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martes, 28 de enero de 2020

ANCESTRAL CONTRAPOSICION

Rescatar la palabra
Adela Cortina / El País

Recurrir al verso de Blas de Otero “me queda la palabra” en situaciones de desconcierto es un lugar común. “Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra”, decía el bien conocido texto. Para disentir o para acordar, seguimos creyendo que siempre nos queda la palabra. El medio más propiamente humano para construir la vida compartida.

En efecto, ya en el Libro I de la Política recordaba Aristóteles que el ser humano es un animal social, y no simplemente gregario, porque cuenta con el logos, un término que significa a la vez “palabra” y “razón”. A diferencia de los animales que están dotados sólo de voz para expresar el placer y el dolor, las personas cuentan con la palabra, que les hace sociales, porque les permite deliberar conjuntamente sobre lo justo y lo injusto, sobre lo conveniente y lo dañino. Y ésta —la palabra— es la base de la familia y la amistad, es la base de la comunidad política, que congrega distintas familias y diversas etnias y se distingue de ellas porque tiende al bien común y debería esforzarse por alcanzarlo.

Rescatar la palabraLa palabra, por tanto, acontece en el diálogo, exige interlocutores; incluso nuestros monólogos son diálogos internalizados. Como bien decía Hölderlin, “somos un diálogo”. Y es esa palabra puesta en diálogo la que debería sustituir a la violencia a la hora de resolver los problemas que surgen de la vida común.

Pero la palabra puesta en diálogo tiene por meta la comunicación entre las personas y para alcanzarla ha de tender un puente entre el hablante y el oyente, o los oyentes. Un puente que, según acreditadas teorías, exige aceptar cuatro pretensiones de validez que el hablante eleva en la dimensión pragmática del lenguaje, lo quiera o no. Son la inteligibilidad de lo que se dice, la veracidad del hablante, la verdad de lo afirmado y la justicia de las normas. Si esas pretensiones se adulteran, no hay palabra comunicativa ni auténtico diálogo, sino violencia por otros medios, violencia por medios verbales: discurso manipulador, discursos del odio, que dinamitan los puentes de la comunicación y hacen imposible la vida democrática.

Poner el termómetro de estas cuatro pretensiones a los discursos que dominan nuestra vida compartida, a través de las redes sociales o de los medios de comunicación tradicionales, es necesario para descubrir la densidad de nuestra calidad democrática, para saber si, a pesar de los pesares, nos queda la palabra.

En lo que hace a la inteligibilidad, desde los años setenta del siglo XX se ha ido extendiendo —por fortuna— un movimiento en favor del Lenguaje Claro, convencido de que en sociedades democráticas la claridad no es sólo la cortesía del filósofo, sino sobre todo un derecho de la ciudadanía y un deber de los poderes públicos. La claridad en los documentos es un camino en el que queda mucho por andar, aunque se haya empezado a recorrer.

Pero siendo la inteligibilidad de lo dicho una pretensión difícil de satisfacer en la vida pública, más lo son las otras tres —veracidad, verdad y justicia— en tiempos en que se asume la posverdad, no como una lacra a extirpar, sino como un instrumento para alcanzar objetivos individuales y grupales. La “normalización” de la posverdad y de los bulos, el hecho de aceptarlos como un rasgo más de nuestra vida política, tendrá, entre otras, una nefasta consecuencia: que ni siquiera nos quede la palabra.

Como sabemos, los bulos son noticias falsas, propaladas con algún fin, cuyo emisor podría identificarse, aunque se necesitara para lograrlo mucho esfuerzo. Las noticias sobre la implicación de potencias extranjeras en elecciones y en acciones violentas en una inusitada cantidad de países, entre ellos España, son una prueba palmaria de ello. La posverdad, por su parte, es una “distorsión deliberada que manipula emociones y creencias con el fin de influir en la opinión pública”, una práctica usual de los demagogos. En realidad son mentiras, consisten en decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar, buscando provecho propio, y están distorsionando la vida política y social.

El mecanismo es sencillo. Se trata de diseñar un marco de valores, simple, esquemático, desde el que los oyentes puedan interpretar los acontecimientos y en el que sólo juegan dos equipos, nosotros y ellos. No importa si hay dos partidos políticos o 20.000 fragmentados, la ancestral contraposición amigo-enemigo sigue siendo rentable para dotar a la ciudadanía de una identidad, sea desde la presunta izquierda o desde la presunta derecha. La creciente polarización de la escena política y social hace que la competencia se exprese en emociones binarias de simpatía/antipatía ante discursos, conductas y símbolos, cuando el pluralismo político reclama, en palabras de Ignatieff, “respetar la diferencia entre un enemigo y un adversario. Un adversario es alguien al que quieres derrotar. Un enemigo es alguien al que tienes que destruir”. Concebir la política como el juego de la guerra entre enemigos irreconciliables, y con ello, a la polarización de la sociedad, es lo más contrario a la busca del bien común, que es la meta por la que la política cobra legitimidad.

