Drama universitario
Luis Barragán
Décadas atrás, la más modesta agresión del gobierno desataba las furias universitarias. Y tratándose del presupuesto, hubo instituciones para canalizar las demandas, aguijoneando la polémica pública.
La izquierda marxista, la inaudita que pasó de la insurrección armada a replegarse en las universidades públicas y sus recursos, no aceptaba ni podía aceptar que se metieran con sus bolsillos. Alborotaba las calles, levantaba las banderas de la autonomía y estereotipaba cualesquiera diferencias que suscitara.
Hoy, las cosas son distintas. Esa izquierda inaudita y sus (i) legítimos herederos, ocupan a sus anchas el poder que lo tienen por propio y eterno.
Las universidades no sólo están en quiebra económica, carcomidas por la delincuencia común que las pasea a sus anchas, sino expone índices nunca vistos de deserción estudiantil y docente, amenazada la mismísima noción de universidad en Venezuela. Excepto que los controles, los gremios constituyen el frente enemigo por excelencia y cualquiera se rifa un carcelazo repentino, largo y algo más que incómodo, con el disenso, fuere estudiante o profesor.
Traicionadas las banderas universitarias, se afincan para liquidar cualquier referente autónomo de creación de conocimiento científico del que está urgido Venezuela. Empero, la universidad venezolana sigue en pie de lucha contra el poder establecido.
Ilustración: Enrique Flores.
18/06/2018:
http://www.diariocontraste.com/2018/06/drama-universitario-por-luis-barragan-luisbarraganj/
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sábado, 16 de junio de 2018
jueves, 17 de mayo de 2018
TRIBUNAL RUSSELL
EL PAÍS, Madrid, 15 de agosto de 2017
TRIBUNA
Maduro, entre Castro y Pinochet
Bernard-Henri Levy
Venezuela era uno de los países más prósperos de Latinoamérica.
Se encontraba, según las cifras de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), entre las mayores reservas petrolíferas del mundo.
Aunque nunca haya sido, ni mucho menos, un ejemplo de democracia, sí se estaba dotando de instituciones sólidas.
Llega la elección del excomandante de paracaidistas Chávez.
Luego la nominación, seguida de una elección fraudulenta, de Maduro, su triste y sangriento clon.
Y el sueño se convierte en pesadilla; una mezcla de incompetencia y estupidez, la sumisión del país a una “burguesía” bolivariana, codiciosa y a sueldo una de Cuba desangrada y que ya no cree en su propio modelo, lo echa todo por tierra; y un nuevo liberador de pacotilla, agotando la bomba de dinero de la empresa petrolera nacional para nutrir su clientelismo y alimentar los fondos opacos gestionados sin supervisión por los sátrapas de su régimen, mete al país en el pelotón de cola de los países que se dirigen a la pobreza masiva (a título indicativo, una inflación equivalente a la de Zimbaue o a la de la Alemania de la década de 1920).
Recordamos a Cándido, a la vuelta de su país de Cucaña, en el que el oro —el petróleo amarillo— ya fluía a raudales.
Recordamos, en Luis Sepúlveda, Alejo Carpentier y otros, el mito de El Dorado, que nunca acabó bien.
Un El Dorado desinflado que se paga allí a un alto precio.
Y el saqueo del país se duplica con el desencadenamiento de violencia que la sitúa al borde de la guerra civil.
120 muertos en unas semanas.
Las figuras destacadas de la oposición han sido perseguidas, cesadas en sus cargos, secuestradas, encarceladas.
Torturas en comisarías.
Y para empeorar las cosas, la farsa electoral que acaba de permitir a una asamblea deconstituyente acaparar todos los poderes y desmantelar, si quiere, el frágil equilibrio institucional del país.
Ante este desastre, deseo plantear dos preguntas.
Una pregunta franco-francesa, para empezar: ¿Hasta cuándo Mélenchon, líder de la Francia Insumisa, seguirá encontrando virtudes en este régimen asesino?
¿Cuántos muertos necesitará para llamar a las cosas por su nombre y reconocer en los policías de Maduro a los gemelos de los que, en otra época, sembraron el terror en Chile y Argentina?
¿Y a qué espera para pronunciar las palabras que son el privilegio de un hombre libre de sus alianzas y de su palabra: sí, me he equivocado; no, este régimen brutal no es una “fuente de inspiración”; y esta historia de la “alianza bolivariana”, inscrita en el artículo 62 de mi programa y que debía acercarme a los herederos de los caudillos (Castro, Chávez…) cuya muerte tanto lloré, era una idea verdaderamente mala?
De momento, nada.
Como los españoles de Podemos o los griegos de Syriza, como Jeremy Corbyn en Reino Unido, los melenchonistas creen que sus héroes con las manos teñidas de sangre tienen la excusa de la lucha contra el “imperialismo”.
Y, cuando despiertan, es para invertir los papeles y, como hizo un siniestro portavoz del partido, Djordje Kuzmanovic, comparar a los pacíficos manifestantes que luchan por la democracia y el derecho con los golpistas de Pinochet en el Chile de la década de 1970; o, como Alexis Corbière, para denunciar la “desinformación” y, añadiendo el oprobio a la cobardía, insultar la memoria de los muertos (jóvenes de los “barrios ricos” que solo han recibido su merecido), alimentar el conflicto racial (“a menudo la gente de color está en los barrios bajos”), y criminalizar a la oposición, expuesta los salvajes ataques de las milicias paramilitares del Gobierno “"a menudo la gente se quema”).
¿Estos “insumisos” son insumisos o rehenes?
De cualquier modo, esas palabras no son dignas de un partido que aspira a encarnar la oposición en Francia.
Y después, la segunda pregunta se dirige a la comunidad internacional, a la que afecta por dos razones.
En lo que se refiere a la “responsabilidad de proteger”, como establece la Carta de Naciones Unidas, y que exige aquí palabras duras: una condena firme por parte de un Consejo de Seguridad valiente; gestos de apoyo simbólicos como la recepción en París, Madrid o Washington de los últimos representantes de la oposición que aún tienen libertad de movimientos; una demostración de solidaridad de la representación nacional francesa, española, estadounidense u otra, con el Parlamento venezolano que el golpe de Estado constituyente de Maduro amenaza con disolver; y después, naturalmente, sanciones económicas y financieras que vayan más allá de las tímidas fanfarronadas de Donald Trump.
Y además, lo que ha pasado en Caracas nos afecta —de esto no estamos tan enterados— en el campo de la lucha contra el terrorismo y contra las redes de blanqueo de capitales que lo financian: ¿qué sentido tiene la alianza, “bolivariana” como tiene que ser, entre el difunto Chávez y Mahmud Ahmadineyad, expresidente de la República de Irán? ¿Qué ha sido de los miembros de las FARC colombianas que, según me confesó uno de sus jefes, Iván Ríos, poco antes de morir, en 2007, fueron enviados “en misión” al país del “socialismo del siglo XXI”? ¿Y qué crédito debemos conceder a algunos líderes de la oposición antichavista que gritan, de momento en el desierto, que no se conocen todos los lazos de Maduro con Corea del Norte, la Siria de Bachar el Asad en Siria o cierto activista de Hezbolá desterrado o en tránsito?
No son más que preguntas.
Pero preguntas que hay que plantearse.
Un régimen desesperado es capaz de cualquier vileza, y la situación en Venezuela merece comisiones de investigación, un Tribunal Russell, un mayor interés por parte de la prensa occidental; todo menos el silencio incómodo que, de momento, acoge a este pronunciamiento prolongado.
Ilustración: Enrique Flores.
Traducción de News Clips.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/14/opinion/1502729579_535130.html
TRIBUNA
Maduro, entre Castro y Pinochet
Bernard-Henri Levy
Venezuela era uno de los países más prósperos de Latinoamérica.
Se encontraba, según las cifras de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), entre las mayores reservas petrolíferas del mundo.
Aunque nunca haya sido, ni mucho menos, un ejemplo de democracia, sí se estaba dotando de instituciones sólidas.
Llega la elección del excomandante de paracaidistas Chávez.
Luego la nominación, seguida de una elección fraudulenta, de Maduro, su triste y sangriento clon.
Y el sueño se convierte en pesadilla; una mezcla de incompetencia y estupidez, la sumisión del país a una “burguesía” bolivariana, codiciosa y a sueldo una de Cuba desangrada y que ya no cree en su propio modelo, lo echa todo por tierra; y un nuevo liberador de pacotilla, agotando la bomba de dinero de la empresa petrolera nacional para nutrir su clientelismo y alimentar los fondos opacos gestionados sin supervisión por los sátrapas de su régimen, mete al país en el pelotón de cola de los países que se dirigen a la pobreza masiva (a título indicativo, una inflación equivalente a la de Zimbaue o a la de la Alemania de la década de 1920).
Recordamos a Cándido, a la vuelta de su país de Cucaña, en el que el oro —el petróleo amarillo— ya fluía a raudales.
Recordamos, en Luis Sepúlveda, Alejo Carpentier y otros, el mito de El Dorado, que nunca acabó bien.
Un El Dorado desinflado que se paga allí a un alto precio.
Y el saqueo del país se duplica con el desencadenamiento de violencia que la sitúa al borde de la guerra civil.
120 muertos en unas semanas.
Las figuras destacadas de la oposición han sido perseguidas, cesadas en sus cargos, secuestradas, encarceladas.
Torturas en comisarías.
Y para empeorar las cosas, la farsa electoral que acaba de permitir a una asamblea deconstituyente acaparar todos los poderes y desmantelar, si quiere, el frágil equilibrio institucional del país.
Ante este desastre, deseo plantear dos preguntas.
Una pregunta franco-francesa, para empezar: ¿Hasta cuándo Mélenchon, líder de la Francia Insumisa, seguirá encontrando virtudes en este régimen asesino?
¿Cuántos muertos necesitará para llamar a las cosas por su nombre y reconocer en los policías de Maduro a los gemelos de los que, en otra época, sembraron el terror en Chile y Argentina?
¿Y a qué espera para pronunciar las palabras que son el privilegio de un hombre libre de sus alianzas y de su palabra: sí, me he equivocado; no, este régimen brutal no es una “fuente de inspiración”; y esta historia de la “alianza bolivariana”, inscrita en el artículo 62 de mi programa y que debía acercarme a los herederos de los caudillos (Castro, Chávez…) cuya muerte tanto lloré, era una idea verdaderamente mala?
De momento, nada.
Como los españoles de Podemos o los griegos de Syriza, como Jeremy Corbyn en Reino Unido, los melenchonistas creen que sus héroes con las manos teñidas de sangre tienen la excusa de la lucha contra el “imperialismo”.
Y, cuando despiertan, es para invertir los papeles y, como hizo un siniestro portavoz del partido, Djordje Kuzmanovic, comparar a los pacíficos manifestantes que luchan por la democracia y el derecho con los golpistas de Pinochet en el Chile de la década de 1970; o, como Alexis Corbière, para denunciar la “desinformación” y, añadiendo el oprobio a la cobardía, insultar la memoria de los muertos (jóvenes de los “barrios ricos” que solo han recibido su merecido), alimentar el conflicto racial (“a menudo la gente de color está en los barrios bajos”), y criminalizar a la oposición, expuesta los salvajes ataques de las milicias paramilitares del Gobierno “"a menudo la gente se quema”).
¿Estos “insumisos” son insumisos o rehenes?
De cualquier modo, esas palabras no son dignas de un partido que aspira a encarnar la oposición en Francia.
Y después, la segunda pregunta se dirige a la comunidad internacional, a la que afecta por dos razones.
En lo que se refiere a la “responsabilidad de proteger”, como establece la Carta de Naciones Unidas, y que exige aquí palabras duras: una condena firme por parte de un Consejo de Seguridad valiente; gestos de apoyo simbólicos como la recepción en París, Madrid o Washington de los últimos representantes de la oposición que aún tienen libertad de movimientos; una demostración de solidaridad de la representación nacional francesa, española, estadounidense u otra, con el Parlamento venezolano que el golpe de Estado constituyente de Maduro amenaza con disolver; y después, naturalmente, sanciones económicas y financieras que vayan más allá de las tímidas fanfarronadas de Donald Trump.
Y además, lo que ha pasado en Caracas nos afecta —de esto no estamos tan enterados— en el campo de la lucha contra el terrorismo y contra las redes de blanqueo de capitales que lo financian: ¿qué sentido tiene la alianza, “bolivariana” como tiene que ser, entre el difunto Chávez y Mahmud Ahmadineyad, expresidente de la República de Irán? ¿Qué ha sido de los miembros de las FARC colombianas que, según me confesó uno de sus jefes, Iván Ríos, poco antes de morir, en 2007, fueron enviados “en misión” al país del “socialismo del siglo XXI”? ¿Y qué crédito debemos conceder a algunos líderes de la oposición antichavista que gritan, de momento en el desierto, que no se conocen todos los lazos de Maduro con Corea del Norte, la Siria de Bachar el Asad en Siria o cierto activista de Hezbolá desterrado o en tránsito?
No son más que preguntas.
Pero preguntas que hay que plantearse.
Un régimen desesperado es capaz de cualquier vileza, y la situación en Venezuela merece comisiones de investigación, un Tribunal Russell, un mayor interés por parte de la prensa occidental; todo menos el silencio incómodo que, de momento, acoge a este pronunciamiento prolongado.
Ilustración: Enrique Flores.
Traducción de News Clips.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/14/opinion/1502729579_535130.html
sábado, 2 de diciembre de 2017
INCESANTE HISTORIA, INCESANTE
TRIBUNA
Negrín: elogio de un hombre odiado
Aurora Nacarino-Brabo
Corría mayo de 1937 y Azaña acabó de decidir el nombre de quien sería el último presidente del Gobierno republicano. Largo Caballero había dimitido tras los “sucesos de Barcelona”, que habían dejado 400 muertos y mil heridos. Eran tiempos difíciles para la República y Juan Negrín habría de lidiar con ellos.
El hasta entonces ministro de Hacienda se había formado principalmente en medicina, aunque posteriormente había estudiado química y economía. Negrín tenía claro que las opciones de victoria republicana pasaban por la maximización de los recursos del Estado, que habrían de garantizar la provisión de armas y municiones al ejército, pero también los suministros necesarios para el mantenimiento de la población civil en las zonas leales, menos productivas y más pobladas que las áreas bajo influencia sublevada. A las dificultades militares se añadían el oportunismo desleal de nacionalistas, anarquistas y colectivistas.
Negrín, perteneciente a una familia de comerciantes de Las Palmas, era un hombre ilustrado que hablaba seis idiomas. Se había formado en Alemania y era catedrático desde los 30 años. Aunque era un socialista moderado, un simpatizante del SPD alemán favorable al mercado (fue el primer suscriptor en España de The Economist), a las libertades individuales y contrario al comunismo, su relación con el PCE no era hostil. De él se ha dicho que quiso entregar España a Stalin y, sin embargo, no guardaba simpatía a la URSS. De hecho, la familia de su primera mujer, que era rusa, había perdido sus propiedades y se fue al exilio tras la revolución de 1917.
Digo su primera mujer porque Negrín acabaría separándose. Nunca dejó de atender las necesidades y el bienestar de su exesposa, incluso cuando ella se esmeró en propagar falsas acusaciones de infidelidad. Uno de sus hijos, también médico, confirmaría años más tarde que su madre tenía “una personalidad esquizoide con tendencias paranoicas”. Poco después de su ruptura matrimonial, Negrín conocería a su gran amor, Feliciana López, que lo acompañaría el resto de su vida.
El peso creciente de sus competencias políticas obligó al doctor a abandonar su carrera científica, decisión que lamentarían sus alumnos, pues Negrín, además de científico, fue un profesor muy querido por sus estudiantes, entre ellos el futuro Nobel Severo Ochoa. Ochoa alcanzó la gloria científica lejos de nuestro país, después de que Negrín hubiera facilitado su salida de España durante la contienda civil en una maniobra diplomática arriesgada: su pupilo solicitó que lo enviaran a Alemania, una potencia enemiga.
No fue el primero ni el último que obtendría un salvoconducto de Negrín para salir de España. El doctor se implicó para que decenas de personas pudieran partir al exilio, entre ellas intelectuales, científicos, sacerdotes o profesionales a los que su ideología conservadora o su fe católica habían puesto en peligro. También ordenó la excarcelación de Serrano Súñer, cuando se encontraba preso y enfermo en la cárcel Modelo de Barcelona.
Asimismo, Negrín intercedió por muchos presos anónimos en las infames checas controladas por elementos sindicales y partidistas, en ocasiones arriesgando la vida. Después conseguiría clausurarlas y restaurar el orden en la retaguardia. Los que lo conocieron coincidieron en señalar el arrojo del doctor, que no dudaba en visitar las zonas más expuestas del frente de batalla para insuflar ánimo a los soldados republicanos, conocidos como los “cien mil hijos de Negrín”. Dos de ellos eran, además, hijos suyos en sentido literal: Juan y Rómulo Negrín servirían en el cuerpo de carabineros y en la aviación de combate, respectivamente.
Pero quizá sea el “oro de Moscú” la razón por la que más se conoce a Negrín. Aunque circulan leyendas que involucran al último presidente de la República en su desaparición, la realidad es prosaica. Al comienzo de la guerra Negrín ordenó sacar todo el oro del Banco de España para evitar que cayera en manos de los sublevados en caso de que tomaran la capital. Los registros de depósitos y movimientos de ese oro, perfectamente documentados, fueron devueltos al Estado español por uno de sus hijos. Hasta la última peseta se había invertido en conseguir suministros que permitieran sostener civil y militarmente a la República, casi siempre a los precios abusivos que establecía Stalin, debido a la falta de otros apoyos internacionales.
Durante mucho tiempo Negrín estuvo convencido de que la República podía ganar la guerra, pero sabía que esa opción dependía de una intervención aliada en España. Incluso cuando su optimismo y su salud se fueron apagando, el doctor se esforzó por aparentar fortaleza moral ante los suyos. Cuando Prieto andaba derrumbándose por las embajadas internacionales y Azaña ya había perdido la fe, Negrín insistía en que una nueva guerra mundial estaba a punto de estallar en Europa, y que este conflicto obligaría a una intervención aliada en España.
También se ha acusado al doctor de prolongar innecesariamente la guerra para sufrimiento de los españoles. De poner en marcha, junto al general Rojo, uno de sus más leales y brillantes colaboradores, campañas militares que no suponían ningún avance republicano. Eran batallas que pretendían distraer y ralentizar el avance enemigo sobre Madrid, pues, a partir de 1938, la estrategia republicana habría de centrarse en ganar tiempo. Negrín no tenía duda de que no cabía pactar una paz sin represalias con Franco, aunque buscó sin descanso una salida internacional negociada que reflejó en sus famosos “13 puntos”.
