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viernes, 13 de diciembre de 2019

LOS CABALLERO EL 'XX

Manuel Caballero, confesión y testimonio del siglo XX
Sin límites ni camisas de fuerza escribió sobre un siglo que sufrió y gozó a plenitud, no sólo desde la visión objetiva de un erudito, sino desde la pasión de un espectador en primera fila. Siempre rebelde, disidente y crítico
Jesús Piñero

«Yo escribo como periodista, pero tacho como historiador». Una frase que sintetiza la labor de Manuel Caballero, quien traspasó y hasta rompió las barreras entre un oficio y otro. Un referente de su tiempo y, por antonomasia, un hombre de la Venezuela del siglo XX. Lo vivió en su esplendor: nació con Gómez (1931), el último vestigio del siglo XIX, y murió con Chávez (12 de diciembre de 2010), la obertura del siglo XXI. Pero, más que eso, también se dedicó a estudiarlo con ojos de testigo e intelectual. Sus polémicos escritos lo demuestran; pero también su boina azul, símbolo de la Generación de 1928 y de lo que considera la invención de la política.

Cuando Venezuela entra al siglo XX, Manuel Caballero tiene cuatro años. Esto si estamos de acuerdo con Mariano Picón Salas y eso de que “Venezuela entró al siglo XX en 1936”. Hoy, una afirmación debatida, sobre todo cuando se reivindica la formación del Estado durante el gomecismo. Manuel está en medio de la polémica, como siempre. Vino al mundo 32 años después de la Revolución Liberal Restauradora y cuatro años antes de la muerte de Gómez. Una catástrofe para su oficio como periodista, pero toda una fortuna para su profesión de historiador. Lo primero por lo que significa opinar en un país de tradición autoritaria; y la segunda porque fue testigo de los sucesos que definieron el presente.

Pero ahora, siendo optimistas y tras 20 años de la culminación de aquella centuria, haber nacido en esa bisagra histórica le permitió vivir en Las Venezuelas del siglo XX, un título que, además, y no es casualidad, le da nombre a un libro suyo publicado en 1988. Porque la Caracas que lo vio nacer el cinco de diciembre de 1931 no es la misma que lo recibió de vuelta en 1950, cuando regresó de Barquisimeto para estudiar en la Universidad Central de Venezuela. Tampoco es igual a la de 1952, que lo vio protestar contra la dictadura perezjimenista y lo despidió al exilio. N imucho menos es la que lo recibe en 1958, cuando vuelve la democracia. Allí por lo menos hay cuatro países distintos, todos en un mismo espacio.

El mismo Caballero da testimonio de ello en su ensayo Maldición y elogio del siglo XX: “Así, decir que nací en diciembre de 1931 sólo tiene un interés personal (y hasta para los más vanidosos, secreto). En cambio, es una buena forma de inscribir un destino personal en el colectivo, decir que nací cuando la revolución rusa tenía catorce años y se había asentado en su lugar el totalitarismo estaliniano; que nací a tres años de la crisis de la ideología venezolana de 1928 y a dos de la económica mundial; que cuando no tenía apenas un año llegaban al poder Hitler y Roosevelt; y que cuando cumplía cuatro años, estalló una de las crisis más fructíferas de nuestro siglo XX venezolano, el 14 de febrero de 1936”.

“Él se levantaba muy temprano a escribir, era un escritor prolífico. Cuando no era la columna para El Universal, era un ensayo, un libro, una reflexión, cualquier cosa”

Caraqueño por casualidad

“Él se levantaba muy temprano a escribir, era un escritor prolífico. Cuando no era la columna para El Universal, era un ensayo, un libro, una reflexión, cualquier cosa”, cuentaVanessa Peña Rojas, su biógrafa, autora de Manuel Caballero, militante de la disidencia. Después, Manuel desayunaba y, por ser diabético, sólo ingería los alimentos permitidos junto con las medicinas. La mañana transcurría entre la escritura, la comida y el gimnasio, una rutina diaria de ejercicio físicos que exigía la enfermedad. “Era muy sedentario, pasaba la tarde recibiendo a alguna visita, tenía una hamaca en el balcón de su casa y se acostaba temprano”, dice Peña. Pero cuando se obsesionaba por un libro, se trasnochaba escribiendo.

Manuel era el menor de los cuatro hijos que tuvieron Francisco Javier Caballero y María Antonieta Agüero. Su nacimiento en Caracas fue casual. La pareja se encontraba en la capital por asuntos de trabajo, y a doña María Antonieta se le ocurrió parir en una casa cerca de la esquina de Los Cipreses, en el centro de la urbe. Fue en ese seno familiar, trasladado a Barquisimeto, donde siempre le llevaba la contraria a todo el mundo. Allí se gestó el gran polemista en el que se convirtió después. “A Manuel le gustaba ser el centro de las reuniones, el eje de las tertulias, pero sus amigos nos acostumbramos a ese afán y le hacíamos bromas”, comenta Elías Pino Iturrieta, su amigo cercano y colega universitario.

En 1979, cuando se encontraba en Atenas, vio a la mujer que le cambió la vida: la poeta Hanni Ossott, caraqueña y ucevista como él. El romance comenzó en la cuna de Occidente y siguió hacia Londres donde, meses después, se casaron finalmente. Nunca tuvieron hijos, pero sí un gato llamado Ulises. Ossott falleció el 31 de diciembre de 2002, su legado fueron las cartas y poemas que le escribía, muestra de que la literatura fue cómplice de su amor. Manuel no era meloso, aunque sí un poco cascarrabias, pero sus amigos aprendieron a vivir con eso. Rafael Cadenas se encuentra entre ellos, compañero de la infancia y de la militancia política. Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas también eran parte del grupo.

Era, ni más ni menos, antimilitarista, porque fueron las armas las que sacaron de Miraflores al primer presidente electo democráticamente, Rómulo Gallegos.

Ni izquierda, ni derecha

A finales de 1948, Venezuela padece la réplica del terremoto que significó el 18 de octubre de 1945, momento en el que las últimas ruinas del gomecismo se vinieron abajo. En la noche del 24 de noviembre, un golpe de Estado derrocó el ensayo democrático de tres años, tutelado por Acción Democrática. El suceso sorprendió a Manuel Caballero en Valencia, donde terminaba su bachillerato, y lo empujó de forma insoslayable al espectro político e ideológico. Pero su posición nunca estuvo dentro de lo convencional: no era de izquierda, ni tampoco de derecha. Era, ni más ni menos, antimilitarista, porque fueron las armas las que sacaron de Miraflores al primer presidente electo democráticamente, Rómulo Gallegos.

Su reflexión siguió con vigencia 44 años después, el 4 de febrero de 1992, cuando el teniente coronel Hugo Chávez atentó contra las instituciones. Entonces, Caballero escribió: “El peor de los gobiernos civiles es mejor que el mejor de los gobiernos militares”. Desde su concepción, tanto la derecha como la izquierda pueden llegar a lo peor de sus extremos: el militarismo.

A esta tendencia se opuso desde que estudiaba en bachillerato, primero en Barquisimeto y después en Valencia. La efervescencia de la Revolución de Octubre embriagó a los jóvenes estudiantes y los arrojó a la política, casi todos a la mayor plataforma electoral de esa época: el partido Acción Democrática y a la juventud comunista.

Desde las filas de la militancia partidista, Manuel enfrentó contundentemente los sucesos políticos ocurridos en 1948, 1950 y 1952, más este último, que representó un momento crucial para su destino, porque fue durante ese año cuando salió exiliado por intentar tomar la universidad, entonces ubicada en el actual Palacio de las Academias.

Afuera tampoco se quedó tranquilo, participó en varios proyectos contra la dictadura y aprovechó para conocer el mundo con la moda de ser comunista. Al regresar, su repudio a las armas quedó a un lado porque quiso ser parte de la guerrilla de los sesenta, pero no lo consiguió. Entendía lo que eso implicaba, pero la desobediencia es necesaria en democracia. Tras la pacificación, entró al partido Movimiento Al Socialismo que fundaron Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez, con el que fue electo diputado ante el Congreso.

El orgullo de escribir

Aunque Caballero comenzó en las andanzas de las letras desde muy joven, fue el periodismo el oficio que le abrió las puertas a la escritura, de allí su frase: “Escribo como periodista, pero tacho como historiador”.

No fue un periodista titulado, abocado a informar, sino más bien militante, a favor de una causa: la del partido. Y es que en ese momento no se podía estar mirando al techo, la democracia vivía su primer reto, contenía a la guerrilla. Por eso, sus flancos tenían nombre y apellido: Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Rafael Caldera. “No lo debemos olvidar como columnista de opinión. Se regocijaba en su rol de opinador. Fue de los más aguerridos y leídos en El Nacional y en El Universal”, dice Pino Iturrieta.

“A Manuel le gustaba ser el centro de las reuniones, el eje de las tertulias, pero sus amigos nos acostumbramos a ese afán y le hacíamos bromas”

Su faceta como periodista es debatida por muchos y reconocida por otros. Sus trabajos en Documentos políticos, La Pava Macha y el diario Clarín, pese a que tenían una evidente carga política, demostraban la irreverencia de los medios ante la autoridad. “La democracia existe desde el momento en que la sociedad desarrolla y conserva la capacidad y sobre todo la voluntad de cuestionarla”, escribió en uno de los ensayos del libro Contra la abolición de la historia. Su trabajo periodístico, además, estuvo enfocado en la fuente política, social y cultural, eso se evidencia con los artículos que conforman libros como El orgullo de leer, La peste militar y Polémicas y otras formas de escritura, entre otros de la Editorial Alfa.

Ulises Milla, director de la Editorial Alfa, considera que Manuel Caballero era un autor muy fácil, flexible y condescendiente con las sugerencias de la editorial. “El único problema que teníamos con él era gestionar la enorme cantidad de proyectos e ideas que nos proponía cada mes, cada semana y, a veces, ¡diariamente!”.

El ensayo era su fuerte, para muestra su obra publicada. “Independientemente del tema de estudio, al escribir su objetivo siempre fue poder comunicar con la mayor eficacia posible, una virtud que supo poner al servicio de su vocación periodística”, dice el editor. Cada encuentro y almuerzo que compartían era una fiesta de chanzas y carcajadas, de vastísima cultura e inquebrantable rigor intelectual.

“La democracia existe desde el momento en que la sociedad desarrolla y conserva la capacidad y sobre todo la voluntad de cuestionarla”

La pasión de comprender

Manuel Caballero equilibró dos oficios que, si bien no son opuestos, mantienen distancias importantes: el periodismo y la historia. “Su estilo periodístico certero, apresurado y con chispa, que usó para librar las peleas de la política, pasó a ser más cuidado en sus libros de historia”, cuenta la historiadora María Elena González Deluca.

El rigor, la teoría y práctica de la historia marcan de forma indeleble sus aportes, por eso, trabajos como Gómez, el tirano liberal, Rómulo Betancourt, político de nación y La Internacional Comunista y la revolución latinoamericana son pilares importantes dentro de la historiografía nacional. Y no es jactancia: en 450 años, fue el primer venezolano publicado por la Universidad de Cambridge, Inglaterra.

Su trabajo no pasa desapercibido cuando se estudia la centuria pasada. “Cuando yo ingresé a la Escuela de Historia, Manuel Caballero era su director. Él era un profesor extraordinario, con una densidad y una calidad expositiva impecable”, comenta la historiadora Inés Quintero, quien fue su alumna en la materia Historia de las Ideas Políticas y Sociales de la UCV, clase en la que había una amplísima participación de los estudiantes. “No era una cosa lineal ni magistral, sino debatir y discutir, y esa fue una de las grandes enseñanzas que me dejó”. Lo recuerda como un profesor exigente, “sin contemplaciones. Manuel exigía que uno le dejara un doble margen a la página, para él poder poner los comentarios de los exámenes”.

González Deluca, por su parte, prosigue diciendo que Manuel no disfrutaba del todo su rol como profesor: “No le gustaba la formalidad del ejercicio. Tampoco se llevaba bien con el discurso oral ordenado y claro del buen docente, aunque siempre se destacaba cuando de hablar en público se trataba”. Para ella, eso no es lo que mejor lo define, cosa que no pasaba con la escritura, pues: “ahí sí se sentía cómodo, era su forma de comunicación preferida, lo que mejor se le daba y se le había dado en su vida”.

Manuel Caballero nunca dejó de escribir, ni siquiera cuando se jubiló como profesor. Y aunque ya tenía un doctorado, seguía en medio de la polémica: jamás parpadeó en su posición contra toda revolución, reacción y falsificación, et alia.

Fuente:

sábado, 8 de agosto de 2015

MANIFESTACIÓN

SOL DE MARGARITA, 6 de agosto de 2015
Aliño compuesto
El legado del profesor de historia
Manuel Narváez 

Baudilio Rodríguez, fue mi profesor de historia universal en segundo año de bachillerato. Era un personaje de maneras algo extravagantes, pero muy buen conocedor de su materia; a él debo el hábito de escrutar el pasado para tratar de entender mejor el presente. Chucho Indriago también fue su alumno y suele recordarlo al comenzar sus análisis, con la siguiente frase: "como decía Ballillo: todo hecho tiene antecedentes, causas y consecuencias".
Aplicando el "método Ballillo" a las colas, a la escasez y al aumento de precios que nos agobian, encontramos que el antecedente más relevante de esta dolorosa tragedia nacional, es la solicitud del millardito que hizo el presidente Chávez al BCV. El argumento parecía impecable: para qué tantos dólares ociosos, si existen tantas necesidades en el país. Desafortunadamente, de eso se trata el populismo, de manipular realidades complejas para presentarlas falazmente en frases simples que cautivan el imaginario de las mentes sencillas.
Por su parte, la causa de estos hechos es la pérdida de autonomía del BCV. La misión de los bancos centrales de cualquier país del mundo, es garantizar estabilidad de precios y solidez de la moneda; pero en el nuestro, Chávez convirtió al BCV en su caja chica particular. Definía a su antojo lo que consideraba "nivel adecuado de reservas" y exigía la entrega de los "dólares excedentarios" para gastarlos al ritmo febril de las puntadas de su imaginación.
Finalmente destaco tres de las consecuencias de este drama. En primer lugar el brutal empobrecimiento colectivo: los carros se dañan y no podemos repararlos, libros, cine, restaurantes, son inasequibles; también los huevos a más de setecientos y la carne a más de mil. En segundo término, la destrucción del músculo productivo del país, con su carga de desempleo. La tercera se manifestará fatalmente el 6 de diciembre: la clamorosa derrota electoral del gobierno.

sábado, 1 de agosto de 2015

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Gabriel Otáñez. "Bolívar jefe militar". El Universal, Caracas, 29/08/1983.
- Pompeyo Márquez. "Un tema diario: La historia de Venezuela". Tribuna Popular, Caracas, 07/01/50.
- Mariano Picón-Salas. "Andar a pie". El Nacional, Caracas, 02/09/52.
- José Vicente Rangel. "El tema militar". Vea y Lea, Caracas, nr. 32 del 25/05/70.

Reproducción: El Nacional, Caracas, 01/07/1948.

martes, 17 de marzo de 2015

ABRIDORES DE CAMINOS

Breve entrevista a un novel historiador venezolano (1): José Alberto Olivar
Carlos Balladares

La idea de entrevistar jóvenes y/o noveles historiadores venezolanos nos animaba desde hace un tiempo. Porque consideramos que hay una nueva generación que viene trabajando relativamente en silencio o con poca publicidad. La idea es sacarlos a la luz, en especial en esos aspectos que son menos conocidos: sus carreras, el origen de su vocación y cómo enfrentan el reto de ser historiadores en tiempos tan duros para esta profesión.
Para nosotros es un honor y una alegría comenzar este espacio de todos los viernes y sábados (dependiendo de la extensa de la entrevista), con el buen amigo y excelente historiador: José Alberto Olivar, el cual por cierto, no sabemos si llamarlo novel porque ya tiene tiempo desde que comenzó a publicar y ha hecho presencia en la Academia y los medios de comunicación. En todo caso es muy joven para todo lo que ha hecho dentro de la comunidad de historiadores. Desde acá nuestro sincero agradecimiento por darnos parte de su valioso tiempo.
A José Alberto lo conozco desde hace 8 años cuando fue mi profesor en la Maestría de Historia de Venezuela de la UCAB. Desde ese entonces nos hemos mantenido en contacto y le estoy agradecido, no solo por su amistad, sino por animarme a escribir y publicar. José Alberto es ejemplo de disciplina y pasión por la historia, buen padre y esposo; pero especialmente es un ser humano excepcional porque no ha caído en la soberbia que algunos padecen en el medio académico e intelectual.
A todos los lectores les pedimos sus críticas e ideas para mejorar este espacio, y a los noveles y jóvenes historiadores les rogamos su tiempo para formar parte de los entrevistados. Este espacio es de ustedes también.
Breves entrevistas a noveles historiadores venezolanos (1): José Alberto Olivar
1. Resumen de su vida como historiador: (ciudad de nacimiento, año), ciudad donde vive actualmente, pregrado, postgrado, docencia, investigación, publicaciones.
Nací un 5 de julio de 1976 en el hospital del Algodonal, parroquia Antímano de la ciudad de Caracas. Mi infancia y adolescencia transcurrió en el eje Guarenas-Guatire. Antes de ser Historiador, me formé como Técnico Medio en Electricidad en la Escuela Técnica Industrial Rubén González de Guarenas. En 1994 ingresé a estudiar la carrera de Profesor en Geografía e Historia en el Instituto Pedagógico de Miranda José Manuel Siso Martínez, lo hice dado que las asignaturas donde me destaqué como estudiante fueron justamente las de Historia y porque desde los 15 años ya tenía afición por la lectura de libros sobre Historia de Venezuela del siglo XX. Me gradué en junio del año 2000, como primero de mi promoción. Y casi inmediatamente comencé a ejercer la docencia en varios liceos privados, siendo el más significativo para mi experiencia profesional mi paso por Fe y Alegría, durante casi diez años. Conocí las intringulis de ingresar como profesor interino en el Ministerio de Educación, en un liceo que contribuimos como parte de la comunidad residente a organizar para contrarrestar el déficit de cupos escolares. Paralelamente, seguí mi formación en la Maestría en Historia de Venezuela Republicana de la Universidad Central de Venezuela de donde egresé en junio de 2004 y sin perdida de tiempo me inscribí en el Doctorado en Historia de la Universidad Católica Andrés Bello. (Al final de la entrevista pueden ver sus publicaciones).
2. ¿Cuándo y cómo nació su vocación como historiador
Una vez caminando errante por el centro de Caracas durante mi adolescencia, decidí entrar a una modesta librería y allí me llamó la atención un libro escrito por Manuel Caballero sobre Rómulo Betancourt, lo compré y allí comenzó todo.
3. ¿Qué lectura, película-serie, o persona fortaleció dicha vocación?
Luego comencé a leer más libros de Historia de Venezuela, la mayoría de carácter biográfico, particularmente los escritos por Tomás Polanco Alcántara.
4. ¿Cómo fue su experiencia en el pre y/o postgrado de historia?
Gracias a la sugerencia de uno de mis profesores de Pregrado, comencé a investigar sobre el tema de las carreteras y su impacto político y económico. No olvidaré una frase que me dijo en aquel entonces  -"Si usted se lo propone, puede llegar a ser un carreterólogo"- 
Le tomé en serio su desafío, y y llegué a la Maestría y al Doctorado con un tema bajo el brazo.
5. ¿Cuál fue su primer escrito como historiador o cuál fue el que más le gustó?
A mediados de 1993, en medio de la gran crisis política de aquella época, vi con atención la salida constitucional del presidente Carlos Andrés Pérez y la designación de Ramón J. Velásquez para concluir el período presidencial. Aquel acontecimiento, salvando las diferencias obvias, lo relacioné con la llegada a la presidencia de Pedro Gual en el convulsionado siglo XIX. De inmediato comencé a seguirle los pasos por medio de los  periódicos que mi papá llevaba a casa, a las acciones de aquel corto gobierno. Y me propuse a los 17 años escribir sin mayor conocimiento del método histórico un "libro" sobre el gobierno del Dr. Ramón J. Velásquez.  A ello dediqué casi integro los fines de semana cuando descansaba de mi jornada laboral como ayudante de electricidad entre agosto de 1993 y marzo de 1994. Cuando lo terminé, apenas logré  pasar en mi máquina de escribir 96 páginas, después las guardé en una carpeta de recuerdos. Por casualidad, tuve la suerte de conocer al Dr. Velásquez en un evento en el CELARG y como muchos intenté acercarme para saludarlo. Luego de breves palabras, me dió su número de teléfono y después me concedió una audiencia en su oficina ubicada en el Capitolio Federal. Allí, le presenté mi barroco escrito, lo leyó, sugirió varias correcciones y me dijo que podía ayudarme a publicarlo. Así vió luz mi primer libro a finales de 1998, bajo el título de La Democracia Andariega. Tiempo de Transiciones.
6. ¿Cuál escuela historiográfica sigue y por qué?
A medida que fui avanzando en mis estudios de pregrado y como parte de las asignaciones en los respectivos seminarios, me inicié como muchos, bajo la influencia de la Historia Regional y Local. Ya en la Maestría de Historia me identifiqué con la Geografía Histórica propulsada por Pedro Cunill Grau, además de la forma de historiar la economía venezolana desarrollada por Eduardo Arcila Farías. 
7. ¿Qué tiempo diario o semanal le dedica a la historia?
Procuro leer quincenalmente un libro y escribir los fines de semana, feriados y sobre todo en vacaciones laborales.
8. ¿Cómo sobrevive siendo historiador?
Soy Historiador por vocación, no percibo ganancias por los escasos libros que he publicado, salvo el metálico que recibí con ocasión del Premio de Historia Rafael María Baralt y el Premio a la Labor Investigativa de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL). Mantengo mi familia con mi corroído sueldo como profesor universitario.
9. ¿Cuáles son sus "ritos" cuando se dedica a escribir sobre historia?
Procuro hacer ejercicios antes de escribir y tener cerca un vaso de agua para hidratarme. Pero la clave, en mi opinión es leer mucho, pero mucho, sobre el tema objeto de atención.
10. ¿Para qué sirve la historia?
Entre muchas aplicaciones, estimo que debería servir, para no cometer los errores del pasado.
11. ¿Tiene futuro la historia en general y en Venezuela?
Quienes hemos incursionado en estas lides tenemos el deber de justificar ante la sociedad la importancia del conocimiento histórico y contrarrestar la manipulación perversa de los poderosos de turno.
12. ¿Qué piensa su familia de su condición de historiador?
A veces piensan que fue un error. Que debí estudiar ingeniería u otra carrera con mejores perspectivas económicas. Aún así, me apoyan y aceptan mi error.
13. ¿Sus mejores amigos son historiadores?
Casualmente sí.
14. ¿En qué proyectos sobre historia está ahora?
Mi línea madre es la Historia del Transporte en Venezuela. Ahora estoy incursionando en Historia de las Relaciones civiles y militares en Venezuela.
15. ¿Piensa abandonar la historia algún día? ¿Por qué?
No lo creo. El compromiso como historiador y ciudadano en un país en crisis, exige resistencia y voluntad para contribuir con el proceso de reconstrucción nacional.
16. Recomiéndeme más de 2 historiadores jóvenes que deberíamos entrevistar.
Jean Carlos Brizuela (37 años)   y Lorena Puerta Bautista
17. Ahora invente una pregunta, la hace y se responde a sí mismo.
¿Desea que sus hijos escriban libros de Historia como su padre?
Defintivamente NO.
18. ¿Qué otras preguntas deberíamos hacer en esta entrevista?
¿A quien dedicó su primer libro?
Además de la Historia, ¿tiene otros gustos, placeres o vicios?
19. Puede hacerle una pregunta al entrevistador
¿Cuándo saldrá tu próximo libro?
El entrevistador responde: Espero algún día publicar, es mi gran sueño, y espero que sea muy pronto. Tengo un texto casi listo y otro en el que estoy comenzando. Lo que sí deseo es que José Alberto Olivar escriba el prólogo de uno de mis futuros libros.
Muchas gracias por su tiempo querido amigo, le deseo todo lo mejor en la vida y en la Academia.
Publicaciones del historiador José Alberto Olivar:
Libros
1.- La Democracia andariega. Tiempo de Transiciones. Caracas, Imprenta Nacional, 1998.
2.- Jesús Muñoz Tébar. Caracas, Biblioteca Biográfica Venezolana, Volumen 83, 2008.
3.- Román Cárdenas. Caracas, Biblioteca Biográfica Venezolana, Volumen 107, 2009.
4.- Pedro Gual. Caracas, Biblioteca Biográfica Venezolana, volumen 135, 2011.
5.- Automovilismo, vialidad y modernización. Una aproximación a la historia de las vías de comunicación  durante la primera mitad del siglo XX. Caracas, Academia Nacional de la Historia-Fundación Bancaribe, 2014.
Capítulo de libros
1.- Vías de comunicación y geohistoria en Sudamérica. Mérida, Consejo de Publicaciones de la Universidad de los Andes, 2009.
2.- Tierra Nuestra. Caracas, Fundación Venezuela Positiva, 2009.
3.- Homenaje a Tomás Enrique Carrillo Batalla. Caracas, Universidad Central de Venezuela, Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, Instituto de Derecho Público, 2009.
4.- De la hueste indiana al pretorianismo del siglo XX. Valencia, Asociación de Profesores de la Universidad de Carabobo, 2012.
5.- Levitas y sotanas en el proceso de edificación de la república. Proceso político e ideas en tiempos de emancipación. Turmero, Universidad Pedagógica Experimental Libertador, 2012.
6.- La opción republicana en el marco de las independencias. Ideas, política e historiografía 1797-1830. Caracas, Universidad Metropolitana-Academia Nacional de la Historia, 2012.
7.- La Venezuela perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos. Caracas, Vicerrectorado de Extensión-Universidad Pedagógica Experimental Libertador, 2014.
8.- Venezuela y la Guerra Fría. Caracas, editorial Nuevos Aires, 2014.
Miembro de Comisión Editorial de revistas
1.- Director-editor de la revista Tiempo y Espacio.
2.- Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Mañongo.
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Fuente: http://venezuelaysuhistoria.blogspot.com/2015/03/breve-entrevista-un-novel-historiador.html

lunes, 29 de diciembre de 2014

VARIAS VECES EL PAÍS

La Venezuela perenne
Luis Barragán

A pesar de la estrechez presupuestaria, aplaudimos toda publicación académica que suelta su bocanada de oxígeno en medio del silencio que se levanta moliéndonos con sus estridencias. Cubierta cada vez más de andamios, la sociedad que se resiste a su construcción,  valora el esfuerzo de libertad que supone imprimir y distribuir el testimonio de las voces que ayudan al debate sobrio, autorizado y urgente que nos merecemos, ya hartos de las ligerezas, banalidades y precariedades que se convierten en dogma y hábitat del conformismo.

