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domingo, 3 de mayo de 2020

EL CUIDADO DEL JARDÍN

Jong-un regreso a la pandemia
Luis Barragán

Reaparecieron Daniel Ortega y Kim Jong-un. Casi todo el mundo preguntaba por ellos.

Muchas veces Fidel Castro hizo lo mismo y Hugo Chávez realmente pocas. Lo recordaba recientemente  el diputado Juan Pablo García.

La escapada parece un divertimento y frecuentemente es una operación política y publicitaria. Busca agarrar movidos a sus agazapados competidores y medir el nivel de ansiedad de la sociedad sojuzgada para el triunfal regreso.

Quizá Jong-un cortaba las flores de su jardín al lado de una hermana que fue por ratos la heredera. Aunque ha sido con sangre que la dinastía Kim resuelve el problema sucesoral.

Nicolás Maduro no puede hacer esa gracia porque cualquiera le toma la palabra en un entorno de ebulliciones nerviosas.  O por aquello del escapamos todos o de aquí no se va nadie ante el filo de las sanciones internacionales.

domingo, 29 de diciembre de 2019

TERRORISMO INTELECTUAL

Los filotiránicos
Edgar Cherubini 

En Francia, junto a los “guardianes del templo” comunista, conviven intelectuales, periodistas y dirigentes de izquierda que apoyan sin ningún pudor a los regímenes dictatoriales y corruptos de Cuba, Bolivia, Nicaragua y Venezuela, países que integran el Foro de São Paulo, la nueva internacional comunista aliada al crimen organizado en esos tristes trópicos. El apoyo de esa izquierda a los desmanes totalitarios de los caudillos caribeños es una pulsión que florece y da sus frutos en el terreno de la patología política. Siendo promotores del tercermundismo, algunos llegan a traicionar a sus propias sociedades, mientras que otros se expresan con eufemismos o mantienen un silencio cómplice dentro del political correctness de los sistemas democráticos del primer mundo donde viven cobijados en la seguridad de sus tribunas mediáticas o académicas sin temor a ser perseguidos por expresar sus ideas en libertad. Esos intelectuales han sido incapaces de desprenderse de sus camisas de fuerza ideológicas y como bien lo expresara Pascal Bruckner, viven una verdadera “ortopedia del pensamiento”.[1]
En la década de 1950, el filósofo Jean Paul Sartre dispensaba alabanzas al socialismo real de la URSS, pasando por alto la violación de los derechos humanos y los 20 millones de disidentes asesinados por el estalinismo, llegando a declarar en 1954: “En la URSS la libertad de crítica es total”. Dos años más tarde, en 1956, después de que el “Informe Krushev” destapara las crueldades del régimen, no vaciló en volcarse hacia la utopía revolucionaria caribeña. Sin ningún decoro comenzó entonces a proponer la idea del “hombre nuevo” inspirado en la Revolución cubana.
Según Isis Wirth, Huracán sobre al azúcar (Ouragan sur le sucre), los 16 artículos que Sartre hizo aparecer en France-Soir en 1960, fue la apología y la exégesis avant-la-lettre del castrismo. (…) El »especialista de las revoluciones» declaraba que con Castro jamás arribaría la época del terror. Lo más atroz para Wirth es la apologética teórica de la personalidad de Fidel Castro, aderezada con visos filosóficos: “Sartre analiza lo ‘sintético’ de su pensamiento, el carácter ‘totalizador’ -adjetivo del que aún no se cuidaba- de su sensibilidad. Castro no es una ‘totalidad’ singular sino el ‘todo’. ‘El es todos los hombres de la isla; fuera de esto, nada’. O, dicho de una manera más lírica: ‘Castro ya era la isla entera’. Sartre no vacila, incluso, en efectuarle un ‘análisis molecular’ y escribe, “Castro es como ‘el dios de Aristóteles, el primer motor’”. [2]
Fidel Castro, quien en vida expresó que “no quería morir sin ver incendiada Latinoamérica”, en 1994 le pasó el testigo a un militar golpista venezolano, de allí que Hugo Chávez comenzó por repetir los mismos eslóganes: “El hombre nuevo que el socialismo del siglo XXI dará a luz en Venezuela” y “Patria, socialismo o muerte”. Con esto último, sellaba lo ya demostrado por el nazismo y el comunismo, que las ideologías dogmáticas que adoptan “la muerte” como motto, son la fuente de un terrorismo de Estado, arrogándose el derecho de aniquilar en forma física o política a quienes se opongan a sus objetivos.
En los intelectuales de izquierda y muchos de los asesores políticos, analistas y periodistas europeos, amancebados con el régimen militarista y narcoterrorista que instauró Chávez y continuó Maduro, lo que ha privado es la transacción, el utilitarismo, el cinismo o la simple perversidad. Nos negamos a creer que se trata de ideología, ingenuidad o miopía, pues la llamada “revolución bolivariana”, que no es otra cosa que una mafia del crimen organizado está a mucha distancia de la práctica del socialismo democrático moderno del que tanto disfrutan y conversan puertas adentro, en los bistrots de moda o desde sus cómodas sillas académicas en prestigiosas universidades.
La seducción de Siracusa
El apoyo, el mutismo, el comportamiento adulante y complaciente a dictadores latinoamericanos como lo fueron Chávez y Castro y ahora Ortega, Morales y Maduro, que han destruido todo concepto de democracia, entre otros desgarramientos que ocurren en esas lejanas latitudes, nos recuerda la admonición de Mark Lilla en su asertivo ensayo “La seducción de Siracusa”. [3]
Lilla profundiza las razones que llevaron a muchos intelectuales europeos del siglo XX a avalar toda clase de tiranías y desviaciones al sentirse “seducidos por la fascinación del poder totalitario, sus líderes carismáticos o sus mesiánicas ideologías. Coreografiaron cuidadosamente sus viajes y paseos por los dominios de los tiranos, eso sí, con billetes de regreso en la mano. Las doctrinas del comunismo y el fascismo, del marxismo en todas sus barrocas mutaciones, del nacionalismo, del tiers mondisme, en ocasiones animadas por el odio contra el poder despótico, fueron todas capaces de generar feroces dictadores, pero también de cegar a los intelectuales ante sus crímenes”. Sobre los intelectuales europeos que apoyaron o que hoy apoyan estas aberraciones, Lilla es cáustico al afirmar: “La Europa continental alumbró dos grandes sistemas dictatoriales durante el siglo XX, el comunismo y el fascismo; del mismo modo, también creó un nuevo tipo social para el que necesitamos un nuevo nombre: el del “intelectual filotiránico”.
El terrorismo intelectual y el “efecto Lucifer”
Es conocida la actitud de asedio, descalificación y agresión demostrada por los intelectuales y medios de izquierda contra los que no piensan como ellos, siendo notorio en el caso de Aleksandr Solzhenitsin (1918-2008) durante su visita a París en 1974. Este físico y matemático ruso fue condenado a trabajos forzados en un campo de concentración o Gulag desde 1945 a 1956, por expresar opiniones contrarias al régimen estalinista en una carta dirigida a un amigo. Solzhenitsyn fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1970 y expulsado de la Unión Soviética en 1974, cuando el aparato de espionaje de la KGB se enteró de que el escritor había registrado las conversaciones con más de 100 disidentes políticos sobrevivientes como él, para dar a conocer los horrores a los que fueron sometidos durante su cautiverio en el Gulag. Se trataba de científicos, intelectuales, agricultores y gente del común que, aparte de los trabajos forzados y la falta de alimentos a los que estaban sometidos, debían sobrevivir a los hostigamientos de delincuentes y criminales recluidos en un mismo recinto, para que no tuvieran sosiego ni de día ni de noche. Solzhenitsyn resistió 11 años el infierno del Gulag.
Stéphane Courtois, editor de El libro negro del comunismo, señala: “El comunismo real, puso en funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir el terror como forma de gobierno”[4]. Los actos criminales que significaron hostigamientos, prisión, asesinatos, tortura, exclusión social y deportaciones que arrojó la implantación del comunismo ofrecen un balance más terrible que el del nazismo. De acuerdo con dicho informe, se calcula en 20 millones de opositores asesinados en la URSS, de los cuales un gran porcentaje murió en los Gulags, sirviendo de modelo administrativo eficiente para los campos de exterminio nazis, gracias a los intercambios oficiales y protocolos secretos que se sucedieron durante el pacto ruso-alemán de 1939.
En el libro Archipiélago Gulag, metáfora que Solzhenitsyn utiliza para diseccionar ese sistema de prisiones, pudo publicarlo en París en diciembre de 1973, al enterarse de que el KGB había apresado y torturado hasta darle muerte a Elizaveta Voronyánskaya, su secretaria, exigiéndole revelara el lugar donde escondía el manuscrito original. En febrero de 1974 fue detenido y acusado de traición a la patria, a los pocos días lo despojaron de la ciudadanía soviética y lo deportaron a Alemania.
Bajo el título El terrorismo intelectual de la izquierda, Jean Sévillia[5] publica una crítica demoledora sobre la intelectualidad y los medios de comunicación ocupados por la izquierda en Francia. Entre otros temas, reproduce las opiniones sobre Solzhenitsyn del editorial de L’Humanité del 17 de enero de 1974: “La publicación del Archipiélago Gulag está enmarcada en una campaña antisoviética, destinada a distraer de la crisis que padecen los países capitalistas”. Le Monde, Le Nouvel Observateur, Tel Quel y otros medios no se quedan atrás, y califican a Solzhenitsyn de “traidor de la izquierda”, “colaboracionista de la derecha y del capital”, “máquina de guerra contra la URSS, contra el socialismo y contra la unión de la izquierda en Francia”, “profeta de la contrarrevolución” (Apostrophes, 1974), “es un personaje psíquicamente inquietante. Tiene un aspecto simiesco, es como un mono que con tristeza ve pasar a los que se pasean el domingo frente a su jaula” (Tel Quel, 1974).
Mientras estuvo en el país que se ha ufanado siempre de ser el campeón de los derechos humanos, denunció que aún estaban en funcionamiento en la URSS más de 2.000 Gulags, donde permanecían recluidos cinco millones de prisioneros políticos y que en ese mismo año la KGB había dado muerte a más de 20.000 disidentes. Es imperdonable que destacados intelectuales y dirigentes de la izquierda francesa guardaran silencio sobre esos hechos mientras sus acólitos asesinaban intelectualmente al escritor que había osado criticar el régimen comunista de Stalin. Es lo que conocemos como “efecto Lucifer” al que apunta el psiquiatra Philip Zimbardo, “El mal de la inacción o del silencio es una nueva forma del mal, que apoya a aquellos que perpetran el mal”.[6]
A raíz de la muerte de Stalin, las revelaciones del Informe Khrushchev en 1956 produjo por muchos años en dirigentes e intelectuales de izquierda una negación psicótica del totalitarismo soviético. El Partido Comunista francés tardó 17 años en reconocer la veracidad de dicho informe, de allí que sus dirigentes, junto a intelectuales y medios, avalaran por igual el sojuzgamiento a la URSS de los países del Europa del Este por el Pacto de Varsovia, la invasión a Hungría (1956) o el aplastamiento de la primavera de Praga (1968). Los que lograron distanciarse de esa distorsión cognitiva sobre Stalin corrieron presurosos a cantarle alabanzas a nuevos tiranos comunistas, en especial a Fidel Castro, el Stalin caribeño creador de un Gulag tropical donde recluyó a 11 millones de cubanos.
Thierry Wolton, periodista y ensayista francés, autor de Histoire Mondiale du Communisme, en una entrevista que le hace el diario Le Figaro,[7] le preguntan sobre la responsabilidad de los intelectuales, en particular los franceses, en el negacionismo de los crímenes cometidos por el comunismo y por qué esta ideología ejerce tal influencia en ellos. Wolton, alarmado por la carencia de reflexión después de la amplia cobertura de los medios internacionales con motivo del centenario de la Revolución rusa celebrada en 2017, expresó consternado: “Hace dos años, con motivo del centenario de octubre de 1917, un evento que dio origen al comunismo en el siglo XX se ha mantenido oculta por muchos clichés la realidad de esta trágica historia, a pesar de los hechos probados e indiscutibles. Esto es ‘negacionismo’, pues no es una interpretación de la historia, que sería una cuestión de opinión, sino la negación de la realidad. Continúan presentando el advenimiento del comunismo como una hermosa conquista del hombre, con sus gloriosas páginas tomadas de la propaganda de la época, destinadas precisamente a ocultar la realidad de la tragedia, ya que la mayoría de los medios reutilizaron ese mismo discurso propagandístico. (…) La actual negación de izquierda está arraigada en la ceguera de los intelectuales al comunismo durante el siglo XX”.
edgar.cherubini@gmail.com

