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viernes, 8 de junio de 2018

CONCEPTO-FETICHE

De qué hablamos cuando hablamos de posverdad
Lucía Méndez

Es el concepto-fetiche de la época, pero casi nadie sabe lo que significa realmente. Lingüistas, psicólogos, periodistas o expertos en redes lo analizan en el monasterio de San Millán de la Cogolla, que ya sufrió su propio ataque de 'fake news' en el siglo V.

20 expertos analizan el fenómeno en un seminario de la Fundéu y lanzan un debate provocador: ¿y si en realidad las 'fake news' son tan viejas como el mund
o?

San Millán de la Cogolla es un pequeño pueblo riojano donde el tiempo medieval permanece detenido en el monasterio de Yuso, grandiosa fortaleza del nacimiento del castellano en las notas de los monjes que ahora llamamos glosas. De esto hace más de mil años. Los escasos habitantes y los turistas sibaritas que disfrutan de la exuberante vegetación de la Sierra de la Demanda pueden escuchar el silencio del mundo y se despiertan con el canto de los pájaros. El monje eremita San Millán, que habitó en estos montes en el siglo V, pasó la mayor parte de su vida en una cueva que se conserva tal cual en el interior de otro monasterio, el de Suso, en lo más alto de la montaña. Una joya.

En tan inspirador escenario, la Fundéu -Fundación del Español Urgente nacida en la Agencia Efe y patrocinada por el BBVA- y la Fundación San Millán convocan todos los años un seminario sobre lengua y periodismo. El debate celebrado en los últimos días del pasado mes de mayo giró en torno al concepto-fetiche de esta época: la posverdad. El lenguaje en la era de la posverdad, se titulaba el seminario. Joaquín Müller, alma de la Fundéu, reunió en torno a la posverdad a una veintena de catedráticos, profesores, lingüistas, psicólogos, periodistas e investigadores de las nuevas tecnologías. Juntos exploraron con lupa de entomólogo las profundas transformaciones sociales y políticas que se derivan de las nuevas formas de comunicación entre los humanos y de las vertiginosas autopistas tecnológicas por las que circula la información, o la desinformación. De qué hablamos cuándo hablamos de posverdad.

El lugar mismo del seminario estaba muy a tono con el espíritu de una época en la que el prefijo -pos está tan de moda como las series de ambiente medieval. A pocos metros de donde descansan los cantorales de los monjes medievales, cuyas voces aún pueden escucharse en el coro de la iglesia si se hace un esfuerzo, se instalaron los algoritmos que ahora transportan el lenguaje humano. Los pájaros que anuncian el alba en estas montañas convivieron durante unos días con el pájaro de Twitter. A tono con el seminario, el propio San Millán del siglo V fue víctima de las noticias falseadas. Sus enemigos le acusaron de malversación de los dineros de la parroquia de Santa Eulalia de Berceo, y el obispo le expulsó del cargo. Así se relata en las redes sociales de la época, que son las pinturas del friso del monasterio.

Este hecho de la biografía del eremita conecta con la primera conclusión del seminario: siempre han existido las noticias falseadas, término que la Fundéu considera más preciso que el de fake news o noticias falsas.

No ha existido nunca un jardín del Edén donde la verdad resplandeciera. Esteban Illades, periodista y escritor mexicano, en su ponencia El fenómeno Trump y las noticias falsas, lo dejó claro. «Las fake news no son un fenómeno nuevo. Existe la manipulación y la desinformación desde hace siglos. Napoleón hizo branded content en la campaña egipcia».

La profesora de Filosofía Laura Alba-Juez ilustró el debate llamando la atención sobre el sentido mismo de la palabra verdad, dejando claro que es poliédrica, difícil de definir y de aprehender.

¿Cuál es entonces la razón del revuelo universal en torno a la posverdad, objeto de estudio académico en todas las universidades y de infinitas glosas periodísticas e intelectuales? La periodista Soledad Gallego-Díaz -que acaba de ser nombrada directora de El País- lo aclaró así en su lección inaugural. No son las noticias falsas de toda la vida. Ni tampoco las mentiras, que son eternas. «Se trata de noticias falseadas intencionadamente que forman parte de enormes redes de desinformación intencionada y extensiva, en las que se utiliza la prodigiosa capacidad de las nuevas tecnologías para difundirlas y llegar a todos los medios a través de los cuales accedemos a la información».

