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miércoles, 14 de septiembre de 2016

EDICIONES MÁS PERDIDAS QUE ...

De una edición tapa-dura
Luis Barragán


A propósito de las notas que tomamos sobre Phillip Roth y la novelística de política-ficción, acudimos a la Biblioteca Nacional para la puntual consulta de una biografía especializada. Disfrutamos, teniendo el volumen entre las manos, a “Lindbergh” de A. Scott Berg (Putnam’s Sons, New York, 1998), apreciando y palpando los detalles de una magnífica impresión, incluyendo el correspondiente golpe del pulgar, pues también una edición limpia reporta siempre una distinta y distintiva sonoridad, obviamente desconocida por las versiones digitales.

Co-protagonista de “La conjura contra América”, los venezolanos nos familiarizamos tanto con la suerte del  famoso aviador que, además de visitarnos a finales de los años 20 del XX,  se hizo presente en el refranero de varias generaciones. Víctima de un repudiable y dramático hecho, trascendió con una sentencia cotidiana que no entendería fácilmente la muchachada actual: “Más perdido que el hijo de Lindbergh”.

El caso está en que la obra cuenta con una cuidadosa encuadernación, diagramación e impresión que anuncia muy bien un contenido lleno de detalles extraordinarios. Lo más importante, está resguardada por unas tapas duras que garantizan su manipulación y ubicación en las estanterías, sufriendo el menor daño posible, concitando la emoción del novel bibliófilo más que la del libródromo que no la distingue de otros productos.

La sola circunstancia de una edición de tapas duras, con sobrecubierta de impecable diseño, nos avisa de una rareza en el mercado editorial venezolano aún desde principios del siglo XXI, pues, obviamente, la manufacturación del libro en nuestros predios o la importación de aquellos que nos insertaban en una globalidad aparentemente irresistible, con las importaciones, sincronizó muy bien con el déficit de divisas para tan importante renglón, así atravesáramos – como atravesamos – la mayor bonanza dineraria en toda nuestra historia. Se hizo hábito el consumo de las ediciones de bolsillo, vulnerables y – por tal – prescindibles, hasta traspasar la antes impensable frontera de la escasez y definitiva inexistencia de novedades para leer, reconfirmada por la imposibilidad generalizada de hacerlo a través de la generosa oferta que exhiben las telecomunicaciones foráneas.

Valga acotar que el libro en cuestión, adquirido por la Biblioteca Nacional en los tiempos de Virginia Betancourt, al parecer nadie lo había abierto hasta ahora, cosa que no ha  de cuestionar el programa de adquisiciones, por cierto, variadas y masivas que, por siempre, nos merecemos. Ha entrado en los nuevos catálogos del software libre empleado hoy por la institución, porque los de más vieja data no están disponibles a un  problema de la plataforma tecnológica de los servicios que una vez tuvimos ocasión de denunciar en la Asamblea Nacional.


15/09/2016:
http://opinionynoticias.com/opinioncultura/27548-de-una-edicion-de-tapas-duras

domingo, 7 de diciembre de 2014

GOLPE INVISIBLE DE IMPRENTA

El mundo al revés
Luis Barragán

Distraídos, no nos percatamos de la presencia de un funcionario estadounidense en el sitio, pero – ahora – presumimos que no hay representación diplomática en Caracas que sea indiferente ante los sucesos que escenifica. Y es que tampoco concebimos que los cónsules y embajadores venezolanos, sobre todo por las características del gobierno que los envía, esperen que el periódico recoja al día siguiente los más significativos eventos allende la frontera para transmitirlos a la superioridad. 

La citación de la diputada María Corina Machado a la sede de la Fiscalía General de la República, interesó a todo el que habita y transita esta tierra, comenzando por la presencia y el empleo desproporcionado de las fuerzas de seguridad, con equipos antimotines a cuestas, a lo largo y ancho de todo el sector. Ahí, como siempre, se dieron cita todos los agentes gubernamentales de inteligencia que no dejan de seguirla física, analógica y digitalmente, por lo que Nicolás Maduro no ha incurrido en ninguna originalidad, excepto la conversión o pretendida conversión de victimario en víctima que parece agotarlo psicológicamente.

El mundo está al revés, porque – faltando argumentos – el ocupante de Miraflores y el llamado Cuartel de la Montaña, huye de las realidades para acogerse a un libreto francamente extemporáneo. Palabras más, palabras menos, refiere que ya su paciencia está en los límites frente al imperialismo norteamericano, reincidiendo en los infinitos pretextos que se convirtieron en indomable doctrina de la prolongadísima dictadura cubana.