[1] Pascal Bruckner, Le sanglot de l’homme blanc, Seuil, París, 1983.
[2] Isis Wirth, «El Evangelio según Jean-Paul Sartre», El Nuevo Herald, 26.10.2008.
[3] Mark Lilla, Pensadores temerarios, Debate, 2005.
[4] Stéphane Courtois, Le Livre noir du communisme: Crimes, terreur, répression. Ed. Robert Laffont, 1977.
[5] Jean Sévillia, Le terrorisme intellectuel. Ed. Tempus, 2000.
[6] Philip Zimbardo, The Lucifer Effect: Understanding the Evil. Penguin Random House, 2007.
[7] Thierry Wolton, «Il faut aussi combattre le négationnisme de gauche!». Le Figaro Premium – 22/04/2019.

Fuente:
Fotografía: Sartre en La Habana, en segundo plano el Che Guevara y (der) Fidel. © Alberto Korda.

jueves, 17 de mayo de 2018

TRIBUNAL RUSSELL

EL PAÍS, Madrid, 15 de agosto de 2017
 TRIBUNA
Maduro, entre Castro y Pinochet
Bernard-Henri Levy

Venezuela era uno de los países más prósperos de Latinoamérica.

Se encontraba, según las cifras de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), entre las mayores reservas petrolíferas del mundo.

Aunque nunca haya sido, ni mucho menos, un ejemplo de democracia, sí se estaba dotando de instituciones sólidas.

Llega la elección del excomandante de paracaidistas Chávez.

Luego la nominación, seguida de una elección fraudulenta, de Maduro, su triste y sangriento clon.

Y el sueño se convierte en pesadilla; una mezcla de incompetencia y estupidez, la sumisión del país a una “burguesía” bolivariana, codiciosa y a sueldo una de Cuba desangrada y que ya no cree en su propio modelo, lo echa todo por tierra; y un nuevo liberador de pacotilla, agotando la bomba de dinero de la empresa petrolera nacional para nutrir su clientelismo y alimentar los fondos opacos gestionados sin supervisión por los sátrapas de su régimen, mete al país en el pelotón de cola de los países que se dirigen a la pobreza masiva (a título indicativo, una inflación equivalente a la de Zimbaue o a la de la Alemania de la década de 1920).

Recordamos a Cándido, a la vuelta de su país de Cucaña, en el que el oro —el petróleo amarillo— ya fluía a raudales.

Recordamos, en Luis Sepúlveda, Alejo Carpentier y otros, el mito de El Dorado, que nunca acabó bien.

