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lunes, 30 de marzo de 2020

CAZA DE CITAS

" - Bueno, piensa en ello, Polio. Durante los últimos sesenta años, hemos librado más guerras civiles que extranjeras propiamente dichas. Romanos contra romanos, conflictos por ideas acerca de lo que constituye la República de Roma, de lo que constituye la libertad"

Collen McCullough

("El caballo de César", Ediciones B, Barcelona, 2006: 918)

Fotografía: "Women guerrillas in El Salvador"
https://www.pinterest.com/pin/345088390169257843/

jueves, 28 de marzo de 2019

NO ES JUEGO ...

¿De cuál guerra civil hablamos?
Luis Barragán


A veces, asombra la facilidad con la que versamos sobre una inminente guerra civil en Venezuela. En  una ocasión, aseguramos en la plenaria de la Asamblea Nacional que la dictadura la hacía sin declararla al resto de la población, como si fuese suficiente para  tenerla, aunque padecemos los estragos.


Los más elementales requisitos apuntan a una división del país por motivos harto insuperables, los cuales no se aprecian – acá -  en el orden ideológico, religioso, racial, territorial u otro de los hitos que prosperan en lejanas latitudes. Agreguemos que no existe una proporcionalidad de fuerzas en disputa, siendo la dictadura apenas un reducto de privilegiados excesivamente armado y represor,  obstinado en desafiar a las grandes mayorías desarmadas que claman por libertad.

Convengamos, el régimen por siempre fue belicoso, violento, agresor y, al desesperar en sus capítulos finales, intenta apelar a un abierto conflicto civil o internacional. Quizá también se deba a sus orígenes, pues, una coincidencia e ironía inadvertida, guardando las distancias,  Chávez Frías ascendió al poder dizque como el pacificador que nunca fue, capaz de detener la guerra civil que se venía encima al abrir el presente siglo, como Betancourt lo hizo a mediados del anterior, diciendo atajarla.

Por curiosidad, recordamos y buscamos una de las más infelices intervenciones públicas del barinés en la que abusó de la lectura hecha o el comentario recibido, seguramente reciente,  en torno a la consabida tragedia peninsular de los años treinta. Invocó a Gabriel Jackson y “La República española y la guerra civil (1931-1939)”, por cierto, sin que supiese del cuestionamiento que su admirado y promovido Noam Chomsky hiciera de la obra, en un doble ensayo intitulado “Vietnam y España: los intelectuales liberales ante la revolución”.

Agreguemos, no tendría por qué saberlo, escaso del calibre intelectual que holgadamente demostró el guatireño, menos enterado del apasionado hispanismo de Jackson que lo condujo al campo novelístico, con  “En ese ayer casi olvidado y mudo”. Sin embargo, sobresale  la improvisación que, empleando un venezolanismo de exactitudes, no es otra cosa que piratería.

En efecto, el 17/01/2003, Chávez acudió a otra de sus largas peroratas en la Asamblea Nacional, presidida por Francisco Ameliach, cuya estrella apagó el procónsul carabobeño Lacava. Y de Miguel Hernández y George Orwell, en trance de una inspiración poética por la condición de presidente-prisionero que alegó, exaltó la “sagaz reflexión” de Jackson y, con pinzas, lo citó, comentando que “lo que decía (…) para España, hoy es una verdad para Venezuela, esos grupos privilegiados se sienten desafiados y amenazada su lógica de dominación, no por una masa obstinada, sino por un pueblo cada vez más organizado, que participa y protagoniza para tener cada vez más una patria libre y compartida, buena y bonita, latiendo bajos sus pies y bajo los de las próximas generaciones” (véase: “El golpe fascista contra Venezuela”, Ediciones Plaza, La Habana, 2003: 178).

La generalización, cinismo  y sandez de entonces, guarda correspondencia con la auto-victimización de una dictadura, como la actual, capaz de inventar una guerra civil donde no la hay ni la habrá. La tentación de compararla con lo acecido allende los mares, posiblemente se deba a un mes aniversario de hechos, como el nacimiento y la caída de la otrora II República de España, un 14 y un primero de abril de años ya remotos.

Ilustración: https://www.eldiario.es/cultura/libros/libros-entender-horror-julio_0_792321183.html
01/04/2019:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/34632-barragan-l

viernes, 13 de julio de 2018

INEVITABLE CONCLUSIÓN

EL NACIONAL, Caracas, 7 de julio de 2018
El castrocomunismo (primera parte)
Antonio Sánchez García

Mire a su alrededor y observe a los partidos comunistas, a los autodenominados Frentes Amplios, a los movimientos revolucionarios bregando codo a codo con los partidos democráticos por el favor de los electores. Con el firme y decidido propósito de hacer polvo la Constitución y sembrar la división y el odio. ¿Quién convive de tan buena manera con el cáncer o con el sida, que no sea una sociedad irresponsable, que ha extraviado el rumbo?

“Absurdo sería pretender que un gobernante venezolano, violando una ley histórica, se hiciese comunista”
Ramón Díaz Sánchez, Guzmán: Elipse de una ambición de poder


Inolvidable el día en que Teodoro Petkoff –corría el año 2003– montó en cólera porque osé alertar a los miembros de la Comisión Asesora de la Coordinadora Democrática, que presidía Alberto Quirós Corradi y en la que participábamos Pedro Nikken, Cecilia Sosa Gómez, Adolfo Salgueiro, Marco Tulio Bruni Celli, Pedro Pablo Aguilar, Alejandro Armas, Hiram Gaviria y otros, contra la amenaza castrocomunista que se cernía sobre Venezuela de la mano del golpismo chavista que acababa de asaltar el poder, ante el general beneplácito de una sociedad alienada hasta la médula. Nuestro por entonces buen amigo mostró su furia y su indignación por el uso irresponsable que hacíamos quienes empleábamos una categoría como esa, tan reaccionaria y propia de la guerra fría. Al decir de Petkoff no era que Cuba no fuera castrocomunista, que nadie podía negarlo: es que a él no le parecía en absoluto censurable que lo fuera. Muy por el contrario: a él, el que lo fuera, le parecía una señal de gloriosa y máxima identidad. En nuestros labios, en cambio, el concepto era absolutamente censurable, refería a un rechazo total, alertaba ante el infierno encubierto tras el término y dejaba caer una cortina de desprecio y maldiciones sobre la isla embrujada por la hoz y el martillo. Ante la que había que precaverse. Pero a sus admiradores, como a Petkoff y los suyos, tan emparentados con quienes acababan de hacerse con el poder, esa antes que una maldición era una aspiración  que deseaban ver cumplirse en toda América Latina. Ser castrocomunista no era un delito. Muy por el contrario, subrayaba, como solía señalarlo un gigantesco letrero que se exhibía a la salida del aeropuerto José Martí, que Cuba era el Primer Territorio Libre de América.

Era la indicación a la que obedecía la progresía venezolana. Como que hacía una década y contra todo pronóstico, que más de novecientas personalidades venezolanas de todo jaez y condición pero contando entre ellos con no pocos afamados historiadores que continúan en funciones, académicos y doctores de todas las ramas, gentes de teatro y del espectáculo, escritores, guionistas y de ese cuanto hay que le da vida a una sociedad democrática, así como otros representantes de esa cosa deletérea, nebulosa y amorfa llamada cultura, habían considerado a Fidel Castro un ejemplo de dignidad e integridad política del más alto nivel de nuestra América, merecedor de toda nuestra admiración. Ser castrocomunista era un lujo. Significaba pertenecer a la cofradía de iluminados por el destino, ir a la vanguardia de la historia. Cuesta creer que tras más de treinta años de tiranía, persecución, encarcelamiento y miserias, tras el brutal ejercicio del poder más atrabiliario y demoledor del que se tuviera conocimiento en América Latina, y habiendo superado ya el récord de duración de 27 años, tras los cuales se muriera el caudillo, general y dictador venezolano Juan Vicente Gómez, una pléyade de buenas gentes elevaran al tirano aún más longevo con admirativas loas a las más egregias e inmarcesibles alturas de su gloria. En el colmo de la alienación y la locura, ser castrocomunista no acarreaba daño alguno. Era algo de que sentirse orgulloso. Lo más deseable a lo que un ciudadano podía aspirar en América Latina. La democracia, en cambio, era una plasta, un bofe, una miseria, una pérdida. Así han transcurrido sesenta años para los latinoamericanos: gozando de la libertad plena de regímenes libres, progresistas y prósperos, pero maldiciéndolos porque no se acomodaban al régimen tiránico del castrocomunismo cubano.

