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domingo, 1 de diciembre de 2019

ANUNCIO DE UN DISTINTO GÉNERO

Tiempos recios
Luis Barragán


"Recordó la súbita sensación de inseguridad al
notar que sus pies resbalaban, que el suelo se
movía y ese ruidito ronco y amenazador que subía
de las entrañas de la tierra. A su alrededor la
gente seguía conversando y caminando como si
nada pasara"
MVL
[TR: 109] 


Puede decirse, desde siempre supimos de Mario Vargas Llosa.  Y es que tan familiarizado estuvo el país con la obra de un  novelista que, aún muy joven,  a pesar de las diferencias políticas e ideológicas con el premiador, le fue reconocida en la primera edición del Internacional Rómulo Gallegos, en 1967; además, en lo personal, lo leímos tan precozmente que esperamos a la secundaria para ordenar una comprensión prontamente traducida en una definitiva afición por sus textos.

Apenas editado, no hubo librería que no ostentara sus títulos en las vidrieras. Por ello, enoja el contraste, pues,   ni siquiera en una copia ilegal, como también lo cotizó el mercado negro hasta mediados del presente siglo,  encontramos uno de los 180 mil ejemplares que dan cuenta del primer tiraje, simultáneo en veinte países, de “Tiempos recios” [Alfaguara, 2019]; por cierto, perdida ya la noción de una edición príncipe, como  la comercialización misma del libro, organizada y estable, en Venezuela: prácticamente, no hay librerías, ni los esplendores digitales que digan desautorizarlas.

Por lo pronto, la  obra luce como una prolongación de “La fiesta del Chivo” [Alfaguara, 2000], no sólo por las incursiones de Rafael Leónidas Trujillo que destacó a su agente ejemplar, Johnny Abbes García,  en Guatemala, sino por una suerte de racionalidad burocrática que llamó nuestra atención en la reseña respectiva para  Letralia (21/08/00: https://letralia.com/94/ar01-094.htm).  En un caso,  por entero capricho del generalísimo o el simple deseo de extender su influencia, quizá creyendo exportable un exitoso modelo de dictadura; y, en otro, por los límites que ella impone al saqueo del erario público, con el celoso y muy riguroso acceso a las arcas, dependiendo sus servidores de la concesión graciosa que los prohombres del régimen se permitan.

Tendido el puente weberiano entre una y otra obra, por ejemplo, en “Tiempos recios”, Marta es una amante bajo manutención  exclusiva de Castillo Armas, jamás viajera al exterior,  que acepta la frecuente donación de una modesta cantidad de dinero del agente de la CIA que la sabe desconocedora  de las graves  intimidades del gobierno  [172, 183]; o, Abbes García, quien apenas logra reunir un puñado de dólares para un momento de definitiva emergencia, insuficiente el saldo de sus ganancias delictivas y que, únicamente, por un excepcional favor del que se antojó Trujillo, tiene una cuenta cifrada en Suiza [295 ss., 318], cuyo monto no  le alcanzará luego para mantener a la familia, quizá sin el tiempo y el talento necesarios para multiplicarlo gracias a las  actividades lícitas y aseguradoras para un posterior retiro. Estas circunstancias contrastan con el abierto y descarado latrocinio de las dictaduras contemporáneas en América Latina, diferentes a las clásicas, que, más allá del patrimonialismo característico, hacen de su vocación totalitaria toda experiencia criminal en sus más variadas, sorprendentes e indecibles expresiones, dejando una rendija abierta a la novedad o actualización de un género novelístico pendiente.

En la casa del padre ofendido, el de Marta, traicionado por un amigo cercano con el que se reconcilió a  las puertas de la muerte, se acostumbró un juego sabatino y familiar que “nadie conoce, que ya nadie juega” [283]. Varias veces enunciado, jamás lo describe Vargas Llosa en “Tiempos recios”, a menos que tengamos por rocambur  la propia trama sagazmente urdida, prometiendo – ya – toda una generosa ventana.

