntegro y gratuito en las redes.  Tres libros atrás,  pasó el tiempo en el que estuvimos al día con Vargas Llosa o lo complementábamos con el puente de las Fuerzas Armadas: no hay divisas para intentar “La llamada de la tribu” en su versión digital, siquiera.

No hubo otro desembarco de Roth y, tememos, pasarán muchas lunas antes de tenerlo de nuevo acá, o, lo que es peor, a sus sucesores en el arte de la narración - ¿redundamos? – magistral.  Quizá, a modo de ilustración, así como un Truman Capote estuvo en el verbo de nuestra dirigencia política, décadas pasadas, sólo queda – ahora -  Coelho y … quién sabe.

27/05/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/32719-nagarrab-s 

sábado, 2 de diciembre de 2017

DÍAS FERIADOS

EL NACIONAL, Caracas, 01 de diciembre de 2017
El libro y las ferias: antídotos contra el desánimo y el pesimismo
Marcelino Bisbal
 
I
Por estos días, más concretamente el 25 de noviembre, se inauguró en México la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL 2017). Apenas dos días del inicio de la II Feria del Libro del Oeste de Caracas (FLOC 2017).
La Feria de Guadalajara nace en 1987, es decir, que ya tiene sobre sus espaldas treinta años de existencia. Treinta años de haber caminado un buen trecho y treinta años de haberse convertido en la feria del libro más importante de Iberoamérica y una de las más nombradas y tomadas en cuenta del mundo, después de la magnífica Feria del Libro de Frankfurt.
La Feria Internacional del Libro de Guadalajara surge al abrigo de una universidad pública: la Universidad de Guadalajara. La FIL abre sus puertas el último sábado del mes de noviembre de cada año y se despide, después de nueve días de actividad, el primer domingo del mes de diciembre. Esto ha sido así desde 1987.
De ninguna manera pretendemos hacer comparaciones con la feria de Guadalajara. Pero hay algunos puntos de encuentro y de coincidencias. La Feria del Oeste de Caracas nace como iniciativa de la Universidad Católica Andrés Bello y abre el último lunes del mes de noviembre y se despide, hasta el próximo año, el primer domingo del mes de diciembre.
El encuentro es que ambas ferias celebran al libro como el mejor invento del hombre, porque de acuerdo con el lema y planteamiento de Marshall McLuhan: el libro es una extensión de alguna parte del cuerpo, así como los diversos instrumentos que se ha dado el ser humano. Igualmente lo expresaba Jorge Luis Borges al decirnos que el libro es una extensión de la memoria y la imaginación: “Si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros. Por eso conviene mantener el culto del libro. El libro puede estar lleno de erratas, podemos no estar de acuerdo con las opiniones del autor, pero todavía conserva algo sagrado, algo divino, no con respeto supersticioso, pero sí con el deseo de encontrar felicidad, de encontrar sabiduría”.
La Feria del Libro del Oeste de Caracas es muy modesta, pero está intentando abrirse camino en los mejores ámbitos de la creación y el conocimiento humano, aun a pesar de las intromisiones irritantes de nuestra actualidad. Porque está ligada, al igual que la Universidad Católica Andrés Bello, al país y a su realidad. No escapamos a ella, no queremos huir y mucho menos ausentarnos. La UCAB asume una responsabilidad ética y hoy la queremos reafirmar al abrir la II Feria del Libro del Oeste de Caracas.
La Universidad Católica Andrés Bello y su II Feria del Libro del Oeste vuelve a acometer la empresa de darle la palabra al libro, a sus autores locales, a los invitados internacionales, a los lectores, a los creadores, a los músicos, a los cineastas y teatreros, a los soñadores de un mundo mejor y más justo, a los que creen que podemos tener un país distinto… Porque las ferias, la nuestra también, quieren ser un festival para celebrar la cultura. Ante la barbarie que se nos ha venido imponiendo, la coherencia y la persistencia por el buen hacer; a la falta de civilidad del poder, la búsqueda de sentido o las reflexiones sobre su ausencia. Lo decía muy bien la escritora argentina Grisel Gambaro cuando por allá en 2010, siendo la pregonera de la Feria del Libro de Frankfurt, hablaba sobre el valor de la escritura y en definitiva de la literatura:
“La literatura, aparte de significar muchas otras cosas, también es esto: la detención de la mirada sobre el árbol que crece y quiere vivir, el árbol cortado y la muerte. Hablar –escribir, leer– sobre la ausencia de cordura, aunque el azar de nuestra seguridad aparente protegernos”
II
Decíamos antes que la Feria del Libro del Oeste de Caracas apenas tiene dos años. Pero desde el lunes 27 de noviembre dio un nuevo paso más firme, menos tambaleante, más imaginativo y también más retador. Como ven, desde Montalbán-La Vega, en donde está enclavada la UCAB y toda su comunidad, aun a pesar de los tiempos que corren en el país, queremos persistir en la aventura de llevarla a cabo todos los años. La persistencia significa, a pesar de los problemas que abruman al país, desafío del pensamiento y de las ideas.
III
La Feria del Libro del Oeste de Caracas 2017, desde los espacios del oeste de la ciudad, las más de las veces olvidados, hace suya la sentencia del Quijote de don Miguel de Cervantes como el lema de esta nueva cita: “Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca”.
Será así, aun a pesar del des-orden reinante y la barbarie presente.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/libro-las-ferias-antidotos-contra-desanimo-pesimismo_213631

sábado, 25 de noviembre de 2017

ALGO MÁS QUE LAS PORTADAS

EL PAÍS, Madrid, 20 de octubre de 2017
LECTURA
‘House of Cards’ o el fin del sueño americano
'Geopolítica de las series' es un lúcido análisis del investigador Dominique Moïsi que publica en España la editorial Errata Naturae. Este es el quinto capítulo completo
BABELIA