Acababan de cumplirse treinta años del primer asalto al poder en Cuba, no se veían las menores señales de que la tiranía militarizada que controlaba y esclavizaba a los cubanos mostrara la menor disposición a hacer mutis, apenas se habían cumplido quince años desde el desembarco de sus tropas de élite en el occidente y en el oriente de Venezuela,  y jamás había renunciado la dictadura cubana a su propósito de asaltar el poder de la primera reserva petrolífera de occidente, cumplir con el magno objetivo que se propusiera Fidel Castro desde la Sierra Maestra:  asaltar Venezuela por las buenas o a la brava, hacerse con su petróleo y expandirse por toda la región, imponer el comunismo en toda Latinoamérica y combatir a muerte a Estados Unidos, su letal enemigo de toda la vida. Pasara lo que pasara en la Unión Soviética y en China, Cuba jamás dejaría de ser comunista ni de luchar empeñosa y fervientemente por hundir a todas las democracias latinoamericanas en mortales crisis de dominación, asaltar el poder de la mano de las izquierdas locales, como ya lo intentara en Bolivia, en Chile, en Uruguay y en Argentina y nada ni nadie le impediría combatir a Estados Unidos hasta agotar sus fuerzas. América Latina sería castrocomunista, o no sería. Vale decir: no comunista a lo Molotov o a lo Brezschniev, a lo Tito o a lo Joseph Stalin, sino a lo Castro: castrocomunista, para más señas.

Quienes compartimos desde nuestras organizaciones marxistas –yo en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el MIR chileno en tiempos de la fracasada Unidad Popular– esos propósitos, sabíamos que lucharíamos hasta la muerte por imponer el comunismo en la región. Que el tiempo no sería obstáculo. Y que tarde o temprano terminaríamos por imponernos a lo largo y ancho de nuestra región. Para eso se había constituido en La Habana una suerte de Cuarta Internacional Comunista llamada Tricontinental, que intentaba coordinar todos los Movimientos Revolucionarios de Asia, África y América Latina. En una guerra abierta y declarada, sin hacer los menores ambages, organizando, alfabetizando, instruyendo, educando y preparando a los ejércitos de liberación nacional. Y a pesar del fracaso estruendoso del socialismo en todo el mundo, del derrumbe del Estado soviético y la caída del Muro de Berlín, en América Latina ya había surgido la debida organización encargada de coordinar nuestros movimientos revolucionarios a nivel regional, inventado por Fidel Castro y Lula da Silva, en el año 1990, llamado Foro de Sao Paulo. El viejo topo es tenaz y es porfiado y no tiene otro objetivo que demoler las bases fundacionales de la democracia y derribar los muros del edificio del Estado de Derecho para imponer el colectivismo, generalizar la miseria y el hambre y convertir a sus respectivas sociedades en campos de concentración. Todo ello a plena luz del día y en la mayor impunidad, como si anarquizar siglos de historia y disgregar sociedades compuestas a lo largo de siglos y siglos de historia fuera la cosa más normal y fructífera del mundo. Mire a su alrededor y vea a los partidos comunistas, a los frentes amplios, a los movimientos revolucionarios bregando codo a codo con los partidos democráticos por el favor de los electores. Con el firme y decidido propósito de hacer polvo la Constitución y sembrar la división y el odio. ¿Quién convive de tan buena manera con el cáncer o con el sida, que no sea una sociedad que ha perdido el rumbo?

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/castrocomunismo-primera-parte_242466

EL NACIONAL, Caracas, 8 de julio de 2018
El castrocomunismo (segunda parte)
Antonio Sánchez García

Va siendo hora de que el mundo sepa que ha sido el castrocomunismo el que ha devastado a Venezuela, que nos ha saqueado nuestras riquezas, que acecha a todas las sociedades latinoamericanas para corromperlas, pervertirlas y aniquilarlas. Y que llegó la hora de enfrentarlo para ponerle un fin definitivo. No tenemos otra alternativa. Como diría Shakespeare: el resto es silencio.

Jamás olvidaré el asombro que se dibujó en el rostro de mi amigo y ex compañero de trabajo y de partido, el brasileño Marco Aurelio García, con quien viniera desde París por primera vez a Venezuela en junio de 1977 y a quien no veía desde esos años setenta, cuando al recogerlo en Maiquetía quince años después –venía en representación de Lula da Silva, el dirigente sindical, líder de su partido y futuro presidente de Brasil, a las ceremonias de la segunda transmisión de mando de Hugo Chávez en el año 2000– y ante mis reservas frente a la barbarie que veía dibujarse en el proyecto estratégico del teniente coronel Hugo Chávez, habiendo yo entretanto aprendido a valorar en toda su plenitud el valor de la democracia, me espetara asombrado: “¿Qué objeciones estéticas tienes ante Hugo Chávez? ¿O fue que olvidaste el juramento martiano que sellamos con sangre cuando Allende?”.

—¿Qué juramento?– le pregunté sorprendido, sin entender a qué se refería.

Me miró indignado y me dijo: “Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar…”

Supe entonces, como en una revelación, que Chávez era castrocomunista, que Lula también lo era, y que a Venezuela, a Brasil y a todo el continente le esperaban tiempos siniestros.

El comunismo a lomos de Fidel Castro y la Cuba castrista había renacido en la región, gracias a la infinita irresponsabilidad del pueblo venezolano y la traición de sus fuerzas armadas y sus élites políticas e intelectuales,  para no dejar volar su presa. Chávez servía a los intereses cubanos, Venezuela se había convertido en su cabecera de playa para la reconquista del continente. Y cuyo botín a no soltar jamás, por los siglos de los siglos, se llamaba Pdvsa. Para eso servía el Departamento de Estado: para presenciar impasible la conquista de la región por el comunismo internacional.

Ante la absoluta impavidez de los demócratas de todos los matices, que aceptaban como un hecho irreversible los derechos a representación política de los grupos marxistas, aun a sabiendas de que su política de mediano y largo plazo no puede ser otra que destruir las bases democráticas de la sociedad, asaltar el poder e instaurar regímenes totalitarios.

Si salvo rarísimas excepciones todos mis antiguos compañeros chilenos continuaban militando en los partidos de la izquierda marxista y muy pocos eran quienes habían extraído las dolorosas enseñanzas de un largo y angustioso destierro, comprendiendo y asumiendo el incalculable valor de la libertad y la convivencia democrática –Marco Aurelio moriría hace un par de años sin haber recapitulado un ápice en sus convicciones castristas y su servicio a Lula y la tiranía cubana en sus afanes expansionistas y antidemocráticos, como cuando mediara en el Cahuán o interviniera como representante brasileño en la ronda de diálogos organizados por la OEA y el Centro Carter en Caracas– tampoco en Venezuela advertí una verdadera toma de conciencia de quienes habían militado en los partidos marxistas, entre ellos Teodoro Petkoff, como para comprender la inmensa, la gigantesca gravedad que entrañaba y continúa entrañando el castrocomunismo chavista en nuestro país. Ahora travestido con los ropajes del bolivarianismo y empoderados con las incalculables riquezas del petróleo. Y si se habían distanciado de la militancia extrema, no por ello habían asumido la lucha contra el invasor en los radicales términos que demandaban las circunstancias.

Ni siquiera Estados Unidos era verdaderamente consciente y estaba advertida de lo que el chavismo y sobre todo el Foro de Sao Paulo se traían entre manos. Un imbécil llamado John Maisto, que fungía de embajador de Estados Unidos en Caracas, recomendaba por entonces atender las manos, no las palabras del teniente coronel. Juraba que Chávez no era más que un bocón, cuya farsantería terminaba en meras bravuconadas. Agrupados en los viejos partidos socialistas y o revolucionarios, ex guerrilleros de regreso del monte o socialdemócratas y socialcristianos de sindicato  sobreviviendo a las sombras del Estado, los partidos del establecimiento continuaban y continúan sirviendo de alcahuetas del régimen, de agentes del castrocomunismo y enemigos jurados de cualquier forma de liberalismo antimarxista. Ya se hallen en Acción Democrática, en Copei, en el MAS o en cualquier otra organización política o de la sociedad civil hábil pronta a colaborar con el régimen. Como volviera a quedar una vez más de manifiesto mediante la farsa del 20 de mayo, cuando dos ex candidatos presidenciales de los dos enclaves políticos más importantes del viejo sistema –Claudio Fermín y Eduardo Fernández– se sumaran dichosos a la comedia del ex militar chavista Henri Falcón.

Nada de qué extrañarse. Pues de mi personal experiencia y tras más de sesenta años de vida política deduzco y comprendo la gigantesca, la inmensa y casi insuperable dificultad que entraña liberarse de los prejuicios y lugares comunes que lastran las inclinaciones políticas latinoamericanas, y poder distanciarse a plenitud y renunciar así a las ideologías marxistas, populistas y revolucionarias con las que nos emancipáramos e ingresáramos a la adultez. Tanto o más determinantes que las creencias religiosas en que fuéramos educados desde niños y tan difíciles de superar críticamente como renunciar consciente y plenamente a cualquiera de esas religiones formativas.  ¿Quién podrá a estas alturas sacarnos de la cabeza que antes pasa un camello por el ojo de una aguja que un rico entra al reino de los cielos?

