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miércoles, 6 de noviembre de 2019

BIBLIOPOLITANOS

El segundo aire de Cruz del Sur
Sebastián de la Nuez

Calle El Colegio, en Sabana Grande, en los años 6o. A la derecha, en el centro comercial, se asentaría la nueva Cruz del Sur.

En los años setenta se mudaría la librería Cruz del Sur a Sabana Grande. En esta segunda y definitiva etapa juega un papel fundamental una mujer que se manejaba a sus anchas en el lado socialdemócrata de la Venezuela de ese tiempo. Ella, Cristina Guzmán, le compró a Violeta Roffé los restos de su imperio. ¿Qué había pasado?

Pasó que, llegado cierto momento, la clientela de Cruz del Sur y la capacidad de convocatoria de antes entró en declive. O fue el cansancio de Violeta Roffé o quizás la amenaza polvorienta de las obras del metro avanzando desde Chacaíto a plaza Venezuela. Como sea que haya sido entró en escena Cristina Guzmán, quien era absolutamente joven al momento de hacerse dueña de la librería ahora ubicada en Sabana Grande. Lo sigue siendo, absolutamente joven, con esa personalidad dicharachera, ecléctica y festiva que tiene. Sus experiencias están llenas de afectos y chismes. En este rincón umbroso de Santa Eduvigis donde vive parece volver a figurar con donaire como alguna vez lo hizo entre las clases política y financiera caraqueñas; y como era tan absolutamente joven, no tuvo interés real en la política sino en el mundillo de los libros.

Durante el café que se tomó con Violeta y el dirigente masista Freddy Muñoz —quien la había llamado para darle el pitazo de una eventual venta de Cruz del Sur— escaneó a la señora y la almacenó en su personal departamento Tipas Duras. No parecía, para nada, Violeta, alguien optimista. Tal fue la impresión que le dio. Y la miró a ella, nunca se le olvidará, como un ser ajeno a su mundo, una especie rara. Sin embargo, antes de llegar a ese café en Sabana Grande, Cristina Guzmán había acumulado saberes y desarrollado destrezas en sitios afines a los oficios del papel.

En el Búhuo

Cristina no terminó Sociología en la UCAB. De ahí en adelante se las entendió sola con la vida, guiándose por su intuición. Es una relacionista pública nata, nunca ha necesitado un título universitario para triunfar y acumular experiencias diversas. Cuando se encontró con Violeta venía de dos pasantías en librerías de estreno. La primera, El Búho, en la calle Las Flores de Sabana Grande, un invento de Simón Alberto Consalvi, quien a la sazón se encontraba desempleado pues el país atravesaba el primer periodo presidencial del socialcristiano Rafael Caldera. La esposa de Consalvi, Josefina Carrero —Mimina, prima de Cristina—, lo acompañaba en la aventura; Armando Trak, un caballero de la cultura, también. El logotipo lo desarrolló Gerd Leufert, considerado uno de los pioneros del diseño gráfico en Venezuela. La librería, pequeña y acogedora, quedaba en un edificio relativamente nuevo para la época. Su eslogan: «Libros contra el conformismo». La idea de la incorporación de Cristina al proyecto surgió durante una reunión en la que se encontraban los Consalvi y los Dao-Guzmán. Nelson Dao, como ella misma lo describe, es el padre de su hijo. Pertenece a la acaudalada dinastía de origen libanés dedicada al sector bancario.

Simón Alberto también atendía al público. Fue una época de oro, divertida y bastante desasida de los números. Lo importante eran las letras. Las letras y la amistad. Los encargados de El Búho vendían, ensartaban los tickets de los libros en un palito de acero y al final del día apuntaban en una hoja la relación de lo vendido. «Verdaderamente una cosa bien elemental», dice ahora Cristina.

La gente iba sobre todo para conversar en las tardes con Simón Alberto, y algunos llevaban dulces de la pastelería Las Flores, situada exactamente enfrente.

Pero las cosas en El Búho no podían marchar bien pues los adecos, supuestamente amigos de Consalvi, no constituían una clientela recomendable para una librería en trance de progresar o morir. Iban pero no compraban. O, si lo hacían, jamás pagaban sus deudas. El negocio no duró mucho.

Luego, Cristina trabajó con Clara Sujo en la galería Estudio Actual. Allí hizo amigos maravillosos como Marta Traba, Ángel Rama y Ana María Mazzei. Emigró hacia la Sala Mendoza, en la avenida Andrés Bello. Entró a trabajar con Lourdes Blanco, cuyo marido era por entonces director del Museo de Bellas Artes, el pedagogo, museógrafo y diseñador de muebles Miguel Arroyo.

Cristina encontró en la parte de abajo un ambiente desnudo y la propia Lourdes le propuso montar en ese espacio una librería. A ella le encantó la idea. Una librería dedicada sobre todo al arte. El diseño de los muebles lo hizo el propio Arroyo en sus ratos libres. Enfrente quedaba la tienda VAM, nos veremos en VAM, desde la cual un día habría de llamarla el operador político de izquierdas Muñoz. La principal clientela de La Librería, así mismo fue bautizada, fueron los trabajadores de Empresas Mendoza. Allí empezó a trabajar Clementina Mendoza, una mujer de contactos y entusiasmos.

En el camino, sobre la práctica diaria, atenta a su entorno, aprendió Cristina a regentar o administrar una librería sin necesidad de cursos o talleres. De El Búho sacó, además de lo que pudo enseñarle Consalvi sobre libros, una libreta de direcciones con editoriales y distribuidoras más algunos rudimentos administrativos. Después, los mismos representantes de las editoriales, quienes portaban maletines al estilo visitador médico y le enseñaban catálogos, le fueron transmitiendo herramientas que ella absorbía. Recuerda esas visitas como algo delicioso pues los individuos se sentaban a tomar café y le daban recomendaciones. El oficio de librero también estaba en ellos, de algún modo.

Llevaba dos o tres años allí cuando recibe la llamada de Muñoz, a quien había conocido en El Búho. La apremió: vuela, date prisa, Violeta Roffé vende Cruz del Sur en Sabana Grande. La llamada la hacía el dirigente masista desde un teléfono público en VAM. Agregó que le parecía un negocio perfecto para ella. Cristina le preguntó que de dónde creía él que podía sacar dinero para comprarla. Muñoz le contestó que no sabía; que se limitaba a pasarle el dato y, si ella lo deseaba, servir de puente con la señora Roffé.

Tomó su número de teléfono y le dijo que se lo pensaría. No lo dudó tanto. Le dieron ganas de conocer a la señora Roffé. Llamó al dirigente y acordaron una cita. Una vez frente a Violeta convinieron ambas en una compra-venta por cuotas. Se incluyó en ella a Sofía Colmenares, una italiana de origen griego que había conocido a un venezolano de nombre Luis Colmenares Díaz mientras este estudiaba teatro en Roma; enamorados, se vinieron ambos a Venezuela. Es la persona más noble que ha conocido Cristina Guzmán en su vida, Sofía, y nadie le ha rendido todavía el tributo merecido. Una auténtica librera. Tuvo un hijo, llamado igualmente Luis Colmenares, exitoso escritor de telenovelas.

