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jueves, 17 de mayo de 2018

EXTRAÑO TEXTO

EL NACIONAL, Caracas, 3 de mayo de 2018
Gracias Carpentier
Alfredo Cedeño

Hay autores con los que uno adquiere deudas vitales, nunca puedes saldarlas. Una frase puede ser el gatillo para un pagaré que uno hace suyo sin vacilación, dos líneas y algo más pueden ser suficientes para sentir que quien armó dichas palabras tiene el don divino de decir todo con la sabiduría de la brevedad. Es mi caso respecto a Alejo Carpentier.

El suizo más cubano que ha existido, no se olvide que nació en Lausana, precursor de lo que escritores y ensayistas dieron en llamar “realismo mágico”, mientras que a él pretendieron encasillarlo en el neobarroquismo, hizo de nuestro país su gran cantera; Los pasos perdidos es la mejor demostración de ello. No puede dejar de mencionarse que en El Nacional su columna Letra y Solfa marcó una pauta para muchísimo periódicos iberoamericanos de lo que era una inédita manera de realizar la crítica musical.

Aunque nací en Caracas, mi infancia transcurrió en La Guaira, en sus calles coloniales aprendí a caminar y en sus escarpados callejones supe imaginar que al cielo se podía llegar pese al calor a veces agobiante. La primera vez que hice un viaje aéreo fue a la isla de Margarita, y cuando regresamos, al ver el puerto y el laberinto de caminos guaireños en su totalidad, la palabra se me hizo un galimatías donde no atiné a describir lo que contemplaba mudo de emoción.

Esa maraña me duró hasta que leí El siglo de las luces de Carpentier. Casi al final de ese libro encontré: “Doblóse un promontorio que parecía tallado en un bloque de cuarzo, y apareció el puerto de La Guaira, abierto sobre el océano como un anfiteatro colosal en cuyas gradas se escalonaron los tejados”. ¿Cómo describir mejor la cuna de mis sueños?

En estos días que tanto se habla de elecciones, y pululan como la verdolaga quienes las enaltecen, me confieso desbordado por un escenario donde los que pretenden encarnar héroes son una comparsa de payasos en desgracia. Y el mencionado autor me lanza un cable que me permite entender a cabalidad el momento que vivimos, triste sainete con pretensiones dramatúrgicas donde vemos lo inimaginable: gente talentosa y capaz sirviendo de cortejo a un mequetrefe como Henri Falcón. En las páginas finales de su novela Carpentier pone en boca de Víctor Hugues, en conversación postrera con una desencantada Sofía, unas palabras con las que su pluma zahorí supo retratar con meridiana franqueza lo que estos personajes y sus acólitos son: “Lo siento. Pero yo soy un político. Y si restablecer la esclavitud es una necesidad política, debo inclinarme ante esa necesidad”.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/gracias-carpentier_233344
Brevísima nota LB: Extraño texto. "Mequetrefear" a Falcón, a propósito de Carpentier que se resignó a ser un "mequetefre" de la dictadura cubana. ¿Necesitaba a don Alejo para una opinión "política"?

domingo, 10 de diciembre de 2017

CAZA DE CITAS

"Hay que ir más lejos. Desde el momento en que el artista acepta considerarse como un funcionario, abdica, se reconoce listo para  aceptar todas las capitulaciones a que lo obligarán los países totalitarios. Lo que significa decir que deja de ser un artista. Y al mismo tiempo se coloca en la imposibilidad de experimentar nada que se asemeje a la alegría de crear, que es inseparable de la verdadera libertad..."

Gabriel Marcel

("El misterio del ser", Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1964: 209)

Fotografía: Serguéi Prokófiev, tomada de la red.
Cfr. Paradójica, una nota alusiva al compositor de Alejo Carpentier: http://lbarragan.blogspot.com/2017/11/tributo.html

domingo, 26 de noviembre de 2017

ATENEÁRIOS

TRIBUTO

El Nacional, Caracas, 10/03/1953.
El Nacional, Caracas, 11/03/1953.
El Nacional, Caracas, 12/03/1953.
Cfr. Cita de Gabriel Marcel sobre el artista y la libertad: http://lbarragan.blogspot.com/2017/12/caza-de-citas.html

domingo, 17 de septiembre de 2017

PERDER EL TRAZO

De la desboligraficación
Luis Barragán


Todavía conservamos el volumen afortunadamente adquirido entre los viejos libreros, contentivo de  varias entrevistas realizadas a Alejo Carpentier. En una de ellas,  remitiéndonos a los ’50 del ‘XX,   versó sobre el empleo del bolígrafo que le evitaba las vicisitudes y percances de la pluma fuente, algo relevante al tratarse de un escritor profesional.

Nos sorprendía que el instrumento fuese tan relativamente reciente, suponiéndolo de principios del siglo pasado. Quizá el bolígrafo comenzó a masificarse en Venezuela a mediados o finales de la citada década , al igual que los zapatos de suela o la harina precocida, frente a la disminuida pluma fuente que quedó relegada por otros años a los documentos públicos, concediéndoles una solemnidad hoy perdida.

Distintas marcas compitieron por nuestro mercado hasta hace poco, ya imposibilitados de traer las herramientas para el rápido trazo o, en todo caso, de importar las materias primas de rigor.  Encarecidos, el regreso tan precario a clases, actualiza la galopante escasez de  bolígrafos, plumas, lápices, creyones, marcadores que se suma a los elevados costos de las impresiones digitales, colmándonos con un déjà vu del  irresistible adelanto tecnológico que protagonizamos o dijimos protagonizar.

Ya son muy pocas las dependencias oficiales que proveen del indispensable bolígrafo a su personal que, sencillo, deben adquirirlos de su propio bolsillo, como el profesor que ha de cargar con sus marcadores o quizá con sus tizas para la pizarra a fotografiar por los discípulos que aún tengan un móvil celular de data más o menos reciente. Sin dudas, se trata de un subsidio al Estado mismo del que no sabemos ya de su presupuesto público, si tiene o no contemplado el gasto o da ocasión para una malversación de sus jerarcas.

Desboligraficados, resulta fácil adivinar sus consecuencias.  Antes, de fácil extravío, subestimado por su abundancia, desechado por alguna falla, y, para la contraposición de sendos estatus, garantía de distinción por su diseño y porte,  o desprecio hacia el delincuente que no tenía un genuino puñal a la mano; ahora,  lo echamos de menos y muy atrás queda la marca favorita, pues, un acto tan universal como indispensable en la vida, se anota con lo que tengamos a la mano.

Fotografía: Tomada de la red.
18/09/2017:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/30825-de-la-desboligraficacion https://noticiasvenezuela.info/2017/09/de-la-desboligraficacion/

domingo, 19 de febrero de 2017

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Luis Felipe Ramón y Rivera. "Trabajo para nuestros artistas". El Nacional, Caracas, 20/10/1965.
- Con fotografía de Sandra Bracho, Roberto Giusti entrevista y Aurelio Ferrero Tamayo escribe sobre Luis Felipe Ramón y Rivera. El Nacional, 21/08/83.
- Fernando Paz Castillo. "Marginales: En torno a la poesía de Guillermo Sucre". El Nacional, 16/10/76.
- Alejo Carpentier. "Robert Desnos y sus tres cajas mágicas". El Nacional, 30/05/48.

Reproducción: Pedro León Zapata. El Nacional, Caracas, 03/03/1978.

sábado, 19 de noviembre de 2016

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Pablo Azuaje y las elecciones de los periodistas, partido único medinista, abstencionismo militante, despelote electoral, cita palangrista. El Nacional, Caracas, 09/06/1978.
- Exposición pictórica de Rafael Ramón González. Élite, Caracas, 1497 del 12/06/54.
- Lucila Palacios. "Libros nuevos: Los pasos perdididos de Alejo Carpentier". Élite, nr. 1483 del 06/03/54.
- César Rondón Lovera. "CAP y la delimitación del Golfo de Venezuela". 2001, Caracas, 18/03/77.
- Rodolfo Porro Aletti escribe sobre Argenis Rodríguez. El Nacional, 04/12/69.

Reproducción: Efraín de La Cerda y Pedro Pablo Aguilar. Bohemia. Caracas, nr. 850 del 16 al 22/07/1979.

domingo, 26 de junio de 2016

DE LA PALABRA Y DEL PALABREANTE

Del cinismo político
Luis Barragán

Quizá podamos establecer una relación inversa y proporcional: mientras menores sean las libertades públicas, mayores son las expresiones de cinismo que tienden a hacerse toda una cultura política. La literatura acostumbra a sobrevivirle al tecladista, cuyos personajes y tramas lo convierten en el inevitable referente nominal, marcando una involuntaria distinción entre la obra y los procederes personales del autor.

Gozamos de la tinta de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, aunque discrepemos de las encontradas posturas políticas de ambos, apuntemos, contemporáneos del fenómeno peronista que mejor trabajó y aprehendió en sus novelas Tomás Eloy Martínez que la centena de ensayos que aún aspiran a la exactitud de las ciencias sociales. Valga la diferenciación al tocar el caso de Alejo Carpentier, nuestro admirado narrador al que podemos releer con el gusto de (re) descubrir la novedad y la vejez propia de toda obra sometida al implacable tribunal que es el tiempo.

Cubano que no merecía el resignado cumplimiento de las tareas diplomáticas trastocadas en una suerte de póliza de vida, supo de la detención arbitraria del poeta venezolano Alí Lameda en Corea del Norte al concluir la década de los sesenta del XX. Calló y, miserablemente lo hizo, como si adivinase el destino que le depararía hacer algo por el viejo amigo en el “país de los amaneceres tranquilos”, según dijera Héctor Mujica [Deslinde, Caracas, 15/10/1969].

Noches de insomnio atrás, agotando los videos que prosperan en la red de Mario Vargas Llosa, nos decidimos a  buscar un viejo libro en la estantería hogareña que, a la postre, resultó más eficaz que contar las ovejas sindicalizadas, las que reclaman un contrato colectivo para proseguir una labor que, en el siglo XXI,  las ya proclives al cálculo infinitesimal que ríen de la mera y paciente operación aritmética.  Ganado el Premio Internacional Rómulo Gallegos,  Alejo lo concertó en Londres y se hizo portador de una misiva solamente leída, pero no entregada, en la que Haydée Santamaría le proponía al peruano donar públicamente los $ 25 mil dólares del certamen a la guerrilla guevarista para luego reembolsárselos – confidencialmente - a través de la embajada: “… Era muy cínico, un gran escritor, pero un hombre muy cínico, un funcionario del Gobierno”, fue la sentencia que recayó sobre Carpentier [Ricardo A. Setti, “Diálogo con Vargas Llosa”, Kosmos Editorial, San José de Costa Rica, 1988: 149].

Hablamos de circunstancias por siempre indeseadas, ignoradas en la isla caribeña que le rinde un culto escolar a Carpentier, cultivando en realidad el cinismo que, por cierto, institucionalizado, se cuela en toda la obra de Leonardo Padura, así Mario Conde se diga un inocente investigador policial.  Añadimos, en el ejercicio de nuestras libertades personales, empleadas también para combatir el insomnio al que las ovejas tarifan abusivamente, nos permiten no sólo percibir y atrapar ese cinismo multiplicador, sino diferenciar entre la palabra y el palabreante.