Son dos milenios de certidumbres o supuestas verdades acuñadas por el cristianismo, cinco siglos de prejuicios, odios y rencores acumulados desde que iniciáramos esta andadura civilizatoria, la telúrica conmoción provocada por las guerras civiles independentistas, dos siglos de repúblicas aéreas y toda una vida comprometida con juramentos de lealtad y compromiso político que nos impiden ver la prístina verdad de los hechos y servir, a nuestro pesar, a la reiteración de nuestros más graves errores. De todos ellos, el peor, más devastador y aparentemente invencible, pues los condensa a todos, por lo menos en América Latina: el del castrocomunismo. Petro acaba de arrastrar con su narrativa a 40% de los votos. De la más ilustrada y nada ignorante clase media colombiana. Y Pérez Obrador en México, abriendo tras suyo los portones a cualquier desafuero, de esos capaces de derrumbar países, como sucediera en Venezuela. ¿O es que la Virgen de la Guadalupe protegerá a los mexicanos de caer en los pantanales del más feroz populismo antiimperialista? Desde luego, esos millones de votantes no eran comunistas: les servirán con mayor desvelo. Solo tú, estupidez, eres eterna.

Nadie quiere vérselas con el comunismo, el fantasma que recorre a América Latina y a España: ni Barack Obama ni el papa Francisco, ni Juan Manuel Santos. Tampoco quisieron vérselas con él Carlos Andrés Pérez, César Gaviria o Felipe González. No se diga José Luis Rodríguez Zapatero. Es el convidado de piedra, Don Juan Tenorio, el espía que vino del frío. El tótem y el tabú freudiano de nuestras neurosis políticas. Desde Eisenhower y John F. Kennedy en adelante, todos le esquivaron el cuerpo. Se murió y es como si no se hubiera muerto. Tras la guerra fría se hizo de buenos modales no mencionarlo en la mesa. Solo el venezolano Rómulo Betancourt tuvo el coraje, la lucidez y la inteligencia como para enfrentársele y derrotarlo. Más nadie. Todo el resto de la clase política venezolana terminó rindiéndole pleitesía. Carlos Andrés Pérez, de todos ellos, fue el que cargó con el mayor peso. Va siendo hora de que el mundo sepa que ha sido el castrocomunismo el que ha devastado a Venezuela, quien nos ha saqueado nuestras riquezas, que acecha a todas las sociedades latinoamericanas para corromperlas, pervertirlas y aniquilarlas. Y que llegó la hora de enfrentarlo para ponerle un fin definitivo. No tenemos otra alternativa.

Como diría Shakespeare: el resto es silencio.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/castrocomunismo-segunda-parte_242588

EL NACIONAL, Caracas, 12 de julio de 2018
El castrocomunismo (tercera parte)
Antonio Sánchez García

Vivimos un giro copernicano. Por primera vez, desde el primero de enero de 1959, América Latina toma plena conciencia del horror del castrocomunismo y del espanto que les espera a sus sociedades si no reaccionan contra sus propulsores, los combate frontalmente y los arranca de raíz de las perversiones políticas dominantes. En Venezuela, si no hay otra alternativa, recurriendo a la intervención humanitaria de Estados Unidos al frente de la OEA y la comunidad democrática de naciones. Supondría un recomienzo tan trascendental como el que nos echara al mundo como naciones independientes. Es el imperativo categórico que la historia nos impone. Terminar por abrirnos a la sociedad liberal.

Si la insólita tragedia venezolana, la más absurda automutilación vivida por sociedad latinoamericana alguna en toda su historia, sirve de ejemplo demostrativo de los verdaderos propósitos que han animado, consciente o inconscientemente, al castrocomunismo desde su implantación luego del asalto al poder del Estado cubano por el caudillo Fidel Castro y su tropa de barbudos, se le habrá rescatado algo de sentido. Lo que dada la clásica irracionalidad de nuestra cultura no es algo de lo que podamos estar seguros. La raza cósmica del mexicano José Vasconcelos no parece muy dada a la autocrítica y la regeneración intelectual. Se comprende: los genes de esta tragedia fueron implantados hace más de dos siglos en nuestro país y expandidos a toda la región por la escuálida y delirante aristocracia venezolana al frente del llaneraje salvaje de la mano de su máximo prohombre, Simón Bolívar. Resucitado en mala hora por uno de sus adoradores brotado del fondo de su barbarie cuartelera, con el saldo de todos conocidos. En veinte años desencajó los cimientos de un esfuerzo descomunal por torcerle el rumbo caudillesco y autocrático a una sociedad primitiva y salvaje, echó por la borda los extraordinarios logros civilizatorios de la generación nacida en 1928 de la mano de Rómulo Betancourt y trituró los dones que Dios y la naturaleza le acordaran a un país que parecía no haber hecho mayores merecimientos para recibirlos. De estar a la cabeza de la región, en menos de veinte años se encuentra a la cola de Haití. Un milagro invertido.

La insaciable ambición de poder del hijo de un gallego llegado a fines del siglo XIX a la isla, último bastión del colonialismo español,  a reforzar sus pretensiones imperiales, tan megalómano y narcisista, sociópata, racista y desmesurado como el llamado Libertador, terminó por torcerle el rumbo a ese continente aprisionado entre el delirio y la razón. No dándole otro objetivo histórico que odiar la propiedad privada, detestar la riqueza ajena y el progreso de todos, ensalzar la miseria, enfrentarse a Estados Unidos, hacerse el harakiri, y promover el rencor y el odio entre las razas, colores y clases de sus habitantes. Poniendo al frente de sus huestes a un argentino tanto o más sociopático que él, que amara la guerra y cultivara la muerte, porque en el fragor de las batallas descubrió que le fascinaba asesinar a sus semejantes, como se lo contara sin pudor alguno a su padre: “Tengo que confesarte, papá, que en ese momento descubrí que realmente me gusta matar”. Digno del Dr. Mengele.

Solo la proverbial ignorancia caribeña pudo tomar por marxista y emancipador lo que era profundamente nazi y reaccionario: el amor a la sangre derramada, a la pólvora y al fusilamiento, a la cuchillada, al asalto, a la violencia fratricida. El odio a los doctores civiles y el ensalzamiento de los dulces guerreros armados, marca de fábrica del joven aristócrata que le encontró sentido a su vida librando una Guerra a Muerte. Y así, mientras el mundo civilizado venía de regreso del Blut und Boden, la adoración hitleriana del suelo y la sangre como formas primitivas de la identidad nacional, un rosarino asmático fiel a la mitomanía bolivariana enamoraba a los latinoamericanos con la aventura de la guerra, el embriagador atractivo de la enemistad, la fascinación del degüelle, la economía política del odio. La Guerra a Muerte – ese monstruoso recurso a la liberación mediante la violencia extrema, un metafísico quid pro quo que marcaría para siempre al Caribe: asesinar sin cuenta ni medida para conquistar el derecho a la vida– sería la secreta aspiración de la política en la América española.

Desde el primero de enero de 1959, el paredón se convertiría en ideal de justicia y de convivencia para las izquierdas progresistas latinoamericanas. Ser castrocomunista, vale decir: derribar las instituciones tradicionales, liquidar la convivencia pacífica, desencajar las estructuras de poder, infiltrar y corromper a las fuerzas armadas, denigrar y despreciar las tradiciones históricas, atacar la esencia de nuestra identidad nacional, rechazar el emprendimiento y las bases materiales que permitieran el progreso económico y la prosperidad de nuestras sociedades, impedir la cohesión social y el entendimiento identitario, se convirtieron en motivo y máxima aspiración de quienes se sumaron a la cruzada del castrocomunismo: liquidar cinco siglos de progreso y densidad política y económica, provocar la desintegración social, universalizar la miseria y hacer tabula rasa de la historia para construir la sociedad perfecta: el socialismo. Mire a su derredor: es lo que comunistas, frenteamplistas y radicales predican, sin que a nadie se le arrugue el semblante. Es lo que han conquistado con sangrienta prodigalidad en uno de los territorios potencialmente más ricos del planeta.

