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jueves, 9 de julio de 2020

TODA UNA ESCUELA

Consternación (con la sombra del miedo a cuestas)
José Rafael Herrera 

“Sentí que había cometido un pecado, quizá el que 
no perdona el Espíritu”
Jorge Luís Borges, El espejo y la máscara

Según el Kierkegaard de Temor y temblor, el miedo logra conjugar la extravagancia, la sutileza y la frivolidad en cada golpe de su gélido y tembloroso puño. Es el puño de Abraham, a punto de asesinar a su propio hijo por mandato de divino, a la espera de que ocurra, en el último instante, el milagro de una contraorden. La misma condición religiosa, que el pensador danés, en su dialéctica externa, ubica por encima de las esferas estética y ética, hace que el camino para su conquista no pueda prescindir de esa tortuosa, trémula y terrorífica experiencia de la medrosidad. En él —en el miedo— se confunden realidades y apariencias que son proyectadas como un horror en sí mismo, porque el horror en sí mismo es desdoblamiento y el desdoblamiento termina siendo el miedo mismo. Más que una incertidumbre, el miedo es una presunción, una sospecha proyectada sobre el sí mismo.

El miedo —precisamente, bajo la figura de la confusión de realidades y apariencias— es el arma más potente con que cuenta el gansterato aquí y ahora. Con él se propone premeditadamente ocultar sus propios temores, proyectarlos y expandirlos. Y es que el miedo es la afección que, según el bueno de Spinoza, dispone a los humanos de tal modo de no querer lo que quieren, o de querer lo que no quieren, toda vez que “el hombre queda dispuesto por él a evitar un mal que juzga va a producirse, mediante un mal menor. Si el mal que teme es la vergüenza, entonces el temor se llama pudor. Si el deseo de evitar un mal futuro es reprimido por el temor de otro mal, de modo que no sabe ya lo que se quiere, entonces el miedo se llama consternación, especialmente si los males que se temen son de los mayores”. Como nunca antes, la sombra, la duplicación del miedo, pende sobre los hombros de la totalidad del ser y de la conciencia de la consternada Venezuela.

La consternación, pues, es el miedo como intento de evitar mediante un mal menor otro mayor al que se teme. Por ejemplo, sería preferible llegar a un “entendimiento” con un grupo de gansters antes de verse inmerso en una —imaginaria— invasión o en una —no menos imaginaria— “guerra fratricida”. La pusilanimidad consiste en el despreciable y repugnante temor a un mal al que nadie teme. Es el caso de quien se llena de temor tan solo de pensar en las terribles consecuencias que le pudiese acarrear el citar una frase de alguien que ha llamado a los terroristas por su nombre. Pero la consternación —que es una suerte de pusilanimidad, oculta tras un “humanismo” cortesano y decadente— consiste en la vana intención de permitir un mal frente al asombro que se llega a sentir por el mal que se teme. Es un vivir en el terror, con la sombra del miedo a cuestas. Es, como dice Spinoza, “el miedo que mantiene al hombre hasta tal punto estupefacto o vacilante, que no puede liberarse del mal”. Estupefacto, porque su deseo de liberarse del mal es reprimido por su asombro. Vacilante, porque supone que ese deseo es reprimido por el temor a otro mal que, de igual modo, le atormenta, al punto que no sabe de cuál de los dos debería liberarse. La consternación no consiste tanto en desconfiar de todo como de no confiar en sí mismo. No se fía de sí mismo el secuestrado, pero tampoco se fía de sí mismo el secuestrador, quien recientemente ha sido definido a cabalidad como “un cobarde con armas”. Sus temores no sólo no le permiten liberarse sino que, muy por el contrario, lo convierten en esclavo de sí mismo. Si hay algo que no es libre es el miedo. Y cuando el miedo institucionalizado deviene modo de vida, nervio central de la cotidianidad, la libertad se tuerce en esperanza, en pasiva espera, y juntando las palmas de las manos, con la mirada puesta sobre el cielo o sobre el Norte, ruega la llegada de la redención, de algo o de alguien que atienda las súplicas de una multitud despavorida y extrañada que —hace tiempo— perdió las virtudes públicas.


Según Vico, la antigüedad, por lo menos hasta la llegada de la barbarie ritornata, supo transformar sus temores en mitos, sobre los cuales lograron construir, paso a paso y con ‘mente heroica’, la historia de la humanidad. El pasaje viquiano es inversamente proporcional a la dialéctica de las medianías kierkergaardianas, ya denunciadas por Adorno. Vico muestra filológica y filosóficamente, en la Scienza Nuova, cómo el temor condujo al religare y cómo este dio lugar a la eticidad que fraguó los cimientos de la poiesis estética, es decir, nada menos que aquello a lo que define Platón como “la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no-ser a ser”. En otras palabras, enfrentar los propios miedos, mirarlos cara a cara, es vencer a la muerte (no por caso, la palabra latina mor es la raíz de ti-mor y de mor-te: el temor es la muerte invertida). Quizá sea por eso que la virtud no consista tanto en la capacidad de producir determinados efectos plausibles, virtuosos, como en la condición propiamente viril (vir significa hombre libre) de donde proviene su significado. La virtus omnia vincit.