A veces la regañaba, recuerda con nostalgia. Cuando Virginia Betancourt comenzó a sonsacarla para llevársela a la Biblioteca Nacional a tiempo parcial como relacionista o jefa de Prensa, Sofía le decía que no era bueno abandonar el negocio propio. Cristina no pensaba irse a la Biblioteca… pero a fin de cuentas la curiosidad le hizo una jugarreta, fue demasiada tentación y terminó convencida por la hija de Rómulo.

Quería ver cómo funcionaba aquella institución puertas adentro.

Antes de eso, dejó su huella en Cruz del Sur. Le dio un giro al aspecto general de Cruz del Sur, las vidrieras se animaron de cerámica y películas silentes, «un libro más arriba que otro», exposiciones de artistas plásticos en el tercer piso: trataba de ser innovadora. Al asumirla había dispuesto aquel cambio fundamental, destinar el tercer nivel a galería de arte. La idea inyectó vitalidad al proyecto. Ella, con los recursos propios de una dama de su tiempo y de su condición, viajaba a menudo a Nueva York y traía esculturas, adornos, piezas de cerámica.

Allí se mantuvo Cristina durante quince años —trabajando a partir de cierto momento, en paralelo, en la Biblioteca Nacional— y, cuando quiso vender, todo el mundo le advirtió que sería imposible. Los alrededores se estaban convirtiendo en un achicharrado erial pues las obras del metro despanzurraban la calle, sus tripas de tierra abiertas en canal. En los últimos tiempos no pasaba ni un peatón por el frente de la librería-galería. Se estaba quedando con algunos clientes grandes, como el Instituto de Diseño, cuya biblioteca abasteció casi en su totalidad. Los amigos remachaban: estás loca, no la vas a poder vender.

Sin embargo, recibió tres ofertas y pudo escoger la mejor. La Universidad de Los Andes compró finalmente Cruz del Sur. María José Pérez Soto de Guzmán, su madre, firmó con el representante de la ULA. A Cristina le pareció de lo más lindo que el comprador fuera una universidad. Nunca más se supo del nombre Cruz del Sur.

Sofía Colmenares, luego de una experiencia desafortunada en Monte Ávila, montó una librería propia camino de El Hatillo, pero no le fue bien. Cristina, siempre emprendedora, inventó una fábrica de cosméticos especializada en cremas para la cara. Un sistema de puerta a puerta. Ella, sin duda, las probó todas y su efecto benefactor puede detectarse hoy, tantos años después.  Le fue bien y eso duró unos catorce o quince años. Se hizo una casa en Altamira. Luego se mudó a este espléndido apartamento de Santa Eduvigis donde los ecos de una revolución desafortunada apenas llegan vía TV.

Fuente:
http://www.hableconmigo.com/2019/11/06/el-segundo-aire-de-cruz-del-sur/?fbclid=IwAR2mrwZC_uolR3F5MB_NNivremCCjOwP-NgGK9OYml-fH1gSx1qPxDMpEAg

domingo, 20 de abril de 2014

DOS NOTAS TRISTES

Tinteros diferentes
 Ox Armand


En verdad, no hay resentimiento alguno en esta nota. Solamente deseamos dejar nuestra modesta constancia del contraste.  Supo de severas dificultades, pero no  necesitaba la casa del arribo al gobierno de Hugo Chávez, siéndole legítimamente tan afín, para ser una importante referencia en el irremplazable mercado editorial. Y no sólo publicaba títulos y autores de extraordinario interés, sino que las librerías del Estado los acogían y ofertaban en eso que arbitrariamente se ha llamado la IV República.  Ocurría como aquellas iniciativas contestarías de décadas anteriores, como Editorial Fuentes, Pensamiento Vivo o Tiempo Contemporáneo, cuyos ejemplares eran motivo de atracción en no pocas librerías. Sin embargo, Y Vadell Hermanos no fue la excepción, por lo que a precios razonables, satisfizo una importante demanda en materias de interés, circulando liremente el ensayo político y el  enjundioso estudio jurídico.

Las librerías Kuai-Mare, adoptando un nombre aborigen para la cadena, junto a las de Monte Ávila, exhibían un catálogo convincente y plural de autores, además de la grata ambientación de sus sucursales. Bajo este régimen, hubo un cambio de denominación y ya las Librerías del Sur nos asfixian no sólo por su escasos ofrecimientos, abaratados los de menor significación, sino por el desenfado de su propaganda política e ideológica, exponiendo a los favoritos y cercanos del aparato cultural burocrático, por cierto, tan frondoso.  Jamás podríamos encontrar una voz disidente en sus anaqueles y, ampliamente subsidiadas, menos, una rendición de cuentas que las justificasen tal como justamente se hizo con las otras y viejas iniciativas del Estado.  El sectarismo es la característica  más arraigada y la tendencia es contar con vendedores que tienen la oportunidad de un empleo, prestos a propagarnos de consignas cuando no, a botarnos del local si les incomoda una ”ligerísima” pregunta o un decidido cuestionamiento del cliente, en lugar del librero abnegado y diligente. Sencillamente, esto no ocurría antes.

He acá el contraste. Innegable contraste.  Tinteros diferentes, dice un amigo.

Obituarios

Las nuevas generaciones no saben cuán influyente fue la televisión local en nuestros hogares, antes que Miraflores se hiciera del monopolio insufrible de los medios. Descubrí, como todo el país, a Gustavo Rodríguez en “Boves, el urogallo” y, después, con sus posteriores interpretaciones, la imitación que el propio Pedro Estrada pudo hacer del personaje que Gustavo encarnara, como seguramente ocurriría con Gómez respecto a Rafael Briceño o Diogénes Escalante con Javier Vidal en el teatro. Recuerdo todavía la  escena en la que el actor recientemente desaparecido, increpaba a su celosa mujer: ¡Curiosidad la  de Newton que se preguntaba por qué caía la manzana del árbol, en lugar de revisar la cartera! Y, además, emblematizando nuestras bonanzas, cómo se dejó embaucar en Miami por una actriz, según la famosa película. Tiempos de la telenovela cultural que nos hizo leer igualmente a “Pobre negro” de Gallegos, para discutir en la clase de bachillerato sobre la versión televisiva.

Mayra Alejandra fue la Juana Crespo de nuestro amor platónico, hija de un autobusero seducida por un niño-bien. Nos deleitó en el cine, representando fielmente la franqueza de la mujer popular venezolana. Huésped por muchos años de nuestros hogares, como protagonista en el horario estelar, soportó estoicamente la penosa enfermedad partiendo con prontitud.  Alcanzó la madurez y, aunque no supimos  más de sus actuaciones, siempre nos recordaba aquella época entre la adolescencia y la juventud que nos llevó a declararle nuestro amor a través de una compañera del salón que se le parecía tanto de nombre Zoraida, si mal no recordamos. Se dirá de los tránsitos emocionales de un muchacho que tampoco se explicaba el auge del chisme farandulero tan prolijo en numerosas columnas y revistas semanales que convertían el quiosco en un bazar.

