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martes, 28 de enero de 2020

UNA VERSIÓN

La historia mentida
Juan Van-Halen / ABC

Comienzo con una evocación gozosa. En el viejo castillo de Luc de Clapiers, marqués de Vauvenargues, moralista francés del XVIII, está enterrado Pablo Picasso que lo compró en 1958. Conocí las lúcidas máximas del marqués en la excelente traducción de Manuel Machado. Dejó escrito que «todos los hombres nacen sinceros y mueren mentirosos», mientras Cioran, en exceso generoso, concluyó que «la mentira es una forma de talento». Trapacería o valor intelectual, la mentira invita a la reflexión.

Padecemos una interesada memoria histórica, concepto ya de por sí falso según el certero juicio de Gustavo Bueno. Se trata de una Historia mentida, manejada con pertinacia por cierta izquierda. Cuando la mentira se hace colectiva adquiere la fuerza de una verdad. Sobran los ejemplos. Refrescaré una reiterada falsedad histórica, atendiendo a lo que parece nos espera: la bondad casi angelical de la Segunda República. Quienes desean una tercera experiencia republicana declaran, por ceguera o ignorancia, que su ejemplo es aquella república fallida. Para Huxley «la más grande lección de la Historia es que nadie aprende las lecciones de la Historia».

El régimen del 14 de abril de 1931 no nació de la voluntad nacional expresada en las urnas; llegó desde una inducida movilización callejera tras unas elecciones municipales que en el conjunto de España ganaron las candidaturas monárquicas. El comité revolucionario, nacido del Pacto de San Sebastián en agosto de 1930, se autonombró, sin título legítimo alguno, Gobierno provisional de la República. En menos de un mes se produjo la quema de conventos; ardieron más de cien edificios religiosos sin que actuasen los bomberos ni la Policía, salvo para impedir que el fuego dañase los edificios colindantes. Azaña, presidente del Gobierno, reaccionó: «Ni todos los conventos de Madrid valen la vida de un republicano». Pero ninguna vida estaba en peligro.

La Constitución republicana de 1931, no sometida a referéndum, representó a una mitad de España contra la otra mitad. El presidente de la Comisión Constitucional, Luis Jiménez de Asúa, la definió en el Congreso como «una Constitución avanzada, democrática y de izquierda». No se contemplaba una república de derecha. Ese grave lastre fue el motivo último de su fracaso.

En 1933 el centro-derecha ganó las elecciones y la izquierda amenazó con acciones violentas si accedían al poder los triunfadores. Ante las presiones, Gil Robles, líder de la CEDA, coalición vencedora, renunció a encabezar el Gobierno. Un año después Lerroux, del Partido Republicano Radical y presidente del Gobierno, incorporó a tres ministros cedistas, y la izquierda cumplió su amenaza: la revolución de Asturias del 6 de octubre de 1934 contra el Gobierno legítimo. Hubo cerca de 2.000 muertos y graves daños en edificios históricos como la catedral de Oviedo y la universidad.

Lluís Companys, de ERC, presidente de la Generalitat, aprovechando la situación, proclamó «el Estado catalán dentro de la República Federal española». Aquel golpe de estado fue sofocado a cañonazos, con escasas víctimas, por el general Domingo Batet, jefe del Ejército en Cataluña. Suspendida la Generalitat, Companys y sus consejeros fueron juzgados y condenados a treinta años de prisión.

Días antes «El Socialista» amenazaba, 27 de septiembre de 1934: «Tenemos nuestro ejército a la espera de ser movilizado». Y el 30 de septiembre: «Nuestras relaciones con la República no pueden tener más que un significado: el de superarla o poseerla». La revolución de Asturias llevó a escribir al exministro e intelectual republicano Salvador de Madariaga: «Con la rebelión de 1934 la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936».

Ante las elecciones de febrero de 1936, Largo Caballero anunció: «Si triunfan las derechas tendremos que ir a la guerra civil declarada». Y más tarde: «Ahora, después del triunfo, se precisará salir a la calle con un fusil al brazo y la muerte al costado». El Frente Popular ganó los comicios pero aquel resultado es todavía discutido. Hubo amenazas, secuestros de urnas y violencia en muchos distritos electorales, y la posterior intervención de la Comisión de Actas del Congreso, presidida por el socialista Indalecio Prieto, hizo bailar decenas de escaños a favor del Frente Popular. Pocos creen hoy que no hubo fraude. Companys y el resto de los condenados por el golpe de estado de octubre de 1934 fueron amnistiados. Es la libertad que esperan de Sánchez nuestros nuevos golpistas. Montesquieu hace tiempo que es un molesto recuerdo.

Las libertades democráticas fueron vulneradas repetidamente durante la Segunda República que, además, vivió una espiral de violencia, como reflejan los «Diarios de Sesiones» del Congreso. Repasar los periódicos de la época es un ejercicio saludable. Las intenciones de socialistas y comunistas estaban claras si perdían las elecciones de 1936. Y, a medio plazo, también si las ganaban. Con el prólogo del asesinato del líder opositor Calvo Sotelo por policías y pistoleros socialistas, fracasado el golpe militar del 18 de julio, el país desembocó en la tragedia de la guerra civil.

