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miércoles, 22 de enero de 2020
"SIN FLORITURAS"
Etiquetas:
Budismo,
Cristianismo,
Cultura de la muerte,
Escatología,
Jesucristo,
Juan Nuño,
Miedo,
Muerte
sábado, 20 de abril de 2019
EN CLAVE DE ESTOS TIEMPOS
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| Boris Vallejo |
Siul Nagarrab
Consabido, el pueblo judío esperaba al terranalísimo libertador, en clara correspondencia con el Dios de los Ejércitos. A pesar de las profecías, luego cumplidas, no imaginaban definitivamente que la túnica del mesías se rifara entre los soldados burlones que lo condujeron a la muerte.
La muerte misma, injusta y prematura, cruel y desmoralizante, supuso la cancelación del proyecto de salvación. El Viernes Santo, próximo pasado, el sacerdote reflexionaba sobre un hecho ineludible que, además, no ha de explicarse por un burdo fatalismo, pues, Jesús libre, pidiendo que lo apartara del sacrificio, finalmente aceptó hacer la voluntad del Padre.
Referido por San Pablo al escribirle a los corintios, lo plebeyo del mundo, lo que no es nada, lo eligió Dios para anular lo que es. El sujeto debilucho de una apartada latitud del imperio, luego de arrastrarla, humillado e injuriado, muere en la cruz: paso previo, a ella nos remite la gloria de la Resurrección, en lugar del Jesús que caminaba sobre las aguas, como lo reclamaba Antonio Machado.
La brutal noticia ha sabido de versiones más o menos atenuadas a lo largo del tiempo y, aún teñido del drama, el imaginario renacentista cuida muy bien el paisaje y sus protagonistas, distinguiendo también en otras escenas, en la perspectiva teológica de entonces, por la consabida corona de luz, a Jesús y sus fieles seguidores de inconfundibles rasgos europeos, y – como un tributo - vistiéndolos con las más elegantes telas en espacios igualmente ostentosos. Siglos después, siendo la Palabra y su testimonio de una fuerza extraordinaria, el cine intenta tal realismo, con Pier Paolo Pasolini (“Il Vangelo secondo Matteo”, 1964) y Mel Gibson (“The Passion of the Christ”, 2004), caracterizado Jesús por una fragilidad física y pobreza material que lo hizo el menos sospechoso de todos, para vencer a la muerte.
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| Tony Lanza |
Jesús superhéroe, a tono con estos tiempos, es el físicoculturista o fisioculturista que, por muy pesado que fuere, es capaz de las ágiles maniobras y desplazamientos que las circunstancias impongan, capaz de pensar y hacer la guerra, o enfrentar cualquier escaramuza, por vana que sea. No por casualidad, Spiderman, Supermán o Batman, quedan para afrontar a los delincuentes comunes, aun no siendo los muy apertrechados, creativos y malévolos, aparentemente desatentos a las lides o percances sentimentales: constituyendo por sí mismos un arma estratégica, cuyos superpoderes pudieran interesar al jefe de recursos humanos de la CIA, en el peor de los casos, no compiten con los artefactos atómicos, ni les interesa la complejidad de los juegos estratégicos que requieren más de un escritorio o tablero de ajedrez que del empleo de la fuerza física.
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| Boris Vallejo |
A muchos les parecerá ofensiva esta versión, pero debemos aceptar que igualmente está codificada en nuestra cultura occidental, objeto real de nuestras interrogantes, frente a los integrismos o fundamentalismos orientales en expansión que insisten en la barbarie. Interrogantes que llevan forzosamente a la reflexión teológica, una ventana inevitable.
Queda la lección de la extraordinaria fuerza y fortaleza espiritual del débil, del que no es nada y es capaz de anular lo que es, resucitando. ¡Felices Pascuas!
21/04/2019:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/34739-nagarrab-s-
jueves, 31 de mayo de 2018
HONRAS FÚNEBRES
¿Y nuestros muertos qué?
Nicomedes Febres
*Tengo lista la investigación sobre El Libro de la Muerte en Venezuela relativo a nuestras costumbres funerarias, que aunque ustedes no lo crean nunca ha sido escrito. Hay un libro sobre los cementerios de Caracas desde 1567 hasta 1905 de Manuel Landaeta Rosales, del resto un par de folletos y más nada. La investigación se remonta desde las costumbres funerarias de nuestros aborígenes ilustradas por un francés de apellido Picart hacia 1725 y luego por Riou en la amazonia venezolana hacia 1875. Hay crónicas detalladas en los distintos períodos históricos hechas por sus testigos, desde los entierros masivos producto de las distintas pestes y terremotos de Caracas en la Colonia, La Independencia, o de la Gripe Española de 1918, también de entierros suntuarios o masivos en el alma popular como los de José Gregorio Hernández, Carlitos Estrada o Delgado Chalbaud y como fueron evolucionando las técnicas funerarias y los hábitos mortuorios incluyendo los velorios de angelitos y los mejores chistes de velorio. Hay hasta manuscritos de don Rómulo Gallegos, que cuando joven fue escribiente de la Funeraria La Equitativa, o cuando las agencias de pompas fúnebres se peleaban por los difuntos en la esquina de Veroes, donde estaban localizados los mejores negocios del ramo, o cuando se puso en Caracas de moda visitar el modernísimo Cementerio General del Sur por razones turísticas y a verlo venían los gringos. O sea, sé de lo que estoy hablando y por eso este robo masivo de las placas del Cementerio del Este quedará para la posteridad, al igual que la profanación de panteones y sepulcros en nuestros cementerios por ladrones de tumbas que roban restos de los cadáveres para ritos de la magia negra tan del gusto del actual poder en Venezuela. Estoy remolón para escribir el libro por dos razones, primero porque será difícil conseguir un patrocinio para el mismo, y segundo, pese a que no soy hombre dado a las cosas esotéricas ni a lo necrofílico, sentí ese respeto reverencial que nos merecen nuestros ancestros y con esas cosas sentimos que no se debe jugar. Así que le he dado largas al asunto porque impacta al alma, pero esa historia debe ser contada. Lo verdaderamente grave es que nuestros compatriotas acostumbrados a visitar las tumbas de sus muertos para conversar, para meditar, para rezar o simplemente llevarle flores, ahora han perdido hasta ese derecho elemental humano que es honrar a sus difuntos. Por eso estos muérganos han roto hasta el derecho de comunicarse con nuestros familiares ya idos.
Acostumbro escribir de historia hasta la Gran Venezuela de CAP, pero podría escribir ahora un largo capítulo sobre los ritos funerarios del chavismo, desde la profanación de la tumba de El Libertador, el surgimiento de Ismael y su corte malandra como objeto de devoción, las capillas familiares instaladas en las más humildes barriadas populares, los velorios de malandros con sus enfrentamientos armados, los asaltos masivos a los carros en las autopistas, la música rocolera, fundamentalmente rancheras y vallenatos en el cementerio general del Sur y del Este, que es una profanación a la música sacra y religiosa de los no malandros que somos la mayoría, las orgías entre malandros y sus jevas en La Peste, la parte última del cementerio o la proliferación de cementerios clandestinos en las barriadas, que no es práctica novedosa como se vio en la construcción de El Silencio en 1943 cuando allí descubrieron dos grandes cementerios subrepticios de acuerdo a Duhamel, el prefecto de entonces. Además los rituales del traslado de los restos del difunto hasta el Cuartel de la Montaña en La Planicie, preñados de ritos satánicos registrados. En eso el chavismo si dejará a su paso una estética de la muerte, que era la misma de la Bovera durante comienzos del siglo XIX. Doscientos años y son los mismos carajos.
*Un cortejo fúnebre en la avenida San Martin en los años 1940 cuando esta se parecía a El Paraíso y el velorio de José Pantoja del estado Vargas hace pocos días, sin dinero para la urna, donde se ve la extrema delgadez de los deudos, cosa extraña en un grupo como ese, de donde se deduce que todos son víctimas de la actual dieta de maduro.
Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres/posts/10215473107241594
El caso Di Marzo
Nicomedes Febres
* Aprovecho el asesinato de Evio di Marzo para reflexionar sobre dos o tres cosas porque quiero salirme hoy de la política, primero obviamente, debemos lamentar el asesinato de cualquier venezolano valioso o con algún mérito personal, en especial esos padres y madres humildes y anónimos asesinados o abusados por el hampa cuando salen de casa a buscar el sustento diario para los tripones, méritos que son una rara rareza dentro del chavismo, además como soy admirador de Yordano, lamento en medio de su difícil actualidad personal, el dolor que le depara la muerte de su hermano, cuya música desconozco. El hecho de haber muerto siendo taxista en horas de la noche nos habla que, si bien era o fue chavista, lo cierto es que la forma de su muerte prueba que no era un enchufado y como diría lamentablemente Yacumbele: el mismito se mató. Paz a sus restos y mis respetuosas condolencias a toda su familia.
Estoy no lejos, sino lejísimo, de ser crítico musical, incluso creo que oigo más la música con el corazón que con el oído que es muy lerdo, y siendo así, le agradezco a Yordano aquí, y públicamente, su compañía en momentos cuando él estaba presente solo con su música que me ayudó mucho. Los hombres establecemos una complicidad especial con los cantantes cuyas canciones nos llegan al alma y así, subjetivamente, uno los considera unos amigos y los mejores cantantes, no solo de la patria, sino del mundo. La lógica y el rudimentario oído que tengo me informan que hemos tenido cantantes de una gran voz: Carlos Almenar Otero, Alfredo Sadel o José Luis Rodríguez, por solo citar tres, sin embargo, los que me han acompañado a través de mi vida son otros, dos en el primer lugar de los criollos, Felipe Pirela y Yordano, con cuyas letras y voz me identifico para irme de barranco, que es el estado ideal y natural para oír la música que me gusta para viajar dentro de mí. El gran género es el bolero y la balada, y si hubiese sido más precavido o más melómano tendría una colección excepcional de esa música y de música clásica, y conste que lo lamento profundamente. Cuando estaba pequeño vivíamos frente a una fuente de soda llamada Trasatlantic antes de la bajada de la Casanova y mi balcón daba al sitio donde cantaba todas las noches Graciela Naranjo y aquello me parecía un privilegio y quería ser grande lo más pronto posible para vivir aquello. Por eso me encantan nuestras boleristas mujeres, Graciela Naranjo, Estelita del Llano, Antonieta, Marlene, Floria Márquez, Toña Granados, Soledad Bravo, Mirtha Pérez, y Kiara a quien veía antes en Margarita y es una de las mujeres más bellas que mis ojos han visto. Es más, en alguna ocasión estuve conversando con mi entrañable amigo Fausto Verdial para producir un proyecto de Ópera Bolero en los años 1980, cuando éramos felices y no lo sabíamos y cuando estuvo de moda que los restaurantes de Sabana Grande presentaran espectáculos jueves, viernes y sábado en la noche. Cosa que fue una tradición en Caracas desde los años 1940, hasta entrado el gobierno de Betancourt en 1960.
Fue una tradición inmensa donde brillaron sitios como El Trocadero de Deloffre en Quinta Crespo, el Tony en la Plaza Venezuela de Toni Grandi, el Jimmy Arizona de los hermanos Riocci en La Florida, el Pasapoga de José Arriaga en la avenida Urdaneta, el Todo París de Eugenio D’Arcy en la Gran Avenida, el Montmartre en Baruta de Jacques del Sol, el River´s en la Avenida Casanova, el Trasatlantic, Le Mazot de Papillon en Chacaito, hasta La Potiniere de los Salani o el Hipocampo de los mismos, hasta que con el Don Chicho en la plaza de Las Delicias de Sabana Grande surgieron con éxito las discotecas en Caracas. Pero esa es otra historia. Presumo que la música disco se impuso por razones de costos operativos, la dependencia cultural de la elite criolla hacia la música del norte, la influencia de la televisión y los vídeos en la masificación de esa música, el atentado de las guerrillas contra La Belle Epoque, la presencia de los centros comerciales con su cultura puertas adentro y quizás el cambio de la oferta musical de música para oír, a música para ver. Vainas del Rock supongo yo. Podría echar fácilmente esa historia, que debe ser contada antes de caer en mi etapa del P. P. T. (Pijamas, pantuflas y Televisión) .