Llegamos a Cheo Feliciano por la Fania y la canción del ratón (échale semilla a la maraca para que suene).  Una voz que alternaba con la de Oscar de León y La Dimensión Latina, incomparablemente una gesta superior que la de Peter Frampton y John Travolta de la horrible música disco que, por fortuna, no radiaba Capital 750 ni Radiodifusora Venezuela. Se coló Feliciano, como inadvertidamente Gabriel García Márquez y los “Cien años de soledad” que devoramos antes que se hiciera lectura obligatoria del año de bachillerato que teníamos pendiente. Y, con los años, descubrimos un universo donde – por cierto – no cabía Las memorias de mis putas tristes (y no por moralina).

Fotografía: El Nacional, Caracas, 27/03/93.

lunes, 17 de junio de 2013

LIBREDAD

CORREO DEL ORINOCO, Caracas, 16 de junio de 2013
Se pregunta de qué lado están el veto y la censura
María Alcira Matute:

Un plan de lectura sesgado, reflexionó Matute, no tiene sentido, pero también hay que considerar cuando se habla de “ideología” que las ideas son de izquierda, de centro, de derecha y que no hay texto inocente, ni siquiera los libros infantiles
La periodista María Alcira Matute señala que hay de todo en las estanterías de librerías públicas y privadas del país. “Quienes hablan de veto y persecución deberían ver si en las librerías que visitan hay diversidad como en las Librerías del Sur” donde, asegura, se pueden encontrar libros de todo tipo; nacionales e importados, políticos de toda tendencia, clásicos de la literatura, novelas, cuentos, ensayos nacionales e importados y publicaciones gratuitas.
Resulta extraño, según la periodista, que estos textos nunca sean tomados en cuenta por los medios privados para las listas de los más vendidos. Asimismo, criticó el hecho de que algunas librerías privadas rechacen ciertos títulos porque el librero o el dueño no coinciden políticamente con las ideas del autor. “Esto es censura, un irrespeto al lector. Recientemente hubo un evento en el que los libreros escogían el libro del año y no se invitó a participar a los libreros del Estado. ¿Entonces quién veta, o quién es que no propicia la participación?”.
De allí que considere como un acto de falsedad decir que no hay diversidad,  cuando en realidad se hace promoción de la lectura desde la gestión cultural del Estado. “Los planes de lectura realizados desde el Estado han tenido como objetivo la promoción de la lectura desde la concepción más amplia. Habría también que preguntarse, como lo plantea el poeta Freddy Ñáñez, ¿por qué y para qué leer en estos tiempos?”, increpó.
Un plan de lectura sesgado, reflexionó, no tiene sentido, pero también hay que considerar cuando se habla de “ideología” que las ideas son de izquierda, de centro, de derecha y que no hay texto inocente, ni siquiera los libros infantiles. “El hecho de que en Venezuela circulen toda clase de libros, cosa normal en países en democracia, coloca al lector en la posición de decidir libremente qué leer, puede contrastar posiciones encontradas sobre un mismo tema”.
Apuntó Matute que como cierto sector tuvo que reconocer que en Venezuela se lee más, ante la contundencia de un Estudio del Comportamiento Lector, elaborado por el Ministerio para la Cultura, y las realidades que pueden palparse, “ahora empiezan a hablar de calidad y luego inventarán otra cosa”.
El hecho de que se consulten más textos nacionales y menos textos extranjeros, analizó la especialista, no implica que haya un desmejoramiento en la calidad de la lectura. “Hay libros importados de excelente, media y pésima calidad. Igual sucede con los libros nacionales. En las librerías se ofrece diversidad, porque en Venezuela ni hay censura, ni hay persecución”, enfatizó.
Por ello refirió sentirse extrañada cuando José Oropeza, el finalista venezolano del Premio Rómulo Gallegos, “afirmara alegremente en una entrevista divulgada en octubre del año pasado en un diario de circulación nacional, que era un autor perseguido, que en Venezuela se perseguían intelectuales y que le había costado que le publicaran su novela, pues luego la envía al premio y resulta finalista”.
Pero las dudas fueron despejadas, dado que tras entrevistarlo para su programa radial éste se mostró agradecido, satisfecho y honrado por figurar entre los finalistas. “Me comentó que había sido invitado para la ceremonia de premiación y que asistiría. Fue sumamente gentil y comunicativo. No veo la persecución ni la censura por ningún lado y mucho menos entiendo por qué dio esas declaraciones hace unos meses”, esclareció.
Absoluta libertad creativa
Para Matute, quien produce y modera desde hace más de 10 años La Librería Mediática, proyecto independiente basado justamente en la promoción de la lectura, “difícilmente podría hacerse un programa como ese en un medio privado”.
Aun cuando se transmite en medios públicos, explica, “en el programa hay una absoluta libertad creativa para decidir temas, invitados, elegir los libros a reseñar bien sean hechos o no en Venezuela, a favor o en contra del proceso bolivariano”.
En contraste, asegura que “cuando se tienen compromisos comerciales o con intereses ajenos a lo literario, como sucede en una empresa privada de comunicación, es difícil para un periodista  realizar un programa de promoción de lectura libre, diverso y variado”.
Sintetizó que solo en un país como Venezuela, donde hay un interés inmenso y creciente en el libro y la lectura puede ser posible desarrollar un proyecto como TVLecturas, que “actualmente es un blog y que presentamos como proyecto a concretar en plataforma de TDA al presidente Nicolás Maduro”, quien lo calificó como una “idea genial” y pidió al ministro de Cultura que lo apoyara.
“¿Si no hubiera cantidad  libros variados circulando libremente en el país y un gran interés de los lectores en el tema del libro, qué sentido tendría pensar en un proyecto como éste? ¿Si el Estado no se interesara en el tema cultural, si quisiera vetar, para qué pensar apoyar en un proyecto así? Es algo que también beneficiaría al sector privado; de hecho, la Cámara del Libro me ha comentado que quiere participar en ese proyecto”, cuestionó.

Fotografía: http://minci2.minci.gob.ve/entrevistas/3/190907/estado_venezolano_tiene.html
Breve nota LB:  Independientemente de toda adscripción política e ideológica, el esfuerzo de MAM es extraordinario. Así lo reconocemos.

martes, 11 de junio de 2013

DE UNA VIEJA LIBRERÍA

En días pasados, el sr. Carlos Coello colocó un aviso relacionado con la Librería del Maestro, en el grupo Caracas en Retrospectiva / Facebook. Por fin, antes traspapelada, dimos de nuevo con la dirección postal del local. Y nos animamos para recolocar todo un lujo, por la fotografía y el fotógrafo.

La librería regentada por Luis Beltrán Prieto Figueroa, según Juanito Martínez Pozueta (en 1944 o 1945). Como demuestra el sr. Coello, se llamó la Librería del Maestro, aunque siempre la
  conocimos como Librería del Magisterio (pequeña variación). Además, ofrecía un abanico de posibilidades en materia histórica, científica y literaria: quizá alguna pieza de arte, como se ve en la gráfica. Al parecer amplia (buen fondo),  fue notable por varias circunstancias: entre ellas, un referente importante para el magisterio; lugar de tertulia para los sectores culturales y políticos; no recordamos ahora si residió precisamente en Veroes o Las Ibarras, cerca, tuvo por vecino a Alejo Carpentier; y, un dato infaltable, fue sitio de reunión en las vísperas del consabido 18 de Octubre....