A todo ello se añade desde hace algún tiempo la profusión de prácticas que defienden la legitimidad de utilizar en el debate público términos con significantes ambiguos o vacíos, pero con una connotación positiva para la ciudadanía; significantes que permiten construir identidades con narrativas emocionalmente atractivas, aunque nada tengan que ver con los hechos. Se apela entonces a palabras biensonantes como “democracia”, “progreso”, “patria” o “soberanía”, que despiertan sentimientos positivos, pero a las que se ha vaciado de contenido, por eso se pueden utilizar en un sentido u otro según convenga. ¿Qué relación guarda todo esto con la veracidad y la verdad, propias del buen diálogo?

Recuperar en el mundo político el valor de la palabra, que es el medio más propiamente humano, como siguen recordando instituciones como la Fundación César Egido Serrano o la FAPE, exigiría precisar con claridad el significado de los términos que se utilizan: en qué consisten el progreso y ser progresista, de qué tipo de democracia hablamos, quiénes forman parte del pueblo, cómo se van a resolver problemas como el del desempleo, cómo articularemos las demandas legítimas de inmigrantes y refugiados, qué ideología está realmente detrás de cada propuesta y en qué instituciones cristalizaría. Pero también recordar que hablar es comprometerse, lo que obliga a cumplir las promesas generando confianza en una ciudadanía que, en caso contrario, queda estafada.

Y, por supuesto, atendiendo a la aspiración a la justicia, no confundir el auténtico diálogo, que es el que intenta llegar a decisiones que satisfagan los intereses legítimos de todos los afectados por ellas, con las negociaciones bilaterales con aquellos que tienen capacidad de negociar en su propio provecho. Tener presentes a los afectados por las decisiones es lo justo y lo conveniente, es el camino propio de la socialdemocracia, capaz de crear cohesión social. La agregación de intereses de quienes demandan privilegios es la vetusta práctica del clientelismo, un camino seguido bien a menudo por el individualismo neoliberal.
(*) Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y directora de la Fundación ÉTNOR.

22/01/2020:
Ilustración: Eulogia Merle.

sábado, 28 de diciembre de 2019

SANTONES

Érase el día de los inocentes
Guido Sosola

Estas dos décadas son para los inocentes que un buen día de diciembre lo votaron, creyendo en pajaritos preñados. El embuste fue descomunal y, por cierto, propio del país petrolero que, además, desde 1981, siempre ha querido olvidar que un falso jeque congregó a unos pendejos de la crema caraqueña en el hotel Tamanaco, los estafó y ni Remberto Uscátegui o Arpad Bango, en la DISIP, pudieron saber siquiera el verdadero nombre del más avispado entre la sarta de avispados.

Por supuesto que hay malicia en el venezolano, como ocurre con todo el mundo, pero también una sorprendente ingenuidad. En lugar de santos, somos algo así como malvados inocentes que caemos postrados ante los más evidentes argumentos falaces, sistematizados en las redes incluso por quienes dicen adversar al régimen, como en la sonrisita de una muchacha o un muchacho que sólo quiere un celular, como el viejísimo cuento de la bolsa de caramelos, diciendo cuatro vainitas por virtudes que sabemos no tener, además de la edad.

No sé si esto lo ventiló alguna vez Jeanette Abouhamad o Maritza Montero, cuando quisieron caracterizar al venezolano, pero sí que muchos de los que están en la diáspora se echan un carro, porque creen no sólo que la víctima caerá en una vulgar estafa, sino que se quedará tranquila, como si nada hubiera pasado. Hay cuentos de nuestros prospectos de malandros de exportación que reúnen dinero para el largo autobusazo de regreso porque, en otros lares, los hay tanto o más decididos cual Alatriste, el malandrín medioeval de Arturo Pérez Reverte. Valga la acotación, malandro es un venezolanismo que mejora el término malandrín acuñado desde la época de Luis VIII de Francia.

Recordaba por estos días una hazaña del día de los inocentes  tanto busqué que, al fin, conseguí la nota e un día distinto de agosto de 1978, cuando una mujer se desnudó en público por Chacaíto para facilitar el asalto a una joyería. Los agarraron, pero el testimonio quedó para la historia, aunque ahora serán otras las ingeniosas maniobras que no aparecen en los medios por la censura ni por el sistema de protección legal que beneficia a los pillos: no aparecen en la prensa como antes, con nombres y apellidos al pie de cada rostro, pues, acusados de cualquier cosa que seguramente las desmentía el correspondiente enjuiciamiento criminal (¿cómo no recordar al viejo tratadista Félix Saturnino Angulo Ariza?).