Un El Dorado desinflado que se paga allí a un alto precio.

Y el saqueo del país se duplica con el desencadenamiento de violencia que la sitúa al borde de la guerra civil.

120 muertos en unas semanas.

Las figuras destacadas de la oposición han sido perseguidas, cesadas en sus cargos, secuestradas, encarceladas.

Torturas en comisarías.

Y para empeorar las cosas, la farsa electoral que acaba de permitir a una asamblea deconstituyente acaparar todos los poderes y desmantelar, si quiere, el frágil equilibrio institucional del país.

Ante este desastre, deseo plantear dos preguntas.

Una pregunta franco-francesa, para empezar: ¿Hasta cuándo Mélenchon, líder de la Francia Insumisa, seguirá encontrando virtudes en este régimen asesino?

¿Cuántos muertos necesitará para llamar a las cosas por su nombre y reconocer en los policías de Maduro a los gemelos de los que, en otra época, sembraron el terror en Chile y Argentina?

¿Y a qué espera para pronunciar las palabras que son el privilegio de un hombre libre de sus alianzas y de su palabra: sí, me he equivocado; no, este régimen brutal no es una “fuente de inspiración”; y esta historia de la “alianza bolivariana”, inscrita en el artículo 62 de mi programa y que debía acercarme a los herederos de los caudillos (Castro, Chávez…) cuya muerte tanto lloré, era una idea verdaderamente mala?

De momento, nada.

Como los españoles de Podemos o los griegos de Syriza, como Jeremy Corbyn en Reino Unido, los melenchonistas creen que sus héroes con las manos teñidas de sangre tienen la excusa de la lucha contra el “imperialismo”.

Y, cuando despiertan, es para invertir los papeles y, como hizo un siniestro portavoz del partido, Djordje Kuzmanovic, comparar a los pacíficos manifestantes que luchan por la democracia y el derecho con los golpistas de Pinochet en el Chile de la década de 1970; o, como Alexis Corbière, para denunciar la “desinformación” y, añadiendo el oprobio a la cobardía, insultar la memoria de los muertos (jóvenes de los “barrios ricos” que solo han recibido su merecido), alimentar el conflicto racial (“a menudo la gente de color está en los barrios bajos”), y criminalizar a la oposición, expuesta los salvajes ataques de las milicias paramilitares del Gobierno “"a menudo la gente se quema”).

¿Estos “insumisos” son insumisos o rehenes?

De cualquier modo, esas palabras no son dignas de un partido que aspira a encarnar la oposición en Francia.

Y después, la segunda pregunta se dirige a la comunidad internacional, a la que afecta por dos razones.

En lo que se refiere a la “responsabilidad de proteger”, como establece la Carta de Naciones Unidas, y que exige aquí palabras duras: una condena firme por parte de un Consejo de Seguridad valiente; gestos de apoyo simbólicos como la recepción en París, Madrid o Washington de los últimos representantes de la oposición que aún tienen libertad de movimientos; una demostración de solidaridad de la representación nacional francesa, española, estadounidense u otra, con el Parlamento venezolano que el golpe de Estado constituyente de Maduro amenaza con disolver; y después, naturalmente, sanciones económicas y financieras que vayan más allá de las tímidas fanfarronadas de Donald Trump.

Y además, lo que ha pasado en Caracas nos afecta —de esto no estamos tan enterados— en el campo de la lucha contra el terrorismo y contra las redes de blanqueo de capitales que lo financian: ¿qué sentido tiene la alianza, “bolivariana” como tiene que ser, entre el difunto Chávez y Mahmud Ahmadineyad, expresidente de la República de Irán? ¿Qué ha sido de los miembros de las FARC colombianas que, según me confesó uno de sus jefes, Iván Ríos, poco antes de morir, en 2007, fueron enviados “en misión” al país del “socialismo del siglo XXI”? ¿Y qué crédito debemos conceder a algunos líderes de la oposición antichavista que gritan, de momento en el desierto, que no se conocen todos los lazos de Maduro con Corea del Norte, la Siria de Bachar el Asad en Siria o cierto activista de Hezbolá desterrado o en tránsito?

No son más que preguntas.

Pero preguntas que hay que plantearse.

Un régimen desesperado es capaz de cualquier vileza, y la situación en Venezuela merece comisiones de investigación, un Tribunal Russell, un mayor interés por parte de la prensa occidental; todo menos el silencio incómodo que, de momento, acoge a este pronunciamiento prolongado.

Ilustración: Enrique Flores.
Traducción de News Clips.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/14/opinion/1502729579_535130.html

domingo, 1 de abril de 2018

NOTICIERO RETROSPECTIVO



- Rubén Ferrer Rosas. "1910-1968: Manuel García Conde, un gran sacerdote que consagró su vida a Maturín". El Nacional, Caracas, 27/10/1968.
- Omar Alberto Pérez. "Guzmán Blanco y los límites guayaneses". El Nacional, 28/02/82.
- Fidel Castro: "Cumpliremos la zafra". Deslinde, Caracas, 15 al 30/04/70.
- Hugo Briceño Salas. "La universidad y el país". La Esfera, Caracas, 02/06/66.
- Carlos Canache Mata. "Alejandro Otero en Italia". El Nacional, 08/10/77.

domingo, 25 de febrero de 2018

VICISITUDES DEL ESTADO CUARTEL

¿Cuán anacrónico es el castro – comunismo?
Luis Barragán

Producto y vicisitud de la llamada Guerra Fría, sufrimos la conmoción del cercano nacimiento de un régimen que todavía sojuzga al pueblo cubano, confinándolo  a la extrema miseria. Irradió una inmensa promesa de redención que sólo el tiempo, inexorablemente, desenmascaró a un elevado e inaudito precio.

Recientemente, con motivo de Arístides Calvani, nos permitimos hablar en la sesión plenaria de la Asamblea Nacional que aludió al centenario de su nacimiento (https://www.youtube.com/watch?v=IhcntCFcRq4), haciendo referencia al castro-comunismo. La expresión  inquietó a una persona amiga, pues, con acierto, señaló que nunca fue un corpus doctrinario e ideológico que mereciera tamaña distinción. Sin embargo, lo que pierde en exactitud el anacronismo, respecto al plano teórico, la gana en el terreno político, tratándose del actual caso venezolano.

El proceso cubano, desde los sesenta del XX, no hizo aporte universal alguno al marxismo, salvo reinterpretar las tesis estalinistas sobre las nacionalidades. Distante de toda la polémica del decenio en torno al freudomarxismo o al  althusserismo, por ejemplo,  quedó prendado a las formulaciones encargadas a Régis Debray, confiriéndole una necesaria y básica racionalidad a los planteamientos e incursiones de Ernesto Guevara.

En propiedad, a lo sumo, la contribución que hizo el proceso no fue el de un corpus, sino el de un imaginario guevarista de la revolución, dirimida como un acto heroico del voluntarismo sacrificado que bien anidó en la insurrección armada venezolana, en trance de su derrota política y militar, victimizándose prontamente. A esa etapa apeló el llamado chavismo (y sucesores) para alegar su pretendida legitimidad histórica,  ya que, soslayando todo el debate que forzó el inmediato período post-guerrillero, nos ha devuelto a las representaciones de la lejana década, haciéndose – digamos – trans-imaginario. No obstante, la experiencia tiene por innegable soporte, la dictadura de La Habana, huérfana la de Caracas del vuelo e inspiración para justificarse en el marco del Estado Cuartel que, conscientemente o no, ha edificado.