LB

Fotografía: Luis Beltrán Prieto Figueroa en la librería que administraba, por los alrededores de la esquina de La Torre, Caracas. Fotografía de Juanito Martínez Pozueta. Momento, Caracas, nr. 721 del 10/04/70.

sábado, 19 de enero de 2013

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Juan Liscano. "El placer de la lectura". El Nacional, Caracas, 21/06/1981.
- Miguel Acosta Saignes. "Lectura y aprovechamiento". El Nacional, 09/09/54.
- Arturo Uslar Pietri. "Pizarrón: Libros para no leer". El Nacional, 06/09/81.
- Emilio Santana. "Nuestros libros en uso". Tribuna Popular, Caracas, 10/08/60.
- José Santos Urriola. "El general Gómez y la lectura". El Nacional, 28/12/65.

Fotografías y notas: Por una parte, sello húmedo para una librería que - todavía - no sabemos dónde se encontraba. Las lecciones pertenecen a José Nicolás Matienzo, dadas en la Universidad de La Plata. Segunda edición de la Librería La Cultad, Buenos Aires, 1926. Es de presumir el mercado para estos textos. Puede notarse, como si la vista misma se conviertiera en la yema de los dedos, el golpe de imprenta para un papel noble como ahora no abunda.

Por otra, El Tesonero, Caracas, 25/06/1895. La publicación quedaba de Palma a San Pablo, nr. 15. De nuevo la librería en el blog. ¿Hasta qué fecha duraría?, pues, al parecer, añales:  Lectura fue creada en 1951, se mudó al Centro Comercial Chacaito en 1968 hasta morir dos años atrás. Luego, ¿equiparables en duración, prestigio, prestancia y - un dato que se olvida - calidad de la demanda?

Finalmente, insistimos o reclamamos que haya tantas facetas o temas citadinos de interés para los historiadores de tesis tan repetidas, o - innovado el oficio - tan clandestinas y merecedoras de una poderosa industria editorial. Valga la coletilla,  si hay una temida piratería es la de las tesis de pre/post-grado: por lo general, suelen engavetarse, siendo de difícil préstamo en las bibliotecas universitarias de este lado del mundo. Sin embargo, constituye una modalidad torpe e ineficaz de combatir el plagio mediante la ocultación que revela, en propiedad, la pereza misma de tutores y jurados. Acá es donde plenamente se justifica la auto-publicación o el libro electrónico, pues, arbitrados los trabajos, actualizados en la red, obligan a un superior esfuerzo de los examinadores y las evidencias están definitivamente compartidas.

LB

domingo, 23 de diciembre de 2012

DECIDIDAMENTE, ÁGRAFOS

La Lectura de Daniel Torrealba
Luis Barragán


La historia de un país también se condensa en la de sus libreros y librerías, por más que haya pasado velozmente de la cultura predominantemente oral a la digital, apenas estacionada en la de los impresos. Vanidosa o bulliciosa, modesta o discretamente, es también la de su clientela regular deseosa de una interlocución que deja atrás la vulgar compra de una obra por sus kilogramos, llamada a completar algunos metros cuadrados de exposición hogareña u oficinesca.

El cierre de tamaños referentes y oportunidades para la consulta y el diálogo que todavía no logran las grandes cadenas o libródromos, acaso un pálido reflejo del debate político que simulamos o pulverizamos, constituye una tragedia imperceptible y aparentemente gratuita. Quizá sea el único renglón comercial que amerita de la experiencia de la palabra precisa, lentamente conquistada  como una celebración de la madurez que acierta en sus adquisiciones.

Son varias las librerías que, en los últimos años, buscan una definitiva sepultura. La encontrarán cuando  ocurra con el último de sus clientes, asiduos y mirones, Sin embargo, la misa de réquiem tarda largamente, pues, así como hay quienes sienten todavía nostalgia por las librerías La Española, Cultura o Cruz del Sur del siglo XX caraqueño, no sorprende la viva y admirada evocación que los más jóvenes rinden ante un librero y una librería que identificaron a algo más que el  Centro Comercial Chacaíto.

Contando con Sebastián de la Nuez como tutor, Daniel Torrealba se ha convertido en comunicador social gracias a una tesis de título nada vacilante: “Walter, auge y ocaso de un maestro librero. Semblanza sobre Walter Rodríguez Pilatti, librero de Lectura” (UCAB, Caracas, 2012).  Y es que, creada cuando ni remotamente había planeado su nacimiento biológico, retrotraído a la añeja librería y sus circunstancias, se apoderó de ellas para contraponerse a la ciudad, “cuyo pasatiempo favorito es desmemoriarse y olvidar”.

Después de zanjar la obvia perspectiva metodológica y hasta epistemológica que el trabajo reclama, la semblanza del librero nos coloca en el país que secretamente deseamos no haber abandonado, arrepentidos ante sus esqueletos. Así lo deducimos al concluir el trabajo académico, pues, promesa baldía mediante, la pérdida de las librerías prestigiosas, confiables  e independientes, es un síntoma del pasado detestado que no halla todavía el futuro que dijo literalmente adivinar.

Vale decir, yendo al inevitable campo político, algo que ojalá nos dispense el joven autor, supusimos que todo, absolutamente todo, iba a mejorar una década atrás, por una cosa del azar. Al colapsar o quebrar una librería, sin que algo mejor la reemplace, quiebra y desaparece un vivero del pensamiento, demasiado semejante a una universidad acreditada a la que le niegan sus legítimos recursos.

Surgida en 1951, en el Centro Comercial Arta de Chacaíto, bajo la dirección de  Bronislawa Bogan, Stephan y Silvia Gold, la librería Lectura ocupó un local en el Centro Comercial Chacaíto, inaugurado en 1968,  nada más y nada menos que con un concierto de Aldemaro Romero. Más adelante, el trío tuvo la necesidad de contratar en el exterior a un maestro librero, un dato revelador de aquellos tiempos, y se trajeron a Walter Rodríguez del Uruguay, quien adquiriría años más tarde la firma y le daría el definitivo y exitoso perfil que Andrés Boernsner caracterizó como más elitesco y formal, en contraste con la distensión de la Suma de Raúl Bethancourt, propensa a una clientela de izquierda; o Enrique Viloria Vera, trazó como parte de un itinerario por el centro comercial que reunía a los astronautas de COPEI, contando con el OVNI y la librería La Mancha en el croquis de sus dubitaciones.

Torrealba contextualiza al librero en el país de las galopantes crisis que poco a poco lo  redujeron y arrinconaron, abultándose los proyectos que antes fueron iniciativas sobradamente cumplidas. Por ello, luce inevitable mencionar la inocente apuesta que hizo Walter por Chávez Frías que, nada personal, ascendido y consolidado en el poder, lo enganchó al carro de unas políticas que temen a la franqueza de una crisis descomunal.

Ojalá editaran la tesis en cuestión, genuino y plausible reconocimiento a un gran librero, cuya empresa no ha merecido tal suerte, pues, si bien es cierto que las librerías no son infinitas, en todo caso deben diluirse y no sufrir la decapitación: luego de dos años de desocupado, sigue el local mudo y cerrado en el citado centro comercial.  Por lo demás, que un muchacho dedique su más importante ejercicio académico a una librería tan meritoria, sin dudas constituye una suerte de involuntario escrito de cargos contra los verdugos de la burocracia ahora intergaláctica, a falta de una mejor denominación.

