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viernes, 5 de octubre de 2018

SELLO INEQUÍVOCO

La mentira de Estado
Luis Barragán


Días atrás, el periodista Nelson Bocaranda comentó el testimonio de varios médicos presionados,  conminados u obligados a modificar sus certificaciones para la expedición de la correspondiente partida de defunción.   Simplemente, las autoridades no la tramitan si el motivo del deceso está asociado o puede asociarse al Estado fallido, por lo que, deducimos, donde no cabe el eufemismo, se abre un cierto abanico de falsas causales.

Versamos en torno a una documentación y data que, siendo precisamente de Estado, no ha de sacrificar verdad alguna. Empero, avalando toda conjetura, por extremas que sean las formalidades, el asunto seguramente ha contaminado cualesquiera registros aún en ámbitos tan disímiles, como el civil, mercantil, laboral, salud, académico, bancario, tránsito terrestre, etc., pues, lo importante es mantener la fachada de una revolución, por más carcomidos que se encuentren sus cimientos.

Suponemos que no hay instrucciones escritas al respecto, pero el funcionario que tramita un determinado documento las conoce y, más en resguardo de su propia estabilidad burocrática que la del régimen,  presiona, conmina u obliga a las modificaciones. Por lo demás, en el caso específico de la partida de defunción, los familiares o relacionados urgidos de un documento tampoco fácil de obtener, aceptan la versión  para realizar las diligencias funerarias pendientes.

La llamada post-verdad, término de alguna ínfula académica que no alcanza a sustituir a otros que sinceran la realidad (la mentira, el engaño, la falsedad, la estafa, etc.),  se ha apoderado del Estado o de lo que va quedando de él. Realizándose falazmente, acotemos, oculta o francamente ignora los índices de inflación, migración, criminalidad e insalubridad, por lo que en nada ha de extrañarnos que no acepte otra versión que la políticamente cultivada.

En todo régimen totalitario, hay una verdad implícita, confidencial y resistente, al igual que una mentira prefabricada, bulliciosa y frágil. El solo derrumbe de la Unión Soviética demostró hasta el hartazgo que no es posible reducir y pulverizar las realidades, pues, detrás de cada misil intercontinental exhibido y aplaudido, había hambre, miseria, esclavitud y causales de mortalidad que llevaron un sello inequívoco: el socialismo.

Reproducción: Portada de un libro mentirográfico.
08/10/2018:
http://www.noticierodigital.com/2018/10/luis-barragan-la-mentira-estado/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=110270
https://www.tenemosnoticias.com/noticia/barragn-luis-mentira-421722/982751
https://noticiasvenezuela.org/2018/10/08/luis-barragan-la-mentira-de-estado/

viernes, 26 de mayo de 2017

¿UNA AUTOPSIA DE LA PREMENTIRA?

EL PAÍS, Madrid, 30 de marzo de 2017
 TRIBUNA
Genealogía de la posverdad
La democracia liberal se asienta el reconocimiento de que la verdad suele ser elusiva y provisional. En nuestra época, para evitar confusiones, es necesario subrayar el papel central de la verdad factual
Manuel Arias Maldonado

Nadie ha expresado mejor el sentido de la posverdad que el caricaturista David Sipress, quien en una viñeta publicada en The New Yorker muestra a un presentador de informativos diciendo que tras el anuncio meterológico demócrata da paso al pronóstico republicano. ¡Metereología e ideología! De esta escena hilarante parece deducirse que el sentido de la posverdad está en su sinsentido. Sin embargo, las cosas quizá no sean tan sencillas. Por eso, y a la vista de su capacidad para erosionar el debate público, conviene tomarse el fenómeno en serio. Bien podemos empezar por indagar en sus causas, ensayando una genealogía de la posverdad que nos ayude a comprenderla.

Antes, no obstante, conviene precisar el sentido de los términos en juego. Si el posfactualismo designa la pérdida del valor persuasivo de los hechos en el debate público, de manera que estos ya no serían determinantes para la configuración de las creencias privadas, la posverdad nos indica que la propia noción de verdad, y más concretamente de verdad pública, habría dejado de tener sentido. La mejor síntesis de ambos postulados se la debemos a Kelly Conway, consejera del presidente Donald Trump, quien adujo “hechos alternativos” para justificar la afirmación de que la investidura de este último había congregado a más público que la de Obama cuatro años antes.

Por supuesto, es razonable preguntarse si esto que llamamos posverdad no alude al viejo arte político de la disimulación, vestido ahora con nuevos ropajes. ¿Acaso no dejó escrito Maquiavelo que el príncipe que engaña encontrará siempre quien se deje engañar? Sin duda. Pero se diría que nuestra época ha añadido acentos nuevos a esta vieja práctica: no siendo la posverdad una novedad radical, tampoco es la mentira de siempre. Sigue una somera exposición de sus fundamentos.

La genuina novedad de este momento es la digitalización de la conversación pública

Filosofía. No sería exagerado afirmar que la pregunta por la verdad es la pregunta central de la filosofía, aunque solo sea porque de ella depende el valor de lo que la propia filosofía pueda decir. Es por ello también la pregunta más difícil y no son pocos los pensadores que han claudicado ante ella. Pilatos ya expresó burlonamente ante Jesús de Nazaret un doble escepticismo: ante la existencia de la verdad y ante la posibilidad de llegar a ella. La causa no sería otra que la presentada por Hobbes, a saber: la radical duplicidad del lenguaje. Este puede hacer que “lo bueno y lo malo, lo útil y lo inútil, lo honorable y lo deshonroso, aparezcan como mayores o menores de lo que verdaderamente son, y hacer que lo injusto parezca justo, según convenga al propósito de quien habla”. Pero habrá que esperar al siglo XX para que la problematización filosófica de la verdad termine por hacérnosla inaccesible. Foucault, Rorty, Vatimo: todos ellos ponen de manifiesto que la verdad depende casi siempre del punto de vista de quien la formula y deriva de un proceso de construcción —o imposición— social más que de su correspondencia con una realidad exterior al ser humano. No es menor aquí la influencia del último Wittgenstein, quien con sus tesis sobre la ligazón ontológica entre lenguaje y formas de vida parece anticipar las cámaras de resonancia de las comunidades digitales.

Afectividad. Quien haya visto The People vs. O.J. Simpson, la excelente serie televisiva sobre el juicio a la estrella negra de fútbol americano por el asesinato de su esposa, habrá comprendido la medida en que nuestra percepción de los hechos está mediada por las emociones: pese a los abrumadores indicios de culpabilidad, los miembros negros del jurado creyeron inocente a Simpson. Éste es quizá el hallazgo central del estudio contemporáno de la relación entre la racionalidad y afectividad humanas. Nuestra mirada sobre el mundo está teñida de afectos; es una cognición “caliente”, un razonamiento motivado que solo podemos enfriar mediante un costoso ejercicio de deliberación interior. Y por lo general, nuestro “ego totalitario”, como lo llama Anthony Greenwald, rechaza la información que desajusta su organización cognitiva: preferimos creer aquello que ya veníamos creyendo. Súmese a ello el tribalismo moral que, por razones evolutivas, nos impele a buscar cobijo en el grupo propio y sus verdades, rechazando de plano las ofertas de sentido rivales. Resulta de aquí que el contenido de nuestras creencias importará menos que los sentimientos que experimentamos abrazándolas: la verdad no es más que un coste que no deseamos pagar.

El “ego totalitario” rechaza la información que desajusta su organización cognitiva

Tecnología. Cuando hablamos de posverdad, nos referimos sobre todo al proceso de búsqueda de la verdad en la esfera pública y a su impacto sobre las creencias privadas de los ciudadanos. Es aquí donde reside la genuina novedad sin la que no cabe explicar el auge de la posverdad: la digitalización de la conversación pública. Se ha dicho que las redes aíslan a los individuos en silos donde solo se comunican con quienes ya piensan como ellos, compartiendo noticias que ratifican sus creencias; en el interior de esas comunidades digitales, además, nos sentimos empujados al acuerdo. Cass Sunstein lo tiene claro: “Las redes sociales pueden operar como máquinas polarizadoras, porque ayudan a confirmar y por tanto amplificar los puntos de vista preexistentes”. Habríamos pasado así de los grandes medios moderadores a una fragmentación caótica. Fake news, rumores, teorías conspirativas: flores venenosas de la primavera digital. Pero a ello han contribuido también los medios tradicionales, ya sea por echar mano del tremendismo o por incurrir en un exceso de neutralidad. El resultado es la libre circulación del bullshit, que Harry Frankfurt definió como una retórica persuasiva que se desentiende de la verdad.

¡Todo resuelto! O más bien no. Porque la democracia liberal no se asienta sobre la idea de que exista una verdad indisputable que podamos fijar tras un infalible proceso de deliberación pública, sino sobre el reconocimiento de que la verdad suele ser elusiva y provisional. Las democracias son escépticas, aunque al tiempo confíen en su probada capacidad para acumular conocimiento histórico y científico. Así las cosas, la única solución es distinguir entre diferentes tipos de verdad, subrayando como hace Arendt el papel central de la verdad factual. Sin esta, el debate sobre las verdades morales carecería de anclaje; por eso urge encontrar medios para protegerla. Pero atención: aunque estas últimas no pueden desentenderse de los hechos, ellas mismas son menos descubiertas objetivamente que construidas intersubjetivamente. No podemos determinar cuánta desigualdad es socialmente aceptable sin tener en la mano los datos sobre la desigualdad, por ejemplo, pero los puros datos no nos darán una respuesta. Y para eso, precisamente, sirve la democracia.
(*) Manuel Arias Maldonado es profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/03/15/opinion/1489602203_923922.html?id_externo_rsoc=TW_CC
Ilustración: Nicolás Aznárez.