La respuesta a la alarma mundial, por tanto, no hay que buscarla en el fondo, sino en la forma. David García, investigador del Centro de Ciencias de la Complejidad de Viena, señaló que «las noticias, verdaderas o falseadas transitan sin filtro por el espacio digital. La desinformación viaja por las redes sociales seis veces más rápido que la información», según un estudio del MIT. Hablamos de menos cosas, pero habla mucha más gente. Cada individuo se ha convertido en un medio de comunicación que sólo comparte aquéllos contenidos con los que está de acuerdo, sin pararse a pensar si son verdaderos o pudieran ser falsos. Según el periodista Juan Soto Ivars, «la posverdad no es una enfermedad, sino un síntoma, y ha venido para quedarse».

¿Es que acaso los ciudadanos que se dejan embaucar por la desinformación son más ignorantes, o más crédulos, que sus antecesores? «Quien acepta las noticias falsas que circulan por la Red no es necesariamente un ignorante o alguien a quien se engaña; a menudo existe una decisión consciente de aceptar ciertas informaciones, independientemente de su veracidad, para reforzar las propias opiniones o los sentimientos», señalan las conclusiones del seminario.

¿Cómo se llega hasta el cerebro y el corazón de estas millones de personas dispuestas a tragarse cualquier cosa por estrafalaria o extravagante que sea? La respuesta hay que buscarla en la manipulación del lenguaje. Como señaló Elena Hernández, jefa del Departamento de Español al Día de la RAE, «el lenguaje crea realidad». Sobre todo «el lenguaje de las emociones», protagonista de las jornadas de San Millán en tanto que «arma de manipulación».

El psicoterapeuta Luis Muiño expuso las técnicas del «buen manipulador», que son las siguientes. «Resaltar las palabras y ocultar los hechos. Recurrir a eufemismos, no hablar claro y esconder la realidad en una nube de palabras. Usar muchas frases humo y palabras bonitas que no quieren decir nada. Convertir todos los temas en viscerales, establecer una separación radical entre nosotros y ellos y apelar al miedo». «La violencia verbal es más eficaz que la física. La única técnica de persuasión que tienen los poderosos actualmente es el lenguaje», concluye el psicólogo. «Hay que luchar contra el vaciado sistemático de las palabras», opinó el periodista Jordi Corominas. «Algunas personas emplean un lenguaje plúmbeo para dar la sensación de que están diciendo algo interesante», opinó el historiador Óscar Sainz de la Maza.

Cristina Soriano, investigadora del Centro de Ciencias Afectivas de la Universidad de Ginebra, dejó claro en su ponencia -ilustrada con estudios empíricos sobre el uso y el significado de las palabras en los diferentes idiomas- que «las emociones negativas se perciben como más intensas que las positivas, por eso están siempre presentes en los discursos que tratan de manipular». Hay lenguas que disponen de siete palabras para hablar de las emociones, mientras que en el español, se usan miles.

Sin ir más lejos, coincidiendo con la semana de este seminario, la política española se dio un atracón de lenguaje emocional en el transcurso del debate de la moción de censura que cambió el Gobierno. Términos como «traidores», «vendepatrias» o «golpe de Estado», y otros igual de gruesos se escucharon en el Congreso. La despedida de Mariano Rajoy ha deparado asimismo escenas de llanto muy llamativas en sus filas esta semana. Laura Alba-Juez, catedrática de Lingüística inglesa de la UNED, y estudiosa del lenguaje de los tabloides, apuntó que la comunicación nunca ha estado exenta de un componente emocional que no necesariamente ha de ser negativo.

El lenguaje de las emociones negativas, que viajan a toda velocidad por la Red, es fundamental en la creación de las noticias falseadas y da origen a otra de las palabras fetiche del mundo digital: burbuja. Un término que acompaña a la crisis de época, así en las finanzas como en la revolución digital. La tecnología crea burbujas «en las que los ciudadanos solo están en contacto con ideas y opiniones que coinciden con las suyas».

Lo que vemos en Facebook o en el buscador Google es lo que sus algoritmos nos preparan especialmente para nosotros. Las «cámaras de eco» inhiben la capacidad para la autocrítica e impiden tener en cuenta las opiniones de los demás.

Visitar el claustro del monasterio de Yuso es evocador y sugerente después de escuchar estas reflexiones. En la era de la comunicación global, podemos acabar como los monjes medievales, dando vueltas y vueltas bajo las arcadas de medio punto, escuchando sólo nuestros propios pensamientos.

El espinoso papel de los medios de comunicación en la era de la posverdad centró parte de los debates. Soledad Gallego-Díaz señaló que no podemos caer en la tentación de «echar la culpa a la posverdad de todo lo que no nos guste en nuestra sociedad», pero defendió que es imprescindible «defender la verdad periodística basada en hechos comprobados de acuerdo con reglas y mecanismos profesionales de verificación».

La revolución tecnológica ha dejado al periodismo tradicional a los pies de los caballos de las grandes tecnológicas. La conclusión del seminario es que «el cambio de la forma en la que los ciudadanos se acercan a las noticias (antes las buscaban, ahora les llegan a través de las redes, a menudo ya seleccionadas) favorece la difusión de las falsedades». En opinión de los ponentes, es muy importante que las personas dedicadas a la comunicación sean capaces de manejar la «inteligencia emocional».

Según Emilio Martínez, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Murcia, «conocer el lenguaje de las emociones nos hace ser personas más críticas». José Miguel Fernández-Dols, catedrático de Psicología Social de la Autónoma de Madrid, considera que «la prensa sí tiene un papel educativo». Los periodistas Esteban Hernández, Magda Bandera y Pablo Blázquez alertaron sobre la responsabilidad de los medios frente a la difusión de las noticias falsas y el uso del lenguaje y las metáforas.

Hubo consenso en que «los medios deben tener cuidado en el uso del lenguaje para no apelar a las emociones, sino a los hechos». Ahora bien, nadie se engaña sobre la pérdida de influencia y capacidad de la prensa para establecer qué es la verdad, y qué es la posverdad. «El papel de jerarquización y verificación de la información que hacían los medios ha desaparecido o está desapareciendo», resumió la escritora Irene Lozano.

El oscuro e inescrutable papel de los algoritmos de Google o Facebook -cada vez más sofisticados, según el periodista Mario Tascón- para jerarquizar en la Red las noticias que publican los medios quedó en el aire. Y también la obsesión del periodismo por llamar la atención del «usuario» y competir con los infinitos estímulos de distracción al alcance de la mano, o del mando.

Fuente:
http://www.elmundo.es/papel/historias/2018/06/09/5b1a646a268e3e74068b45ec.html
Ilustración: Ronnie Cutrone.

lunes, 26 de junio de 2017

OPORTUNIDAD

EL PAÍS, Madrid, 26 de junio de 2017
 TRIBUNA
La democracia requiere hechos
Antonio Caño

El periodismo es imprescindible para la convivencia en una sociedad libre, para el equilibrio de poder necesario en una democracia. Sin el periodismo desaparecería la crítica ordenada, y sin la crítica caeríamos en el imperio de la arbitrariedad y el miedo. Los abusos de poder no son monopolio de los regímenes autoritarios; se dan también en las democracias, y aunque el periodismo independiente no los puede evitar, la denuncia de esos abusos cumple en sí misma una función extraordinariamente valiosa.
La prensa ha cometido muchos errores; eso es indudable. Aunque la prensa ha sido un componente esencial de las democracias liberales desde su nacimiento, también es cierto que, sobre todo en las últimas décadas, el periodismo ha vivido en ocasiones en un pedestal de éxito, se ha separado en exceso de la sociedad a la que se dirigía y ha utilizado de forma algo arrogante el enorme poder del que ha gozado.
Esa arrogancia es muy visible hoy en algunos entornos dominados por periodistas que pontifican, toman partido y dan lecciones de moral en cualquier plató, a todas las horas del día y sobre cualquier asunto que se tercie. Pero el problema principal al que hacemos frente hoy es el intento de eliminación del periodismo, es la sustitución del periodismo por lo que ahora se llama “el relato”, es la sustitución del esfuerzo serio, profesional de la enumeración de los hechos, por la imposición de una narración creada al gusto del consumidor.
A este fenómeno se le ha llamado de distintas formas. La más difundida últimamente es la de posverdad. La posverdad se corresponde con el nacimiento de una era en la que la verdad, como todo, es relativo y todo depende del cristal ideológico con el que se mire y el propósito que se busque con su difusión.
La posverdad es peor que la mentira, en el sentido de que la mentira puede llegar a descubrirse, pero la posverdad es incuestionable en la medida en que no necesita ser corroborada con hechos. Los responsables de comunicación de la Casa Blanca le han llamado también “hechos alternativos”, como si lo ocurrido se pudiera manipular como plastilina para darle la forma que más convenga a los intereses que se defienden. Tradicionalmente, a todo esto se le ha llamado así: manipulación. Y la función de la moderna posverdad es la misma que la de la vieja manipulación: impedir que los ciudadanos estén bien informados, que conozcan la verdad, que sean auténticamente libres.
Estamos, pues, ante un fenómeno, que lejos de ser anecdótico o pasajero, tiene una gran profundidad. Como advierte Timothy Snyder: “Abandonar los hechos es renunciar a la libertad. La posverdad es el prefascismo”. Estamos, probablemente, ante la mayor amenaza que existe contra las democracias en estos momentos. Porque la negación de los hechos, la manipulación de los hechos o la creación de relatos que satisfacen los prejuicios y el sectarismo no es una actividad inocente, tiene un propósito que siempre está ligado con el control del poder.
Negar los hechos o manipularlos tiene un propósito que está ligado con el control del poder
Eliminada la función crítica de la prensa se puede deformar la realidad al capricho del consumidor. Exagerar los problemas, torcer los datos y prometer soluciones fáciles y paraísos inexistentes. Vivimos tiempos en que lo emocional lo invade todo, lo justifica todo. Yo “siento” que las cosas van mal, luego van mal. Yo “creo” que las cosas ocurrieron así, luego ocurrieron así. Es la demagogia del “todas las opiniones merecen respeto”, ya sea la de un profesional como la de un iletrado. Tanto vale mi impresión como una estadística. Tanto vale una emoción como un dato.
En parte esto se debe al desgaste de las instituciones, de todas las instituciones, por culpas propias y ajenas. En parte esto se debe al desprestigio de la autoridad, de toda autoridad. Es lo que Moisés Naím llama “el fin del poder”. Hay muchos ángulos positivos de este deterioro del poder en su concepción tradicional. El mundo se ha democratizado extraordinariamente. La iniciativa individual, el emprendimiento, la solidaridad encuentran hoy canales muy accesibles por los que desarrollarse. Google, Facebook… la revolución tecnológica nos ha permitido saber más, saberlo antes, comunicarnos mejor, más rápidamente. Viajamos más, conocemos a más gente, tenemos acceso a más puntos de vista.
Junto a la magnífica erupción de oportunidades, la revolución tecnológica ha traído también una proliferación de nichos ideológicos, de sectarismo que actúa como caldo de cultivo del odio, la xenofobia y el racismo. Desgraciadamente, es muy frecuente que los usuarios de las redes sociales no las usen para acceder al extraordinario mundo de conocimiento que ofrecen, sino para interactuar entre el reducido círculo de los que son como yo, de forma que los prejuicios se retroalimentan y adquieren categoría de doctrina incuestionable.
Algo similar ocurre con muchas de las páginas web, blogs y confidenciales que circulan en nuestro entorno. Como periodista, entiendo como una oportunidad magnífica la de poder poner en marcha un periódico sin apenas recursos económicos y una tecnología básica y al alcance de cualquiera.
No hay duda de que todos tenemos que felicitarnos de las enormes posibilidades de pluralismo que esto representa. Pero también tenemos que admitir que muchos de esos confidenciales se han convertido en armas de destrucción de los rivales políticos o económicos, en propagadores de rumores, medias verdades o rotundas mentiras con propósitos espurios.
Algunos políticos prefieren periódicos que les den razón y no los sometan a la crítica
Bienvenidos sean los nuevos medios, bienvenidos sean al periodismo todos aquellos que puedan contribuir a la diversidad y al pluralismo. Pero, bienvenidos al periodismo, con sus normas y sus reglas y su código deontológico, no a la selva de demagogia y calumnias en la que algunos están convirtiendo el panorama de la información.
El periodismo no solo no está muerto sino que se encuentra ante un gran momento y una gran oportunidad. Pero el buen periodismo es caro, muy caro. Contar bien una historia exige desplazarse hasta el lugar de los hechos, hablar con una diversidad de fuentes que frecuentemente no quieren hablar, corroborar los datos obtenidos, someterlos a una edición rigurosa. Cumplir con ese deber es más necesario que nunca, pero también es más difícil que nunca.
La amenaza a la libertad de expresión y al periodismo de calidad no se produce en sí mismo por las nuevas tecnologías. El periodismo de calidad y la libertad de expresión están amenazados porque algunos políticos han descubierto que quizá la nueva política se puede hacer mejor y con mucho más éxito sin periodismo exigente. Y porque algunos políticos prefieren periódicos que les den razón y no los sometan a la investigación y la crítica.
(*) Extracto del discurso pronunciado en la inauguración de los Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/06/23/opinion/1498227187_423650.html
Ilustración: Tomás Ondarra.

jueves, 29 de diciembre de 2016

LENGUAJE QUE ENMASCARA

EL PAÍS, Madrid, 17 de noviembre de 2016
 ANÁLISIS
‘Posverdad’, palabra del año
Rubén Amón

El Diccionario Oxford ha entronizado un neologismo como palabra del año y como nueva incorporación enciclopédica. Se trata de la post-truth o de la posverdad, un híbrido bastante ambiguo cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.
La definición es una manera de describir el contratiempo y hasta la conmoción que han supuesto el Brexit o la victoria de Donald Trump. Dos posverdades en la medida en que una y otra noticia han sobrepasado cualquier expectativa ortodoxa o racional, reflejando por añadidura la miopía de la clase política en sus iniciativas plebiscitarias o el escaso predicamento de los medios informativos convencionales en su esfuerzo de sensatez editorial. Es una verdad que Trump ha ganado las elecciones. Y es también una posverdad o una metaverdad, precisamente porque no se hubiera producido sin las variables de la emoción, de la creencia o de la superstición.
Se diría que el Diccionario Oxford necesita verbalizar las conmociones políticas del año. Ninguna tan gruesa como la derrota de Hillary Clinton, aunque la sorpresa ya presentaba los antecedentes de la salida de Reino Unido de la UE o del fracaso del referéndum de las FARC en Colombia.
Todos los ejemplos plantean la relevancia de las cuestiones emocionales. Se votaba más con las vísceras y el instinto que con la razón o la lógica, de tal manera que el Diccionario Oxford considera necesario acuñar un término a medida, como el año pasado sucedió con el emoji o emoyi, neologismo de fonética japonesa, e ideograma a disposición en el teclado de cualquier móvil inteligente al que se recurre para simplificar un discurso.
La posverdad se antoja una definición más ambiciosa en sus resonancias orwellianas y en el reconocimiento de un hueco semántico que discrimina la verdad revelada de la verdad sentida. La prueba está en que la concepción del neologismo, entre otros argumentos, proviene de un editorial publicado en The Economist que ya insinuaba el desenlace de las elecciones americanas a propósito de la emoción . "Donald Trump es el máximo exponente de la política 'posverdad', (...) una confianza en afirmaciones que se 'sienten verdad' pero no se apoyan en la realidad”.

Puede sentirse como una verdad que Pedro Sánchez ha sido la víctima de una conspiración del IBEX sin que la realidad lo demuestre, del mismo modo que Mariano Rajoy adquirió la naturaleza eterna del plasma por haberlo utilizado en una ocasión. La posverdad, por tanto, puede ser una mentira asumida como verdad o incluso una mentira asumida como mentira, pero reforzada como creencia o como hecho compartido en una sociedad.
Estamos en tiempos de posverdades por la proliferación de las teorías de la conspiración, aunque el uso regular del término proviene de un libro que el sociólogo norteamericano Ralph Keyes publicó en 2004: Post-truth. Se refería a las apelaciones a la emoción y a las prolongaciones sentimentales de la realidad, si bien fue un colega y compatriota suyo, Eric Alterman, quien revistió la idea de un valor político, tomando como ejemplo la manipulación que habría ejercido la Administración Bush a raíz del trauma del 11-S, precisamente porque una sociedad en situación de psicosis iba a resultar mucho más sensible y fértil a la inoculación de posverdades. Más aún cuando se trataba de restringir libertades o de emprender iniciativas militares, empezando por la posverdad de las armas de destrucción masiva.
La diferencia, ahora, consiste en que el Diccionario Oxford no sitúa la posverdad como un arma a disposición de la clase política dominante, sino como un poderosísimo y descontrolado recurso de los súbditos. Trump y el Brexit serían expresiones inequívocas de rebelión al sentido común.
Ha sido disputada la “victoria” del neologismo porque la sociedad editora del Diccionario Oxford había llevado a la fase final hasta nueve términos anglosajones nuevos. Entre ellos, el adulting (comportarse como un adulto en tareas mundanas), el woke (alerta usada en EEUU en referencia a una injusticia social), el latinx (persona de origen latino) y el brexiteer, cuya definición alude a los partidarios del Brexit.