El soporte es el del castro-comunismo, condensando la experiencia política heredada de un mesianismo que se empinó – pulverizándolo – desde el Movimiento 26 de Julio, haciendo suyo un leninismo que le dio algo más que identidad, proveyéndolo de las herramientas indispensables para entronizar un régimen que sobrevivió al mismo derrumbe de la Unión Soviética y de la satelital Europa Oriental.  El tal socialismo del siglo XXI, pasando del MVR-200 / Polo Patriótico al PSUV / Somos Venezuela, configurada la peculiar yunta cívico – militar,  no es otra cosa que la actualización del castro-comunismo, por rudimentario que se diga, en cuanto a relato e a incidentes a imitar, acaso, antihistórica o ahistóricamente. Por ello, ve o aspira a ver en la sucesión de expropiaciones, la nacionalización de la industria azucarera; en las güarimbas, el Escambray; en la provocación de una intervención estadounidense, Bahía de Cochinos; en la zafra de finales de los sesenta y principios de los setenta, fallida, la de los obsesivos diez millones de votos, aunque tenga que apelar al fraude, como lo ha hecho en diferentes comicios; en el sufragio favorable al único partido dominante, un eufemismo de la democracia.

Fotografía: Joan Fontcuberta.
Reproducción: Primera plana de El Nacional, Caracas, 02/01/1959.

25 y 27/02/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/02/25/cuan-anacronico-castro-comunismo/
https://www.analitica.com/opinion/cuan-anacronico-es-el-castro-comunismo/

domingo, 12 de noviembre de 2017

CAZA DE CITAS

"Fidel Castro necesitaba urgentemente aliados pocos escrupulosos y los comunistas precisaban hacerse  perdonar su pasado.  Fidel Castro proporcionó a los comunistas, en el cambio, la purificación del Jordán revolucionario y ellos le facilitaron los cuadros incondicionales"

José Barbeito

("Realidad y masificación", Ediciones Nuevo Orden, Caracas, 1964: 213)

domingo, 20 de agosto de 2017

EL GRAN ENGAÑO

EL MUNDO, Barcelona, 15 de agosto de 2017
 TRIBUNA
Cuba, el gran engaño de América
Zoé Vadés

Algún día debiéramos estudiar los proyectos de nacional-socialismo que rondaron por la mente de Fidel Castro en su juventud. En aquella época, era un asiduo lector de Mi lucha, de Adolf Hitler;después viró hacia textos más leninistas que marxistas en sus años de matrimonio con una burguesa cuyo hermano le conseguía botellas (puestos ficticios muy bien remunerados) en el Gobierno de Fulgencio Batista y Zaldívar, el mismo que le salvó la vida, y al que el gordito pesado de Birán dejaría chiquito.

Esos sueños del "Novio de la patria" -como el propio Castro se hizo llamar a inicios del tumbe castrocomunista, cuando empezó a autodenominarse "el Papá de todos los cubanos"-, cundieron en la febril mente del joven Hugo Chávez antes de ser entrenado ideológica y militarmente en Cuba y de convertirse en un militar golpista, años más tarde. Devenido entonces presidente bajo una dictadura constitucional (sueño truncado del castrismo con Salvador Allende en Chile, preferían la anhelada guerrilla), declaraba su socialismo nacionalista del siglo XXI, revivido por el bolchevique Raúl Castro, hermano de la Bestia de Birán, y tan bestia y sanguinario como él, o más.

Las relaciones entre Cuba y Venezuela no siempre fueron tan retorcidas ni estuvieron dominadas por un carácter tiránico como las que hoy observamos.

La bandera cubana fue concebida en 1849 por el militar venezolano Narciso López, en Nueva York. La Asamblea Constituyente de Guáimaro la adoptó en 1868, y en 1902 se convirtió en el símbolo de la Cuba independiente. Es la misma enseña que, sin saber su origen, hemos visto quemar por opositores venezolanos como muestra de odio a los invasores castristas. Una pena;los invasores castrocomunistas se han adjudicado la bandera como se han apropiado de una isla, pero esa bandera no representa a la tiranía. La bandera cubana es la bandera de los cubanos, libres o no.

Venezuela y Cuba siempre se mantuvieron aliados. La sólida y genuina cultura cubana que tanto admiraban los venezolanos, al igual que numerosos latinoamericanos, era sin embargo lo que menos interesaba a los que se adueñaron del destino de la isla y expulsaron a sus artistas y escritores al exilio, fusilaron a los defensores de la libertad y persiguieron y apresaron a tantos inocentes por el mero hecho de opinar en contra de lo que se avecinaba: el odio. Y, con el odio, el castrocomunismo.

El producto de marketing creado por Fidel Castro, la revolución comunista tropical plena de aversión y rencor, llegó y triunfó allá donde se predicó. Por el contrario, su revolución interna fracasó. Una rabia urdida frente a un enemigo inventado no podía llegar a nada.

Durante más de 58 años, el gran lobo feroz se ha llamado "el imperialismo yanqui". Con el odio a ese ogro supuestamente amenazador, los Castro ganaron el fervor de América Latina y del resto del mundo.

Sin embargo, 30 años de férrea invasión soviética en Cuba no sensibilizó a los libertarios del mundo. A nadie le importó esa desastrosa invasión. Todos, eso sí, deploraron aquella otra invasión traicionada por J. F. Kennedy, conducida por un grupo de cubanos patriotas que intentaron en vano, abandonados por el Gobierno norteamericano, de defender su país del totalitarismo. Como tampoco nadie apoyó la guerrilla que emprendieron miles de cubanos en las lomas del Escambray en contra del comunismo; muchos de ellos habían combatido a Batista. Los dejaron solos.

La soledad de Cuba es épica. Así y todo, pocos escriben la verdad. Ni antes ni ahora reconocen que los cubanos llevan 58 años batallando contra un monstruo que ha conseguido extender sus tentáculos a través de América Latina y del mundo; también hacia Estados Unidos: sus universidades, sus instituciones y al mismísimo Gobierno. El castrismo se apoderó de Nicaragua, de El Salvador, de Argentina, de Bolivia, del Perú, de Ecuador, de una parte de México, y, por fin, de Venezuela entera, la niña de sus ojos.

Fidel Castro quiso enseñorearse de Venezuela desde los años 60. Allí envió a sus guerrilleros, allí murió Antonio Briones Montoto. Hoy sus sobrinos viven como pachás en Miami, y hasta son dueños de restaurantes y clubes de moda, en lo que ha sido la invasión castrista de Miami más onerosa con la anuencia y el apoyo del Gobierno de Barack Obama. 'Su intercambio cultural' unilateral ha servido para que los hijos, nietos y sobrinos de los militares castristas se asienten con sus millones, y los multipliquen, en la ciudad odiada por sus abuelos, padres y tíos, corazón de la mafia del exilio cubano.

Volviendo a Venezuela. Castro la quería a todo coste, primero que a los demás países de América Latina. La perdió en los 60 cuando su guerrilla fracasó. Entretanto, se metió en Chile, y allí tuvo a Salvador Allende -a pesar de que éste ganara en unas elecciones y no por los embates de una guerrilla-. Su plan era otro, cual un Napoleón, más que un Bolívar, el de usurpar más que liberar. Entonces citaba a Napoleón y a Romain Rolland en sus cartas a Celia Sánchez, antes de verse descubierto en su obsesión hitleriana-leninista.

Tras Chile con Allende y el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), Argentina y sus montoneros hoy devenidos millonarios, vinieron Nicaragua y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (desde el ICAIC y el ICAP de Cuba se les enviaba armamento), El Salvador y su Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, el Uruguay de los tupamaros, el Perú y Sendero Luminoso, Colombia y las FARC, y así sucesivamente, hasta Angola, Etiopía, Granada, Panamá, y todas las guerras y movimientos injerencistas y batallones de narcoguerrillas y movimientos terroristas. De todo eso los Castro han sido los creadores.