La historia se encargó de vaciar de sentido la acusación del sufrimiento innecesario. Cuando se consumó la traición de Casado que entregó la República a los sublevados, tuvo lugar la temida represión franquista, que historiadores como Antony Beevor han cifrado en 350.000 muertos. La última obsesión de Negrín antes de que la República colapsara había sido la organización de las evacuaciones masivas, así como la provisión de barcos que trasladaran a México los fondos necesarios para financiar el exilio. A finales de ese mismo verano de 1939 se desataría el conflicto en Europa que Negrín había vaticinado. Para entonces, el doctor ya se encontraba lejos de España, con la salud muy frágil. Difamado por todos y expulsado de su partido, moriría en París en 1956.
El PSOE rehabilitaría su figura en 2009, a la luz del trabajo historiográfico de investigadores como Santos Juliá, Ángel Viñas o Enrique Moradiellos. Este último nos ha legado una descomunal obra biográfica del doctor, un retrato mortificante de un hombre de talento desmedido, comprometido, hiperactivo, esperanzado. Y, finalmente, solo, enfermo, traicionado, derrotado. Conocer su vida es conocer un poco mejor la historia de España.
(*) Aurora Nacarino-Brabo es politóloga.
Fuente:
Ilustración: Enrique Flores.
sábado, 2 de septiembre de 2017
UERFANÓZ DEL BURLESQUE DE LA DESHOVEDIENCIA
EL PAÍS, Madrid, 02 de septiembre de 2017TRIBUNA
Huérfanos de Groucho
Jesús Mota
Han transcurrido ya 40 años de la muerte de Groucho Marx, nacido Julius Henry Marx, bigote visible de los hermanos Marx. Lo menos malo que puede decirse de este tiempo, casi toda una vida, es que ha sido muy poco divertido en casi todos los sentidos y sus herederos en el arte de la risa no han podido llenar el vacío. Woody Allen ha explotado la veta de la lástima como defensa frente al mundo exterior, pero con todo su talento para construir historias mezcladas de miel, acíbar y neurosis no ha cubierto el vacío de desvergüenza arrolladora dejado por el segundo de los Marx. A diferencia de Groucho, carece de vocación destructiva. Dino Segre (Pitigrilli) enunció una ley (entrópica) de la risa: “El humorismo se deteriora a los 25 años como máximo”. Pues bien, en el caso de Groucho estamos ante una singularidad. Una antología de los Marx resiste el paso de los últimos 40 años con gran ventaja sobre sus más directos competidores, incluyendo a Rajoy.
Para el subconsciente de muchos de sus seguidores, la muerte de Groucho fue una frustración. Tenía vocación de inmortalidad, como queda de manifiesto en una de sus frases para la posteridad en la que supuestamente pensaba vivir cómodamente instalado: “Tengo la intención de vivir para siempre o morir en el intento”. Una afirmación de tal calibre resume la lógica implacable y dislocada de su Weltanschauung, feliz y agresivamente inmadura. No es muy diferente de esta felicitación de su puño y letra: “Si sigues cumpliendo años acabarás por morirte. Besos, Groucho”. Incluso mencionó en Groucho y yo que alguien por la calle le había implorado encarecidamente “No se muera usted nunca”, como si Rufus T. Firefly conociera la pócima de la eternidad. Con su querencia burlesca hacia la inmortalidad, Groucho invertía brutalmente esa condolencia trillada, propia de tarjeta postal o de galletita china de la suerte, que proclama hipócritamente: “¡Vivirá siempre en nuestro recuerdo!”. La tontuna no convenció a Unamuno y tampoco a Groucho. Bien sabían los dos que no existen los controles de memoria y que, en todo caso, se pueden falsificar. Por ejemplo, con el timo de los aniversarios.
Groucho desplegó generosamente dos manías constitutivas y constituyentes. Sentía una afición morbosa por la divagación exuberante, incluso asfixiante. Sintetizó la verborrea y la incomunicación arbitraria en un único instrumento complejo de humor y con él desquiciaba o asfixiaba a sus oponentes (Margaret Dumont, Louis Calhern, Sig Rüman). Groucho y yo empieza con su nacimiento (declara haber nacido “a muy temprana edad”), lo cual le da pie para pontificar sobre la edad y la vejez (“llegar a viejo no tiene mérito; basta con haber nacido antes”), se enreda con una disertación editorial sobre libros de cocina, sigue la maraña con los excedentes de maíz, pone un pie impertinente en el cuello de los rústicos granjeros, culpables de muchos males, y ofrece una conferencia venenosa sobre las personas que madrugan.
La segunda manía es su complacencia en presentarse como un ser roñoso y ruin. En Los hermanos Marx en el Oeste, Quentin Quale entra ostentosamente en la estación, seguido de un número interminable de mozos que llevan su equipaje. Se vuelve hacia ellos y pregunta: “¿Tienen cambio de diez centavos?”. Los porteadores se sumen en la perplejidad, niegan y Quale aplica la lógica marxista: “¡Pues quédense con las maletas!”. La ruindad avarienta destella en este diálogo de Groucho y Chico abogados. “Groucho: Le diré lo que pienso hacer. Le daré seis dólares a la semana y usted se trae la comida. Chico: Bueno, pero... Groucho: Voy a ir incluso más lejos. Le daré seis dólares a la semana y también me trae la comida a mí”. Acertará quien busque el origen de esta avaricia descacharrante en una infancia poco boyante, con su padre Misfit Sam atrapado en sus pobres habilidades como sastre y los muchos años pasados en los espectáculos de variedades recorriendo cientos de poblaciones que pagaban con comida o salarios ínfimos.
La maestría, hoy por hoy inalcanzable, de la troupe marxista se revela en la dislocación tenaz y desvergonzada del lenguaje convencional. La lengua, es decir, sus nódulos y cristalizaciones deformes, envuelven como una capa protectora al orden convencional (el orden “como Dios manda”, que diría Rajoy). También perpetúan la obediencia (¿debida?) y sostienen el dominio de lo existente sobre lo que ha de venir. La demolición discursiva de Groucho significa un rapto espasmódico de desobediencia. En los términos que Wittgenstein imputaba a la filosofía, la vorágine verbal de los Marx es “una lucha permanente contra el embrujamiento de nuestra inteligencia por el lenguaje”. Cuando Groucho dice (Sopa de ganso, de Leo Mc Carey): “Este es el quinto viaje que hago hoy y todavía no he estado en ninguna parte”, está describiendo la boba experiencia del turismo contemporáneo. El sinsentido nace de una exacerbación de la lógica que acaba por corroer el sentido común, el más inútil de los sentidos en los diálogos de los Marx. Con esa lógica descoyuntada, lo real acaba por aparecer, bien que maltrecho, por debajo de las palabras. Oigamos a otro Marx, en esta ocasión a Chico, también en Sopa de ganso: “Vera: “Hagáis lo que hagáis, nada de ruidos. Si os encuentran estáis perdidos. Chicolini: “Estás loca. ¿Cómo vamos a estar perdidos si nos encuentran?”.
Groucho está más allá del pesimismo, más acá de la locura y muy cerca del arribismo como salida a la falta de soluciones. Firefly, Driftwood o el veterinario curacaballos Hackenbush convertido por el poder de la señora Upjohn en médico de postín (“Tómese esta píldora cada 50 kilómetros”) están al margen del orden institucional; sólo pretenden asaltarlo, reventarlo o burlarse de él. Casi podría decirse que Julius fue un avatar de Francis Bacon en una lucha a muerte contra los ídolos (las generalizaciones, las ideas preconcebidas, las doctrinas de moda y las convenciones) que denunció el pensador inglés. No escatimó las invectivas a la política (“El arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después remedios equivocados”). Quizá por eso le cupo la gran satisfacción de que Mussolini prohibiera Sopa de ganso en Italia.
Más allá de la corrosión, de las mofas y del funambulismo estridente, Groucho e i suoi fratelli pulieron auténticas joyas de la comedia universal. Sopa de ganso contiene dos secuencias que están entre las mejores de la historia del cine cómico, a la altura de la persecución de las novias o los esfuerzos por evitar la avalancha de piedras en Seven Chances, de Buster Keaton: la coreografía de Groucho y Harpo ante el marco de un espejo vacío y la destrucción sañuda del puesto de limonada. En cuanto al camarote de Una noche en la ópera, además de la brillante dinámica de situación, retengamos dos frases a la mayor gloria de la lógica de Groucho: “¿No sería más fácil meter el compartimento en el baúl?”; y, dirigiéndose a la manicura: “Déjemelas cortas, que aquí ya va faltando espacio”.
Hay generaciones enteras huérfanas de Groucho y del burlesque de la desobediencia. Lo peor de todo es que han sido adoptadas por los Reagan, Thatcher, Aznar y ahora Trump, el menos marxista de todos.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/08/16/opinion/1502900740_551956.html
Ilustraciones: Enrique Flores y Hans-ulrich Osterwalder.
lunes, 2 de marzo de 2015
¿DE LA PÓLVORA VIENES Y A LA PÓLVORA VOLVERÁS?
EL PAÍS, Marid, 01 de marzo de 2015
LA CUARTA PÁGINA
Con violencia despiadada
Los clérigos de las religiones monoteístas han recurrido al terror y la desolación para mantener a raya a sus fieles o a los creyentes de otras confesiones. Es lo que hoy hacen los matarifes del Estado Islámico
Santos Juliá
Como ya advirtió Max Weber, con aquella fuerza sintética que siempre caracterizó su escritura: “Toda organización de la salvación en una institución universalista de la gracia se sentirá responsable de las almas de todos los hombres, o al menos de todos los que le han sido confiados, y por ello se sentirá obligada a combatir, incluso con violencia despiadada, toda amenaza de desviación en la fe”. Nada sobra, nada falta: la organización de salvación en instituciones universalistas, esto es, la clerecía, si puede, recurrirá a la violencia despiadada: tal es la ley que atraviesa todas las historias de las religiones de salvación hasta que un poder civil, que no construye su legitimidad en la lectura de ningún libro sagrado, es capaz de reducir la religión al ámbito y al espacio que le son propios: la comunidad de creyentes y el templo.
Pero tanto la religión cristiana, como la musulmana y la judía han erigido sus templos —catedrales, mezquitas, sinagogas— en el centro del espacio público para que sus sacerdotes, imames y rabinos dominen desde esas imponentes construcciones la vida de los fieles, sus creencias y su moral, y para mantener a raya a los fieles de otras iglesias o los creyentes de otras religiones. No existe ninguna clerecía administradora de una religión de salvación que no haya pretendido que su voz, desde el púlpito, el minbar o el amud, se extendiera sobre todo el espacio circundante hasta llegar a someterlo a su mandato. Así es como los clérigos creen cumplir su misión como responsables de la salvación universal, aunque para lograrlo tengan que mezclar, según las ocasiones, la persuasión con el terror. Nada importa que, en sus orígenes, la religión de salvación haya germinado en comunidades de fraternidad y amor, como sin duda lo fue entre los primeros cristianos; cuando llegan los clérigos y se constituyen en poder, la fraternidad se transforma en odio y por amor se es capaz de llevar al matadero al hermano en la fe si sucumbe a la tentación de desviarse de la sagrada doctrina.
Por eso es vana, para alguien que no crea en una determinada religión, la pretensión de establecer cuál es su verdadero contenido o cuál el significado único de su libro sagrado: no hay ni puede haber un islamismo verdadero, de la misma manera que nunca hubo un cristianismo ni un judaísmo verdaderos, siempre idénticos a sí mismos durante todo el tiempo y en cualquier circunstancia. Más aún, los clérigos de las religiones asociadas a una concreta moral pública y de las que se derivan determinadas prácticas políticas, como ocurre con las tres monoteístas, suelen contemplar cómo surgen de sus mismas entrañas voces que se alzan contra la interpretación de la palabra divina sobre la que ellos construyen su poder; son los herejes, perseguidos y condenados a la hoguera por desviarse de la verdadera fe establecida por los dueños de los textos sagrados. Antes que a un infiel, que por definición no cree en la palabra revelada, a quien mata un creyente es al hereje, que le disputa el control de esa palabra.
Si disponen de poder para hacerlo o lo creen en peligro, derraman la sangre del infiel o del hereje
De ahí que pueda predicarse de todas las religiones monoteístas, contempladas a lo largo de siglos, aquello que Carl Schmitt decía de la católica, que era una complexio oppositorum: paz de Dios junto a guerra santa; o también: guerra santa y tregua de Dios. Lo mismo puede decirse de la judía y de la musulmana, las tres monoteístas, las tres basadas en un libro sagrado que contiene verdades reveladas, las tres —y este es el punto que aquí interesa— regidas por una clerecía, formada exclusivamente de hombres que por elección divina se encuentran investidos de autoridad para interpretar la palabra. Son ellos, los clérigos, quienes transmiten en cada momento y por medio de rituales que solo ellos pueden celebrar, y en los que solo ellos toman la palabra, el verdadero y único sentido de la fe revelada. En las tres religiones, los libros sagrados son mudos hasta que alguien, con el poder derivado de su consagración como clérigo, interpreta lo que allí quedó escrito.
Las tres con largos tramos de sus respectivas historias en los que no solo era posible sino voluntad misma de Dios, Alá o Jehová morir o matar en defensa de la fe, una voluntad que se transforma en violencia despiadada sobre las cosas y las personas cuando los clérigos sienten amenazado el poder de vida y muerte que detentan sobre la sociedad. En la larga y sangrienta historia de las religiones, no es posible encontrar ninguna dotada de ritos que celebrar, de libro sagrado en que creer y de clérigos a quienes obedecer, que no haya servido como instrumento de muerte y desolación cuando el dios de los creyentes alcanza la categoría de único dios en el mundo, cuando del libro sagrado se derivan leyes que rigen la conducta de los miembros de toda la sociedad y cuando los clérigos reclaman para sí y conquistan el poder de erigir sus templos sobre las ruinas de los antepasados, de destruir estatuas que el paso del tiempo ha convertido en símbolos perdurables de otros cultos y otras creencias, o de enviar a disidentes y heterodoxos a la muerte, después de conducirlos en procesión por las vías públicas: los herejes o las pobres brujas que la santa Inquisición llevaba a la hoguera tras someterlos a refinadas torturas; esos desventurados cristianos degollados hoy como corderos ante la mirada del mundo. Antes que derramar su sangre como mártires de la fe, los clérigos de las religiones de salvación, si pueden, si disponen de poder para hacerlo, o creen que ese poder corre peligro, derramarán la sangre del infiel o del hereje. Siempre lo han hecho, siempre lo van a hacer.
Los yihadistas ejecutan igual el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias
Nosotros guardamos en la memoria alguna reciente experiencia de toda esta desgracia. En aquel estremecedor y admirable panfleto que será por siempre Los grandes cementerios bajo la luna, el católico Georges Bernanos, procedente de la derecha nacionalista francesa y testigo horrorizado en 1936 de las matanzas en Mallorca, en las que tomaba parte uno de sus hijos bajo el mando del impostor conde Rossi, dejó escrito que “el Terror habría agotado desde hace mucho tiempo su fuerza si la complicidad más o menos reconocida, o incluso consciente, de los sacerdotes y de los fieles no hubiera conseguido finalmente darle un carácter religioso”. Fue primero el terror implantado por militares y fascistas; luego llegaron los clérigos: la religión católica vino a sacralizar la práctica derivada de una política de muerte. No fue que los rebeldes, por creyentes, mataran; fue que los asesinos, para proseguir su acción hasta el exterminio, la revestían de aura sagrada y la tomaban como prenda de salvación: la alta clerecía había predicado una guerra santa, una cruzada contra infieles e invasores que, con la religión, destrozaban la patria; su destino no podía ser otro que la muerte.
La palabra yihad podrá significar, para los eruditos en la interpretación de textos sagrados, lo que quiera que sea: esfuerzo, ayuda, lucha de liberación. Da igual. Es una auténtica yihad vivida como guerra santa —si fueran cristianos: una cruzada— lo que hoy repiten, celebrando ese horrible ritual ideado para transmitirse a todos los confines del mundo por las redes globales, los matarifes del Estado Islámico bajo la atenta mirada de un clérigo, todo vestido de negro, que observa a corta distancia y con idéntica impasibilidad el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias.
Ilustración: Enrique Flores.
LA CUARTA PÁGINA
Con violencia despiadada
Los clérigos de las religiones monoteístas han recurrido al terror y la desolación para mantener a raya a sus fieles o a los creyentes de otras confesiones. Es lo que hoy hacen los matarifes del Estado Islámico
Santos Juliá
Como ya advirtió Max Weber, con aquella fuerza sintética que siempre caracterizó su escritura: “Toda organización de la salvación en una institución universalista de la gracia se sentirá responsable de las almas de todos los hombres, o al menos de todos los que le han sido confiados, y por ello se sentirá obligada a combatir, incluso con violencia despiadada, toda amenaza de desviación en la fe”. Nada sobra, nada falta: la organización de salvación en instituciones universalistas, esto es, la clerecía, si puede, recurrirá a la violencia despiadada: tal es la ley que atraviesa todas las historias de las religiones de salvación hasta que un poder civil, que no construye su legitimidad en la lectura de ningún libro sagrado, es capaz de reducir la religión al ámbito y al espacio que le son propios: la comunidad de creyentes y el templo.
Pero tanto la religión cristiana, como la musulmana y la judía han erigido sus templos —catedrales, mezquitas, sinagogas— en el centro del espacio público para que sus sacerdotes, imames y rabinos dominen desde esas imponentes construcciones la vida de los fieles, sus creencias y su moral, y para mantener a raya a los fieles de otras iglesias o los creyentes de otras religiones. No existe ninguna clerecía administradora de una religión de salvación que no haya pretendido que su voz, desde el púlpito, el minbar o el amud, se extendiera sobre todo el espacio circundante hasta llegar a someterlo a su mandato. Así es como los clérigos creen cumplir su misión como responsables de la salvación universal, aunque para lograrlo tengan que mezclar, según las ocasiones, la persuasión con el terror. Nada importa que, en sus orígenes, la religión de salvación haya germinado en comunidades de fraternidad y amor, como sin duda lo fue entre los primeros cristianos; cuando llegan los clérigos y se constituyen en poder, la fraternidad se transforma en odio y por amor se es capaz de llevar al matadero al hermano en la fe si sucumbe a la tentación de desviarse de la sagrada doctrina.