El problema está en que ella se presentó y declaró en la Fiscalía, a pesar de la inexistencia de pruebas. Y que la crisis ha abierto sus puertas por la indelegable culpa de un régimen despilfarrador que nos ha empobrecido cada vez más, ahora censurándonos y bloqueándonos, por lo que urge-urgentemente, siendo obligatoria la redundancia, en hallar a un tercero responsable de sus fracasos.

La crisis que se palpa con la yema de los dedos, la que obstinadamente desea silenciar el gobierno, ha dado definitivo alcance al discurso del poder establecido. Mientras que llega Mandrake, María es la culpable, el imperialismo estadounidense es el culpable, los integrantes de la Marea Socialista son los culpables, excepto los gobernantes de la hora y los zancudos achikunguyadores, pero no tardaremos en enderezar cívicamente el mundo que nos pintan, reencaminándonos hacia la sensatez ahora extraviada.
Reproducción: Ejemplar curioso de El Venezolano, Caracas, lunes 31/01/1841, nr. 25. Para todo bibliófilo o hemerófilo, luce grato palpar el golpe de imprenta, a la vez que consterna hallar una interpretación metafórica de nuestro historial republicano.

sábado, 23 de noviembre de 2013

DESPLIEGUE DE ALAS (2)

La nostalgia es un error
José Luis García Martín

¿Son los libros y las bibliotecas, tal como los hemos conocido en los últimos años, una especie en extinción? Hay una extendida creencia de que sí y eso hace que cada vez abunden más las publicaciones dedicadas a ellos, casi como un canto de despedida.
Tras el éxito de La librería ambulante y La librería encantada, de Christopher Morley, Periférica publica ahora la novela que presuntamente los inspiró. ¿Novela? Los elementos de ficción de Los amores de un bibliómano son –afortunadamente– muy escasos, apenas una apoyatura para entrelazar una serie de bien humoradas reflexiones y anécdotas sobre libros, libreros y coleccionistas.
Su autor, Eugene Field (1850-1895), es un autor norteamericano conocido en su país, y desconocido entre nosotros, por sus cuentos y poemas para niños. Los amores de un bibliómano se terminó de escribir unos pocos días antes de su muerte, según cuenta el hermano, su primer editor, en el epílogo; se había comenzado pocos meses antes, cuando ya ese final estaba anunciado, pero no hay en sus páginas ninguna huella de la enfermedad.
El lector actual hubiera preferido que estas memorias de ficción fueran unas verdaderas memorias, pero el autor renuncia a hablar directamente de sí mismo y prefiere transferir sus recuerdos de una vida entre libros a un coleccionista de mayor edad.
Las primeras líneas le sirven para deshacer equívocos. Las suyas no son las memorias de un Casanova: “En este momento, cuando estoy a punto de empezar la tarea más importante de mi vida, me acuerdo del sentimiento de aversión con el que en diferentes ocasiones he leído las confesiones de hombres famosos por sus hazañas en el terreno amoroso”. Quienes se dedican a “contarnos cuántas conquistas han hecho, y con frecuencia tienen además el mal gusto de explicarnos, con pesada prolijidad, los modos y maneras con que las llevan a cabo” le parecen semejantes a un cazador que “estuviera siempre alardeando de los ciervos que ha matado y se recreara en los repulsivos detalles de sus carnicerías”.
Su primer amor fue un viejo ejemplar (una “vieja copia” dice la traductora) del Manual de Nueva Inglaterra, un difundido libro de texto del siglo XVIII. Todavía se sabe de memoria muchos de sus pasajes, aún no ha olvidado aquel enamoramiento inicial: “Y en esto se ejemplifica la ventaja que el amor a los libros tiene sobre otras clases de amor. Las mujeres son por naturaleza volubles, y los hombres también; su amistad es susceptible de disipación  a la mínima provocación o a la menor excusa”. Los libros, por el contrario, no cambiarían:”Dentro de mil años serán lo que son hoy, dirán las mismas palabras, expresarán la misma alegría, la misma promesa, el mismo consuelo; siempre constantes, ríen con los que ríen y lloran con los que lloran”. Pero los libros no dicen lo mismo a cada lector ni si se leen en un momento o en otro de la vida.
Los capítulos siguientes nos hablan de cómo aparece una nueva pasión, los cuentos de hadas; del lujo de leer en la cama; de los comienzos de la afición al coleccionismo; de libreros e impresores; del olor de los libros; del gusto por los catálogos, para algunos preferibles a la lectura de las propias obras catalogadas…
Todo contado con ameno humor, con las artes divagatorias del ensayismo inglés, como quien charla, junto a una chimenea encendida, ante buenos amigos y con una copa en la mano. De vez en cuando la prosa se interrumpe para dar paso a algunos poemas, que el autor en ocasiones atribuye al juez Methuen, un fiel amigo muy presente en estas páginas.
Tienen Los amores de un bibliómano el encanto de otros tiempos, que la ciega nostalgia considera mejores. La contraportada del libro nos recuerda la definición que la Real Academia ofrece de bibliomanía: “Pasión de tener muchos libros raros o los pertenecientes a tal o cual ramo, más por manía que para instruirse”. Poca relación hay a menudo entre la bibliomanía y el placer de la lectura. La literatura ya existía desde siglos antes de la aparición del libro impreso, y seguiría existiendo sin merma alguna aunque este dejara de existir.