Venezuela no caía. Venezuela con sus gobiernos difíciles se resistía. No perdieron tiempo. Tanto Hugo Chávez como Nicolás Maduro formados en la isla, fueron entrenados para que un día tomaran el poder y convirtieran al país en el horror que es Cuba. Con el tiempo, paciencia y sus entretejidos tentáculos, lo lograron.

Ya lo decía aquella marcha compuesta por el esbirro castrista Agustín Díaz Cartaya a inicios de 1959, autor del himno del 26 de julio, primer movimiento guerrillero dirigido por Fidel Castro, en el peor estilo soviético, la Marcha de América Latina, donde se resume el papel hegemonista de la isla caribeña: "De pie, América Latina... Marchemos junto al socialismo... Cuba, faro de América toda... América revolución". China y Corea del Norte han llamado siempre a Cuba "el pequeño hegemonista";el grande era la URSS.

Desde el primer día en que Chávez tomó las riendas se vio el carácter de marioneta en sus intenciones. Los venezolanos no oyeron a los cubanos que les advirtieron lo que se proyectaba, lo mismo que en Cuba: hambre, desolación, odio, división de las familias, exilio, represión, persecuciones. Comunismo, en una palabra.

Muerto Chávez, el mejor discípulo de los Castro, heredaron el poder Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, designados por Chávez, entrenado el primero también en la isla, y todavía más adocenado y súbdito del máximo poder del Comité Central del Partido Comunista cubano, dirigido por los temibles hermanos y por generales tan asesinos como ellos, Ramiro Valdés y toda su cohorte, que a través del Gobierno narco-castrista hacen y deshacen a su antojo.

Han pasado 18 años de dictadura. Hoy muchos vuelcan su mirada hacia el terror de Venezuela. En Cuba, una tiranía de 58 años conmueve solamente a unos cuantos. Pocos reconocen que el foco de esa atrocidad está en La Habana. Que Cuba ha sido el engaño de América toda, parodiando al himno. Que ese núcleo de oprobio continuará extendiéndose por el mundo.

Venezuela fue convertida en la provincia de ultramar castrista, la provincia rica, bajo la coacción y sometimiento de miles de militares cubanos.

De qué vale que la Unión Europea tome medidas en contra de Venezuela si a Cuba, el meollo del horror, la dejan intacta y le facilitan todo. De qué vale que la ONU condene a Nicolás Maduro si ensalza a los Castro y los reconoce como mediadores entre la narco-guerrilla de las FARC y el Gobierno colombiano.

Sacar a los Castro y a toda su casta significaría liberar a Cuba y a Venezuela, acabaría de una vez y por todas con esa maldición que lleva más de medio siglo acechando y destruyendo por donde pasa y se instala, ahora con su nueva máscara de falsa democracia.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/08/15/5991d326468aebea428b45f3.html
Ilustración: Rudy.

viernes, 24 de marzo de 2017

TELESCOPÍA POLÍTICA

El trago amargo para un partido subsidiario
Luis Barragán


Desde sus orígenes, la revolución cubana tuvo mejores relaciones e intereses con la ultraizquierda venezolana que, por identificarla de alguna manera, con la izquierda marxista institucional. El Partido Comunista de Venezuela (PCV), identificado con el proceso hasta el sol de hoy, jugó un papel secundario frente al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y sus posteriores derivaciones, aún lejanas, como el propio chavismo.

Luego de la derrota política de la subversión armada, a propósito de los comicios de 1963, se hizo cada vez más evidente la de carácter militar, por lo que el VIII Pleno del CC del PCV decidió responder a las circunstancias adversas, comenzando por las propias de un frente guerrillero que, a un lado, sintonizaba con el empedernido foquismo continental de los días, y, al otro, trataba de sobrevivir a las fracturas y divisiones. A la significativa y, a la postre, trascendente expulsión de Douglas Bravo de sus filas, añadido el exitoso y fortísimo desmantelamiento del frente más cercano a la ciudad capital (por cierto, en “El Bachiller” muere “El Chema” Saher, hijo de un gobernador adeco), se unió el discurso de Fidel Castro del 13 de marzo de 1967 que Luigi Valsalice caracterizó como el de “un largo ataque de inusitada violencia contra los dirigentes comunistas venezolanos”, firmemente respondido – tres o cuatro días después -  por quienes sentían la necesidad de abandonar las armas, reiniciar la lucha de masas y condenar el terrorismo (“Guerrilla y política”, Pleamar, Buenos Aires, 1975: 75 s.). Acotemos, por esos pesarosos días, declarando desde la clandestinidad a Germán Carías,  el secretario general - (re) entrante - del PCV, Pompeyo Márquez, expresó: “Fidel tendrá que reconocer su error. Nuestro partido no es cobarde, ni claudica ni se vende. Allí está nuestra lucha de 35 años como ejemplo” (El Nacional, Caracas, 27/04/1967).

Al pasar los años, las relaciones de Castro con el PCV tendieron a normalizarse con la distante cortesía de quien las hizo óptimas con el propio y satanizado Carlos Andrés Pérez y, luego,  por sobradísimas razones,  con Hugo Chávez, el gran benefactor. Cumplidas las formalidades para familias ideológicas tan afines,  las nuevas generaciones de dirigentes del partido, haciendo gala de la ortodoxia, varias veces intentaron un acercamiento con La Habana que nunca se compadeció con el estrecho parentesco que los herederos de esa ultraizquierda aún cultivan.

Así las cosas,  a medio siglo de aquella polémica, importa poco o nada a Raúl Castro y, mucho menos, al orgullosamente ignorante Maduro, el destino del PCV al que quiso someter a la revalidación partidista, pues, la organización ha anunciado que no la hará y, a la vez, recurrirá al Tribunal Supremo de Justicia. Por mucha lealtad que tengan con el gobierno que les concedió dos o tres cupos en su lista parlamentaria, siendo un partido subsidiario del PSUV,  no le quedará más remedio que  integrarse o desaparecer, muy quizá dejándose quitar el nombre si apuran mucho al clan gobernante.

El observador más incauto, por mil diferencias políticas e ideológicas que se tengan, podrá apreciar de un solo vistazo el contraste entre el PCV y el PSUV; nos permitimos añadir, presidida por un dirigente comunista cuando la integramos, era en algo distinta la Comisión de Política Exterior de la Asamblea Nacional, frente al conductor pseuvista, aunque el resultado fuese desgraciadamente el mismo. De continuar, el madurato se echará al pico las varias décadas de historia del PCV y, como en La Habanera, ni un eructo brindará.

20/03/2017:
http://www.diariocontraste.com/2017/03/el-trago-amargo-para-un-partido-subsidiario-por-luis-barragan-luisbarraganj

lunes, 2 de enero de 2017

ENFERMIZO FEBRERISMO

El (in) culto a la personalidad
Luis Barragán


Finalizando el año, la Asamblea Nacional de Cuba, apenas, una presunción de parlamento, sancionó una ley mediante la cual prohíbe emplear el nombre y la imagen de Fidel Castro en los espacios públicos, según la postrera voluntad de quien logró complementarse con José Martí, empecinado en refundar la identidad nacional de los isleños. Por cierto, una agencia noticiosa recordó que, hacia marzo de 1959, surgió un instrumento legal que vedó o dijo vedar cualesquiera monumentos en tributo a las personalidades en vida.

Tardando demasiado, a las pocas horas Maduro Moros anunció una ley semejante en relación a Chávez Frías, tildando el culto a la personalidad como una desviación pequeño-burguesa, y prodigándole – eso sí - los consabidos adjetivos que muelen de hastío a los venezolanos. Cual agente del protectorado, invocando la vigencia de la ley habilitante, el correspondiente decreto muy poco agregará al habitual cinismo de todos estos años. Empero, subyacente, adivinamos la necesidad de decretante por recobrar una individualidad que, deliberadamente, sacrificó para sustentarse políticamente en la devoción del antecesor que hoy luce como un fantasma del imaginario colectivo, definitivamente agotada toda la manipulación en la que se esmeraron los especialistas.

