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lunes, 24 de febrero de 2020

NECESIDAD DE URGENCIA

Sebastián de la Nuez: “Mi reinvención consistió en ser lo que soy”
Hugo Prieto
  
Periodista y narrador de estilos diversos, Sebastián de la Nuez tomó la decisión de regresar a la tierra de la cual habían emigrado sus padres, en este giro contrario a las agujas del reloj, que desdice de la fuerza magnética que en buena parte del siglo XX ejerció Venezuela a todo aquel que deseaba progresar.

Todo exilio es un cuestionamiento, una añoranza que despierta las emociones más íntimas, tal vez por eso es una experiencia meramente individual. Se vive el aquí y el ahora, con un pie en el lugar que se ha dejado atrás y con el otro pie en el lugar que sirve de refugio. Ésa es la atmósfera y los trazos que condensan los relatos que componen el libro que ha escrito Sebastián de la Nuez para poner plan de vuelo y bitácora en su vida. Hay nostalgia y una calidez entrañable. Y también el hallazgo de la belleza en medio del horror y la barbarie. 

El libro Mudanzas de la luna mereció el premio de la Fundación CajaCanarias de Santa Cruz de Tenerife (2018) y la editorial Pre-Textos publicó el libro a finales de 2019. Uno de sus relatos, Corriente de entusiasmo tan divina, se publica en Prodavinci con la autorización del autor. Un adolescente ensimismado entabla comunicación con el cosmonauta Yuri Gagarin, un transeúnte se topa con Billie Holiday en una calle de Nueva York y ella le canta una mítica canción al oído, un visitante de la casa natal de Ernest Hemingway se deslumbra con el chorro de luz que atraviesa la habitación del niño que luego escribiría Adiós a las armas, son parte de la composición literaria que le ha servido a de la Nuez para reafirmarse en tierras movedizas.  De su autoría, tenemos Rosalía (Alfaguara, 2010), Calles de Lluvia, Cuentos de Pensión (ganador del VI Premio Transgenérico Anual de la Fundación para la Cultura Urbana) y, más recientemente, también en España, se alzó con la segunda edición del Premio de Narrativa Breve convocado por el Cabildo de Gran Canarias con la obra de relatos Las Palmas—Caracas—Madrid. Otra voz, dentro de un movimiento coral literario, que abona a la construcción de una novedad: La literatura venezolana del exilio. ¿Otra línea de la tragedia? ¿Otra forma de realización? Sin duda, ambas cosas.  

¿En qué lugar de su trabajo literario colocaría este libro de relatos?

Lo colocaría como lo más auténtico que he hecho, todo lo que está ahí nace de una situación especial, digamos. No es el Sebastián del lugar acomodado, sino el Sebastián que está en el aire, que se cuestiona, que está más inseguro que nunca y necesita más que reflexionar, asirse a su propio carácter, a lo que él es. De un tiempo a esta parte, se ha sentido planeando en el aire, llevado por el viento, sintiendo el peligro, porque en cualquier momento se estrella. Yo necesitaba escribir para no caer en una depresión de tres pares de cojones, como dicen acá en España. Escribir para sacar una idea y trabajarla, echar mano de la memoria, leer sobre los temas que me gustan o me preocupan, buscar referencias literarias o en los medios de comunicación, pues todo eso es un trabajo y lo hice, repito, porque tenía necesidad de recuperarme a mí mismo. 

¿Fue la necesidad, la urgencia, que sintió luego de salir de Venezuela?

Invariablemente, lo que escuchaba era: hay que reinventarse. La reinvención era para desempeñar un oficio menor o para emprender un negocio si tenías el capital necesario. En ninguna de esas opciones me veía. Yo, simplemente, quería ser lo que soy. Entonces, no es cuestión de reinventarse, sino de ser uno mismo. Y este libro de relatos me ayudó. Es el reencuentro con mi infancia, con la memoria, con las cosas que me gustan, con esas referencias que una y otra vez he buscado. ¿Me ayudaron a qué? A recuperarme a mí mismo.