Tan profunda es la alienación que ha provocado el castrocomunismo, que a pesar de las abrumadoras pruebas de su vocación depredadora, mutiladora, homicida y suicida, negando las evidencias de su fracaso en donde se impusiera al costo de decenas y decenas de millones de cadáveres, guerras civiles e incluso guerras mundiales, continúa genéticamente adosado al espíritu del hombre latinoamericano. La secreta realidad de Jeckill y Hyde que carga consigo todo militante marxista. Gozar y disfrutar de la realidad liberal democrática, gozando de suculentos sueldos y salarios en sus cargos de elección popular, aspirando secreta y no tan secretamente a destruirla ante el primer descuido. En el caso de Venezuela, saquear miles de millones de dólares para depositarlos en bancos capitalistas y disfrutar de la riqueza adquirida de la mano de Fidel Castro, mientras condenan a la miseria y la muerte a quienes los eligieron.  En Cuba solo fue capaz de aherrojar y esclavizar a un pueblo entero, durante sesenta años, sin siquiera darle a cambio con qué comer. Aniquilándole toda esperanza de libertad y progreso. En Nicaragua se salda tras décadas en la más espantosa crueldad. Bajo la locura de un matrimonio digno de las perversiones del Marqués de Sade. En Venezuela logró en tiempo récord el milagro de terminar con su fastuosa riqueza petrolera, siendo el primer reservorio petrolífero del planeta. Y en Chile, donde demostró una abrumadora incapacidad de gobierno y una vocación de suicidio ejemplarmente expresada por su máximo representante, Salvador Allende, renace de sus ruinas sin despertar el más mínimo escándalo público. Negándose a comprender lo que no requiere de anteojos: la insólita prosperidad que hoy vive la sociedad chilena fue construida no solo a pesar del castrocomunismo, sino combatiéndolo y aplastándolo con las armas. Frente a quienes se niegan a comprenderlo solo cabe recordar la maravillosa frase que encontráramos en los escritos del filósofo italiano Antonio Labriola, maestro del fundador del Partido Comunista italiano Antonio Gramsci: “Solo tú, estupidez, eres eterna.”

Vivimos un giro copernicano. Por primera vez, desde el primero de enero de 1959, América Latina toma plena conciencia del horror del castrocomunismo y del espanto que les espera a sus sociedades si no reaccionan frontalmente contra sus propulsores, los combate mortalmente y los arranca de raíz de las perversiones políticas dominantes. En Venezuela, si no hay otra alternativa, recurriendo a la intervención humanitaria de Estados Unidos al frente de la OEA y la comunidad democrática de naciones. Supondría un recomienzo tan trascendental como el que nos echara al mundo como naciones independientes. Es el imperativo categórico que la historia hoy nos impone. Terminar por abrirnos al liberalismo, el único sistema de convivencia que permite el progreso de las naciones.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/castrocomunismo-tercera-parte_243309

EL NACIONAL, Caracas, 29 de junio de 2018
Castrocomunismo y guerra civil: Venezuela en la encrucijada
Antonio Sánchez García

A Luis Almagro

1
Se trata de una documentación del Foro de Sao Paulo que ahora mismo circula libremente por la red, que puede ser consultada por cualquier hijo de vecino y que demuestra la absoluta impunidad con que el castrocomunismo, asentado en Cuba desde hace sesenta años, llama a la insurgencia de sus seguidores de la izquierda latinoamericana ante el silencio, la tolerancia e incluso la complicidad de todos los poderes fácticos de Occidente y que no ha cesado un solo instante de conspirar y poner todos sus esfuerzos en la liquidación del Estado de Derecho y la expansión del comunismo en América Latina, terminando por lograr su máximo objetivo: dominar todas las naciones de la región y cumplir con el mandato vocacional que Fidel Castro le jurara en junio de 1958 a su amante Celia Sánchez desde la Sierra Maestra: combatir hasta la muerte a Estados Unidos y no descansar un solo día en crear las condiciones para llevar a efecto ese máximo anhelo.

Salvo en esos años de extrema virulencia de la guerra de guerrillas y la lucha armada contra las democracias, cuando el Che intentara su extravagante y suicida aventura en Bolivia, los movimientos de ultraizquierda intentaran asaltar el poder en Brasil, Uruguay, Argentina y Perú y Salvador Allende pretendiera dislocar la historia republicana chilena e imponer una dictadura proletaria en la que fuera una de las más notables democracias de Occidente, cuando el gobierno republicano de Richard Nixon y su canciller Henry Kissinger apostaran todas sus fuerzas a combatir el embate del castrocomunismo en la región, lo único cierto es que tras el éxito de esa contraofensiva de los años setenta y ochenta, la región se durmió en sus laureles, los ejércitos se replegaron como avergonzados de haber cumplido con su deber y el despeje de las fuerzas del establecimiento, adormilados por la caída del Muro y la aparente derrota universal del comunismo soviético, permitieron el regreso “a paso de vencedores” de las fuerzas de la desintegración, la disolución y la anarquía, reorganizadas desde La Habana –el cáncer congénito y aparentemente invencible del castrismo– fortalecidas por la victoria del golpismo militarista en Venezuela, rebotada gracias a sus fabulosos ingresos petroleros en las victorias electorales en Ecuador, en Bolivia, en Perú, en Brasil, en Uruguay, en Argentina, en Colombia y en Chile. Alcanzando a coronarse incluso con la Secretaría General de la OEA, que por primera vez en su historia pasó a manos de un marxista: el socialista chileno José Miguel Insulza. Se dice fácil: es una hazaña de perseverancia y porfía, dictada por un objetivo estratégico superior que jamás ha dejado de alimentar a las izquierdas del continente. Así sus detractores no se hayan atrevido a sacar sus cabezas y asumir el desafío durante todos estos sesenta años de tolerancia.

2

Echo este largo cuento pensando en la preocupante advertencia del canciller chileno que citamos,[1] para que se comprendan algunos puntos de esencial importancia y poder valorar así la grave circunstancia que vivimos no solo los venezolanos, sino todos los países de la región,  y las inmensas dificultades que se encuentran en el camino de hacerles frente si dicha misión estratégica no es asumida plenamente por la comunidad internacional, como lo plantea el secretario general de la OEA y el Departamento de Estado de Estados Unidos, dejándola recaer en un solo país, el más castigado por esta crisis de índole multinacional, Venezuela:

1) el proyecto expansionista y totalitario del castrocomunismo sigue vivo y en plena actividad, más allá de la caída del Muro de Berlín, la debacle de las dictaduras satélites y la conversión de la tiranía china en un gigantesco emporio capitalista de Estado; la muerte de Fidel Castro, su principal gestor y la desaparición de la escena pública de su hermano Raúl Castro, primer heredero;

2) constituye el primer principio del tenaz y persistente mal del totalitarismo que amenaza a toda América Latina, anclado en los partidos comunistas y sus frentes de lucha legales e ilegales en cada uno de dichos países;

3) se ha anclado ya y ha echado raíces ante la absoluta pasividad internacional en Nicaragua y en Venezuela, zonas cuya liberación impedirá, como lo viene demostrando a diario, con todas sus fuerzas, aún al precio de masacres colectivas y a riesgo de su propia aniquilación;

4) es un problema de naturaleza regional, que no puede ni debe ser enfrentado localmente, exactamente como el mal que se quiere erradicar: un mal intrínsecamente regional de orden global y planetario. Que debe encontrar una adecuada respuesta a esos mismos niveles.

De allí la profunda preocupación que nos causan las declaraciones del ministro chileno de Relaciones Exteriores, Roberto Ampuero, cuando obedeciendo posiblemente a la ya superada y convencional doctrina de la no injerencia en los asuntos internos de nuestras naciones, que ha regido en el pasado, retrocede respecto de la que ya es doctrina sentada por la OEA y reforzada por la permanente prédica de su secretario general, el uruguayo Luis Almagro: nuestra comunidad de naciones debe impedir de manera activa, militante y categórica la deriva totalitaria y la pérdida de los principios democráticos asentados en nuestra carta democrática. Una doctrina que adquiere plena vigencia cuando una nación, como es el caso de Venezuela, se encuentra aherrojada por una tiranía que ha secuestrado todas las instituciones, ha pervertido la esencia de sus fuerzas armadas y dispone de todo el poder de fuego para afianzar la tiranía hasta la práctica extinción de las fuerzas opositoras. Máxime cuando dicha extinción ha sido precedida y facilitada por la brutal intervención de las fuerzas armadas cubanas y el control de nuestro aparato de Estado por sus altas autoridades. ¿Permitir la invasión de fuerzas de ocupación y no responder con los mismos medios, la misma fuerza y la misma presteza, escudándose en la no injerencia?

