- Juan Nuño. "Fin de siglo". El Nacional, Caracas, 03/08/1989.
- José Antonio Rugeles. "Profesorado para una escuela de ingeniería forestal de Mérida". El País, Caracas, 01/07/48.
- Orlando Araujo. "Letanía de los abstemios". El Nacional, 17/11/82.
- Ramón Hernández entrevista a Virginia Betancourt. Últimas Noticias, 25/03/78. Suplemento Cultural.
Reproducción: Ilustración alusiva a la nota de Benjamín Alcalá sobre el trueque de petróleo por azúcar, entre la URSS y Cuba, enfatizando que se trata de crudo no procesado. Elite, Caracas, nr. 1813 del 25/06/1960.
Mostrando entradas con la etiqueta Virginia Betancourt. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Virginia Betancourt. Mostrar todas las entradas
domingo, 27 de noviembre de 2016
domingo, 25 de septiembre de 2016
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- S/a. "Confidencial: La tragedia de los niños venezolanos". Élite, Caracas, Nr. 2324 del 10/04/1970.
- Haydée Reyes Fagúndez entrevista a Ricardo Haussman. SIC, Caracas, Nr. 496 de 06/87.
- Che Guevara, el último artículo (para International Affairs). The Economist (en español), Nr. 12, vol. I, del 20/10/67.
- Aníbal Romero. "Las voces del silencio: El destino trágico de los partidos". El Diario de Caracas, 22/03/86.
Reproducción: "El viaje del Presidente Betancourt a Cuba, también en 1946. A su llegada a La Habana acompañado de Doña Carmen de Betancourt y de su hija Virginia, reciben el saludo del Presidente Grau San Martín". Momento, Caracas, nr. 340 del 20/01/1963.
- Haydée Reyes Fagúndez entrevista a Ricardo Haussman. SIC, Caracas, Nr. 496 de 06/87.
- Che Guevara, el último artículo (para International Affairs). The Economist (en español), Nr. 12, vol. I, del 20/10/67.
- Aníbal Romero. "Las voces del silencio: El destino trágico de los partidos". El Diario de Caracas, 22/03/86.
Reproducción: "El viaje del Presidente Betancourt a Cuba, también en 1946. A su llegada a La Habana acompañado de Doña Carmen de Betancourt y de su hija Virginia, reciben el saludo del Presidente Grau San Martín". Momento, Caracas, nr. 340 del 20/01/1963.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
EDICIONES MÁS PERDIDAS QUE ...
De una edición tapa-dura
Luis Barragán
A propósito de las notas que tomamos sobre Phillip Roth y la novelística de política-ficción, acudimos a la Biblioteca Nacional para la puntual consulta de una biografía especializada. Disfrutamos, teniendo el volumen entre las manos, a “Lindbergh” de A. Scott Berg (Putnam’s Sons, New York, 1998), apreciando y palpando los detalles de una magnífica impresión, incluyendo el correspondiente golpe del pulgar, pues también una edición limpia reporta siempre una distinta y distintiva sonoridad, obviamente desconocida por las versiones digitales.
Co-protagonista de “La conjura contra América”, los venezolanos nos familiarizamos tanto con la suerte del famoso aviador que, además de visitarnos a finales de los años 20 del XX, se hizo presente en el refranero de varias generaciones. Víctima de un repudiable y dramático hecho, trascendió con una sentencia cotidiana que no entendería fácilmente la muchachada actual: “Más perdido que el hijo de Lindbergh”.
El caso está en que la obra cuenta con una cuidadosa encuadernación, diagramación e impresión que anuncia muy bien un contenido lleno de detalles extraordinarios. Lo más importante, está resguardada por unas tapas duras que garantizan su manipulación y ubicación en las estanterías, sufriendo el menor daño posible, concitando la emoción del novel bibliófilo más que la del libródromo que no la distingue de otros productos.