Por eso es vana, para alguien que no crea en una determinada religión, la pretensión de establecer cuál es su verdadero contenido o cuál el significado único de su libro sagrado: no hay ni puede haber un islamismo verdadero, de la misma manera que nunca hubo un cristianismo ni un judaísmo verdaderos, siempre idénticos a sí mismos durante todo el tiempo y en cualquier circunstancia. Más aún, los clérigos de las religiones asociadas a una concreta moral pública y de las que se derivan determinadas prácticas políticas, como ocurre con las tres monoteístas, suelen contemplar cómo surgen de sus mismas entrañas voces que se alzan contra la interpretación de la palabra divina sobre la que ellos construyen su poder; son los herejes, perseguidos y condenados a la hoguera por desviarse de la verdadera fe establecida por los dueños de los textos sagrados. Antes que a un infiel, que por definición no cree en la palabra revelada, a quien mata un creyente es al hereje, que le disputa el control de esa palabra.
Si disponen de poder para hacerlo o lo creen en peligro, derraman la sangre del infiel o del hereje
De ahí que pueda predicarse de todas las religiones monoteístas, contempladas a lo largo de siglos, aquello que Carl Schmitt decía de la católica, que era una complexio oppositorum: paz de Dios junto a guerra santa; o también: guerra santa y tregua de Dios. Lo mismo puede decirse de la judía y de la musulmana, las tres monoteístas, las tres basadas en un libro sagrado que contiene verdades reveladas, las tres —y este es el punto que aquí interesa— regidas por una clerecía, formada exclusivamente de hombres que por elección divina se encuentran investidos de autoridad para interpretar la palabra. Son ellos, los clérigos, quienes transmiten en cada momento y por medio de rituales que solo ellos pueden celebrar, y en los que solo ellos toman la palabra, el verdadero y único sentido de la fe revelada. En las tres religiones, los libros sagrados son mudos hasta que alguien, con el poder derivado de su consagración como clérigo, interpreta lo que allí quedó escrito.
Las tres con largos tramos de sus respectivas historias en los que no solo era posible sino voluntad misma de Dios, Alá o Jehová morir o matar en defensa de la fe, una voluntad que se transforma en violencia despiadada sobre las cosas y las personas cuando los clérigos sienten amenazado el poder de vida y muerte que detentan sobre la sociedad. En la larga y sangrienta historia de las religiones, no es posible encontrar ninguna dotada de ritos que celebrar, de libro sagrado en que creer y de clérigos a quienes obedecer, que no haya servido como instrumento de muerte y desolación cuando el dios de los creyentes alcanza la categoría de único dios en el mundo, cuando del libro sagrado se derivan leyes que rigen la conducta de los miembros de toda la sociedad y cuando los clérigos reclaman para sí y conquistan el poder de erigir sus templos sobre las ruinas de los antepasados, de destruir estatuas que el paso del tiempo ha convertido en símbolos perdurables de otros cultos y otras creencias, o de enviar a disidentes y heterodoxos a la muerte, después de conducirlos en procesión por las vías públicas: los herejes o las pobres brujas que la santa Inquisición llevaba a la hoguera tras someterlos a refinadas torturas; esos desventurados cristianos degollados hoy como corderos ante la mirada del mundo. Antes que derramar su sangre como mártires de la fe, los clérigos de las religiones de salvación, si pueden, si disponen de poder para hacerlo, o creen que ese poder corre peligro, derramarán la sangre del infiel o del hereje. Siempre lo han hecho, siempre lo van a hacer.
Los yihadistas ejecutan igual el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias
Nosotros guardamos en la memoria alguna reciente experiencia de toda esta desgracia. En aquel estremecedor y admirable panfleto que será por siempre Los grandes cementerios bajo la luna, el católico Georges Bernanos, procedente de la derecha nacionalista francesa y testigo horrorizado en 1936 de las matanzas en Mallorca, en las que tomaba parte uno de sus hijos bajo el mando del impostor conde Rossi, dejó escrito que “el Terror habría agotado desde hace mucho tiempo su fuerza si la complicidad más o menos reconocida, o incluso consciente, de los sacerdotes y de los fieles no hubiera conseguido finalmente darle un carácter religioso”. Fue primero el terror implantado por militares y fascistas; luego llegaron los clérigos: la religión católica vino a sacralizar la práctica derivada de una política de muerte. No fue que los rebeldes, por creyentes, mataran; fue que los asesinos, para proseguir su acción hasta el exterminio, la revestían de aura sagrada y la tomaban como prenda de salvación: la alta clerecía había predicado una guerra santa, una cruzada contra infieles e invasores que, con la religión, destrozaban la patria; su destino no podía ser otro que la muerte.
La palabra yihad podrá significar, para los eruditos en la interpretación de textos sagrados, lo que quiera que sea: esfuerzo, ayuda, lucha de liberación. Da igual. Es una auténtica yihad vivida como guerra santa —si fueran cristianos: una cruzada— lo que hoy repiten, celebrando ese horrible ritual ideado para transmitirse a todos los confines del mundo por las redes globales, los matarifes del Estado Islámico bajo la atenta mirada de un clérigo, todo vestido de negro, que observa a corta distancia y con idéntica impasibilidad el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias.
Ilustración: Enrique Flores.
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sábado, 16 de agosto de 2014
CONVERSIÓN Y RESISTENCIA
EL PAÍS, Madrid, 16 de agosto de 2014
LA CUARTA PÁGINA
El reciclaje de las viejas jerarquías
La fe en la potencia democratizadora de Internet parece hoy bastante más frágil que hace diez años. La llamada “cultura digital” busca simplificar y allanar cualquier problema y al final reduce el espíritu crítico
Ernesto Hernández Busto
Una reseña de Tim Wu en el New York Times dominical llamaba hace poco la atención sobre The People’s Platform, libro de la cineasta canadiense Astra Taylor, a quien los devotos de la filosofía recordamos por sus documentales Zizek! y Examined Life(2008), en el que cinco pensadores contemporáneos residentes en Estados Unidos analizan los retos de la ética aplicada.
Esta vez Taylor ha puesto en la mira el cambio cultural y económico asociado al auge de Internet y su promoción de la free culture. La fe en la potencia democratizadora de los nuevos medios, en una arena virtual donde todos los actores podrían participar en igualdad de condiciones, parece hoy bastante más frágil que hace diez años, y este ensayo es buen ejemplo de esa creciente sospecha. La autora quiere mostrar cómo tras las medias verdades del tecno-utopismo se oculta el reciclaje de viejas jerarquías: en Internet —asegura— están presentes las mismas desigualdades del mundo real, disfrazadas bajo un entramado de “sistemas abiertos”.
“Para entender por qué no se han cumplido las predicciones más idealistas acerca de cómo Internet transformaría la producción y distribución cultural, invirtiendo el equilibrio de poder en el proceso, necesitamos una mirada crítica del estado actual de nuestro sistema mediático. En cambio, celebramos una prometedora visión de lo que nuestras nuevas herramientas en red teóricamente hacen posible o los cambios que éstas hipotéticamente desatan”. Así de rotunda se muestra Taylor a la hora de explicarnos estos supuestos cambios de paradigma cultural y cómo fomentan un modelo de pan para hoy y hambre para mañana: crear instituciones y pagar por el talento han terminado siendo características de un ancien régime cultural desplazado por “nuevos modelos”. Lo que no siempre se hace visible —al menos no en la proporción necesaria— es el gigantesco beneficio de unas pocas compañías, dedicadas a rentabilizar la pulsión exhibicionista mientras hacen creer a los creadores que su implicación en “procesos no jerárquicos” y el esfuerzo por convertirse en gestores de su propia marca son grandes logros democráticos del nuevo sistema de promoción. (El extendido uso del término “contenido” para designar cualquier escritura en formato digital bastaría como ejemplo de tan burdo impulso nivelador).
Las ganancias del nuevo proceso de difusión las recolectan los porteros de las cancelas virtuales
Sin duda, Internet facilita y abarata la distribución (y la copia) del trabajo cultural, en cualquier soporte. Elimina antiguas barreras e intermediarios. Y reduce, en efecto, los costes de la cultura. Pero, en última instancia, ese abaratamiento acaba por reducir las opciones financieras de los creadores no populistas a dos o tres variantes del muy antiguo mecenazgo. Las verdaderas ganancias del nuevo proceso de difusión las recolectan los nuevos gatekeepers, los porteros de esas cancelas virtuales al Mundo Feliz de la transparencia.
A pesar de las limitaciones de una visión tan radical, y el descuido de otras aportaciones que —como bien señala Wu—, Taylor pasa por alto, The People’s Platform es un buen ejemplo del descontento de cierta elite que en muchos países desarrollados prefiere tomar distancia del gregarismo digital. Aunque incluso en análisis tan drásticos como el suyo, tenemos la impresión de que las preguntas se quedan en la superficie; conciernen más a los síntomas que al epicentro de la decadencia intelectual que se busca enjuiciar: la degradación consentida del ánimo crítico que antaño definió al estamento intelectual.
Más que la continuidad disfrazada bajo las apariencias del Nuevo Orden, o la irresuelta compatibilidad de arte y comercio tras las promesas de democracia online, lo realmente preocupante debería ser la indiferencia con que un cambio de legitimidad ha tenido lugar ante nuestros ojos. Que el nuevo modelo de éxito cultural, a todos los niveles, se asocie a cierto “estatus viral” es sólo una consecuencia más de la reducción del espíritu crítico al consenso de followers, likers y opinadores de obviedades. Es en la soberbia intelectual de las últimas dos décadas donde hay que buscar las causas de esa rendición ante la Red y sus parámetros de triunfo, inseparables de una abigarrada pedacería sentimental y del buenismo monocorde que domina el pensamiento del mundo adolescente.
Allí donde una modernidad crítica aún podía dialogar con sus propios vértigos desde la caricaturesca figura del intelectual como rebelde perpetuo, la Nueva Era instituye la sustitución del lado negativo de toda dialéctica por una ilusoria exigencia de transparencia y participación. Para que algo llegue a ser transparente, advierte el filósofo Byung-Chul Han, debe primero alisarse, allanarse, reducirse a cierta operatividad. Lo cual implica, por supuesto, despojarlo de su carácter singular. El triunfo arrollador del paradigma de los nuevos medios digitales y su pretendido espíritu libertario es parte de ese desmontaje de lo negativo, de un rampante don't be evil convertido en rasero universal.
Se acepta, de manera ingenua, que más información equivale a
mejores decisiones
En demasiadas zonas de esa suma de plataformas llamada “cultura digital” se busca simplificar, allanar, exonerarnos de cualquier posible malentendido o dramatismo; se avasalla la impermeabilidad radical de lo humano, la necesidad de un resquicio solo para sí, de esas “esferas en las que el alma pueda estar en sí misma sin la mirada del otro” (Han). Y todos estos procesos ocurren dentro de una suerte de cornucopia digital, de confianza ciega en la sobreabundancia de “contenidos” y la subsiguiente sacralización de los datos. Big Data es uno de los nombres de ese popular equívoco. Dentro del acomodo rentabilizado por un auge sin precedentes de la publicidad, se acepta, de manera demasiado ingenua, que más información equivale siempre a mejores decisiones.
Del absoluto simplismo de este pensamiento que consagra el exceso de información sólo me interesa ahora apuntar un efecto colateral: en esa sobreabundancia se sacrifica a veces el lugar de la intuición, que es justo aquello que va más allá de la información disponible, que opera sin esclavizarse al Dato.
La propuesta de un movimiento hacia una “cultura sostenible”, así como otros recientes gestos libertarios que cuestionan el entramado digital, no pasan de ser intentos de reciclar las viejas utopías sociales que nutrían a una Izquierda erosionada. Pero todas estas reacciones nos alertan de que los ideales de transparencia y participación no son suficientes si se quiere construir una cultura más duradera y provechosa.
En Examined Life, el documental que Astra Taylor dirigió en el 2008, hay una escena que ilustra una forma de resistencia ante la conversión de la cultura en plataforma colectiva. La realizadora entrevista a Cornel West (“un jazzista en el mundo de las ideas”) dentro de un taxi que recorre Manhattan. Desde ese extraño púlpito en movimiento, el profesor habla con elocuencia sobre la búsqueda de la verdad como forma de vida y no como un conjunto de proposiciones que se adecuan a alguna Verdad con mayúsculas. El verdadero filósofo busca un conocimiento capaz de permitir, como pedía Adorno, “que el sufrimiento hable”. Seguir el imperativo socrático que da título al documental (Una vida sin examen no merece ser vivida) significa buscar una Verdad que lleva en sí misma su negatividad: no hay que saberlo todo, lo que importa es seguir el tortuoso camino del pensar con la disposición que define una frase de Yeats: “Hace falta más valor para examinar las esquinas oscuras de la propia alma que el de un soldado en un campo de batalla”.
Nada más lejano de ese coraje que la aceptación de una Verdad digital identificada con la transparencia, la inmanencia o la hipervisibilidad. Y nada tan ilusorio.
(*) Ernesto Hernández Busto es ensayista (premio Casa de América 2004). Desde 2006 edita el blog PenultimosDias.com. Su próximo libro: La ruta natural (Vaso Roto, 2015).
Ilustración: Enrique Flores.
LA CUARTA PÁGINA
El reciclaje de las viejas jerarquías
La fe en la potencia democratizadora de Internet parece hoy bastante más frágil que hace diez años. La llamada “cultura digital” busca simplificar y allanar cualquier problema y al final reduce el espíritu crítico
Ernesto Hernández Busto
Una reseña de Tim Wu en el New York Times dominical llamaba hace poco la atención sobre The People’s Platform, libro de la cineasta canadiense Astra Taylor, a quien los devotos de la filosofía recordamos por sus documentales Zizek! y Examined Life(2008), en el que cinco pensadores contemporáneos residentes en Estados Unidos analizan los retos de la ética aplicada.
Esta vez Taylor ha puesto en la mira el cambio cultural y económico asociado al auge de Internet y su promoción de la free culture. La fe en la potencia democratizadora de los nuevos medios, en una arena virtual donde todos los actores podrían participar en igualdad de condiciones, parece hoy bastante más frágil que hace diez años, y este ensayo es buen ejemplo de esa creciente sospecha. La autora quiere mostrar cómo tras las medias verdades del tecno-utopismo se oculta el reciclaje de viejas jerarquías: en Internet —asegura— están presentes las mismas desigualdades del mundo real, disfrazadas bajo un entramado de “sistemas abiertos”.
“Para entender por qué no se han cumplido las predicciones más idealistas acerca de cómo Internet transformaría la producción y distribución cultural, invirtiendo el equilibrio de poder en el proceso, necesitamos una mirada crítica del estado actual de nuestro sistema mediático. En cambio, celebramos una prometedora visión de lo que nuestras nuevas herramientas en red teóricamente hacen posible o los cambios que éstas hipotéticamente desatan”. Así de rotunda se muestra Taylor a la hora de explicarnos estos supuestos cambios de paradigma cultural y cómo fomentan un modelo de pan para hoy y hambre para mañana: crear instituciones y pagar por el talento han terminado siendo características de un ancien régime cultural desplazado por “nuevos modelos”. Lo que no siempre se hace visible —al menos no en la proporción necesaria— es el gigantesco beneficio de unas pocas compañías, dedicadas a rentabilizar la pulsión exhibicionista mientras hacen creer a los creadores que su implicación en “procesos no jerárquicos” y el esfuerzo por convertirse en gestores de su propia marca son grandes logros democráticos del nuevo sistema de promoción. (El extendido uso del término “contenido” para designar cualquier escritura en formato digital bastaría como ejemplo de tan burdo impulso nivelador).
Las ganancias del nuevo proceso de difusión las recolectan los porteros de las cancelas virtuales
Sin duda, Internet facilita y abarata la distribución (y la copia) del trabajo cultural, en cualquier soporte. Elimina antiguas barreras e intermediarios. Y reduce, en efecto, los costes de la cultura. Pero, en última instancia, ese abaratamiento acaba por reducir las opciones financieras de los creadores no populistas a dos o tres variantes del muy antiguo mecenazgo. Las verdaderas ganancias del nuevo proceso de difusión las recolectan los nuevos gatekeepers, los porteros de esas cancelas virtuales al Mundo Feliz de la transparencia.
A pesar de las limitaciones de una visión tan radical, y el descuido de otras aportaciones que —como bien señala Wu—, Taylor pasa por alto, The People’s Platform es un buen ejemplo del descontento de cierta elite que en muchos países desarrollados prefiere tomar distancia del gregarismo digital. Aunque incluso en análisis tan drásticos como el suyo, tenemos la impresión de que las preguntas se quedan en la superficie; conciernen más a los síntomas que al epicentro de la decadencia intelectual que se busca enjuiciar: la degradación consentida del ánimo crítico que antaño definió al estamento intelectual.
Más que la continuidad disfrazada bajo las apariencias del Nuevo Orden, o la irresuelta compatibilidad de arte y comercio tras las promesas de democracia online, lo realmente preocupante debería ser la indiferencia con que un cambio de legitimidad ha tenido lugar ante nuestros ojos. Que el nuevo modelo de éxito cultural, a todos los niveles, se asocie a cierto “estatus viral” es sólo una consecuencia más de la reducción del espíritu crítico al consenso de followers, likers y opinadores de obviedades. Es en la soberbia intelectual de las últimas dos décadas donde hay que buscar las causas de esa rendición ante la Red y sus parámetros de triunfo, inseparables de una abigarrada pedacería sentimental y del buenismo monocorde que domina el pensamiento del mundo adolescente.
Allí donde una modernidad crítica aún podía dialogar con sus propios vértigos desde la caricaturesca figura del intelectual como rebelde perpetuo, la Nueva Era instituye la sustitución del lado negativo de toda dialéctica por una ilusoria exigencia de transparencia y participación. Para que algo llegue a ser transparente, advierte el filósofo Byung-Chul Han, debe primero alisarse, allanarse, reducirse a cierta operatividad. Lo cual implica, por supuesto, despojarlo de su carácter singular. El triunfo arrollador del paradigma de los nuevos medios digitales y su pretendido espíritu libertario es parte de ese desmontaje de lo negativo, de un rampante don't be evil convertido en rasero universal.
Se acepta, de manera ingenua, que más información equivale a
mejores decisiones
En demasiadas zonas de esa suma de plataformas llamada “cultura digital” se busca simplificar, allanar, exonerarnos de cualquier posible malentendido o dramatismo; se avasalla la impermeabilidad radical de lo humano, la necesidad de un resquicio solo para sí, de esas “esferas en las que el alma pueda estar en sí misma sin la mirada del otro” (Han). Y todos estos procesos ocurren dentro de una suerte de cornucopia digital, de confianza ciega en la sobreabundancia de “contenidos” y la subsiguiente sacralización de los datos. Big Data es uno de los nombres de ese popular equívoco. Dentro del acomodo rentabilizado por un auge sin precedentes de la publicidad, se acepta, de manera demasiado ingenua, que más información equivale siempre a mejores decisiones.
Del absoluto simplismo de este pensamiento que consagra el exceso de información sólo me interesa ahora apuntar un efecto colateral: en esa sobreabundancia se sacrifica a veces el lugar de la intuición, que es justo aquello que va más allá de la información disponible, que opera sin esclavizarse al Dato.
La propuesta de un movimiento hacia una “cultura sostenible”, así como otros recientes gestos libertarios que cuestionan el entramado digital, no pasan de ser intentos de reciclar las viejas utopías sociales que nutrían a una Izquierda erosionada. Pero todas estas reacciones nos alertan de que los ideales de transparencia y participación no son suficientes si se quiere construir una cultura más duradera y provechosa.
En Examined Life, el documental que Astra Taylor dirigió en el 2008, hay una escena que ilustra una forma de resistencia ante la conversión de la cultura en plataforma colectiva. La realizadora entrevista a Cornel West (“un jazzista en el mundo de las ideas”) dentro de un taxi que recorre Manhattan. Desde ese extraño púlpito en movimiento, el profesor habla con elocuencia sobre la búsqueda de la verdad como forma de vida y no como un conjunto de proposiciones que se adecuan a alguna Verdad con mayúsculas. El verdadero filósofo busca un conocimiento capaz de permitir, como pedía Adorno, “que el sufrimiento hable”. Seguir el imperativo socrático que da título al documental (Una vida sin examen no merece ser vivida) significa buscar una Verdad que lleva en sí misma su negatividad: no hay que saberlo todo, lo que importa es seguir el tortuoso camino del pensar con la disposición que define una frase de Yeats: “Hace falta más valor para examinar las esquinas oscuras de la propia alma que el de un soldado en un campo de batalla”.
Nada más lejano de ese coraje que la aceptación de una Verdad digital identificada con la transparencia, la inmanencia o la hipervisibilidad. Y nada tan ilusorio.
(*) Ernesto Hernández Busto es ensayista (premio Casa de América 2004). Desde 2006 edita el blog PenultimosDias.com. Su próximo libro: La ruta natural (Vaso Roto, 2015).
Ilustración: Enrique Flores.
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sábado, 6 de julio de 2013
DESMANCHADOR DE MANOS
EL PAÍS, Madrid, 14 de mayo de 2013
LA CUARTA PÁGINA
Las manos sucias de Maquiavelo
Algunos historiadores presentan erróneamente al pensador como abanderado de la libertad y fundador del republicanismo moderno. En su obra hay una apología de la guerra como medio para lograr riqueza y grandeza
Maria José Villaverde
Ese personaje burlón, irreverente, bon vivant, mujeriego, que nos retrató Santi di Tito, de frente ancha, pómulos salientes y labios finos, ojos pequeños y vivaces y mirada huidiza, vestido de suntuoso ropaje negro y granate en su condición de servidor de la República de Florencia, ha encarnado durante siglos la amoralidad y ha sido catalogado como maestro de insidias y de manipulación. Para hacerle justicia, habría que recordar a quienes contribuyeron a trazar tan poco halagüeño retrato que el florentino fue solo responsable de desvelar las prácticas políticas que imperaban en la Europa de comienzos de la modernidad, eso sí, con más finura, perspicacia y clarividencia que la mayoría de sus contemporáneos. ¿O fue culpable de algo más?
Maquiavelo escribió El Príncipe hace 500 años (aunque no fue publicado hasta 1532, después de su muerte), confinado en su casa de campo a poca distancia de Florencia. A raíz de la caída de la República y de la vuelta al poder de los Médicis, en 1512, había sido destituido de su cargo de secretario de la Segunda Cancillería, un golpe del que no se recuperaría jamás. Pues si alguien aborrecía la "excelsa" vida contemplativa, tan alabada por otra parte por el Renacimiento, ése era él, un hombre abocado a la acción. Desde su casa de Sant'Andrea in Percussina, soñaba con regresar a la actividad diplomática y volver a los entresijos de la política europea y a los pasillos de las cortes de Francisco I, el emperador Maximiliano, el Papa Julio II, César Borgia o Catalina Sforza. Se resistía a aceptar un destino que le alejaba del Palazzo Vecchio y rumiaba, desde los Orti Oricellari, los jardines propiedad de Cosimo Rucellai donde conspiraban los tertulianos republicanos, su vuelta a la política activa.
Se ha otorgado injustamente a El Príncipe el título de opus magnum, olvidando que es en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio donde Maquiavelo pone negro sobre blanco su modelo republicano. Y, erróneamente, historiadores reconvertidos en ideólogos (Skinner, Viroli) han tratado de convertirle en abanderado de la libertad y fundador del republicanismo moderno. Aducen la vigencia de su ideal del vivere civile e libero, es decir, su apología de la participación política y del compromiso cívico, que puede servir hoy de alternativa a la apatía política y al desinterés ciudadano imperantes en nuestras democracias liberales. Pero el personaje se resiste a que le aprisionen en esa camisa de fuerza. Porque libertad (moderna) en Maquiavelo hay poca y lo que refleja su obra es una vuelta al patriotismo grecorromano. Lo que El Príncipe enseña al gobernante es cómo adaptarse a las circunstancias para conservar su poder (legítimo o ilegítimo), por medios lícitos o ilícitos. Y lo que los Discorsi alegan es que todo está permitido (incluso el crimen) por el bien de la patria. Poco que ver con nuestras concepciones democráticas.
‘El Príncipe’ enseña a adaptarse para conservar el poder, legítimo o no, por medios lícitos o ilícitos
La ética de Maquiavelo es el reverso de la ética cristiana. Y las virtudes que ensalza (ambición, crueldad, engaño y mentira), la cruz de las recomendadas en los espejos para príncipes de la época: honradez, justicia, benevolencia. Para sus seguidores personifica el realismo que se revuelve contra la ceguera de los perseguidores de sueños, de los nostálgicos de ideales imposibles, de los incapaces de comprender el dilema que atenaza al estadista y al que solo puede hacer frente aceptando la crudeza de la realidad.
Sus detractores le acusan de prescindir de cualquier tipo de sentimiento humanitario y de "encallecimiento moral". Pero, seamos justos, a pesar de su aparente falta de escrúpulos y de su laxa moral, sí hay valores en Maquiavelo, valores republicanos, es decir, valores colectivos. Porque lo que busca con ahínco el secretario florentino es la grandeza de Florencia y su transformación en una de las grandes potencias del tablero europeo. ¿Es un delito perseguir el interés general? preguntarán sus partidarios. Desde luego, si para ello se sacrifica a los ciudadanos, se exacerba el patriotismo y se glorifica la guerra. Pues Maquiavelo aconseja al gobernante mantener a los ciudadanos en la pobreza para que, no teniendo nada que perder, luchen hasta la última gota de sangre por la república. Su exaltado patriotismo recuerda al "dulce es morir por la patria" que cantara Horacio y que el poeta y militar Wilfred Owen, combatiente en la Primera Guerra mundial, denunció como la "vieja mentira". Pero también hay en las principales obras de Maquiavelo una apología de la guerra, no solo defensiva sino "expansionista", como medio de proporcionar grandeza y riqueza a la República y dotar de cohesión a la colectividad.
Y no nos confundamos cuando habla de virtú, uno de sus términos más controvertidos. Hanna Pitkin ha denunciado que la lucha de la virtú maquiaveliana para doblegar a la fortuna, revestida de rasgos femeninos y seducida por la virilidad, la osadía y demás cualidades pretendidamente masculinas, es una intolerable muestra de machismo, excluyente y brutal. Y que su uso de la fuerza y de la violencia podría considerarse "proto-fascista". Y Mansfield asegura que el recurso a la violencia es el eje de su política.
Con todo el respeto por los republicanos actuales, no creo que Maquiavelo sea hoy el ejemplo a seguir
Pero por lo general, los historiadores se muestran más conciliadores y justifican la virtú maquiaveliana, ese deseo de controlar el mundo, de someter al enemigo, y de aplastar a los que se oponen a nuestros fines, como puro ejercicio de supervivencia. Al elevar a paradigma de conducta la fiereza del león y la astucia del zorro, Maquiavelo no haría sino describir las opciones de la resistencia y recomendar el valor, el arrojo, el aguante del fajador para encajar los golpes de la fortuna. Sería la respuesta a una época -la incipiente modernidad-, donde imperaban la ambición, el apetito de poder, el ansia de dominación y el deseo desenfrenado de riquezas, rasgos que anticipan ya la descarnada descripción hobbesiana de nuestro mundo moderno.
En cualquier caso y con todo mi respeto por los republicanos actuales, no me parece que Maquiavelo sea hoy el ejemplo a seguir. Es cierto que Sartre, ante el gran dilema que nos plantea la acción política, nos recomendaba orillar los escrúpulos morales y mancharnos las manos en la arena política. Y nuestros coetáneos republicanos insisten en que ése es el precio a pagar por vivir en comunidad, pues no es posible la vida "al margen, por encima o más allá de la ciudad" y no podemos eludir sus exigencias ni escabullirnos ante nuestras responsabilidades (Del Águila). Si queremos una vida "verdaderamente humana" (Arendt), tendremos que aceptar los costes del vivere civile e libero maquiaveliano que son el dolor, la crueldad, la violencia y la transgresión, es decir, vivir con las manos manchadas. Pero sí que hay otras alternativas. Una es dar la espalda al mundo de la política y sus ruindades, como nos aconsejaba Sócrates (y los epicúreos) si nuestro horizonte es alcanzar la perfección moral. Huir del fragor del mundo, como los ascetas o los monjes de clausura, o ir en pos del conocimiento como Spinoza, o entregarnos a lo social, al voluntariado. Todas son opciones tan respetables como la cívica. Pero también caben otras vías sin desviarnos de la vita activa. La tradición estoica encarnada por Cicerón enseña que no todo está permitido por el bien de la república y que existen barreras éticas infranqueables (los "derechos de la humanidad") en la actuación política. Hoy estas líneas rojas son los derechos individuales. Tal vez sea ésa la enseñanza en negativo más valiosa que nos puede aportar el florentino.
(*) María José Villaverde es catedrática de Ciencia Política de la UCM.
Ilustración: Enrique Flores.
LA CUARTA PÁGINA
Las manos sucias de Maquiavelo
Algunos historiadores presentan erróneamente al pensador como abanderado de la libertad y fundador del republicanismo moderno. En su obra hay una apología de la guerra como medio para lograr riqueza y grandeza
Maria José Villaverde
Ese personaje burlón, irreverente, bon vivant, mujeriego, que nos retrató Santi di Tito, de frente ancha, pómulos salientes y labios finos, ojos pequeños y vivaces y mirada huidiza, vestido de suntuoso ropaje negro y granate en su condición de servidor de la República de Florencia, ha encarnado durante siglos la amoralidad y ha sido catalogado como maestro de insidias y de manipulación. Para hacerle justicia, habría que recordar a quienes contribuyeron a trazar tan poco halagüeño retrato que el florentino fue solo responsable de desvelar las prácticas políticas que imperaban en la Europa de comienzos de la modernidad, eso sí, con más finura, perspicacia y clarividencia que la mayoría de sus contemporáneos. ¿O fue culpable de algo más?
Maquiavelo escribió El Príncipe hace 500 años (aunque no fue publicado hasta 1532, después de su muerte), confinado en su casa de campo a poca distancia de Florencia. A raíz de la caída de la República y de la vuelta al poder de los Médicis, en 1512, había sido destituido de su cargo de secretario de la Segunda Cancillería, un golpe del que no se recuperaría jamás. Pues si alguien aborrecía la "excelsa" vida contemplativa, tan alabada por otra parte por el Renacimiento, ése era él, un hombre abocado a la acción. Desde su casa de Sant'Andrea in Percussina, soñaba con regresar a la actividad diplomática y volver a los entresijos de la política europea y a los pasillos de las cortes de Francisco I, el emperador Maximiliano, el Papa Julio II, César Borgia o Catalina Sforza. Se resistía a aceptar un destino que le alejaba del Palazzo Vecchio y rumiaba, desde los Orti Oricellari, los jardines propiedad de Cosimo Rucellai donde conspiraban los tertulianos republicanos, su vuelta a la política activa.
Se ha otorgado injustamente a El Príncipe el título de opus magnum, olvidando que es en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio donde Maquiavelo pone negro sobre blanco su modelo republicano. Y, erróneamente, historiadores reconvertidos en ideólogos (Skinner, Viroli) han tratado de convertirle en abanderado de la libertad y fundador del republicanismo moderno. Aducen la vigencia de su ideal del vivere civile e libero, es decir, su apología de la participación política y del compromiso cívico, que puede servir hoy de alternativa a la apatía política y al desinterés ciudadano imperantes en nuestras democracias liberales. Pero el personaje se resiste a que le aprisionen en esa camisa de fuerza. Porque libertad (moderna) en Maquiavelo hay poca y lo que refleja su obra es una vuelta al patriotismo grecorromano. Lo que El Príncipe enseña al gobernante es cómo adaptarse a las circunstancias para conservar su poder (legítimo o ilegítimo), por medios lícitos o ilícitos. Y lo que los Discorsi alegan es que todo está permitido (incluso el crimen) por el bien de la patria. Poco que ver con nuestras concepciones democráticas.
‘El Príncipe’ enseña a adaptarse para conservar el poder, legítimo o no, por medios lícitos o ilícitos
La ética de Maquiavelo es el reverso de la ética cristiana. Y las virtudes que ensalza (ambición, crueldad, engaño y mentira), la cruz de las recomendadas en los espejos para príncipes de la época: honradez, justicia, benevolencia. Para sus seguidores personifica el realismo que se revuelve contra la ceguera de los perseguidores de sueños, de los nostálgicos de ideales imposibles, de los incapaces de comprender el dilema que atenaza al estadista y al que solo puede hacer frente aceptando la crudeza de la realidad.
Sus detractores le acusan de prescindir de cualquier tipo de sentimiento humanitario y de "encallecimiento moral". Pero, seamos justos, a pesar de su aparente falta de escrúpulos y de su laxa moral, sí hay valores en Maquiavelo, valores republicanos, es decir, valores colectivos. Porque lo que busca con ahínco el secretario florentino es la grandeza de Florencia y su transformación en una de las grandes potencias del tablero europeo. ¿Es un delito perseguir el interés general? preguntarán sus partidarios. Desde luego, si para ello se sacrifica a los ciudadanos, se exacerba el patriotismo y se glorifica la guerra. Pues Maquiavelo aconseja al gobernante mantener a los ciudadanos en la pobreza para que, no teniendo nada que perder, luchen hasta la última gota de sangre por la república. Su exaltado patriotismo recuerda al "dulce es morir por la patria" que cantara Horacio y que el poeta y militar Wilfred Owen, combatiente en la Primera Guerra mundial, denunció como la "vieja mentira". Pero también hay en las principales obras de Maquiavelo una apología de la guerra, no solo defensiva sino "expansionista", como medio de proporcionar grandeza y riqueza a la República y dotar de cohesión a la colectividad.
Y no nos confundamos cuando habla de virtú, uno de sus términos más controvertidos. Hanna Pitkin ha denunciado que la lucha de la virtú maquiaveliana para doblegar a la fortuna, revestida de rasgos femeninos y seducida por la virilidad, la osadía y demás cualidades pretendidamente masculinas, es una intolerable muestra de machismo, excluyente y brutal. Y que su uso de la fuerza y de la violencia podría considerarse "proto-fascista". Y Mansfield asegura que el recurso a la violencia es el eje de su política.
Con todo el respeto por los republicanos actuales, no creo que Maquiavelo sea hoy el ejemplo a seguir
Pero por lo general, los historiadores se muestran más conciliadores y justifican la virtú maquiaveliana, ese deseo de controlar el mundo, de someter al enemigo, y de aplastar a los que se oponen a nuestros fines, como puro ejercicio de supervivencia. Al elevar a paradigma de conducta la fiereza del león y la astucia del zorro, Maquiavelo no haría sino describir las opciones de la resistencia y recomendar el valor, el arrojo, el aguante del fajador para encajar los golpes de la fortuna. Sería la respuesta a una época -la incipiente modernidad-, donde imperaban la ambición, el apetito de poder, el ansia de dominación y el deseo desenfrenado de riquezas, rasgos que anticipan ya la descarnada descripción hobbesiana de nuestro mundo moderno.
En cualquier caso y con todo mi respeto por los republicanos actuales, no me parece que Maquiavelo sea hoy el ejemplo a seguir. Es cierto que Sartre, ante el gran dilema que nos plantea la acción política, nos recomendaba orillar los escrúpulos morales y mancharnos las manos en la arena política. Y nuestros coetáneos republicanos insisten en que ése es el precio a pagar por vivir en comunidad, pues no es posible la vida "al margen, por encima o más allá de la ciudad" y no podemos eludir sus exigencias ni escabullirnos ante nuestras responsabilidades (Del Águila). Si queremos una vida "verdaderamente humana" (Arendt), tendremos que aceptar los costes del vivere civile e libero maquiaveliano que son el dolor, la crueldad, la violencia y la transgresión, es decir, vivir con las manos manchadas. Pero sí que hay otras alternativas. Una es dar la espalda al mundo de la política y sus ruindades, como nos aconsejaba Sócrates (y los epicúreos) si nuestro horizonte es alcanzar la perfección moral. Huir del fragor del mundo, como los ascetas o los monjes de clausura, o ir en pos del conocimiento como Spinoza, o entregarnos a lo social, al voluntariado. Todas son opciones tan respetables como la cívica. Pero también caben otras vías sin desviarnos de la vita activa. La tradición estoica encarnada por Cicerón enseña que no todo está permitido por el bien de la república y que existen barreras éticas infranqueables (los "derechos de la humanidad") en la actuación política. Hoy estas líneas rojas son los derechos individuales. Tal vez sea ésa la enseñanza en negativo más valiosa que nos puede aportar el florentino.
(*) María José Villaverde es catedrática de Ciencia Política de la UCM.
Ilustración: Enrique Flores.
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Nicolás Maquiavelo
miércoles, 29 de mayo de 2013
SOCALIÑAS
EL PAÍS, Madrid, 28 de mayo de 2013
LA CUARTA PÁGINA
Abajo no está arriba, ni arriba está abajo
Quienes dirigen el mundo han acabado por robarnos el juicio y las palabras. Se divierten con ellas y nos subvierten su significado. Esta tergiversación de ideas, sujetos y verbos impregna todo lo que tocamos
José María Izquierdo
Vemos a José K. inmerso en un trabajo que ahora conoceremos, más concentrado y afanoso que nunca, sin prestar atención a su emisora de siempre, rumor de fondo en su costroso transistor. Ha optado por quedarse en la mesa de la cocina —única, por otra parte— en el muy modesto tabuco en el que agota sus años de vejez. Íngrimo en su rincón, alejado de ruidos externos perturbadores, nuestro hombre avanza en su labor. José K., impactado por esta vuelta al siglo XX, o quizá al XIX, o al XVIII, o incluso al XVII o el XVI, a los que nos lleva el ministro Wert y su vuelta a la asignatura de religión, ha decidido preparar un esquema para un próximo libro sobre la materia que se podría dar, por ejemplo, en todos los centros de la Comunidad Autónoma de Madrid.
Ya lleva pensados algunos capítulos. Tal que la Historia del Vaticano. Ha quedado para más adelante la descripción sobre algunas fruslerías recientes como la del banco Ambrosiano y el ahorcamiento de Roberto Calvi, que se ha quedado enredado José K. en aquellos memorables días en los que los cardenales, directamente, se asesinaban los unos a los otros mientras ponían al frente de la Iglesia a hijos, hijas, queridas y mantenidos. Otro capítulo entretenido podría tratar sobre la Santa Inquisición, métodos y utensilios de tortura, tan eficaces para arrancar senos, romper brazos o arrancar jirones de carne con el misericordioso fin de salvaguardar la fe verdadera: los aplastacabezas, la bota española, el cepo, la cuna de Judas, la silla del interrogatorio, el potro. Por último, está pensando en cómo explicar con detalle el impúdico apoyo de la jerarquía católica a la mugrienta cruzada de Francisco Franco, aquel glorioso general que tras fusilar a miles de españoles entraba en las catedrales bajo palio y al que los cardenales rendían pleitesía medieval. ¡Claro que es conveniente que nuestros infantes estudien tan piadosas gestas!
La sintonía del boletín informativo le saca de su ensimismamiento, cual perro de Pavlov, y presta oídos a la actualidad. En mala hora lo hiciera, que otra vez se le revuelven los higadillos y la pajarilla se le arrebola por los adentros. Porque quienes dirigen el mundo han acabado por robarnos, además, el juicio y hasta las palabras. Se divierten con ellas y nos subvierten su significado para que justicia siempre sea lo que les beneficia a ellos y delito lo que a ellos les perjudica. La misma piedra es una joya cuando sale de sus manos, y un simple pedrusco cuando llega a las tuyas. De su lado los campos feraces, del nuestro el barbecho. La culpa, finalmente, como el fracaso, son siempre nuestros, que la recompensa y el éxito siempre premian a los suyos.
José K. quiere que la asignatura de religión incluya la Inquisición y el apoyo a Franco
De Wert y la asignatura de Religión, verbigracia, hablábamos. ¿Es una muestra de arcaico y retrógrado clericalismo esa imposición? No, en absoluto. Es anticlericalismo rancio y añoso oponerse a ella. ¿Queda claro? Este malabarismo de conceptos, esta tergiversación de ideas, sujetos, verbos y predicados impregnan todo lo que tocamos. ¡Cómo será de obvio y manifiesto el hurto, la ratería, el latrocinio, que hasta una princesa —¡una princesa, allá en las alturas!— se ha dado cuenta de la existencia de tanto vampiro!
Insta José K. a seguir el razonamiento de Slavoj Žižek a propósito de la condena en Rusia a las Pussy Riot: “Hay dos tipos de cinismo, el cinismo amargo de los oprimidos que desenmascara la hipocresía de aquellos en el poder, y el cinismo de los propios opresores que violan abiertamente sus propios principios proclamados”. ¿Piden ustedes muestras? Con gusto. Fíjense qué enorme violencia la de esas decenas de ciudadanos que se acercan —solo se acercan— a la vivienda del señor ministro de Justicia a pegarle cuatro gritos y enseñarle unas pancartas. Intolerable, claro: una terrible coacción a la libertad del ministro y de su familia. Por contra, cuánta paz encierra la decisión de Alberto Ruiz-Gallardón de negar a la madre que haga lo que crea conveniente con su vientre. Qué ausente de violencia se muestra la decisión del ministro y todo el Gobierno de obligar a esa madre a convivir —ya sea un día o 30 años— con un ser no querido, haya nacido o no con tal o cual enfermedad. ¿Esos católicos que tanto presumen de amar y respetar al prójimo, por qué obligan —sí, obligan con la violencia de la ley— a tener que aceptar sus creencias sobre algo tan alejado de las competencias de los obispos como la biología? Porque el adusto Antonio María Rouco Varela no parece ser un experto investigador de zigotos, mórulas, blástulas y embriones.
¿Cómo es posible que luzcan como grandes genios de las finanzas esos egresados de carísimas escuelas de negocios, que día sí y otro también inventan productos financieros a cuál más complejo para que los bancos que les pagan —con obscena generosidad— puedan engañar más y mejor a sus usuarios y guapear sus socaliñas? ¿Por qué la culpa es del incauto endeudado que se pringó de por vida, se pregunta José K. al borde de la apoplejía, y no del delincuente que vendía basura envuelta en papel dorado? Loado y listísimo quien vendió engaños; culpable, malquisto y bobón quien los compró. Con gran dolor ha observado nuestro hombre que los segundos andan ahora rebuscando yogures caducados en las basuras de los supermercados, mientras los primeros siguen mandando, dirigiendo y ordenando la circulación. Y además, insultan a los más angustiados y empobrecidos: manirrotos, les dicen. Imprudentes, les afean.
Lucen como genios de las finanzas quienes inventan productos para engañar a los usuarios
Así llegamos a que los jubilados sean unos insensatos que ponen en peligro el equilibrio financiero del mundo occidental porque piden, gentuza insolidaria, que no les bajen su ya magra pensión o, al menos, que se ajusten a la subida del IPC. Pero en cambio, qué injusto y disolvente —cosas de rojos irredentos— exigir, supongamos, una tasa a las operaciones financieras, una décima de más en las Sicav, o un mayor control fiscal a las grandes fortunas. ¿Qué tal si apretamos un poco las desorbitadas ganancias de ciertos empresarios textiles —espejos de emprendedores— que hacen blusitas en edificios infectos de Bangladesh? Ya sabe José K., ya, que es muy feo decir estas cosas. Una grosería, una muestra de intemperancia. Lo que le asombra es que sea mucho peor denunciar el crimen que cometerlo. Porque los culpables, no hay más que tener ojos, son quienes promueven o mantienen con su acción o falta de ella, tantas y tantas injusticias. Y no, en absoluto, los damnificados por ellas o quienes, adoloridos, claman contra tanta infamia.
Y ahora, en medio de todos estos desmanes, surge un doloroso trabajo extra, que hay que ver lo acongojados que están Gobiernos y banqueros porque acaban de descubrir que en el mundo existen, qué sorpresa, ciertos lugares de nombres encantadores donde unos desaprensivos depositan miles de millones de euros, sin pagar por ellos ni un céntimo en impuestos ni cosa que se le asemeje. Los llaman, qué bonito, paraísos fiscales. Y es allí donde al parecer, los pobres del mundo guardan sus ahorros. ¡Cuánto trabajador, cuánto pequeño empresario, cuánto autónomo esconde sus miles de millones en las islas Jersey, por citar una simpática localización! Avariciosos y canallas que privan a sus conciudadanos de unos impuestos que permitirían, por lo menos, acabar con la pobreza.
Porque quién va a creer —anatema— que son esos mismos banqueros y esos mismos gobernantes que tanto sufren —pobres— y que tanto se preocupan por nosotros, los culpables de esa infamia, de esa indecencia cósmica. Oh, no, de ninguna manera, se dice José K., sonrisa de hiena, que anoche, antes de poner término al detallado libro para Wert, había echado un vistazo, una vez más, a su muy querida Alicia:
—Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca.
—Oh, eso no lo puedes evitar. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
-—¿Cómo sabes que yo estoy loca?
—Tienes que estarlo, o no habrías venido aquí.
(Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll)
Ilustración: Enrique Flores.
LA CUARTA PÁGINA
Abajo no está arriba, ni arriba está abajo
Quienes dirigen el mundo han acabado por robarnos el juicio y las palabras. Se divierten con ellas y nos subvierten su significado. Esta tergiversación de ideas, sujetos y verbos impregna todo lo que tocamos
José María Izquierdo
Vemos a José K. inmerso en un trabajo que ahora conoceremos, más concentrado y afanoso que nunca, sin prestar atención a su emisora de siempre, rumor de fondo en su costroso transistor. Ha optado por quedarse en la mesa de la cocina —única, por otra parte— en el muy modesto tabuco en el que agota sus años de vejez. Íngrimo en su rincón, alejado de ruidos externos perturbadores, nuestro hombre avanza en su labor. José K., impactado por esta vuelta al siglo XX, o quizá al XIX, o al XVIII, o incluso al XVII o el XVI, a los que nos lleva el ministro Wert y su vuelta a la asignatura de religión, ha decidido preparar un esquema para un próximo libro sobre la materia que se podría dar, por ejemplo, en todos los centros de la Comunidad Autónoma de Madrid.
Ya lleva pensados algunos capítulos. Tal que la Historia del Vaticano. Ha quedado para más adelante la descripción sobre algunas fruslerías recientes como la del banco Ambrosiano y el ahorcamiento de Roberto Calvi, que se ha quedado enredado José K. en aquellos memorables días en los que los cardenales, directamente, se asesinaban los unos a los otros mientras ponían al frente de la Iglesia a hijos, hijas, queridas y mantenidos. Otro capítulo entretenido podría tratar sobre la Santa Inquisición, métodos y utensilios de tortura, tan eficaces para arrancar senos, romper brazos o arrancar jirones de carne con el misericordioso fin de salvaguardar la fe verdadera: los aplastacabezas, la bota española, el cepo, la cuna de Judas, la silla del interrogatorio, el potro. Por último, está pensando en cómo explicar con detalle el impúdico apoyo de la jerarquía católica a la mugrienta cruzada de Francisco Franco, aquel glorioso general que tras fusilar a miles de españoles entraba en las catedrales bajo palio y al que los cardenales rendían pleitesía medieval. ¡Claro que es conveniente que nuestros infantes estudien tan piadosas gestas!
La sintonía del boletín informativo le saca de su ensimismamiento, cual perro de Pavlov, y presta oídos a la actualidad. En mala hora lo hiciera, que otra vez se le revuelven los higadillos y la pajarilla se le arrebola por los adentros. Porque quienes dirigen el mundo han acabado por robarnos, además, el juicio y hasta las palabras. Se divierten con ellas y nos subvierten su significado para que justicia siempre sea lo que les beneficia a ellos y delito lo que a ellos les perjudica. La misma piedra es una joya cuando sale de sus manos, y un simple pedrusco cuando llega a las tuyas. De su lado los campos feraces, del nuestro el barbecho. La culpa, finalmente, como el fracaso, son siempre nuestros, que la recompensa y el éxito siempre premian a los suyos.
José K. quiere que la asignatura de religión incluya la Inquisición y el apoyo a Franco
De Wert y la asignatura de Religión, verbigracia, hablábamos. ¿Es una muestra de arcaico y retrógrado clericalismo esa imposición? No, en absoluto. Es anticlericalismo rancio y añoso oponerse a ella. ¿Queda claro? Este malabarismo de conceptos, esta tergiversación de ideas, sujetos, verbos y predicados impregnan todo lo que tocamos. ¡Cómo será de obvio y manifiesto el hurto, la ratería, el latrocinio, que hasta una princesa —¡una princesa, allá en las alturas!— se ha dado cuenta de la existencia de tanto vampiro!
Insta José K. a seguir el razonamiento de Slavoj Žižek a propósito de la condena en Rusia a las Pussy Riot: “Hay dos tipos de cinismo, el cinismo amargo de los oprimidos que desenmascara la hipocresía de aquellos en el poder, y el cinismo de los propios opresores que violan abiertamente sus propios principios proclamados”. ¿Piden ustedes muestras? Con gusto. Fíjense qué enorme violencia la de esas decenas de ciudadanos que se acercan —solo se acercan— a la vivienda del señor ministro de Justicia a pegarle cuatro gritos y enseñarle unas pancartas. Intolerable, claro: una terrible coacción a la libertad del ministro y de su familia. Por contra, cuánta paz encierra la decisión de Alberto Ruiz-Gallardón de negar a la madre que haga lo que crea conveniente con su vientre. Qué ausente de violencia se muestra la decisión del ministro y todo el Gobierno de obligar a esa madre a convivir —ya sea un día o 30 años— con un ser no querido, haya nacido o no con tal o cual enfermedad. ¿Esos católicos que tanto presumen de amar y respetar al prójimo, por qué obligan —sí, obligan con la violencia de la ley— a tener que aceptar sus creencias sobre algo tan alejado de las competencias de los obispos como la biología? Porque el adusto Antonio María Rouco Varela no parece ser un experto investigador de zigotos, mórulas, blástulas y embriones.
¿Cómo es posible que luzcan como grandes genios de las finanzas esos egresados de carísimas escuelas de negocios, que día sí y otro también inventan productos financieros a cuál más complejo para que los bancos que les pagan —con obscena generosidad— puedan engañar más y mejor a sus usuarios y guapear sus socaliñas? ¿Por qué la culpa es del incauto endeudado que se pringó de por vida, se pregunta José K. al borde de la apoplejía, y no del delincuente que vendía basura envuelta en papel dorado? Loado y listísimo quien vendió engaños; culpable, malquisto y bobón quien los compró. Con gran dolor ha observado nuestro hombre que los segundos andan ahora rebuscando yogures caducados en las basuras de los supermercados, mientras los primeros siguen mandando, dirigiendo y ordenando la circulación. Y además, insultan a los más angustiados y empobrecidos: manirrotos, les dicen. Imprudentes, les afean.
Lucen como genios de las finanzas quienes inventan productos para engañar a los usuarios
Así llegamos a que los jubilados sean unos insensatos que ponen en peligro el equilibrio financiero del mundo occidental porque piden, gentuza insolidaria, que no les bajen su ya magra pensión o, al menos, que se ajusten a la subida del IPC. Pero en cambio, qué injusto y disolvente —cosas de rojos irredentos— exigir, supongamos, una tasa a las operaciones financieras, una décima de más en las Sicav, o un mayor control fiscal a las grandes fortunas. ¿Qué tal si apretamos un poco las desorbitadas ganancias de ciertos empresarios textiles —espejos de emprendedores— que hacen blusitas en edificios infectos de Bangladesh? Ya sabe José K., ya, que es muy feo decir estas cosas. Una grosería, una muestra de intemperancia. Lo que le asombra es que sea mucho peor denunciar el crimen que cometerlo. Porque los culpables, no hay más que tener ojos, son quienes promueven o mantienen con su acción o falta de ella, tantas y tantas injusticias. Y no, en absoluto, los damnificados por ellas o quienes, adoloridos, claman contra tanta infamia.
Y ahora, en medio de todos estos desmanes, surge un doloroso trabajo extra, que hay que ver lo acongojados que están Gobiernos y banqueros porque acaban de descubrir que en el mundo existen, qué sorpresa, ciertos lugares de nombres encantadores donde unos desaprensivos depositan miles de millones de euros, sin pagar por ellos ni un céntimo en impuestos ni cosa que se le asemeje. Los llaman, qué bonito, paraísos fiscales. Y es allí donde al parecer, los pobres del mundo guardan sus ahorros. ¡Cuánto trabajador, cuánto pequeño empresario, cuánto autónomo esconde sus miles de millones en las islas Jersey, por citar una simpática localización! Avariciosos y canallas que privan a sus conciudadanos de unos impuestos que permitirían, por lo menos, acabar con la pobreza.
Porque quién va a creer —anatema— que son esos mismos banqueros y esos mismos gobernantes que tanto sufren —pobres— y que tanto se preocupan por nosotros, los culpables de esa infamia, de esa indecencia cósmica. Oh, no, de ninguna manera, se dice José K., sonrisa de hiena, que anoche, antes de poner término al detallado libro para Wert, había echado un vistazo, una vez más, a su muy querida Alicia:
—Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca.
—Oh, eso no lo puedes evitar. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
-—¿Cómo sabes que yo estoy loca?
—Tienes que estarlo, o no habrías venido aquí.
(Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll)
Ilustración: Enrique Flores.
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martes, 23 de abril de 2013
POLÍTICA (IN) FORMAL
EL PAÍS, Madrid, 24 de abril de 2013TRIBUNA
Queremos legislar
Hace falta renovar la alianza entre representantes y representados que profundice la arquitectura democrática actual. La tecnología puede llevar a las instituciones el conocimiento disponible en una sociedad abierta
Antoni Gutiérrez-Rubí
La constatación de que lo público (el interés general) ya no está garantizado –suficiente y exclusivamente– por lo político es más evidente cada día. Las limitaciones de la política formal (partidos e instituciones) se muestran descarnadamente en su incapacidad para interpretar y comprender bien la realidad, seleccionar el capital humano y gestionar eficientemente los recursos públicos, representar a la ciudadanía generando entornos transparentes, confiables y permeables, y proponer soluciones sostenibles e innovadoras a los retos sociales con una acción ejecutiva y legislativa adecuada en tiempo y forma. En definitiva, la desconfianza ciudadana crece por los límites de la política en su ejemplaridad y, también, en su eficiencia y eficacia. La corrupción es la puntilla.
A todo ello, hay que añadir una progresiva reducción del poder de la política, de su fuerza para situarse como el último resorte, de su autoridad para priorizar el interés general como principio que articule y jerarquice nuestra sociedad y que sea el límite insuperable e insobornable a lo vorazmente especulativo. La política retrocede, incapaz e inerte, ante la destrucción que impone un modelo socioeconómico que favorece el desorden cortoplacista e hipoteca nuestro futuro –y el de las generaciones venideras– en forma de deuda insostenible, cambio climático, pobreza, desempleo estructural...
Los niveles de desafección democrática no dejan lugar a dudas. Los datos son abrumadores, demoledores con los políticos, los partidos e instituciones. La fosa se hace más profunda. Gran parte de la desconfianza se debe a la opacidad que genera todo lo que rodea a la política. La ciudadanía cada vez se siente, además, más frustrada a la hora de participar porque constata que no es escuchada ni atendida. A veces, incluso, es despreciada e insultada.
En este estado de cosas, se impone una renovada alianza entre representantes y representados que supere –profundice, mejore, aumente– la legitimidad por delegación de la arquitectura democrática actual, construyendo gobiernos y parlamentos más útiles, gracias a la cooperación pública. La política es demasiado importante para dejarla exclusivamente en manos de nuestros políticos. Y los retos a los que nos enfrentamos ya no permiten la acomodaticia tranquilidad de delegar nuestra soberanía –y nuestro futuro– por períodos electorales, sin mayor implicación cívica y responsabilidad ciudadana. No podemos esperar, ni podemos desentendernos. Nuestra democracia formal no es suficiente para garantizar el nivel de fuerza y capacidad política que se necesita, si queremos horizontes compartidos. Hace falta más política: más acción, más (y mejor) legislación, más (mucha más) representación y participación.
La política es demasiado importante para dejarla exclusivamente en manos de nuestros políticos
En el ámbito legislativo, por ejemplo, uno de los pocos canales de participación con los que actualmente contamos los ciudadanos son las Iniciativas Legislativas Populares (ILP). Recoger y presentar una ILP es un proceso titánico, son necesarias 500.000 excesivas firmas (a nivel comunitario solo se exige un millón entre siete países al menos) y, una vez aceptada, debe superar todavía una serie de trámites burocráticos solo para que sea debatida.Y las cifras demuestran que no es una herramienta útil para propiciar la participación ciudadana: solo una ILP ha llegado a buen término. El desenlace final de la reciente aprobación de la nueva ley antidesahucios, con los únicos votos a favor del Partido Popular, ha dejado un reguero amargo de reproches políticos dentro y fuera de la Cámara. Nos invade un sabor a fracaso de los canales oficiales para la participación democrática, que no está asegurada simplemente con la aceptación de una tramitación y que no garantiza la co-creación legislativa (partidos, asociaciones, ciudadanos). Ustedes proponen (los ciudadanos y sus lobbies sociales y económicos) y nosotros (los representantes y sus mayorías) decidimos es la respuesta formal de nuestra democracia. La evidencia de que este modelo no es suficiente para legislar bien y mejor, crece.
El «escaño 351» (propuesta del programa electoral del PSOE, cuyo objetivo era que los ciudadanos pudieran intervenir en el Pleno del Congreso en defensa de las ILP) era un insuficiente, pero interesante, paso para dar voz. También las comparecencias parlamentarias abiertas a expertos y representantes sociales y económicos en la elaboración de una Ley –como sucede estos días con la Ley de Transparencia (en la que participaré)– son adecuados pero tímidos pasos. Hay que ir más allá.
Las organizaciones políticas y las instituciones públicas deben realizar una mirada inteligente a la transformación que están llevando a cabo las empresas más lúcidas y responsables. Los modelos de innovación abierta, a través de la creación colectiva, son fórmulas que permiten aproximar a las organizaciones a un grado de permeabilidad óptimo que amplía sus oportunidades. La llave de todo es el talento compartido como motor de cambio, reforma y adaptación. Las organizaciones permeables son aquellas que saben escuchar y hacer partícipe al cliente –su mejor prosumidor– con más transparencia y promoviendo la innovación y la creatividad. El mundo empresarial está sustituyendo, progresivamente, sus estructuras organizativas verticales por nuevas estructuras horizontales y en red. Los gobiernos y los parlamentos no lo hacen suficientemente. Desconfían.
¿Por qué no vamos a utilizar todo el talento disponible en nuestra sociedad para legislar, por ejemplo, favoreciendo la apertura de datos, su accesibilidad, facilidad de uso y reutilización, con el objetivo de crear ecosistemas públicos para resolver problemas complejos? Evitaríamos fiascos (y manipulaciones), como el sucedido en un estudio clave para justificar la austeridad económica en la Unión Europea que contiene graves errores de Excel y que, si hubiera estado abierto, habría sido advertido y corregido por otros actores sociales, impidiendo –probablemente– que la política tomara decisiones equivocadas con datos insuficientes o inexactos.
Las multitudes inteligentes (que no solo opinan, sino que quieren co-crear y co-decidir) pueden actuar de una forma semejante en la política ejecutiva y legislativa, siendo una excelente oportunidad para recuperar la confianza en el sistema democrático, como ya empiezan a explorar algunas Administraciones públicas de proximidad. Más talento y más democracia es la fórmula.
Lo público debe ser el punto de encuentro de quienes desean una sociedad sostenible y justa
¡Queremos legislar!, decimos. No solo porque queremos, podemos y debemos, sino porque sabemos. El conocimiento disponible en la sociedad abierta y en red es superior al de sus representantes y expertos. No estamos hablando de masas inertes y amorfas, sino de multitudes activas e inteligentes en la sociedad red, capaces de articular –o al menos iluminar– soluciones públicas para problemas complejos si se dispone de entornos abiertos gracias a la tecnología. Lo público debe ser el punto de encuentro, no solo una capa superpuesta de representación, de todos los actores que desean una sociedad sostenible y justa, la única capaz de generar riqueza, gracias a una progresiva y eficiente capacidad de repartirla.
Nuestra sociedad decepcionada, crítica y muy informada, tiene en sus manos herramientas para monitorizar y fiscalizar las actividades políticas: es el momento de la política vigilada. Pero necesitamos más, queremos la política participada. La tecnología disponible (que conecta personas, procesos, máquinas y objetos) re-articula la sociedad porque crea comunidades de intereses, entornos de conocimiento y permite la movilización social de una manera extraordinariamente atractiva y potencialmente muy democrática.
Esta inaplazable transformación de las estructuras (y de las mentes y actitudes) debe encontrar pues una oportunidad en entornos digitales pensados para las aplicaciones personales y móviles: apps, geolocalización, realidad aumentada, visualizaciones, etc. Algunos gobiernos ya lo han visto y están aprovechando su potencial. La Administración Obama, por ejemplo, lo hace con proyectos como data, recovery o transparency; y en el Reino Unido encontramos data.gov.uk. En el ámbito legislativo hay que aprender e implantar, urgentemente, las recomendaciones del Global Center for ICT in Parliament, el organismo multilateral que promueve la modernización parlamentaria a través de la tecnología abierta y la participación ciudadana.
La inteligencia de las multitudes supone una nueva mirada a la gobernanza de las organizaciones, ya que el uso de la tecnología ha cambiado la concepción del poder. Si la política formal no valora –e impulsa– el uso de la inteligencia colectiva en su modelo de acción, las barreras entre ciudadanos y representantes públicos no dejarán de incrementarse. La política crowd no solo es una oportunidad (inteligente), sino un requerimiento (democrático) para una mejor acción política. Para la que se necesita y ya no puede esperar.
(*) Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación.
Ilustración: Enrique Flores.
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viernes, 7 de septiembre de 2012
¿QUÉ PASA EN LA CASA DE AL LADO?
EL PAÍS, Caracas, 7 de Septiembre de 2012
LA CUARTA PÁGINA
Colombia: el desafío de hacer política
La negociación entre el Gobierno y las FARC implica que se subordinen los elementos belicistas a la búsqueda de acuerdos. Pero el tema del tráfico de drogas puede hacer que sectores de la guerrilla no participen
Luis Fernando Medina
En la prensa colombiana no pasa mucho tiempo sin que alguien cite el aforismo de Clausewitz según el cual la guerra es la prolongación de la política por otros medios. Pero por más que esta frase se haya vuelto el requisito ineludible para hacer gala de erudición y granjearse la atención del público se trata de una simplificación peligrosa: los medios cambian los fines, el caballo que se dejaba cabalgar comienza a arrastrar al jinete, el fiel servidor de ayer se convierte en el chantajista de hoy. Esa parece ser la lección que han aprendido tanto la clase dirigente colombiana como la guerrilla, a juzgar no solo por la decisión de dialogar sino por los mecanismos que han acordado para hacerlo.
Comencemos por el caso de las FARC. Nacida de un alzamiento campesino que el gobierno trató de sofocar con bombardeos a mediados de los 60 (¡hace ya casi 50 años!), por decenios subordinó la acción política a los imperativos militares y con esta percepción acudió a las mesas de negociación. El fallido proceso de paz de 1999-2002 es un ejemplo. La frondosa agenda de diálogo se estancó en los temas sustantivos mientras se discutían en detalle los aspectos militares (zona de despeje y canjes de prisioneros, por ejemplo). Desde el punto de vista de las FARC, su formidable aparato militar de aquel entonces era el mecanismo para colocar contra la pared al establishment y forzarlo a hacer las reformas que de otro modo no aceptaría.
El resultado: la mayor cadena de fracasos políticos y militares de las FARC en su larga historia. Por una parte, el gobierno colombiano respondió fortaleciendo su Ejército. Se suele olvidar que la Administración Pastrana, la misma que adelantó aquellos diálogos, también introdujo con apoyo norteamericano el Plan Colombia, uno de los mayores aumentos en el presupuesto militar que haya registrado el país, aun antes de la ofensiva lanzada por la Administración Uribe. Pero el daño que el militarismo le hizo a las FARC también venía de adentro. Como las armas cuestan dinero, sus frentes más rentables (es decir, aquellos más involucrados con el narcotráfico y el secuestro) adquirieron más peso relativo dentro de la organización, lo cual se traducía en peores patrones de reclutamiento y en más violencia contra la población civil: ni el secuestro ni el narcotráfico requieren de manifiestos. Es probable que las FARC no hayan aún medido la descomunal deslegitimación que se infligieron a sí mismas con tales tácticas. La máquina de guerra que se presentaba como una herramienta para la política terminó destruyendo la política.
La guerrilla aún no ha medido la descomunal deslegitimación que se infligió con el narcotráfico
Pero las élites colombianas también han visto cómo los medios terminan por cobrar vida propia. La campaña contrainsurgente que se lanzó desde mediados de los 80 con base en grupos paramilitares, fruto de la alianza non sancta entre terratenientes de zonas de conflicto, miembros del ejército y narcotraficantes, prometía acabar con la guerrilla sin necesidad de ninguna concesión. Pero, no solamente este camino no logró la derrota definitiva de las FARC, sino que también terminó por cambiar el equilibrio de poder dentro del establishment. Los numerosos congresistas con nexos con grupos paramilitares son solo la manifestación más visible de una estructura de poder político y económico en las provincias que compite con las élites tradicionales y que, ahora comienza a verse, pone en peligro sus intereses.
Políticos advenedizos que disputan viejos feudos a partir del proselitismo armado, nuevos empresarios con nexos mafiosos, conglomerados agroindustriales construidos sobre tierras apropiadas por paramilitares, minería ilegal o con licencias dudosas, son solo algunos ejemplos de este proceso mediante el cual los antiguos subordinados militares se convierten en un poder rival.
Aun dentro de la legalidad, el énfasis militarista está pasando una pesada factura. El presupuesto de defensa del país ronda el 6% del PIB, suficiente para duplicar el ingreso del 20% más pobre de la población, más que el flujo neto de capitales hacia el país que, según el mismo discurso del gobierno, ha llegado atraído por las mejoras en seguridad.
El esquema de diálogo acordado por el gobierno y las FARC sugiere que ambos sectores están buscando la forma de subordinar sus elementos belicistas a los dictados del proceso político. Así lo ilustra elocuentemente el hecho de que el primer punto que se discutirá en la agenda de negociación sea el del desarrollo económico y social de las zonas rurales del país.
El conflicto por la tierra ha sido por décadas el que ha dado los ímpetus a la violencia en Colombia. En los años recientes, a la sombra de la acometida contrainsurgente, los grupos paramilitares, en connivencia con poderes económicos locales, expropiaron millones de hectáreas en una “contrarreforma agraria” que representa la mayor redistribución de tierra de la historia reciente del país. La Administración Santos ha lanzado esfuerzos aún incipientes para revertir este proceso mediante la llamada “Ley de Víctimas”. Su decisión de poner el tema agrario como el primero a discutir apunta en el mismo sentido. De continuar, este camino lleva a que las élites políticas y económicas del país, que incluyen sectores para los que la propiedad agraria ya no es tan importante como en el pasado, asuman la defensa de sus intereses en la mesa de negociaciones prescindiendo de los elementos armados que antes se presentaban como los “salvadores de la patria”. El equipo de negociadores del gobierno incluye a un dirigente gremial estrechamente ligado a los industriales colombianos mientras que los sectores latifundistas brillan por su ausencia. Además, los voceros de la derecha más recalcitrante han lanzado ya tantas y tan altisonantes críticas al proceso de paz que no es exagerado decir que se han autoexcluido del diálogo subsiguiente.
Aunque dentro de la legalidad, el énfasis militarista está pasando una pesada factura
Dentro de las FARC puede darse un proceso análogo. El nuevo procedimiento prioriza los acuerdos sustantivos de manera que, si avanzan los diálogos, el aparato militar de la guerrilla deja de ser el garante de las reformas para enfrentarse a un dilema inédito: si persevera en su actuar, lejos de presionar por más concesiones lo que logrará será sabotear aquellas concesiones que ya se hayan obtenido en la mesa.
Nada de esto es garantía de éxito pero sí sirve para advertir los posibles peligros. Para que el esquema funcione es necesario que ambas partes logren conservar su unidad interna durante el proceso.
El caso de las FARC ofrece varios interrogantes. Una de las guerrillas más viejas del mundo, ha logrado mantener una férrea unidad de mando durante décadas a pesar de todas las tensiones internas y del asedio constante de las armas del Estado. Esto hace pensar que su actual liderazgo puede llevarlas en bloque hasta la desmovilización final. Pero, y la agenda de negociaciones reconoce este punto, si no se atiende con creatividad el tema del narcotráfico, sectores muy poderosos de las FARC pueden optar por salirse del proceso en una peligrosa deriva hacia la delincuencia común, repitiendo un patrón que se observó en los años 50 en Colombia.
Por su parte, el presidente Santos ha dado muestras de entender que entre sus antiguos aliados pueden surgir nuevos “enemigos agazapados de la paz”, para usar la expresión acuñada en el primer proceso de paz del año 83. Ya se ha visto cómo uno de los obstáculos a la restitución de tierras ha sido el asesinato y la intimidación de líderes campesinos. Si esto ha ocurrido sin haber negociaciones con la guerrilla, cabe preguntarse qué ocurrirá cuando se vaya a implementar un nuevo acuerdo sobre propiedad rural.
A pesar de los riesgos de fracaso que todos los colombianos reconocen, hay razones para el optimismo. Cada uno a su manera, ambos bandos han salido escaldados de sus escarceos con Clausewitz. Los más eruditos de ambas partes tal vez puedan acudir a la máxima de Aristóteles que describía la política como “el arte de lo posible”. A aquellos menos dados a altos vuelos literarios tal vez les baste con repetir con Perogrullo que la mejor forma de avanzar en política es haciendo política.
(*) Luis Fernando Medina es investigador senior del CEACS-Fundación Juan March.
Ilustración: Enrique Flores.
LA CUARTA PÁGINA
Colombia: el desafío de hacer política
La negociación entre el Gobierno y las FARC implica que se subordinen los elementos belicistas a la búsqueda de acuerdos. Pero el tema del tráfico de drogas puede hacer que sectores de la guerrilla no participen
Luis Fernando Medina
En la prensa colombiana no pasa mucho tiempo sin que alguien cite el aforismo de Clausewitz según el cual la guerra es la prolongación de la política por otros medios. Pero por más que esta frase se haya vuelto el requisito ineludible para hacer gala de erudición y granjearse la atención del público se trata de una simplificación peligrosa: los medios cambian los fines, el caballo que se dejaba cabalgar comienza a arrastrar al jinete, el fiel servidor de ayer se convierte en el chantajista de hoy. Esa parece ser la lección que han aprendido tanto la clase dirigente colombiana como la guerrilla, a juzgar no solo por la decisión de dialogar sino por los mecanismos que han acordado para hacerlo.
Comencemos por el caso de las FARC. Nacida de un alzamiento campesino que el gobierno trató de sofocar con bombardeos a mediados de los 60 (¡hace ya casi 50 años!), por decenios subordinó la acción política a los imperativos militares y con esta percepción acudió a las mesas de negociación. El fallido proceso de paz de 1999-2002 es un ejemplo. La frondosa agenda de diálogo se estancó en los temas sustantivos mientras se discutían en detalle los aspectos militares (zona de despeje y canjes de prisioneros, por ejemplo). Desde el punto de vista de las FARC, su formidable aparato militar de aquel entonces era el mecanismo para colocar contra la pared al establishment y forzarlo a hacer las reformas que de otro modo no aceptaría.
El resultado: la mayor cadena de fracasos políticos y militares de las FARC en su larga historia. Por una parte, el gobierno colombiano respondió fortaleciendo su Ejército. Se suele olvidar que la Administración Pastrana, la misma que adelantó aquellos diálogos, también introdujo con apoyo norteamericano el Plan Colombia, uno de los mayores aumentos en el presupuesto militar que haya registrado el país, aun antes de la ofensiva lanzada por la Administración Uribe. Pero el daño que el militarismo le hizo a las FARC también venía de adentro. Como las armas cuestan dinero, sus frentes más rentables (es decir, aquellos más involucrados con el narcotráfico y el secuestro) adquirieron más peso relativo dentro de la organización, lo cual se traducía en peores patrones de reclutamiento y en más violencia contra la población civil: ni el secuestro ni el narcotráfico requieren de manifiestos. Es probable que las FARC no hayan aún medido la descomunal deslegitimación que se infligieron a sí mismas con tales tácticas. La máquina de guerra que se presentaba como una herramienta para la política terminó destruyendo la política.
La guerrilla aún no ha medido la descomunal deslegitimación que se infligió con el narcotráfico
Pero las élites colombianas también han visto cómo los medios terminan por cobrar vida propia. La campaña contrainsurgente que se lanzó desde mediados de los 80 con base en grupos paramilitares, fruto de la alianza non sancta entre terratenientes de zonas de conflicto, miembros del ejército y narcotraficantes, prometía acabar con la guerrilla sin necesidad de ninguna concesión. Pero, no solamente este camino no logró la derrota definitiva de las FARC, sino que también terminó por cambiar el equilibrio de poder dentro del establishment. Los numerosos congresistas con nexos con grupos paramilitares son solo la manifestación más visible de una estructura de poder político y económico en las provincias que compite con las élites tradicionales y que, ahora comienza a verse, pone en peligro sus intereses.
Políticos advenedizos que disputan viejos feudos a partir del proselitismo armado, nuevos empresarios con nexos mafiosos, conglomerados agroindustriales construidos sobre tierras apropiadas por paramilitares, minería ilegal o con licencias dudosas, son solo algunos ejemplos de este proceso mediante el cual los antiguos subordinados militares se convierten en un poder rival.
Aun dentro de la legalidad, el énfasis militarista está pasando una pesada factura. El presupuesto de defensa del país ronda el 6% del PIB, suficiente para duplicar el ingreso del 20% más pobre de la población, más que el flujo neto de capitales hacia el país que, según el mismo discurso del gobierno, ha llegado atraído por las mejoras en seguridad.
El esquema de diálogo acordado por el gobierno y las FARC sugiere que ambos sectores están buscando la forma de subordinar sus elementos belicistas a los dictados del proceso político. Así lo ilustra elocuentemente el hecho de que el primer punto que se discutirá en la agenda de negociación sea el del desarrollo económico y social de las zonas rurales del país.
El conflicto por la tierra ha sido por décadas el que ha dado los ímpetus a la violencia en Colombia. En los años recientes, a la sombra de la acometida contrainsurgente, los grupos paramilitares, en connivencia con poderes económicos locales, expropiaron millones de hectáreas en una “contrarreforma agraria” que representa la mayor redistribución de tierra de la historia reciente del país. La Administración Santos ha lanzado esfuerzos aún incipientes para revertir este proceso mediante la llamada “Ley de Víctimas”. Su decisión de poner el tema agrario como el primero a discutir apunta en el mismo sentido. De continuar, este camino lleva a que las élites políticas y económicas del país, que incluyen sectores para los que la propiedad agraria ya no es tan importante como en el pasado, asuman la defensa de sus intereses en la mesa de negociaciones prescindiendo de los elementos armados que antes se presentaban como los “salvadores de la patria”. El equipo de negociadores del gobierno incluye a un dirigente gremial estrechamente ligado a los industriales colombianos mientras que los sectores latifundistas brillan por su ausencia. Además, los voceros de la derecha más recalcitrante han lanzado ya tantas y tan altisonantes críticas al proceso de paz que no es exagerado decir que se han autoexcluido del diálogo subsiguiente.
Aunque dentro de la legalidad, el énfasis militarista está pasando una pesada factura
Dentro de las FARC puede darse un proceso análogo. El nuevo procedimiento prioriza los acuerdos sustantivos de manera que, si avanzan los diálogos, el aparato militar de la guerrilla deja de ser el garante de las reformas para enfrentarse a un dilema inédito: si persevera en su actuar, lejos de presionar por más concesiones lo que logrará será sabotear aquellas concesiones que ya se hayan obtenido en la mesa.
Nada de esto es garantía de éxito pero sí sirve para advertir los posibles peligros. Para que el esquema funcione es necesario que ambas partes logren conservar su unidad interna durante el proceso.
El caso de las FARC ofrece varios interrogantes. Una de las guerrillas más viejas del mundo, ha logrado mantener una férrea unidad de mando durante décadas a pesar de todas las tensiones internas y del asedio constante de las armas del Estado. Esto hace pensar que su actual liderazgo puede llevarlas en bloque hasta la desmovilización final. Pero, y la agenda de negociaciones reconoce este punto, si no se atiende con creatividad el tema del narcotráfico, sectores muy poderosos de las FARC pueden optar por salirse del proceso en una peligrosa deriva hacia la delincuencia común, repitiendo un patrón que se observó en los años 50 en Colombia.
Por su parte, el presidente Santos ha dado muestras de entender que entre sus antiguos aliados pueden surgir nuevos “enemigos agazapados de la paz”, para usar la expresión acuñada en el primer proceso de paz del año 83. Ya se ha visto cómo uno de los obstáculos a la restitución de tierras ha sido el asesinato y la intimidación de líderes campesinos. Si esto ha ocurrido sin haber negociaciones con la guerrilla, cabe preguntarse qué ocurrirá cuando se vaya a implementar un nuevo acuerdo sobre propiedad rural.
A pesar de los riesgos de fracaso que todos los colombianos reconocen, hay razones para el optimismo. Cada uno a su manera, ambos bandos han salido escaldados de sus escarceos con Clausewitz. Los más eruditos de ambas partes tal vez puedan acudir a la máxima de Aristóteles que describía la política como “el arte de lo posible”. A aquellos menos dados a altos vuelos literarios tal vez les baste con repetir con Perogrullo que la mejor forma de avanzar en política es haciendo política.
(*) Luis Fernando Medina es investigador senior del CEACS-Fundación Juan March.
Ilustración: Enrique Flores.
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viernes, 10 de agosto de 2012
PROBLEMAS INIMAGINABLES
EL PAÍS, Madrid, 12 de Agosto de 2012
LA CUARTA PÁGINA
Condominio ‘yihadista’ en el norte de Mali
Tres organizaciones dictan normas de comportamiento y obligan a una observancia fundamentalista de la "sharía" que contradice el entendimiento tradicional, abierto y tolerante del Islam en el Sahel
Fernando Reinares
Entre abril y junio de este año, tres organizaciones yihadistas han conseguido imponer conjuntamente un dictado rigorista del credo islámico sobre cerca de millón y medio de habitantes en el norte de Mali, vasto territorio desértico de unos 850.000 kilómetros cuadrados flanqueado por Mauritania, Argelia y Níger. Esas tres organizaciones son Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), el Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental (MUYAO) y Ansar al Din (AD).
No es el primer condominio yihadista, definido como un espacio geográfico en el que varias organizaciones de esa misma orientación ideológica se las arreglan para ejercer al unísono el control de la población mayoritariamente musulmana que lo habita, pues el original data de hace una década y se encuentra en las áreas tribales situadas al noroeste de Pakistán, a más de 7.700 kilómetros de la frontera española. El nuevo se ha formado mucho más cerca, apenas a 1.200 kilómetros de las Islas Canarias, como recientemente ha precisado Ignacio Cembrero en estas mismas páginas.
AQMI, que surgió tras un acuerdo de fusión que formalizaron en septiembre de 2006 los dirigentes del núcleo central de Al Qaeda y los del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), de extracción argelina, ha continuado y extendido la penetración de este último en suelo maliense desde 2003.
Una escisión de AQMI, el MUYAO, que se dio a conocer a finales de 2011 con el secuestro de tres cooperantes europeos en Tinduf, incluidos los dos españoles liberados recientemente, tiene una composición algo más multinacional y ha conseguido infiltrarse entre los saharauis, pero adoptando la misma demarcación saheliana como el principal de sus escenarios operativos.
AQMI, AD y MUYAO se han repartido funciones: las militares, hacer cumplir la ‘sharia’ y las relaciones exteriores con Al Qaeda
AD, que se articuló casi al mismo tiempo que este último, está constituida sobre todo, pero no exclusivamente, por militantes tuareg que se desenvuelven bajo la bandera que en su día lo fue tan solo del denominado Estado Islámico de Irak, detrás del cual se encuentran Al Qaeda en Mesopotamia y otros pequeños grupos afines, convertida ahora en estandarte común de los yihadistas activos lo largo y ancho de la región norteafricana.
Pues bien, esas tres organizaciones yihadistas han coordinados sus estrategias y sus esfuerzos desde enero de este año con el propósito de prevalecer sobre cualesquiera otras estructuras de poder existieran o tratasen de ser instauradas en el norte de Mali. Ahora dictan normas salafistas de comportamiento y obligan a una observancia fundamentalista de la sharía o ley islámica que contradice el entendimiento tradicional, abierto y tolerante, que del Islam suelen tener quienes residen en la zona. Sirvan algunos ejemplos para ilustrar lo que está ocurriendo: parejas jóvenes son azotadas públicamente en Gao por tener hijos fuera del matrimonio; antiguos mausoleos de la histórica Tombuctú son presentados como expresiones de idolatría y demolidos con saña; la enseñanza de la filosofía o de la biología, etiquetadas de saberes impíos, se prohíbe en las escuelas de Kidal. Una suerte de policía religiosa patrulla esas ciudades y otras localidades de su entorno, castigando a la gente por hábitos y costumbres que para los yihadistas son pecaminosas.
AQMI, el MUYAO y AD cooperan para afianzar su preponderancia en el norte de Mali. Han erigido allí un condominio yihadista que evoca al de las Áreas Tribales Administradas Federalmente (FATA, por sus siglas en inglés) de Pakistán. Estas últimas son 30 veces menores en tamaño y más que duplican en habitantes al norte de Mali. Pero la clase de condominio yihadista que existe en ese enclave del Sur de Asia, todavía epicentro del terrorismo global, se ha reproducido al otro lado del mundo islámico, en el Sahel. Como en las áreas tribales de Pakistán, entre las organizaciones implicadas en el condominio yihadista del norte de Mali hay jerarquía y división de funciones.
AQMI actúa mediante dos unidades operativas con varios centenares de miembros y mantiene en el área infraestructuras para el adiestramiento. Dirige a AD, considerablemente mayor en número, en su tarea de implementar localmente el orden fundamentalista. AQMI retiene el monopolio de las relaciones externas con el yihadismo global. El MUYAO colabora con AD y es un afiliado subsidiario de AQMI.
Esas tres organizaciones se movilizaron en 2011 con la deliberada intención de aprovechar las oportunidades que surgieran de la última de las recurrentes rebeliones tuareg. En esta ocasión, dotada con un acento más secesionista y promovida por algunos miles de individuos de ese origen étnico que, tras haber servido como oficiales y soldados mercenarios del régimen de Gadafi hasta su quiebra, reubicaron su experiencia y no pocas armas saqueadas del arsenal libio al norte de Mali.
Es un destino atractivo para islamistas radicales de los países vecinos, una fuente de inestabilidad
A medida que su ofensiva avanzaba desde mediados de enero, un golpe de Estado en Bamako contribuyó a erosionar aún más las ya limitadas capacidades contrainsurgentes de los militares malienses. Los separatistas del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), como prefieren denominar al norte de Mali, confiados en su superioridad, optaron por aliarse con AD para lograr sus objetivos. Una vez cara a cara, los aliados terminaron por enfrentarse. AD y sus allegados yihadistas, AQMI y el MUYAO, desplazaron al MNLA e impusieron su propia agenda en aquel ámbito.
El establecimiento de un condominio yihadista en esa zona occidental de la franja saheliana significa, en primer lugar, que la puesta en práctica del diseño sociopolítico religiosamente fanático compartido por AQMI, MUYAO y AD inflinge sufrimiento a una población local que ya padece las consecuencias de la sequía y el hambre.
En segundo lugar, significa que el norte de Mali puede convertirse en un destino atractivo para islamistas radicales de los países vecinos y con ello en una fuente de inestabilidad para toda la región mayor de cuanto ya lo es. No en vano se han observado conexiones del terrorismo yihadista en el conjunto de la misma, que relacionan entre sí a las tres organizaciones ya mencionadas y a la nigeriana Boko Haram.
Finalmente, la instauración de un condominio yihadista en el norte de Mali significa que cabe imaginar dicho territorio como un creciente a la par que especialmente serio foco de amenaza terrorista para el mundo occidental en general y los países del sur de Europa en particular. Más en concreto para Francia y España, cuyos ciudadanos e intereses han sido expresamente señalados como blanco.
Es improbable que los habitantes del norte de Mali vayan a desembarazarse del control yihadista sin ayuda externa, al menos a corto plazo. Las protestas de mujeres y jóvenes han sido cruentamente reprimidas por AQMI, el MUYAO y AD. Los dirigentes de estas tres organizaciones yihadistas han contestado con menosprecio a las autoridades religiosas locales que reprueban su plan de aplicación de la ley islámica o la apelación a la yihad como excusa para establecer una nueva concepción del orden social.
Por otra parte, sabemos por experiencia que las soluciones políticas negociadas con actores colectivos de las mismas creencias en otras zonas de conflicto han resultado temporales o imposibles.
Una eventual intervención militar acordada por los países de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) y respaldada por la Unión Africana (UA) corre no solo el riesgo de un fracaso sino el de producir un efecto de llamada internacional a la yihad. Sin embargo, cuanto más se prolongue la situación actual, menos reversible será.
(*) Fernando Reinares es investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano, y catedrático de Ciencia Política y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos.
Ilustración: Enrique Flores
LA CUARTA PÁGINA
Condominio ‘yihadista’ en el norte de Mali
Tres organizaciones dictan normas de comportamiento y obligan a una observancia fundamentalista de la "sharía" que contradice el entendimiento tradicional, abierto y tolerante del Islam en el Sahel
Fernando Reinares
Entre abril y junio de este año, tres organizaciones yihadistas han conseguido imponer conjuntamente un dictado rigorista del credo islámico sobre cerca de millón y medio de habitantes en el norte de Mali, vasto territorio desértico de unos 850.000 kilómetros cuadrados flanqueado por Mauritania, Argelia y Níger. Esas tres organizaciones son Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), el Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental (MUYAO) y Ansar al Din (AD).
No es el primer condominio yihadista, definido como un espacio geográfico en el que varias organizaciones de esa misma orientación ideológica se las arreglan para ejercer al unísono el control de la población mayoritariamente musulmana que lo habita, pues el original data de hace una década y se encuentra en las áreas tribales situadas al noroeste de Pakistán, a más de 7.700 kilómetros de la frontera española. El nuevo se ha formado mucho más cerca, apenas a 1.200 kilómetros de las Islas Canarias, como recientemente ha precisado Ignacio Cembrero en estas mismas páginas.
AQMI, que surgió tras un acuerdo de fusión que formalizaron en septiembre de 2006 los dirigentes del núcleo central de Al Qaeda y los del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), de extracción argelina, ha continuado y extendido la penetración de este último en suelo maliense desde 2003.
Una escisión de AQMI, el MUYAO, que se dio a conocer a finales de 2011 con el secuestro de tres cooperantes europeos en Tinduf, incluidos los dos españoles liberados recientemente, tiene una composición algo más multinacional y ha conseguido infiltrarse entre los saharauis, pero adoptando la misma demarcación saheliana como el principal de sus escenarios operativos.
AQMI, AD y MUYAO se han repartido funciones: las militares, hacer cumplir la ‘sharia’ y las relaciones exteriores con Al Qaeda
AD, que se articuló casi al mismo tiempo que este último, está constituida sobre todo, pero no exclusivamente, por militantes tuareg que se desenvuelven bajo la bandera que en su día lo fue tan solo del denominado Estado Islámico de Irak, detrás del cual se encuentran Al Qaeda en Mesopotamia y otros pequeños grupos afines, convertida ahora en estandarte común de los yihadistas activos lo largo y ancho de la región norteafricana.
Pues bien, esas tres organizaciones yihadistas han coordinados sus estrategias y sus esfuerzos desde enero de este año con el propósito de prevalecer sobre cualesquiera otras estructuras de poder existieran o tratasen de ser instauradas en el norte de Mali. Ahora dictan normas salafistas de comportamiento y obligan a una observancia fundamentalista de la sharía o ley islámica que contradice el entendimiento tradicional, abierto y tolerante, que del Islam suelen tener quienes residen en la zona. Sirvan algunos ejemplos para ilustrar lo que está ocurriendo: parejas jóvenes son azotadas públicamente en Gao por tener hijos fuera del matrimonio; antiguos mausoleos de la histórica Tombuctú son presentados como expresiones de idolatría y demolidos con saña; la enseñanza de la filosofía o de la biología, etiquetadas de saberes impíos, se prohíbe en las escuelas de Kidal. Una suerte de policía religiosa patrulla esas ciudades y otras localidades de su entorno, castigando a la gente por hábitos y costumbres que para los yihadistas son pecaminosas.
AQMI, el MUYAO y AD cooperan para afianzar su preponderancia en el norte de Mali. Han erigido allí un condominio yihadista que evoca al de las Áreas Tribales Administradas Federalmente (FATA, por sus siglas en inglés) de Pakistán. Estas últimas son 30 veces menores en tamaño y más que duplican en habitantes al norte de Mali. Pero la clase de condominio yihadista que existe en ese enclave del Sur de Asia, todavía epicentro del terrorismo global, se ha reproducido al otro lado del mundo islámico, en el Sahel. Como en las áreas tribales de Pakistán, entre las organizaciones implicadas en el condominio yihadista del norte de Mali hay jerarquía y división de funciones.
AQMI actúa mediante dos unidades operativas con varios centenares de miembros y mantiene en el área infraestructuras para el adiestramiento. Dirige a AD, considerablemente mayor en número, en su tarea de implementar localmente el orden fundamentalista. AQMI retiene el monopolio de las relaciones externas con el yihadismo global. El MUYAO colabora con AD y es un afiliado subsidiario de AQMI.
Esas tres organizaciones se movilizaron en 2011 con la deliberada intención de aprovechar las oportunidades que surgieran de la última de las recurrentes rebeliones tuareg. En esta ocasión, dotada con un acento más secesionista y promovida por algunos miles de individuos de ese origen étnico que, tras haber servido como oficiales y soldados mercenarios del régimen de Gadafi hasta su quiebra, reubicaron su experiencia y no pocas armas saqueadas del arsenal libio al norte de Mali.
Es un destino atractivo para islamistas radicales de los países vecinos, una fuente de inestabilidad
A medida que su ofensiva avanzaba desde mediados de enero, un golpe de Estado en Bamako contribuyó a erosionar aún más las ya limitadas capacidades contrainsurgentes de los militares malienses. Los separatistas del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), como prefieren denominar al norte de Mali, confiados en su superioridad, optaron por aliarse con AD para lograr sus objetivos. Una vez cara a cara, los aliados terminaron por enfrentarse. AD y sus allegados yihadistas, AQMI y el MUYAO, desplazaron al MNLA e impusieron su propia agenda en aquel ámbito.
El establecimiento de un condominio yihadista en esa zona occidental de la franja saheliana significa, en primer lugar, que la puesta en práctica del diseño sociopolítico religiosamente fanático compartido por AQMI, MUYAO y AD inflinge sufrimiento a una población local que ya padece las consecuencias de la sequía y el hambre.
En segundo lugar, significa que el norte de Mali puede convertirse en un destino atractivo para islamistas radicales de los países vecinos y con ello en una fuente de inestabilidad para toda la región mayor de cuanto ya lo es. No en vano se han observado conexiones del terrorismo yihadista en el conjunto de la misma, que relacionan entre sí a las tres organizaciones ya mencionadas y a la nigeriana Boko Haram.
Finalmente, la instauración de un condominio yihadista en el norte de Mali significa que cabe imaginar dicho territorio como un creciente a la par que especialmente serio foco de amenaza terrorista para el mundo occidental en general y los países del sur de Europa en particular. Más en concreto para Francia y España, cuyos ciudadanos e intereses han sido expresamente señalados como blanco.
Es improbable que los habitantes del norte de Mali vayan a desembarazarse del control yihadista sin ayuda externa, al menos a corto plazo. Las protestas de mujeres y jóvenes han sido cruentamente reprimidas por AQMI, el MUYAO y AD. Los dirigentes de estas tres organizaciones yihadistas han contestado con menosprecio a las autoridades religiosas locales que reprueban su plan de aplicación de la ley islámica o la apelación a la yihad como excusa para establecer una nueva concepción del orden social.
Por otra parte, sabemos por experiencia que las soluciones políticas negociadas con actores colectivos de las mismas creencias en otras zonas de conflicto han resultado temporales o imposibles.
Una eventual intervención militar acordada por los países de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) y respaldada por la Unión Africana (UA) corre no solo el riesgo de un fracaso sino el de producir un efecto de llamada internacional a la yihad. Sin embargo, cuanto más se prolongue la situación actual, menos reversible será.
(*) Fernando Reinares es investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano, y catedrático de Ciencia Política y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos.
Ilustración: Enrique Flores
lunes, 11 de junio de 2012
CUBA ESTÁ A LA VUELTA DE LA ESQUINA
EL PAÍS, Madrid, 11 de Junio de 2012
LA CUARTA PÁGINA
Cuba: abróchense los cinturones
Leonardo Padura
Aunque a paso lento, la sociedad cubana está viviendo un importante proceso de reajuste. Y quizás debido a la misma significación política y económica de esa transformación del tejido social, el movimiento de cambios impulsado por el gobierno exhiba ese carácter, en apariencia y en realidad, tan pausado.
En cualquier caso, ya es un hecho que, como parte del programa de “actualización del modelo económico”, en el año anterior han desaparecido del sector estatal 140 000 plazas, mientras existe un propósito expreso de que este año se eliminen otras 170 000, en busca de la cantidad prevista, que ronda (por encima o por abajo) el millón de empleos por racionalizar. Al mismo tiempo, ya en los primeros meses del corriente 2012 eran más de 370 000 las personas que en el país se dedicaban a la revitalizada y ampliada modalidad de “trabajo por cuenta propia”, cifra que solo se puede haber logrado (incluso si se suman todas las plazas ya eliminadas y las que se prevé eliminar en estos meses) con el acercamiento a esa modalidad de ciudadanos que no tenían vínculo laboral oficial de ningún tipo. Dicho en cubano: gente que vivía del “invento”.
Mientras se está produciendo ese movimiento laboral forzado o voluntario, la tendencia al aumento de los salarios estatales se ha estancado (el promedio anda por los 450 pesos, unos 17 euros), y se advierte que los sueldos no se incrementarán hasta tanto los índices de productividad no crezcan convenientemente, se reduzcan los empleados públicos, y se elimininen las llamadas “gratuidades (o subsidios) indebidos”. En otras palabras: un plan de austeridad y recorte... Para complicar lasituación, es un hecho que los salarios estatales ahora resultan más insuficientes para vivir, pues se han incrementado los precios de muchos productos prioritarios (alimentación, aseo, etc.).
El movimiento social de una parte considerable de los cubanos hacia la pequeña empresa privada se convierte, entonces, en la única alternativa para muchos de los que perderán, por una u otra razón, sus puestos de trabajo para el Estado (que empleaba a la casi totalidad de los ciudadanos). También lo será para aquellos que, aun sin ser parte de los despedidos, traten de procurarse una economía más desahogada de la que les permiten los salarios oficiales.
Es un hecho que los salarios estatales ahora resultan más insuficientes para vivir.
Pero, en las actuales condiciones económicas y con los rubros en los que se autoriza el ejercicio del “cuentapropismo”, surgen las grandes preguntas: ¿hasta dónde ese controlado y limitado sector privado podrá crecer para acoger a nuevos “empresarios” (poncheros, dulceros, restauradores y alquiladores de habitaciones) y “empleados” (dependientes, camareros, encargados de la limpieza, etc. de esos negocios particulares)? ¿Resistirá la economía interna que se abran más cafeterías, “paladares” o puestos de venta de bisutería barata? ¿Serán la mayoría de empleados estatales con salarios insuficientes y congelados los potenciales clientes de ofertas que, por una simple merienda o el ajuste de una llave de paso de agua (solo el servicio de ajuste), pueden llevarse la mitad y hasta la totalidad del sueldo diario de un trabajador?
Resulta evidente que el resorte ha alcanzado el máximo de su tensión en ese terreno, pero que la política de eliminación de plazas continuará y los salarios no aumentarán en un buen tiempo… lo cual puede generar una complicada situación social en un país donde, a la vez, se eliminan subsidios y se convoca al trabajo y la productividad con consignas muy parecidas a las del pasado –pues si algo apenas ha cambiado en Cuba es la retórica oficial, a pesar de las llamadas a un “cambio de mentalidad”.
Para el ciudadano común y corriente resulta difícil entrever soluciones para ese inevitable conflicto. Y, a juzgar por la lentitud y discreción oficial con que se desarrolla el proceso, parace ocurrir lo mismo con las instancias que rigen y regulan los cambios en la sociedad y la economía.
En el horizonte cubano existen tres regulaciones cuya modificación se debe concretar en un plazo más o menos corto (para las expectativas de la gente): la entrada en vigor de las modificaciones de las leyes migratorias, la apertura a más inversiones extranjeras y la admisión de que funcionen cooperativas de obreros y hasta de profesionales.
Las dos primeras medidas previstas, aunque con efectos hacia el interior, tienen su complemento en el exterior, en un momento en el que la crisis económica mundial ha arreciado en Europa, uno de los polos más importantes de esa posible relación. ¿Cuántos cubanos que se trasladen a España pueden contar con la esperanza de obtener trabajo cuando los españoles no lo encuentran? ¿Cuántos empresarios medianos de esa zona del mundo estarán dispuestos a iniciar una aventura en la isla del Caribe? Y la tercera disposición esperada se topa con otra interrogación complicada: ¿cómo adquirir los materiales que necesitarán para su trabajo algunas de las posibles cooperativas si solo el Estado puede importar con carácter comercial?
A esas preguntas se puede sumar la peculiar posibilidad, últimamente tan mencionada, de que empresarios o incluso emprendedores cubanos o cubanoamericanos radicados en Estados Unidos participen en rubros concretos de la economía insular. Pero la realidad es que esa aspiración continúa siendo inviable incluso si el gobierno cubano les abriera puertas, pues las propias leyes norteamericanas, con las del embargo/bloqueo a la cabeza, siguen alejando la concreción de ese sueño que algunos acarician y sobre el cual hasta viajan a La Habana para dictar conferencias dedicadas a esta fantaciencia. Por lo pronto, de la emigración cubana asentada en el vecino del norte solo podrán venir algunos miles de dólares para apoyar la apertura de otra cafetería, o la compra de un apartamento o un auto para dedicarlos al alquiler. Sería más de lo mismo, y en cantidades económicamente poco significativas para un país urgido de inversiones, especialmente en superestructura e industria.
El destino de muchas de las personas despedidas caerá en una coyuntura de muy difícil solución
Hacia el interior del país, el aumento previsto de la productividad en la agricultura con la política de entrega en usufructo de tierras estatales ociosas, de la cual se espera(ba) provocara una reducción de precios en los productos alimenticios, aun no ha rozado siquiera su objetivo, al parecer por dos razones: por el enorme déficit de productos que existía y por la entrada en competencia de la gastronomía privada, más la posibilidad de vender esos productos a empresas estatales (hoteles, por ejemplo).
En el terreno de las inversiones, hoy Cuba hace una gran apuesta con la modernización del puerto de El Mariel –unos 50 kilómetros al oeste de La Habana-, para convertirlo en uno de los más capaces y modernos del Caribe. Con capital y técnicos brasileños involucrados en la obra, de seguro El Mariel cambiará su destino y dejará a la bahía de La Habana la función de puerto turístico... Pero ¿qué se importará y exportará en grandes cantidades por El Mariel? ¿De dónde vendrán los cruceros turísticos que atracarán en La Habana si casi todos están vinculados a empresas y capitales norteamericanos? ¿Cuántos trabajadores podrá absorber este objeto económico una vez terminada su construcción? ¿Será cierto que allí funcionarán “maquiladoras” chinas?
Quizás el venidero período de sesiones de la Asamblea Nacional, a mediados de año, pueda arrojar alguna luz sobre varias de las interrogantes y perspectivas de esta compleja encrucijada económica, social y, por supuesto, política. Quizás.
Porque a estas alturas del recuento parece indudable que aun cuando sea insoslayable aumentar de la eficiencia productiva y que conseguirla pasa por la eliminación de puestos de trabajo en el sector estatal, también es evidente que el destino de muchas de esas personas despedidas caerá en una coyuntura de muy difícil solución –social e individual. Especialmente complicada se muestra la situación para el sector de la población que anda cerca de los cincuenta años o por encima de ellos, y que, a pesar de su alto nivel cultural y educacional (o precisamente por ello), les será más complicado reciclarse como empresarios privados o trabajadores por cuenta propia con habilidades y energías que muchos de esos cubanos no poseen… Así, para la generación que creció trabajando para el futuro mejor, el porvenir les está llegando como un presente de incertidumbres en el cual no cuentan demasiado los sacrificios del pasado sino las habilidades con las que entrarle de frente a un entramado social donde comienzan a regir otas reglas de juego. Y el partido, como se dice en términos de béisbol, parece ser al duro y sin guante.
Ilustración: Enrique Flores
Nota LB:
El motivo de la ilustración es magnífico, aunque nos causa gracia el solo imaginarlo en las manos de los ilustradores del extinto diario "Economía Hoy, Caracas. Quizá lo emplearon, habría que indagar, aunque - seguramente - algo hubiesen hecho con el avión sugerido.
LA CUARTA PÁGINA
Cuba: abróchense los cinturones
Leonardo Padura
Aunque a paso lento, la sociedad cubana está viviendo un importante proceso de reajuste. Y quizás debido a la misma significación política y económica de esa transformación del tejido social, el movimiento de cambios impulsado por el gobierno exhiba ese carácter, en apariencia y en realidad, tan pausado.
En cualquier caso, ya es un hecho que, como parte del programa de “actualización del modelo económico”, en el año anterior han desaparecido del sector estatal 140 000 plazas, mientras existe un propósito expreso de que este año se eliminen otras 170 000, en busca de la cantidad prevista, que ronda (por encima o por abajo) el millón de empleos por racionalizar. Al mismo tiempo, ya en los primeros meses del corriente 2012 eran más de 370 000 las personas que en el país se dedicaban a la revitalizada y ampliada modalidad de “trabajo por cuenta propia”, cifra que solo se puede haber logrado (incluso si se suman todas las plazas ya eliminadas y las que se prevé eliminar en estos meses) con el acercamiento a esa modalidad de ciudadanos que no tenían vínculo laboral oficial de ningún tipo. Dicho en cubano: gente que vivía del “invento”.
Mientras se está produciendo ese movimiento laboral forzado o voluntario, la tendencia al aumento de los salarios estatales se ha estancado (el promedio anda por los 450 pesos, unos 17 euros), y se advierte que los sueldos no se incrementarán hasta tanto los índices de productividad no crezcan convenientemente, se reduzcan los empleados públicos, y se elimininen las llamadas “gratuidades (o subsidios) indebidos”. En otras palabras: un plan de austeridad y recorte... Para complicar lasituación, es un hecho que los salarios estatales ahora resultan más insuficientes para vivir, pues se han incrementado los precios de muchos productos prioritarios (alimentación, aseo, etc.).
El movimiento social de una parte considerable de los cubanos hacia la pequeña empresa privada se convierte, entonces, en la única alternativa para muchos de los que perderán, por una u otra razón, sus puestos de trabajo para el Estado (que empleaba a la casi totalidad de los ciudadanos). También lo será para aquellos que, aun sin ser parte de los despedidos, traten de procurarse una economía más desahogada de la que les permiten los salarios oficiales.
Es un hecho que los salarios estatales ahora resultan más insuficientes para vivir.
Pero, en las actuales condiciones económicas y con los rubros en los que se autoriza el ejercicio del “cuentapropismo”, surgen las grandes preguntas: ¿hasta dónde ese controlado y limitado sector privado podrá crecer para acoger a nuevos “empresarios” (poncheros, dulceros, restauradores y alquiladores de habitaciones) y “empleados” (dependientes, camareros, encargados de la limpieza, etc. de esos negocios particulares)? ¿Resistirá la economía interna que se abran más cafeterías, “paladares” o puestos de venta de bisutería barata? ¿Serán la mayoría de empleados estatales con salarios insuficientes y congelados los potenciales clientes de ofertas que, por una simple merienda o el ajuste de una llave de paso de agua (solo el servicio de ajuste), pueden llevarse la mitad y hasta la totalidad del sueldo diario de un trabajador?
Resulta evidente que el resorte ha alcanzado el máximo de su tensión en ese terreno, pero que la política de eliminación de plazas continuará y los salarios no aumentarán en un buen tiempo… lo cual puede generar una complicada situación social en un país donde, a la vez, se eliminan subsidios y se convoca al trabajo y la productividad con consignas muy parecidas a las del pasado –pues si algo apenas ha cambiado en Cuba es la retórica oficial, a pesar de las llamadas a un “cambio de mentalidad”.
Para el ciudadano común y corriente resulta difícil entrever soluciones para ese inevitable conflicto. Y, a juzgar por la lentitud y discreción oficial con que se desarrolla el proceso, parace ocurrir lo mismo con las instancias que rigen y regulan los cambios en la sociedad y la economía.
En el horizonte cubano existen tres regulaciones cuya modificación se debe concretar en un plazo más o menos corto (para las expectativas de la gente): la entrada en vigor de las modificaciones de las leyes migratorias, la apertura a más inversiones extranjeras y la admisión de que funcionen cooperativas de obreros y hasta de profesionales.
Las dos primeras medidas previstas, aunque con efectos hacia el interior, tienen su complemento en el exterior, en un momento en el que la crisis económica mundial ha arreciado en Europa, uno de los polos más importantes de esa posible relación. ¿Cuántos cubanos que se trasladen a España pueden contar con la esperanza de obtener trabajo cuando los españoles no lo encuentran? ¿Cuántos empresarios medianos de esa zona del mundo estarán dispuestos a iniciar una aventura en la isla del Caribe? Y la tercera disposición esperada se topa con otra interrogación complicada: ¿cómo adquirir los materiales que necesitarán para su trabajo algunas de las posibles cooperativas si solo el Estado puede importar con carácter comercial?
A esas preguntas se puede sumar la peculiar posibilidad, últimamente tan mencionada, de que empresarios o incluso emprendedores cubanos o cubanoamericanos radicados en Estados Unidos participen en rubros concretos de la economía insular. Pero la realidad es que esa aspiración continúa siendo inviable incluso si el gobierno cubano les abriera puertas, pues las propias leyes norteamericanas, con las del embargo/bloqueo a la cabeza, siguen alejando la concreción de ese sueño que algunos acarician y sobre el cual hasta viajan a La Habana para dictar conferencias dedicadas a esta fantaciencia. Por lo pronto, de la emigración cubana asentada en el vecino del norte solo podrán venir algunos miles de dólares para apoyar la apertura de otra cafetería, o la compra de un apartamento o un auto para dedicarlos al alquiler. Sería más de lo mismo, y en cantidades económicamente poco significativas para un país urgido de inversiones, especialmente en superestructura e industria.
El destino de muchas de las personas despedidas caerá en una coyuntura de muy difícil solución
Hacia el interior del país, el aumento previsto de la productividad en la agricultura con la política de entrega en usufructo de tierras estatales ociosas, de la cual se espera(ba) provocara una reducción de precios en los productos alimenticios, aun no ha rozado siquiera su objetivo, al parecer por dos razones: por el enorme déficit de productos que existía y por la entrada en competencia de la gastronomía privada, más la posibilidad de vender esos productos a empresas estatales (hoteles, por ejemplo).
En el terreno de las inversiones, hoy Cuba hace una gran apuesta con la modernización del puerto de El Mariel –unos 50 kilómetros al oeste de La Habana-, para convertirlo en uno de los más capaces y modernos del Caribe. Con capital y técnicos brasileños involucrados en la obra, de seguro El Mariel cambiará su destino y dejará a la bahía de La Habana la función de puerto turístico... Pero ¿qué se importará y exportará en grandes cantidades por El Mariel? ¿De dónde vendrán los cruceros turísticos que atracarán en La Habana si casi todos están vinculados a empresas y capitales norteamericanos? ¿Cuántos trabajadores podrá absorber este objeto económico una vez terminada su construcción? ¿Será cierto que allí funcionarán “maquiladoras” chinas?
Quizás el venidero período de sesiones de la Asamblea Nacional, a mediados de año, pueda arrojar alguna luz sobre varias de las interrogantes y perspectivas de esta compleja encrucijada económica, social y, por supuesto, política. Quizás.
Porque a estas alturas del recuento parece indudable que aun cuando sea insoslayable aumentar de la eficiencia productiva y que conseguirla pasa por la eliminación de puestos de trabajo en el sector estatal, también es evidente que el destino de muchas de esas personas despedidas caerá en una coyuntura de muy difícil solución –social e individual. Especialmente complicada se muestra la situación para el sector de la población que anda cerca de los cincuenta años o por encima de ellos, y que, a pesar de su alto nivel cultural y educacional (o precisamente por ello), les será más complicado reciclarse como empresarios privados o trabajadores por cuenta propia con habilidades y energías que muchos de esos cubanos no poseen… Así, para la generación que creció trabajando para el futuro mejor, el porvenir les está llegando como un presente de incertidumbres en el cual no cuentan demasiado los sacrificios del pasado sino las habilidades con las que entrarle de frente a un entramado social donde comienzan a regir otas reglas de juego. Y el partido, como se dice en términos de béisbol, parece ser al duro y sin guante.
Ilustración: Enrique Flores
Nota LB:
El motivo de la ilustración es magnífico, aunque nos causa gracia el solo imaginarlo en las manos de los ilustradores del extinto diario "Economía Hoy, Caracas. Quizá lo emplearon, habría que indagar, aunque - seguramente - algo hubiesen hecho con el avión sugerido.
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