La coba tiene hoy una denominación hasta de cuño académico (“post-verdad” / “fake-new”), auspiciando sendos foros y especialistas de ocasión, sin que nunca deje de ser coba. Lo peor es que los coberos de República Dominicana, añadido el equipo “técnico” que los acompañó, o de Oslo / Barbados, gozan de buena salu política y esperan que los votemos si logran armas las parlamentarias con la dictadura: votar es un decir, porque el CNE dispondrá: el día de los malvados inocentes gana otro y superior sentido.

28/12/2019:
https://tenemosnoticias.com/noticia/rase-da-sosola-inocentes-1014148/1787495
https://www.lapatilla.com/2019/12/28/guido-sosola-erase-el-dia-de-los-inocentes/
https://newstral.com/es/article/es/1142602852/guido-sosola-%C3%89rase-el-d%C3%ADa-de-los-inocentes

viernes, 8 de junio de 2018

CONCEPTO-FETICHE

De qué hablamos cuando hablamos de posverdad
Lucía Méndez

Es el concepto-fetiche de la época, pero casi nadie sabe lo que significa realmente. Lingüistas, psicólogos, periodistas o expertos en redes lo analizan en el monasterio de San Millán de la Cogolla, que ya sufrió su propio ataque de 'fake news' en el siglo V.

20 expertos analizan el fenómeno en un seminario de la Fundéu y lanzan un debate provocador: ¿y si en realidad las 'fake news' son tan viejas como el mund
o?

San Millán de la Cogolla es un pequeño pueblo riojano donde el tiempo medieval permanece detenido en el monasterio de Yuso, grandiosa fortaleza del nacimiento del castellano en las notas de los monjes que ahora llamamos glosas. De esto hace más de mil años. Los escasos habitantes y los turistas sibaritas que disfrutan de la exuberante vegetación de la Sierra de la Demanda pueden escuchar el silencio del mundo y se despiertan con el canto de los pájaros. El monje eremita San Millán, que habitó en estos montes en el siglo V, pasó la mayor parte de su vida en una cueva que se conserva tal cual en el interior de otro monasterio, el de Suso, en lo más alto de la montaña. Una joya.

En tan inspirador escenario, la Fundéu -Fundación del Español Urgente nacida en la Agencia Efe y patrocinada por el BBVA- y la Fundación San Millán convocan todos los años un seminario sobre lengua y periodismo. El debate celebrado en los últimos días del pasado mes de mayo giró en torno al concepto-fetiche de esta época: la posverdad. El lenguaje en la era de la posverdad, se titulaba el seminario. Joaquín Müller, alma de la Fundéu, reunió en torno a la posverdad a una veintena de catedráticos, profesores, lingüistas, psicólogos, periodistas e investigadores de las nuevas tecnologías. Juntos exploraron con lupa de entomólogo las profundas transformaciones sociales y políticas que se derivan de las nuevas formas de comunicación entre los humanos y de las vertiginosas autopistas tecnológicas por las que circula la información, o la desinformación. De qué hablamos cuándo hablamos de posverdad.

El lugar mismo del seminario estaba muy a tono con el espíritu de una época en la que el prefijo -pos está tan de moda como las series de ambiente medieval. A pocos metros de donde descansan los cantorales de los monjes medievales, cuyas voces aún pueden escucharse en el coro de la iglesia si se hace un esfuerzo, se instalaron los algoritmos que ahora transportan el lenguaje humano. Los pájaros que anuncian el alba en estas montañas convivieron durante unos días con el pájaro de Twitter. A tono con el seminario, el propio San Millán del siglo V fue víctima de las noticias falseadas. Sus enemigos le acusaron de malversación de los dineros de la parroquia de Santa Eulalia de Berceo, y el obispo le expulsó del cargo. Así se relata en las redes sociales de la época, que son las pinturas del friso del monasterio.

Este hecho de la biografía del eremita conecta con la primera conclusión del seminario: siempre han existido las noticias falseadas, término que la Fundéu considera más preciso que el de fake news o noticias falsas.

No ha existido nunca un jardín del Edén donde la verdad resplandeciera. Esteban Illades, periodista y escritor mexicano, en su ponencia El fenómeno Trump y las noticias falsas, lo dejó claro. «Las fake news no son un fenómeno nuevo. Existe la manipulación y la desinformación desde hace siglos. Napoleón hizo branded content en la campaña egipcia».

La profesora de Filosofía Laura Alba-Juez ilustró el debate llamando la atención sobre el sentido mismo de la palabra verdad, dejando claro que es poliédrica, difícil de definir y de aprehender.