* En las fotos el aviso de El Trocadero a comienzos de 1940, una imperfecta foto del Trasatlantic y Kiara. Por esto, para ser de verdad una nación, debemos coleccionar las fotos de nuestro pasado común.
Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10215465937982367&set=pcb.10215465944902540&type=3&theater
Lloro con gran pena, la muerte de mi gran amiga
Paula Giraud Adriani
Profesora Rosa Briceño, Directora de la Banda Marcial de Caracas, patrimonio histórico de la Caracas linda que todos amamos:Que pena tan grande siento en estos momentos al enterarme del fallecimiento de mi muy querida amiga y profesora Rosa Briceño, ocurrida este martes 29 de mayo...Me lo informaron al mediodia,porque dos amigas queridas de la extinta Gobernación de Caracas sabian que esta mala noticia,si me la decían anoche,me iba afectar muuuucho…
Mis dos queridas amigas y mi persona fuimos parte del gran equipo que participó en el hermoso video FANTASIA CARAQUEÑA, en el año 1997…Y como periodista de la desaparecida Gobernación de Caracas,tuve el privilegio de haber sido amiga de la profesora Rosa Briceño, al igual de haber contado de parte de élla, con un inmenso afecto por mi persona. Siempre estuve pendiente como periodista y funcionaria de la Gobernación de Caracas,de todas las cosas maravillosas que hizo la muy talentosa Profesora Rosa Briceño Ortiz como Directora en la Banda Marcial de Caracas,patrimonio histórico de la capital de Venezuela...
Descansa en paz mi muy querida amiga y profesora Rosa Briceño...Lamento infinitamente tu partida para volar al infinito...Que Dios te bendiga y lleva contigo tu talento musical para el mundo del cosmo, de las estrellas... Todos los que estuvimos cerca de ti,que fuimos muchos... lloramos con gran dolor tu partida…
Rosa Briceño Ortíz, nació en Caracas, el 26 de abril de 1957. Fue una destacada venezolana directora de orquesta, bandas de concierto y pianista . Inició sus estudios musicales en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas en la especialidad de piano. En 1980 egresó como directora de coros de la Escuela de Canto Coral de la Fundación Schola Cantorum de Caracas, bajo la tutela del maestro Alberto Grau.
Paralelamente realizó estudios de composición en la Escuela de Música "José Lorenzo Llamozas" con la maestra Modesta Bor. En la Accademia de Musicale de Chigiana, en Italia, recibió clases con los maestros maestros Franco Ferrara y Guennady Rozhdestvensky. En Venezuela fue la primera alumna mujer de la cátedra de dirección orquestal del maestro Gonzalo Castellanos Yumar.
Forma parte de la primera generación de mujeres en Venezuela en titularse como directora de orquesta.
Era licenciada en Educación y Magister Scientiarum en Diseño de Políticas de la Universidad Central de Venezuela.
Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10216345653292866&set=pcb.10216345698573998&type=3&theater
Nicomedes Febres
*Tengo lista la investigación sobre El Libro de la Muerte en Venezuela relativo a nuestras costumbres funerarias, que aunque ustedes no lo crean nunca ha sido escrito. Hay un libro sobre los cementerios de Caracas desde 1567 hasta 1905 de Manuel Landaeta Rosales, del resto un par de folletos y más nada. La investigación se remonta desde las costumbres funerarias de nuestros aborígenes ilustradas por un francés de apellido Picart hacia 1725 y luego por Riou en la amazonia venezolana hacia 1875. Hay crónicas detalladas en los distintos períodos históricos hechas por sus testigos, desde los entierros masivos producto de las distintas pestes y terremotos de Caracas en la Colonia, La Independencia, o de la Gripe Española de 1918, también de entierros suntuarios o masivos en el alma popular como los de José Gregorio Hernández, Carlitos Estrada o Delgado Chalbaud y como fueron evolucionando las técnicas funerarias y los hábitos mortuorios incluyendo los velorios de angelitos y los mejores chistes de velorio. Hay hasta manuscritos de don Rómulo Gallegos, que cuando joven fue escribiente de la Funeraria La Equitativa, o cuando las agencias de pompas fúnebres se peleaban por los difuntos en la esquina de Veroes, donde estaban localizados los mejores negocios del ramo, o cuando se puso en Caracas de moda visitar el modernísimo Cementerio General del Sur por razones turísticas y a verlo venían los gringos. O sea, sé de lo que estoy hablando y por eso este robo masivo de las placas del Cementerio del Este quedará para la posteridad, al igual que la profanación de panteones y sepulcros en nuestros cementerios por ladrones de tumbas que roban restos de los cadáveres para ritos de la magia negra tan del gusto del actual poder en Venezuela. Estoy remolón para escribir el libro por dos razones, primero porque será difícil conseguir un patrocinio para el mismo, y segundo, pese a que no soy hombre dado a las cosas esotéricas ni a lo necrofílico, sentí ese respeto reverencial que nos merecen nuestros ancestros y con esas cosas sentimos que no se debe jugar. Así que le he dado largas al asunto porque impacta al alma, pero esa historia debe ser contada. Lo verdaderamente grave es que nuestros compatriotas acostumbrados a visitar las tumbas de sus muertos para conversar, para meditar, para rezar o simplemente llevarle flores, ahora han perdido hasta ese derecho elemental humano que es honrar a sus difuntos. Por eso estos muérganos han roto hasta el derecho de comunicarse con nuestros familiares ya idos.
Acostumbro escribir de historia hasta la Gran Venezuela de CAP, pero podría escribir ahora un largo capítulo sobre los ritos funerarios del chavismo, desde la profanación de la tumba de El Libertador, el surgimiento de Ismael y su corte malandra como objeto de devoción, las capillas familiares instaladas en las más humildes barriadas populares, los velorios de malandros con sus enfrentamientos armados, los asaltos masivos a los carros en las autopistas, la música rocolera, fundamentalmente rancheras y vallenatos en el cementerio general del Sur y del Este, que es una profanación a la música sacra y religiosa de los no malandros que somos la mayoría, las orgías entre malandros y sus jevas en La Peste, la parte última del cementerio o la proliferación de cementerios clandestinos en las barriadas, que no es práctica novedosa como se vio en la construcción de El Silencio en 1943 cuando allí descubrieron dos grandes cementerios subrepticios de acuerdo a Duhamel, el prefecto de entonces. Además los rituales del traslado de los restos del difunto hasta el Cuartel de la Montaña en La Planicie, preñados de ritos satánicos registrados. En eso el chavismo si dejará a su paso una estética de la muerte, que era la misma de la Bovera durante comienzos del siglo XIX. Doscientos años y son los mismos carajos.
*Un cortejo fúnebre en la avenida San Martin en los años 1940 cuando esta se parecía a El Paraíso y el velorio de José Pantoja del estado Vargas hace pocos días, sin dinero para la urna, donde se ve la extrema delgadez de los deudos, cosa extraña en un grupo como ese, de donde se deduce que todos son víctimas de la actual dieta de maduro.
Fuente:
https://www.facebook.com/nicfebres/posts/10215473107241594
El caso Di Marzo
Nicomedes Febres
* Aprovecho el asesinato de Evio di Marzo para reflexionar sobre dos o tres cosas porque quiero salirme hoy de la política, primero obviamente, debemos lamentar el asesinato de cualquier venezolano valioso o con algún mérito personal, en especial esos padres y madres humildes y anónimos asesinados o abusados por el hampa cuando salen de casa a buscar el sustento diario para los tripones, méritos que son una rara rareza dentro del chavismo, además como soy admirador de Yordano, lamento en medio de su difícil actualidad personal, el dolor que le depara la muerte de su hermano, cuya música desconozco. El hecho de haber muerto siendo taxista en horas de la noche nos habla que, si bien era o fue chavista, lo cierto es que la forma de su muerte prueba que no era un enchufado y como diría lamentablemente Yacumbele: el mismito se mató. Paz a sus restos y mis respetuosas condolencias a toda su familia.
Estoy no lejos, sino lejísimo, de ser crítico musical, incluso creo que oigo más la música con el corazón que con el oído que es muy lerdo, y siendo así, le agradezco a Yordano aquí, y públicamente, su compañía en momentos cuando él estaba presente solo con su música que me ayudó mucho. Los hombres establecemos una complicidad especial con los cantantes cuyas canciones nos llegan al alma y así, subjetivamente, uno los considera unos amigos y los mejores cantantes, no solo de la patria, sino del mundo. La lógica y el rudimentario oído que tengo me informan que hemos tenido cantantes de una gran voz: Carlos Almenar Otero, Alfredo Sadel o José Luis Rodríguez, por solo citar tres, sin embargo, los que me han acompañado a través de mi vida son otros, dos en el primer lugar de los criollos, Felipe Pirela y Yordano, con cuyas letras y voz me identifico para irme de barranco, que es el estado ideal y natural para oír la música que me gusta para viajar dentro de mí. El gran género es el bolero y la balada, y si hubiese sido más precavido o más melómano tendría una colección excepcional de esa música y de música clásica, y conste que lo lamento profundamente. Cuando estaba pequeño vivíamos frente a una fuente de soda llamada Trasatlantic antes de la bajada de la Casanova y mi balcón daba al sitio donde cantaba todas las noches Graciela Naranjo y aquello me parecía un privilegio y quería ser grande lo más pronto posible para vivir aquello. Por eso me encantan nuestras boleristas mujeres, Graciela Naranjo, Estelita del Llano, Antonieta, Marlene, Floria Márquez, Toña Granados, Soledad Bravo, Mirtha Pérez, y Kiara a quien veía antes en Margarita y es una de las mujeres más bellas que mis ojos han visto. Es más, en alguna ocasión estuve conversando con mi entrañable amigo Fausto Verdial para producir un proyecto de Ópera Bolero en los años 1980, cuando éramos felices y no lo sabíamos y cuando estuvo de moda que los restaurantes de Sabana Grande presentaran espectáculos jueves, viernes y sábado en la noche. Cosa que fue una tradición en Caracas desde los años 1940, hasta entrado el gobierno de Betancourt en 1960.
Fue una tradición inmensa donde brillaron sitios como El Trocadero de Deloffre en Quinta Crespo, el Tony en la Plaza Venezuela de Toni Grandi, el Jimmy Arizona de los hermanos Riocci en La Florida, el Pasapoga de José Arriaga en la avenida Urdaneta, el Todo París de Eugenio D’Arcy en la Gran Avenida, el Montmartre en Baruta de Jacques del Sol, el River´s en la Avenida Casanova, el Trasatlantic, Le Mazot de Papillon en Chacaito, hasta La Potiniere de los Salani o el Hipocampo de los mismos, hasta que con el Don Chicho en la plaza de Las Delicias de Sabana Grande surgieron con éxito las discotecas en Caracas. Pero esa es otra historia. Presumo que la música disco se impuso por razones de costos operativos, la dependencia cultural de la elite criolla hacia la música del norte, la influencia de la televisión y los vídeos en la masificación de esa música, el atentado de las guerrillas contra La Belle Epoque, la presencia de los centros comerciales con su cultura puertas adentro y quizás el cambio de la oferta musical de música para oír, a música para ver. Vainas del Rock supongo yo. Podría echar fácilmente esa historia, que debe ser contada antes de caer en mi etapa del P. P. T. (Pijamas, pantuflas y Televisión) .