Escribe: “para emprender un viaje del cual no retornaría, al menos siendo aquel que fui”. Podría decirse: ir a un lugar que no es el de uno y salir de un lugar que ya no es el de uno. ¿Por qué no sentirse como la brizna que arrastra el viento? ¿Qué significado tuvo esta frase para usted? 

Cada exilio es diferente, cada exilio es personal. Para mí significa la recuperación de mi infancia, lo que viene a cerrar un ciclo, porque había asuntos pendientes y cosas que debía vivir. Este exilio particular, aunque no haya sido duro, aunque yo lo haya vivido así, me llevó a sentirme como un exiliado, en el sentido lato de la palabra. Cuando me piden que me identifique acá, en España, digo: Yo soy Sebastián de la Nuez, periodista venezolano, nacido en Canarias. Uno es su oficio, ¿no? Y yo me hice periodista en Venezuela. Si ese niño canario hubiese vivido toda su vida en Canarias, quizás sería funcionario de la seguridad social o un académico de la Universidad de la Laguna, pero ya no es el mismo y yo soy venezolano. 

¿Qué referencias perduran en su memoria o en lo que ha visto o en lo que aparece en su cotidianidad? ¿Esas referencias de su niñez han perdurado o han desaparecido? ¿Cómo encuentra a España en general?

Gran Canarias, física y geográficamente, sigue siendo aquello que yo viví y soñé, como parte de una infancia idílica. Yo tenía dos años cuando mi padre se fue a Venezuela. Pero eso no significó un trauma o al menos no lo viví así. Mi infancia transcurrió en una ciudad pequeña, llena de referencias familiares, cercanas, cálidas y esos recuerdos están atados a un bar y a una casa familiar. Al regresar uno es crítico con el país y con la gente y se mezclan sentimientos, se mezclan cosas y quizás prejuicios que uno se ha ido formando. Uno está atento a las cosas buenas y a las cosas que ve con desagrado, a las cosas que se oyen o se dicen de Venezuela, ya sea en la calle o en los medios de comunicación. El balance es negativo en general, salvo algunas excepciones. Yo veo a España en una crispación política permanente, esa crispación me remite continuamente a lo que ocurrió aquí entre 1936 y 1939. A lo que se añade, además, un hecho que me ha interesado, pero que es muy personal: mi padre estuvo en la Guerra Civil, dejó un diario de guerra, de las cosas que vivió, de lo que vio y eso lo vine a encontrar engavetado. Lo que he visto, en las tertulias de la televisión, en las páginas de opinión de los diarios, es una ferocidad entre izquierda y derecha. De eso se trató la guerra civil, de una contraposición. Hay, efectivamente, dos Españas.  

Este niño vive en los años 60, en una ciudad pequeña que pertenece a un país sumido en la pobreza y oprimido por una dictadura, pero mira con curiosidad las fotos de un libro sobre Caracas, una ciudad que vive una transformación urbana de gran calado. 

Mi padre llevó un libro de regalo a Canarias cuando regresó para llevarnos a mí y a mi madre a Venezuela. Era un libro sobre Caracas y me acuerdo exactamente de una foto que debió ser de la avenida Los Ilustres, una maraca de avenida que me dejó impresionado, los dos canales de circulación en ambos sentidos y la vegetación tropical circundante. Además del libro, llevó un disco, un long play, algo que yo no conocía de Chelique Sarabia, quien aparecía junto con otros músicos, en una foto que se hizo en los jardines de la Ciudad Universitaria, aquella mole de edificio, casi todo rojo, sin ventanas, seguramente el de la Biblioteca Central de la UCV, también me dejó impresionado. A los siete años, las cosas no se te quedan grabadas así porque sí. Era otra cosa, otro mundo, las calles de Las Palmas, las de Vegueta, siguen siendo las mismas, estrechas y algunas cerradas al tránsito de vehículos. Yo vine a conocer la televisión en Venezuela y lo primero que recuerdo es al señor (Amado Pernia) del noticiero de El Observador Creole. Caracas sigue siendo el reflejo de una ciudad latinoamericana moderna, que esté gobernada por unos bárbaros es otra cosa, ¿no?

En otro de los relatos del libro —publicados en esta entrega— escribes: “Noté asimismo un hondo aliento de desasosiego donde antes hubo entusiasmo”. Estamos frente a una contraposición de emociones, producto de los enfrentamientos entre manifestantes y las fuerzas represivas de un Gobierno autoritario, una de las muchachas que participa en las protestas, hija de inmigrantes, regresa al país de sus padres. Una pincelada de lo que luego sería un trazo que nos ha dejado una cicatriz permanente. Esta diáspora que se ha convertido en un tsunami indetenible. 

El año 2014 fue un horror y de las cosas que tengo más presentes está la protesta que hubo en el tramo de la autopista que pasa por la Universidad Católica Andrés Bello. Los muchachos salieron a protestar y se disponían a trancar dos de los tres canales de circulación. Aparecieron los colectivos de Antímano y uno de sus integrantes disparó, pero por fortuna falló. No fue sólo un año intimidante, sino el momento en que el Gobierno mostró la cara más terrorífica de la represión, al estilo de una típica dictadura latinoamericana. El hecho de que esa muchacha haya emigrado al país de sus padres, y que esa familia haya quedado rota es lo que hemos visto cada vez más. En ese relato se insinúa una querencia, un enamoramiento y todo se viene abajo, dinamitado por un Estado que conspira y actúa en contra de sus ciudadanos. ¿Ese relato es literatura, dices tú? A mí me parece más bien una crónica. No uso un lenguaje metafórico ni me detengo en descripciones.

García Márquez dice que «la crónica es la novela de la vida».

¿Así dice? Si lo dice García Márquez…

¿También es válido, no?

Absolutamente.

Otros relatos tienen que ver no ya con esa búsqueda de sus orígenes, digamos, sino con lo que serían sus aficiones, a la música, a ciertos autores, a la cultura pop. ¿Por qué Billie Holiday, por ejemplo?

A esta mujer la descubrí en 1989, siempre me pareció un fenómeno extraordinario y quise hacerle un homenaje. No es tanto un cuento sino una narración expositiva, una suerte de discurso, como podría darse en un night club de culto. Un tipo poco cultivado entabla una relación con una mujer que representa, no sólo por su manera de cantar, sino por la vida que llevó, el lado oscuro de la naturaleza humana que todos llevamos dentro, pero también el lado más luminoso, el mejor. Billie Holiday es la mejor respuesta de una raza que estaba absolutamente jodida, sojuzgada y despreciada en Estados Unidos. Es la respuesta de una sensibilidad que la hace superior. También es un pequeño homenaje a una de las canciones que no me canso de escuchar, no sólo en la versión de Billie sino de otras intérpretes: These Foolish Things (Estas pequeñas cosas tontas). ¿Por qué no? Una canción te puede llevar a escribir un cuento. Hay una conexión, quizás una continuidad, con un recurso literario que ya había ensayado en mi libro 

Al parecer, las casas donde vivió Hemingway se han convertido en pequeños museos. Uno va a esos lugares atraído por la deslumbrante obra de ese autor. En realidad, nadie se va a contagiar ni de su genialidad ni de su escritura, pero las entradas se siguen vendiendo. Vamos a las casas de los escritores para satisfacer un deseo, sólo eso. 

No hay mucho drama en ese relato, para mí fue una pequeña diversión. Yo había mencionado esa casa en un artículo de prensa y de ahí parte ese relato. En todo el recorrido, hay un solo momento, eso es lo que creo. Es el punto sobre el cual yo quise hacer recaer el meollo de la historia. Todo sucede, obviamente, en la habitación que ocupó Hemingway de niño y lo único fiel que queda, lo único que no ha cambiado, es el chorro de luz que penetra por la ventana. Estamos en el mes de junio, en pleno verano. En realidad, todo lo demás ha sido impostado, maquillado, porque esa casa pasó por muchas manos antes de convertirse en museo. 

¿Qué significado tiene la cultura pop?

La calle Carnaby de Londres, los Beatles, Andy Warhol, los reportajes de la revista Rolling Stone, la fascinación por la minifalda de Mary Quant, Mick Jagger, Keith Richards… ¿Eso tiene un correlato con tu forma de narrar? ¿Es una forma de ver el mundo? Pues, seguramente, sí. Implica una sensibilidad y uno ha aprendido a reflexionar sobre eso. En Rubber Soul (The Beatles, 1965) hay una manera de amar o de enamorarse, una manera de contar un viaje alucinógeno, una manera de burlarse, tengo chofer, pero no tengo carro, una manera de ser poético en el bosque noruego y algo de dolor por un amor no correspondido. Supongo que todo eso tiene que ver con la cultura pop, ¿no?

Fuente:
Fotografía: Claudia Leal | RMTF.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

BIBLIOPOLITANOS

El segundo aire de Cruz del Sur
Sebastián de la Nuez

Calle El Colegio, en Sabana Grande, en los años 6o. A la derecha, en el centro comercial, se asentaría la nueva Cruz del Sur.

En los años setenta se mudaría la librería Cruz del Sur a Sabana Grande. En esta segunda y definitiva etapa juega un papel fundamental una mujer que se manejaba a sus anchas en el lado socialdemócrata de la Venezuela de ese tiempo. Ella, Cristina Guzmán, le compró a Violeta Roffé los restos de su imperio. ¿Qué había pasado?

Pasó que, llegado cierto momento, la clientela de Cruz del Sur y la capacidad de convocatoria de antes entró en declive. O fue el cansancio de Violeta Roffé o quizás la amenaza polvorienta de las obras del metro avanzando desde Chacaíto a plaza Venezuela. Como sea que haya sido entró en escena Cristina Guzmán, quien era absolutamente joven al momento de hacerse dueña de la librería ahora ubicada en Sabana Grande. Lo sigue siendo, absolutamente joven, con esa personalidad dicharachera, ecléctica y festiva que tiene. Sus experiencias están llenas de afectos y chismes. En este rincón umbroso de Santa Eduvigis donde vive parece volver a figurar con donaire como alguna vez lo hizo entre las clases política y financiera caraqueñas; y como era tan absolutamente joven, no tuvo interés real en la política sino en el mundillo de los libros.

Durante el café que se tomó con Violeta y el dirigente masista Freddy Muñoz —quien la había llamado para darle el pitazo de una eventual venta de Cruz del Sur— escaneó a la señora y la almacenó en su personal departamento Tipas Duras. No parecía, para nada, Violeta, alguien optimista. Tal fue la impresión que le dio. Y la miró a ella, nunca se le olvidará, como un ser ajeno a su mundo, una especie rara. Sin embargo, antes de llegar a ese café en Sabana Grande, Cristina Guzmán había acumulado saberes y desarrollado destrezas en sitios afines a los oficios del papel.

En el Búhuo

Cristina no terminó Sociología en la UCAB. De ahí en adelante se las entendió sola con la vida, guiándose por su intuición. Es una relacionista pública nata, nunca ha necesitado un título universitario para triunfar y acumular experiencias diversas. Cuando se encontró con Violeta venía de dos pasantías en librerías de estreno. La primera, El Búho, en la calle Las Flores de Sabana Grande, un invento de Simón Alberto Consalvi, quien a la sazón se encontraba desempleado pues el país atravesaba el primer periodo presidencial del socialcristiano Rafael Caldera. La esposa de Consalvi, Josefina Carrero —Mimina, prima de Cristina—, lo acompañaba en la aventura; Armando Trak, un caballero de la cultura, también. El logotipo lo desarrolló Gerd Leufert, considerado uno de los pioneros del diseño gráfico en Venezuela. La librería, pequeña y acogedora, quedaba en un edificio relativamente nuevo para la época. Su eslogan: «Libros contra el conformismo». La idea de la incorporación de Cristina al proyecto surgió durante una reunión en la que se encontraban los Consalvi y los Dao-Guzmán. Nelson Dao, como ella misma lo describe, es el padre de su hijo. Pertenece a la acaudalada dinastía de origen libanés dedicada al sector bancario.

Simón Alberto también atendía al público. Fue una época de oro, divertida y bastante desasida de los números. Lo importante eran las letras. Las letras y la amistad. Los encargados de El Búho vendían, ensartaban los tickets de los libros en un palito de acero y al final del día apuntaban en una hoja la relación de lo vendido. «Verdaderamente una cosa bien elemental», dice ahora Cristina.

La gente iba sobre todo para conversar en las tardes con Simón Alberto, y algunos llevaban dulces de la pastelería Las Flores, situada exactamente enfrente.

Pero las cosas en El Búho no podían marchar bien pues los adecos, supuestamente amigos de Consalvi, no constituían una clientela recomendable para una librería en trance de progresar o morir. Iban pero no compraban. O, si lo hacían, jamás pagaban sus deudas. El negocio no duró mucho.

Luego, Cristina trabajó con Clara Sujo en la galería Estudio Actual. Allí hizo amigos maravillosos como Marta Traba, Ángel Rama y Ana María Mazzei. Emigró hacia la Sala Mendoza, en la avenida Andrés Bello. Entró a trabajar con Lourdes Blanco, cuyo marido era por entonces director del Museo de Bellas Artes, el pedagogo, museógrafo y diseñador de muebles Miguel Arroyo.

Cristina encontró en la parte de abajo un ambiente desnudo y la propia Lourdes le propuso montar en ese espacio una librería. A ella le encantó la idea. Una librería dedicada sobre todo al arte. El diseño de los muebles lo hizo el propio Arroyo en sus ratos libres. Enfrente quedaba la tienda VAM, nos veremos en VAM, desde la cual un día habría de llamarla el operador político de izquierdas Muñoz. La principal clientela de La Librería, así mismo fue bautizada, fueron los trabajadores de Empresas Mendoza. Allí empezó a trabajar Clementina Mendoza, una mujer de contactos y entusiasmos.

En el camino, sobre la práctica diaria, atenta a su entorno, aprendió Cristina a regentar o administrar una librería sin necesidad de cursos o talleres. De El Búho sacó, además de lo que pudo enseñarle Consalvi sobre libros, una libreta de direcciones con editoriales y distribuidoras más algunos rudimentos administrativos. Después, los mismos representantes de las editoriales, quienes portaban maletines al estilo visitador médico y le enseñaban catálogos, le fueron transmitiendo herramientas que ella absorbía. Recuerda esas visitas como algo delicioso pues los individuos se sentaban a tomar café y le daban recomendaciones. El oficio de librero también estaba en ellos, de algún modo.

Llevaba dos o tres años allí cuando recibe la llamada de Muñoz, a quien había conocido en El Búho. La apremió: vuela, date prisa, Violeta Roffé vende Cruz del Sur en Sabana Grande. La llamada la hacía el dirigente masista desde un teléfono público en VAM. Agregó que le parecía un negocio perfecto para ella. Cristina le preguntó que de dónde creía él que podía sacar dinero para comprarla. Muñoz le contestó que no sabía; que se limitaba a pasarle el dato y, si ella lo deseaba, servir de puente con la señora Roffé.

Tomó su número de teléfono y le dijo que se lo pensaría. No lo dudó tanto. Le dieron ganas de conocer a la señora Roffé. Llamó al dirigente y acordaron una cita. Una vez frente a Violeta convinieron ambas en una compra-venta por cuotas. Se incluyó en ella a Sofía Colmenares, una italiana de origen griego que había conocido a un venezolano de nombre Luis Colmenares Díaz mientras este estudiaba teatro en Roma; enamorados, se vinieron ambos a Venezuela. Es la persona más noble que ha conocido Cristina Guzmán en su vida, Sofía, y nadie le ha rendido todavía el tributo merecido. Una auténtica librera. Tuvo un hijo, llamado igualmente Luis Colmenares, exitoso escritor de telenovelas.

A veces la regañaba, recuerda con nostalgia. Cuando Virginia Betancourt comenzó a sonsacarla para llevársela a la Biblioteca Nacional a tiempo parcial como relacionista o jefa de Prensa, Sofía le decía que no era bueno abandonar el negocio propio. Cristina no pensaba irse a la Biblioteca… pero a fin de cuentas la curiosidad le hizo una jugarreta, fue demasiada tentación y terminó convencida por la hija de Rómulo.

Quería ver cómo funcionaba aquella institución puertas adentro.

Antes de eso, dejó su huella en Cruz del Sur. Le dio un giro al aspecto general de Cruz del Sur, las vidrieras se animaron de cerámica y películas silentes, «un libro más arriba que otro», exposiciones de artistas plásticos en el tercer piso: trataba de ser innovadora. Al asumirla había dispuesto aquel cambio fundamental, destinar el tercer nivel a galería de arte. La idea inyectó vitalidad al proyecto. Ella, con los recursos propios de una dama de su tiempo y de su condición, viajaba a menudo a Nueva York y traía esculturas, adornos, piezas de cerámica.

Allí se mantuvo Cristina durante quince años —trabajando a partir de cierto momento, en paralelo, en la Biblioteca Nacional— y, cuando quiso vender, todo el mundo le advirtió que sería imposible. Los alrededores se estaban convirtiendo en un achicharrado erial pues las obras del metro despanzurraban la calle, sus tripas de tierra abiertas en canal. En los últimos tiempos no pasaba ni un peatón por el frente de la librería-galería. Se estaba quedando con algunos clientes grandes, como el Instituto de Diseño, cuya biblioteca abasteció casi en su totalidad. Los amigos remachaban: estás loca, no la vas a poder vender.

Sin embargo, recibió tres ofertas y pudo escoger la mejor. La Universidad de Los Andes compró finalmente Cruz del Sur. María José Pérez Soto de Guzmán, su madre, firmó con el representante de la ULA. A Cristina le pareció de lo más lindo que el comprador fuera una universidad. Nunca más se supo del nombre Cruz del Sur.

Sofía Colmenares, luego de una experiencia desafortunada en Monte Ávila, montó una librería propia camino de El Hatillo, pero no le fue bien. Cristina, siempre emprendedora, inventó una fábrica de cosméticos especializada en cremas para la cara. Un sistema de puerta a puerta. Ella, sin duda, las probó todas y su efecto benefactor puede detectarse hoy, tantos años después.  Le fue bien y eso duró unos catorce o quince años. Se hizo una casa en Altamira. Luego se mudó a este espléndido apartamento de Santa Eduvigis donde los ecos de una revolución desafortunada apenas llegan vía TV.

Fuente:
http://www.hableconmigo.com/2019/11/06/el-segundo-aire-de-cruz-del-sur/?fbclid=IwAR2mrwZC_uolR3F5MB_NNivremCCjOwP-NgGK9OYml-fH1gSx1qPxDMpEAg

sábado, 26 de marzo de 2011

¿DÓNDE SE ENCUENTRA LA VERDAD, AHORA?


TAL CUAL, Caracas, 18 de Marzo de 2011
Un verdadero librero es un lujo
Sebastián de La Nuez

Javier Marichal tiene en su cabeza la historia a retazos de las librerías caraqueñas que marcaron época, aquellas alrededor de las cuales -sobre todo debajo o cerca de las torres del Centro Simón Bolívarse reunían intelectuales, políticos, artistas y/o personas sin oficio conocido a arreglar el país que ellos mismos contribuían, con ahínco, a desarreglar.

