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lunes, 20 de abril de 2020

CUANDO LA TINTA ESTÁ CARGADA

EL NACIONAL, Caracas, 30/06/1985
Juan Carlos Santaella, Escribir, Literatura, Emoción, Roland Barthes, Lectura, Escritor, Especialidad.

domingo, 19 de abril de 2020

COMPAGINACIÓN

Páginas para una pandemia ineludible
Luis Barragán

Quizá porque las dos guerras que se dijeron mundiales en el XX, no llegaron a este rincón del mundo,  como toda que se precie, nos hicimos la ilusión duradera de una lejanía insalvable frente a cualesquiera acontecimientos trágicos, allende la mar. Hasta que el coronavirus desató sus furias, nos creímos a salvo de toda epidemia, estallido nuclear o fuga radiactiva (visto Chernobil como algo completamente ajeno), porque fue muy después que  apareció suficientemente documentada  la incursión de los submarinos nazis en El Caribe.

Otra experiencia de la supervivencia cotidiana, ahora somos – además – prisioneros inevitables de la pandemia.  Ojalá haya estudios en curso en torno al empleo del tiempo presuntamente libre del que disponemos, diligenciando los adultos aquellos insumos necesarios a la vez que procurando una legítima distracción de los más jóvenes en casa, faltando la energía eléctrica para los habituales juegos informáticos.

En numerosos casos, reivindicada, la lectura ha sido un recurso extraordinario  para la lidia hogareña en todos los sectores sociales. El libro que ha de servido de soporte decorativo o para alguna mesa que cojea, según la utilidad que le encontró Homero Simpson en un memorable capítulo, ahora abre  lentamente sus generosas  puertas, en el formato físico o convencional y como PDF u otro formato parecido.

La experiencia de pasar las páginas reales o virtuales, en medio de la cuarentena,  convierte a los  padres en estrategas preocupados por distraer a la prole con el más rudimentario recurso  disponible, aunque depende el énfasis de específicos  estratos sociales.  Una consulta personal y telefónica a varios amigos (empírica, aleatoria e imperfecta, a  los fines del presente texto), así lo confirma.

Días atrás, celebramos la reseña de un amigo, historiador de oficio, quien a sus hijas de edad escolar les ha confiado, por ejemplo, una obra sencilla y didáctica de José Saramago. Nos llamó poderosamente la atención, porque – antes – se hizo costumbre iniciar el mundo de las letras con novelas de aventuras  o de ciencia-ficción, pero – ahora – hay un extenso y fascinante repertorio que puede atrapar la atención de los noveles lectores o lectorantes, aunque lamentamos la quiebra editorial del país y la desespecialización alcanzada respecto a la literatura para niños y jóvenes. A pesar de todo, acotemos, una vez liberados del encierro,  mucho habrá cambiado el hábito hogareño, incluso, más allá de la recuperación del libro en el formato que fuere.

Fotografías: LB, tomadas de la red e intervenidas.
Breve nota LB: El caso es de José Alberto Olivar y su familia, publicado en Facebook.
20/04/2020:
http://guayoyoenletras.net/2020/04/20/paginas-una-pandemia-ineludible/

domingo, 12 de abril de 2020

¿DICE MÁS UN SELFIE?

Reaprender a leer (o la necesidad y el placer de hacerlo)
Luis Barragán

Signo de una aparente redención social, al principiar el régimen hubo una  intensa y bulliciosa campaña que  dijo desterrar definitivamente el analfabetismo en Venezuela; por cierto, en contraste con las  cruzadas del siglo anterior,  la del presente  prontamente devino misión que no fue, no ha sido ni será, siquiera una política pública de acuerdo al canon .  E, irremediable,  agravamos la situación de analfabetismo funcional, siendo más importante la dádiva o prebenda económica  asociada al aprendizaje que la adquisición de capacidades en los términos consabidos de Amartya Sen, por ejemplo.

Importante  para toda propuesta totalitaria en curso, luce decisivo alcanzar y condicionar un mínimo nivel de comunicación con la población sojuzgada y, por ello, la pronta y delimitada re-escolarización de sectores que puedan recibir y acoger el mensaje escrito, fuere por  la vía convencional, fuere por la digital, por lo menos, hasta que convenga. Y tratándose de una lectura ajena al ejercicio de la libertad, poco o ningún valor tiene las respuestas que suscite, excepto la de obediencia, despuntando la deseada sociedad de ágrafos.

Brecha digital aparte, una modalidad de resistencia la ofrecen los internautas capaces de leer y de responder libremente a una mensajería que compite con los abundantes y fáciles motivos gráficos, prefiriendo simplificar las palabras para evitar  la delación de sus errores ortográficos. Reivindican también al  guerrero del teclado para diferenciarlo de las piezas de laboratorio en auge, ensayando frecuentes telegramas que rompen con las viralidades de ocasión para la probable  angustia de los órganos de (contra) inteligencia.

Luego, las  redes sociales obligan a un ejercicio mínimo de cotidiana lectura, por imperfecta que sea, y, al observar a distintos grupos de  discusión en las aplicaciones telefónicas, podemos contrastar  una cierta profundidad del intercambio con la pusilanimidad de aquellos que sólo confían en la viralidad para dejar constancia de su presencia, celebrando la indiscriminada profusión noticiosa en tiempos del coronavirus. Empero, aunque no tengamos conocimiento ni trato personal con otros, facilita la consulta directa y respetuosa de quienes, desde su esperticia, arrojan luces en torno a asuntos más específicos. Por ello, al hacerlo con la profesora universitaria Yajaira Cabrera,  especialista en la materia, quien amablemente contestó a nuestras preguntas, concluimos sobre las inmensas posibilidades que se asoman para el reaprendizaje de la lectura; acotemos, conclusión que no necesariamente la compromete.

Entre varios de los aspectos tocados telegráficamente por la profesora @YcabrerabB, destaca el  acto de leer como un placer que depende de la transacción que se dé con el texto, subrayando el gusto estético adquirido desde la infancia que, al perfeccionarse, garantiza el hábito por el resto de la vida.  Así, a nuestro juicio, las redes que fuerzan al canje permanente de pareceres para la debida contextualización del momento del que nadie escapa, más allá de la política, fuerzan – en propiedad – a toda la sensatez posible y necesaria, pero – igualmente – a recrear una estética del mensaje que la suponemos heredera de la cultura  pop con mucho de lo  kitsch: insuficiente la noticia, hay grupos virtuales y espontáneos  que no sólo inducen al mejoramiento de la ortografía o a la consulta de un libro indispensable, sino – caracterizándose - también a expresarnos con la relativa novedad, sobriedad y  hasta sarcasmo frente a  lo confortable y asfixiantemente viral.

13/04/2020:
http://guayoyoenletras.net/2020/04/13/reaprender-leer-la-necesidad-placer-hacerlo/
Breve nota LB: La profesora Cabrera se convirtió, una semana antes, en nuestra seguidora de Twitter. Su cuenta destaca: "Profesora universitaria (UPEL/UCAB). Desarrolladora de contenidos web (Link gerencial). Especialista en Lectura y Escritura. Maestría en Educación a Distancia". En ciernes otro texto sobre la lectura rutinaria de las redes, nos animamos  seguirla y a preguntarle a través de la mensajería aplicada del sistema.  De nuevo, comprobamos la utilidad del intercambio preciso y también selectivo, en un medio tan masivo, sucedáneo y efímero, así no haya trato personal alguno. Esta es la tercera vez que lo hacemos, siendo las otras oportunidades a través de Facebook. Por ejemplo, tiempo atrás o muy atrás, tuvimos dudas sobre algunos aspectos propios de la arquitectura y de la psicología para un par de artículos y, recordándolas, le escribimos a la arquitecto María Fernanda Jaua y a la psicólogo Clara Márquez Ávila, recibiendo la generosa orientación esperada. Empero,  convengamos, que el ejercicio depende de un triple compromiso previo, tácito o sobreentendido: por una parte, la debida consideración y respeto de una petición que genera el mínimo de confianza necesaria, convertida en credibilidad; por otra, la indispensable autorización paa citar el nombre de la persona consultada que, en un caso, no se dio, quedando sólo constancia de un dato, sin la acreditación, según el compromiso contraído; y, luego, dejar a salvo a la orientadora de la opinión política del consultante.

lunes, 6 de abril de 2020

LECTORANTES EN TIEMPOS DE PANDEMIA

La lectura como coartada
Luis Barragan el día 
Convengamos, no es igual afrontar la pandemia en los países organizados y librecambistas que en los inveteradamente desorganizados e inútilmente estatistas.  En unos, la tendencia es hacia los servicios públicos eficaces y, en los otros, hacia su inexistencia misma.