La sola circunstancia de una edición de tapas duras, con sobrecubierta de impecable diseño, nos avisa de una rareza en el mercado editorial venezolano aún desde principios del siglo XXI, pues, obviamente, la manufacturación del libro en nuestros predios o la importación de aquellos que nos insertaban en una globalidad aparentemente irresistible, con las importaciones, sincronizó muy bien con el déficit de divisas para tan importante renglón, así atravesáramos – como atravesamos – la mayor bonanza dineraria en toda nuestra historia. Se hizo hábito el consumo de las ediciones de bolsillo, vulnerables y – por tal – prescindibles, hasta traspasar la antes impensable frontera de la escasez y definitiva inexistencia de novedades para leer, reconfirmada por la imposibilidad generalizada de hacerlo a través de la generosa oferta que exhiben las telecomunicaciones foráneas.
Valga acotar que el libro en cuestión, adquirido por la Biblioteca Nacional en los tiempos de Virginia Betancourt, al parecer nadie lo había abierto hasta ahora, cosa que no ha de cuestionar el programa de adquisiciones, por cierto, variadas y masivas que, por siempre, nos merecemos. Ha entrado en los nuevos catálogos del software libre empleado hoy por la institución, porque los de más vieja data no están disponibles a un problema de la plataforma tecnológica de los servicios que una vez tuvimos ocasión de denunciar en la Asamblea Nacional.
Luis Barragán
A propósito de las notas que tomamos sobre Phillip Roth y la novelística de política-ficción, acudimos a la Biblioteca Nacional para la puntual consulta de una biografía especializada. Disfrutamos, teniendo el volumen entre las manos, a “Lindbergh” de A. Scott Berg (Putnam’s Sons, New York, 1998), apreciando y palpando los detalles de una magnífica impresión, incluyendo el correspondiente golpe del pulgar, pues también una edición limpia reporta siempre una distinta y distintiva sonoridad, obviamente desconocida por las versiones digitales.
Co-protagonista de “La conjura contra América”, los venezolanos nos familiarizamos tanto con la suerte del famoso aviador que, además de visitarnos a finales de los años 20 del XX, se hizo presente en el refranero de varias generaciones. Víctima de un repudiable y dramático hecho, trascendió con una sentencia cotidiana que no entendería fácilmente la muchachada actual: “Más perdido que el hijo de Lindbergh”.
El caso está en que la obra cuenta con una cuidadosa encuadernación, diagramación e impresión que anuncia muy bien un contenido lleno de detalles extraordinarios. Lo más importante, está resguardada por unas tapas duras que garantizan su manipulación y ubicación en las estanterías, sufriendo el menor daño posible, concitando la emoción del novel bibliófilo más que la del libródromo que no la distingue de otros productos.
La sola circunstancia de una edición de tapas duras, con sobrecubierta de impecable diseño, nos avisa de una rareza en el mercado editorial venezolano aún desde principios del siglo XXI, pues, obviamente, la manufacturación del libro en nuestros predios o la importación de aquellos que nos insertaban en una globalidad aparentemente irresistible, con las importaciones, sincronizó muy bien con el déficit de divisas para tan importante renglón, así atravesáramos – como atravesamos – la mayor bonanza dineraria en toda nuestra historia. Se hizo hábito el consumo de las ediciones de bolsillo, vulnerables y – por tal – prescindibles, hasta traspasar la antes impensable frontera de la escasez y definitiva inexistencia de novedades para leer, reconfirmada por la imposibilidad generalizada de hacerlo a través de la generosa oferta que exhiben las telecomunicaciones foráneas.
Valga acotar que el libro en cuestión, adquirido por la Biblioteca Nacional en los tiempos de Virginia Betancourt, al parecer nadie lo había abierto hasta ahora, cosa que no ha de cuestionar el programa de adquisiciones, por cierto, variadas y masivas que, por siempre, nos merecemos. Ha entrado en los nuevos catálogos del software libre empleado hoy por la institución, porque los de más vieja data no están disponibles a un problema de la plataforma tecnológica de los servicios que una vez tuvimos ocasión de denunciar en la Asamblea Nacional.
15/09/2016:
http://opinionynoticias.com/opinioncultura/27548-de-una-edicion-de-tapas-duras domingo, 26 de abril de 2015
EL SUELO MOVEDIZO DE LA MEMORIA
De la añoranza y consternación
Luis Barragán
Gracias a la brevedad reglamentaria de las intervenciones en la Asamblea Nacional, a finales del año pasado apenas enunciamos nuestra preocupación por el destino de los inmuebles de valor histórico y arquitectónico en Venezuela. Lo ejemplificamos, entre otros casos, con las condiciones en las que se encontraba la vieja sede la Biblioteca Nacional, tan cercana al Palacio Legislativo.
En efecto, sede por numerosas décadas, a mediados o finales de los setenta del XX, fue escenario de una experiencia exitosa: la Biblioteca Pública Central de Caracas, esperando un poco más la Biblioteca y la Hemeroteca Nacionales por otro destino definitivo, con la futura construcción del Foro Libertador, aceptado el tránsito de la prensa por la Pista Mucubají del Nuevo Circo. Tiempos en los que la inquietud juvenil se paseaba entusiasta por una estantería extraordinaria, añadidos servicios como el del préstamo circulante, una fonoteca y la sala de lectura de la Plaza Bolívar con sus revistas extranjeras: por muy críticos que nos digamos, Virginia Betancourt hizo una inmensa contribución al país que todavía no tiene equivalente alguno.
Nos familiarizamos tanto con el lugar que, ya adultos, continuamos con la costumbre de hurgar y devorar de vez en cuando las novedades que ofrecía la biblioteca ubicada entre las esquinas de La Bolsa y San Francisco, al salir del tribunal penal donde laborábamos. Todavía sobreviven muchos apuntes y fotocopias de aquella época en la que disfrutábamos de unos espacios reverenciados, pues se asomaban las colecciones en las terrazas con una vistosidad sobria, ordenada y premonitoria del paciente oleaje que nos esperaba.
La vieja sede sería reformulada con la llegada de Chávez Frías al poder, heredero – por cierto - de un Foro Libertador que hoy no tiene semejanza con sus inicios. No hubo mejor reformulación que el cierre y, al transcurrir el presente siglo, terminó como el justificado refugio de las víctimas de las lluvias por un prolongado tiempo hasta que, no hace mucho, fue paulatinamente desalojado.
Tránsito obligado para acudir a la Asamblea Nacional, quienes resguardaban el sitio se aireaban un poco, abriendo las puertas y ventanas colándose la vista de cualquier peatón sobre el terrible deterioro de las instalaciones vacías. Semanas atrás, sinceraron la vista por los trabajos de remodelación emprendidos, imposibles de fotografíar por el riesgo de sacar el móvil en otra de las arterias caraqueñas empañadas por el hampa.
El viernes 24 de los corrientes, saliendo del Palacio de las Academias, después de escaparnos de nuestras labores habituales para escudriñar la antigua prensa, nos detuvimos frente al portón de la otrora Biblioteca Nacional que tiene días engalanada con sendos pendones que hablan del Centro de Historia Nacional y de una Exposición sobre la Constitución. Oportunidad esperada, preguntamos y nos detuvimos en medio de la sala, empuñando distraídamente el perolito electrónico: sentimos la profunda consternación de un sitio que añoramos, con todos los remiendos vivos de una remodelación evidentemente inconclusa que hasta la losa del piso, seguramente de remota data, tenía el sello de una criminal improvisación.
Terrazas solitarias, golpeadas por luces multicolores para una audiencia de escasos muchachos a la usanza postmoderna que parecía fastidiarles el conjunto de cuatro, arpa, maracas y cantante de encendidas letras antipuntofijistas, invitando a pormenorizar la exposición. ¿Cómo funcionará el Centro de Historia Nacional en un espacio concebido para apoteósicas colecciones de libros? ¿Por qué de la festividad ante una obra de remodelación – insistimos – inconclusa que puede llevarse por el medio hasta un vetusto pasamanos? ¿Qué harán con los ahora tapiados ascensores para libros que tampoco sirven de chimeneas para una cocina?
Supusimos mal, pues la exposición se limitaba a una ridícula pared taseajeada para videos, impresas las consabidas leyendas, o un no sé qué recurso didáctico a objeto de explicar la Constitución que ha sido violada reiteradamente. Guardamos poco a poco el arma de reglamento, no otro que el repletador de imágenes, sin ocasión para un video que extrañaría a la concurrencia de un espectáculo barato y abaratador de inconfundible cuño propagandísticos para … ellos mismos.
Proyectamos plantear nuestras inquietudes en el seno de la Comisión Permanente de Cultura, como ha ocurrido antes. Queda el sabor amargo de un gigantesco simulacro revolucionario que, al detal, halla una versión de mediodía sobre los escombros de un referente urbano que trepidaba tinta y papel.