Pero la escuela del miedo, su perfeccionamiento y sistematización a los fines de someter a las mayorías por medio del terror, es otra cosa. Cabe reconocer a Torquemada como el auténtico pionero de semejante industria. Pero fue durante la edad contemporánea, con un fascismo inspirado en las viejas prácticas tiránicas orientales —es decir, en el instante en el cual tuvo lugar el proceso de inversión de la historia—, lo que hizo posible que la “cobardía armada” obtuviera uno de sus más efectivos recursos para asegurar su propia estabilidad. Y es que el miedo es la base firme sobre la cual se erigen esos regímenes en los que resulta imposible distinguir las prácticas despóticas de la acción gansteril y en los que la política se solapa —se encapucha— con la corporación criminal.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, una vez que las tropas soviéticas se apoderaran de la mitad de Alemania, los nazis, “expertos” en difundir el miedo para someter a los ciudadanos, pasaron a formar parte de la nómina de empleados del régimen stalinista. Al final, se trataba de lo mismo. Allí se adiestrarían más tarde los pistoleros cubanos que durante los últimos veinte años han dictado cátedra a los “cuerpos de seguridad” del gansterato que ha secuestrado a Venezuela y que, además de conducirla premeditada y alevosamente a la miseria, la ha convertido en una punta de lanza del narcoterrorismo internacional. Hoy el miedo es la institución más sólida con la que cuenta el gansterato venezolano. Su sombra cuelga sobre los hombros de la ciudadanía para mantenerla consternada. Y será necesario recuperar, muy por encima del espejismo de la esperanza, la virtud, el coraje y la inteligencia necesarias, para poner fin al yugo opresor y poder recuperar el país. Hay que sacudirse el miedo y hacer que se apodere de sus promotores. “No tengas miedo”, afirmaba el último gran Papa del siglo XX. Cuando el secuestrador comprenda que ha caído en su propia trampa, que ha sido secuestrado por sí mismo, Venezuela será libre.

09/07/2020:
Pieza: Erwin Wurm.

viernes, 3 de abril de 2020

NI CARUJO EN ADELANTE, DIJERON TAL COSA

Amenazas
Nicomedes Febres

Si antier hablaba del coraje como valor central de un político, hoy me desvío al tema mientras esperamos a los americanos. También mis maestros civiles y civilistas me enseñaron el inmenso valor de la inteligencia, la paciencia, el tesón y el sentido del humor en la política. De Chucho Reggeti aprendí, aparte de la generosidad, el saber mantener el sentido del humor ante las más duras condiciones y deslealtades. Lo digo porque vi el final del programa de dosdado donde informa que si vienen los americanos, él dará la orden de buscar, y por el tono se infiere que matar, a todos aquellos que se alegren por la venida de los soldados norteamericanos. Eso, más allá de una amenaza revela el terror de dosdado ante lo que viene. Pero más allá del terror, es también una decisión que está fuera de la política y de la humanidad que es la Política. Acaso no entiende que eso rompe cualquier consideración hacia su entorno y hacía su posición ante la Historia. Esas amenazas y balandronadas están bien entre delincuentes, pero no entre políticos. Eso está bien para boves o para rosete, o para los malandros de la piedrita, pero no para un militar de carrera. Un ingeniero egresado de la universidad que va a ser juzgado ante un gran tribunal y ante la Historia. Decir esa pendejada degrada hasta a los vecinos de El Furrial, donde supongo que dosdado debe tener algún aprecio. Degrada a los galleros entre los cuales debe tener amistades y afectos. No dosdado, eso no se dice ni aunque fuera verdad. Eso no es política, eso es delincuencia pura y dura y ningún político en la Venezuela republicana lo ha dicho y menos hecho. Ni Carujo, ni el malandro de zamora, pues eso se lo dejaba a onza, tigre y león sus esbirros, ni Matías Salazar cuando lo fusiló Toñito Guzmán Blanco, ni siquiera Don Cipriano, luego de que le imputaran el fusilamiento del gallardo general Antonio Paredes, macho entre los machos. Ni lo dijo el Benemérito que solo preguntaba a los carceleros si fulano o zutano todavía vivía? Anjá, vea pues? Ni lo dijo el general Felix Galavis antes de tirar a don Eustoquio a la muerte del Benemérito en la gobernación de Caracas. Ni lo dijo Rafael Simón Urbina arrepentido ante el cadáver del comandante Delgado Chalbaud, asesinado por accidente. Que vea dosdado lo mal que quedaría con esa amenaza ante la televisión y una amenaza ante hombres que tienen veinte años en la calle jugándose el pellejo civilmente. Para esa gente pasó el tiempo de asustarse. Y veinte años es mucho tiempo como dice el tango.