¿Cuál es entonces la razón del revuelo universal en torno a la posverdad, objeto de estudio académico en todas las universidades y de infinitas glosas periodísticas e intelectuales? La periodista Soledad Gallego-Díaz -que acaba de ser nombrada directora de El País- lo aclaró así en su lección inaugural. No son las noticias falsas de toda la vida. Ni tampoco las mentiras, que son eternas. «Se trata de noticias falseadas intencionadamente que forman parte de enormes redes de desinformación intencionada y extensiva, en las que se utiliza la prodigiosa capacidad de las nuevas tecnologías para difundirlas y llegar a todos los medios a través de los cuales accedemos a la información».

La respuesta a la alarma mundial, por tanto, no hay que buscarla en el fondo, sino en la forma. David García, investigador del Centro de Ciencias de la Complejidad de Viena, señaló que «las noticias, verdaderas o falseadas transitan sin filtro por el espacio digital. La desinformación viaja por las redes sociales seis veces más rápido que la información», según un estudio del MIT. Hablamos de menos cosas, pero habla mucha más gente. Cada individuo se ha convertido en un medio de comunicación que sólo comparte aquéllos contenidos con los que está de acuerdo, sin pararse a pensar si son verdaderos o pudieran ser falsos. Según el periodista Juan Soto Ivars, «la posverdad no es una enfermedad, sino un síntoma, y ha venido para quedarse».

¿Es que acaso los ciudadanos que se dejan embaucar por la desinformación son más ignorantes, o más crédulos, que sus antecesores? «Quien acepta las noticias falsas que circulan por la Red no es necesariamente un ignorante o alguien a quien se engaña; a menudo existe una decisión consciente de aceptar ciertas informaciones, independientemente de su veracidad, para reforzar las propias opiniones o los sentimientos», señalan las conclusiones del seminario.

¿Cómo se llega hasta el cerebro y el corazón de estas millones de personas dispuestas a tragarse cualquier cosa por estrafalaria o extravagante que sea? La respuesta hay que buscarla en la manipulación del lenguaje. Como señaló Elena Hernández, jefa del Departamento de Español al Día de la RAE, «el lenguaje crea realidad». Sobre todo «el lenguaje de las emociones», protagonista de las jornadas de San Millán en tanto que «arma de manipulación».

El psicoterapeuta Luis Muiño expuso las técnicas del «buen manipulador», que son las siguientes. «Resaltar las palabras y ocultar los hechos. Recurrir a eufemismos, no hablar claro y esconder la realidad en una nube de palabras. Usar muchas frases humo y palabras bonitas que no quieren decir nada. Convertir todos los temas en viscerales, establecer una separación radical entre nosotros y ellos y apelar al miedo». «La violencia verbal es más eficaz que la física. La única técnica de persuasión que tienen los poderosos actualmente es el lenguaje», concluye el psicólogo. «Hay que luchar contra el vaciado sistemático de las palabras», opinó el periodista Jordi Corominas. «Algunas personas emplean un lenguaje plúmbeo para dar la sensación de que están diciendo algo interesante», opinó el historiador Óscar Sainz de la Maza.

Cristina Soriano, investigadora del Centro de Ciencias Afectivas de la Universidad de Ginebra, dejó claro en su ponencia -ilustrada con estudios empíricos sobre el uso y el significado de las palabras en los diferentes idiomas- que «las emociones negativas se perciben como más intensas que las positivas, por eso están siempre presentes en los discursos que tratan de manipular». Hay lenguas que disponen de siete palabras para hablar de las emociones, mientras que en el español, se usan miles.

Sin ir más lejos, coincidiendo con la semana de este seminario, la política española se dio un atracón de lenguaje emocional en el transcurso del debate de la moción de censura que cambió el Gobierno. Términos como «traidores», «vendepatrias» o «golpe de Estado», y otros igual de gruesos se escucharon en el Congreso. La despedida de Mariano Rajoy ha deparado asimismo escenas de llanto muy llamativas en sus filas esta semana. Laura Alba-Juez, catedrática de Lingüística inglesa de la UNED, y estudiosa del lenguaje de los tabloides, apuntó que la comunicación nunca ha estado exenta de un componente emocional que no necesariamente ha de ser negativo.

El lenguaje de las emociones negativas, que viajan a toda velocidad por la Red, es fundamental en la creación de las noticias falseadas y da origen a otra de las palabras fetiche del mundo digital: burbuja. Un término que acompaña a la crisis de época, así en las finanzas como en la revolución digital. La tecnología crea burbujas «en las que los ciudadanos solo están en contacto con ideas y opiniones que coinciden con las suyas».

Lo que vemos en Facebook o en el buscador Google es lo que sus algoritmos nos preparan especialmente para nosotros. Las «cámaras de eco» inhiben la capacidad para la autocrítica e impiden tener en cuenta las opiniones de los demás.

Visitar el claustro del monasterio de Yuso es evocador y sugerente después de escuchar estas reflexiones. En la era de la comunicación global, podemos acabar como los monjes medievales, dando vueltas y vueltas bajo las arcadas de medio punto, escuchando sólo nuestros propios pensamientos.

El espinoso papel de los medios de comunicación en la era de la posverdad centró parte de los debates. Soledad Gallego-Díaz señaló que no podemos caer en la tentación de «echar la culpa a la posverdad de todo lo que no nos guste en nuestra sociedad», pero defendió que es imprescindible «defender la verdad periodística basada en hechos comprobados de acuerdo con reglas y mecanismos profesionales de verificación».

La revolución tecnológica ha dejado al periodismo tradicional a los pies de los caballos de las grandes tecnológicas. La conclusión del seminario es que «el cambio de la forma en la que los ciudadanos se acercan a las noticias (antes las buscaban, ahora les llegan a través de las redes, a menudo ya seleccionadas) favorece la difusión de las falsedades». En opinión de los ponentes, es muy importante que las personas dedicadas a la comunicación sean capaces de manejar la «inteligencia emocional».

Según Emilio Martínez, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Murcia, «conocer el lenguaje de las emociones nos hace ser personas más críticas». José Miguel Fernández-Dols, catedrático de Psicología Social de la Autónoma de Madrid, considera que «la prensa sí tiene un papel educativo». Los periodistas Esteban Hernández, Magda Bandera y Pablo Blázquez alertaron sobre la responsabilidad de los medios frente a la difusión de las noticias falsas y el uso del lenguaje y las metáforas.

Hubo consenso en que «los medios deben tener cuidado en el uso del lenguaje para no apelar a las emociones, sino a los hechos». Ahora bien, nadie se engaña sobre la pérdida de influencia y capacidad de la prensa para establecer qué es la verdad, y qué es la posverdad. «El papel de jerarquización y verificación de la información que hacían los medios ha desaparecido o está desapareciendo», resumió la escritora Irene Lozano.

El oscuro e inescrutable papel de los algoritmos de Google o Facebook -cada vez más sofisticados, según el periodista Mario Tascón- para jerarquizar en la Red las noticias que publican los medios quedó en el aire. Y también la obsesión del periodismo por llamar la atención del «usuario» y competir con los infinitos estímulos de distracción al alcance de la mano, o del mando.

Fuente:
http://www.elmundo.es/papel/historias/2018/06/09/5b1a646a268e3e74068b45ec.html
Ilustración: Ronnie Cutrone.

jueves, 31 de agosto de 2017

¿Y DE HABER LEIDO A ORWELL?



Ministerio de la Verdad y Fuerza Armada
Luis Barragán


"A medida que la sociedad cambia,
también cambian los militares"
Samuel P. Huntington (*)


Infaltable en el repertorio represivo del régimen, de nuevo surge una tal comisión de la verdad de las entrañas de la tal constituyente. Suponiéndose por encima de todo lo divino y humano, Miraflores la ha decidido cual ministerio orwelliano con plenas facultades inquisitoriales, incluida esa vocación por el espectáculo que recuerda la inicial puesta en escena hacia 2002.

Por supuesto, procesará la versión interesada del  poder establecido y, por mucho que contraríe las realidades,  se impondrá mediante la pólvora constante y sonante. Por ello, en reciente cadena radiotelevisiva para satisfacer nuestro “derecho a la información veraz”, Maduro Moros exaltó a la institución armada bolivariana, martiana, chavista y fidelista, mientras que Delcy Rodríguez, la sobrevenida líder de esta otra secuencia del socialismo en curso, obligada a la retórica como todo aquél que dirija una corporación, palabras más, palabras menos, dijo de una nueva forma de ejercicio espiritual de la identidad del venezolano.

Poco importa cuán grande y calamitosa sea la mentira, añadido ese artefacto verbal llamado post-verdad, porque están las armas que batirán nuestro espíritu hasta levantar – nada más y nada menos – una nueva identidad nacional.  La Fuerza Armada que derrotó la violencia insurreccional de décadas anteriores, hoy ha cumplido con su rito de pasaje, rindiéndole culto al hacedor de la dictadura cubana.