Post-data navideña: Atravesamos circunstancias complejas y difíciles, pero no debemos renunciar a la reflexión y al compromiso que suscita la Navidad,  aun no siendo creyentes. Deseamos a nuestros gentiles lectores que Dios Todopoderoso los bendiga y que 2013 sea escenario seguro de mejores realizaciones.

Referencias:
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=731002
http://lbarragan.blogspot.com/2011/01/embaladura.html
http://lbarragan.blogspot.com/2011/01/cierre.html

lunes, 1 de octubre de 2012

CONSTATACIÓN

EL NACIONAL - Lunes 01 de Octubre de 2012     Escenas/2
La desolación
PALABRAS SOBRE PALABRAS
LETRAS
FRANCISCO JAVIER PÉREZ

Nos encontramos en España, en cualquier parte.
Como siempre, llaman nuestra atención las librerías, muchas, diversas, pletóricas. El espectáculo es agradable y entretiene. Las salas son grandes y su hospitalidad nos seduce. Encanta la abundancia de especímenes entretenidos y de piezas de estudio. La variedad es tal que, con las diferencias de cada local, en cada uno se nos anuncian las novedades en mesones abarrotados y que ofrecen una zona de colorido visual y mental incomparable. Al adentrarnos en el recinto, están con nosotros (o nosotros estamos con) las secciones dedicadas a las distintas materias motivo de cada librería (pues las hay generales y especializadas en temas concretos, comunes o eruditos) y en cada una de ellas se prepara un festín de conceptos y cronologías del libro regidas por nuestro señor el alfabeto. Al acercarnos más y más nos damos cuenta de que somos dignísimos comensales del babélico condumio de ideas y palabras.
Todo esto está bien y es lo que tiene que hacer una industria que, si bien se conduce por los patrones de la economía y el mercado, ofrece espacios más que generosos a la producción estética y científica del libro.
Todo (o casi todo) de lo nuevo, así como mucho de lo no tan nuevo, se encuentra disponible para la multiforme tropa de visitantes, compradores, lectores, coleccionistas, estudiantes y estudiosos.
Este cosmos de opciones y alternativas, sin embargo, no está exento de carencias y no está ajeno a señalamientos en relación con lo que no existe en sus anaqueles o en sus registros de virtualidad bibliográfica. La referencia no es otra que una llamada de atención ante lo que no encontramos en ese universo de variadísimas alternativas del libro y lo que no está en la posibilidad de adquisición en ninguna de sus formas. Lo que no está, no existe; podría decirse con una rudeza no siempre cierta. En todo caso, lo que no está no es accesible y por ello engrosa el interminable repertorio de lo que no se conoce (al menos de momento).
Cuando nos acercamos, en cualquiera de estas librerías, a la sección de literatura hispanoamericana, vamos siguiendo el viaje histórico de nuestros autores continentales más reconocidos y nos fascinamos por la profusión de ediciones españolas, las más de ellas, sobre alguno de ellos. Ya en este punto comienzan nuestros primeros sentimientos de vacío y nuestras primeras muecas de malestar. Notamos ausencias imperdonables y las carencias hacen gala de una solidez más que evidente.
Echamos de menos autores capitales y obras necesarias para comprender lo que hemos significado en la gestión literaria. Pensamos, al pronto, que un lector curioso que se acerque a esta sección no podría tener acceso a la plenitud de nuestro quehacer en la escritura, sino sólo a un muy escogido y parcial repertorio de realizadores y realizaciones. El malestar permanente hace su presencia.
Pero, qué decir cuando no sólo faltan algunos autores y sus obras, sino cuando faltan todos como en el caso de la literatura venezolana. En muchos de estos expendios del libro no existe huella alguna de lo que nuestro país ha significado en el trabajo con la palabra literaria. Ni Bello o Gallegos, otrora los únicos con moderada presencia, quedan ya. Ha triunfado la desolación.

viernes, 7 de septiembre de 2012

HALLAZGO...



En torno a las Librerías del Sur,  desconocemos el criterio de distribución. Las caracteriza una fuerte presencia de obras propagandísticas y de bajo costo, al lado de otras más costosas que parecen ahondar en las intenciones y pretensiones del régimen, pero las de valía suelen hallarse por azar. La sucursal de la caraqueña esquina de Sociedad, muy desprovista para el inmenso local del que dispone, nos sorprendió hoy con un título que no se ubica en la del Teatro Teresa Carreño o la estación Altamira del Metro, empobrecidísima la de la estación de Plaza Venezuela.

El trabajo de Emilio Jorge Rodríguez luce extraordinario a primera vista, editado por el Instituto del Libro Cubano en 2012 !!! Cuesta, apenas, cuarenta mil débiles bolívares. Y, aunque parece no citar por ninguna parte a Alexis Márquez Rodríguez, en sus notas,  por ejemplo, tendremos que chequear si los artículos ya aparecen en la selección que el gran venezolano hiciera algunos años atrás de las diarias crónicas de El Nacional. Naturalmente, la de Rodríguez abarca un lapso más amplio y la obra es francamente prometedora, por lo menos, para quienes alguna afición sentimos por Alejo Carpentier, además, un antropólogo que nunca se ufanó como tal y bien merece una miradita de los especialistas en este campo.

LB

miércoles, 5 de septiembre de 2012

AL TOQUE DE CAMPANAS

Mi amigo, el azar inmóvil

Buenas. ¿Hay alguien allí que comprenda, conozca o sepa el significado y el posible origen de la expresión: "El Azar Inmovil"?
Es el nombre de una librería de libros viejos que existió en la Av. Lecuna de Caracas en los 80, estaba ubicada en el pequeño garage de una de esas hermosas casas de origen italiano que se construyeron en la zona en los años 40-50.
Un pequeño espacio cuadrado cuyas paredes estaban hasta el techo de libros viejos ordenados por materia, y en el centro una gran mesa donde había cerros de libros clasificados por el irrisorio precio que tenían. Había mucha poesía recuerdo, y siempre iba, a dejarme invadir por la atmósfera única e inexpresable de los libros.
Un buen día cerraron sin avisarme...pero siempre extrañé ese hermoso nombre.
Hace algún tiempo me informaron que hay una librería que lleva el mismo nombre en Barquisimeto.
Ultimamente Barquisimeto se ha hecho muy presente e importante en mis diarias reflexiones y afectos.
En El Valle, existe solo un sitio donde venden libros, es un toldo grande debajo del cual mi amigo Freddy Cisneros vende, tarjetas telefónicas, libritos de leyes y libros, (libros viejos), y funciona también el club de ajedrez.
Una vez en "El Azar Inmovil", para mi sorpresa, encontré, un libro -el mismo libro- que hacía muchos años había regalado a una muy querida amiga, a quien tenía tiempo sin ver.
Bueno compre el libro de nuevo, hice una pequeña investigación y di con el paradero de mi vieja amiga, una tarde fui a su casa y le regalé el libro por segunda vez, cuando me vió tocando la puerta de su casa se quedó super impresionada, y cuando le entregué el viejo libro envuelto en papel de regalos, se le salieron las lagrimas y me dijo: ¡mi libro! ¡lo perdí por estar prestandolo ! hacía como 15 años que no nos veíamos.
Hoy pasé por la venta de libros de Freddy, debo decir que esta mañana y todos estos días he pensado mucho en una hermosa barquisimetana, que es única entre miles, quien ama la obra y la vida de Federico García Lorca.
Le hablé a Freddy de "El Azar Inmovil" del misterio que ese nombre evoca, luego le conté la anécdota del libro perdido y encontrado y me dijo:
-¿Estas viendo Alfonso? ¡Esa misma es la explicación!... fue por un "Azar Inmovil" que despues de tantos años encontraste allí el libro que le habías regalado a tu amiga y los recuperaste a ambos: amiga y libro. ¡Esa es la explicación del nombre de la librería!
Así me dijo Freddy.
Bueno, Freddy es muy inteligente e imaginación no le falta, disfruté mucho su respuesta, todo eso ocurría mientras estaba hojeando distraidamente los libros de la mesa, en eso me detengo en un ejemplar de "Crimen y Castigo" de Fiodor Dostoievski. Lo hojeo con mas detenimiento y al final, en la última página encuentro... ¡¡un poema de Federico García Lorca!! -el poeta amado por la persona en quien pensaba- se llama Los Pelegrinitos, muy sencillo y muy hermoso, una pequeña joya de belleza.
Asombrado por este otro Azar Inmovil llamo a Freddy y le digo: ¡Eres un genio Freddy, esa es la respuesta! Mira como nos rodean y nos acarician el azar y la belleza y no nos damos cuenta! Y le leí el poemita de García Lorca.
Freddy se quedó encantado y me dijo admirado: ¡es que esas cosas solo te pasan a tí, que tienes una conexión especial con el azar y con los libros!
Yo seguí mi camino, porque eso es verdad, además, iba pensando en ese hermoso rostro -único entre miles- que esta mañana me mostró tan amablemente El Azar Inmovil, ese amigo mío. Este es el poema que encontré hoy.