Fuente:
Fotografía: General Antonio Paredes http://lbarragan.blogspot.com/2014/03/paredes.html

sábado, 21 de marzo de 2020

UNA DICTADURA QUE PARE LA PESTE CHINA

PIEDRA DE TOQUE TRIBUNA
¿Regreso al Medioevo?
Mario Vargas Llosa

La peste ha sido a lo largo de la historia una de las peores pesadillas de la humanidad. El coronavirus será una pandemia pasajera. Lo que no pasará es el miedo a la muerte, que nos acompaña como una sombra

Todo esto, en términos prácticos, es muy exagerado, pero no hay nada que hacer: España tiene miedo y los Gobiernos, el nacional y los de las autonomías, salen al frente de la pavorosa enfermedad con medidas cada vez más estrictas que, de una manera general, los españoles aprueban e, incluso, exigen que sean más extensas e intensas. Es por gusto que las estadísticas oficiales digan que, hasta el 11 de marzo, hay apenas 47 muertes por culpa de la pandemia y que, por ejemplo, la simple gripe es más asesina que ella, pues causa por lo menos seiscientas muertes anuales, y que son muchos más los que se recuperan del coronavirus que los que perecen por culpa de él, que España tiene uno de los sistemas de salud mejores en el mundo —por encima de la media europea— y que el trabajo que vienen realizando los médicos y sanitarios en todo el país es eficiente y está a la altura del desafío, etcétera.

Jamás las estadísticas han sido capaces de tranquilizar a una sociedad roída por el pánico y ésta es una buena ocasión de comprobarlo. En medio de la civilización ha reaparecido la Edad Media, lo que significa que muchas cosas han cambiado desde entonces, pero muchas otras no. Por ejemplo: el miedo a la peste. Y, a propósito, la literatura tiene un renacer inevitable en esos períodos de miedo colectivo: cuando no entiende lo que pasa, una sociedad va a los libros a ver si ellos se lo explican. La peor novela de Albert Camus, La peste, tiene un súbito renacimiento y tanto en Francia como en España se hacen reediciones y ese libro mediocre se ha convertido en un best seller.

Nada de esto podría estar ocurriendo si China Popular fuera un país democrático y no la dictadura
Nadie parece advertir que nada de esto podría estar ocurriendo en el mundo si China Popular fuera un país libre y democrático y no la dictadura que es. Por lo menos un médico prestigioso, y acaso fueran varios, detectó este virus con mucha anticipación y, en vez de tomar las medidas correspondientes, el Gobierno intentó ocultar la noticia, y silenció esa voz o esas voces sensatas y trató de impedir que la noticia se difundiera, como hacen todas las dictaduras. Así, como en Chernóbil, se perdió mucho tiempo en encontrar una vacuna. Sólo se reconoció la aparición de la plaga cuando ésta ya se expandía. Es bueno que ocurra esto ahora y el mundo se entere de que el verdadero progreso está lisiado siempre que no vaya acompañado de la libertad. ¿Lo entenderán de una vez esos insensatos que creen que el ejemplo de China, es decir, el mercado libre con una dictadura política, es un buen modelo para el tercer mundo? No hay tal cosa: lo ocurrido con el coronavirus debería abrir los ojos de los ciegos.

La peste ha sido a lo largo de la historia una de las peores pesadillas de la humanidad. Sobre todo en la Edad Media. Era lo que desesperaba y enloquecía a nuestros viejos ancestros. Encerrados detrás de las recias murallas que habían erigido para sus ciudades, defendidos por fosos llenos de aguas envenenadas y puentes levadizos, no temían tanto a esos enemigos tangibles contra los que podían defenderse de igual a igual, enfrentarlos con espadas, cuchillos y lanzas. Pero la peste no era humana, era obra de los demonios, un castigo de Dios que caía sobre la masa ciudadana y golpeaba por igual a pecadores e inocentes, contra la que no había nada que hacer, salvo rezar y arrepentirse de los pecados cometidos. La muerte estaba allí, todopoderosa, y después de ella las llamas eternas del infierno. La irracionalidad estallaba por doquier y había ciudades que trataban de aplacar a la plaga infernal ofreciéndole sacrificios humanos, de brujas, brujos, incrédulos, pecadores sin arrepentir, insumisos y rebeldes. Cuando Flaubert viajó a Egipto, todavía vio leprosos que recorrían las calles tocando campanas para advertir a la gente que se apartara si no quería ver (y contagiarse) de sus llagas purulentas.

Por eso casi no aparece la peste en las novelas de caballerías que son otro aspecto, más positivo, del Medioevo: en ellas hay proezas físicas extraordinarias, el Tirant lo Blanc derrota él solo a gigantescos ejércitos. Pero los adversarios de los caballeros andantes son seres humanos, no diablos, y lo que el hombre medieval teme son los diablos, esos demonios que escondidos en el corazón de las epidemias golpean y matan sin discriminar a culpables e inocentes.

Ese viejo terror no ha desaparecido del todo, pese a los extraordinarios progresos de la civilización. Todo el mundo sabe que, como ocurrió con el SIDA o con el Ébola, el coronavirus será una pandemia pasajera, que los científicos de los países más avanzados encontrarán pronto una vacuna para defendernos contra ella y que todo esto terminará y será, dentro de algún tiempo, una noticia mustia que apenas recordarán las gentes.