Los bibliómanos o bibliófilos tienen algo de fetichistas que coleccionan zapatos de mujer y que, en muchos casos, acaban prefiriendo el bello zapato de tacón a la mujer que lo utiliza. Al buen lector le importa más el texto que la rareza de la edición. En cualquier catálogo de un librero anticuario, los libros más caros suelen ser casi siempre los que menos apetece leer. Leer un libro, para el perfecto bibliófilo, es casi una profanación: los bellos o los raros libros, los que interesa coleccionar, se miran pero no se tocan, o se tocan con guantes y siempre lo menos posible.
La bibliomanía es, como todas las manías, un tanto risible y goza de un prestigio quizá un tanto desmesurado. El libro cuando más antiguo, lujoso o artístico, cuanto más deba ser preservado en vitrina, menos sirve para leer, menos útil es.
El mejor libro, el más funcional, el que más facilita la lectura; la mejor biblioteca, la que más obras guarda y en el menor espacio y en el orden más accesible.
De momento, el libro tradicional, el libro en papel, el que amaba Eugene Field, se defiende bastante bien frente al libro electrónico; si algún día se inventa un artilugio que lo sustituya por completo con ventaja, bien venido sea. En ese caso, desaparecerá en el uso habitual, pero los lectores no lo echarán de menos y los bibliómanos podrán seguir coleccionando, como hacen ahora, hermosas y raras ediciones que no tendrán la tentación de leer.
 
Eugene Field
Los amores de un bibliómano
Traducción de Ángeles de los Santos
Periférica. Cáceres, 2013.


http://crisisdepapel.blogspot.com/2013/11/la-nostalgia-es-un-error.html

Fotografía: LB, pieza de Rafael Barrios, La Castellana, Caracas (23/11/13).

sábado, 19 de enero de 2013

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Juan Liscano. "El placer de la lectura". El Nacional, Caracas, 21/06/1981.
- Miguel Acosta Saignes. "Lectura y aprovechamiento". El Nacional, 09/09/54.
- Arturo Uslar Pietri. "Pizarrón: Libros para no leer". El Nacional, 06/09/81.
- Emilio Santana. "Nuestros libros en uso". Tribuna Popular, Caracas, 10/08/60.
- José Santos Urriola. "El general Gómez y la lectura". El Nacional, 28/12/65.

Fotografías y notas: Por una parte, sello húmedo para una librería que - todavía - no sabemos dónde se encontraba. Las lecciones pertenecen a José Nicolás Matienzo, dadas en la Universidad de La Plata. Segunda edición de la Librería La Cultad, Buenos Aires, 1926. Es de presumir el mercado para estos textos. Puede notarse, como si la vista misma se conviertiera en la yema de los dedos, el golpe de imprenta para un papel noble como ahora no abunda.

Por otra, El Tesonero, Caracas, 25/06/1895. La publicación quedaba de Palma a San Pablo, nr. 15. De nuevo la librería en el blog. ¿Hasta qué fecha duraría?, pues, al parecer, añales:  Lectura fue creada en 1951, se mudó al Centro Comercial Chacaito en 1968 hasta morir dos años atrás. Luego, ¿equiparables en duración, prestigio, prestancia y - un dato que se olvida - calidad de la demanda?

Finalmente, insistimos o reclamamos que haya tantas facetas o temas citadinos de interés para los historiadores de tesis tan repetidas, o - innovado el oficio - tan clandestinas y merecedoras de una poderosa industria editorial. Valga la coletilla,  si hay una temida piratería es la de las tesis de pre/post-grado: por lo general, suelen engavetarse, siendo de difícil préstamo en las bibliotecas universitarias de este lado del mundo. Sin embargo, constituye una modalidad torpe e ineficaz de combatir el plagio mediante la ocultación que revela, en propiedad, la pereza misma de tutores y jurados. Acá es donde plenamente se justifica la auto-publicación o el libro electrónico, pues, arbitrados los trabajos, actualizados en la red, obligan a un superior esfuerzo de los examinadores y las evidencias están definitivamente compartidas.

