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miércoles, 16 de octubre de 2019

IRONÍA Y CARICATURA: (IN) SENSATEZ

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FUERA DE BROMAS
¿Espanto o monumento? Perversiones, conquistas y fracasos de la arquitectura posmoderna
Peio H. Riaño

"Frank, no quiero un edificio corriente, quiero uno que fomente la creatividad". Y a Gehry se le ocurrió que nada contentaría mejor a su amigo el publicista Jay Chiat para sus nuevas oficinas que una entrada en forma de prismáticos gigantes. Pura posmodernidad. Una broma infinita, como el propio movimiento que representa. Desde finales de los años setenta hasta bien entrados los noventa, esta corriente alimentó teorías y fachadas como esta que el autor del Guggenheim de Bilbao levantó con los escultores Claes Oldenburg y Coosje van Bruggen en Los Ángeles (California) en 1991. Se trataba de un lugar de trabajo distinto, para un ambiente laboral familiar y divertido, a unos metros de la inmensa playa de Venice Beach, con 300 días de sol al año.

Veinte años después, este acto de histrionismo salvaje y sublime parecía predestinado a los empleados de Google, que en 2011 se mudaron al edificio. ¿Acaso la empresa que ve todo lo que uno hace, piensa y desea podría habitar un símbolo más elocuente que aquellos binoculares gigantes? El edificio cumplía un papel importante en la carrera de la tecnológica por la captación de talento contra competidores como Facebook.

El invento de Gehry para Chiat resume a la perfección la deriva de la arquitectura posmoderna. A saber: lo extraño, lo sorprendente, lo juguetón, lo decorativo, lo exagerado, la mezcla. Una chimichanga que prometía aliviarnos ese dolor de cabeza llamado modernidad, entendida como el imperio de la razón, la forma y la función. Y el remedio tenía mucho de ambigüedad, nihilismo y sarcasmo.


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El monumento fallido de Oiza

Los galácticos de la arquitectura posmoderna (Robert Venturi, Michael Graves, Hans Hollein, Philip Johnson o Ricardo Bofill, además del propio Gehry) eran fundamentalistas del eclecticismo. Es decir, no estaban dispuestos a renunciar a nada. Incluso el historicismo les venía bien: la presencia del pasado en sus proyectos era un elemento tanto o más importante que la función del edificio. Es puro onanismo: arquitectura que habla de arquitectura.

El Palacio de Festivales de Cantabria (Santander), obra de Francisco Javier Sáenz de Oiza, es un grandioso ejemplo de aquello: inaugurado en 1991, cumple a la perfección eso que Fredric Jameson –El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado (Paidós, 1991)– definió como "superficialidad posmoderna", en alusión a la fachada como el lugar preferido de la arquitectura contemporánea. En este caso, la máscara que Oiza inventó era una revisión neofaraónica del orden dórico inspirada en el norteamericano Michael Graves. Un arquitecto posmoderno con quien compartía "la lectura del pasado mediante la estilización de elementos enmarcados en un volumen neto", ha escrito Carmen Bermejo Lorenzo, profesora de Historia del Arte en la Universidad de Oviedo.

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Cantabria quería un símbolo para la nueva era, la de las autonomías. Los ochenta abrían la puerta al futuro y a las inversiones grandiosas: gracias a las modificaciones exigidas por el gobierno local al proyecto original –un auditorio de tamaño medio–, casi 7.000 millones de pesetas (42 millones de euros) fueron invertidos en el enorme edificio de Sáenz de Oiza, que nació para ser el referente de la nueva vanguardia.

Sin embargo, la posterior especulación, lo enterró bajo parches arquitectónicos, nuevas edificaciones que fueron surgiendo alrededor y arruinaron su condición de estrella de la bahía, perjudicando su imagen y su percepción pública. El último en atacar sus hoy deslucidas cubiertas de cobre verde, en contraste con la piedra caliza y los mármoles de la fachada, ha sido el Centro Botín: la versión tecnológica de lo que hoy entendemos por arquitectura-espectáculo.

El "no" al posmodernismo (y el sí de Disney)

Una década antes del monumento fallido de Oiza, en 1980, su inspirador, Michael Graves, rey de la ironía neoclasicista, había culminado su proyecto figurativo con las oficinas municipales de Portland (Oregón). El Edificio Portland es un cubo cuyos lados están cubiertos de pilastras estriadas, capiteles salientes, guirnaldas planas y una figuración que parece de cartón piedra. Muy fiel al "cobertizo decorado" que promulgó Venturi, primer ideólogo del movimiento, al que otros como Kenneth Frampton, profesor de arquitectura de la Universidad de Columbia y cercano a Graves, le reprocharon en cambio haberse pasado a "una gratuita afición por la monumentalidad escenográfica".

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Según algunos, hay un antes y un después del Portland: "Es el primer monumento del clasicismo posmoderno", proclamó el británico Charles Jencks, quien tres años antes había publicado El lenguaje de la arquitectura posmoderna, y cuya casa londinense ocupa la portada del último número de ICON Design. Karen Nichols, colaboradora en los principales proyectos del norteamericano, lo explica: "Graves había llegado a la conclusión de que para que la arquitectura fuera más intuitiva y fácil de aceptar por un público amplio debía ser figurativa. La intención era darle al transeúnte, o al espectador, la oportunidad de empatizar con los edificios que le rodeaban".

Sin embargo, en 1985, la opinión pública empezaba a sospechar de tanta alegría neoclásica y Graves sufrió el rechazo de los vecinos de Nueva York, que se manifestaron contra él como responsable de la ampliación del Museo Whitney al grito de "No Mo' Pomo!", o sea, "¡No más posmo!". Tampoco ayudó que, a partir de entonces, se dedicara a atender los encargos de Disney para construir algunos de sus edificios emblemáticos, como el resort Cisne y Delfín, en 1999, en el parque Walt Disney World de Orlando.

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De la rebelión al ridículo

Maldita metáfora: esta rebelión artística, cuyo origen había sido triturar la modernidad, acabó en parques temáticos. El posmodernismo aniquiló la era de las mayúsculas y los héroes modernos, se inventó como antibiótico contra los convencionalismos de acero y cristal del estilo internacional, pero acabó deglutido por el sistema como un simpático decorado para familias o como reclamo arquitectónico para que las empresas reclutaran talento.

"La arquitectura posmoderna se enredó en un ornamentalismo delirante y para mediados de la década de los ochenta ya era un fósil que no exhibía otra cosa que el ridículo. Podríamos pensar que este movimiento fue, en términos de Carl Schmidt, un interludio estético en una época que tendería, inevitablemente, hacia la tecnocracia", sostiene Fernando Castro Flórez, autor de Estética de la crueldad (Fórcola).

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Una de las cumbres de ese ornamentalismo kitsch cristalizó en la Piazza d’Italia, un proyecto para Nueva Orleans de Charles Moore que se inauguró en 1978. Es la culminación populista de la broma posmoderna, un maravilloso ejercicio que doblega la función ante la forma y entiende la arquitectura como un acto de posesión del territorio. Igual que Graves y Venturi, Moore siempre insistió en buscar medios de expresión con los que el habitante pudiera conectar. Para esta plaza pública aplicó colores a los órdenes clásicos reciclados y remezclados, una sobredosis de ironía y una apariencia electrizantemente falsa.

¿Dónde acaba la ironía y empieza la caricatura?
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Si este revival renacentista tenía como objetivo definir la identidad norteamericana, la cuestión sin resolver es si estamos ante una simple operación de chapa y pintura o una profunda reflexión ética sobre los valores de la arquitectura.

El problema posmoderno es que, una vez ha dejado la verdad en números rojos, el histrionismo se forra y se multiplica. Es difícil saber si los delirios de los hoteles de Las Vegas son una excepción o la norma, porque entre la parodia y la ironía hay una frontera demasiado fina. La plaza de Moore es más paródica, por ejemplo, que la construcción en el 550 de la Avenida Madison, originalmente Edificio AT&T, un rascacielos de casi 200 metros de altura y 38 plantas en el cogollo de Manhattan. Su autor, Philip Johnson –primer premio Pritzker de la historia y artífice de las torres KIO de Madrid– la inauguró en 1980: un elegante ejemplo de posmodernidad historicista para los golden boys de AT&T, la gran empresa de comunicación.

Nadie se había atrevido a romper con la fría estética de los rascacielos a esa escala, ni así: con revestimiento de granito rosa (el mismo de la fachada de la Terminal Grand Central), un espectacular arco de entrada de siete plantas de altura y remate en frontón abierto, como si fuera una vitrina Chippendale. Lo han definido como la perfecta fusión de la rebeldía estética y la sensibilidad corporativa. Y cuando, el año pasado, recibió la categoría de edificio protegido, también se convirtió, oficialmente, en el monumento más joven de Nueva York. La broma infinita se pone seria.

Fuente:

Fotografías:
1.- La sede de Google en Los Ángeles, un edificio nada corriente de Frank Gehry, el autor del Guggenheim de Bilbao, pensado originalmente para albergar la sede de la agencia de publicidad de su amigo Jay Chiat. | CORDON PRESS.
2.- El ‘volcán metafórico’ del vienés hans hollein (página anterior) para el parque temático vulcania (auvernia, francia, 2002). | CORDON PRESS.
3.- El Palacio de Festivales de Cantabria en Santander (1991), un prodigio neofaraónico de Francisco Javier Sáenz de Oiza. | CORDON PRESS.
4.-  Detalle de la explosión ornamental en la fachada de las oficinas municipales de Portland (Oregón, EE UU, 1982), de Michael Graves. | GETTY IMAGES.
5.- Una vivienda modesta con fachada monumental, o la Casa Vanna Venturi, de Robert Venturi (1964). El primer edificio posmoderno. | GETTY.
6.- Los enanitos de Blancanieves sostienen el frontispicio del edificio Michael Eisner, parte de la sede californiana de Disney, de Michael Graves. | GTRES.
7.- En 1978, la Piazza d'Italia, de Charles Moore, quiso honrar a la comunidad italiana de Nueva Orleans. Lo consiguió. | CORDON PRESS.
8.- Posmodernismo sensato: el edificio AT&T, de Philip Johnson (en el centro), fue inaugurado en 1980 en el 550 de Madison Avenue (Nueva York). | GETTY.

viernes, 29 de diciembre de 2017

TINTA DENSA

EL PAÍS, Madrid, 30 de diciembre de 2017
TRIBUNA
Retorno a Wittenberg
Manuel Fraijó
 
Con cierta impaciencia debe estar contando Lutero las horas que faltan para que termine el año de su V centenario. Hay que imaginárselo contento, pero también algo exhausto a causa de tanta conmemoración. Con no poco asombro habrá tomado nota de la visita de los papas Benedicto XVI y Francisco a lugares emblemáticos del protestantismo; especial satisfacción le habrá producido escuchar sus himnos, una de sus mejores herencias, cantados en tantas iglesias católicas; y, como su corazón nunca dejó de ser del todo agustino, le habrá encantado la carta, tan serena y justa, que el prior general de los agustinos ha dirigido a la orden; y él, que tan agrios debates mantuvo con el cardenal Cayetano, habrá leído con asombro y honda satisfacción la excelente monografía que otro cardenal, Walter Kasper, le ha dedicado: Martín Lutero. Una perspectiva ecuménica; especial alegría debe haber sentido al leer el Acuerdo sobre la justificación, un documento ratificado oficialmente por ambas iglesias en el año 1999 que pone de manifiesto que el polémico concepto de justificación no es ya motivo de división; y, cómo no, se habrá interesado por otro documento, este del año 2017, titulado Del conflicto a la comunión. Conmemoración conjunta luterano-católico-romana de la Reforma en 2017. Es la primera vez que luteranos y católicos conmemoran juntos lo que ocurrió hace 500 años.

