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domingo, 16 de agosto de 2015

PARASITAJE DE BYTES

EL PAÍS, Madrid, 16 de agosto de 2015
TRIBUNA
La fiebre de las plataformas
Una gran mayoría de las compañías tecnológicas se ha convertido en parásitos
de las relaciones sociales y económicas existentes. No producen nada propio
sino que reordenan lo que otros han desarrollado
Evgeny Morozov 
 
Casi no pasa un día sin que alguna empresa tecnológica proclame el deseo de reinventarse convirtiéndose en una plataforma informática. En marzo, cuando Corea del Sur prohibió Uber, la empresa prometió que permitiría a los taxistas locales utilizar su plataforma, además de sus servicios adjuntos. En mayo, Facebook recurrió a una argucia parecida: después de meterse en un lío con la seudohumanitaria iniciativa de proporcionar acceso gratis a la Red a través de un proyecto llamado Internet.org, también prometió transformarlo en plataforma. De este modo, los usuarios de Internet.org, en su mayoría del mundo en desarrollo, también podrían acceder gratis a aplicaciones, y no solo a las desarrolladas por Facebook.
Algunos destacados críticos han llegado incluso a hablar de un “capitalismo de plataforma”: una profunda transformación en la manera de producir, compartir y proporcionar bienes y servicios. En lugar del cansado modelo convencional, en el que diversas empresas compiten por atraer al consumidor, estamos asistiendo al surgimiento de uno nuevo, aparentemente más horizontal y participativo, en el que los consumidores se relacionan directamente entre sí. Con un móvil inteligente, los individuos pueden hacer cosas para las que antes necesitaban un abanico de instituciones.
Esa es la transformación a la que estamos asistiendo en muchos sectores: antes las compañías de taxis llevaban a los pasajeros, pero Uber solo los pone en contacto con los conductores. Los hoteles ofrecían servicios basados en la hospitalidad; Airbnb se limita a poner en contacto a anfitriones y huéspedes. Y así sucesivamente: hasta Amazon pone en contacto a los libreros con los compradores de libros usados.
Es fácil detectar las diferencias con el antiguo modelo, previo a la plataforma. En primer lugar, esas empresas tienen una extraordinaria valoración, pero su contabilidad es sospechosamente liviana: Uber no necesita dar trabajo a conductores y Airbnb no tiene por qué poseer casas. En segundo lugar, en vez de respetar un código preciso y riguroso que describa los derechos de los consumidores y las obligaciones del proveedor de servicio —piedra angular del Estado regulador moderno—, los operadores de plataformas confían en el conocimientode los participantes en el mercado, esperando que este acabe castigando a los que se porten mal. Según la utopía del libre mercado propugnada por pensadores como Friedrich Hayek, santo patrón de la economía colaborativa, tu reputación también refleja lo que otros participantes en el mercado saben de ti. De este modo, si eres un cliente desagradable o un conductor maleducado, los demás no tardarán en descubrirlo, por lo que no habrá necesidad de leyes que controlen los comportamientos.
Ese mercado de la reputación perfectamente líquido y dinámico no se ve por ninguna parte. Su ausencia la pone de relieve una demanda presentada recientemente en EE UU. Resulta que los conductores de Uber discriminan con frecuencia a los discapacitados, ya que se niegan a colocar sus sillas de ruedas en el maletero del coche. Cabría pensar que las leyes contra la discriminación que se aplican al servicio de taxi también se aplicaran a Uber, pero la empresa afirma que no es un servicio de taxi, sino una empresa tecnológica, una plataforma. No existe un mecanismo de reacción fácil que ayude al discapacitado: para eso están las leyes de protección del consumidor.
Cuando Uber discrimina a los discapacitados dice que no es un taxi sino una empresa ‘online’
Mientras Uber se sirve de su condición de plataforma para protegerse de las demandas, Facebook la utiliza como ardid publicitario. Hace poco ha defendido que “Internet.org” es una “plataforma abierta”. Pero lo cierto es que de abierta no tiene nada: Facebook es el que decide qué aplicaciones acepta y qué requisitos tienen que cumplir (nada de vídeos, ni de transferencia de archivos, ni de fotografías de alta resolución).
En una cultura obsesionada con la innovación, como lo es sin duda la nuestra, tiene sentido que Facebook haga suya la retórica de la plataforma. Puede que los detractores de Internet.org tengan razón al señalar que dicho proyecto se aparta del ideal de neutralidad de la Red, pero, a la larga, a Facebook le gustaría que creyéramos que eso no importa: una plataforma, por lo menos en teoría, es un lugar en el que se producen innovaciones no planificadas e impredecibles, ¿qué más podemos pedir? En la batalla entre la justicia y la innovación, esta siempre gana.
En la transición hacia una economía del conocimiento, esos elementos periféricos dejan de ser tales para convertirse en un factor esencial del servicio que se ofrece. Cualquier servicio e incluso cualquier proveedor de contenidos corren el riesgo de convertirse en rehenes del operador de una plataforma, que, al reunir los elementos periféricos y racionalizarlos, pasa de repente de la periferia al centro.
Internet.org no es abierta. Facebook decide a quién acepta y los requisitos que han de cumplir
Buenas razones explican que en Silicon Valley se ubiquen tantas plataformas: los principales elementos periféricos de hoy en día son cosas como los datos, los algoritmos y la potencia del servidor. Por ello, muchos afamados editores se están poniendo de acuerdo para publicar ahí su información, en una nueva función llamada Instant Articles. La mayoría carece de la pericia y la infraestructura necesarias para ser tan ágil, hábil e impresionante como Facebook cuando se trata de ofrecer a quien corresponde y en el momento adecuado artículos que le interesan, y con más rapidez que cualquier otra plataforma.
Pocos sectores se verán libres de la fiebre de las plataformas. La verdad que no se dice es que gran parte de las actuales, controladas por grandes marcas, son monopolios que se aprovechan del efecto red que produce gestionar un servicio cuyo valor aumenta con el número de personas que lo utiliza. Esto explica que puedan reunir tanto poder: una muestra son las constantes luchas de Amazon con los editores, porque no hay otro Amazon al que recurrir.
Una buena forma de mantener a raya a las plataformas es impedirles que se apropien de los elementos periféricos adyacentes. Para empezar, estaría bien que pudiéramos trasladar nuestra reputación, así como nuestro historial de uso y el mapa de nuestras conexiones sociales, a otras plataformas. También necesitamos tratar otros elementos técnicos del nuevo paisaje de las plataformas (servicios de verificación de nuestra identidad, nuevos métodos de pago, sensores de geolocalización) como las infraestructuras que son, garantizando así que a ellos pueda acceder todo el mundo y con unas condiciones equiparables, no discriminatorias.
La mayoría de las plataformas no son más que parásitos de las relaciones sociales y económicas existentes. No producen nada propio: se limitan a reordenar lo que aquí y allá otros han desarrollado. Teniendo en cuenta los enormes beneficios que obtienen esas grandes empresas, en su mayoría no gravados fiscalmente, el mundo del “capitalismo de plataforma”, a pesar de su embriagadora retórica, no es tan diferente del anterior: lo único que ha cambiado es quien se va a embolsar el dinero.
(*)  Evgeny Morozov es profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation.
Traducción de Manuel Cuéllar.
Ilustración: Eduardo Estrada.

