De la gripe española a la peste china
Luis Barragán
Cierto, la humanidad ha pasado por incontables pestes, plagas y pestilencias superadas a la postre, como refirió días atrás Vargas Llosa, apuntando a la aparición y superación del sida, entre otras enfermedades, por ejemplo. No obstante, por la universalidad, prontitud y simultaneidad, las consecuencias del coronavirus no deben subestimarse, sobre todo en países otrora potencias petroleras, como el nuestro, ahora literalmente quebrados.
Contamos con una importante – aunque insuficiente – historiografía en Venezuela sobre una materia no tan olvidada, gracias a los brotes que la (auto) censura impide actualmente conocer y jerarquizar, en un insólito regreso al más remoto pasado. Oportunos, Luis Heraclio Medina Canelón y Luis Altez, recientemente, aportan sobre el impacto y las consecuencias de la llamada gripe española en la Venezuela de 1918-19 que, inevitable, suscita la comparación con lo que ya acaece respecto al coronvirus.
Negada la influenza por la dictadura, la una completó los estragos causados por la otra. Antaño, la inimaginable calamidad sanitaria venezolana dio alcance a un hijo de Juan Vicente Gómez; hogaño tarde o temprano se sabrá con tristes exactitudes de la otra inimaginable calamidad que recibe al Covid-19.
Paradójicamente, hasta el momento, no alcanzando la cuarentena para hacer todo lo deseable, emerge de la remoción de papeles en casa un par de piezas reveladoras que estaban olvidadas: la una, un ejemplar del Boletín de la Fundación para el Rescate del Acervo Documental Venezolano (FUNRES), meritorísima entidad extinguida con el socialismo, dedicado a la situación política del país hacia 1918 (Caracas, nrs. 12-13 de 1992), el cual da cuenta de la nada aplacada lucha contra un régimen de espléndidos y obscuros negocios, cuando todavía no se sabía de la importancia decisiva de la batalla de Ciudad Bolívar de 1903. La otra, los apuntes definitivos de Arturo Uslar Pietri para sus discípulos (“Sumario de economía venezolana para alivio de estudiantes”, CED, Caracas, 1945), constatando los más bajos porcentajes de crecimiento vegetativo de la población entre 1905 y 1915, en todo en siglo (1840-1940), o la tardanza de los beneficios de la producción y exportación del petróleo que apenas despegaba entre 1921 y 1922.
En la actualidad, no existe información oficial alguna, cuya publicidad ordena la propia Constitución de 1999, conociéndose por fuentes alternas, internacionales y confiables, el descenso de la producción diaria de hidrocarburos y la hemiplejia de los precios que ya están por debajo de los costos de producción, ignoradas las más elementales estadísticas en torno a la población ahora expuesta al coronavirus. Y, a pesar de los errores y demás entuertos, el persistente rechazo y oposición a un régimen, cuyos prohombres han sido sancionados más allá de las fronteras por motivos nada baladíes. Valga la coletilla de indignación, en tiempos de cuarentena, proveniente de un fiestón playero, el presunto hijo de Motta Domínguez fue herido de bala en el curso de otra fiesta.
Cfr.
http://lbarragan.blogspot.com/2020/03/de-una-otra-pandemia.html
http://lbarragan.blogspot.com/2020/03/la-otra-peste_18.html
24/03/2020:
https://caraotadigital.org/opinion-1/de-la-gripe-espanola-a-la-peste-china
Mostrando entradas con la etiqueta Mario Vargas LLosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mario Vargas LLosa. Mostrar todas las entradas
lunes, 23 de marzo de 2020
sábado, 21 de marzo de 2020
UNA DICTADURA QUE PARE LA PESTE CHINA
PIEDRA DE TOQUE TRIBUNA
¿Regreso al Medioevo?
Mario Vargas Llosa
La peste ha sido a lo largo de la historia una de las peores pesadillas de la humanidad. El coronavirus será una pandemia pasajera. Lo que no pasará es el miedo a la muerte, que nos acompaña como una sombra
Todo esto, en términos prácticos, es muy exagerado, pero no hay nada que hacer: España tiene miedo y los Gobiernos, el nacional y los de las autonomías, salen al frente de la pavorosa enfermedad con medidas cada vez más estrictas que, de una manera general, los españoles aprueban e, incluso, exigen que sean más extensas e intensas. Es por gusto que las estadísticas oficiales digan que, hasta el 11 de marzo, hay apenas 47 muertes por culpa de la pandemia y que, por ejemplo, la simple gripe es más asesina que ella, pues causa por lo menos seiscientas muertes anuales, y que son muchos más los que se recuperan del coronavirus que los que perecen por culpa de él, que España tiene uno de los sistemas de salud mejores en el mundo —por encima de la media europea— y que el trabajo que vienen realizando los médicos y sanitarios en todo el país es eficiente y está a la altura del desafío, etcétera.
Jamás las estadísticas han sido capaces de tranquilizar a una sociedad roída por el pánico y ésta es una buena ocasión de comprobarlo. En medio de la civilización ha reaparecido la Edad Media, lo que significa que muchas cosas han cambiado desde entonces, pero muchas otras no. Por ejemplo: el miedo a la peste. Y, a propósito, la literatura tiene un renacer inevitable en esos períodos de miedo colectivo: cuando no entiende lo que pasa, una sociedad va a los libros a ver si ellos se lo explican. La peor novela de Albert Camus, La peste, tiene un súbito renacimiento y tanto en Francia como en España se hacen reediciones y ese libro mediocre se ha convertido en un best seller.
Nada de esto podría estar ocurriendo si China Popular fuera un país democrático y no la dictadura
Nadie parece advertir que nada de esto podría estar ocurriendo en el mundo si China Popular fuera un país libre y democrático y no la dictadura que es. Por lo menos un médico prestigioso, y acaso fueran varios, detectó este virus con mucha anticipación y, en vez de tomar las medidas correspondientes, el Gobierno intentó ocultar la noticia, y silenció esa voz o esas voces sensatas y trató de impedir que la noticia se difundiera, como hacen todas las dictaduras. Así, como en Chernóbil, se perdió mucho tiempo en encontrar una vacuna. Sólo se reconoció la aparición de la plaga cuando ésta ya se expandía. Es bueno que ocurra esto ahora y el mundo se entere de que el verdadero progreso está lisiado siempre que no vaya acompañado de la libertad. ¿Lo entenderán de una vez esos insensatos que creen que el ejemplo de China, es decir, el mercado libre con una dictadura política, es un buen modelo para el tercer mundo? No hay tal cosa: lo ocurrido con el coronavirus debería abrir los ojos de los ciegos.
La peste ha sido a lo largo de la historia una de las peores pesadillas de la humanidad. Sobre todo en la Edad Media. Era lo que desesperaba y enloquecía a nuestros viejos ancestros. Encerrados detrás de las recias murallas que habían erigido para sus ciudades, defendidos por fosos llenos de aguas envenenadas y puentes levadizos, no temían tanto a esos enemigos tangibles contra los que podían defenderse de igual a igual, enfrentarlos con espadas, cuchillos y lanzas. Pero la peste no era humana, era obra de los demonios, un castigo de Dios que caía sobre la masa ciudadana y golpeaba por igual a pecadores e inocentes, contra la que no había nada que hacer, salvo rezar y arrepentirse de los pecados cometidos. La muerte estaba allí, todopoderosa, y después de ella las llamas eternas del infierno. La irracionalidad estallaba por doquier y había ciudades que trataban de aplacar a la plaga infernal ofreciéndole sacrificios humanos, de brujas, brujos, incrédulos, pecadores sin arrepentir, insumisos y rebeldes. Cuando Flaubert viajó a Egipto, todavía vio leprosos que recorrían las calles tocando campanas para advertir a la gente que se apartara si no quería ver (y contagiarse) de sus llagas purulentas.
Por eso casi no aparece la peste en las novelas de caballerías que son otro aspecto, más positivo, del Medioevo: en ellas hay proezas físicas extraordinarias, el Tirant lo Blanc derrota él solo a gigantescos ejércitos. Pero los adversarios de los caballeros andantes son seres humanos, no diablos, y lo que el hombre medieval teme son los diablos, esos demonios que escondidos en el corazón de las epidemias golpean y matan sin discriminar a culpables e inocentes.
Ese viejo terror no ha desaparecido del todo, pese a los extraordinarios progresos de la civilización. Todo el mundo sabe que, como ocurrió con el SIDA o con el Ébola, el coronavirus será una pandemia pasajera, que los científicos de los países más avanzados encontrarán pronto una vacuna para defendernos contra ella y que todo esto terminará y será, dentro de algún tiempo, una noticia mustia que apenas recordarán las gentes.
Lo que no pasará es el miedo a la muerte, al más allá, que es lo que anida en el corazón de estos terrores colectivos que son el temor a las pestes. La religión aplaca ese miedo, pero nunca lo extingue, siempre queda, en el fondo de los creyentes, ese malestar que se agiganta a veces y se convierte en miedo pánico, de qué habrá una vez que se cruce aquel umbral que separa la vida de lo que hay más allá de ella: ¿la extinción total y para siempre?, ¿esa fabulosa división entre el cielo para los buenos y el infierno para los malvados de un dios juguetón que pronostican las religiones?, ¿alguna otra forma de supervivencia que no han sido capaces de advertir los sabios, los filósofos, los teólogos, los científicos? La peste saca de pronto a estas preguntas, que en la vida cotidiana normal están confinadas en las profundidades de la personalidad humana, al momento presente, y hombres y mujeres deben responder a ellas, asumiendo su condición de seres pasajeros. Para todos nosotros es difícil aceptar que todo lo hermoso que tiene la vida, la aventura permanente que ella es o podría ser, es obra exclusiva de la muerte, de saber que en algún momento esta vida tendrá punto final. Que si la muerte no existiera la vida sería infinitamente aburrida, sin aventura ni misterio, una repetición cacofónica de experiencias hasta la saciedad más truculenta y estúpida. Que es gracias a la muerte que existen el amor, el deseo, la fantasía, las artes, la ciencia, los libros, la cultura, es decir, todas aquellas cosas que hacen la vida llevadera, impredecible y excitante. La razón nos lo explica, pero la sinrazón que también nos habita nos impide aceptarlo. El terror a la peste es, simplemente, el miedo a la muerte que nos acompañará siempre como una sombra.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2020/03/13/opinion/1584090161_414543.html
Ilustración: Jeremy Geddes.
Fotografía:
http://spanish.xinhuanet.com/2020-03/10/c_138860255.htm
Cfr.
https://www.youtube.com/watch?v=vSWL02kcfsY
https://www.youtube.com/results?search_query=Corona+virus+venezuela
https://www.youtube.com/watch?v=-4gwoJY4B_M
https://www.youtube.com/watch?v=3yKcBOoNIqM
Intimidación: Venezuela
https://twitter.com/VenteCcs/status/1241129338419937285
https://www.youtube.com/watch?v=nHn5VL6gYOs
¿Regreso al Medioevo?
Mario Vargas Llosa
La peste ha sido a lo largo de la historia una de las peores pesadillas de la humanidad. El coronavirus será una pandemia pasajera. Lo que no pasará es el miedo a la muerte, que nos acompaña como una sombra
Todo esto, en términos prácticos, es muy exagerado, pero no hay nada que hacer: España tiene miedo y los Gobiernos, el nacional y los de las autonomías, salen al frente de la pavorosa enfermedad con medidas cada vez más estrictas que, de una manera general, los españoles aprueban e, incluso, exigen que sean más extensas e intensas. Es por gusto que las estadísticas oficiales digan que, hasta el 11 de marzo, hay apenas 47 muertes por culpa de la pandemia y que, por ejemplo, la simple gripe es más asesina que ella, pues causa por lo menos seiscientas muertes anuales, y que son muchos más los que se recuperan del coronavirus que los que perecen por culpa de él, que España tiene uno de los sistemas de salud mejores en el mundo —por encima de la media europea— y que el trabajo que vienen realizando los médicos y sanitarios en todo el país es eficiente y está a la altura del desafío, etcétera.
Jamás las estadísticas han sido capaces de tranquilizar a una sociedad roída por el pánico y ésta es una buena ocasión de comprobarlo. En medio de la civilización ha reaparecido la Edad Media, lo que significa que muchas cosas han cambiado desde entonces, pero muchas otras no. Por ejemplo: el miedo a la peste. Y, a propósito, la literatura tiene un renacer inevitable en esos períodos de miedo colectivo: cuando no entiende lo que pasa, una sociedad va a los libros a ver si ellos se lo explican. La peor novela de Albert Camus, La peste, tiene un súbito renacimiento y tanto en Francia como en España se hacen reediciones y ese libro mediocre se ha convertido en un best seller.