La anécdota –  así destaca, teniendo por fondo nuestros dramas – sugiere una sublimación del reciente luto cubano que, a su vez, lo es del más remoto del Kremlin, teniendo por diferencia el XX Congreso del PCUS y la asistencia de delegados extranjeros que mermó la confidencialidad de sus sesiones. Valga acotar, denunciado el culto a la personalidad y los crímenes que perpetró Stalin, todavía Grover Furr  se atreve a cuestionarlos  (“Kruschev mintió”, Vadell Hermanos, Caracas-Valencia, 2015), huérfano de fuentes confiables y pruebas convincentes.

De ética política se habla en la dictadura caribeña, mientras acá constituye un comentario más de los acostumbrados por Maduro Moro a contrapelo de una realidad macabra, como la que él – y no otros – ha creado. Quien se ha dicho hijo por siempre de Chávez Frías,  parece medir su poderío con los disparates que dice y hace ante la aparente resignación de todos: suerte de “poderómetro” para el ilimitado ensayo, concebido como un arte de gobierno..

El (in) culto a la personalidad presidencial que también le dio y le da soporte a una ya larga experiencia de poder, marcando un retroceso en nuestra cultura política, apeló y apela a las más burdas manifestaciones mágico-religiosas. Imposible de sostener, es tiempo de abrir las ventanas hacia la sensatez y el libre debate, soportando una transición democrática sobre principios y valores capaces de explicar la legitimidad política más allá del penoso y sedicente credo de los gobernantes de turno.

Fuentes:
02/01/2017:
http://www.diariocontraste.com/2017/01/el-in-culto-a-la-personalidad-por-luis-barragan-luisbarraganj/
http://www.noticierodigital.com/2017/01/el-in-culto-a-la-personalidad/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=55338
Referencias:
http://www.telesurtv.net/news/Asamblea-de-Cuba-prohibe-usar-el-nombre-y-figura-de-Fidel--20161227-0044.html
http://www.abc.es/internacional/abci-cuba-prohibe-usar-nombre-fidel-castro-espacios-publicos-y-imagen-para-monumentos-201612272217_noticia.html
http://www.noticierodigital.com/2016/12/maduro-pide-eliminar-culto-a-la-personalidad-de-hugo-chavez
Pieza: Escultura de pequeña escala: José Rafael Morales, "Una imagen, una frase, 'un por ahora cumplido' " (2012). Biblioteca Nacional / Foro Libertador, Caracas, marzo de 2016 (prosiguiendo el tributo febrerista).

sábado, 31 de diciembre de 2016

O ... LESIÓN LEVÍSIMA

EL MUNDO, 31 de diciembre de 2016
Revolución o muerte
Jaime Ignacio del Burgo

Cuando estaba a punto de terminar el bachillerato en el Colegio de San Ignacio de Pamplona nos llegó la noticia de la caída de la dictadura en Cuba y la entrada triunfal de Fidel Castro en La Habana, hecho ocurrido el 9 de enero de 1959. Recuerdo la satisfacción de alguno de mis profesores, orgulloso de que el líder de la revolución hubiera sido antiguo alumno de los jesuitas. Valoraban sus sentimientos católicos y se dijo que había exhibido un rosario durante su victorioso desfile. Esto no es un hecho demostrado, pero sí lo es que el gran fotógrafo cubano Alberto Korda, autor del retrato del Che Guevara universalmente conocido, le fotografió por aquel entonces junto a un soldado revolucionario que portaba una gran imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba.

El júbilo jesuítico pronto se trocaría en enorme decepción. Fidel Castro no tardó en mostrar su auténtica ideología: el marxismo-leninismo. Por eso persiguió sañudamente a la Iglesia Católica. Ordenó la expulsión masiva de sacerdotes, frailes y monjas. Nacionalizó todos los colegios de religiosos. Cerró los templos y prohibió las manifestaciones públicas de culto. Fusiló a dirigentes y fieles católicos por el mero hecho de serlo. A los pocos sacerdotes que permanecieron en la Isla les prohibió toda actuación pastoral. Emprendió una sistemática campaña de descristianización y promoción del ateísmo. Este negro panorama comenzó a cambiar en 1991 con la apertura de una cierta tolerancia religiosa. En 1998, el Papa Juan Pablo II viajó a Cuba, donde tuvo una acogida apoteósica, que presentó Fidel Castro como una legitimación de su régimen. En 2003 hice un viaje a Cuba, lugar de nacimiento de la madre de mi esposa. Tuvimos la oportunidad de conversar en privado con el cardenal arzobispo de La Habana, Jaime Ortega, en la sacristía de la Catedral, después de la celebración litúrgica del domingo de Ramos. Nos reconoció que el viaje del Papa no sólo no había producido efectos positivos para la Iglesia, sino que tras su marcha la represión se había intensificado. Así, tal cual.

Fidel Castro dirigió al pueblo cubano el 12 de julio de 1957 el llamado Manifiesto de Sierra Leona. La Revolución prometía devolver la libertad a los cubanos en el caso de acceder al poder, con el compromiso de "celebrar elecciones generales" en el plazo de un año para elegir presidente y los demás cargos del Estado, las provincias y los municipios. Todo fue un gran engaño. Los cubanos llevan casi 60 años privados de la libertad y padeciendo una dictadura totalitaria atroz. El régimen presume de haber conseguido la igualdad, pero oculta que se trata de la igualdad en la miseria. En 1959, Cuba era el país más próspero de Iberoamérica, con una renta per cápita similar a la de España. Después de seis décadas de Revolución, el salario medio de los trabajadores es de 24 dólares (22 euros) ¡mensuales!

La izquierda europea siempre ha prestado un gran apoyo a los Castro. Ha aplaudido y aplaude lo que califican como grandes logros en educación y sanidad. Durante el viaje al que ya me he referido, pregunté a un taxista -a quien pagaba el Estado- qué tal era la sanidad. "Hay tres hospitales muy buenos para extranjeros", me contestó. Le aclaré que quería saber qué tal era la sanidad del pueblo. Su respuesta se me quedó grabada en la memoria: "Sí, es muy buena, pero cuando hay gasas no hay anestesia y cuando hay anestesia no hay gasas".

En ese mismo viaje visitamos a un heroico y meritorio sacerdote, cuyo nombre guardo en el anonimato para no perjudicar su seguridad. Nos hizo un relato estremecedor del malvivir de los cubanos. Le mostramos nuestra extrañeza por el hecho de que Castro consiguiera suscitar en la Plaza de la Revolución el fervor popular de cientos de miles de personas. Otro nuevo engaño, nos dijo: "Hay en cada manzana un comisario de la Revolución, que se encarga de pasar lista de asistentes. Al que falte sin causa justificada se le quita la cartilla de racionamiento, lo que le condena a la indigencia total por una temporada".

La Habana fue una ciudad fascinante. Hoy ofrece un aspecto decrépito, salvo su belleza natural con un mar y un cielo indescriptibles y las zonas de la Habana Vieja cuyas fachadas se han restaurado con la ayuda generosa de países "capitalistas". Sus calles son como un gran museo de vehículos antediluvianos, los "haigas" norteamericanos de los años 40. El atraso de las zonas rurales es clamoroso. Hay escasez de artículos básicos. Fidel Castro acusó a Estados Unidos de haber convertido a Cuba en un burdel norteamericano. Bajo la Revolución se desarrolló el más abyecto "turismo sexual".

En 1991 Cuba dejó de ser un Estado subsidiado por los soviéticos y con ello se acabó el espejismo de la Revolución. Hay 11 millones de habitantes y unos tres millones de emigrantes o exiliados. Su suerte no conmovió nunca al gran tirano ni a su privilegiado círculo. Un diplomático europeo nos contó que las copiosas e interminables cenas del "Comandante" se servían los manjares más exquisitos y se regaban con los vinos más caros del mundo.

Los cubanos no tienen libertad de asociación, expresión, manifestación, educación, etc. Ni siquiera gozan de libertad de movimientos. La justicia está al servicio de un régimen opresor y corrupto. ¿Es ético que pactemos con él mientras no ponga fin a la represión, libere a los presos políticos y se comprometa a emprender el camino hacia la democracia?

Tal vez la muerte del tirano abra nuevas expectativas para el cambio democrático. De momento sus sucesores parecen fieles al ideal de antaño: "Revolución o muerte". Entre nosotros, los neocomunistas y los liberticidas abertzales lloran la desaparición del tirano. ¿Acaso temen el fin de la tiranía?
(*) Jaime Ignacio del Burgo fue presidente de la Diputación Foral-Gobierno de Navarra, senador constituyente y diputado.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2016/12/31/5866a32ae5fdea9e238b4634.html
Ilustración: Sequeiros.

MEMORANDUM

EL PAÍS, 11 de diciembre de 2016
 Piedra de Toque
La muerte de Fidel
Mario Vargas Llosa

El 1 de enero de 1959, al enterarme de que Fulgencio Batista había huido de Cuba, salí con unos amigos latinoamericanos a celebrarlo en las calles de París. El triunfo de Fidel Castro y los barbudos del Movimiento 26 de Julio contra la dictadura parecía un acto de absoluta justicia y una aventura comparable a la de Robin Hood. El líder cubano había prometido una nueva era de libertad para su país y para América Latina y su conversión de los cuarteles de la isla en escuelas para los hijos de los guajiros parecía un excelente comienzo.

En noviembre de 1962 fui por primera vez a Cuba, enviado por la Radiotelevisión Francesa en plena crisis de los cohetes. Lo que vi y oí en la semana que pasé allí —los Sabres norteamericanos sobrevolando el Malecón de La Habana y los adolescentes que manejaban los cañones antiaéreos llamados “bocachicas” apuntándolos, la gigantesca movilización popular contra la invasión que parecía inminente, el estribillo que los milicianos coreaban por las calles (“Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”) protestando por la devolución de los cohetes— redobló mi entusiasmo y solidaridad con la Revolución. Hice una larga cola para donar sangre e Hilda Gadea, la primera mujer del Che Guevara, que era peruana, me presentó a Haydée Santamaría, que dirigía la Casa de las Américas. Esta me incorporó a un Comité de Escritores con el que, en la década de los sesenta, me reuní cinco veces en la capital cubana. A lo largo de esos 10 años mis ilusiones con Fidel y la Revolución se fueron apagando hasta convertirse en críticas abiertas y, luego, la ruptura final, cuando el caso Padilla.

Mi primera decepción, las primeras dudas (“¿no me habré equivocado?”) ocurrieron a mediados de los sesenta, cuando se crearon las UMAP, un eufemismo —las Unidades Militares de Ayuda a la Producción— para lo que eran, en verdad, campos de concentración donde el Gobierno cubano encerró, mezclados, a disidentes, delincuentes comunes y homosexuales. Entre estos últimos cayeron varios muchachos y muchachas de un grupo literario y artístico llamado El Puente, dirigido por el poeta José Mario, a quien yo conocía. Era una injusticia flagrante, porque estos jóvenes eran todos revolucionarios, confiados en que la Revolución no sólo haría justicia social con los obreros y los campesinos sino también con las minorías sexuales discriminadas. Víctima todavía del célebre chantaje —“no dar armas al enemigo”— me tragué mis dudas y escribí una carta privada a Fidel, pormenorizándole mi perplejidad sobre lo que ocurría. No me contestó pero al poco tiempo recibí una invitación para entrevistarme con él.

Fue la única vez que estuve con Fidel Castro; no conversamos, pues no era una persona que admitiera interlocutores, sólo oyentes. Pero las 12 horas que lo escuchamos, de ocho de la noche a las ocho de la mañana del día siguiente, la decena de escritores que participamos de aquel encuentro nos quedamos muy impresionados con esa fuerza de la naturaleza, ese mito viviente, que era el gigante cubano. Hablaba sin parar y sin escuchar, contaba anécdotas de la Sierra Maestra saltando sobre la mesa, y hacía adivinanzas sobre el Che, que estaba aún desaparecido, y no se sabía en qué lugar de América reaparecería, al frente de la nueva guerrilla. Reconoció que se habían cometido algunas injusticias con las UMAP —que se corregirían— y explicó que había que comprender a las familias guajiras, cuyos hijos, becados en las nuevas escuelas, se veían a veces molestados por “los enfermitos”. Me impresionó, pero no me convenció. Desde entonces, aunque en el silencio, fui advirtiendo que la realidad estaba muy por debajo del mito en que se había convertido Cuba.

La ruptura sobrevino cuando estalló el caso del poeta Heberto Padilla, a comienzos de 1970. Era uno de los mejores poetas cubanos, que había dejado la poesía para trabajar por la Revolución, en la que creía con pasión. Llegó a ser viceministro de Comercio Exterior. Un día comenzó a hacer críticas —muy tenues— a la política cultural del Gobierno. Entonces se desató una campaña durísima contra él en toda la prensa y fue arrestado. Quienes lo conocíamos y sabíamos de su lealtad con la Revolución escribimos una carta —muy respetuosa— a Fidel expresando nuestra solidaridad con Padilla. Entonces, este reapareció en un acto público, en la Unión de Escritores, confesando que era agente de la CIA y acusándonos también a nosotros, los que lo habíamos defendido, de servir al imperialismo y de traicionar a la Revolución, etcétera. Pocos días después firmamos una carta muy crítica a la Revolución cubana (que yo redacté) en que muchos escritores no comunistas, como Jean Paul Sartre, Susan Sontag, Carlos Fuentes y Alberto Moravia tomamos distancia con la Revolución que habíamos hasta entonces defendido. Este fue un pequeño episodio en la historia de la Revolución cubana que para algunos, como yo, significó mucho. La revaluación de la cultura democrática, la idea de que las instituciones son más importantes que las personas para que una sociedad sea libre, que sin elecciones, ni periodismo independiente, ni derechos humanos, la dictadura se instala y va convirtiendo a los ciudadanos en autómatas, y se eterniza en el poder hasta coparlo todo, hundiendo en el desánimo y la asfixia a quienes no forman parte de la privilegiada nomenclatura.

¿Está Cuba mejor ahora, luego de los 57 años que estuvo Fidel Castro en el poder? Es un país más pobre que la horrenda sociedad de la que huyó Batista aquel 31 de diciembre de 1958 y tiene el triste privilegio de ser la dictadura más larga que ha padecido el continente americano. Los progresos en los campos de la educación y la salud pueden ser reales, pero no deben haber convencido al pueblo cubano en general, pues, en su inmensa mayoría, aspira a huir a Estados Unidos, aunque sea desafiando a los tiburones. Y el sueño de la nomenclatura es que, ahora que ya no puede vivir de las dádivas de la quebrada Venezuela, venga el dinero de Estados Unidos a salvar a la isla de la ruina económica en que se debate. Hace tiempo que la Revolución dejó de ser el modelo que fue en sus comienzos. De todo ello sólo queda el penoso saldo de los miles de jóvenes que se hicieron matar por todas las montañas de América tratando de repetir la hazaña de los barbudos del Movimiento 26 de Julio. ¿Para qué sirvió tanto sueño y sacrifico? Para reforzar a las dictaduras militares y atrasar varias décadas la modernización y democratización de América Latina.