26/06/2016

viernes, 24 de junio de 2016

CARPENTIER CONTRA CARPENTIER



¿Lo real maravilloso o artimañas literarias?
Mario Vargas Llosa

Cuando Alejo Carpentier afirmó: "Yo soy incapaz de 'inventar' una historia. Todo lo que escribo es 'montaje' de cosas vividas, observadas, recordadas y agrupadas, luego, en un cuerpo coherente"1 dijo una verdad muy mentirosa. Porque, aunque es cierto que su material de trabajo para crear ficciones era la historia documental, las fuentes escritas para investigar el pasado, también lo era que, en el proceso de convertir en novela aquella materia prima, sometía ésta a una transformación tan radical que en la ficción pasaba a ser una realidad inventada de pies a cabeza, emancipada en cuerpo y alma de su modelo. Deshacer y rehacer la historia, mudada en ficción, era la manera propia de Carpentier de inventar historias.
     Alcanzó, en esto, una maestría consumada, a partir de 1949, cuando apareció su primera obra maestra, El reino de este mundo, acaso la mejor de sus novelas y una de las más acabadas que haya producido la lengua española en este siglo. (Antes, en 1933, había publicado una novela regionalista, ¡Ecué-Yamba-O!, que, luego, con perfecta lucidez, desdeñó.) El punto de partida de El reino de este mundo fue un viaje que hizo a Haití, en 1943, acompañando al actor Louis Jouvet, en el que visitó la Ciudadela La Ferriere, la Ciudad del Cabo, las ruinas de Sans-Souci y buena parte de los lugares donde ocurre la novela. Pero si este viaje disparó la imaginación de Carpentier sobre el mundo de Henri Christophe y las largas luchas por la independencia de Haití, los verdaderos materiales que utilizó para El reino de este mundo no fueron cosas que vio y oyó, sino que leyó. También en este caso, como en todas sus ficciones futuras, su inspiración fue libresca.
     Los críticos que se han ocupado de esta novela —Roberto González Echevarría, Richard A. Young, Nury Raventós de Marín y otros— han subrayado que casi todos los personajes y sucesos de El reino de este mundo tienen una correspondencia en la realidad histórica. Pero quien ha llevado a cabo el más exhaustivo trabajo de arqueología de las fuentes que aprovechó Carpentier es Emma Susana Speratti-Piñero.2 En su notable investigación, demuestra que la novela es un "mosaico increíble" de datos históricos, mitológicos, religiosos, etnológicos y sociológicos recogidos por Carpentier en libros de viajeros, historiadores, en correspondencias, artículos especializados, biografías y manuales de mera divulgación o popularización, refundidos y organizados en un orden compacto para dar una versión literaria —es decir, ficticia— de las luchas independentistas y de los primeros años de vida soberana de Haití. La doctora Speratti-Piñero prueba que prácticamente no hay en la novela un solo personaje (ni siquiera Ti Noel), ni un episodio, y aun detalle o motivo que no tenga raíces bibliográficas. Y, sin embargo, de esta comprobación no resulta, en modo alguno, empobrecida la originalidad de El reino de este mundo ni el talento creativo de su autor. Por el contrario, la exposición de las fuentes utilizadas por el novelista cubano sirve para desvelar, de manera íntima, el procedimiento de transmutación de una realidad histórica en realidad ficticia de que Carpentier se valía para emancipar su ficción de todo sometimiento o dependencia de sus fuentes e imponerse al lector como un mundo original, dotado de unos rasgos y movimientos, colores, leyes, personajes, acciones y de un sistema temporal absolutamente propios e intransferibles. Pocas veces, en la crítica latinoamericana, un trabajo de paciente erudición ha sido tan fecundo para iluminar el encaminamiento mediante el cual un escritor de genio saquea el mundo real, lo desmenuza y reconstituye con la palabra y la fantasía para oponerle una imagen literaria.
     Ningún lector que se enfrente a esta novela sin estar al tanto de su gestación, sospecharía que todos los sorprendentes acontecimientos y los inusitados personajes que la pueblan son "históricos", ni siquiera realistas. La historia que cuenta parece mucho más cerca de lo legendario, lo mítico, lo maravilloso y lo fantástico que del mundo objetivo y la pedestre realidad. Pero esta impresión no resulta de la historia que El reino de este mundo cuenta, sino, exclusivamente, de la astuta y originalísima manera en que el narrador cuenta la novela. El discurso del narrador, de palabras rebuscadas —muchas de ellas extraídas de diccionarios y vocabularios especializados— se halla en las antípodas del que finge lo espontáneo, la oralidad. Este estilo representa, más bien, la voz engolada del discurso escrito, de lo leído y premeditado, de lo corregido y repensado, de lo artificial. Pero, pese a su semblante fabricado, es de una gran precisión a la hora de designar el objeto y describirlo, y de un extraordinario poder de síntesis: describe a pinceladas rápidas, sin insistir ni repetir. Su característica mayor, además de la exactitud —nunca vacila ni yerra a la hora de adjetivar— es la sensorialidad lujosa, la manera como se las arregla para que la historia parezca entrarle al lector por todos los sentidos: la vista, el oído, el olfato, el sabor, el tacto. Un estilo en el que, curiosamente, lo amanerado no está reñido con la vida del cuerpo, donde el adorno realza lo vital.

     De este estilo, que, a diferencia de otros, los de las novelas "realistas", no niega lo que es —pura literatura—, se vale el narrador para dotar al mundo ficticio de uno de sus rasgos prototípicos, el que más lo aleja de la realidad real y lo vuelve realidad inventada: el tiempo. Toda ficción tiene un tiempo, creado para ella y por ella, y que sólo existe allí. El tiempo de El reino de este mundo es, gracias al estilo, lentísimo, de cámara lenta, tanto que el lector tiene a menudo la sensación de que el tiempo se ha detenido o sido abolido, como ocurre en los grandes frescos, en las imágenes inmóviles de las pinturas. Y esta sensación se debe a que cada capítulo tiene un tiempo propio —una sucesión o acumulación de ocurrencias—, pero, entre capítulo y capítulo, no hay flujo cronológico, una continuidad anecdótica que dé la impresión de un transcurrir. La historia de la novela no avanza como el tiempo "real", que fluye a la manera de un río, sin detenerse nunca. Más bien, salta de un periodo a otro —de un cuadro a otro—, como si aquéllos no estuvieran enlazados en una secuencia, sino yuxtapuestos, conservando cada uno su autonomía temporal. Por eso, leyendo esta novela el lector tiene la sensación de estar recorriendo una galería de grandes murales dispuestos en fila, pero desconectados cronológicamente.
     Aunque, saliendo de la ficción, y cotejándola con los hechos históricos que le sirven de materia prima, podemos decir que El reino de este mundo cubre un periodo de unos ochenta años —de 1751 a 1830 más o menos— pues ese es el tiempo que media entre la conspiración del manco Mackandal y el establecimiento del gobierno republicano y la imposición del trabajo agrícola obligatorio, lo cierto es que, ciñéndonos a los datos contenidos en la novela, esta averiguación es imposible. Para crear ese tiempo propio, distinto, el narrador ha borrado las pistas, eliminando todas las fechas —no hay una sola en el libro— y limitándose a vagas referencias temporales ("Sobre todo esto habían transcurrido veinticinco años", "...esto duraba ya desde hacía más de doce años..."), de modo que, por ejemplo, es imposible establecer la edad de los personajes, incluida la del que sirve de hilo conductor de la historia, Ti Noel, de quien sólo llegamos a averiguar con certeza que muere muy anciano.
     La cualidad plástica del estilo hace que el lector sienta que, en cada capítulo, no pasan sino hay muchas cosas. Y cada capítulo consta siempre de uno o dos cráteres, hechos centrales, llamativos, de gran concentración de vivencias, en torno a los cuales parece girar todo lo demás. Separados por intervalos a veces muy largos, los capítulos de la novela arman un desfile de periodos temporales estáticos que se complementan, pero sin integrarse en un transcurrir parejo y sistemático. Ese tiempo es, como el narrador, una completa ilusión: una invención.
     La perspectiva mítica: los mundos del narrador
     No menos notable ni original que la invención de un sistema temporal ficticio, es la creación del espacio en El reino de este mundo, un espacio que, aunque modelado a partir de un espacio y una historia reales, se va transformando en algo esencialmente distinto —real maravilloso lo llama Carpentier, en su prólogo de 1949 a la novela, pero se podría llamar, tal vez, de una manera menos surrealista, legendario o mítico—, gracias a los habilísimos movimientos de un narrador que la señora Speratti-Piñero ha descrito con exactitud: "reducción, ampliación, desmembramiento, redistribución, combinación, contradicción, cambio de intención y de tono" (p. 106) de los materiales recogidos en las fuentes librescas.
     El narrador se vale de las mayúsculas para impregnar de solemnidad y nimbar de un aura religiosa ciertos hechos, seres o creencias, que, realzados de esta manera sobre los otros, van erigiendo una dimensión espiritual o mágica en la realidad ficticia: los Grandes Pactos, el Falso Enemigo, Aguasú, Señor del Mar, las Oraciones del Gran Juez, de San Jorge y la San Trastorno, las Muletas de Legba, el Señor de los Caminos, la Batería de las Princesas Reales, la Puerta Única, y, por supuesto, los Loas del vudú —Loco, Petro, Ogún Ferraille, Brise-Pimba, Caplao-Pimba, Marinette Bois-Cheche y otros— son más que nombres propios que ameriten aquella distinción ortográfica. Como no están definidos ni explicados, mencionados desde la perspectiva de quienes ya saben quiénes son y creen en ellos (por un sinuoso narrador que para nombrarlos se coloca cerquísima de aquellos creyentes), para el lector son figuras llamativas, espectáculos que, de tanto en tanto, colorean fugazmente la realidad ficticia, agrietándola y revelando en ella un trasfondo fantasmagórico, de dioses, diosecillos y seres malignos, y conjuros y otras fuerzas espirituales cuyo benéfico o maléfico poder opera desde la sombra en los hechos históricos y las peripecias individuales. Esas estratégicas mayúsculas van sembrando la realidad ficticia de misterio, revelando que ella está hecha, también, de un nivel sagrado al que sólo se accede a través de la fe y las prácticas mágicas.
     La astucia del narrador hace que este nivel esté constantemente asomando en su relato, pero, siempre, desde la perspectiva de los personajes cuya credibilidad, ingenuidad o miedos y esperanzas sostienen en pie aquella dimensión mágico-religiosa con la que el narrador —en eso consiste su astucia— jamás se compromete pues nunca le da su propio aval. 
Además de las mayúsculas, otros tres procedimientos contribuyen a mitificar la realidad ficticia, a desrealizarla y darle consistencia esencialmente literaria. El primero consiste en reorganizar el orden de las cosas de este mundo en forma de desfiles o colectividades compactas que se despliegan ante el lector como una cinta animada, lo que introduce, de tanto en tanto, en este tiempo lentísimo y casi suspendido, súbitas agitaciones, bruscos reordenamientos que agrupan en una secuencia narrativa a objetos y seres (de este u otro mundo) y acciones en unidades gregarias, atraídas y emparentadas por una recóndita sanguinidad: "La mano traía alpistes sin nombre, alcaparras de azufre, ajíes minúsculos; bejucos que tejían redes entre las piedras; matas solitarias de hojas velludas, que sudaban en la noche; sensitivas que se doblaban al mero sonido de la voz humana..."3 No se trata de meras enumeraciones; estas cascadas o aluviones de objetos delatan un parentesco secreto entre cosas que la simple visión objetiva no detecta, que sólo se hace visible gracias a la iniciativa de un personaje dotado de poderes especiales (en este caso Mackandal), de una percepción capaz de traspasar lo ordinario y detectar lo extraordinario (el orden secreto del mundo). A veces, como en la noche en que estallan las trompas del caracol, no es un ser humano, sino un sonido, una música, la que de pronto llama e integra en una unidad a una vasta, dispersa y hasta entonces desconocida familia: "Era como si todas las porcelanas de la costa, todos los lambíes indios, todos los abrojines que servían para sujetar las puertas, todos los caracoles que yacían solitarios y petrificados, en el tope de los Moles, se hubieran puesto a cantar en coro" (p. 96). La cantidad y variedad de estas enumeraciones (he registrado una veintena, y sospecho que hay más) van manifestando, en el curso del relato, algo más profundo que un adorno retórico: una predisposición congénita de la realidad ficticia a organizarse de manera serial, por conjuntos o asambleas de objetos que, desbordando sus confines, se acercan y afilian obedeciendo a íntimos mandatos. Este orden soterrado de la realidad no es objetivo y por lo mismo verificable; su arbitrariedad sólo se explica —y justifica— en función de una perspectiva subjetiva (mágico-religiosa).
     Las cosas animadas
     El segundo procedimiento consiste en dotar a lo inanimado de animación, de vivificar lo material insuflándole un alma, un espíritu, y mostrando a las cosas de manera que parezcan dueñas de iniciativa, de libre albedrío. Dicho así, da la impresión de que el narrador, empleando este recurso, abandonara el nivel de realidad objetivo y saltara a lo fantástico, a un mundo maravilloso, de total subjetividad, irreconocible a través de la experiencia racional del lector. No es así. El territorio en el que transcurre esta originalísima novela no es el fantástico, sino el mítico o legendario, que está como a caballo entre la realidad histórica y la fantástica —entre lo objetivo y lo subjetivo—, y cuya ambigua sustancia se nutre por igual de lo vivido y lo fantaseado o soñado. Para efectuar esta transformación del objeto —su humanización, diríamos— el narrador hace gala de esa formidable capacidad de tránsito de que dispone, y se coloca, utilizando a veces el estilo indirecto libre y a veces no, en la perspectiva (que conviene no confundir con el punto de vista) de uno o varios personajes, de grandes colectividades a veces, para quienes aquella animación recóndita de la materia es artículo de fe. De este modo, sin identificarse con el punto de vista de estos personajes, conservando una mínima —a veces infinitesimal— distancia de ellos, el narrador se las arregla para impregnar subjetivamente de milagro y maravilla una realidad histórica, sin, empero, convertirla en fantástica, manteniéndola levemente sujeta a la vida objetiva, en la que, sin embargo, las leyendas y los mitos coexisten, y, a menudo, devoran la experiencia histórica.