Nada de esto podría estar ocurriendo si China Popular fuera un país democrático y no la dictadura
Nadie parece advertir que nada de esto podría estar ocurriendo en el mundo si China Popular fuera un país libre y democrático y no la dictadura que es. Por lo menos un médico prestigioso, y acaso fueran varios, detectó este virus con mucha anticipación y, en vez de tomar las medidas correspondientes, el Gobierno intentó ocultar la noticia, y silenció esa voz o esas voces sensatas y trató de impedir que la noticia se difundiera, como hacen todas las dictaduras. Así, como en Chernóbil, se perdió mucho tiempo en encontrar una vacuna. Sólo se reconoció la aparición de la plaga cuando ésta ya se expandía. Es bueno que ocurra esto ahora y el mundo se entere de que el verdadero progreso está lisiado siempre que no vaya acompañado de la libertad. ¿Lo entenderán de una vez esos insensatos que creen que el ejemplo de China, es decir, el mercado libre con una dictadura política, es un buen modelo para el tercer mundo? No hay tal cosa: lo ocurrido con el coronavirus debería abrir los ojos de los ciegos.
La peste ha sido a lo largo de la historia una de las peores pesadillas de la humanidad. Sobre todo en la Edad Media. Era lo que desesperaba y enloquecía a nuestros viejos ancestros. Encerrados detrás de las recias murallas que habían erigido para sus ciudades, defendidos por fosos llenos de aguas envenenadas y puentes levadizos, no temían tanto a esos enemigos tangibles contra los que podían defenderse de igual a igual, enfrentarlos con espadas, cuchillos y lanzas. Pero la peste no era humana, era obra de los demonios, un castigo de Dios que caía sobre la masa ciudadana y golpeaba por igual a pecadores e inocentes, contra la que no había nada que hacer, salvo rezar y arrepentirse de los pecados cometidos. La muerte estaba allí, todopoderosa, y después de ella las llamas eternas del infierno. La irracionalidad estallaba por doquier y había ciudades que trataban de aplacar a la plaga infernal ofreciéndole sacrificios humanos, de brujas, brujos, incrédulos, pecadores sin arrepentir, insumisos y rebeldes. Cuando Flaubert viajó a Egipto, todavía vio leprosos que recorrían las calles tocando campanas para advertir a la gente que se apartara si no quería ver (y contagiarse) de sus llagas purulentas.
Por eso casi no aparece la peste en las novelas de caballerías que son otro aspecto, más positivo, del Medioevo: en ellas hay proezas físicas extraordinarias, el Tirant lo Blanc derrota él solo a gigantescos ejércitos. Pero los adversarios de los caballeros andantes son seres humanos, no diablos, y lo que el hombre medieval teme son los diablos, esos demonios que escondidos en el corazón de las epidemias golpean y matan sin discriminar a culpables e inocentes.
Ese viejo terror no ha desaparecido del todo, pese a los extraordinarios progresos de la civilización. Todo el mundo sabe que, como ocurrió con el SIDA o con el Ébola, el coronavirus será una pandemia pasajera, que los científicos de los países más avanzados encontrarán pronto una vacuna para defendernos contra ella y que todo esto terminará y será, dentro de algún tiempo, una noticia mustia que apenas recordarán las gentes.
Lo que no pasará es el miedo a la muerte, al más allá, que es lo que anida en el corazón de estos terrores colectivos que son el temor a las pestes. La religión aplaca ese miedo, pero nunca lo extingue, siempre queda, en el fondo de los creyentes, ese malestar que se agiganta a veces y se convierte en miedo pánico, de qué habrá una vez que se cruce aquel umbral que separa la vida de lo que hay más allá de ella: ¿la extinción total y para siempre?, ¿esa fabulosa división entre el cielo para los buenos y el infierno para los malvados de un dios juguetón que pronostican las religiones?, ¿alguna otra forma de supervivencia que no han sido capaces de advertir los sabios, los filósofos, los teólogos, los científicos? La peste saca de pronto a estas preguntas, que en la vida cotidiana normal están confinadas en las profundidades de la personalidad humana, al momento presente, y hombres y mujeres deben responder a ellas, asumiendo su condición de seres pasajeros. Para todos nosotros es difícil aceptar que todo lo hermoso que tiene la vida, la aventura permanente que ella es o podría ser, es obra exclusiva de la muerte, de saber que en algún momento esta vida tendrá punto final. Que si la muerte no existiera la vida sería infinitamente aburrida, sin aventura ni misterio, una repetición cacofónica de experiencias hasta la saciedad más truculenta y estúpida. Que es gracias a la muerte que existen el amor, el deseo, la fantasía, las artes, la ciencia, los libros, la cultura, es decir, todas aquellas cosas que hacen la vida llevadera, impredecible y excitante. La razón nos lo explica, pero la sinrazón que también nos habita nos impide aceptarlo. El terror a la peste es, simplemente, el miedo a la muerte que nos acompañará siempre como una sombra.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2020/03/13/opinion/1584090161_414543.html
Ilustración: Jeremy Geddes.
Fotografía:
http://spanish.xinhuanet.com/2020-03/10/c_138860255.htm
Cfr.
https://www.youtube.com/watch?v=vSWL02kcfsY
https://www.youtube.com/results?search_query=Corona+virus+venezuela
https://www.youtube.com/watch?v=-4gwoJY4B_M
https://www.youtube.com/watch?v=3yKcBOoNIqM
Intimidación: Venezuela
https://twitter.com/VenteCcs/status/1241129338419937285
https://www.youtube.com/watch?v=nHn5VL6gYOs
Etiquetas:
Albert Camus,
Chérnobil,
Coronavirus,
Jeremy Geddes,
María Corina Machado,
Mario Vargas LLosa,
Medioevo,
Miedo,
Pánico,
Venezuela
sábado, 28 de diciembre de 2019
domingo, 1 de diciembre de 2019
ANUNCIO DE UN DISTINTO GÉNERO
Tiempos recios
Luis Barragán
"Recordó
la súbita sensación de inseguridad al
notar
que sus pies resbalaban, que el suelo se
movía
y ese ruidito ronco y amenazador que subía
de
las entrañas de la tierra. A su alrededor la
gente
seguía conversando y caminando como si
nada
pasara"
MVL
[TR:
109]
Puede
decirse, desde siempre supimos de Mario Vargas Llosa. Y es que tan familiarizado estuvo el país con
la obra de un novelista que, aún muy
joven, a pesar de las diferencias
políticas e ideológicas con el premiador, le fue reconocida en la primera
edición del Internacional Rómulo Gallegos, en 1967; además, en lo personal, lo
leímos tan precozmente que esperamos a la secundaria para ordenar una
comprensión prontamente traducida en una definitiva afición por sus textos.
Apenas
editado, no hubo librería que no ostentara sus títulos en las vidrieras. Por
ello, enoja el contraste, pues, ni siquiera en una copia ilegal, como también
lo cotizó el mercado negro hasta mediados del presente siglo, encontramos uno de los 180 mil ejemplares que
dan cuenta del primer tiraje, simultáneo en veinte países, de “Tiempos recios”
[Alfaguara, 2019]; por cierto, perdida ya la noción de una edición príncipe, como la
comercialización misma del libro, organizada y estable, en Venezuela:
prácticamente, no hay librerías, ni los esplendores digitales que digan
desautorizarlas.
Por
lo pronto, la obra luce como una
prolongación de “La fiesta del Chivo” [Alfaguara, 2000], no sólo por las
incursiones de Rafael Leónidas Trujillo que destacó a su agente ejemplar,
Johnny Abbes García, en Guatemala, sino
por una suerte de racionalidad burocrática que llamó nuestra atención en la reseña
respectiva para Letralia (21/08/00: https://letralia.com/94/ar01-094.htm).
En un caso, por entero capricho
del generalísimo o el simple deseo de extender su influencia, quizá creyendo
exportable un exitoso modelo de dictadura; y, en otro, por los límites que ella
impone al saqueo del erario público, con el celoso y muy riguroso acceso a las
arcas, dependiendo sus servidores de la concesión graciosa que los prohombres
del régimen se permitan.
Tendido
el puente weberiano entre una y otra
obra, por ejemplo, en “Tiempos recios”, Marta es una amante bajo manutención exclusiva de Castillo Armas, jamás viajera al
exterior, que acepta la frecuente
donación de una modesta cantidad de dinero del agente de la CIA que la sabe
desconocedora de las graves intimidades del gobierno [172, 183]; o, Abbes García, quien apenas
logra reunir un puñado de dólares para un momento de definitiva emergencia,
insuficiente el saldo de sus ganancias delictivas y que, únicamente, por un
excepcional favor del que se antojó Trujillo, tiene una cuenta cifrada en Suiza
[295 ss., 318], cuyo monto no le
alcanzará luego para mantener a la familia, quizá sin el tiempo y el talento
necesarios para multiplicarlo gracias a las actividades lícitas y aseguradoras para un
posterior retiro. Estas circunstancias contrastan con el abierto y descarado
latrocinio de las dictaduras contemporáneas en América Latina, diferentes a las
clásicas, que, más allá del patrimonialismo característico, hacen de su
vocación totalitaria toda experiencia criminal en sus más variadas,
sorprendentes e indecibles expresiones, dejando una rendija abierta a la
novedad o actualización de un género novelístico pendiente.
En
la casa del padre ofendido, el de Marta, traicionado por un amigo cercano con
el que se reconcilió a las puertas de la
muerte, se acostumbró un juego sabatino y familiar que “nadie conoce, que ya
nadie juega” [283]. Varias veces enunciado, jamás lo describe Vargas Llosa en
“Tiempos recios”, a menos que tengamos por rocambur la propia trama sagazmente urdida, prometiendo
– ya – toda una generosa ventana.
Digamos,
Guillermo Cabrera Infante trazó el
itinerario emocional, social y político de los orígenes de la dictadura
castrista que encuentra, con Leonardo Padura, un mapa vital de su normalización, dando pistas para compararla, otro ejemplo, con el
testimonio literario legado por Milan Kundera respecto al socialismo real de otras y lejanas latitudes. Valga la acotación, hasta hace poco nos
hubiese sorprendido que los cubanos se habituaran a los sismos recurrentes de
un sistema que espiritualmente los ha ultimado, pero debemos aceptar que, lenta
e inadvertidamente, ya ocurre entre los venezolanos.
El
autor la dice una típica novela de las dictaduras, porque – sencillamente – las
vivió, dejando huellas, pero inconscientemente apunta a sus modalidades más recientes,
las que desinhibidamente juran que
nacieron para permanecer más allá de sus fundadores, distinguiéndola de la
militante denuncia de Augusto Roa Bastos (·Yo el supremo”, 1974), el tejido
parsimonioso de Arturo Uslar Pietri (“Oficio de difuntos”, 1976), el lirismo de
la realidad de Gabriel García Márquez
(“El otoño del patriarca”, 1975), o el tallado sincrético de Alejo Carpentier
(“El recurso del método”, 1974) que, no por casualidad, reporta el heroísmo del
estudiante, un espécimen antes
exaltado y ahora condenado por La Habana. Como vemos, novelas marcadoras que
aparecieron en una década de la América Latina plagada de dictaduras militares
autodefinidas como salvacionistas y transitorias.
“Tiempos
recios” esboza el cuadro de retroceso hacia la
tribu y el ridículo [125], intenta una épica de la confrontación entre los
cadetes y lo milicianos lumpemproletarizados [XXXI], o advierte la aparición
precursora del tráfico de cocaína [226
s.], fenómenos muy de este siglo que ya no están exclusivamente centrados en el
dictador de turno, sino en los regímenes, realidades y estilos de vida que
generan y pugnan por normalizarse. Ya no
tratamos de propuestas autoritarias en curso, sino de las francamente
totalitarias que pretenden legitimar su propia descomposición, despojándose de
una ética de la crueldad, en el que “todos nos estamos jugando la vida sólo por
estar en este país” [217].
Reproducción:
RAS (1961) "2
personajes de la semana". Élite, Caracas, nr.1841 del 07/01/1961. El dictador
de República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo. Respecto a éste, comenta que
"los dictadores totalitarios tienen una gran ventaja: que pueden maniobrar
hacia todas las direcciones, sin que nadie se lo tome en cuenta". Por
entonces, señala, coincide con Fidel Castro en sus ataques al imperialismo
norteamericano, Betancourt y Venezuela.
30/11/2019:
https://letralia.com/lecturas/2019/11/30/tiempos-recios-de-mario-vargas-llosa/
jueves, 28 de noviembre de 2019
SIN SOMBRA, NO HAY LUZ
LEER PARA CREER COLUMNA
Vargas Llosa y la casilla del miedo
Lo que hizo United Fruit en Guatemala se parece demasiado a lo que hacen hoy muchas multinacionales
Berna González Harbour
Aquellos que crecimos con miedo —al demonio, al franquismo, a la policía, a la nevera vacía, a las monjas… la casilla se podía rellenar con cualquier cosa— cambiamos de miedos al hacernos adultos. Y donde antes temíamos al infierno pasamos a temer, por ejemplo, a las multinacionales: esquilmaban los recursos en países pobres, los contaminaban, mataban a miles de indios por gases tóxicos en Bhopal o comerciaban con la Suráfrica del apartheid mientras nos acostumbrábamos a sus refrescos, coches, deportivas y gasolinas. Después supimos de lagos contaminados, de niñas esclavizadas para coser nuestra ropa barata, de semillas que nos hacían cautivos de Monsanto o de guerras por el coltán de nuestros móviles.
Esquilmamos al prójimo, pues, y después le abandonamos a su suerte. Así se levantó el capitalismo, con su mala conciencia incluida, siempre compatible con nuestro consumismo creciente.
Viene esto a cuento de Tiempos recios (Alfaguara), el último libro de Vargas Llosa, necesario para comprender el universo que sustancia nuestra cultura y plenamente honesto. Cuenta el Nobel cómo EE UU manipuló y utilizó a la prensa independiente para arrojar basura retórica contra una Guatemala que solo intentaba conquistar derechos frente a una multinacional, United Fruit, que se llevaba los plátanos sin dejar un impuesto. Las fake news de Washington crearon el clima para derrocar a un buen presidente a mayor gloria de la multinacional y, en última instancia, para generar una fractura ideológica en Centroamérica que ayudó al triunfo del comunismo en Cuba.
Son muchas las capas del libro, varias las líneas de lectura y todas exceden este espacio, pero hay también lecciones de gran vigencia: Una es sobre cómo el periodismo puede ser herramienta perversa del poder a cambio de algo tan barato como el ego. Otra es sobre la imposible mutación de la vulnerabilidad. Y una tercera es sobre la casilla del miedo: en el espacio que en la infancia ocuparon demonios, monjas o policías, en la edad adulta seguimos encallados. El miedo entonces debía y podía superarse, pero el que profesamos a las multinacionales tal vez puede, pero no debe desaparecer. Porque lo que hacía United Fruit se parece demasiado a lo que hoy hacen tantas empresas que se enriquecen de nosotros sin dejarnos nada a cambio. El responsable entonces no fue la multinacional, sino el Gobierno que destruyó la democracia en Guatemala, como hoy son los gobiernos que no regulan los impuestos. Da miedo.
Fuente:
https://elpais.com/cultura/2019/11/28/actualidad/1574963142_188162.html?prod=REGCRART&o=cerrado&event=okregistro&event_log=oklogin
Fotografía:
Christopher Anderson /Magnum para TNT:https://www.nytimes.com/es/2018/03/04/mario-vargas-llosa-llamada-tribu/
Vargas Llosa y la casilla del miedo
Lo que hizo United Fruit en Guatemala se parece demasiado a lo que hacen hoy muchas multinacionales
Berna González Harbour
Aquellos que crecimos con miedo —al demonio, al franquismo, a la policía, a la nevera vacía, a las monjas… la casilla se podía rellenar con cualquier cosa— cambiamos de miedos al hacernos adultos. Y donde antes temíamos al infierno pasamos a temer, por ejemplo, a las multinacionales: esquilmaban los recursos en países pobres, los contaminaban, mataban a miles de indios por gases tóxicos en Bhopal o comerciaban con la Suráfrica del apartheid mientras nos acostumbrábamos a sus refrescos, coches, deportivas y gasolinas. Después supimos de lagos contaminados, de niñas esclavizadas para coser nuestra ropa barata, de semillas que nos hacían cautivos de Monsanto o de guerras por el coltán de nuestros móviles.
Esquilmamos al prójimo, pues, y después le abandonamos a su suerte. Así se levantó el capitalismo, con su mala conciencia incluida, siempre compatible con nuestro consumismo creciente.
Viene esto a cuento de Tiempos recios (Alfaguara), el último libro de Vargas Llosa, necesario para comprender el universo que sustancia nuestra cultura y plenamente honesto. Cuenta el Nobel cómo EE UU manipuló y utilizó a la prensa independiente para arrojar basura retórica contra una Guatemala que solo intentaba conquistar derechos frente a una multinacional, United Fruit, que se llevaba los plátanos sin dejar un impuesto. Las fake news de Washington crearon el clima para derrocar a un buen presidente a mayor gloria de la multinacional y, en última instancia, para generar una fractura ideológica en Centroamérica que ayudó al triunfo del comunismo en Cuba.
Son muchas las capas del libro, varias las líneas de lectura y todas exceden este espacio, pero hay también lecciones de gran vigencia: Una es sobre cómo el periodismo puede ser herramienta perversa del poder a cambio de algo tan barato como el ego. Otra es sobre la imposible mutación de la vulnerabilidad. Y una tercera es sobre la casilla del miedo: en el espacio que en la infancia ocuparon demonios, monjas o policías, en la edad adulta seguimos encallados. El miedo entonces debía y podía superarse, pero el que profesamos a las multinacionales tal vez puede, pero no debe desaparecer. Porque lo que hacía United Fruit se parece demasiado a lo que hoy hacen tantas empresas que se enriquecen de nosotros sin dejarnos nada a cambio. El responsable entonces no fue la multinacional, sino el Gobierno que destruyó la democracia en Guatemala, como hoy son los gobiernos que no regulan los impuestos. Da miedo.
Fuente:
https://elpais.com/cultura/2019/11/28/actualidad/1574963142_188162.html?prod=REGCRART&o=cerrado&event=okregistro&event_log=oklogin
Fotografía:
Christopher Anderson /Magnum para TNT:https://www.nytimes.com/es/2018/03/04/mario-vargas-llosa-llamada-tribu/
Etiquetas:
Berna González Harbour,
Mario Vargas LLosa
domingo, 17 de noviembre de 2019
DEL OTRO TRUJILLATO
Un millón de cartas sobre Caracas
Luis Barragán
La dictadura ha escenificado el triste espectáculo de una tal feria – además, internacional - del libro, a la vez que ha aislado al país, quebrando el mercado editorial, incluyendo las librerías que, por décadas, prestigiaron a la ciudad capital. La ironía que explica la propia existencia de un ministerio para la Cultura, también lo hace con la prácticamente clandestina recepción de la última novela de Mario Vargas Llosa: “Tiempos recios” [Alfaguara, 2019], complementaría de “La fiesta del Chivo” [Alfaguara, 2000]. Acotemos, siendo tan familiar el autor a los venezolanos que no tardábamos en leer inmediatamente sus novedades, hoy está desterradísimo de los anaqueles oficiales, excepto la oferta más o menos soterrada del vendedor de FILVEN de un viejo título del autor que lo sabe por siempre atractivo, aunque el precio no guarde correspondencia con los ácaros que anidan en los ejemplares.
La última novela, afiliada al género de las clásicas dictaduras latinoamericanas, aunque parece anunciar el otro rubro que ha de versar sobre los regímenes inéditos, como el de la Venezuela actual, reitera el protagonismo del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, un espécimen – si se quiere - curioso en la era de la guerra fría y del proceso urbanizador mismo en el continente. Queda a los críticos dar con las pistas historiográficas y hemerográficas que contribuyeron a la magistral ingeniería narrativa de lo que, inicialmente, fue una sencilla curiosidad que le dio soporte al reconocido talento del hispano-peruano. Por ello, traemos a colación la entrevista que Raúl Acosta Rubio realizara al otrora embajador venezolano en República Dominicana, Luis María Chaffardet Urbina, para la extinta revista Élite (Caracas, nr. 2056 del 20/02/1965), a quien Trujillo le confesó que “o mato a Betancourt o él me mata a mí”, dándonos idea de algo más que una rivalidad en el proceso democratizador de este lado del mundo.
Una pelea a muerte sintetiza la confesión hecha, por cierto, a un diplomático de carrera que prestó sus servicios a Marcos Pérez Jiménez, iniciado con Isaías Medina Angarita y, esperando el ascenso, fue destinado a la isla caribeña en lugar de la Europa que bien conocía. El nuevo destino expresó la existencia de un documentado Plan Geopolítico para El Caribe que, por una parte, reconocía a República Dominicana como “centro y piedra angular” de la extensa área y que, por otra, el entrevistado se excusó de revelar: “Usted me va a perdonar, pero razones de Estado impiden decirlo”. Inferimos, hay dictaduras de vocación transitoria, aunque se prolonguen y finalicen con la propia muerte biológica de sus cabecillas, capaces de asimilar a los funcionarios públicos de carrera, mientras las de nuevo cuño ocultan la desprofesionalización y el nepotismo de sus nóminas, como ocurre con Maduro Moros, con aspiración milenaria.
Observamos, con muestras de respeto y afecto, que Chaffardet Urbina consideró “tan injustamente detenido” a Pérez Jiménez y reiteró su antigua amistad hacia el también encarcelado Jesús María Castro León, con quien concertó, desde 1959, en Londres, el derrocamiento de Betancourt, añadida la impresión sueca de un millón de cartas subversivas que un avión subrepticiamente contratado en Estado Unidos, burlados los mecanismos de vigilancia, haría caer sobre Caracas. Siguió cultivando la amistad con Trujillo, al cesar en sus funciones diplomáticas, señalando que lo “conocí y traté íntimamente”, para asegurar que “mi querido amigo, el Generalísimo Trujillo (…) cuando ya su mano ni castiga ni premia, tenía una personalidad avasalladora, una inteligencia y un don de mando poco comunes”. Sólo imaginar la caída de un número tan considerable de panfletos sobre la ciudad, conocida luego la operación efectiva de Los Aguiluchos que precipitaron un cantidad más modesta de volantes en la urbe de finales de noviembre de 1961, da para una extraordinaria pieza literaria a lo Macondo; o la publicación de una entrevista de tamaño calibre y la misma difusión del hecho aéreo, resulta impensable por los consabidos afanes represivos y los rigores de la censura de la Venezuela de los días que corren.
Vargas Llosa indicó, en “Tiempos recios”, que los consabidos sucesos guatemaltecos que le inspiraron, provocaron numerosos asilados en la embajada perezjimenista, escuchándose acá las versiones radiales de Ciudad Trujillo [216, 261], pero muy seguramente le hubiese sido de utilidad la consulta de los “magníficos (e) impresionantes archivos” de Chaffardet Urbina que ojalá sobrevivan, después de medio siglo. Inevitable referencia, nos permite recordar el desconyuntamiento de la fundación que hubo para el rescate de los archivos históricos venezolanos en el extranjero (FUNRES). Difícil suponer a un régimen que reclama como suyo el presente siglo, enfrentado a la tentativa misma de un millón de tormentosas cartas o a la exposición y venta de una entrevista convencional o digital que lo cuestione severamente, aunque nunca se librará del talento y la habilidad de los narradores que pondrán algún día los debidos puntos sobre las íes que desesperadamente los reclaman.
Reproducciones: Élite, Caracas, nr. 2056 del 20/02/1965.
11/11/2019:
https://www.opinionynoticias.com/opinionhistoria/35989-barragan-l
11/11/2019:
https://www.opinionynoticias.com/opinionhistoria/35989-barragan-l
jueves, 14 de noviembre de 2019
CUADERNO DE BITÁCORA
Flamante Feria Internacional del Libro (FILVEN), en Caracas. La Plaza Bolívar convertida en feria de depósito para un país aislado, con un mercado editorial quebrado, sin libros y, aún menos, librerías independientes. Las que van quedando, las del régimen, ofrecen un convencido panorama y ambiente de deterioro, escasez, somnolencia.
Esta feria de ácaros, tiene por principal invitada a China. Todo un gran stand o, mejor, una gran carpa para títulos que apuntan a la indiferencia asiática hacia el mismo idioma español. Nada trascendente. Otro brochazo de tamaña internacionalidad, lo encontramos - por un lado - en el stand cubano, tan precario que refleja la realidad del libro en la isla, o el pequeño estante con títulos del Fondo de Cultura Económica que, un amigo, suspicaz, le hizo recordar el allanamiento del local principal de la casa editorial en Caracas. Llama la atención - por el otro - algo: la ausencia (¿podía esperarse otra cosa?) del último libro de Mario Vargas Llosa, "Tiempos recios". No obstante, algunos avispados venedores ofrecen títulos más viejos, incluyendo uno con un precio que no guarda correspondencia con los ácaros que anida.
Para los cuenteros del bloqueo que todo lo justifica, hasta la hiperinflación que tiene culpables, las jornadas de 2017, fueron las del odio. Cierto, las del odio. Cachicamo diciéndole a morrocoy conchudo.
(LB)
lunes, 4 de noviembre de 2019
CAZA DE CITAS
"Recordó la súbita sensación de inseguridad al notar que sus pies resbalaban, que el suelo se movía y ese ruidito ronco y amenazador que subía de las entrañas de la tierra. A su alrededor la gente seguía conversando y caminando como si nada pasara"
Mario Vargas Llosa
("Tiempos recios", Alfaguara, EE.UU., 2019: 106)
Etiquetas:
Caza de citas,
Mario Vargas LLosa,
Sismos
domingo, 3 de noviembre de 2019
AULA ABIERTA
Luis Barragán
Puede decirse, crecimos con la obra de Mario Vargas Llosa en país que, incluso, lo premió con el Internacional Rómulo Gallegos, aunque fuesen notables las diferencias políticas con el premiador, a finales de la década de los ’60 del ‘XX. Prematuramente lo leímos y, muy después, unida la vocación de nuestros profesores con el acierto del programa de bachillerato, logramos apreciar sus aportes.
Impresiona la edición simultánea de su última novela [“Tiempos recios”, Alfaguara, Estados Unidos, 2019], en veinte países, pero – aún más – que no haya siquiera librería en Venezuela capaz de exhibir uno de los 180 mil ejemplares lanzados al mercado, como no ocurría antes. Por ello, aseguramos que tenemos un atraso de tres o cuatro de sus libros, aunque la generosidad de nuestro amigo Hugo Bravo, ha permitido subvertir un poco la situación.
Valga acotar, añadido el predominio de los medios digitales para los cuales no hay divisas, la noción de edición príncipe ha pasado al olvido, cotizadas las sobrevivientes entre los más exigentes bibliófilos. Por lo demás, escasos y encarecidos, el papel y la tinta disponibles parece no alcanzar para la piratería editorial que nos azotó tiempo atrás.
Tony Raful, pesquisador del terrible Johnny Abbes García, logró punzar la curiosidad del novelista hispano en torno al derrocamiento de Jacobo Arbenz y el magnicidio de Carlos Castillo Armas, en la Guatemala de los ’50. Y, también de “escondida pujanza” [ 94], involucrado Rafael Leónidas Trujillo en los trágicos sucesos, Vargas Llosa batió muy bien el tintero para ejercer la libre escolaridad sobre un pasado tan injustamente sepultado por las nuevas hazañas del populismo discursivo.
El miedo pánico es una constante en el tejido casi reporteril de los cortos capítulos, excepto algunos más cadenciosamente extendidos, junto a la putañería o el putanaje de los protagonistas que tienen más de gánsteres que de acuciosos agentes de inteligencia. Por supuesto, la United Fruit los enhebra con sus desmanes, pues, se resistió a pagar impuestos al igual como ocurrió con las transnacionales petroleras en Venezuela, las que tuvieron que lidiar con dirigentes o funcionarios muy hábiles, así perteneciesen a la nómina del dictador de turno.
Tardíamente, queda claro que el rocambur es un juego sabatino y familiar que “nadie conoce, que ya nadie juega” [283]. Enunciado varias veces, Vargas Llosa no lo describe, siendo evidente que lo es la fatal trama urdida.
Seguramente, habrá tesistas que, ya con un motivo, indagarán sobre las pistas historiográficas y hemerográficas que desembocaron en una versión que el autor procura equilibrar entre las dos instancias a las que concurre toda pieza literaria en alzada: la versosimilitud y la ficcionalidad, la verdad de lo que fue y la que puso ser. El paisaje guatemalteco pugna por imponerse en las páginas, despuntando una rica toponimia de la que cuida el escribidor hispanoamericano, convertido en otro motivo.
Finalmente, por una parte, el formidable y precursor impacto político del llamado fake new en este lado del mundo, nos lleva al fenómeno que parió el país victorioso de la segunda guerra mundial: el macartismo rasero y militante al que le faltó opinión pública detrás de la cortina de hierro para saber de sus equivalentes. Por estos días, casualmente, le obsequiamos un libro leído añales atrás sobre el tema a un conocido dirigente político con el que hemos reñido en plena cámara, en la misma acera opositora, pues, empuñando a otro autor sobre los maniqueísmos que también hicieron a los estadounidenses, concluimos que, uno y otro ejemplar, le abren una buena puerta a la novela del latinoamericano, peruano y, a la vez, español, que celebra el idioma.
Por otra, queda pendiente indagar el impacto que, entre nosotros, tuvo la caída de Arbenz y el posterior asesinato de Castillo Armas, asegurando la novela que le dimos acogida en la embajada perezjimenista a numerosos asilados, escuchadas acá las transmisiones radiales de República Dominicana [ 216, 261], cuyo dictador pretendió invadirnos a finales de los ´40. Es más, Enrique Trinidad Oliva, director guatemalteco del Servicio de Inteligencia Militar, luego un vulgar matón al servicio de la mafia, naturalmente estuvo en Caracas [ 137, 239], seguramente documentado por el Servicio de Inteligencia Militar de las Fuerzas Armadas (SIFA), si es que quedan evidencias, antes que la Seguridad Nacional de Pedro Estrada, cuyos archivos – además - fueron destrozados.
04/11/2019:
http://www.noticierodigital.com/2019/11/luis-barragan-vargas-llosa-la-libre-escolaridad/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=139455
https://venezuela.shafaqna.com/ES/AL/2100781
https://tenemosnoticias.com/noticia/llosa-escolaridad-libre-barragn-945111/1699400
https://vozdeamerica.org/2019/11/04/luis-barragan-vargas-llosa-o-la-libre-escolaridad/
04/11/2019:
http://www.noticierodigital.com/2019/11/luis-barragan-vargas-llosa-la-libre-escolaridad/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=139455
https://venezuela.shafaqna.com/ES/AL/2100781
https://tenemosnoticias.com/noticia/llosa-escolaridad-libre-barragn-945111/1699400
https://vozdeamerica.org/2019/11/04/luis-barragan-vargas-llosa-o-la-libre-escolaridad/
LÍMITES DE UN SISTEMA POLÍTICO
Luis Barragán
A Hugo Bravo
Mario Vargas Llosa advirtió expresa y oportunamente lo que ocurriría en Venezuela y, después de veinte años de publicado el artículo, esperamos infructuosamente un debate alusivo (http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/35275-barragan-l). Al menos, ojalá lo suscite entre quienes tengan la fortuna de acceder a su última novela [“Tiempos recios”, Alfaguara, Estados Unidos, 2019], más allá de dejar constancia de la privilegiada lectura en un país evidentemente aislado.
La obra, complementaria a “La fiesta del Chivo” (2000), versa sobre las específicas circunstancias del derrocamiento de Jacobo Arbenz Guzmán y el magnicidio de Carlos Castillo Armas, en Guatemala. Además, nos ofrece pistas ciertas sobre la vocación dictatorial de Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana, contrastando con el ejercicio de Anastasio Somoza en Nicaragua, Alfredo Stroessner en Paraguay o Marcos Pérez Jiménez, en Venezuela; por cierto, acá, sólo a Cipriano Castro se le ocurrió temporalmente exportar su causa y los bolivarianos la intentan ahora por los medios más innobles
Novedoso alegato político de Vargas Llosa que rompe con la consabida e interesada victimización marxista del derrocado, Arbenz Guzmán intentó la propulsión de una democracia liberal en su país que confrontó los intereses sórdidos de la United Fruit, respaldados por el gobierno estadounidense en medio de la guerra fría. A ésta indiscutible paradoja, se une otra: quizá por la cultura política dominante, personalmente el gobernante encaró y discutió la propuesta para una reforma agraria, en sendas y duras jornadas realizadas en palacio [capítulo IX], reemplazando al parlamento u otras instancias deliberantes; e, incluso, cuando a su sucesor le tocó afrontar los requerimientos del embajador del norte, simplemente lo remitió a la espera de un fallo judicial [197]. Sin embargo, el ejercicio del poder no admite pusilanimidad alguna, por mucho que haya servido de pivote.
Todo indica como cierto que Castillo Armas no gozaba de un liderazgo mínimo en la entidad armada [103, 142], aunque pocos mandatarios latinoamericano habrá con un recibimiento tan extraordinario en Estados Unidos, como el recibido [128 s.] por el héroe macartista. El novelista, posiblemente ahorrándose el trámite de una aproximación, ilustra la inmediata atención y acogida, absolutamente imprevista, de Marta [IX], o el manejo de una agenda de actividades [193 ss.] incierta, pues, habrá una fiesta de cumpleaños que no lo tiene por invitado, acaso de características conspirativas, oculta por su propio jefe de inteligencia.
La propia amante es accedida con frecuencia por dos agentes de potencias extranjeras que sólo la inquieren por “chismografías, frivolidades, tonterías”, a cambio de poco dinero [153, 172 s.], siendo ella misma secuestrable [200]. Arbenz contaba con un mejor servicio de los órganos de inteligencia policial y militar [101], aunque insuficiente por las generalizadas intrigas y conspiraciones entre las diferentes facciones de la corporación castrense, imparables por muchas armas secretamente compradas [239, 244]: al parecer, el ámbito estrictamente doméstico lo tenía asegurado, como no ocurrió con el sucesor.
Pocos imaginarán hoy el calibre intervencionista de embajadores, como el de Estados Unidos, incapaz de guardar las mínimas formalidades, “acorazado de insensibilidad y obsesionado con su misión (…) Un maccarthista de espíritu espeso, de asimilación intelectual muy lenta”, muerto después en un accidente en Tailandia [237, 239], todo un WASP en un país bajo el racismo de mestizos. Peurifoy posiblemente no tendría cupo – hoy - en el servicio diplomático, no sólo por la complejidad que ha adquirido, añadidas sus corrientes, sino por las probadas cautelas y sutilezas que suelen esconder, por cierto, invasiones como las que sufre Venezuela, gracias a los perifoneadores de una soberanía que entregan.
Es la privilegiada esposa, María Vilanova, la que le permitió descubrir a Arbenz la dura realidad social de su país, antes raramente pensada, que intentó explicarle a un embajador de características tan limitadas [93 s., 235], Posiblemente, las propias condiciones del mandatario fueron las que proyectó a sus actos de gobierno [92], aunque es patente la inexistencia o precariedad de un liderazgo civil experimentado, probado y diestro.
Castillo Armas tampoco abrirá cauce a otro sistema político, entronizadas internamente las diferencias políticas por el artificio de una rivalidad entre su esposa y su amante, “la barragana de Palacio”, siendo informado debidamente Trujillo [145, 159, 202], balanceado el país entre el mutismo pertinaz y el anticomunismo pertinaz [96 s.]; recordemos, una vida política compleja y organizada impidió, por ejemplo, hacer de Blanca Ibáñez y Gladys Castillo de Lusinchi, los referentes políticos de los ’80 en Venezuela. No hay compromisos ni lealtades firmes, y los partidarios de unos pueden repentinamente hacerse partidarios del otro, contados por miles [122, 266].
Un elaborador de discursos, como Efraín Nájera Farfán, cundirá de palabrejas el lenguaje del poder [193, 197, 315], las que suelen atentar contra el uso de la razón y avalar la purga o quema de bibliotecas [121 ss.]. Y hasta ofrecer situaciones que abren espacio al humor corrosivo, como el que le confiere Vargas Llosa al suicidio frustrado del otrora jefe general de seguridad [207].
Las dictaduras, luego, se deslizan por la senda de la lascivia y la pedofilia, claves de la República Dominicana que dibujara Vargas Llosa, exponiendo una semejanza al lado de otras, como la de una delimitada racionalidad burocrática que explicara al régimen. Siendo el burdel el centro de información por excelencia, además de puerto para los instintos [141], también el propio testimonio de Marta marca algunos hitos [127, 185, 210 s., 220], aunque groseramente Ramfis Trujillo deba pagar antes y muy generosamente por sus conquistas [79]: renegar de la maternidad no es poca cosa.
En el reino de las histerias, la radio ocupa un importante sitial y, no por casualidad, el novelista destaca las incursiones hípicas de un asesino, como Abbes García, o a una amante en fuga, como Marta. Sin embargo, por estilizada que se diga, la política cruza las fronteras de la violencia, como la guerra misma ha de matar a civiles para acreditarse [242], en sociedades cerradas y asfixiadas.
Todavía no había caído Arbenz y hervían las pailas de la conspiración entre las diferentes facciones deseosas de reemplazarlo, así se dijera predestinado al poder Castillo Armas. En el forcejeo rápido de los acontecimientos, cayó el jefe de inteligencia militar, aspirante, a quien se le acusó de abusar de sus funciones [188], muerto después por un bombazo terrorista que hace del capítulo XXVIII otra pieza maestra, por la economía y exactitud de sus palabras.
Todo sistema político requiere de desarrollos y, aun siéndolo, por provisionales que fueren, las dictaduras deben constantemente reinventar su legitimidad, moliendo y desechando a sus siniestros carpinteros. Estos tienen un único oficio que dirá por siempre autorizarlos, pero Abbes García, lamedor de rajas y matón de vocación, no logró ni podía hacer el grado al conspirar con Ramfis Trujillo en República Dominicana, contra Balaguer, y, menos, con Max Dominique, contra Duvalier.
04/11/2019:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/35868-barragan-l
04/11/2019:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/35868-barragan-l
PEZ EN EL AGUA
Luis Barragán
Inicialmente, la última novela de Mario Vargas Llosa [“Tiempos recios”, Alfraguara, Estados Unidos, 2019], pormenoriza – entre la historia y la crónica – el caso de Jacobo Arbenz, derrocado por su propósito de liberalizar a Guatemala. Inventándolo y reinventándolo, antes que lo logren sus personajes [224], con una diestra estrategia narrativa, en los capítulos intermedios y postreros, cumple con nuestras expectativas más elementales [https://guayoyoenletras.net/2019/06/17/la-sola-expectativa], aunque esperábamos un buen dardo de innovación que sólo la madurez prodiga, por lo que debemos aguardar pacientes a otra entrega.
El propio autor la afilia a la llamada novela de las dictaduras, aunque – creemos – escapa de la militante denuncia de “Yo el supremo” de Augusto Roa Bastos (1974), la parsimoniosa tejedura de “Oficios de difuntos” de Arturo Uslar Pietri (1976), o el tallado sincrético de “El recurso del método” de Alejo Carpentier (1974), quien – por cierto - quedó congelado en el retrato heroico del estudiante, un espécimen pulverizado por el castrismo. Quizá al enunciar el retroceso hacia la tribu y el ridículo [125], o la aparición precursora del tráfico de cocaína [226 s.], va echando las bases de un género que, al superar la simple dictadura militar, lo acerca más al caso venezolano de hoy: regímenes que perfeccionan la ética de la crueldad y sus justificaciones, intentando legitimar su propia descomposición, en el que “todos nos estamos jugando la vida sólo por estar en este país” [217].
Administrando el tiempo a su antojo, compelidos a apresurar la lectura de los cortos capítulos y enhebrar los diálogos, tenemos la versión simultánea de los protagonistas que viven sus angustias y provocan o, a veces, creen provocar, las escenas. El ejercicio de una técnica tan impecable, apenas se resiente con la innecesaria y hasta inútil entrevista que, finalmente, le hace a Marta. Acotemos, magníficos recursos expresivos redondean una obra que nos coloca en el lugar mismo de los acontecimientos, como la de apestar ricamente [142], la miopía y la mirada de vaguedades [150], la de escuchar la respiración de los tres personajes reunidos en medio de las tensiones [165], la tembladura y el ataque palúdico [179], la lluvia y los balazos [184], el silencio eléctrico [248], el alunamiento [285], o el cruzar y descruzar [ 326], fungiendo de bisturíes para adentrarnos en cada vicisitud evocada.
La obra luce como un texto complementario a “La fiesta del Chivo” (2000), no tanto por la aparición de Rafael Leónidas Trujillo y el servicio que le presta Johnny Abbes García, sino por esa suerte de racionalidad burocrática que repite y trabajamos en alguna ocasión (*). Es decir, el asalto al erario público cuenta con sendas claves de bóveda reservadas a muy contadas personas, por lo que no está generalizado en resguardo de los límites que explican a un régimen también criminalmente predecible.
Marta, es una amante que dependerá exclusivamente de lo que le dispense Castillo Armas y, por pocos dólares, acepta conversar frecuentemente con el agente de la CIA que la sabe sin acceso a los grandes secretos y, además, ella no incurre siquiera en el exceso de viajar fuera del país [172, 183]; Abbes García, en momentos de emergencia, logra reunir un poco más de dos mil dólares [295], aunque el millón y tanto de dólares que tiene en una cuenta secreta en Suiza que, después, no le alcanzará [296s., 318], lo debe exclusivamente a una concesión graciosa del generalísimo Trujillo; así, se infiere, sólo la proximidad del poder los protege en la búsqueda independiente de recursos, desde la ingenua recepción de un dinerillo por Marta o la abierta actividad delictiva de Abbes García, por cuenta propia. Estas circunstancias contrastan con el latrocinio generalizado hoy de las arcas del Estado, en Venezuela, bajo las más sorprendentes modalidades, y, algo más evidente, el hedonismo del que dan cuenta las personas ahora internacionalmente sancionadas, por no citar el caso de una amante presidencial en los ’80 del ‘XX.
El capítulo extendido sobre el conflicto entre la escuela militar y los milicianos liberacionistas [XXXI], deseando una versión épica de la batalla que irremediablemente los enfrentó, o las actuaciones de los tonton macoutes [XXXII], tienta igualmente a la comparación. Milicianos, en uno y otro caso, que guardan parentesco con la actuación impune de los llamados colectivos armados, y de la lumpen-represión ejercida por la Guardia Nacional Bolivariana.
Vargas Llosa conoce muy bien a Venezuela, e, incluso, ha escenificado algunas situaciones que lo confrontaron con Chávez Frías, ridiculizándolo internacionalmente, por lo que ojalá ensaye o esboce un nuevo género novelístico que vaya más allá de las clásicas dictaduras a las que, comprensiblemente, se aferra. La relectura de “El pez en el agua” (1993), da cuenta de la deriva autoritaria de un régimen nacido democráticamente, por lo que dispone de los supuestos que le permiten explorar aún más lo que ha acontecido y acontece en nuestro país: ética de la crueldad desbordada por la sola irracionalidad burocrática y perfeccionada con la censura y la represión, lo autorizan para un despliegue narrativo que va más allá de la curiosidad.
(*) Véase “La fiesta del Chivo”, Economía Hoy, Caracas, 10 y 11/04/2000, texto reaparecido en Letralia, 21/08/2000 y en Espéculo, revista literaria de la Universidad Complutense de Madrid, 2002: https://lbarragan.blogspot.com/search?q=La+fiesta+del+chivo
11/11/2019:
http://guayoyoenletras.net/2019/11/11/anuncia-vargas-llosa-nuevo-genero-novelistico/
11/11/2019:
http://guayoyoenletras.net/2019/11/11/anuncia-vargas-llosa-nuevo-genero-novelistico/
sábado, 26 de octubre de 2019
LA PUNTA DE VARIOS HILOS
Tiempos recios
Juan José Monsant Aristimuño
El Mundo, sábado 26, octubre 2019
Termino de leer el último libro de Mario Vargas Llosa, cuyo título no me cautivó ante tan extraordinaria novela histórica, donde no solo juega con los hechos y personajes, sino con las palabras, como siempre.
Recio, lo relaciono con lo gallardo, valiente, firme, bizarro, solo que ante la duda acudo al tambaleante Diccionario de la Real Academia de la lengua española, en una de cuyas sillas se sienta nada más y nada menos que uno de los mejores escritores de nuestra lengua, el irreverente Don Arturo Pérez-Reverte, quien como la afamada escritora ya fallecida, la recia Oriana Fallaci, se inició como corresponsal de guerra en el arte de la escritura. Entonces el DRAE me aclara que entre tantas denominaciones, recio significa también violento, intenso, áspero, malgeniado.
Deduzco entonces que Vargas Llosa lo utiliza en el sentido de violento e intenso. Y no es para menos, el autor recrea los tiempos del derrocamiento de Jacobo Arbenz, presidente de Guatemala en los primeros años de la década de los años 50, acusado de comunista por la poderosa United Fruit Company.
Arbenz fue discípulo de Juan José Arévalo, y su ministro de Defensa (1944-1951), se casó con la muy bella joven salvadoreña María Cristina Vilanova, considerada una de las primeras feministas de Centroamérica por sus ideas avanzadas para la época en que le tocó actuar. A Arbenz lo señalaron de comunista por su Ley de Reforma Agraria, y exigir que la United Fruit Co., debía pagar impuestos sobre sus ganancias, al igual que toda empresa guatemalteca o estadounidense.
En ese ámbito se desarrolla la novela, plena de conspiraciones militares y hacendados, la CIA, la United Fruit Co., y la presencia del inefable Rafael Leonidas, “Chapita” Trujillo, y sus agentes y sicarios, vengando la afrenta que le hizo el coronel Castillo Armas, una vez investido de presidente, a pesar de toda la ayuda monetaria y de pertrechos que puso a su disposición para el derrocamiento de Arbenz y su aspiración presidencial. Aún se afirma que Trujillo tuvo que ver en el asesinato de Carlos Castillo Armas, en 1957 en el mismo palacio presidencial. Por supuesto no falta la presencia de la amante, y sus particulares manipulaciones, quien al caer Castillo Armas, se refugia en El Salvador y de allí a la República Dominicana, de donde tuvo que salir a la muerte de Trujillo (actualmente a sus 84 años vive a las afueras de Washington).
Hoy en día, tal como se presentan los acontecimientos en nuestro continente, no estamos lejos de recrear aquellos años azarosos, donde se diluye la verdad con la fantasía y el poder fáctico con los valores humanos. Hay factores más poderosos que los que convergieron en Guatemala: el narcotráfico, el lavado de dinero, el terrorismo internacional; no se trata de comunistas, capitalistas, socialdemócratas, socialcristianos, liberales o conservadores. Es el poder, lo que representa y conlleva.
El caso Venezuela es sintomático, se declararon socialistas y terminaron en una tiranía castrista, antioccidental, protectora del terrorismo del Medio Oriente, enemiga de la democracia, y aliados y socios del narcotráfico, minerales, personas y lavado de dinero.
Luego de un breve paréntesis, donde parecía que el modelo se venía abajo, observamos que hay un reagrupamiento del crimen organizado disfrazado de populismo, ante el vacío dejado por la timidez, comodidad, intereses o cobardía, de quienes se llaman demócratas a nivel individual o de países. Dejaron pasar, dejaron hacer.
Perú, Ecuador, Chile, Colombia, el Grupo de Lima y el propio Estados Unidos, han comenzado a sufrir las consecuencias de su pusilanimidad e inactividad canallesca.
El Salvador debe estar muy alerta, irán tras de él, porque fueron poder y lo perdieron; el país es emblemático, por la guerra de los 80, y porque fueron gobierno. De modo la inteligencia debe estar alerta, quienes entran y quienes salen. No dejarán pasar un modelo que presagia estabilidad.
Breve nota LB: Afortunadamente, el autor nos envió el texto.
"Después de 'La fiesta del Chivo', ¿tiene sentido 'Tiempos recios'?"
Andrés Amorós .
"Después de La fiesta del Chivo, ¿es un acierto volver ahora al mismo escenario?", se pregunta Federico Jiménez Losantos refiriéndose a Tiempos recios (Alfaguara), la última novela de Mario Vargas Llosa. Para responderle se encuentra a su lado Andrés Amorós, que ha traído desmenuzado a Es la mañana de esRadio, precisamente, ese "ensayo político, más que novela", que parece el libro.
"Se trata de una biografía y una reivindicación del presidente de Guatemala Jacobo Árbenz", explica el crítico. Su historia política comenzó en 1944, cuando, después de la Revolución que terminó con la destitución de Federico Ponce Vaides, él ejerció de ministro de Defensa en el gobierno de Juan José Arévalo. Al terminar dicha legislatura, en 1950 ganó las elecciones, y ostentó el cargo de presidente del país hasta 1954, año en el que una nueva revolución acabó con él. Sus profundas reformas sociales, en concreto la Reforma Agraria, que pretendía terminar con las desigualdades y aportar oportunidades a los indígenas pobres —que constituían el 70 por ciento de la población guatemalteca—, sirvieron para hacerle pasar por comunista a ojos de Estados Unidos, y terminaron costándole el puesto.
"Pero Vargas Llosa se empeña en explicar por activa y por pasiva que Árbenz no era comunista". La tesis del libro, según explica Amorós, viene a decir que fue Estados Unidos, y más en concreto la CIA, espoleada por la archiconocida United Fruit, la que presentó al presidente falsamente como comunista. "El libro es un análisis del poder terrible que tiene la propaganda y cómo la manipulación de la verdad puede terminar provocando acontecimientos gravísimos".
"Sin embargo", apunta Amorós, "lo curioso es que siendo una reivindicación del presidente depuesto, éste aparece bastante poco en la novela". El protagonismo está repartido entre varios personajes, y ninguno de ellos representa al héroe. "El único, en todo caso, sería el propio destino trágico de Árbenz, que ingenuo, bienintencionado, se equivoca al querer implantar una democracia al estilo estadounidense en Guatemala". Al final, el centro de la trama terminan siendo los villanos: "Por un lado el director general de Seguridad guatemalteco Enrique Trinidad Oliva, y por otro el dominicano Abbes García, además de la ambiciosísima Martita".
"Se trata de una novela sólida, interesante, aunque tampoco genial. Los mejores pasajes son en los que vuelve a aparecer Trujillo, con su familia", resume el crítico. Como puntos fuertes, el estilo de Vargas Llosa, "que nunca deja frases bonitas. Es un narrador eficaz", y "una especie de juego metaliterario al final de la novela, cuando el narrador se entrevista con un personaje". También el mensaje final del libro: "La idea de que esta historia, provocada por la mentira de las fake news, terminó cambiando el destino de todo el continente hispanoamericano, ya que produjo una oleada de rechazo al capitalismo y a Estados Unidos que empujó a muchos de esos países al otro bando de la Guerra Fría". Como punto menos fuerte, "la falta de sorpresa. No es una novela sorprendente. Es sólida, sí, pero no mucho más".
Fuente:
https://www.libertaddigital.com/cultura/2019-10-15/andres-amoros-mario-vargas-llosa-tiempos-recios-la-fiesta-del-chivo-guatemala-arbenz-castillo-armas-trujillo-1276646299/
EL LIBRO DE LA SEMANA
Crítica de 'Tiempos recios': no es país para viejas
Mario Vargas Llosa parece haber acuñado la fórmula perfecta de narrar la corrupción
Ricardo Baixeras
En esta novela de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) está el escribidor que sostiene una endiablada historia política con los tintes cruentos de la verdad de las mentiras o, como quería Daniel Sada, con aquello de que porque parece mentira la verdad nunca se sabe: "¿Era la historia esa fantástica tergiversación de la realidad?¿La conversión en mito y ficción de los hechos reales y concretos? […] ¿Un amasijo de mentiras convertidas en gigantescas conspiraciones de los poderosos?" A cada cual lo suyo, pero para el Nobel peruano sigue valiendo, y mucho, escribir bajo el yugo de una técnica en forma de cruce de voces, un montaje de diálogos cabalmente ensamblados y una estructura contrapuntística sosteniendo una catedral de documentación que le permite asediar el mundo como si de un feudo de malhechores se tratara. Dos palabras fáciles de decir pero harto complejas de llevar al mundo de la ficción: discontinuidad y simultaneidad. Súmenle a esa pareja faulkneriana el impagable toque a lo flaubertiano que en Vargas Llosa significa esto: ¿cómo cabe dibujar un mapa de las debilidades humanas?
En 'La fiesta del Chivo', el general en su laberinto era Trujillo y su República Dominicana. En 'Conversación en La Catedral' le tocó la corrupción moral y la represión política que vivió Perú bajo la dictadura del general Manuel A. Odría. Ahora la mirada de Vargas Llosa se dirige con fruición al golpe militar que Carlos Castillo Armas consumó contra el gobierno legítimo de Jacobo Árbenz en Guatemala.
Contar la corrupción
Y sí. No sólo el lector danza con el narrador en un baile de máscaras nada veneciano y sucumbe al laberinto de la maldad. Los personajes también. Porque son víctimas de una maraña de conspiraciones y contra conspiraciones. Porque están dibujados con la pluma certera de quien parece haber inventado el modo en que debe contarse la corrupción, que todo lo asola. Y porque aquí la música es violenta y no hay lugar para la ternura que no tiene cabida en una historia que mira cara a cara las vidas violentamente sanguinarias de un país que es todos los países latinoamericanos. De aquellos barros, estos lodos.
No hay esperanza para Carlos Castillo Armas, el "caballero exquisito y delicado", ni para el coronel dominicano Johnny Abbes García, "jefe de la Seguridad del Generalísimo Trujillo, asesino, torturador y encargado de varios asesinatos e intentos de crímenes en el extranjero" y que supuestamente prueba de su propia medicina cuando encuentra la muerte cara a cara en Haití de manos de "los tontonmacoutes de Papa Doc". Tal vez solo queden anhelos para un personaje que sobrevive a todo y a todos, incluido un narrador que tal vez les suene, un tal Mario, con quien dialoga en un epílogo que ni cierra el libro ni contiene más verdad -ni más mentira- que cualquier otra sección de esta novela: una vieja Marta Borrero Parra, "la antigua Miss Guatemala (que nunca lo fue)" y a la que ya no le queda país en el que vivir.
Fuente:
https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20191018/critica-tiempos-recios-mario-vargas-llosa-7689013
Tiempos recios”: nuestra crítica al libro de Mario Vargas Llosa
José Carlos Yrigoyen reseña la esperada obra del premio Nobel de Literatura peruano
Las expoliaciones y abusos de la United Fruit, tenebrosa multinacional estadounidense que durante décadas manejó a su antojo la política y la economía de los países de Centroamérica y el Caribe, han sido sobradamente abordados en la literatura latinoamericana. Basta recordar el episodio de la masacre de las bananeras en “Cien años de soledad” o los horrores de “Los ojos de los enterrados” de Miguel Ángel Asturias. Pero a diferencia de esas novelas, “Tiempos recios”, la más reciente entrega de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936), no emprende esta historia desde la perspectiva popular, sino a través de los decisivos espacios del poder. Se ocupa de los pormenores secretos y públicos del golpe de Estado que la CIA auspició contra el régimen progresista de Jacobo Árbenz en Guatemala y las intrigas internacionales que este hecho ocasionó en el desarrollo de la Guerra Fría y en diversas vidas particulares.
Alternando con apabullante maestría la crónica política con la ficción, Vargas Llosa reconstruye el germen de este complot situándonos en el centro de las altas esferas donde se planificó y se combatió. Opción difícil, que es acometida con brío. No hay aquí rastro de artificiosidad ni maniqueísmo: a diferencia de otros intentos similares, en este libro las palabras y motivaciones de los militares, empresarios y mandatarios nunca escapan de los terrenos de la verosimilitud. Ello permite redondear actores complejos y efervescentes en sus contradicciones y deseos como es el caso de Árbenz, hombre principista acosado por el alcoholismo y sus ultramontanos enemigos.
Las conexiones que “Tiempos recios” mantiene con “La fiesta del Chivo” son notorias y profundas. Trujillo regresa, abominable, flamígero y todopoderoso; en sus sorpresivas apariciones se reafirma como uno de los más impresionantes personajes que ha modelado Vargas Llosa en toda su obra. También vuelve Johnny Abbes García, jefe de inteligencia del dictador dominicano, quien tiene un papel determinante en esta historia: su personalidad se puebla de nuevas aristas y fisuras, cobrando un inesperado espesor dramático en los capítulos finales. Y así como le ocurre a Urania Cabral, protagonista de “La fiesta del Chivo”, la indomable Marta Borrero –el otro personaje de peso de este libro– cae en un atroz remolino de sexo, política y violencia del que no podrá salir indemne.
Pero hay, además, muchas otras referencias y reverberaciones de distintas novelas de Vargas Llosa, quizá más veladas, pero no por eso menos llamativas. Carlos Castillo Armas, el tirano fantoche apoyado por los norteamericanos, contrahecho y mediocre, apodado por sus enemigos como Cara de Hacha o Míster Caca, recuerda al siniestro Cayo Mierda de “Conversación en La Catedral”, otro militar insignificante a quien se le encarga la represión de los disidentes y otros trabajos sucios. El último capítulo, en el que el autor encuentra a la Marta Borrero real y la entrevista para enterarse de lo que ha debido fantasear a lo largo del libro, remite a la conclusión de “Historia de Mayta”, un magistral juego de espejos entre realidad e invención que expone al modelo vivo del protagonista y la dura derrota de sus dogmáticas convicciones. El tenso intercambio, repleto de evasivas y silencios, insufla a la novela una ambigüedad densa e insondable que no despista al lector, sino que lo adhiere a la hechizante ambivalencia de las ficciones que tienen un pie puesto en la verdad histórica.
Y si “Historia de Mayta” podía leerse como una feroz crítica a la izquierda revolucionaria, “Tiempos recios” resulta una lúcida requisitoria contra lo que Vargas Llosa ha llamado la derecha iliberal, pero también una autocrítica desde el liberalismo: se señala la inconsecuencia de los medios de prensa norteamericanos que ayudaron a derribar el gobierno de Árbenz y colaboraron así para que la alternativa democrática fuera durante décadas inalcanzable en América Latina. Literariamente notable y alejada de estereotipos ideológicos, “Tiempos recios” es la mejor novela de Mario Vargas Llosa desde “La fiesta del Chivo” y prueba irrebatible de su vigencia, aunque algunos detractores se empeñen en afirmar lo contrario.
Fuente:
https://elcomercio.pe/luces/libros/tiempos-recios-nuestra-critica-al-libro-de-mario-vargas-llosa-noticia/
Piedad en tiempos recios
Mario Vargas Llosa construye una novela hermosa y turbadora que trata de la maldad y quisiera conjurarla
José-Carlos Mainer
Tiempos recios —un título que el autor debe a Teresa de Jesús— se divide en dos partes de tamaño muy desigual: la primera, ‘Antes’, contiene todas las historias, reales o imaginarias, que conforman esta novela fascinante, casi hipnótica; la segunda, ‘Después’, cuenta que uno de los personajes que parecía de ficción pertenece al reino de lo real… Tan real como lo es el arranque de la novela en forma de un ameno ensayo de historia política: el encuentro de los judíos emigrados a Estados Unidos —el creador de la empresa United Fruit y el inventor de las public relations—, que fue la causa primera de que en 1954 el Gobierno de Estados Unidos acabara con la presidencia progresista de Jacobo Árbenz en Guatemala. Y de que, no mucho después, se eliminara turbiamente al mismo incauto coronel Castillo Armas que derrocó a Árbenz… Puede que, de añadidura, Vargas Llosa tenga bastante razón al pensar que aquel error chapucero y sangriento —al que contribuyeron dictadores tan impresentables como Somoza, de Nicaragua, y Trujillo, de la República Dominicana, además del arzobispo guatemalteco Mariano Rossell y Arellano— llevara a buena parte de la juventud rebelde americana de 1954 a las filas de la ortodoxia comunista y a la protección de la Unión Soviética (conviene recordar que el anticomunismo ha sido una más de las perversiones políticas del siglo XX y lleva camino de seguir siéndolo…).
No fue un mundo fácil el que surgió de la victoria de 1945 y de la casi inmediata caída del telón de acero. En Haití gobernaba Duvalier, Papa Doc; en Cuba, Fulgencio Batista; en Venezuela, Marcos Pérez Jiménez; en Colombia, Gustavo Rojas Pinilla; en Perú, Manuel Odría. Y era embajador de Estados Unidos en Guatemala el mismo “carnicero de Grecia” que decidió la guerra civil helena… Mario Vargas Llosa empezó a contar esa historia de fraudes y dictaduras en la ya lejana pero inolvidable novela Conversación en La Catedral, que estigmatizó los tiempos de Odría; ensayó luego el relato histórico múltiple, tocado de fantasía, en La guerra del fin del mundo, y volvió a la mezcla de novela política y ficción en La Fiesta del Chivo, retrato de la dictadura de Trujillo. Casi 20 años después, el lector de Tiempos recios reconocerá algunos hechos y personajes de esta. Pero la maestría del autor es mayor, si cabe, que entonces y la novela es un prodigioso mecanismo que invita al lector a dejarse llevar entre la suspensión y el destino, tal como la historia nos lleva a todos, hacedores, testigos o víctimas. El relato es una suerte de historia deconstruida, donde una breve escena, casi un flash, que puede pasar inadvertida —la muerte de Castillo Armas— se desarrolla más ampliamente páginas después. La sosegada plática de un chófer cubano y un atrabiliario funcionario dominicano se va intensificando y explicitando hasta llevar a sus personajes al núcleo central de la acción. En un capítulo como el VII se superpone —en una vertiginosa catarata— toda la relación personal de Castillo Armas con el dictador Trujillo, desde los preparativos de la sublevación a las consecuencias de su éxito. Y una turbia historia de amor y traición en el seno de la alta burguesía guatemalteca —que parece una leyenda de 1900, al modo modernista— alumbra al cabo uno de los personajes más sugestivos del libro: Martita Borrero, la que nunca fue miss Guatemala…
La trama invita al lector a dejarse llevar entre la suspensión y el destino, tal como la historia nos lleva a todos, hacedores, testigos o víctimas
La alternancia de velocidad, suspensión y destino es uno de los poderes del narrador y pocos lo utilizan con la endiablada sabiduría de Mario Vargas Llosa. Pero también la piedad con sus personajes es otra de las potestades que ejercita… Al lector de Tiempos recios no le pasará inadvertida la entereza de Jacobo Árbenz, el militar inseguro de sí que no quiso armar unas milicias populares que se opusieran al atrabiliario ejército “liberacionista” y que prefirió renunciar a la presidencia, cuando recibió el ultimátum de sus colegas. Pero también su enemigo Carlos Castillo Armas, a quien llaman Caca y Cara de Hacha, feo, irascible y lleno de complejos, comparte algo de la debilidad de su rival, y fracasa y muere por manos de quienes creía los suyos. Y está enamorado de una mujer que lo utiliza.
Piedad en tiempos recios
La misma comprensión se aplica a todos, aunque se complazca en los aspectos más chuscos y pintorescos. La vida de Martita —amante de Castillo Armas y luego de Johnny Abbes; después, propagandista radiofónica del dictador y perseguida política— debe más al humor que a la aversión. E incluso la peripecia de Abbes, el más siniestro de todos, se presenta bajo especies cómicas: su fealdad, su vestimenta absurda, su cursilería, sus vicios soeces. Ni siquiera su final —masacrado por los tontons macoutes haitianos— deja de tener un eco farsesco… porque, al cabo, a lo mejor todo ha sido mentira (parece que su muerte “real” —o su última escapatoria— se produjo en la voladura de su casa por la policía de Papa Doc).
Pero prefiero quedarme con las páginas más conmovedoras que son aquellas donde Arturo Borrero, el padre de Martita, a punto de morir de un cáncer, se reconcilia con Efrén García Ardiles, quien fue su amigo, es el padre de su nieto y también el objeto del odio de toda su vida. Esa plática postrera es como el corazón desvalido, incrédulo pero compasivo, de esta novela hermosa y turbadora que trata de la maldad y quisiera conjurarla.
Fuente:
https://elpais.com/cultura/2019/10/08/babelia/1570528763_223994.html
De la sola expectativa
Luis Barragan el día
Numerosos pueden ser los autores de moda, pero escasos los de culto. Menor aún el número de aquellos que medio siglo o más, después, se les lee con avidez fuera del ámbito académico que los preserva.
“Tiempos recios” es la nueva novela anunciada para finales de año, por Mario Vargas Llosa. Versa – se dice – sobre la Guatemala de Árbenz, injustamente depuesto con el concurso decisivo de la CIA.
El escritor ya hundió el bisturí sobre la remota época, sin complejo alguno. El acontecimiento, predilecto de los propagandistas de ocasión, emblematiza las condiciones y consecuencias de la llamada Guerra Fría en este lado del mundo, aunque tardíamente se supo de lo acaecido en el otro.
Debemos esperar unos meses más para conocer la versión del gran narrador peruano, o quizá años de continuar la dictadura venezolana que también nos empobreció editorialmente. Empero, la sola expectativa que levanta el anuncio autorizará cualesquiera textos, conjeturas y apuestas que nos cundirán de otros bytes.
Quien sepa del estilo, ingeniería narrativa e inspiración de Vargas Llosa, e, incluso,el que lo haya decodificado como él mismo hizo con William Faulkner, al iniciarse con la pluma, intentará adivinar la versión definitiva, entre varias de los tiempos de profundidad o puerilidad del autor. Todos coincidirán en el acucioso tratamiento histórico del tema, discrepando sobre una solución que no arriesgará comercialmente una marca tan exitosa: por ello, entre amigos, la breve encuesta concluye que estará más cerca de “La fiesta del chivo”, novela propicia para sus reflexiones políticas, sentido tan cercano el ejercicio que impone sus artículos de opinión, que de una aventura, experimento o “boutade” que, en lo personal, más nos atrae, así lleve algunos años digerirlo y reivindicarlo.
La literatura está hecha para la ruptura, faltando poco, así no la deseen quienes la hacen. Convengamos, el talento es un dato indispensable.
En definitiva, bien escaso, el acreditado intelectual no requiere tampoco de una extraordinaria maquinaria publicitaria para asegurar el éxito de la edición. Ya habrá el apasionado seguidor de don Mario, capaz de escudriñar el tema en toda su obra y, además, el obcecado adversario, blindado por un marco teórico por ahora ocioso, esperando la aparición de “Tiempos recios” para devorarlo y, a los días, despachar el ensayo correspondiente.
06/06/2019:
http://guayoyoenletras.net/2019/06/17/la-sola-expectativa/
Cfr.
Ángel de SanMartín Tudela: "La escritura de Mario Vargas LLosa, heredera de las vanguardias: https://www.tdx.cat/bitstream/handle/10803/285527/ADSMT_TESIS.pdf?sequence=1&isAllowed=y
Opinión de Andrés Amorós: https://www.youtube.com/watch?reload=9&v=_oyqwbPAjgY
Presentación del libro: https://www.youtube.com/watch?v=6rYabLivBjo&t=2489s
Entrevista de Rosa María Palacios: https://www.youtube.com/watch?v=MKuUNzYrFE4
Imágenes: Excepto la portada del libro, capturas de pantalla de la presentación y de la entrevista.
Juan José Monsant Aristimuño
El Mundo, sábado 26, octubre 2019
Termino de leer el último libro de Mario Vargas Llosa, cuyo título no me cautivó ante tan extraordinaria novela histórica, donde no solo juega con los hechos y personajes, sino con las palabras, como siempre.
Recio, lo relaciono con lo gallardo, valiente, firme, bizarro, solo que ante la duda acudo al tambaleante Diccionario de la Real Academia de la lengua española, en una de cuyas sillas se sienta nada más y nada menos que uno de los mejores escritores de nuestra lengua, el irreverente Don Arturo Pérez-Reverte, quien como la afamada escritora ya fallecida, la recia Oriana Fallaci, se inició como corresponsal de guerra en el arte de la escritura. Entonces el DRAE me aclara que entre tantas denominaciones, recio significa también violento, intenso, áspero, malgeniado.
Deduzco entonces que Vargas Llosa lo utiliza en el sentido de violento e intenso. Y no es para menos, el autor recrea los tiempos del derrocamiento de Jacobo Arbenz, presidente de Guatemala en los primeros años de la década de los años 50, acusado de comunista por la poderosa United Fruit Company.
Arbenz fue discípulo de Juan José Arévalo, y su ministro de Defensa (1944-1951), se casó con la muy bella joven salvadoreña María Cristina Vilanova, considerada una de las primeras feministas de Centroamérica por sus ideas avanzadas para la época en que le tocó actuar. A Arbenz lo señalaron de comunista por su Ley de Reforma Agraria, y exigir que la United Fruit Co., debía pagar impuestos sobre sus ganancias, al igual que toda empresa guatemalteca o estadounidense.
En ese ámbito se desarrolla la novela, plena de conspiraciones militares y hacendados, la CIA, la United Fruit Co., y la presencia del inefable Rafael Leonidas, “Chapita” Trujillo, y sus agentes y sicarios, vengando la afrenta que le hizo el coronel Castillo Armas, una vez investido de presidente, a pesar de toda la ayuda monetaria y de pertrechos que puso a su disposición para el derrocamiento de Arbenz y su aspiración presidencial. Aún se afirma que Trujillo tuvo que ver en el asesinato de Carlos Castillo Armas, en 1957 en el mismo palacio presidencial. Por supuesto no falta la presencia de la amante, y sus particulares manipulaciones, quien al caer Castillo Armas, se refugia en El Salvador y de allí a la República Dominicana, de donde tuvo que salir a la muerte de Trujillo (actualmente a sus 84 años vive a las afueras de Washington).
Hoy en día, tal como se presentan los acontecimientos en nuestro continente, no estamos lejos de recrear aquellos años azarosos, donde se diluye la verdad con la fantasía y el poder fáctico con los valores humanos. Hay factores más poderosos que los que convergieron en Guatemala: el narcotráfico, el lavado de dinero, el terrorismo internacional; no se trata de comunistas, capitalistas, socialdemócratas, socialcristianos, liberales o conservadores. Es el poder, lo que representa y conlleva.
El caso Venezuela es sintomático, se declararon socialistas y terminaron en una tiranía castrista, antioccidental, protectora del terrorismo del Medio Oriente, enemiga de la democracia, y aliados y socios del narcotráfico, minerales, personas y lavado de dinero.
Luego de un breve paréntesis, donde parecía que el modelo se venía abajo, observamos que hay un reagrupamiento del crimen organizado disfrazado de populismo, ante el vacío dejado por la timidez, comodidad, intereses o cobardía, de quienes se llaman demócratas a nivel individual o de países. Dejaron pasar, dejaron hacer.
Perú, Ecuador, Chile, Colombia, el Grupo de Lima y el propio Estados Unidos, han comenzado a sufrir las consecuencias de su pusilanimidad e inactividad canallesca.
El Salvador debe estar muy alerta, irán tras de él, porque fueron poder y lo perdieron; el país es emblemático, por la guerra de los 80, y porque fueron gobierno. De modo la inteligencia debe estar alerta, quienes entran y quienes salen. No dejarán pasar un modelo que presagia estabilidad.
Breve nota LB: Afortunadamente, el autor nos envió el texto.
"Después de 'La fiesta del Chivo', ¿tiene sentido 'Tiempos recios'?"
Andrés Amorós .
"Después de La fiesta del Chivo, ¿es un acierto volver ahora al mismo escenario?", se pregunta Federico Jiménez Losantos refiriéndose a Tiempos recios (Alfaguara), la última novela de Mario Vargas Llosa. Para responderle se encuentra a su lado Andrés Amorós, que ha traído desmenuzado a Es la mañana de esRadio, precisamente, ese "ensayo político, más que novela", que parece el libro.
"Se trata de una biografía y una reivindicación del presidente de Guatemala Jacobo Árbenz", explica el crítico. Su historia política comenzó en 1944, cuando, después de la Revolución que terminó con la destitución de Federico Ponce Vaides, él ejerció de ministro de Defensa en el gobierno de Juan José Arévalo. Al terminar dicha legislatura, en 1950 ganó las elecciones, y ostentó el cargo de presidente del país hasta 1954, año en el que una nueva revolución acabó con él. Sus profundas reformas sociales, en concreto la Reforma Agraria, que pretendía terminar con las desigualdades y aportar oportunidades a los indígenas pobres —que constituían el 70 por ciento de la población guatemalteca—, sirvieron para hacerle pasar por comunista a ojos de Estados Unidos, y terminaron costándole el puesto.
"Pero Vargas Llosa se empeña en explicar por activa y por pasiva que Árbenz no era comunista". La tesis del libro, según explica Amorós, viene a decir que fue Estados Unidos, y más en concreto la CIA, espoleada por la archiconocida United Fruit, la que presentó al presidente falsamente como comunista. "El libro es un análisis del poder terrible que tiene la propaganda y cómo la manipulación de la verdad puede terminar provocando acontecimientos gravísimos".
"Sin embargo", apunta Amorós, "lo curioso es que siendo una reivindicación del presidente depuesto, éste aparece bastante poco en la novela". El protagonismo está repartido entre varios personajes, y ninguno de ellos representa al héroe. "El único, en todo caso, sería el propio destino trágico de Árbenz, que ingenuo, bienintencionado, se equivoca al querer implantar una democracia al estilo estadounidense en Guatemala". Al final, el centro de la trama terminan siendo los villanos: "Por un lado el director general de Seguridad guatemalteco Enrique Trinidad Oliva, y por otro el dominicano Abbes García, además de la ambiciosísima Martita".
"Se trata de una novela sólida, interesante, aunque tampoco genial. Los mejores pasajes son en los que vuelve a aparecer Trujillo, con su familia", resume el crítico. Como puntos fuertes, el estilo de Vargas Llosa, "que nunca deja frases bonitas. Es un narrador eficaz", y "una especie de juego metaliterario al final de la novela, cuando el narrador se entrevista con un personaje". También el mensaje final del libro: "La idea de que esta historia, provocada por la mentira de las fake news, terminó cambiando el destino de todo el continente hispanoamericano, ya que produjo una oleada de rechazo al capitalismo y a Estados Unidos que empujó a muchos de esos países al otro bando de la Guerra Fría". Como punto menos fuerte, "la falta de sorpresa. No es una novela sorprendente. Es sólida, sí, pero no mucho más".
Fuente:
https://www.libertaddigital.com/cultura/2019-10-15/andres-amoros-mario-vargas-llosa-tiempos-recios-la-fiesta-del-chivo-guatemala-arbenz-castillo-armas-trujillo-1276646299/
EL LIBRO DE LA SEMANA
Crítica de 'Tiempos recios': no es país para viejas
Mario Vargas Llosa parece haber acuñado la fórmula perfecta de narrar la corrupción
Ricardo Baixeras
En esta novela de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) está el escribidor que sostiene una endiablada historia política con los tintes cruentos de la verdad de las mentiras o, como quería Daniel Sada, con aquello de que porque parece mentira la verdad nunca se sabe: "¿Era la historia esa fantástica tergiversación de la realidad?¿La conversión en mito y ficción de los hechos reales y concretos? […] ¿Un amasijo de mentiras convertidas en gigantescas conspiraciones de los poderosos?" A cada cual lo suyo, pero para el Nobel peruano sigue valiendo, y mucho, escribir bajo el yugo de una técnica en forma de cruce de voces, un montaje de diálogos cabalmente ensamblados y una estructura contrapuntística sosteniendo una catedral de documentación que le permite asediar el mundo como si de un feudo de malhechores se tratara. Dos palabras fáciles de decir pero harto complejas de llevar al mundo de la ficción: discontinuidad y simultaneidad. Súmenle a esa pareja faulkneriana el impagable toque a lo flaubertiano que en Vargas Llosa significa esto: ¿cómo cabe dibujar un mapa de las debilidades humanas?
En 'La fiesta del Chivo', el general en su laberinto era Trujillo y su República Dominicana. En 'Conversación en La Catedral' le tocó la corrupción moral y la represión política que vivió Perú bajo la dictadura del general Manuel A. Odría. Ahora la mirada de Vargas Llosa se dirige con fruición al golpe militar que Carlos Castillo Armas consumó contra el gobierno legítimo de Jacobo Árbenz en Guatemala.
Contar la corrupción
Y sí. No sólo el lector danza con el narrador en un baile de máscaras nada veneciano y sucumbe al laberinto de la maldad. Los personajes también. Porque son víctimas de una maraña de conspiraciones y contra conspiraciones. Porque están dibujados con la pluma certera de quien parece haber inventado el modo en que debe contarse la corrupción, que todo lo asola. Y porque aquí la música es violenta y no hay lugar para la ternura que no tiene cabida en una historia que mira cara a cara las vidas violentamente sanguinarias de un país que es todos los países latinoamericanos. De aquellos barros, estos lodos.
No hay esperanza para Carlos Castillo Armas, el "caballero exquisito y delicado", ni para el coronel dominicano Johnny Abbes García, "jefe de la Seguridad del Generalísimo Trujillo, asesino, torturador y encargado de varios asesinatos e intentos de crímenes en el extranjero" y que supuestamente prueba de su propia medicina cuando encuentra la muerte cara a cara en Haití de manos de "los tontonmacoutes de Papa Doc". Tal vez solo queden anhelos para un personaje que sobrevive a todo y a todos, incluido un narrador que tal vez les suene, un tal Mario, con quien dialoga en un epílogo que ni cierra el libro ni contiene más verdad -ni más mentira- que cualquier otra sección de esta novela: una vieja Marta Borrero Parra, "la antigua Miss Guatemala (que nunca lo fue)" y a la que ya no le queda país en el que vivir.
Fuente:
https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20191018/critica-tiempos-recios-mario-vargas-llosa-7689013
Tiempos recios”: nuestra crítica al libro de Mario Vargas Llosa
José Carlos Yrigoyen reseña la esperada obra del premio Nobel de Literatura peruano
Las expoliaciones y abusos de la United Fruit, tenebrosa multinacional estadounidense que durante décadas manejó a su antojo la política y la economía de los países de Centroamérica y el Caribe, han sido sobradamente abordados en la literatura latinoamericana. Basta recordar el episodio de la masacre de las bananeras en “Cien años de soledad” o los horrores de “Los ojos de los enterrados” de Miguel Ángel Asturias. Pero a diferencia de esas novelas, “Tiempos recios”, la más reciente entrega de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936), no emprende esta historia desde la perspectiva popular, sino a través de los decisivos espacios del poder. Se ocupa de los pormenores secretos y públicos del golpe de Estado que la CIA auspició contra el régimen progresista de Jacobo Árbenz en Guatemala y las intrigas internacionales que este hecho ocasionó en el desarrollo de la Guerra Fría y en diversas vidas particulares.
Alternando con apabullante maestría la crónica política con la ficción, Vargas Llosa reconstruye el germen de este complot situándonos en el centro de las altas esferas donde se planificó y se combatió. Opción difícil, que es acometida con brío. No hay aquí rastro de artificiosidad ni maniqueísmo: a diferencia de otros intentos similares, en este libro las palabras y motivaciones de los militares, empresarios y mandatarios nunca escapan de los terrenos de la verosimilitud. Ello permite redondear actores complejos y efervescentes en sus contradicciones y deseos como es el caso de Árbenz, hombre principista acosado por el alcoholismo y sus ultramontanos enemigos.
Las conexiones que “Tiempos recios” mantiene con “La fiesta del Chivo” son notorias y profundas. Trujillo regresa, abominable, flamígero y todopoderoso; en sus sorpresivas apariciones se reafirma como uno de los más impresionantes personajes que ha modelado Vargas Llosa en toda su obra. También vuelve Johnny Abbes García, jefe de inteligencia del dictador dominicano, quien tiene un papel determinante en esta historia: su personalidad se puebla de nuevas aristas y fisuras, cobrando un inesperado espesor dramático en los capítulos finales. Y así como le ocurre a Urania Cabral, protagonista de “La fiesta del Chivo”, la indomable Marta Borrero –el otro personaje de peso de este libro– cae en un atroz remolino de sexo, política y violencia del que no podrá salir indemne.
Y si “Historia de Mayta” podía leerse como una feroz crítica a la izquierda revolucionaria, “Tiempos recios” resulta una lúcida requisitoria contra lo que Vargas Llosa ha llamado la derecha iliberal, pero también una autocrítica desde el liberalismo: se señala la inconsecuencia de los medios de prensa norteamericanos que ayudaron a derribar el gobierno de Árbenz y colaboraron así para que la alternativa democrática fuera durante décadas inalcanzable en América Latina. Literariamente notable y alejada de estereotipos ideológicos, “Tiempos recios” es la mejor novela de Mario Vargas Llosa desde “La fiesta del Chivo” y prueba irrebatible de su vigencia, aunque algunos detractores se empeñen en afirmar lo contrario.
Fuente:
https://elcomercio.pe/luces/libros/tiempos-recios-nuestra-critica-al-libro-de-mario-vargas-llosa-noticia/
Piedad en tiempos recios
Mario Vargas Llosa construye una novela hermosa y turbadora que trata de la maldad y quisiera conjurarla
José-Carlos Mainer
Tiempos recios —un título que el autor debe a Teresa de Jesús— se divide en dos partes de tamaño muy desigual: la primera, ‘Antes’, contiene todas las historias, reales o imaginarias, que conforman esta novela fascinante, casi hipnótica; la segunda, ‘Después’, cuenta que uno de los personajes que parecía de ficción pertenece al reino de lo real… Tan real como lo es el arranque de la novela en forma de un ameno ensayo de historia política: el encuentro de los judíos emigrados a Estados Unidos —el creador de la empresa United Fruit y el inventor de las public relations—, que fue la causa primera de que en 1954 el Gobierno de Estados Unidos acabara con la presidencia progresista de Jacobo Árbenz en Guatemala. Y de que, no mucho después, se eliminara turbiamente al mismo incauto coronel Castillo Armas que derrocó a Árbenz… Puede que, de añadidura, Vargas Llosa tenga bastante razón al pensar que aquel error chapucero y sangriento —al que contribuyeron dictadores tan impresentables como Somoza, de Nicaragua, y Trujillo, de la República Dominicana, además del arzobispo guatemalteco Mariano Rossell y Arellano— llevara a buena parte de la juventud rebelde americana de 1954 a las filas de la ortodoxia comunista y a la protección de la Unión Soviética (conviene recordar que el anticomunismo ha sido una más de las perversiones políticas del siglo XX y lleva camino de seguir siéndolo…).
No fue un mundo fácil el que surgió de la victoria de 1945 y de la casi inmediata caída del telón de acero. En Haití gobernaba Duvalier, Papa Doc; en Cuba, Fulgencio Batista; en Venezuela, Marcos Pérez Jiménez; en Colombia, Gustavo Rojas Pinilla; en Perú, Manuel Odría. Y era embajador de Estados Unidos en Guatemala el mismo “carnicero de Grecia” que decidió la guerra civil helena… Mario Vargas Llosa empezó a contar esa historia de fraudes y dictaduras en la ya lejana pero inolvidable novela Conversación en La Catedral, que estigmatizó los tiempos de Odría; ensayó luego el relato histórico múltiple, tocado de fantasía, en La guerra del fin del mundo, y volvió a la mezcla de novela política y ficción en La Fiesta del Chivo, retrato de la dictadura de Trujillo. Casi 20 años después, el lector de Tiempos recios reconocerá algunos hechos y personajes de esta. Pero la maestría del autor es mayor, si cabe, que entonces y la novela es un prodigioso mecanismo que invita al lector a dejarse llevar entre la suspensión y el destino, tal como la historia nos lleva a todos, hacedores, testigos o víctimas. El relato es una suerte de historia deconstruida, donde una breve escena, casi un flash, que puede pasar inadvertida —la muerte de Castillo Armas— se desarrolla más ampliamente páginas después. La sosegada plática de un chófer cubano y un atrabiliario funcionario dominicano se va intensificando y explicitando hasta llevar a sus personajes al núcleo central de la acción. En un capítulo como el VII se superpone —en una vertiginosa catarata— toda la relación personal de Castillo Armas con el dictador Trujillo, desde los preparativos de la sublevación a las consecuencias de su éxito. Y una turbia historia de amor y traición en el seno de la alta burguesía guatemalteca —que parece una leyenda de 1900, al modo modernista— alumbra al cabo uno de los personajes más sugestivos del libro: Martita Borrero, la que nunca fue miss Guatemala…
La trama invita al lector a dejarse llevar entre la suspensión y el destino, tal como la historia nos lleva a todos, hacedores, testigos o víctimas
La alternancia de velocidad, suspensión y destino es uno de los poderes del narrador y pocos lo utilizan con la endiablada sabiduría de Mario Vargas Llosa. Pero también la piedad con sus personajes es otra de las potestades que ejercita… Al lector de Tiempos recios no le pasará inadvertida la entereza de Jacobo Árbenz, el militar inseguro de sí que no quiso armar unas milicias populares que se opusieran al atrabiliario ejército “liberacionista” y que prefirió renunciar a la presidencia, cuando recibió el ultimátum de sus colegas. Pero también su enemigo Carlos Castillo Armas, a quien llaman Caca y Cara de Hacha, feo, irascible y lleno de complejos, comparte algo de la debilidad de su rival, y fracasa y muere por manos de quienes creía los suyos. Y está enamorado de una mujer que lo utiliza.
Piedad en tiempos recios
La misma comprensión se aplica a todos, aunque se complazca en los aspectos más chuscos y pintorescos. La vida de Martita —amante de Castillo Armas y luego de Johnny Abbes; después, propagandista radiofónica del dictador y perseguida política— debe más al humor que a la aversión. E incluso la peripecia de Abbes, el más siniestro de todos, se presenta bajo especies cómicas: su fealdad, su vestimenta absurda, su cursilería, sus vicios soeces. Ni siquiera su final —masacrado por los tontons macoutes haitianos— deja de tener un eco farsesco… porque, al cabo, a lo mejor todo ha sido mentira (parece que su muerte “real” —o su última escapatoria— se produjo en la voladura de su casa por la policía de Papa Doc).
Pero prefiero quedarme con las páginas más conmovedoras que son aquellas donde Arturo Borrero, el padre de Martita, a punto de morir de un cáncer, se reconcilia con Efrén García Ardiles, quien fue su amigo, es el padre de su nieto y también el objeto del odio de toda su vida. Esa plática postrera es como el corazón desvalido, incrédulo pero compasivo, de esta novela hermosa y turbadora que trata de la maldad y quisiera conjurarla.
Fuente:
https://elpais.com/cultura/2019/10/08/babelia/1570528763_223994.html
De la sola expectativa
Luis Barragan el día
Numerosos pueden ser los autores de moda, pero escasos los de culto. Menor aún el número de aquellos que medio siglo o más, después, se les lee con avidez fuera del ámbito académico que los preserva.
“Tiempos recios” es la nueva novela anunciada para finales de año, por Mario Vargas Llosa. Versa – se dice – sobre la Guatemala de Árbenz, injustamente depuesto con el concurso decisivo de la CIA.
El escritor ya hundió el bisturí sobre la remota época, sin complejo alguno. El acontecimiento, predilecto de los propagandistas de ocasión, emblematiza las condiciones y consecuencias de la llamada Guerra Fría en este lado del mundo, aunque tardíamente se supo de lo acaecido en el otro.
Debemos esperar unos meses más para conocer la versión del gran narrador peruano, o quizá años de continuar la dictadura venezolana que también nos empobreció editorialmente. Empero, la sola expectativa que levanta el anuncio autorizará cualesquiera textos, conjeturas y apuestas que nos cundirán de otros bytes.
La literatura está hecha para la ruptura, faltando poco, así no la deseen quienes la hacen. Convengamos, el talento es un dato indispensable.
En definitiva, bien escaso, el acreditado intelectual no requiere tampoco de una extraordinaria maquinaria publicitaria para asegurar el éxito de la edición. Ya habrá el apasionado seguidor de don Mario, capaz de escudriñar el tema en toda su obra y, además, el obcecado adversario, blindado por un marco teórico por ahora ocioso, esperando la aparición de “Tiempos recios” para devorarlo y, a los días, despachar el ensayo correspondiente.
06/06/2019:
http://guayoyoenletras.net/2019/06/17/la-sola-expectativa/
Cfr.
Ángel de SanMartín Tudela: "La escritura de Mario Vargas LLosa, heredera de las vanguardias: https://www.tdx.cat/bitstream/handle/10803/285527/ADSMT_TESIS.pdf?sequence=1&isAllowed=y
Opinión de Andrés Amorós: https://www.youtube.com/watch?reload=9&v=_oyqwbPAjgY
Presentación del libro: https://www.youtube.com/watch?v=6rYabLivBjo&t=2489s
Entrevista de Rosa María Palacios: https://www.youtube.com/watch?v=MKuUNzYrFE4
Imágenes: Excepto la portada del libro, capturas de pantalla de la presentación y de la entrevista.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)