Eligiendo el modelo soviético, Fidel Castro se aseguró en el poder absoluto por más de medio siglo; pero deja un país en ruinas y un fracaso social, económico y cultural que parece haber vacunado de las utopías sociales a una mayoría de latinoamericanos que, por fin, luego de sangrientas revoluciones y feroces represiones, parece estar entendiendo que el único progreso verdadero es el que hace avanzar la libertad al mismo tiempo que la justicia, pues sin aquella este no es más un fugitivo fuego fatuo.

Aunque estoy seguro de que la historia no absolverá a Fidel Castro, no dejo de sentir que con él se va un sueño que conmovió mi juventud, como la de tantos jóvenes de mi generación, impacientes e impetuosos, que creíamos que los fusiles podían hacernos quemar etapas y bajar más pronto el cielo hasta confundirlo con la tierra. Ahora sabemos que aquello sólo ocurre en el sueño y en las fantasías de la literatura, y que en la realidad, más áspera y más cruda, el progreso verdadero resulta del esfuerzo compartido y debe estar signado siempre por el avance de la libertad y los derechos humanos, sin los cuales no es el paraíso sino el infierno el que se instala en este mundo que nos tocó.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/12/09/opinion/1481282434_957974.html
Ilustración: Fernando Vicente.
Cfr. De la utopía a la libertad: https://www.youtube.com/watch?v=G6Zgq6voolo&t=1502s

viernes, 9 de diciembre de 2016

" ... A ESO NO LLEGAREMOS..."



Perspectivas
Testimonio de una actriz que fue a Cuba “antes de que Fidel muera”
Prakriti Maduro 


“Hay que ir a Cuba antes de que muera Fidel”, decía la gente, como si fuera imposible entender a Cuba como un destino turístico, algo más que el testimonio de una política fallida. “Pude venir justo en la raya”, pensaba ya en el avión de regreso a Venezuela. Era 2007.
Aquel viaje no fue para hacer turismo ideológico ni para explorar los resultados del socialismo cubano. Fui a filmar una película donde me correspondía interpretar a una cubana, de modo que la observación me resultaba natural e inevitable. Observar era parte de mi trabajo.
Empecé a entender las dinámicas del socialismo en Cuba desde el aeropuerto. En la correa giratoria donde se espera el equipaje vi desfilar maletas y cajas durante mucho tiempo hasta que, luego de una cantidad exagerada de carga si se comparada con la cantidad de pasajeros, salió la mía. Aquellos cubanos que habían tenido alguna oportunidad de viajar aprovechaban comprar afuera todo lo que les hacía falta. Casi todo. “En Venezuela no creo que lleguemos a eso”, pensé. Ahí me enteré de que había un nuevo permiso: se podían traer hasta dos reproductores de DVD por persona.
— ¿No trajiste DVD players?
— No… es que soy extranjera.
— ¡Igual! Hubieses aprovechado y los vendías…
2
El mismo día que llegué me invitaron a una fiesta en casa de una consagrada actriz de teatro. Gente animada. Conversaciones amenas. Buena música. Cuando solté el primer “Mucho gusto…”, se fue la luz. “¡Ay, otra vez!”, dijo más de uno. Era la tercera vez en esa noche. La luz iba y venía. Ya nadie buscaba explicaciones, sino linternas y velas que permanecían a tiro.
Al día siguiente, ya en el hotel, encendí el televisor. En la programación de los pocos canales transmitían programas de calidad bastante regular. Yo necesitaba practicar el acento, así que me quedé viendo un programa de entrevistas. Sin embargo, a los pocos segundos entró el noticiero: una noticia feliz sobre los logros de la revolución. Ante la propaganda, cambié el canal pero me conseguí la misma noticia. Y la misma en el canal siguiente. La misma noticia en todos. Todos los canales se habían encadenado a la hora del noticiero.
En ese instante sentí una presión en el pecho que al mes siguiente se convirtió en una grieta. A través de ese mismo noticiero encadenado vi las imágenes en vivo del cierre de RCTV.
3
“A este punto sí que no llegaremos en Venezuela”, me dije la primera vez que fui a hacer mercado. Estaba en el automercado mejor surtido de la zona y, aún así, resultaba alarmantemente vacío.
“Si quieres preparar un buen almuerzo, tienes que ir a cinco o seis comercios el mismo día”, me dijo la juez que se dedicaba a hacer los almuerzos para el catering de la película. Yo no quería hacer un buen almuerzo, sino tener alguito en la pequeña nevera del hotel.
En la zona de la charcutería había una vitrina con quesos. Y yo, práctica y además víctima de la dieta de los puntos, vi un paquete de esas láminas de queso americano separadas en porciones cuadraditas. Sólo quedaba un paquete y se lo pedí al charcutero con el nombre que le damos en Venezuela:
— Me da ese queso Facilista que tiene allí, por favor.
— ¿Queso qué?
— Ése… ése de ahí… —le dije, señalándolo.
– ¿Facilista? Oye, ¿y por qué lo llaman así?
— Porque es práctico: ya viene en lonjas y no se pegan.
— Ummm… aquí ese nombre no funcionaría. ¿“Facilista”? No nos creemos lo fácil… las cosas hay que trabajarlas.
Estaba serio. No pretendía ser chistoso. Traté de sonreírle para descubrir el sentido del humor que había en la frase. No funcionó.
 4
Cada vez que me trasladaban a la locación veía filas y filas de gente en diferentes esquinas. “¿Y esa gente?”, le preguntaba al licenciado en Administración y Contaduría que me habían asignado como taxista. “Eso es que llegó arroz o frijoles”, solía ser la respuesta. O algo como “Es que ahí se compra con Libreta de Racionamiento”. La libreta de racionamiento sí me resultaba más fácil de entender: me parecía un antepasado de las carpetas de CADIVI.
Casas, edificios y comercios desconchados, oxidados, en ruinas. Vehículos, maquinaria y ascensores parados por falta de repuestos.
El progreso estaba fuera de servicio hasta nuevo aviso.
“A eso no llegaremos en Venezuela”, era mi único mantra.
5
A principios del 2008 volví a Cuba. El viaje duraría una semana y era para filmar las escenas que habían quedado pendientes.


El 24 de febrero, bien temprano en la mañana, me trasladaba en algo que los cubanos llaman “almendrón”: un carro antiguo que suelen usar como taxis. Ahí escuché en la radio a un locutor leyendo una carta firmada por Fidel Castro que se había publicado en el periódico Granma ese mismo día: por su delicado estado de salud, Fidel Castro se retiraba como presidente, cediéndole el cargo a su hermano Raúl, quien hasta ese momento cumplía labores de vicepresidente.
Esperaba ser testigo de una Cuba alterada, movida por la algarabía o por el terror, pero alterada. Sin embargo, todo lucía como un día normal. La gente seguía en lo suyo, como lidiando con el miedo a alegrarse. “Es probable que todo siga igual”, me explicó un actor cubano que tenía inmensas ganas de estar equivocado. La antropóloga con posgrado en filología que trabajaba como asistente de vestuario en la película supo definir el ambiente como “una densa nata”.
Aquella “densa nata” se me volvió a aparecer casi cinco años después, el 8 de diciembre de 2012. Ese día escuché cómo en todos los canales de televisión abierta Hugo Chávez le pedía al pueblo que si a él le ocurría algo eligiera a Nicolás Maduro como presidente. Y pensé: “Si eso sucediera, es probable que todo siga igual… O peor”.

Fuente: