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jueves, 14 de mayo de 2020

PARA UNA ÉTICA DE LA CORDURA POLÍTICA

Gedeón o el milagro del rocío
José Rafael Herrera 

Lo que sirve para todo tiene en su haber lógico -y ontológico- la desventaja de no servir para nada. Cuando se afirma que todo es posible, con ello se afirma, a la vez, que nada es posible. La creencia tautológica según la cual “el ser es el ser y nada más que el ser”, solo significa que el ser no es más que la nada. Es una fantasía política, solo apta para los candores del gran público, la pretensión de hacer pasar una simple evasión de estrategia política por una suerte de fórmula algebraica invertida, capaz de atribuirle al lenguaje habitual contenido matemático, y no al revés, transmutando al lenguaje matemático expresiones del lenguaje habitual. De ahí que el conocido “todas las opciones están sobre la mesa” también se pueda interpretar como el desconocido “ninguna de las opciones está sobre la mesa”. Omnis determinatio est negatio. Y quizá, por eso mismo, convenga no buscar sobre la mesa lo que no debería estar sobre la mesa, cuando las cosas que se planifican con pulcro rigor y mesura suiza no solo no deben sino que no pueden ponerse en riesgo de exhibición. Decía Maquiavelo que, en política, no siempre se dice lo que se hace ni se hace lo que se dice.

Gedeón es una palabra hebrea. Significa “destructor”. Y, según las Escrituras, fue el nombre de un poderoso guerrero y juez del antiguo Israel. Tras la ruina dejada por la invasión de tribus nómadas, amalecitas y madianitas, Yahveh envió a uno de sus ángeles a hablar con Gedeón. El ángel, revestido de un fuego misterioso, le anuncia que Dios ha decidido encargarle la tarea de liberar a su pueblo. Como respuesta a la destrucción del profano altar de Baal, los nómadas concentraron su ejército para hacerle frente a Gedeón, quien había reunido un ejército de trescientos hombres y algunas tropas “auxiliares”. Atacó a los nómadas por sorpresa en la noche y se produjo tal confusión que los madianitas se atacaban entre ellos, hasta que, finalmente, huyeron despavoridos, perseguidos por las tropas de Gedeón. Fue un milagro que, como frescor de rocío sobre verdes ramos, la misión lograra liberar al pueblo de Israel de sus opresores y saqueadores. Una historia, por cierto, muy distinta a la que en días recientes experimentó el pueblo de Venezuela, sometido también por invasores nómadas, cubanos, rusos y drusos, cómplices de las mafias de narcotraficantes autóctonos, que han terminado por transmutar la política en una cuestión de crimen estructural, en un ruin “negocio” para enriquecerse a manos llenas mientras hunden a la población en la peor de las miserias. Eso sin contar con el deliberado objetivo de ir en contra de la sociedad occidental, envenenándola con narcóticos hasta convertirla en presa fácil de sus intereses. Todo lo cual los convierte en una seria amenaza para la libertad, la paz y la seguridad mundial.

Tal vez, después de todo, Marx tenía razón cuando afirmaba que, como decía Hegel, la historia se repite dos veces. Pero, en su opinión, a Hegel se le olvidó agregar que la primera vez se trata de una gran tragedia, mientras que la segunda se trata de una ridícula farsa. El mármol del glorioso ejército de Napoleón I terminó en el yeso de los mercenarios -y del lumpanato- de Napoleón III. El primer Gedeón fue una gran tragedia. El segundo, a duras penas, una vergüenza. Eso sin contar con uno que otro triste y lamentable “dirigente” que, echando por la borda las viejas virtudes israelíes, obnubilado como está por las frases hechas y la consecuente confusión del Objekt con el Gegenstand, ha llegado a proclamar sus “teorías” -meros puntos de vista- como auténticos principios humanos, mientras asume la “praxis” de “los demás” como una fijación característica de la “sórdida forma judaica”. Como dice el adagio, “no hay peor cuña que la del mismo palo”.

En el lenguaje de la medicina, un “falso positivo” es un error de apreciación mediante el cual, al momento de realizar la exploración física complementaria de un paciente, el resultado indica una enfermedad que, en realidad, no tiene. En este sentido, el segundo Gedeón histórico no puede ser calificado como un “falso positivo” sino, más bien, como un non-nato. Desde que se tomara la decisión de seleccionar a una empresa de vigilancia como la Silvercorp Inc., especializada en la custodia y seguridad de personalidades, ya las cosas no andaban por el camino trazado por Gedeón. Sus mismos contratistas parecieran haberlo comprendido, aunque tardíamente. Pero la empresa en cuestión, al ver que el negocio con los contratistas había llegado a su fin, decidió venderle la información al narcorrégimen, el cual tomó la decisión de pagarle a la empresa, ordenándole seguir adelante con la operación.  Ahora el narcorrégimen había encontrado una oportunidad única para distraer la atención de los gravísimos problemas que aquejan al país. Y así comenzó la representación de la más reciente comedia bufa, que lleva por título: “La furia bolivariana”. El yeso había comenzado a fraguarse.

Solo faltaba acusar, una vez más, al “imperialismo yanqui” de intentar posar su “planta insolente” sobre “el sagrado suelo de la patria”, a través de una avanzada de “sus organismos de inteligencia”, con lo cual se le advertía al mundo sobre las “verdaderas intenciones” del gobierno norteamericano y sus “lacayos”; pero, a la vez, se trataba de mostrar cómo la “furia bolivariana” de unos “simples pescadores revolucionarios y patriotas” era capaz de someter a un nutrido grupo de experimentados “marines”, y así elevar la moral de la cada vez más mermada, deprimida y escuálida población chavista, además de ocultar el aumento de los artículos de la “cesta alimentaria”, la falta de efectivo y de gasolina, y el ya inocultable desastre de los servicios públicos. Mataron a unos muertos y apresaron a unos incautos. Por si fuese poco, sometieron a la dirigencia democrática al escarnio público y la colocaron en posición de un cisma en ciernes, de una inminente confrontación interna. En esto último, sin duda, algunos periodistas que actúan como francotiradores a sueldo -auténticos mercenarios del escándalo- cumplieron un papel estelar. En fin, entre gallos y medianoche, hasta las antiguas huestes chavistas de las barriadas populares fueron acusadas de estar financiadas por la CIA y la DEA. Todo en un mismo saco de truculencias, sazonada con la retórica del trasnocho. En suma, un éxito para el narcocartel. El yeso se había secado. Una auténtica bombona de oxígeno para los moribundos.

Para las fuerzas democráticas, más allá de las intrigas, las acusaciones recíprocas y las consecuentes facturas, de este Gedeón de marketing solo queda el amargo recuerdo. Y, sin embargo, recordar, siempre, implica volver a hilar, recomponer el tejido, reordenarlo, reestructurarlo. Hay que recuperar la cordura. Todo lo cual significa, a fin de cuentas, pensar, una y otra vez, siempre de nuevo. Todo recuerdo es una lectio. No se puede seguir haciendo política sin pensamiento en sentido enfático. Mucho está en juego cuando se habla de la recuperación integral de todo un país. Por eso mismo, las bufonadas tienen que parar. Deben llegar a su fin. No habrá milagro ni mucho menos rocío sin voluntad y unidad, es decir, de nuevo, sin pensar.

14/05/2020:
Composición gráfica: Jeremy Geddes.

domingo, 19 de abril de 2020

¿UNA PRÓRROGA DEL MANDATO PARLAMENTARIO?


Del coronavirus institucional

Luis Barragán

Opinión o desliz nada definitivo, según  el canon, Maduro Moros recientemente confesó que no sabe si habrá elecciones, por lo demás, “obligatorias”, en el presente año, caracterizando de “pavorosa” la pandemia. En teoría, no tiene por qué saberlo, pero todos nos hemos impuesto de la  naturaleza del régimen.

Aseguró que está el TSJ,  “en el caso que haya que deliberar con la constitución en la mano y haya que tomar decisiones”. Por lo visto, no repara en las propias y gravísimas circunstancias algo más que políticas,  que lo atenazan junto a las camarillas  del poder.

Habrá quien invoque el lamentable precedente de 1999, cuando el estado Vargas sufrió el impensable deslave que ocultó otros hechos lluviosos y  simultáneos que  acaecieron en el país. A pesar de las condiciones, Chávez Frías siguió con la otrora consulta referendaria del Constitución, negado a postergarla por dos  o tres semanas.

El asunto no estriba solamente en el huésped peligroso, sino en una suerte de COVID19 institucional que impide unos comicios pulcros, confiables, transparentes y convincentes, sobre todo, mientras las consabidas camarillas prosigan en el ejercicio del poder. Es el meollo de un problema que jura beneficiarse de la prolongada cuarentena, como si bastara el coronavirus para desaparecerlo.

Luego, la situación nos orienta a otras circunstancias novedosas, pues, imposibilitadas las elecciones parlamentarias y las  propias presidenciales que deseamos con el cese de  la usurpación, puede prorrogarse  el mandato de los diputados elegidos en 2015. Al  respecto, no por un descuento del tiempo que la Asamblea Nacional ha invertido en defenderse de los ataques del régimen, sino por un principio de continuidad del órgano que no admite vacío alguno.

Referencia:

martes, 24 de marzo de 2020

EL ESTALLIDO DE UNA REALIDAD INSOSLAYABLE

La fuerza demoledora de la realidad
Víctor Maldonado C. 

¿Qué es la realidad? La realidad es la verdad, el espacio de la experiencia donde todo se pone a prueba, los planes, las promesas, la fidelidad y la esencia de las personas. En este plano de la experiencia vital lo que es, es. Y llegado el momento, la realidad pasa factura. Como lo advierte la fábula de la cigarra y la hormiga, si no te preparas apropiadamente para los ciclos cambiantes de la vida, más temprano que tarde caerás en las redes de tu propia desgracia. Porque las desgracias de las gentes son, en buena parte, labradas a cincel por las malas decisiones, las propias, y las que permitimos a los demás.  Esa también es la enseñanza de los sueños de Faraón que se nos narra en el capítulo 41 del Génesis. Las siete vacas flacas que devoran a las gordas, o las siete espigas secas y maltratadas que acaban con las espigas hermosas y granadas, indican que a los períodos de abundancia siguen los de escasez, y que cualquier gobierno sensato administra los buenos tiempos para encarar los peores, que siempre van a venir, siempre. Por eso, la irreflexividad de la cigarra es inaceptable y no sujeta a la compasión de la laboriosa hormiga.

Es precisamente lo que expresa el hexagrama 41 del I Ching:  SUN / La merma. La reflexión asociada a este hexagrama anuncia que “El aumento y la merma llegan cada cual a su tiempo”. No asumirlo es de estúpidos. No es cuestión de deseos sino de la forma como las civilizaciones han abierto surcos para que el progreso sea estable y la sobrevivencia no sea un dilema crucial que se presenta cada cierto tiempo. “Es cuestión entonces de adaptarse al momento, sin pretender encubrir la pobreza mediante una huera apariencia. En los momentos de merma, la sencillez es precisamente lo indicado, lo que confiere fuerza interior gracias a la cual podrá uno volver a emprender algo”. Solo así se logrará transitar el ciclo infinito de las mutaciones, porque si de algo podemos estar seguros es que la vida está llena de experiencias indeseables. Solo los más fuertes, los que se preparan mejor, los que tienen el carácter apropiado tendrán la posibilidad de afrontarlas con éxito.

Por eso el capitalismo es infinitamente superior al saqueo socialista. Porque el trabajo incesante y pertinaz, continuo y sistemático, es el que permite la acumulación que al final hace la diferencia entre la posibilidad de sobrevivir o darnos cuenta de lo irrecuperable que resulta el tiempo perdido. La esencia del buen gobierno es precisamente la previsión. Insisto, los buenos tiempos son oportunidades valiosas que debemos aprovechar “para cuando llegue el invierno”.

Pero los socialismos “viven la vida loca” del saqueo y la mentira. Un experimento social tras otro, violando todas y cada una de las reglas de la realidad hasta terminar siendo los gestores del exterminio de ciudadanos sometidos a la más brutal servidumbre. Es el desgraciado caso que ahora vivimos los venezolanos, con un país devastado, arruinado, sin reservas, sin capacidad productiva, “somalizado” territorialmente y exprimido hasta los tuétanos por quienes no tienen ningún compromiso con eso que se llama gobierno. Podríamos hacer el inventario de sinsentidos que a lo largo de dos décadas ha propuesto el chavismo. Todas ellas con la única excusa de favorecer la insurgencia del “hombre nuevo” cuya máxima felicidad consiste en consumir lo que antes no ha producido. Una experiencia de repartición que tiene un error de origen insalvable: si no produces primero, no tienes como repartir nada, solo el vacío, solamente la nada.