Digamos, Guillermo Cabrera Infante  trazó el itinerario emocional, social y político de los orígenes de la dictadura castrista que encuentra, con Leonardo Padura,  un mapa vital de su normalización, dando pistas para compararla, otro ejemplo, con el testimonio literario legado por Milan Kundera  respecto al socialismo real de otras y  lejanas latitudes.  Valga la acotación, hasta hace poco nos hubiese sorprendido que los cubanos se habituaran a los sismos recurrentes de un sistema que espiritualmente los ha ultimado, pero debemos aceptar que, lenta e inadvertidamente, ya ocurre entre los venezolanos.

El autor la dice una típica novela de las dictaduras, porque – sencillamente – las vivió, dejando huellas, pero inconscientemente apunta a sus modalidades más recientes, las que desinhibidamente  juran que nacieron para permanecer más allá de sus fundadores, distinguiéndola de la militante denuncia de Augusto Roa Bastos (·Yo el supremo”, 1974), el tejido parsimonioso de Arturo Uslar Pietri (“Oficio de difuntos”, 1976), el lirismo de la realidad  de Gabriel García Márquez (“El otoño del patriarca”, 1975), o el tallado sincrético de Alejo Carpentier (“El recurso del método”, 1974) que, no por casualidad, reporta el heroísmo del estudiante, un espécimen antes exaltado y ahora condenado por La Habana. Como vemos, novelas marcadoras que aparecieron en una década de la América Latina plagada de dictaduras militares autodefinidas como salvacionistas y transitorias.

“Tiempos recios” esboza el cuadro de retroceso   hacia la tribu y el ridículo [125], intenta una épica de la confrontación entre los cadetes y lo milicianos lumpemproletarizados [XXXI], o advierte la aparición precursora del  tráfico de cocaína [226 s.], fenómenos muy de este siglo que ya no están exclusivamente centrados en el dictador de turno, sino en los regímenes, realidades y estilos de vida que generan y pugnan por normalizarse.  Ya no tratamos de propuestas autoritarias en curso, sino de las francamente totalitarias que pretenden legitimar su propia descomposición, despojándose de una ética de la crueldad, en el que “todos nos estamos jugando la vida sólo por estar en este país” [217].

Reproducción:
RAS (1961) "2 personajes de la semana". Élite, Caracas, nr.1841 del 07/01/1961. El dictador de República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo. Respecto a éste, comenta que "los dictadores totalitarios tienen una gran ventaja: que pueden maniobrar hacia todas las direcciones, sin que nadie se lo tome en cuenta". Por entonces, señala, coincide con Fidel Castro en sus ataques al imperialismo norteamericano, Betancourt y Venezuela.

30/11/2019:
https://letralia.com/lecturas/2019/11/30/tiempos-recios-de-mario-vargas-llosa/

domingo, 3 de noviembre de 2019

AULA ABIERTA

Vargas Llosa o la libre escolaridad
Luis Barragán

Puede decirse, crecimos con la obra de Mario Vargas Llosa en país que, incluso, lo premió con el Internacional Rómulo Gallegos, aunque fuesen notables las diferencias políticas con el premiador, a finales de la década de los ’60 del ‘XX.  Prematuramente lo leímos y, muy después, unida la vocación de nuestros profesores con el acierto del programa de bachillerato, logramos apreciar sus aportes.

Impresiona la edición simultánea de su última novela [“Tiempos recios”, Alfaguara, Estados Unidos, 2019], en veinte países, pero – aún más – que no haya siquiera librería en Venezuela capaz de exhibir uno de los 180 mil ejemplares lanzados al mercado, como no ocurría antes. Por ello, aseguramos que tenemos un atraso de tres o cuatro de sus libros, aunque la generosidad de nuestro amigo Hugo Bravo, ha permitido subvertir un poco la situación. 

Valga acotar, añadido el predominio de los medios digitales para los cuales no hay divisas, la noción de edición príncipe ha pasado al olvido, cotizadas las sobrevivientes entre los más exigentes bibliófilos. Por lo demás, escasos y encarecidos, el papel y la tinta disponibles parece no alcanzar para la piratería editorial que nos azotó tiempo atrás.

Tony Raful, pesquisador del terrible Johnny Abbes García, logró punzar la curiosidad del novelista hispano en torno al derrocamiento de Jacobo Arbenz y el magnicidio de Carlos Castillo Armas, en la Guatemala de los ’50.  Y, también de “escondida pujanza”  [ 94], involucrado Rafael Leónidas Trujillo en los trágicos sucesos,  Vargas Llosa batió muy bien el tintero  para ejercer la libre escolaridad sobre un pasado tan injustamente sepultado por las nuevas hazañas del populismo discursivo. 