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/22355-de-la-anoranza-y-consternacion
Fotografías: LB, Caracas (24/04/2015).
Luis Barragán
Gracias a la brevedad reglamentaria de las intervenciones en la Asamblea Nacional, a finales del año pasado apenas enunciamos nuestra preocupación por el destino de los inmuebles de valor histórico y arquitectónico en Venezuela. Lo ejemplificamos, entre otros casos, con las condiciones en las que se encontraba la vieja sede la Biblioteca Nacional, tan cercana al Palacio Legislativo.
En efecto, sede por numerosas décadas, a mediados o finales de los setenta del XX, fue escenario de una experiencia exitosa: la Biblioteca Pública Central de Caracas, esperando un poco más la Biblioteca y la Hemeroteca Nacionales por otro destino definitivo, con la futura construcción del Foro Libertador, aceptado el tránsito de la prensa por la Pista Mucubají del Nuevo Circo. Tiempos en los que la inquietud juvenil se paseaba entusiasta por una estantería extraordinaria, añadidos servicios como el del préstamo circulante, una fonoteca y la sala de lectura de la Plaza Bolívar con sus revistas extranjeras: por muy críticos que nos digamos, Virginia Betancourt hizo una inmensa contribución al país que todavía no tiene equivalente alguno.
Nos familiarizamos tanto con el lugar que, ya adultos, continuamos con la costumbre de hurgar y devorar de vez en cuando las novedades que ofrecía la biblioteca ubicada entre las esquinas de La Bolsa y San Francisco, al salir del tribunal penal donde laborábamos. Todavía sobreviven muchos apuntes y fotocopias de aquella época en la que disfrutábamos de unos espacios reverenciados, pues se asomaban las colecciones en las terrazas con una vistosidad sobria, ordenada y premonitoria del paciente oleaje que nos esperaba.
La vieja sede sería reformulada con la llegada de Chávez Frías al poder, heredero – por cierto - de un Foro Libertador que hoy no tiene semejanza con sus inicios. No hubo mejor reformulación que el cierre y, al transcurrir el presente siglo, terminó como el justificado refugio de las víctimas de las lluvias por un prolongado tiempo hasta que, no hace mucho, fue paulatinamente desalojado.
Tránsito obligado para acudir a la Asamblea Nacional, quienes resguardaban el sitio se aireaban un poco, abriendo las puertas y ventanas colándose la vista de cualquier peatón sobre el terrible deterioro de las instalaciones vacías. Semanas atrás, sinceraron la vista por los trabajos de remodelación emprendidos, imposibles de fotografíar por el riesgo de sacar el móvil en otra de las arterias caraqueñas empañadas por el hampa.
El viernes 24 de los corrientes, saliendo del Palacio de las Academias, después de escaparnos de nuestras labores habituales para escudriñar la antigua prensa, nos detuvimos frente al portón de la otrora Biblioteca Nacional que tiene días engalanada con sendos pendones que hablan del Centro de Historia Nacional y de una Exposición sobre la Constitución. Oportunidad esperada, preguntamos y nos detuvimos en medio de la sala, empuñando distraídamente el perolito electrónico: sentimos la profunda consternación de un sitio que añoramos, con todos los remiendos vivos de una remodelación evidentemente inconclusa que hasta la losa del piso, seguramente de remota data, tenía el sello de una criminal improvisación.
Terrazas solitarias, golpeadas por luces multicolores para una audiencia de escasos muchachos a la usanza postmoderna que parecía fastidiarles el conjunto de cuatro, arpa, maracas y cantante de encendidas letras antipuntofijistas, invitando a pormenorizar la exposición. ¿Cómo funcionará el Centro de Historia Nacional en un espacio concebido para apoteósicas colecciones de libros? ¿Por qué de la festividad ante una obra de remodelación – insistimos – inconclusa que puede llevarse por el medio hasta un vetusto pasamanos? ¿Qué harán con los ahora tapiados ascensores para libros que tampoco sirven de chimeneas para una cocina?
Supusimos mal, pues la exposición se limitaba a una ridícula pared taseajeada para videos, impresas las consabidas leyendas, o un no sé qué recurso didáctico a objeto de explicar la Constitución que ha sido violada reiteradamente. Guardamos poco a poco el arma de reglamento, no otro que el repletador de imágenes, sin ocasión para un video que extrañaría a la concurrencia de un espectáculo barato y abaratador de inconfundible cuño propagandísticos para … ellos mismos.
Proyectamos plantear nuestras inquietudes en el seno de la Comisión Permanente de Cultura, como ha ocurrido antes. Queda el sabor amargo de un gigantesco simulacro revolucionario que, al detal, halla una versión de mediodía sobre los escombros de un referente urbano que trepidaba tinta y papel.
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/22355-de-la-anoranza-y-consternacion
Fotografías: LB, Caracas (24/04/2015).
lunes, 31 de marzo de 2014
VENTANA AL PASADO
¡Feliz post- cumpleaños, Octavio!
Ox Armand
Lo descubrí en los años ’80 del
ya remoto siglo pasado. Radicalizado por entonces, veía su nombre calzado en la
prensa con sus moderadas opiniones.
Hasta sospechosamente moderadas, diría. Harto celebrado, creo que fue “Corriente
alterna” mi primera y temprana adquisición en la Suma o en la Lectura (cuando
estaba en planta baja del CC Chacaíto). Tenía amigos que lo comentaban con
entusiasmo. No obstante, supe realmente
de Octavio Paz a través de un decisivo ensayo, El laberinto de la soledad, y,
punta del iceberg poético, Libertad bajo palabra. Por eso, me asombraba que, a
la hora de suscribir un documento político de la juventud organizada a la que
pertenecía, los redactores tomasen – además – como epígrafe, un pequeño párrafo
de uno de los artículos más ligeros del
mexicano que estilaba los domingos El Universal de Caracas. Lo firmé porque, ni modo, ¿para qué
engancharse con una discusión banal con los “pacíficos” sobrevenidos?
Lo más caro de la bibliografía de
Octavio, era la poesía. Propia de las grandes librerías, editada
cuidadosamente. Lo más barato, los ensayos. En los remates de libros, como el
de la avenida Fuerzas Armadas, se conseguía con relativa facilidad. En
definitiva, fue una fiebre la que padecí en extremo. Empero, nunca me hizo
experto en Paz. Además, ni por la cabeza se me pasaba comprar esos grandes,
hermosos y lujosamente editados tomos de sus Obras Completas, expuestos en la
Librería del Ateneo de Caracas, ya comenzada la colección, por dos razones:
porque eran muy caros y, se me prendió el bombillo, la Biblioteca Nacional
estaba a la mano. Por ello, puede decirse, a despecho de lo que hay ahora, que
gracias a Virginia Betancourt accedí – incluso – a las primeras letras de
alguien que no dejó de versificar tan espléndidamente, añadiendo el acento en ontológico,
y de opinar, suscitando la coincidencia y la diferencia, generado el comentario erudito.
Por lo general, en las vacaciones
académicas o cuando esa noche no tenía clases, me iba a la Biblioteca de San
Francisco después de salir de trabajar en el tribunal. Hasta podía leer algunos
ensayos, comparando una de las tantas ediciones con la primera. Cirilo, el
referencista tan diligente, compartía la preocupación por la suerte de esas
primeras ediciones. Ya tenía uno o dos
años con el Nobel en su haber. Todos hablaban de él. Pocos lo conocían. Y, hoy, respecto a la poesía, es fácil ir a
las redes como antes no se podía. Y, añado más, Virginia: en la Hemeroteca
Nacional se podía leer la revista Vuelta, apenas con dos o tres números de
atraso (a veces, ¡uno!). Maricarmen, la encargada de la sección, era otra diligente servidora pública como
pocas hoy existen.
Pasan los años. Fueron muchísimas
las fotocopias que guardé para una lectura diferida que, en alguna medida, no
se dio. Cada vez que revuelvo los papeles en casa, sobresalen. Muchos, he
tenido que botarlos. O regalarlos. Otros, quedan para algún día cumplir con la
promesa hecha a mí mismo. Quizá para hacer un ensayo propio. Quizá ya
extemporáneo. Quizá nunca lo haga. Y quizá lo que más me queda de Octavio Paz
es el retrato de una época personal que ya no volverá.
Etiquetas:
Octavio Paz,
Ox Armand,
Virginia Betancourt
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