Los pelegrinitos 

Hacia Roma caminan
dos pelegrinos,
a que los case el Papa,
porque son primos,

Sombrerito de hule
lleva el mozuelo,
y la peregrinita,
de terciopelo,

Al pasar por el puente
de la Victoria,
tropezó la madrina,
cayó la novia,

Han llegado a Palacio,
suben arriba,
y en la sala del Papa
los desaniman,

Les ha preguntado el Papa
cómo se llaman.
El le dice que Pedro
y ella que Ana,

Le ha preguntado el Papa
que qué edad tienen.
Ella dice que quince,
y él diecisiete,

Le ha preguntado el Papa
de dónde eran.
Ella dice de Cabra,
y él de Antequera,

Le ha preguntado el Papa
que si han pecado.
El le dice que un beso,
que le había dado,

Y la peregrinita,
que es vergonzosa,
se le ha puesto la cara,
como una rosa,

Y ha respondido el Papa
desde su cuarto:
¡Quién fuera pelegrino,
para otro tanto,

Las campanas de Roma
ya repicaron
porque los pelegrinos,
ya se casaron.

Federico García Lorca.
Espero te guste DN .

Textos y selección de la ilustración: Alfonso Mijares / Facebook

domingo, 5 de agosto de 2012

FERIADO (2)

El signo inequívoco de la feria es, nuevamente, el del marxismo-leninismo. Stand de la Alcaldía LIbertador aparte, prolijo en panfletos que coexisten con reediciones de Ludovico Silva o Luis Britto García, los hubo otros más organizados que en anteriores ocasiones, con sendas reediciones de Marx, Lenin, Trotsky, no recordamos haber visto a Mao, entre ensayos más serios al lado de otros definitivamente propagandísticos. Quizá los títulos más severos, lo vimos en el pequeño puesto del Fondo de Cultura Económica: a modo de ilustración, Ernesto Laclau u otro sobre el marxismo reciente que, algo arrepentidos, no adquirimos por su elevado precio. Y, como siempre, por lo menos esta vez, no vimos una atractiva oferta ni la editorial misma, como Siglo XXI, o - valga la presunción- obras de cuño cubano. Por cierto, nos produjo cierta tristeza ver el puesto de Lectura, con su corrída y emblemática bolsa flameando contra el sol (libros viejos, remate de depósito, sin Walter, etc.); o el de Macondo, con Pedro Pérez, a lo lejos, cuyo fracaso en el Centro Comercial Chacaíto no se debió precisamente a la pereza de su promotor. De algo estamos seguros: la crisis del libro sigue intacta, y agravada....Valga acotar, que estas ferias del socialismo no menos real, comoel venezolano, son de portadas. Y esto no sólo por el nivel de lectura predominante, sino por el hecho mismo de propagandizar con desinterés del lector. De modo que el visitante hipotéticamente indiferente a las razones esgrimidas, lo es de motivos gráficos; y, no siendo prioridad la adquisición de esta literatura, apremiado por los precios previsibles de los libros y útiles escolares, a lo sumo adquirirá la folletería de bajo costo y quién sabe si de dudoso autor. Por supuesto, lo dicho merece una mayor reflexión, pero vale como ejercicio o borrador... Además, lo menos debatido y explicado es el socialismo del siglo XXI, así bautizado desde el poder. A pesar de los generosos financiamientos, no abunda una literatura vernácula que nos entregue versiones y matices convincentes. ¿Existe una decidida contribución impresa del llamado Centro Internacional Miranda?

Coletilla: muy pobre la muestra de universidades como la UCV o ULA. Seguramente ellas, oficialmente, no participaron. Y el ofrecimiento del Banco Central de Venezuela, demasiado modesto.

LB



Fotografías: LB, Feria del Libro, domingo de clausura, 5 de Agosto de 2012, Los Caobos, Caracas.

lunes, 23 de mayo de 2011

DE LIBRERÍAS Y ANTIPOLÍTICA VIRTUAL


Desliz (arse) por las librerías caraqueñas
Luis Barragán


22/07/02

Recuerdo de muchacho, al cruzar el Centro Simón Bolívar por debajo, la extraña emoción que me brindaba la vitrina de una librería hoy inexistente: colocados contra el vidrio, la copaban toda de tal manera que el desfile de títulos asombraba tanto como el diseño de las portadas, más o menos parecidas al privilegiar a cierta casa editora en ese paisaje desinhibido de literatura marxista que dejaba entrever novelas de reconocida fama. Sencillamente me deleitaban los nombres y logré, con la estrechez presupuestaria de un liceista, adquirir dos o tres títulos, uno de los cuales remontaba la increíble cifra de setenta y cinco bolívares.

Esa sensación no era semejante al acompañar a mi madre para adquirir los útiles escolares, pues, junto al texto, ofrecían lápices, cartulinas y toda suerte de cosas sin el menor comentario, excepto se tratara del alto costo de la vida o –detrás del aparador- del bajo salario. Con el tiempo, pudimos tomar la otra opción, la de visitar lo que se llama una librería en todo el sentido de la palabra, en un local o al aire libre, intercambiando u oyendo intercambiar al elemento fundamental del lugar: el librero.

Imaginamos que la Venezuela de las megabonanzas permitía disfrutar de excelentes obras, estupendamente editadas y catalogadas, prestar a adornar -por la épica estética de sus lomos como por el peso neto del texto preferiblemente ilustrado —cualquier pared de un hogar de clase media hacia arriba y hacia abajo. Clase-eje en el desenfrenado consumo de peroles, incluso peroles ilustrados.

En la esquina de Padre Sierra supe del remate de mejores frutos que los ofertados en una cadena de insumos escolares. No muy viejos, raras veces superaba un (1) bolívar en esa masa que se agigantaba en el suelo o en una mesa y que ya, el mínimo, por los noventa transitaba los quinientos bolívares hasta –hoy- surcar los mil y dos mil bolívares debajo del puente de las Fuerzas Armadas. El adicto podrá dar una mirada a su estante hogareño para saborear la victoria conseguida al forcejear el precio de un ensayo o una novela que guarda con celo, nostálgico de la Caracas de hasta cinco, diez o veinte años atrás, y que hoy sería un imposible en la cadena comercial. Tengo mis modestos triunfos y, para evitarme dar una lista prolongada, señalaría a cien bolívares la primera edición de "Venezuela, política y petróleo" de Betancourt o la república y guerra civil española de Gabriel Jackson a veinte bolívares que, después, quedó robustecida con una magnífica encuadernación. Claro está, es un detalle nimio al saber de la tercera edición de Don Quijote en la biblioteca de un conocido que, por cierto, poco presumido es si lo comparamos con aquél que, exquisitamente empastada unidad por unidad, combinados los lomos con las cortinas, la tiene repleta de publicaciones oficiales o institucionales.

En fin, el asunto estriba en quién o quiénes vendan los libros. Y escasean aquellos capaces de hacerlo con conocimiento y sabor de tertulia. La crisis se ha apoderado de todos los rincones de la ciudad y mal podían salvarse las librerías.

Digamos, acostumbrado ya a la debacle editorial doméstica, los títulos se encarecen asombrosamente y no es posible adquirirlos con la soltura de antes. Muchísimo menos para experimentar una lectura que puede ser un fraude. Compra segura, aseverarán los más avispados antes de arriesgarse a perder el dinero. De hecho, si promediamos nuestra consulta informal, curiosidad disfrazada que ata cabos, la venta ha bajado hasta un 70/80 % y los espacios compiten al ofrecerse celulares y otros artilugios. Las conocidas cadenas o franquicias puede sobrevivir con mayor comodidad por todo lo que es el cálculo de rendimiento sobre grandes volúmenes, ambientación refrigerada, publicidad impecable, pero sus jóvenes y uniformados empleados escasa confianza brindarán a la clientela que hurga más allá, aunque no se pretenda experta en las más variadas materias. Precisamente, el secreto está en la clientela que envejece junto a la librería, la que es reconocida por sus gustos, enfocada de antemano por el posible interés que albergue por determinados títulos.

Las cadenas o franquicias de libros se parecen tanto a las expendedoras industriales de hamburguesas, pollos y pizzas. Hay locales donde intentan combinarlos, asumiendo una atmósfera de frivolidad que se desconoce a así misma con la exhibición empacada de los textos. No creo que sean muchos los materiales de lectura a vender, pero bien vale el esfuerzo de mercadeo para una clase media – eje que, hacia arriba o hacia abajo, marca un patrón de consumo estandarizado y, además, ¿no puede insurgir ese intelectual que se lleva por dentro al lomo de unas cervezas bien resteadas que pongan a prueba la atracción posible de la pareja en vías de conquista? (... conquista heroica, sin dudas).

Para quienes profesamos con orgullo nuestro analfabetismo funcional, nos entristece la caída de las librerías que constituyen importantes referencias en la ciudad, incluido el remate de las Fuerzas Armadas o la de los pasillos de la UCV. Una caída más lenta o más acelerada, pero deslizamiento en picada al fin. Además, deben competir con la buhonería en masa, la que ha erigido como obras maestras aquella del ladrón del queso, entre una variedad asombrosamente reducida de literatura de autoayuda: una vulgar repetición de autores muy comerciales, cuando no hurtan –como le ocurrió en una ocasión a la librería Suma— una obra que, por su volumen, encuadernación y cuidado si conocimiento del escribiente, es de elevado costo. ¿Quién delinquía antes por un libro, excepto hablasemos de bibliófilos desesperados?.

Los estragos del dólar o los avatares de la importación, rasgan la piel del comercio insigne del libro y los propios libreros asoman la cabeza desesperadamente en el intento de sobrevivir gracias a la tinta y el papel e, incluso, las revistas o magazines para legos y especialistas, las cuales genéricamente podemos denominar "inteligentes" por su contenido, diseño y diagramación. No es la infopista su principal competidora, sino toda la globalidad de una crisis reeditada obstinadamente por un gobierno vocacionalmente ágrafo.

Con el natural y adicional gusto personal, la "Lectura" que hoy se encuentra en el sótano conserva un poco del ambiente, amén de la ocasional copa de vino, de antaño cuando nos deleitaba con sus cuidadosas vitrinas y las huellas de Jorge Luis Borges o Mario Vargas Llosa como firmantes de sus títulos. Y en el mismo Centro Comercial Chacaito, la "Macondo" ciertamente nos maravilla por sus mesas repletas de impresos, encontrando auxilio y algún valioso comentario si encontramos a uno de sus dueños, presumo, periodista merecidamente connotado de las páginas culturales. Noto un vacío en la "Monte Avila" del Teatro Teresa Carreño, magníficamente distribuída con una escalera de caracol que es desafío. "Noctua" en el Centro Plaza captura la atención y sensibilidad del visitante, reabierta aproximadamente tres años atrás y la "Historia" se mudó de local, abandonando aquél que conocí entre humoradas trujillanas y el gesto arqueológico de sus dueños, por cierto, desaparecido el emporio de los viejos libros del Pasaje Zingg. Las atenciones de Julia y de un modesto gran conocedor como Enrique, mantienen en pie la "Suma" de Sabana Grande. Sigue siendo cara la oferta del "Fondo de Cultura Económica" y la de "Luden´s" en Plaza Venezuela, aunque envidiables sus tomos, tan impersonal la del Ateneo de Caracas. Detesté las ferias de depósito del libro en la Zona Rental, ganadas obviamente por la demanda de material esotérico y quisiera apostarla, vendrá el día, a lo largo del boulevard de Sabana Grande, al menos, para desplazar a las mafias buhoneriles. Ya la "San Pablo" de La Candelaria anda por un segundo piso y es inevitable preguntarse, frente a la literatura teológica y de divulgación religiosa, si no es posible ofrecer algo cristianamente más accesible para los interesados.
No deseo concluir estas notas arbitrarias y apresuradas sin mencionar el destino de quienes encontrándose cómodamente, muy a principios de los noventa, debajo del puente de las Fuerzas Armadas apostaron por el triángulo donde culmina el paseo Anauco, hacia la Av. México. Viejolibreros que también pudieron sanear definitivamente el lugar, no prendieron y hasta cambiaron de ramo (las empanadas y las flores, por ejemplo), en el esfuerzo de sobrevivir a la tragedia lluviosa de diciembre de 1999.

Pasamos de la cultura oral a la electrónica, sin pasar por la tipográfica. ¿Cuál es el destino de las librerías en Caracas?, no sé: dependerá de los libreros y , fundamentalmente, de los lectores que sean capaces de crear las escuelas venezolanas en competencia creíble y leal con los medios audiovisuales. En definitiva, incurrir en un desliz al visitarla a pesar de lo que nos ofrezcan las casas del consumo industrial insípidas, incoloras e inodoras.