Lo que no pasará es el miedo a la muerte, al más allá, que es lo que anida en el corazón de estos terrores colectivos que son el temor a las pestes. La religión aplaca ese miedo, pero nunca lo extingue, siempre queda, en el fondo de los creyentes, ese malestar que se agiganta a veces y se convierte en miedo pánico, de qué habrá una vez que se cruce aquel umbral que separa la vida de lo que hay más allá de ella: ¿la extinción total y para siempre?, ¿esa fabulosa división entre el cielo para los buenos y el infierno para los malvados de un dios juguetón que pronostican las religiones?, ¿alguna otra forma de supervivencia que no han sido capaces de advertir los sabios, los filósofos, los teólogos, los científicos? La peste saca de pronto a estas preguntas, que en la vida cotidiana normal están confinadas en las profundidades de la personalidad humana, al momento presente, y hombres y mujeres deben responder a ellas, asumiendo su condición de seres pasajeros. Para todos nosotros es difícil aceptar que todo lo hermoso que tiene la vida, la aventura permanente que ella es o podría ser, es obra exclusiva de la muerte, de saber que en algún momento esta vida tendrá punto final. Que si la muerte no existiera la vida sería infinitamente aburrida, sin aventura ni misterio, una repetición cacofónica de experiencias hasta la saciedad más truculenta y estúpida. Que es gracias a la muerte que existen el amor, el deseo, la fantasía, las artes, la ciencia, los libros, la cultura, es decir, todas aquellas cosas que hacen la vida llevadera, impredecible y excitante. La razón nos lo explica, pero la sinrazón que también nos habita nos impide aceptarlo. El terror a la peste es, simplemente, el miedo a la muerte que nos acompañará siempre como una sombra.

Fuente:
https://elpais.com/elpais/2020/03/13/opinion/1584090161_414543.html
Ilustración: Jeremy Geddes.
Fotografía:
http://spanish.xinhuanet.com/2020-03/10/c_138860255.htm
Cfr.
https://www.youtube.com/watch?v=vSWL02kcfsY
https://www.youtube.com/results?search_query=Corona+virus+venezuela
https://www.youtube.com/watch?v=-4gwoJY4B_M
https://www.youtube.com/watch?v=3yKcBOoNIqM
Intimidación: Venezuela
https://twitter.com/VenteCcs/status/1241129338419937285
https://www.youtube.com/watch?v=nHn5VL6gYOs

miércoles, 7 de junio de 2017

CAZA DE CITAS

"La cuestión del amor se opone al odio, es decir, al miedo de los otros. El odio nace del miedo"

Paul Virilio

("El cibermundo, la política de lo peor", Cátedra, Madrid, 1997: 62)

domingo, 17 de abril de 2016

BUSCANDO LO QUE NO SE HA PERDIDO

Quieren asustar porque tienen miedo
Luis Barragán


La actual Asamblea Nacional sesiona hasta tres veces por semana, incluyendo las jornadas de las Comisiones Permanentes, en claro contraste con el período anterior en el que, simplemente, el oficialismo trabajaba muy poco. Cada una de las plenarias se ha convertido en ocasión propicia para el asedio de la sede legislativa por grupos nada espontáneos que, además,  agreden al ciudadano común, obstaculizando e impidiendo el libre  tránsito peatonal y automotor en una arteria decisiva del casco histórico de la ciudad.

Apostados desde tempranas horas, los grupos oficialistas instalan sus tarimas y sofisticados equipos de sonido, bajo la mirada recelosa de los que se apresuran a alcanzar las entradas del metro en su afán de laborar o de buscar empleo, estudiar o hallar dónde hacerlo, evadiendo también a los malhechores que cunden por doquier,  cumpliendo una suerte de noviciado delictivo, porque es de suponer que a otros de mayor experiencia y jerarquía, no les contentará asaltar a quienes apenas pueden pagar el transporte público. En un instante, concurren varios países en uno, hacinándose  las premuras de las personas que desean huir del lugar, los motos-taxistas que ofertan sus rutas compitiendo con las pruebas de sonido, los cigarrilleros que le ganan más a las bocanadas que a la telefonía celular, los empanaderos que pintan los estómagos en un amago de desayuno y el resto de la buhonería que pretende inaugurar el largo día, en un paisaje de gases  corroídos, precariedades y estridencias.

Decidiendo el envío de sus nada pacíficos emisarios, el gobierno tiene por propósito el amedrentamiento sistemático de los diputados de la oposición, representantes de millones de ciudadanos hastiados por los abusos del poder establecido. Buscando la oportunidad y el mérito para una personal y directa agresión física, procurando cerrarles el paso que afila las habilidades de la potencial víctima, con la aquiescencia de las autoridades públicas, el torneo – por lo pronto – es resueltamente auditivo:  los oradores literalmente gritan sus consignas, compiten por el morbo de las ofensas personales, disparan a viva voz sus obscenidades, estimulando el linchamiento de los civiles que, desarmados e impertérritos, pero decididos, concurren a su sede natural de trabajo.

Hay más peroles que personas, en esas concentraciones que fuerzan al empleado público o al aspirante a serlo, rellenando la escena. Tarimas, vehículos, pendones, equipos de sonido, entre otros artefactos de segurísima procedencia pública, cubren el pavimento en previsión de la temprana deserción de los que desean ganar el tiempo en una cola para hallar los urgidos alimentos y medicamentos, en lugar de apostar por una situación peligrosa y, menos, por un impensable asalto al Palacio Legislativo que los convierta en carne de cañón de los tácticos de ocasión.

El nada edificante espectáculo semanal que patrocina y enfermizamente divierte al gobierno, revelando una incapacidad política que nos retrotrae absurdamente a la violencia rural del siglo XIX, pretende asustar – sin éxito alguno – a los parlamentarios y escarmentar a la población. Sin embargo, los delata un inmenso miedo: el de responder por un monumental fracaso que ha hambreado a todos los venezolanos por igual, añadidos sus incautos seguidores, e, igualmente, perder el poder, así sea por una eternidad de dos o cinco minutos, abierto el camino de la justicia internacional.

Breve nota LB: Nos costó un mundo tomar estas gráficas, en tiempo récord. Aún estaba distante la muchedumbre y, como nos quitamos la corbata, pieza en buena medida recuperada para los afanes asamblearios, pudimos colarnos y disparar el móvil celular. Todo el forzado ahorro que hacemos los venezolanos, lo dilapidan con el sabotaje. Es algo indecible.Con estas pequeñas incursioes, se dirá, "estamos buscando lo que no se ha perdido".  Por cierto, casualmente, tropezamos con el texto de Luis Herrera Campíns y nos llamó la atención el título. Éste parece adecuado para el lector de Noticiero Digital que, lo hemos comprobado, no gusta de los muy sobrios y "técnicos", por llamarlo de alguna manera. Otro país.



18/04/2016

lunes, 23 de septiembre de 2013

SOMBRAS NADA MÁS

Breve nota sobre el telegobierno
Luis Barragán


Concebido, diseñado e implementado como el espectáculo por excelencia de esta primera etapa de lo que es lo mismo,  ya con década y media a cuestas, el llamado gobierno de calle palidece frente a las redes sociales. Con una eficacia superior a la Gaceta Oficial de modesta impresión y distribución, imposibilitados de crear otra tribuna digital, el Twitter sintetiza el ejercicio más convincente del poder y, por ello, compitiendo deslealmente con sus pares, sirviéndonos de ilustración,  el presidente de la empresa o ministro del ramo, no duda en radiar sostenida y tormentosamente  su dirección personal en todas las instalaciones del Metro de Caracas.

Evitando cualesquiera de los riesgos que comporta, la alta y mediana burocracia del Estado y del Partido que se confunden, prefiere los escasos y reverenciales caracteres, cuales versículos bíblicos que su sola generosidad explica, que afrontar una libérrima rueda de prensa en la que los periodistas y medios independientes puedan hurgar un poco más  de la  terrenal existencia.  La cercanía es la del espectáculo seguro donde se pueda avistar y, acaso, entregar un pequeño manuscrito de desesperación al burócrata, mientras que la distancia constituye el mejor resguardo ante el posible  peligroso roce con las realidades temidas.

Y es que tan cabal comprensión y ejercitación del telegobierno, ha reforzado el instinto de supervivencia de sus numerosos empleados. Parecieran lo suficientemente adiestrados para encarar las más repentinas circunstancias, pues, se atienen rigurosamente al libreto, sobre todo tratándose del llamado sistema público de medios.

La caída en una bicicleta es un asunto tan universal que, además de comprobar la vetusta ley (orgánica)  de gravitación, nos avisa del normal desempeño del tripulante. Sin embargo, la noticia no reside en el reciente testimonio de la inhabilidad conductora de Nicolás Maduro, sino en quienes dijeron transmitirla.

En efecto, el brevísimo y cotizado video nos da cuenta de la tediosa narración de una periodista que obvió el suceso desconocido, mientras que la cámara tomaba vuelo, ocultándolo preventivamente como ya lo ha aleccionado demasiadas veces ANTV en el hemiciclo. Lo que humanamente ha debido ocurrir ante el incidente ignorado que inmediatamente arremolinó a la gente, fue la libérrima, directa y viva manifestación de sorpresa y el interés por saber rápido de lo ocurrido, describiendo la escena.

A pesar de que pudo pasar algo más que una vulgar caída, y por las reiteradas advertencias proferidas por el Sucesor, las que no deseamos ni desearemos que se cumplan, la narradora oral y el narrador visual inmediatamente coincidieron en tapar y taparear el suceso. Vale decir, si la periodista y el camarógrafo se hubiesen encontrado en Dallas, por ellos nadie se hubiese enterado del magnicidio sufrido por el Kennedy que les pasó al frente de sus propias narices.

Puede aseverarse que, con el telegobierno, la noticia no existe en la medida que la herramienta refuerza una vocación totalitaria.  La (auto) censura puede explicar el fenómeno, acerando la intuición y el sentido de sobrevivencia de una sociedad orientada a la delación soterrada y cobarde.

http://www.analitica.com/va/sociedad/articulos/5339107.asp
Ilustración: Josep Cisquella.  Y fotografía: http://redigitaltv.com/?p=113071

domingo, 21 de julio de 2013

BARRAS Y ESTRELLAS

Del despellejamiento moral
Luis Barragán


La participación  ha sido una consigna tan reiterada e internalizada en más de una década de desinhibida e incontrolada campaña propagandística y publicitaria del Estado, que nos creemos firme y fervorosamente partícipes de todos los procesos políticos así las realidades lo desmientan. Y – por si fuese poco – protagónicos, acercándonos más a lo que concibió Aníbal Nazoa como el “alma de la fiesta”, en una vieja obra humorística, que a la aceptación y reconocimiento de nuestros roles cívicos.

Huérfanos de todo control – por lo menos – parlamentario sobre el contenido y gasto de una larga e intensa campaña, la que ha dicho dotarnos de sentido, fundando una legitimidad, alcanzamos y solemos compartir una cierta patología social de la que todavía no conocemos sus límites. Mientras que no sea la propia, respecto al entorno familiar, aprendimos y asimilamos como normal la muerte violenta en las calles, partiendo de la “sensación de inseguridad” que diagnosticara y legara Chávez Frías para la tardía e inevitable explicación que dio en torno a un problema tan esencial, con descarado acento doctrinario.

Se dice de unos tales “poder popular”, “contraloría social” o “parlamentarismo de calle” que, debidamente controlados y financiados por la cúpula del poder central, y, por añadidura, sabiéndolos técnicamente delimitados,  constituyen una estafa política. Al desinstitucionalizar la participación (y la representación), la experiencia está destinada exclusivamente a los afectos o partidarios, pretendiendo la legitimación por una vasta clientela política a la que le facilita la supuesta supervisión de una industria tan compleja y exigente como la petrolera, o el espectáculo presencial en la Asamblea nacional que la ha declarado “pueblo legislador”, así sea ajeno a las propuestas que los convoca.

Puede decirse de una participación curiosamente desintegradora que observa en el más modesto disenso, una agresión y, en lugar de explicársela como una consecuencia de la lucha de clases, si fuere el caso del peculiar socialismo que vivimos, por una parte, apela a los desadaptados o disociados que merecen todo el odio, el rencor y el revanchismo de los que se han hecho acreedores; y, por otra, intuyéndonos en una economía y sociedad rentista,  peligrosamente araña y toca el etnocentrismo. Éste les concede la morbidez necesaria para evitar una explicación básica sobre el reemplazo suscitado en las clases dominantes, emergidas de esta otra etapa de la Venezuela Saudita, aunque – a la postre – no sepan de alguna sobre el fenómeno inmigratorio chino, incluyendo la sospecha que recae sobre un masivo negociado originado en las dependencias públicas, que pueda competir con la discursiva afrodescendiente y aborigen.

Precisamente, poco importan las explicaciones en torno al socialismo que ha de garantizarles el poder milenario, constante y sonante, sustituidas por una sobredosis de tensiones, hendiduras, resentimientos o resquemores, realmente participados. Un ensayo extraordinario, “El populismo quiliástico en Venezuela”, recogido en una compilación de Alfredo Ramos Jiménez sobre la transición venezolana (Mérida-Caracas, 2002), en el que Luis Madueño exploró la mentalidad orgiástica, sensualista o placentera que, al ubicarnos en un terreno francamente emotivo, donde sólo vale la creencia a ciegas en el régimen y sus portavoces, condenándonos a la prepolítica, nos permite concluir que la aludida campaña ha sido todo un programa de guerra psicológica que amerita de los especialistas  capaces de ayudarnos a una transición que va más allá del hecho político.

El caso del diputado Richard Mardo constituye un vivo ejemplo del ensañamiento que, alevoso y premeditado, nos dice concursar colectivamente sobre el sadismo que explica a los beneficiarios reales y minoritaritarios del socialismo que ha de durar demasiado, como para que en esta vida no deban responder por sus actos.  Poco importa la razón, las comprobadas falsificaciones de los hechos que aquél ha alegado, pues, la supervivencia los obliga o dice obligarlos al allanamiento y a prometerle una cárcel para delincuentes comunes, al igual que lo ofertan para otros líderes de la oposición.

Y tampoco importa acusar y denigrar de los demás, tildándolos de vende-patria, entreguistas y lacayistas, a pesar que – recientemente – Rafael Elino Martínez nos haya entregado un valioso testimonio sobre el intervencionismo castrista de los sesenta (Caracas, 2013), o – más atrás – Héctor Pérez Marcano y Antonio Sánchez hicieran lo propio con la llamada invasión por Machurucutu (Caracas, 2013).  Mientras tanto, el oficialismo calla al respecto, intentando reescribir sobre un pasado donde otros fueron los que enfermizamente los reprimieron.