En la que aún es —¿por cuánto tiempo?— la capital política del mundo, la sombra sucede a la luz y, la una detrás de la otra, van cubriendo los principales monumentos de la ciudad. El director parece haber querido inspirarse en los maestros del claroscuro, como Caravaggio, o en los pintores holandeses del siglo XVII. La imagen se detiene unos instantes sobre las orillas del río Potomac, que atraviesa la ciudad. Se ven unas basuras que sugieren el desorden, por no decir la podredumbre, que se extiende por la capital. «Algo huele a podrido en Dinamarca», decía Hamlet en las primeras líneas de la obra de Shakespeare. ¿Acaso esta misma expresión no puede aplicarse en la actualidad al imperio estadounidense? Y todo ello porque el protagonista de la serie, Frank Underwood, quiere, igual que Macbeth, satisfacer una venganza personal. Cuando las pasiones privadas de los hombres o, simplemente, sus ambiciones personales, prevalecen sobre el sentido del bien común, «desconfiad», parecen decirnos los autores de la serie. Pero ¿este placer en describir el mal es producto de una reacción puritana, de la desesperación ante la crisis de la democracia, o sólo de la voluntad de impresionar para atraer la atención de los espectadores? ¿Hay series sensacionalistas, igual que hay prensa sensacionalista?
Después de los créditos, las primeras imágenes con las que se abre House of Cards son especialmente impactantes y constituyen la mejor de las introducciones para lo que va a seguir. Se oye un golpe. Enseguida se descubre que se trata de un coche que ha atropellado al perro de uno de los habitantes de la distinguida calle en la que se desarrolla la acción. El protagonista de la serie, Frank Underwood, se acerca. ¿Acude al auxilio del perro herido? En realidad, lo mata. ¿Se trata de un acto de compasión de un hombre que quiere abreviar el sufrimiento de un animal condenado, igual que un jinete de un wéstern mete una bala en el cuerpo de su fiel montura para no dejarla indefensa en la naturaleza agreste que los rodea? La metáfora es potente. Ya no hay diferencias entre el salvaje Oeste y la capital de Estados Unidos.
Pero hay otra interpretación posible. Frank Underwood no quiere tanto poner fin al sufrimiento del animal como satisfacer su voluntad absoluta de control sobre el mundo y los seres vivos (animales incluidos) que hay a su alrededor. Con este único fin, todo es posible, todo está permitido, incluido asesinar. La cuestión es no dejarse atrapar y rodearse para ello de una red de hombres o mujeres incondicionales, escogidos en función de sus ambiciones, de su falta total de escrúpulos, cuando no —lo que tal vez sea más importante— a causa de su vulnerabilidad personal, lo que los hace más maleables y manipulables. A esa gente se la puede mangonear. En otros términos, igual que la URSS, o incluso la Rusia de hoy en día, elegía a sus élites a partir de criterios negativos, Underwood se rodea deliberadamente de una suerte de contraélites, de personas elegidas no por sus méritos, sino por sus límites, cuando no por sus vicios y debilidades.
Underwood se nos presenta de inmediato tal y como es, en toda su perversidad. Con el transcurso de las temporadas y su ascenso hacia el poder, se convierte en el maestro relojero, el que decide quién vive o quién muere.
De El ala oeste de la Casa Blanca a House of Cards: el triunfo del cinismo
Con House of Cards dejamos la geopolítica en el sentido estricto del término, aunque está muy presente, de forma casi caricaturesca, en la tercera temporada. Pero seguimos en el ámbito de lo político y encontramos, como en Juego de tronos, el imperio de la violencia. Una violencia más a menudo moral que física, aunque la muerte ronda de forma brutal e inesperada. Para entender bien el significado de esta serie, hay que ponerla en paralelo con su opuesto absoluto, es decir, El ala oeste de la Casa Blanca. En apariencia, es el mismo tema, la conquista y el ejercicio del poder en la Casa Blanca. Pero, en el tratamiento del asunto, no se podrían concebir dos universos más opuestos. Es normal. La segunda, aunque directamente inspirada en una serie televisiva británica de los años noventa —mismo título, mismo tema, mismos autores—, parece, una vez traspuesta en su versión estadounidense, no haberse pensado sino para ser la contrapartida de la primera. Es como si se nos pusiera frente a las dos caras de Jano, una un poco demasiado «blanca», demasiado pura (El ala oeste de la Casa Blanca) y la otra, sin duda, demasiado «negra» y negativa (House of Cards). De hecho, la segunda desagrada, cuando no asquea directamente a los amantes de la primera. Es como si los fanáticos de House of Cards se alegraran de que por fin se cuente la verdad sobre la lucha por el poder en Estados Unidos, mientras que los seguidores de El ala oeste de la Casa Blanca no aceptaran ese ejercicio de desacralización radical del modelo estadounidense. Una cosa es cierta: en Francia no se concibe la existencia de una serie sobre la conquista y el ejercicio del poder en el Elíseo que tuviera aunque sólo sea una décima parte de la virulencia y el goce destructivo de House of Cards. Igual que nuestro país ha tardado muchísimo en enfrentarse a su pasado, desde la Guerra de Argelia hasta la Francia de Vichy (Un village français), demuestra una gran prudencia en la descripción y el análisis de los mecanismos del poder. ¿Se trata de una sacralización ligada al hecho de que el presidente de la v República es el heredero de un monarca elegido, Luis XIV? ¿De ese Rey Sol al que la televisión pública dedica programas y homenajes sin acordarse de que con él, más allá de la gloria de Versalles, se produjo la revocación del Edicto de Nantes, con unas consecuencias a largo plazo desastrosas para el futuro de nuestro país?
En el tratamiento actual de la política, con rarísimas excepciones —como la película El secreto del presidente (Le bon plaisir), estrenada en 1984—, somos de una contención extrema. ¿Se trata, sin más, de una forma no muy sutil de autocensura por parte de los guionistas, los directores y, más aún tal vez, los productores?