Con no poco agrado habrá tomado nota de la paulatina desaparición de la leyenda de las 95 tesis clavadas por él en la puerta de la iglesia de Wittenberg. En realidad, las envió el 31 de octubre de 1517 a Alberto de Brandemburgo y a algunos obispos. Al no recibir respuesta, las envió a “hombres eruditos”. Fueron ellos quienes las difundieron. Lutero lo lamentó, ya que “no van destinadas al gran público”. Pidió disculpas al Papa, asegurándole que no las retiraba porque ya no estaba en su mano.

Pero tal vez la mayor sorpresa se la habrá dado quien le haya informado de que hace ya más de 60 años los católicos celebramos un concilio, el Vaticano II, en el que se aprobaron algunos temas por los que él tan denodadamente luchó: el sacerdocio general de todos los fieles; el uso de la lengua vernácula en la liturgia; la comunión bajo las dos especies; el protagonismo de los laicos en la Iglesia; la importancia de las comunidades locales; la Biblia como alma del cristianismo y de la teología. No sin cierta melancolía, Lutero habrá recordado su insistencia en la celebración de un concilio que Roma solo convocó en 1545, cuando ya no era posible la concordia. El concilio de Trento llegó demasiado tarde.

Y algo atónito se habrá quedado al leer los elogios que un dominico, Y. Congar, le ha dedicado: “Lutero es uno de los mayores genios religiosos de la historia”. Y sabiamente añade: “Lutero no es el Evangelio. Lo importante es ir hacia el Evangelio juntamente con él”. Por suerte, los insultos de ayer han hecho sitio a los elogios de hoy. Y bien que lo necesita el Reformador. En sus últimos años sufrió notables desengaños y decepciones. Tuvo que ver, por ejemplo, cómo algunos protestantes abusaban de la justificación por la fe para entregarse a la pereza.

Con todo, su principal fuente de preocupación fue la Reforma misma. En sus horas de reflexión y soledad debió recordar cómo en 1483, año de su nacimiento, toda Europa era católica; en 1546, fecha de su muerte, casi la mitad del continente se había separado de Roma. Algo que, como sabemos, no ocurrió sin feroces enfrentamientos y abundante derramamiento de sangre. A Lutero le preocupaba el futuro de Alemania y Europa. Él sabía que no era el único responsable de lo ocurrido: fue decisivo el apoyo de los príncipes alemanes, cansados de las injerencias de Roma y de sus exigencias financieras. Pero sin la fuerza religiosa y visionaria del Reformador nada de lo que ocurrió hace 500 años habría sido posible. Captó como nadie los apasionados anhelos religiosos de su tiempo. Lo que no supo fue encontrar un sucesor apropiado. Lutero, que se definía a sí mismo como “un sajón, un rústico y duro sajón”, terminó enfrentándose con muchos de los que habrían podido sucederle. Th. Mann dirá que el Reformador fue “un bárbaro de Dios con bovina cerviz”. De acuerdo, pero aquel bárbaro de Dios, hombre de pensamiento y oración, contemplaba con honda preocupación el resultado de su propia obra.

Y, probablemente, nada le atormentó tanto como su actuación en la rebelión de los campesinos. K. Marx la califica como “el hecho más radical de la historia alemana”. Los campesinos se sublevaron contra la opresión a la que les sometían la Iglesia y los nobles. En un primer momento contaron con el decisivo apoyo de Lutero, pero cuando este constató que también los campesinos se lanzaban al pillaje, al asesinato y a la destrucción de conventos e iglesias, cambió de bando y animó a los señores a sofocar la rebelión a sangre y fuego; sus arengas son de tenor irreproducible. Al frente de los campesinos iba Thomas Müntzer, llamado “místico con martillo” y “reformador sin iglesia”. A Müntzer no le bastaba la libertad interior que predicaba Lutero, quería libertades concretas, políticas y sociales. Fue ejecutado al fracasar la revuelta en la que perecieron unos 70.000 campesinos. Algunos historiadores afirman que el fracaso de esta revolución adormeció por un par de siglos la actitud del pueblo alemán ante los desmanes del poder. Y analistas políticos bienintencionados sostienen que, si Lutero se hubiese aliado con los campesinos, habría corrido su misma suerte y nos habríamos quedado sin Lutero, sin Müntzer, y sin la Reforma. Parece una hipótesis plausible.

A partir de 1525, fecha de la derrota de los campesinos, Lutero entró en una crisis de la que ya nunca se repuso. Su prestigio declinó rápidamente. También su boda, celebrada en el mismo año 1525, sirvió de mofa para sus enemigos y de disgusto para sus amigos. Se había iniciado el declive del Reformador. El hombre que entre 1500 y 1530 publicó el 20% de los textos editados en Alemania se fue quedando sin inspiración. “Culpable” fue también el cuidado de sus seis hijos.

El final le llegó en la noche del 17 de febrero de 1546. Ocurrió en su pueblo, en Eisleben. Fue la muerte serena de un gran creyente cristiano. En realidad, Lutero deseaba ya el final: “He vivido mi vida, ya es hora de que me reencuentre con mis mayores”. Durante sus últimos años no podía andar, lo trasladaban en un pequeño carro. Su cadáver fue trasladado de Eisleben a Wittenberg donde se le tributaron impresionantes honras fúnebres. Melanchthon, su discípulo más fiel e inteligente, pronunció una emocionada oración fúnebre. La concluyó con estas palabras: “Se ha ido el carro y el auriga de Israel”. Después de este agitado 2017, el “auriga” retornará a su silencio de Wittenberg en espera del próximo centenario.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la UNED.

Ilustración: Eduardo Estrada.
Fuente:

EL PAÍS, Madrid, 24 de marzo de 2016
TRIBUNA
El enigma del fundamentalismo religioso
Manuel Fraijó
 
El fundamentalismo petrifica la Biblia y la convierte en autoridad absoluta”. Así se expresa, pensando en el cristianismo, el teólogo J. Moltmann. Identifica de esta forma una de las tentaciones de las religiones monoteístas: su fe puede, con relativa facilidad, deslizarse hacia convicciones absolutas. Intentemos una mínima clarificación.

Desde luego, nadie reprochará a las religiones que retornen una y otra vez a sus fundamentos. Sus fundadores y el credo al que ellos dieron lugar no puede ser un mero punto de partida que caiga en el olvido. Los orígenes no se marginan impunemente. Las religiones, como las personas y los pueblos, tienen grandes obligaciones contraídas con el recuerdo; sin él se perece. “Qué sea el hombre”, escribió el filósofo W. Dilthey, “solo se lo dice su historia”.

Es necesario, pues, que las religiones siempre vuelvan —sobre todo en tiempos convulsos— a su primera hora, a sus fundadores, a sus libros sagrados en busca de la anhelada identidad. Pero la identidad no es algo cerrado ni enlatado que se acumule solo en los inicios y condene a los nacidos después a ser meros repetidores. El momento fundacional no agota las posibilidades de configuración de los proyectos religiosos. El tiempo añadido, la tradición, los siglos transcurridos ayudan a perfilar la intuición originaria. Esos pasos intermedios reclaman también vigencia y cierta normatividad. Es más: se impone incluso una consideración amable del momento presente. Las religiones son comunidades narrativas de acogida que ayudan a vivir y morir digna y esperanzadamente. Cuando una religión margina alguno de estos tres estadios —los orígenes, la tradición y el momento presente— y se aferra a que el velo se rasgó por completo en los mitificados momentos iniciales surge el fundamentalismo. Su pecado no se localiza, pues, en la búsqueda de fundamento; es humana y necesaria, sin ella se camina a la deriva. El fundamentalismo se hace fuerte cuando las religiones, además de afirmar legítimamente su trascendencia, niegan, ya sin legitimidad para ello, su contingencia histórica y las heridas que el paso del tiempo ocasiona. La negación de la historia es una invitación solemne al fundamentalismo.

El peligro fundamentalista afecta a múltiples ámbitos de nuestras sociedades. Sin embargo, resulta extraño que esté tan presente en las religiones, sobre todo en las monoteístas. Y es que, en palabras del teólogo W. Pannenberg, “el fundamentalista es el hombre de la cosa segura”. Pero ¿qué es lo seguro en las religiones? ¿No es la fe confiada, sin certezas ni evidencias, su seña de identidad? El mundo al que se asoman los creyentes es tan misterioso, tan tremendo y fascinante, que debería resistirse a la chata objetivación fundamentalista. La experiencia religiosa se forja en contacto con símbolos, mitos, ritos y leyendas.

Se podría afirmar, con P. Ricoeur, que es “el reino de lo inexacto”. ¿Cómo se puede ser fundamentalista en un escenario tan resbaladizo, en un universo tan cargado de misterio e incertidumbre? Más bien parece que la persona religiosa debería estar familiarizada con el espesor de lo inefable, con los muchos nombres y rostros de lo divino. Todas las religiones saldrían ganando si incluyesen en su biblia pequeña el verso de José Ángel Valente: “Murió, es decir, supo la verdad”. Pero hasta entonces, hasta que no doblemos la última curva del camino, la verdad será una criatura huidiza, especialmente para el fundamentalista.