El irresponsable despellejamiento moral del adversario, convertido en un prolongado espectáculo, se ha convertido en una necesidad para el régimen, deseándonos a todos partícipes del circo que, a falta de pan, sirve de una planificada diversión, entretenimiento o juerga que también mete miedo sobre nuestro personal destino, por humilde o módica que fuese la discrepancia. Las estadísticas lo dirán, la playita y el licor no pueden faltar para completar la faena, porque es el gobierno el que “rumbea” encima de los temores generalizados, forzándonos a sonreír – siempre – sobre la suerte ajena.

http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/16052-del-despellejamiento-moral
Fotografía: LB, pieza de Víctor Lucena (FIA, 2013).
Breve nota LB:  Tomamos la fotografía, invertida la pieza. Obra significativa, cinética, partiendo de un elemento común. Y, como toda obra de arte, sugestiva. Desde el primer momento que la vimos, vino a nuestra mente la Venezuela divertida de las barras.

martes, 23 de octubre de 2012

BUEHHHH....

¿Sin cultura política?
Sigue existiendo una Venezuela cuya base política carece de perspectiva
ANTONIO JOSÉ MONAGAS |  EL UNIVERSAL
martes 23 de octubre de 2012  

La victoria del oficialismo, forjada el pasado 7-O, no fue convincente. Muchas dudas se entretejieron alrededor del hecho, lo que animó a que fuera aceptado con hastío. Debe reconocerse que dicho triunfo no resultó de un proceso político establecido sobre el andamiaje de un proselitismo sensato y decente. Tal resultado obedeció a razones relacionadas con el efecto miedo que ha venido sembrando el gobierno central a través de un discurso presidencial despectivo. También, con el auxilio de bandas de militares y grupos de civiles guapetones valiéndose de amenazas, intimidaciones y de armas. Personas estas movidas por la ignominia y por la promesa de vulgares prebendas.
Opresor
Es indiscutible que el miedo, en el venezolano, no ha dejado de ser su confidente, su reclusorio. O peor aún, su opresor. Un miedo que desgarra sentimientos y constriñe esperanzas. El sentido de la frase: ¿quién dijo miedo?, perdió vigencia. La valentía que muchos demostraron, pareció esconderse cuando arreció la campaña electoral presidencial manejada con abuso, humillación e insultos. Así dispusieron de los recursos del erario y de la manipulación organizada para aplicar de un perverso proyecto político de intensiones hegemónicas.
Ese mismo miedo llevó a que el país sucumbiera. La irracionalidad e inmadurez, le abrieron el paso a la comodidad de quienes votaron sin reflexión ni preocupación ante lo que acecha el futuro nacional. Con ello vuelve la oscuridad que arropa todo régimen de tendencia vertical.
En medio de tan inquietante situación, debe admitirse que el problema que asfixia a los venezolanos no es otro sino aquel que ha sido asomado hasta la saciedad: sigue existiendo una Venezuela cuya base política carece de perspectiva. O sea, una población sin sentido de las realidades y sin cultura política.

Cfr. http://www.correodelorinoco.gob.ve/nacionales/venezuela-se-construye-un-sistema-una-nueva-concepcion-seguridad/

viernes, 5 de octubre de 2012

PRIORIDAD

Breve nota para un miedo ajeno
Luis Barragán


Martes, 5 de diciembre de 2006

Todavía afectado por los novísimos resultados electorales, no cabe otro señalamiento: el miedo de y en un gobierno ventajista. Fueron no sólo las 82 horas a favor de Hugo Chávez frente a las dos de Rosales en uno de los canales de televisión del Estado, las largas tiras alusivas que caen desde lo alto de las torres de oficinas de Parque Central en Caracas o el inmenso dispositivo dinerario de una candidatura que –desesperada- no encontraba calle, pero también el abultamiento excesivo de la diferencia entre uno y otro, contrariando el promedio de todas las encuestas que versaban sobre un empate técnico, ligeramente desfavorable para la oposición. Que sepamos, el candidato perdedor no se transó en Fuerte Tiuna ni en plaza alguna del oficialismo, sino que humildemente dejó el testimonio de un inmenso esfuerzo en tan corto plazo que puede ser motivo de debate sobre una u otra táctica o respuesta, pero jamás objeto de un cuestionamiento ético como ahora, pronosticado por Alberto Quirós Corradi el propio 3D, se pretende en esa suerte de trance de las flagelaciones mutuas. Inmediatamente marchar a lo López Obrador, en la ciudad capital, hubiese sido una temeridad cuando se trata de reconstruir a la oposición organizada, administrar sus diferencias, aclarar el paisaje ideológico que la anima, promover sus liderazgos naturales, frenar los ímpetus totalitarios del régimen, sincerarla como un proyecto convincente de futuro, no sin establecer las responsabilidades que –repetimos- no se logran mediante la rabiosa flagelación.