Sea como sea, el espectador francés se apasiona por una serie como House of Cards en la misma medida en que ésta le parece sencillamente imposible en Francia. ¡Faltaría más, es que no estamos en Estados Unidos! La autocrítica tiene un límite.
Si House of Cards se inspira en la irreverencia de Gran Bretaña, «madre de las democracias», con respecto a la política y los políticos, El ala oeste de la Casa Blanca es, al contrario, profundamente estadounidense. Contó, por ejemplo, con los consejos de David Axelrod, asesor político de alto nivel, que contribuyó a la victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales de 2008 y 2012. La serie aporta una visión positiva de la política y, más aún, de la política estadounidense. Su protagonista, el presidente Jed Bartlet, puede mentir sobre su estado de salud y tener una vida familiar complicada, pero no por ello deja de ser el presidente ideal, casi soñado, aunque extraiga algunos elementos de su personalidad de quien fuera presidente en la vida real, Bill Clinton. Los hombres y mujeres que lo rodean son, con raras excepciones, personajes positivos. Creen en lo que hacen, luchan por los valores, incluso aunque el combate sea duro y necesite ciertos acomodamientos con una visión moralista estricta. No por estar «en política» son menos hombres y mujeres, podría decirse plagiando el Tartufo de Molière.
El presidente Bartlet hace gala de una empatía excepcional. Sobresale por su inteligencia (ha sido Premio Nobel), su cultura, su sentido de la justicia y del derecho, su equilibrio, su capacidad durante las crisis para tomar decisiones justas en el momento preciso. Verlo y oírlo es rendirse a él. Tal vez, con el personaje de Bartlet, al menos a partir de 2001 —la serie empieza en 1999—, la izquierda liberal estadounidense estaba dibujando de forma implícita la antítesis de quien ocupaba de verdad la Casa Blanca, George W. Bush. Pero, más probablemente, ¿el mensaje explícito de la serie no equivale a un voto de confianza hacia la política estadounidense en general y sus valores fundamentales: optimismo, excepcionalidad, individualismo? «Podéis estar orgullosos de vuestros dirigentes y podéis estar orgullosos de ser estadounidenses». Cierto es que los problemas morales no se obvian. ¿Se puede, por ejemplo, ordenar el asesinato de un jefe de Estado extranjero, aunque sea responsable de acciones terroristas que han costado la vida a ciudadanos estadounidenses? Pero seguimos en un universo moral y positivo, próximo, en última instancia, al de las películas de Frank Capra de finales de los años treinta, como Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington), o de los años cuarenta, como ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life).
Estados Unidos es la «City on the Hill» (la «ciudad asentada sobre la colina»). No puede sino hacer soñar a sus conciudadanos y al mundo: de la antorcha de la Estatua de la Libertad a los discursos de JFK, de Martin Luther King a la elección de Barack Obama, encarnación última del sueño americano.
Entre el mundo de El ala oeste de la Casa Blanca y el de House of Cards hay un océano que conviene explorar.
¿Cómo se pasa de Bartlet a Underwood, de un modelo a un contramodelo, del idealismo más noble al cinismo más repugnante y detestable? En términos más profesionales, o incluso comerciales, ¿cómo llegaron los productores de House of Cards a la conclusión política de que ya era hora de trasponer la serie británica epónima a Estados Unidos?
De la crisis económica a la crisis moral de Estados Unidos
Entre El ala oeste de la Casa Blanca y House of Cards está el 11 de septiembre y más aún, tal vez, la crisis financiera y económica que atraviesa Estados Unidos a partir de 2007. Y también, sobre todo, la consecuencia de dicha crisis: el aumento de la desconfianza hacia la política y los políticos y, más allá, hacia todas las instituciones de poder en Estados Unidos. Gobierno, Iglesias, Tribunal Supremo, mundo empresarial… Todos desacreditados, cuando no podridos. Los resultados de las encuestas de opinión son elocuentes. En 1997, dos años antes del comienzo de El ala oeste de la Casa Blanca, el veinticinco por ciento de los estadounidenses declaraba tener una gran confianza en la institución más venerada y respetada del país, el Tribunal Supremo; en 2014, ya no era más que el trece por ciento quien tenía una confianza total en el poder de los jueces. En 2005, el veintidós por ciento tenía una gran confianza en los bancos; en 2014, ya no era más que el diez por ciento. Sólo el ejército y la policía conservan la confianza —relativa, eso sí— de los estadounidenses. Según un sondeo de CNN/ORC de 2015, sólo el diez por ciento de los ciudadanos estadounidenses consideraba que sus opiniones están representadas en Washington. Según Rasmussen, otro instituto de opinión, en 2015 sólo el veintinueve por ciento de los estadounidenses creía que su país va por buen camino. Esta erosión de la confianza en los pilares de la sociedad conduce a una incertidumbre creciente con respecto al futuro y a una cultura del miedo que tiene un efecto negativo sobre la política estadounidense en sí misma y —habida cuenta del peso que aún tiene Estados Unidos, tanto en lo real como en lo emocional— sobre el conjunto del mundo. En este contexto de desconfianza ante lo político es donde conviene situar House of Cards y, sin duda, donde radican los motivos de su éxito. La serie se corresponde, ni más ni menos, con el espíritu del tiempo, el Zeitgeist, que dirían los alemanes.
En términos psicológicos, ¿el protagonista de House of Cards, Frank Underwood, es la encarnación más lograda del perverso narcisista? Con una diferencia importante, porque no está a la cabeza de una simple empresa, sino en la cúspide del poder de la primera potencia mundial.
La destrucción sistemática del sueño americano
En House of Cards, el sueño americano se despedaza de forma deliberada y sistemática. Todo el mundo, hasta los llamados personajes secundarios (¿pero sigue habiendo de eso en el mundo de las series?), se describe bajo la luz más negativa. Ninguna categoría se libra. Al contrario, con un propósito de inclusión democrática, todas se presentan bajo una mirada crítica. Afroamericanos, hispanos, indios, hombres, mujeres, ricos, pobres, jóvenes, viejos, lobistas, hombres de negocios, políticos, periodistas. Todos son, de un modo u otro, corruptos, cínicos y calculadores, obsesionados por una misma cosa: el poder, sea cual sea el precio que haya que pagar, tanto uno mismo como los demás, para lograrlo. Nadie supone una excepción a la regla. Casi se podría hablar de una presentación negativa del melting pot a la estadounidense. El sistema de integración de Estados Unidos ha funcionado bien, la prueba es que todos son igual de detestables, igual de corruptos moralmente unos que otros.
Esta crítica sistemática del sueño americano se corresponde, de hecho, con una realidad; al menos, en términos de percepción. En junio de 2014, The Washington Post difundió un estudio sobre la opinión pública estadounidense, realizado por cnn, que llevaba por título: «¿El sueño americano ha muerto?». Los resultados principales eran sorprendentes. El sesenta y tres por ciento de los estadounidenses pensaba que sus hijos vivirían peor que ellos. Era justo lo contrario que en 1999, cuando empezó la serie El ala oeste de la Casa Blanca. En aquella época, dos tercios de los estadounidenses estaban convencidos de que sus hijos tendrían una vida mejor que la suya.