LB

sábado, 10 de marzo de 2012

BIBLIOFÍLIA Y FINANZAS


Libros de Gabo, fetiches de colección Edición conmemorativa
La Real Academia Española publicó en el 2007 ‘Cien años de soledad’, a los 40 años de su aparición. Ampliar Edición conmemorativa. La Real Academia Española publicó en el 2007 ‘Cien años de soledad’, a los 40 años de su aparición

Más de una vez, en la sección de libros de viejo de Fráncfort -en la emblemática feria alemana- han puesto a la venta primeras ediciones de las obras cotizadas de Gabriel García Márquez; en una reciente edición, la librería londinense Bernard Quaritch vendió en 6 000 euros (USD 7 871) una primera edición de ‘Cien años de soledad’. Esa edición impresa por Sudamericana en 1967, que tiene en la portada un galeón en la selva colombiana, es el más grande objeto del deseo de los coleccionistas, esos que rebuscan en librerías de México y Colombia, y que rastrean las páginas de Internet con el sueño de comprar esa “joya” impresa en Buenos Aires del escritor colombiano de 85 años. Si en México la primera edición de ‘Cien años de soledad’ puede alcanzar los 20 mil pesos (USD 1585)-dependiendo de su estado- y se puede duplicar o triplicar si lleva su firma y más aún si le puso una dedicatoria para otro escritor; en Colombia se pueden conformar lotes enteros -cada vez con más dificultades- con primeras ediciones de sus obras, ejemplares con firmas o libros raros, que se cotizan en miles de dólares. ¿Qué tiene García Márquez y su obra que se han convertido en un fetiche?, ¿qué ha hecho que el Premio Nobel de Literatura 1982 sea el escritor iberoamericano mejor cotizado, más que Pablo Neruda, José Saramago o Julio Cortázar?, ¿qué tiene que seduce y hace que sus coleccionistas persigan primeras ediciones, manuscritos, cartas, libros firmados, ejemplares “raros” y casi únicos? Guillermo Martínez, de la librería colombiana Trilce, famosa por que suelen ir a parar allí las bibliotecas de connotados intelectuales colombianos, asegura que el caso del Gabo es insólito. “Con él sucede que tener una primera edición o una obra firmada es como tener un cheque al portador, cosa que no sucede con otros autores que son igualmente famosos o tan importantes como García Márquez pero que no tienen el mismo prestigio y comercialmente no tienen la misma salida”, señala el editor. El Rey Midas de la literatura Es tan singular el caso de Gabo, que se ha convertido en “un fetiche raro entre los coleccionistas”, tal como señala Martínez, quien relata que el año pasado vendió una colección “bastante grande de obras de García Márquez en más o menos USD 9 000 ”. Entre esos poco más de 25 libros había varias primeras ediciones: una de ‘La hojarasca’, una de ‘La mala hora’, una de los ‘Cuentos completos’ firmada, una de ‘El coronel no tiene quien le escriba’, que fue publicada en la revista Mito; así como, la segunda edición de ‘Cien años de soledad’ también con rúbrica del Nobel, y “otra edición un poco curiosa editada en Argentina que se llamaba ‘Isabel viendo llover en Macondo’, firmada por Gabriel García Márquez”, dice el librero y editor. “Hay otras ediciones curiosas que no son fáciles de conseguir, como los ‘Cuentos del coronel’, una colección que hizo Juan Gustavo Cobo Borda sobre García Márquez, había un álbum que hizo Procultura cuando ganó el Premio Nobel y otro de reportajes a García Márquez, algunas ediciones piratas que son curiosas porque con el tiempo se han vuelto difíciles de encontrar; y todo me lo compró un coleccionista colombiano”, cuenta Martínez. Ese afán por reunir ediciones, manuscritos y objetos del periodista y escritor, es también intenso en México. A la librería La torre de Lulio llegan “amantes” de Gabo, desde Joaquín Sabina hasta coleccionistas “sin nombre”, buscando, sobre todo ‘Cien años de soledad’ que hoy en día se puede vender “en el rango de 15 mil a 20 mil pesos, según el estado en que se encuentra”, detalla Agustín Jiménez, fundador de esa librería. “Alcanza un rango mucho más elevado cuando está dedicada de escritor a escritor, es decir, no es lo mismo que esté dedicada por García Márquez a la joven Lucía Pérez Coqueta que de García Márquez a Julio Cortázar, por ejemplo, porque entra un fetichismo doble: primera edición y coleccionismo de dedicatorias de escritor a escritor, que es lo que más se evalúa en este mercado”. El fenómeno en cifras En noviembre del 2002, unos días después de la aparición de ‘Vivir para contarla’, la casa Christie’s de Londres puso en subasta los originales de ‘Cien años de soledad’, corregidos a mano por García Márquez, con un valor estimado en USD 500 000. Ese tipo de hechos no solo muestra los precios “absurdos” que pagan por los libros, hecho que para algunos es “cosa de maniáticos y de gente muy rara”, sino también la especulación económica a partir de un escritor. Agustín Jiménez asegura que hay una economía real del libro a través de las librerías que buscan y ofrecen y “el ditirambo” en Internet, donde a veces los que “ofertan” ni siquiera tienen los libros. “Mucha gente me ofrece sus libros de García Márquez para que trate de comercializarlos, las más solicitadas son sus míticas primeras ediciones, hay un parteaguas con ‘Cien años de soledad’, porque con las ediciones posteriores ya es distinto; por ejemplo, la primera edición de ‘Crónica de una muerte anunciada’ salió con 1 050 000 ejemplares, entonces es sencillo tener esa edición, pero aún así si están firmadas las vendo en 500 pesos (USD 40)”. Martínez cuenta de una carta escrita que el Gabo le mandó a su amigo , Carlos Alemán, donde habla por primera vez de su deseo de escribir una novela que posteriormente se llamó‘Cien años de soledad’ y que en esa época se llamaba ‘La casa’. “Alemán la vendió, hace 12 años, a una universidad de EE.UU. en unos USD 7 000, hoy debe valer el triple”.