Los institutos pedagógicos del país, señalan rumbos no sólo por la tarea que llevan adelante, superando dificultades que, por cierto, no gozan de la prensa que sobra para otros ámbitos, sino por los niveles académicos que osan alcanzar para satisfacción del país que pugna por emerger definitivamente. Sin dudas, toda una osadía en el marco de nuestras preocupaciones y agobios, angustias y ocupaciones, asombros y pasiones.

Por las redes sociales, nos enteramos de una publicación indispensable, muy bien diagramada e ilustrada: “La Venezuela perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”, bajo la coordinación de Yuleida Artigas Dugarte, Jean Carlos Bruzuela y José Alberto Olivar (UPEL, Caracas, 2014). La calificación académica de los autores, genera suficiente confianza para convertir el título en una herramienta para el debate actualizador, pues, contrariando la versión oficial, el país que lo ha sobrevivido se levanta sobre las firmes bases echadas por aquellos que desplegaron una enorme vocación de servicio, palpable en obras que trascienden el gesto efímero y la retórica de ocasión que fuerzan a un retroceso antes impensable.

Lograda la independencia, surge lo obvio no obviable: Venezuela es síntesis de una civilidad creadora, arriesgada, audaz, dinámica y desafiante, muy difícil de apagar por decreto, por  vía de la Gaceta Oficial a la que llegan o aspiran llegar, como en otras etapas de nuestro historial, los alabarderos de turno para chorrear de una floja tinta la posición burocrática que las circunstancias rifan.  El problema de estos y otros silenciadores, colgados de los frágiles andamios que tejen, es que hay un camino hecho que los irrita, pretendiendo abrir una trocha inútil, y buena parte de la cartografía, destacando itinerarios que marcan los otros que tenemos pendientes, marcan el trazo en la literatura, pero también – demostrando el necesario equilibrio ante una irreductible pluralidad – en la política con sus  nombres ideológicamente contrapuestos, y – sobre todo – en la docencia, ya que la magnífica sección “Historiadores, geógrafos y pedagogos” del libro en cuestión, retrata a los “Maestros de generaciones” que nos llenan de un legítimo orgullo.

Lejos del oropel inflamable, figuran Juan Vicente González, Gonzalo Picón Febres, Eloy Guillermo González, Simón Planas Suárez, Tulio Febres Cordero, Ada Pérez Guevara, Rafael María Rosales, Caracciolo Parra y Olmedo, José Gil Fortuol, José Manuel  Jáuregui Moreno, Mario Briceño Iragorry, Eduardo Arcila Farías, Augusto Mijares, Juan Bautista Fuenmayor, Carlos Irazabal, Pablo Vila, Rafael Caldera, Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Gustavo Machado, Alberto Carnevali Rangel, Luis Beltrán Prieto Figueroa. Y todo esto, por obra de Alexandra Mendoza, Mariano Nava Contreras, Jean Carlos Brizuela, David Ruíz Chataing, Hancer González Sierralta, Rosmar Brito Márquez, María Susana Harringhton, Ildefonso Méndez Salcedo, Alí Enrique López Bohórquez, Agustín Moreno Molina, Jorge Bracho, Juan Alexis Acuña, Andrés Eloy Burgos, Omar Hurtado Rayugsen, Jaime Ybarra, Claudio Alberto Briceño Monzón, Rafael Tomás Caldera, Luis Manuel Marcano Salazar, José Alberto Olivar, Luis Alberto Buttó, Yuleida Artigas D., Ángel García, Antenor Viáfara Márquez.

Fuente:

domingo, 7 de septiembre de 2014

UN PROLONGADO TRAMO HISTÓRICO



El nudo gordiano del chavismo
José Rodríguez Iturbe (*)

A Iñaki Anasagasti,

por venezolano y por vasco,

con agradecimiento.

El telón de fondo

Venezuela, a 200 años de independencia y vida republicana, sigue siendo un país haciéndose, no hecho. La Emancipación fue un proceso ideológico-político con énfasis jurídico-constitucional. El parto de la República fue, sobre todo, el empeño de civilistas ilustrados, no pocos de los cuales ocupaban el vértice ductor económico-social de la vida colonial. La desviación del concepto ciudadano para identificarlo con el soldado se realizó en el transcurso de la guerra y con no poca incidencia americana de los fenómenos peninsulares. Así, el pretorianismo rampante en España (a raíz de la Guerra de Independencia hispana contra la Francia invasora de Napoleón I) y el absolutismo maquiavélico del Rey felón (Fernando VII) influyeron, y mucho, en las torceduras experimentadas, casi desde su cuna, por la débil institucionalidad republicana. El civilismo pluralista y democrático pasó a ser, en Venezuela, un adorno retórico desde la creación de la Gran Colombia (Angostura, 1819; Cúcuta, 1820) hasta su muerte, una década después, con la Convención de Ocaña y el fallecimiento de Bolívar. Lo que vino luego no fue mejor. El caudillismo militar como subproducto sociológico de la Independencia, según la aguda observación de Augusto Mijares; el poder en las manos de quien controlara las armas se convirtió, entonces, en objeto de deseo a cuyo goce se accedía no con los votos y el asentimiento ciudadano, sino con la violencia belicista.

A 200 años de la Independencia Venezuela sufre la farsa más destructiva de su historia republicana. Como no se trata de buscar un imposible regreso al pasado, sino de apostar por el futuro, después de la hecatombe que han representado (y aún representan) Chávez, Maduro y el chavismo, nada será lo mismo que antes en la vida social y política venezolana. Estos casi tres lustros signados por la siembra de odios, por el aflorar de la envidia y el rencor, han dividido la nación en antagonismos viscerales, de un modo tan pasional como no se recordaba en los años de la República democrática y civilista vigente, con todos sus altibajos, en la segunda mitad del siglo XX. Esa República fue la antítesis de la República autocrática y cuartelera, repleta de caciques de vuelo bajo y de cosechas sucesivas de guerras civiles. En 1903, puede históricamente ubicarse el último enfrentamiento bélico entre venezolanos, causado por disputas sobre el poder y desde el poder. La política militarizada (arbitraria, corrompida y primitiva)  preanunciada por el Monagato y aflorada en  la degradación de la post Federación, en el Guzmancismo y en el que Mijares llamó “el guzmancismo sin Guzmán”, culminó con Los Sesenta. A partir de 1899, Venezuela contempló la inserción histórica con rango dirigente del hombre de nuestras montañas occidentales. Esa fue la última aventura de montoneras que, con el silencio inescrutable de Gómez, representaría el crepúsculo de las guerras civiles y la implacable tiranía de quien veía el país como una hacienda. La de Castro y Gómez fue la más larga y dolorosa expresión tiránica de la Venezuela rural. Y, a la vez, su epílogo. Allí, en el tiempo agónico del XIX, está la matriz que, a pesar de Rómulo Betancourt y el 18 de octubre de 1945, hizo del siglo XX venezolano un siglo de preeminencia andina. Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez signaron la primera parte de la pasada centuria. Muerto Gómez siguió el tiempo de los caudillos. El caudillismo civil (ya no militar), —Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Jóvito Villalba— dio lo suyo en la puesta en marcha de una modernidad retrasada y en una genérica democratización que, más que en tradición arraigada y en sólidas instituciones, se apoyó en la fortaleza de la renta petrolera. La transición postgomecista se alargó, con sus vaivenes, desde 1936 hasta 1958. Y, luego, durante 40 años largos, la patria contempló el espectáculo inédito de la dinámica de alternatividad de la democracia representativa. No eran las armas, sino los votos los que decidían el destino de Venezuela. Esa fue una democracia de partidos, con dos mayoritarias vertientes ideológicas —la socialdemócrata y la demócratacristiana— cuyo mayor logro fue un aporte decisivo a las estructuras de participación popular, no sólo en lo político sino también en lo social.

La inercia del pasado hizo, sin embargo, de esas cuatro décadas el tiempo del lento gestarse y desenvolverse de una conciencia ciudadana, nunca plenamente cuajada desde el nacimiento civil, civilista y civilizado de la República en el Congreso de 1811. La Patria Republicana, en efecto, nació hace 200 años del Primer Congreso: con bastantes letrados y en la Capilla de la Universidad. Se consolidó posteriormente, con grandes sufrimientos, en los campos de batalla. Los combates del parto con dolor de la nación soberana los libraron no militares de academia sino milicias de ciudadanos, con conciencia de generación auroral, de promoción estirpe, dispuesta a enterrarse en los surcos nuevos para que germinara y creciera y diera fruto el Estado que significaba la mayoría de edad de la República. De toda la pléyade de héroes y padres de la Patria sólo dos (que yo sepa) eran militares profesionales, formados en las academias españolas: Francisco de Miranda y Lino de Clemente. Podría discutirse si Antonio José de Sucre era también militar de academia, en cuanto egresado de la Academia Militar de Matemáticas de Caracas. Y poco más. Simón Bolívar, p. e., formó parte de las Milicias de Blancos de los Valles de Aragua, en las cuales su padre había sido Coronel. Rafael Urdaneta, a su vez, en el comienzo de la Emancipación, formaba parte de las Milicias de Blancos de Cundinamarca. Y podrían multiplicarse las referencias. Santander, “el hombre de las leyes”, era un universitario trocado en militar. Para nuestra desgracia, santanderismo al revés fue lo que tuvimos en Venezuela. Mejor dicho, peor que eso. Porque no fue el caso de militares que se adornaran con lauros académicos civiles (como andando el tiempo sería la obsesión de muchos), sino de la imposición de la fuerza para atribuirse rangos castrenses y grados académicos.  Los títulos fueron, así, otra dimensión (cultural y espiritual) de los saqueos. Así, en la historia trágica de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera mitad del XX, en Venezuela hubo mucho “General y Doctor” o “Doctor y General”, por obra de su realísima gana, de su sable o su machete, del pistolón o del máuser, por temeridad o aventura, o por graciosa “concesión” de jefes de algarada, pero nunca por ciencia y por conciencia, por saber adquirido y practicado en moldes de normalidad institucional y académica. La pólvora sustituyó al discurso; el degüello al proyecto. Así el hombre fuerte se hizo en Venezuela insaciable Minotauro, ignorante de la dignidad de la persona y de los pueblos e idólatra de la fuerza. Por eso, el dilema fue casi siempre, en nuestra historia enferma, vencer, no convencer; cuando han debido procurarse, de consuno y pacíficamente, ambas cosas.

Todos sabemos lo que pasó después de la Independencia. La malsana búsqueda tutelar de las espadas abrió las compuertas de un caudillismo que muchas veces no era más que bandolerismo. El poder, con esa visión enferma, se afincó en el imperio brutal de las armas, no en el respeto a la condición humana ni en la armónica concepción de la vida social. La mutua referencia de persona y bien común que se estudia en la filosofía social era, para tales especímenes de nuestra fauna política y militar, terra incognita, como titulaban los mapas antiguos las zonas aún no holladas por la planta de los exploradores y cartógrafos. Separada Venezuela de la Gran Colombia, el intento de gobierno deliberativo iniciado en 1830 llegó hasta 1847, con José Tadeo Monagas. Gratia arguendi, brinco con garrocha el trágico incidente de la llamada de la Revolución de las Reformas, en 1835, contra José María Vargas, que dio al traste con el primer intento de Presidencia civil, después del colegiado de la I República. Allí, diciéndose bolivarianos, figuraron en la conjura contra el albacea del Libertador y Rector de la Universidad de Caracas, próceres como Santiago Mariño, el Libertador de Oriente, y José Laurencio Silva, Comandante de los Húsares de Colombia, en revoltijo que golpea al olfato, junto con Pedro Carujo, el del atentado septembrino (25 de septiembre) contra Bolívar en la Bogotá de 1828.

Con José Tadeo Monagas se produjo una herida institucional que duró casi un siglo contra el civilismo parlamentario necesario para la buena marcha de Venezuela. El 24 enero de 1848 fue el crimen de cierto procerato aliado con el hampa contra la Representación Nacional: el fusilamiento del Congreso. (Un precedente de impudicia “parlamentaria” del teniente Cabello). Los Monagas se sucedieron a sí mismos. Fue necesaria la unidad nacional entre conservadores y liberales para salir de ellos. La unidad contra Monagas encontró su paradigma civil en Fermín Toro, pero tuvo su talón de Aquiles en la búsqueda enfermiza de la “espada protectora”. Esta fue ficticia: de escasa calidad, (por no decir carente de ella), tanto en el orden moral como en el político y militar. El intento de unidad nacional para reencontrar en armonía el camino de la Patria resultó estéril. Esa unidad sirvió para salir del Monagato, pero no para evitar el barranco profundo de la guerra civil. Las pasiones cultivadas y alentadas prepararon la guerra social, el simún envolvente y enceguecedor de la Federación. ¿Cuándo comenzó propiamente la Guerra Federal? Nadie discute la primacía en la paternidad de la siembra de discordias a Antonio Leocadio Guzmán. No sería él quien, a la postre, resultaría beneficiario de una tragedia que dejó destrozado y exhausto al país, más allá de la retórica instrumental e ideologizada de aquellos que, durante la segunda mitad del siglo XX, más dados a la gesticulación y a la inercia intelectual que al auténtico estudio de nuestro complejo proceso de pueblo, exaltaran como gesta idealizada lo que fue la consagración absoluta de la anomia. Cierta izquierda militante hizo propia una sentencia de Laureano Vellenilla Lanz, padre, uno de nuestros más destacados positivistas, quien calificó al asturiano José Tomás Boves como “padre de la democracia venezolana”; y, para no ser menos, mitificó, con un romanticismo cuestionable, el primitivismo de algunos cabezas de partida (sobran nombres y ejemplos concretos, el más criminal el de aquel Espinoza que consideraba causal de muerte saber leer y escribir)) que tachonó de horrores el tiempo de la que sería llamada Guerra Larga. ¿Cuándo comenzó propiamente la Guerra Federal? Se discute si su punto de arranque debe colocarse en 1858, con el Manifiesto de San Thomas, o en 1859, con la Proclama de Palmasola. La formal postulación de la Federación la hace, sin  embargo, Tirso Salaverría, en febrero del 59, en Coro. Fue una guerra terrible, con sólo dos verdaderas batallas al inicio mismo de los 4 años del conflicto: Santa Inés y Coplé. Ezequiel Zamora resultó figura mitificada a posteriori por esa manipulación de la historia que resulta de la mixtura de la ignorancia, el simplismo ideológico y el afán instrumental. No fue Juan Crisóstomo Falcón, con sus “cabezones” corianos, quien marcó el rumbo de la nueva etapa que, hipotéticamente, se abría luego de los jugosos acuerdos (para los negociadores) resultantes de la llamada Paz de Coche (Pedro José de Rojas y Antonio Guzmán Blanco), acontecimiento bien descrito por Díaz Sánchez en su libro sobre los Guzmán, que ha resultado prototipo de biografía histórica entre nosotros.

El país, exhausto, después de tan prolongada sangría tachonada de escenas de barbarie, fue presa fácil de la ambición de Guzmán el joven, teórico jefe de un inexistente “Ejército del Centro”. Guzmán Blanco prolongó, directa o indirectamente, su tutoría sobre el país durante casi 30 años. Septenio, Quinquenio, Aclamación, el Guzmancismo sin Guzmán (el tiempo de los  caudillos guzmancistas secundarios, el más destacado de los cuales fue Joaquín Crespo). Guzmán, según relata Francisco González Guinán en el volumen 10 de su Historia, resultó experto en vejaciones y degradaciones, haciendo que el General Julián Castro (Presidente ocasional de la reacción unitaria contra el Monagato en 1858; juzgado, luego, por violar la misma Constitución que jurara) fuese quien dirigiera el pelotón de fusilamiento de Matías Salazar el 18 de mayo de 1872. Siempre a los autócratas les ha importado un comino el orden legal e institucional, pues lo reducen a su querer y apetencia: ese fusilamiento hizo befa de la abolición de la pena de muerte, decretada por Falcón en 1863. Guzmán y Crespo murieron casi con el siglo. Uno en París y otro en la Mata Carmelera. En 1899 puede decirse que, con el derrocamiento de Ignacio Andrade, se esfumó para la historia la secta político-militar de Guzmán Blanco, la que agrupó a los “partidarios de la causa”: el llamado Gran Partido Liberal Amarillo.

El largo paréntesis para buscar un cauce de la conciencia ciudadana duró, pues, casi un siglo: desde el asesinato del Congreso con José Tadeo Monagas, hasta el derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez. La noche se alargó como la siesta de una boa desde el comienzo del Monagato (1847) hasta la muerte (diciembre del 35) de Gómez (Juan Bisonte, el Gran Loquero, el “bellaco admirable” como lo llamó José Rafael Pocaterra). La muerte de Gómez señala, en el decir de Mariano Picón Salas, el inicio retrasado del siglo XX venezolano en 1936. Siempre se mantuvo la llama del sueño inacabado. Siempre hubo un resto de pueblo indoblegable, que se empinaba en medio de las degradaciones y miserias. Allí está el paradigma de la dignidad parlamentaria, en Fermín Toro. Allí está el ejemplo del humanista insobornable en Cecilio Acosta. La piedra en el zapato que resultó Fermín Toro para Monagas resultó Cecilio Acosta para Guzmán (quizá con menos impacto, porque Acosta no tuvo como Toro dimensión de estadista; y, además, el poder de Guzmán era casi omnímodo, mientras su deshonesta dictadura condenaba a sus críticos al “cementerio de los vivos”). Allí está el Rómulo Gallegos de La Alborada o la gran poesía nacional de ese notable político y parlamentario, juglar del amor y la esperanza patria, que fue Andrés Eloy Blanco. Por ese resto indoblegable -por su siembra cuando no había posibilidad de cosecha inmediata, por su sueño invencible cuando el ánimo abatido consideraba imposible o impertinente el anhelo de un país mejorado- vino el parto de las generaciones civilistas. Las dos de mayor bulto, las de 1928 y 1958. Ello hubiera sido imposible sin la gradual apertura de la transición post-gomecista de Elezar López Contreras e Isaías Medina Angarita.

Que las promociones del 28 y del 36, protagonistas históricas de la Revolución de Octubre de 1945, alargaran su función ductora y protagónica hasta el mismo final del siglo XX tuvo su parte buena y su parte mala. Lo bondadoso del hecho puede encontrarse en que ello permitió la institucionalización de la libertad y el despunte de instituciones republicanas en una historia, como la nuestra, llena de olor a pólvora y de gestos de audacia (¡ese tirar la parada de tantos aprendices de brujos, en un proceso de pueblo reflejado en una sinusoide!) Lo negativo, que represó el sano vitalismo exigido por la normal dinámica del relevo en los procesos sociales y políticos. Lo bueno y lo malo fue posible porque, aunque fuese previsible ya desde los años 20 del siglo pasado, a los períodos del civilismo posterior a 1958 correspondió la acelerada consolidación de un cambio extraordinario que supuso el paso del país campesino al país urbano, de la república rural a la república minera. El General petróleo provocó la más honda, permanente y pacífica transformación de la nación venezolana.

El salto atrás

Todo esto viene a cuento para destacar que el pretorianismo a lo Chávez no fue nunca, ni antes ni después de su infiltración en la Academia Militar en los 70; ni antes ni después de la conjura formal a partir de 1982; ni antes ni después de la felonía golpista del 4 de febrero de 1992; ni antes ni después de su victoria electoral en la elección presidencial de 1998; un proceso de conquista del futuro, sino un regreso, con muchas penas y sin ninguna gloria, a lo más lamentable de nuestra propia historia. Llegamos así, para nuestra desgracia, a una zona mixta de la locura y la delincuencia de la cual aún no estamos liberados. Edecio La Riva Araujo solía decir, en su estilo singular, que el poder huele a jazmín. ¡Odorífera expresión del poder! Como sabemos los venezolanos, el poder no huele a jazmín sino, a menudo, a ácido sulfídrico, a sudoración de mapurite, a gases de nafta catalítica. El jazmín de la imaginación poética de La Riva no posee ningún punto de comparación con la fetidez de la descomposición social y política de la nación a partir de 1999; de la Venezuela tomada al abordaje, con ánimo de sacar vientre de mal año, por el más patético conjunto de fracasados, acomplejados, utópicos y anacrónicos seudo izquierdistas, -ninguno, por cierto, (y valga la puntualización) ejemplo cabal de lo más destacado y respetable de la izquierda criolla-. No puede oler a jazmín, este malhadado empeño, porque sus responsables están impregnados de todas las miasmas del basurero de la historia (para decirlo con lenguaje trostkysta) donde no pocos de ellos habían sido arrojados desde los años 60 de la centuria pasada.

La República, desde que el Teniente Coronel golpista Hugo Chávez logró echarle mano a la jefatura del Estado (nunca fue demócrata; el medio para él era secundario, el putsch o los votos: fracasado el primero, optó con éxito por los segundos; pero ello no le hizo variar su visión fascistoide del mundo y de la vida) ha visto difuminada la temática política, que ha dado en llamar “revolución” o “proceso”, reducida, simplemente, no a la búsqueda del bien común, sino al goce y disfrute del poder, entendido, en su primera etapa como la eliminación de sus “enemigos”; y en la segunda, como “transición al socialismo”. Desde la primera comenzó su enredo maquiavélico, que se ha agudizado en la segunda. El goce y disfrute se redujeron y se reducen a una infinita espiral táctica, ayuna de una estrategia en función de un verdadero proyecto. (Eso y la incapacidad antológica de la etapa de destrucción nacional que aún no ha concluido, aunque está bastante avanzada, ha sido reconocido y proclamado hasta por teóricos neo-marxistas que alguna vez se ilusionaron con Chávez, como, p. e., Heinz Dieterich). Y esa espiral táctica mira obsesivamente a la permanente lucha por la conservación del poder, viendo siempre tal lucha con dimensión existencial. Por ello, desde el ángulo de Chávez, fue siempre una lucha agónica, signada por la lógica del gladiador: mors tua vita mea [tu muerte es mi vida]. No sabemos a cuáles profundidades pueda llegar esa lucha entre sus herederos, en la canibalesca confrontación por ocupar su puesto entre quienes se dicen sus amantes y leales seguidores.

Alguien podrá decir que, en su forma y en su fondo, algunas posiciones opositoras lucen acaloradas. Puede ser. Son posiciones surgidas del combate y para el combate político. Algunos, que se autoproclaman expertos en medir serenidades ajenas, se quejan de falta de “racionalidad” en la oposición. Para ellos, racionalidad equivale a ataraxia, a impasibilidad, a frialdad solemne o a estirado estilo ayuno de emociones. Según tal óptica, ningún tipo de sentimiento debería traslucir en la formulación de los juicios, ni en el despliegue de las argumentaciones. Frente a un país desquiciado por Chávez y el chavismo, erigirse en la equidistancia que coloca a los demás en los extremos resulta, al menos, una humorada de dudoso gusto. En Venezuela nos conocemos todos. Con nuestros aciertos y nuestras pifias. Con los prestigios y los desprestigios acumulados. Porque nadie puede evadir la propia historia. Ni pretender ser de otra galaxia. No es difícil jugar a un carnaval de máscaras para etiquetar a los demás. “He aquí el tinglado de la antigua farsa”, podría decirse evocando las palabras iniciales del monólogo de apertura de Los intereses creados de Jacinto Benavente. ¿Actitud solemne de vestales impolutas? ¡Por el amor de Dios! ¿Quién pretende engañar a quién?. Tales simplismos no resultan ya moneda de aceptación general, sino alimento contaminado ex professo procurando horadar, para quien los ingiera desprevenidamente, la convicción con los prejuicios. El apasionamiento no es necesariamente un defecto. Puede ser una virtud. Hannah Arendt, cuando en 1951 apareció su importante obra Los orígenes del totalitarismo, enfrentó con contundencia la acusación de que, en lo referente al antisemitismo, su carga emocional restaba al estudio fuerza, seriedad y hondura. Dijo entonces algo que, salvando las inmensas distancias, sirve, a mi entender, para rebatir algunos juicios sobre la situación venezolana: “Describir los campos de concentración sine ira no resulta ser ‘objetivo’, sino que equivale a indultarlos”. Hablar de la antipatria de Chávez sine ira equivale a indultarla. La hipocresía sólo sirve para mostrar su anemia. Por la supervivencia de nuestro ser nacional es necesario rechazar con fuerza la degeneración que la violencia dirigida desde el poder, auténtico terrorismo de Estado, pretendió y pretende pasar como fenómeno “normal”.

Josef Pieper, en su ensayo Las Virtudes Fundamentales, no ha vacilado en destacar el rango ético de la indignación frente a la viciosidad exhibicionista: “Cuando a la voluntad corrompida, que va a la deriva en el vicio de lo sensible, ―dice― se le une una falta de fuerzas para irritarse, tenemos el caso de una degeneración total y sin esperanzas. Tal situación es la que se presenta cuando un sector de la sociedad, un pueblo o toda una cultura están maduros para su extinción”. Chávez habló y Maduro intenta imitarlo (lo vemos, una y otra vez) con un acento y ritornello gestual que, más que propios de un profeta, resultaban y resultan la patética expresión de ecos postreros. La barahúnda en la cual vivimos muestra la evidencia del no gobierno. Ha logrado, sin duda, la crispación de todos. Pero no logró, como pensaba, la subasta total de la conciencia ciudadana. Aunque algunos sean cómplices y otros se hayan rendido, Venezuela no podrá estar nunca como oferta en pública almoneda. El Estado de derecho, de tanto aporreamiento, ha quedado convertido en un Estado de revés. Cuando Chávez consideró, llevado por su obsesión de conflicto, que cualquier problema era un asunto de alto voltaje, terminó por fundir todos los posibles vericuetos de salida del régimen. Así, la crisis, ahora con el tandem Maduro-Cabello, ha cobrado dimensiones de confrontación existencial entre una visión corrupta y degradada de la conducción del Estado, que se esconde en la grandielocuencia del término “revolución” y la visión institucional, de armonía política y jurídica que exige un inmediato correctivo por el bien de todos. Ante un gobierno embarrancado, es urgente encontrar ―antes o después― los cauces que permitan la relegitimación institucional. Según la Real Academia, que “fija, limpia y da esplendor”, urgencia es “necesidad apremiante de lo que es menester”. Del 2012 al 2014 ha habido avances notables en la búsqueda de una unidad nacional mucho más poderosa que la que el gobierno chavista imaginó. Una unidad más robusta que cualquier impotable egolatría, por demás anacrónica. Unidad que será necesario prolongar, si las cosas cambian de veras, en un Gobierno de Reconstrucción Nacional que dirija el tiempo de la posible y deseable transición.

En el principio fue la rabia

Todo comenzó, me parece, con la rabia como motor de la historia. No fue con el slogan leninista de la violencia es la partera de la historia. Fue la rabia la que llevó al voto castigo. Fue una rabia ―extendida, ilusionada e ingenua― la que premió a los autores de la felonía del 4F del 92 con el poder. Así, los electores creyeron, muy bien preparados por una campaña de ciertos medios durante más de una década, que la satanizada política y los satanizados políticos tendrían su merecido. El proceso de desintegración moral y política de la sociedad venezolana, con incidencia letal en los partidos (tanto en AD como en COPEI) convirtió una crisis de gobierno en una crisis de sistema. Eso ha sido bien descrito en La Rebelión de los Náufragos de Mirtha Rivero. Muchas responsabilidades del mundo económico están bien documentadas en los escritos de Juan Carlos Zapata. Además, la política clientelar durante dos décadas, los 80 y los 90, aportó (y no poco) a la anemia y desprestigio de las agrupaciones partidistas, instituciones básicas del sistema político venezolano, sobre todo desde 1958. Así, por la búsqueda de chivos expiatorios, en medio de la política espectáculo, al concluir el siglo se terminó por ungir como emperador republicano a Chávez, quien irrespetó siempre el orden constitucional. (Lo irrespetó, al menos desde el 82, con el juramento ante el samán  marchito, actualizando aquella que Luis Castro Leiva llamó moralidad brumarial de la conjura; la irrespetó el 92 con la aventura golpista y con su rendición; la irrespetó el 99 con su evasión retórica a la obligación de jurar obediencia a la Constitución de 1961; y la irrespetó ad nauseam con la violación sistemática y continuada de su propia Constitución de 1999 como ha demostrado Asdrúbal Aguiar en su Historia Inconstitucional de Venezuela.

Había mucha rabia acumulada desde la caída de la moneda, a raíz del Viernes negro (18 de febrero de 1983). La estabilidad democrática no la daban en realidad ni los partidos ni los militares, sino la expectativa de una mejoría en condiciones materiales y culturales de vida. La crisis económica mostró que la democracia venezolana, más allá de su apariencia de solidez política, tenía por asiento un barril de pólvora de frustraciones sociales. Fue lo que plantearon, con valentía, Moisés Naim y Ramón Piñango, desde el IESA, con su trabajo Venezuela: una ilusión de armonía. La rabia estalló, caótica, seis años después, en febrero de 1989, sobre todo en Caracas y zonas aledañas. Fue el Caracazo, con su cara de tragedia y su campanada de advertencia. Y el simplismo encontró su chivo expiatorio en los políticos. La rabia pensó que sólo el estamento político era culpable de los malestares del venezolano. Faltó coraje para reconocer que ese estamento político era expresión de una sociedad no sana. Faltó coraje para decir Fuenteovejuna, Señor. Faltó coraje (también entre la mayoría de los políticos) para decir que la rabia era un mal faro y que el intento de hacer tabla rasa con la clase política solo podía beneficiar a los lobos con piel de oveja, a quienes predicaban (y predican) el antipoliticismo para poder hacer su política, imponiéndola como única vía, como cercenación del pluralismo y la tolerancia, como escayolamiento indeseable del imaginario y de la conciencia colectiva. Así se llegó a la exaltación bondadosa de los alzados el 92 y a su respaldo mágico electoral el 98. Los resultados están a la vista. No se corrigió lo malo, se arrasó con lo bueno y se incineró lo que quedaba de una sociedad política que, en el caso venezolano, había sido la lenta incubadora de una (todavía hoy) poco vertebrada sociedad civil. A pesar de todo, en la actualidad, me parece, la sociedad civil es más multiforme y dinámica que una no renovada sociedad política. Pero, no nos engañemos: su espontaneísmo no es garantía de eficacia en el marco de una confrontación; y su necesaria organización y proyección eficaz ha resultado y resultará difícil en un horizonte donde predominan el individualismo y el primadonnismo, elementos antagónicos de toda presencia seria en los espacios públicos. Y el ejemplo de organización y eficacia lo han dado los jóvenes universitarios —que no tenían uso de razón cuando Chávez llegó al poder— cuando como Generación Libre o Generación de la Libertad, como coordinada presencia de las Federaciones de Centros Universitarios de todas las Universidades públicas y privadas— desde su aparición después del Referéndum Revocatorio, hasta la derrota de Chávez el 2007 y la combativa y eficaz presencia en las campañas de 2013 y 2014.

Voto castigo interpretado como mandato revolucionario

Una cosa piensa el burro y otra quien lo enjalma. Así reza el dicho popular. La rabia ciudadana quería sólo castigar. Pero el burro enjalmado tenía una confusa obsesión revolucionaria. Confusión que iba desde una visión semiletrada del mundo del pensamiento político y de la herencia institucional de Occidente que nos llegó, guste o no, por vía de España, la Madre Patria, hasta una variación del sentido del lenguaje y de las coordenadas de pensamiento. Revolución, por ejemplo, se interpretó como demolición. Y se procedió (y se intenta proseguir con Maduro), con entusiasmo digno de mejor causa, por parte de los elegidos por la rabia, a demoler cualquier rastro institucional de la vida republicana. Muchos, pensando con cortedad, dieron el garrote al ciego. La antigua Corte Suprema de Justicia dio la apariencia legal que necesitaba el invidente de la ciencia jurídica y administrativa en su frenesí demoledor, quien sin haber leído nunca a Shakespeare (La tempestad) pensaba que todo pasado es prólogo. Después de defenestrada con una mueca críptica la defensa de la Constitución del 61 (ponencia de Humberto J. La Roche), la vieja Corte procedió a suicidarse (Cecilia Sosa dixit). Lo demás ya se conoce. El proceso constituyente y el nuevo Tribunal Supremo. Allí, en el TSJ, sigue haciendo de las suyas la continuidad de lo rabulesco. Con más de seis “Reformas” del Reglamento Interior y de Debates, según el menú de las necesidades del oficialismo, (grotesco estilo Jalisco que no tiene precedente en la historia parlamentaria de Venezuela), la unicameral Asamblea Nacional (teórica heredera del Congreso bicameral) se ha garantizado la eliminación de facto del Parlamento plural que tipifica a toda verdadera democracia y completando el camouflage “legal” del asalto a otras instituciones. La reforma del Reglamento de la AN fue necesaria, p. e., para imponer, con la “razón” de la fuerza; la reforma de la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia: aumentando el número de Magistrados para manejar, según el querer del César, con mayor seguridad y menor costo, la máxima instancia judicial del país. Y, por supuesto, el control económico: la manipulación sin precedentes del Banco Central de Venezuela tiene como último objetivo el control total de la banca nacional; es decir, el monopolio de la capacidad crediticia en manos gubernamentales. Como se hizo en Cuba desde el nombramiento del Ché Guevara en el Banco Nacional de ese sufrido país hermano que lleva soportando a Fidel Castro y ahora a Raúl más de medio siglo. Si faltaba algo, es perceptible el intento de lograr la definitiva sumisión a los criterios demolicionistas revolucionarios de lo que aún quede de institucional en el seno de las Fuerzas Armadas. La meta parece ser, pues, que sólo quede en Venezuela el polvo del Estado, sus cenizas.

El último Congreso de la República (el elegido en 1998, el que presenció la entrega del poder de Rafael Caldera a Hugo Chávez, el que no reaccionó frente al salvoconducto que daba la Corte que moría para brincarse con garrocha el art. 250 de la Constitución del 61, el que no dijo nada ante el no juramento de Chávez a esa misma Constitución, en 1999) fue, evidentemente, incapaz de hacer respetar la Constitución de 1961, que había jurado cumplir y hacer cumplir. Junto con ese mini Congreso (mini en duración y en estatura histórica) murió la que, hasta el presente, ha sido la Constitución de más larga vida de nuestra accidentada vida republicana, y que, a pesar de sus defectos, resultó un texto sabio, producto de un verdadero consenso nacional después del derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez.

“Revolución” como emergencia trágica del Lumpenmilitariat
 
Todo en el inicio, después de la rabia y los cálculos, eran sonrisas y zalamerías con el poder que se estrenaba. La Realpolitik, para algunos, exigía olvidarse de principios y moralismos; pensando que el gobierno de Chávez era uno más, el cual, sin duda, se hipnotizaría con una sonrisa vagamente prometedora; como había pasado con no pocos de los políticos emblemáticos de los gobiernos anteriores. Y sonrieron, pero fue la suya  como la sonrisa de los tontos de pueblo, llamando la atención a cualquiera que pase a su lado. Pensaron que el tonto era el ungido y el ungido los hizo quedar como tontos.

En la demencialidad de la coyuntura se intentó algo que, en puridad, no tiene precedente: invertir las relaciones del mundo civil y del mundo militar en la administración del Estado. Juan Vicente Gómez gobernó con lo más granado de la intelectualidad civil positivista, a cuyos integrantes encargó, dentro de su terrible mandato, poner las bases mínimas del Estado moderno. Sobre la “paz” gomera y sobre esas bases acometió después, exitosamente, Eleazar López Contreras el inicio de la modernización del Estado venezolano, iniciando un post-gomecismo que, en mi visión, se extiende hasta 1958. Pero Gómez, y también, después de él, López y Medina, mantuvieron a los militares fuera de la gestión política. Pérez Jiménez, por su parte, aunque fue producto de un golpe de Estado en el cual de manera formal y explícita, por primera vez en la historia inconstitucional de Venezuela, las Fuerzas Armadas, como institución, asumieron la responsabilidad de la conducción de la República, no usó la administración pública como botín prioritariamente reservado al estamento castrense. En el chavismo y el post-chavismo, el panorama es distinto. Más allá de las migajas burocráticas dadas a ciertos civiles del MBR, primero, y del PSUV, después, hoy acontece lo contrario. Se contempla cómo la alta burocracia estatal está plagada como nunca de militares (la elección de Gobernadores y el primer gabinete de Maduro son un ejemplo), como si, a los ojos de quienes gobiernan, la condición castrense facultara, por sí misma, para cualquier desempeño en cualquier campo de la vida nacional. Los altos militares del chavismo no parecen adornados ni de competencia ni de honestidad. Los resultados están a la vista. Y son tan desastrosos porque se ha buscado, para este militarismo sui generis y a todas luces anacrónico, a aquel que, con toda precisión analógica con el Lumpenproletariat de Marx, puede ser llamado Lumpenmilitariat. Quizá por ello la institución más afectada en la perseverante demolición institucional que el gobierno de Chávez realizó sea, en la actualidad, la institución militar. El chavismo, en efecto, ha resultado ser la expresión de una perversa alianza de tres escorias con empatías mutuas: el Lumpenmilitariat, el Lumpenproletariat y la Lumpenintelligentsia.
 
En el post-chavismo aflora un grave problema, El Lumpenmilitariat no tiene otro compromiso que con su propio bienestar y acomodo. No existe en él, en realidad, lealtad a lo que antaño, los caudillos y sus cuarteleros llamaron la Causa; es decir, lo que ahora, por vergüenza semántica, algunos de los que tuvieron formación marxista auténtica califican como el Proceso. Bambalinas de zarzuela. En el fondo, el culto a la Revolución no es más que un forzado y tanático culto a Chávez y queda como una alcabala, desagradable pero necesaria, para obtener honores, distinciones y recompensas. No me parece exagerar si digo que, de los responsables de la actual crisis política nacional, el Lumpenmilitariat es más responsable que cualquier otro sector humano de la abrumadora invasión de fealdad y miseria, material y moral, que se abate sobre la sociedad venezolana, particularmente en los grandes núcleos urbanos como Caracas. El afán de lograr un Estado forajido requiere una sociedad que se parezca a él.

La política como guerra

La política como guerra. Esa es la constante de los libros y artículos de Alberto Garrido (q.e.p.d) sobre Chávez y el chavismo. A veces luce casi como un determinismo. Pero algo tiene de realidad. La concepción palurda de que la política es guerra, resultó la propia del primitivismo rural de la Venezuela campesina. No era, no, una especie de concepción von Clausewitz al revés. Nadie de nuestro escasamente alfabeto universo de caudillos enanos (los cuales figuran en la historia como dotados habitualmente con una crueldad y cerrazón mental directamente proporcional a su enanismo), nadie, repito, manifestó jamás un conocimiento, siquiera epidérmico, de las teorizaciones del prusiano sobre la guerra. Tal fue, sí, en el pasado venezolano, el reduccionismo enfermo de la política a la fuerza, en un país devastado por el incendio bélico (nunca totalmente extinguido) de 1810 a 1903. Fue el drama sin grandeza de nuestro siglo XIX post independentista, a partir de la “bolivariana” Revolución de las Reformas contra José María Vargas -el albacea testamentario del Libertador, el Rector de la Universidad de Caracas, la “casa que vence las sombras”- en 1835; hasta el inicio del siglo XX, con la Liberal Restauradora, que trajo la hegemonía de los mandamases andinos. Chávez, influenciado inicialmente por un singular personaje sureño llamado Norberto Ceresole y guiado, luego, por ese supuesto Corán revolucionario llamado El oráculo del guerrero (hasta que Boris Izaguirre dijo, con propiedad, que era un texto paradigmático de la literatura homosexual), no procuró la incorporación de ninguna región preterida (la recentralización chavista resulta un intento de acabar con lo que de federal tenía el sistema venezolano), ni tampoco de aquellos sobre los cuales teorizó Franz Fanon, les damnés de la terre, los condenados de la tierra.

Bajo el slogan de la unión del ejército y el pueblo se escondió y se esconde, en cruda realidad, la neutralización de las fuerzas armadas, dándoles, para su entretenimiento y desnaturalización, las baratijas de las más disímiles tareas no castrenses y los guisos derivados de la mayor bonanza fiscal de Venezuela desde la aparición del petróleo. En Chávez y el chavismo se presentó, pues, según la percepción dejada por Garrido, la identidad entre la política y la guerra. Se le intenta dar continuidad en post-chavismo de Maduro-Cabello. Ello, evidentemente, no resulta un dato positivo. ¿Cuál fue, históricamente hablando, el producto de la identidad entre guerra y política? Sus tristes resultados no son un secreto. Entre otros desaguisados, merecen mencionarse la anemia institucional de la República y el agotamiento (casi al límite) de un civilismo carente de las fuertes raíces de una extendida conciencia de ciudadanía. Anemia y agotamiento, éstos, que permitieron aquél unión, paz y trabajo de la Causa: la unión (en los grillos), la paz (de los sepulcros), y el trabajo (en las carreteras) en el largo absolutismo tiránico de Gómez. El tiempo gomero (además de otras endemias y horrores) supuso 27 años de alergia provocada a la política de ideas. Alergia provocada, desde un poder omnímodo y excluyente: gobierno personalista y de fuerza que sólo entendía a sus adversarios como “los malos hijos de la Patria”; y, en consecuencia, no podía concebir para ellos otra situación que su silencio, generado por el destierro, la prisión o la muerte. Algo semejante pretendió Chávez y pretenden sus devaluados herederos políticos. La crisis política actual tiene, sin duda, a pesar de los rasgos que la tipifican, mucho de un salto atrásconcebido como brinco al futuro. De saltos conocidos está llena la historia trágica contemporánea. Cabrera Infante, refiriéndose a Fidel Castro, escribió en una ocasión: “Por obra de una extraña cabriola hegeliana dio un salto hacia adelante y cayó hacia atrás”. Chávez, factor principal de esta crisis apocalíptica de Venezuela, manifestó sentimientos filiales hacia Fidel, repetidos hasta la nausea por  Maduro. Lo que tenemos de Cuba está en lo que vemos. Y más aún en lo que  no vemos. Lo que tenemos aquí en Venezuela de China no es la transformación del Pequeño Timonel y sus seguidores, sino los fracasos proclamados como éxitos por el Mao prepotente y sectario del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural.

Los partidos formados desde el poder

Hay partidos formados para alcanzar el poder y partidos formados desde el poder. Los partidos formados para alcanzar el poder intentan hacer Estados ideológicos. Los partidos formados desde el poder son reflejo necesario de la gestión gubernamental que los gesta y mantiene. Los partidos formados desde el poder duran mientras dura el poder. Acción Democrática y COPEI fueron partidos para alcanzar el poder y, desde él, aspirar a realizar un programa. Fueron expresiones ideológicas de la socialdemocracia y la democracia cristiana. Su decadencia vino como consecuencia del clientelismo y la corrupción: la ilusión popular en sus banderas justas se marchitó con la incoherencia de quienes se decían sus representantes. El caso del PSUV es distinto. No es un partido formado para alcanzar el poder, sino formado desde el poder mismo, para aspirar a perpetuarse en él. El origen no es una juventud con formación ideológica, como fueron las surgidas de la FEV y la UNE. El origen remoto del PSUV es la logia militar golpista del 4F. Así el MBR está en la base de las evoluciones posteriores, que siempre supusieron la transformación del Ejército en Partido. Luego vinieron, por consejo, modelo y matriz cubana, la ilusión de dotar de una organización de masas a lo que, diciéndose “revolución”, era un revoltijo de apetencias personales y radicalismos de bambalinas, sin ninguna urdimbre política seria. En Cuba la sustitución del viejo PSP (el comunismo histórico de esa isla) por el PCC de factura castrista (excluyendo al núcleo duro pro-soviético: la llamada Microfracción de Escalante) pasó por el intento de las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas) y por el PURS (Partido Único de la Revolución Socialista). El PCC fue hecho a la medida de Fidel. En Venezuela el intento de unificación encontró fuertes resistencias hasta en el PCV. Pero el PSUV fue hecho a la medida de Chávez. La muerte de Chávez ha supuesto un rápido proceso de desintegración. El fenómeno no es nuevo en Venezuela. Indica que están perdiendo el poder y que el PSUV desaparecerá cuando las mieles hegemónicas del ejercicio arbitrario del control del Estado desaparezca. ¿Precedentes? Está el caso de las Cívicas Bolivarianas de López Contreras y del llamado PPG (Partido de los Partidarios del Gobierno). También está el caso del PDV (Partido Democrático Venezolano) medinista. Este último tuvo, según Ramón J, Velásquez, la mayor concentración de intelectuales y artistas que haya tenido partido alguno en la historia de Venezuela. Y después del 18 de octubre de 1945 desapareció sin dejar rastro. Los partidos hechos desde el poder se volatilizan cuando el poder ya no es hegemónico o pasa a otras manos. Por eso la resistencia organizada desde el gobierno a que se conozca la verdad sobre la votación del 14 de abril de 2013. Pero esa verdad se conoce. Y lo que está enterrado por la votación popular es el tinglado que garantizaba prebendas y granjerías. El PSUV no es una excepción. Como todos los partidos hechos desde el poder y para el poder está agonizando. Y la logia militar golpista original del 4F ya no tiene recambio histórico.
 
La intelligentsia y el imaginario colectivo

Hemos visto, sin toda la capacidad de respuesta que hubiera sido necesaria, la prostitución de nuestra memoria histórica. Desde las estupideces sobre Cristóbal Colón y un supuesto irredentismo indígena, ajeno a nuestra realidad; hasta la exaltación de lo menos perdurable de la Federación, contemplando espejismos, con miopía fingida, suponiendo socialismos agrarios en el acratismo y en el descoyuntamiento del sentido de comunidad nacional que produjo la barbarie anárquica. Esa barbarie anárquica generó tal anemia ciudadana que permitió que se consolidara, cruzada la curva de la mitad del siglo XIX, por tres décadas, la egolatría deshonesta de Guzmán Blanco. Éste se concentró en el ejercicio del poder central y en el disfrute de una inmensa riqueza amasada con dolo, en perjuicio de la sociedad cuyo control poseía. Gobernó Antonio Guzmán, hijo, desde Caracas o desde París (instalado en el Raphael, del XVIème arrondisement,). Cuando Guzmán, en el epílogo del Guzmancismo sin Guzmán (para usar la terminología de Augusto Mijares) se dio cuenta que el Gran Partido Liberal Amarillo ya no respondía a sus caprichos sino a los intereses de los caudillos segundones (es decir, que lo que parecía impensable se había dado: que quien mandaba de verdad en estos predios era Joaquín Crespo) exclamó, más con cansancio y desprecio que con ira, en su casona de Antímano: Vámonos, que las gallinas están cantando como gallos. Y se fue.

¿Adónde podía retirarse un hombre como Guzmán Blanco, que se jactaba de ser el hispanoamericano más rico de su tiempo, un marginado por exceso (para usar la terminología de Arístides Calvani)? –Pues a París, por supuesto. Una de sus hijas resultó la  consorte del Duquesito de Morny. La aventajada plutocracia post federal criolla unió su sangre, su fortuna y sus destinos con la aristocracia del II Imperio francés. Allí, en París, murió, en 1899, Guzmán Blanco, mientras por estos predios, entonces más semi bárbaros que lo que son ahora, una bala indocumentada acabó antes, en 1898, con la vida de Joaquín Crespo en la Mata Carmelera. Así finalizó el agitado siglo XIX venezolano. Chávez llevó a Guzmán al Panteón. El orador que hizo su panegírico, el historiador de filiación comunista Federico Brito Figueroa, no pudo menos de reconocer que había sido uno de los gobernantes más deshonestos de la historia republicana. ¿Se irán los herederos de Chávez igual que Guzmán? ¿Adónde irán? Me parece que ninguno, en realidad, lo sabe. Son más predecibles los destinos con que sueñan los más conspicuos representantes de la llamada Boliburguesía (la nueva burguesía “bolivariana”).

Corsi e ricorsi que diría Vico. Desaparecido Chávez parece que desaparecerá el chavismo. Los resultados electorales del 14 de abril de 2013 son más que evidentes, aunque algunos se empeñen en no ver. Cuando Guzmán se fue de verdad y mataron a Crespo (aún se discute de dónde salió la bala) se acabó el Guzmancismo sin Guzmán. Y entonces vinieron los andinos. Los Sesenta fue la aventura iniciada en la frontera occidental, en el Táchira. Desde allí arrancaron los compadres, Castro y Gómez, para imponer (con Gómez) la paz forzada y hacer del siglo XX un siglo andino en la historia de Venezuela. Al comienzo fue el delirio, la verborrea nacionalista y la adulación sin límites al Cabito por parte de algunas Logias y de la oligarquía valenciana y caraqueña. Historia de opereta. Ayuna de grandeza. Mezcla continuada de cuadros risibles y dolorosos. Miseria moral y material. Cadena tragicómica. Siempre por la tangente del caudillismo o de las roscas nauseabundas de intereses de grupo, económicos y políticos. La patria como ficción. La República como aquella amarga carcajada de la que hablara la pluma cebada en el dolor de José Rafael Pocaterra. El terremoto de comienzos de siglo XX y Castro saltando con un paraguas por un balcón de la Casa Amarilla, terminando, como es lógico, desmayado por el golpe. Muy bolivariano, despertó lanzando un discurso a la asombrada guardia que acudió en su auxilio con aquello de si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca, y otras sandeces propias del histrionismo del Cabito. Precedentes, esos, de otros histrionismos grotescos más cercanos. Las secuelas fueron más prosaicas: una pierna rota y el abandono del antiguo y céntrico palacio de los Capitanes Generales, la Casa Amarilla, y luego (hasta él) de los Presidentes de la República, buscando en la mansión crespera de Misia Jacinta, Miraflores, un lugar antisísmico más seguro. El Bloqueo de 1902 y la arenga (dicen que fue escrita por Manuel Landaeta Rosales o Francisco González Guinán) que todos conocen (al menos en mi tiempo de bachillerato todos conocían) por sus primeras palabras: “La planta insolente del extranjero ha hollado el sagrado suelo de la Patria”. ¿Intentó Chávez imitar a Cipriano Castro? Su obsesión contra “el Imperio” pareciera indicarlo. Pero el suyo fue un antimperislismo de pacotilla: los Estados Unidos siguieron siendo el primer cliente del petróleo venezolano. Lo son aún en el inicio postchavista de Maduro. Pero ―ya lo sabemos― las incidencias de esta Ínsula Barataria en que ha devenido la República no resultan muy lógicas.

Chávez murió y sus herederos parece que desean (de dar crédito a la retórica fanfarrona de Cabello o a las contradicciones sin fin de Maduro) que el epílogo del chavismo sea apocalíptico. Quiera Dios que no lo logren. Un día de guerra civil son cien años de odio. Nuestra última guerra civil fue la llamada Revolución Libertadora de Manuel Antonio Matos (el principal banquero del país, emparentado con Guzmán Blanco). En el papel, la insurgencia no podía perder: agrupaba contra Cipriano Castro a los más destacados caudillos de la historia con olor a pólvora de nuestro siglo XIX. Pero perdió. Fue una guerra horrorosa: la última con batallas de verdad y casi 40.000 muertos, según las cifras de Arellano Moreno en su Mirador de Historia Política Venezolana. El encuentro más prolongado y sangriento (22 días y cerca de 4.500 bajas, en una lucha casa por casa) fue la Batalla de La Victoria. Según referencias aportadas por Manuel Caballero en Gómez, el tirano liberal, los observadores militares norteamericanos de la Batalla de Ciudad Bolívar (22 de julio de 1903) estimaron en 1.200 los fallecidos en la acción que constituyó la derrota definitiva de los revolucionarios y el reconocimiento de las cualidades de combatiente de un comerciante y hacendado fronterizo trocado en “General” de montoneras, Juan Vicente Gómez. Según sus propios cálculos, el chavismo no puede dejar el poder, pero....¡nunca se sabe! Los vivos, en el alarde de su propia viveza, suelen terminar por dejar de ser inteligentes. Y en política (más aún en la política venezolana) nada es eterno.

Los excesos de Castro minaron su salud. Y la salud minada abrió el paso a la operación quirúrgica y a la recomendación de su tratamiento en el exterior. La historia es conocida. Castro dejó a su compadre encargado del poder. A un mes de su partida ya Castro no era más Presidente. Sic transit gloria  mundi. A Gómez le llevaron el telegrama donde el delirante caudillo (respondiendo quién sabe a qué informe o intriga) recordaba desde afuera: “A la culebra se la mata por la cabeza”. Ahora interceptan los teléfonos y los correos electrónicos; antes lo hacían con los telegramas. La operación interna fue política. Sin un tiro. Rodearon inicialmente a Gómez los políticos de Caracas y Valencia que pensaban que un hombre primitivo y de muy escasas letras sería presa fácil de la casi ilimitada capacidad de maniobra que el sector que deseaba unir el poder político y el económico se atribuía maquiavélicamente a sí mismo. Gómez los dejó hacer zamarramente. Luego los eliminó, política o físicamente (y, en algunos casos, política y físicamente). Por 27 años seguidos, desde 1908 hasta su muerte natural en diciembre de 1935, fue, para decirlo con la consigna urdida por la adulación de Ezequiel Vivas, ¡Gómez único! ¿Logrará Chávez emular a Gómez? No parece. Hasta ahora, en analogía de proporcionalidad impropia, lo más que se ha visto como distintivo del actual desastre fue el título del lujoso ejemplar que se distribuyó en Caracas a los asistentes a una Cumbre de la OPEP. (Se atribuyó la autoría al General Jacinto Pérez Arcay). El título del volumen reza, presentando los documentos básicos de la revolución bolivariana (¡?): Por ahora....y para siempre! Gracias a Dios, los para siempre de la historia venezolana resultan un ratico, más o menos prolongado. Hitler habló del Reich Milenario. Dejando como herencia millones de muertos sólo se extendió por 12 años. En un arranque de magnanimidad, Chávez dijo en Barinas, en los alrededores del 2004, que su V República duraría cinco mil años! El chavismo ya dura un poquito más que el III Reich. Como dice el Eclesiastés, alguna vez citado instrumentalmente por Chávez, todo tiene su tiempo.

No se ha dejado tranquilo a Bolívar. Además de un atormentado aquelarre de madrugada para hurgar en sus huesos, al parecer, contando con los buenos oficios de Farruco Sesto, se pretende erigirle un mausoleo faraónico. Chávez llevó también a Cipriano Castro al Panteón. Elías Pino Iturrieta escribió sobre la legítima duda que asalta sobre si quienes allí lo llevaron como “prócer” sabían lo que hacían. Luego de la discutible presencia de Guzmán Blanco y del espectáculo circense con el traslado “simbólico” de Guacaipuro (una especie de vodevil donde actuaron un plumífero “indígena” gringo y otros danzantes), con la parafernalia a raíz de lo de Castro quedó claro el absoluto irrespeto de la Revolución por el Panteón y quienes allí aguardan, junto con el Libertador la resurrección carne.

Con Gómez los intelectuales sirvieron de escabel a la tiranía personalista. Más que un militarismo, en sentido estricto, el gomecismo fue el canto del cisne de nuestro caudillismo rural, cazurro y arbitrario, que exigió para su consolidación la seguridad de un ejército nacional (que comenzó a formarse después de una centuria de belicismo suicida en el desorden interno). Los “militares” que mandaban no eran propiamente de academia. Eran servidores del poder; y éste no era otro que Juan Vicente Gómez. Era, pues, un poder con nombre y apellido. En su persona se concentraba, se monopolizaba, sin adornos de pluralismo, el ejercicio de la capacidad de decisión. A Gómez no le importaban las ficciones jurídicas sino las realidades prácticas. Las ficciones se las preparaban los intelectuales que se prestaban, por cansancio o por falta de vergüenza, a ser piezas al uso, según el capricho del dictador. Gómez podía estar, formalmente hablando, fuera del ejercicio de la Presidencia. Pero nadie dudaba que quien mandaba era él, y nadie más. Así, cuando salió “en campaña” para combatir una supuesta invasión de sus adversarios, dejó a José Gil Fortoul, a la sazón Presidente del Consejo de Gobierno, como Presidente Encargado de la República. Eso fue en 1913. En 1914 comenzó un espectáculo alucinante: uno de los más pintorescos pasajes de nuestra historia de opereta. Hizo designar a Victorino Márquez Bustillos como Presidente Provisional de la República. Y fue laprovisionalidad más larga de la historia. Posiblemente no sólo de la historia de Venezuela. No conozco un fenómeno semejante en ninguna otra latitud. Márquez Bustillos estuvo allí, atento a desempeñar el papel asignado, sin  ninguna pretensión de independencia o creatividad personal, desde 1914 hasta 1922. Y luego un Presidente “elegido constitucionalmente”, Juan Bautista Pérez duró escasamente de 1929 a 1931 cuando se le pidió la renuncia (que presentó con rapidez y docilidad) para que Gómez volviera, cumplidos los requisitos jurídicos formales, al desempeño de la primera magistratura hasta su muerte. La sorna caraqueña ―aguda, inagotable― decía, en referencia a Miraflores: “Aquí vive el Presidente / y el que manda / vive enfrente”. En realidad, Gómez vivía en Maracay.

En la crisis que han representado y representan Chávez y el chavismo estamos viviendo un salto atrás histórico. Y sin demasiada capacidad de reacción intelectual. Es verdad que prácticamente ninguno de los que genéricamente integran lo que podría llamarse hoy la intelligentsia nacional está en las filas de los defensores o adulantes del régimen. Más aún: los pocos que se arrimaron o abordaron, con variadas intenciones a la balandra del ganador, después de las elecciones del 98 hace rato no lanzan alabanzas sino amargas críticas contra quien les deshizo, cuando le convino, su ilusión escapista. Los historiadores (Manuel Caballero, q.e.p.d., Germán Carrera Damas y Elías Pino Iturrieta a la cabeza) y los humoristas (Zapata, Laureano Márquez, Claudio Nazoa, Rayma, entre otros), son demostrativos que la crisis social y política sirve para encontrar en el presente, desatados, los peores fantasmas de nuestra historia; y que, como desgobierno nacional, la pesadilla actual es veta inagotable  para la mejor medicina contra la úlcera: la risa.

Chávez tuvo numerosos Vicepresidentes, en catorce años. Ninguno con poder real. La rotación en Ministerios claves como el de Interior y Justicia y el de Defensa puso de relieve que la provisionalidad, al revés de cuando Gómez, debe verse en todos los órdenes de la alta burocracia estatal, pero no en la Presidencia. Chávez no es Gómez. Los 40 años de democracia civil, civilista y civilizada, vituperados por él y sus seguidores, a pesar de sus defectos (entre otros, como queda dicho, la anemia letal de los partidos fundamentales del siglo XX y el éxito político de Chávez y el chavismo), permitieron el desarrollo, aún incipiente, de una conciencia ciudadana que, gracias a Dios, no tolera ya un Gómez. Por si faltaran razones, indico una simple y de bulto: porque esta Venezuela del arranque del siglo XXI no es la misma del inicio apesadumbrado de nuestro siglo XX. Mario Briceño-Iragorry habló, respecto a los más destacados personajes de la generación positivista que nutrieron los cuadros gobernantes del gomecismo, de la traición de los mejores. Su elevada preparación cultural, en un país minado por el paludismo y otras endemias, por la incultura y la pobreza, se usó pro bono suo, en su propio beneficio, pero no en servicio para elevar la humana condición de un pueblo que esperaba. Y esperó largamente, hasta que comenzara, en la sobada expresión de Picón-Salas, el siglo XX en 1936. Hoy, me parece que podría, objetivamente, hablarse de la complicidad de los peores. Y parece que está a punto de comenzar en 2014, en Venezuela, un retardado siglo XXI.

Apareció el petróleo, en las primeras décadas del siglo pasado. El General petróleo fue quien realmente realizó la profunda transformación de la Venezuela desde la primera mitad del siglo XX. Se operó el cambio de la República pobre, pobrísima, a la República rica. Fue el cambio, como ya dije,  de la nación campesina a la nación urbana; del país rural al país minero. Del sueño imposible de La Alborada de Rómulo Gallegos, al despuntar la centuria, al sueño rebelde y acariciable en su potencialidad modernizadora de la élite universitaria de 1928 (en un país con más de un 70 % de analfabetismo), va toda la elipse que cristaliza en el imaginario colectivo distinto de una generación civil, civilista y civilizada. Saint-Just hablaba de la force de choses. Rómulo Betancourt, quizá parodiándolo, hablaba de la terquedad de los hechos. No pueden evadirse, con un simple alarde de voluntarismo, las fronteras y las limitaciones de la realidad. Chávez parece no haber entendido eso. Y contagió la incomprensión al tándem Maduro-Cabello. Pero si no se entiende eso, la política se convierte en un ejercicio de escapismo. Y si el escapismo logra armarse de la arbitrariedad hecha poder el daño colectivo puede ser de dimensiones bastante grandes. La aniquilación de la empresa petrolera nacional, PDVSA, p. e., fue, desde el más alto gobierno, una “política” deliberada.

Para la fortaleza del civilismo democrático

La rabia a los defectos del pasado ha cedido su lugar, ante las evidencias del actual desmadre gubernamental, a la decidida combatividad de grupos democráticos que buscan galvanizar las mayorías nacionales, tanto de la sociedad política como de la sociedad civil. Ello se puso en evidencia a pesar de las deformaciones del actual sistema electoral (hecho para beneficiar siempre a Chávez y al chavismo) en la última elección parlamentaria de 2010, donde el Consejo Electoral, ante la aplastante victoria opositora debió concederle el 52 % de los sufragios, que chavistamente se traducían en una minoría de asientos en la Asamblea Nacional. La tarea de empezar a labrar el futuro saliendo de este oscuro presente es vista como tarea que debería ser de todos, como empeño que no admite la deserción ni la cobardía. Desde diciembre de 2001 es, sin posible marcha atrás. Con tragedias como la del 2002, con Tiburón 1 ordenando la represión asesina de la gigantesca manifestación pacífica. Con avances y retrocesos, con éxitos y fracasos, con heroísmos y ruindades, con sacrificios sin cuento. Millones de ciudadanos con banderas, canciones y consignas conquistando la calle. Con muertos y perseguidos. Millones de firmas para salir de esto en paz, una y otra vez. Siempre con la sensación que hemos, como se dice en criollo, llegado al llegadero. El Firmazo, el Reafirmazo y el Revocatorio, el 2004. La victoria de la campaña dirigida por el Movimiento Estudiantil contra los caprichos constitucionales del mandamás —como la reelección indefinida— el 2007 (que Chávez, acompañado del Lumpenmilitariat, calificó irritado con términos escatológicos que la decencia impide transcribir).

Somos un país en crisis, aunque el teniente Cabello se empeñe en negarlo. Todo ese conjunto de desgracias no son una campaña mediática, como se empeñan a menudo sus voceros en decir, Son una tremenda realidad que presagia adversidades políticas en el futuro inmediato. Con cifras de desempleo y de pobreza que indican lo mal que el venezolano del comienzo triste del siglo XXI ya está viviendo, con la revolución que es demolición. No está, no, Venezuela en su mejor momento. Tampoco lo está el post-chavismo y esa “Revolución” con cara de pagaré vencido. No hay demolición bonita. Los ciudadanos de a pie piden unidad. Parece que se requiere unidad para dirigir. Para dirigir eficazmente, en medio de un desarrollo de acontecimientos que puede desembocar, en tragedia. El gobierno pareciera, con su criminal política económica y social, estar precipitando un estallido, sin darse cuenta de que Nerón incendió Roma y, aunque estuvo cantando ante el incendio, se vio, a la postre, en la cobarde necesidad de inventar luego la culpa de los cristianos para tapar, con los horrores de la persecución, los hechos de su locura delincuente. La mayoría sabe que no hay ninguna posibilidad de empezar a construir la salida de la crisis nacional mientras la locura neroniana siga en el poder.

En medio de la situación actual, pues, la lucha por salir honorablemente de ella continúa. No es momento de apaciguamientos. “El apaciguamiento ―recuerda Dick Morris en Juegos de poder― no brinda una opción entre la paz y la guerra, sino sólo entre luchar y rendirse”. Y la palabra rendición no existe en nuestro diccionario. Riesgos no faltan ni faltarán. Ellos no pueden mellar el ánimo, sino fortalecerlo. Alexander Hamilton advirtió que una nación que prefiere la deshonra al peligro está preparada para tener un amo y se lo merece. Con los testimonios ya dados por la sociedad civil y la nueva juventud venezolana —sobre todo la universitaria— no parece ser esa, en la actualidad, gracias a Dios, la situación de nuestra patria. El fin de la pesadilla parece inminente.

(*) José Rodríguez Iturbe, Caracas, 1940. Diputado por el Estado Zulia durante 6 Congresos consecutivos 1970-1999. Presidió las Comisiones de Política Exterior y de Defensa. Fue Presidente de la Cámara de Diputados de 1987 a 1990. Abogado por la Universidad Central de Venezuela. Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra. Ha sido Profesor en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad Monteávila, en Caracas. Desde 2005 es Profesor de Historia de las Ideas Políticas en la Universidad de La Sabana, Bogotá.
 
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Señor Doctor
José Rodríguez Iturbe
Bogotá

Recordado Pepe:

Una mano amiga me hizo llegar una copia de un trabajo tuyo intitulado “El nudo gordiano del chavismo”. El ejemplar que llegó a mis manos vino sin fecha. Me pareció brillante, como todo lo tuyo. Con elocuencia y erudición características. Me hizo recordar el ensayo de Luis Herrera “Frente a 1957” publicado en Tiela y en el que se pronosticó el fin de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez.
En tu trabajo encuentro muchas cosas con las cuales estoy de acuerdo, de acuerdísimo. Otras que me llamaron la atención. Voy a comentar las segundas.
Cuando hablas de la “rabia acumulada” mencionas con toda justicia lo que plantearon “con valentía” Moisés Naím y Ramón Piñango en su trabajo “Venezuela, una ilusión de armonía”. Omites mencionar, sin embargo, que el 5 de julio de 1987, desde la más alta tribuna de la República, en presencia de todo el liderazgo nacional, encabezado por el propio Presidente de la República y transmitido en cadena nacional de radio y televisión, el Secretario General del Partido demócrata Cristiano, en el cual tú y yo militábamos, pronunció un discurso intitulado “El Pueblo está bravo”, en el cual se presentaban las razones para la rabia del pueblo y se ofrecían caminos para enfrentar constructivamente los motivos de la irritación popular.
A partir de esa fecha, se inició un gran esfuerzo político-electoral que, a pesar de todas las traiciones, fue respaldado por tres millones de venezolanos que, para esa fecha, representaban más del 40% del electorado nacional.
Lo de Naím y Piñango fue muy meritorio, pero no fue lo único.
También me llamó la atención, y mucho, que cuando hablas de la decadencia de Acción Democrática y de Copei te limitas a repetir el argumento de Ibsen Martínez y de Marcel Granier en “Por estas calles”, de que fue el clientelismo y la corrupción lo que marchitó las banderas de esos partidos.
Con mucho respeto me permito recordarte que Copei fue un partido en constante ascenso electoral desde su fundación en 1946 hasta las elecciones regionales de 1992. Siempre crecimos, elección tras elección, con la sola excepción de la elección general de 1983, en la que experimentamos un retroceso que todavía se discute si fue debido a la imagen negativa que tenía la opinión pública de la administración de Luis Herrera o a la reiteración de la candidatura de Rafael Caldera, o a ambas circunstancias, como me inclino yo a creer.
En 1988 logramos nuestra más alta votación histórica en cifras absolutas y, por segunda vez (la primera fue en 1978) logramos superar el 40% de la votación nacional.
La decadencia electoral de Copei se produce por dos causas muy claras: La división y el oportunismo.
De acuerdo con las cifras del Consejo Supremo Electoral, Copei bajó de tres millones de votos que obtuvo en 1988 a un millón trescientos mil cinco años después, en 1993. Perdimos 1.700.000 votos en cinco años. Lo curioso es que la votación del candidato disidente de Copei fue precisamente 1.700.000 votos. Tú yo sabemos sobradamente que esa votación no la aportó el MAS, ni el MEP, ni el PCV, ni ninguno de los partidos que integraron el tristemente célebre “chiripero”, sino que provinieron de la votación copeyana.
De modo que no hay que buscarle cinco patas al gato. La catástrofe electoral copeyana se inició en 1993 como consecuencia de la división del electorado entre el candidato oficial del partido y la figura más representativa del social cristianismo venezolano que resolvió montar tienda aparte. Omitir la mención de esa circunstancia a la hora de explicar la decadencia electoral de Copei me parece inadmisible.
Ni clientelismo, ni corrupción, fue la división del electorado social-cristiano.
Por supuesto que no hay que olvidar que ya en la elección de 1988 nuestro líder más representativo, Rafael Caldera, había hecho todo lo posible por perjudicar la opción electoral de la democracia cristiana. Y eso también influyó.
En 1993, sin embargo, y a pesar de la división, nos quedaron un millón trescientos mil votos. Cinco años más tarde los perdimos todos por un ejercicio insólito de oportunismo electoral, que nos llevó a postular a una venezolana muy prestigiosa, creyendo que podíamos aprovecharnos de ese prestigio para obtener beneficios electorales.
Todos los argumentos que escuché a favor de esa candidatura apuntaban a que con ella sí ganábamos las elecciones y que con ninguno de los líderes de Copei podíamos ganar.
El resultado fue perfectamente previsible. Se desinfló la señora y Copei desapareció electoralmente hablando. Tampoco puede admitirse que se olvide ese argumento a la hora de analizar las causas de nuestra debacle electoral.
De modo que para mí, están perfectamente claras las razones de la tragedia electoral de Copei: la división y el oportunismo.
Mi gestión como Secretario General Nacional del Partido terminó con mi renuncia al cargo en diciembre de 1992. Dejé al partido con tres millones de votos, con 40% de la votación nacional, con la más grande fracción parlamentaria de su historia y con 13 gobernaciones de estado y las alcaldías más importantes del país. Es bueno recordar que esas gobernaciones fueron las de Anzoátegui, Barinas, Carabobo, Cojedes, Delta Amacuro, Falcón, Guárico, Miranda, Mérida, Nueva Esparta, Táchira, Yaracuy y Zulia.
Reconozco que sobre la gestión que me sucedió, encabezada por Donald Ramírez, hubo muchos comentarios sobre clientelismo y corrupción. Incluso se habló de operaciones cuestionables para entregar posiciones salidoras al Congreso Nacional a cambio de contribuciones monetarias. Entre ellas un caso notable en el estado Zulia.

Pero nada se compara con el efecto demoledor que produjeron la división de nuestro electorado en 1993 y el ejercicio de oportunismo en 1998. Las cifras oficiales del Consejo Supremo Electoral lo demuestran contundentemente.
Es muy cómodo hablar de clientelismo y corrupción sin especificar de quien o de quienes se habla, con lo cual se deja una sombra de sospecha sobre demasiada gente.
Estoy seguro de que a ti no te ha pasado desapercibido que la llamada revolución chavista es la primera revolución, en la triste historia de todas nuestras revoluciones, que no llevó a nadie a los tribunales por concepto de corrupción.
Es impresionante que después de todas las acusaciones tremendas de corrupción que se hicieron contra adecos y copeyanos, luego del triunfo del chavismo ningún adeco ni ningún copeyano fue llevado a los tribunales con alguna acusación de corrupción.
Yo que soy miembro del Instituto de Previsión Social del Parlamentario me conmuevo cuando asisto a las asambleas del Instituto y veo a los jefes más destacados de ambos partidos durante los cuarenta años gestionando diligentemente las prestaciones a las que tienen derecho y a las que podrían renunciar tranquilamente si fuera verdad que se habían enriquecido como lo hizo creer la gigantesca campaña anti-partido que se desató en los últimos años de la República Civil.
Por eso espero que comprendas la reacción que me produce cuando veo repetido el argumento de que la decadencia de nuestro partido fue causada por clientelismo y corrupción.
Por supuesto que los hubo. Pero la decadencia de Copei está explicada por la división y por el oportunismo. Tú y yo sabemos sobre gente que se enriqueció indebidamente, pero generalizar no es justo.
Tendría otros muchos comentarios que hacerte acerca de acontecimientos más recientes que mencionas en tu trabajo, pero prefiero dejar esta carta como está para que no se ponga demasiado larga.
Recibe un cordial abrazo de tu amigo,
Eduardo Fernández

Reproducciones: José Rodríguez Iturbe. Momento, Caracas, nr. 755 del 03/01/71, y El Nacional, Caracas, 02/11/1979.

NOTA LB: Marcos Villasmil ha tenido la amabilidad de remitirnos el valioso texto de JRI, una misiva de EF y otros materiales críticos de reflexión sobre COPEI, incluyendo la respuesta a un artículo reciente de dudoso calibre  sobre la llamada "alternativa". Forma parte de lo que MV ha ejercitado bajo el título denunciativo de "socialcristiano busca partido". No quisiera abundar sobre la materia, debido a mi retiro de la organización verde por causas muy justificadas que ni siquiera quise motivar en la misiva correspondiente, a principios del presente año. Empro, juzgada su importancia, deseamos conservar la extraordinaria contribución del Pepe y la contestación que acarreó. Lamentablemente, no sabemos convertir un PDF en Word, ni orbitarlo acá, pues, la carta de Donald Ramírez luce relevante.