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lunes, 9 de marzo de 2020

CAZA DE CITAS

"La lectura implica una forma de posesionarnos de  la realidad, de reconocimiento de nuestras emociones, pasiones y sueños, como nos lo expresa y transmite la mejor poesía, ensayística, dramaturgia y narrativa literaria (...) La lectura es particularmente importante por cuanto existe una estrecha relación entre palabra y pensamiento, y la manera más precisa y eficaz de ordenamiento de las mismas es la lengua escrita. Pensamos con palabras, nombramos la realidad con palabras, y no  es una afirmación muy exagerada la que sugiere que el tamaño del mundo de una persona es el tamaño de su vocabulario"

Eduardo Liendo

("En torno al oficio del  escritor",  Ediciones B, Caracas, 2017: 78)

Ilustración: Jesús Soto, serigrafía (1967).

martes, 28 de enero de 2020

ANCESTRAL CONTRAPOSICION

Rescatar la palabra
Adela Cortina / El País

Recurrir al verso de Blas de Otero “me queda la palabra” en situaciones de desconcierto es un lugar común. “Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra”, decía el bien conocido texto. Para disentir o para acordar, seguimos creyendo que siempre nos queda la palabra. El medio más propiamente humano para construir la vida compartida.

En efecto, ya en el Libro I de la Política recordaba Aristóteles que el ser humano es un animal social, y no simplemente gregario, porque cuenta con el logos, un término que significa a la vez “palabra” y “razón”. A diferencia de los animales que están dotados sólo de voz para expresar el placer y el dolor, las personas cuentan con la palabra, que les hace sociales, porque les permite deliberar conjuntamente sobre lo justo y lo injusto, sobre lo conveniente y lo dañino. Y ésta —la palabra— es la base de la familia y la amistad, es la base de la comunidad política, que congrega distintas familias y diversas etnias y se distingue de ellas porque tiende al bien común y debería esforzarse por alcanzarlo.

Rescatar la palabraLa palabra, por tanto, acontece en el diálogo, exige interlocutores; incluso nuestros monólogos son diálogos internalizados. Como bien decía Hölderlin, “somos un diálogo”. Y es esa palabra puesta en diálogo la que debería sustituir a la violencia a la hora de resolver los problemas que surgen de la vida común.

Pero la palabra puesta en diálogo tiene por meta la comunicación entre las personas y para alcanzarla ha de tender un puente entre el hablante y el oyente, o los oyentes. Un puente que, según acreditadas teorías, exige aceptar cuatro pretensiones de validez que el hablante eleva en la dimensión pragmática del lenguaje, lo quiera o no. Son la inteligibilidad de lo que se dice, la veracidad del hablante, la verdad de lo afirmado y la justicia de las normas. Si esas pretensiones se adulteran, no hay palabra comunicativa ni auténtico diálogo, sino violencia por otros medios, violencia por medios verbales: discurso manipulador, discursos del odio, que dinamitan los puentes de la comunicación y hacen imposible la vida democrática.

Poner el termómetro de estas cuatro pretensiones a los discursos que dominan nuestra vida compartida, a través de las redes sociales o de los medios de comunicación tradicionales, es necesario para descubrir la densidad de nuestra calidad democrática, para saber si, a pesar de los pesares, nos queda la palabra.

En lo que hace a la inteligibilidad, desde los años setenta del siglo XX se ha ido extendiendo —por fortuna— un movimiento en favor del Lenguaje Claro, convencido de que en sociedades democráticas la claridad no es sólo la cortesía del filósofo, sino sobre todo un derecho de la ciudadanía y un deber de los poderes públicos. La claridad en los documentos es un camino en el que queda mucho por andar, aunque se haya empezado a recorrer.

Pero siendo la inteligibilidad de lo dicho una pretensión difícil de satisfacer en la vida pública, más lo son las otras tres —veracidad, verdad y justicia— en tiempos en que se asume la posverdad, no como una lacra a extirpar, sino como un instrumento para alcanzar objetivos individuales y grupales. La “normalización” de la posverdad y de los bulos, el hecho de aceptarlos como un rasgo más de nuestra vida política, tendrá, entre otras, una nefasta consecuencia: que ni siquiera nos quede la palabra.

Como sabemos, los bulos son noticias falsas, propaladas con algún fin, cuyo emisor podría identificarse, aunque se necesitara para lograrlo mucho esfuerzo. Las noticias sobre la implicación de potencias extranjeras en elecciones y en acciones violentas en una inusitada cantidad de países, entre ellos España, son una prueba palmaria de ello. La posverdad, por su parte, es una “distorsión deliberada que manipula emociones y creencias con el fin de influir en la opinión pública”, una práctica usual de los demagogos. En realidad son mentiras, consisten en decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar, buscando provecho propio, y están distorsionando la vida política y social.