Fuente:
http://internacional.elpais.com/internacional/2016/11/16/actualidad/1479316268_308549.html

sábado, 24 de septiembre de 2016

DESILUSTRADOS

EL PAÍS, Madrid, 25 de septiembre de 2016
 PUNTO DE OBSERVACIÓN
La era de la política posverdad
Abundan los políticos que no se preocupan por si lo que dicen tiene relación con la realidad
Soledad Gallego-Díaz

En abril de 2010 una revista norteamericana humorística llamada Grist, especializada en información medioambiental, publicó un artículo en el que, por primera vez, se hablaba de “política posverdad”. El inventor del término, David Roberts, se refería a los políticos que negaban el cambio climático, pese a toda la evidencia científica que existía al respecto. Han pasado seis años y la expresión “época posverdad” está presente en multitud de análisis en medio mundo. Se está utilizando la mentira en política de una manera más intensa y con mayor capacidad de penetración que nunca, advertía The Economist en un reciente editorial.
¿Mienten los políticos más que nunca? No cabe duda de que los políticos han tenido siempre una relación peculiar con la verdad. Pero una cosa es exagerar u ocultar, y otra, mentir descarada y continuadamente sobre los hechos. Personajes políticos como Donald Trump o como algunos de los protagonistas de la campaña del Brexit no han sido muy frecuentes en la historia de las democracias o, por lo menos, no han llegado a puestos de responsabilidad tan grandes. Cada vez más políticos se incorporan a la época posverdad, sin que los medios de comunicación hayan sido capaces de frenar ese avance ni las opiniones públicas sean capaces de castigar esa actitud, tal vez como consecuencia de lo anterior.
Abundan los políticos que no se preocupan por si lo que dicen tiene relación con la realidad. En España, por ejemplo, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha negado en numerosas ocasiones hechos sobre los que existía total certeza. Ya no se trata solo de una característica peculiar de una persona concreta, sino de una táctica, una manera de enfocar la relación con los ciudadanos en la que lo que se dice, se mantiene y reafirma puede ser absolutamente mentira, sin que eso tenga la menor relevancia. La negación absoluta de los hechos, de los datos y de la evidencia, sin la menor precaución ni decencia, está a la orden del día en conferencias de prensa, comparecencias públicas y discursos ante Parlamentos o instituciones.
El inventor del término, David Roberts, se refería a los políticos que negaban el cambio climático, pese a toda la evidencia científica que existía al respecto
¿Por qué no reaccionan los ciudadanos? Hace ya tiempo que se sospecha que los votantes no se inspiran por los principios de la Ilustración, decía Roberts; no reúnen datos, sacan conclusiones y eligen después al partido que más se acerca a esas conclusiones, sino que proceden de manera totalmente distinta. Primero eligen tribu, después adoptan los principios de esa tribu y finalmente eligen aquellos datos que apoyan esas posiciones, despreciando todos los demás.
¿Qué ha pasado con el dictamen de los expertos? Se suponía que los ciudadanos, y los periodistas, que en muchas ocasiones no están en condiciones de decidir inmediatamente si algo es verdad o mentira, recurrirían a los expertos para desenmascarar a los mentirosos. Pero en esta época posverdad, los expertos han puesto tantas veces su ideología o su soberbia por encima de cualquier otra cosa que los ciudadanos y periodistas desconfían de ellos como nunca antes. ¿Acaso no declararon verdades científicas cosas que poco después se demostraban equivocadas? El posicionamiento de las instituciones tampoco sirve para contrarrestar la época posverdad, porque en muchas ocasiones esas instituciones han sido capturadas por poderes financieros que tampoco tienen reparo en negar frontalmente la realidad.
La lucha contra la política de la posverdad empieza, sin embargo, a tomar forma, ayudada por decisiones como la de The New York Times, que ha renunciado al famoso principio periodístico de dar dos versiones enfrentadas y equivalentes. Por primera vez, el diario tituló el otro día en primera página que Trump era un mentiroso. No se trata de decir a la gente lo que debe pensar, explicó el director del diario; se trata de decir quién miente.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/09/23/opinion/1474647422_293415.html