* En las fotos el aviso de El Trocadero a comienzos de 1940, una imperfecta foto del Trasatlantic y Kiara. Por esto, para ser de verdad una nación, debemos coleccionar las fotos de nuestro pasado común.
Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10215465937982367&set=pcb.10215465944902540&type=3&theater
Lloro con gran pena, la muerte de mi gran amiga
Paula Giraud Adriani
Profesora Rosa Briceño, Directora de la Banda Marcial de Caracas, patrimonio histórico de la Caracas linda que todos amamos:Que pena tan grande siento en estos momentos al enterarme del fallecimiento de mi muy querida amiga y profesora Rosa Briceño, ocurrida este martes 29 de mayo...Me lo informaron al mediodia,porque dos amigas queridas de la extinta Gobernación de Caracas sabian que esta mala noticia,si me la decían anoche,me iba afectar muuuucho…
Mis dos queridas amigas y mi persona fuimos parte del gran equipo que participó en el hermoso video FANTASIA CARAQUEÑA, en el año 1997…Y como periodista de la desaparecida Gobernación de Caracas,tuve el privilegio de haber sido amiga de la profesora Rosa Briceño, al igual de haber contado de parte de élla, con un inmenso afecto por mi persona. Siempre estuve pendiente como periodista y funcionaria de la Gobernación de Caracas,de todas las cosas maravillosas que hizo la muy talentosa Profesora Rosa Briceño Ortiz como Directora en la Banda Marcial de Caracas,patrimonio histórico de la capital de Venezuela...
Descansa en paz mi muy querida amiga y profesora Rosa Briceño...Lamento infinitamente tu partida para volar al infinito...Que Dios te bendiga y lleva contigo tu talento musical para el mundo del cosmo, de las estrellas... Todos los que estuvimos cerca de ti,que fuimos muchos... lloramos con gran dolor tu partida…
Rosa Briceño Ortíz, nació en Caracas, el 26 de abril de 1957. Fue una destacada venezolana directora de orquesta, bandas de concierto y pianista . Inició sus estudios musicales en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas en la especialidad de piano. En 1980 egresó como directora de coros de la Escuela de Canto Coral de la Fundación Schola Cantorum de Caracas, bajo la tutela del maestro Alberto Grau.
Paralelamente realizó estudios de composición en la Escuela de Música "José Lorenzo Llamozas" con la maestra Modesta Bor. En la Accademia de Musicale de Chigiana, en Italia, recibió clases con los maestros maestros Franco Ferrara y Guennady Rozhdestvensky. En Venezuela fue la primera alumna mujer de la cátedra de dirección orquestal del maestro Gonzalo Castellanos Yumar.
Forma parte de la primera generación de mujeres en Venezuela en titularse como directora de orquesta.
Era licenciada en Educación y Magister Scientiarum en Diseño de Políticas de la Universidad Central de Venezuela.
Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10216345653292866&set=pcb.10216345698573998&type=3&theater
sábado, 14 de abril de 2018
ESTÉTICA DEL DESCARO
Del niño que vino y se fue del mismo país
Luis Barragán
El pasado martes 10 de los corrientes, fue un día duro y penoso. Antes de acudir a la sesión parlamentaria e intentar que se debatiera la solicitud hecha por el legítimo Tribunal Supremo de Justicia para enjuiciar a Nicolás Maduro, acudimos a la funeraria del Hospital Militar para dar testimonio de solidaridad por el trágico deceso del menor hijo de una integrante del servicio médico del Palacio Legislativo.
Todavía incomprensible, el niño se ahorcó y, sobrepasando los límites de la póliza, sus familiares hicieron un extraordinario esfuerzo para sufragar los gastos del sepelio. Puede decirse, moderándonos con los detalles del doloroso caso, que el escolar vino y se marchó de un país que sus padres y muy numerosas generaciones atrás, jamás conocieron o sospecharon.
Después, coincidiendo con uno de los fotógrafos de la Asamblea Nacional, decimos caminar hacia el centro histórico de la ciudad para cumplir con nuestras obligaciones laborales, pues, fue imposible tomar el transporte público, el subterráneo o el de superficie, como ya es lógico en la trama urbana. Bajando por las instalaciones hospitalarias, nos detuvimos por un momento y logramos la gráfica de un mural relacionado con Chávez Frías, un poco más meritorio que el grafiterismo deliberado y masivo que él mismo ordenó, saturando todas los caseríos, pueblos y ciudades del hastío que el sucesor ha consagrado.
Ya en la avenida San Martín, un poco más delante del otrora INCE, aún enrejado el acceso de lo que supusimos una dependencia oficial, descubrimos otro mural en el que un niño – así es, un niño – repite el gesto violento y emblemático del socialismo del siglo XXI, con vestimenta militar y en trance de golpear con un puño la palma abierta de otra mano. Por más hipótesis que nos desbordaran silenciosamente en la funeraria, sintetizando una respuesta necesaria, es el país al que vino y del que prematuramente se fue el hijo de una abnegada enfermera que, faltando poco, ha sufrido los embates de la agresión oficialista en la sede parlamentaria.
Siempre nos inquietó ver los fragmentos de las estatuas de Antonio Guzmán Blanco, “El saludante” y “El manganzón”, en el Museo Boulton de la ciudad capital, pues, asegurábamos, debieron quedar en pie como recordatorio de su prolongado dominio en el siglo XIX, al igual que la reflexión suscitada por el inmediato desmantelamiento de las esculturas alusivas en la Rusia del derrumbe soviético, como lo ejemplifican algunas escenas de la película “Good Bye, Lenin!” de Wolfgang Becker (2003). Ahora, comprendemos a cabalidad la necesidad y la razón terapéuticas de borrar todo vestigio de las dictaduras que, al burlarse de sus víctimas, nunca dejaron de publicitarse, emplear una intensa y perversa pedagogía, y de profundizar en la pretendida religiosidad de sus desmanes.
Mayoritariamente huérfanos de alguna novedad o mérito estético, nada asombrará el activo y espontáneo desprecio hacia los murales de un oficialismo que se ofende cuando es atacada una que otra escultura alusiva al barinés, como si él mismo no ´consintió el impune derribo de la tradicional pieza de Colón hacia Plaza Venezuela, aun tratándose de una obra pública. Por ello, creemos, estamos a tiempo de salvar la memoria de lo que fue y ha sido este régimen que tarifó todas las paredes y rincones del país con su brochazo de indignidades, por lo que luce indispensable fotografiarlos y orbitarlos en las redes antes que la rabia les dé alcance.
Mueren prematuramente muchos inocentes en la Venezuela actual, más de lo que se sabe a través de los medios. Dios acoja en su Santa Gloria al muchacho que, apenas, por instantes, se supo venezolano.
Fotografías: LB (Caracas, 10/04/2018): Murales del Hospital Militar y de la Avenida San Martín.
16/04/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/32395-barragan-
Luis Barragán
El pasado martes 10 de los corrientes, fue un día duro y penoso. Antes de acudir a la sesión parlamentaria e intentar que se debatiera la solicitud hecha por el legítimo Tribunal Supremo de Justicia para enjuiciar a Nicolás Maduro, acudimos a la funeraria del Hospital Militar para dar testimonio de solidaridad por el trágico deceso del menor hijo de una integrante del servicio médico del Palacio Legislativo.
Todavía incomprensible, el niño se ahorcó y, sobrepasando los límites de la póliza, sus familiares hicieron un extraordinario esfuerzo para sufragar los gastos del sepelio. Puede decirse, moderándonos con los detalles del doloroso caso, que el escolar vino y se marchó de un país que sus padres y muy numerosas generaciones atrás, jamás conocieron o sospecharon.
Después, coincidiendo con uno de los fotógrafos de la Asamblea Nacional, decimos caminar hacia el centro histórico de la ciudad para cumplir con nuestras obligaciones laborales, pues, fue imposible tomar el transporte público, el subterráneo o el de superficie, como ya es lógico en la trama urbana. Bajando por las instalaciones hospitalarias, nos detuvimos por un momento y logramos la gráfica de un mural relacionado con Chávez Frías, un poco más meritorio que el grafiterismo deliberado y masivo que él mismo ordenó, saturando todas los caseríos, pueblos y ciudades del hastío que el sucesor ha consagrado.
Ya en la avenida San Martín, un poco más delante del otrora INCE, aún enrejado el acceso de lo que supusimos una dependencia oficial, descubrimos otro mural en el que un niño – así es, un niño – repite el gesto violento y emblemático del socialismo del siglo XXI, con vestimenta militar y en trance de golpear con un puño la palma abierta de otra mano. Por más hipótesis que nos desbordaran silenciosamente en la funeraria, sintetizando una respuesta necesaria, es el país al que vino y del que prematuramente se fue el hijo de una abnegada enfermera que, faltando poco, ha sufrido los embates de la agresión oficialista en la sede parlamentaria.
Siempre nos inquietó ver los fragmentos de las estatuas de Antonio Guzmán Blanco, “El saludante” y “El manganzón”, en el Museo Boulton de la ciudad capital, pues, asegurábamos, debieron quedar en pie como recordatorio de su prolongado dominio en el siglo XIX, al igual que la reflexión suscitada por el inmediato desmantelamiento de las esculturas alusivas en la Rusia del derrumbe soviético, como lo ejemplifican algunas escenas de la película “Good Bye, Lenin!” de Wolfgang Becker (2003). Ahora, comprendemos a cabalidad la necesidad y la razón terapéuticas de borrar todo vestigio de las dictaduras que, al burlarse de sus víctimas, nunca dejaron de publicitarse, emplear una intensa y perversa pedagogía, y de profundizar en la pretendida religiosidad de sus desmanes.
Mayoritariamente huérfanos de alguna novedad o mérito estético, nada asombrará el activo y espontáneo desprecio hacia los murales de un oficialismo que se ofende cuando es atacada una que otra escultura alusiva al barinés, como si él mismo no ´consintió el impune derribo de la tradicional pieza de Colón hacia Plaza Venezuela, aun tratándose de una obra pública. Por ello, creemos, estamos a tiempo de salvar la memoria de lo que fue y ha sido este régimen que tarifó todas las paredes y rincones del país con su brochazo de indignidades, por lo que luce indispensable fotografiarlos y orbitarlos en las redes antes que la rabia les dé alcance.
Mueren prematuramente muchos inocentes en la Venezuela actual, más de lo que se sabe a través de los medios. Dios acoja en su Santa Gloria al muchacho que, apenas, por instantes, se supo venezolano.
Fotografías: LB (Caracas, 10/04/2018): Murales del Hospital Militar y de la Avenida San Martín.
16/04/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/32395-barragan-
viernes, 29 de diciembre de 2017
TINTA DENSA
TRIBUNA
Retorno a Wittenberg
Manuel Fraijó
Con cierta impaciencia debe estar contando Lutero las horas que faltan para que termine el año de su V centenario. Hay que imaginárselo contento, pero también algo exhausto a causa de tanta conmemoración. Con no poco asombro habrá tomado nota de la visita de los papas Benedicto XVI y Francisco a lugares emblemáticos del protestantismo; especial satisfacción le habrá producido escuchar sus himnos, una de sus mejores herencias, cantados en tantas iglesias católicas; y, como su corazón nunca dejó de ser del todo agustino, le habrá encantado la carta, tan serena y justa, que el prior general de los agustinos ha dirigido a la orden; y él, que tan agrios debates mantuvo con el cardenal Cayetano, habrá leído con asombro y honda satisfacción la excelente monografía que otro cardenal, Walter Kasper, le ha dedicado: Martín Lutero. Una perspectiva ecuménica; especial alegría debe haber sentido al leer el Acuerdo sobre la justificación, un documento ratificado oficialmente por ambas iglesias en el año 1999 que pone de manifiesto que el polémico concepto de justificación no es ya motivo de división; y, cómo no, se habrá interesado por otro documento, este del año 2017, titulado Del conflicto a la comunión. Conmemoración conjunta luterano-católico-romana de la Reforma en 2017. Es la primera vez que luteranos y católicos conmemoran juntos lo que ocurrió hace 500 años.