El mecanismo es sencillo. Se trata de diseñar un marco de valores, simple, esquemático, desde el que los oyentes puedan interpretar los acontecimientos y en el que sólo juegan dos equipos, nosotros y ellos. No importa si hay dos partidos políticos o 20.000 fragmentados, la ancestral contraposición amigo-enemigo sigue siendo rentable para dotar a la ciudadanía de una identidad, sea desde la presunta izquierda o desde la presunta derecha. La creciente polarización de la escena política y social hace que la competencia se exprese en emociones binarias de simpatía/antipatía ante discursos, conductas y símbolos, cuando el pluralismo político reclama, en palabras de Ignatieff, “respetar la diferencia entre un enemigo y un adversario. Un adversario es alguien al que quieres derrotar. Un enemigo es alguien al que tienes que destruir”. Concebir la política como el juego de la guerra entre enemigos irreconciliables, y con ello, a la polarización de la sociedad, es lo más contrario a la busca del bien común, que es la meta por la que la política cobra legitimidad.

A todo ello se añade desde hace algún tiempo la profusión de prácticas que defienden la legitimidad de utilizar en el debate público términos con significantes ambiguos o vacíos, pero con una connotación positiva para la ciudadanía; significantes que permiten construir identidades con narrativas emocionalmente atractivas, aunque nada tengan que ver con los hechos. Se apela entonces a palabras biensonantes como “democracia”, “progreso”, “patria” o “soberanía”, que despiertan sentimientos positivos, pero a las que se ha vaciado de contenido, por eso se pueden utilizar en un sentido u otro según convenga. ¿Qué relación guarda todo esto con la veracidad y la verdad, propias del buen diálogo?

Recuperar en el mundo político el valor de la palabra, que es el medio más propiamente humano, como siguen recordando instituciones como la Fundación César Egido Serrano o la FAPE, exigiría precisar con claridad el significado de los términos que se utilizan: en qué consisten el progreso y ser progresista, de qué tipo de democracia hablamos, quiénes forman parte del pueblo, cómo se van a resolver problemas como el del desempleo, cómo articularemos las demandas legítimas de inmigrantes y refugiados, qué ideología está realmente detrás de cada propuesta y en qué instituciones cristalizaría. Pero también recordar que hablar es comprometerse, lo que obliga a cumplir las promesas generando confianza en una ciudadanía que, en caso contrario, queda estafada.

Y, por supuesto, atendiendo a la aspiración a la justicia, no confundir el auténtico diálogo, que es el que intenta llegar a decisiones que satisfagan los intereses legítimos de todos los afectados por ellas, con las negociaciones bilaterales con aquellos que tienen capacidad de negociar en su propio provecho. Tener presentes a los afectados por las decisiones es lo justo y lo conveniente, es el camino propio de la socialdemocracia, capaz de crear cohesión social. La agregación de intereses de quienes demandan privilegios es la vetusta práctica del clientelismo, un camino seguido bien a menudo por el individualismo neoliberal.
(*) Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y directora de la Fundación ÉTNOR.

22/01/2020:
Ilustración: Eulogia Merle.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

CUADERNO DE BITÁCORA

Todo nace y se agota en consignas. El asomo de una política pública, se reduje a la idea de un espectáculo de lanzamiento, como ocurrió con el tal Consejo, etc., etc., y a su sostenimiento meramente propagandístico que permita, de un lado, una política de mantenimiento, por la reiterada adhesión hacia la voluntad dictatorial; y, por el otro, colar y justificar otras consignas, como renombrando el tal compromiso cívico-militar, al parecer, de grata sonoridad y vistazo.

Que funcione o no, ya no es problema. Tampoco hay instancia que lo contradiga. Y se puede decir "nuevo modelo" y asegurar que "satisface" las necesidades de los venezolanos. Total, ¿cuál es el problema? El riesgo lo asume quien pretenda desmentirlo. Y como esto, sin costo político alguno, autoriza a decir las cosas más absurdas, devaluando la palabra. Justamente, a la hiperinflación económica, la hay del verbo. Y para la verborrea no se encuentra, escaso como está todo, el remedio o medicamento: sensatez.

Dinámica perversa. Pólvora del lenguaje. Violencia de la palabra artificial y artificiosa.
(LB)

ESPESORES DEL RIESGO CELEBRADO

EL UNIVERSAL, Caracas, 27 de diciembre de 2017
La palabra perdida
Teódulo López Méndez
 
La palabra está devaluada, ha perdido su condición de apertura. La palabra como riesgo ha sido abandonada. La palabra se hizo tejné, es decir, técnica y cedió su espacio a la imagen. Tecnología y palabra han sido alzadas una frente a la otra; la primera es el futuro, la segunda es inútil. El desvalimiento de la palabra conduce a un pensamiento comprimido. Estamos llegando a la pérdida de la memoria y sin memoria no hay lenguaje.

La literatura, aun conviviendo con la realidad, debe dejarnos visiones proféticas de cómo ese mundo podría ser. Es obvio que cuando hablamos de literatura realista no estamos condenando la existencia de una que nos dé una visión de la realidad del mundo, no, lo que condenamos es una desprovista de fantasía, de absurdo, de profetismo. La literatura debe ser un  escenario del choque entre el ser y el deber ser. No estamos defendiendo tesis de evasión, sino proclamando que si la literatura no es inconforme no es literatura. La literatura construye anticipadamente y eso no excluye que la realidad pueda convertirse en metáfora social. Esa metáfora puede reflejar perfectamente la quiebra de un país. La proclama de que en América Latina la realidad es superior a la fantasía es una falacia que le ha hecho mucho daño a la palabra.

La literatura es, en esencia, un cuestionamiento. Ha quedado claro que si escribimos es por inconformidad con el mundo como es. Una literatura que se dedique a respaldar, resguardar y sostener las ideas ortodoxas predominantes en el mundo en que ella se produce es anticipadamente sospechosa. La literatura debe preguntar y cuestionar. El escritor es un  permanente inconforme.

La literatura inventa y señala al hombre posibilidades de futuro. La literatura chata, sin imaginación y prospección, no es tal. La literatura debe decir del mundo y de su habitante inteligente. La literatura debe inmiscuirse en la naturaleza humana sin corromperse. La literatura es hábitat de experiencias y contra-experiencias.

Recomponer la palabra implica escucharla más allá de la utilidad humana de la comunicación, escucharla en su interior. Debemos develar (aletheia) la palabra y devolverle el espesor. Más allá de la literatura en Venezuela la palabra está perdida.

Fuente:

sábado, 31 de diciembre de 2016

COMPROMISO

El valor de la palabra
Cardenal BaltaCardozozar Enrique Porras
    
La última crónica del año debería estar dedicada al tradicional feliz año, pero las circunstancias que vive Venezuela obligan a una reflexión más seria. La peor crisis que ha vivido el país en toda su historia es la actual. Más allá de los padecimientos por un sistema socio-político-económico inviable, padecemos una crisis moral de grandes dimensiones. La convivencia humana a todos los niveles tiene su fundamento en normas de comunicación que generen confianza y credibilidad. El lenguaje, le da seguridad a la relación entre las personas si es igual para todos, sin ambigüedades. Es lo que llamamos verdad y transparencia.

Sirva de ejemplo, las apuestas en las peleas de gallos. La palabra dicha es un documento más creíble que si fuera notariado o registrado. Faltar a la palabra dada es un delito. Pues bien, esta norma se roto en el presente a nivel de quienes conducen el país, ya que todo se interpreta según la conveniencia del momento. La Constitución de la República se interpreta según las circunstancias. Los poderes públicos se legitiman por las elecciones, y constatamos que el Poder Ejecutivo reclama para sí la total legitimidad y se la niega al Poder Legislativo porque no está dominado por su parcialidad. La misma Carta Magna señala los tiempos de elecciones, revocatorios y consultas populares, y se inventan subterfugios para no cumplir con dicho mandato. La consecuencia es clara: el poder se legitima por el servicio a la gente, no por el usufructo del mismo, sin importar la vida y la dignidad de las personas.

La Conferencia Episcopal advierte: “Las recientes medidas de carácter económico y monetario implementadas por el Gobierno Nacional han agudizado la crisis que golpea a nuestra nación y a todos los ciudadanos. Las palabras del profeta Jeremías salen a nuestro encuentro para describir la situación que en estos días ha vivido nuestra gente: ‘Mi dolor no tiene remedio, mi corazón desfallece. Los ayes de mi pueblo se oyen por todo el país… Sufro con el sufrimiento de mi pueblo, la tristeza y el terror se han apoderado de mí’ (Jer. 8,18-19.21)”.