martes, 19 de mayo de 2015

ARREGLADOS

EL PAÍS, Madrid, 16 de mayo de 2015
TRIBUNA »
Siervos y señores de Internet
Las grandes compañías de la Red que ofrecen servicios gratuitos a cambio de datos personales están estableciendo las relaciones sociales del futuro. Es la vida privada de millones de personas la que terminará cubriendo los gastos
Evgeny Morozov 

El lujo ya está aquí, solo que no está distribuido muy equitativamente”. Tal es, en todo caso, el provocativo razonamiento propuesto por Hal Varian, el economista jefe de Google. Recientemente apodado como Regla de Varian,sostiene que para predecir el futuro solo tenemos que ver lo que ya tienen los ricos y asumir que las clases medias lo tendrán dentro de cinco años, y que la gente pobre, dentro de diez. Varian ve funcionar ese principio en la historia de muchas tecnologías.
Así, pues, ¿qué es lo que tienen hoy los ricos que los pobres tendrán solo dentro de una década? Varian apuesta por los asistentes personales. En lugar de doncellas y chóferes tendremos automóviles que se conducen solos, robots a cargo de la limpieza de los hogares, y unas inteligentes y omniscientes aplicaciones que puedan monitorizarnos, informarnos y alertarnos en tiempo real. Como señala Varian: “Esos asistentes digitales serán tan útiles que todo el mundo querrá uno, y los reportajes alarmistas que hoy se leen sobre sus preocupantes efectos en la privacidad nos parecerán simplemente pintorescos y anticuados”. Google Now, uno de esos asistentes, puede gestionar nuestros correos electrónicos, búsquedas y ubicaciones, y nos recuerda continuamente nuestras próximas reuniones o viajes, todo ello mientras en un segundo plano comprueba qué tiempo hace y las condiciones del tráfico.
Otros artículos del autor
La yuxtaposición que hace Varian de lavavajillas y aplicaciones podría parecer razonable, pero en realidad es bastante engañosa. Cuando uno contrata a alguien como asistente personal, uno paga a esa persona por los servicios prestados y ahí se acaba la cosa. Es tentador decir que la misma lógica funciona con los asistentes virtuales: uno hace entrega de sus datos —igual que haría entrega de su dinero en efectivo— para que Google le provea de ese servicio, gratuito, por lo demás. Pero aquí algo no cuadra: pocos de nosotros esperamos que nuestros asistentes personales se marchen con una copia de todas nuestras cartas y archivos para hacer dinero con ellos. Para los asistentes virtuales, por el contrario, esa es la única razón de que ellos existan. De hecho, se nos está engañando por partida doble: en primer lugar, cuando hacemos entrega de nuestros datos —que, al final, acaban en el balance de Google— a cambio de unos servicios relativamente triviales, y, en segundo, cuando esos datos son después utilizados para personalizar y estructurar nuestro mundo de una manera que no es ni transparente ni deseable.
Esta segunda característica de los datos, capaz de moldear la vida, como una mera unidad de intercambio, todavía no ha sido bien comprendida. Sin embargo, es precisamente esa capacidad de conformar nuestro futuro después de entregarlos lo que convierte a los datos en un instrumento de dominación. Mientras que el dinero al contado no tiene historia y solo implica una pequeña conexión con la vida social, los datos no son otra cosa que la representación de la vida social, si bien cristalizada en kilobytes. Google Now puede funcionar solamente si la compañía que hay detrás consigue llevarse amplias porciones de nuestra existencia bajo su paraguas corporativo. Una vez allí, esas actividades pueden adquirir una nueva dimensión económica: pueden finalmente ser monetizadas. Nada por el estilo les sucede a los ricos de hoy cuando contratan a un asistente personal. Aquí, el equilibrio de poder está bastante claro: el amo está dominando a quien le sirve, y no al revés, como es el caso con Google Now y los pobres. En cierto modo, son los pobres los verdaderos “asistentes virtuales” de Google, al ayudarle a amasar los datos.
Mientras que los ricos pagan por su conectividad con su dinero, los pobres pagan con sus datos
Hal Varian nunca hace la pregunta obvia: ¿Por qué los ricos necesitan asistentes personales? ¿Pudiera ser que no porque les guste la asistencia personal, sino porque les guste tener tiempo libre? Formular este argumento sería revelar que los pobres, tal vez, no van a poder disfrutar de tanto tiempo libre como los ricos, incluso si se hacen con los más novedosos artilugios de Google. La dialéctica del empoderamiento funciona utilizando caminos misteriosos: sí, los aparatos inteligentes podrían ahorrarnos tiempo: así que podremos emplearlo en trabajar para poder pagar unas más elevadas y personalizadas primas de seguros, o en enviar ese correo electrónico extra relacionado con el trabajo, o en rellenar un formulario extra requerido por algún sistema burocrático recién informatizado.
Facebook, el más fuerte competidor de Google, utiliza el mismo truco con la conectividad. Su iniciativa Internet.org, que ahora opera en América Latina, el sureste de Asia y África, fue aparentemente lanzada para promover la inclusión digital y para que los pobres de los países en vías de desarrollo pudieran estar online. Ya están online, pero se trata de un modo muy particular de estar online: Facebook y otros pocos sitios y aplicaciones son gratis, pero los usuarios tienen que pagar por todo lo demás, a menudo, en función de la cantidad de datos que consumen sus aplicaciones individuales. Es probable que muy poca de toda esta gente —recuérdese que estamos hablando de poblaciones muy pobres— tenga a su alcance el mundo exterior al imperio del contenido de Facebook.
Aquí está de nuevo en acción la Regla de Varian: a primera vista, los pobres consiguen lo que los ricos ya tienen: la conectividad a Internet. Pero no es difícil localizar la diferencia clave. Mientras que los ricos pagan por su conectividad con su dinero, los pobres pagan por ella con sus datos: los datos que Facebook monetizará en su día para justificar la entera operación Internet.org. Después de todo, aquí no estamos hablando de una organización benéfica. Facebook está interesado en la “inclusión digital” de un modo muy parecido a como lo están los prestamistas en la “inclusión financiera”: lo están por el dinero.
Para predecir el futuro, miremos lo que petrolíferas y bancos han hecho durante dos siglos
Cualquier proveedor de servicios —ya sea en el campo de la salud, de la educación o del periodismo— pronto se daría cuenta de que para llegar a los millones de usuarios de Internet.org sería mejor lanzar y operar sus aplicaciones dentro de Facebook en lugar de fuera de este. Los pobres podrían acabar consiguiendo finalmente todos esos servicios que los ricos ya tienen, solo que con sus datos —su coagulada vida social— cubriendo los gastos. La conectividad gratuita que ofrece Facebook a los países en desarrollo es un derivado financiero gigante que paga el desarrollo de sus infraestructuras: Facebook proporciona conectividad a esos países a cambio de monetizar la vida de sus ciudadanos una vez ganen el dinero suficiente.
La Regla de Varian, al parecer, necesita una corrección fundamental: para predecir el futuro, simplemente hay que mirar lo que las compañías petrolíferas y los bancos han estado haciendo durante los dos últimos siglos y extrapolarlo a Silicon Valley, nuestro nuevo proveedor estándar de infraestructura para todos los servicios básicos. En ese futuro, desafortunadamente, los asistentes virtuales no serían suficientes; experimentaríamos una extrema necesidad de psicoanalistas virtuales.
(*) Evgeny Morozov es profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation.
Traducción de Juan Ramón Azaola.

viernes, 11 de julio de 2014

IUS-VULNERABILIDADES

EL PAÍS, Madrid, 6 de julio de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Google y el derecho a saber
El gigante de Internet asegura haber encontrado la solución a una presunta colisión de derechos en la información que circula por la Red. Pero en la ecuación entra también el interés comercial
Evgeny Morozov 

Al quejarse de la reciente decisión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea sobre el llamado derecho a olvidar, Eric Schmidt, de Google, ha invocado una intrigante defensa legal para justificar las agresivas prácticas de negocio de su empresa: el derecho a saber. El tribunal quiere que Google permita a los usuarios que indiquen aquellos resultados de búsqueda de sus nombres que sean “inadecuados, irrelevantes o que ya no son relevantes”, de manera que puedan ser eliminados de los índices de búsqueda. Argumentando que la medida implica “una colisión entre el derecho a ser olvidado y el derecho a saber”, Schmidt quiere que creamos que el tribunal ha cometido un error, mientras que los sabiondos cerebritosde Google han acertado al primer intento con el equilibrio adecuado.
Pero ¿qué es ese derecho a saber del que habla? ¿Quién tiene derecho a él y quién no? Pensemos en cualquier otro negocio que no puede permitirse el lujo de utilizar nuestro encaprichamiento colectivo con la tecnología digital como un escudo contra la regulación. ¿Qué compañía no querría saber más sobre potenciales clientes y empleados? Los bancos y las compañías de seguros estarían encantados de saberlo todo sobre nosotros: cuanto más supieran, mejor para su negocio.
Por ejemplo, saber que por la mañana bebes café y no jugo de repollo seguramente mejoraría su capacidad de predecir si puedes sufrir un ataque al corazón en los próximos cinco años, una información sumamente relevante para decidir concederte un préstamo o un seguro y en qué condiciones. Uno no tiene que esforzarse mucho para descubrir lo que bebemos en el desayuno; esa información por lo general ya está disponible en Facebook y en Instagram. Y han surgido muchas compañías avispadas para poder hacer de esa información algo sumamente factible. Como señala Douglas Merrill, el antiguo director de la oficina de información de Google y fundador de ZestFinance, una startup que controla más de 80.000 datos para valorar tu idoneidad para concederte un crédito: “Todos los datos son datos de crédito”.
Desde el punto de vista de las instituciones financieras eso es indudablemente cierto. Pero un mundo en el que todos los datos son datos de crédito es también un mundo en el que cada decisión que tomemos estará enturbiada por la paranoia y la preocupación de cómo afectará eso a nuestra solvencia crediticia: solo a los bancos y a las agencias de espionaje les gustaría vivir en ese mundo. Y ambos, ciertamente, no tienen nada que se parezca al derecho a saber, si por tal derecho entendemos un acceso sin condiciones ni restricciones a cualquier información de la que sean capaces de apropiarse. De otro modo, ZestFinance estaría utilizando 800.000 datos, no 80.000. Esa es la razón por la que algunos países se esfuerzan por impedir que sus instituciones de crédito incorporen datos de las redes sociales a sus tomas de decisiones. Pero tales esfuerzos solamente tienen éxito cuando el propio proceso de toma de decisiones está sometido a un estricto control. ¿Cómo se hace cumplir una ley que prohíbe a los empleadores curiosear cómo intervienen en las redes sociales sus potenciales empleados? Al fin y al cabo, uno puede hacerlo fuera de las horas de trabajo y simular que la decisión de no contratar a un candidato se debió a algún otro factor puramente subjetivo.
“Todos los datos personales son datos de crédito” dice un antiguo director de la empresa
“Un derecho a ser olvidado” es un paso hacia el logro del objetivo pretendido mediante tales regulaciones, pero esta vez, en lugar de esperar que esas instituciones no abusen de la información on line, lo que se hace es permitir que los ciudadanos puedan tomar medidas por su cuenta. Dejar que los ciudadanos eliminen —tal vez temporalmente— de los índices de búsqueda aspectos problemáticos de su actual y anterior estilo de vida es lo menos que podemos hacer. Sin embargo, si no nos parece alarmante imponer barreras al hambre de datos de bancos y compañías de seguros, ¿por qué deberíamos hacer una excepción con los motores de búsqueda? El modelo de Google no es tan diferente: recopila tanta información como le es posible, la organiza del modo más útil (y por lo tanto rentable) y hace dinero con ella.
Por supuesto, son los usuarios normales y corrientes —usted y yo— los que vamos a obtener las ventajas de los esfuerzos en favor de esa organización del conocimiento, así que, como es de esperar, hay más gente que simpatiza con Google que con, digamos, los bancos. ¿Pero hay una buena razón para creer que un modelo de organización del conocimiento que favorece los intereses comerciales de Google es también el que favorece el interés público? Por supuesto que no: si Google funciona del modo en que lo hace no es porque no sea posible otro motor de búsqueda, sino porque hemos fracasado en dar con una visión más humana, más tolerante e indulgente de organizar nuestro conocimiento colectivo. Lo que no quiere decir que esa visión no exista, solo que Google ha hecho todo lo posible por convencernos de que la suya es la única disponible.
Puesto que Google está en el negocio de la información, cualquier esfuerzo por regularlo es inevitablemente descrito como censura, como lo revela la observación de Schmidt sobre el derecho a saber. Pero, desde luego, en el suyo la información no queda eliminada por completo —uno puede seguir encontrándola, aunque a coste más alto—, simplemente se hace menos visible.
El lema de The Circle —la compañía que protagoniza la distópica novela del mismo nombre de Dave Egger sobre un gigante tecnológico con un inquietante parecido con Google— es: “Los secretos son mentiras. Querer es compartir. La intimidad es robo”. Bien, a esas tres frases podemos añadir ahora una cuarta: regulación es censura. Si una compañía como ZestFinance —la que cree que “todos los datos son datos de crédito”— recurriera a semejante truco retórico, seguro que nos partiríamos de risa. Sin embargo, cuando lo hace Google, sus palabras se tratan con el tipo de seriedad que se concede a sabios y filósofos, no a las corporaciones codiciosas.
Que la compañía cumpla con lo que digan los tribunales no es bastante, importa el cómo
Schmidt no dice nada sobre ello, pero Google viola el derecho a saber todo el tiempo. Por ejemplo, ya elimina resultados de búsqueda de sus índices cuando lo solicitan diversos proveedores de contenidos —editoriales, estudios de cine, compañías discográficas— que tienen su propia vía legal para exigir que se supriman de Google los vínculos con material protegido por copyright. Así que la cómoda defensa de que el tribunal de Luxemburgo está solicitando una cosa que es técnicamente imposible no se sostiene: Google ya hace algo que se parece mucho a eso.
Pero si esa avenida está abierta para los propietarios de un copyright —empresas, en su mayoría—, ¿por qué no habría de abrirse esa misma avenida a los ciudadanos cuyas demandas no son menos legítimas que las de los que poseen ese copyright? ¿Y por qué no está preocupado Schmidt con el derecho a saber de estos últimos? ¿Acaso es porque la industria de los contenidos está mucho mejor organizada —cuenta con grupos de presión tan poderosos como los de Google— que los ciudadanos normales y corrientes?
Que Google esté cumpliendo con lo dictaminado por el tribunal no es bastante; lo que importa es cómo lo haga. Cada vez que Google elimina vínculos con películas o libros pirateados, habitualmente coloca un aviso legal a pie de página, informando a los usuarios de cuántos vínculos se eliminaron y por qué. Resulta tentador pensar que un sistema de avisos similar pueda funcionar con el derecho a olvidar, pero, a decir verdad, puede conducir a un desastre mucho peor que la situación actual.
¿De verdad contrataría usted a alguien cuya página de búsqueda indicase que ciertos vínculos desagradables y perjudiciales para su reputación —los únicos que no puede comprobar— se han eliminado de ella? Saber que alguien es un depravado sin saber en qué consiste exactamente su depravación es a menudo peor que el conocimiento preciso de qué es lo que haya hecho: nuestra imaginación puede ser mucho más salvaje que la realidad misma. En este caso, un sistema de avisos haría más mal que bien. El derecho a saber hasta qué punto el interés comercial de Google conforma su práctica retórica y técnica: ese sería, realmente, un derecho a saber que merecería la pena promover.
(*) Evgeny Morozov es profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation.
Traducción de Juan Ramón Azaola.
Ilustración: Eulogia Merle.

martes, 23 de octubre de 2012

COCINA Y DESENGAÑO

EL PAÍS, Madrid, 20 de Octubre de 2012
LA CUARTA PÁGINA
La ‘cocina inteligente’
La preparación de alimentos no puede someterse a la lógica debilitadora de la eficiencia de la tecnología. No ve a los ‘chefs’ como a talentosos artesanos, sino como a robots esclavizados obligados a obedecer
Evgeny Morozov

No tendrán ustedes una máquina que les ponga la comida en la boca y que la empuje hacia la garganta?”, fue la memorable pregunta que el líder soviético Nikita Jruschov le hizo a Richard Nixon en el Debate de cocina de 1959, hoy de dudosa fama.
Mientras tales máquinas alimentadoras siguen teniendo pendiente la invasión (no digamos la conquista) de nuestros hogares, no ha cesado el empeño por conseguir hacer más inteligentes a nuestras cocinas. Las tecnologías de hoy día, sin embargo, pueden hacer mucho más. Algunas ofrecen no ya simples accesorios pasivos destinados a la experiencia culinaria, sino diminutos y sofisticados sensores que “entienden” —si esa es la palabra adecuada— lo que está pasando en nuestras cocinas e intentan pilotarnos, a nosotros sus amos, en la dirección correcta. Y si la intervención de Jruschov pretendía poner de relieve las limitaciones de los consumidores, los actuales intentos de construir una cocina inteligente ponen de relieve las de los frikis culinarios.
Un artículo publicado en la prestigiosa revista británica The New Scientist ha llamado la atención sobre varias de esas iniciativas. Nos presenta a Jinna Lei, científica informática de la Universidad de Washington que ha construido un sistema que utiliza varias cámaras de vídeo instaladas en la cocina para controlar al cocinero. Esas cámaras son realmente listas: pueden reconocer la profundidad y la forma de los objetos ante su vista y distinguir, digamos, entre manzanas y tazas. Lei está estudiando añadir también una cámara térmica especial que identificaría las manos del usuario por el calor corporal.
¿Para qué todo ese esfuerzo? Pues para que los chefs puedan ser advertidos en el caso de que se hayan desviado de la receta elegida. “Por ejemplo, si el sistema detecta que se vierte azúcar en un recipiente que contiene huevos, y la receta no requiere azúcar, el sistema podrá registrar la anomalía”, nos dice Lei entusiasmada. Lamentablemente, ese empeño por convertir a la cocina moderna en un templo del taylorismo no es algo que nos sorprenda. Los frikis, ya ven, odian cometer errores y adoran ceñirse a los algoritmos. El que la cocina prospere a base de ensayo y error, o que el desviarse de las recetas ortodoxas esté en el origen de las innovaciones culinarias se desecha como algo caprichoso e irrelevante. Para muchos de esos bienintencionados innovadores no importa el contexto de la práctica que tratan de mejorar, no mientras se pueda aumentar la eficiencia. En consecuencia, a los chefs no se les ve dotados de un virtuosismo autónomo o como a talentosos artesanos, sino como a robots esclavizados que nunca deben desafiar las órdenes de sus sistemas operativos.
Considera irrelevante que el desviarse de las recetas ortodoxas esté en el origen de las innovaciones
Otro proyecto mencionado en The New Scientist es todavía más degradante. Un grupo de investigadores informáticos de la Kyoto Sangyo University de Japón está intentando casar la lógica de la cocina con la lógica de la “realidad aumentada”, ese elegante término empleado para poblar nuestro entorno cotidiano con tecnologías inteligentes (piénsese en los códigos de Quick Response que pueden ser escaneados con un smartphone para abrir su información adicional, o en los inminentes Google Glasses, unos lentes que pueden mejorar tu campo visual con nuevas corrientes de datos).
Con ese fin, los investigadores japoneses han instalado cámaras y proyectores en el techo de la cocina para poder proyectar instrucciones directamente sobre el ingrediente. Así, si se va a cortar un pescado, el sistema proyectará un cuchillo virtual y marcará el punto del cuerpo del pescado al que debe ir.
Pero ¿qué hay exactamente de “aumentado” en esa realidad? Podría estar tecnológicamente aumentada pero también parece intelectualmente disminuida; en el mejor de los casos, nos deja con una “realidad disminuida aumentada”. Algunos frikis se niegan a reconocer que los desafíos y los obstáculos realzan más que menoscaban la condición humana. Hacer que cocinar sea más fácil no significa necesariamente aumentarla; más bien lo contrario. Someterla completamente a la lógica debilitadora de la eficiencia es privar a los humanos de la capacidad de lograr la maestría en esa actividad, es hacer imposible el progreso humano y empobrece nuestras vidas.
Puede acabar siendo un caballo de Troya para proyectos mucho más siniestros
No se trata de hacer una defensa esnobista del elitista arte culinario. En un mundo en el que solo unos pocos escogidos pudieran dominar los secretos del oficio, esas cocinas aumentadas probablemente serían bienvenidas, aunque solo fuera por su promesa de democratizar el acceso a dicho arte. Pero no es ese el mundo en el que habitamos: Internet está abarrotado de detalladas recetas y de vídeos con instrucciones de cómo cocinar los platos más exquisitos. ¿Realmente necesitamos de un robot —y no digamos de cámaras de vigilancia sobre nuestras cabezas— para cocinar tal pavo relleno o para asar tal cordero?
Además, no es tan difícil predecir adónde conduce esa lógica: una vez dentro de nuestras cocinas, esos nuevos aparatos recopiladores de datos nunca las dejarán, desarrollando nuevas y supuestamente inesperadas funciones. Primero instalaríamos cámaras en las cocinas para recibir mejores instrucciones, luego las empresas de alimentación y de electrodomésticos nos dirían que les gustaría que conserváramos las cámaras para mejorar sus productos y, finalmente, descubriríamos que todos nuestros datos culinarios residen ahora en un servidor de California, donde las compañías de seguros analizan cuánta grasa saturada consumimos a fin de ajustar nuestras primas de seguros. Cocinar inducidos por tecnología inteligente puede acabar siendo un caballo de Troya para proyectos mucho más siniestros.
Con todo esto no quiero decir que la tecnología no pueda aumentarnos el disfrute de cocinar, y no solo en términos de hacer una comida más sabrosa y más sana. La tecnología, utilizada con cierta imaginación y sin el tradicional fetichismo de los obsesos por la eficiencia y la perfección, realmente puede hacer que el proceso de cocinar sea más estimulante, abriéndose a nuevas perspectivas para la experimentación y proporcionándonos fórmulas nuevas con las que transgredir las reglas.
Compárese la empobrecedora visión culinaria expuesta en The New Scientist con algunos de los imaginativos artilugios adoptados por el movimiento de la gastronomía molecular. Desde circuladores de inmersión termal para cocinar a bajas temperaturas hasta impresoras de papel comestible, desde jeringas para inyectar extraños rellenos hasta cocinas de inducción que calientan el recipiente metálico con la emisión de ondas magnéticas, todos esos gadgets hacen que cocinar sea más difícil, más estimulante, más fascinante. Pueden inculcar a cualquier aspirante a chef una gran pasión por el arte culinario, mucha más que las cámaras de vigilancia o que los robots que expelen instrucciones.
Los pesimistas y los tecnófobos están equivocados: la humanidad y la tecnología no están en desacuerdo la una con la otra. Sin embargo, cuando el diseño y la puesta en práctica de las tecnologías descansa sobre una comprensión más bien superficial de lo que nos hace humanos, es muy natural que la tecnología tenga tan mala reputación. Pero el problema son los frikis, no sus tecnologías.
Aquí reside, quizá, la gran lección para todos esos bienintencionados innovadores que están tan deseosos de mejorar el mundo con la ayuda de la tecnología. Celebrar la innovación solo por serlo es de mal gusto. Para que la tecnología aumente de verdad la realidad, sus diseñadores e ingenieros deberían tener una mejor idea de las complejas prácticas de las que se compone esa realidad; tales prácticas tienen sus propios objetivos, ideales y valores.
Así, el fracaso y la imperfección podrían ser evitados en algunos contextos y ser apreciados en otros. Incluso la ignorancia, la ambigüedad y la incertidumbre podrían llegar a desempeñar importantes papeles. Declarar una guerra preventiva a esos valores solo porque tecnologías inteligentes y conscientes del contexto nos permitan erradicarlos parece equivocado e inmaduro. Los frikis necesitan poner coto a su entusiasmo y aprender a apreciar las innumerables paradojas e ironías de la condición humana.
(*) Evgeny Morozov es profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation. Su último libro publicado en España es El desengaño de Internet. Los mitos de la libertad en la Red (Destino).
Traducción de Juan Ramón Azaola.

Fotografía: El Nacional, Caracas, 24/12/65.


miércoles, 6 de junio de 2012

MITO Y REALIDAD

EL PAÍS, Madrid, 5 de Junio de 2012
ANÁLISIS
¿Debería preocuparnos la guerra cibernética?
Puede parecer asimétrica, pero que sus armas sean baratas y fácilmente disponible es un mito
Evgeny Morozov

¿Debería preocuparnos la guerra cibernética? A juzgar por el sensacionalismo de algunos titulares de los medios, debería preocuparnos mucho. Al fin y al cabo, la guerra cibernética podría hacer que las guerras se iniciaran más fácilmente y, por lo tanto, las haría más probables.

¿Por qué? En primer lugar, porque la guerra cibernética es asimétrica; al ser barata y destructiva, podría incitar a Estados más débiles a entablar conflictos con Estados más fuertes, precisamente el tipo de conflictos que antes hubieran sido evitados. En segundo lugar, puesto que los ataques cibernéticos son notoriamente difíciles de detectar, sus actores no tienen por qué temer represalias inmediatas y se comportan más agresivamente de lo habitual. En tercer lugar, como es difícil defenderse de los ataques cibernéticos, casi todos los Estados que actúen con lógica preferirán atacar primero. Finalmente, puesto que las armas cibernéticas están rodeadas de secretismo y de incertidumbre, los acuerdos para el control de armas son difíciles de poner en práctica. En otras palabras, más guerra cibernética significa más guerras.

¡No tan deprisa!, nos advierte un reciente y sumamente provocativo artículo de Adam Liff, de Princeton, en el Journal of Strategic Studies. Según Liff, asumir que la guerra cibernética tiene una lógica inherente —una teleología— que siempre daría como resultado un conflicto mayor supone cortedad de miras y no tiene en cuenta las sutilezas propias tanto de la estrategia militar como de las relaciones de poder. En lugar de basar nuestra política cibernética en extravagantes escenarios de películas de ciencia-ficción de segunda fila, debemos pensar en las armas cibernéticas como algo utilizado por actores reales que tienen planes reales, intereses reales y costes reales que pagar si algo se tuerce.

Dada la actual situación geopolítica, Liff no ve razones para el pesimismo alarmista de los más destacados embajadores del complejo ciber-industrial, en particular de Richard Clarke y su best seller de 2010, Cyberwar. Liff llega incluso a exponer diversos escenarios en los que la guerra cibernética, en vez de aumentarlo, haría decrecer el conflicto. Efectivamente: el advenimiento de las armas cibernéticas finalmente podría promover la paz mundial. ¡Hippies del mundo, uníos, y aprended cómo organizar ataques cibernéticos!

Es una tesis atrevida y Liff no rehúye socavar lo que hay de creencia convencional acerca de la guerra cibernética. La guerra cibernética pudiera parecer asimétrica, pero que el armamento cibernético avanzado sea barato y fácilmente disponible es un mito; desarrollarlo requiere gran cantidad de recursos, de tiempo y de secretismo operacional. Unos ejecutores débiles no están realmente capacitados para llevar a cabo ataques prolongados que puedan inutilizar las infraestructuras de unos sistemas bien defendidos.

Estos ataques solo tienen sentido si se respaldan con armas convencionales

Pero incluso si lo estuvieran probablemente optarían por no entablar una guerra cibernética: una ofensiva de ese tipo por parte de Estados más débiles solo tiene sentido si estos pueden respaldar su poderío digital con armas convencionales. De no ser así, podrían ser barridos por la respuesta militar convencional del Estado más fuerte. Ello explica por qué Somalia o Tayikistán probablemente no vayan a emprender una guerra cibernética contra Estados Unidos en un futuro inmediato; cualquiera que fuera el daño cibernético que pudieran causar mediante sus ciberataques sería rápidamente objeto de represalias mediante armas convencionales.

Tampoco los Estados que emprendieran una guerra cibernética serían necesariamente conocedores de las consecuencias reales de sus propios ciberataques. Incluso ejecutores avanzados como EE UU podrían no tener claras las probabilidades de éxito de semejantes ataques; el riesgo de daños autoinfligidos es alto mientras los ciberataques puedan desalojar involuntariamente del tablero a bienes rentables (como una infraestructura bancaria del enemigo). Tal incertidumbre pudiera ser el mejor de los elementos disuasorios.

Como señala Liff, es fácil entender que unos actores que actúen con lógica preferirán aprovecharse de la vulnerabilidad cibernética de cada cual y no emprender una costosa guerra cibernética si pueden dar con otros modos, más baratos, de solucionar su conflicto. A este respecto, la disponibilidad de armas cibernéticas, cualquiera que sea su real potencial destructivo, podría permitir realmente a Estados más débiles tener más oportunidades frente a adversarios más fuertes, quizá incluso evitando el conflicto.

Asimismo, no debiéramos olvidar que las guerras consisten primordialmente en coacción y que es difícil coaccionar a otros actores para que se comporten de acuerdo con las exigencias de uno sin reivindicar el daño causado a sus pertenencias. Sí, los ataques cibernéticos pueden ser difíciles de detectar, pero cualquier gobierno que los utilice con la idea de conseguir que otros gobiernos actúen de acuerdo con sus deseos querrá también reivindicar esos ataques como propios. (La razón por la que Rusia no reivindicó su responsabilidad por los ciberataques en Estonia, en 2007, y Georgia en 2008 se debe a que esos ataques fueron mayormente intrascendentes; un acto de mero hacktivismo en el primer caso y un aspecto colateral de la guerra en curso en el segundo).

Quizá se deba a que los terroristas sean más partidarios del anonimato pero lo cierto es que en la década transcurrida desde el 11-S ningún grupo terrorista ha tenido mucho éxito en causar serios trastornos a una infraestructura civil o militar; para un grupo como Al Qaeda, los costes de conseguirlo son demasiado altos, al tiempo que no existe garantía alguna de que esa campaña de ciber-terrorismo resulte tan espectacular como el hacer estallar una bomba en una concurrida plaza pública.

Además de rebatir ese reciente pánico moral a la amenaza de la guerra cibernética, Liff se extiende acerca de los peligros de asumir que las tecnologías (incluidas las armas) posean unas propiedades esenciales e inalienables, dotadas del mismo efecto coherente —y, sin embargo, revolucionario— dondequiera que se empleen. Liff no cree que la guerra cibernética sea revolucionaria, y argumenta hábilmente que el efecto neto de la guerra cibernética sobre la probabilidad de (crear un) conflicto depende de la naturaleza de los actores involucrados, de su relativo poder de negociación y de la cantidad de información fiable que tengan sobre los demás. “En muchos casos”, apunta Liff, “[la guerra cibernética] no es probable que haga aumentar de modo significativo la presunta utilidad de una guerra entre actores que de otro modo no la entablarían. Es más, en determinadas circunstancias la aptitud para la guerra cibernética paradójicamente podría ser más útil como disuasión frente a unos adversarios convencionalmente superiores, reduciendo de ese modo la probabilidad de guerra”.

Como señala Liff, los analistas militares de anteriores generaciones estaban tan dispuestos a proclamar que los bombardeos estratégicos y la bomba atómica eran “armas absolutas” que se vieron obligados a revolucionar la estrategia militar. Es innegable que tanto el poderío aéreo como la bomba atómica han tenido un profundo efecto sobre la naturaleza del conflicto militar; sin embargo, su lógica inherente (por ejemplo, la idea de que la guerra aérea no admite la defensa, sino solamente el ataque) ha sido considerablemente mitigada por las limitaciones y las consideraciones políticas, sociales y económicas de los actores que los poseyeron. El poder aéreo no siempre se tradujo claramente en poder político.

El riesgo de daños autoinfligidos es alto. Tal incertidumbre pudiera ser el mejor de los elementos disuasorios

Aquí la utilidad de la lección reside en que las explicaciones teleológicas del cambio tecnológico rara vez ofrecen agudas perspectivas analíticas; con demasiada frecuencia dan como resultado un pensamiento confuso y una mala política. Y, sin embargo, ese pensamiento teleológico acerca de la tecnología es hoy preponderante. Del mismo modo que está de moda creer que la guerra cibernética es intrínsecamente perjudicial para la seguridad internacional y la paz mundial, está igualmente de moda creer que las redes sociales son intrínsecamente perjudiciales para los dictadores o que los filtros online son intrínsecamente perjudiciales para el hallazgo casual y el debate público. El mundo real, por supuesto, no es nunca tan maleable y nítido; evita esas teorizaciones teleológicas precipitadas y hace que las tecnologías asuman los papeles y funciones de los que nadie espera que se encarguen.

De este modo, cualquiera que sea la lógica inherente a las armas cibernéticas, las redes sociales o los filtros online, esa lógica inevitablemente se modifica en el momento en que tales herramientas encuentran su camino hacia el que cualquier régimen político, social y cultural guíe su uso en la práctica. Es así como las armas cibernéticas acaban promoviendo la paz, las redes sociales acaban fortaleciendo el totalitarismo y los filtros online acaban mejorando el hallazgo de información. Tal vez no seamos siempre capaces de predecir tales efectos con anticipación, pero cuanto más tiempo nos sigamos ateniendo a explicaciones teleológicas menores serán las probabilidades de que desarrollemos unas mejores estructuras para el análisis tecnológico y la toma de decisiones.

Evgeny Morozov es profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation.

Traducción de Juan Ramón Azaola.


Ilustración: Dumont (El Universal, Caracas, 06/06/12). Y, aunque ella se refiere a la actualidad política venezolana, se nos antoja como ideal para ventilar el tema de Morozov.