Fuente: http://www.analitica.com/cyberanalitica/enegocios/6625752.asp
Ilustración: Artículo publicado en el diario Economía Hoy, Caracas, 27/06/98.

sábado, 19 de febrero de 2011

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LO EXHIBA


EL NACIONAL - Sábado 19 de Febrero de 2011 Cultura/4
LIBROS Uno de los problemas del sector es que no maneja estadísticas confiables
Con la crisis, hasta las novedades son antiguas en las librerías nacionales
El Estado debe entender que la importación de libros no perjudica la producción nacional, señala Cavelibro
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

Más que un diagnóstico pesimista del mercado editorial, el cierre de la librería Lectura es un reflejo de los problemas del país. Pero el local regentado por Walter Rodríguez y emplazado en el centro comercial Chacaíto no es el único que ha cerrado sus puertas en el último lustro.

Lo mismo ocurrió con las librerías El Ateneo, la de Monte Ávila que estaba en el Teatro Teresa Carreño, Punto y Coma, Macondo y Divulgación, por nombrar sólo a las que estaban ubicadas en Caracas.

Desde que Rodríguez anunció el cierre de su local, proliferan en las redes sociales comentarios grandilocuentes sobre la situación del sector, que aunados con las estadísticas hiperbólicas que aventuran algunos de sus allegados ­en un mercado que se caracteriza por la ausencia de estudios­ pintan un panorama negro. Pero aunque existe una crisis en las librerías, todavía hay medidas que se pueden tomar para sacar al país de su aislamiento intelectual.

Los altos costos de los alquileres y el hecho de que muchos libreros son administradores mediocres están entre los problemas que con frecuencia señalan los analistas del sector.

La denuncia constante en todos los encuestados se refiere a la escasez de libros y a la poca oferta de títulos nuevos, consecuencia de la falta de divisas en el sector. Esta situación se agravó en marzo de 2008, cuando el Ministerio de Industrias Ligeras y Comercio eliminó los productos editoriales de la lista de bienes prioritarios que recibe dólares de Cadivi, según la resolución número 38882 publicada en Gaceta Oficial.

Andrés Boersner, librero de Noctua en Los Palos Grandes, afirma que esa es una de las razones por las que ahora llegan las nuevas obras con seis meses de retraso y por las que, además, tienen menos de 5% de las novedades que recibían antes.

"El problema no sólo es el trámite en Cadivi, que es largo, sino que sea delito comprar dólares de cualquier otra manera", señala Ignacio Alvarado, gerente de Libroria, una iniciativa que comenzó hace seis años en Las Mercedes para la venta de libros usados y que ahora tiene hasta una página web a través de la cual se encargan las obras.

La citada resolución obliga a los distribuidores a pedir una certificación de insuficiencia o de no producción nacional para conseguir dólares. Eliminar esta disposición es un problema que ocupa la agenda de los miembros de la Cámara Venezolana del Libro.

"Los procesos para importar libros ahora no son ágiles.

Muchos distribuidores y libreros han optado por otras soluciones, así que los miembros de la cámara hemos redactado un documento para explicar que los libros son un bien prioritario que se importa en números reducidos. Lo más importante es aclarar que esa importación no perjudica la producción nacional", indica Iván Diéguez, presidente de la organización.

La solución de la escasez de títulos en las librerías comienza por señalarle al Estado que los libros son importantes para el desarrollo del país.

Diéguez también dijo que Cavelibro está en conversaciones con el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe para hacer un estudio del sector editorial en el país ­el último se hizo en el año 2007­.

Agregó que ya estaban adelantadas las gestiones con el Instituto Nacional de Estadística para incorporar en el próximo censo ­o en el siguiente­ preguntas sobre los hábitos de consumo literarios de los venezolanos, pues no existen estudios de este estilo en el país.

Una investigación de gustos podría ayudar a resolver una de las principales denuncias de los lectores: que cuando entran en las librerías, a pesar de que hay nuevas publicaciones, no encuentran títulos del año. Esto se debe, según los libreros, a varias razones.

La primera de ellas es que para cada título que se importa tarda como seis meses el proceso de certificación de insuficiencia; luego, se demora un mes más para llegar de su país de origen a las estanterías venezolanas. Además, si algún título se agota hay que hacer todo el papeleo de nuevo, así que el sistema está abarrotado de las gestiones por reposiciones y obstaculiza la demanda de nuevos libros.

Otra razón para que ni los títulos nuevos sean novedosos es que, ante un proceso tan largo y costoso, las distribuidoras no hacen apuestas y tratan de traer éxitos que consideran seguros. Si importan otros libros es por expresa petición de los libreros y se tardan un poco más.

Ante estos problemas, muchos libreros han decidido importar ellos mismos directamente de casas editoriales en España, Argentina y Colombia, pero el problema es que como los volúmenes de adquisición son pequeños ­menos de cinco libros en la mayoría de los casos­ no obtienen los márgenes de descuento que se les otorga a las distribuidoras.

Fotografía: Manuel Sardá

lunes, 11 de octubre de 2010

tema para variaciones (3)


De una guerra en el fin del mundo
Luis Barragán


Las librerías foráneas exhiben toda suerte de títulos referidos a Mario Vargas Llosa, mientras que las vidrieras venezolanas rinden testimonio fiel de las calamidades del control de cambio, rígido para unos y complacientes para otros. El país que le concedió el Premio Rómulo Gallegos, está hurgando toda estantería o depósito para hallar algo más de un título colado entre los resquicios del modelo que pretende ladrillarnos, amasados en la enorme muralla de los miedos gubernamentales.

De encontrarse el algo más que un título, elevándose naturalmente los precios, nos adentramos en una férrea experiencia antigastronómica. No es posible que nos sorprenda una variedad del novelado escribidor de Julia, porque el hablador de Chomsky no lo conoce: Chávez Frías es el “grande-liga”, según la autodefinición, tan igualitarista como el que más en sus radicales extravíos, al que no puede acercársele el novicio de los debates que acostumbra a convocar para después huir despavoridamente.

Pocas librerías de genuino cuño, algunas cadenas de magnífico trato con las autoridades aduaneras, expondrán las portadas del autor, con la lentitud de sus hallazgos del depósito que abre habitualmente las puertas para una que otra feria anual en el patio. La distribución nacional de impresos, seguirá el curso propagandístico de las Librerías del Sur, sepultada la intención que cierta vez se tuvo con las Kuai-Mare, en lo que evidentemente no es una política sustitutiva de importaciones (para estimular las iniciativas del patio, claro está), pues la endogenidad sintetiza una cruzada contra todo vestigio cepalista y el resto de los afines que puedan antojarse en un mundo competitivo.

En los confines remotos de quienes celebran, cuestionan o avalan al (a) premiado, nos ocupa una guerra, la de las guerrillas semánticas que pueden pasar a la pólvora impalpable, réplica de antiguas y ajenas epopeyas edulcoradas. Vale decir, Alejandro Mayta alcanzó un reducido espacio de poder, ensimismado en el viejo parlamento, roída la frustración: el comandante-en-jefe es más o peor de lo mismo, aunque ya es tarde para decir algo.