3

No significa esto que desconozcamos el centro axial de su argumentación: obviamente el peso fundamental de la lucha contra la dictadura de Nicolás Maduro recae en las propias fuerzas opositoras venezolanas, por menoscabadas que se encuentren. En particular en aquellas que jamás han perdido de vista la naturaleza dictatorial del régimen negándose por principio a alimentar falsas ilusiones, participar en diálogos inconducentes y servir de parapeto legitimador del tirano.  Naturalmente, el paquete de sanciones y las medidas que tome la comunidad internacional por castigar, aislar y combatir a la tiranía solo son el natural y necesario complemento para la propia lucha de liberación de los demócratas venezolanos. Pero en el contexto que mencionamos, la lucha combinada de las fuerzas internacionales y las fuerzas externas e internas de la propia oposición son de vital necesidad. Como lo vienen demostrando las sanciones, que si bien no agotan el abanico de posibles acciones, han contribuido y seguirán contribuyendo no sólo al aislamiento internacional de la tiranía sino al socavamiento de sus bases materiales y financieras. Empujándola incluso a una eventual retirada.

Estamos ante una exigencia, por cierto, refrendada por los sectores más conscientes y democráticos de nuestra sociedad, que reclaman a gritos por una intervención humanitaria, dada la crisis, falencia, fractura o inexistencia de fuerzas internas capaces de enfrentar el aparato político militar de la dictadura castrocomunista venezolana. Un hecho producto de la extrema crueldad con que ha procedido la tiranía, asesinando, persiguiendo, encarcelando, desterrando o imponiendo el exilio a quienes se ven obligados a huir para salvar sus vidas. Una trágica situación que se hiciera irreversible y algunos de nosotros reconociéramos ya a comienzos del año 2015, cuando manifestáramos que ante el virtual acuerdo del gobierno de Obama y del Vaticano en respaldar abierta o solapadamente a la dictadura de Nicolás Maduro nos veríamos obligados a recurrir al socorro de nuestras fuerzas amigas y poder así restablecer el Estado de Derecho en Venezuela. Situación que antes que disminuir, se ha agravado trágicamente en estos tres años transcurridos.

Si bien es cierto que en estos tres años ha habido notables cambios en la conformación política de la región –la salida de Barack Obama y Hillary Clinton del gobierno de Estados Unidos, de Rousseff y Kirchner, de Pepe Mujica, de Rafael Correa y de Michelle Bachelet al frente de algunos gobiernos de la región– y el afianzamiento del liberalismo, en su más amplia expresión, han logrado importantes avances con los triunfos electorales de Mauricio Macri y Sebastián Piñera, consolidados recientemente con la elección del candidato del Centro Democrático Iván Duque en Colombia, no es menos cierto que el muy probable éxito de las fuerzas filo castristas mexicanas en la figura de López Obrador vuelve a poner de extrema actualidad el embate castrocomunista más regresivo y retardatario en uno de los tradicionales enclaves del populismo en América Latina. En ese toma y daca del enfrentamiento ya secular entre dictadura o democracia se gana un espacio y se pierden dos. Es la tragedia de una región genéticamente enferma de populismo estatista.


Es el contexto macro político que se debe tener presente en todo momento y en todo lugar, para así acertar en el diagnóstico y el tratamiento de nuestra grave crisis regional: la lucha contra el castrocomunismo debe ser integral, amplia, constante y permanente. Librándose en todos los frentes. Y debe saber recurrir a todos los medios existentes, para vencerla sin dejar lugar a engaños. Es una guerra por nuestra supervivencia. Acertar y no equivocarnos es nuestro imperativo categórico y moral.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/castrocomunismo-guerra-civil-venezuela-encrucijada_241968
Fotografías:
Fidel Castro habla en el Congreso venezolano, 1959 (UPI): http://www.embajadacuba.com.ve/noticias/fidel-tomo-a-caracas-fotos/attachment/fidel-habla-en-el-congreso-de-venezuela-fotoupi-25-de-enero-de-1959/
Fidel Castro y Hugo Chávez en la localidad de Sandino (provincia de Pinar del Río):  https://www.pinterest.co.uk/fandegodard/fidel/
Fidel Castro y Rómulo Betancourt, junto a Francisco Pividal, embajador de Cuba en Venezuela (1959): http://notitotal.com/2016/11/26/recordar-asi-fue-la-primera-visita-fidel-castro-venezuela-video/
Miguel Díaz-Canel Bermúdez y Raúl Castro: https://moscovita.org/mosconews/cuba-hay-fidel-para-rato/
Repetición de la gráfica inicial.

PUÑO CERRADO, PUÑO ABIERTO, PUÑO PENDIENTE

EL PAÍS, Madrid, 9 de agosto de 2017
En concreto
¿Está Venezuela en guerra civil?
Definir lo que pasa en el país no remediará de inmediato la situación, pero sí permitirá ordenar la actuación de las instancias que pueden contenerla y resolverla
José Ramón Cossío Díaz

En Civil War. A History in Ideas (Knopf, 2017), David Armitage analiza el proceso de creación del concepto de guerra civil y las maneras como se ha utilizado para ordenar ciertos conflictos humanos. Estima que su expresión y sentido originario provienen de las disputas romanas entre Sila y Mario y entre César y Pompeyo. Da cuenta de cómo esas ideas determinaron la comprensión y desarrollo de las luchas del siglo XVII y las complejas variaciones y acomodos conceptuales al comenzar la era de las revoluciones a finales del XVIII. Más allá de acontecimientos concretos, muestra la relevancia de la discusión terminológica para el entendimiento y, sobre todo, significación de las disputas entre dos o más grupos por el poder político de un Estado.

Desde la Guerra Fría son contados los conflictos militares entre Estados nacionales. Sin embargo, en el mismo periodo, los enfrentamientos internos han crecido considerablemente. En algunos casos se ha hablado de revoluciones y en otros, los menos, de guerras civiles. Cierta aura romántica lleva a darle más valor a las primeras y a restárselo a las segundas, como si unas llevaran al progreso y otras a la mera y descarnada asignación del poder.

El comandante Chávez no planteó en su momento, dicho por él, ni un golpe de Estado ni, mucho menos, la generación de las condiciones de una guerra interna. Fue, según sus propias palabras, una revolución de corte bolivariano. En los días complejos que viven los venezolanos, desde el poder estatal y desde sus grupos de apoyo, algunos piensan que las cotidianas acciones de dominación y uso de fuerza son sólo la continuación de esa revolución primigenia. Quienes no comparten esta visión, piensan que se está ante un golpe de Estado. Ello, por la manera como se han subvertido las reglas del juego democrático constitucional y legalmente establecidas por el propio régimen.

Por lo que pasa en Venezuela, debemos preguntarnos si lo que ahí se está viviendo es una guerra civil. Es decir, la abierta lucha entre la población del mismo Estado para retener o hacerse del poder político. La pregunta no es retórica. De su contestación depende la actualización de mecanismos jurídicos regionales e internacionales definitorios de las condiciones de la población, de la asistencia humanitaria, de los procesos de transición, de la resolución de la crisis y, en su momento, de la asignación de responsabilidades estatales e individuales.

Desde las condicionantes ideológicas que el conflicto implica, habrá quien de inmediato sostenga que lo vivido en Venezuela no es una guerra civil por no haber combates armados entre fuerzas regulares. A ello habría que decir que la calificación del asunto no puede provenir de la escala militar de los enfrentamientos. Al darse entre fuerzas paramilitares y policiacas en contra de la ciudadanía, exigir la actualización de contiendas sostenidas implica esperar a que naciones extranjeras armen a la población hasta hacerla milicia.

Las razones para que la comunidad internacional defina ante qué tipo de conflicto se está en Venezuela, son constitutivas del modo como ante él deberá actuarse. Llegar a decir que efectivamente es una guerra civil, permitiría la aplicación de leyes de guerra y el seguimiento del conflicto, más allá de la voluntad de quienes hoy ejercen el poder. Frente al principio del derecho internacional que obliga a los Estados a no interferir en los asuntos internos de otros países, es posible invocar la protección de los derechos humanos de la población. Con ello, a su vez, puede determinarse qué acontece con la vida, la seguridad, la circulación, la expresión y otras condiciones mínimas de existencia, no ya de la masa de personas etéreamente englobadas como el pueblo venezolano, sino respecto de las personas concretas que habitan en ese territorio. Nominar jurídicamente lo que pasa en Venezuela no remediará de inmediato la situación de muchos venezolanos, pero sí permitirá ordenar la actuación de las instancias que pueden contenerla y, en su momento, resolverla.

Fuente:
https://elpais.com/internacional/2017/08/09/mexico/1502286293_677962.html

EL PAÍS, Madrid, 17 de mayo de 2016
EN CONCRETO
El sovietismo era total y el resto social estaba absorbido en él
Si algo tan intrusivo como la vida soviética se realizó mediante estrictas formas jurídicas, su impacto cotidiano debió ser recordado
José Ramón Cossío Díaz   

En El fin del Homo Sovieticus (Acantilado, 2015), Svetlana Aleksiévich cuenta cómo se constituyó y disolvió ese particular ser histórico. Siguiendo su conocido y laborioso método de entrevistas, da vida a personas que contribuyeron a la Gran Victoria, amaron u odiaron a Stalin o a Gorbachov, combatieron y sufrieron en diversas guerras, fueron presos políticos o se enriquecieron a la caída de la URSS. La suma de intervenciones da sentido a dilatados momentos históricos o tal vez a un único y complejo periodo. De las narraciones particulares, de las iteraciones, sentimientos, recuerdos y memorias, no se extrae una linealidad, algo así como un nacimiento, auge y caída de ese régimen político. Lo que aparece confusa y opacamente es la simultaneidad de momentos y emociones. Los de quienes amaron al comunismo y lo anhelan en su disolución, los de quienes lo abominaron pero no tenían modo de expresarlo, los de quienes lo valoraron o rechazaron una vez desaparecido.