El filósofo H. Bergson abordó estos interrogantes distinguiendo dos clases de religión: la estática y la dinámica. La primera se agota en la búsqueda de seguridades. Su problema es el miedo, que intenta esquivar acumulando certezas doctrinales y pautas inmutables de conducta que defiende con ira, intransigencia y fanatismo. En definitiva, la religión estática rechaza las fatigas de la duda y el ejercicio de la razón crítica.

En cambio, la religión dinámica está familiarizada con las preguntas que “el terror de la historia” (M. Eliade) suscita. Sabe que preguntar es ser piadoso. De ahí que, según Bergson, la religión dinámica culmine en la mística. “Superhombres sin orgullo” llama a los místicos, cuya cima son para él san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. No puede extrañar que este gran europeo muriera (1941) pidiendo “un suplemento de alma” para un mundo en el que ya se vislumbraba que la mecánica estaba ganando la partida a la mística.

Destacados conocedores de la historia de las religiones monoteístas señalan dos ámbitos especialmente sensibles al fundamentalismo. En primer lugar, la comprensión e interpretación de sus textos sagrados. Casi tres siglos lleva el cristianismo a vueltas con la exégesis de su Biblia. La aplicación del método histórico-crítico a los textos bíblicos no ha supuesto su debilitamiento, sino una mayor fortaleza. Algo parecido se espera de la incipiente exégesis crítica del Corán. El libro sagrado de los musulmanes determina rígidamente todos los aspectos de su vida religiosa y social. Según el islam, el Corán fue dictado íntegramente al Profeta Mahoma por un ángel en el cielo. Tal vez esta procedencia divina tan directa esté en el origen del temor a someter el Corán a los rigores de la exégesis histórico-crítica. Un temor que no es unánime: existe un islam fundamental que empieza a asomarse a la exégesis crítica del Corán; menos propenso a esta tarea es el islam fundamentalista, siempre volcado en la interpretación literal del texto sagrado; y ajeno a las fatigas de la interpretación histórico-crítica es el fundamentalismo islámico, de triste actualidad por los fines bastardos con los que lee y aplica determinados pasajes del Corán. No existe, pues, un único islam, como tampoco existe un solo cristianismo o un único judaísmo. Sería injusto no diferenciar cuidadosamente.

En segundo y último lugar: a todas las religiones les cuesta separar lo sagrado de lo profano. Muchos musulmanes defienden que, por el honor de Alá, no debería haber zonas francas seculares. Sin embargo, los estudiosos del islam están convencidos de que en algunos países musulmanes el islam está evolucionando y terminará percatándose, como le ocurrió al cristianismo, de que en la vida no todo es religión.

Al comienzo de este siglo, profetas de mal agüero aseguraron que el siglo XXI sería “el siglo de Jesús contra Mahoma”. Es de esperar que aún estemos a tiempo de evitarlo. Y el mejor camino es el de la aproximación mutua, serena y reflexiva, más atenta a lo que une que a lo que separa. En su viaje a Centroáfrica el papa Francisco acudió a una gran mezquita musulmana a orar. En realidad, así fue al principio. Las crónicas narran que, tras cuatro meses de asedio, el califa Omar (632) conquistó Jerusalén sin ningún género de violencia. Entró como un peregrino, a lomos de un camello y vistiendo un manto usado. A la hora de la oración, el patriarca de Jerusalén, Sofronio, le ofreció su iglesia para que rezase en ella; pero Omar declinó la invitación con estas o parecidas palabras: mejor no, no sea que el día de mañana, después de mi muerte, algún musulmán te la arrebate diciendo: “Aquí oró Omar”. Un comienzo de diálogo prometedor.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED.

Ilustración: Nicolás Aznárez.     
Fuente:

EL PAÍS, Madrid, 01 de noviembre de 2015
TRIBUNA
Avatares de la creencia en Dios
Manuel Fraijó
 
A la memoria de mi hermana Dolores (1942-2015)

En plena Ilustración europea se prohibían en España los libros que intentasen demostrar la existencia de Dios; se los consideraba peligrosos. Y es que Dios era tan evidente que no necesitaba demostración alguna. Se cuenta que durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) se pensó, para remediar la pobreza de nuestras tierras, en canalizar los ríos Manzanares y Tajo; pero una ilustre comisión de teólogos se declaró en contra con la siguiente sutil argumentación: si Dios hubiese querido que ambos ríos fuesen navegables le habría bastado con pronunciar un sencillo “hágase”. Si no lo hizo, sus razones tendría. Y no está permitido enmendarle la plana.

Salta a la vista que por aquellas fechas Dios era algo inmediato, asequible, presente, familiar. Era un dato más de la realidad, o incluso el gran dato. Europa y, por supuesto, España convivían sin mayores traumas con la fe en Dios, una fe heredada de las buenas gentes del pasado.

También parece obvio que en la actualidad Dios no encuentra fácil acomodo, al menos en la geografía occidental. Hace más de un siglo que Nietzsche, con su habitual desparpajo, lo envió a engrosar la lista del paro; lo declaró viejo y cansado, incapaz de asumir las tareas que los nuevos tiempos demandan. Y un gran conocedor e intérprete de Nietzsche, M. Heidegger, no tuvo reparo en afirmar que “en el ámbito del pensamiento es mejor no hablar de Dios”. Se tiene la impresión de que la recomendación del filósofo de la Selva Negra goza de notable aceptación. En España, constataba con ironía Antonio Machado, “se puede hablar de la esencia del queso manchego, pero nunca de Dios…”.

Se ha hecho un gran silencio sobre Dios; su muerte ha sido repetidamente anunciada. Lo hizo, pero sin triunfalismo ni euforia, Nietzsche. De hecho percibió como pocos que, sin Dios, sonaba la hora del desierto, del vacío total, del nihilismo completo. Acudió a tres certeras metáforas para ilustrar las consecuencias de la muerte de Dios: se vacía el “mar”, es decir, ya no podremos saciar nuestra sed de infinitud y trascendencia; se borra el “horizonte” o, lo que es igual, nos quedamos sin referente último para vivir y actuar en la historia, se esfuman los valores; y, por último, el “sol” se separa de la tierra, es decir, el frío y la oscuridad lo invaden todo, el mundo deja de ser hogar. ¡Noble forma de despedir a un difunto! Nietzsche era consciente de que la muerte de Dios cambiaba el destino del mundo y de la historia y le quiso dedicar un gran elogio fúnebre. Repetidamente se ha evocado el carácter clarividente, casi profético, de la figura de este genial escritor y filósofo. ¿Intuiría que un siglo después de su muerte, en nuestros días, nos íbamos a quedar casi sin mar, sin horizonte, sin sol? Tal vez fue consciente de la notable dificultad que entraña convertir en categorías seculares vinculantes los pilares religiosos de antaño.

No parece posible, ni lo pretende este artículo, retornar a los lejanos tiempos en los que la presencia de Dios era tan obvia que se contaba con él a la hora de canalizar los ríos. Occidente ha seguido, más bien, el itinerario de Feuerbach: “Dios fue mi primer pensamiento, el segundo la razón, y el tercero y último el hombre”. En el ámbito filosófico, la teología de ayer se llama hoy antropología. Y tampoco asistimos en la actualidad a contundentes proclamaciones de ateísmo. El ardor negativo de otros tiempos ha dado paso al desinterés actual. Muchos ateos de ayer prefieren llamarse hoy increyentes.

Y es que tal vez todos, creyentes e increyentes, nos hemos dado cuenta, como Bonhoeffer, de que “el problema de Dios tiene su origen en Dios”, en su “invisibilidad”, en el carácter misterioso de su revelación. Bien lo sabía san Agustín: “Si lo comprendes, no es Dios”. De ahí que el aplomo afirmativo de otras épocas haya sido reemplazado por un incómodo balanceo entre el sí y el no. El maestro Eckhart era llamado “el hombre del sí y del no”. Se referían al carácter dialéctico de su pensamiento, también cuando hablaba de Dios. Solo abandonaba la dialéctica cuando se disponía a preparar una sopilla para los pobres; no había para él urgencia mayor.

Impresiona constatar cómo creyentes tan profundos y auténticos como José Gómez Caffarena se adherían a la “dramática ponderación entre el sí y el no a la fe cristiana”. En él vencía el sí, pero su fe supo de noches oscuras, de travesías del desierto. Y no es menor la impresión que causan algunas frases del papa Francisco: “Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien”. O esta otra: “Si uno tiene respuesta a todas las preguntas es prueba de que Dios no está con él”. Y añade: “Un cristiano que lo tiene todo claro y seguro no va a encontrar nada”. Desde luego no estamos ante un lenguaje muy pontificio, pero sí hondamente humano, altamente teológico, y sensible a nuestro convulso siglo XXI.

No puede, pues, extrañar que dos grandes maestros de la teología cristiana, Karl Rahner y Karl Barth, se mostrasen abiertos a una teología más propensa a la pregunta que a la respuesta. Preguntado en una ocasión el primero si de veras se consideraba creyente cristiano, respondió con aire taciturno: “Sí, pero no a tiempo completo”. Obviamente no quería decir que, por ejemplo, era creyente en las horas centrales del día e increyente al atardecer. Sencillamente aludía al carácter débil, precario, de su fe; estaba traduciendo al lenguaje de nuestro tiempo el evangélico “creo, Señor, pero ven en ayuda de mi incredulidad”. Rahner, calificado por H. Fries como “el mayor testigo de la fe del siglo XX”, solo se consideraba, pues, creyente a intervalos. Es más: dejó escrito que lo de ser cristiano no es un “estado”, sino una meta, un ideal. Propiamente no es correcto decir “soy cristiano”, sino “aspiro a ser cristiano”. En parecidos términos se expresaba el otro gran maestro, en este caso de la teología protestante, Karl Barth, al rechazar la distinción entre creyentes e increyentes. Aducía que él conocía a un increyente llamado Karl Barth. En realidad, la tradición cristiana siempre supo que somos ambas cosas a la vez, creyentes e increyentes. Nuestro Unamuno lo expresó lapidariamente: “Fe que no duda es fe muerta”.