Ludwig von Mises comienza el prefacio de su libro Gobierno Omnipotente planteando un dilema siempre presente entre las ideologías políticas. Dice que al tratar los problemas de la sociedad y de la economía no hay otro punto más relevante que el siguiente: si las medidas propuestas son adecuadas realmente para producir el efecto que buscan sus autores, o si darán como resultado un estado de cosas que es aun más indeseable que el anterior que se tenía intención de cambiar. ¿Ustedes qué opinan? ¿Estamos mejor que antes? Porque esta etapa terrible comenzó con la crítica feroz a la cuarta república, a su corrupción supuesta, el cerco a “la moribunda constitución”, el abatimiento a todas sus instituciones, el asedio al mercado, la defenestración de los derechos de propiedad, la persecución de la libre empresa, la sustitución del mérito profesional por la lealtad perruna revolucionaria, el desguace de la empresa petrolera, la repartición indebida y criminal de los recursos del país entre los amigotes de la revolución, y el creer que la propia burbuja donde sobrevive la nomenklatura revolucionaria era suficiente barrera para mantenerse protegidos de la indignación de la gente y del rechazo del mundo civilizado. Vuelvo a preguntar: ¿Estamos mejor que cualquier antes imaginable?

Mientras escribo este artículo me consigo con un tuit de Alberto Ray (@seguritips) que lo resume todo: “La economía criminal no cree en el ahorro. Todo lo que gana lo gasta. Es un modelo oportunista y una vez que agota una fuente de recursos se muda a otra más rentable. El problema es que con el virus se cierran las opciones y quienes se alimentan del delito comienzan a desesperar”. Ese es el código moral de los depredadores. Es la norma del socialismo del siglo XXI, que solo se sostiene mientras las condiciones no mutan catastróficamente. Es el caso de la pandemia que nos agobia en este fatídico 2020. Ahora se muestran total e indefectiblemente desnudos de posibilidades. Ni siquiera tienen excusas para un desempeño tan precario, tan infortunado.

Porque el régimen que se ufanaba de la soberanía agroalimentaria no tiene reservas de alimentos. El que decía que ahora el petróleo es del pueblo se encuentra sin reservas de gasolina. El que dijo que iba a hacer realidad la revolución de la salud no tiene un solo hospital bien equipado para hacer frente a la emergencia. El que proclamó una y mil veces que tenía resuelta la emergencia eléctrica ahora no puede controlar los apagones seriales que afectan a todo el país. El que proclamó que tenía satélites para dar el gran salto en telecomunicaciones exhibe un desempeño desastroso en internet, telefonía y banda ancha. Tampoco hay como abastecer de agua a las ciudades, ni se le garantiza a los venezolanos seguridad, justicia, debido proceso y algún tipo de libertad. Y toda esta debacle está siendo escrutada desde “una cuarentena social” que no le hace concesiones a la verdad. El socialismo es un inmenso fraude. Un desastre apoteósico. Es la ruina perfecta. El saqueo llevado hasta sus últimas consecuencias.

Porque la realidad es demoledora. Todo el monumento de mentiras y propaganda se hunde ominosamente cuando usted busca gasolina y no la consigue. Cuando busca efectivo y no lo encuentra. Cuando sufre de apagones y racionamiento inhumano del agua. Cuando está enfermo y se siente totalmente desvalido. Cuando sufre censura, represión y arbitrariedad. Cuando aprecia que el país está inerme, dejado a su suerte, víctima indefensa de cualquier enfermedad, sin poder obtener atención, medicinas o curación. Sin empleos ni oportunidades de sobrevivir, sin poder pensar en un largo plazo que vaya más allá del próximo mes. Con esta forma de contactar con la realidad tan demoledora nadie va a creer en los efectos taumatúrgicos de una ideología inservible para la prosperidad y la buena vida.

El socialismo del siglo XXI es la demostración perfecta de que, sin emprendimiento privado, sin libre mercado, sin respeto a los derechos de propiedad, sin fomento de la innovación, sin un gobierno limitado a hacer lo suyo en términos de abundancia institucional, seguridad, justicia e infraestructura, todos padecemos y experimentamos la ruina social. Porque sus recetas no funcionan y porque las excusas se agotan y pierden potencial explicativo.

El caso venezolano no puede explicar cómo se arruinó un país que venía acumulando sesenta años de infraestructura, desarrollo de talento y capacidad para explotar racionalmente sus recursos. Pero llegó la madre de todas las demagogias, el genoma de todos los populismos, la mezcla perfecta de socialismo y militarismo, el epítome del buen salvaje devenido en mejor revolucionario. El país se entregó a la alucinación perfecta, dejamos su conducción en las manos menos indicadas, la mezcla apropiada de maldad, indiferencia y estupidez que lo que no arruinó lo regaló. Y lo que no regaló lo dejó perder. Las mal llamadas empresas del estado (porque son empresas del partido) son una demostración. Y aquí la realidad también es demoledora: O sabes gerenciar o quiebras aparatosamente. No vale que seas el leal perfecto. No cuenta que muevas la cola cuando oyes el discurso del líder. O tienes talento o no lo tienes. Y si no lo tienes acabas con lo que te han encomendado.

La realidad también es demoledora con ese afán socialista de distribuir sin comprender las leyes más elementales de la economía. Aquí “los leales” saquearon los activos y reservas de las empresas para demostrar compromiso revolucionario. Invirtieron irresponsablemente el proceso económico que solo al final del ciclo productivo tienes utilidades y debes tomar decisiones para distribuir. Estos “genios” primero se repartieron las utilidades y cuando era imposible dijeron que no podían producir. Dieron lo que no tenían, y entonces giraban contra un banco central que fue criminalmente entregando todas las reservas para mantener una orgía de corrupción y desenfreno de la que se lucraron todos los de aquí y también los países de ALBA, esos que ahora no nos mandan “ni una curita” en homenaje a la mentada “solidaridad de los pueblos”.

La realidad es que ahora nadie habla de las reservas porque ya no existen. Estos odiaron tanto que terminaron acabando con el país moderno y decente que recibieron.  Pero hagamos homenaje a la memoria. ¿Recuerdan los desvaríos de la industria petrolera “roja rojita”? ¿Recuerdan los desplantes del monopolio siderúrgico? ¿Y la hegemonía telecomunicacional? ¿Recuerdan esa chequera que se blandía como una extensión genital de la supuesta vitalidad revolucionaria? ¿Recuerdan los “exprópiese” que generaban esa histeria colectiva y los aplausos de los trabajadores supuestamente “dignificados” por la benevolencia de “papá estado”? ¿Recuerdan la euforia reguladora, el congelamiento de las tarifas, la gasolina “regalada”, el cierre de las estaciones de radio, la “extraña” complacencia de las televisoras, y esos “raros propietarios”, ricos súbitos, que ayer eran mediocres de medio pelo y hoy tenían en el bolsillo para comprarlo todo, absolutamente todo? ¿Y las prepago, bendecidas y afortunadas?... ¿De donde salieron todos esos reales para patrocinar tanta osadía alucinógena? ¡Pero llegó la realidad y mandó a parar!

Para los hebreos lo verdadero es lo que es fiel. Lo que cumple o cumplirá su promesa. No es solamente la realidad, sino aquella que ni engaña ni traiciona. La que no defrauda. Y para determinar la fuerza de la verdad solo hay que esperar. Porque a toda cigarra le llega su invierno. A todo Faraón imprevisivo se lo devoran las vacas flacas. El que no obra con sencillez y humildad se lo lleva la merma que siempre, siempre llega. Y llega sin avisar, sin tiempo para las excusas. Llega como el relámpago, y se lo lleva todo.

Ahora, desde la cuarentena y la pandemia, cuando vivimos en un país desprovisto, malogrado por tantos años de socialismo, ojalá esta fábula encuentre en nosotros oídos prestos a la moraleja. No importa lo que prometa. No importa quien lo diga. No importa el punto intermedio ni la apoteosis de la demagogia. El final siempre es el mismo: Socialismo es saqueo, ruina y desolación. Porque la realidad es demoledora.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/36604-realidad
Ilustraciones: Jeremy Geddes.

lunes, 23 de marzo de 2020

ES BUENO TENER A UN FILÓSOFO A LA MANO

Geddes en tiempos del coronavirus
Luis Barragán

Las posturas políticas le dieron una extraordinaria relevancia a Sartre, más allá de los aportes filosóficos que le validaron un cupo en la opinión pública, en contraste con  otros  de sus colegas de una mayor vocación por el claustro. Quebrada editorialmente, alguna familiaridad tenemos en Venezuela con nombres como Sloterdijk, Byung-Chul o Žižek, quien – por cierto – manguarea todavía con una prédica anticapitalista obviando al norcoreano  Jong-il y los corotos misilísticos que lo entretienen  en tiempos del coronavirus.

Siempre es bueno  tener a un filósofo a  la mano y así,  como ayer, entre nosotros, García Bacca o Nuño legitimaron el uso del papel, hoy, Erick del Búfalo o José Rafael Herrera vierten sus tinteros de bytes para la coincidencia y la discrepancia; además, en feliz reemplazo de  los oráculos y otros oficiantes menores de la Nueva Era que coparon los medios audiovisuales entre la anterior y la presente centuria.  Reivindicando la autenticidad de los sentires que devienen (pre) sentimientos, necesitamos de una explicación sensata de lo que acontece o está por acontecer y, no por casualidad, el arte también viene en nuestro auxilio, por  la vía literaria o de la plástica: al menos, tenemos noticias de “La peste” de Camus, aunque fuese su peor novela a juicio de Varas Llosa; o, recordando viejas visitas a las galerías virtuales, nos reencontramos con la fotografía que llaman hiperrealista del neozelandés Jeremy Geddes, pintor de academia y profesión, entrenado significativamente en el campo del videojuego.

Quizá porque nuestra infancia supo de una entusiasta y ampliamente divulgada carrera espacial entre las grandes potencias de entonces, la flotación del cadáver de un cosmonauta en la completa soledad urbana nos impactó profundamente, suscitando no pocas interrogantes que el existencialismo de divulgación, más sartreano que heideggeriano, intentaba responder. Un sujeto inerte y a la deriva, tropezando con puentes o edificios vacíos, incapaz de romper el silencio devastador porque nadie logra escuchar el estrepitoso impacto, protagoniza una escena distinta de hallarse perdido y olvidado en el espacio ultraterrestre.

Inevitable, la imagen que suscita y moldea una angustia, precisándola para  fortuna del psicoanalista de ocasión, es la que remite a las consecuencias últimas de una peste universal – la china – de no detenerla en todo lo posible, salvando la diferencia de una urgida mascarilla artesanal y la del traje especial que encapsula el cadáver del otrora orgulloso astronauta. Versamos en torno a un copioso tejido trágico de instantes para los países que, al menos, tienen una infraestructura convincente de  salud y salubridad pública, por no mencionar este y otros confines del planeta sumergidos en la pobreza más escandalosa y hasta inverosímil, tratándose de un país petrolero.

Es el instante que se prolonga en demasía para Geddes, diferente a  los segundos del estallido congelado que también cultiva en otras de sus obras que, seguramente,  hubiese expuesto Sofía Ímber en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, antes de la llegada de la otra peste: el socialismo del siglo XXI. Cierto, no es mucho el tiempo disponible, en medio de la emergencia viral, para disquisiciones filosóficas. No obstante, las urgimos, coladas en el torbellino digital, porque son muchos los que las improvisan, generando una interpretación letal de lo acaecido y de lo que acaecerá, pareciéndoles – de enterarse -  un cosmonauta flotador el  motivo oportuno para un meme anecdótico y banalizador. 

23/03/2020:

sábado, 21 de marzo de 2020

UNA DICTADURA QUE PARE LA PESTE CHINA

PIEDRA DE TOQUE TRIBUNA
¿Regreso al Medioevo?
Mario Vargas Llosa

La peste ha sido a lo largo de la historia una de las peores pesadillas de la humanidad. El coronavirus será una pandemia pasajera. Lo que no pasará es el miedo a la muerte, que nos acompaña como una sombra

Todo esto, en términos prácticos, es muy exagerado, pero no hay nada que hacer: España tiene miedo y los Gobiernos, el nacional y los de las autonomías, salen al frente de la pavorosa enfermedad con medidas cada vez más estrictas que, de una manera general, los españoles aprueban e, incluso, exigen que sean más extensas e intensas. Es por gusto que las estadísticas oficiales digan que, hasta el 11 de marzo, hay apenas 47 muertes por culpa de la pandemia y que, por ejemplo, la simple gripe es más asesina que ella, pues causa por lo menos seiscientas muertes anuales, y que son muchos más los que se recuperan del coronavirus que los que perecen por culpa de él, que España tiene uno de los sistemas de salud mejores en el mundo —por encima de la media europea— y que el trabajo que vienen realizando los médicos y sanitarios en todo el país es eficiente y está a la altura del desafío, etcétera.