El contraste es notable, gracias a los anuncios que inmediatamente hicieron muchas de las bibliotecas e instituciones culturales del occidente liberal para darle un distinto soporte a la obligada cuarentena. Entre las más variadas opciones gratuitas, a bajo costo o pago diferido, destaca una extraordinaria oferta a los lectorantes interesados.

Observemos que, en tiempos sólo nominalmente normales, la atención física y personal de nuestras bibliotecas púbicas es prácticamente nula, sometidas – desde hace un buen tiempo – al horario del peculiar y largo período especial que nos aqueja. Y, huelga comentar, que ninguna plataforma digital está disponible, sobre todo el portal de la Biblioteca Nacional y, mucho menos, ahora.

En numerosos casos, el enclaustramiento ha sido ocasión para intensificar los oficios de la casa, más aún los de la limpieza febril y preventiva, con excursiones precisas para la búsqueda de los alimentos, medicamentos y detergentes necesarios y posibles, pero todavía no tenemos noticias de algún estudio o  esbozo en torno a la utilización del tiempo presuntamente libre del que disponemos. Nada aventurado es afirmar que no hay lectorantes en los hogares venezolanos, según la tradición, excepto se trate de las redes sociales de tan breves fogonazos o de los subtítulos de los videos o películas que igualmente fatigan. Valga la acotación, la lectura – herramienta ineludible desde la propia escolaridad – es un hábito necesario de retomar, quizá recordando aquella anécdota atribuida a Jorge Luis Borges: nunca fue peronista, dijo, porque aprendió a leer a tiempo.

El asunto es arduo y complejo, pero el coronavirus puede constituir la mejor oportunidad para esas otras atrevidas excursiones indispensables hacia la metrópolis intrincada de la razón y de la sensibilidad que también ofrece generosos espacios para la diversión insospechada. Por cierto, el hijo de corta edad de una pareja amiga, a quien llamamos Spider-Man (pues, es su héroe), hace poco aprendió a leer e incurrió en una extraordinaria coartada por iniciativa propia: ha leído los manuales poco a poco para aventajarse en el disfrute de los video-juegos.
 
06/04/2020:
Fotografías: LB, intervención mediante escaneo. Original tomada de la red, sin identificar autoría.
Brevísima nota LB: Spider-Man, es Ricardo, hijo de Rodney y Tirsa de Castro Soto. Algún día, Ricardito sabrá excusar mi delación.

martes, 10 de marzo de 2020

PORQUE SE TIENE UNA VIDA

“Que la lista de libros no sea muy larga”
Eugenio Fouz

“Nothing long. I have a life” 
(Ellie Alves)

Para que se entienda a qué lista de lectura me refiero empezaré por poner el título de la columna en contexto, al igual que la cita de ahí arriba de Ellie Alves. La frase “Que la lista de libros no sea muy larga” se la dice una adolescente de 15 años a su vecino recién llegado. La acción transcurre en el jardín de entrada de unos apartamentos en la ciudad de Los Ángeles, en California.

El recién llegado es un joven librero amante de los libros y la buena literatura que inicia lo que puede ser una amistad con la quinceañera Ellie -un personaje de la serie de televisión americana You– después de haber destrozado su smartphone unas horas antes y aparecer con uno nuevo. Ella, agradecida por el gesto de Joe Goldberg -el enigmático librero-, quiere ayudarle a crear un perfil en las redes sociales. Joe acepta la ayuda, aunque propone a su vez a su pequeña vecina escribir una lista de libros para ella. A Ellie no parece atraerle la lectura y la calma que esta supone. Ella, aparentemente, no pertenece al tipo de chica interesada por los libros, sino más bien a esa otra clase de jovencita atrapada en la imagen y la vida social moderna.

Goldberg ha leído muchos libros y pretende contagiarle el gusto por la literatura o, al menos, facilitarle el acceso a cierta cultura literaria.

A lo largo de la serie vemos referencias explícitas e implícitas a varios escritores. A veces solo se deja entrever la portada de un libro como ocurre con Play it as it lays de Joan Didion. Hay otros momentos en que se menciona al ingenioso hidalgo de Cervantes, a Dostoievski y El conde de Montecristo de Dumas. Un episodio comienza con estas líneas de Nora Ephron que no dejan indiferente a nadie “Men and women can’t be friends because the sex part always gets in the way«.

La escena que tiene lugar en el jardín de la comunidad de vecinos resulta graciosa. No es menos graciosa la respuesta de Ellie cuando se imagina como tarea desagradable y dura la obligación de una lista de lectura: “Nada muy largo. Tengo una vida”. Quien ama las obras literarias entiende que la vida y la literatura son inseparables.

Fuente:
https://www.elnacional.com/opinion/que-la-lista-de-libros-no-sea-muy-larga
Ilustración: Julio Pacheco Rivas, Lucubraciones, 1972.

lunes, 9 de marzo de 2020

CAZA DE CITAS

"La lectura implica una forma de posesionarnos de  la realidad, de reconocimiento de nuestras emociones, pasiones y sueños, como nos lo expresa y transmite la mejor poesía, ensayística, dramaturgia y narrativa literaria (...) La lectura es particularmente importante por cuanto existe una estrecha relación entre palabra y pensamiento, y la manera más precisa y eficaz de ordenamiento de las mismas es la lengua escrita. Pensamos con palabras, nombramos la realidad con palabras, y no  es una afirmación muy exagerada la que sugiere que el tamaño del mundo de una persona es el tamaño de su vocabulario"

Eduardo Liendo

("En torno al oficio del  escritor",  Ediciones B, Caracas, 2017: 78)

Ilustración: Jesús Soto, serigrafía (1967).

sábado, 28 de diciembre de 2019

viernes, 20 de diciembre de 2019

LECTORANTES

PERSPECTIVAS
Leer en el siglo XX y en el XXI
Gustavo Guerrero

En 1996, en esos últimos años del siglo XX que fueron como la bisagra no solo entre dos milenios sino entre dos épocas o períodos históricos, el argentino Alberto Manguel publicó en Estados Unidos un libro que, en apenas unos meses, fue traducido a nada menos que veinte lenguas. Estoy seguro de que muchos de nosotros lo leímos con fruición cuando apareció en su versión española, en 1998. Se trata, como sin duda ustedes recuerdan, de Una historia de la lectura, ese vasto recuento de más de cuatrocientas páginas sobre las distintas maneras de leer y los diferentes tipos de libros que se han sucedido en el tiempo, desde la Antigüedad hasta el momento contemporáneo. Entre sus numerosas virtudes, el ensayo de Manguel tenía la de ser una buena vulgarización de un sinnúmero de trabajos universitarios que se venían realizando por entonces en torno a estos temas no solo en Estados Unidos sino también en Europa y Latinoamérica. Digamos que las exitosas páginas del ensayista argentino fueron algo así como la vitrina más visible para el gran público de una importantísima corriente intelectual que, a fines del siglo XX, señaló la emergencia de una especialidad que hoy conocemos, en los medios académicos, como la Historia del Libro y la Lectura.

¿Cómo se define esta disciplina? ¿Y qué es lo que analiza o de qué se ocupa? Básicamente, y para decirlo del modo más simple, se trata de estudiar las distintas maneras cómo los lectores de las más diversas geografías del planeta se han ido apropiando, a través de los siglos, de los contenidos textuales inscritos en los más variados soportes. ¿Cómo hemos pasado, por ejemplo, del pergamino manuscrito al libro impreso y del libro impreso al libro electrónico o a la tableta? ¿Y qué han implicado estos cambios en nuestro modo de acercarnos a los textos? O bien, ¿cómo se forma un público lector en una época dada? ¿Quiénes educan a los lectores y con qué instrumentos y con qué objetivos se les enseña a leer? O, en fin –mi último ejemplo–, ¿qué significa leer en voz alta o en silencio, leer por obligación profesional o por puro placer, leer para mantenerse informado y participar en la vida de una comunidad, o leer para conocerse mejor a sí mismo y explorar zonas desconocidas de nuestro fuero íntimo?

La Historia del Libro y de la Lectura trata de responder hoy a todas estas preguntas e interrogantes. Su campo de trabajo es amplio y riquísimo, ya que toca áreas tan diferentes como la antropología, la política, la psicología, la educación, la literatura y las nuevas tecnologías, entre muchos otros. Quizás una de las mejores definiciones recientes que se ha dado de esta especialidad compleja y proteiforme es la que nos ofrece el argentino Alejandro E. Parada en un ensayo reciente donde la vincula con la Historia de la Cultura Escrita. Dice este investigador:

"Cuando intentamos (hablamos ahora solo de un intento) decir e identificar ¿qué es la Historia de la Lectura?, estamos inmersos en un área genérica propia de la Nueva Historia Cultural y, en forma particular, dentro de un campo de la Historia de la Cultura Escrita que denominamos, en modo singular, Historia de la Lectura, y cuyos objetivos se centran en estudiar las prácticas, representaciones, usos, apropiaciones y respuestas que hacen los lectores de los textos en el tiempo y que ocasionan individual y colectivamente cambios en sus modos de pensar y accionar en el mundo (real o imaginario, poco importa)"  [«Historia de la Lectura, debate en torno a su definición», Información, cultura y sociedad n° 37, diciembre 2017, pp. 149-150.]

Este último aspecto de la definición, o del intento de definición de Parada, es fundamental porque responde a una pregunta que nos concierne a todos y que le atribuye a la Historia de la Lectura la misión de estudiar cuál es el papel del acto de leer como factor de cambio social. O para decirlo de otro modo, Parada nos hace ver que la Historia de la Lectura no solo se ocupa de analizar la manera cómo la práctica de la lectura cambia en el tiempo, sino también cómo la lectura se vuelve, a su vez, un elemento trasformador de la vida individual y colectiva. De hecho, para algunos estudiosos del tema, como David Finkelstein y Alistar McCleery, una de las funciones primordiales de la Historia de la Lectura es dar cuenta de cómo esta práctica actúa en la historia como una fuerza de cambio y transformación, con tanta eficacia que sería imposible narrar hoy la historia de la evolución de las sociedades modernas sin referirse al rol que la lectura ha desempeñado en ellas. [David Finkelstein y Alistair McCleery, «Aproximaciones teóricas a la historia del libro» en Una introducción a la historia del libro, Buenos Aires, Paidós, 2014.]

Quisiera situar nuestra reflexión dentro del marco de este concepto de la disciplina que la caracteriza, a la par, como el examen de las transformaciones de la propia lectura y como la exploración de las transformaciones que la lectura hace posibles. No es otro el lugar intelectual desde donde se han venido enunciado, desde hace ya dos décadas, distintos trabajos latinoamericanos que ponen de manifiesto el vigor y la creatividad del campo de la Historia de la Lectura en nuestro continente. Sin ir más lejos, se ha publicado en Bogotá un magnifico volumen colectivo intitulado Lectores, editores y cultura impresa en Colombia, siglos XVI a XXI (2018), dirigido por los profesores Diana Paola Guzmán y Álvaro Garzón Marthá, una coedición del CERLALC y la Universidad Jorge Tadeo Lozano. En ese libro se conjuntan estudios de diecisiete especialistas que, desde los puntos de vista más diversos (sociológico, antropológico, bibliográfico, filológico y literario) recorren las diferentes edades de la lectura en Colombia, entre el período colonial y la edición contemporánea, pasando por las imprentas de la Independencia, por la formación de los lectores en el siglo XIX y por las campañas de alfabetización en el siglo XX.

También en otros países latinoamericanos la especialidad conoce actualmente un auge sin precedentes, como es el caso de Argentina donde se editó, en 2012, el volumen colectivo Historia de la lectura en Argentina. Del catecismo colonial a los netbooks estatales, dirigido por Héctor Rubén Cucuzza y Roberta Paula Spregelburd. En él se recopilan, como en el libro colombiano, estudios sobre las distintas épocas, los diversos soportes y los diversos modos de leer que se han sucedido en la historia del país sureño. Dos años antes, en 2010, se editó asimismo en México el volumen Leer en tiempos de la colonia. Imprenta, bibliotecas y lecturas en la Nueva España dirigido por Idalia García Aguilar y Pedro Rueda Ramírez, un conjunto de trabajos más especializados sobre los siglos XVI y XVII. Existe además un buen número de libros recientes sobre el tema publicados en Chile, Brasil, Uruguay, Perú y Venezuela; pero quizás una de las muestras más accesibles de los trabajos en curso está en el dossier que se publicó en 2012 con el número 18 de la revista electrónica argentina Orbis Tertius. En él alternan ensayos de investigadores colombianos, venezolanos, argentinos, uruguayos y chilenos sobre prácticas y representaciones de la lectura, esencialmente contemporáneas.

Como lo ha mostrado uno de los maestros y fundadores de la Historia de la Lectura, el francés Roger Chartier, en América Latina el examen de la lectura y de sus prácticas, representaciones y funciones no tiene las mismas fuentes que en Europa y tiende a asociarse principalmente con tres problemáticas específicas y propias de nuestra trayectoria histórica: en primer lugar, la formación de las naciones y de las comunidades nacionales latinoamericanas a partir del siglo XIX; luego, las campañas de alfabetización y la enseñanza de la lectura en los siglos XIX y XX; y por último, la historia de la literatura y las circulaciones literarias entre las dos orillas del Atlántico entre los siglos XIX, XX y XXI [Roger Chartier, «La historia de la lectura en América Latina, vista desde Francia», Magallánica, Revista de historia moderna, 1/1, julio-diciembre 2014, pp. 26-33]. Para llegar al momento contemporáneo, al momento de tránsito entre la lectura del siglo XX y el de la del siglo XXI, podemos esbozar un rápido recorrido por nuestra historia de la lectura a través de las tres problemáticas que señala Chartier.

Si se la pone en perspectiva, sobre el eje de una duración larga de tres siglos, nuestra historia se presenta como un relato que arranca con una cifras muy precarias y poco esperanzadoras. Sabemos que la población latinoamericana a principios del siglo XIX, cuando estallan los movimientos de independencia, giraba alrededor de los dieciocho millones de habitantes desigualmente repartidos por el continente. Entre ellos, sólo se contaban unos tres millones de hablantes de español que, en su mayoría, ni leían ni escribían. La difusión del español como lengua común y la enseñanza de la lectura y la escritura en español van a ser obra principal de nuestras repúblicas independientes a lo largo del siglo XIX, partiendo de una situación muy desventajosa que obedece en buena medida al legado de la Colonia y a las restricciones que la monarquía española impuso no solo a la fabricación y circulación de materiales impresos sino incluso a la lectura misma.

En efecto, como es sabido, la historia de nuestra relación con la lectura está marcada por las políticas contrarreformistas de la monarquía católica española, que buscaban controlar, desde los comienzos mismos de la colonización, la difusión de la imprenta, la circulación de impresos y el acto de leer. Si la reforma protestante es impensable sin la aparición de la imprenta, sin la traducción y publicación de distintas versiones de la Biblia y sin la formación de nuevos lectores capaces de interpretar los textos sagrados, la contrarreforma católica combatirá la propagación del cisma controlando justamente las técnicas, los objetos y las competencias que posibilitaron la ruptura de la unidad religiosa en Europa. Domingo Faustino Sarmiento resume la situación en una frase a mediados del siglo XIX: «Para ser católico es necesario ante todo tener fe. El catolicismo lo dice. Para ser protestante es preciso saber leer para leer la Biblia». Nosotros somos hijos de esta historia. De ahí que, si dejamos de lado a México y Perú donde se introduce la imprenta en el siglo XVI bajo estricta supervisión eclesiástica y virreinal, en las demás zonas del continente haya que esperar hasta prácticamente la segunda mitad del siglo XVIII, para ver aparecer las imprentas en las principales ciudades. Esto no quiere decir que, en las colonias, no circularan textos en forma manuscrita o en libros impresos, pero esa circulación local, o fruto del comercio transatlántico, era controlada y restringida, y ante ella, el analfabetismo general de la población representaba sin lugar a duda el instrumento más eficaz de control social. A fines del siglo XVIII, el 85 % de la población de un territorio tan gigantesco como Brasil era analfabeta y en el mundo de habla hispana los porcentajes podían ser aún superiores, ya que el aprendizaje de la lectura estaba reservado en general a las castas españolas y criollas, y, excepcionalmente en México y Perú, a algunos miembros de las élites indígenas.

En Argentina, en Venezuela, en Colombia y en muchos otros lugares del continente, la imprenta empieza a introducirse, gracias a las reformas borbónicas, a mediados del siglo XVIII –cuatro siglos después de que la inventara Gutenberg– y con su llegada se va a producir una intensificación de la circulación de impresos y la formación de nuevas comunidades lectoras entre las minorías que saben leer y escribir y que pronto van a liderar el proceso de Independencia. Todos los colombianos conocen el ejemplo paradigmático de la famosa imprenta de Antonio Nariño y de la traducción y edición de la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano en 1794. Dicha edición va a activar las alarmas de la censura virreinal y llevará a la cárcel al propio Nariño y a su colega impresor Diego Espinosa, quien era nada menos que el hijo del director de la Imprenta Real de Nueva Granada, don Antonio Espinosa de los Monteros. Son estos pequeños grupos de lectores patricios los que van a contribuir decisivamente con la difusión y con la discusión de las ideas revolucionarias, republicanas y liberales que constituyen el soporte ideológico del movimiento independentista en todo el continente. No en vano nuestras guerras de independencia fueron también una guerra entre imprentas, publicaciones y lectores. Pequeños periódicos u hojas sueltas llevan y traen por entonces las noticias de la contienda y permiten fijar posiciones y trabar el debate ideológico. Así, en Venezuela es famoso el enfrentamiento feroz entre la Gaceta de Caracas, de tendencia realista, y el Correo del Orinoco, que era el órgano de prensa de los patriotas, publicado en Angostura.

Terminada la contienda, esta minoría lectora se encuentra ante la tarea de organizar unas «repúblicas del aire», como las llama Rafael Rojas, donde las imprentas oficiales publican constituciones, leyes y decretos que deben aplicarse a todos, pero que solo unos pocos ciudadanos pueden efectivamente leer y discutir. La escasa legitimidad democrática de nuestras repúblicas señoriales, donde solo votan y gobiernan los que saben leer y escribir, hace evidente en el siglo XIX que la viabilidad política de un proyecto nacional no puede disociarse de la alfabetización masiva. Para muchos de nuestros padres de la patria y de nuestros primeros liberales, la construcción de la nación en América Latina tiene que pasar por una ampliación de la comunidad de lectores y por la interiorización, a través de la lectura, de unos imaginarios y valores nuevos que garantice la cohesión social de distintos y dispares grupos humanos. Simón Bolívar, Andrés Bello, Simón Rodríguez, Benito Juárez o el ya citado Domingo Faustino Sarmiento, desde distintas latitudes, coinciden en ello. Por un lado, la prensa republicana asume así el papel de erigirse en foro popular de la vida pública y en espacio de un debate político que se quiere abierto y democrático; mientras, por otro, las novelas nacionales apelan a la sentimentalidad y a la formación de una sensibilidad común en la esfera privada. La Amalia de José Mármol (1841) en Argentina, el Martín Rivas (1862) de Blest Gana en Chile y la María (1867) de Jorge Issac en Colombia son todos intentos, como lo ha señalado Doris Sommer, de vincular la intimidad de los lectores latinoamericanos a la construcción de la nación y de ampliar así los públicos lectores nacionales. [Doris Sommer, Foundational Fictions, UCLP, 1991.]

Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de conservadores y liberales por desarrollar políticas de la lectura, bien a través de las órdenes religiosas, o bien a través de leyes que decretan una educación laica, gratuita y obligatoria, los resultados serán muy limitados y bastante desalentadores. Los porcentajes de que disponemos muestran que, a fines del siglo XIX, el 80 % de los brasileños, el 53 % de argentinos, el 57 % de cubanos, así como el 78 % de mexicanos y el 83 % de bolivianos eran analfabetos. Tenían razón los poetas modernistas, como José Asunción Silva o Rubén Darío, cuando se quejaban de casi no tener lectores en sus propios países. Entramos en el siglo XX con un déficit que muestra con una claridad prístina el fracaso de los proyectos decimonónicos de ampliación de nuestra comunidad de lectores y las enormes desigualdades que lastran a nuestras sociedades. De ahí que la alfabetización se convierta en una de las reivindicaciones principales de los distintos movimientos políticos que atraviesan el siglo XX, de la Revolución mexicana a la cubana, pasando por el peronismo, el aprismo y las corrientes indigenistas y feministas. Nuestra historia de la lectura reciente se confunde de esta suerte con una historia de la alfabetización que se declina a través de objetos como las bibliotecas populares, como las acciones pedagógicas y las campañas de aprendizaje y como los proyectos y los programas de promoción en los que muchos hemos participado.

La buena noticia es que, gracias a los esfuerzos realizados durante el siglo XX, empezamos el siglo XXI bajo mejores auspicios. Las cifras que dio a conocer el Instituto de Estadísticas de la UNESCO en 2016 ponen de relieve que, en los veintiséis años que corren desde 1990, nuestra tasa de alfabetización ha aumentado substancialmente, pasando del 85 % al 94 % de la población total del continente. Es decir, prácticamente hemos invertido los datos de fines del siglo XIX. En países como Argentina, Ecuador, Chile, Bolivia y Costa Rica se llega incluso a una tasa de alfabetización del 99 %, un nivel comparable al de Europa, Estados Unidos, el Sudeste y Este de Asia. Por supuesto, esto no significa que el problema esté completamente resuelto: de los seiscientos treinta millones de habitantes que tiene América Latina, todavía quedan unos treinta y dos millones de analfabetos. Además, un estudio reciente dado a conocer por la misma UNESCO en 2016, basado en un análisis de las pruebas PISA, ha puesto de manifiesto que un 36 % de los estudiantes latinoamericanos tienen problemas para entender lo que leen y sacar la información adecuada de los textos. La directora del ya citado Instituto de Estadísticas de la UNESCO, Sylvia Montoya, ha declarado a la prensa: «Que haya niños que no tengan las competencias básicas cuando se trata de leer párrafos muy sencillos y extraer información de los mismos yo lo consideraría como una nueva definición de analfabetismo. Carecer de comprensión lectora es una especie de discapacidad o de incapacidad para poder insertarse en la sociedad, poder votar y entender las propuestas de los candidatos, poder tener entendimiento de los propios derechos y deberes como ciudadano» [Ángel Bermúdez : «Van a la escuela pero no aprenden», BBC Mundo, 28 de septiembre de 2017, consultado el 30 de marzo de 2019]. Abundando en este mismo sentido, el investigador chileno Mario Waissbluth, director de la Fundación Educación 2020, lanzaba en 2016, en México, da una alerta al señalar que podíamos estarnos encaminando hacia un 60 % de adultos analfabetos funcionales en América Latina. [«América Latina : un continente de analfabetas funcionales», Noticias Flacso, México, 25 de abril de 2016, consultado el 1 de abril de 2019.]

Nuestra historia de la lectura conoce en el tránsito entre el siglo XX y el siglo XXI este momento paradójico en que los resultados de la alfabetización tan anhelada por fin se consiguen en el plano cuantitativo, pero de seguido aparecen como totalmente insuficientes en el plano cualitativo. Porque lo que está en juego, en estos principios de un nuevo siglo y milenio, es un asunto que toca a la calidad de la lectura. Hay que plantearse este problema y tratar de pensarlo hoy en el marco histórico de las transformaciones comunicativas, mediáticas y tecnológicas a las que hemos asistido en los últimos treinta años y que han venido a alterar profundamente no solo los soportes de los textos sino nuestra relación con ellos y con el acto de apropiárnoslos, leyéndolos. Para hacerlo, quisiera discutir brevemente tres coordenadas mayores en la configuración de la cultura contemporánea que, para muchos especialistas de nuestra disciplina, están afectando sensiblemente la práctica de la lectura. Se trata de tres fenómenos que tenemos que relacionar con los problemas que se están planteando en América Latina y en otros lugares del mundo a principios del siglo XXI.

El primero tiene que ver con el cambio de nuestra relación con el tiempo. Desde las últimas décadas del siglo pasado hemos entrado en un proceso de aceleración temporal sin precedentes dentro del mundo moderno. Según filósofos como el francés Paul Virilio, hoy vivimos como si nuestras vidas estuvieran chocando continuamente contra la barrera del tiempo y, según sociólogos como el alemán Hartmut Rosa, pareciera que nuestras sociedades hubieran alcanzado un punto crítico «más allá del cual se vuelve imposible sustentar la sincronización y la integración sociales» [Hartmut Rosa, Accelaration, una histoire sociale du temps, Paris, La Découverte, 2014]. Para Hartmut Rosa, este fenómeno de aceleración tiene tres dimensiones distintas que inciden en nuestras prácticas culturales y a cuyo influjo no escapa la situación actual de la lectura. La primera, y la más evidente, es la dimensión tecnológica: la revolución de las tecnologías del transporte, las comunicaciones y la producción le ha dado un ritmo incomparable al desplazamiento de personas y objetos en el mundo, al intercambio de información y a la fabricación y transformación de la materia y la energía. En segundo lugar, Rosa destaca la aceleración del cambio social propiamente dicho, es decir, el hecho de que existe una aumentación constante del ritmo de obsolescencia de nuestras experiencias, valores y expectativas, y por ende una inestabilidad creciente en las relaciones colectivas entre las generaciones y entre los individuos, así como también por lo que toca a nuestros vínculos con instituciones como la familia, la escuela o la nación. Por último, el sociólogo alemán le hace un lugar muy importante en su trabajo a lo que él llama «la aceleración del ritmo de la vida cotidiana» y que se manifiesta a la vez como una densificación de la cantidad de actividades que realizamos en la misma unidad de tiempo y como una reducción del tiempo que le dedicamos a cada una. Acaso el ejemplo más elocuente de ello es la generalización del multitasking que se traduce en la ejecución de varias acciones simultáneamente de manera concatenada.

La práctica de la lectura ha sido desde siempre una actividad sujeta a los contextos tecnológicos, socioculturales, políticos e históricos propios de las comunidades en las que ha aparecido y se ha desarrollado. En este nuevo capítulo de nuestra historia de la lectura que se abre con el siglo XXI, hay que incorporar la aceleración a la que estamos asistiendo a nuestro modo de entender esta actividad y a la adquisición de las competencias necesarias para dominarla y desarrollarla. Y es que estamos ante un contexto inédito por la cantidad y la velocidad de las informaciones que circulan en varios soportes distintos, por la rapidez con que los mensajes ganan y pierden actualidad, y por la incorporación del acto de leer a otro conjunto de acciones que estamos realizando sincrónica y cotidianamente en nuestro trabajo o en nuestra casa. El modelo de lectura que heredamos del siglo XX –la lectura silenciosa, individual e intensiva en soporte de papel– no solo ya no corresponde a la diversificación de los soportes que conocemos hoy, sino que tampoco tiene en cuenta la diversificación del acto mismo de leer en nuestras sociedades. Porque no es lo mismo ni exige la misma velocidad una lectura extensiva en la red o en las actualizaciones de Facebook o de Twitter, que una lectura intensiva y orientada a la memorización y a la adquisición de conocimientos en pantalla o en soporte papel. Creo que una de las claves para combatir el problema del analfabetismo funcional, que no es solo un problema latinoamericano sino también norteamericano y europeo, reside en la posibilidad de redefinir la lectura en plural y de concebir los distintos ritmos y actitudes que pide el acto de leer en función de los soportes, los medios, los contextos y los objetivos que lo determinan hoy. Porque no se puede leer de la misma manera ni con la misma cadencia una novela que un tweet, como no miramos de la misma manera un cuadro y un programa de televisión, ni escuchamos de la misma forma una canción y una conferencia. No estoy haciendo un juicio de valor: lo que me importa es insistir en la necesidad de diversificar nuestra idea de lo que es la lectura y de especializar las competencias que moviliza en el campo de la comprensión, de cara a la proteica realidad a la que nos confrontan los procesos de la aceleración contemporánea y uno de sus corolarios más sonados: el problema de los niveles de atención.

Junto a la aceleración, y estrechamente vinculados a ella, muchos especialistas de la lectura han destacado últimamente este peliagudo asunto, que también suele asociarse al crecimiento del analfabetismo funcional. Hay una polémica sorda, no siempre explícita ni abierta, entre quienes sostienen que las nuevas generaciones presentan un grave déficit de atención que está afectando el aprendizaje y la práctica de la lectura, y los que dicen que no se trata de un verdadero problema sino de un reajuste temporal de nuestro comportamientos y hábitos comunicacionales a la nueva ecología mediática que surge con la revolución tecnológica. Así, en una conversación que tuvo lugar en el Hay Festival de Cartagena en 2017, Michael Bhaskar, especialista en edición electrónica y autor de varios libros sobre lectura y comunicación en el mundo contemporáneo, decía lo siguiente:

"Hay evidencia de que, en un nivel muy básico, la tecnología digital está reprogramando nuestros cerebros y, en términos más puntuales, dificultando la sumersión en una lectura larga. Las redes sociales, por ejemplo, funcionan como una especie de bucle: siempre se quiere recibir más novedades y vemos cómo cada vez que nos llega una notificación o un e-mail, nos reconforta un pequeño toque de dopamina. Un estudio al respecto muestra que algunos trabajadores en oficinas llegan a revisar su bandeja de entrada hasta treinta y seis veces en una hora. Y cada vez que sucede eso, cada vez que revisas tus e-mails, pierdes la concentración en lo que estabas haciendo y no puedes volver a conectarte con tu tarea sino después de un largo periodo. Entre más veces revisamos nuestros teléfonos, nuestros e-mails –la persona promedio mira su teléfono cientos de veces al día–, más reforzamos la implementación en nuestra mente de un patrón que produce la necesidad de recibir novedades constantemente y de que saltemos de una cosa a la otra sin involucrarnos realmente en ninguna tarea. Un estudio de Microsoft mostró que, en el año 2000, los seres humanos, en promedio, podíamos mantener la concentración en una tarea durante doce segundos. Para 2013, este espacio de tiempo ya había caído hasta los ocho segundos, un segundo menos que lo que un pez dorado puede fijar su atención en algo. Sabemos, pues, que ya estamos peor que los peces dorados. Digo todo esto porque veo que se ha convertido en una presión para mí mismo. Noto que, cuando leo algo, sea para el trabajo, sea por placer, siento de repente esas ganas de dejar la lectura y distraerme. Me parece claro que nuestras mentes están ahora más fragmentadas que antes" [El futuro de la lectura, Peter Florence y Michael Bhaskar en conversación con Marianne Ponsford, Bogotá, CERLALC, 2018, pp. 20-21.]

Esta preocupación se expresa asimismo en la opinión de otros especialistas que tratan de analizar la dispersión a que están sujetas las nuevas generaciones ante las solicitaciones continuas de los medios y las redes sociales. Se parte del principio de que la atención de los jóvenes que han crecido inmersos en el mundo de los dispositivos digitales sería muy pobre, ya que muchos serían incapaces de concentrarse por largos periodos de tiempo ni sabrían tampoco dedicarse a una sola actividad a la vez. Habría como una especie de carencia que les hace incapaces de focalizar su atención y por ende de entrar en procesos complejos de adquisición de conocimiento personales y de una cultura vasta y rica. Su constante dispersión nos daría la medida de los efectos perversos de la aceleración temporal y el multitasking, pues cómo no advertir la incompatibilidad entre las exigencias de la lectura y la posibilidad de navegar en la red mientras revisas el buzón de correo electrónico, respondes a un tweet, hablas por teléfono, miras las fotos de los amigos en Facebook y borras varias canciones de tu playlist en Spotify.

Frente a estas posturas, que resultan bastante pesimistas y hasta apocalípticas, encontramos otras que nos llaman a tratar de entender mejor los cambios en marcha y a distinguir entre los distintos tipos de atención en función de los distintos tipos de lectura que se practican hoy. Porque la atención, como tantas facultades humanas, no es un don sino una construcción social que se aprende de cierta manera en la escuela y, en particular, a través de la lectura silenciosa, intensiva y en soporte papel, que es una de las primeras experiencias de concentración para los niños. La profesora norteamericana Katherine Hayles califica a este tipo de atención voluntaria de «atención profunda» y la describe como «el estilo cognitivo asociado tradicionalmente a las humanidades, ya que se caracteriza por la concentración sobre un solo objeto por largos periodos de tiempo (por ejemplo, una novela de Dickens), ignorándose todo estimulo exterior y prefiriéndose una sola fuente de información». Pero, junto a este tipo de atención, Hayles le hace un lugar asimismo a otro tipo de atención que ella llama «la hiper-atención» y que se caracteriza «por cambios rápidos de focalización entre diferentes tareas, con una clara preferencia por múltiples fuentes de información en busca de un alto nivel de estimulación y con un nivel de baja tolerancia ante el aburrimiento». Si la atención profunda es una facultad esencial para la adquisición de conocimientos y la resolución de problemas complejos que corresponden a un mismo campo de reflexión, la hiper-atención, por su parte, resulta excelente «para negociar cambios rápidos del entorno en el cual varios focos informativos rivalizan para captar nuestra atención, siendo por el contrario muy deficiente cuando se tratar de focalizaciones largas sobre objetos no interactivos como una novela victoriana». [Katherine Hayles, “How we Read: Close, Hyper, Machine”, ADE Bulletin 150, 2010, pp. 62-78.]

Lo que quisiera retener de las ideas de Hayles es que, para entender la lectura en el siglo XXI, tenemos que aceptar que la nueva ecología tecnológica y mediática en que estamos inmersos ofrece modelos de atención que operan en contextos distintos por lo que toca a nuestra manera de acercarnos y apropiarnos de una información textual o no textual. Reconocer la existencia de estos distintos comportamientos atencionales es el primer paso para no seguir confundiéndolos y para discriminar entre los tipos de lectura que pueden efectuarse con cada uno de ellos. Porque no se lee con la misma atención cuando se efectúa una búsqueda en línea y en un servidor de internet donde se seleccionan diez o doce documentos a la vez, que cuando leemos una novela o un libro de historia o de física. Aprender a leer en el siglo XXI supone, a mi modo de ver, aprender distintas disposiciones y actitudes para la lectura que movilizan competencias diferentes en los individuos y que no deben mezclarse ni encabalgarse so pena de fracasar en todas ellas y de acabar alimentando las estadísticas del analfabetismo funcional.

Por último, junto al problema de la aceleración y de los niveles o registros de atención, quisiera concluir con algunas palabras sobre los viejos y los nuevos placeres de la lectura a principios de este nuevo siglo. En una encuesta de 2012 sobre el comportamiento de los lectores en España y América Latina, el Cerlalc nos muestra que siguen siendo pocos los lectores de libros en nuestro ámbito cultural, pero, al mismo tiempo, nos da una buena noticia: a saber, que, entre los que leen libros, un porcentaje muy importante lo hace por el puro placer de leer. Un 86 % de los españoles, un 79 % de los argentinos, un 49 % de los brasileños, un 44 % de los chilenos y un 37 % de los colombianos que leen libros, dicen que lo hacen por simple placer, por gusto o por necesidad espontánea [El espacio iberoamericano del libro, CERLALC, Bogotá, 2012, pp. 69-83]. La lectura silenciosa, individual e intensiva de un solo objeto textual sigue siendo así, en el siglo XXI, una fuente de deleite incluso entre las nuevas generaciones, como lo muestran los éxitos comerciales de sagas como la de Harry Potter o El mundo de Narnia, o, más cerca de nosotros, la trilogía distópica de Suzanne Collins, The Hunger Games (2008). Sin embargo, esto no debe de ser un obstáculo para que podamos hacerle un lugar paralelamente a los nuevos placeres que genera la aparición de una ecología mediática y tecnológica inédita. Tal y como lo ha señalado la investigadora francesa Claire Bélisle:

"Con el libro de papel, el placer de leer suele asociarse a la lectura de novelas, de relatos históricos, de ciencia-ficción o de comics, mientras que con la pantalla el placer de leer se vive a través de los blogs, de los correos electrónicos, del hilo de Twitter, de los chats, de los resultados de una búsqueda, de la exploración de portales en la red o de las páginas personales de nuestros colegas y amigos… Así que no solo cambia el soporte sino también las razones para leer, los materiales que se leen y los momentos de lectura, que ya no se viven como momentos de soledad sino, por el contrario, como momentos de contacto, intercambio y comunicación" [Claire Bélisle, Lire dans un monde numérique, Villeurbaine, 2011, consultado en línea el 4 de abril 2019.]

La profesora Bélisle subraya que los nuevos placeres de la lectura proceden esencialmente de la conectividad que permite compartir, intercambiar, crear y recrear informaciones textuales y no textuales en línea, así como también intervenir en los textos en pantalla a través de la interactividad de las redes y vivir experiencias de inmersión dentro del universo digital de un portal o de una obra literaria, cinematográfica o pictórica. Pero las cosas no son tan claras ni tan simples. A propósito de estos nuevos placeres, otros investigadores como el ya citado Michael Bhaskar o Simon Sinek han venido denunciando la atracción casi adictiva que pueden producir en los jóvenes e incluso entre los menos jóvenes al provocar descargas constantes de dopamina que crean una dependencia en los sujetos. Este es un problema que, en cualquier caso, habrá que investigar con nuevos estudios. Recordemos que también en el pasado muchos hombres de iglesia y muchas buenas conciencias les advertían a los estudiantes que si leían demasiadas novelas se podían volver locos como don Quijote o Madame Bovary. Sea cual fuera la realidad de dicha amenaza, lo importante por ahora es que retengamos que, para entrar con buen pie en el siglo XXI, nuestra historia de la lectura, la historia que todos estamos escribiendo, debe aprender a distinguir entre los distintos tipos de lectura que se están difundiendo en nuestras sociedades y enseñar a adaptar cada uno de ellos a la temporalidad, al nivel de atención y a los placeres que suscita. Porque estamos entrando en un siglo en el que cohabitarán distintos soportes y prácticas comunicativas que hay que aprender a administrar en nuestras vidas. El libro de papel y la cultura que lo acompaña no van a desaparecer con la aparición del libro electrónico y las pantallas, como no desapareció la radio cuando se inventó la televisión ni el teatro cuando surgió el cine. En vez de adoptar actitudes catastróficas o alarmistas, es mejor y más útil, creo, aprender hoy a respetar los fueros de cada cual y tener la disciplina necesaria para no mezclarlos ni confundirlos.