Por último: los avatares de la creencia en Dios son asunto de la “interioridad apasionada” (Kierkegaard) de cada creyente. Pero es posible que en ese secreto recinto personal se escuche la atormentada voz de Pascal con su inolvidable “incomprensible que exista Dios e incomprensible que no exista”. Es, de nuevo, la dialéctica entre el sí y el no, compañera asidua de la condición humana y de la creencia religiosa.
(*) Manuel Fraijó es catedrático emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED.

Eduardo Estrada
Fuente:

EL PAÍS, Madrid, 8 de febrero de 2014
LA CUARTA PÁGINA
¿Vivir sin ética, vivir sin religión?
Manuel Fraijó
 
Con más frecuencia de la deseada tuvo que escuchar el filósofo y matemático Bertrand Russell la siguiente pregunta: “¿Qué le parece más importante, la ética o la religión?”. Con su habitual desparpajo y contundencia, dejó caer la siguiente respuesta: “He recorrido bastantes países pertenecientes a diversas culturas; en ninguno de ellos me preguntaron por mi religión, pero en ninguno de esos lugares me permitieron robar, matar, mentir o cometer actos deshonestos”.

De esta forma tan gráfica defendía Russell una tesis a la que dedicó no pocas energías: sin religión se puede vivir; sin ética, no. No será difícil estar de acuerdo con él. Pero probablemente él era consciente de que los mínimos éticos que señala —no matar, no robar, no mentir, no cometer actos deshonestos— nos llegan, también, como legado de grandes espíritus religiosos como Buda, Confucio, Moisés, Jesús o Mahoma. Es decir: la ética y la religión han tendido a darse la mano, a caminar juntas, a aunar esfuerzos. De hecho, el 83% de los seres humanos vincula su quehacer ético con su pertenencia a alguna de las 10.000 religiones existentes en nuestro planeta.

Esta decidida voluntad de cooperación no ha evitado roces y trifulcas entre ética y religión. Hace casi un siglo, en 1915, el filósofo neokantiano Hermann Cohen se propuso zanjar la secular contienda entre ética y religión. Su propuesta fue nítida: la religión tiene que disolverse en la ética. Sería, afirmaba, el mayor timbre de gloria de la religión. Es más: una religión será tanto más verdadera cuanto más capaz sea de inmolarse y desaparecer en la ética. Desembocamos así en la ética como criterio de verdad de la religión, la tesis que ya había anticipado Feuerbach, el crítico más severo de la religión: “La verdadera religión es la ética”.

Sin embargo, tal vez todo sea algo más complejo. Desde luego, la ética no es un mal destino para nada ni para nadie. ¡Bien que añoramos su presencia en el día a día de nuestro país! Pero la religión no aceptará de buen grado su autodisolución en ella. Preferirá continuar siendo su compañera de viaje. En realidad, las dos vienen de muy lejos. Juntas han recorrido difíciles etapas y conocido parecidos vaivenes y zozobras.

No es cierto que la ética empiece allí donde termina la religión. Tradicionalmente hemos responsabilizado a la ética del qué debemos hacer y hemos reservado a la religión la tarea de administrar el qué nos cabe esperar; pero es muy probable que tal división de tareas no sea pertinente. Lo que de veras intentaron siempre tanto la ética como la religión fue presentar un cuadro inteligible de la vida sobre la tierra.

Ni la ética trata solo de la rectitud de las acciones humanas, ni la religión se refiere únicamente a la relación de los seres humanos con sus dioses. Ambas apuntan hacia una inteligibilidad más global, más abarcadora. Ambas buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida. Alguien ha dicho que el término esperanza las engloba a las dos. En efecto: quien se atreve a pronunciar la palabra esperanza —“el sueño de un vigilante” la llamó Aristóteles— está hablando, al menos implícitamente, de ética y religión. Estamos ante dos saberes, de tono casi melancólico, que se atreven a insinuar frágiles esperanzas que nunca podrán fundamentar plenamente.

Ni la ética ni la religión se resignan, por ejemplo, a los acabamientos definitivos. “Por dignidad personal” se rebelaba el filósofo marxista E. Bloch contra la sangrante evidencia de que los seres humanos “acabemos igual que el ganado”. Aducía, con enorme vigor antropológico, que en vida había sido diferente del ganado: había escrito libros, por ejemplo. Consideraba, pues, justo que esa diferencia se hiciese también presente más allá de la muerte. Y pedía ayuda a la ética y a la religión, ayuda en forma de esperanza: El principio esperanza es el título de su obra más decisiva. Eso sí: siempre evocó una “esperanza enlutada”, es decir, incierta, frágil. La esperanza “firme” del cristianismo le parecía una desmesura.

“Hay capítulos de la ética”, reconocía Aranguren, el gran maestro de la ética en España, “que no sabría cómo abordar si, de algún modo, no lo hago desde la religión”. Y ponía como ejemplo la solidaridad, a la que consideraba “heredera de la fraternidad cristiana”. Aranguren defendió siempre, como lo hacía Bloch y gran parte de la tradición filosófica occidental, la apertura de la ética a la religión. Esto no significa que ética y religión terminen por identificarse. Es cierto que, probablemente, todas las religiones predican a sus fieles: haz el bien, evita el mal. Todas se atienen a la regla de oro: “Trata a los demás como desees que te traten a ti”. El rabino Hillel condensaba el núcleo ético de todas las religiones en una fórmula tan sencilla como grandiosa: “Sé bueno, hijo mío”. Pero no todo en la religión es ética o moralidad. La actitud religiosa tiene que ver con el misterio, con el sobrecogimiento, con la adoración, con la alabanza, con la entrega.

La apertura de la ética a la religión tampoco significa que la ética no sepa caminar sola a la hora de determinar y fijar los valores morales. La experiencia muestra lo contrario: con frecuencia, las grandes conquistas éticas de la modernidad se lograron a pesar de la oposición frontal de la religión —mejor sería decir de las Iglesias—. La ética es autónoma, no depende de la religión; pero saldrá ganando si acepta los impulsos válidos que esta le ofrezca.

Finalmente, esa apertura no significa que la ética pida a la religión que le preste a su Dios para lograr así una perfecta fundamentación de sus normas. Estos sueños teocéntricos nos quedan lejos. La ética ha aprendido, no sin penalidades, a vivir sin una fundamentación fuerte; sabe que, como tantas otras parcelas importantes de la vida, no puede probar científicamente los cimientos sobre los que se asienta. “Nada digno de probarse puede ser probado ni desprobado” repetía el bueno de Unamuno. La ética y la religión han terminado aprendiendo que, además de lo científico, existe lo significativo. Este último es el único campo en el que ellas pueden lucirse.

¿En qué consiste, pues, la apertura de la ética a la religión? Ante todo: existe una ética de la inmediatez que puede ir del brazo de la religión, pero que también se las apaña bien sin ella. Preconiza una justa distribución de la cultura y de los bienes disponibles. Constituye un intento realista de favorecer el equilibrio, la convivencia y el diálogo. Y nunca olvida la utopía de la justicia como revulsivo permanente.

Pero, junto a esta ética de la inmediatez, sobria y atenta a las urgencias inmediatas, existe otra ética, que no sé cómo adjetivar, y que no se limita a procurar la mejor y más justa configuración del presente, sino que pregunta insistentemente por los ya-no-presentes. Vuelve su mirada, con inevitable desasosiego, hacia los que nos precedieron, intentando introducir sentido donde no lo hubo. Es una ética que, además de actuar sobre el presente, medita sobre el pasado de los injustamente tratados por la historia. Se acuerda de las vidas dañadas y maltrechas. Es aquí donde la ética puede sellar alianzas con la religión. La ética siente anhelo por una especie de finitud sanada, evocada por la tradición cristiana, por un posible escenario futuro sin víctimas ni verdugos. La sombría perspectiva de que todo pudiese quedar como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad movió incluso a pensadores no creyentes a postular futuros escenarios de liberación. Unamuno ha tenido muchos seguidores en su deseo de que “nuestro trabajado linaje humano sea algo más que una fatídica procesión de fantasmas que van de la nada a la nada”. Es, tal vez, el momento de recordar a otro grande de la filosofía, Jürgen Habermas, en el impresionante marco de la iglesia de San Pablo en Fráncfort. Lo más inquietante, dijo, es “la irreversibilidad de los sufrimientos del pasado —la injusticia infligida contra personas inocentes, que fueron maltratadas, degradadas y asesinadas— sin que el poder humano pueda repararlo”. Y añadió: “La esperanza perdida de resurrección” se siente a menudo como “un gran vacío”.

La religión espera contra toda esperanza escenarios finales benévolos, salvados; la ética interroga pertinazmente a la religión sobre el fundamento de esa esperanza; la religión, a su vez, remite al misterio, al silencio; y, como la ética también conoce la palabra misterio y sabe de silencios, ambas terminan llevándose bien.
(*) Manuel Fraijó es catedrático de Filosofía de la Religión en la UNED.

Ilustración: Raquel Marín.
Fuente:

Cfr. Manuel Fraijó:

sábado, 29 de octubre de 2016

CAZA DE CITAS

"Peligra la verdad. Un gobierno mediático no puede ser sino víctima del postmodernismo de las mediaciones. Lo que pasa es que a este gobierno no se  le puede acusar de mentiroso o de hipócrita: sobre todo ha de acusársele de ficcionar incansablemente los hechos. Aquí no ha nada oculto: todo es reinventado y maquillado"

Colette Capriles

("La revolución como espectáculo", Random Mondadori, Caracas, 2004: 118)

Ilustración: Dumont. El Universal, Caracas, 18/10/2016.

sábado, 9 de agosto de 2014

PANEBARCO 4/10

EL NACIONAL - Viernes 12 de Noviembre de 2010     Opinión/8
A Tres Manos
Miradas múltiples para el diálogo
Marxismo y posmodernidad
Una clave del discurso posmoderno es la diversidad desplegada en una idea del pluralismo cultural
Camilo Perdomo

En la página que coordina el amigo Rigoberto empiezan a aparecer trazas de discursos indicando que estamos entrando en materia del pensamiento transformador, sobre todo en relación con los signos culturales de estos tiempos posmodernos. Sí, en plural, como usted lo lee, pues no hay manera de sacarle el cuerpo a las ideas plurales sobre el desencanto social y humano que vivimos. Usted puede optar por hacerse el distraído o echarle una miradita (como recomienda Nietzsche: guiñando el ojo) a esta sociedad de la banalidad. Si despojamos a la idea tradicional de crisis en la que su neutralidad permite propuestas de izquierda, derecha y totalitarismos renovados, parece posible hablar de un nuevo marxismo que invita a recuperar pasiones perdidas y a evitar seducciones maltratadas.
A mi juicio, la derecha (desde la izquierda burocrática) fue exitosa en poner en circulación un discurso del marxismo como doctrina oficial de un Estado socialista resultante de una Europa viviendo en guerras permanentes. Guerras que sepultaron la viabilidad de las propuestas libertarias de la modernidad política y que el discurso posmoderno mostró en sus límites teóricos.
En efecto, si por posmodernidad algunos entienden, sin mucha reflexión, el vaciamiento ético, y por crisis del marxismo, la herencia de las publicaciones comunistas de fuerte signo estaliniano, obvio que no hay pasión ni seducción en el debate.
Pienso desde otro lugar de las prácticas comunistas y socialistas burocráticas en un marxismo que invita a transformar el todo y sus partes; es decir mundo y humanos. En esta tarea las palabras interpretar, leer, transformar, justificar y avalar deben ser arrancadas del viejo diccionario y convertidas en pinzas capaces de violentar las páginas de la obra marxista a fin de sacarle las ideas que necesitamos hoy. No es lo mismo decir que usted interpretó la Teoría del Valor de Marx porque lo leyó cien veces y luego termina diciendo que Marx no conoció el computador y por ello se equivocó y terminó siendo un filósofo parecido a Platón en su lectura dual de cuerpo y alma, es decir un Marx metafísico.
Eso no es interpretar nada, sino emitir una opinión y a su vez especular en el campo de los discursos, lo que no es ni bueno ni malo; sino parte de una necedad intelectual. Lo real es que hay necesidad de romper con una herencia típica de Caín bajo la voluntad del Dios cristiano y similar a ese marxismo de etiqueta que siguen manejando los dirigentes de partidos socialistas-comunistas bajo la voluntad de encerrar las ideas de Marx en una concepción casi necesaria de un Estado negador de libertades y pluralismos.
Una clave del discurso posmoderno es la diversidad desplegada en una idea del pluralismo cultural. En este sentido el marxismo en clave posmoderna es recuperar su pasión de transformarlo todo. Otra es releer la idea del trabajador en su opacidad como sujeto capaz de transformar el mundo. Malas noticias, hoy el trabajo escasea.
Sin embargo, la explotación sigue con la globalización, la exclusión también, y la coerción desde el Estado sigue vivita. Entonces, ¿el marxismo ha perdido vigencia como instrumento teórico de crítica al capitalismo en la posmodernidad? Responder implica criticar a una clase dirigente que en nombre del marxismo y el socialismo se ha encargado de justificar los reformismos del capitalismo en vez de crear condiciones para el rompimiento con él. Esa es mi propuesta de debate, pues una ética-estética desde el marxismo puede ser recreada desde Venezuela. Claro, hay la posibilidad de que los partidos burocráticos oficializantes de toda idea de socialismo digan que el marxismo no les interesa, lo cual es válido aceptar si somos tolerantes, pero eso nos dirige por otro camino: el de tener que decirle a la gente que no compartimos un socialismo alejado de la pasión y la seducción por una vida bella.
*Universidad de Los Andes/ Trujillo

domingo, 14 de julio de 2013

EL MENOS MAQUIAVÉLICO DE TODOS: MAQUIAVELO (12)

EL NACIONAL - LUNES 11 DE DICIEMBRE DE 2000
El futuro de la política
José Antonio Rivas Leone *

La política como actividad y arte de gobernar y como proyecto e instancia de asociación y deliberación, ciertamente se torna ambigua. Desde Maquiavelo en adelante se deja bien claro el carácter realista, amoral y terrenal de la política. Lamentablemente debemos reconocer que ésta última ha sido desvirtuada, y hoy, lejos de ser vista como instancia y medio de consenso y receptáculo de grandes proyectos de vida y de sociedad, se le ve y asume como una actividad baja, ruin y desconcertante para el ciudadano común.
De tal forma que si bien es cierto que la política es esencialmente relaciones de poder, o como afirmara en su momento Clausewitz "la política es la continuación de la guerra con otros medio" no es menos cierto que unos determinados principios, cánones y reglas nunca estarán de más. De allí parte la tragedia que embarga a la política de hoy.
Apoyándonos en los más recientes planteos, libros e ideas de autores como Agapito Maestre, Luis Salazar, Roberto Esposito, Giovanni Sartori, Norbert Lechner y Fernando Vallespin tendríamos que la vertiginosa aceleración del tiempo histórico, la globalización de la economía, de los medios de comunicación, de las tecnologías, mercados , y de la democracia como tipo de ordenamiento político, coincide con un aparente agotamiento y vaciamiento de los mapas, marcos y tesis ideológicas que por largo tiempo dieron sentido, pertenencia y horizonte a los actores e instituciones políticas, y hoy nos encontramos como diría Anthony Giddens en "un mundo desbocado" definido por la incertidumbre, la complejidad, el riesgo, y donde los códigos y esquemas interpretativos y referenciales más o menos universales manejados ya no nos dan cuenta de la sociedad actual definida por Ulrich Beck como sociedad del riesgo.
Este vaciamiento y desprestigio de la política coincide con el surgimiento y renacer de cinismos, fundamentalismos, populismos de diverso tinte, que expresan y encarnan el hartazgo y exasperación lamentablemente frente a la política y particularmente frente a unas formas de hacer política. El problema mayor radica en que estas supuestas nuevas expresiones se siguen identificando y reproducen viejas prácticas y concepciones (incluyendo algunos vicios) que oscilan desde la corrupción, la pérdida de contenidos mínimos de acción, hasta la ineficiencia y la intolerancia fundadas en concepciones no democráticas, apartidistas, antipolíticas y hasta apocalípticas.
Frente a estos escenarios confusos, ambiguos y críticos, no pretendemos establecer disertaciones técnicas y vacías, o peor aún abstraídas de la realidad, o aferradas a reflexiones fatalistas y puritanas (condenatorias) de la democracia de partidos y de la política como tal. Todo lo contrario, estamos convencidos de que la propuesta a ensayar debe partir de la necesidad de precisar unas determinadas críticas de aquellas fallas y reiteradas disfunciones, tanto de nuestra clase política como de nuestras agencias partidistas y de nuestra política en general, para posteriormente transitar frente al desprestigio de la política, el camino por demás requerido de repensar y revalorizar a la política, y con ella sus actores, instituciones y prácticas.
Asimismo, frente a las tesis y posturas fatalistas, escépticas y posmodernas y frente a las propias tendencias de creciente personalización de la política y de vaciamiento institucional que define a la Venezuela contemporánea dominada por el chavismo, requerimos ensayar nuevos espacios, foros y propuestas que se encaminen a recuperar los contenidos de la política y de la democracia respectivamente. A la política hay que revalorizarla y volverle a dar el sentido de servicio y de proyecto común que en un comienzo tuvo. El momento y circunstancias actuales así lo demandan. Finalizamos convencidos de que repensar y redescubrir la política, implica precisar sus fallas, su problemática actual, proponiendo a la vez caminos y opciones de convivencia civil y de modelos de gestión y ejercicio gubernamental progresistas. Veremos.

sábado, 18 de mayo de 2013

EPISTEMOLOGÍA DE LOS BYTES

EL IMPULSO, Barquisimeto, 07 de mayo de 2013
Política virtual (1/2)
Pedro Rodríguez Rojas

La evolución de la sociedad moderna ha tendido a magnificar la vida privada en detrimento de la pública, de la política colectiva y de la democracia. Puede parecer una paradoja, pero la misma modernidad que edificó la democracia, la está banalizando o debilitando a medida que desvía los esfuerzos e intereses de los ciudadanos hacia lo privado. (Gonçal Mayos. 2009. 54)
Ese proceso comporta muchas consecuencias y problemas. En el proyecto del Estado del bienestar, la política había alcanzado una relativa autonomía, en virtud de la intervención política en los asuntos del mercado, frente al sistema técnico y económico. Ahora, en cambio, el sistema político está ante la amenaza de ser desposeído de su constitución democrática. Las instituciones políticas se convierten en asunto de un desarrollo que ni han planificado ni pueden reorientar, y del que sin embargo, en cierto modo, han de responder (Ulrich Beck. 2006. 241).
Bettina Martino (2001), se refiere a la massmediatización de la política. Este fenómeno ha sido descripto, en general, como la adecuación de esta última (sus tiempos, espacios, escenarios, lenguaje, etc.) a la lógica de los medios de comunicación. Hoy es común escuchas términos como: “democracia mediática", "democracia de audiencias", "democracia de públicos", "democracia sin público", "democracia espectáculo", "videocracia", "democracia televisiva"; "cyberdemocracia", "democracia electrónica", "teledemocracia", entre otros.
La autora ve positivo la posibilidad de la democracia electrónica, como una  solución posible a los problemas de la escasa participación, el acceso a la información, la toma de decisiones políticas guiadas por intereses mezquinos de los representantes, la compatibilización entre una cultura individualista que repliega a los individuos en sus hogares y la posibilidad de estar involucrado en las cuestiones públicas sin necesidad de abandonar la comodidad del hogar, la superación del "ciudadano niño" que requiere que otros tomen decisiones por él, entre otros aspectos.
Pero advierte sobre tres elementos negativos u obstáculo a estas democracias electrónicas: Primero, el mayor acceso a la información no implica, necesariamente, que la democracia se refuerce: más información no se traduce necesariamente en mayor y mejor democracia. Segundo, la participación política electrónica podría empobrecer la calidad de la democracia si se reduce al voto electrónico. La deliberación constituye una dimensión clave de la democracia. Tercero, existen objeciones en cuanto a la fiabilidad. Existen factores aún no controlables en la red, como los virus que podrían "torcer" una voluntad.
Bettina Martino (2001), la posmodernidad llevó al declive de la historia unitaria y progresiva, la pérdida de fundamentos absolutos, la ligazón a un proyecto colectivo, la definición de un sentido único de la existencia del hombre y, fundamentalmente, el fin de los grandes relatos. En el plano de lo político, podemos enmarcar dentro de tal crisis a las categorías de nación y clase. La Nación -y específicamente, la idea de identidad nacional- como elemento de cohesión que genera identidad colectiva y sentido de pertenencia, comenzó a hacer visible sus propias contradicciones internas: la primera, respecto de la posibilidad de que la complejidad social pudiera ser reducida a una sola voluntad colectiva; la segunda, en cuanto a que la representatividad política, siendo un aspecto parcial de la totalidad social, pudiera representar a la sociedad en su conjunto, como un todo unificado.
Por otra parte, la referencia al concepto de Clase, remitía directamente a los actores contenidos en la tradicional distinción dominantes-dominados. Todo conflicto o toda contradicción responderían a una sola lógica: la inherente a la lucha de clases. Hoy, ningún grupo social parece portador de intereses generales; no existe apelación a principios globales de legitimidad; el recurso a la historia se ha debilitado, en tanto ya no creemos en la sucesión de una sola forma histórica sino en la pluralidad de vías de desarrollo.

EL IMPULSO, Barquisimeto, 14 de mayo de 2013
Política virtual (2/2)
Pedro Rodríguez Rojas

Este quiebre de la idea de identidad nacional y de la oposición entre una clase dominante y otra dominada, reflejaría -en cierto modo- la existencia de vastos sectores sociales hasta el momento no contenidos o negados en estas categorías y una reducción de los conflictos a universos opuestos diametralmente. Desde esta perspectiva, la crisis de lo político no se refiere, como superficialmente a veces se expresa, al plano de la administración de la cosa pública, sino fundamentalmente al plano de la definición de una identidad social compartida por el conjunto.
Per la autora advierte que desde la posición "proposmoderna", estas rupturas fueron vistas con agrado. Sin embargo, las promesas iniciales de la posmodernidad fueron trayendo consecuencias paradójicas: "en nombre de la mayor tolerancia, se producía un vacío de normatividad, dejando espacio compensatorio a fanatismos racistas...; el dibujo de jóvenes sin ideales duros se parecía demasiado al de aquellos sin ideales a secas;...del abandono del fanatismo ideológico/político se pasó al abandono de toda preocupación por lo colectivo..." (Follari, 1998). Los referentes perdidos no encontraron reemplazo y la fragmentación inicial se convirtió en una fatal descomposición y desintegración de la sociedad. El festejo posmoderno fue llegando a su fin.
El estado de la situación al cual hoy asistimos no es mera crisis de las organizaciones sino un fenómeno más profundo de "desinstitucionalización", en el sentido fuerte de pérdida de pautas supraindividuales de regulación de la vida social sin que exista para éstas un reemplazo. Y esto repercute fuertemente en los sujetos sociales.
Para Zygmunt Bauman (2004), El poder puede moverse con la velocidad de la señal electrónica; así, el tiempo requerido para el movimiento de sus ingredientes esenciales se ha reducido a la instantaneidad. En la práctica, el poder se ha vuelto verdaderamente extraterritorial, y ya no está atado, ni siquiera detenido, por la resistencia del espacio. Este hecho confiere a los poseedores de poder una oportunidad sin precedentes: la de prescindir de los aspectos más irritantes de la técnica panóptica del poder. La etapa actual de la historia de la modernidad –sea lo que fuere por añadidura– es, sobre todo, pospanóptica. En el panóptico lo que importaba era que supuestamente las personas a cargo estaban siempre “allí”, cerca, en la torre de control. En las relaciones de poder pospanópticas, lo que importa es que la gente que maneja el poder del que depende el destino de los socios menos volátiles de la relación puede ponerse en cualquier momento fuera de alcance… y volverse absolutamente inaccesible.

lunes, 1 de octubre de 2012

DE LO UNO A LO OTRO ... PARA LO UNO

EL NACIONAL - Lunes 01 de Octubre de 2012     Opinión/9
Libros: Andreas Huyssen
NELSON RIVERA

Las diez páginas de la introducción de Modernismo después de la Posmodernidad (Editorial Gedisa, España, 2011) tienen por sí mismas variaciones suficientes para echar las bases del que podría ser un efusivo debate: La afirmación de que el pasado "se ha convertido en parte del presente", lo que bien cabe pensar como el posible debilitamiento (Huyssen utiliza la palabra difuminación) de las fronteras temporales de nuestro presente.
Andrea Huyssen (1942), pensador alemán que ejerce con regusto la crítica literaria y de las artes visuales, sigue las pistas a algunas de las consecuencias del discurso posmoderno: su apertura a las modernidades alternativas, a las otras modernidades que se han producido fuera de las fronteras de Europa y Norteamérica, pero también se interesa por esta suerte de "retorno" de los estudios sobre el modernismo, del fenómeno de las vanguardias en las míticas capitales europeas como Barcelona, Londres, Praga y otras, y, como es obvio, vuelve una y otra vez a la cuestión de la memoria. En un texto que anuda muchas de las preocupaciones ventiladas en otros ensayos, "Usos y abusos del olvido", se introduce en la cuestión de la multiplicidad de formas que tiene el olvido, para aplicar a las realidades políticas algunos de los postulados de Paul Ricoeur.
La hipertrofia no sería ya de la historia, sino de la memoria. El mercadeo de la memoria ha creado su propia fatiga: su saturación ha creado el riesgo de perder las revulsiones que el discurso de la memoria ha generado. Si desde el Romanticismo la memoria se vinculó a la pérdida (olvido, ausencia, traición), su exceso puede volvernos impotentes para imaginar el futuro.
Opino que Modernismo después de la posmodernidad tiene con qué aspirar a lectores distintos: a los interesados en las artes visuales ofrece indagaciones sobre Guillermo Kuitca, sobre la escultora colombiana Doris Salcedo o sobre el fotógrafo vietnamita Pipo Nguyen-duy. En un magnífico ensayo que se titula "Perturbaciones de la visión en la modernidad vienesa", Huyssen afila su buril para deslindar y trazar los perfiles sobre el modo en que el hecho de ver se plasmó en las obras de Hofmannsthal, Schnitzler y Musil (al leer este ensayo fue inevitable recordar el muy documentado texto que Juan Villoro dedicó a Schnitzler, en Efectos personales).
Dos ensayos nos devuelven al peculiar heroísmo de W. G. Sebald: "El logro de reintroducir la memoria de la guerra en la conciencia pública sin reivindicar el estatuto de las víctimas para los alemanes ni contraponer el recuerdo de la guerra aérea a la conmemoración del Holocausto. Y logró inscribiéndose e inscribiendo su obra en la tradición literaria de la posguerra, sin que eso significara, una vez más, un nuevo comienzo".

jueves, 14 de junio de 2012

LENGUAJE DE CONDENA

EL NACIONAL - Sábado 09 de Junio de 2012     Papel Literario/4
Lenguaje y sociedad
bajo el sino del pran
La cárcel venezolana deja de ser el infi erno privado de miles de reclusos y de sus familiares para afi rmarse, de palabra y de hecho, como el infi erno público que siempre ha debido ser y que tanto empeño hemos puesto en ignorar
EDUARDO FUENMAYOR

Coliseo lingüístico
Quizá sea la figura del pran 1 la
mayor contribución de la sociedad venezolana a ese antiproyecto histórico llamado posmodernidad, al cual hemos entrado a empujones y sin haber llegado antes a ser un país moderno. El pran como antihéroe y líder necesarios (según la lógica de la prisión). El pran como autoridad con legitimidad simbólica y de hecho, otorgada a la vez por los reclusos bajo su yugo, por los familiares de estos, por la desidia colectiva y, sobre todo, por el Gobierno, su interlocutor y álter ego. El pran como estandarte de la arbitrariedad en tanto pilar de justicia, como dueño y señor de la paz y de la guerra, de la vida y de la muerte dentro y fuera de la cárcel. El pran como sicario del lenguaje.
Dicen los entendidos que la cárcel se apodera primero de la familia del preso, y en especial de las mujeres, protagonistas de un drama tan inimaginable como incompresible para quienes no lo vivimos. Es lo que Claudia Carrillo, psicóloga y coordinadora del área de atención psicosocial a las víctimas de Cofavic, llama "proceso de institucionalización", es decir, el duro y complejo aprendizaje de la ley del pran. No basta con poseer las armas para subyugar a los internos: también, y sobre todo, hay que poseer sus almas. De ahí, la necesidad de secuestrar el lenguaje. Carrillo relata al diario Últimas Noticias, por ejemplo, el caso de una madre cuyo hijo cae preso por primera vez: "Me narraba cómo su hijo se iba deshumanizando.
Iba perdiendo su sensibilidad, sus expresiones cambiaron, los intereses y hasta la manera de hablar. Aprendió los códigos de la cárcel. La madre comenzó a sentir un duelo porque sentía que perdía a su hijo. (...) La familia también tiende a internalizar los códigos y reglas que toman lugar dentro de las rejas". El impacto de la cárcel en la familia es inevitable, sostiene Carrillo, porque en esta dinámica todos pasan a estar presos con los reclusos.
Lo que no sabíamos en Venezuela, o no queríamos saber, es que al ignorar esta realidad todo el país quedaba a su vez doblemente preso: por una parte, de la red delincuencial que opera desde las cárceles bajo la mirada cómplice del Gobierno, alimentando de esta manera lo que Susana Rotker llamó con tino las "ciudadanías del miedo"; y por otra, del lenguaje deshumanizador que endémicamente circula en los discursos oficiales y oposicionistas, en los medios de comunicación y en la vida cotidiana, transformando así la res publica en una especie de coliseo lingüístico. Pero a diferencia de la madre que presenciaba cómo el inframundo carcelario le arrebataba el alma de su hijo sin que ella pudiera hacer nada para remediarlo, la sociedad venezolana no ha vivido duelo alguno, ni parece sentir la necesidad de hacerlo, ante el secuestro del lenguaje por parte de la violencia. En términos generales, el lenguaje en Venezuela sigue siendo una víctima sin dolientes, otro recluso desterrado a la "fosa", aquel lugar donde deambulan los presos que no pueden estar en ninguna parte y que deben dormir con un cuchillo bajo el brazo para defenderse. No puedo pensar en un ejemplo más emblemático para ilustrar esta fosa cultural y lingüística que el del programa La Hojilla, transmitido para pesar de muchos (lamentablemente no de todos) por el principal canal del Estado venezolano.
Política, escuela del histerismo
El drama carcelario y la creciente industria de la violencia en el país, y en particular la forma en que el argot y el código de este submundo han ido permeando todos los ámbitos de la vida nacional, asoman cómo en menos de tres décadas el lenguaje (entendido como herramienta para formar ciudadanía, civilidad y entendimiento) pasó de la indigencia denunciada por el poeta Rafael Cadenas en los años ochenta a la brutalidad deshumanizadora que hoy parece caracterizarlo.
La política venezolana contemporánea --da igual gobierno u oposición-- ha desplazado a las telenovelas de su protagonismo como auténticas "escuelas del histerismo" (la frase es de Cadenas). "[E]sta situación de deterioro de nuestro lenguaje", escribía Cadenas en su libro En torno al lenguaje (1984), "forma parte del deterioro que padece la sociedad venezolana y no debiera considerarse, como suele hacerse, de manera aislada. ¿Cómo iba a quedar exento el lenguaje si es parte esencial del hombre? No pueden separarse; están unidos inextricablemente; el destino de uno afecta al otro y entre ellos se establece una constante interrelación que, al parecer, tiene la particularidad de estar a la vista y ser fácilmente pasada por alto".
Por eso no deja de llamar la atención la polémica suscitada alrededor del video Caracas, ciudad de despedidas, en el que un grupo de jóvenes encerrados (otro tipo de prisión) en la burbuja geográfica, cultural, económica, social y vivencial de lo que en las redes sociales se ha identificado socarronamente como el "Este del Este" caraqueño (es decir, las zonas de clase alta y media alta de la capital venezolana), expresan con una honestidad tan ingenua como desconcertante las razones que eventualmente los motivarían a emigrar del país. Uno no termina de saber si los insultos y hasta amenazas de muerte que recibieron los realizadores y participantes de este video son motivados por la total desconexión con respecto al contexto histórico, político y sociocultural que revelan las declaraciones allí ofrecidas, contexto que ignoran bien por llana indiferencia, bien por el aislamiento en ghettos 2 a los que la misma inseguridad ha terminado confinando a los habitantes (y en especial los jóvenes) de prácticamente todas las ciudades venezolanas. O si, en cambio, los ataques son sólo una reacción visceral (mezcla de un arraigado resentimiento de clase y de un nacionalismo mal digerido) a esa especie de hablar anestesiado que caracteriza al sifrinismo caraqueño. O es que definitivamente la emigración es un tema tabú y nos negamos a reconocerlo como tal.
Pero sea como sea, lo cierto es que nadie se burla del hablar quebrado y no menos circense del pran, cuya voz se aloja de inmediato en el espinazo de quien lo escucha como una alimaña sedienta de miedo.
Nadie amenaza de muerte al pran, a quien sí hay que tomar en serio, tratar con respeto y concederle lo que pida. ¿Cómo se articula entonces una sociedad que funciona de acuerdo con esta torcida lógica? ¿Cuál definición de democracia aplica para semejante caso?
Ciudadanías del verbo
El lenguaje es degradado así a objeto de utilería, a insidioso fetiche del poder. Y por este sendero se corre el riesgo de caer en el vacío que con el paso del tiempo se abre y ensancha entre cada sujeto y la violencia que lo rodea, tal como lo advierte el novelista judío David Grossman en Escribir en la oscuridad. "Este espacio nunca permanece vacío, sino que se llena rápidamente de apatía y de cinismo y, por encima de todo, de desesperanza. De una desesperanza que es el combustible que hace posible que situaciones desesperadas persistan durante años, incluso generaciones".
Sin duda, es una tarea muy ardua desandar el maltrecho camino que hemos recorrido como sociedad, pero no es en modo alguno una empresa imposible. Exige, eso sí, un proyecto concertado de país que comience por devolver al lenguaje el sentido del que lo ha despojado la retórica oportunista y guerrerista, y por llenar con tolerancia, civismo y amplio compromiso social el vacío que la apatía y la histeria, juntas, amenazan con perpetuar en Venezuela. Pues como dice Jesús Martín Barbero, "la lucha contra la injusticia es, a la vez, la lucha contra la discriminación y las diversas formas de exclusión, lo que es, en últimas, la construcción de un nuevo modo de ser ciudadano que posibilite a cada hombre [y mujer] reconocerse en los demás, condición indispensable de la comunicación y única forma `civil’ de vencer el miedo".

NOTAS
1 El pran (preso, rematado, asesino, nato) es el jefe, o uno de los jefes, de la cárcel.
2 En La ciudad: entre medios y miedos Jesús Marín Barbero escribe: "Se echa la culpa a los medios de comunicación de homogeneizar la vida cuando el más fuerte y sutil homogeneizador es la ciudad impidiendo la expresión y el crecimiento de las diferencias".
/fuenmayoriscausa.wordpress.com




jueves, 31 de marzo de 2011

CAZA DE CITAS





"... Recordemos que la postmodernidad sigue siendo conceptual ..."

María Elena Ramos

("Pistas para quedar mirando. Fragmentos sobre arte", Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1991:254)

Ilustración: "Alpha Nests", Todorovic Nina

martes, 8 de marzo de 2011

CUADERNOS DEL DESTIERRO (POSTMODERNO)


EL NACIONAL, Caracas, 12 de Marzo de 2002
Trilogía de la angustia
Valmore Muñoz Arteaga

Una de las grandes lecciones de figuras de nuestro pensamiento como Mariano Picón Salas, Arturo Uslar Pietri, Enrique Bernardo Núñez, Jesús Enrique Lossada, es hacer de la angustia un motivo para producir y crear respiraderos para soportar la crisis que ha hecho nido en el alma nacional. Entre estos intelectuales que hicieron de la angustia la vía para expiar la dolorosa situación venezolana se encuentra Mario Briceño–Iragorry, quien publicó tres libros que se complementan y que constituyen la trilogía de la angustia briceñiana: Mensaje sin Destino, Alegría de la Tierra y Aviso a los Navegantes, publicados a comienzos de los años 50, de 1951 a 1953 para ser exactos.

En los tres libros se encuentra diseminado todo el pensamiento nacionalista de Briceño–Iragorry. Los tres dejan en claro su conciencia utópica y ensoñadora que discurre en un discurso visceralmente apasionado por cumplir el deber que él, junto a sus compañeros generacionales, se trazó en su revolucionaria juventud. Un compromiso que aprendió de las voces de Rodó, Martí, Ugarte, Vasconcelos, Darío, en esa búsqueda de la identidad fragmentada por el capitalismo que avanzaba aceleradamente de espaldas a la luz de la palabra divina.

Tres libros que desde sus nombres ofrecen un testimonio del sufrimiento de un hombre que vio coronada su vida de intelectual el 8 de diciembre de 1954, cuando un esbirro de la dictadura perejimenista fue a cristalizar el capricho de un déspota al intentar asesinarlo cobardemente frente a la Iglesia de las Jerónimas en Madrid.

En Mensaje sin Destino (1951), Briceño-Iragorry busca la concreción de una conciencia nacional que hurgue en la reflexión histórica y deje de abandonarse en concepciones sensibleras y románticas de la historia. Asoma como ejemplo la visión del pueblo venezolano sobre la imagen ciclópea del Libertador: “Se rinde ‘culto’ a los hombres que forjaron la nacionalidad independiente, pero un culto que se da la mano con lo sentimental más que con lo reflexivo... También nos valemos del Libertador para cubrir con los resplandores de su gloria lo opaco y menguado de nuestra realidad cívica. Y como es padre de todos, cualquiera se cree con derecho de interpretar sus pensamientos”. En este ensayo, Briceño–Iragorry toca desde la fibra del dolor humano cada uno de los aspectos que han originado nuestra crisis de pueblo, invocando un discurso adoctrinador que permita la resistencia al proceso cultural en donde escondía su rostros el imperialismo norteamericano.

En 1952 publica su último libro antes de ser “generosamente” invitado a ausentarse del país. Alegría de la Tierra representa la triste realidad de una paradoja discursiva. Su nombre indica, evidentemente, el regocijo, el júbilo, el contento de la tierra, aunque cuando leemos las páginas de los ensayos que componen el libro nos encontramos con una enfática amargura de notar cómo el hombre el venezolano al ver “sus arcas hinchadas de la moneda petrolera” se olvidaron de la tierra que pisaban. “Entonces –escribe Briceño–Iragorry, debió afirmarse más en sí mismo, en su suelo, en su realidad nacional”. Alegría de la Tierra es un hermoso ejercicio de ensoñación; Briceño–Iragorry se abandona al recuerdo buscando exorcizar el pecado del campesino venezolano al abandonar la tierra por correr en pos de la ficticia felicidad del dinero procedente de la explotación petrolera.

Finalmente, aparece, ya en su exilio madrileño, Aviso a los Navegantes (1953) en donde afirma aún más su nacionalismo, esta vez concibiendo a Hispanoamérica como la gran patria. En sus líneas queda expreso que su palabra no era para el hombre del momento, su contemporáneo; Mario Briceño–Iragorry intenta construir un puente a través de la palabra que lo lleve hacia las nuevas generaciones, encargadas de rescatar la salud de la República. Allí funda su utopía. Allí se hace evidente su juvenilismo arielista. Todo sigue igual. Ese aviso sigue allí, perenne. Algunas cosas han sido superadas, otras siguen haciendo sangrar el futuro del país. Qué bueno sería ver los libros de Mario Briceño–Iragorry en la calle, en las manos de los que se supone son sus discípulos. ¿Dónde están los libros de don Mario? Creo que en el lugar equivocado.


NOTA LB:

Muy post-modernos, ¿hay autores definitivamente desterrados del horizonte venezolano, imposibles de revisitar ni siquiera para cuestionarlos?, ¿hay una suerte de 'fashion' cultural, a favor de la comodidad y ligereza de autores que no nos interpelan?, ¿existe un 'tomárselo con soda' bibliográficamente hablando?.

domingo, 16 de enero de 2011

tres notas para devorar y una portada de pretexto









EL NACIONAL, Caracas, 20 de Abril de 1999
Contigo, pan y cebolla
Alberto Soria

La mujer moderna, las flacas y superflacas juveniles (que ahora son mayoría), creen que es una frase de "doble" mal gusto la promesa española de amor con la cual se alimentaron millones de parejas en el pasado.

A ninguna mujer de finales del siglo XX se le ocurre aceptar marido o novio bajo el lema de "contigo, pan y cebolla".

Eso ya no es amor platónico ni promesa de sacrificio compartido. No porque el amor sea distinto o menos ciego, sino porque el pan engorda. Y porque la cebolla, a pesar de ser un alimento natural, no es recomendada en ninguna dieta de buen ver.

Lo cierto es que, sin pan y sin cebolla, triste es la vida o la cocina, que viene a ser lo mismo.

El pan ha sido en la historia de la civilización el primer alimento. Si usted está a dieta no deje de leer ahora, porque no lo aburriré con la historia del pan. Lo que deseo explicar es que ningún nutricionista serio considera al pan pecado mortal. Condenan el exceso de pan por la cantidad de calorías que surten, pero eso no lo convierte en alimento paria, prohibido por la modernidad.

En la mayoría de los países industrializados, el pan aporta 29% de la energía total de una dieta. En las sociedades más pobres, pero con cereales (trigo, arroz, maíz, mijo, avena y centeno) el pan, que de todas esas cosas se hace, está presente en desayuno, almuerzo, merienda y cena. Quitarlo de algunas comidas es diferente a quitarlo de la mesa.

En la cocina del Mediterráneo, una de las más sanas y sabrosas cocinas del mundo, al pan con su corteza ligeramente tostada se lo convierte en manjar. Con él se untará el aceite de oliva, el vino, o la salsa espesa. Sobre él se depositarán las sardinas, las lonjas de legumbres, fiambres o quesos.

La cocina catalana hizo de una rebanada de pan una especialidad regional ante la cual los franceses se sacan el sombrero, untando primero el pan con la mitad de un tomate maduro, y luego enriqueciéndolo con un toque de aceite de oliva y sal antes de usarlo como base sobre la que depositarán después lo que quieran o puedan. Pan con tomate, se llama el invento. Y es mucho más sabio que comer ese pan chicle que se guarda en la nevera a cuenta de que como es integral, no engorda.

Toda gran cocina tiene gran pan. Salvo la de China y parte de Asia, donde el arroz cumple esa función.

La cebolla natural, rica en minerales, es despreciada por las dietas modernas porque no es de buen ver. Los cocineros europeos y quienes de ellos aprendieron, lloran por ello.

Indispensable en ensaladas, salsas, guisos y sofritos, se la puede comer cruda, asada, hervida o frita. No hace que uno engorde. Pero no se la quiere, como tampoco al ajo, porque son populares y dejan mal aliento.

Circunstancia que confirma que en los últimos años gracias al aerobics, los gimnasios y la idolatría por el serrato mayor, el gran recto del abdomen y el oblicuo, ahora sabemos más de músculos pero menos de cocina.

Con razón De la Rochefoucauld se revuelve en su tumba. Hace 200 años sostenía que cuando uno pierde el apetito, "pierde la razón".

EL NACIONAL, Caracas, 16 de Mayo de 1999
Ilusión á la carte
Alberto Soria

El aviso aparece con cierta periodicidad. Cuando hay que llenar los cupos, supone uno. Promete a quien se inscriba, dotarlo de los saberes necesarios para que viva y goce de éxito social cursando una de las "más glamorosas profesiones" de la actualidad: cocinero. Claro que no lo llaman cocinero sino chef.

La sociedad ha tropezado sin quererlo, con la cocina de la ilusión, la pseudo cocina, esa que forma cocineros en microondas. Jamás les explicarán a los inscritos, que si existen oficios sacrificados y esclavos, ese es uno de ellos. Que si algo necesita la cocina, es orgullo. Que los grandes cocineros franceses que ven en la revistas, son grandes después de por lo menos veinte años de oficio. Graduados en instantaneidad, uno teme que los egresados sepan más de vernisages y sociales que de nutrientes y el punto de humo de los aceites.

Nos pasa en la mesa pública, lo que describe Joaquín Sabina en su radiografía de la modernidad urbana: ahora no tenemos peluqueros sino estilistas.

La ilusión está de moda. Por eso los restaurantes fashionïs se me atragantan. Tanto, como los sitios naturistas.

La ciudad está ahora llena de restaurantes bonitos, modernos, con nombres ingeniosos y menús "creativos". Sobreviven, en el mejor de los casos, tres años. Me refiero al nombre. Al menú creativo lo hace polvo antes de seis meses, el desencanto y los desarreglos estomacales de los comensales.

Más cercanos a Hollywood que a la cocina, son una aventura donde usted paga caro, pero no tanto como en un restaurante serio, para comer poco, lo que sea, con salsas recién nacidas.

En algunos centros comerciales y en las urbanizaciones de alta densidad en restaurantes, los fashionïs compiten entre ellos por la fama efímera de la novedad. Como no saben qué cocinar, inventan "estilos culinarios" que no son sino mezclas de cocinas y platos... tratando de ensartar al comensal. Así nacen sitios fashionïs donde ofrecen cocina italiana light y sushi; cocina de California con platos mongoles y sabores tropicales; cocina turca, con pizzas vegetales, y salsas tailandesas.

Si los restaurantes fashionïs son un desencanto producto de la improvisación y la aventura, los sitios de alimentos naturistas, aunque se les parecen, son peores.

Según el biólogo Grande Covián, un desmitificador de mitos en la alimentación a quien los gastrónomos veneran, "el negocio de la alimentación natural, es un fraude". Según el maestro, se parte en ese negocio de dos supuestos. El primero: que hay un montón de alimentos naturales que sólo se pueden obtener en casas especializadas. El segundo, que esos alimentos tienen poderes extraordinarios.

El calificativo "natural" explica Grande Covián, sólo es aplicable a aquello que se produce espontáneamente, sin intervención de la mano del hombre. Escasos para vivir son esos alimentos y por ello la civilización inventó la agricultura.

Quien crea "que una vitamina obtenida de una planta es superior a la vitamina obtenida de un laboratorio, lo único que demuestra es una descomunal ignorancia de los conocimientos químicos más elementales", asegura. Lo de la dieta natural, los restaurantes y las tiendas ídem, no son sino un engaño, concluye el experto.

Seducidos por el calificativo de lo "natural", los amantes de lo fashion, las gordas en apuros y los amantes de lo esotérico, en lugar de ir al mercado van a la tienda naturista. Allí compran frascos de vitaminas de papaya en lugar de comer regularmente lechosa, cremas de berro para el cutis, y tés de hojas asiáticas que le darán al varón, la fortaleza que la naturaleza le recorta.

La sociedad los tolera y a veces los festeja, atenazada entre la novedad, la inconsistencia de los restaurantes montados sobre el efímero imperio de la moda... y el fuego infernal que en el mas allá y en el mas acá, persigue a la gordura.


EL NaCIONAL, Caracas, 21 de Noviembre de 1999
Tendencias de la posmodernidad
El último refugio de la tradición
Alberto Soria

Para la persona culta, la cocina se está convirtiendo en el último refugio de la tradición. Nadie habría supuesto eso a principios de siglo.

Este siglo, si algo tenía cuando comenzó, era tradición y certezas. No había tan buena cocina al alcance de todos como la que usted puede comprar ahora cuando reserva una mesa en un restaurante de profesionales. Ni se había llegado siquiera al refinamiento y la abundancia que se disfruta hoy en cosas tan importantes como la tecnología disponible para cocción, la riqueza de los recetarios actuales, la gigantesca cantidad de opciones en alimentos y especias, la fineza de aceites y vinagres, ni buenos vinos a bajo precio.

A finales del siglo XIX, la gente adinerada comía muy bien. Las revoluciones de los siglos anteriores (la Revolución Francesa y la Revolución Industrial) fueron caminos por los que se popularizó la mesa, la búsqueda de la calidad, y el buen gusto, por encima del apellido.

El siglo XX, dice Paul Johnson, no comenzó con un descorche de botellas de champagne el 31 de diciembre de 1900, como seguramente tampoco comenzará el siglo XXI con un descorche de vinos espumantes en el 2001 que no en el 2000.

Los historiadores y científicos no se han puesto aún de acuerdo en cuándo comenzó en realidad el siglo XX. Para algunos, el siglo comenzó recién en 1914, cuando la Primera Guerra Mundial cambió la historia y al mapa de Europa. Para otros, ni siquiera entonces, sino en mayo de 1919, cuando un par de expediciones científicas enviadas a fotografiar un eclipse solar en Africa Occidental y en Brasil, comprobaron que la teoría de Alberto Einstein, era cierta.

Los escritores, poetas y filósofos del primer tercio de este siglo frecuentaban los cafés, se reunían en tertulias en bares, discutían principios y doctrinas durante o después de una comida, y amaban la cocina y el vino.

Los científicos, que comenzaron a suplantarlos como personajes cuyas biografías, gustos y costumbres buscaban ávidamente los medios de comunicación, eran diferentes.

Ellos introdujeron los criterios que dieron certeza a la mitad del siglo, pero su influencia social fue diferente. No eran hombres de la buena mesa, ni soldados de las tradiciones sociales, sino generalmente hombres solitarios, inmersos en su mundo y en sus teorías.

Fue en ésa época cuando Ortega y Gasset retrató la diferencia entre los "humanistas" y los científicos devenidos en "especialistas" con una definición lapidaria. El especialista, el hombre tan famoso de la modernidad, no era en su criterio "sino un bárbaro, que sabe mucho, de una sola cosa".

La sorpresa hoy es grande, cuando las nuevas corrientes científicas advierten que las certezas que la modernidad cree poseer, no existen.

La teoría de Einstein ha sido superada. El criterio mecanicista del mundo, destruido. Se ha demostrado que la materia es inestable y que no existe un destino determinista del futuro, sino meras especulaciones y probabilidades. Lo afirman Popper, Berlin y Prigoguine.

Diluidas las tradiciones y destruidas las certezas, a finales del siglo XX lo único que sobrevive en la cultura del siglo es la herencia de lo clásico.

Son la buena música, la buena literatura, los buenos modales y la buena cocina las cosas que harán el nexo entre el mundo moderno y las glorias del pasado. Por eso, cuando se derrumban todos los credos y doctrinas, sobrevive lo que tiene clase: desde Mozart, hasta el aceite de oliva.

asoria@reacciun.ve