Jamás las estadísticas han sido capaces de tranquilizar a una sociedad roída por el pánico y ésta es una buena ocasión de comprobarlo. En medio de la civilización ha reaparecido la Edad Media, lo que significa que muchas cosas han cambiado desde entonces, pero muchas otras no. Por ejemplo: el miedo a la peste. Y, a propósito, la literatura tiene un renacer inevitable en esos períodos de miedo colectivo: cuando no entiende lo que pasa, una sociedad va a los libros a ver si ellos se lo explican. La peor novela de Albert Camus, La peste, tiene un súbito renacimiento y tanto en Francia como en España se hacen reediciones y ese libro mediocre se ha convertido en un best seller.

Nada de esto podría estar ocurriendo si China Popular fuera un país democrático y no la dictadura
Nadie parece advertir que nada de esto podría estar ocurriendo en el mundo si China Popular fuera un país libre y democrático y no la dictadura que es. Por lo menos un médico prestigioso, y acaso fueran varios, detectó este virus con mucha anticipación y, en vez de tomar las medidas correspondientes, el Gobierno intentó ocultar la noticia, y silenció esa voz o esas voces sensatas y trató de impedir que la noticia se difundiera, como hacen todas las dictaduras. Así, como en Chernóbil, se perdió mucho tiempo en encontrar una vacuna. Sólo se reconoció la aparición de la plaga cuando ésta ya se expandía. Es bueno que ocurra esto ahora y el mundo se entere de que el verdadero progreso está lisiado siempre que no vaya acompañado de la libertad. ¿Lo entenderán de una vez esos insensatos que creen que el ejemplo de China, es decir, el mercado libre con una dictadura política, es un buen modelo para el tercer mundo? No hay tal cosa: lo ocurrido con el coronavirus debería abrir los ojos de los ciegos.

La peste ha sido a lo largo de la historia una de las peores pesadillas de la humanidad. Sobre todo en la Edad Media. Era lo que desesperaba y enloquecía a nuestros viejos ancestros. Encerrados detrás de las recias murallas que habían erigido para sus ciudades, defendidos por fosos llenos de aguas envenenadas y puentes levadizos, no temían tanto a esos enemigos tangibles contra los que podían defenderse de igual a igual, enfrentarlos con espadas, cuchillos y lanzas. Pero la peste no era humana, era obra de los demonios, un castigo de Dios que caía sobre la masa ciudadana y golpeaba por igual a pecadores e inocentes, contra la que no había nada que hacer, salvo rezar y arrepentirse de los pecados cometidos. La muerte estaba allí, todopoderosa, y después de ella las llamas eternas del infierno. La irracionalidad estallaba por doquier y había ciudades que trataban de aplacar a la plaga infernal ofreciéndole sacrificios humanos, de brujas, brujos, incrédulos, pecadores sin arrepentir, insumisos y rebeldes. Cuando Flaubert viajó a Egipto, todavía vio leprosos que recorrían las calles tocando campanas para advertir a la gente que se apartara si no quería ver (y contagiarse) de sus llagas purulentas.

Por eso casi no aparece la peste en las novelas de caballerías que son otro aspecto, más positivo, del Medioevo: en ellas hay proezas físicas extraordinarias, el Tirant lo Blanc derrota él solo a gigantescos ejércitos. Pero los adversarios de los caballeros andantes son seres humanos, no diablos, y lo que el hombre medieval teme son los diablos, esos demonios que escondidos en el corazón de las epidemias golpean y matan sin discriminar a culpables e inocentes.

Ese viejo terror no ha desaparecido del todo, pese a los extraordinarios progresos de la civilización. Todo el mundo sabe que, como ocurrió con el SIDA o con el Ébola, el coronavirus será una pandemia pasajera, que los científicos de los países más avanzados encontrarán pronto una vacuna para defendernos contra ella y que todo esto terminará y será, dentro de algún tiempo, una noticia mustia que apenas recordarán las gentes.

Lo que no pasará es el miedo a la muerte, al más allá, que es lo que anida en el corazón de estos terrores colectivos que son el temor a las pestes. La religión aplaca ese miedo, pero nunca lo extingue, siempre queda, en el fondo de los creyentes, ese malestar que se agiganta a veces y se convierte en miedo pánico, de qué habrá una vez que se cruce aquel umbral que separa la vida de lo que hay más allá de ella: ¿la extinción total y para siempre?, ¿esa fabulosa división entre el cielo para los buenos y el infierno para los malvados de un dios juguetón que pronostican las religiones?, ¿alguna otra forma de supervivencia que no han sido capaces de advertir los sabios, los filósofos, los teólogos, los científicos? La peste saca de pronto a estas preguntas, que en la vida cotidiana normal están confinadas en las profundidades de la personalidad humana, al momento presente, y hombres y mujeres deben responder a ellas, asumiendo su condición de seres pasajeros. Para todos nosotros es difícil aceptar que todo lo hermoso que tiene la vida, la aventura permanente que ella es o podría ser, es obra exclusiva de la muerte, de saber que en algún momento esta vida tendrá punto final. Que si la muerte no existiera la vida sería infinitamente aburrida, sin aventura ni misterio, una repetición cacofónica de experiencias hasta la saciedad más truculenta y estúpida. Que es gracias a la muerte que existen el amor, el deseo, la fantasía, las artes, la ciencia, los libros, la cultura, es decir, todas aquellas cosas que hacen la vida llevadera, impredecible y excitante. La razón nos lo explica, pero la sinrazón que también nos habita nos impide aceptarlo. El terror a la peste es, simplemente, el miedo a la muerte que nos acompañará siempre como una sombra.

Fuente:
https://elpais.com/elpais/2020/03/13/opinion/1584090161_414543.html
Ilustración: Jeremy Geddes.
Fotografía:
http://spanish.xinhuanet.com/2020-03/10/c_138860255.htm
Cfr.
https://www.youtube.com/watch?v=vSWL02kcfsY
https://www.youtube.com/results?search_query=Corona+virus+venezuela
https://www.youtube.com/watch?v=-4gwoJY4B_M
https://www.youtube.com/watch?v=3yKcBOoNIqM
Intimidación: Venezuela
https://twitter.com/VenteCcs/status/1241129338419937285
https://www.youtube.com/watch?v=nHn5VL6gYOs

EVOCACIÓN

Jeremy Geddes: gravedad cero
Oscar García García

La pintura de Jeremy Geddes (1974, Wellington) desprende un realismo demoledor que te desnuda interiormente cuando decides enfrentarte a su obra. El artista neozelandés nos hace flotar a la deriva o nos lanza contra un muro, evocando sentimientos y emociones que nos sumergen en el universo de la imaginación.

Su trabajo parte de un núcleo inicial, una idea o sentimiento; que traducido a una obra se convierte en un largo camino. Donde una serie de estudios le ayudan a progresar en el entendimiento y funcionamiento de la idea. Cada dibujo parcial, tras su revisión y estudio, lleva a otro, así sucesivamente, hasta que consigue pasar la prueba y comienza con la pintura completa.

En las pinturas de Geddes la ciudad se presenta despojada de vida y ruido como principal telón de fondo. En ella captura sutiles cambios de luz y sombra, creando una atmosfera de gravedad emocional que hace de la sensación real irreal. Con una técnica depurada modela un escenario lleno de dramatismo en el que busca despertar preguntas, en lugar de responderlas.

Fuente:

LA PESTE CHINA ANTES DESMENTIDA

El coronavirus no es ideológico
Ramón Escovar León

Li Wenliang, médico chino de 34 años, fue uno de los primeros en advertir el ataque del coronavirus a través de mensajes a un grupo de compañeros de la escuela de medicina.

Por esa advertencia, el régimen lo acusó de difundir rumores e “información falsa”. La costumbre comunista de ocultar la verdad y de mentir fue lo que permitió que el virus tomara fuerza hasta convertirlo en una pandemia mundial. Una primera lección de toda esta tragedia es que los gobiernos deben diseñar sus políticas sanitarias basadas en la verdad: la salud pública está por encima de los intereses “revolucionarios”.

En el caso venezolano, el coronavirus encuentra a un sistema de salud deteriorado y afectado por la falta de atención. Los hospitales carecen de los insumos necesarios para su funcionamiento y el personal es muy mal remunerado. Además de ello, la falta de agua y los constantes cortes eléctricos son moneda de cuenta en la vida hospitalaria (en esta materia estamos a la par de Haití, el país más pobre de América Latina). En Venezuela se ha privilegiado el gasto militar en lugar de atender primero los requerimientos de salud, de educación y de investigación científica.

Pese a la deficiente infraestructura, Venezuela cuenta con la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela, que es una de las más reconocidas en América Latina. Asimismo, tenemos el Instituto de Medicina Tropical de la misma Universidad, el cual lleva el nombre de su fundador, el sabio Félix Pifano, que ha hecho valiosos aportes en la lucha contra la malaria, el chagas, la chikungunya, el dengue, la hepatitis y otras enfermedades infecciosas. No debemos olvidar a los sabios Jacinto Convit y Arnoldo Gabaldón, cuyos poderosos aportes permitieron desterrar la lepra y la malaria de nuestro país.

La experiencia del Instituto de Medicina Tropical debe ser utilizada en los planes de contingencia en la lucha contra la pandemia. Igualmente, este instituto y demás organizaciones, como la Federación Médica Venezolana, pueden recibir de la comunidad científica mundial (especialmente de Alemania, Canadá y Estados Unidos) la información necesaria para que los científicos puedan disponer de las herramientas necesarias para el mejor combate contra el covid-19.

En el combate contra el coronavirus deben separarse los intereses políticos y las ataduras ideológicas. La intolerancia política y la represión no pueden mantenerse en paralelo al combate contra esta seria amenaza que nos ha tocado enfrentar. Estamos ante una oportunidad para que el régimen libere a los presos políticos; si no lo desea, que los deje en detención domiciliaria.

Como muestra de las ataduras ideológicas tenemos el caso de la suspensión de vuelos; se impone a Europa, Colombia, Panamá y República Dominicana, pero no se incluye a Cuba, Turquía e Irán. Si alguien quiere viajar de Panamá a Venezuela, tiene que ir primero a Estambul o a La Habana y de ahí a Caracas. Esto es kafkiano, por lo absurdo. Sin embargo, la experiencia nos enseña que las aprehensiones ideológicas evitaron la ayuda de los Estados Unidos con ocasión del deslave de 1999. La población de Vargas fue muy afectada por esta decisión.

Como afirma Michael Levitt, Premio Nobel de Química, el coronavirus ya alcanzó el pico y está en bajada en aquellos países con buenos sistemas de salud y que tomaron las medidas acertadas. Países exitosos han sido Corea del Sur, Singapur, Taiwan, Australia y Nueva Zelanda, los cuales disponen de robustos sistemas hospitalarios y no politizan la salud pública.

La lucha contra la pandemia en nuestro país debe ser dirigida por un grupo de médicos venezolanos que permita orientar a la población con eficiencia. Dejar esto en manos de políticos marcados por el dogmatismo ideológico no puede ser una solución. Al contrario, habría que integrar un equipo en el cual participen el Instituto de Medicina Tropical de la Universidad Central de Venezuela, la Federación Médica Venezolana y la Sociedad Venezolana de Infectología, entre otros, para llevar a cabo el plan sanitario de emergencia que se requiere. La improvisación debe dejarse de lado en obsequio de la seriedad y la prudencia.

Ante esta crisis debe privar la unidad, el compromiso con Venezuela y se deben dejar de lado las solidaridades ideológicas. Todo ello basados en la verdad y la transparencia. Si la dictadura china, en lugar de amenazar y reprimir a Li Wenliang, hubiese escuchado su advertencia, otra sería la situación. Esto demuestra que el combate contra el coronavirus no es ideológico.

Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/36572-covid-19
Ilustración: Jeremy Geddes.
Cfr.
https://www.diariolasamericas.com/mundo/venezolana-desarrolla-prueba-rapida-deteccion-del-coronavirus-n4195169
https://twitter.com/cristiancrespoj/status/1241026103596199937

PESTE CHINA PARA UNA ECONOMÍA YA APESTADA

Efectos económicos del Covid-19
José Guerra
 
Un factor extra económico ha hecho crujir los cimientos de la economía mundial. Efectivamente, la economía, globalmente hablando, cerró 2019 con un crecimiento modesto pero aceptable en torno al 1,5% liderado ese crecimiento por Estados Unidos China e India. El año 2019 fue el mejor período de las bolsas de valores en mucho tiempo y en el caso de Estados Unidos se estima que el principal indicador bursátil, el Dow Jones, tuvo un rendimiento superior al 30%, cifra ésta que se compara favorablemente con cualquier otro negocio o actividad económica.