El miedo pánico es una constante en el tejido casi reporteril de los cortos capítulos, excepto algunos más cadenciosamente extendidos, junto a la putañería o el putanaje de los protagonistas que tienen más de gánsteres que de acuciosos agentes de inteligencia.  Por supuesto, la United Fruit los enhebra con sus desmanes, pues, se resistió a pagar impuestos al igual como ocurrió con las transnacionales petroleras en Venezuela, las que tuvieron que lidiar con dirigentes o funcionarios muy hábiles, así perteneciesen a la nómina del dictador de turno.

Tardíamente, queda claro que el rocambur es un juego sabatino y familiar que “nadie conoce, que ya nadie juega” [283]. Enunciado varias veces, Vargas Llosa no lo describe, siendo evidente que lo es la fatal trama urdida.

Seguramente, habrá tesistas que, ya con un motivo, indagarán sobre las pistas historiográficas y hemerográficas que desembocaron en una versión que el autor procura equilibrar entre las dos instancias a las que concurre toda pieza literaria en alzada: la versosimilitud y la ficcionalidad, la verdad de lo que fue y la que puso ser.  El paisaje guatemalteco pugna por imponerse en las páginas, despuntando una rica toponimia de la que cuida el escribidor hispanoamericano, convertido en otro motivo.

Finalmente, por una parte, el formidable y precursor impacto político del llamado fake new en este lado del mundo,   nos lleva al fenómeno que parió el país victorioso de la segunda guerra mundial: el macartismo rasero y militante al que le faltó opinión pública detrás de la cortina de hierro para saber de sus equivalentes. Por estos días, casualmente,  le obsequiamos un libro leído añales atrás sobre el tema a un conocido dirigente político con el que hemos reñido en plena cámara, en la misma acera opositora, pues, empuñando a otro autor sobre los maniqueísmos que también hicieron a los estadounidenses, concluimos que, uno y otro ejemplar, le abren una buena puerta a la novela del latinoamericano, peruano y, a la vez, español, que celebra el idioma.

Por otra, queda pendiente indagar el impacto que, entre nosotros, tuvo la caída de Arbenz y el posterior asesinato de Castillo Armas, asegurando la novela que le dimos acogida en la embajada perezjimenista a numerosos asilados, escuchadas acá las transmisiones radiales de República Dominicana [ 216, 261], cuyo dictador pretendió invadirnos a finales de los ´40. Es más, Enrique Trinidad Oliva, director guatemalteco del Servicio de Inteligencia Militar, luego un vulgar matón al servicio de la mafia, naturalmente estuvo en Caracas [ 137, 239], seguramente documentado por el Servicio de Inteligencia Militar de las Fuerzas Armadas (SIFA), si es que quedan evidencias, antes que la Seguridad Nacional de Pedro Estrada, cuyos archivos – además -  fueron destrozados.

04/11/2019:
http://www.noticierodigital.com/2019/11/luis-barragan-vargas-llosa-la-libre-escolaridad/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=139455
https://venezuela.shafaqna.com/ES/AL/2100781
https://tenemosnoticias.com/noticia/llosa-escolaridad-libre-barragn-945111/1699400
https://vozdeamerica.org/2019/11/04/luis-barragan-vargas-llosa-o-la-libre-escolaridad/

LÍMITES DE UN SISTEMA POLÍTICO

De la otra fiesta del Chivo
Luis Barragán

A Hugo Bravo

Mario Vargas Llosa advirtió expresa y oportunamente lo que ocurriría en Venezuela y, después de veinte años de publicado el artículo, esperamos infructuosamente un debate alusivo (http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/35275-barragan-l).  Al menos, ojalá  lo suscite entre quienes tengan la fortuna de acceder a su última novela  [“Tiempos recios”, Alfaguara, Estados Unidos, 2019], más allá de dejar constancia de la privilegiada lectura en un país evidentemente aislado.

La obra, complementaria a  “La fiesta del Chivo” (2000), versa sobre las específicas circunstancias del derrocamiento de Jacobo Arbenz Guzmán y el magnicidio de Carlos Castillo Armas, en Guatemala. Además, nos ofrece pistas ciertas sobre la vocación dictatorial de Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana, contrastando con el ejercicio de Anastasio Somoza en Nicaragua, Alfredo Stroessner en Paraguay o Marcos Pérez Jiménez, en Venezuela; por cierto, acá, sólo a Cipriano Castro se le ocurrió temporalmente exportar su causa y los bolivarianos la intentan ahora por los medios más innobles

Novedoso alegato político de Vargas Llosa que rompe con la consabida e interesada victimización marxista del derrocado, Arbenz Guzmán intentó la propulsión de una democracia liberal en su país que confrontó los intereses sórdidos de la United Fruit, respaldados por el gobierno estadounidense en medio de la guerra fría. A ésta indiscutible paradoja, se une otra: quizá por la cultura política dominante, personalmente el gobernante encaró y discutió la propuesta para una reforma agraria, en sendas y duras jornadas realizadas en palacio [capítulo IX], reemplazando al parlamento u otras instancias deliberantes; e, incluso, cuando a su sucesor le tocó afrontar los requerimientos del embajador del norte, simplemente lo remitió a la espera de un fallo judicial [197]. Sin embargo, el ejercicio del poder no admite pusilanimidad alguna, por mucho que haya servido de pivote.

Todo indica como cierto que Castillo Armas no gozaba de un liderazgo mínimo en la entidad armada [103, 142], aunque pocos mandatarios latinoamericano habrá con un recibimiento tan extraordinario en Estados Unidos, como el recibido [128 s.] por el héroe macartista.  El novelista, posiblemente ahorrándose el trámite de una aproximación,  ilustra la inmediata atención y acogida, absolutamente imprevista, de Marta [IX], o el manejo de una agenda de actividades [193 ss.] incierta, pues, habrá una fiesta de cumpleaños que no lo tiene por invitado, acaso de características conspirativas, oculta por su propio jefe de inteligencia.

La propia amante es accedida con frecuencia por dos agentes de potencias extranjeras que sólo la inquieren por “chismografías, frivolidades, tonterías”, a cambio de poco dinero [153, 172 s.], siendo ella misma secuestrable [200].  Arbenz contaba con un mejor servicio de los órganos de inteligencia policial y militar [101], aunque insuficiente por las generalizadas intrigas y conspiraciones entre las diferentes facciones de la corporación castrense, imparables por muchas armas secretamente compradas [239, 244]: al parecer, el ámbito estrictamente doméstico lo tenía asegurado, como no ocurrió con el sucesor.

Pocos imaginarán hoy el calibre intervencionista de embajadores, como el de Estados Unidos, incapaz de guardar las mínimas formalidades, “acorazado de insensibilidad y obsesionado con su misión (…) Un maccarthista de espíritu espeso, de asimilación intelectual muy lenta”, muerto después en un accidente en Tailandia [237, 239], todo un WASP en un país bajo el racismo de mestizos. Peurifoy posiblemente no tendría cupo – hoy -  en el servicio diplomático, no sólo por la complejidad que ha adquirido, añadidas sus corrientes, sino por las probadas cautelas y sutilezas que suelen esconder, por cierto, invasiones como las que sufre Venezuela, gracias a los perifoneadores de una soberanía que entregan.

Es la privilegiada esposa, María Vilanova, la que le permitió descubrir a Arbenz la dura realidad social de su país, antes raramente pensada, que intentó explicarle a un embajador de características tan limitadas  [93 s., 235],  Posiblemente, las  propias condiciones del mandatario fueron las que proyectó  a sus actos de gobierno [92], aunque es patente la inexistencia o precariedad de un liderazgo civil experimentado, probado y diestro.

Castillo Armas tampoco abrirá cauce a  otro sistema político, entronizadas internamente las diferencias políticas por el artificio de una rivalidad entre su esposa y su amante, “la barragana de Palacio”,  siendo informado debidamente Trujillo [145, 159, 202], balanceado el país entre el mutismo pertinaz y el anticomunismo pertinaz [96 s.]; recordemos, una vida política compleja y organizada impidió, por ejemplo, hacer de Blanca Ibáñez y Gladys Castillo de Lusinchi, los referentes políticos de los ’80 en Venezuela.  No hay compromisos ni lealtades firmes, y los partidarios de unos pueden repentinamente hacerse partidarios del otro, contados por miles [122, 266].