Al elegir una presentación de la política en su forma más oscura, del modo más extremo, por no decir exagerado, los autores de la serie se sintieron animados por la evolución del mundo real. Su mensaje explícito podría ser: «Sé que estoy exagerando, pero poco». No hay más que ver lo que ocurre en Washington, el poder está paralizado. La democracia estadounidense se ha convertido en una «vetocracia», por retomar el afortunado término de Francis Fukuyama, filósofo de la Universidad de Yale. La sociedad está cada vez más dividida y polarizada. Existe un desacuerdo sobre los fundamentos en cuanto al papel que debe desempeñar el Gobierno. Siempre demasiado según los unos, nunca suficiente según los otros. La cantidad de dinero que se invierte en las campañas electorales se ha disparado y no sólo en las elecciones presidenciales, sino también en las de legisladores o gobernadores.
De hecho, el contrato social está agotado y las desigualdades se acrecientan. En Estados Unidos, el rotundo éxito del libro de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI es la prueba de que el economista francés sabe dar donde duele. Estamos asistiendo, efectivamente, en el país que se erigió en adalid de la igualdad entre los seres humanos, a la victoria de los herederos sobre los trabajadores. «El pasado devora el porvenir», escribe Piketty. ¿No es ésta la definición del antisueño americano? Sumemos a ello un país que vive muy por encima de sus posibilidades, habida cuenta de sus deudas, y que, en pleno agotamiento imperial, está obsesionado con la perspectiva o la realidad de su declive. Las últimas intervenciones de Estados Unidos en Irak y Afganistán, por no hablar de Pakistán, han arrojado, en general, un saldo muy negativo. ¿Se puede llegar a hablar, más allá de una crisis de Estados Unidos, de una crisis del modelo democrático o, por ampliar aún más, de una crisis del mundo occidental? Muchos seguidores de House of Cards están convencidos de ello, ya que ven en la serie una confirmación de sus convicciones más pesimistas.
House of Cards vista desde China
En realidad, la influencia de la serie es doble. Por un lado, House of Cards refleja el malestar de Estados Unidos. Por otro, alimenta el cinismo de las élites en los regímenes totalitarios que confunden con júbilo realidad y ficción y extraen de ella interpretaciones políticas que sirven a sus convicciones. ¿Cómo osan los estadounidenses darnos lecciones de moral?, piensan. Hemos visto los últimos episodios de House of Cards, no somos tontos. Incluso los occidentales nacidos en países democráticos sucumben a veces a la tentación de integrar la serie en sus categorías de análisis. Así, en el Financial Times se podía leer, al día siguiente de que el presidente Obama anunciara su ambiciosísimo plan de lucha contra el calentamiento global, un comentario que hacía referencia a House of Cards y ponía el énfasis no en el contenido del plan, sino en su capacidad para poner a la oposición republicana a la defensiva:
«Digan lo que digan, los republicanos no pueden más que mostrarse a la defensiva, al haber dejado el bando de la modernidad a la Casa Blanca». En política, ¿no es más importante dividir a los adversarios que poner en marcha las reformas necesarias?
House of Cards está en su salsa al describir un mundo político totalmente dominado —la palabra «obsesionado» sería quizás más oportuna— por sus luchas internas. El contexto internacional está presente, es cierto, desde China hasta Oriente Próximo pasando por Rusia, que tiende a sustituir a China como la principal amenaza conforme avanzan las temporadas. Pero todo ello, al final, es secundario. De hecho, en la tercera temporada de la serie el tratamiento de los envites internacionales es, demasiado a menudo, totalmente idealista, por no decir ridículo. Parece casi un pretexto para preparar el terreno a las crecientes tensiones entre la pareja presidencial. «Jamás debí haberte hecho embajadora», dice Frank Underwood a su mujer.
«Jamás debí haberte hecho presidente», le responde ella al instante. Estamos más cerca de «La fierecilla domada en la Casa Blanca» que de cualquier análisis serio de la política estadounidense, a menos que se trate de una explicación en profundidad sobre las debilidades extremas de la diplomacia actual de ese país. En el fondo, no les interesa o ya no les interesa. Ya han dado demasiado juego, y durante demasiado tiempo, con los resultados que conocemos.
Las disputas familiares en la cúspide o los problemas de poder en el interior son infinitamente más apasionantes, e importantes en realidad, que los juegos de equilibrio en el exterior. Todos los prejuicios contra la política y los políticos se ponen por delante y, por lo tanto, se magnifican.
House of Cards y el ascenso de los populismos
House of Cards acompaña, y para algunos incluso acelera, el ascenso de los populistas del Tea Party en Estados Unidos. ¿Los primeros éxitos de Donald Trump durante la campaña para las primarias del Partido Republicano no son también el reflejo de este rechazo de las élites? «Todos los políticos son unos mentirosos. No os fieis de sus programas».
En un contexto de desconfianza hacia la política, lo que cuenta más que nunca es la personalidad, el carácter de la persona que se va a elegir. Cuanto más excéntrico y diferente sea, cuanto más lejos parezca estar de los juegos de poder de Washington —aunque sólo sea en apariencia—, mejor será. Cuanto más rico sea, menos riesgo habrá de que se corrompa como todos los demás. Hay que fiarse de él porque piensa fuera del marco habitual de la política. Al volver a ver tal o cual episodio de House of Cards, se comprende todo.
En este nivel de perversidad y duda combinadas, la serie no sólo matiza la realidad: termina por crearla. Existe un paralelismo evidente entre los peligros de Internet y los de las series televisivas. En un momento determinado, la realidad y la ficción se confunden. Ya no nos entretenemos, nos informamos. Bill Clinton, presidente de Estados Unidos entre 1992 y 2000, dijo —por supuesto, con un tono de confidencia humorística— a Kevin Spacey, el hombre que hace de él —es decir, de presidente— en la serie: «Me encanta House of Cards. El noventa y nueve por ciento de lo que hacéis en la serie es cierto. ¡El uno por ciento de error se debe a que, en la vida real, jamás podríais haber conseguido que una ley sobre la educación se aprobara tan rápido!». Una declaración que, si resultara ser precisa y se extendiera ampliamente por Estados Unidos, no ayudaría a la candidatura de Hillary, su mujer, a la presidencia, aunque no pueda entenderse más que como un chiste. Un chiste revelador de la dureza de la lucha por el poder en Washington, ciudad que, a pesar del surgimiento de una vida cultural significativa desde hace varias décadas, no vive más que por y para el poder.
En una serie como House of Cards, todas las teorías del complot, hoy más de moda que nunca en el mundo entero —basta con haber cogido un taxi en París tras los atentados del 13 de noviembre de 2015 para convencerse de ello—, se ven confirmadas. Ayer, a través de series como Dallas y Derrick, se descubría el nivel de vida de los estadounidenses o de los alemanes del Oeste. Hoy ya no se trata de penetrar en la comodidad de los interiores, sino en la perversidad de las almas.
Si Juego de tronos es un compendio de historia diplomática para iniciados, revisado y corregido por Maquiavelo o Hobbes, House of Cards es una hábil mezcla de Las amistades peligrosas, Los Borgia y Los Soprano. Valmont y la marquesa de Merteuil están encarnados aquí por Frank Underwood y su mujer. Esta comparación con Las amistades peligrosas parece además respaldada por el parecido físico entre las dos actrices principales: Glenn Close en la película basada en la novela de Choderlos de Laclos y Robin Wright en la serie estadounidense. ¿No hay una especie de acuerdo entre estos dos cómplices y rivales a la vez? ¡No puedes convertirte en presidente sin mi ayuda, pero yo seré presidenta después de ti! La realidad es, por supuesto, muchísimo más compleja e integra elementos más íntimos y deliberadamente ambiguos sobre la vida de la pareja y las preferencias sexuales del propio presidente.
El ala oeste de la Casa Blanca alababa, al menos de forma indirecta, los méritos de Bill Clinton. Podemos preguntarnos, al ver House of Cards, si la serie se utilizará algún día para explicar el fracaso de la candidatura de Hillary Clinton a la Casa Blanca. Bill era cálido, simpático a pesar de sus infidelidades; Hillary Clinton lo es mucho menos. Todo dependerá, por supuesto, del candidato que el Partido Republicano ponga frente a ella. ¿Sabrá evitar una deriva a la derecha, lo que lo excluiría de la Casa Blanca con la misma seguridad con que su deriva a la izquierda condena al Partido Laborista británico a permanecer en la oposición o a hacer su revolución interior?
Esos malos casi simpáticos
En efecto, al igual que en Dallas o Los Soprano, los «malos» se presentan bajo una luz casi favorable en House of Cards. En el original británico y en su versión estadounidense, el personaje protagonista mantiene apartados discretos, frente a la cámara, con el público. Al contrario de lo que ocurre en la tragedia griega, en la que el coro comenta acontecimientos sobre los que el protagonista de la acción no influye nada o casi nada, en House of Cards es éste quien, con un tono de confidencia, convierte al espectador en testigo de sus cálculos y sus emociones. Da las claves necesarias para comprender la estrategia que está poniendo en marcha. Por supuesto, estamos muy próximos, otra vez, al teatro de Shakespeare, que parece ser la fuente de inspiración común de tantas series anglosajonas de calidad.
En este nivel de cinismo, ya no se admira la capacidad de Estados Unidos de criticarse a sí mismo: se contempla, con una mezcla de fascinación y pavor, su capacidad para autodestruirse. ¿Estamos en las vilezas del bajo Imperio romano? Lo que se describe ya no es la razón de Estado en su grandeza inhumana, sino la ambición brutal de un hombre —por no decir de una pareja— infernal. No hay nadie que mantenga su palabra, como demuestra el episodio en el que un chino —después de haber sido utilizado en el equivalente de una lucha de poder entre distintos «clanes» de Washington— acaba, a pesar de todas las promesas que se le han hecho, siendo entregado a las autoridades de su país, lo que implica para él una muerte segura. Ya no es «el mal corre», como en la obra de teatro de Jacques Audiberti, es «el mal galopa y triunfa». Y todo ello parece, de hecho, «casi» creíble. El presidente Obama no tiene nada de Frank Underwood, pero este último es la demostración de que se puede llegar a ser presidente de Estados Unidos sin haber sido elegido jamás, manteniendo un discurso del tipo: «La democracia está muy sobrevalorada» («Democracy is seriously overrated»), dice Underwood, que acaba de ser nombrado vicepresidente, en uno de sus apartados particularmente eficaces con el público, los ojos mirando fijos a la cámara.
Yo estaba en el metro londinense el día de las elecciones legislativas de mayo de 2015, cuando unos carteles enormes en las paredes anunciaban la emisión de la tercera temporada de House of Cards, con esa cita tan provocadora. Al salir de los pasillos del tube en busca de aire libre y pasar ante un colegio electoral en el que los ciudadanos cumplían con su deber en un clima de paz y serenidad, a pesar del miedo, siempre presente, a los atentados terroristas, no pudo sino sorprenderme el contraste existente entre la proclamación del carácter sobrevalorado de la democracia y el espectáculo que se me estaba ofreciendo. Underwood estaba equivocado y Churchill tenía razón: la democracia es el peor sistema de gobierno, con la excepción de todos los demás. La realidad, en ese caso y al menos en ese país, Gran Bretaña, era el mejor desmentido de la ficción.
Borgen o ¿las mujeres pueden ser el futuro de la política?
En una serie política danesa de gran calidad, que describe el ascenso y el ejercicio del poder de una primera ministra, próxima en su perfil positivo al presidente Bartlet de El ala oeste de la Casa Blanca, los créditos de la primera temporada empiezan, es cierto, con una cita de Maquiavelo sobre la naturaleza del poder. Pero el carácter de la protagonista está inspirado directamente en un personaje real muy positivo. Se trata de Margrethe Vestager, quien, después de haber sido viceprimera ministra de su país, Dinamarca, es hoy comisaria europea de la competencia en Bruselas, desde donde se dice que hace temblar a gigantes como Google.
Al contrario de lo que ocurre con House of Cards, el mensaje de Borgen está atenuado por el desarrollo de la intriga. Para triunfar en política hay que «jugar al juego», por supuesto, pero no es necesario comportarse como un lobo. El respeto por los principios y, más aún, por los demás, la honestidad, la pedagogía y la modestia son cualidades necesarias para conquistar y ejercer el poder. Las mujeres, puesto que dan la vida y están menos fascinadas por la guerra, ¿podrían estar predispuestas naturalmente para el ejercicio razonable del poder? Incluso aunque la vida privada de esta primera ministra se resienta a veces por su trabajo, incluso aunque la pareja que forma con su marido esté más que debilitada por su ejercicio del poder.
En las monarquías constitucionales del norte de Europa, por muy modesto y honrado que sea el Estado, al marido de una primera ministra no le resulta menos difícil verse reducido, por lo menos ante sus ojos, al estatus de príncipe consorte bis, ya que, por supuesto, el primer príncipe consorte es el marido de la reina. Existe, no obstante, un cierto mensaje implícito que hace de hilo conductor en Borgen y que podría resumirse del siguiente modo. Para seguir los consejos de moderación que da Maquiavelo, ¿sería preferible ser princesa a ser príncipe? Éste no es el mensaje de Juego de tronos, claro está —las mujeres son tan crueles como los hombres—, ni, de hecho, el de House of Cards. ¿La mujer de Frank Underwood está siguiendo su conciencia cuando se las da de heroína, en la defensa de la causa de los homosexuales, o lo único que está haciendo es calcular el impacto que ese comportamiento tendrá sobre su imagen personal en el futuro?
Es cierto que, en House of Cards, no estamos ya en el universo de Maquiavelo, sino en otro muchísimo más intenso y venenoso: el de la lucha por el poder a cualquier precio. Incluso el sexo se convierte en un medio privilegiado para lograr los fines perseguidos. Ello da lugar a una escena totalmente grotesca en los baños de las Naciones Unidas, entre la embajadora estadounidense, que es a la vez la mujer del presidente —una hipótesis muy poco plausible— y el embajador ruso.
Todo sentimiento en House of Cards, por pequeño que sea, se convierte, como en Juego de tronos, en una debilidad que puede perderte.
La disfunción de la política estadounidense
Lo que se presencia en la serie House of Cards —en concreto, la sucesión de asesinatos cometidos inicialmente por el personaje principal— no es siempre creíble. Pero estos acontecimientos se inscriben en un contexto que parece confirmar las peores críticas contra un sistema político estadounidense que —y esto sí que es realidad y no ficción— ha dejado de funcionar. Pero ¿cómo reformar unas instituciones que tenían por objetivo, a finales del siglo XVIII, proteger la democracia por medio de un estricto equilibrio entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial? La pequeña república estadounidense podía, así, parecer ejemplar. Hoy en día, la república postimperial está, en realidad, paralizada por ese sistema que ya no controla y que parece obedecer a una lógica de autodestrucción.
¿Y si la ficción no fuera más que la antesala, si no la prefiguración, de la realidad?
El problema es que, mientras la primera potencia democrática mundial acepta que se eche más leña al fuego, en términos de vilezas, a través de series que fascinan al mundo y tienen una audiencia global, cuando no un alcance universal, la Rusia de Putin, al contrario, se vale de las series como eficaz arma de propaganda dirigida hacia sus propios ciudadanos. Es cierto que, en el caso ruso, las noticias oficiales se convierten en pura ficción. ¿Cuánto tiempo transcurrió entre la destrucción, en pleno cielo, de un avión chárter ruso que sobrevolaba el Sinaí y el momento en el que la presidencia rusa se vio obligada a rendirse a la evidencia? Se trataba, desde luego, de un acto terrorista. Con tal nivel de control sobre la información, de eficacia —muy a menudo— de la propaganda rusa, ya casi no es posible distinguir la realidad de la ficción. La desinformación sistemática se inscribe en un discurso coherente y organizado. Al día siguiente de la destrucción, en pleno vuelo, del Boeing de Malaysia Airlines, el 8 de marzo de 2014, me encontré en un debate radiofónico con el embajador de Rusia en París. «Es imposible que hayamos sido nosotros, ni siquiera indirectamente, con nuestras armas —afirmaba de manera categórica—. No está entre nuestros intereses». No pude evitar responderle que, gracias a él, me sentía «veinticinco años más joven», de vuelta en los viejos y buenos tiempos de la URSS.
En la televisión, los noticiarios rusos insistían en los combates de Ucrania, en los complots occidentales contra Rusia y en una presentación positiva (y repetitiva) de Vladímir Putin. Un presidente que garantiza la estabilidad de un país rodeado de enemigos. Este mensaje se magnifica por medio de series de gran presupuesto (para los estándares rusos) que glorifican los combates durante la Segunda Guerra Mundial por Crimea o por series de espionaje que denuncian las traiciones de los nefastos supuestos liberales que colaboraban con el enemigo.
Está claro que existen dos raseros. A través de sus series, Estados Unidos se flagela. A través de las suyas, que no tienen, en esencia, más que una audiencia local, Rusia se glorifica. En este juego, ¿se puede seguir creyendo que una sociedad democrática y abierta prevalecerá necesariamente, a la larga, presentando sus debilidades de manera casi caricaturesca, sobre un régimen que también se presenta a sí mismo de manera caricaturesca, jactándose sólo de sus méritos?
Es cierto que, en el cine, una película reciente, Leviatán, podría percibirse como una denuncia despiadada del poder local ruso. Pero ¿no se trataba precisamente, para el poder central de Moscú, de hacer recaer en los potentados regionales la responsabilidad sobre la corrupción y la violencia?
¿Y si saliera rentable mentir?
En esta lucha desequilibrada entre la ficción que debilita y la que magnifica, ¿se puede temer que, al menos a corto plazo, salga rentable mentir? La pregunta está sobre la mesa. Digna heredera de la urss, la Rusia de Putin no anima a sus ciudadanos a un proceso de reforma, indispensable, no obstante, para su supervivencia económica y, por lo tanto, política. «Todo sería perfecto si no estuviéramos rodeados de enemigos agresivos que no tienen otra ambición que humillarnos y debilitarnos mediante una política de sanciones», repite sin cesar la propaganda rusa.
Una política simplista que se acompaña, sin embargo, de una diplomacia mucho más sutil y, en lo que concierne a Siria, eficaz, al menos temporalmente.
Dejándose llevar por lo que a algunos podría parecerles un antiamericanismo simplista, ¿una serie como House of Cards permitiría a la democracia estadounidense, por el contrario, reinventarse y trascender, en concreto, el bloqueo de sus instituciones?
La serie se convierte en aliciente para no hacer nada en el caso ruso y para hacer las cosas mejor en el caso estadounidense.
Pero el daño es profundo. Pensar que una serie como House of Cards puede ser la oportunidad de un repunte de la democracia estadounidense es, sin duda, demostrar un exceso de optimismo. Desde luego, se puede leer como una suerte de llamada desesperada a un despertar moral, una forma de «nunca más» a la estadounidense. No vamos a tolerar más estas derivas de nuestro modelo democrático.
Pero, de manera más profunda sin duda, House of Cards refleja una pérdida de confianza generalizada con respecto a las élites. De ellas se puede esperar cualquier cosa. En Gran Bretaña, la multiplicación de escándalos sexuales —a menudo de pedofilia— que implican a personalidades que pueden estar ya muertas se inscribe así en esta nueva visión negativa de las élites. Una evolución que fomenta todo tipo de populismos o radicalismos.
¿House of Cards, en su versión estadounidense (¿universal?), contribuye a acelerar este fenómeno o no hace más que reflejarlo? Ésa es la pregunta clave. Ante una serie así, parece que se estén esperando picos en la voluntad de desacralizar la política y a los políticos. Y esta evolución se produce en el peor momento, cuando la potencia protectora del Estado se hace más necesaria que nunca frente a amenazas existenciales que son cada vez más numerosas.
¿Una serie debería contribuir a un despertar moral o incluso a tranquilizar a los ciudadanos mediante un mensaje que resulte más positivo y al mismo tiempo no deje de ser realista sin parecer aburrido ni artificial? Dicho de otro modo, ¿una serie puede llevarnos a repensar el orden del mundo, más que a concentrarnos exclusivamente, como con placer, si no con un cierto sadismo, en la defensa e ilustración de sus trastornos?
Sin lugar a dudas, éste no es tampoco el objetivo de la serie noruega Occupied, cuya primera temporada se emitió a través del canal de televisión Arte a finales de 2015. En realidad, el universo de Occupied está más próximo al de House of Cards que al de Borgen.