Creyéndola la peor de todas nuestras crisis, en los ya remotos noventa del XX, la sociedad venezolana concibió y confió en el mesianismo militar hasta llegar a estas orillas del siglo XXI, enfrascada con un gobierno de fuerza.  Aquél soldado excedido de sus funciones, por más que la letra constitucional lo ataje o diga atajarlo, ahora se muestra en carne viva por aquello de las medidas económicas estadounidenses mientras acá  hay más democracia, como cínicamente expresó Padrino López, o la tristemente célebre resolución 008610, la abierta represión de toda disidencia, la complementación más que tolerancia con los grupos paramilitares, el tal estado mayor de los alimentos para una hambruna innegable, entre otras de las facetas del sector de defensa que gobierna en nombre de la seguridad   de la nación.

Por lo visto, la cúpula militar hará del kafkiano proceso inquisitorial su única verdad, respaldándola a contracorriente de los cambios que experimenta la sociedad aspirante no sólo a la libertad y a la democracia,  sino a la reinstitucionalización castrense, al ejercicio exclusivo de su misión profesional, a la realización satisfactoria de su especialidad,  completamente ajena a la política partidista, subordinada al poder civil, representada por un oficial de decoro, lealtad, consecuencia enteramente republicana y convincentemente patriótica. El país que  está de regreso de lo que fue algo más que una poderosa ilusión óptica, pues, lo quebró ética y materialmente, espera del militar una urgente actualización que están muy lejos de darla los fraudulentos constituyentes del momento.

(*) "El orden político en las sociedades en cambio", Paidós, Buenos Aires,  1972: 200.

28/08/2017:

miércoles, 26 de julio de 2017

MUNICIONES

EL NACIONAL, Caracas, 24 de junio de 2017
Escopeta con municiones calibre 12
Ramón Hernández

Fue un solo disparo al pecho. Mortal, a quemarropa. Apretó el gatillo un sargento de la Policía Aérea de la Aviación Militar Bolivariana. Habría utilizado una escopeta de las más de 30.000 que posee la FANB para el restablecimiento y control del orden público. No para defender cuarteles ni puestos de comando.

El gobierno, para deslindarse de la responsabilidad, dijo que el suboficial Arli Cleiwi Méndez Terán había utilizado un arma no autorizada, una escopeta Mossberg 500, calibre 12, de fabricación estadounidense. Tendrá que explicar por qué nueve sargentos actúan en cambote y cada uno no estaba al frente de un grupo de soldados. Es como tener un batallón solo de coroneles o de mayores generales, así se pierden las guerras.

Tan pronto comenzaron las protestas por la ruptura del orden constitucional con las dos sentencias del TSJ instalaron varias tiendas de campaña militar, de pernocta, en la base aérea La Carlota cerca de la reja colindante con la Francisco Fajardo. A veces, mientras avanzaba la cola, más de un conductor imaginó que se trataba de la filmación de alguna serie de televisión y que en cualquier momento aparecería una cafetera de peltre sobre tres topias. En los últimos días fue frecuente que desde la base aérea se lanzaran lacrimógenas contra los manifestantes que se congregaban en el distribuidor, algo irregular y fuera de las atribuciones de esos soldados.

El jueves el atrevimiento fue extremo. Dispararon con saña y alevosía. Todos los vimos. Ni los insultos ni las piedras, tampoco los cohetones pueden considerarse un ataque terrorista o simple agresión al centinela. La libertad de expresión y hacer uso del derecho a la protesta no es delito civil, mucho menos militar. Podría serlo en Cuba y Corea del Norte, países de siervos que iban rumbo al medioevo y terminaron en la época de las cavernas, aunque las alumbren con bombillos led. Es terrorismo de Estado. Delinquen.

Pese a los esfuerzos militares y paramilitares, los discursos hueros de Cabello y las tartamudeantes órdenes de Bernal y los embelecos de Villeguitas con sus tutores venidos de La Habana, la democracia prevalece. Serán enjuiciados por los tribunales y por la historia. Han seguido el ejemplo del teniente Francisco Fernández Vignoni, aunque no el castigo que se merecía. Hay miedo, y mucho, pero no a los escudos de cartón de los muchachos, las banderas, los cohetones ni a las piedras, sino a las ideas, que siempre son más poderosas que las bombas nucleares cuando prenden en el corazón del pueblo y la ciudadanía las defiende a brazo partido. Es hora de que se rindan y entreguen el mando. Presto muro recién pintado con el mapa del futuro luminoso que está ahí mismito.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/escopeta-con-municiones-calibre_189285

EL NACIONAL, Madrid, 22 de julio de 2017
Agendas secretas y entregas vergonzosas
Ramón Hernández

En las redes sociales se entablan luchas, combates, batallas y guerras de todo tipo, con odios, imprecaciones, insultos y mancillamientos de variados tenores. Cada quien, seguro y bien apertrechado en su atalaya, lanza torpedos, cañonazos, bombas de tiempo, cargas de profundidad y hasta globitos de ensayo para volver polvo cósmico –cibernético– a quien lo contradiga, piense distinto o simplemente tenga mejor ortografía.