Alexander Kosolapov,
El entendimiento del comunismo soviético como una forma natural de vida para quienes vivieron ordinariamente en él es una de las constantes que advierto. La existencia de un todo en el que se había nacido, habría de vivirse y morir. Un mundo dado, construido desde el heroísmo, la revolución y el nacionalismo. Un mundo finalmente mítico, donde el sometimiento a la previsibilidad cotidiana estaba justificado. La disolución de la URSS histórica, modelo político, económico y social, terminó por destruir a la URSS mítica. El mundo dejó de ser natural, se mostró como una construcción específica y surgieron las crisis. Las desesperanzas de quienes anhelaban una vida significada, donde se era alguien y el vivir tenía sentido. Los rechazos de quienes supusieron que sólo esa vida era posible y no admitían otra. La aceptación de quienes adquirieron habilidades y capacidad para reinventarse en el capitalismo que llegaba. Como la misma Aleksiévich lo presenta en El hechizo de la muerte, hubo quienes se suicidaron al no poder concebir un mundo sin socialismo soviético, mientras que otros lo sobrevivieron y otros más lo vivieron plenamente.

Al terminar la lectura de los relatos, tuve una sensación confirmada por mis notas. ¿Por qué motivo los entrevistados no hablaron del derecho? ¿Por qué no aludieron a las Constituciones, los Códigos Penales o Civiles, los procesos judiciales, el papel de los jueces o, en general, a lo que el derecho significó en sus vidas? ¿Por qué nadie habló del derecho surgido con el desmoronamiento del viejo sistema? Si algo tan intrusivo como la vida soviética se realizó mediante estrictas formas jurídicas, su impacto cotidiano debió ser recordado. ¿Por qué no fue así? Los propios relatos pudieran dar la respuesta. Si a la Unión Soviética se le tenía como un ser heroico, vencedor, predestinado, moral, generoso e incorporador, ¿cómo someter a un ente dotado de tan grandes atributos a reglas que no fueran entendidas sino como modos particulares y cambiantes de su propio decidir? ¿Cómo no entender que el derecho era la mera manifestación formalizada de una voluntad total y nunca el modo autoimpuesto de ordenación y limitación del propio actuar? Lo que se observaba y tenía por cierto era el orden actuante mismo. Una totalidad que se expresaba de todas las maneras posibles para hacerse omnipresente, en la que leyes y decisiones eran meros instrumentos de ese actuar. La sentencia, la orden, el código no agraviaba pues el daño no provenía de ellos, sino del todo Estado, del todo régimen o del todo “hombre” que lo expresaba y permitía particularizarlo a agentes concretos e intrascendentes. El sovietismo era total y el resto social estaba absorbido en él.

Sin la profundidad alcanzada en la URSS, en otros tiempos y lugares han existido otros homines. El priista, el franquista, el peronista y casos semejantes. Personas que han adquirido su sentido de vida en un régimen pretendidamente totalizante. En tales condiciones, el derecho sería entendido como mera ejecución de esos todos, pero no como reglas de ordenación aceptadas por su valor de convivencia.

Fuente:
https://elpais.com/internacional/2016/05/17/america/1463519467_642114.html

EL PAÍS, Madrid, 19 de abril de 2017
EN CONCRETO
Ficciones jurídicas
Se trata de una solución legal que se emplea para construir realidades a partir de suposiciones
José Ramón Cossío Díaz   

A través de la historia ha sido frecuente la construcción de soluciones jurídicas que, a primera vista, parecen absurdas. Resulta difícil aceptar que a una persona desparecida por largo tiempo se le dé por muerta. También, que ante el silencio se estime celebrado un contrato privado o una autorización pública. Más que multiplicar ejemplos históricos o actuales, conviene decir que en casos así se está ante lo que los juristas llaman ficciones jurídicas. Frente a maneras de constituir realidades jurídicas a partir de suposiciones capaces de concretar cotidianas consecuencias. De la idea de que un individuo es titular de derechos y obligaciones puede admitirse que varios constituyan una persona nueva y diferente, como sería una sociedad o asociación. De ahí, que esa nueva persona adquiera derechos y responsabilidades. De ahí, terminar por reconocerle los mismos derechos que tienen los seres humanos, incluidos los del honor y la imagen.

Banksy
La construcción y la asimilación de las ficciones jurídicas son contextuales. A los constituyentes de Filadelfia les pareció razonable o útil fraccionar en tres quintas partes el valor de la representación de los negros con respecto a la de los blancos, para efectos legislativos e impositivos. A ciertos juristas y teólogos imperiales les pareció correcto suponer que los indígenas americanos no eran personas y carecían de alma. Actualmente, ambas ficciones nos resultan inaceptables por el fundamento de la decisión de la que partieron. Habiendo, por decirlo así, ficciones jurídicas aceptables y no aceptables, conviene entender que su función jurídica radica en la posibilidad de lograr soluciones a problemas nuevos mediante la utilización de construcciones creadas para enfrentar situaciones distintas. Dos recientes ejemplos nos muestran la capacidad de las ficciones jurídicas para contender con fenómenos que, con franqueza, siguen sin encontrar una adecuada solución: el cuidado del medioambiente y el desarrollo de los pueblos y comunidades indígenas.

Hace algunas semanas, el Parlamento de Nueva Zelanda y la Corte Suprema de la provincia india de Uttarakhand determinaron otorgarle personalidad jurídica a dos hábitats físicos. Más aún, a tenerlos como personas. El primer caso es la emisión de la ley que considera que la zona Te Awa Tupua, vinculada con el río Whanganui, debería ser tenida en tal calidad. Es interesante que, más allá de la relación de ese entorno con el pueblo Whanganui Iwi, al espacio mismo se le diera posición jurídica, se impusieran derechos y obligaciones de él y para con él, y se nombrara a un órgano para que en su representación los ejerciera y las cumpliera. En el caso indio, la Corte provincial determinó que la cordillera del Himalaya, sus glaciares, ríos (Gangotri y Yamunotri, principalmente), caídas, corrientes, lagos, junglas, bosques, praderas, valles, humedales y manantiales habrían de ser considerados también como personas jurídicas a fin de garantizar su sobrevivencia, seguridad, sustentabilidad y resurgimiento. Adicionalmente, la Corte impuso obligaciones de representación a las autoridades locales, ordenó la constitución de un órgano integrado con miembros de las comunidades que habitan la zona y estimó, expresa y rotundamente, que los derechos de estas últimas debían considerarse equivalentes a los de los seres humanos y repararse de igual manera.

Visto con perspectiva, la función del derecho es contender con los fenómenos que van apareciendo o se ven venir, para tratar de ordenar la vida de los individuos y los grupos en sociedad. Por las escalas y diversidades, el asunto no es fácil. La tensión que hay entre los requerimientos técnicos provenientes de la racionalidad que mediante el derecho quieren imponerse y la multiplicidad de pretensiones e intereses existentes dificulta la tarea. Echar mano de las ficciones jurídicas para tratar de visibilizar y personificar lo mucho que está en juego es un camino si no completamente seguro, sí al menos explorado. En un mundo en el que la oligarquía político-empresarial quiere hacerse parecer como lo natural, la personificación de los excluidos, con todo y sus dificultades, puede ser un camino de liberación.

Fuente:
https://elpais.com/internacional/2017/04/19/mexico/1492556241_097048.html
Escutura inicial: Liu Bolin.

sábado, 2 de septiembre de 2017

DE UNA TREGUA INALCANZABLE

LA RAZÓN, Caracas.
Mireya Lozada: “Indefensión ante la arremetida autoritaria”
Mónica Duarte

La coordinadora de Unidad de Psicología Política de la Universidad Central de Venezuela afirma que la gente se siente “arrinconada” y eso se refleja “en el sufrimiento social y en los niveles de incertidumbre”

Junto a la precariedad de la vida diaria, la sociedad venezolana ha debido enfrentar los últimos meses una crisis política que amenaza con cambiar la forma del Estado, que ha trastocado la vida cotidiana y ha vulnerado los derechos humanos. Frente a esto, los vaivenes emocionales, que no han sido pocos, han terminado por agravar la conmoción colectiva y han producido una desesperanza generalizada.

