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viernes, 20 de diciembre de 2019

LECTORANTES

PERSPECTIVAS
Leer en el siglo XX y en el XXI
Gustavo Guerrero

En 1996, en esos últimos años del siglo XX que fueron como la bisagra no solo entre dos milenios sino entre dos épocas o períodos históricos, el argentino Alberto Manguel publicó en Estados Unidos un libro que, en apenas unos meses, fue traducido a nada menos que veinte lenguas. Estoy seguro de que muchos de nosotros lo leímos con fruición cuando apareció en su versión española, en 1998. Se trata, como sin duda ustedes recuerdan, de Una historia de la lectura, ese vasto recuento de más de cuatrocientas páginas sobre las distintas maneras de leer y los diferentes tipos de libros que se han sucedido en el tiempo, desde la Antigüedad hasta el momento contemporáneo. Entre sus numerosas virtudes, el ensayo de Manguel tenía la de ser una buena vulgarización de un sinnúmero de trabajos universitarios que se venían realizando por entonces en torno a estos temas no solo en Estados Unidos sino también en Europa y Latinoamérica. Digamos que las exitosas páginas del ensayista argentino fueron algo así como la vitrina más visible para el gran público de una importantísima corriente intelectual que, a fines del siglo XX, señaló la emergencia de una especialidad que hoy conocemos, en los medios académicos, como la Historia del Libro y la Lectura.

¿Cómo se define esta disciplina? ¿Y qué es lo que analiza o de qué se ocupa? Básicamente, y para decirlo del modo más simple, se trata de estudiar las distintas maneras cómo los lectores de las más diversas geografías del planeta se han ido apropiando, a través de los siglos, de los contenidos textuales inscritos en los más variados soportes. ¿Cómo hemos pasado, por ejemplo, del pergamino manuscrito al libro impreso y del libro impreso al libro electrónico o a la tableta? ¿Y qué han implicado estos cambios en nuestro modo de acercarnos a los textos? O bien, ¿cómo se forma un público lector en una época dada? ¿Quiénes educan a los lectores y con qué instrumentos y con qué objetivos se les enseña a leer? O, en fin –mi último ejemplo–, ¿qué significa leer en voz alta o en silencio, leer por obligación profesional o por puro placer, leer para mantenerse informado y participar en la vida de una comunidad, o leer para conocerse mejor a sí mismo y explorar zonas desconocidas de nuestro fuero íntimo?

La Historia del Libro y de la Lectura trata de responder hoy a todas estas preguntas e interrogantes. Su campo de trabajo es amplio y riquísimo, ya que toca áreas tan diferentes como la antropología, la política, la psicología, la educación, la literatura y las nuevas tecnologías, entre muchos otros. Quizás una de las mejores definiciones recientes que se ha dado de esta especialidad compleja y proteiforme es la que nos ofrece el argentino Alejandro E. Parada en un ensayo reciente donde la vincula con la Historia de la Cultura Escrita. Dice este investigador:

"Cuando intentamos (hablamos ahora solo de un intento) decir e identificar ¿qué es la Historia de la Lectura?, estamos inmersos en un área genérica propia de la Nueva Historia Cultural y, en forma particular, dentro de un campo de la Historia de la Cultura Escrita que denominamos, en modo singular, Historia de la Lectura, y cuyos objetivos se centran en estudiar las prácticas, representaciones, usos, apropiaciones y respuestas que hacen los lectores de los textos en el tiempo y que ocasionan individual y colectivamente cambios en sus modos de pensar y accionar en el mundo (real o imaginario, poco importa)"  [«Historia de la Lectura, debate en torno a su definición», Información, cultura y sociedad n° 37, diciembre 2017, pp. 149-150.]

Este último aspecto de la definición, o del intento de definición de Parada, es fundamental porque responde a una pregunta que nos concierne a todos y que le atribuye a la Historia de la Lectura la misión de estudiar cuál es el papel del acto de leer como factor de cambio social. O para decirlo de otro modo, Parada nos hace ver que la Historia de la Lectura no solo se ocupa de analizar la manera cómo la práctica de la lectura cambia en el tiempo, sino también cómo la lectura se vuelve, a su vez, un elemento trasformador de la vida individual y colectiva. De hecho, para algunos estudiosos del tema, como David Finkelstein y Alistar McCleery, una de las funciones primordiales de la Historia de la Lectura es dar cuenta de cómo esta práctica actúa en la historia como una fuerza de cambio y transformación, con tanta eficacia que sería imposible narrar hoy la historia de la evolución de las sociedades modernas sin referirse al rol que la lectura ha desempeñado en ellas. [David Finkelstein y Alistair McCleery, «Aproximaciones teóricas a la historia del libro» en Una introducción a la historia del libro, Buenos Aires, Paidós, 2014.]

Quisiera situar nuestra reflexión dentro del marco de este concepto de la disciplina que la caracteriza, a la par, como el examen de las transformaciones de la propia lectura y como la exploración de las transformaciones que la lectura hace posibles. No es otro el lugar intelectual desde donde se han venido enunciado, desde hace ya dos décadas, distintos trabajos latinoamericanos que ponen de manifiesto el vigor y la creatividad del campo de la Historia de la Lectura en nuestro continente. Sin ir más lejos, se ha publicado en Bogotá un magnifico volumen colectivo intitulado Lectores, editores y cultura impresa en Colombia, siglos XVI a XXI (2018), dirigido por los profesores Diana Paola Guzmán y Álvaro Garzón Marthá, una coedición del CERLALC y la Universidad Jorge Tadeo Lozano. En ese libro se conjuntan estudios de diecisiete especialistas que, desde los puntos de vista más diversos (sociológico, antropológico, bibliográfico, filológico y literario) recorren las diferentes edades de la lectura en Colombia, entre el período colonial y la edición contemporánea, pasando por las imprentas de la Independencia, por la formación de los lectores en el siglo XIX y por las campañas de alfabetización en el siglo XX.

También en otros países latinoamericanos la especialidad conoce actualmente un auge sin precedentes, como es el caso de Argentina donde se editó, en 2012, el volumen colectivo Historia de la lectura en Argentina. Del catecismo colonial a los netbooks estatales, dirigido por Héctor Rubén Cucuzza y Roberta Paula Spregelburd. En él se recopilan, como en el libro colombiano, estudios sobre las distintas épocas, los diversos soportes y los diversos modos de leer que se han sucedido en la historia del país sureño. Dos años antes, en 2010, se editó asimismo en México el volumen Leer en tiempos de la colonia. Imprenta, bibliotecas y lecturas en la Nueva España dirigido por Idalia García Aguilar y Pedro Rueda Ramírez, un conjunto de trabajos más especializados sobre los siglos XVI y XVII. Existe además un buen número de libros recientes sobre el tema publicados en Chile, Brasil, Uruguay, Perú y Venezuela; pero quizás una de las muestras más accesibles de los trabajos en curso está en el dossier que se publicó en 2012 con el número 18 de la revista electrónica argentina Orbis Tertius. En él alternan ensayos de investigadores colombianos, venezolanos, argentinos, uruguayos y chilenos sobre prácticas y representaciones de la lectura, esencialmente contemporáneas.

Como lo ha mostrado uno de los maestros y fundadores de la Historia de la Lectura, el francés Roger Chartier, en América Latina el examen de la lectura y de sus prácticas, representaciones y funciones no tiene las mismas fuentes que en Europa y tiende a asociarse principalmente con tres problemáticas específicas y propias de nuestra trayectoria histórica: en primer lugar, la formación de las naciones y de las comunidades nacionales latinoamericanas a partir del siglo XIX; luego, las campañas de alfabetización y la enseñanza de la lectura en los siglos XIX y XX; y por último, la historia de la literatura y las circulaciones literarias entre las dos orillas del Atlántico entre los siglos XIX, XX y XXI [Roger Chartier, «La historia de la lectura en América Latina, vista desde Francia», Magallánica, Revista de historia moderna, 1/1, julio-diciembre 2014, pp. 26-33]. Para llegar al momento contemporáneo, al momento de tránsito entre la lectura del siglo XX y el de la del siglo XXI, podemos esbozar un rápido recorrido por nuestra historia de la lectura a través de las tres problemáticas que señala Chartier.

Si se la pone en perspectiva, sobre el eje de una duración larga de tres siglos, nuestra historia se presenta como un relato que arranca con una cifras muy precarias y poco esperanzadoras. Sabemos que la población latinoamericana a principios del siglo XIX, cuando estallan los movimientos de independencia, giraba alrededor de los dieciocho millones de habitantes desigualmente repartidos por el continente. Entre ellos, sólo se contaban unos tres millones de hablantes de español que, en su mayoría, ni leían ni escribían. La difusión del español como lengua común y la enseñanza de la lectura y la escritura en español van a ser obra principal de nuestras repúblicas independientes a lo largo del siglo XIX, partiendo de una situación muy desventajosa que obedece en buena medida al legado de la Colonia y a las restricciones que la monarquía española impuso no solo a la fabricación y circulación de materiales impresos sino incluso a la lectura misma.

En efecto, como es sabido, la historia de nuestra relación con la lectura está marcada por las políticas contrarreformistas de la monarquía católica española, que buscaban controlar, desde los comienzos mismos de la colonización, la difusión de la imprenta, la circulación de impresos y el acto de leer. Si la reforma protestante es impensable sin la aparición de la imprenta, sin la traducción y publicación de distintas versiones de la Biblia y sin la formación de nuevos lectores capaces de interpretar los textos sagrados, la contrarreforma católica combatirá la propagación del cisma controlando justamente las técnicas, los objetos y las competencias que posibilitaron la ruptura de la unidad religiosa en Europa. Domingo Faustino Sarmiento resume la situación en una frase a mediados del siglo XIX: «Para ser católico es necesario ante todo tener fe. El catolicismo lo dice. Para ser protestante es preciso saber leer para leer la Biblia». Nosotros somos hijos de esta historia. De ahí que, si dejamos de lado a México y Perú donde se introduce la imprenta en el siglo XVI bajo estricta supervisión eclesiástica y virreinal, en las demás zonas del continente haya que esperar hasta prácticamente la segunda mitad del siglo XVIII, para ver aparecer las imprentas en las principales ciudades. Esto no quiere decir que, en las colonias, no circularan textos en forma manuscrita o en libros impresos, pero esa circulación local, o fruto del comercio transatlántico, era controlada y restringida, y ante ella, el analfabetismo general de la población representaba sin lugar a duda el instrumento más eficaz de control social. A fines del siglo XVIII, el 85 % de la población de un territorio tan gigantesco como Brasil era analfabeta y en el mundo de habla hispana los porcentajes podían ser aún superiores, ya que el aprendizaje de la lectura estaba reservado en general a las castas españolas y criollas, y, excepcionalmente en México y Perú, a algunos miembros de las élites indígenas.

En Argentina, en Venezuela, en Colombia y en muchos otros lugares del continente, la imprenta empieza a introducirse, gracias a las reformas borbónicas, a mediados del siglo XVIII –cuatro siglos después de que la inventara Gutenberg– y con su llegada se va a producir una intensificación de la circulación de impresos y la formación de nuevas comunidades lectoras entre las minorías que saben leer y escribir y que pronto van a liderar el proceso de Independencia. Todos los colombianos conocen el ejemplo paradigmático de la famosa imprenta de Antonio Nariño y de la traducción y edición de la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano en 1794. Dicha edición va a activar las alarmas de la censura virreinal y llevará a la cárcel al propio Nariño y a su colega impresor Diego Espinosa, quien era nada menos que el hijo del director de la Imprenta Real de Nueva Granada, don Antonio Espinosa de los Monteros. Son estos pequeños grupos de lectores patricios los que van a contribuir decisivamente con la difusión y con la discusión de las ideas revolucionarias, republicanas y liberales que constituyen el soporte ideológico del movimiento independentista en todo el continente. No en vano nuestras guerras de independencia fueron también una guerra entre imprentas, publicaciones y lectores. Pequeños periódicos u hojas sueltas llevan y traen por entonces las noticias de la contienda y permiten fijar posiciones y trabar el debate ideológico. Así, en Venezuela es famoso el enfrentamiento feroz entre la Gaceta de Caracas, de tendencia realista, y el Correo del Orinoco, que era el órgano de prensa de los patriotas, publicado en Angostura.

Terminada la contienda, esta minoría lectora se encuentra ante la tarea de organizar unas «repúblicas del aire», como las llama Rafael Rojas, donde las imprentas oficiales publican constituciones, leyes y decretos que deben aplicarse a todos, pero que solo unos pocos ciudadanos pueden efectivamente leer y discutir. La escasa legitimidad democrática de nuestras repúblicas señoriales, donde solo votan y gobiernan los que saben leer y escribir, hace evidente en el siglo XIX que la viabilidad política de un proyecto nacional no puede disociarse de la alfabetización masiva. Para muchos de nuestros padres de la patria y de nuestros primeros liberales, la construcción de la nación en América Latina tiene que pasar por una ampliación de la comunidad de lectores y por la interiorización, a través de la lectura, de unos imaginarios y valores nuevos que garantice la cohesión social de distintos y dispares grupos humanos. Simón Bolívar, Andrés Bello, Simón Rodríguez, Benito Juárez o el ya citado Domingo Faustino Sarmiento, desde distintas latitudes, coinciden en ello. Por un lado, la prensa republicana asume así el papel de erigirse en foro popular de la vida pública y en espacio de un debate político que se quiere abierto y democrático; mientras, por otro, las novelas nacionales apelan a la sentimentalidad y a la formación de una sensibilidad común en la esfera privada. La Amalia de José Mármol (1841) en Argentina, el Martín Rivas (1862) de Blest Gana en Chile y la María (1867) de Jorge Issac en Colombia son todos intentos, como lo ha señalado Doris Sommer, de vincular la intimidad de los lectores latinoamericanos a la construcción de la nación y de ampliar así los públicos lectores nacionales. [Doris Sommer, Foundational Fictions, UCLP, 1991.]

Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de conservadores y liberales por desarrollar políticas de la lectura, bien a través de las órdenes religiosas, o bien a través de leyes que decretan una educación laica, gratuita y obligatoria, los resultados serán muy limitados y bastante desalentadores. Los porcentajes de que disponemos muestran que, a fines del siglo XIX, el 80 % de los brasileños, el 53 % de argentinos, el 57 % de cubanos, así como el 78 % de mexicanos y el 83 % de bolivianos eran analfabetos. Tenían razón los poetas modernistas, como José Asunción Silva o Rubén Darío, cuando se quejaban de casi no tener lectores en sus propios países. Entramos en el siglo XX con un déficit que muestra con una claridad prístina el fracaso de los proyectos decimonónicos de ampliación de nuestra comunidad de lectores y las enormes desigualdades que lastran a nuestras sociedades. De ahí que la alfabetización se convierta en una de las reivindicaciones principales de los distintos movimientos políticos que atraviesan el siglo XX, de la Revolución mexicana a la cubana, pasando por el peronismo, el aprismo y las corrientes indigenistas y feministas. Nuestra historia de la lectura reciente se confunde de esta suerte con una historia de la alfabetización que se declina a través de objetos como las bibliotecas populares, como las acciones pedagógicas y las campañas de aprendizaje y como los proyectos y los programas de promoción en los que muchos hemos participado.

La buena noticia es que, gracias a los esfuerzos realizados durante el siglo XX, empezamos el siglo XXI bajo mejores auspicios. Las cifras que dio a conocer el Instituto de Estadísticas de la UNESCO en 2016 ponen de relieve que, en los veintiséis años que corren desde 1990, nuestra tasa de alfabetización ha aumentado substancialmente, pasando del 85 % al 94 % de la población total del continente. Es decir, prácticamente hemos invertido los datos de fines del siglo XIX. En países como Argentina, Ecuador, Chile, Bolivia y Costa Rica se llega incluso a una tasa de alfabetización del 99 %, un nivel comparable al de Europa, Estados Unidos, el Sudeste y Este de Asia. Por supuesto, esto no significa que el problema esté completamente resuelto: de los seiscientos treinta millones de habitantes que tiene América Latina, todavía quedan unos treinta y dos millones de analfabetos. Además, un estudio reciente dado a conocer por la misma UNESCO en 2016, basado en un análisis de las pruebas PISA, ha puesto de manifiesto que un 36 % de los estudiantes latinoamericanos tienen problemas para entender lo que leen y sacar la información adecuada de los textos. La directora del ya citado Instituto de Estadísticas de la UNESCO, Sylvia Montoya, ha declarado a la prensa: «Que haya niños que no tengan las competencias básicas cuando se trata de leer párrafos muy sencillos y extraer información de los mismos yo lo consideraría como una nueva definición de analfabetismo. Carecer de comprensión lectora es una especie de discapacidad o de incapacidad para poder insertarse en la sociedad, poder votar y entender las propuestas de los candidatos, poder tener entendimiento de los propios derechos y deberes como ciudadano» [Ángel Bermúdez : «Van a la escuela pero no aprenden», BBC Mundo, 28 de septiembre de 2017, consultado el 30 de marzo de 2019]. Abundando en este mismo sentido, el investigador chileno Mario Waissbluth, director de la Fundación Educación 2020, lanzaba en 2016, en México, da una alerta al señalar que podíamos estarnos encaminando hacia un 60 % de adultos analfabetos funcionales en América Latina. [«América Latina : un continente de analfabetas funcionales», Noticias Flacso, México, 25 de abril de 2016, consultado el 1 de abril de 2019.]

Nuestra historia de la lectura conoce en el tránsito entre el siglo XX y el siglo XXI este momento paradójico en que los resultados de la alfabetización tan anhelada por fin se consiguen en el plano cuantitativo, pero de seguido aparecen como totalmente insuficientes en el plano cualitativo. Porque lo que está en juego, en estos principios de un nuevo siglo y milenio, es un asunto que toca a la calidad de la lectura. Hay que plantearse este problema y tratar de pensarlo hoy en el marco histórico de las transformaciones comunicativas, mediáticas y tecnológicas a las que hemos asistido en los últimos treinta años y que han venido a alterar profundamente no solo los soportes de los textos sino nuestra relación con ellos y con el acto de apropiárnoslos, leyéndolos. Para hacerlo, quisiera discutir brevemente tres coordenadas mayores en la configuración de la cultura contemporánea que, para muchos especialistas de nuestra disciplina, están afectando sensiblemente la práctica de la lectura. Se trata de tres fenómenos que tenemos que relacionar con los problemas que se están planteando en América Latina y en otros lugares del mundo a principios del siglo XXI.

El primero tiene que ver con el cambio de nuestra relación con el tiempo. Desde las últimas décadas del siglo pasado hemos entrado en un proceso de aceleración temporal sin precedentes dentro del mundo moderno. Según filósofos como el francés Paul Virilio, hoy vivimos como si nuestras vidas estuvieran chocando continuamente contra la barrera del tiempo y, según sociólogos como el alemán Hartmut Rosa, pareciera que nuestras sociedades hubieran alcanzado un punto crítico «más allá del cual se vuelve imposible sustentar la sincronización y la integración sociales» [Hartmut Rosa, Accelaration, una histoire sociale du temps, Paris, La Découverte, 2014]. Para Hartmut Rosa, este fenómeno de aceleración tiene tres dimensiones distintas que inciden en nuestras prácticas culturales y a cuyo influjo no escapa la situación actual de la lectura. La primera, y la más evidente, es la dimensión tecnológica: la revolución de las tecnologías del transporte, las comunicaciones y la producción le ha dado un ritmo incomparable al desplazamiento de personas y objetos en el mundo, al intercambio de información y a la fabricación y transformación de la materia y la energía. En segundo lugar, Rosa destaca la aceleración del cambio social propiamente dicho, es decir, el hecho de que existe una aumentación constante del ritmo de obsolescencia de nuestras experiencias, valores y expectativas, y por ende una inestabilidad creciente en las relaciones colectivas entre las generaciones y entre los individuos, así como también por lo que toca a nuestros vínculos con instituciones como la familia, la escuela o la nación. Por último, el sociólogo alemán le hace un lugar muy importante en su trabajo a lo que él llama «la aceleración del ritmo de la vida cotidiana» y que se manifiesta a la vez como una densificación de la cantidad de actividades que realizamos en la misma unidad de tiempo y como una reducción del tiempo que le dedicamos a cada una. Acaso el ejemplo más elocuente de ello es la generalización del multitasking que se traduce en la ejecución de varias acciones simultáneamente de manera concatenada.

La práctica de la lectura ha sido desde siempre una actividad sujeta a los contextos tecnológicos, socioculturales, políticos e históricos propios de las comunidades en las que ha aparecido y se ha desarrollado. En este nuevo capítulo de nuestra historia de la lectura que se abre con el siglo XXI, hay que incorporar la aceleración a la que estamos asistiendo a nuestro modo de entender esta actividad y a la adquisición de las competencias necesarias para dominarla y desarrollarla. Y es que estamos ante un contexto inédito por la cantidad y la velocidad de las informaciones que circulan en varios soportes distintos, por la rapidez con que los mensajes ganan y pierden actualidad, y por la incorporación del acto de leer a otro conjunto de acciones que estamos realizando sincrónica y cotidianamente en nuestro trabajo o en nuestra casa. El modelo de lectura que heredamos del siglo XX –la lectura silenciosa, individual e intensiva en soporte de papel– no solo ya no corresponde a la diversificación de los soportes que conocemos hoy, sino que tampoco tiene en cuenta la diversificación del acto mismo de leer en nuestras sociedades. Porque no es lo mismo ni exige la misma velocidad una lectura extensiva en la red o en las actualizaciones de Facebook o de Twitter, que una lectura intensiva y orientada a la memorización y a la adquisición de conocimientos en pantalla o en soporte papel. Creo que una de las claves para combatir el problema del analfabetismo funcional, que no es solo un problema latinoamericano sino también norteamericano y europeo, reside en la posibilidad de redefinir la lectura en plural y de concebir los distintos ritmos y actitudes que pide el acto de leer en función de los soportes, los medios, los contextos y los objetivos que lo determinan hoy. Porque no se puede leer de la misma manera ni con la misma cadencia una novela que un tweet, como no miramos de la misma manera un cuadro y un programa de televisión, ni escuchamos de la misma forma una canción y una conferencia. No estoy haciendo un juicio de valor: lo que me importa es insistir en la necesidad de diversificar nuestra idea de lo que es la lectura y de especializar las competencias que moviliza en el campo de la comprensión, de cara a la proteica realidad a la que nos confrontan los procesos de la aceleración contemporánea y uno de sus corolarios más sonados: el problema de los niveles de atención.

Junto a la aceleración, y estrechamente vinculados a ella, muchos especialistas de la lectura han destacado últimamente este peliagudo asunto, que también suele asociarse al crecimiento del analfabetismo funcional. Hay una polémica sorda, no siempre explícita ni abierta, entre quienes sostienen que las nuevas generaciones presentan un grave déficit de atención que está afectando el aprendizaje y la práctica de la lectura, y los que dicen que no se trata de un verdadero problema sino de un reajuste temporal de nuestro comportamientos y hábitos comunicacionales a la nueva ecología mediática que surge con la revolución tecnológica. Así, en una conversación que tuvo lugar en el Hay Festival de Cartagena en 2017, Michael Bhaskar, especialista en edición electrónica y autor de varios libros sobre lectura y comunicación en el mundo contemporáneo, decía lo siguiente:

"Hay evidencia de que, en un nivel muy básico, la tecnología digital está reprogramando nuestros cerebros y, en términos más puntuales, dificultando la sumersión en una lectura larga. Las redes sociales, por ejemplo, funcionan como una especie de bucle: siempre se quiere recibir más novedades y vemos cómo cada vez que nos llega una notificación o un e-mail, nos reconforta un pequeño toque de dopamina. Un estudio al respecto muestra que algunos trabajadores en oficinas llegan a revisar su bandeja de entrada hasta treinta y seis veces en una hora. Y cada vez que sucede eso, cada vez que revisas tus e-mails, pierdes la concentración en lo que estabas haciendo y no puedes volver a conectarte con tu tarea sino después de un largo periodo. Entre más veces revisamos nuestros teléfonos, nuestros e-mails –la persona promedio mira su teléfono cientos de veces al día–, más reforzamos la implementación en nuestra mente de un patrón que produce la necesidad de recibir novedades constantemente y de que saltemos de una cosa a la otra sin involucrarnos realmente en ninguna tarea. Un estudio de Microsoft mostró que, en el año 2000, los seres humanos, en promedio, podíamos mantener la concentración en una tarea durante doce segundos. Para 2013, este espacio de tiempo ya había caído hasta los ocho segundos, un segundo menos que lo que un pez dorado puede fijar su atención en algo. Sabemos, pues, que ya estamos peor que los peces dorados. Digo todo esto porque veo que se ha convertido en una presión para mí mismo. Noto que, cuando leo algo, sea para el trabajo, sea por placer, siento de repente esas ganas de dejar la lectura y distraerme. Me parece claro que nuestras mentes están ahora más fragmentadas que antes" [El futuro de la lectura, Peter Florence y Michael Bhaskar en conversación con Marianne Ponsford, Bogotá, CERLALC, 2018, pp. 20-21.]

Esta preocupación se expresa asimismo en la opinión de otros especialistas que tratan de analizar la dispersión a que están sujetas las nuevas generaciones ante las solicitaciones continuas de los medios y las redes sociales. Se parte del principio de que la atención de los jóvenes que han crecido inmersos en el mundo de los dispositivos digitales sería muy pobre, ya que muchos serían incapaces de concentrarse por largos periodos de tiempo ni sabrían tampoco dedicarse a una sola actividad a la vez. Habría como una especie de carencia que les hace incapaces de focalizar su atención y por ende de entrar en procesos complejos de adquisición de conocimiento personales y de una cultura vasta y rica. Su constante dispersión nos daría la medida de los efectos perversos de la aceleración temporal y el multitasking, pues cómo no advertir la incompatibilidad entre las exigencias de la lectura y la posibilidad de navegar en la red mientras revisas el buzón de correo electrónico, respondes a un tweet, hablas por teléfono, miras las fotos de los amigos en Facebook y borras varias canciones de tu playlist en Spotify.

Frente a estas posturas, que resultan bastante pesimistas y hasta apocalípticas, encontramos otras que nos llaman a tratar de entender mejor los cambios en marcha y a distinguir entre los distintos tipos de atención en función de los distintos tipos de lectura que se practican hoy. Porque la atención, como tantas facultades humanas, no es un don sino una construcción social que se aprende de cierta manera en la escuela y, en particular, a través de la lectura silenciosa, intensiva y en soporte papel, que es una de las primeras experiencias de concentración para los niños. La profesora norteamericana Katherine Hayles califica a este tipo de atención voluntaria de «atención profunda» y la describe como «el estilo cognitivo asociado tradicionalmente a las humanidades, ya que se caracteriza por la concentración sobre un solo objeto por largos periodos de tiempo (por ejemplo, una novela de Dickens), ignorándose todo estimulo exterior y prefiriéndose una sola fuente de información». Pero, junto a este tipo de atención, Hayles le hace un lugar asimismo a otro tipo de atención que ella llama «la hiper-atención» y que se caracteriza «por cambios rápidos de focalización entre diferentes tareas, con una clara preferencia por múltiples fuentes de información en busca de un alto nivel de estimulación y con un nivel de baja tolerancia ante el aburrimiento». Si la atención profunda es una facultad esencial para la adquisición de conocimientos y la resolución de problemas complejos que corresponden a un mismo campo de reflexión, la hiper-atención, por su parte, resulta excelente «para negociar cambios rápidos del entorno en el cual varios focos informativos rivalizan para captar nuestra atención, siendo por el contrario muy deficiente cuando se tratar de focalizaciones largas sobre objetos no interactivos como una novela victoriana». [Katherine Hayles, “How we Read: Close, Hyper, Machine”, ADE Bulletin 150, 2010, pp. 62-78.]

Lo que quisiera retener de las ideas de Hayles es que, para entender la lectura en el siglo XXI, tenemos que aceptar que la nueva ecología tecnológica y mediática en que estamos inmersos ofrece modelos de atención que operan en contextos distintos por lo que toca a nuestra manera de acercarnos y apropiarnos de una información textual o no textual. Reconocer la existencia de estos distintos comportamientos atencionales es el primer paso para no seguir confundiéndolos y para discriminar entre los tipos de lectura que pueden efectuarse con cada uno de ellos. Porque no se lee con la misma atención cuando se efectúa una búsqueda en línea y en un servidor de internet donde se seleccionan diez o doce documentos a la vez, que cuando leemos una novela o un libro de historia o de física. Aprender a leer en el siglo XXI supone, a mi modo de ver, aprender distintas disposiciones y actitudes para la lectura que movilizan competencias diferentes en los individuos y que no deben mezclarse ni encabalgarse so pena de fracasar en todas ellas y de acabar alimentando las estadísticas del analfabetismo funcional.

Por último, junto al problema de la aceleración y de los niveles o registros de atención, quisiera concluir con algunas palabras sobre los viejos y los nuevos placeres de la lectura a principios de este nuevo siglo. En una encuesta de 2012 sobre el comportamiento de los lectores en España y América Latina, el Cerlalc nos muestra que siguen siendo pocos los lectores de libros en nuestro ámbito cultural, pero, al mismo tiempo, nos da una buena noticia: a saber, que, entre los que leen libros, un porcentaje muy importante lo hace por el puro placer de leer. Un 86 % de los españoles, un 79 % de los argentinos, un 49 % de los brasileños, un 44 % de los chilenos y un 37 % de los colombianos que leen libros, dicen que lo hacen por simple placer, por gusto o por necesidad espontánea [El espacio iberoamericano del libro, CERLALC, Bogotá, 2012, pp. 69-83]. La lectura silenciosa, individual e intensiva de un solo objeto textual sigue siendo así, en el siglo XXI, una fuente de deleite incluso entre las nuevas generaciones, como lo muestran los éxitos comerciales de sagas como la de Harry Potter o El mundo de Narnia, o, más cerca de nosotros, la trilogía distópica de Suzanne Collins, The Hunger Games (2008). Sin embargo, esto no debe de ser un obstáculo para que podamos hacerle un lugar paralelamente a los nuevos placeres que genera la aparición de una ecología mediática y tecnológica inédita. Tal y como lo ha señalado la investigadora francesa Claire Bélisle:

"Con el libro de papel, el placer de leer suele asociarse a la lectura de novelas, de relatos históricos, de ciencia-ficción o de comics, mientras que con la pantalla el placer de leer se vive a través de los blogs, de los correos electrónicos, del hilo de Twitter, de los chats, de los resultados de una búsqueda, de la exploración de portales en la red o de las páginas personales de nuestros colegas y amigos… Así que no solo cambia el soporte sino también las razones para leer, los materiales que se leen y los momentos de lectura, que ya no se viven como momentos de soledad sino, por el contrario, como momentos de contacto, intercambio y comunicación" [Claire Bélisle, Lire dans un monde numérique, Villeurbaine, 2011, consultado en línea el 4 de abril 2019.]

La profesora Bélisle subraya que los nuevos placeres de la lectura proceden esencialmente de la conectividad que permite compartir, intercambiar, crear y recrear informaciones textuales y no textuales en línea, así como también intervenir en los textos en pantalla a través de la interactividad de las redes y vivir experiencias de inmersión dentro del universo digital de un portal o de una obra literaria, cinematográfica o pictórica. Pero las cosas no son tan claras ni tan simples. A propósito de estos nuevos placeres, otros investigadores como el ya citado Michael Bhaskar o Simon Sinek han venido denunciando la atracción casi adictiva que pueden producir en los jóvenes e incluso entre los menos jóvenes al provocar descargas constantes de dopamina que crean una dependencia en los sujetos. Este es un problema que, en cualquier caso, habrá que investigar con nuevos estudios. Recordemos que también en el pasado muchos hombres de iglesia y muchas buenas conciencias les advertían a los estudiantes que si leían demasiadas novelas se podían volver locos como don Quijote o Madame Bovary. Sea cual fuera la realidad de dicha amenaza, lo importante por ahora es que retengamos que, para entrar con buen pie en el siglo XXI, nuestra historia de la lectura, la historia que todos estamos escribiendo, debe aprender a distinguir entre los distintos tipos de lectura que se están difundiendo en nuestras sociedades y enseñar a adaptar cada uno de ellos a la temporalidad, al nivel de atención y a los placeres que suscita. Porque estamos entrando en un siglo en el que cohabitarán distintos soportes y prácticas comunicativas que hay que aprender a administrar en nuestras vidas. El libro de papel y la cultura que lo acompaña no van a desaparecer con la aparición del libro electrónico y las pantallas, como no desapareció la radio cuando se inventó la televisión ni el teatro cuando surgió el cine. En vez de adoptar actitudes catastróficas o alarmistas, es mejor y más útil, creo, aprender hoy a respetar los fueros de cada cual y tener la disciplina necesaria para no mezclarlos ni confundirlos.

Aún más, pienso que lejos de desaparecer, la lectura tradicional en silencio, intensiva y en soporte papel puede tener una nueva función y adquirir un nuevo valor emancipatorio en esta época hiperconectada, ya que se puede erigir en uno de los espacios de libertad que nos permiten ejercer nuestro derecho a la desconexión y al cultivo de nuestra subjetividad, al diálogo con esa impertinente vocecita que todos llevamos dentro. Porque uno de los mayores deleites que nos ofrece la lectura intensiva, como muchos de ustedes saben, está en los niveles de abstracción con que nos abduce y nos saca del tiempo, hasta hacer que nos identifiquemos completamente con los personajes y el mundo de la historia que estamos leyendo. «No hay días de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud –decía Marcel Proust– como aquellos en que no nos vimos vivir porque los pasamos con nuestro libro preferido». Esa posibilidad, ese placer y ese derecho no lo debemos perder en el tránsito entre el siglo XX y el XXI. Creo que debemos asociarlo más bien a nuestras reivindicaciones sociales a través de las políticas de promoción de la lectura y al combate que nos espera en América Latina y en otros continentes contra la amenaza del analfabetismo funcional.

[Conferencia leída en el acto inaugural del Congreso de la Lectura realizado en el marco de la Feria del Libro de Bogotá en abril de 2019]

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viernes, 24 de junio de 2016

CARPENTIER CONTRA CARPENTIER



¿Lo real maravilloso o artimañas literarias?
Mario Vargas Llosa

Cuando Alejo Carpentier afirmó: "Yo soy incapaz de 'inventar' una historia. Todo lo que escribo es 'montaje' de cosas vividas, observadas, recordadas y agrupadas, luego, en un cuerpo coherente"1 dijo una verdad muy mentirosa. Porque, aunque es cierto que su material de trabajo para crear ficciones era la historia documental, las fuentes escritas para investigar el pasado, también lo era que, en el proceso de convertir en novela aquella materia prima, sometía ésta a una transformación tan radical que en la ficción pasaba a ser una realidad inventada de pies a cabeza, emancipada en cuerpo y alma de su modelo. Deshacer y rehacer la historia, mudada en ficción, era la manera propia de Carpentier de inventar historias.
     Alcanzó, en esto, una maestría consumada, a partir de 1949, cuando apareció su primera obra maestra, El reino de este mundo, acaso la mejor de sus novelas y una de las más acabadas que haya producido la lengua española en este siglo. (Antes, en 1933, había publicado una novela regionalista, ¡Ecué-Yamba-O!, que, luego, con perfecta lucidez, desdeñó.) El punto de partida de El reino de este mundo fue un viaje que hizo a Haití, en 1943, acompañando al actor Louis Jouvet, en el que visitó la Ciudadela La Ferriere, la Ciudad del Cabo, las ruinas de Sans-Souci y buena parte de los lugares donde ocurre la novela. Pero si este viaje disparó la imaginación de Carpentier sobre el mundo de Henri Christophe y las largas luchas por la independencia de Haití, los verdaderos materiales que utilizó para El reino de este mundo no fueron cosas que vio y oyó, sino que leyó. También en este caso, como en todas sus ficciones futuras, su inspiración fue libresca.
     Los críticos que se han ocupado de esta novela —Roberto González Echevarría, Richard A. Young, Nury Raventós de Marín y otros— han subrayado que casi todos los personajes y sucesos de El reino de este mundo tienen una correspondencia en la realidad histórica. Pero quien ha llevado a cabo el más exhaustivo trabajo de arqueología de las fuentes que aprovechó Carpentier es Emma Susana Speratti-Piñero.2 En su notable investigación, demuestra que la novela es un "mosaico increíble" de datos históricos, mitológicos, religiosos, etnológicos y sociológicos recogidos por Carpentier en libros de viajeros, historiadores, en correspondencias, artículos especializados, biografías y manuales de mera divulgación o popularización, refundidos y organizados en un orden compacto para dar una versión literaria —es decir, ficticia— de las luchas independentistas y de los primeros años de vida soberana de Haití. La doctora Speratti-Piñero prueba que prácticamente no hay en la novela un solo personaje (ni siquiera Ti Noel), ni un episodio, y aun detalle o motivo que no tenga raíces bibliográficas. Y, sin embargo, de esta comprobación no resulta, en modo alguno, empobrecida la originalidad de El reino de este mundo ni el talento creativo de su autor. Por el contrario, la exposición de las fuentes utilizadas por el novelista cubano sirve para desvelar, de manera íntima, el procedimiento de transmutación de una realidad histórica en realidad ficticia de que Carpentier se valía para emancipar su ficción de todo sometimiento o dependencia de sus fuentes e imponerse al lector como un mundo original, dotado de unos rasgos y movimientos, colores, leyes, personajes, acciones y de un sistema temporal absolutamente propios e intransferibles. Pocas veces, en la crítica latinoamericana, un trabajo de paciente erudición ha sido tan fecundo para iluminar el encaminamiento mediante el cual un escritor de genio saquea el mundo real, lo desmenuza y reconstituye con la palabra y la fantasía para oponerle una imagen literaria.
     Ningún lector que se enfrente a esta novela sin estar al tanto de su gestación, sospecharía que todos los sorprendentes acontecimientos y los inusitados personajes que la pueblan son "históricos", ni siquiera realistas. La historia que cuenta parece mucho más cerca de lo legendario, lo mítico, lo maravilloso y lo fantástico que del mundo objetivo y la pedestre realidad. Pero esta impresión no resulta de la historia que El reino de este mundo cuenta, sino, exclusivamente, de la astuta y originalísima manera en que el narrador cuenta la novela. El discurso del narrador, de palabras rebuscadas —muchas de ellas extraídas de diccionarios y vocabularios especializados— se halla en las antípodas del que finge lo espontáneo, la oralidad. Este estilo representa, más bien, la voz engolada del discurso escrito, de lo leído y premeditado, de lo corregido y repensado, de lo artificial. Pero, pese a su semblante fabricado, es de una gran precisión a la hora de designar el objeto y describirlo, y de un extraordinario poder de síntesis: describe a pinceladas rápidas, sin insistir ni repetir. Su característica mayor, además de la exactitud —nunca vacila ni yerra a la hora de adjetivar— es la sensorialidad lujosa, la manera como se las arregla para que la historia parezca entrarle al lector por todos los sentidos: la vista, el oído, el olfato, el sabor, el tacto. Un estilo en el que, curiosamente, lo amanerado no está reñido con la vida del cuerpo, donde el adorno realza lo vital.

     De este estilo, que, a diferencia de otros, los de las novelas "realistas", no niega lo que es —pura literatura—, se vale el narrador para dotar al mundo ficticio de uno de sus rasgos prototípicos, el que más lo aleja de la realidad real y lo vuelve realidad inventada: el tiempo. Toda ficción tiene un tiempo, creado para ella y por ella, y que sólo existe allí. El tiempo de El reino de este mundo es, gracias al estilo, lentísimo, de cámara lenta, tanto que el lector tiene a menudo la sensación de que el tiempo se ha detenido o sido abolido, como ocurre en los grandes frescos, en las imágenes inmóviles de las pinturas. Y esta sensación se debe a que cada capítulo tiene un tiempo propio —una sucesión o acumulación de ocurrencias—, pero, entre capítulo y capítulo, no hay flujo cronológico, una continuidad anecdótica que dé la impresión de un transcurrir. La historia de la novela no avanza como el tiempo "real", que fluye a la manera de un río, sin detenerse nunca. Más bien, salta de un periodo a otro —de un cuadro a otro—, como si aquéllos no estuvieran enlazados en una secuencia, sino yuxtapuestos, conservando cada uno su autonomía temporal. Por eso, leyendo esta novela el lector tiene la sensación de estar recorriendo una galería de grandes murales dispuestos en fila, pero desconectados cronológicamente.
     Aunque, saliendo de la ficción, y cotejándola con los hechos históricos que le sirven de materia prima, podemos decir que El reino de este mundo cubre un periodo de unos ochenta años —de 1751 a 1830 más o menos— pues ese es el tiempo que media entre la conspiración del manco Mackandal y el establecimiento del gobierno republicano y la imposición del trabajo agrícola obligatorio, lo cierto es que, ciñéndonos a los datos contenidos en la novela, esta averiguación es imposible. Para crear ese tiempo propio, distinto, el narrador ha borrado las pistas, eliminando todas las fechas —no hay una sola en el libro— y limitándose a vagas referencias temporales ("Sobre todo esto habían transcurrido veinticinco años", "...esto duraba ya desde hacía más de doce años..."), de modo que, por ejemplo, es imposible establecer la edad de los personajes, incluida la del que sirve de hilo conductor de la historia, Ti Noel, de quien sólo llegamos a averiguar con certeza que muere muy anciano.
     La cualidad plástica del estilo hace que el lector sienta que, en cada capítulo, no pasan sino hay muchas cosas. Y cada capítulo consta siempre de uno o dos cráteres, hechos centrales, llamativos, de gran concentración de vivencias, en torno a los cuales parece girar todo lo demás. Separados por intervalos a veces muy largos, los capítulos de la novela arman un desfile de periodos temporales estáticos que se complementan, pero sin integrarse en un transcurrir parejo y sistemático. Ese tiempo es, como el narrador, una completa ilusión: una invención.
     La perspectiva mítica: los mundos del narrador
     No menos notable ni original que la invención de un sistema temporal ficticio, es la creación del espacio en El reino de este mundo, un espacio que, aunque modelado a partir de un espacio y una historia reales, se va transformando en algo esencialmente distinto —real maravilloso lo llama Carpentier, en su prólogo de 1949 a la novela, pero se podría llamar, tal vez, de una manera menos surrealista, legendario o mítico—, gracias a los habilísimos movimientos de un narrador que la señora Speratti-Piñero ha descrito con exactitud: "reducción, ampliación, desmembramiento, redistribución, combinación, contradicción, cambio de intención y de tono" (p. 106) de los materiales recogidos en las fuentes librescas.
     El narrador se vale de las mayúsculas para impregnar de solemnidad y nimbar de un aura religiosa ciertos hechos, seres o creencias, que, realzados de esta manera sobre los otros, van erigiendo una dimensión espiritual o mágica en la realidad ficticia: los Grandes Pactos, el Falso Enemigo, Aguasú, Señor del Mar, las Oraciones del Gran Juez, de San Jorge y la San Trastorno, las Muletas de Legba, el Señor de los Caminos, la Batería de las Princesas Reales, la Puerta Única, y, por supuesto, los Loas del vudú —Loco, Petro, Ogún Ferraille, Brise-Pimba, Caplao-Pimba, Marinette Bois-Cheche y otros— son más que nombres propios que ameriten aquella distinción ortográfica. Como no están definidos ni explicados, mencionados desde la perspectiva de quienes ya saben quiénes son y creen en ellos (por un sinuoso narrador que para nombrarlos se coloca cerquísima de aquellos creyentes), para el lector son figuras llamativas, espectáculos que, de tanto en tanto, colorean fugazmente la realidad ficticia, agrietándola y revelando en ella un trasfondo fantasmagórico, de dioses, diosecillos y seres malignos, y conjuros y otras fuerzas espirituales cuyo benéfico o maléfico poder opera desde la sombra en los hechos históricos y las peripecias individuales. Esas estratégicas mayúsculas van sembrando la realidad ficticia de misterio, revelando que ella está hecha, también, de un nivel sagrado al que sólo se accede a través de la fe y las prácticas mágicas.
     La astucia del narrador hace que este nivel esté constantemente asomando en su relato, pero, siempre, desde la perspectiva de los personajes cuya credibilidad, ingenuidad o miedos y esperanzas sostienen en pie aquella dimensión mágico-religiosa con la que el narrador —en eso consiste su astucia— jamás se compromete pues nunca le da su propio aval. 
Además de las mayúsculas, otros tres procedimientos contribuyen a mitificar la realidad ficticia, a desrealizarla y darle consistencia esencialmente literaria. El primero consiste en reorganizar el orden de las cosas de este mundo en forma de desfiles o colectividades compactas que se despliegan ante el lector como una cinta animada, lo que introduce, de tanto en tanto, en este tiempo lentísimo y casi suspendido, súbitas agitaciones, bruscos reordenamientos que agrupan en una secuencia narrativa a objetos y seres (de este u otro mundo) y acciones en unidades gregarias, atraídas y emparentadas por una recóndita sanguinidad: "La mano traía alpistes sin nombre, alcaparras de azufre, ajíes minúsculos; bejucos que tejían redes entre las piedras; matas solitarias de hojas velludas, que sudaban en la noche; sensitivas que se doblaban al mero sonido de la voz humana..."3 No se trata de meras enumeraciones; estas cascadas o aluviones de objetos delatan un parentesco secreto entre cosas que la simple visión objetiva no detecta, que sólo se hace visible gracias a la iniciativa de un personaje dotado de poderes especiales (en este caso Mackandal), de una percepción capaz de traspasar lo ordinario y detectar lo extraordinario (el orden secreto del mundo). A veces, como en la noche en que estallan las trompas del caracol, no es un ser humano, sino un sonido, una música, la que de pronto llama e integra en una unidad a una vasta, dispersa y hasta entonces desconocida familia: "Era como si todas las porcelanas de la costa, todos los lambíes indios, todos los abrojines que servían para sujetar las puertas, todos los caracoles que yacían solitarios y petrificados, en el tope de los Moles, se hubieran puesto a cantar en coro" (p. 96). La cantidad y variedad de estas enumeraciones (he registrado una veintena, y sospecho que hay más) van manifestando, en el curso del relato, algo más profundo que un adorno retórico: una predisposición congénita de la realidad ficticia a organizarse de manera serial, por conjuntos o asambleas de objetos que, desbordando sus confines, se acercan y afilian obedeciendo a íntimos mandatos. Este orden soterrado de la realidad no es objetivo y por lo mismo verificable; su arbitrariedad sólo se explica —y justifica— en función de una perspectiva subjetiva (mágico-religiosa).
     Las cosas animadas
     El segundo procedimiento consiste en dotar a lo inanimado de animación, de vivificar lo material insuflándole un alma, un espíritu, y mostrando a las cosas de manera que parezcan dueñas de iniciativa, de libre albedrío. Dicho así, da la impresión de que el narrador, empleando este recurso, abandonara el nivel de realidad objetivo y saltara a lo fantástico, a un mundo maravilloso, de total subjetividad, irreconocible a través de la experiencia racional del lector. No es así. El territorio en el que transcurre esta originalísima novela no es el fantástico, sino el mítico o legendario, que está como a caballo entre la realidad histórica y la fantástica —entre lo objetivo y lo subjetivo—, y cuya ambigua sustancia se nutre por igual de lo vivido y lo fantaseado o soñado. Para efectuar esta transformación del objeto —su humanización, diríamos— el narrador hace gala de esa formidable capacidad de tránsito de que dispone, y se coloca, utilizando a veces el estilo indirecto libre y a veces no, en la perspectiva (que conviene no confundir con el punto de vista) de uno o varios personajes, de grandes colectividades a veces, para quienes aquella animación recóndita de la materia es artículo de fe. De este modo, sin identificarse con el punto de vista de estos personajes, conservando una mínima —a veces infinitesimal— distancia de ellos, el narrador se las arregla para impregnar subjetivamente de milagro y maravilla una realidad histórica, sin, empero, convertirla en fantástica, manteniéndola levemente sujeta a la vida objetiva, en la que, sin embargo, las leyendas y los mitos coexisten, y, a menudo, devoran la experiencia histórica.
  Los críticos llaman metonimia a este procedimiento y lo definen como una figura retórica que consiste en confundir el efecto con la causa, o fingir tal cosa mediante la omisión de ésta y la exclusiva exposición de aquél. Yo prefiero llamar a este método de narrar una variante del dato escondido, la adopción de una elipsis, que, al eliminar una parte importante de la información, produce una subversión o trastorno esencial en lo narrado. "La ciudad es buena. En la ciudad una rama ganchuda encuentra siempre cosas que meter en un saco que se lleva al hombro" (p. 132). La mano de Ti Noel que sujeta y pone en movimiento a la "rama ganchuda" ha sido abolida, de modo que ésta, automáticamente, se apropia de aquellas propiedades que permiten a la mano (a Ti Noel) convertir la rama en instrumento. La omisión transforma a este ser pasivo en activo, lo anima e independiza, lo torna sujeto actuante. Sin embargo, aunque esto ocurra en el curso de estas frases, debido a ese movimiento de ocultación —a ese pase de prestidigitación del narrador—, el contexto recuerda, allá, en la periferia del episodio, que, en verdad, hay alguien, invisible, el omitido Ti Noel, que es quien en verdad vuelve activa y ejecutora a la "rama ganchuda".
     Casi en cada capítulo del libro, vemos asomar este procedimiento que va perfilando una característica sui géneris, inmensamente atractiva por su singularidad y sus efectos inesperados, a la realidad ficticia: la de un mundo panteísta en el que no hay fronteras esenciales entre lo animado y lo inanimado, porque todo lo que existe tiene una vida propia: un espíritu. "Los techos estiraban el alero, las esquinas adelantaban el filo y la humedad no dibujaba sino oídos en las paredes". No es raro, por eso, que en un mundo de este cariz, los cañones de la Ciudadela tengan nombres propios —Escipión, Aníbal, Amílcar— y que algo tan impalpable como las "noticias" corran y se muevan, dotadas de patas: "Pronto las noticias bajaron por los respiraderos, túneles y corredores, a las cámaras y dependencias" (p. 147).
     Uno de los episodios más deslumbrantes de la novela —uno de sus cráteres—, el v, "De Profundis", está enteramente narrado según este procedimiento: la animación de lo inerte a través de datos escondidos. Me refiero a la rebelión del manco Mackandal, quien trata de eliminar a los blancos de la colonia mediante el veneno. Éste adquiere independencia —"El veneno se arrastraba por la Llanura del Norte..."— y aparece como un personaje movedizo y siniestro, velocísimo y plural, que contamina de muerte y podredumbre los establos, las cocinas, las farmacias, las panaderías y hasta el aire que respiran los dueños y hacendados de la colonia. La extraordinaria eficacia de la prosa, que parece, en su cuidadosa elección de las palabras, transpirar la ponzoña y el miedo que ella propaga en la comarca, consigue un efecto de suceso sobrenatural, de plaga demoniaca. Pero no lo es, se trata de un "efecto", de una consecuencia psicológica de los doctos alardes narrativos del narrador, quien, al abolir a Mackandal, el manipulador y distribuidor de venenos, ha conseguido una admirable muda en la realidad ficticia: volver legendario, mítico, casi sobrenatural, un hecho muy concreto y circunscrito de la historia haitiana.
     El tercer procedimiento, complementario y a menudo utilizado al mismo tiempo que el anterior, pero mucho más difícil y sutil que éste, consiste, de parte del narrador, en narrar tan cerca de una subjetividad que lo que ésta registra o cree registrar pasa por ser la realidad. El narrador de El reino de este mundo está siempre moviéndose entre distintos planos o niveles de realidad; el más arriesgado y radical de sus desplazamientos es éste, que lo lleva casi —pero sin nunca franquear esta frontera— a saltar a lo fantástico. Para ello, se sitúa para narrar en la perspectiva de un personaje crédulo —creyente, alucinado o supersticioso— y narra desde allí escenas o hechos que de este modo alcanzan una suerte de fantasmagoría, hechizo o encantamiento. Sin embargo, el diestro narrador se las arregla para conservar siempre su autonomía —un punto de vista propio, diferenciado del personaje cuya perspectiva ha adoptado para narrar—, de modo que la historia ficticia se mantenga dentro de una verosimilitud racional y objetiva; es decir, para nunca mudar a lo puramente fantástico.
     Un buen ejemplo de este procedimiento aparece en otra de las más llamativas escenas de la novela, en Roma, cuando Solimán reconoce en una estatua (la Venus de Cánova) el cuerpo de su antigua ama, Paulina Bonaparte. Esta es la culminación de una aventura semiprodigiosa, en la que el masajista acaba de recorrer las galerías del Palacio Borghese en las que "un mundo de estatuas" le ha parecido animarse, moverse, hacerle señas. Luego, cuando empieza a repetir sobre la estatua los antiguos ritos, tiene la certeza de que está masajeando el cadáver de Paulina, y esta idea lo pone fuera de juicio. Nada de ello, en verdad, ha ocurrido. Pero el lector tiene la sensación del hecho maravilloso, de la muda milagrosa, porque, para narrar el episodio, el narrador se ha acercado tanto al espíritu embrujado de Solimán que ha llegado casi a vivir el episodio desde la erizada crispación anímica del exiliado.
     Otro de los cráteres de la novela es la transformación final de Mackandal —un hombre al que los esclavos creen dotado de poderes licántropos, es decir, de mudarse en animal— el día de su ejecución. Colocándose en la perspectiva de ese pueblo de seguidores de Mackandal reunidos en torno al patíbulo, y convencidos de que el hechicero manco escaparía a la muerte, el narrador inicia el desplazamiento hacia aquella subjetividad colectiva: "¿Qué sabían los blancos de cosas de negros? En sus ciclos de metamorfosis, Mackandal se había adentrado muchas veces en el mundo arcano de los insectos, desquitándose de la falta de un brazo humano con la posesión de varias patas, de cuatro élitros o de largas antenas. Había sido mosca, ciempiés, falena, comején, tarántula, vaquita de San Antón y hasta cocuyo de grandes luces verdes" (p. 84). Sin comprometerse él mismo, cediendo toda la responsabilidad de aquella creencia en las aptitudes licantrópicas del manco, a aquéllos desde cuya perspectiva narra, el narrador ha preparado el clima para el milagro, el hecho sobrenatural: "Sus ataduras cayeron, y el cuerpo del negro espigó en el aire, volando por sobre las cabezas...". Sin embargo, luego de este clímax el narrador abandona aquella perspectiva mítica, y regresa a un nivel histórico, de realidad objetiva, para narrar "que muy pocos vieron que Mackandal, agarrado por diez soldados, era metido de cabeza en el fuego..." Las mudas del narrador entre estos distintos niveles de realidad son inapresables en el curso de la lectura, por la delicadeza y velocidad con que están hechos, y por la unidad que el estilo impone a todo el episodio, distrayendo al lector de las mudas y alteraciones que experimenta.
     El narrador emplea muchas veces estos cambios de nivel de realidad para imprimir una atmósfera de hechizo, encantamiento o milagro a lo narrado, pero, en cada caso, como en la ejecución de Mackandal, se da maña para mantener aunque sea con la punta de un pie el contacto con esa realidad histórica, a la que transforma, sí, en leyenda y mito, pero nunca en pura fantasía. Por ejemplo, en los años finales de Ti Noel, quien, en su senectud, nos dice, se vuelve ave, garañón, avispa, hormiga, ganso. ¿Se vuelve de veras todas estas cosas? Es ya un hombre muy anciano que vive de historias y recuerdos, en un mundo más imaginario que real. El narrador narra aquellas metamorfosis desde muy cerca, poco menos que confundido con esa mente centenaria y en proceso de disolución, de modo que así quede abierta la posibilidad de que aquellas transformaciones que expresan las creencias del vudú, sean sólo eso, creencias, ilusiones, como los milagros con que suelen etiquetar a menudo los creyentes los hechos insólitos o que parecen romper la normalidad.
     En el prólogo que escribió para esta novela, Carpentier enarboló la bandera de lo "real maravilloso" como un rasgo objetivo de la realidad americana, y se burló de los surrealistas europeos, para los que, aseguró, lo "maravilloso" "nunca fue sino una artimaña literaria". La teoría es bonita, pero falsa, como demuestra su novela, donde el mundo tan seductor, mágico, o mítico, o maravilloso, no resulta de una descripción objetiva de la historia haitiana, sino del consumado manejo de las artimañas literarias que el novelista cubano empleaba a la hora de escribir novelas. -Washington, dc, noviembre de 1999.
Fuente:
Cfr.
María del Mar Roig: “Alejo Carpentier y lo ‘real-maravilloso’”: http://www.letraslibres.com/revista/libros/carpentier-contra-carpentier

EL PAÍS, Madrid, 24 de diciembre de 1977
Tribuna:
Lo universal del habla americana
Alejo Carpentier

El escritor cubano Alejo Carpentier, premio Miguel de Cervantes de Literatura, envía desde París un texto en exclusiva para EL PAIS donde recoge una primera impresión y valoración de este premio, otorgado por unanimidad por las reales academias de la lengua, a propuesta de la Real Academia Española. El premio Cervantes, cuya primera edición se concedió al poeta Jorge Guillén, tiene una dotación económica de cinco millones de pesetas, y significa el reconocimiento universal de la obra literaria de un escritor de habla hispana. Alejo Carpentier (La Habana, 1904) está vinculado a la cultura autóctona de los pueblos latinoamericanos que se extienden, a través de sus creaciones literarias, al enriquecimiento de la cultura universal.

El hecho de que la Real Academia de la Lengua Española haya pensado en mí para que este año se me otorgase el premio Miguel de Cervantes Saavedra, me resulta halagador en alto grado por cuanto significa que en el seno de dicha institución se, ha operado una rápida evolución de conceptos que la remoza y actualiza al menos en el concepto que de ella tenía, generalmente el escritor latinoamericano.Para nosotros, hace todavía pocos años, Real Academia de la Lengua Española venía a ser sinónimo de cárcel del idioma, limitación, conservador deslinde de la expresión. Ante ella nos sentimos un tanto exóticos, ultramarinos, forasteros, con nuestros localismos, neologismos, americanismos, por decirlo todo.
Recordábamos, sin embargo, que a principio de este siglo don Miguel de Unamuno, considerando nuestra literatura, había condenado un casticismo que califica de estéril, admitiendo que los escritores de América habían influido ya en las modernas maneras de escribirse el castellano. Pero no todos los intelectuales españoles compartían, en aquellos días, el criterio de Unamuno. Y nosotros, por reflejo defensivo, nos marginábamos voluntariamente de lo que en España se escribía.
Que un premio de la importancia del Miguel de Cervantes Saavedra haya venido a coronar el esfuerzo creador de un escritor cubano demuestra que la academia nacida de la que fue cuna de nuestro idioma, idioma maravilloso por lo demás, nos acoge hoy calurosamente en su seno, con nuestra habla peculiar, nuestros modismos, nuestros voluntarios atropellos a las reglas gramaticales, que son otros tantos enriquecimientos aportados por nosotros, los de América, al patrimonio común de nuestra cultura.
Y, como cubano, me honra muy particularmente el hecho de haber contribuido a hacer realidad lo que fuera feliz vaticinio de Unamuno, a comienzo de este siglo.
Y, con él, y como quería él, con nuestro habla americana, seguimos tratando de «hallar lo universal en las entrañas de lo local, y en lo circunscrito y limitado, lo eterno».
Fuente:
Cfr.

EL PAÍS, Madrid, 26 de abril de 1980
Tribuna:
Presencia de Gustave Flaubert
Alejo Carpentier

Balzac escribió alrededor de cien novelas... Y decimos «alrededor» porque hay dos modos de establecer un catálogo de ellas: a) el que consiste en sumar sus títulos definitivos, lo que nos da una cifra algo inferior a cien-, b) el que consiste en señalar que tal o cual relativo, tenido por una obra coherente y vertebrada es, en realidad, un patch-work, una reunión de varias novelas o «novellas» anteriores hilvanadas, a veces, con tanta prisa. y descuido que, como ocurre con La mujer de treinta años, nos cuesta trabajo relacionar y seguir el desarrollo de seis textos arbitrariamente puestos en sucesión. (Algo semejante vemos en las Grandezas y miserias de las cortesanas, donde, aunque con mayor fortuna, Balzac reúne cinco novelas anteriormente publicadas bajo otros títulos ... ) Claro está que Balzac era un genio, y el genio no sólo hace lo que quiere, sino también lo que puede. Pero cabe preguntarse ahora si una producción tan superabundante como la de Balzac no resulta, en fin de cuentas, perjudicial al conocimiento de la obra misma. Todo hombre culto ha leído a Balzac, ciertamente. ¿Pero cuántos tomos de Balzac ha leído en realidad? Acaso una cuarta parte, que incluye, por fuerza -por ser más famosaslas obras maestras indiscutibles Eugenia Grandet, admirable logro, acierto total del comienzo a fin, La piel de zapa, justamente clásica; La duquesa de Langeais expresión perfecta del romanti císmo en la narrativa; El lirio en el valle, y, desde luego, aquello tránsitos de la Comedia humana, que trajeron al mundo de la dimensión imaginaria los inolvidables personajes de papá Goriot, la prima Bette, César Birotteau, Gobseck, Vautrin, Rastignac, el banquero Nucingen, Luciano de Rumbempré, y tantos otros que, con el tiempo, se nos erigieron en arquetipos proverbiales. Esto, desde luego, basta para asegurar la inmortalidad de un escritor. Y, sin embargo, ante la desbordada creación balzaciana, llegamos a preguntarnos si no le hubiese sido mejor haber escrito menos, centrando el esfuerzo en el mantenimiento de una calidad semejante a la que se observa a todo lo largo de Eugenia Grandet. Porque en nada se rebaja la grandeza de Balzac: admitiéndose que, en sus novelas de segundo plano, abundan las páginas sumamente prescindibles -cuando no francamente detestables.Este año muchas revistas literarias consagrarán números especiales, ensayos, estudios, etcétera, a la memoria de Gustave Flaubert, muerto el 8 de mayo de 1880 -hace exactamente un siglo- Y su nombre viene a oponerse, en nuestra mente, por fuerza, al de un Balzac, por cuanto -también creador de arquetipos por siempre inscritos en la historia literaria universal- fue un autor poco fecundo, consciente de su terrible dificultad de escribir y que, sin embargo, después de mucho renegar de su oficio, de quejarse de la lentitutd con que adelantaban sus manuscritos. después de leerlos, releerlos, clamarlos, declamarlos a la manera de un actor, después de exasperarse en él manejo de una pluma que mal respondía a sus intenciones, acababa produciendo algo que siempre -casi por fatalidad- resultaba una auténtica obra maestra, destinada a la inmortalidad. Fuera de una mala comedia, muerta al nacer, y de una copiosa correspondencia, a más de uno que otro texto de juventud, Flaubert sólo escribió seis libros. Peros seis libros titulados: Madame Bovary, Salambó, La educación sentimental, La tentación de san Antonio, Tres cuentos y Bouvard y Pecuchet, novela que la muerte de su autor dejó inconclusa, aunque casi toda pasada en limpio. Y estas obras tienen una característica singular, muy rara en la historia literaria: cada una responde a un planteamiento particular, nos lleva a diversas épocas y diversos ambientes, resuelve diferentes problemas de expresión, de estilo, de enfoque, constituyéndose en universo cerrado, redondo, completo en sí misma. Nada hay más diferente de Madame Bovary que La tentación de san Antonio. Y sin embargo, Flaubert está presente y bien presente en cualquier página de estos dos libros. A la gestación dolorosa, prolongada, llena de desalientos, seguía el fruto genial, espléndido y pronto imitado. Porque, si bien algunos, hoy, nos dicen que Salambó se les parece un poco a las películas de Cecil B, de Miller, no habría que olvidar que la novela cartaginesa de Flaubert resultó algo tan novedoso en su tiempo que dio origen a toda una novelística cultivada -con la personalidad particular de cada cual por autores tan distintos como Pierre Louys (Afrodita), Jean Lombard (Bizancio, La agonía), Sienkiewic, y hasta por Vicente Blasco Ibáñez, quien, en su novela de juventud Sónica la Cortesana, reproduce, con plagiario desparpajo, frases enteras del texto ejemplar.
En cuanto a Bouvard y Pecuchet, se trata de una novela sin paralelo en toda la literatura moderna. Nada parecido conozco a ese viaje de dos personajes -primos remotos de don Quijote y Sancho- a través del vasto mundo de las ideas y los conocimientos humanos. Viaje cuyas jornadas tragicómicas terminan siempre en un fracaso -como ocurre en la magna novela cervantina- Pero novela que, vuelta a su punto de partida, tras de una trayectoria circular, puede volver a empezar indefinidamente, disparándose hacia otros rumbos. Novela inmensa, novela enciclopédica -sin antecedentes en Francia, como no sea en Rabelais-, donde acaso haya alcanzado Flaubert la cima de sus posibilidades.

Y esta importancia la había percibido, antes que nadie, un hombre genial de América Latina. Me refiero al cubano José Martí. Y el hecho resulta tanto más portentoso si pensamos que el día 8 de julio de 1880 publicaba Martí, en The Sun, de Nueva York, un importantísimo ensayo acerca de Bouvard y Pecuchet, exponiendo pormenorizadamente su asunto, destacando sus planteamientos con la sagacidad crítica que le era peculiar... Y lo más extraordinario del caso era que Martí escribía su ensayo cinco meses antes de que madame Aubin empezara a publicar fragrnentos del manuscrito inconcluso en La Revue Nouvelle, de París, a título de sensacional primicia ofrecida a sus lectores... ¿Cómo José Martí conocía, estando en Nueva York, el texto póstumo de Flaubert?... ¿Y cómo lo conocía hasta el punto de poder análizar certeramente su contenido literario y hasta filosófico?... Hay ahí un misterio cuya elucidación dejo a los doctos investigadores de enigmas históricos. Pero nos queda el hecho de que un escritor de América Latina fuese el primero, acaso, en señalar el extraordinario valor de una novela debida al genio de quien nunca se repitió, en sus empeños, y que en vísperas de morir, emprendía una nueva aventura creativa, distinta a todas.
Balzac pasa a la posteridad con un bagaje de más de cien libros. Gustave Flaubert, con seis obras maestras.... ¿Cuál de los dos destinos será el más envidiable?...

Fuente:
Cfr.
"El universo musical de Alejo Carpentier": https://www.youtube.com/watch?v=YZiCqzDKi1E

Carpentier contra Carpentier
Gustavo Guerrero

Roberto González Echevarría, Alejo Carpentier: el peregrino en su patria, Gredos, Madrid, 2004, 395 pp.
Octubre 2004 

     Por suerte, no todo es pompa ni pasajera retórica en las mil y una conmemoraciones a las que se ha vuelto tan afecto nuestro tiempo. A veces, más allá o más acá de la celebración, algo queda, algo que resiste y perdura. Si tuviera que apostar hoy, diría que, de los cien años de Alejo Carpentier, probablemente sobreviva, entre otras pocas cosas, la reedición de este ensayo de Roberto González Echevarría. Publicado originalmente en inglés, en 1977, por la Cornell University Press, Alejo Carpentier, the Pilgrim at Home era ya una referencia dentro de los estudios literarios latinoamericanos antes de que se tradujera al español y se publicara en México, en 1993. Tras una temporada en el limbo de los títulos inhallables, ahora reaparece en España, en una segunda edición aumentada y corregida, y provisto de un nuevo y sustancioso prólogo del autor. No hay que dejar pasar la ocasión de descubrirlo o de releerlo en este año del centenario. Y es que se trata de un libro realmente importante no sólo en tanto lectura de la novelística del cubano sino, además, como ejercicio de historia literaria y como crítica de los paralelos tradicionales entre vida y obra.
     Es verdad que siempre abrimos con algún temor este tipo de estudios universitarios que datan de los años setenta y ochenta del siglo pasado, pues nada ha envejecido tan rápido como los pretenciosos dialectos teóricos y filosóficos que eran entonces lenguas obligatorias en los departamentos de literatura. Afortunadamente, Alejo Carpentier: el peregrino en su patria sigue siendo el libro inteligente y atrevido de un joven scholar de 34 años que, en pleno auge del posestructuralismo y la deconstrucción, supo sacar partido de lo que le ofrecían aquellas corrientes pero sin venderle el alma al diablo del sistema, la jerga y el método. González Echevarría va a ahondar más tarde su deuda con los deconstruccionistas y, en particular, con la escuela de los Yale deconstructionists (Bloom, Hartman, De Man) a la que aún suele asociársele. Sin embargo, en este estudio temprano, la deconstrucción representa ante todo una libre reivindicación del valor de la ambigüedad, la indeterminación y la contradicción como herramientas interpretativas. Sirviéndose de ellas, nuestro novel crítico se atreve a leer a Carpentier contra Carpentier, e incluso más allá de Carpentier, en una época en que el novelista cubano era ya una figura canónica y prácticamente intocable. "La misma investigación sobre las fuentes de Los pasos perdidos —señala así en el prólogo a la edición mexicana— me llevó a tomar conciencia de las sugestivas discrepancias entre lo que Carpentier decía sobre la génesis de su obra en diferentes momentos, y cómo estas declaraciones eran difíciles de verificar, cuando no eran claramente contradichas en la obra misma. Este descubrimiento me fue aclarando paulatinamente que lo que debía hacer era concentrarme en las discrepancias y desarmonías de la obra y las versiones de la vida, no tratar de velarlas con los recursos habituales de la crítica académica".
     Es ésta la ruta que González Echevarría sigue rigurosamente al analizar las distintas etapas por las que pasa la novelística de Carpentier y las complejas relaciones que se tejen, en cada una de ellas, entre el relato novelesco y el relato autobiográfico. En una era posbarthesiana y altamente crítica, Alejo Carpentier: el peregrino en su patria vino a rehabilitar de este modo las lecturas correlativas de vida y obra al situarlas en un nivel mucho más hondo e interesante: aquel donde el autor, si se me permite la redundancia, deja de ser una voz autorizada. De ahí que la silueta que se vaya definiendo a lo largo del libro no sea ya la del padre totémico del realismo mágico ni la del intelectual comprometido con el castrismo, las dos versiones a las que nos había acostumbrado la crítica oficial. Lejos y como al margen de ellas, el Carpentier de González Echevarría es una escritura y un hombre en los que se asocian creativa y conflictivamente las cuestiones del origen, la identidad y el destino de la cultura latinoamericana. No hace falta ser demasiado perspicaz para comprobar cómo, adelantándose al reciente escándalo de la partida de nacimiento suiza, los problemas que se tratan en este libro dibujan finamente la falla mayor de donde quizá surgen los muchos relatos del novelista sobre su persona y su literatura: la mentira sobre su lugar de nacimiento y acaso sobre su verdadera filiación.
     En el prólogo a la presente edición, fiel a la estrategia de lectura que se fijó hace 27 años, González Echevarría da cuenta de sus últimas pesquisas sobre este espinoso asunto, y analiza con inteligencia y honestidad las probables razones por las cuales Carpentier quiso ocultar que no había nacido en la capital de Cuba sino en Lausana. El relato de un incómodo encuentro con la viuda del escritor en La Habana y el resumen de las indignadas elusivas con que Mme Carpentier contestó sin contestar a la pregunta sobre el lugar de nacimiento de su marido, son como el corolario de estas páginas. Sin embargo, lo esencial es la forma en que se examina aquí la mentira como un texto más de y sobre Carpentier, un texto que merece ser leído a la luz de sus ficciones, pero que, al mismo tiempo, las ilumina de un modo novedoso y a veces insólito. En tanto práctica de la discrepancia y la contradicción, no veo mejor ejemplo de esa différence que, tras la huella de sus colegas deconstruccionistas, González Echevarría llama con elegancia los "malentendidos productivos" de Carpentier.
     Por supuesto, no siempre es posible seguir a nuestro crítico en todas y cada una de sus interpretaciones, ni tampoco se puede compartir hoy su opinión sobre la influencia de Carpentier en las generaciones más jóvenes. Pero poner el acento en dichas reservas sería mezquino ante todo lo que el ensayo representa como teoría y práctica de una hermenéutica, y también, lo repito, como ejercicio de historia literaria. O mejor y más justo: como lección de historia literaria. Y es que no puedo ni debo terminar esta reseña sin decir que las páginas que González Echevarría consagra a las vanguardias, a la Revista de Occidente y a la evolución del concepto de realismo mágico constituyen un capítulo esencial para entender el desarrollo del pensamiento literario latinoamericano en el siglo xx. Muchos las hemos tomado como un punto de partida para explorar otros territorios de nuestra historia y algunos incluso las han glosado indelicadamente sin citarlas. Sirva la ocasión para reconocer su importancia. Como si todo lo demás no pesara ya lo que pesa, se bastarían a sí solas para hacer de Alejo Carpentier: el peregrino en su patria un libro necesario.

Fuente:
Cfr.
Rita de Maeseneer: "¡Cómo leer a Alejo Carpentier y a la cultura del surrealismo en América Latina, de Anke Birkmaier?": http://www.casadelasamericas.org/publicaciones/revistacasa/256/hechosideas.pdf