Voy a evitar usar la palabra crispación, un singular estado de ánimo derivado de la situación país, pero sí quiero referirme a los mariscales de campo que han surgido en la convulsión de los teclados y en los cierres de calle. No son pocos los enfermos, los médicos, los bomberos y trabajadores de la prensa que se han visto impedidos de cumplir sus obligaciones porque en la esquina más pacífica y vulnerable, a tiro de perdigón de las fuerzas represivas, manda un Pedro el Grande que vocea habiendo estado horas bajo el chubasco que se ha ganado el derecho de decidir quién puede pasar por esos sus predios. Bluf. La advertencia la suelen acompañar con palabrotas, insultos y blasfemias. Son pichones de comandantes eternos, los otros herederos.

En el ciberespacio no es muy distinto. Aunque la opción de bloquear es mutua, se corre el riesgo del periodismo a la carta, que quien lee solo las cosas que le agradan se pierde de no enterarse de lo más importante y trascendental. Nos pasa a todos, pero para algunos –por su oficio, cargo o intereses en juego– puede resultar mortal. No extrañaría que fuesen víctimas de la posverdad (es la grafía correcta) y también de su propia petulancia, su desconfianza en el prójimo o de su militancia en la antipolítica. Una simple pregunta, ¿dónde estaban en estos 18 años de entrega a Cuba que no se enteraron siendo tan obvio y cómo sí saben ahora de conversaciones ultrarecontra secretas para mantener el gobierno hasta 2018?

Durante más de dos décadas, aunque habría que empezar a contar desde 1974, las grandes mayorías entusiasmadas por el populismo, la justa y equitativa distribución de la riqueza, la “necesidad” de tener utopías en que soñar y demás lisonjas y monsergas que sacrifican la libertad, cometieron los errores que nos trajeron aquí. Olvidan la carta de alabanza y bienvenida a Fidel Castro en 1988 y las peregrinaciones al spa que tuvieron los tiranos de hoy en Yare. No ha habido disculpas ni reflexiones, solo salidas por la tangente, ah, e insultos. Vendo bola de cristal que pronostica el pasado y permite entrar con pie firme al futuro.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/agendas-secretas-entregas-vergonzosas_194591
Fotografías:
https://www.aporrea.org/ddhh/n310407.html

lunes, 2 de enero de 2017

LA SOBREVENIDA PRESTANCIA DE LA MENTIRA

Del reencuentro con la verdad
Luis Barragán


Desde hace varios meses, la prensa europea abunda en consideraciones alrededor de un término acuñado por el Diccionario Oxford: la llamada post-verdad pretende explicar fenómenos como el Brexit, cuyas simplificaciones sacudirán por un muy buen tiempo los bytes. Al parecer, el neologismo estelar tiene por origen la desatención y negación del cambio climático, a pesar de las evidencias científicas.

Por más que las realidades sigan un curso insobornable, la tendencia prevaleciente es la del auto-engaño que las suplanta o dice suplantarlas, agravándolas. E, irremediable, la verdad misma, tozuda e irremplazable, se convierte en una tarea inmensa de reivindicación a contrapelo no sólo de los intereses políticos, sino de los propios medios que obtienen grandes dividendos al contrariarla, versionarla y dosificarla.

Caso muy cercano, a finales del año recién concluido, la canciller venezolana resolvió con un Tweed el demasiado efímero y tormentoso tránsito por la presidencia pro tempore de Mercosur que, circunscrito al anuncio, jamás se materializó. Sin embargo, empleada ventajista o ventajosamente la herramienta, evitando la incomodidad del más ligero cuestionamiento personal, dijo olvidar las razones de fondo que condujeron a la suspensión de Venezuela, escenificando una vergonzosa comedia en la sede de la organización, y condensando la gestión en la resaltada “dimensión social y de DDHH del bloque”.

La post-verdad, también tildada meta-verdad, es un elegante eufemismo que ayuda a entronizar la mentira, cultivándola con una prestancia que debe escandalizar, por cierto, distinta a la sempiterna demagogia.  E, incluso, nos remite a las reflexiones que un destacado jurista, como Peter Häberle, ha aportado en torno a la verdad como un derecho fundamental que, en medio de los más duros conflictos, ha generado y universalizado sendas comisiones que procuran buscarla en el marco de las transiciones políticas, esforzándose en resarcir – ante todo – moralmente a las víctimas; y, más allá, a prevenir y confrontar la razón de Estado que, a la postre, lleva al extremo totalitario de la producción de “no verdades”.