Todo eso es historia. Hoy la economía está en un momento muy difícil producto de la propagación del coronavirus.

Al principio el fenómeno se localizó en China y luego se ha esparcido por el mundo con su carga letal de fallecidos y destrucción de actividad económica. Las bolsas de valores en dos meses han perdido más de un tercio de lo que ganaron en los doce meses de 2019 y lo peor no ha llegado todavía, debido a que las autoridades económicas actualmente no tienen instrumentos eficaces para encarar esta crisis como si lo hicieron con la de 2008-2009. Al frenazo de la economía se adiciona la caída de los precios del petróleo, ocasionado tanto por la parálisis económica como por el reto que Arabia Saudita le lanzó a Rusia y a otros productores al bajar los precios.

Para Venezuela, esta situación adquiere dimensiones de tragedia. Veamos. En 2019, Venezuela exportó aproximadamente 600.000 barriles diarios de petróleo que le generaron caja, por diversos mecanismos. A un precio promedio de US$ 56 por barril, ello se tradujo en un ingreso de aproximadamente de US$ 10.950 millones. Con los mismos supuestos de exportaciones pero con un precio reducido en un tercio, en el escenario más favorable, Venezuela recibiría apenas US$ 8.000 millones en 2020. La situación pude ser peor todavía si Pdvsa se ve obligada a cortar aún más la producción porque no consigue compradores para sus crudos o si tiene que otorgar mayores descuentos para poder colocar sus crudos.

Con este monto por exportaciones menguado la crisis económica se va a agudizar indudablemente. A ello se agregan dos factores adicionales. En primer lugar, un nivel de reservas internacionales mínimo de US$ 6.900 millones, de los cuales más del 60% es oro, con lo cual la falta de liquidez internacional no hace propicio un mayor nivel de importaciones para vigorizar la economía. En segundo término, Venezuela está en default de su deuda externa desde noviembre de 2017 y por tanto no tiene acceso al mercado financiero internacional, de manera que no puede suplir con ahorro externo lo que no proporciona el petróleo.

La crisis apenas se asoma.

Fuente:
Ilustración: Jeremy Geddes.
Cfr.
El portal de la encargaduría presidencial bloqueado:

PESTE CHINA: RECONSTRUCCIÓN POST-VIRAL

TRIBUNA
Economía de guerra
Angel Ubide

Estamos en guerra. No es una guerra entre buenos y malos, es una guerra contra un virus, un enemigo nuevo, invisible, y que se multiplica cada semana. El cerebro humano no está bien preparado para gestionar lo novedoso, necesita una partitura que le ayude a navegar. Tampoco sabe adaptarse a lo que no puede ver, por eso nos asusta la oscuridad. Y, sobre todo, no entiende los procesos que no son lineales; la rápida multiplicación de las infecciones, aunque predecible, genera pánico. Esta guerra, además de víctimas, genera angustia y miedo.

Hay que atacar al enemigo de raíz, rápido, sin vacilaciones. Con una estrategia basada en tres pilares.

Primero, la política sanitaria debe llevar el comando de la situación, dotándola de todos los recursos económicos, materiales y humanos necesarios para doblegar el virus y minimizar las víctimas. La clave es aplanar la curva de contagios para evitar el colapso del sistema sanitario, y esto requiere distanciamiento social y que todos nos comportemos como si ya hubiéramos contraído el virus y no se lo quisiéramos contagiar a nadie. Cumplamos las recomendaciones sanitarias a rajatabla, la solidaridad empieza por uno mismo.

Segundo, la lucha contra el virus conllevará un coste económico, probablemente enorme. En casos de relativa baja mortalidad, los estudios muestran que las decisiones de distanciamiento social son la variable fundamental para determinar el impacto negativo de una pandemia sobre la actividad económica. El distanciamiento social es una forma de “frenazo repentino humano”, similar a los frenazos repentinos de los mercados de capitales. De repente, lo que antes era normal deja de serlo. De la noche a la mañana, los clientes no aparecen en el restaurante, en el gimnasio, en los hoteles. La respuesta de política económica debe paliar ese frenazo repentino: proveer ayudas, subsidios, y garantías que limiten el impacto de esa desaparición de la actividad y minimicen las quiebras y los despidos. Con el añadido de que aquí no hay riesgo moral, no se están perdonando comportamientos irresponsables anteriores. El plan debe combinar una relajación agresiva de la política monetaria y ayudas a empresas, trabajadores y familias, con la colaboración activa del sector bancario: asegurar la liquidez y supervivencia de las empresas con avales para nuevos préstamos y moratorias de impuestos y de alquileres; minimizar la destrucción de empleo con pagos parciales de nóminas, ayudas a autónomos y subsidios al empleo temporal; y blindar los ingresos de las familias menos favorecidas con moratorias de hipotecas y reforzando el subsidio de desempleo y las rentas mínimas. Los planes europeos, incluido el español anunciado ayer, van por este camino.

Tercero, garantizar que, tras haber vencido al enemigo, el paisaje después de la batalla sea brillante y optimista, para que no queden secuelas crónicas tras lo que puede ser una caída del PIB de dimensiones nunca vistas. No basta con mitigar el impacto negativo de las medidas de distanciamiento social. El consumo que se pierde durante la lucha contra el virus es consumo perdido para siempre. Una vez que se recupere cierta normalidad, la reconstrucción económica se debe basar en un impulso que ayude a recuperar lo antes posible el nivel de PIB que hubiéramos generado si no hubiera aparecido el virus. Y eso requiere un plan bien diseñado de estímulo fiscal, plurianual, que impulse la inversión y el empleo tras la crisis. En términos técnicos, hay que evitar a toda costa la histéresis. Cada país tiene necesidades distintas, puede ser inversión en economía digital, energías verdes, mejora de la educación. Lo que sea. Con tipos de interés cero, no hay razones para no hacerlo.