Con no poco agrado habrá tomado nota de la paulatina desaparición de la leyenda de las 95 tesis clavadas por él en la puerta de la iglesia de Wittenberg. En realidad, las envió el 31 de octubre de 1517 a Alberto de Brandemburgo y a algunos obispos. Al no recibir respuesta, las envió a “hombres eruditos”. Fueron ellos quienes las difundieron. Lutero lo lamentó, ya que “no van destinadas al gran público”. Pidió disculpas al Papa, asegurándole que no las retiraba porque ya no estaba en su mano.
Pero tal vez la mayor sorpresa se la habrá dado quien le haya informado de que hace ya más de 60 años los católicos celebramos un concilio, el Vaticano II, en el que se aprobaron algunos temas por los que él tan denodadamente luchó: el sacerdocio general de todos los fieles; el uso de la lengua vernácula en la liturgia; la comunión bajo las dos especies; el protagonismo de los laicos en la Iglesia; la importancia de las comunidades locales; la Biblia como alma del cristianismo y de la teología. No sin cierta melancolía, Lutero habrá recordado su insistencia en la celebración de un concilio que Roma solo convocó en 1545, cuando ya no era posible la concordia. El concilio de Trento llegó demasiado tarde.
Y algo atónito se habrá quedado al leer los elogios que un dominico, Y. Congar, le ha dedicado: “Lutero es uno de los mayores genios religiosos de la historia”. Y sabiamente añade: “Lutero no es el Evangelio. Lo importante es ir hacia el Evangelio juntamente con él”. Por suerte, los insultos de ayer han hecho sitio a los elogios de hoy. Y bien que lo necesita el Reformador. En sus últimos años sufrió notables desengaños y decepciones. Tuvo que ver, por ejemplo, cómo algunos protestantes abusaban de la justificación por la fe para entregarse a la pereza.
Con todo, su principal fuente de preocupación fue la Reforma misma. En sus horas de reflexión y soledad debió recordar cómo en 1483, año de su nacimiento, toda Europa era católica; en 1546, fecha de su muerte, casi la mitad del continente se había separado de Roma. Algo que, como sabemos, no ocurrió sin feroces enfrentamientos y abundante derramamiento de sangre. A Lutero le preocupaba el futuro de Alemania y Europa. Él sabía que no era el único responsable de lo ocurrido: fue decisivo el apoyo de los príncipes alemanes, cansados de las injerencias de Roma y de sus exigencias financieras. Pero sin la fuerza religiosa y visionaria del Reformador nada de lo que ocurrió hace 500 años habría sido posible. Captó como nadie los apasionados anhelos religiosos de su tiempo. Lo que no supo fue encontrar un sucesor apropiado. Lutero, que se definía a sí mismo como “un sajón, un rústico y duro sajón”, terminó enfrentándose con muchos de los que habrían podido sucederle. Th. Mann dirá que el Reformador fue “un bárbaro de Dios con bovina cerviz”. De acuerdo, pero aquel bárbaro de Dios, hombre de pensamiento y oración, contemplaba con honda preocupación el resultado de su propia obra.
Y, probablemente, nada le atormentó tanto como su actuación en la rebelión de los campesinos. K. Marx la califica como “el hecho más radical de la historia alemana”. Los campesinos se sublevaron contra la opresión a la que les sometían la Iglesia y los nobles. En un primer momento contaron con el decisivo apoyo de Lutero, pero cuando este constató que también los campesinos se lanzaban al pillaje, al asesinato y a la destrucción de conventos e iglesias, cambió de bando y animó a los señores a sofocar la rebelión a sangre y fuego; sus arengas son de tenor irreproducible. Al frente de los campesinos iba Thomas Müntzer, llamado “místico con martillo” y “reformador sin iglesia”. A Müntzer no le bastaba la libertad interior que predicaba Lutero, quería libertades concretas, políticas y sociales. Fue ejecutado al fracasar la revuelta en la que perecieron unos 70.000 campesinos. Algunos historiadores afirman que el fracaso de esta revolución adormeció por un par de siglos la actitud del pueblo alemán ante los desmanes del poder. Y analistas políticos bienintencionados sostienen que, si Lutero se hubiese aliado con los campesinos, habría corrido su misma suerte y nos habríamos quedado sin Lutero, sin Müntzer, y sin la Reforma. Parece una hipótesis plausible.
A partir de 1525, fecha de la derrota de los campesinos, Lutero entró en una crisis de la que ya nunca se repuso. Su prestigio declinó rápidamente. También su boda, celebrada en el mismo año 1525, sirvió de mofa para sus enemigos y de disgusto para sus amigos. Se había iniciado el declive del Reformador. El hombre que entre 1500 y 1530 publicó el 20% de los textos editados en Alemania se fue quedando sin inspiración. “Culpable” fue también el cuidado de sus seis hijos.
El final le llegó en la noche del 17 de febrero de 1546. Ocurrió en su pueblo, en Eisleben. Fue la muerte serena de un gran creyente cristiano. En realidad, Lutero deseaba ya el final: “He vivido mi vida, ya es hora de que me reencuentre con mis mayores”. Durante sus últimos años no podía andar, lo trasladaban en un pequeño carro. Su cadáver fue trasladado de Eisleben a Wittenberg donde se le tributaron impresionantes honras fúnebres. Melanchthon, su discípulo más fiel e inteligente, pronunció una emocionada oración fúnebre. La concluyó con estas palabras: “Se ha ido el carro y el auriga de Israel”. Después de este agitado 2017, el “auriga” retornará a su silencio de Wittenberg en espera del próximo centenario.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la UNED.
Ilustración: Eduardo Estrada.
Fuente:
EL PAÍS, Madrid, 24 de marzo de 2016
TRIBUNA
El enigma del fundamentalismo religioso
Manuel Fraijó
El fundamentalismo petrifica la Biblia y la convierte en autoridad absoluta”. Así se expresa, pensando en el cristianismo, el teólogo J. Moltmann. Identifica de esta forma una de las tentaciones de las religiones monoteístas: su fe puede, con relativa facilidad, deslizarse hacia convicciones absolutas. Intentemos una mínima clarificación.
Desde luego, nadie reprochará a las religiones que retornen una y otra vez a sus fundamentos. Sus fundadores y el credo al que ellos dieron lugar no puede ser un mero punto de partida que caiga en el olvido. Los orígenes no se marginan impunemente. Las religiones, como las personas y los pueblos, tienen grandes obligaciones contraídas con el recuerdo; sin él se perece. “Qué sea el hombre”, escribió el filósofo W. Dilthey, “solo se lo dice su historia”.
Es necesario, pues, que las religiones siempre vuelvan —sobre todo en tiempos convulsos— a su primera hora, a sus fundadores, a sus libros sagrados en busca de la anhelada identidad. Pero la identidad no es algo cerrado ni enlatado que se acumule solo en los inicios y condene a los nacidos después a ser meros repetidores. El momento fundacional no agota las posibilidades de configuración de los proyectos religiosos. El tiempo añadido, la tradición, los siglos transcurridos ayudan a perfilar la intuición originaria. Esos pasos intermedios reclaman también vigencia y cierta normatividad. Es más: se impone incluso una consideración amable del momento presente. Las religiones son comunidades narrativas de acogida que ayudan a vivir y morir digna y esperanzadamente. Cuando una religión margina alguno de estos tres estadios —los orígenes, la tradición y el momento presente— y se aferra a que el velo se rasgó por completo en los mitificados momentos iniciales surge el fundamentalismo. Su pecado no se localiza, pues, en la búsqueda de fundamento; es humana y necesaria, sin ella se camina a la deriva. El fundamentalismo se hace fuerte cuando las religiones, además de afirmar legítimamente su trascendencia, niegan, ya sin legitimidad para ello, su contingencia histórica y las heridas que el paso del tiempo ocasiona. La negación de la historia es una invitación solemne al fundamentalismo.
El peligro fundamentalista afecta a múltiples ámbitos de nuestras sociedades. Sin embargo, resulta extraño que esté tan presente en las religiones, sobre todo en las monoteístas. Y es que, en palabras del teólogo W. Pannenberg, “el fundamentalista es el hombre de la cosa segura”. Pero ¿qué es lo seguro en las religiones? ¿No es la fe confiada, sin certezas ni evidencias, su seña de identidad? El mundo al que se asoman los creyentes es tan misterioso, tan tremendo y fascinante, que debería resistirse a la chata objetivación fundamentalista. La experiencia religiosa se forja en contacto con símbolos, mitos, ritos y leyendas.
Se podría afirmar, con P. Ricoeur, que es “el reino de lo inexacto”. ¿Cómo se puede ser fundamentalista en un escenario tan resbaladizo, en un universo tan cargado de misterio e incertidumbre? Más bien parece que la persona religiosa debería estar familiarizada con el espesor de lo inefable, con los muchos nombres y rostros de lo divino. Todas las religiones saldrían ganando si incluyesen en su biblia pequeña el verso de José Ángel Valente: “Murió, es decir, supo la verdad”. Pero hasta entonces, hasta que no doblemos la última curva del camino, la verdad será una criatura huidiza, especialmente para el fundamentalista.
El filósofo H. Bergson abordó estos interrogantes distinguiendo dos clases de religión: la estática y la dinámica. La primera se agota en la búsqueda de seguridades. Su problema es el miedo, que intenta esquivar acumulando certezas doctrinales y pautas inmutables de conducta que defiende con ira, intransigencia y fanatismo. En definitiva, la religión estática rechaza las fatigas de la duda y el ejercicio de la razón crítica.
En cambio, la religión dinámica está familiarizada con las preguntas que “el terror de la historia” (M. Eliade) suscita. Sabe que preguntar es ser piadoso. De ahí que, según Bergson, la religión dinámica culmine en la mística. “Superhombres sin orgullo” llama a los místicos, cuya cima son para él san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. No puede extrañar que este gran europeo muriera (1941) pidiendo “un suplemento de alma” para un mundo en el que ya se vislumbraba que la mecánica estaba ganando la partida a la mística.
Destacados conocedores de la historia de las religiones monoteístas señalan dos ámbitos especialmente sensibles al fundamentalismo. En primer lugar, la comprensión e interpretación de sus textos sagrados. Casi tres siglos lleva el cristianismo a vueltas con la exégesis de su Biblia. La aplicación del método histórico-crítico a los textos bíblicos no ha supuesto su debilitamiento, sino una mayor fortaleza. Algo parecido se espera de la incipiente exégesis crítica del Corán. El libro sagrado de los musulmanes determina rígidamente todos los aspectos de su vida religiosa y social. Según el islam, el Corán fue dictado íntegramente al Profeta Mahoma por un ángel en el cielo. Tal vez esta procedencia divina tan directa esté en el origen del temor a someter el Corán a los rigores de la exégesis histórico-crítica. Un temor que no es unánime: existe un islam fundamental que empieza a asomarse a la exégesis crítica del Corán; menos propenso a esta tarea es el islam fundamentalista, siempre volcado en la interpretación literal del texto sagrado; y ajeno a las fatigas de la interpretación histórico-crítica es el fundamentalismo islámico, de triste actualidad por los fines bastardos con los que lee y aplica determinados pasajes del Corán. No existe, pues, un único islam, como tampoco existe un solo cristianismo o un único judaísmo. Sería injusto no diferenciar cuidadosamente.
En segundo y último lugar: a todas las religiones les cuesta separar lo sagrado de lo profano. Muchos musulmanes defienden que, por el honor de Alá, no debería haber zonas francas seculares. Sin embargo, los estudiosos del islam están convencidos de que en algunos países musulmanes el islam está evolucionando y terminará percatándose, como le ocurrió al cristianismo, de que en la vida no todo es religión.
Al comienzo de este siglo, profetas de mal agüero aseguraron que el siglo XXI sería “el siglo de Jesús contra Mahoma”. Es de esperar que aún estemos a tiempo de evitarlo. Y el mejor camino es el de la aproximación mutua, serena y reflexiva, más atenta a lo que une que a lo que separa. En su viaje a Centroáfrica el papa Francisco acudió a una gran mezquita musulmana a orar. En realidad, así fue al principio. Las crónicas narran que, tras cuatro meses de asedio, el califa Omar (632) conquistó Jerusalén sin ningún género de violencia. Entró como un peregrino, a lomos de un camello y vistiendo un manto usado. A la hora de la oración, el patriarca de Jerusalén, Sofronio, le ofreció su iglesia para que rezase en ella; pero Omar declinó la invitación con estas o parecidas palabras: mejor no, no sea que el día de mañana, después de mi muerte, algún musulmán te la arrebate diciendo: “Aquí oró Omar”. Un comienzo de diálogo prometedor.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED.
Ilustración: Nicolás Aznárez.
Fuente:
EL PAÍS, Madrid, 01 de noviembre de 2015
TRIBUNA
Avatares de la creencia en Dios
Manuel Fraijó
A la memoria de mi hermana Dolores (1942-2015)
En plena Ilustración europea se prohibían en España los libros que intentasen demostrar la existencia de Dios; se los consideraba peligrosos. Y es que Dios era tan evidente que no necesitaba demostración alguna. Se cuenta que durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) se pensó, para remediar la pobreza de nuestras tierras, en canalizar los ríos Manzanares y Tajo; pero una ilustre comisión de teólogos se declaró en contra con la siguiente sutil argumentación: si Dios hubiese querido que ambos ríos fuesen navegables le habría bastado con pronunciar un sencillo “hágase”. Si no lo hizo, sus razones tendría. Y no está permitido enmendarle la plana.
Salta a la vista que por aquellas fechas Dios era algo inmediato, asequible, presente, familiar. Era un dato más de la realidad, o incluso el gran dato. Europa y, por supuesto, España convivían sin mayores traumas con la fe en Dios, una fe heredada de las buenas gentes del pasado.
También parece obvio que en la actualidad Dios no encuentra fácil acomodo, al menos en la geografía occidental. Hace más de un siglo que Nietzsche, con su habitual desparpajo, lo envió a engrosar la lista del paro; lo declaró viejo y cansado, incapaz de asumir las tareas que los nuevos tiempos demandan. Y un gran conocedor e intérprete de Nietzsche, M. Heidegger, no tuvo reparo en afirmar que “en el ámbito del pensamiento es mejor no hablar de Dios”. Se tiene la impresión de que la recomendación del filósofo de la Selva Negra goza de notable aceptación. En España, constataba con ironía Antonio Machado, “se puede hablar de la esencia del queso manchego, pero nunca de Dios…”.
Se ha hecho un gran silencio sobre Dios; su muerte ha sido repetidamente anunciada. Lo hizo, pero sin triunfalismo ni euforia, Nietzsche. De hecho percibió como pocos que, sin Dios, sonaba la hora del desierto, del vacío total, del nihilismo completo. Acudió a tres certeras metáforas para ilustrar las consecuencias de la muerte de Dios: se vacía el “mar”, es decir, ya no podremos saciar nuestra sed de infinitud y trascendencia; se borra el “horizonte” o, lo que es igual, nos quedamos sin referente último para vivir y actuar en la historia, se esfuman los valores; y, por último, el “sol” se separa de la tierra, es decir, el frío y la oscuridad lo invaden todo, el mundo deja de ser hogar. ¡Noble forma de despedir a un difunto! Nietzsche era consciente de que la muerte de Dios cambiaba el destino del mundo y de la historia y le quiso dedicar un gran elogio fúnebre. Repetidamente se ha evocado el carácter clarividente, casi profético, de la figura de este genial escritor y filósofo. ¿Intuiría que un siglo después de su muerte, en nuestros días, nos íbamos a quedar casi sin mar, sin horizonte, sin sol? Tal vez fue consciente de la notable dificultad que entraña convertir en categorías seculares vinculantes los pilares religiosos de antaño.
No parece posible, ni lo pretende este artículo, retornar a los lejanos tiempos en los que la presencia de Dios era tan obvia que se contaba con él a la hora de canalizar los ríos. Occidente ha seguido, más bien, el itinerario de Feuerbach: “Dios fue mi primer pensamiento, el segundo la razón, y el tercero y último el hombre”. En el ámbito filosófico, la teología de ayer se llama hoy antropología. Y tampoco asistimos en la actualidad a contundentes proclamaciones de ateísmo. El ardor negativo de otros tiempos ha dado paso al desinterés actual. Muchos ateos de ayer prefieren llamarse hoy increyentes.
Y es que tal vez todos, creyentes e increyentes, nos hemos dado cuenta, como Bonhoeffer, de que “el problema de Dios tiene su origen en Dios”, en su “invisibilidad”, en el carácter misterioso de su revelación. Bien lo sabía san Agustín: “Si lo comprendes, no es Dios”. De ahí que el aplomo afirmativo de otras épocas haya sido reemplazado por un incómodo balanceo entre el sí y el no. El maestro Eckhart era llamado “el hombre del sí y del no”. Se referían al carácter dialéctico de su pensamiento, también cuando hablaba de Dios. Solo abandonaba la dialéctica cuando se disponía a preparar una sopilla para los pobres; no había para él urgencia mayor.
Impresiona constatar cómo creyentes tan profundos y auténticos como José Gómez Caffarena se adherían a la “dramática ponderación entre el sí y el no a la fe cristiana”. En él vencía el sí, pero su fe supo de noches oscuras, de travesías del desierto. Y no es menor la impresión que causan algunas frases del papa Francisco: “Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien”. O esta otra: “Si uno tiene respuesta a todas las preguntas es prueba de que Dios no está con él”. Y añade: “Un cristiano que lo tiene todo claro y seguro no va a encontrar nada”. Desde luego no estamos ante un lenguaje muy pontificio, pero sí hondamente humano, altamente teológico, y sensible a nuestro convulso siglo XXI.
No puede, pues, extrañar que dos grandes maestros de la teología cristiana, Karl Rahner y Karl Barth, se mostrasen abiertos a una teología más propensa a la pregunta que a la respuesta. Preguntado en una ocasión el primero si de veras se consideraba creyente cristiano, respondió con aire taciturno: “Sí, pero no a tiempo completo”. Obviamente no quería decir que, por ejemplo, era creyente en las horas centrales del día e increyente al atardecer. Sencillamente aludía al carácter débil, precario, de su fe; estaba traduciendo al lenguaje de nuestro tiempo el evangélico “creo, Señor, pero ven en ayuda de mi incredulidad”. Rahner, calificado por H. Fries como “el mayor testigo de la fe del siglo XX”, solo se consideraba, pues, creyente a intervalos. Es más: dejó escrito que lo de ser cristiano no es un “estado”, sino una meta, un ideal. Propiamente no es correcto decir “soy cristiano”, sino “aspiro a ser cristiano”. En parecidos términos se expresaba el otro gran maestro, en este caso de la teología protestante, Karl Barth, al rechazar la distinción entre creyentes e increyentes. Aducía que él conocía a un increyente llamado Karl Barth. En realidad, la tradición cristiana siempre supo que somos ambas cosas a la vez, creyentes e increyentes. Nuestro Unamuno lo expresó lapidariamente: “Fe que no duda es fe muerta”.
Por último: los avatares de la creencia en Dios son asunto de la “interioridad apasionada” (Kierkegaard) de cada creyente. Pero es posible que en ese secreto recinto personal se escuche la atormentada voz de Pascal con su inolvidable “incomprensible que exista Dios e incomprensible que no exista”. Es, de nuevo, la dialéctica entre el sí y el no, compañera asidua de la condición humana y de la creencia religiosa.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED.
Eduardo Estrada
Fuente:
EL PAÍS, Madrid, 8 de febrero de 2014
LA CUARTA PÁGINA
¿Vivir sin ética, vivir sin religión?
Manuel Fraijó
Con más frecuencia de la deseada tuvo que escuchar el filósofo y matemático Bertrand Russell la siguiente pregunta: “¿Qué le parece más importante, la ética o la religión?”. Con su habitual desparpajo y contundencia, dejó caer la siguiente respuesta: “He recorrido bastantes países pertenecientes a diversas culturas; en ninguno de ellos me preguntaron por mi religión, pero en ninguno de esos lugares me permitieron robar, matar, mentir o cometer actos deshonestos”.
De esta forma tan gráfica defendía Russell una tesis a la que dedicó no pocas energías: sin religión se puede vivir; sin ética, no. No será difícil estar de acuerdo con él. Pero probablemente él era consciente de que los mínimos éticos que señala —no matar, no robar, no mentir, no cometer actos deshonestos— nos llegan, también, como legado de grandes espíritus religiosos como Buda, Confucio, Moisés, Jesús o Mahoma. Es decir: la ética y la religión han tendido a darse la mano, a caminar juntas, a aunar esfuerzos. De hecho, el 83% de los seres humanos vincula su quehacer ético con su pertenencia a alguna de las 10.000 religiones existentes en nuestro planeta.
Esta decidida voluntad de cooperación no ha evitado roces y trifulcas entre ética y religión. Hace casi un siglo, en 1915, el filósofo neokantiano Hermann Cohen se propuso zanjar la secular contienda entre ética y religión. Su propuesta fue nítida: la religión tiene que disolverse en la ética. Sería, afirmaba, el mayor timbre de gloria de la religión. Es más: una religión será tanto más verdadera cuanto más capaz sea de inmolarse y desaparecer en la ética. Desembocamos así en la ética como criterio de verdad de la religión, la tesis que ya había anticipado Feuerbach, el crítico más severo de la religión: “La verdadera religión es la ética”.
Sin embargo, tal vez todo sea algo más complejo. Desde luego, la ética no es un mal destino para nada ni para nadie. ¡Bien que añoramos su presencia en el día a día de nuestro país! Pero la religión no aceptará de buen grado su autodisolución en ella. Preferirá continuar siendo su compañera de viaje. En realidad, las dos vienen de muy lejos. Juntas han recorrido difíciles etapas y conocido parecidos vaivenes y zozobras.
No es cierto que la ética empiece allí donde termina la religión. Tradicionalmente hemos responsabilizado a la ética del qué debemos hacer y hemos reservado a la religión la tarea de administrar el qué nos cabe esperar; pero es muy probable que tal división de tareas no sea pertinente. Lo que de veras intentaron siempre tanto la ética como la religión fue presentar un cuadro inteligible de la vida sobre la tierra.
Ni la ética trata solo de la rectitud de las acciones humanas, ni la religión se refiere únicamente a la relación de los seres humanos con sus dioses. Ambas apuntan hacia una inteligibilidad más global, más abarcadora. Ambas buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida. Alguien ha dicho que el término esperanza las engloba a las dos. En efecto: quien se atreve a pronunciar la palabra esperanza —“el sueño de un vigilante” la llamó Aristóteles— está hablando, al menos implícitamente, de ética y religión. Estamos ante dos saberes, de tono casi melancólico, que se atreven a insinuar frágiles esperanzas que nunca podrán fundamentar plenamente.
Ni la ética ni la religión se resignan, por ejemplo, a los acabamientos definitivos. “Por dignidad personal” se rebelaba el filósofo marxista E. Bloch contra la sangrante evidencia de que los seres humanos “acabemos igual que el ganado”. Aducía, con enorme vigor antropológico, que en vida había sido diferente del ganado: había escrito libros, por ejemplo. Consideraba, pues, justo que esa diferencia se hiciese también presente más allá de la muerte. Y pedía ayuda a la ética y a la religión, ayuda en forma de esperanza: El principio esperanza es el título de su obra más decisiva. Eso sí: siempre evocó una “esperanza enlutada”, es decir, incierta, frágil. La esperanza “firme” del cristianismo le parecía una desmesura.
“Hay capítulos de la ética”, reconocía Aranguren, el gran maestro de la ética en España, “que no sabría cómo abordar si, de algún modo, no lo hago desde la religión”. Y ponía como ejemplo la solidaridad, a la que consideraba “heredera de la fraternidad cristiana”. Aranguren defendió siempre, como lo hacía Bloch y gran parte de la tradición filosófica occidental, la apertura de la ética a la religión. Esto no significa que ética y religión terminen por identificarse. Es cierto que, probablemente, todas las religiones predican a sus fieles: haz el bien, evita el mal. Todas se atienen a la regla de oro: “Trata a los demás como desees que te traten a ti”. El rabino Hillel condensaba el núcleo ético de todas las religiones en una fórmula tan sencilla como grandiosa: “Sé bueno, hijo mío”. Pero no todo en la religión es ética o moralidad. La actitud religiosa tiene que ver con el misterio, con el sobrecogimiento, con la adoración, con la alabanza, con la entrega.
La apertura de la ética a la religión tampoco significa que la ética no sepa caminar sola a la hora de determinar y fijar los valores morales. La experiencia muestra lo contrario: con frecuencia, las grandes conquistas éticas de la modernidad se lograron a pesar de la oposición frontal de la religión —mejor sería decir de las Iglesias—. La ética es autónoma, no depende de la religión; pero saldrá ganando si acepta los impulsos válidos que esta le ofrezca.
Finalmente, esa apertura no significa que la ética pida a la religión que le preste a su Dios para lograr así una perfecta fundamentación de sus normas. Estos sueños teocéntricos nos quedan lejos. La ética ha aprendido, no sin penalidades, a vivir sin una fundamentación fuerte; sabe que, como tantas otras parcelas importantes de la vida, no puede probar científicamente los cimientos sobre los que se asienta. “Nada digno de probarse puede ser probado ni desprobado” repetía el bueno de Unamuno. La ética y la religión han terminado aprendiendo que, además de lo científico, existe lo significativo. Este último es el único campo en el que ellas pueden lucirse.
¿En qué consiste, pues, la apertura de la ética a la religión? Ante todo: existe una ética de la inmediatez que puede ir del brazo de la religión, pero que también se las apaña bien sin ella. Preconiza una justa distribución de la cultura y de los bienes disponibles. Constituye un intento realista de favorecer el equilibrio, la convivencia y el diálogo. Y nunca olvida la utopía de la justicia como revulsivo permanente.
Pero, junto a esta ética de la inmediatez, sobria y atenta a las urgencias inmediatas, existe otra ética, que no sé cómo adjetivar, y que no se limita a procurar la mejor y más justa configuración del presente, sino que pregunta insistentemente por los ya-no-presentes. Vuelve su mirada, con inevitable desasosiego, hacia los que nos precedieron, intentando introducir sentido donde no lo hubo. Es una ética que, además de actuar sobre el presente, medita sobre el pasado de los injustamente tratados por la historia. Se acuerda de las vidas dañadas y maltrechas. Es aquí donde la ética puede sellar alianzas con la religión. La ética siente anhelo por una especie de finitud sanada, evocada por la tradición cristiana, por un posible escenario futuro sin víctimas ni verdugos. La sombría perspectiva de que todo pudiese quedar como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad movió incluso a pensadores no creyentes a postular futuros escenarios de liberación. Unamuno ha tenido muchos seguidores en su deseo de que “nuestro trabajado linaje humano sea algo más que una fatídica procesión de fantasmas que van de la nada a la nada”. Es, tal vez, el momento de recordar a otro grande de la filosofía, Jürgen Habermas, en el impresionante marco de la iglesia de San Pablo en Fráncfort. Lo más inquietante, dijo, es “la irreversibilidad de los sufrimientos del pasado —la injusticia infligida contra personas inocentes, que fueron maltratadas, degradadas y asesinadas— sin que el poder humano pueda repararlo”. Y añadió: “La esperanza perdida de resurrección” se siente a menudo como “un gran vacío”.
La religión espera contra toda esperanza escenarios finales benévolos, salvados; la ética interroga pertinazmente a la religión sobre el fundamento de esa esperanza; la religión, a su vez, remite al misterio, al silencio; y, como la ética también conoce la palabra misterio y sabe de silencios, ambas terminan llevándose bien.
(*) Manuel Fraijó es catedrático de Filosofía de la Religión en la UNED.
Ilustración: Raquel Marín.
Fuente:
Cfr. Manuel Fraijó:
"Elogio de la Navidad": https://elpais.com/elpais/2015/12/18/opinion/1450457921_100867.html
"A vueltas con la esperanza": https://elpais.com/elpais/2015/03/30/opinion/1427737154_636401.html
"¿Adiós al alma?": https://elpais.com/elpais/2017/03/23/opinion/1490298145_103231.html
¿Sólo una hamaca vacía?": https://elpais.com/elpais/2016/08/08/opinion/1470650021_106192.html
Sobre el diálogo europeo:https://elpais.com/elpais/2016/09/05/opinion/1473077159_395461.html
domingo, 12 de abril de 2015
PARA EL ANDAR ESPERANZADO
EL NACIONAL, Caracas, 9 de abril de 2015
¿Es reversible esta muerte?
Luis Ugalde (SJ)
Pocos- aun entre los chavistas – dudan de la muerte de esta “revolución”. Todavía tienen poder, pero murió la esperanza. Los soldados armados custodian un sepulcro vacío y la esperanza ya no está ahí. Pero los pueblos no mueren ni renuncian a sus sueños de vida libre y digna.
Ningún año de nuestra historia es tan terrible ni tan de muerte como 1814. “Vuestros hermanos y no los españoles han desgarrado nuestro seno, derramado nuestra sangre, incendiado nuestros hogares y os han condenado a la expatriación”. Así escribía Bolívar en Carúpano a punto de escaparse al exilio. Pero en medio de esa noche espantosa y en vísperas del envío español del ejército mayor y mejor entrenado, Bolívar afirma la esperanza contra toda esperanza: “No habrá potestad humana que detenga el curso que me he propuesto, seguir hasta volver a libertaros” (Manifiesto de Carúpano, 1814).
En diciembre de 1957, el amañado plebiscito ratificaba la invencibilidad de la dictadura con un pueblo resignado. Pero un mes después la esperanza y conducción decidida de unos cuantos trajo la huída del dictador y la explosión democrática del 23 de enero; luego la democracia concretó programas de esperanza y creatividad constructiva.
En 1998 el bipartididismo democrático- acostumbrado a contar con 80% de los votos- agonizaba por su corrupción, su falta de iniciativa renovadora y su desconexión con las necesidades de la gente. Sucumbió ante la esperanza ilusionada, conectada con las penurias del pueblo, que encarnaba Chávez.
Los partidos y los gobiernos mueren, pero los pueblos continúan con quienes encarnen la confianza de vida y de cambio. Hoy, muerto un modelo que ha agravado la enfermedad con su corrupción e ineptitud y con una propuesta política insensata e inviable, la gente está urgida de líderes que conecten con su confianza apagada y la enciendan como hoguera contagiosa.
Cuando nos va mal como ahora, algunos solo ven cenizas de desolación y concluyen con aire de sabiduría autosuficiente que nuestro pueblo es inferior a sus retos, que aquí no hay remedio y lo mejor es irse del país. En su miopía no aprecian que debajo de las cenizas hay brasas en espera de un soplo inspirador que las convierta en fuego indetenible. En ambos lados de la triste Venezuela dividida están las frustradas brasas y restos del optimismo; unidos y sólo unidos, y avivados con nuevo soplo de creencia en políticas razonables, podemos salir de esta muerte y desolación.
En estos días santos oímos al ángel que sorprende a las mujeres que, tras la noche oscura del Calvario, fueron a amanecer en el sepulcro de Jesús: “No tengan miedo. Ustedes buscan a Jesús Nazareno, el crucificado. No está aquí, ha resucitado” (Mateo 16,6). La muerte de Jesús fue una derrota espantosa para sus discípulos y con ella murió la esperanza y de sus corazones se apoderaron el miedo, la desolación y la dispersión sin sentido. Días después, salidos de su escondite, empezaron a proclamar en plaza pública: A este hombre justo que pasó haciendo el bien, ustedes lo crucificaron y le dieron muerte por medio de gente sin ley. Pero Dios lo resucitó “porque la muerte no podía retenerlo” (Hechos 2,24). Al encontrarse con el Resucitado la derrota se transforma en esperanza de los discípulos, el miedo desaparece y empiezan a entender lo que en vida de Jesús no habían comprendido: que dar la vida es el camino para hallarla, pues el amor es más fuerte que la muerte. La Resurrección de Jesús es para nosotros: “Dios resucitó a su siervo y lo envió primero a ustedes, para bendecirlos y transformarlos” (Hechos 3,26).
Las autoridades prohibieron y encarcelaron a aquellos discípulos del Crucificado, emborrachados de Espíritu, que a la amenaza respondieron: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hechos 4,20). Mientras los soldados seguían cuidando el sepulcro vacío y el poder reprimía, la comunidad cristiana crecía alimentada del Espíritu de Jesús, que por dar su vida fue resucitado por el Padre y puesto como Salvador.
Nuestra primera necesidad es saber convertir la esperanza del Resucitado con la convicción de que quien da la vida por otro no la pierde, sino que la encuentra. Para que haya vida en Venezuela hay que transformar en vida y esperanza esta economía y poder de muerte, sus persecuciones, injusticias, anarquías y corrupciones. Es nuestro reto de hoy y el logro de mañana con una Venezuela unida en lo fundamental.
¿Es reversible esta muerte?
Luis Ugalde (SJ)
Pocos- aun entre los chavistas – dudan de la muerte de esta “revolución”. Todavía tienen poder, pero murió la esperanza. Los soldados armados custodian un sepulcro vacío y la esperanza ya no está ahí. Pero los pueblos no mueren ni renuncian a sus sueños de vida libre y digna.
Ningún año de nuestra historia es tan terrible ni tan de muerte como 1814. “Vuestros hermanos y no los españoles han desgarrado nuestro seno, derramado nuestra sangre, incendiado nuestros hogares y os han condenado a la expatriación”. Así escribía Bolívar en Carúpano a punto de escaparse al exilio. Pero en medio de esa noche espantosa y en vísperas del envío español del ejército mayor y mejor entrenado, Bolívar afirma la esperanza contra toda esperanza: “No habrá potestad humana que detenga el curso que me he propuesto, seguir hasta volver a libertaros” (Manifiesto de Carúpano, 1814).
En diciembre de 1957, el amañado plebiscito ratificaba la invencibilidad de la dictadura con un pueblo resignado. Pero un mes después la esperanza y conducción decidida de unos cuantos trajo la huída del dictador y la explosión democrática del 23 de enero; luego la democracia concretó programas de esperanza y creatividad constructiva.
En 1998 el bipartididismo democrático- acostumbrado a contar con 80% de los votos- agonizaba por su corrupción, su falta de iniciativa renovadora y su desconexión con las necesidades de la gente. Sucumbió ante la esperanza ilusionada, conectada con las penurias del pueblo, que encarnaba Chávez.
Los partidos y los gobiernos mueren, pero los pueblos continúan con quienes encarnen la confianza de vida y de cambio. Hoy, muerto un modelo que ha agravado la enfermedad con su corrupción e ineptitud y con una propuesta política insensata e inviable, la gente está urgida de líderes que conecten con su confianza apagada y la enciendan como hoguera contagiosa.
Cuando nos va mal como ahora, algunos solo ven cenizas de desolación y concluyen con aire de sabiduría autosuficiente que nuestro pueblo es inferior a sus retos, que aquí no hay remedio y lo mejor es irse del país. En su miopía no aprecian que debajo de las cenizas hay brasas en espera de un soplo inspirador que las convierta en fuego indetenible. En ambos lados de la triste Venezuela dividida están las frustradas brasas y restos del optimismo; unidos y sólo unidos, y avivados con nuevo soplo de creencia en políticas razonables, podemos salir de esta muerte y desolación.
En estos días santos oímos al ángel que sorprende a las mujeres que, tras la noche oscura del Calvario, fueron a amanecer en el sepulcro de Jesús: “No tengan miedo. Ustedes buscan a Jesús Nazareno, el crucificado. No está aquí, ha resucitado” (Mateo 16,6). La muerte de Jesús fue una derrota espantosa para sus discípulos y con ella murió la esperanza y de sus corazones se apoderaron el miedo, la desolación y la dispersión sin sentido. Días después, salidos de su escondite, empezaron a proclamar en plaza pública: A este hombre justo que pasó haciendo el bien, ustedes lo crucificaron y le dieron muerte por medio de gente sin ley. Pero Dios lo resucitó “porque la muerte no podía retenerlo” (Hechos 2,24). Al encontrarse con el Resucitado la derrota se transforma en esperanza de los discípulos, el miedo desaparece y empiezan a entender lo que en vida de Jesús no habían comprendido: que dar la vida es el camino para hallarla, pues el amor es más fuerte que la muerte. La Resurrección de Jesús es para nosotros: “Dios resucitó a su siervo y lo envió primero a ustedes, para bendecirlos y transformarlos” (Hechos 3,26).
Las autoridades prohibieron y encarcelaron a aquellos discípulos del Crucificado, emborrachados de Espíritu, que a la amenaza respondieron: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hechos 4,20). Mientras los soldados seguían cuidando el sepulcro vacío y el poder reprimía, la comunidad cristiana crecía alimentada del Espíritu de Jesús, que por dar su vida fue resucitado por el Padre y puesto como Salvador.
Nuestra primera necesidad es saber convertir la esperanza del Resucitado con la convicción de que quien da la vida por otro no la pierde, sino que la encuentra. Para que haya vida en Venezuela hay que transformar en vida y esperanza esta economía y poder de muerte, sus persecuciones, injusticias, anarquías y corrupciones. Es nuestro reto de hoy y el logro de mañana con una Venezuela unida en lo fundamental.
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viernes, 14 de noviembre de 2014
LA LÁMPARA INSOMNE
Penitente octubrismo (y la biblioteca de Abraham Quintero)
Luis Barragán
Frecuentemente, se entiende por “octubrismo” aquellos principios o postulados, enunciados o realizados, añadidas las resistencias generadas, que inspiraron el ciclo iniciado el 18 de octubre de 1945, permitiendo establecer algunas coincidencias o diferencias respecto a otra etapa histórica, como la inaugurada el 2 de febrero de 1999. Ambas manifestaciones – la originaria y la derivada - hablan de un mismo modelo rentista de desarrollo, naturalmente afincado en un conjunto de creencias, símbolos y discursos (imaginario), capaz de responder a las coyunturas o confrontar retos similares.
El ciclo abierto en los cuarenta del siglo XX, por cierto, reivindicado a su modo por Marcos Pérez Jiménez hasta los capítulos finales de su gobierno, se extendió hasta mediados de la primera década del XXI, procurando o forzando el consenso a través de un poderoso mito: la revolución. Evidentemente media una distancia abismal, por la habilidad, circunstancia y densidad del anuncio que hizo el conocido Rómulo Betancourt en el mitín del Nuevo Circo, el 17 de octubre de 1945, y la estremecedora espontaneidad, sentido de oportunidad y, valga acotar, inadvertida sobriedad de sus captores de la que también se valió el desconocido Hugo Chávez, el 4 de febrero de 1992. Sin embargo, al revisar pacientemente los discursos de ambos protagonistas, ayudando a configurar el fenómeno octubrista, coinciden en sus principales banderas.
Sintonizan con un determinado imaginario de la revolución, los obliga una inaplazable emergencia social, abortan la inminente guerra civil, la institución castrense recobra un protagonismo político que supusimos superado, luchan contra la corrupción, la movilización populista atenta contra el pluralismo invocado, aunque hay discrepancias propias de mentalidades, épocas y elencos llamados a ejercer el gobierno. Por ejemplo, el uno, echa las bases de una distinta política petrolera que el otro agotó e, irremediablemente, distorsionó; en un caso, se habló de la despersonalización del poder, mientras que, en el otro, de la despartidización extrema; un proyecto fue redefinido y concursado por otros actores, a partir de 1958, en contraste con el otro que comenzó a sincerarse unilateralmente, luego de 2006; hubo responsabilidad, trayectoria e innovación en los equipos gubernamentales, setenta años atrás, pero soportamos la irresponsabilidad, improvisación y rutina de casi dieciséis años que rematan en una crisis crónica, aguda y censurada.
Evidentemente, versamos sobre períodos históricos diferentes, sumados los respectivos partidos de gobierno, pues, en perspectiva, quiérase o no, hay un dramático contraste entre la vieja Acción Democrática de una también intensa y agitada vida interna, sobreviviente en la oposición, y el Movimiento V República / PSUV, bajo parámetros militaristas y que no se entendería fuera de la dirección del Estado. Luce interesante la hipótesis en relación al trienio y al sexenio octubristas de Betancourt y Chávez: original y copia, pues.
La biblioteca de Abraham Quintero
Lo conocimos gracias a las redes sociales, incursionando en sendos grupos de su predilección. En el de libros, por ejemplo, promovía la lectura, leyendo. Sus comentarios fueron densos, oportunos, didácticos. Un buen día, luego de tantas horas de intercambio virtual, la otra perspectiva del tiempo real, María Efe y yo, junto al matrimonio Balladares, lo visitamos: la espléndida comida de un gourmet que, vale subrayarlo, cocinaba, fue el mejor pretexto para hablar estrictamente de todo, incluyendo las piezas artísticas del modesto apartamento, pero lo mejor fue, con pipa empuñada para la degustación de una variada picadura, adentrarse en la biblioteca que cabalmente ejercitaba, aunque el estricto y cuidadoso orden de sus selectos títulos aparentemente lo desmentían. Además, coincidíamos con él en que una buena colección de libros ha de depurarse constantemente, por lo que había títulos en permanente tránsito que muy bien envidiarían a los autores que permanecieron en los estantes de una habitación que parecía intimidar a la misma computadora que los ventilaba. En la extinta St. Honoré, comiendo unas arepas por las Tres Gracias luego de un concierto del Orfeón Universitario, a través del correo electrónico o por el teléfono convencional, María Efe y yo admirábamos al lector, leyente, y al conversador, oyente. Y, reflexionándola en su magnífico blog, la muerte de un cristiano (http://lecturas-yantares-placeres.blogspot.com/2014/08/la-muerte-del-cristiano.html) rubricó la indeseada despedida: falleció Abraham Quintero, el diplomático de carrera jubilado,inquieto y sereno a la vez, de pupilas anegadas por la imprenta convencional y digital, porque Dios lo quiere en su biblioteca y, sin dudas, será un magnifico y obsequioso librero cuando los lectores de sus numerosos comentarios, con paladar en ristre, nos toque algún día partir.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2014/10/penitente-octubrismo-y-la-biblioteca-de-abraham-quintero/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1057253
Fotografía: Orbitada por Abraham Quintero para un album del grupo Libros / Facebook, tiempo atrás, muestra una sección. Tenía los volúmenes indispensables y solía desprenderse de aquellos títulos que no valían un cupo en su estantería, inmediatamente.
Luis Barragán
Frecuentemente, se entiende por “octubrismo” aquellos principios o postulados, enunciados o realizados, añadidas las resistencias generadas, que inspiraron el ciclo iniciado el 18 de octubre de 1945, permitiendo establecer algunas coincidencias o diferencias respecto a otra etapa histórica, como la inaugurada el 2 de febrero de 1999. Ambas manifestaciones – la originaria y la derivada - hablan de un mismo modelo rentista de desarrollo, naturalmente afincado en un conjunto de creencias, símbolos y discursos (imaginario), capaz de responder a las coyunturas o confrontar retos similares.
El ciclo abierto en los cuarenta del siglo XX, por cierto, reivindicado a su modo por Marcos Pérez Jiménez hasta los capítulos finales de su gobierno, se extendió hasta mediados de la primera década del XXI, procurando o forzando el consenso a través de un poderoso mito: la revolución. Evidentemente media una distancia abismal, por la habilidad, circunstancia y densidad del anuncio que hizo el conocido Rómulo Betancourt en el mitín del Nuevo Circo, el 17 de octubre de 1945, y la estremecedora espontaneidad, sentido de oportunidad y, valga acotar, inadvertida sobriedad de sus captores de la que también se valió el desconocido Hugo Chávez, el 4 de febrero de 1992. Sin embargo, al revisar pacientemente los discursos de ambos protagonistas, ayudando a configurar el fenómeno octubrista, coinciden en sus principales banderas.
Sintonizan con un determinado imaginario de la revolución, los obliga una inaplazable emergencia social, abortan la inminente guerra civil, la institución castrense recobra un protagonismo político que supusimos superado, luchan contra la corrupción, la movilización populista atenta contra el pluralismo invocado, aunque hay discrepancias propias de mentalidades, épocas y elencos llamados a ejercer el gobierno. Por ejemplo, el uno, echa las bases de una distinta política petrolera que el otro agotó e, irremediablemente, distorsionó; en un caso, se habló de la despersonalización del poder, mientras que, en el otro, de la despartidización extrema; un proyecto fue redefinido y concursado por otros actores, a partir de 1958, en contraste con el otro que comenzó a sincerarse unilateralmente, luego de 2006; hubo responsabilidad, trayectoria e innovación en los equipos gubernamentales, setenta años atrás, pero soportamos la irresponsabilidad, improvisación y rutina de casi dieciséis años que rematan en una crisis crónica, aguda y censurada.
Evidentemente, versamos sobre períodos históricos diferentes, sumados los respectivos partidos de gobierno, pues, en perspectiva, quiérase o no, hay un dramático contraste entre la vieja Acción Democrática de una también intensa y agitada vida interna, sobreviviente en la oposición, y el Movimiento V República / PSUV, bajo parámetros militaristas y que no se entendería fuera de la dirección del Estado. Luce interesante la hipótesis en relación al trienio y al sexenio octubristas de Betancourt y Chávez: original y copia, pues.
La biblioteca de Abraham Quintero
Lo conocimos gracias a las redes sociales, incursionando en sendos grupos de su predilección. En el de libros, por ejemplo, promovía la lectura, leyendo. Sus comentarios fueron densos, oportunos, didácticos. Un buen día, luego de tantas horas de intercambio virtual, la otra perspectiva del tiempo real, María Efe y yo, junto al matrimonio Balladares, lo visitamos: la espléndida comida de un gourmet que, vale subrayarlo, cocinaba, fue el mejor pretexto para hablar estrictamente de todo, incluyendo las piezas artísticas del modesto apartamento, pero lo mejor fue, con pipa empuñada para la degustación de una variada picadura, adentrarse en la biblioteca que cabalmente ejercitaba, aunque el estricto y cuidadoso orden de sus selectos títulos aparentemente lo desmentían. Además, coincidíamos con él en que una buena colección de libros ha de depurarse constantemente, por lo que había títulos en permanente tránsito que muy bien envidiarían a los autores que permanecieron en los estantes de una habitación que parecía intimidar a la misma computadora que los ventilaba. En la extinta St. Honoré, comiendo unas arepas por las Tres Gracias luego de un concierto del Orfeón Universitario, a través del correo electrónico o por el teléfono convencional, María Efe y yo admirábamos al lector, leyente, y al conversador, oyente. Y, reflexionándola en su magnífico blog, la muerte de un cristiano (http://lecturas-yantares-placeres.blogspot.com/2014/08/la-muerte-del-cristiano.html) rubricó la indeseada despedida: falleció Abraham Quintero, el diplomático de carrera jubilado,inquieto y sereno a la vez, de pupilas anegadas por la imprenta convencional y digital, porque Dios lo quiere en su biblioteca y, sin dudas, será un magnifico y obsequioso librero cuando los lectores de sus numerosos comentarios, con paladar en ristre, nos toque algún día partir.
Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2014/10/penitente-octubrismo-y-la-biblioteca-de-abraham-quintero/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=1057253
Fotografía: Orbitada por Abraham Quintero para un album del grupo Libros / Facebook, tiempo atrás, muestra una sección. Tenía los volúmenes indispensables y solía desprenderse de aquellos títulos que no valían un cupo en su estantería, inmediatamente.
domingo, 13 de julio de 2014
CAZA DE CITAS
"... No es solamente la actitud frente a la violencia que cambia, sino podría decirse que hay un cambio de actitud frente al hecho mismo de la muerte (...) Mientras que en el venezolano del campo en el siglo XIX, ella era la regla y no la excepción, en este siglo, sobre todo a partir de la muerte de Gómez, comienza a ser lo contrario"
Manuel Caballero
("Ni Dios ni Federación", Planeta, Caracas, 1995: 243)
Fotografía: Dos personas muertas y una herida en reciente tiroteo en el Hospital Clínico Universitario de Caracas. Fuente: http://www.elperiodicodelara.com/2014/06/extraoficial-dos-muertos-en-tiroteo.html
Manuel Caballero
("Ni Dios ni Federación", Planeta, Caracas, 1995: 243)
Fotografía: Dos personas muertas y una herida en reciente tiroteo en el Hospital Clínico Universitario de Caracas. Fuente: http://www.elperiodicodelara.com/2014/06/extraoficial-dos-muertos-en-tiroteo.html
sábado, 21 de junio de 2014
DESDE EL MÁS ACÁ
EL UNIVERSAL, Caracas, 6 de junio de 2014
El más allá según Küng
Ricardo Gil Otaiza
Los grandes autores tienen la particularidad de no cansar a sus lectores; es más, sus libros se convierten en fuente inagotable de placer, de goce del sentido de lo estético; de disfrute intelectual y emocional. Una obra de un autor particular, si es grata, necesariamente lleva a otra y otra hasta convertirse en toda una cadena de complicidad entre el lector y quien escribe. En este sentido, termino de leer otro tomo de Hans Küng (de quien reseñé hace pocos días en estas mismas páginas su libro titulado Lo que yo creo), se trata esta vez de su ya clásico y discutido texto ¿Vida eterna? (Editorial Trotta, 2001).
Debo decir que los libros de Küng son difíciles de hallar en Venezuela, y cuando tenemos la suerte de encontrarlos, nos enfrentamos con sus altísimos costos, que hacen cuesta arriba la tarea. Superados estos escollos (fundamentales en nuestro caso ante la crisis económica que nos sacude) nos adentramos en las páginas de este filósofo y teólogo suizo, quien no se cansa de azuzar el espíritu de la duda inherente a quien pone en tela de juicio sus propios referentes y "certezas" intelectuales y personales. Se adentra Küng en este tema de primer orden sin prejuicios interreligiosos y sin atavismos doctrinarios, buscando en todo caso hacer inteligible a quienes se acercan a estas páginas, los intríngulis de una cuestión que ha sido durante siglos (toda la historia de la humanidad: ¿qué dudas caben?) centro de discusión e interés por parte del ser humano.
No busca el autor la tranquilidad de quien se siente reconfortado por la creencia de una vida más allá de la muerte física, sino que paradójicamente estimula la reflexión que profundice sin prejuicios ni limitaciones en los denominados puntos neurálgicos (encuentros y desencuentros, luces y sombras), que han hecho de esta interminable cuestión una especie de noria que pasa de generación en generación hasta caer siempre en lo mismo: la no-certeza frente a lo inconmensurable e inasible. Si bien como bien lo apunta Küng la ciencia ha hecho sus ingentes aportes en este campo (que podríamos definir como "escatológico"), sus "hallazgos" no logran aún poner un punto final a tanta interrogante nacida del cotejo entre la experiencia personal (hecho empírico) y los inmensos hiatos y brechas imposibles de cerrar desde nuestra visión plana (y chata de la realidad fenoménica).
Comenta Küng trabajos fundamentales sobre el tema, que abren espacios para interesantes discusiones, como son: Vida después de la vida de Raymond Moody, así como las investigaciones de la autora norteamericana Elisabeth Kübler-Ross, cuyos hallazgos son (después de tantos años de publicados) fuentes de agudas controversias entre médicos, filósofos y religiosos, así como de ávido interés por parte de los lectores. Llega Hans Küng a la inexorable conclusión de que no puede hablarse de experiencias del más allá por parte de pacientes que han sido declarados muertos, si ninguno de ellos ha sufrido la denominada "muerte total", que implica el cese absoluto y sin amago de dudas de todas las funciones vitales.
No niega el teólogo la importancia de tales experiencias, que podrían servir de base a estudios ulteriores en tan espinoso tema, sino que, según su opinión, "no prueban nada a favor de una posible vida tras la muerte, pues en ellas se trata de los últimos cinco minutos antes de morir, no de una vida eterna después de la muerte". Tal vez a futuro, como lo afirma el propio autor, equipos interdisciplinarios (médicos, filósofos, juristas, teólogos) podrían darnos las respuestas que hoy aguardamos, mientras en el ínterin continúa la incertidumbre atávica, el temor a la finitud; la eterna duda sembrada en medio de nuestra existencia.
El más allá según Küng
Ricardo Gil Otaiza
Los grandes autores tienen la particularidad de no cansar a sus lectores; es más, sus libros se convierten en fuente inagotable de placer, de goce del sentido de lo estético; de disfrute intelectual y emocional. Una obra de un autor particular, si es grata, necesariamente lleva a otra y otra hasta convertirse en toda una cadena de complicidad entre el lector y quien escribe. En este sentido, termino de leer otro tomo de Hans Küng (de quien reseñé hace pocos días en estas mismas páginas su libro titulado Lo que yo creo), se trata esta vez de su ya clásico y discutido texto ¿Vida eterna? (Editorial Trotta, 2001).
Debo decir que los libros de Küng son difíciles de hallar en Venezuela, y cuando tenemos la suerte de encontrarlos, nos enfrentamos con sus altísimos costos, que hacen cuesta arriba la tarea. Superados estos escollos (fundamentales en nuestro caso ante la crisis económica que nos sacude) nos adentramos en las páginas de este filósofo y teólogo suizo, quien no se cansa de azuzar el espíritu de la duda inherente a quien pone en tela de juicio sus propios referentes y "certezas" intelectuales y personales. Se adentra Küng en este tema de primer orden sin prejuicios interreligiosos y sin atavismos doctrinarios, buscando en todo caso hacer inteligible a quienes se acercan a estas páginas, los intríngulis de una cuestión que ha sido durante siglos (toda la historia de la humanidad: ¿qué dudas caben?) centro de discusión e interés por parte del ser humano.
No busca el autor la tranquilidad de quien se siente reconfortado por la creencia de una vida más allá de la muerte física, sino que paradójicamente estimula la reflexión que profundice sin prejuicios ni limitaciones en los denominados puntos neurálgicos (encuentros y desencuentros, luces y sombras), que han hecho de esta interminable cuestión una especie de noria que pasa de generación en generación hasta caer siempre en lo mismo: la no-certeza frente a lo inconmensurable e inasible. Si bien como bien lo apunta Küng la ciencia ha hecho sus ingentes aportes en este campo (que podríamos definir como "escatológico"), sus "hallazgos" no logran aún poner un punto final a tanta interrogante nacida del cotejo entre la experiencia personal (hecho empírico) y los inmensos hiatos y brechas imposibles de cerrar desde nuestra visión plana (y chata de la realidad fenoménica).
Comenta Küng trabajos fundamentales sobre el tema, que abren espacios para interesantes discusiones, como son: Vida después de la vida de Raymond Moody, así como las investigaciones de la autora norteamericana Elisabeth Kübler-Ross, cuyos hallazgos son (después de tantos años de publicados) fuentes de agudas controversias entre médicos, filósofos y religiosos, así como de ávido interés por parte de los lectores. Llega Hans Küng a la inexorable conclusión de que no puede hablarse de experiencias del más allá por parte de pacientes que han sido declarados muertos, si ninguno de ellos ha sufrido la denominada "muerte total", que implica el cese absoluto y sin amago de dudas de todas las funciones vitales.
No niega el teólogo la importancia de tales experiencias, que podrían servir de base a estudios ulteriores en tan espinoso tema, sino que, según su opinión, "no prueban nada a favor de una posible vida tras la muerte, pues en ellas se trata de los últimos cinco minutos antes de morir, no de una vida eterna después de la muerte". Tal vez a futuro, como lo afirma el propio autor, equipos interdisciplinarios (médicos, filósofos, juristas, teólogos) podrían darnos las respuestas que hoy aguardamos, mientras en el ínterin continúa la incertidumbre atávica, el temor a la finitud; la eterna duda sembrada en medio de nuestra existencia.
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lunes, 14 de abril de 2014
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- José Ignacio Rey. "Aprender a morir". El Nacional, Caracas, 02/11/1977.
- Entrevista a Monseñor Mariano Parra León: "El compromiso fundamental de la Iglesia es con los pobres". Ruptura, Caracas, 06/80.
- Monseñor Pedro Pablo Tenreiro, primer Obispo de Guanare: "Caracas y Guanare tendrán las mejores Iglesias de Venezuela y América". El Nacional, 10/09/54.
- Antonio Arráiz. "Los predicadores de masas". El Nacional, Caracas, 04/10/57.
- Luis Ugalde. "Con la Iglesia hemos topado". El Diario de Caracas, 15/12/91.
Reproducción: El Universal, nr. 1701 del 01/03/1914.
- Entrevista a Monseñor Mariano Parra León: "El compromiso fundamental de la Iglesia es con los pobres". Ruptura, Caracas, 06/80.
- Monseñor Pedro Pablo Tenreiro, primer Obispo de Guanare: "Caracas y Guanare tendrán las mejores Iglesias de Venezuela y América". El Nacional, 10/09/54.
- Antonio Arráiz. "Los predicadores de masas". El Nacional, Caracas, 04/10/57.
- Luis Ugalde. "Con la Iglesia hemos topado". El Diario de Caracas, 15/12/91.
Reproducción: El Universal, nr. 1701 del 01/03/1914.
PROVOCACIÓN
Breve nota LB: Tómese el texto cmo un oportuno acto de provocación, pues la semana nos interpela. Por lo demás, discrepando de algunas sugerencias, como aquello de la "cultura de la muerte" que ahora adquiere "viva" resonancia, el bisturí de la mordacidad de JN reconforta.
lunes, 27 de agosto de 2012
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- José Ignacio Rey. "Aprender a morir". El Nacional, Caracas, 02/11/72.- Con fotografías de Garrido: "En el interior de un garage funcionó la primera clínica de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios". Momento, Caracas, nr. 32 del 22/02/57.
- Mons. Pedro Pablo Tenreiro, primer Obispo de Guanare. "Caracas y Guanare tendrán las mayores Iglesias de Venezuela y América". El Nacional, 10/09/54.
- Juan Nuño y los cien años de Darwin. El Nacional, 14/11/82.
-Jonis González. "Cristianismo y política en los jóvenes". El Diario de Caracas, 30/07/87.
Fotografía: (S/f) Capilla de El Paraíso, Caracas. Momento, Caracas, nr. 33 del 01/03/57.
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