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jueves, 28 de marzo de 2019

NO ES JUEGO ...

¿De cuál guerra civil hablamos?
Luis Barragán


A veces, asombra la facilidad con la que versamos sobre una inminente guerra civil en Venezuela. En  una ocasión, aseguramos en la plenaria de la Asamblea Nacional que la dictadura la hacía sin declararla al resto de la población, como si fuese suficiente para  tenerla, aunque padecemos los estragos.


Los más elementales requisitos apuntan a una división del país por motivos harto insuperables, los cuales no se aprecian – acá -  en el orden ideológico, religioso, racial, territorial u otro de los hitos que prosperan en lejanas latitudes. Agreguemos que no existe una proporcionalidad de fuerzas en disputa, siendo la dictadura apenas un reducto de privilegiados excesivamente armado y represor,  obstinado en desafiar a las grandes mayorías desarmadas que claman por libertad.

Convengamos, el régimen por siempre fue belicoso, violento, agresor y, al desesperar en sus capítulos finales, intenta apelar a un abierto conflicto civil o internacional. Quizá también se deba a sus orígenes, pues, una coincidencia e ironía inadvertida, guardando las distancias,  Chávez Frías ascendió al poder dizque como el pacificador que nunca fue, capaz de detener la guerra civil que se venía encima al abrir el presente siglo, como Betancourt lo hizo a mediados del anterior, diciendo atajarla.

Por curiosidad, recordamos y buscamos una de las más infelices intervenciones públicas del barinés en la que abusó de la lectura hecha o el comentario recibido, seguramente reciente,  en torno a la consabida tragedia peninsular de los años treinta. Invocó a Gabriel Jackson y “La República española y la guerra civil (1931-1939)”, por cierto, sin que supiese del cuestionamiento que su admirado y promovido Noam Chomsky hiciera de la obra, en un doble ensayo intitulado “Vietnam y España: los intelectuales liberales ante la revolución”.

Agreguemos, no tendría por qué saberlo, escaso del calibre intelectual que holgadamente demostró el guatireño, menos enterado del apasionado hispanismo de Jackson que lo condujo al campo novelístico, con  “En ese ayer casi olvidado y mudo”. Sin embargo, sobresale  la improvisación que, empleando un venezolanismo de exactitudes, no es otra cosa que piratería.

En efecto, el 17/01/2003, Chávez acudió a otra de sus largas peroratas en la Asamblea Nacional, presidida por Francisco Ameliach, cuya estrella apagó el procónsul carabobeño Lacava. Y de Miguel Hernández y George Orwell, en trance de una inspiración poética por la condición de presidente-prisionero que alegó, exaltó la “sagaz reflexión” de Jackson y, con pinzas, lo citó, comentando que “lo que decía (…) para España, hoy es una verdad para Venezuela, esos grupos privilegiados se sienten desafiados y amenazada su lógica de dominación, no por una masa obstinada, sino por un pueblo cada vez más organizado, que participa y protagoniza para tener cada vez más una patria libre y compartida, buena y bonita, latiendo bajos sus pies y bajo los de las próximas generaciones” (véase: “El golpe fascista contra Venezuela”, Ediciones Plaza, La Habana, 2003: 178).

La generalización, cinismo  y sandez de entonces, guarda correspondencia con la auto-victimización de una dictadura, como la actual, capaz de inventar una guerra civil donde no la hay ni la habrá. La tentación de compararla con lo acecido allende los mares, posiblemente se deba a un mes aniversario de hechos, como el nacimiento y la caída de la otrora II República de España, un 14 y un primero de abril de años ya remotos.

Ilustración: https://www.eldiario.es/cultura/libros/libros-entender-horror-julio_0_792321183.html
01/04/2019:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/34632-barragan-l

sábado, 11 de mayo de 2013

NOTAS SOBRE EL FASCISMO (4)

EL NACIONAL - DOMINGO 24 DE OCTUBRE DE 1999, Caracas, 13 de mayo de 2002
Los Vargas Llosa ante la hora del fascismo
Esteban Emilio Mosonyi

Leímos con verdadera fruición el extenso y documentado artículo de Mario Vargas Llosa titulado “¿La hora del fascismo?” (El Nacional, 28 de abril pasado, página A/11), cuyo contenido compartimos en una proporción muy amplia. Es realmente espantosa la proliferación en el continente europeo de los movimientos nacionalistas de ultraderecha, y su ascenso al poder se está dando tal vez en la mayoría de sus países: Austria, Francia, Italia, Bélgica, Holanda, Dinamarca... y nos estamos quedando cortos. No se necesita mucha imaginación para afirmar que ciertos fundamentalismos entronizados en otros continentes están bastante emparentados con esta misma matriz ideológica.
Vargas Llosa hace muy pero muy bien en fustigar la resurrección de estos nacionalismos fanáticos, estúpidos y asesinos; la discriminación brutal y racista contra los inmigrantes procedentes de otros continentes y portadores de identidades y culturas distintas; incluso el posible retroceso a los enfrentamientos entre países europeos, anteriores a la Primera Guerra Mundial y aparentemente cancelados con la instauración de la Unión Europea. También tiene razón el renombrado escritor cuando se refiere a la increíble torpeza de la extrema izquierda en su afán de acumular errores, insistir en la estatificación stalinista e incurrir en diagnósticos y soluciones de un simplismo ahistórico, carente de imaginación y matices.
Donde divergen nuestros caminos es en la percepción de las salidas más justas y viables a partir de esta peligrosa encrucijada. Por nuestra parte estamos convencidos de que la receta ofrecida por Vargas Llosa y sus congéneres, los intelectuales neoliberales y defensores enceguecidos de la globalización más ortodoxa, es altamente contraproducente: suerte de reactor nuclear a punto de estallar cual un verdadero Chernobyl ideológico.
Sucede que los epígonos acríticos de la tendencia globalizante política, financiera, militar y mediática tapan su rostro ante el desmoronamiento acelerado de los países menos favorecidos, que son justamente aquellos que generan enormes contingentes migratorios hacia los orgullosos países europeos: comenzando tal vez por ellos mismos en su condición de intelectuales desplazados y casi apátridas. Tampoco parecen percatarse del marcado debilitamiento de las clases medias y trabajadoras del propio continente europeo, frente al comportamiento anárquico de un mercado cada vez más irracional. Hasta optan por despojarse de sus propias raíces culturales e identitarias, para ponerse dócilmente a las órdenes del inefable american way of life en su versión más baladí, por cierto enérgicamente rechazado por norteamericanos pensantes como Noam Chomsky. Para remate, despotrican ferozmente contra la sociodiversidad constituida por el amplio espectro de pueblos, culturas e idiomas amenazados por estructuras transnacionales de poder, al servicio del pensamiento único y la nostalgia unipolar hacia un mundo bélico, expoliador, consumista y antiambiental.
Quisiera, no obstante, concluir estas líneas con una nota constructiva de llamado a la interlocución sincera y desprejuiciada, al intercambio de ideas sin recurrir a posturas irreductibles ni cerrar el paso a iniciativas comunes y quizás solidarias.
Composición gráfica: Erik Johansson.