Así lo sostiene Mireya Lozada, doctora en psicología social, docente investigadora y coordinadora de Unidad de Psicología Política de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Asegura que el drama social “es demasiado”.

“La gente se pregunta cuándo llegará la tregua. Las personas piden y necesitan una vida normal, porque ya se está afectando hasta el equilibrio básico de lo humano”. Y es que este “sufrimiento”, explica, tiene consecuencias en la salud de la población, que traduce el panorama político en afecciones individuales como impotencia, incertidumbre, frustración, dolor, miedo y tristeza.; y en malestar colectivo como descontento, indignación y hartazgo.

Es por ello que Lozada como especialista en procesos de paz y junto con el grupo Aquí Cabemos Todos, del que es miembro, ha promovido una serie de propuestas para el entendimiento público y la reestructuración del tejido social.

Lozada sostiene que estos procesos pasan necesariamente por la despolarización, reparación social y construcción de la ciudadanía. “Mucho de ese camino a construir ya empezó a andarse. Hay sectores sociales que ya están trabajando en conjunto dentro de su pluralidad, porque la vida cotidiana así lo exige”.

A principios de 2017 se hablaba de una conflictividad social inminente, de un drama contenido ¿Esperaba usted un estallido social, una explosión de la magnitud en la que se ha vivido este año?

—Sí, creo que era previsible a inicio de año la escalada de violencia sociopolítica y la crisis de gobernabilidad que se ha agudizado y ha generado unas consecuencias muy graves en la gobernabilidad y el contexto país. Hoy  tenemos una alta conmoción del ánimo colectivo, ha sido afectada la convivencia pacífica y democrática de la población.

Esa conmoción del ánimo colectivo que se tiene ahora afecta tanto o más que la dificultad para acceder a alimentos y medicinas que ya veníamos viviendo. La violación sistemática de los derechos humanos por organismos encargados de garantizarlos y las acciones anárquicas de grupos, individuos o bandas paramilitares causan un gran dolor, indignación e indefensión en los venezolanos con sus secuelas de ataques, saqueos y muertes.

¿Cómo se ha canalizado ese dolor e indefensión? ¿Ese malestar fue canalizado hacia un fin político?

—Todo confluye. Esto es una crisis general, una crisis humana, ética y estructural, pero a la vez es una crisis socioeconómica, política y social. En ese sentido es que hablamos de conmoción general, no solo del ánimo colectivo, del dolor y sufrimiento social, sino que se vive también la pérdida de legitimidad de las instituciones, la afectación de la gobernabilidad. Y como creación tenemos en estos últimos meses el funcionamiento de Estados paralelos. De una parte tenemos a la Asamblea Nacional y de la otra tenemos la Asamblea Nacional Constituyente de funcionamiento alterno. Igual pasa con la Fiscalía y las instancias que deberían ofrecer la seguridad y apoyo legal pero que están en una confrontación. El ciudadano no sabe a dónde recurrir ni a cuál instancia, porque las instituciones que se supone defienden los derechos civiles, políticos, económicos y sociales no están cumpliendo con ese deber, al contrario, se están negando y deslegitimizando desde el propio Estado.

¿Quiénes son los más afectados?

—Yo creo que todos sin excepción. Pero por supuesto los sectores populares mucho más porque tienen que enfrentar además los altos niveles de inflación, la escasez de medicinas y alimentos y tienen que tratar de sobrevivir en condiciones muy precarias en su vida cotidiana. Es tal el nivel de precariedad que la población está buscando comida en los desechos de la calle. Esa es la población más afectada. Además, grupos etarios como ancianos y niños están sufriendo consecuencias gravísimas que van a tener secuelas a largo plazo, porque se está afectando su sistema cognitivo y su aprendizaje.

Pero también las consecuencias de la violencia ya están afectando el propio espacio privado y familiar. El ataque de diferentes organizaciones y el daño se está causando no solo al patrimonio urbano sino al espacio privado, se viola ese derecho a la intimidad y las propias condiciones de vida. Llegan a los edificios con una violencia desmedida, causando daños a objetos, a bienes inmuebles, pero también a la vida de la población. La gente se siente acosada.

¿De todas esas expresiones de violencia política cuál es la más grave?

—Me preocupan en general todas pero hay una que tiene que ver con la indefensión ante la arremetida autoritaria y militar-policial que se está realizando. No hay ninguna forma de justificar semejantes acciones. Eso me preocupa porque ya se ha ido extendiendo la represión, el control y la violencia indiferenciada a todos los sectores sociales y regiones del país. Es una relación extremadamente desigual y asimétrica, es el poder militar y policial frente al ciudadano indefenso. La gente se siente arrinconada, eso se refleja en el sufrimiento social y en los niveles de descreimiento y desconfianza en estos organismos. Eso tiende a generar más formas anárquicas, porque si no se consigue respuesta legal o institucional a la defensa de los derechos, se va a tratar de defender con los medios que se tenga, que son precarios, y se van generando otras formas de agrupación y protección que en muchas ocasiones llevan al incremento de la violencia.

Eso ha pasado antes. Las experiencias de Centroamérica dan cuenta de cómo se van generando guetos, cómo se van armando sectores. Entonces, el irrespeto al juego democrático comienza a naturalizarse. Vemos también la territorialización del conflicto, cómo se dan formas de guerrilla urbana, formas de anarquía y anomia social, organizaciones que no necesariamente van a favorecer la convivencia pacífica y democrática sino que son la escalada de la violencia.

¿Esa escalada violenta puede llevar a una guerra civil?

—Se ha dicho y se cuestiona la noción de guerra civil dado el carácter asimétrico de quienes poseen las armas y el uso legítimos de ellas. Pero esas formas de confrontación, de resistencia y esos pequeños focos de violencia dan cuenta de otro tipo de guerra. Le tenemos miedo al término guerra civil, pero ya se está extendiendo de forma alarmante la resistencia, e incluso la confrontación y violencia en respuesta a esa arremetida del Gobierno. No hay que ir muy lejos para analizar que esas expresiones ya se han dado.

¿Y cómo se puede detener esas expresiones violentas?

—Con la vuelta al hilo constitucional, retomando el cauce democrático y respetando las formas pacíficas y democráticas de resolución de conflicto. Esta conflictividad, que además tiene muchísimos años, no se puede resolver por una imposición de una medida como la Asamblea Nacional Constituyente. Tiene que ser consensuada, tienen que darse espacios de negociación y lograr los acuerdos apoyados en instancias adecuadas con compromisos explícitos y eficientes en respeto a la convivencia democrática y los derechos humanos y, sobre todo, en torno a nuestro pacto social que es la Constitución de 1999. Eso supone disminuir la conflictividad e ir buscando la negociación para llegar a los acuerdos y lograr una salida. Para ello es necesario llevar una agenda de acciones que conduzcan a retomar el hilo Constitucional y que los compromisos que se establezcan sean respetados y no sea solo un juego de ganar tiempo.

¿Es posible llegar a ese entendimiento cuando se habla de responsabilidad de la crisis por parte de los actores políticos?

—Creo que esa responsabilidad de los sectores políticos en la conflictividad y en las estrategias para la confrontación y en la dificultad de llegar a acuerdos está allí y estamos viviendo las consecuencias de eso. Pero no hay que hacer pagar nada, justamente el tema de la retaliación no es una salida que conduzca a la paz. Está establecido al nivel de todos esos procesos de reconciliación, que se han dado en otros países, que tenemos que trabajar en la despolarización de la lucha, de la impunidad y en la reparación social, es decir, en todos los procesos de memoria, justicia y verdad. Y trabajar en la construcción de ciudadanía y cultura de paz. Esos son unas tareas y desafíos enormes que creo son retos muy grandes para los actores políticos y los actores sociales. También ha ocurrido que hemos sobredimensionado la acción política aun cuando la acción social y el movimiento de ciudadanos han ido creciendo y fortaleciéndose. Entonces, es tan importante la acción política como la acción de la ciudadanía que pone y establece también los límites de esa acción desbocada.

¿La consulta opositora del 16 de julio y la elección a constituyentes del 30 de julio cambiaron en algo el ánimo social?

—Creo que los dos eventos, tanto el del 16 de julio como el del 30, dan cuenta de la madurez que la población ha ido alcanzando, en el sentido de la diversa y plural participación ciudadana e incluso por los niveles de abstención que en uno de ellos se dio. La consulta electoral es un acto creativo que reivindica la democracia y la participación ciudadana y electoral, que apuesta a la resolución pacífica del conflicto. Ambos eventos son un referente que destacan símbolos, valores, maneras del proceder social que corresponden a una profundización de la democracia y que demandan valores como la dignidad, solidaridad, participación y autogestión, eso es una ganancia de este tiempo.

