Del despellejamiento moral
Luis Barragán
La participación ha sido una consigna tan reiterada e internalizada en más de una década de desinhibida e incontrolada campaña propagandística y publicitaria del Estado, que nos creemos firme y fervorosamente partícipes de todos los procesos políticos así las realidades lo desmientan. Y – por si fuese poco – protagónicos, acercándonos más a lo que concibió Aníbal Nazoa como el “alma de la fiesta”, en una vieja obra humorística, que a la aceptación y reconocimiento de nuestros roles cívicos.
Huérfanos de todo control – por lo menos – parlamentario sobre el contenido y gasto de una larga e intensa campaña, la que ha dicho dotarnos de sentido, fundando una legitimidad, alcanzamos y solemos compartir una cierta patología social de la que todavía no conocemos sus límites. Mientras que no sea la propia, respecto al entorno familiar, aprendimos y asimilamos como normal la muerte violenta en las calles, partiendo de la “sensación de inseguridad” que diagnosticara y legara Chávez Frías para la tardía e inevitable explicación que dio en torno a un problema tan esencial, con descarado acento doctrinario.
Se dice de unos tales “poder popular”, “contraloría social” o “parlamentarismo de calle” que, debidamente controlados y financiados por la cúpula del poder central, y, por añadidura, sabiéndolos técnicamente delimitados, constituyen una estafa política. Al desinstitucionalizar la participación (y la representación), la experiencia está destinada exclusivamente a los afectos o partidarios, pretendiendo la legitimación por una vasta clientela política a la que le facilita la supuesta supervisión de una industria tan compleja y exigente como la petrolera, o el espectáculo presencial en la Asamblea nacional que la ha declarado “pueblo legislador”, así sea ajeno a las propuestas que los convoca.
Puede decirse de una participación curiosamente desintegradora que observa en el más modesto disenso, una agresión y, en lugar de explicársela como una consecuencia de la lucha de clases, si fuere el caso del peculiar socialismo que vivimos, por una parte, apela a los desadaptados o disociados que merecen todo el odio, el rencor y el revanchismo de los que se han hecho acreedores; y, por otra, intuyéndonos en una economía y sociedad rentista, peligrosamente araña y toca el etnocentrismo. Éste les concede la morbidez necesaria para evitar una explicación básica sobre el reemplazo suscitado en las clases dominantes, emergidas de esta otra etapa de la Venezuela Saudita, aunque – a la postre – no sepan de alguna sobre el fenómeno inmigratorio chino, incluyendo la sospecha que recae sobre un masivo negociado originado en las dependencias públicas, que pueda competir con la discursiva afrodescendiente y aborigen.
Precisamente, poco importan las explicaciones en torno al socialismo que ha de garantizarles el poder milenario, constante y sonante, sustituidas por una sobredosis de tensiones, hendiduras, resentimientos o resquemores, realmente participados. Un ensayo extraordinario, “El populismo quiliástico en Venezuela”, recogido en una compilación de Alfredo Ramos Jiménez sobre la transición venezolana (Mérida-Caracas, 2002), en el que Luis Madueño exploró la mentalidad orgiástica, sensualista o placentera que, al ubicarnos en un terreno francamente emotivo, donde sólo vale la creencia a ciegas en el régimen y sus portavoces, condenándonos a la prepolítica, nos permite concluir que la aludida campaña ha sido todo un programa de guerra psicológica que amerita de los especialistas capaces de ayudarnos a una transición que va más allá del hecho político.
El caso del diputado Richard Mardo constituye un vivo ejemplo del ensañamiento que, alevoso y premeditado, nos dice concursar colectivamente sobre el sadismo que explica a los beneficiarios reales y minoritaritarios del socialismo que ha de durar demasiado, como para que en esta vida no deban responder por sus actos. Poco importa la razón, las comprobadas falsificaciones de los hechos que aquél ha alegado, pues, la supervivencia los obliga o dice obligarlos al allanamiento y a prometerle una cárcel para delincuentes comunes, al igual que lo ofertan para otros líderes de la oposición.
Y tampoco importa acusar y denigrar de los demás, tildándolos de vende-patria, entreguistas y lacayistas, a pesar que – recientemente – Rafael Elino Martínez nos haya entregado un valioso testimonio sobre el intervencionismo castrista de los sesenta (Caracas, 2013), o – más atrás – Héctor Pérez Marcano y Antonio Sánchez hicieran lo propio con la llamada invasión por Machurucutu (Caracas, 2013). Mientras tanto, el oficialismo calla al respecto, intentando reescribir sobre un pasado donde otros fueron los que enfermizamente los reprimieron.
El irresponsable despellejamiento moral del adversario, convertido en un prolongado espectáculo, se ha convertido en una necesidad para el régimen, deseándonos a todos partícipes del circo que, a falta de pan, sirve de una planificada diversión, entretenimiento o juerga que también mete miedo sobre nuestro personal destino, por humilde o módica que fuese la discrepancia. Las estadísticas lo dirán, la playita y el licor no pueden faltar para completar la faena, porque es el gobierno el que “rumbea” encima de los temores generalizados, forzándonos a sonreír – siempre – sobre la suerte ajena.
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/16052-del-despellejamiento-moral
Fotografía: LB, pieza de Víctor Lucena (FIA, 2013).
Breve nota LB: Tomamos la fotografía, invertida la pieza. Obra significativa, cinética, partiendo de un elemento común. Y, como toda obra de arte, sugestiva. Desde el primer momento que la vimos, vino a nuestra mente la Venezuela divertida de las barras.
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domingo, 21 de julio de 2013
domingo, 27 de mayo de 2012
PROMESA CUMPLIDA
Hay que recordar el ambiente previo a Pentecostés, los cincuentas días que pasaron después de la Resurrección del Señor. Los apóstoles estaban encerrados, ocultos por miedo a los judíos, estaban llenos de pesimismo, su fe se les había apagado, eran incapaces de recordar lo que el Señor les había anunciado, que tenía que padecer, morir y al tercer día resucitar; estaban sumergidos en angustia y desesperanza. Es lo que nos describe el evangelio de Juan. Estando reunidos en un mismo lugar, según lo describe el texto de Los Hechos de los Apóstoles, viene sobre ellos el Espíritu Santo, que en forma de fuego (uno de los símbolos aplicados a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad para significar la vivacidad, la fuerza, el calor que cobija del frío inclemente…) se posa sobre cada uno de ellos y empiezan a hablar en lenguas que quienes los escuchaban (siendo de lugares diversos) los oían hablar en su propio idioma. Esto significa que ahora los Apóstoles llenos de la presencia divina, ungidos con la gracia de Dios, fortalecidos con el poder de Cristo salen a anunciar a todos los pueblos el evangelio de Cristo, a lograr que los hombres conozcan al verdadero y Único Dios manifestado en Jesús y vivan en el amor que es el núcleo de la vida cristiana.
Aquellos hombres cobardes, llenos de miedo, sin fe, una vez que reciben el Espíritu Santo, salen fortalecidos, son capaces de entender lo sucedido, se llenan de valor y salen a predicar que Cristo ha resucitado, que venció la muerte y el pecado y quien se acerca a Él encuentra vida plena y salvación eterna.
El Espíritu Santo, que junto al Padre y al Hijo es Dios, ha estado siempre y está en medio de la Iglesia de Cristo; actúa en ella y por medio de ella, pero sin agotarse en ella. Es Él quien va llevando las riendas de la Iglesia de Cristo, quien la impulsa, santifica, purifica, renueva y la conduce para que con eficacia anuncie el evangelio a todos los hombres. La Iglesia se ve santificada con los dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios (dones que de manera especial el cristiano católico recibe el día de su confirmación) y permite que los cristianos que viven sinceramente su fe y según las enseñanzas del Señor, son capaces de dar frutos como manifestación y certeza de vivir en Dios: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad y dominio de sí. También el Espíritu Santo reparte carismas, dones especiales dentro de la Iglesia de Cristo, para que ésta se robustezca, crezca y cumpla con eficacia su misión: Apóstoles, profetas, maestros, doctores… (1 Cor. 12-13), pero el mayor de los carismas o dones es el amor. Un cristiano que vive sin amor o no irradia amor es un cristiano sin vida, sin aliento, sin la presencia del Espíritu Santo que lo mueve a buscar a Dios y a vivir en unidad y comunión con sus hermanos.
Decir que la Iglesia cristiana católica es la Iglesia de Cristo, entre dones, frutos o carismas; es sobre todo porque vive en radicalidad la comunión, la unidad, la fraternidad, el amor sincero (a pesar de los errores y debilidades como comunidad humana que es) para salir a evangelizar y todo esto mediante el Espíritu Santo que la guía y sostiene. Es el Espíritu Santo quien dirige, purifica y fortalece a su Iglesia y como lo ha prometido el Señor, ni el poder del infierno prevalecerá sobre ella. (Mt.16,18).
IDA Y RETORNO: Hoy día de Pentecostés, desde hace varios años, se celebra en Venezuela el día del Seminario, para implorar al Señor que nuestras casas de formación sacerdotal se conviertan en verdaderos cenáculos, donde venga siempre el Espíritu Santo a iluminar, santificar, guiar, purificar y edificar y así se formen verdaderos y santos sacerdotes al servicio del Pueblo de Dios. Que los seminaristas siempre guiados por el Espíritu Santo de Dios aprovechen los siete años de formación que duran en el Seminario para crecer como verdaderos discípulos misioneros que salgan llenos de la presencia de Dios a hacerlo presente en la comunidad cristiana que les toque servir. Pidamos al Señor que bendiga de manera especial a nuestro Seminario de Valencia, Nuestra Señora del Socorro, para que sigamos formando sacerdotes según su corazón y la necesidad de la Iglesia de hoy.
Ilustración: Víctor Lucena
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Joel de Jesús Núñez Flautes,
San Juan 20: 19-23,
Víctor Lucena
jueves, 9 de junio de 2011
BIENALIDADES

EL NACIONAL - LUNES 06 DE JUNIO DE 2011 CULTURA/4
El foro del lunes
VÍCTOR LUCENA El artista propone que se revise el lugar del país en la bienal
"No fui designado a dedo para representar a la nación en Venecia"
El delegado venezolano de la cita de 1999 no cuestiona a los creadores que exhiben su obra actualmente en el pabellón creado por Carlo Scarpa, pero sí el método con el que fueron seleccionados
CARMEN V. MÉNDEZ
Víctor Lucena ya regresó a Italia, de donde partió en mayo en un vuelo que lo trajo de vuelta a Caracas, su ciudad natal. El artista vino a inaugurar una individual en la galería La Cuadra, con la que rompió un silencio expositivo de 20 años. Las 2 semanas que duró su estancia en el país estuvieron signadas por la polémica que en los últimos años suele rondar a la delegación venezolana en la Bienal de Venecia, un tema que le atañe por haber sido el representante del país en la edición de 1999 y por ser un asiduo visitante del encuentro, considerado el espacio de confrontación más importante de la contemporaneidad.
¿Qué diferencia su participación en la Bienal de Venecia de 1999 de la representación actual? No protesto el envío, mas no comprendo el método. Hoy no sé cuál es el método que usa Venezuela para llevar a sus artistas. Cuando yo participé no se seleccionaban representantes a dedo. Anteriormente el componente del jurado de la Bienal de Venecia eran los presidentes o directores de cada museo, es decir, de la Galería de Arte Nacional, el Museo de Bellas Artes, el Museo de Arte Contemporáneo. Asimismo, participaba un personaje conocido en el ambiente de la cultura, netamente de la cultura. Yo no puedo llamar a un señor que se ocupa de física nuclear para que designe quién va a la Bienal de Venecia. Igual, nadie que se ocupe de arquitectura o de arte es normalmente designado para ir a un congreso de física nuclear. En el jurado solía haber unos señores que tenían créditos como historiadores del arte. Así se hacía, con por lo menos siete jurados.
Se critica que Venezuela envíe colectivas.
Eso es otra cosa. Si el jurado no lograba la unanimidad se hacía un envío colectivo de dos o tres artistas. En lo personal siempre he pensado que es mejor mandar a uno solo, para que sea visto. Yo fui en 1999, pero en años anteriores había sido propuesto por estos señores. Sin embargo, en esos casos preferí que fuesen los otros, no yo. Hasta que llegó el momento en el que me correspondió una votación unánime. No fui designado a dedo.
¿Cómo califica a los artistas que integran la delegación actual? Yo no soy crítico, ese trabajo se lo dejo a otros, pero pienso que para ir a la Bienal de Venecia hay que tener una obra, o por lo menos haber iniciado una. Soy de los artistas más jóvenes que han ido a la Bienal de Venecia. Tengo 40 años de carrera. Cuando fui, hace 10 años, no era que estaba haciendo intentitos. Comencé mis proposiciones a finales de la década de los años sesenta.
Quiere decir que cuando fui a Venecia había hecho la plaza con 2 individuales grandes: todo el Museo de Arte Contemporáneo para mí solo a los 32 años, y luego el Museo de Bellas Artes en el marco de la exposición El espacio.
Cuando expuse en el Contemporáneo fui propuesto por el profesor Umbro Apollonio, el gran presidente de la Bienal de Venecia. Era un historiador sumamente importante y hoy por hoy el archivo histórico de la Bienal de Venecia lleva su nombre. Eso quiere decir mucho.
Si vive en Italia debe ser un asiduo visitante de la bienal y del pabellón venezolano.
Voy a la Bienal de Venecia como espectador, a ver qué se está confrontando, lo que los otros países proponen.
Allí no existen países de primer mundo y países de segundo o tercer mundo. Se confronta paritariamente. No hay diferencia, porque en el pensamiento, en la contemporaneidad, no existen esos desniveles cuando la obra es buena.
¿Y qué impresión le deja el pabellón venezolano? Insisto en que no soy crítico. Esas cuestiones se las dejo a quienes tienen la potestad para designar al pabellón de Venezuela, que no es una sola persona. En ningún país se usan esos métodos. Por eso son varios jurados; lo normal es que cada quien piense de una manera y tenga sus postulados, pero al final se tendrán que poner de acuerdo. A quienes tienen esa responsabilidad les sugiero que revisen bien. Mis colegas de mi generación tienen todo el derecho de representar a Venezuela, y hay otros más jóvenes sumamente válidos, con obra detrás, que creo que también merecen un lugar.
Que se lea un poco, que se revise, que quizás se haga un foro público para debatir cuál es la propuesta que nos representa mejor. Hay que revisar cuál es nuestro lugar, lo que es de nosotros, cuidar nuestra reputación y nuestra obra.
Venezuela ha sido uno de los países que por largos años ha tenido una presencia sumamente importante en Venecia.
Basta pensar en los artistas que llevó en los años cincuenta. Tenemos pabellón propio.
Esto se debe verdaderamente a Italia, que nos concedió un terreno porque Venezuela recibió muy bien a la colonia italiana. Tampoco se tiene en cuenta que ese pabellón creado por Carlo Scarpa es Patrimonio de la Humanidad y que acá estuvo gente como Graziano Gasparini.
¿En el pasado surgían polémicas similares a la que ha tenido lugar por estos días? Absolutamente no. Puede que hubiera interrogantes, pero no polémicas. Si un artista no iba no se tenía que enfadar porque eran más de 7 jurados. A veces llegaban a 11. El único representante de la administración pública que participaba era el ministro de Cultura, pero tenía nada más un voto. El debate era abierto. Se interpelaba a gente como Inocente Palacios, Alfredo Boulton, Miguel Otero Silva...
Los directores de museos eran María Elena Ramos, Sofía Imber, Miguel Arroyo... Mucha de esa gente todavía existe, están allí, no se han esfumado del panorama. Hay otros jóvenes que trabajan en los museos, ahí está la fuente. Creo profundamente en las nuevas generaciones, en las nuevas ideas, pero en Venecia se debate obra, y la obra sólo se hace con el tiempo. No es que juntas tres o cuatro cosas y las muestras. Los niños prodigio existen en la música, pero no en el arte.
Fotografía: Leonardo Noguera
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