  Los críticos llaman metonimia a este procedimiento y lo definen como una figura retórica que consiste en confundir el efecto con la causa, o fingir tal cosa mediante la omisión de ésta y la exclusiva exposición de aquél. Yo prefiero llamar a este método de narrar una variante del dato escondido, la adopción de una elipsis, que, al eliminar una parte importante de la información, produce una subversión o trastorno esencial en lo narrado. "La ciudad es buena. En la ciudad una rama ganchuda encuentra siempre cosas que meter en un saco que se lleva al hombro" (p. 132). La mano de Ti Noel que sujeta y pone en movimiento a la "rama ganchuda" ha sido abolida, de modo que ésta, automáticamente, se apropia de aquellas propiedades que permiten a la mano (a Ti Noel) convertir la rama en instrumento. La omisión transforma a este ser pasivo en activo, lo anima e independiza, lo torna sujeto actuante. Sin embargo, aunque esto ocurra en el curso de estas frases, debido a ese movimiento de ocultación —a ese pase de prestidigitación del narrador—, el contexto recuerda, allá, en la periferia del episodio, que, en verdad, hay alguien, invisible, el omitido Ti Noel, que es quien en verdad vuelve activa y ejecutora a la "rama ganchuda".
     Casi en cada capítulo del libro, vemos asomar este procedimiento que va perfilando una característica sui géneris, inmensamente atractiva por su singularidad y sus efectos inesperados, a la realidad ficticia: la de un mundo panteísta en el que no hay fronteras esenciales entre lo animado y lo inanimado, porque todo lo que existe tiene una vida propia: un espíritu. "Los techos estiraban el alero, las esquinas adelantaban el filo y la humedad no dibujaba sino oídos en las paredes". No es raro, por eso, que en un mundo de este cariz, los cañones de la Ciudadela tengan nombres propios —Escipión, Aníbal, Amílcar— y que algo tan impalpable como las "noticias" corran y se muevan, dotadas de patas: "Pronto las noticias bajaron por los respiraderos, túneles y corredores, a las cámaras y dependencias" (p. 147).
     Uno de los episodios más deslumbrantes de la novela —uno de sus cráteres—, el v, "De Profundis", está enteramente narrado según este procedimiento: la animación de lo inerte a través de datos escondidos. Me refiero a la rebelión del manco Mackandal, quien trata de eliminar a los blancos de la colonia mediante el veneno. Éste adquiere independencia —"El veneno se arrastraba por la Llanura del Norte..."— y aparece como un personaje movedizo y siniestro, velocísimo y plural, que contamina de muerte y podredumbre los establos, las cocinas, las farmacias, las panaderías y hasta el aire que respiran los dueños y hacendados de la colonia. La extraordinaria eficacia de la prosa, que parece, en su cuidadosa elección de las palabras, transpirar la ponzoña y el miedo que ella propaga en la comarca, consigue un efecto de suceso sobrenatural, de plaga demoniaca. Pero no lo es, se trata de un "efecto", de una consecuencia psicológica de los doctos alardes narrativos del narrador, quien, al abolir a Mackandal, el manipulador y distribuidor de venenos, ha conseguido una admirable muda en la realidad ficticia: volver legendario, mítico, casi sobrenatural, un hecho muy concreto y circunscrito de la historia haitiana.
     El tercer procedimiento, complementario y a menudo utilizado al mismo tiempo que el anterior, pero mucho más difícil y sutil que éste, consiste, de parte del narrador, en narrar tan cerca de una subjetividad que lo que ésta registra o cree registrar pasa por ser la realidad. El narrador de El reino de este mundo está siempre moviéndose entre distintos planos o niveles de realidad; el más arriesgado y radical de sus desplazamientos es éste, que lo lleva casi —pero sin nunca franquear esta frontera— a saltar a lo fantástico. Para ello, se sitúa para narrar en la perspectiva de un personaje crédulo —creyente, alucinado o supersticioso— y narra desde allí escenas o hechos que de este modo alcanzan una suerte de fantasmagoría, hechizo o encantamiento. Sin embargo, el diestro narrador se las arregla para conservar siempre su autonomía —un punto de vista propio, diferenciado del personaje cuya perspectiva ha adoptado para narrar—, de modo que la historia ficticia se mantenga dentro de una verosimilitud racional y objetiva; es decir, para nunca mudar a lo puramente fantástico.
     Un buen ejemplo de este procedimiento aparece en otra de las más llamativas escenas de la novela, en Roma, cuando Solimán reconoce en una estatua (la Venus de Cánova) el cuerpo de su antigua ama, Paulina Bonaparte. Esta es la culminación de una aventura semiprodigiosa, en la que el masajista acaba de recorrer las galerías del Palacio Borghese en las que "un mundo de estatuas" le ha parecido animarse, moverse, hacerle señas. Luego, cuando empieza a repetir sobre la estatua los antiguos ritos, tiene la certeza de que está masajeando el cadáver de Paulina, y esta idea lo pone fuera de juicio. Nada de ello, en verdad, ha ocurrido. Pero el lector tiene la sensación del hecho maravilloso, de la muda milagrosa, porque, para narrar el episodio, el narrador se ha acercado tanto al espíritu embrujado de Solimán que ha llegado casi a vivir el episodio desde la erizada crispación anímica del exiliado.
     Otro de los cráteres de la novela es la transformación final de Mackandal —un hombre al que los esclavos creen dotado de poderes licántropos, es decir, de mudarse en animal— el día de su ejecución. Colocándose en la perspectiva de ese pueblo de seguidores de Mackandal reunidos en torno al patíbulo, y convencidos de que el hechicero manco escaparía a la muerte, el narrador inicia el desplazamiento hacia aquella subjetividad colectiva: "¿Qué sabían los blancos de cosas de negros? En sus ciclos de metamorfosis, Mackandal se había adentrado muchas veces en el mundo arcano de los insectos, desquitándose de la falta de un brazo humano con la posesión de varias patas, de cuatro élitros o de largas antenas. Había sido mosca, ciempiés, falena, comején, tarántula, vaquita de San Antón y hasta cocuyo de grandes luces verdes" (p. 84). Sin comprometerse él mismo, cediendo toda la responsabilidad de aquella creencia en las aptitudes licantrópicas del manco, a aquéllos desde cuya perspectiva narra, el narrador ha preparado el clima para el milagro, el hecho sobrenatural: "Sus ataduras cayeron, y el cuerpo del negro espigó en el aire, volando por sobre las cabezas...". Sin embargo, luego de este clímax el narrador abandona aquella perspectiva mítica, y regresa a un nivel histórico, de realidad objetiva, para narrar "que muy pocos vieron que Mackandal, agarrado por diez soldados, era metido de cabeza en el fuego..." Las mudas del narrador entre estos distintos niveles de realidad son inapresables en el curso de la lectura, por la delicadeza y velocidad con que están hechos, y por la unidad que el estilo impone a todo el episodio, distrayendo al lector de las mudas y alteraciones que experimenta.
     El narrador emplea muchas veces estos cambios de nivel de realidad para imprimir una atmósfera de hechizo, encantamiento o milagro a lo narrado, pero, en cada caso, como en la ejecución de Mackandal, se da maña para mantener aunque sea con la punta de un pie el contacto con esa realidad histórica, a la que transforma, sí, en leyenda y mito, pero nunca en pura fantasía. Por ejemplo, en los años finales de Ti Noel, quien, en su senectud, nos dice, se vuelve ave, garañón, avispa, hormiga, ganso. ¿Se vuelve de veras todas estas cosas? Es ya un hombre muy anciano que vive de historias y recuerdos, en un mundo más imaginario que real. El narrador narra aquellas metamorfosis desde muy cerca, poco menos que confundido con esa mente centenaria y en proceso de disolución, de modo que así quede abierta la posibilidad de que aquellas transformaciones que expresan las creencias del vudú, sean sólo eso, creencias, ilusiones, como los milagros con que suelen etiquetar a menudo los creyentes los hechos insólitos o que parecen romper la normalidad.
     En el prólogo que escribió para esta novela, Carpentier enarboló la bandera de lo "real maravilloso" como un rasgo objetivo de la realidad americana, y se burló de los surrealistas europeos, para los que, aseguró, lo "maravilloso" "nunca fue sino una artimaña literaria". La teoría es bonita, pero falsa, como demuestra su novela, donde el mundo tan seductor, mágico, o mítico, o maravilloso, no resulta de una descripción objetiva de la historia haitiana, sino del consumado manejo de las artimañas literarias que el novelista cubano empleaba a la hora de escribir novelas. -Washington, dc, noviembre de 1999.
Fuente:
Cfr.
María del Mar Roig: “Alejo Carpentier y lo ‘real-maravilloso’”: http://www.letraslibres.com/revista/libros/carpentier-contra-carpentier

EL PAÍS, Madrid, 24 de diciembre de 1977
Tribuna:
Lo universal del habla americana
Alejo Carpentier

El escritor cubano Alejo Carpentier, premio Miguel de Cervantes de Literatura, envía desde París un texto en exclusiva para EL PAIS donde recoge una primera impresión y valoración de este premio, otorgado por unanimidad por las reales academias de la lengua, a propuesta de la Real Academia Española. El premio Cervantes, cuya primera edición se concedió al poeta Jorge Guillén, tiene una dotación económica de cinco millones de pesetas, y significa el reconocimiento universal de la obra literaria de un escritor de habla hispana. Alejo Carpentier (La Habana, 1904) está vinculado a la cultura autóctona de los pueblos latinoamericanos que se extienden, a través de sus creaciones literarias, al enriquecimiento de la cultura universal.

El hecho de que la Real Academia de la Lengua Española haya pensado en mí para que este año se me otorgase el premio Miguel de Cervantes Saavedra, me resulta halagador en alto grado por cuanto significa que en el seno de dicha institución se, ha operado una rápida evolución de conceptos que la remoza y actualiza al menos en el concepto que de ella tenía, generalmente el escritor latinoamericano.Para nosotros, hace todavía pocos años, Real Academia de la Lengua Española venía a ser sinónimo de cárcel del idioma, limitación, conservador deslinde de la expresión. Ante ella nos sentimos un tanto exóticos, ultramarinos, forasteros, con nuestros localismos, neologismos, americanismos, por decirlo todo.
Recordábamos, sin embargo, que a principio de este siglo don Miguel de Unamuno, considerando nuestra literatura, había condenado un casticismo que califica de estéril, admitiendo que los escritores de América habían influido ya en las modernas maneras de escribirse el castellano. Pero no todos los intelectuales españoles compartían, en aquellos días, el criterio de Unamuno. Y nosotros, por reflejo defensivo, nos marginábamos voluntariamente de lo que en España se escribía.
Que un premio de la importancia del Miguel de Cervantes Saavedra haya venido a coronar el esfuerzo creador de un escritor cubano demuestra que la academia nacida de la que fue cuna de nuestro idioma, idioma maravilloso por lo demás, nos acoge hoy calurosamente en su seno, con nuestra habla peculiar, nuestros modismos, nuestros voluntarios atropellos a las reglas gramaticales, que son otros tantos enriquecimientos aportados por nosotros, los de América, al patrimonio común de nuestra cultura.
Y, como cubano, me honra muy particularmente el hecho de haber contribuido a hacer realidad lo que fuera feliz vaticinio de Unamuno, a comienzo de este siglo.
Y, con él, y como quería él, con nuestro habla americana, seguimos tratando de «hallar lo universal en las entrañas de lo local, y en lo circunscrito y limitado, lo eterno».
Fuente:
Cfr.

EL PAÍS, Madrid, 26 de abril de 1980
Tribuna:
Presencia de Gustave Flaubert
Alejo Carpentier

Balzac escribió alrededor de cien novelas... Y decimos «alrededor» porque hay dos modos de establecer un catálogo de ellas: a) el que consiste en sumar sus títulos definitivos, lo que nos da una cifra algo inferior a cien-, b) el que consiste en señalar que tal o cual relativo, tenido por una obra coherente y vertebrada es, en realidad, un patch-work, una reunión de varias novelas o «novellas» anteriores hilvanadas, a veces, con tanta prisa. y descuido que, como ocurre con La mujer de treinta años, nos cuesta trabajo relacionar y seguir el desarrollo de seis textos arbitrariamente puestos en sucesión. (Algo semejante vemos en las Grandezas y miserias de las cortesanas, donde, aunque con mayor fortuna, Balzac reúne cinco novelas anteriormente publicadas bajo otros títulos ... ) Claro está que Balzac era un genio, y el genio no sólo hace lo que quiere, sino también lo que puede. Pero cabe preguntarse ahora si una producción tan superabundante como la de Balzac no resulta, en fin de cuentas, perjudicial al conocimiento de la obra misma. Todo hombre culto ha leído a Balzac, ciertamente. ¿Pero cuántos tomos de Balzac ha leído en realidad? Acaso una cuarta parte, que incluye, por fuerza -por ser más famosaslas obras maestras indiscutibles Eugenia Grandet, admirable logro, acierto total del comienzo a fin, La piel de zapa, justamente clásica; La duquesa de Langeais expresión perfecta del romanti císmo en la narrativa; El lirio en el valle, y, desde luego, aquello tránsitos de la Comedia humana, que trajeron al mundo de la dimensión imaginaria los inolvidables personajes de papá Goriot, la prima Bette, César Birotteau, Gobseck, Vautrin, Rastignac, el banquero Nucingen, Luciano de Rumbempré, y tantos otros que, con el tiempo, se nos erigieron en arquetipos proverbiales. Esto, desde luego, basta para asegurar la inmortalidad de un escritor. Y, sin embargo, ante la desbordada creación balzaciana, llegamos a preguntarnos si no le hubiese sido mejor haber escrito menos, centrando el esfuerzo en el mantenimiento de una calidad semejante a la que se observa a todo lo largo de Eugenia Grandet. Porque en nada se rebaja la grandeza de Balzac: admitiéndose que, en sus novelas de segundo plano, abundan las páginas sumamente prescindibles -cuando no francamente detestables.Este año muchas revistas literarias consagrarán números especiales, ensayos, estudios, etcétera, a la memoria de Gustave Flaubert, muerto el 8 de mayo de 1880 -hace exactamente un siglo- Y su nombre viene a oponerse, en nuestra mente, por fuerza, al de un Balzac, por cuanto -también creador de arquetipos por siempre inscritos en la historia literaria universal- fue un autor poco fecundo, consciente de su terrible dificultad de escribir y que, sin embargo, después de mucho renegar de su oficio, de quejarse de la lentitutd con que adelantaban sus manuscritos. después de leerlos, releerlos, clamarlos, declamarlos a la manera de un actor, después de exasperarse en él manejo de una pluma que mal respondía a sus intenciones, acababa produciendo algo que siempre -casi por fatalidad- resultaba una auténtica obra maestra, destinada a la inmortalidad. Fuera de una mala comedia, muerta al nacer, y de una copiosa correspondencia, a más de uno que otro texto de juventud, Flaubert sólo escribió seis libros. Peros seis libros titulados: Madame Bovary, Salambó, La educación sentimental, La tentación de san Antonio, Tres cuentos y Bouvard y Pecuchet, novela que la muerte de su autor dejó inconclusa, aunque casi toda pasada en limpio. Y estas obras tienen una característica singular, muy rara en la historia literaria: cada una responde a un planteamiento particular, nos lleva a diversas épocas y diversos ambientes, resuelve diferentes problemas de expresión, de estilo, de enfoque, constituyéndose en universo cerrado, redondo, completo en sí misma. Nada hay más diferente de Madame Bovary que La tentación de san Antonio. Y sin embargo, Flaubert está presente y bien presente en cualquier página de estos dos libros. A la gestación dolorosa, prolongada, llena de desalientos, seguía el fruto genial, espléndido y pronto imitado. Porque, si bien algunos, hoy, nos dicen que Salambó se les parece un poco a las películas de Cecil B, de Miller, no habría que olvidar que la novela cartaginesa de Flaubert resultó algo tan novedoso en su tiempo que dio origen a toda una novelística cultivada -con la personalidad particular de cada cual por autores tan distintos como Pierre Louys (Afrodita), Jean Lombard (Bizancio, La agonía), Sienkiewic, y hasta por Vicente Blasco Ibáñez, quien, en su novela de juventud Sónica la Cortesana, reproduce, con plagiario desparpajo, frases enteras del texto ejemplar.
En cuanto a Bouvard y Pecuchet, se trata de una novela sin paralelo en toda la literatura moderna. Nada parecido conozco a ese viaje de dos personajes -primos remotos de don Quijote y Sancho- a través del vasto mundo de las ideas y los conocimientos humanos. Viaje cuyas jornadas tragicómicas terminan siempre en un fracaso -como ocurre en la magna novela cervantina- Pero novela que, vuelta a su punto de partida, tras de una trayectoria circular, puede volver a empezar indefinidamente, disparándose hacia otros rumbos. Novela inmensa, novela enciclopédica -sin antecedentes en Francia, como no sea en Rabelais-, donde acaso haya alcanzado Flaubert la cima de sus posibilidades.

Y esta importancia la había percibido, antes que nadie, un hombre genial de América Latina. Me refiero al cubano José Martí. Y el hecho resulta tanto más portentoso si pensamos que el día 8 de julio de 1880 publicaba Martí, en The Sun, de Nueva York, un importantísimo ensayo acerca de Bouvard y Pecuchet, exponiendo pormenorizadamente su asunto, destacando sus planteamientos con la sagacidad crítica que le era peculiar... Y lo más extraordinario del caso era que Martí escribía su ensayo cinco meses antes de que madame Aubin empezara a publicar fragrnentos del manuscrito inconcluso en La Revue Nouvelle, de París, a título de sensacional primicia ofrecida a sus lectores... ¿Cómo José Martí conocía, estando en Nueva York, el texto póstumo de Flaubert?... ¿Y cómo lo conocía hasta el punto de poder análizar certeramente su contenido literario y hasta filosófico?... Hay ahí un misterio cuya elucidación dejo a los doctos investigadores de enigmas históricos. Pero nos queda el hecho de que un escritor de América Latina fuese el primero, acaso, en señalar el extraordinario valor de una novela debida al genio de quien nunca se repitió, en sus empeños, y que en vísperas de morir, emprendía una nueva aventura creativa, distinta a todas.
Balzac pasa a la posteridad con un bagaje de más de cien libros. Gustave Flaubert, con seis obras maestras.... ¿Cuál de los dos destinos será el más envidiable?...

Fuente:
Cfr.
"El universo musical de Alejo Carpentier": https://www.youtube.com/watch?v=YZiCqzDKi1E

Carpentier contra Carpentier
Gustavo Guerrero

Roberto González Echevarría, Alejo Carpentier: el peregrino en su patria, Gredos, Madrid, 2004, 395 pp.
Octubre 2004 

     Por suerte, no todo es pompa ni pasajera retórica en las mil y una conmemoraciones a las que se ha vuelto tan afecto nuestro tiempo. A veces, más allá o más acá de la celebración, algo queda, algo que resiste y perdura. Si tuviera que apostar hoy, diría que, de los cien años de Alejo Carpentier, probablemente sobreviva, entre otras pocas cosas, la reedición de este ensayo de Roberto González Echevarría. Publicado originalmente en inglés, en 1977, por la Cornell University Press, Alejo Carpentier, the Pilgrim at Home era ya una referencia dentro de los estudios literarios latinoamericanos antes de que se tradujera al español y se publicara en México, en 1993. Tras una temporada en el limbo de los títulos inhallables, ahora reaparece en España, en una segunda edición aumentada y corregida, y provisto de un nuevo y sustancioso prólogo del autor. No hay que dejar pasar la ocasión de descubrirlo o de releerlo en este año del centenario. Y es que se trata de un libro realmente importante no sólo en tanto lectura de la novelística del cubano sino, además, como ejercicio de historia literaria y como crítica de los paralelos tradicionales entre vida y obra.
     Es verdad que siempre abrimos con algún temor este tipo de estudios universitarios que datan de los años setenta y ochenta del siglo pasado, pues nada ha envejecido tan rápido como los pretenciosos dialectos teóricos y filosóficos que eran entonces lenguas obligatorias en los departamentos de literatura. Afortunadamente, Alejo Carpentier: el peregrino en su patria sigue siendo el libro inteligente y atrevido de un joven scholar de 34 años que, en pleno auge del posestructuralismo y la deconstrucción, supo sacar partido de lo que le ofrecían aquellas corrientes pero sin venderle el alma al diablo del sistema, la jerga y el método. González Echevarría va a ahondar más tarde su deuda con los deconstruccionistas y, en particular, con la escuela de los Yale deconstructionists (Bloom, Hartman, De Man) a la que aún suele asociársele. Sin embargo, en este estudio temprano, la deconstrucción representa ante todo una libre reivindicación del valor de la ambigüedad, la indeterminación y la contradicción como herramientas interpretativas. Sirviéndose de ellas, nuestro novel crítico se atreve a leer a Carpentier contra Carpentier, e incluso más allá de Carpentier, en una época en que el novelista cubano era ya una figura canónica y prácticamente intocable. "La misma investigación sobre las fuentes de Los pasos perdidos —señala así en el prólogo a la edición mexicana— me llevó a tomar conciencia de las sugestivas discrepancias entre lo que Carpentier decía sobre la génesis de su obra en diferentes momentos, y cómo estas declaraciones eran difíciles de verificar, cuando no eran claramente contradichas en la obra misma. Este descubrimiento me fue aclarando paulatinamente que lo que debía hacer era concentrarme en las discrepancias y desarmonías de la obra y las versiones de la vida, no tratar de velarlas con los recursos habituales de la crítica académica".
     Es ésta la ruta que González Echevarría sigue rigurosamente al analizar las distintas etapas por las que pasa la novelística de Carpentier y las complejas relaciones que se tejen, en cada una de ellas, entre el relato novelesco y el relato autobiográfico. En una era posbarthesiana y altamente crítica, Alejo Carpentier: el peregrino en su patria vino a rehabilitar de este modo las lecturas correlativas de vida y obra al situarlas en un nivel mucho más hondo e interesante: aquel donde el autor, si se me permite la redundancia, deja de ser una voz autorizada. De ahí que la silueta que se vaya definiendo a lo largo del libro no sea ya la del padre totémico del realismo mágico ni la del intelectual comprometido con el castrismo, las dos versiones a las que nos había acostumbrado la crítica oficial. Lejos y como al margen de ellas, el Carpentier de González Echevarría es una escritura y un hombre en los que se asocian creativa y conflictivamente las cuestiones del origen, la identidad y el destino de la cultura latinoamericana. No hace falta ser demasiado perspicaz para comprobar cómo, adelantándose al reciente escándalo de la partida de nacimiento suiza, los problemas que se tratan en este libro dibujan finamente la falla mayor de donde quizá surgen los muchos relatos del novelista sobre su persona y su literatura: la mentira sobre su lugar de nacimiento y acaso sobre su verdadera filiación.
     En el prólogo a la presente edición, fiel a la estrategia de lectura que se fijó hace 27 años, González Echevarría da cuenta de sus últimas pesquisas sobre este espinoso asunto, y analiza con inteligencia y honestidad las probables razones por las cuales Carpentier quiso ocultar que no había nacido en la capital de Cuba sino en Lausana. El relato de un incómodo encuentro con la viuda del escritor en La Habana y el resumen de las indignadas elusivas con que Mme Carpentier contestó sin contestar a la pregunta sobre el lugar de nacimiento de su marido, son como el corolario de estas páginas. Sin embargo, lo esencial es la forma en que se examina aquí la mentira como un texto más de y sobre Carpentier, un texto que merece ser leído a la luz de sus ficciones, pero que, al mismo tiempo, las ilumina de un modo novedoso y a veces insólito. En tanto práctica de la discrepancia y la contradicción, no veo mejor ejemplo de esa différence que, tras la huella de sus colegas deconstruccionistas, González Echevarría llama con elegancia los "malentendidos productivos" de Carpentier.
     Por supuesto, no siempre es posible seguir a nuestro crítico en todas y cada una de sus interpretaciones, ni tampoco se puede compartir hoy su opinión sobre la influencia de Carpentier en las generaciones más jóvenes. Pero poner el acento en dichas reservas sería mezquino ante todo lo que el ensayo representa como teoría y práctica de una hermenéutica, y también, lo repito, como ejercicio de historia literaria. O mejor y más justo: como lección de historia literaria. Y es que no puedo ni debo terminar esta reseña sin decir que las páginas que González Echevarría consagra a las vanguardias, a la Revista de Occidente y a la evolución del concepto de realismo mágico constituyen un capítulo esencial para entender el desarrollo del pensamiento literario latinoamericano en el siglo xx. Muchos las hemos tomado como un punto de partida para explorar otros territorios de nuestra historia y algunos incluso las han glosado indelicadamente sin citarlas. Sirva la ocasión para reconocer su importancia. Como si todo lo demás no pesara ya lo que pesa, se bastarían a sí solas para hacer de Alejo Carpentier: el peregrino en su patria un libro necesario.

Fuente:
Cfr.
Rita de Maeseneer: "¡Cómo leer a Alejo Carpentier y a la cultura del surrealismo en América Latina, de Anke Birkmaier?": http://www.casadelasamericas.org/publicaciones/revistacasa/256/hechosideas.pdf