Fuente: http://www.elcomercio.com/cultura/Libros-Gabo-fetiches-coleccion_0_660534112.html

viernes, 24 de febrero de 2012

RARO LIBRO


EL NACIONAL - Lunes 06 de Febrero de 2012 Escenas/2
Libro raro (I)
PALABRAS SOBRE PALABRAS
LETRAS
FRANCISCO JAVIER PÉREZ

Se cumplen este año los cien de la edición definitiva del Libro raro, obra del escritor merideño Gonzalo Picón Febres, autor cúspide de la literatura nacional. Aparecido en 1912 (versión previa en 1909), en producción de la Imprenta de A. Bethencourt e hijos, domiciliada en Curazao, se convertirá muy pronto en uno de los repertorios fundamentales en la descripción del español distintivo de Venezuela.

Teniendo por motivación inicial explicar voces y locuciones criollas frecuentes en la novela Fidelia, texto del propio autor, la materia profusa y notable se le escapa de las manos y conduce al escritor a elaborar uno de los registros más amplios en la lexicografía del español venezolano. Más de 400 páginas permiten conocer y calibrar la incidencia que el léxico propio del país tuvo y tiene en una particular manera de desarrollar la lengua española, salpicada y enriquecida con voces expresivas que hacen la delicia lingüística de la patria de Bello y Baralt. Y, precisamente, entre uno y otro ocupará Picón Febres lugar para observar lo que debemos como respeto a la tradición del buen hablar y lo que tenemos como corrección a la actualidad del mediano decir. Sin caer en las fauces del purismo, el escritor es capaz de apuntar desajustes. Sin levantarse en contra de toda novedad, el escritor deviene en dócil admirador de la creación por la palabra. Su detracción, sin embargo, estará presta en la voz enérgica e inclemente de Julio Calcaño, el anciano campeón del correctivismo lingüístico, que polemizará con la joven promesa andina y al que sentenciará como portavoz de nuevos oficios para la lexicografía que nunca podrá admitir.

Como una mueca del destino, el viejo y el joven morirán, separados por más de cuarenta años de diferencia, el mismo año, ese fatídico 1918. Antes de morir, deja inédita el pensador andino una pieza maestra del ensayo denigratorio en homenaje inverso al senecto académico. Le da por título "A un escribidor senil" y con ella traza la línea divisoria entre los modos literarios vetustos y los insipientes y con ella despide con tintes funerarios y con sabores acres al más remoto y gastado siglo diecinueve, padre de revoluciones y caudillos, de atraso y miseria, de desvergüenza y oprobio. Tras título tan críptico e irónico, Picón Febres ofrecerá una suma léxica de nuestra lengua y aportará una visión de la literatura nacional como hospedaje del hablar nacional, signo y símbolo de lo que somos en los ambientes del retrato verbal (el retrato por medio de la palabra).

A cien años de su primera navegación, esta obra representa un poderoso recordatorio de cuánto debemos a nuestra lengua y de cómo ella es capaz de dibujarnos en progreso interior y en retrato de bien. Resuenan en estas páginas nuestros mejores decires y brillan en ellas las voces que significan escaños bien ganados de nuestra cultura. Espécimen extraño de título singular, anuncia ya cuánto de rareza se comenzaba a apreciar en todo aquello que en el país significaba permanencia venezolana. Cambios en la vida que la lengua captaría y que este libro poderoso no hará sino auspiciar en su tiempo. Un siglo más tarde, no hará sino recordarnos la persistencia de una lengua sencilla, franca y verdadera.


EL NACIONAL - Lunes 13 de Febrero de 2012 Escenas/2
Libro raro (2)
PALABRAS SOBRE PALABRAS
LETRAS
FRANCISCO JAVIER PÉREZ

Gloria de la lexicografía venezolana o imagen lingüística de una época, el Libro raro de Gonzalo Picón Febres celebra este año el centenario de su primera edición. Aunque había sido publicado en versión preliminar el año 1909, no sería sino hasta 1912 cuando vería su edición definitiva, considerada por ello la primera. Una tercera, en homenaje por el centenario del nacimiento del escritor, se presentaría en Mérida, en 1964, en la Biblioteca de Autores y Temas Merideños, con prólogo de Pedro Pablo Barnola.

El extenso repertorio muy pronto se entenderá obra fundamental para el conocimiento del léxico venezolano y, en el terreno científico de nuestra lexicografía, alcanzará reputación como estadio intermedio entre los tonos ásperos de la preceptiva y el dogma asentados en El castellano en Venezuela (1897) de Julio Calcaño y las melodías de noble estudio del Glosario de voces indíge- nas de Venezuela (1921) y de los Glosarios del bajo espa- ñol de Venezuela (1929) de Lisandro Alvarado.

Picón Febres privilegia y potencia el léxico popular y coloquial venezolano desentendido del molesto asunto de la corrección o del didactismo (rostros encubiertos del purismo) y, en su lugar, se acerca a las voces venezolanas para entender las piezas de etnografía y folklore lingüísticos en un intento por preservar desde la lengua los valores permanentes de la venezolanidad. A contracorriente con las modas literarias de su tiempo, ganadas por los escapes del preciosismo modernista, quiere para su obra temas de verdadera esencia venezolana dentro de un marco de evaluación aguda y crítica. Portando agudeza y criticismo compondrá una obra maestra para confrontar la literatura nacional con las corrientes de la literatura general y universal: La lite- ratura venezolana en el siglo diez y nueve (1906). Ánimos similares serán observados en el Libro raro, donde queda instalada una irónica rareza de nuestro léxico frente a la primera oleada de extranjerismos que recibe el habla del país (era ésta una preocupación de gran alcance en los intelectuales de este tiempo).

Siendo un diccionario, el Libro raro resulta más que un diccionario, pues, el método libre que permite que coexistan la escueta brevedad del artículo léxico con el escrito testimonial, el artículo de costumbre y el ensayo personal. La libertad que reclama el autor para la descripción lexicográfica versionará un resultado generoso en observaciones, justo en definiciones, rico en auspicios y rotundo en pareceres críticos. Promoverá la naturaleza e independencia de nuestro léxico frente a la del léxico general de la lengua teniendo como referente a la vista el emblemático Diccionario de la Real Academia Española, del que se aprovecha como fuente de contrastes y al que contribuye con no pocas observaciones de enmienda crítica.

Recordar el centenario de esta obra singular significa, no instalarnos en la loa clemente hacia las producciones del pasado, vistas desde los tiempos indisciplinados del presente, sino insistir en la mirada afectiva del ayer productivo de la lexicografía para promover la idea de que describir la lengua en el diccionario deviene en la mejor forma de entender profundamente el país y en su gesto más permanente de cultura.

lunes, 9 de enero de 2012

BIBLIOTÉQUESIS


EL NACIONAL - Lunes 09 de Enero de 2012 Escenas/2
Acosar libros
PALABRAS SOBRE PALABRAS
LETRAS
FRANCISCO JAVIER PÉREZ

Treinta años no le bastaron a Flann O’Brien, el escritor irlandés del que el año pasado se conmemoró el centenario de su nacimiento, para promediar una visión de la estulticia humana en las regulares entregas de su columna para The Irish Times. La editorial Nórdica libros alimentó el festín publicando un conjunto de títulos: El tercer policía, Crónica de Dalkey, La boca pobre, En Nadar- dos-pájaros, La vida dura y La gente corriente de Irlan- da. Para hacer que el festejo llegara más lejos se ocupó de reunir Lo mejor de Myles, los magníficos textos periodísticos firmados bajo la protección de seudónimo de gaélico sabor "Myles na gCopaleen", en una separata de escasas 20 páginas que las librerías españolas han prodigado durante el año celebratorio entre sus clientes y relacionados.

El precioso ejemplar se ocupa del mundo de los libros y, específicamente, del relato de poderosa ironía sobre los "manipuladores de libros", especie de trabajadores a destajo cuyo oficio es satisfacer los requerimientos de una persona que quiere hacer ver a sus familiares y amigos que él ha leído todos los libros que posee en su biblioteca.

El procedimiento deviene en salvaje maltrato material al objeto y en bochornosa desintegración espiritual del prodigio.

Se distinguen cuatro categorías: manipulado popular (manoseado íntegro, 4 páginas dobladas en las esquinas y un billete de tranvía como marcapáginas), manipulado de primera (manoseado íntegro, 8 esquinas dobladas, un pasaje subrayado en rojo en 25 volúmenes y un folleto en francés de obras de Hugo como marcalibro), manipulado de lujo (manoseado íntegro de forma salvaje, lomos dañados, un pasaje de cada volumen en rojo, programas de teatro como marcapáginas, exclamaciones o interrogaciones en los márgenes, 30 libros con manchas antiguas de café o cerveza, 5 volúmenes con firmas falsificadas de los autores) y manipulado superior (manoseado de 550 horas, no menos de 50% de pasajes subrayados, cartas antiguas como marcalibro, frases convenientes en los márgenes: "¡Basura!", "Sí, pero véase Homero, Od., III, 151", "Tonterías" y dedicatorias falsarias).

Las categorías también lo son de tipos humanos: funcionarios, estudiantes de literatura, trabajadores sociales, directores de banco, agrimensores, comerciantes y gente ridícula en general.

La última categoría hace pródigo al autor. Crea una liga de trabajadores de la manipulación de los libros, dada la alta demanda y los complejos retos. El más capital, impedir la piratería del oficio: ocupar a profesionales en tareas elementales (doblar páginas, etcétera), denunciar a imprentas que editan programas falsos o naipes medievales; una lucha contra las patrañas y los fingimientos.

Elogia las acciones más nobles: "Hay libros que han sido salvajemente atacados con cuchillos, dagas, manoplas, hachas, tuberías de goma, pomos con cuchillas de afeitar y todo artilugio para asaltar del que se tenga noticia en los bajos fondos. Se sabe que ciertos manipuladores nocivos, desconocedores de que las marcas de dientes en la cubierta de un libro no se aceptan como prueba de que su dueño los haya leído, han adiestrado a perros a acosar un libro como harían con una rata".

Hurgar debajo de la imagen será el riesgo que cada quien deberá correr.

viernes, 10 de junio de 2011

LA NUEVA BIBLIOFILIA


Obsequio de Andrés Boersner, luego de la grata conversación que sostuvimos sobre el libro en Venezuela, "Las mismas aguas" de Alejandro Oliveros (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, Caracas, 2006), tiene - además - una doble particularidad que mueve a la más profunda preocupación y consternación.

Por una parte, estuvo en depósito alrededor de dos o tres años y, ahora, es que circula, excepto que haya servido para los festejos del gobierno y sus reducidas relaciones públicas. Nada más endógena que la circulación de impresos entre los medianos y altos funcionarios del régimen.

Y, por la otra, que la Casa Bello autorice, imprima y distribuya una obra de índice tan ... curioso, entristece. El prólogo que anuncia es de Luis Alverto (SIC) Crespo, aunque después aparece en forma correcta el nombre.

Al permitirnos extender el comentario, el corrector pudo hacer lo propio, pues, apenas, tratamos del principio de la obra. Posiblemente, versamos sobre una mala jugada del programa informático. Empero, quizá la inteligencia gubernamental no merezca el beneficio de la duda, ya que los errores más garrafales constituyen un hábito que es el de la improvisación sistemática o coherente, oximorón indispensable al ventilar el asunto.

Extraño afán bibliofílico nos ofrecen las imprentas oficiales, porque ya no se trata del hallazgo y captura de los gazapos expuestos. Acostumbrados, la cacería parece orientarnos hacia aquellos ejemplares de edición, diagramación, corrección y hasta empacadura impecables.

Contraste lamentable con la vieja Casa Bello.

LB

jueves, 19 de mayo de 2011

EL AUTÓGRAFO ENSOMBRERADO


Hallamos el libro de Roberto Guevara, "Ver todos los días" (Monte Avila Editores, Caracas, 1981), hace un mes aproximadamente, en el remate de libros de la avenida Fuerzas Armadas, Caracas. Conocido crítico de arte, presente en la gran prensa caraqueña de un inmediato ayer, ya tenía el título en casa. No obstante, adquirí el otro ejemplar porque está autografiado, nada más y nada menos que por el autor, además de la remisión que debo aún hacerle a un amigo de El Sombrero, estado Guárico, coleccionista de tales piezas, aunque no sea el destinatario de las dedicatorias ni el texto se encuentre en magníficas condiciones...Quizá ni la Biblioteca Nacional tenga un ejemplar semejante.

LB

lunes, 18 de octubre de 2010

sumariación


Sumario
Luis Barragán


Referencia obligada, Federico Vegas ha recreado el expediente instruido tras el magnicidio de Carlos Delgado Chalbaud: “Sumario” (Alfaguara, Caracas, 2010). La inevitable indagación judicial que refrendó el ascenso al poder de Pérez Jiménez, ha dado pie a un necesario ejercicio de imaginación que compensa extraordinariamente la escasez de fuentes verificables en torno a un protagonista que aportó más acertijos que certezas al traumático proceso político venezolano de la reñida década de los cuarenta.

El fatal desenlace de un secuestro acaecido en noviembre de 1950, pronto fue relegado por el país -“que pretendía ser joven y saludable” - de las festividades decembrinas que, además, no tuvo fuerzas para afrontar la otra muerte, la de Rafael Simón Urbina, el victimario por excelencia (286, 293). De modo que, en última instancia, materializando los hechos, la inquisición literaria deviene registro de padecimientos colectivos, acento vigoroso y propicio para la actual pugna de imaginarios: “Nuestra historia está llena de perdones que se alimentan del olvido más que de la piedad, de una mala memoria que se basa en la flojera más que en la falta de rencor” (398).

El proceso inquisitivo deviene garantista al mediar una novela que es de perdedores, pues, versa sobre las consecuencias familiares que produjo, incluyendo el itinerario existencial del antiguo secretario del tribunal que recupera o intenta recuperar la relación con su hija única. “No sé en qué momento comencé a entender que la viuda y su familia no eran seres horribles, sino seres sometidos al horror” (229), en el marco de una sociedad (culpable), que olvida por pereza antes que renunciar por rencor (398).

“En enero de 1958, nadie pensaba que volveríamos a olvidar la plaga que son los militares en el gobierno, tan efectiva y veloz al principio como destructiva y ciega al final” (398). Hay, pues, correspondencia entre los dramas familiares retratados con una sociedad de frágil memoria, recurrentemente extraviada por pereza, como anteriormente quedó probado en autos.

Tratamos de una novela que no policial ni política, sino de la bibliofilía por su vocación, afición y voluntad. Amén de la bibliografía que cita, sin renunciar al proceso narrativo, retrata la investigación y al investigador en el curso de una incesante búsqueda y acopio de información que, además de la pormenorización hemerográfica, rinde tributo a las bibliotecas, incluso, desaparecidas, sintiéndose la angustia por el destino que puedan decidir los herederos, amén de las librerías y los remates de libros.

El consabido acontecimiento es la formidable excusa para una indagación que, a su vez, es también pretexto que dirá remediar una relación familiar difícil, que pudo dar pie a una (auto) biografía, ensayo o relato (307). Necesitará de la prensa diaria y del periodista para soltar los detalles que únicamente la novela puede administrar, aunque la tenencia y consumo de una “colina de cocaína” (333) probablemente sea una exageración para 1950.

El periplo más importante a cumplir no es el de escribir, leer ni comprar libros, sino de la “pasión de buscarlos” como refieren de Franco Quijano (704), aunque el aspecto fúnebre de un libro revelaba los altibajos de una emoción (97). Sin embargo, suerte de aviso clasificado que lo demanda, hay un título asaz ambicionado: “Victoria, dolor y tragedia” (1936 de Rafael Simón Urbina, con prólogo de Jorge Luciani (416 s.).

De referentes llamativos como Quijano, coleccionista privado que adivina la suerte de sus esfuerzos al adquirir piezas procedentes de otras bibliotecas destrozadas, es evidente el homenaje que rinde Vegas a un local como “La Gran Pulpería del Libro Venezolano” y a su celador de difícil temperamento, Rafael Ramón Castellano, quien “agradece cualquier pregunta que le exija profundizar en su cosmos de libros, fechas y ediciones agotadas” (186). Bibliotecúmenos, el rito no sólo consistirá en oler una remota edición o palpar con las yemas el golpe de imprenta, sino en la propia sonoridad del ejemplar: “Cuando esa vez dijo ‘suena bien’, es porque acababa de golpearlo suavemente con la palma de la mano” ( 88 ).

Fuente:

http://www.noticierodigital.com/2010/10/sumario/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=702711