jueves, 29 de diciembre de 2016

LENGUAJE QUE ENMASCARA

EL PAÍS, Madrid, 17 de noviembre de 2016
 ANÁLISIS
‘Posverdad’, palabra del año
Rubén Amón

El Diccionario Oxford ha entronizado un neologismo como palabra del año y como nueva incorporación enciclopédica. Se trata de la post-truth o de la posverdad, un híbrido bastante ambiguo cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.
La definición es una manera de describir el contratiempo y hasta la conmoción que han supuesto el Brexit o la victoria de Donald Trump. Dos posverdades en la medida en que una y otra noticia han sobrepasado cualquier expectativa ortodoxa o racional, reflejando por añadidura la miopía de la clase política en sus iniciativas plebiscitarias o el escaso predicamento de los medios informativos convencionales en su esfuerzo de sensatez editorial. Es una verdad que Trump ha ganado las elecciones. Y es también una posverdad o una metaverdad, precisamente porque no se hubiera producido sin las variables de la emoción, de la creencia o de la superstición.
Se diría que el Diccionario Oxford necesita verbalizar las conmociones políticas del año. Ninguna tan gruesa como la derrota de Hillary Clinton, aunque la sorpresa ya presentaba los antecedentes de la salida de Reino Unido de la UE o del fracaso del referéndum de las FARC en Colombia.
Todos los ejemplos plantean la relevancia de las cuestiones emocionales. Se votaba más con las vísceras y el instinto que con la razón o la lógica, de tal manera que el Diccionario Oxford considera necesario acuñar un término a medida, como el año pasado sucedió con el emoji o emoyi, neologismo de fonética japonesa, e ideograma a disposición en el teclado de cualquier móvil inteligente al que se recurre para simplificar un discurso.
La posverdad se antoja una definición más ambiciosa en sus resonancias orwellianas y en el reconocimiento de un hueco semántico que discrimina la verdad revelada de la verdad sentida. La prueba está en que la concepción del neologismo, entre otros argumentos, proviene de un editorial publicado en The Economist que ya insinuaba el desenlace de las elecciones americanas a propósito de la emoción . "Donald Trump es el máximo exponente de la política 'posverdad', (...) una confianza en afirmaciones que se 'sienten verdad' pero no se apoyan en la realidad”.

Puede sentirse como una verdad que Pedro Sánchez ha sido la víctima de una conspiración del IBEX sin que la realidad lo demuestre, del mismo modo que Mariano Rajoy adquirió la naturaleza eterna del plasma por haberlo utilizado en una ocasión. La posverdad, por tanto, puede ser una mentira asumida como verdad o incluso una mentira asumida como mentira, pero reforzada como creencia o como hecho compartido en una sociedad.
Estamos en tiempos de posverdades por la proliferación de las teorías de la conspiración, aunque el uso regular del término proviene de un libro que el sociólogo norteamericano Ralph Keyes publicó en 2004: Post-truth. Se refería a las apelaciones a la emoción y a las prolongaciones sentimentales de la realidad, si bien fue un colega y compatriota suyo, Eric Alterman, quien revistió la idea de un valor político, tomando como ejemplo la manipulación que habría ejercido la Administración Bush a raíz del trauma del 11-S, precisamente porque una sociedad en situación de psicosis iba a resultar mucho más sensible y fértil a la inoculación de posverdades. Más aún cuando se trataba de restringir libertades o de emprender iniciativas militares, empezando por la posverdad de las armas de destrucción masiva.
La diferencia, ahora, consiste en que el Diccionario Oxford no sitúa la posverdad como un arma a disposición de la clase política dominante, sino como un poderosísimo y descontrolado recurso de los súbditos. Trump y el Brexit serían expresiones inequívocas de rebelión al sentido común.
Ha sido disputada la “victoria” del neologismo porque la sociedad editora del Diccionario Oxford había llevado a la fase final hasta nueve términos anglosajones nuevos. Entre ellos, el adulting (comportarse como un adulto en tareas mundanas), el woke (alerta usada en EEUU en referencia a una injusticia social), el latinx (persona de origen latino) y el brexiteer, cuya definición alude a los partidarios del Brexit.

Fuente:
http://internacional.elpais.com/internacional/2016/11/16/actualidad/1479316268_308549.html