Evidentemente, algo pasó cuando la oposición pleno todas las calles y avenidas del país a través de una movilización espontánea y entusiasta, en contraste con los afanes autobuseros de un gobierno que escondía las realidades. O el clientelismo gigantesco que se vio amenazado, moviendo todas sus energías para saldar electrónicamente unas cuentas que no cuadran. La discusión promete ser difícil, pero –al mismo tiempo- demanda consistencia, trascendencia y sentido de responsabilidad, porque –dicho mil veces- nuestra autoridad moral no deriva de la mera circunstancia de ser mayoría, como en 1998 no pendió de unos resultados por entonces incontestables. Incluirá seguramente esa necesaria polémica, el papel de todos y cada uno de los actores que participaron o no del desempeño electoral. Empero, debemos prevenirnos de una generalización tan dañina, fácil, portátil, contra la política, lo político y los políticos que tanto ayudan a proyectos criminalmente indefinidos como el socialismo llamado del siglo XXI.

El miedo, ésta vez, paradójicamente parte de las esferas del propio gobierno. Fue mucho el escepticismo de sus partidarios para disponerse a celebrar, intentándolo hacerlo a partir de las seis de la tarde del 3D, pues tienen la profunda convicción sobre una brecha que no es tan grande en las realidades. Prontamente se apaga el ánimo de celebración entre quienes se saben condenados a un partido único y no tendrán nada que decir en la pretensión de una reforma constitucional que únicamente cree concernirle al Presidente de la República. Conocen de los ilimitados caprichos de un mandatario que una lejana circunstancia, como la de 1992, puso en el escenario. De modo que, sonreídos gélidamente, conocen muy bien de las amenazas que se afincan sobre sus propias cabezas y en el fondo claman por la necesidad de una oposición que los ayude a compensar el marasmo de una trampa política que los muerde. Por ello, los alrededores del 30-40% que el régimen se atreve a reconocer para sus adversarios, no puede desaparecer, sino –al contrario- debe incrementarse, organizarse y –al sincerar sus liderazgos- proyectar decididamente a la otra Venezuela.

Dos notas finales para concluir: la una, referida a los ímpetus de William Lara. Telesur, sufragada por todos los venezolanos, anunció unos resultados en la víspera y el ministro de Información y Comunicación del régimen se negó al más simple comentario, pues, se dijo un ciudadano que visitaba el CNE para entrevistarse con sus autoridades. Además, que el día lunes 4, a las 08:00 a.m., volvería a su despacho. Vale decir, no había ministro que respondiera a la demanda ciudadana, sin que supiéramos jamás cuándo y cómo se separó del cargo. Y, penas, es un ejemplo de la confusión entre Partido y Estado del cual será algún día víctima el propio Lara. La otra nota, inevitable, se refiere a la bajísima votación de COPEI, partido en el que milimitamos. Salimos de su dirección formal a principios del presente año, aunque no impidió que por nuestra cuenta y riesgo aceptásemos la invitación de la dirigencia regional y municipal del país para hacer, como hicimos campaña. Pero lo cierto es que la dirección interina del partido, montada sobre una maniobra por interpuesta persona, incurrió en los más garrafales errores. Nuestra prioridad fue la campaña de Manuel Rosales, pero –concluida esa campaña y vencido desde octubre de 2006 el mandato de las autoridades- es necesario hacer un proceso interno limpio y transparente, venciendo las artimañas de un interinato de espaldas a la historia. No estuvo equivocado César Pérez Vivas en la idea de insistir en una política de oposición abierta y frontal, con la palabra y con los hechos, y no con declaraciones nominales y cómodas de prensa, con la sola preocupación de que fuesen vistas en televisión las banderas verdes.

Fuente: http://www.analitica.com/va/politica/opinion/8854230.asp

sábado, 23 de junio de 2012

CAZA DE CITAS

"Si me rindiera
el enemigo se apoderaría de mi miedo
y ningún tronco por liviano que fuese
sostendría mi cuerpo en la corriente"

Carlos Ochoa

("Hurakane", Amazonia Editorial, Caracas, 1986: 39)

jueves, 9 de junio de 2011

NOTICIERO RETROSPECTIVO


- Pedro Segnini La Cruz y el por qué no existe la polarización. El Nacional, Caracas, 06/04/73.
- Rafael Caldera. "Claraboya: La experiencia democrática venezolana". El Universal, Caracas, 29/09/77.
- Entrevista a Angela Zago. Summa, Caracas, 03/72.
- Teodoro Petkoff. "La desviación principal lo constituye la desviación izquierdista". Qué Pasa, Caracas, 07/10/62.
- "¿A qué le tienen miedo?". Y responden: José Ramón Medina, Luis Sánchez ("Diamante Negro"), Vicente Emilio Sojo, Juan Pablo Pérez Alfonzo y Manuel Pernaut. Elite, Caracas, 09/01/60.

Ilustración: Robert Kennedy en Caracas, tomado del folleto publicado por la embajada de Estados Unidos (1966).

Nota LB:

La gráfica (Lídice) está tomada del folleto publicado por la embajada estadounidense en Caracas, específicamente relacionada con el programa de televisión que el senador realizó con el liderazgo político venezolano. Motivo de escándalo, por cierto, el programab en cuestión (Venevisión), fue el único que realizó al reducirse la agenda.