Mostrando entradas con la etiqueta Cocina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cocina. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de diciembre de 2012

LA INQUIETUD GASTRONÓMICA (5)

EL NACIONAL, Caracas, 27 de Octubre de 2001
Papel Literario
Elogio de la cocina venezolana

Las dos pulsiones más importantes del ser humano son la alimentación y el sexo. Sin ellas no existiría. Sin la alimentación el individuo no sobreviviría. Sin el sexo la especie se extinguiría. Pero en el caso de la alimentación, ¿cuál alimentación? Porque estamos rodeados de alimentos, pero elegimos algunos, ¿por qué? ¿Qué es lo que hace que uno viaje un largo trecho para conseguir cierto ingrediente o plato? ¿Por qué un futbolista caraqueño fichado en La Coruña sintetiza su nostalgia por su país en la nostalgia por la arepa? ¿Por qué un filósofo venezolano declara en una conferencia que, durante su año sabático, la nostalgia por la comida venezolana era la representación más sentida de la patria? Creo que el aparato sensorial, la estructura que usa nuestro cuerpo para comunicarse con el mundo exterior, tiene, aparte del componente biológico, un elevado componente cultural, hasta el punto de que uno de los sentidos, el gusto, es, en muy alto grado, histórico. El gusto de cada uno de nosotros es el resultado de un largo proceso de aprendizaje cultural, que se inicia en la infancia con la educación recibida de la madre, un paisaje geográfico y una clase socioeconómica, hasta llegar a eso que decimos que somos. Al ser interrogado Miranda, luego de haber fracasado en su invasión a Venezuela por la costa de Coro en 1806, confesó, vencido por la nostalgia, que “el originario almuerzo en la casa de su padre hera ayaca, olleta, mondongo y ayaquita en diversidad de días, y que hacía tanto que no lo probaba...”. La gente cuando viaja, además de su pasaporte y de su equipaje, carga su tierra y su gente a cuestas, metafóricamente. Como uno no puede llevarse todo cuanto lo rodea y respira a diario, los afectos, las voces y los paisajes de la infancia, los brazos de la madre, la tierra de sus muertos, se lleva algo simbólico que lo compendia todo: sus bienes culturales y, dentro de ellos, más específico, los elementos alimentarios que a la postre son elementos identitarios. Olores y sabores, traducidos en ingredientes y maneras de cocinar, que recuerdan a la patria ausente. No a una patria creada de la nada, como si un mago la sacara de su sombrero, sino una que se fue haciendo progresivamente y con esfuerzo. Que se fue construyendo, en todas sus partes y como un todo. Una de esas partes, tan mostradora del todo, es la cocina. Una cocina síntesis de todos los que han contribuido a construir esa patria. Fernand Braudel decía que “para una civilización, vivir es, a la vez, ser capaz de dar algo y de recibir, de tomar prestado algo”.
Cuando estamos alejados de la patria (o de la matria), ¿cuál cocina recordamos?, ¿cuáles platos? La cocina de cualquier país procede de dos fuentes y dos saberes. De dos fuentes: el medio inmediato, los recursos locales, las producciones propias; y el medio mediato, los recursos y las producciones ajenas. Y de dos saberes: la tradición y la innovación. El primero, la tradición, da origen a la cocina popular, a la cocina del terruño que se alimenta mayormente de productos locales y frescos, la cocina que hace nuestra madre en la casa y cuyas fórmulas se transmiten oralmente, de generación en generación. El segundo saber, la innovación, corresponde a la cocina de los profesionales que experimentan constantemente, ese que uno elige y que se nutre de elementos de variada procedencia, que se adorna y viaja y que, además de pasión, puede ser negocio. En claro contraste con el primer saber, que uno no siempre elige y que, además de obligación, puede ser pasión.
De Los Teques, el tequeño
Jean-François Revel, sabio francés, cree en la existencia de sólo dos cocinas: la regional y la internacional. Pero, a pesar de su sabiduría, creo que simplifica y exagera. Comparto con él la idea de que la célula gastronómica originaria y esencial es la región y no la nación y de que la cocina regional corresponde a un “corpus de recetas fijas, esencialmente ligadas a una región y a sus recursos”. Pero disiento de él en su rechazo a la existencia de una cocina nacional. Creo que la nacional existe y está formada por un corpus de recetas que varían en el tiempo y se consumen en todas las regiones del país. La cocina nacional es la cocina que ha superado los límites estrechos de una región porque se elabora con ingredientes que pueden encontrarse en todas las regiones del país, y es consumida en otros países de distinta manera a la que la consumimos en el nuestro. La arepa, la hallaca, la cachapa, el casabe, el pan de jamón y el pabellón criollo, por ejemplo, son preparaciones que se consumen en todo el territorio nacional, aunque se den variaciones regionales. En esta lista incluyo algunos platos que son de creación relativamente reciente. Es el caso del pabellón criollo, creado en Caracas a fines del siglo XIX; o del pan de jamón, que nació en una panadería caraqueña regentada por extranjeros en 1905; o, del tequeño, creado en una humilde vivienda de Los Teques durante las primeras décadas del siglo XX. Los ingredientes para preparar estos platos no están sujetos a los recursos de una región determinada (por lo tanto, no pertenecen a la cocina regional), y los platos resultantes están presentes en nuestra alimentación. El primero, omnipresente en la mesa del venezolano, sin distinción de clases sociales. El segundo, representativo de la Navidad venezolana, y el tercero, infaltable en toda fiesta o recepción social.
El oriental, el llanero, el andino o el guayanés no echa tanto de menos en el exterior los platos propios de su cocina regional como los de la “cocina nacional”. No sé muy bien por qué. Aquellos son los platos de su infancia (Baudelaire decía: “La patria es la infancia”), los de su patria chica, y éstos los de su patria grande. Con aquéllos sueña, con éstos se identifica. Uno es lo ideal, lo otro lo posible. Frente a lo que se arraiga a los confines de una región, prácticamente inencontrables en la distancia, a uno no le queda otra alternativa, para llevarse con uno, que tomar lo portátil, lo que viaja, para reproducir alquímicamente la patria en las cosas que uno porta. Así va uno, con su breve equipaje, cargando a todas partes un pedazo de Venezuela. Lo que, en el fondo, no es otra cosa que apropiarse de lo que uno ha sido: la infancia, los brazos de la madre, la solicitud del padre, el paisaje inicial, los primeros amores, la calidez de la amistad, el recuerdo de los muertos, de todas esas cosas que la gente sintetiza con el nombre de patria. De tal manera que la distancia se acorta cuando uno consume una hallaca, no importa lo alejado que se esté. Volvemos, así, siempre a lo mismo: cuando comemos, consumimos alimentos, pero también símbolos, signos, significantes, referentes, representaciones, imaginarios.
La cocina regional, núcleo básico de toda cocina, está intimamente ligada a los recursos disponibles en la localidad. Con ellos, la cocina nace en sus formas primeras, sujeta al origen, a los productos de la tierra, del agua y del aire. Con el tiempo, toda región se abre al intercambio con los espacios extrarregionales, y las cocinas se enriquecen incorporando usos alimentarios ajenos. Todos los observadores desde el siglo XVIII han dividido las regiones naturales del país en cuatro comarcas: la montañosa del norte, la costanera, la de los llanos y la de la selva o de Guayana. Las cadenas montañosas del norte (la de Mérida, del Interior y de la Costa) escinden el cuerpo de Venezuela. Desde la montaña, mirando al norte, se baja al mar y se forma la costa; mirando al sur, se baja al llano, limitado por las aguas caudalosas del Orinoco. Más al sur, viene la selva, grande, casi impenetrable. Con los recursos de cada comarca, se forman las respectivas cocinas regionales o regiones alimentarias de Venezuela: la gastronomía de la montaña, de la costa, de los llanos y de la selva. A esa clasificación habría que agregar, por simple convención, la gastronomía metropolitana, por la gran concentración de población en la región capital, donde se produjo una acelerada urbanización y modernización de los servicios gracias a la actividad petrolera, y a la creciente renta derivada, que enriqueció las arcas del Estado y permitió su intervención en la actividad pública y privada. A la población nativa y a la población que migraba de otras regiones del país, se sumó un importante contingente de inmigrantes venidos principalmente de Europa occidental, en una primera etapa del boom petrolero, y luego de otros países suramericanos y caribeños. Todos ellos contribuyeron a la formación de la cocina venezolana, como antes lo habían hecho durante la Colonia, españoles y africanos.
Variantes del fast food criollo
De la cocina regional se trasciende a la cocina nacional, pero sólo con algunos platos, los que se consiguen en cualquier región. El ámbito de la arepa, por ejemplo, supera las fronteras regionales, e incluso las nacionales, pero sólo en nuestro país su consumo admite tantas variaciones y particularidades, que van desde la arepa de harina de maíz hasta la de harina de trigo; desde la arepa de maíz pelado o integral hasta la de harina precocida y refinada; desde la arepa con sal hasta la dulce con coco; desde la arepa cocida hasta la frita; desde la arepa simple hasta la rellena; desde la pequeña hasta la grande; desde la gruesa hasta la delgada. En ninguna parte del mundo se han inventado tantos rellenos posibles para acompañarla. Estas preparaciones, sin dejar ser regionales, se han amalgamado en una categoría que llamamos “arepa”, en la que sus ingredientes de base son de producción y comercialización generales, y su fórmula culinaria, simple y del dominio de todos. Lo mismo ha pasado con la hallaca, la cachapa, el sancocho o hervido, el pabellón criollo, el mondongo, la carne asada, el arroz con pollo, el perico, el pan de jamón, el tequeño, la chicha, el dulce de lechosa, el tequeño, los panes dulces, y otros platos más.
Título: Licores dulces para hacer en casa
Autor: Gabriella Pelisseo de Macor
Sello: Los Libros de El Nacional. Caracas, 1999
Cuatro naranjas california, un cuarto de litro de alcohol, un litro de agua, kilo y cuarto de azúcar, tres cuartos de litro de alcohol... sería emocionante pronunciar el voilá, pero mejor se sienten las recomendaciones que Gabriella Pelisseo de Macor entrevera en su manual de licores dulces. Los conoce todos porque los ha preparado, y entre ellos se encuentran el Mandarinetto (con su respectivo Pollo al Mandarinetto), los licores de naranja, limón, piña, durazno, fresa (con los pasos para preparar Fresas Ahogadas en su Mermelada), mora, café, parchita, coco, maní y cacao. El cienhierbas, el anisette, el licor de comino, el alquermes, el de miel, el de flores, el Amargo Digestivo y otras bebidas latinoamericanas que, de prepararlas, obligarán al lector-tender a ahogarse en este placentero instructivo.
Título: Historia de la alimentación en Venezuela
Autor: José Rafael Lovera
Sello: Centro de Estudios Gastronómicos, 1998
Fruto de la cátedra que impartió por 27 años en la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela, este volumen de José Rafael Lovera compila sus saberes relacionados con los bocados criollos. Es de resaltar el anexo documental en el que se encuentran memoriales, como el siguiente (1777), dedicado a presentar el aguardiente de caña: “Yo, el perseguido Aguardiente/el de la Caña nombrado/aplaudido en todo el mundo / y de todos estimado:/Ante V. S., comparezco/según mi derecho llano/y digo que por agravios/que mi hermano, el de Castilla/me hace ya muchos años, [sic]/he padecido injusticias,/destierros, penas, y agravios/alegando contra mí,/y mi proceder honrrado [sic]/el que por mí se embelezan [sic]/niños, mujeres y ancianos,/y que pierden el sentido/ porque me hallan la mano”.
Título: La recetas olvidadas
Autor: Gamal El Fakkih Rodríguez
Sello: Comertur. Mérida, 1999
¿Qué se come por tradición en los campos de Mérida? Gamal El Fakkih responde a esa pregunta con un ejemplar que agrupa las recetas de 82 abuelas andinas. Son siete capítulos entre potajes, ensaladas, contornos, arepas y panes, dulces y bebidas. Siete entre el chocute y el atol criollo. La ensalada de la vuelta e’Lola y los pepinos rellenos. El ají picante, el arroz de velorio, las carabinas y los buñuelos de apio. El perico de berros, el puré de topocho. El pan andino (como el de la Panadería Torbes). Las almojábanas, el currunchete, el dulce de cambur chopo, la delicada de Maizina, la paledonia. El agua de hinojo, el calentaíto, la chicha andina, el café macho, el fororo de cambur, la kaspiruleta y la horchata de cebada, el miche callejonero, el funche de los siete granos y el refresco de curuba.
Título: Los cuadernos de la gula
Autor: Ben Ami Fihman
Sello: Línea Editores. Caracas, 1983
“Mi amiga Carlota, saludable como un níspero, grande como un caobo, pulposa y suave como un aguacate, cuando se trata de la carne o la pasión humana asume una actitud de neutralidad helvética. Simplemente no entiende. Carlota me atrae por el equilibrio y la buena salud que despide por cada uno de los poros de su cuerpo... Me pasma que desconozca tan profundamente el sentido del pecado... Carlota me observa con curiosidad científica. Le fascinan mis dolencias”. Así inicia Ben Ami Fihman, “Sordina en la sartén”, una de las crónicas que escribiera en los 80, para su columna dominical de crítica gastronómica, en este diario. Los cuadernos de la gula deja al descubierto el testimonio de vida de entonces, sin abandonar el humor, la ironía, la nostalgia, los retratos de ambiente, el análisis y los juicios.
Título: Las recetas de la Yaya
Autor: Sonia González
Sello: Los Libros de El Nacional, 1998
Buscar la llave, subirse a un banco, inclinarse hasta caer de lado, eso sí, tesoro en mano, son los pasos que se deben seguir para encontrar los chocolates escondidos de la abuela. Fueron éstas las pistas seguidas por Sonia González para encontrar el cofre de bombones de la delgada Yaya, doña Amparo Hernández de Cebollada, su abuela. La cosa fue que no encontró precisamente bombones, sino papeles desvencijados como contenido del envuelto. En una edición de Los Libros de El Nacional (colección Quirón), las delicadas palabras de una nieta entretejen los recuerdos de aquellas mesas: “El alivio de una sopa de pan cuando estás cansado. El máximo de la felicidad cuando batiendo la mantequilla con esmero se hace una torta de domingo. El placer de ser recibido frente a las latas que se abren con galletas de mil sabores”.
Título: Diez menús bien pensados
Autor: Varios autores
Sello: Monte Avila. Caracas, 1991
“Caracas es, sin duda, una de las capitales latinoamericanas donde mejor se come y más variado, en la onda de un feliz mestizaje ajeno a procesos degenerativos”, dice Antonio Pasquali, y lo sustentan Oswaldo Capriles, Juan Nuño, Rafael Di Prisco, Joaquín González, Oscar Sambrano Urdaneta, Miro Popic, Carlos Hernández Guerra, Fernando González y Enrique Hernández-D’Jesús. Conozca los menúes y las recetas de esta decena de amantes de la cocina, intelectuales, artistas y suerte de alquimistas culinarios. Permita que aumente la talla de su sabiduría. Esa es la única que puede darse el lujo de aumentar sin remordimientos. Siéntase gourmet por unos instantes, pásese de goloso, que sean los condimentos del libro (y de las recetas recomendadas) los que sazonen su porción diaria de letras.
Título: El pan nuestro de cada día
Autor: Rafael Cartay
Sello: Fundación Bigott. Caracas, 1999
“Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas...”. De seguir así se convertiría esto más en una clase sobre el Padre Nuestro que en el comentario de un libro. Pero de esa frase proviene, precisamente, el título que introduce a el lector-curioso-comensal en El pan nuestro de cada día, libro de Rafael Cartay (Barinas, 1941), editado por la Fundación Bigott. Incluyen sus páginas una sección introductoria con una historia de la gastronomía regional, otra con personajes y escenarios de la gastronomía caraqueña, y un anexo con la tabla de equivalencias y medidas usuales en el siglo XIX. Incluso la bibliografía agua la boca de los más ávidos.
Título: Quién es quién en la cocina
Autor: Varios autores
Sello: Fundación Francisco Herrera Luque, 2000
La cotidianidad está llena de sabores, aromas y presentaciones que nos seducen. Editado por la Fundación Francisco Herrera Luque, este libro se impregna de esa cotidianidad para llevar de la mano a sus lectores por un recorrido gastronómico, adobado con entretenidas anécdotas. El volumen es una puerta de entrada a las cocinas de familias que revelan sus tradiciones para la preparación de diversos platos. Apasionados relatos cuentan los orígenes de las prepaciones. Arepas de colores, flan de berenjena con salsa de aguacate, crema de lechuga y el mousse de berros, cubren las expectativas que generan el delicado compendio. Bajo una impecable presentación, la obra viene protegida por una caja, como obsequio para los amantes del buen comer.
Título: Diccionario de alimentación y gastronomía en Venezuela
Autores: Rafael Cartay y Elvira Ablan
Sello: Fundación Polar. Caracas, 1997
Las arepas se “achicharran”, las tortas quedan “masacotudas” y un aliño puede “chamuscarse”. Comúnmente escuchados en nuestras mesas, son éstos algunos términos de este diccionario perteneciente a la colección Sistema Alimentario Venezolano de las publicaciones de la Fundación Polar. De la A a la Z, estas páginas recorren platos, ingredientes, utensilios, plantas, bebidas y frases relacionadas con el arte culinario nacional. El manual se pasea por las preparaciones típicas de nuestro territorio e incluye voces perdidas. Si desea recordar el pichaque, el raquín o el chirivirí, puede consultar las páginas de ésta útil herramienta, en la que neófitos y expertos buscan relacionarse con estos temas. Un arma de provecho para engordar la jerga culinaria.
Título: La tentación de la carne
Autor: Enrique Hernández-D’Jesús
Sello: Ediciones Arte Dos Gráfico. Bogotá, 1997
Con introducción de Jotamario Arbeláez, poemas de Juan Sánchez Peláez, Carmen Boullosa y Vicente Gerbasi, entre otros, e ilustraciones de Carlos Contramaestre, el autor de este impecable libro resucita las carnes a través de exóticas –y también eróticas– recetas que combinan los aromas y sabores del jengibre, la parchita, la miel, el paprika y el estragón en el espacio poético de la cocina. “Vigilar el estado natural del sabor” es la máxima que el autor-poeta-sibarita propone en estas 181 páginas de recetas originales que, sobre papel Kimberly blanco de 90 gramos, conforman esta celebración del gusto a través de la palabra, la risa, la seducción y el éxtasis que se produce en la buena cama y la buena mesa.

martes, 23 de octubre de 2012

COCINA Y DESENGAÑO

EL PAÍS, Madrid, 20 de Octubre de 2012
LA CUARTA PÁGINA
La ‘cocina inteligente’
La preparación de alimentos no puede someterse a la lógica debilitadora de la eficiencia de la tecnología. No ve a los ‘chefs’ como a talentosos artesanos, sino como a robots esclavizados obligados a obedecer
Evgeny Morozov

No tendrán ustedes una máquina que les ponga la comida en la boca y que la empuje hacia la garganta?”, fue la memorable pregunta que el líder soviético Nikita Jruschov le hizo a Richard Nixon en el Debate de cocina de 1959, hoy de dudosa fama.
Mientras tales máquinas alimentadoras siguen teniendo pendiente la invasión (no digamos la conquista) de nuestros hogares, no ha cesado el empeño por conseguir hacer más inteligentes a nuestras cocinas. Las tecnologías de hoy día, sin embargo, pueden hacer mucho más. Algunas ofrecen no ya simples accesorios pasivos destinados a la experiencia culinaria, sino diminutos y sofisticados sensores que “entienden” —si esa es la palabra adecuada— lo que está pasando en nuestras cocinas e intentan pilotarnos, a nosotros sus amos, en la dirección correcta. Y si la intervención de Jruschov pretendía poner de relieve las limitaciones de los consumidores, los actuales intentos de construir una cocina inteligente ponen de relieve las de los frikis culinarios.
Un artículo publicado en la prestigiosa revista británica The New Scientist ha llamado la atención sobre varias de esas iniciativas. Nos presenta a Jinna Lei, científica informática de la Universidad de Washington que ha construido un sistema que utiliza varias cámaras de vídeo instaladas en la cocina para controlar al cocinero. Esas cámaras son realmente listas: pueden reconocer la profundidad y la forma de los objetos ante su vista y distinguir, digamos, entre manzanas y tazas. Lei está estudiando añadir también una cámara térmica especial que identificaría las manos del usuario por el calor corporal.
¿Para qué todo ese esfuerzo? Pues para que los chefs puedan ser advertidos en el caso de que se hayan desviado de la receta elegida. “Por ejemplo, si el sistema detecta que se vierte azúcar en un recipiente que contiene huevos, y la receta no requiere azúcar, el sistema podrá registrar la anomalía”, nos dice Lei entusiasmada. Lamentablemente, ese empeño por convertir a la cocina moderna en un templo del taylorismo no es algo que nos sorprenda. Los frikis, ya ven, odian cometer errores y adoran ceñirse a los algoritmos. El que la cocina prospere a base de ensayo y error, o que el desviarse de las recetas ortodoxas esté en el origen de las innovaciones culinarias se desecha como algo caprichoso e irrelevante. Para muchos de esos bienintencionados innovadores no importa el contexto de la práctica que tratan de mejorar, no mientras se pueda aumentar la eficiencia. En consecuencia, a los chefs no se les ve dotados de un virtuosismo autónomo o como a talentosos artesanos, sino como a robots esclavizados que nunca deben desafiar las órdenes de sus sistemas operativos.
Considera irrelevante que el desviarse de las recetas ortodoxas esté en el origen de las innovaciones
Otro proyecto mencionado en The New Scientist es todavía más degradante. Un grupo de investigadores informáticos de la Kyoto Sangyo University de Japón está intentando casar la lógica de la cocina con la lógica de la “realidad aumentada”, ese elegante término empleado para poblar nuestro entorno cotidiano con tecnologías inteligentes (piénsese en los códigos de Quick Response que pueden ser escaneados con un smartphone para abrir su información adicional, o en los inminentes Google Glasses, unos lentes que pueden mejorar tu campo visual con nuevas corrientes de datos).
Con ese fin, los investigadores japoneses han instalado cámaras y proyectores en el techo de la cocina para poder proyectar instrucciones directamente sobre el ingrediente. Así, si se va a cortar un pescado, el sistema proyectará un cuchillo virtual y marcará el punto del cuerpo del pescado al que debe ir.
Pero ¿qué hay exactamente de “aumentado” en esa realidad? Podría estar tecnológicamente aumentada pero también parece intelectualmente disminuida; en el mejor de los casos, nos deja con una “realidad disminuida aumentada”. Algunos frikis se niegan a reconocer que los desafíos y los obstáculos realzan más que menoscaban la condición humana. Hacer que cocinar sea más fácil no significa necesariamente aumentarla; más bien lo contrario. Someterla completamente a la lógica debilitadora de la eficiencia es privar a los humanos de la capacidad de lograr la maestría en esa actividad, es hacer imposible el progreso humano y empobrece nuestras vidas.
Puede acabar siendo un caballo de Troya para proyectos mucho más siniestros
No se trata de hacer una defensa esnobista del elitista arte culinario. En un mundo en el que solo unos pocos escogidos pudieran dominar los secretos del oficio, esas cocinas aumentadas probablemente serían bienvenidas, aunque solo fuera por su promesa de democratizar el acceso a dicho arte. Pero no es ese el mundo en el que habitamos: Internet está abarrotado de detalladas recetas y de vídeos con instrucciones de cómo cocinar los platos más exquisitos. ¿Realmente necesitamos de un robot —y no digamos de cámaras de vigilancia sobre nuestras cabezas— para cocinar tal pavo relleno o para asar tal cordero?
Además, no es tan difícil predecir adónde conduce esa lógica: una vez dentro de nuestras cocinas, esos nuevos aparatos recopiladores de datos nunca las dejarán, desarrollando nuevas y supuestamente inesperadas funciones. Primero instalaríamos cámaras en las cocinas para recibir mejores instrucciones, luego las empresas de alimentación y de electrodomésticos nos dirían que les gustaría que conserváramos las cámaras para mejorar sus productos y, finalmente, descubriríamos que todos nuestros datos culinarios residen ahora en un servidor de California, donde las compañías de seguros analizan cuánta grasa saturada consumimos a fin de ajustar nuestras primas de seguros. Cocinar inducidos por tecnología inteligente puede acabar siendo un caballo de Troya para proyectos mucho más siniestros.
Con todo esto no quiero decir que la tecnología no pueda aumentarnos el disfrute de cocinar, y no solo en términos de hacer una comida más sabrosa y más sana. La tecnología, utilizada con cierta imaginación y sin el tradicional fetichismo de los obsesos por la eficiencia y la perfección, realmente puede hacer que el proceso de cocinar sea más estimulante, abriéndose a nuevas perspectivas para la experimentación y proporcionándonos fórmulas nuevas con las que transgredir las reglas.
Compárese la empobrecedora visión culinaria expuesta en The New Scientist con algunos de los imaginativos artilugios adoptados por el movimiento de la gastronomía molecular. Desde circuladores de inmersión termal para cocinar a bajas temperaturas hasta impresoras de papel comestible, desde jeringas para inyectar extraños rellenos hasta cocinas de inducción que calientan el recipiente metálico con la emisión de ondas magnéticas, todos esos gadgets hacen que cocinar sea más difícil, más estimulante, más fascinante. Pueden inculcar a cualquier aspirante a chef una gran pasión por el arte culinario, mucha más que las cámaras de vigilancia o que los robots que expelen instrucciones.
Los pesimistas y los tecnófobos están equivocados: la humanidad y la tecnología no están en desacuerdo la una con la otra. Sin embargo, cuando el diseño y la puesta en práctica de las tecnologías descansa sobre una comprensión más bien superficial de lo que nos hace humanos, es muy natural que la tecnología tenga tan mala reputación. Pero el problema son los frikis, no sus tecnologías.
Aquí reside, quizá, la gran lección para todos esos bienintencionados innovadores que están tan deseosos de mejorar el mundo con la ayuda de la tecnología. Celebrar la innovación solo por serlo es de mal gusto. Para que la tecnología aumente de verdad la realidad, sus diseñadores e ingenieros deberían tener una mejor idea de las complejas prácticas de las que se compone esa realidad; tales prácticas tienen sus propios objetivos, ideales y valores.
Así, el fracaso y la imperfección podrían ser evitados en algunos contextos y ser apreciados en otros. Incluso la ignorancia, la ambigüedad y la incertidumbre podrían llegar a desempeñar importantes papeles. Declarar una guerra preventiva a esos valores solo porque tecnologías inteligentes y conscientes del contexto nos permitan erradicarlos parece equivocado e inmaduro. Los frikis necesitan poner coto a su entusiasmo y aprender a apreciar las innumerables paradojas e ironías de la condición humana.
(*) Evgeny Morozov es profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation. Su último libro publicado en España es El desengaño de Internet. Los mitos de la libertad en la Red (Destino).
Traducción de Juan Ramón Azaola.

Fotografía: El Nacional, Caracas, 24/12/65.


miércoles, 30 de noviembre de 2011

CAZA DE CITAS


"Al hacer la historia de un elemento cultural tan importante como es la cocina, la alimentación americana, ¿será posible olvidar que ella es la obra prácticamente exclusiva de la mujer? El milagro de nuestra cocina americana no está en la incorporación de los productos de la nueva tierra (del 'Mundo Nuevo' como lo llamó Colón), sino en haber logrado elaborarla con las migajas que caían de la mesa de los nuevos dueños".

Manuel Caballero

("Ni Dios ni Federación", Planeta, Caracas, 1995: 68)

domingo, 6 de marzo de 2011

EL DISCURSO CULINARIO


EL NACIONAL - Domingo 06 de Marzo de 2011 Siete Días/4
entrevista
Helena Ibarra
"Una de las labores más fuertes de un chef aquí es torear el mercado"
La maestra de los fogones atribuye el auge culinario que se vive en Caracas a la necesidad psíquica de sentir que, frente al deterioro de las instituciones, al menos esos espacios de la vida pueden ser satisfechos. Apuesta por una cultura gastronómica que refleje al país y reivindica la calidad de los productos de esta tierra
TAL LEVY

" No hago otra cosa que pensar en comida", lo dice y basta seguir escuchándola para confirmarlo: "Yo no vivo sino por la comida. Todo lo asocio con la comida". Por si fuera poco, remata: "Lo que llamarían una obsesiva, pues". Así, su hija Samantha es su mejor receta y sus amigos, acompañantes: "Los contornos son militares; contornos o guarniciones. Me gustan los acompañantes porque acompañan, tienen un sentido en el plato". De este modo, el mar puede ser para Helena Ibarra un topocho con sabor a agua perfumada a ajo.

La chef con 30 años de experiencia se alimenta del encuentro de los franceses con los indígenas del Nuevo Mundo, del psicoanálisis freudiano, de El Principito o Alicia en el país de las maravillas, de un Carlos Cruz-Diez o un Gustavo Cerati. Da igual. "Me alimento de todo lo que consigo y que me permite interpretar el hecho de abrir la boca y deglutir esos cadáveres exquisitos, que es la labor de todo chef: sublimarle la muerte y devolverle la vida a través ­y me voy a poner ecóloga­ de la cadena trófica".

--Carme Ruscalleda, cocinera española con tres estrellas Michelin, ha dicho que gracias a las mujeres se ha mantenido el recetario, pero que la cocina profesional ha estado en manos de los hombres, pues los fogones y las herramientas requerían gran fuerza. --A las mujeres les ha costado enormemente ese tránsito de la cocina casera a la profesional, que viene vinculada a la cocina comercial y nace con los hombres. No creo en la historia de las herramientas y la cocina pesada. Las mujeres estaban relegadas a las casas.

Luego, al entrar en el mercado profesional, ninguna quería como profesión la cocina porque estaba asociada a quehaceres obligatorios, domésticos. ¡Una mujer para casarse tiene que aprender a cocinar! Eso le quita la motivación como espacio personal. Tienen que ser mujeres muy particulares como yo, que soy hija de un doctor en Ciencias Políticas y de una madre que también lo era y que quería que yo fuera una intelectual, y a mí se me hizo maravilloso reivindicar el hogar.

--Y al hombre, ¿qué lo ha motivado? --El horror por las carreras convencionales, el rescatar ese espacio creativo y prohibido, porque era un espacio de las mujeres. Como diría Sigmund Freud, ¡qué mayor felicidad que ponerse el delantal y jugar a ser mujer! Por eso digo que los hombres odian a sus mamás, porque cuando tienes como objetivo mejorar todo ese recetario afrontas un problema inmenso. La cocina es la conquista de los hombres del espacio de las mujeres cuando ellas lo abandonan por conquistar el espacio de los hombres.

--Ferran Adrià vaticina el fin de la alta cocina tal como la entendemos y cuestiona a quienes afirman que su futuro está en los hoteles, debido a las prisas que caracterizan a las ciudades. Como la primera mujer venezolana responsable del menú de un restaurante de un hotel cinco estrellas, ¿qué piensa? --La prisa no es sinónimo de alta cocina, pero eso no implica que en las ciudades no haya espacios en los que puedan definirse otros tiempos. El problema está en el mercado, que en Europa ha ido decayendo. La pérdida de los artesanos y las calidades ha obligado a que la cocina mute hacia lo que existe y que ya no sea ese vínculo directo, como decía Paul Bocuse, de la cocina de mercado. En Venezuela, el mercado es muy pequeño, pero las calidades son todavía desconocidas hasta para el propio venezolano.

La batata rosada, la injerencia de las frutas tropicales en los menús de los tres estrellas en Europa, reflejan el alcance de estos mercados nuevos.

--Pero, como la alta costura, tendrá que redefinirse. --Claro, es el concepto elitista el que está en juego, mas no el concepto gastronómico, porque la gastronomía son técnicas, maneras de tratar y de sublimar los productos.

--¿Cómo explicar el auge culinario que se vive en Caracas, con una canasta alimentaria familiar que cerró el año pasado en 2.798 bolívares y un salario mínimo de 1.223 bolívares? --En Venezuela, tenemos una alta cocina elitista que refleja una ínfima parte del mercado de calidad de producto. Muchos jóvenes se han volcado a la cocina como rescate casi ecológico de la naturaleza, de un tipo de vida más slow, buscando como objetivo fundamental de su carrera el placer y ya no la justicia. Frente al deterioro de las instituciones, la gente quiere que la traten bien y que su trabajo pueda ser recompensado con cosas gratas, y la comida es una necesidad psíquica de los individuos de sentir que por lo menos esos espacios de la vida pueden ser satisfechos.

--¿La escasez de algunos productos o marcas le ha afectado? --Claro, una de las labores gerenciales más fuertes de un chef en Venezuela es tratar de torear el mercado porque desaparecen productos y uno tiene que adaptarse. Ha sido un período muy duro. Trabajar con productos venezolanos de calidad ha hecho de mi fórmula algo actual porque hasta ahora no falla la yuca ni la batata.

--¿La cocina es un hecho cultural creativo, reflejo de la sociedad? ¿Cuál es la seña de identidad de la gastronomía venezolana? --La primera expresión de cultura de un pueblo es su transformación alimentaria.

En Venezuela ha sido marcado: el venezolano petrolero, que quiere todo de fuera y olvidarse de lo que hay en su país. Hemos estado desfasados de la calidad de los productos, lo cual es gravísimo porque no nos permite tener la seguridad de nuestras formas, nuestros colores y texturas, y elaborar a partir de esta profesión una cultura gastronómica que refleje al país.

--¿Su licenciatura en Estudios Integrales del Ambiente ha marcado su cocina? --Mucho. Conceptualmente, no concibo una cocina sin su tierra. Esta tierra tiene mucho que decir. Estos productos le permitieron a Europa salir del hambre, como la papa, y no veo por qué todo lo que quedó aquí no puede ser parte de un discurso internacional, de perfumes y sabores que son únicos, inigualables: el ají dulce, la parchita, el cilantro en flor. Yo hago cocina de la tierra, porque a partir de ella puedes deconstruir, fusionar, pero no dejas de señalar cuál es el origen.

--Habla de deconstruir, un término que puso en el discurso Ferran Adrià. --Adrià es el niño curioso de la clase que se dedica a experimentar, pero perdió la noción de la tierra totalmente. Con tanta espuma y tanto aire, él quiso darle la dimensión poética y la poesía está en todas partes. Es una inspiración, no es un hecho masticable.

--Pero marcó una ruptura con su ejercicio, más que poético, lúdico. --No puedes ser lúdico y olvidarte de la infancia. Es un aspecto lúdico totalmente intelectual, y eso es lo que me molesta. El problema de los actos de Adrià es que terminan siendo tan minimalistas que olvidan lo humano; buscan tanto la exacerbación de los sentidos, que los disocian. Él encontró y mandó a hacer las herramientas y las lanzó al mundo de manera desenfrenada, comercial, pero no todos son poetas.

--¿La llamada revolución en Venezuela ha afectado la cocina? --Hay ciertas cosas importantes como la reivindicación de lo indígena, dentro de la burocracia en que los mantiene.

Señalar hacia ese aspecto de la cultura no sólo es necesario, sino fundamental.

--Ha sido chef de delegaciones oficiales encabezadas por el ex presidente Rafael Caldera y por el actual mandatario Hugo Chávez. ¿En sus platos quedó plasmado un cambio de la llamada cuarta a la quinta república? --Pues no ­y ríe­. En mi caso personal, los cambios no tienen nada que ver con la cuarta o la quinta república; las calidades son infinitas y navegan por encima de las políticas.

--Mucho se habló de la gira asiática presidencial. ¿Siente que le marcó de alguna manera? ¿Cómo fue? --Yo iba acompañando a las empresas para obtener mercado, pero eso nunca se entendió y siempre se me asoció como la chef del Presidente. Llevamos productos de calidad venezolana empacados al vacío, 14.000 pasapalos. Las minihallacas fueron un éxito porque en China tienen pasteles que elaboran con hojas de loto que son parecidos al envoltorio de la hallaca.

Fotografía: William Dumont

domingo, 16 de enero de 2011

tres notas para devorar y una portada de pretexto









EL NACIONAL, Caracas, 20 de Abril de 1999
Contigo, pan y cebolla
Alberto Soria

La mujer moderna, las flacas y superflacas juveniles (que ahora son mayoría), creen que es una frase de "doble" mal gusto la promesa española de amor con la cual se alimentaron millones de parejas en el pasado.

A ninguna mujer de finales del siglo XX se le ocurre aceptar marido o novio bajo el lema de "contigo, pan y cebolla".

Eso ya no es amor platónico ni promesa de sacrificio compartido. No porque el amor sea distinto o menos ciego, sino porque el pan engorda. Y porque la cebolla, a pesar de ser un alimento natural, no es recomendada en ninguna dieta de buen ver.

Lo cierto es que, sin pan y sin cebolla, triste es la vida o la cocina, que viene a ser lo mismo.

El pan ha sido en la historia de la civilización el primer alimento. Si usted está a dieta no deje de leer ahora, porque no lo aburriré con la historia del pan. Lo que deseo explicar es que ningún nutricionista serio considera al pan pecado mortal. Condenan el exceso de pan por la cantidad de calorías que surten, pero eso no lo convierte en alimento paria, prohibido por la modernidad.

En la mayoría de los países industrializados, el pan aporta 29% de la energía total de una dieta. En las sociedades más pobres, pero con cereales (trigo, arroz, maíz, mijo, avena y centeno) el pan, que de todas esas cosas se hace, está presente en desayuno, almuerzo, merienda y cena. Quitarlo de algunas comidas es diferente a quitarlo de la mesa.

En la cocina del Mediterráneo, una de las más sanas y sabrosas cocinas del mundo, al pan con su corteza ligeramente tostada se lo convierte en manjar. Con él se untará el aceite de oliva, el vino, o la salsa espesa. Sobre él se depositarán las sardinas, las lonjas de legumbres, fiambres o quesos.

La cocina catalana hizo de una rebanada de pan una especialidad regional ante la cual los franceses se sacan el sombrero, untando primero el pan con la mitad de un tomate maduro, y luego enriqueciéndolo con un toque de aceite de oliva y sal antes de usarlo como base sobre la que depositarán después lo que quieran o puedan. Pan con tomate, se llama el invento. Y es mucho más sabio que comer ese pan chicle que se guarda en la nevera a cuenta de que como es integral, no engorda.

Toda gran cocina tiene gran pan. Salvo la de China y parte de Asia, donde el arroz cumple esa función.

La cebolla natural, rica en minerales, es despreciada por las dietas modernas porque no es de buen ver. Los cocineros europeos y quienes de ellos aprendieron, lloran por ello.

Indispensable en ensaladas, salsas, guisos y sofritos, se la puede comer cruda, asada, hervida o frita. No hace que uno engorde. Pero no se la quiere, como tampoco al ajo, porque son populares y dejan mal aliento.

Circunstancia que confirma que en los últimos años gracias al aerobics, los gimnasios y la idolatría por el serrato mayor, el gran recto del abdomen y el oblicuo, ahora sabemos más de músculos pero menos de cocina.

Con razón De la Rochefoucauld se revuelve en su tumba. Hace 200 años sostenía que cuando uno pierde el apetito, "pierde la razón".

EL NACIONAL, Caracas, 16 de Mayo de 1999
Ilusión á la carte
Alberto Soria

El aviso aparece con cierta periodicidad. Cuando hay que llenar los cupos, supone uno. Promete a quien se inscriba, dotarlo de los saberes necesarios para que viva y goce de éxito social cursando una de las "más glamorosas profesiones" de la actualidad: cocinero. Claro que no lo llaman cocinero sino chef.

La sociedad ha tropezado sin quererlo, con la cocina de la ilusión, la pseudo cocina, esa que forma cocineros en microondas. Jamás les explicarán a los inscritos, que si existen oficios sacrificados y esclavos, ese es uno de ellos. Que si algo necesita la cocina, es orgullo. Que los grandes cocineros franceses que ven en la revistas, son grandes después de por lo menos veinte años de oficio. Graduados en instantaneidad, uno teme que los egresados sepan más de vernisages y sociales que de nutrientes y el punto de humo de los aceites.

Nos pasa en la mesa pública, lo que describe Joaquín Sabina en su radiografía de la modernidad urbana: ahora no tenemos peluqueros sino estilistas.

La ilusión está de moda. Por eso los restaurantes fashionïs se me atragantan. Tanto, como los sitios naturistas.

La ciudad está ahora llena de restaurantes bonitos, modernos, con nombres ingeniosos y menús "creativos". Sobreviven, en el mejor de los casos, tres años. Me refiero al nombre. Al menú creativo lo hace polvo antes de seis meses, el desencanto y los desarreglos estomacales de los comensales.

Más cercanos a Hollywood que a la cocina, son una aventura donde usted paga caro, pero no tanto como en un restaurante serio, para comer poco, lo que sea, con salsas recién nacidas.

En algunos centros comerciales y en las urbanizaciones de alta densidad en restaurantes, los fashionïs compiten entre ellos por la fama efímera de la novedad. Como no saben qué cocinar, inventan "estilos culinarios" que no son sino mezclas de cocinas y platos... tratando de ensartar al comensal. Así nacen sitios fashionïs donde ofrecen cocina italiana light y sushi; cocina de California con platos mongoles y sabores tropicales; cocina turca, con pizzas vegetales, y salsas tailandesas.

Si los restaurantes fashionïs son un desencanto producto de la improvisación y la aventura, los sitios de alimentos naturistas, aunque se les parecen, son peores.

Según el biólogo Grande Covián, un desmitificador de mitos en la alimentación a quien los gastrónomos veneran, "el negocio de la alimentación natural, es un fraude". Según el maestro, se parte en ese negocio de dos supuestos. El primero: que hay un montón de alimentos naturales que sólo se pueden obtener en casas especializadas. El segundo, que esos alimentos tienen poderes extraordinarios.

El calificativo "natural" explica Grande Covián, sólo es aplicable a aquello que se produce espontáneamente, sin intervención de la mano del hombre. Escasos para vivir son esos alimentos y por ello la civilización inventó la agricultura.

Quien crea "que una vitamina obtenida de una planta es superior a la vitamina obtenida de un laboratorio, lo único que demuestra es una descomunal ignorancia de los conocimientos químicos más elementales", asegura. Lo de la dieta natural, los restaurantes y las tiendas ídem, no son sino un engaño, concluye el experto.

Seducidos por el calificativo de lo "natural", los amantes de lo fashion, las gordas en apuros y los amantes de lo esotérico, en lugar de ir al mercado van a la tienda naturista. Allí compran frascos de vitaminas de papaya en lugar de comer regularmente lechosa, cremas de berro para el cutis, y tés de hojas asiáticas que le darán al varón, la fortaleza que la naturaleza le recorta.

La sociedad los tolera y a veces los festeja, atenazada entre la novedad, la inconsistencia de los restaurantes montados sobre el efímero imperio de la moda... y el fuego infernal que en el mas allá y en el mas acá, persigue a la gordura.


EL NaCIONAL, Caracas, 21 de Noviembre de 1999
Tendencias de la posmodernidad
El último refugio de la tradición
Alberto Soria

Para la persona culta, la cocina se está convirtiendo en el último refugio de la tradición. Nadie habría supuesto eso a principios de siglo.

Este siglo, si algo tenía cuando comenzó, era tradición y certezas. No había tan buena cocina al alcance de todos como la que usted puede comprar ahora cuando reserva una mesa en un restaurante de profesionales. Ni se había llegado siquiera al refinamiento y la abundancia que se disfruta hoy en cosas tan importantes como la tecnología disponible para cocción, la riqueza de los recetarios actuales, la gigantesca cantidad de opciones en alimentos y especias, la fineza de aceites y vinagres, ni buenos vinos a bajo precio.

A finales del siglo XIX, la gente adinerada comía muy bien. Las revoluciones de los siglos anteriores (la Revolución Francesa y la Revolución Industrial) fueron caminos por los que se popularizó la mesa, la búsqueda de la calidad, y el buen gusto, por encima del apellido.

El siglo XX, dice Paul Johnson, no comenzó con un descorche de botellas de champagne el 31 de diciembre de 1900, como seguramente tampoco comenzará el siglo XXI con un descorche de vinos espumantes en el 2001 que no en el 2000.

Los historiadores y científicos no se han puesto aún de acuerdo en cuándo comenzó en realidad el siglo XX. Para algunos, el siglo comenzó recién en 1914, cuando la Primera Guerra Mundial cambió la historia y al mapa de Europa. Para otros, ni siquiera entonces, sino en mayo de 1919, cuando un par de expediciones científicas enviadas a fotografiar un eclipse solar en Africa Occidental y en Brasil, comprobaron que la teoría de Alberto Einstein, era cierta.

Los escritores, poetas y filósofos del primer tercio de este siglo frecuentaban los cafés, se reunían en tertulias en bares, discutían principios y doctrinas durante o después de una comida, y amaban la cocina y el vino.

Los científicos, que comenzaron a suplantarlos como personajes cuyas biografías, gustos y costumbres buscaban ávidamente los medios de comunicación, eran diferentes.

Ellos introdujeron los criterios que dieron certeza a la mitad del siglo, pero su influencia social fue diferente. No eran hombres de la buena mesa, ni soldados de las tradiciones sociales, sino generalmente hombres solitarios, inmersos en su mundo y en sus teorías.

Fue en ésa época cuando Ortega y Gasset retrató la diferencia entre los "humanistas" y los científicos devenidos en "especialistas" con una definición lapidaria. El especialista, el hombre tan famoso de la modernidad, no era en su criterio "sino un bárbaro, que sabe mucho, de una sola cosa".

La sorpresa hoy es grande, cuando las nuevas corrientes científicas advierten que las certezas que la modernidad cree poseer, no existen.

La teoría de Einstein ha sido superada. El criterio mecanicista del mundo, destruido. Se ha demostrado que la materia es inestable y que no existe un destino determinista del futuro, sino meras especulaciones y probabilidades. Lo afirman Popper, Berlin y Prigoguine.

Diluidas las tradiciones y destruidas las certezas, a finales del siglo XX lo único que sobrevive en la cultura del siglo es la herencia de lo clásico.

Son la buena música, la buena literatura, los buenos modales y la buena cocina las cosas que harán el nexo entre el mundo moderno y las glorias del pasado. Por eso, cuando se derrumban todos los credos y doctrinas, sobrevive lo que tiene clase: desde Mozart, hasta el aceite de oliva.

asoria@reacciun.ve