Las guerras cuestan dinero. Los déficits aumentarán de manera muy significativa tras esta crisis. Es el coste de la victoria. Y entonces, habrá que evitar repetir el error que se cometió tras la crisis de 2007. No, no habrá que pensar inmediatamente en reducir la deuda y el déficit. La prioridad deberá ser apoyar el crecimiento, cerrar la brecha de producción y aumentar la inflación hasta el objetivo. Será el momento de “japonizar” la economía, en el sentido positivo de la palabra: el banco central deberá cooperar de manera explícita para que los tipos de interés se mantengan por debajo de la tasa de crecimiento de la economía durante un largo periodo de tiempo. Y si eso implica mantener los tipos de interés muy bajos y seguir comprando bonos durante muchos años, como seguramente será el caso en la eurozona, pues que así sea. Esto no será un rescate de este o aquel país. Será simplemente cumplir con el mandato de estabilidad de precios, cueste lo que cueste.

Esta guerra supone un reto existencial para la eurozona. Aquí ya no hay acreedores y deudores. Hay que acabar con la inercia de los programas, los rescates y la condicionalidad. Admitámoslo: si ante este shock —exógeno y común a todos— los países miembros no están dispuestos a mutualizar la solución, emitiendo eurobonos para financiar un programa común de reconstrucción económica, nunca lo estarán.
(*) Ángel Ubide es economista y miembro del consejo asesor internacional de Center For Economic Policy & Political Economy. @angelubide

Fuente:
https://elpais.com/elpais/2020/03/17/opinion/1584467924_340469.html
Ilustración: Jeremy Geddes.
Cfr. 

LA PESTE DE UN MISIL

El Covid-19: los misterios de la naturaleza
Trino Márquez
 
Yuval Noah Harari, el célebre escritor de Sapiens: De animales a dioses y de Homo Deus: Breve historia del futuro, dos libros de imprescindible lectura, dice en este último texto que las epidemias y todas las pestilencias que azotaron y diezmaron a la humanidad, son cosas del pasado. Pertenecen a esa etapa en la cual el conocimiento científico no había alcanzado las cotas de desarrollo actual, ni se sabía cómo se estructura el genoma humano. Ahora el Hombre se ha entronizado sobre la Naturaleza.

A Harari le pasó algo similar a lo ocurrido con Francis Fukuyama cuando, después de derrumbado el Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, predijo que en el mundo entero se extendería la democracia liberal, en el plano político, y la economía de mercado, en el área económica. En relación con lo segundo, su profecía tuvo éxito. Con respecto a la democracia, poco después de finalizada la Guerra Fría los regímenes autoritarios, al igual que las bacterias, mutaron hasta dominar de nuevo gran parte del planeta.

Yuval Harari no pudo prever la aparición del Covid-19. En realidad, nadie podía anticipar un hecho tan dramático como inesperado, aunque por allí andan circulando versiones de un grupo de ‘profetas’ que se atribuyen visiones premonitorias que veían ‘clarito’ el surgimiento de una pandemia que haría temblar a la Humanidad. Necedades de supersticiosos delirantes.

Harari tiene razón en que el impacto sanitario del Covid-19 será menor que el de plagas como la Peste Negra o la Fiebre Española, causantes de millones de muertes en todo el mundo. Sin embargo, el pánico y el efecto que ese virus, hasta ahora desconocido, están provocando en la economía mundial, escapa a todo pronóstico. Las consecuencias en la economía serán devastadoras. Todo 2020 estará signado por la gravitación de ese microorganismo sobre la economía planetaria. Al final, no habrá causado la muerte de millones de seres humanos, como sucedía en el pasado, pero sus secuelas en la esfera productiva, en el comercio, en las finanzas y, en general, en la economía, serán gigantescas.

Otra zona que está siendo estremecida es la social. Las relaciones interpersonales se han visto modificadas. El contacto entre las personas, a la vez se ha estrechado y se ha distanciado. La gente ha tenido que regresar al redil de su espacio más íntimo, la familia nuclear. Pero, se ha visto obligada a alejarse de los círculos de parientes y amigos que antes frecuentaba. Es probable que la aprehensión frente a la otra persona permanezca durante algún tiempo, nadie sabe cuán prolongado. Resulta probable que quede gravada en el ánimo de las personas, la sospecha de que el otro eventualmente es portador de un organismo patógeno que puede causarle daño.

A la Naturaleza hay que respetarla. Ya lo decía Francis Bacon, el filósofo inglés de los siglos XVI y XVII. Quien pretenda manipularla, cambiarla o someterla debe saber que en ella se esconden misterios insondables. Y que el viaje al microcosmos donde se mueven partículas imperceptibles es una travesía llena de enigmas y riesgos, capaces de comprometer la vida de miles o millones de seres humanos.

Resulta inevitable que el Hombre se considere el centro del Universo. Se encuentra en el punto más alto de la evolución de las especies. Sin embargo, está obligado a convivir y a sobrevivir en medio de un ambiente natural que no siempre puede dominar y que en numerosas ocasiones le resulta hostil. Convendría un poco de prudencia y humildad en el trato con la Naturaleza. Dedicar a la investigación científica anticipatoria mayores recursos, luce como otro aprendizaje fundamental. La investigación tendría que ser más proactiva que reactiva, de modo que sea capaz adelantarse a las tragedias antes de que estas ocurran.

En el caso particular de Venezuela, la presencia del Covid-19 nos toma en un período de enormes dificultades materiales y emocionales.

El país viene atravesando una fase crítica desde hace muchos años en todos los campos y, con especial dureza, en el sector salud. Ahora nos topamos con este factor natural desconocido que nos confronta con la muerte, tanto la nuestra como la de nuestros seres queridos. A la incertidumbre anterior se suma esta. Afrontemos la nueva situación con mayor presencia de ánimo aún. Los venezolanos nos hemos acostumbrado a luchar contra la adversidad y tenemos que continuar haciéndolo.

Debemos consolidar la comprensión, la tolerancia y, sobre todo, la empatía. Nosotros y nuestros familiares estaremos bien si el entorno que nos rodea se encuentra bien.

Hay que evitar deprimirse. Hay, también, que prescindir de las compras compulsivas, el acaparamiento egoísta y el desprecio por los demás. El momento demanda sacar a flote lo mejor de nuestros valores. Las autoridades tienen una obligación con la salud pública que no pueden eludir. Los ciudadanos tenemos un compromiso con nuestra comunidad que no debemos soslayar.

Fuente:
Ilustración: Jeremy Geddes.