La mejor garantía que tienen las realidades para el reconocimiento y la nombradía que reclaman, está en el libérrimo debate que emprenda las mejores perspectivas que nos acerquen a la verdad. En el caso venezolano, principia con la urgente realización del Estado Constitucional, evitando  repetir experiencias como las que aún – enfermizamente – no concluyen, dinamitando el propio lenguaje.

Fuente:
02/01/2017:
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/28598-luis-barragan

jueves, 29 de diciembre de 2016

LENGUAJE QUE ENMASCARA

EL PAÍS, Madrid, 17 de noviembre de 2016
 ANÁLISIS
‘Posverdad’, palabra del año
Rubén Amón

El Diccionario Oxford ha entronizado un neologismo como palabra del año y como nueva incorporación enciclopédica. Se trata de la post-truth o de la posverdad, un híbrido bastante ambiguo cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.
La definición es una manera de describir el contratiempo y hasta la conmoción que han supuesto el Brexit o la victoria de Donald Trump. Dos posverdades en la medida en que una y otra noticia han sobrepasado cualquier expectativa ortodoxa o racional, reflejando por añadidura la miopía de la clase política en sus iniciativas plebiscitarias o el escaso predicamento de los medios informativos convencionales en su esfuerzo de sensatez editorial. Es una verdad que Trump ha ganado las elecciones. Y es también una posverdad o una metaverdad, precisamente porque no se hubiera producido sin las variables de la emoción, de la creencia o de la superstición.
Se diría que el Diccionario Oxford necesita verbalizar las conmociones políticas del año. Ninguna tan gruesa como la derrota de Hillary Clinton, aunque la sorpresa ya presentaba los antecedentes de la salida de Reino Unido de la UE o del fracaso del referéndum de las FARC en Colombia.
Todos los ejemplos plantean la relevancia de las cuestiones emocionales. Se votaba más con las vísceras y el instinto que con la razón o la lógica, de tal manera que el Diccionario Oxford considera necesario acuñar un término a medida, como el año pasado sucedió con el emoji o emoyi, neologismo de fonética japonesa, e ideograma a disposición en el teclado de cualquier móvil inteligente al que se recurre para simplificar un discurso.
La posverdad se antoja una definición más ambiciosa en sus resonancias orwellianas y en el reconocimiento de un hueco semántico que discrimina la verdad revelada de la verdad sentida. La prueba está en que la concepción del neologismo, entre otros argumentos, proviene de un editorial publicado en The Economist que ya insinuaba el desenlace de las elecciones americanas a propósito de la emoción . "Donald Trump es el máximo exponente de la política 'posverdad', (...) una confianza en afirmaciones que se 'sienten verdad' pero no se apoyan en la realidad”.

Puede sentirse como una verdad que Pedro Sánchez ha sido la víctima de una conspiración del IBEX sin que la realidad lo demuestre, del mismo modo que Mariano Rajoy adquirió la naturaleza eterna del plasma por haberlo utilizado en una ocasión. La posverdad, por tanto, puede ser una mentira asumida como verdad o incluso una mentira asumida como mentira, pero reforzada como creencia o como hecho compartido en una sociedad.
Estamos en tiempos de posverdades por la proliferación de las teorías de la conspiración, aunque el uso regular del término proviene de un libro que el sociólogo norteamericano Ralph Keyes publicó en 2004: Post-truth. Se refería a las apelaciones a la emoción y a las prolongaciones sentimentales de la realidad, si bien fue un colega y compatriota suyo, Eric Alterman, quien revistió la idea de un valor político, tomando como ejemplo la manipulación que habría ejercido la Administración Bush a raíz del trauma del 11-S, precisamente porque una sociedad en situación de psicosis iba a resultar mucho más sensible y fértil a la inoculación de posverdades. Más aún cuando se trataba de restringir libertades o de emprender iniciativas militares, empezando por la posverdad de las armas de destrucción masiva.
La diferencia, ahora, consiste en que el Diccionario Oxford no sitúa la posverdad como un arma a disposición de la clase política dominante, sino como un poderosísimo y descontrolado recurso de los súbditos. Trump y el Brexit serían expresiones inequívocas de rebelión al sentido común.
Ha sido disputada la “victoria” del neologismo porque la sociedad editora del Diccionario Oxford había llevado a la fase final hasta nueve términos anglosajones nuevos. Entre ellos, el adulting (comportarse como un adulto en tareas mundanas), el woke (alerta usada en EEUU en referencia a una injusticia social), el latinx (persona de origen latino) y el brexiteer, cuya definición alude a los partidarios del Brexit.

Fuente:
http://internacional.elpais.com/internacional/2016/11/16/actualidad/1479316268_308549.html