Fuente:
https://elpais.com/cultura/2017/10/19/babelia/1508414896_127310.html

EL PAÍS, Madrid, 10 de noviembre de 2017
Dominique Moïsi: “La realidad geopolítica imita a ‘Juego de tronos”
El analista francés defiende en su último ensayo que las series televisivas sirven hoy para explicar las claves políticas
Joseba Elola

Las violentas y despiadadas venganzas de Juego de tronos como proyección de los conflictos políticos de Oriente Próximo y de la guerra de Siria. Homeland como vehículo para dulcificar los fracasos de la política bélica norteamericana en Irak y Afganistán. House of Cards y su tortuoso presidente de Estados Unidos, encarnado por Kevin Spacey, convertida en la serie favorita de unas élites chinas que encuentran en ella la prueba de que nadie tiene por qué venir a darles a ellos lecciones de democracia. Relacionar las series de moda con la geopolítica era un filón. Y Dominique Moïsi no ha dejado pasar la oportunidad.
Analista político formado en la Sorbona y en Harvard, cofundador del Instituto Francés de Relaciones Internacionales y europeísta entusiasta, Moïsi es un intelectual francés de 71 años cuya principal contribución hasta la fecha ha sido situar las emociones en el corazón del tablero geopolítico con la publicación, en 2008, de La geopolítica de la emoción, obra que ya ha sido traducida a 25 idiomas. Embarcado en el reto de desarrollar un libro sobre el triunfo del miedo en el planeta, Moïsi de pronto se vio confrontado a sus hijos treintañeros, que le decían que no se podía escribir sobre tal cosa sin pasar antes por un visionado de la serie televisiva Juego de tronos.
Superados sus reparos iniciales, el veterano columnista, que publica en periódicos de todo el mundo, se lanzó a tal empresa, y aquello desembocó en Geopolítica de las series o el triunfo global del miedo (Errata Naturae).
En su elegante piso parisiense, espacio clásico, de techos altos con molduras, y arropado por una poblada librería en la que tratados de política internacional conviven con libros de arte, Moïsi desgrana sus reflexiones en un cómodo sofá.