Un elaborador de discursos, como Efraín Nájera Farfán,  cundirá de palabrejas el lenguaje del poder [193, 197, 315], las que suelen atentar contra el uso de la razón y avalar la purga o quema de bibliotecas [121 ss.]. Y hasta ofrecer situaciones que abren espacio al humor corrosivo, como el que le confiere Vargas Llosa al suicidio frustrado del otrora jefe general de seguridad [207].

Las dictaduras, luego, se deslizan por la senda de la lascivia y la pedofilia, claves de la República Dominicana que dibujara Vargas Llosa, exponiendo una semejanza al lado de otras, como la de una delimitada racionalidad burocrática que explicara al régimen.  Siendo el burdel el centro de información por excelencia, además de puerto para los instintos [141],  también el propio testimonio de Marta marca algunos hitos [127, 185, 210 s., 220], aunque groseramente Ramfis Trujillo deba pagar antes y muy generosamente por sus conquistas [79]: renegar de la maternidad no es poca cosa.

En el reino de las histerias, la radio ocupa un importante sitial y, no por casualidad, el novelista destaca las incursiones hípicas de un asesino, como Abbes García, o a una amante en fuga, como Marta. Sin embargo, por estilizada que se diga, la política cruza las fronteras de la violencia, como la guerra misma ha de matar a civiles para acreditarse [242], en sociedades cerradas y asfixiadas.

Todavía no había caído Arbenz y hervían las pailas de la conspiración entre las diferentes facciones deseosas de reemplazarlo, así se dijera predestinado al poder Castillo Armas. En el forcejeo rápido de los acontecimientos, cayó el jefe de inteligencia militar, aspirante, a quien se le acusó de abusar de sus funciones [188], muerto después por un bombazo terrorista que hace del capítulo XXVIII otra pieza maestra, por la economía y exactitud de sus palabras.

Todo sistema político requiere de desarrollos y, aun siéndolo, por provisionales que fueren, las dictaduras deben constantemente reinventar su legitimidad, moliendo y desechando a sus siniestros carpinteros. Estos tienen un único oficio que dirá por siempre autorizarlos, pero Abbes García, lamedor de rajas y matón de vocación, no logró ni podía hacer el grado al conspirar con Ramfis Trujillo en República Dominicana, contra Balaguer, y, menos, con Max Dominique, contra Duvalier.

04/11/2019:
http://www.opinionynoticias.com/opinioncultura/35868-barragan-l

PEZ EN EL AGUA

¿Anuncia Vargas Llosa un nuevo género novelístico?
Luis Barragán

Inicialmente, la última novela de Mario Vargas Llosa [“Tiempos recios”, Alfraguara, Estados Unidos, 2019],  pormenoriza – entre la historia y la crónica – el caso de Jacobo Arbenz, derrocado por su propósito de liberalizar a Guatemala.  Inventándolo y reinventándolo, antes que lo logren sus personajes [224], con una diestra estrategia narrativa, en los capítulos intermedios y postreros, cumple con nuestras expectativas más elementales [https://guayoyoenletras.net/2019/06/17/la-sola-expectativa], aunque esperábamos un buen dardo de innovación que sólo la madurez prodiga, por lo que debemos aguardar pacientes a otra entrega.

El propio autor la afilia a la llamada novela de las dictaduras, aunque – creemos – escapa de la militante denuncia de “Yo el supremo” de Augusto Roa Bastos (1974),  la parsimoniosa tejedura de “Oficios de difuntos” de Arturo Uslar Pietri (1976), o el tallado sincrético de  “El recurso del método” de Alejo Carpentier (1974), quien – por cierto -  quedó congelado en el retrato heroico del estudiante, un espécimen pulverizado por el castrismo. Quizá al enunciar el retroceso hacia la tribu y el ridículo [125], o la aparición precursora del tráfico de cocaína [226 s.], va echando las bases de un género que, al superar la simple dictadura militar, lo acerca más al caso venezolano de hoy: regímenes que perfeccionan la ética de la crueldad y sus justificaciones, intentando legitimar su propia descomposición, en el que “todos nos estamos jugando la vida sólo por estar en este país” [217].

Administrando el tiempo a su antojo, compelidos a apresurar la lectura de los cortos capítulos y enhebrar los diálogos, tenemos la versión simultánea de los protagonistas que viven sus angustias y provocan o, a veces, creen provocar, las escenas. El ejercicio de una técnica tan impecable, apenas se resiente con la innecesaria y hasta inútil entrevista que, finalmente, le hace a Marta. Acotemos, magníficos recursos expresivos redondean una obra que nos coloca en el lugar mismo de los acontecimientos, como la de apestar ricamente [142], la  miopía y la mirada de vaguedades [150],  la de escuchar la respiración de los tres personajes reunidos en medio de las tensiones [165], la tembladura y el ataque palúdico [179], la lluvia y los balazos [184], el silencio eléctrico [248], el alunamiento [285], o  el cruzar y descruzar [ 326], fungiendo de bisturíes para adentrarnos en cada vicisitud evocada.

 La obra luce como un texto complementario a “La fiesta del Chivo” (2000), no tanto por la  aparición de Rafael Leónidas Trujillo y el servicio que le presta Johnny Abbes García, sino por esa suerte de racionalidad burocrática que repite y trabajamos en alguna ocasión (*).  Es decir, el asalto al erario público cuenta con sendas claves de bóveda reservadas a muy contadas personas, por lo que no está generalizado en resguardo de los límites que explican a un régimen también criminalmente predecible.

Marta, es una amante que dependerá exclusivamente de lo que le dispense Castillo Armas y, por pocos dólares, acepta conversar frecuentemente con el agente de la CIA que la sabe sin acceso a los grandes secretos y, además, ella no incurre siquiera en el exceso de viajar fuera del país [172, 183]; Abbes García, en momentos de emergencia, logra reunir un poco más de dos mil dólares [295], aunque el millón y tanto de dólares que tiene en una cuenta secreta en Suiza que, después, no le alcanzará [296s., 318], lo debe exclusivamente a una concesión graciosa del generalísimo Trujillo; así,  se infiere, sólo la proximidad del poder los protege en la búsqueda independiente de recursos, desde la ingenua recepción de un dinerillo por Marta o la abierta actividad delictiva de Abbes García, por cuenta propia.  Estas circunstancias contrastan con el latrocinio generalizado hoy de las arcas del Estado,  en Venezuela, bajo las más sorprendentes modalidades, y, algo más evidente, el hedonismo del que dan cuenta las personas ahora internacionalmente sancionadas, por no citar el caso de una amante presidencial en los ’80 del ‘XX.

El capítulo extendido sobre el conflicto entre la escuela militar y los milicianos liberacionistas [XXXI], deseando una versión épica de la batalla que irremediablemente los enfrentó,  o las actuaciones de los tonton macoutes [XXXII], tienta igualmente a la comparación. Milicianos, en uno y otro caso, que guardan parentesco  con la actuación impune de los llamados colectivos armados, y de la lumpen-represión ejercida por la Guardia Nacional Bolivariana.

Vargas Llosa conoce muy bien a Venezuela, e, incluso, ha escenificado algunas situaciones que lo confrontaron con Chávez Frías, ridiculizándolo internacionalmente, por lo que ojalá ensaye o esboce un nuevo género novelístico que vaya más allá de las clásicas dictaduras a las que, comprensiblemente, se aferra. La relectura de “El pez en el agua” (1993), da cuenta de la deriva autoritaria de un régimen nacido democráticamente, por lo que dispone de los supuestos que le permiten explorar aún más lo que ha acontecido y acontece en nuestro país: ética de la crueldad desbordada por la sola irracionalidad burocrática y perfeccionada con la censura y la represión,  lo autorizan para un despliegue narrativo que va más allá de  la curiosidad.

(*) Véase “La fiesta del Chivo”, Economía Hoy, Caracas, 10 y 11/04/2000,  texto reaparecido en Letralia, 21/08/2000 y en Espéculo, revista literaria de la Universidad Complutense de Madrid,  2002: https://lbarragan.blogspot.com/search?q=La+fiesta+del+chivo
11/11/2019:
http://guayoyoenletras.net/2019/11/11/anuncia-vargas-llosa-nuevo-genero-novelistico/