“Poner fuera de circulación, en este momento del año, el billete de más alta denominación (cien bolívares) y la manera apresurada de implementar la medida han causado graves molestias a toda la población y han provocado indignación, rechazo y violencia…. Los pobres, como siempre suele suceder, han sido los más perjudicados y los más indefensos con las decisiones tomadas”… “A nuestra gente, en particular los más pobres y excluidos, queremos hacerles sentir nuestra cercanía. Para ello, les invitamos a ser protagonistas de su propio desarrollo”… “A todos los dirigentes políticos, económicos y sociales, de cualquier signo y color, les invitamos a ponerse del lado del pueblo y a buscar, en sintonía con el mismo, soluciones que beneficien a todos”.

El valor de la palabra está en la sintonía entre lo dicho y lo hecho. Para los creyentes la fuerza de la Navidad está en que la Palabra se hizo carne, uno de nosotros, para fortalecer nuestra debilidad. Y esa palabra no ha fallado nunca. ¡Feliz año!

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/valor-palabra_632857
Cfr.
"El Quinó, un paraíso perdido": http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/quino-paraiso-perdido_73135

lunes, 21 de marzo de 2016

LUMINOSIDAD DEL VERBO

(Des) confianza en la palabra
Luis Barragán


Una sociedad que no habla libérrimamente, temerosa de la menor persecución y castigo, está condenada a la descomposición. La palabra simulada, la que esconde razones y emociones, ideas y vivencias, no es palabra.

Abrumada de silencios que las estridencias ocasionales traicionan, el poder establecido golpea a la sociedad que lo reconoce y acata por su desconfianza en la argumentación coherente y fundamentada. Sembrada esa desconfianza, se envalentona frente a la mudez y el miedo de una ciudadanía que la desea como un mero dato estadístico de provecho político y crematístico.

Poder político que ha pretendido aniquilar el verbo, prefiriendo impartir las órdenes por señales y, a lo sumo, con los escasos caracteres impuestos en las redes sociales, es el que desconfía de cualquier tentativa de motivación, de explicación, de razonamiento, de comprensión. Ni siquiera la Gaceta Oficial es portadora de una noticia razonada, sino simple y tardía formalidad para las decisiones ya tomadas y ejecutadas.

Por ello, entendemos – por ejemplo – la pesadez e intolerancia que la academia suscita en el gobierno nacional, porque no se entienden las universidades sin la  palabra. Y, además, a propósito de la Semana Mayor,  el púlpito – otro ejemplo - que sea capaz de generar una pedagogía del entendimiento, por lo menos, con las homilías dominicales, es letal para los gobernantes.

Creyentes o no, acercarse a una misa católica, como al oficio de las otras creencias organizadas, ilustra la indispensable confianza que la palabra puede generar cuando es pronunciada con la sobriedad y hasta el humor que la acreditan, susceptible de la reflexión y polémica. El régimen nos prefiere mudos, repetidores de consignas,  propagandísticos y obedientes, por lo que sospecha de toda disertación que sea tal, incluyendo, la del Cristo liberador.

Intervención: Patricia Van Dalen.


21/03/2016

RECOBRAR LA IMPORTANCIA DE LA PALABRA

Pedagogía del entendimiento
Luis Barragán


El debate es inherente a toda sociedad que aspira a la plenitud de las libertades indispensables, realizando a la persona humana. Por ello, la persecución y el castigo de un régimen que procura hacerse entender y obedecer por la fuerza, simulando el diálogo.

La palabra oficial no es, precisamente, palabra. A lo sumo, el régimen prefiere los escasos caracteres impuestos por las redes sociales para emitir sus órdenes antes que una explicación razonada y razonable de sus intenciones y pretensiones en cualesquiera foros institucionales, como el parlamento.

La Gaceta Oficial es un invertebrado compendio de decisiones ya adoptadas y ejecutadas, o las decisiones del Tribunal Supremo el asiento de la palabrería y la palabreja que, atentando contra las más elementales normas constitucionales, alza el andamiaje de lo absurdo desmentir  toda expresión legítima y democrática de la sociedad. Las peroratas presidenciales son largas e incomprensibles, contaminadas por las anécdotas, contrariedades y las propias limitaciones del magno vocero.

La Semana Mayor también es ocasión para acercarse a los oficios católicos y apreciar la pedagogía del entendimiento que, en cada homilía, recobra la importancia de la palabra. Las lecturas correspondientes, dan oportunidad para una interpretación paciente, sobria, coherente y susceptible a todo intercambio, como ocurre – irreprimible – en otros ámbitos (religiosos, académicos, gremiales, partidistas, etc.),

Reforzado por la esmerada propaganda y publicidad oficialista, desconfiamos de las explicaciones y hasta de la lectura de los textos largos y organizados. Desconfianza necesaria de revertir, nos conduce a aceptar las órdenes, a obedecerlas, a no demandar siquiera un gesto de explicación.

Pieza: Harry Abend.


21/03/2016