Estamos en una transición. El orden estadounidense ya no existe y no hay un árbitro de sustitución
PREGUNTA. Usted que suele escribir libros de geopolítica y acude a debates con intelectuales, ¿ha tenido en algún momento la sensación de que había escrito un libro demasiado ligero, que se trataba de una concesión a lo popular?
RESPUESTA. Pensé que no había que dejar la geopolítica, que se ha convertido en algo muy serio, solo a los expertos y a los ideólogos; quise que la sociedad civil, el mayor número posible de ciudadanos, fuera consciente de los retos en este área. Y lo hice con categorías de pensamiento lo suficientemente sofisticadas como para no caer en el simplismo. ¿Por qué no utilizar las series, un medio popular, de moda y que se está convirtiendo en un medio de calidad?
P. Sostiene usted que el impacto de las series es muy real e inmediato y que la vida en ocasiones imita a estas ficciones televisivas. ¿Cuál sería para usted el mejor ejemplo de esta idea?
R. Desde el punto de vista geopolítico, he tenido la impresión de que la realidad imitaba a Juego de tronos, y no al revés. Había esa intuición trágica. Hay episodios de la serie que anticipan los asesinatos públicos de Daesh; hay diálogos, casi shakespearianos, que no deben de estar muy lejos de los que hoy puede mantener un diplomático ruso con uno norteamericano. Eso es lo que me ha fascinado. Los guionistas pueden intuir el mundo que viene como lo pueden hacer los poetas, los pintores; quienes no lo hacen son los expertos.
Decir que Rajoy no es carismático no es ofenderle. Es resiliente. Y resistir está bien, pero no es suficiente
P. ¿Cree que esas ejecuciones públicas inspiraron a los terroristas?
R. No es que crea que los terroristas ven Juego de tronos, pero sí tienen juegos violentos. Cuanto más nos acercamos a comprender el fenómeno terrorista, más legítima me parece la tesis de que asistimos a una islamización de los radicales, y no solo a una radicalización del islam. Tenemos a lobos solitarios que ven la televisión, que están desequilibrados mentalmente, que van a pasar a la acción y no distinguen entre lo real y lo imaginario.
P. Juego de tronos es una serie que rebosa violencia, y también sexo. Una de las críticas que se le hace es que a veces su uso resulta gratuito.
R. Sí, por supuesto. Es una serie que derriba todos los tabúes de forma sistemática. Matan a los buenos, los malos empiezan triunfando… Un nivel de violencia, de sexo y de desnudez así hubiera sido imposible en los canales tradicionales estadounidenses. Cadenas como la HBO han ofrecido un tipo de libertad que ha fascinado a la gente… Recuerdo que tras ver el episodio de la “boda roja”, me fui a la cama y le dije a mi esposa: “Está claro, estamos en la transgresión sistemática, ya puedo escribir, no voy a ver más capítulos”. Pero al día siguiente seguí, y comprendí que me había convertido en un adicto.
P. En House of Cards hay una frase que se repite: la democracia está sobrevalorada. ¿Considera que las democracias occidentales están en crisis?
R. Si retomo las categorías de mi libro La geopolítica de la emoción y las aplico al mundo contemporáneo, veo un EE UU en el que hay cada vez más miedo; una Europa dividida; una Alemania confundida por la entrada de 14 diputados de la extrema derecha en el Parlamento; una Francia regenerada por la elección de Macron; una España fragmentada y un Reino Unido enredado en el Brexit… En Europa hay una mezcla de miedo y esperanza. El presidente Macron tiene en estos momentos una responsabilidad gigantesca: es el último recurso del modelo de democracia liberal, de la racionalidad. La fuerza y la debilidad de Macron es que tiene enfrente a Donald Trump.
P. En el libro La geopolítica de la emoción habla del miedo que atenaza a Europa: el miedo al otro, el miedo al futuro, la ansiedad por la pérdida de identidad. ¿Cómo se puede combatir esto?
R. Creo que pasa por el liderazgo. Por un líder carismático que triunfará si sus palabras se transforman en resultados. Creo que Macron puede tener éxito. Las condiciones económicas son mejores que en 2007. Y una parte del pueblo francés piensa que es ahora o nunca, que las reformas son difíciles, y que hay que pagar un precio por ellas.
P. ¿Qué precio?
R. Sacrificios en términos finanacieros y de seguridad del trabajo. Pero esa es la vía de la esperanza.
P. Hay quien dice que los sacrificios se acaban pidiendo siempre a los mismos. Se acusa a Macron de ser el presidente de los ricos.
R. No creo que sea del todo justo. La apuesta de Macron es encontrar el equilibrio preciso entre la liberación de las energías para los más dinámicos y la protección de los más débiles. No es tarea fácil.
P. Usted sostiene que en el caos que vive el mundo, circunstancias excepcionales requieren de líderes excepcionales que estén dispuestos a adoptar decisiones difíciles.
R. Yo tomaría el ejemplo de España, a contrario sensu. Europa necesita de España, pero no una España desmembrada. Yo no apoyo la independencia de Cataluña, ni la de Escocia. Hace falta una Europa más fuerte. Creo que en España las cicatrices de la historia no se han cerrado. Si a eso se añade el encuentro de una deriva radical del lado catalán y de una gran mediocridad gubernamental del lado español, tiene uno la receta para un desastre. En ninguno de los dos casos ha habido un auténtico liderazgo. Y el resultado ha sido catastrófico.
P. Hablando de líderes excepcionales en circunstancias excepcionales, usted tiene esperanzas con Macron, Merkel le parece una buena dirigente, ¿qué opina de Mariano Rajoy?
R. Su imagen no le coloca en la misma categoría que Macron y Merkel. Decir que no es carismático no es ofenderle; no lo es. Ha demostrado ser resiliente. Y resistir está bien, pero no es suficiente. Se le puede reprochar que no arrastra los corazones de la gente.
P. En un mundo en que China crece como potencia, y EE UU ya no quiere ser la policía del mundo en solitario, ¿qué papel queda para Europa?

R. Creo que puede resultar fundamental. Norteamérica ya no es Norteamérica y China no es aún China. Estamos en un mundo de transición. El orden estadounidense ya no existe y no hay un árbitro de sustitución. China no quiere desempeñar ese papel. Y Europa no tiene los medios de EE UU. Pero la naturaleza aborrece el vacío. Y Europa encarna hoy el último recurso del mundo democrático liberal. Trump ha reducido el soft power de América, la capacidad de convencer; se ha convertido en una caricatura. Entramos en un mundo distinto.
P. Desde que escribió La geopolítica de la emoción, en 2008, muchas cosas han cambiado. ¿En qué punto está el mapa geopolítico de las emociones?
R. En Europa emerge la esperanza y también la división; se profundiza el miedo en Estados Unidos; Asia ya no es el continente de la esperanza, el miedo ha ganado terreno con la amenaza de Corea del Norte, el crecimiento, que ya no es el que era, la subida de un nacionalismo religioso en India, de la mano de Modi, el budismo fanático en Myanmar.

Fuente:
https://elpais.com/cultura/2017/11/10/actualidad/1510314721_613293.html
Fotografía del autor:http://www.lepoint.fr/societe/dominique-moisi-les-lecons-de-jerusalem-26-07-2016-2057103_23.php
Breve nota LB: Sólo luce interesante la portada de la edición inglesa para ambos títulos.