Todo este período ha sido fuerte desde el punto de vista de pérdida de vidas, de pérdida de legitimidad y crisis de gobernabilidad, pero también tiene un logro enorme, que nosotros todavía no vemos, en el nivel de alcance de esa acción ciudadana. Se está develando que nosotros como sociedad nos estamos haciendo cargo de nuestra responsabilidad en función del bien común y que aun cuando los intereses políticos y partidistas están en juego, que de una parte es un hecho natural y de otra es absolutamente instrumentalizado políticamente y a favor de algunos sectores, la población sigue trabajando y sigue avanzando a favor del rescate y la necesidad de volver al hilo democrático.

¿Qué efectos tiene en lo colectivo que se imponga una Constituyente con resultados dudosos y con alta abstención?

—La imposición de una ANC convocada por el Gobierno al margen de lo establecido en la Constitución y a través de maneras absolutamente cuestionables en relación su instrumentalización política de la voluntad popular, incluso con cierta coacción en el acceso a alimentos, no solo atenta contra la dignidad de las personas y del pueblo que se dice defender, sino que no es posible con ella alcanzar la paz, que es otro de los argumentos que se utiliza con relación a por qué se impone.

La paz en medio de unos niveles de conflictividad y polarización como los que tenemos desde hace unos años no es posible alcanzarla con la imposición de un solo lado. Al contrario, lo que está trayendo es más crisis de gobernabilidad y una serie de acciones que están negando la participación y las instituciones. Eso genera más deslegitimación, es una deriva que nos puede conducir a mayor confrontación y mayor violencia porque la población seguirá resistiendo, y en la medida que más niegues la participación más va a buscar cauces para expresarse y esas vías no tienen que ser pacíficas. Un Estado que irrespeta la voluntad popular por supuesto va a tener resistencia. Ese rechazo a la imposición ya se ha extendido a sectores que incluso se siguen reconociendo en lo que se llama chavismo desde una mirada crítica.

¿La conflictividad ha agravado la polarización?

—La polarización social y política en Venezuela ha tenido vaivenes, en función de la coyuntura y justo en esas coyunturas electorales, cuando está la lucha descarnada por el poder, es cuando la polarización se agudiza. Pero creo que en este contexto la polarización ha tomado otras formas, aparecen como referentes dos polos pero hay más que eso. Creo que el tema no es ahora la defensa o no de una postura ideológica, porque al menos en el sector gubernamental ese posicionamiento ideológico se ha ido diluyendo y ha quedado bastante desdibujado. Esto es una lucha por la democracia frente a la expoliación y apropiación patrimonial de los recursos.

¿Están dadas las condiciones para que surja un grupo, como identidad política, distinto a los que ya existen?

—Sí, es posible pero eso no garantiza que sea un grupo salvador. Ese tercer lado parte de los actores políticos, dentro de cada partido hay sectores así, incluso unos más radicales y otros menos radicales que están apostando a esa negociación. El modelo de negociación de la escuela de Harvard establece que en todo conflicto hay dos grupos enfrentados y luego está un tercer lado, formado por miembros de uno y otro grupo, que es favorable al diálogo, tiende puentes y facilita los encuentros. Y creo que en estos últimos tiempos han surgido algunas agrupaciones que apuestan y que llaman a que se sienten los actores políticos, que son favorables al entendimiento y la negociación, pero eso no quiere decir que sea un grupo sin posturas ideológicas.

¿Qué falta para que se concrete una negociación real?

—Me preocupa es que muchas de esas negociaciones no necesariamente son claras para la gente, y es verdad que, en general, esas acciones se realizan de bajo perfil y visibilidad pública pero llega un momento que ello toma una forma visible porque la población lo está necesitando. Estamos atravesando un momento de altísima incertidumbre, de caos y de anarquías y se necesitan mínimos referentes de certidumbre, saber a dónde se dirige esto, quién lo dirige, con qué intereses y cuáles son los objetivos que se persiguen. Es necesario ser claros ante la población. Entonces, creo que hay un juego de posiciones maniqueas, que tratan de poner un panorama excluyente entre acciones de calle, negociación y elecciones. Así mismo, me preocupa el arrastre o el cambio de estrategia frente a las tendencias de opinión en redes sociales. Entonces, ese vaivén incierto del cual se le notifica poco a la población tiene consecuencias en el desencanto generalizado, la impotencia y la desesperanza.

¿Cómo recuperar la confianza en la negociación política?

—Esta conflictividad y violencia sociopolítica han resquebrajado los cimientos de la convivencia social y han estimulado la desconfianza y la negación del otro, ha provocado rupturas de consensos sociales, de prácticas, normas y universos simbólicos compartidos; incluso ha territorializado el conflicto y ha segmentado a ciudades y espacios de la ciudad en los que se ha afectado la libre circulación. En ese contexto hay que pensar seriamente cuáles serían los programas a desarrollar para recuperar el mundo en común y el ejercicio de la política como el bienestar común. Es necesario ir diluyendo las fronteras espaciales, territoriales y simbólicas que se han creado entre nosotros. También hay que trabajar en resignificar los imaginarios sociales en torno a la convivencia, la paz y la democracia. Y es obligatorio crear ambientes, proyectos y programas que reconozcan la existencia de mayorías y minorías. En fin, hay que construir ciudadanía, pensar y apostar por Venezuela, en nosotros como identidad social, porque la gente ya ha venido afianzando ese sentimiento de lucha por Venezuela.

Fuente:
https://www.larazon.net/2017/08/mireya-lozada-indefension-ante-la-arremetida-autoritaria/
Fotografías: JALH.

miércoles, 30 de agosto de 2017

viernes, 14 de julio de 2017

!INACEPTABLE!



Del concurso de fusiles

Luis Barragán

La dictadura tiene por empeño el de celebrar una guerra civil a  la población que se le resiste, procurando no declararla, así incurra Arias Cárdenas en algo más que un desliz verbal al faltarle argumentos. Desesperando por un concurso de fusiles, saben muy bien de una oposición desarmada que ha apelado a los medios no violentos para una sostenida, histórica y corajuda protesta ciudadana.

Por lo demás, la clara amenaza de una conflagración interna tampoco parece corresponderse con las realidades que asoman las fuerzas represivas que, lejos de una típica conducta de marcialidad, tiene por único amparo el empleo harto ventajoso de las armas letales y presuntamente no letales. Reina la sospecha de la flaca formación y el escaso entrenamiento, por ejemplo, de los efectivos de la GNB que, por la jerga, la misma compostura y las prácticas de rapiña tan parecidas a las de los grupo de paramilitares que la auxilian, por decir lo menos, avisan de una particular disciplina que nos retrotrae a las históricas escaramuzas de pillaje, a las vandálicas faenas que se ofrecieron como escenas muy venezolanas de las viejas guerras civiles antes de 1903.

Siglo y tanto después del triunfo de Gómez en Ciudad Bolívar, asistimos a escenas semejantes. Afortunadamente fotografiada por Carlos Garcia Rawlins de Reuters, en medio de la desgracia, algo más que una aprehensión, a la peligrosísima Paula Colmenares, menor de edad, le afincó un motorizado de la GNB todo el peso de su bota a la espalda y, desde el pavimento, la levantó un tropel de soldados (¿son otra cosa?), como nunca hacen con los – ciertamente – peligrosos delincuentes que nos azotan.

Insultada, amedrentada, robada, golpeada y amenazada, refiere la nota (https://www.lapatilla.com/site/2017/07/12/la-muchacha-pateada-en-la-espalda-por-un-gnb-fue-insultada-amedrentada-robada-golpeada-y-amenazada), el caso de Paula no dista de muchísimos otros, incluso, no denunciados. Otro ejemplo, las cinco muchachas de la UPEL, detenidas en Maracay, por añadidura, han sido víctimas de actos lascivos (https://www.lapatilla.com/site/2017/07/11/estudiantes-detenidas-en-la-upel-denunciaron-actos-lascivos-en-su-contra), profundizando nuestra consternación.

Lumpemproletarizada Venezuela por esta dictadura, la represión retrata fiel y exactamente el fenómeno, como lo hemos sostenido con anterioridad (https://www.lapatilla.com/site/2017/06/11/luis-barragan-lumpen-represion), por lo que, descomposición al fin y al cabo, evidentemente le ha dado alcance a la GNB, consabido componente de la FANB.  Entonces, según la hipótesis, ¿de cuál guerra civil se habla? Por lo visto, no la hay así la dictadura que está la ciudadanía en trance de despedir, insista: sólo se trata de la resistencia al siglo XIX que representa, cabal expresión de la anomia que nos hundió, y que, no por casualidad, encuentra la inmensa muralla de un pueblo en su irresistible ascenso ciudadano.

14/07/2017: