EL UNIVERSAL, Caracas, 27 de julio de 2015
La ciberguerra
Alfredo Toro Carnevali
De acuerdo a un Informe del Instituto de Naciones Unidas para la Investigación sobre Desarme (Unidir), más de 40 Estados estarían desarrollando ciber-capacidades militares, 12 de ellos para actividades ofensivas en el marco de una ciberguerra.
Estados Unidos ocupa una posición privilegiada en el desarrollo de capacidades para lanzar ciberataques. A finales del mes de abril de 2015, la Secretaría de Defensa de Estados Unidos presentó la Nueva Estrategia de Ciberseguridad del Pentágono para el período 2015-2018.
Por primera vez un país plantea públicamente la posibilidad de acudir a la ciberguerra para destruir las redes de mando y control, infraestructuras críticas (ej. generación, transmisión y distribución de energía, el transporte aéreo y marítimo, los servicios bancarios y financieros, el comercio en línea, el suministro de agua, la distribución de comida y salud pública, etc.) y los sistemas de armas de potenciales adversarios. El Pentágono se propone, para comenzar, crear una ciberfuerza de 6.200 personas repartidas en 33 equipos, relacionados con la defensa, el espionaje y el ataque en el ciberespacio. De esta manera se estarían dando pasos concretos para militarizar el ciberespacio y desencadenar una carrera armamentista entre las grandes potencias tecnológicas (ver artículo de Enrique Fojon Chamorro y Guillem Colom Piella en El País, 12 de mayo de 2015).
Según Hennign Wegener (ver "La ‘ciberguerra' se puede evitar", Revista de Política Exterior, 2012), la ciberguerra pudiera desarrollarse en al menos cuatro escenarios: Un primer escenario implicaría un ataque por parte de los servicios de inteligencia de un Estado en contra de las redes del enemigo con el objetivo de adquirir información sensible, incluyendo información sobre su capacidad de defensa cibernética. Un segundo escenario sería un ataque limitado a las redes públicas y privadas de un Estado, paralizando temporalmente sus servicios, infraestructura y economía. Un tercer escenario contemplaría un ataque simultáneo con armas convencionales y cibernéticas. Es decir, se emplearían fuerzas y armas militares convencionales (aeronaves, tanques, drones) sobre el terreno físico combinado con un ataque cibernético a las estructuras de redes de comunicaciones y sistemas de defensa automatizados, así como a redes civiles. Un cuarto escenario implicaría un asalto cibernético masivo y general, que consistiría en atacar a la vez a estructuras claves de la economía, infraestructuras críticas (ej. generación, transmisión y distribución de energía, el transporte aéreo y marítimo, los servicios bancarios y financieros, el comercio en línea, el suministro de agua, la distribución de comida y salud pública, etc.) y sistemas de defensa de otro Estado. Es el tipo más severo de ataque y su objetivo es el colapso del Estado atacado, con gran número de pérdidas humanas. Lamentablemente, el mundo ya conoce ejemplos de los primeros tres escenarios. El cuarto pudiera ocurrir en cualquier momento.
A pesar de su inminente peligro, hasta ahora no ha habido un diálogo internacional amplio sobre la interpretación y aplicación de las reglas y principios del derecho internacional existente a la ciberguerra, y ni siquiera las implicaciones tecnológicas y el potencial militar de este dominio han sido debidamente exploradas.
Ante la ausencia de un marco jurídico internacional, se suscitan muchas preguntas como, por ejemplo:
1. ¿Qué constituye una amenaza o uso ilícito de la fuerza en el ciberespacio?
2. ¿Qué operación cibernética puede llegar a calificarse como "uso de la fuerza" dentro de los parámetros de prohibición de la Carta de las Naciones Unidas?
3. ¿Cuál debe ser el umbral de un ciberataque para que se justifique el recurso a la legítima defensa de conformidad con el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas?
4. ¿Qué constituye una conducta aceptable en tiempos de guerra? ¿Los principios de necesidad, distinción y uso proporcional de la fuerza enmarcados en el Derecho Internacional Humanitario deben ser aplicados en el marco de una ciberguerra?
5. ¿Qué constituye una "amenaza a la paz", "ruptura de la paz", o "acto de agresión" sujeto a la intervención de las Naciones Unidas?
Hasta ahora, todas estas preguntas están sujetas a la buena fe de los actores, lo cual ha suscitado propuestas como, por ejemplo, aplicar el concepto de la legítima defensa preventiva en el ciberespacio. Es decir, atacar para no ser atacado, aunque la amenaza no sea inminente. Es urgente que la comunidad internacional avance en la codificación de un marco legal que prohíba la colocación de armas y el uso de la fuerza en el ciberespacio. De lo contrario, estaríamos entrando en un escenario más de confrontación, con consecuencias humanas incalculables.
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martes, 28 de julio de 2015
sábado, 21 de julio de 2012
ARMAMENTISMO ELECTRÓNICO
El florete digital
Luis Barragán
Viernes, 24 de noviembre de 2000
De la guerra a la escaramuza no luce largo el trecho. Al sentarnos con el teclado entre los dedos, casi nos imaginamos con una pesada mochila y un fusil de bayoneta calada, abriéndonos paso entre los terabytes.
Saludando sus orígenes, la infopista tiende a militarizarse cada vez más, aunque haya una evidente limitación del lenguaje para llevar el fenómeno a las masas. A lo sumo, se habla de "carga de profundidad" o "refugio antiaéreo" en la rutinaria manipulación de las computadoras convertidas en insospechados dispositivos de destrucción de objetivos precisos y significativos.
Puede extenderse el catálogo del novedoso armamento: cookies o programas espías, en la coladura de los correos electrónicos, o bombas lógicas, durmientes devoradoras de la data, para combinarse con los hologramas, aviones furtivos, la termografía, los dispositivos nanológicos, drones o robots, entre otros, en el paisaje ampliado de las "guerras de proximidad inmediata", como las denominara Paul Virilio en su "El cibermundo, la política de lo peor" (Cátedra, Madrid: 96). Y que, al lado de las nociones consabidas y harto perimetradas, tienen por fundamento las no-batallas, agravadas por una circunstancia: el mercado negro puede perfectamente proveer los insumos, según refiriera Jorge Munnshe ( http: // www. ground . org / cibergu. htm ).
No hay una doctrina disuasiva lo suficientemente elaborada para enfrentar la situación. Lo que es peor, los especialistas indican una obsolescencia de los principios gracias al armamento nuclear, la guerra irregular y el papel de los medios de comunicación, acentúando un drama para el pensamiento estratégico, como inferimos del trabajo de Russell W. Glenn (http: // www-cgsc. army. mil/ milrev / spanish / Mayjun98/ glnhtm. htm). Así, las ideas rectoras de control (dirección, determinación y movilidad), presión (concentración, sorpresa y ofensiva) y resistencia (distribución, resistencia y seguridad), sufren una revisión en el mundo informático que dice privilegiar unos aspectos, en detrimento de otros, cuando del puntilloso florete virtual se trata.
La noción de una línea de operaciones que ofrezca constantemente diferentes opciones o la dispersión que lleva a la concentración de los efectos, son algunos de los planteamientos que surgen en la red de redes. Lo cierto es que, en el túnel de la más absoluta oscuridad, puede no saberse ni jamás se sepa de un enemigo plena o medianamente identificado y el carácter político que deba exhibir la agresión, tan elemental en un concepto respetable de la guerra.
El nuevo belicismo adquiere connotación pública cuando se produce una inusitada sobrecarga del servidor y la OTAN pasa de unos 5 mil a más de 70 mil e-mails diarios, recayendo apenas las sospechas sobre el reducido grupo serbio de cinco miembros llamado "Cna Ruka" ( "Mano Negra). En un interesante reportaje para la edición mexicana de "Popular Science" (Nr. 4 de 1999), Frank Vizard indica, además, las estimaciones de la Interpol: alrededor de 17 millones de personas cuentan con los suficientes conocimientos informáticos para dañar el sistema de las agencias policiales europeas.
Mucho se ha hablado del "Pearl Harbor Digital", en el que no sólo puede haber una pérdida total o parcial de la data sino, absolutamente dislocada, disparar un misil nuclear. Sin embargo, mantenidos en secreto los percances sufridos por entidades públicas o privadas, la infoesfera conoce y populariza una munición casi infalible para torpedear el intercambio: la pornografía puede engalanar la página más severa y sobria de una institución religiosa hasta abultar el correo del más modesto, previsivo y prudente internauta. Lo cierto es que, sin alcanzar la dimensión de un conflicto extraordinario, propio para los expertos en la materia, humildemente privilegiamos los servicios del correo gratuito.
En nuestro rutinaria esgrima digital, no nos atrevemos a exponer públicamente, siendo o no impresos los medios, la dirección privada porque ya ha habido ingratas experiencias con aquellos servicios que – siendo gratuitos- tienen la ventaja de reponerse, aunque con otra nomenclatura. He recibido mensajes nada más y nada menos que suscritos por L.B. y, al dudar en incluirme en una publicitada alternativa a la inexistente "tarifa plana" en nuestro país, pienso en los programas que debo tener para que algún entrometido no se atreva a interceptarme y, además, adentrarse e implosionar el disco duro. Ergo: el virus "I love you", tan publicitado, es apenas un detalle.
Además de las pugnas que puedan a uno o más Estados, amenazados sus sistemas de seguridad, encontramos que el particular deberá adiestrarse como un infosoldado para evitar sabotajes y otros desmanes. Probablemente habrá que esperar el desarrollo y ampliación de sendas empresas de seguridad que presten una asistencia cada vez menos costosa y eficaz, en lugar de los consabidos "soportes técnicos" que nunca llegan.
Que sepa, internet no es –únicamente- el enlace de unas cuantas computadoras para el grato acortamiento de las distancias. El diccionario más elemental habla de los "chats", " í – méil ", "cuquís", "repli", "urre-éle", "accesar", "charogüerd", "yipéij", "forguard", "atachmen", "jáquer", "cliquear", "espamer" y todo aquello que la publicidad, antes que el efectivo empleo de la máquina, ha hecho tan familiar en el hogar: Los Mentas cantan al "doble V- doble V- doble V / porno / porno/ punto/ con", exaltados ante el torrente de información. Y si a las viejas generaciones les irrita escuchar "jelen curtis", a contrapelo de las cuñas de la tele blanquinegra, o "colguéit", según el natural comentario del filmoprotagonista de "Memorias del subdesarrollo", a las nuevas las estremece el ideario lingüistico que, un buen día, en este país, fundaron las minitecas (aunque las de hoy concluyan la jornada festiva con un merengue o –casi encapuchadamente- bajo el cedé de Billo´s, dándole un toque exótico a la venerada rumba).
Los expertos versan sobre la infoesfera, concediéndole una mayor significación a la ocurrencia baustimal del "punqueto" que la llamó ciberespacio. Y, al lado de la navegación pacífica, no pocos especulan sobre un tránsito sórdido, catastrófico y espeluznante.
No es el malvado "jotméil" exclusivo culpable, como sentenció recientemente un escribidor. Sean o no gratuitos, los servicios de la red se prestan para toda suerte de agresiones y "craqueados", garantizan ingresos nada deleznables. El virus "aí – loviú" dio la campanada, hace poco, a aquellos que están conformes con lo que miran, oyen, degustan, tocan y dicen presentir en la era del "niú eij" y jamás adivinan el mundo virtual: el bullicio que teme al silencio.
El sabotaje (o mejor: "saboteo", para complacer a los ennoblecidos jerguistas urbanos), no siempre es inocente, como un dibujo presto al relleno de los consabidos creyones, sino –refieren las malas lenguas- puede obedecer a una agresión bien definida, altamente intencional, estéticamente calculada. Esto es, en el reinado del combate electrónico, las epidemias, la inscripción del nombre ajeno en copiosas listas de discusión o la coladura de un clítoris activo, pueden dar paso a un esfuerzo articulado de programas espías, bombas de pulso electromagnético, hologramas y las demás cosas representadas en el reinado de la miniaturización, la robótica y el mortal juego de luces.
Nos preguntamos si hay guerra de información, olvidada toda la formalidad declarativa, al saber que el sistema de la OTAN recibe su diaria ración de impactos, o se trata de una cada vez más generalizada diversión que apuesta a la disociación entre batalla y teatro de operaciones, gracias al chip-alcaloide que los lombrosianos descubren en todo rostro juvenil (inválido, sierraleonés o coreano, etarro contratado por el "jesbolá", seropositivo o, por lo menos, carcomido por el acné). Será cuestión de indagar en torno a probables contendientes, la idea de victoria que abriguen y la correspondencia de los actos con los principios estratégicos esgrimidos por un Foch, un Liddell Hart o un Castex en el agua salada.
Si cuadra un poco el asunto, profundizaríamos en la innovación del armamento electrónico, los hipotéticos métodos de conducción de operaciones y la conformación de un estado mayor de comunicaciones y control. Y hasta podría generar consecuencias estructurales y organizacionales en la institución armada. A lo mejor una nueva fuerza, rama o departamento superespecializado, con todo el elenco de "uéb masters" y "ciberagentes" necesario. ¿Una armada electrónica?.
Por lo pronto, constatamos que la publicidad ha avisado de la existencia de internet, antes que la escuela, no sin generar los estallidos idiomáticos de rigor. No damos con los victimarios del juego que puede perfilarse como un modo alternativo, aséptico y audaz de hacer la guerra. Y, mencionemos finalmente, la inutilidad de unos cuantos websites.
Luego de apreciar la posición del gobierno español, originando el artículo publicado en "Economía Hoy" (10/02/00), intenté profundizar un poco más en las ideas lanzadas por el gobierno venezolano: un texto futuro podía dar cuenta de nuestra inicial coincidencia, en forma más precisa y objetiva. Y no fue posible porque, yendo a la página de CONATEL, hasta la presente fecha no he recibido respuesta alguna a cuatro peticiones enviadas, dos de ellas desde mi dirección electrónica privada, plenamente identificado ( 29/02 y 14/03/00). ¿Y para qué la tiene un organismo público?, es la pregunta elemental que nos hacemos.
Fuente: http://www.analitica.com/va/sociedad/articulos/6155988.asp
Ilustración: Frank Stella
Luis Barragán
Viernes, 24 de noviembre de 2000
De la guerra a la escaramuza no luce largo el trecho. Al sentarnos con el teclado entre los dedos, casi nos imaginamos con una pesada mochila y un fusil de bayoneta calada, abriéndonos paso entre los terabytes.
Saludando sus orígenes, la infopista tiende a militarizarse cada vez más, aunque haya una evidente limitación del lenguaje para llevar el fenómeno a las masas. A lo sumo, se habla de "carga de profundidad" o "refugio antiaéreo" en la rutinaria manipulación de las computadoras convertidas en insospechados dispositivos de destrucción de objetivos precisos y significativos.
Puede extenderse el catálogo del novedoso armamento: cookies o programas espías, en la coladura de los correos electrónicos, o bombas lógicas, durmientes devoradoras de la data, para combinarse con los hologramas, aviones furtivos, la termografía, los dispositivos nanológicos, drones o robots, entre otros, en el paisaje ampliado de las "guerras de proximidad inmediata", como las denominara Paul Virilio en su "El cibermundo, la política de lo peor" (Cátedra, Madrid: 96). Y que, al lado de las nociones consabidas y harto perimetradas, tienen por fundamento las no-batallas, agravadas por una circunstancia: el mercado negro puede perfectamente proveer los insumos, según refiriera Jorge Munnshe ( http: // www. ground . org / cibergu. htm ).
No hay una doctrina disuasiva lo suficientemente elaborada para enfrentar la situación. Lo que es peor, los especialistas indican una obsolescencia de los principios gracias al armamento nuclear, la guerra irregular y el papel de los medios de comunicación, acentúando un drama para el pensamiento estratégico, como inferimos del trabajo de Russell W. Glenn (http: // www-cgsc. army. mil/ milrev / spanish / Mayjun98/ glnhtm. htm). Así, las ideas rectoras de control (dirección, determinación y movilidad), presión (concentración, sorpresa y ofensiva) y resistencia (distribución, resistencia y seguridad), sufren una revisión en el mundo informático que dice privilegiar unos aspectos, en detrimento de otros, cuando del puntilloso florete virtual se trata.
La noción de una línea de operaciones que ofrezca constantemente diferentes opciones o la dispersión que lleva a la concentración de los efectos, son algunos de los planteamientos que surgen en la red de redes. Lo cierto es que, en el túnel de la más absoluta oscuridad, puede no saberse ni jamás se sepa de un enemigo plena o medianamente identificado y el carácter político que deba exhibir la agresión, tan elemental en un concepto respetable de la guerra.
El nuevo belicismo adquiere connotación pública cuando se produce una inusitada sobrecarga del servidor y la OTAN pasa de unos 5 mil a más de 70 mil e-mails diarios, recayendo apenas las sospechas sobre el reducido grupo serbio de cinco miembros llamado "Cna Ruka" ( "Mano Negra). En un interesante reportaje para la edición mexicana de "Popular Science" (Nr. 4 de 1999), Frank Vizard indica, además, las estimaciones de la Interpol: alrededor de 17 millones de personas cuentan con los suficientes conocimientos informáticos para dañar el sistema de las agencias policiales europeas.
Mucho se ha hablado del "Pearl Harbor Digital", en el que no sólo puede haber una pérdida total o parcial de la data sino, absolutamente dislocada, disparar un misil nuclear. Sin embargo, mantenidos en secreto los percances sufridos por entidades públicas o privadas, la infoesfera conoce y populariza una munición casi infalible para torpedear el intercambio: la pornografía puede engalanar la página más severa y sobria de una institución religiosa hasta abultar el correo del más modesto, previsivo y prudente internauta. Lo cierto es que, sin alcanzar la dimensión de un conflicto extraordinario, propio para los expertos en la materia, humildemente privilegiamos los servicios del correo gratuito.
En nuestro rutinaria esgrima digital, no nos atrevemos a exponer públicamente, siendo o no impresos los medios, la dirección privada porque ya ha habido ingratas experiencias con aquellos servicios que – siendo gratuitos- tienen la ventaja de reponerse, aunque con otra nomenclatura. He recibido mensajes nada más y nada menos que suscritos por L.B. y, al dudar en incluirme en una publicitada alternativa a la inexistente "tarifa plana" en nuestro país, pienso en los programas que debo tener para que algún entrometido no se atreva a interceptarme y, además, adentrarse e implosionar el disco duro. Ergo: el virus "I love you", tan publicitado, es apenas un detalle.
Además de las pugnas que puedan a uno o más Estados, amenazados sus sistemas de seguridad, encontramos que el particular deberá adiestrarse como un infosoldado para evitar sabotajes y otros desmanes. Probablemente habrá que esperar el desarrollo y ampliación de sendas empresas de seguridad que presten una asistencia cada vez menos costosa y eficaz, en lugar de los consabidos "soportes técnicos" que nunca llegan.
Que sepa, internet no es –únicamente- el enlace de unas cuantas computadoras para el grato acortamiento de las distancias. El diccionario más elemental habla de los "chats", " í – méil ", "cuquís", "repli", "urre-éle", "accesar", "charogüerd", "yipéij", "forguard", "atachmen", "jáquer", "cliquear", "espamer" y todo aquello que la publicidad, antes que el efectivo empleo de la máquina, ha hecho tan familiar en el hogar: Los Mentas cantan al "doble V- doble V- doble V / porno / porno/ punto/ con", exaltados ante el torrente de información. Y si a las viejas generaciones les irrita escuchar "jelen curtis", a contrapelo de las cuñas de la tele blanquinegra, o "colguéit", según el natural comentario del filmoprotagonista de "Memorias del subdesarrollo", a las nuevas las estremece el ideario lingüistico que, un buen día, en este país, fundaron las minitecas (aunque las de hoy concluyan la jornada festiva con un merengue o –casi encapuchadamente- bajo el cedé de Billo´s, dándole un toque exótico a la venerada rumba).
Los expertos versan sobre la infoesfera, concediéndole una mayor significación a la ocurrencia baustimal del "punqueto" que la llamó ciberespacio. Y, al lado de la navegación pacífica, no pocos especulan sobre un tránsito sórdido, catastrófico y espeluznante.
No es el malvado "jotméil" exclusivo culpable, como sentenció recientemente un escribidor. Sean o no gratuitos, los servicios de la red se prestan para toda suerte de agresiones y "craqueados", garantizan ingresos nada deleznables. El virus "aí – loviú" dio la campanada, hace poco, a aquellos que están conformes con lo que miran, oyen, degustan, tocan y dicen presentir en la era del "niú eij" y jamás adivinan el mundo virtual: el bullicio que teme al silencio.
El sabotaje (o mejor: "saboteo", para complacer a los ennoblecidos jerguistas urbanos), no siempre es inocente, como un dibujo presto al relleno de los consabidos creyones, sino –refieren las malas lenguas- puede obedecer a una agresión bien definida, altamente intencional, estéticamente calculada. Esto es, en el reinado del combate electrónico, las epidemias, la inscripción del nombre ajeno en copiosas listas de discusión o la coladura de un clítoris activo, pueden dar paso a un esfuerzo articulado de programas espías, bombas de pulso electromagnético, hologramas y las demás cosas representadas en el reinado de la miniaturización, la robótica y el mortal juego de luces.
Nos preguntamos si hay guerra de información, olvidada toda la formalidad declarativa, al saber que el sistema de la OTAN recibe su diaria ración de impactos, o se trata de una cada vez más generalizada diversión que apuesta a la disociación entre batalla y teatro de operaciones, gracias al chip-alcaloide que los lombrosianos descubren en todo rostro juvenil (inválido, sierraleonés o coreano, etarro contratado por el "jesbolá", seropositivo o, por lo menos, carcomido por el acné). Será cuestión de indagar en torno a probables contendientes, la idea de victoria que abriguen y la correspondencia de los actos con los principios estratégicos esgrimidos por un Foch, un Liddell Hart o un Castex en el agua salada.
Si cuadra un poco el asunto, profundizaríamos en la innovación del armamento electrónico, los hipotéticos métodos de conducción de operaciones y la conformación de un estado mayor de comunicaciones y control. Y hasta podría generar consecuencias estructurales y organizacionales en la institución armada. A lo mejor una nueva fuerza, rama o departamento superespecializado, con todo el elenco de "uéb masters" y "ciberagentes" necesario. ¿Una armada electrónica?.
Por lo pronto, constatamos que la publicidad ha avisado de la existencia de internet, antes que la escuela, no sin generar los estallidos idiomáticos de rigor. No damos con los victimarios del juego que puede perfilarse como un modo alternativo, aséptico y audaz de hacer la guerra. Y, mencionemos finalmente, la inutilidad de unos cuantos websites.
Luego de apreciar la posición del gobierno español, originando el artículo publicado en "Economía Hoy" (10/02/00), intenté profundizar un poco más en las ideas lanzadas por el gobierno venezolano: un texto futuro podía dar cuenta de nuestra inicial coincidencia, en forma más precisa y objetiva. Y no fue posible porque, yendo a la página de CONATEL, hasta la presente fecha no he recibido respuesta alguna a cuatro peticiones enviadas, dos de ellas desde mi dirección electrónica privada, plenamente identificado ( 29/02 y 14/03/00). ¿Y para qué la tiene un organismo público?, es la pregunta elemental que nos hacemos.
Fuente: http://www.analitica.com/va/sociedad/articulos/6155988.asp
Ilustración: Frank Stella
miércoles, 6 de junio de 2012
DIFÍCIL ANDÉN
EL NACIONAL, Caracas, 26 de Septiembre de 1998OPINION
El diluido artillero
Luis Barragán
"Toda la vida se había negado a aceptar la verdad.
Que era una máquina de hacer pensamientos.
Desde que recordaba haber entendido, se había
empeñado en recoger las críticas y sacarles fotocopias"
Iliana Gómez
(Confidencias del cartabón)
No debe impresionar que la informática sirva a los fines bélicos más elementales. Desde lanzar un monitor a la cabeza de alguien hasta celebrar un bombardeo masivo de correos electrónicos. Mercedes Molist, en un artículo cuyo título se explica por sí mismo, "Internet, arma de guerra" (http://www.partal.com/web/mayo/artículos.html), abre un buen abanico de posibilidades. Por supuesto, con la Guerra del Golfo por delante, hay bombas equipadas con cámaras de video, misiles programados para dar en el blanco, propaganda y control absoluto de CNN. Hussein rechazó a los "hackers" holandeses que le ofrecieron, con soporífera gentileza, las bombas que "comen" información. Los ataques vía Internet provocan desastres jamás delatados en los mercados bursátiles. Milmillonarias pérdidas provocadas por retorcidos bytes, no aparecen en los balances de las más grandes y prestigiosas empresas.
Es natural, refiere otra fuente, el empleo de los laboratorios para el entrenamiento militar. Ejercicios controlados por computadoras, alternos a los clásicos juegos de guerra. Se trata de un modelo de simulación computarizado de fuerza contra fuerza, basado en un mapa que permite la localización y movimiento de unidades (http://www-cgse.army.mil/cgse/milrev/spnd/lam.htlm). Los conflictos electorales están georreferenciados y, con suprema razón, aquellos que sueltan tanta sangre electrónica. La infoguerra, con la fatigada abnegación de los "crackers", es cosa vieja.
Ahora bien, advierten los especialistas, la era nuclear dejó hechos trizas todos los objetivos políticos que se resumen en la idea de la victoria, por las razones obvias que implica tamaña detonación para agredidos y agresores. Estas mismas razones, catapultan el empleo de las armas convencionales. Sin embargo, el desarrollo de los misiles epistemológicos, como puede llamarse la utilización de los medios electrónicos para dislocar los valores, principios, ideas, pensamientos y las formas de decidir, debe estar precedido de una correcta doctrina o teoría estratégica, pues, de lo contrario, la superioridad tecnológica se impondrá a ciegas perdiendo la clave de todo esfuerzo: la idea de la victoria. Por lo demás, tratamos de un conflicto que pone en el tablero a las élites. Son los centros de comando y control las piezas fundamentales y las masas, tan importantes a la hora de la creación del Estado Nacional que descartó a los viejos mercenarios, tienden a ceder espacio frente a los nuevos mercenarios, en un tránsito del soldado artesanal al soldado electrónico. Del elemento visible y concreto, a otro: el diluido artillero.
Para el general André Beaufre, "en esta dialéctica de las voluntades, la decisión es un acontecimiento de orden psicológico que se quiere producir en el adversario: convencerle de que emprender o proseguir la lucha es inútil" Introducción a la estrategia. Editorial Rioplatense, Buenos Aires, 1977, página 18). Encontramos en la ciberguerra, según el coronel Richard Szafranski, operacionalmente "es complicar o confundir el proceso de producción de decisiones del oponente para que no pueda obrar o comportarse de un modo coordinado o efectivo" (http://www.cdsar.af.mil/apj-s/sfra.html). Decisión ética, al fin y al cabo, que puede provocar daños colaterales e, ilustración frecuente, si se pretende una campaña que soliviante viejos resentimientos: el caso de un país con minoría alemana en Europa del Este que recibe mensajes malintencionados de un operador estadounidense de origen germano, afectando luego a ambos.
El breve relato de Iliana Gómez esboza un poco la situación, porque el riesgo es de "fluctuar entre las bifurcaciones de la calle como si apenas fuese un hematocrito suspendido en plasma, luchando violentamente contra los demás corpúsculos, recibiendo el vaho pesado de las arterias vecinas, la llamada a pertenecer a otras estructuras, como si un fantasma emergiera de las membranas y le señalara el único camino". Ejercicio de precisión, no sabemos si se hará definitiva realidad la guerra virtual, con la indigestión masiva de las máquinas electrónicas y los bombardeos simulados, a través de hologramas, en las grandes ciudades o cualquier otra cosa digna de imaginarse. Lo importante son los procesos políticos capaces de soportar, procesar, evacuar, la novedad y lograr el equilibrio homeostático de rigor, pues se trata, como los lubricantes o el infrasonido, de la artillería, incluso, no letal.
Puede parecer un motivo de distracción o diversión: tejer circunstancias posibles, armar rompecabezas increíbles, con los aportes de la tecnociencia al fenómeno bélico. Fenómeno que constituye una disciplina, ofrece parámetros, ayuda a la formulación de criterios aun para los más obstinados pacifistas.
Lbarragan@Compuserve.com
Puede verse un ya viejo ejercicio que versa sobre la infoguerra y la postmodernidad: http://www.monografias.com/trabajos6/consi/consi.shtml
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Luis Barragán
MITO Y REALIDAD
EL PAÍS, Madrid, 5 de Junio de 2012
ANÁLISIS
¿Debería preocuparnos la guerra cibernética?
Puede parecer asimétrica, pero que sus armas sean baratas y fácilmente disponible es un mito
Evgeny Morozov
¿Debería preocuparnos la guerra cibernética? A juzgar por el sensacionalismo de algunos titulares de los medios, debería preocuparnos mucho. Al fin y al cabo, la guerra cibernética podría hacer que las guerras se iniciaran más fácilmente y, por lo tanto, las haría más probables.
¿Por qué? En primer lugar, porque la guerra cibernética es asimétrica; al ser barata y destructiva, podría incitar a Estados más débiles a entablar conflictos con Estados más fuertes, precisamente el tipo de conflictos que antes hubieran sido evitados. En segundo lugar, puesto que los ataques cibernéticos son notoriamente difíciles de detectar, sus actores no tienen por qué temer represalias inmediatas y se comportan más agresivamente de lo habitual. En tercer lugar, como es difícil defenderse de los ataques cibernéticos, casi todos los Estados que actúen con lógica preferirán atacar primero. Finalmente, puesto que las armas cibernéticas están rodeadas de secretismo y de incertidumbre, los acuerdos para el control de armas son difíciles de poner en práctica. En otras palabras, más guerra cibernética significa más guerras.
¡No tan deprisa!, nos advierte un reciente y sumamente provocativo artículo de Adam Liff, de Princeton, en el Journal of Strategic Studies. Según Liff, asumir que la guerra cibernética tiene una lógica inherente —una teleología— que siempre daría como resultado un conflicto mayor supone cortedad de miras y no tiene en cuenta las sutilezas propias tanto de la estrategia militar como de las relaciones de poder. En lugar de basar nuestra política cibernética en extravagantes escenarios de películas de ciencia-ficción de segunda fila, debemos pensar en las armas cibernéticas como algo utilizado por actores reales que tienen planes reales, intereses reales y costes reales que pagar si algo se tuerce.
Dada la actual situación geopolítica, Liff no ve razones para el pesimismo alarmista de los más destacados embajadores del complejo ciber-industrial, en particular de Richard Clarke y su best seller de 2010, Cyberwar. Liff llega incluso a exponer diversos escenarios en los que la guerra cibernética, en vez de aumentarlo, haría decrecer el conflicto. Efectivamente: el advenimiento de las armas cibernéticas finalmente podría promover la paz mundial. ¡Hippies del mundo, uníos, y aprended cómo organizar ataques cibernéticos!
Es una tesis atrevida y Liff no rehúye socavar lo que hay de creencia convencional acerca de la guerra cibernética. La guerra cibernética pudiera parecer asimétrica, pero que el armamento cibernético avanzado sea barato y fácilmente disponible es un mito; desarrollarlo requiere gran cantidad de recursos, de tiempo y de secretismo operacional. Unos ejecutores débiles no están realmente capacitados para llevar a cabo ataques prolongados que puedan inutilizar las infraestructuras de unos sistemas bien defendidos.
Estos ataques solo tienen sentido si se respaldan con armas convencionales
Pero incluso si lo estuvieran probablemente optarían por no entablar una guerra cibernética: una ofensiva de ese tipo por parte de Estados más débiles solo tiene sentido si estos pueden respaldar su poderío digital con armas convencionales. De no ser así, podrían ser barridos por la respuesta militar convencional del Estado más fuerte. Ello explica por qué Somalia o Tayikistán probablemente no vayan a emprender una guerra cibernética contra Estados Unidos en un futuro inmediato; cualquiera que fuera el daño cibernético que pudieran causar mediante sus ciberataques sería rápidamente objeto de represalias mediante armas convencionales.
Tampoco los Estados que emprendieran una guerra cibernética serían necesariamente conocedores de las consecuencias reales de sus propios ciberataques. Incluso ejecutores avanzados como EE UU podrían no tener claras las probabilidades de éxito de semejantes ataques; el riesgo de daños autoinfligidos es alto mientras los ciberataques puedan desalojar involuntariamente del tablero a bienes rentables (como una infraestructura bancaria del enemigo). Tal incertidumbre pudiera ser el mejor de los elementos disuasorios.
Como señala Liff, es fácil entender que unos actores que actúen con lógica preferirán aprovecharse de la vulnerabilidad cibernética de cada cual y no emprender una costosa guerra cibernética si pueden dar con otros modos, más baratos, de solucionar su conflicto. A este respecto, la disponibilidad de armas cibernéticas, cualquiera que sea su real potencial destructivo, podría permitir realmente a Estados más débiles tener más oportunidades frente a adversarios más fuertes, quizá incluso evitando el conflicto.
Asimismo, no debiéramos olvidar que las guerras consisten primordialmente en coacción y que es difícil coaccionar a otros actores para que se comporten de acuerdo con las exigencias de uno sin reivindicar el daño causado a sus pertenencias. Sí, los ataques cibernéticos pueden ser difíciles de detectar, pero cualquier gobierno que los utilice con la idea de conseguir que otros gobiernos actúen de acuerdo con sus deseos querrá también reivindicar esos ataques como propios. (La razón por la que Rusia no reivindicó su responsabilidad por los ciberataques en Estonia, en 2007, y Georgia en 2008 se debe a que esos ataques fueron mayormente intrascendentes; un acto de mero hacktivismo en el primer caso y un aspecto colateral de la guerra en curso en el segundo).
Quizá se deba a que los terroristas sean más partidarios del anonimato pero lo cierto es que en la década transcurrida desde el 11-S ningún grupo terrorista ha tenido mucho éxito en causar serios trastornos a una infraestructura civil o militar; para un grupo como Al Qaeda, los costes de conseguirlo son demasiado altos, al tiempo que no existe garantía alguna de que esa campaña de ciber-terrorismo resulte tan espectacular como el hacer estallar una bomba en una concurrida plaza pública.
Además de rebatir ese reciente pánico moral a la amenaza de la guerra cibernética, Liff se extiende acerca de los peligros de asumir que las tecnologías (incluidas las armas) posean unas propiedades esenciales e inalienables, dotadas del mismo efecto coherente —y, sin embargo, revolucionario— dondequiera que se empleen. Liff no cree que la guerra cibernética sea revolucionaria, y argumenta hábilmente que el efecto neto de la guerra cibernética sobre la probabilidad de (crear un) conflicto depende de la naturaleza de los actores involucrados, de su relativo poder de negociación y de la cantidad de información fiable que tengan sobre los demás. “En muchos casos”, apunta Liff, “[la guerra cibernética] no es probable que haga aumentar de modo significativo la presunta utilidad de una guerra entre actores que de otro modo no la entablarían. Es más, en determinadas circunstancias la aptitud para la guerra cibernética paradójicamente podría ser más útil como disuasión frente a unos adversarios convencionalmente superiores, reduciendo de ese modo la probabilidad de guerra”.
Como señala Liff, los analistas militares de anteriores generaciones estaban tan dispuestos a proclamar que los bombardeos estratégicos y la bomba atómica eran “armas absolutas” que se vieron obligados a revolucionar la estrategia militar. Es innegable que tanto el poderío aéreo como la bomba atómica han tenido un profundo efecto sobre la naturaleza del conflicto militar; sin embargo, su lógica inherente (por ejemplo, la idea de que la guerra aérea no admite la defensa, sino solamente el ataque) ha sido considerablemente mitigada por las limitaciones y las consideraciones políticas, sociales y económicas de los actores que los poseyeron. El poder aéreo no siempre se tradujo claramente en poder político.
El riesgo de daños autoinfligidos es alto. Tal incertidumbre pudiera ser el mejor de los elementos disuasorios
Aquí la utilidad de la lección reside en que las explicaciones teleológicas del cambio tecnológico rara vez ofrecen agudas perspectivas analíticas; con demasiada frecuencia dan como resultado un pensamiento confuso y una mala política. Y, sin embargo, ese pensamiento teleológico acerca de la tecnología es hoy preponderante. Del mismo modo que está de moda creer que la guerra cibernética es intrínsecamente perjudicial para la seguridad internacional y la paz mundial, está igualmente de moda creer que las redes sociales son intrínsecamente perjudiciales para los dictadores o que los filtros online son intrínsecamente perjudiciales para el hallazgo casual y el debate público. El mundo real, por supuesto, no es nunca tan maleable y nítido; evita esas teorizaciones teleológicas precipitadas y hace que las tecnologías asuman los papeles y funciones de los que nadie espera que se encarguen.
De este modo, cualquiera que sea la lógica inherente a las armas cibernéticas, las redes sociales o los filtros online, esa lógica inevitablemente se modifica en el momento en que tales herramientas encuentran su camino hacia el que cualquier régimen político, social y cultural guíe su uso en la práctica. Es así como las armas cibernéticas acaban promoviendo la paz, las redes sociales acaban fortaleciendo el totalitarismo y los filtros online acaban mejorando el hallazgo de información. Tal vez no seamos siempre capaces de predecir tales efectos con anticipación, pero cuanto más tiempo nos sigamos ateniendo a explicaciones teleológicas menores serán las probabilidades de que desarrollemos unas mejores estructuras para el análisis tecnológico y la toma de decisiones.
Evgeny Morozov es profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation.
Traducción de Juan Ramón Azaola.
Ilustración: Dumont (El Universal, Caracas, 06/06/12). Y, aunque ella se refiere a la actualidad política venezolana, se nos antoja como ideal para ventilar el tema de Morozov.
ANÁLISIS
¿Debería preocuparnos la guerra cibernética?
Puede parecer asimétrica, pero que sus armas sean baratas y fácilmente disponible es un mito
Evgeny Morozov
¿Debería preocuparnos la guerra cibernética? A juzgar por el sensacionalismo de algunos titulares de los medios, debería preocuparnos mucho. Al fin y al cabo, la guerra cibernética podría hacer que las guerras se iniciaran más fácilmente y, por lo tanto, las haría más probables.
¿Por qué? En primer lugar, porque la guerra cibernética es asimétrica; al ser barata y destructiva, podría incitar a Estados más débiles a entablar conflictos con Estados más fuertes, precisamente el tipo de conflictos que antes hubieran sido evitados. En segundo lugar, puesto que los ataques cibernéticos son notoriamente difíciles de detectar, sus actores no tienen por qué temer represalias inmediatas y se comportan más agresivamente de lo habitual. En tercer lugar, como es difícil defenderse de los ataques cibernéticos, casi todos los Estados que actúen con lógica preferirán atacar primero. Finalmente, puesto que las armas cibernéticas están rodeadas de secretismo y de incertidumbre, los acuerdos para el control de armas son difíciles de poner en práctica. En otras palabras, más guerra cibernética significa más guerras.
¡No tan deprisa!, nos advierte un reciente y sumamente provocativo artículo de Adam Liff, de Princeton, en el Journal of Strategic Studies. Según Liff, asumir que la guerra cibernética tiene una lógica inherente —una teleología— que siempre daría como resultado un conflicto mayor supone cortedad de miras y no tiene en cuenta las sutilezas propias tanto de la estrategia militar como de las relaciones de poder. En lugar de basar nuestra política cibernética en extravagantes escenarios de películas de ciencia-ficción de segunda fila, debemos pensar en las armas cibernéticas como algo utilizado por actores reales que tienen planes reales, intereses reales y costes reales que pagar si algo se tuerce.
Dada la actual situación geopolítica, Liff no ve razones para el pesimismo alarmista de los más destacados embajadores del complejo ciber-industrial, en particular de Richard Clarke y su best seller de 2010, Cyberwar. Liff llega incluso a exponer diversos escenarios en los que la guerra cibernética, en vez de aumentarlo, haría decrecer el conflicto. Efectivamente: el advenimiento de las armas cibernéticas finalmente podría promover la paz mundial. ¡Hippies del mundo, uníos, y aprended cómo organizar ataques cibernéticos!
Es una tesis atrevida y Liff no rehúye socavar lo que hay de creencia convencional acerca de la guerra cibernética. La guerra cibernética pudiera parecer asimétrica, pero que el armamento cibernético avanzado sea barato y fácilmente disponible es un mito; desarrollarlo requiere gran cantidad de recursos, de tiempo y de secretismo operacional. Unos ejecutores débiles no están realmente capacitados para llevar a cabo ataques prolongados que puedan inutilizar las infraestructuras de unos sistemas bien defendidos.
Estos ataques solo tienen sentido si se respaldan con armas convencionales
Pero incluso si lo estuvieran probablemente optarían por no entablar una guerra cibernética: una ofensiva de ese tipo por parte de Estados más débiles solo tiene sentido si estos pueden respaldar su poderío digital con armas convencionales. De no ser así, podrían ser barridos por la respuesta militar convencional del Estado más fuerte. Ello explica por qué Somalia o Tayikistán probablemente no vayan a emprender una guerra cibernética contra Estados Unidos en un futuro inmediato; cualquiera que fuera el daño cibernético que pudieran causar mediante sus ciberataques sería rápidamente objeto de represalias mediante armas convencionales.
Tampoco los Estados que emprendieran una guerra cibernética serían necesariamente conocedores de las consecuencias reales de sus propios ciberataques. Incluso ejecutores avanzados como EE UU podrían no tener claras las probabilidades de éxito de semejantes ataques; el riesgo de daños autoinfligidos es alto mientras los ciberataques puedan desalojar involuntariamente del tablero a bienes rentables (como una infraestructura bancaria del enemigo). Tal incertidumbre pudiera ser el mejor de los elementos disuasorios.
Como señala Liff, es fácil entender que unos actores que actúen con lógica preferirán aprovecharse de la vulnerabilidad cibernética de cada cual y no emprender una costosa guerra cibernética si pueden dar con otros modos, más baratos, de solucionar su conflicto. A este respecto, la disponibilidad de armas cibernéticas, cualquiera que sea su real potencial destructivo, podría permitir realmente a Estados más débiles tener más oportunidades frente a adversarios más fuertes, quizá incluso evitando el conflicto.
Asimismo, no debiéramos olvidar que las guerras consisten primordialmente en coacción y que es difícil coaccionar a otros actores para que se comporten de acuerdo con las exigencias de uno sin reivindicar el daño causado a sus pertenencias. Sí, los ataques cibernéticos pueden ser difíciles de detectar, pero cualquier gobierno que los utilice con la idea de conseguir que otros gobiernos actúen de acuerdo con sus deseos querrá también reivindicar esos ataques como propios. (La razón por la que Rusia no reivindicó su responsabilidad por los ciberataques en Estonia, en 2007, y Georgia en 2008 se debe a que esos ataques fueron mayormente intrascendentes; un acto de mero hacktivismo en el primer caso y un aspecto colateral de la guerra en curso en el segundo).
Quizá se deba a que los terroristas sean más partidarios del anonimato pero lo cierto es que en la década transcurrida desde el 11-S ningún grupo terrorista ha tenido mucho éxito en causar serios trastornos a una infraestructura civil o militar; para un grupo como Al Qaeda, los costes de conseguirlo son demasiado altos, al tiempo que no existe garantía alguna de que esa campaña de ciber-terrorismo resulte tan espectacular como el hacer estallar una bomba en una concurrida plaza pública.
Además de rebatir ese reciente pánico moral a la amenaza de la guerra cibernética, Liff se extiende acerca de los peligros de asumir que las tecnologías (incluidas las armas) posean unas propiedades esenciales e inalienables, dotadas del mismo efecto coherente —y, sin embargo, revolucionario— dondequiera que se empleen. Liff no cree que la guerra cibernética sea revolucionaria, y argumenta hábilmente que el efecto neto de la guerra cibernética sobre la probabilidad de (crear un) conflicto depende de la naturaleza de los actores involucrados, de su relativo poder de negociación y de la cantidad de información fiable que tengan sobre los demás. “En muchos casos”, apunta Liff, “[la guerra cibernética] no es probable que haga aumentar de modo significativo la presunta utilidad de una guerra entre actores que de otro modo no la entablarían. Es más, en determinadas circunstancias la aptitud para la guerra cibernética paradójicamente podría ser más útil como disuasión frente a unos adversarios convencionalmente superiores, reduciendo de ese modo la probabilidad de guerra”.
Como señala Liff, los analistas militares de anteriores generaciones estaban tan dispuestos a proclamar que los bombardeos estratégicos y la bomba atómica eran “armas absolutas” que se vieron obligados a revolucionar la estrategia militar. Es innegable que tanto el poderío aéreo como la bomba atómica han tenido un profundo efecto sobre la naturaleza del conflicto militar; sin embargo, su lógica inherente (por ejemplo, la idea de que la guerra aérea no admite la defensa, sino solamente el ataque) ha sido considerablemente mitigada por las limitaciones y las consideraciones políticas, sociales y económicas de los actores que los poseyeron. El poder aéreo no siempre se tradujo claramente en poder político.
El riesgo de daños autoinfligidos es alto. Tal incertidumbre pudiera ser el mejor de los elementos disuasorios
Aquí la utilidad de la lección reside en que las explicaciones teleológicas del cambio tecnológico rara vez ofrecen agudas perspectivas analíticas; con demasiada frecuencia dan como resultado un pensamiento confuso y una mala política. Y, sin embargo, ese pensamiento teleológico acerca de la tecnología es hoy preponderante. Del mismo modo que está de moda creer que la guerra cibernética es intrínsecamente perjudicial para la seguridad internacional y la paz mundial, está igualmente de moda creer que las redes sociales son intrínsecamente perjudiciales para los dictadores o que los filtros online son intrínsecamente perjudiciales para el hallazgo casual y el debate público. El mundo real, por supuesto, no es nunca tan maleable y nítido; evita esas teorizaciones teleológicas precipitadas y hace que las tecnologías asuman los papeles y funciones de los que nadie espera que se encarguen.
De este modo, cualquiera que sea la lógica inherente a las armas cibernéticas, las redes sociales o los filtros online, esa lógica inevitablemente se modifica en el momento en que tales herramientas encuentran su camino hacia el que cualquier régimen político, social y cultural guíe su uso en la práctica. Es así como las armas cibernéticas acaban promoviendo la paz, las redes sociales acaban fortaleciendo el totalitarismo y los filtros online acaban mejorando el hallazgo de información. Tal vez no seamos siempre capaces de predecir tales efectos con anticipación, pero cuanto más tiempo nos sigamos ateniendo a explicaciones teleológicas menores serán las probabilidades de que desarrollemos unas mejores estructuras para el análisis tecnológico y la toma de decisiones.
Evgeny Morozov es profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation.
Traducción de Juan Ramón Azaola.
Ilustración: Dumont (El Universal, Caracas, 06/06/12). Y, aunque ella se refiere a la actualidad política venezolana, se nos antoja como ideal para ventilar el tema de Morozov.
lunes, 30 de mayo de 2011
CAÑÓN DE BYTES

EL NACIONAL, Caracas, 26 de Septiembre de 1998 / OPINION
El diluido artillero
Luis Barragán
"Toda la vida se había negado a
aceptar la verdad. Que era una
máquina de hacer pensamientos.
Desde que recordaba haber entendido,
se había empeñado en recoger
las críticas y sacarles fotocopias"
Iliana Gómez
(Confidencias del cartabón)
No debe impresionar que la informática sirva a los fines bélicos más elementales. Desde lanzar un monitor a la cabeza de alguien hasta celebrar un bombardeo masivo de correos electrónicos. Mercedes Molist, en un artículo cuyo título se explica por sí mismo, "Internet, arma de guerra" (http://www.partal.com/web/mayo/artículos.html), abre un buen abanico de posibilidades. Por supuesto, con la Guerra del Golfo por delante, hay bombas equipadas con cámaras de video, misiles programados para dar en el blanco, propaganda y control absoluto de CNN. Hussein rechazó a los "hackers" holandeses que le ofrecieron, con soporífera gentileza, las bombas que "comen" información. Los ataques vía Internet provocan desastres jamás delatados en los mercados bursátiles. Milmillonarias pérdidas provocadas por retorcidos bytes, no aparecen en los balances de las más grandes y prestigiosas empresas.
Es natural, refiere otra fuente, el empleo de los laboratorios para el entrenamiento militar. Ejercicios controlados por computadoras, alternos a los clásicos juegos de guerra. Se trata de un modelo de simulación computarizado de fuerza contra fuerza, basado en un mapa que permite la localización y movimiento de unidades (http://www-cgse.army.mil/cgse/milrev/spnd/lam.htlm). Los conflictos electorales están georreferenciados y, con suprema razón, aquellos que sueltan tanta sangre electrónica. La infoguerra, con la fatigada abnegación de los "crackers", es cosa vieja.
Ahora bien, advierten los especialistas, la era nuclear dejó hechos trizas todos los objetivos políticos que se resumen en la idea de la victoria, por las razones obvias que implica tamaña detonación para agredidos y agresores. Estas mismas razones, catapultan el empleo de las armas convencionales. Sin embargo, el desarrollo de los misiles epistemológicos, como puede llamarse la utilización de los medios electrónicos para dislocar los valores, principios, ideas, pensamientos y las formas de decidir, debe estar precedido de una correcta doctrina o teoría estratégica, pues, de lo contrario, la superioridad tecnológica se impondrá a ciegas perdiendo la clave de todo esfuerzo: la idea de la victoria. Por lo demás, tratamos de un conflicto que pone en el tablero a las élites. Son los centros de comando y control las piezas fundamentales y las masas, tan importantes a la hora de la creación del Estado Nacional que descartó a los viejos mercenarios, tienden a ceder espacio frente a los nuevos mercenarios, en un tránsito del soldado artesanal al soldado electrónico. Del elemento visible y concreto, a otro: el diluido artillero.
Para el general André Beaufre, "en esta dialéctica de las voluntades, la decisión es un acontecimiento de orden psicológico que se quiere producir en el adversario: convencerle de que emprender o proseguir la lucha es inútil" Introducción a la estrategia. Editorial Rioplatense, Buenos Aires, 1977, página 18).
Encontramos en la ciberguerra, según el coronel Richard Szafranski, operacionalmente "es complicar o confundir el proceso de producción de decisiones del oponente para que no pueda obrar o comportarse de un modo coordinado o efectivo" (http://www.cdsar.af.mil/apj-s/sfra.html). Decisión ética, al fin y al cabo, que puede provocar daños colaterales e, ilustración frecuente, si se pretende una campaña que soliviante viejos resentimientos: el caso de un país con minoría alemana en Europa del Este que recibe mensajes malintencionados de un operador estadounidense de origen germano, afectando luego a ambos.
El breve relato de Iliana Gómez esboza un poco la situación, porque el riesgo es de "fluctuar entre las bifurcaciones de la calle como si apenas fuese un hematocrito suspendido en plasma, luchando violentamente contra los demás corpúsculos, recibiendo el vaho pesado de las arterias vecinas, la llamada a pertenecer a otras estructuras, como si un fantasma emergiera de las membranas y le señalara el único camino". Ejercicio de precisión, no sabemos si se hará definitiva realidad la guerra virtual, con la indigestión masiva de las máquinas electrónicas y los bombardeos simulados, a través de hologramas, en las grandes ciudades o cualquier otra cosa digna de imaginarse. Lo importante son los procesos políticos capaces de soportar, procesar, evacuar, la novedad y lograr el equilibrio homeostático de rigor, pues se trata, como los lubricantes o el infrasonido, de la artillería, incluso, no letal.
Puede parecer un motivo de distracción o diversión: tejer circunstancias posibles, armar rompecabezas increíbles, con los aportes de la tecnociencia al fenómeno bélico. Fenómeno que constituye una disciplina, ofrece parámetros, ayuda a la formulación de criterios aun para los más obstinados pacifistas.
Lbarragan@Compuserve.com
Ilustración: Richard Woods
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Richard Wodds
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