En la Centro, en el pasaje Río Apure y bajo la égida del muy querido Sergio Alves Moreira o de José Valdivia, un ex miembro del Frente Sandinista, quizás se fraguaron novelas, quizás se pactaron alianzas partidistas; en todo caso, se bebió caña de la buena frente a su fachada o en la trastienda, luego del cierre. Marichal era un crío todavía en bachillerato cuando comenzó a trabajar allí.

Y allí aprendió este oficio que es su pasión porque le ha permitido perpetuar las mañanas de sábado encaramado a una escalera al fondo del local de las hermanas Pardo en La Candelaria, muy cerca de su casa, donde conoció mundos ajenos y los hizo propios, como debe ser.

¿El librero es una especie en extinción? Ahora que ha cerrado Lectura, y algunas sucursales de editoriales reducen su personal o mudan su sede a Colombia, ¿es hora de apagar la luz y comprar un kindle a través de Amazon con los recursos que a bien tenga otorgarnos Cadivi?

ESPIRALIA

Marichal nació en la isla de la Gomera, llegó a Venezuela cuando tenía 5 años y lleva sobre sus hombros una bondad inteligente que manifiesta, de alguna manera, cuando cuenta cosas. Colecciona libros-álbum, en su mayoría dedicados al niño y al adolescente, volúmenes en donde la ilustración dialoga con el texto, no es que lo complementa. Por supuesto, es fanático del oscarizado Shaun Tan y de su novela muda Emigrantes. Habla Marichal, si le preguntan, de una época de oro de las librerías en Caracas. Recuerda cuando llegaban hasta Sabana Grande o, a lo sumo, a Chacaíto. En el centro se fueron perdiendo, hacia finales de los 80, puntos de encuentro, mejor que librerías, como Pensamiento Vivo (luego Centro), El Gusano de Luz y Washington.

Todas las librerías de antes, salvo Suma, hasta hoy inasequible al desaliento aun sin anuncio frontal en Sabana Grande, han desaparecido. Ahora el este toma el relevo con locales donde se intenta rescatar la cultura del encuentro mediante un "conversatorio", un bautizo o un coctel: El Buscón, Kalathos, Libroria, Alexandría.

Marichal habla de complicidades. De la complicidad que se puede establecer, más allá de la relación cliente-librero. Gente a la que uno termina debiendo algunos libros, y no exactamente porque te los haya fiado (o puede que sí, además). Marichal esta hecho de esa pasta, y tiene de poeta y de utopista. Eso se nota en un librito suyo y de otros cuatro poetas que apareció hace poco, se llama Espiralia y comienza así: "Lo bello surge de abrirle alas al verso escrito dentro".

Una anécdota: Marichal visitaba la librería Centro antes de entrar a laborar allí; era un espacio muy pequeño tapizado de libros.

La vitrina no era en verdad vitrina, sino libros apilados unos sobre otros, con la portada pegada al vidrio externo, sostenidos apenas por un nailon.

Después de algunos años volvió a pasar por el sitio donde estaba la librería y el local era, en ese momento, desmantelado para instalar allí otra cosa: ya habían quitado todo y lo único que quedaba era un espacio al fondo que se veía claramente porque había sido el único trozo de pared libre, donde estaba el teléfono. Muchos de los que habían pasado por la librería dejaron allí su firma: Denzil Romero, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier... Preguntó a los obreros si sería posible desprender ese pedazo de pared para llevárselo. Los obreros lo miraron extrañados pero consultaron con alguien más, y al final le dijeron que eso no era posible.

Javier Marichal recuerda ese momento, y también recuerda que se le aguaron los ojos porque junto con la pared se le iban las firmas, y junto con las firmas un periodo de su vida, de la historia de Caracas. El progreso sigue su curso en plan Caterpillar, silencioso y desalmado.