Aún más, pienso que lejos de desaparecer, la lectura tradicional en silencio, intensiva y en soporte papel puede tener una nueva función y adquirir un nuevo valor emancipatorio en esta época hiperconectada, ya que se puede erigir en uno de los espacios de libertad que nos permiten ejercer nuestro derecho a la desconexión y al cultivo de nuestra subjetividad, al diálogo con esa impertinente vocecita que todos llevamos dentro. Porque uno de los mayores deleites que nos ofrece la lectura intensiva, como muchos de ustedes saben, está en los niveles de abstracción con que nos abduce y nos saca del tiempo, hasta hacer que nos identifiquemos completamente con los personajes y el mundo de la historia que estamos leyendo. «No hay días de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud –decía Marcel Proust– como aquellos en que no nos vimos vivir porque los pasamos con nuestro libro preferido». Esa posibilidad, ese placer y ese derecho no lo debemos perder en el tránsito entre el siglo XX y el XXI. Creo que debemos asociarlo más bien a nuestras reivindicaciones sociales a través de las políticas de promoción de la lectura y al combate que nos espera en América Latina y en otros continentes contra la amenaza del analfabetismo funcional.

[Conferencia leída en el acto inaugural del Congreso de la Lectura realizado en el marco de la Feria del Libro de Bogotá en abril de 2019]

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jueves, 28 de noviembre de 2019

EN VENEZUELA, HOY: LEER ES UN CRIMEN

Literofobia
Antonio Escohotado  / El Mundo

No sé si a otros padres y abuelos les pasa lo que a mí, pues mis cinco hijos y el único nieto cercano a la mayoría de edad se propusieron y proponen leer libros de pensamiento; pero algo se lo impide una y otra vez, y tras intentos acompañados por desasosiego o tedio aplazaron el empeño, cuando no lo cumplen con una lentitud que emula la del perezón paraguayo, cuyos movimientos son al parecer los más pausados de vertebrado alguno en el continente americano.

También es cierto que en casa del herrero abunda la cuchara de palo, y por eso me gustaría trascender un círculo limitado a familiares, amigos y conocidos. Salvo error, el primer testimonio de literofobia podría ser la llamada plaga de somnolencia, que trastornó la lectura cotidiana del Corán prevista para el fiel mahometano en 1517, suscitando una reunión de teólogos, juristas y notables en El Cairo, ya por entonces una megalópolis. La plaga coincidió con la disputa moral más acalorada del momento, que concernía a la licitud o ilicitud del café, una bebida difundida poco antes, cuyo consumo se castigaba en La Meca con picota y bastonazos en la planta de los pies. El cónclave descubrió que el sultán Selim el Severo, reciente conquistador de Egipto, era muy aficionado al estimulante, y la somnolencia parece haberse superado en mayor o menor medida generalizando su consumo.

Se diría que no volvemos a topar con literofobia aguda hasta el milennial, una criatura coincidente con la revolución informática, cuyo móvil almacena la más completa suma de saberes jamás reunida, aunque por ahora se emplee casi exclusivamente para cuantificar los likes de tal o cual foto, sin trascender la onfaloscopia o práctica de contemplar el propio ombligo, técnica de meditación favorita para san Jerónimo y otros Padres del Desierto desde finales del siglo IV. Tuve ocasión de comprobar hasta qué punto el acto de leer evocaba espanto en 2009, cuando uno de mis hijos prefirió los 500 euros ofrecidos por trabajar de camarero a la misma suma ganada leyendo, y de nuevo en 2019, cuando mi hija menor optó por lo mismo ante los 600 ofrecidos por servir copas.

Empecé entonces a preguntarme por qué tantos miles de departamentos dedicados a psicología, psicología social, sociología y antropología siguen sin detectar el fenómeno, y menos aún analizarlo con sus abundantes recursos humanos y estadísticos. Quizá ando muy mal informado sobre los frutos del trabajo académico; pero todos los días repaso Wikipedia y YouTube, sin captar la menor señal de ese tipo en las dos últimas décadas, cuando la literofobia empezó a campar por sus respetos. Cabe usar otros nombres –por ejemplo rechazo de cualquier información refinada, recorte en el lapso de atención, e incluso simple pereza lectora–, pero ahí está el fenómeno, amplificado por la pasividad y la inopia resultante.

Es curioso que en 1517 hubiese alarma por falta de lectura, cuando quizá cuatro de cada cinco personas eran analfabetas, y se nos pase desapercibido lo mismo cuando todos leemos. Si la literofobia inquietaba reinando Selim, un tipo dispuesto a prevenir tentaciones sucesorias matando a todos sus hermanos y sobrinos, más inquietante parece al despuntar la era informática, cuando el prodigioso rendimiento de la técnica ha cuadruplicado la esperanza de vida, hasta en las zonas más atrasadas, mientras la propia industrialización iba cubriéndonos de desechos, cuyo reciclado resulta ser una tarea titánica, donde mal nos irá sin el esfuerzo coordinado de todos.

Pero el altermundismo no capitalista veta la coordinación incondicional –mientras lanza denuestos contra el cambio climático–, reviviendo el conflicto vivido en otros tiempos entre adeptos al más allá y al más acá, cuyo denominador común es andar reñido con la realidad. Por ejemplo, es evidente que nadamos en la abundancia gracias a innumerables individuos y circunstancias, movidos a su vez por fines particulares, y tan evidente como que almas simples rechazan la complejidad es que la razón democrática se apiada de ellas no impidiendo que el fanático esté entre los partidos políticos admitidos. Esa elegancia nunca se ha visto correspondida al prosperar algún putsch de los suyos; pero la ceguera ante fenómenos complejos merece la prestación prevista para invalidez parcial, y asumirla como tal resulta incomparablemente menos gravoso para el erario público que incorporar semejante personal a la Administración, a título de gestores, archiveros y docentes.

Desde siempre, los reñidos con la complejidad compensan con censores su déficit de elocuencia concreta, pues hablando siendo por hablar –lo suyo es la praxis, hacerse con el poder– el horizonte lo delimitan consignas de la Dirección y otras modalidades del bla, bla, bla. Nos sepultarán las basuras, aunque antes de convenir los modos menos sectarios de evitarlo el altermundista exige derrotar a algún no-ser, otrora Satanás, luego Monsieur Le Capital y hoy antipatriarcado neoliberal, impidiendo por eso que el reciclado se consume sin convenir antes en prejuicios como la desigualdad –esa bendición de la Naturaleza– o el carácter lesivo de la riqueza, porque nadie prospera sin perjudicar a otros.

¿A quiénes perjudicaron Bill Gates, Larry Page o nuestro insigne Amancio Ortega? ¿Confiaremos nuestros ahorros a quienes llaman víctimas a sus empleados, tras un siglo de comprobar que semejante versión de lo real reconvierte una y otra vez al ciudadano en siervo de la gleba? Por eso parece urgente investigar la literofobia, porque fue una obra maestra de la propaganda seguir teniendo altermundistas aspirando a gobernar, tras la explosión genocida del totalitarismo, y ha sido una obra maestra del género descubrir la posverdad en términos argumentales, una tesis ridícula si la letra no hubiese engendrado la alergia a leer difundida hoy de los cincuenta para abajo. Imaginar a un lector de Weber, Schumpeter o Braudel dispuesto a comulgar con simplezas es tan difícil como encontrar una aguja en una montaña de heno, aunque lo arduo del empeño se solventa con personas más dispuestas a servir copas que a estudiarles.

Quizá el aturdimiento sea la reacción espontánea de una mayoría entre quienes disfrutan de algo tan inaudito como información exhaustiva y prácticamente gratuita, y es en cualquier caso lo ocurrido. Todos saben que cada oficio lleva consigo pasar de aprendiz a maestro, si bien casi todos van dejando ese paso de hoy a mañana; y esa es la condenada seña de identidad para el refractario al pensamiento documentado, recluta más o menos consciente de la puerilización perseguida por toda suerte de propaganda. Qué sencillo se torna el mundo si decidimos ignorar la diferencia entre fuentes primarias y subsidiarias de cada asunto.

(*) Antonio Escohotado es escritor. Su último libro es Mi Ibiza privada (Espasa).

Fuente:
Cfr.

domingo, 10 de septiembre de 2017

DE UNA REAPARICIÓN BIBLIOTECARIA

EL UNIVERSAL, Caracas, 10 de septiembre de 2017
El mejor Bryce Echenique
Ricardo Gil Otaiza

De ese gran sombrero de mago que es mi biblioteca, en el mes de agosto extraje con cierta “cautela” un gigantesco tomo (más de 600 páginas), que dormía arrumado entre muchos otros el sueño de los no leídos. Y digo que con cautela, porque en esa especie de ritual de inicio que suelo tener antes de abordar un libro, me di a la tarea previa de hojear el tomo, de leer aquí y allá, de saltar de una a otra página sin orden ni concierto, de olerlo para captar su fragancia, de leer la contraportada y los datos biográficos del autor, para luego sentarme, con decisión y firmeza, y así arrancar desde el comienzo como la cultura libresca manda. A veces el ritual me desalienta a seguir adelante; otras tantas, me impele a recorrer la obra sin atavismos ni prejuicios de un solo jalón. Y esto fue lo que hice desde entonces con el libro Permiso para sentir. Antimemorias 2 (2005), del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique.  Del autor conocía unos cuantos tomos: No me esperen en abril, Reo de nocturnidad, La amigdalitis de Tarzán, Guía triste de París, El huerto de mi amada y Entre la soledad y el amor. Dando por descontadas sus obras más emblemáticas: Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz. Confieso que no hallé en mis anaqueles Permiso para vivir. Antimemorias 1, que vendría a ser la antesala de la obra que me disponía abarcar.

El estilo de Bryce Echenique no es nada fácil, ya que se solaza en lo oblicuo para desde allí narrar a saltos (y largas esperas) sucesos que podrían ser contados de manera horizontal y precisa. Empero, en esto radica su encanto: en la extraordinaria capacidad para atraparnos con sus anécdotas sin echar mano de los recursos más frecuentes con los que cuenta un narrador medio: linealidad tempo-espacial, sucesión lógica de hechos, incisos, apartados, etcétera, para hacerse dueño de la elipsis y así aglutinar a su favor ciertos “vacíos” que hacen que crezca la expectación en el relato. Permiso para sentir en un texto denso, rico en matices, profuso en imágenes, que nos lleva con sutileza por la vida y la obra del celebrado narrador latinoamericano. Nada nos oculta el autor (o casi nada, debo matizar), en esto de hacernos partícipes de una vida signada por la trashumancia, por los amores disfrutados y perdidos, por los trasiegos existenciales de un hombre y de un escritor que no le ha dado ni un momento de tregua a su cuerpo y a su espíritu para beber gota a gota lo que la vida ha podido ofrecerle.

Permiso para sentir nos muestra el mejor Bryce Echenique: al hombre deslastrado de atavismos (aunque haya sido formado en ellos), descarnado al extremo de lo escatológico, que ha sabido llevar su obra literaria por caminos de reconocimiento y perennidad, a pesar de los altibajos de su carrera, de la dureza de su medio natural, de la no aquiescencia de parte de muchos que jamás apostaron ni un centavo por su valía ni por su talento. La obra es si se quiere un gran mentís a todo esto: una bofetada contra una sociedad peruana (y latinoamericana) pacata, inmersa en hondos prejuicios, desconfiada de sus propias raíces y valores. En este libro nuestro autor se permite todo: desde la confesión de sus más oscuros deseos y acciones (a veces abyectos, hay que decirlo), de sus gustos y desafectos, de sus males corporales y anímicos, hasta la sublimidad de gestos y detalles por quienes ha amado (novias, esposas, familiares y amigos), la tristeza por sus grandes pérdidas, y sus más claras pasiones: la literatura, el Perú y la vida en toda su completitud.

No me cansaré en repetirlo: en estas páginas (quizá también en el primer volumen) está el mejor Bryce Echenique.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/mejor-bryce-echenique_669282
Fotografía: http://www.andina.com.pe/agencia/noticia-escritor-peruano-alfredo-bryce-echenique-nacio-un-19-febrero-400575.aspx

domingo, 19 de junio de 2016

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- "(Erasmo Jiménez) El primer maestro ciego en Venezuela".  Élite, Caracas, nr. 1235 del 04/06/1949.
- Carlos Díaz Sosa. "Pío Gil presentado por el Dr. Pedro María Morantes". El Nacional, Caracas, 24/10/65.
- Félix Ángel Losada. "Temas educacionales: La lectura en a escuela". El Universal, Caracas, 29/12/46.
- Jesús Sanoja Hernández. "Espejo: Los filósofos de la mesa redonda". Tribuna Popular, Caracas, 20/01/50.

Reproducción: El Nacional, Caracas, 27/11/1963.


domingo, 3 de abril de 2016

BIBLIOCIDIO

La necesidad tiene cara de bytes
Luis Barragán


Consabido, ya no se trata de la crisis del mercado editorial, cuya precariedad  se hizo hábito en estos años, sino de un severo e ineludible mandato: la escasez de divisas. Una mínima parte de éstas, tiene por prioridad la importación de alimentos y medicamentos, mientras, la restante, es devorada por la corrupción.

Ya es difícil tener a mano un libro medianamente aceptable y de fecha reciente, como el de acoger a autores que marcan la pauta en otras latitudes. Encarecidas sideralmente, las novedades constituyen un privilegio del viajero que, por cierto, ha de velar por no excederse en el peso del equipaje para disgusto de sus relacionados, por no mencionar el problema del cupo electrónico para la suscripción de revistas y librerías especializadas.

La necesidad tiene cara de bytes y hemos optado por una recurrente e intensiva minería de datos para intentar acceder a las obras necesitadas, añadiendo la lectura por retazos de novelas que tardarán un siglo en llegar a nuestras costas pavimentadas. El año pasado, logramos leer una de ellas, con el acopio de capítulos obtenidos al azar, aunque nos frustró no saber el final de otras dos, excepto la película que deficientemente favoreció a uno de los autores, como si se tratase del rompecabezas caprichoso que seducía tanto a Julio Cortázar.

Hemos descubierto una muy buena alternativa, con las tesis – preferiblemente – doctorales que circulan en la red de redes, aunque – otra vez – se manifiesta el atraso de las universidades venezolanas que ni digitalmente las divulgan, salvo honrosas excepciones. De variada calidad y reducido abanico de temas, logran introducirnos en materias aventajadas por el empleo de una metodología (y un enfoque epistemológico), garantizando mejor la obra que el arbitraje de las mejores casas comerciales. Empero, porque no hay todo lo que necesitamos ni necesitamos todo lo que hay, frustra constatar un soporte bibliográfico ausente de nuestros anaqueles.

Preferimos también – en respuesta al correo electrónico de un amable y consecuente lector – ventilar tópicos pretendidamente fútiles, en contraste con los que aceitan las diarias situaciones de la política, pues, por una parte, siendo innecesario redundar, coincidimos con lo referido corrientemente por otros opinadores; y, por otra, tratamos de evitar, por muy opositores que nos digamos, la arenga hueca y reiterada que se estila, tras un título calculadamente morboso, susceptible de cualquier récord digital de visitas. ¿Para qué insistir en el destino de la presidente de Brasil, si interesaría comparar la conducta del ministro Luiz Inácio Lula da Silva con la de un Carlos Andrés Pérez que cumplió su sentencia sin moverse del país? ¿Para qué repintar la manipulación del TSJ, si Nicolás Maduro tiene por empeño evadir la responsabilidad de la que habla el artículo 216 constitucional? ¿Para qué quejarse del bibliocidio en Venezuela, si no podemos transmitir la opción o alternativa que interesadamente  espera por otras mejores?
Pieza: José Joaquín Burgos.


04/04/2016