Lenin predijo ya en 1920 que «el segundo país de Europa que establecerá la dictadura del proletariado será España». A ese fin se empleó Stalin en la guerra civil, potenciada su intervención tras los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona; una guerra dentro de la guerra, como cuenta George Orwell, testigo de aquella sangría. Su vanguardia armada fueron las Brigadas Internacionales. Muchos combatientes del bando republicano no defendían la democracia sino planteamientos revolucionarios totalitarios.

Recordar todo esto acaso llegue a ser delictivo, merced a la nueva ley de Memoria Histórica que nos amenaza. El mentiroso más acreditado es el que cree sus propias mentiras. Hay mentirosos perennes que, a veces, llegan a ocupar altas responsabilidades y, pese a que sus falacias son públicas y notorias, no reciben rechazo social, incluso son jaleados por una abulia y una comodidad generalizadas, convertidas en corrección política. Pienso en el caso de Sánchez, ese mentiroso pertinaz.

Padecemos una Historia mentida en una realidad social en la que abundan la falta de «relato» y la credulidad. Como recordaba Eduardo Serra Rexach en una reciente Tercera «carecemos de un verdadero proyecto nacional que nos aúne alrededor de un objetivo común». Sánchez pacta con quienes ansían acabar con la Monarquía, la Constitución y la unidad de España. ¿Lo harán por el método del 14 de abril, con movilizaciones callejeras, añadiendo esta vez un referéndum cocinado? Sería ingenuo confiar en que se siga la vía constitucional para acabar con la Constitución. ¿En manos de quiénes estamos? Y la sociedad, muda.
(*) Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.

06/01/2020:

jueves, 7 de diciembre de 2017

DEL USO POLÍTICO DE LA RAZÓN

EL PAÍS, Madrid, 28 de noviembre de 2017
TRIBUNA
El sombrío legado de Franco
Los dirigentes del PP se cargarían de razón si no coqueteasen con el pseudorrevisionismo histórico que blanquea la imagen del dictador. Pero recurrir a él para explicar la crisis actual es sorprendente
Javier Moreno Luzón
 
Que para explicar la crisis catalana actual se recurra a Francisco Franco, un dictador muerto hace cuarenta y dos años, resulta cuando menos sorprendente. Pero así lo hacen numerosas voces, en los círculos independentistas, en un ala de la izquierda española y en unos cuantos medios de comunicación extranjeros. Tras las acciones del Gobierno de España se descubre la sombra de Franco, mientras a Mariano Rajoy se le erige en heredero del Caudillo y de otros autócratas dispuestos a mantener como sea la unidad nacional. Coinciden en este diagnóstico políticos, periodistas y académicos empeñados en describir un Estado ajeno a las normas democráticas occidentales. A propósito del encarcelamiento de los líderes secesionistas, hay quien ha rescatado una tajante sentencia del escritor Rafael Chirbes: “este país apesta a franquismo”.
Una respuesta inmediata a estas afirmaciones consistiría en comprobar que contienen disparates evidentes: en España, se diga lo que se diga en la BBC, no existe un régimen autoritario sino una democracia liberal, con forma de monarquía parlamentaria, en la que se garantizan los derechos y libertades individuales, hay separación de poderes y el Gobierno emana de un Parlamento elegido por sufragio universal. El Estado español es un miembro de la UE con problemas similares a los de sus socios, no un paria internacional. Costaría imaginar, bajo un sistema franquista o pseudofranquista, elementos legales tan consolidados en la vida española como la existencia de comunidades autónomas con extensas atribuciones o la falta de censura, no digamos ya el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Sin embargo, tanta insistencia merece alguna reflexión, porque no se trata sólo de una improvisada propaganda pro-catalanista. Semejantes tesis se sustentan sobre bases que las hacen verosímiles entre quienes las repiten. Algunas trazas de la cultura política española y catalana recuerdan a las del franquismo, como los hábitos caciquiles en el manejo de los recursos públicos o la corrupción rampante que vincula a autoridades y empresarios amigos. Nada que no proceda de periodos anteriores a la dictadura y que no ocurra en diversas partes de Europa donde reina también el clientelismo. Además, ahora la prensa airea y los jueces persiguen las corruptelas, que no quedan impunes. Podría hablarse asimismo de los privilegios de la Iglesia, que aún disfruta de un trato preferente que no se corresponde con la secularización de las costumbres, eco de lo que pasa en otros países de la UE con tradiciones católicas.
En cuanto a la cuestión catalana, pueden atribuirse a reflejos autoritarios los errores en la gestión del desafío nacionalista, como la torpeza gubernamental en el empleo de las fuerzas de seguridad o la actuación de la Audiencia Nacional, que ha tomado medidas preventivas más que discutibles. Pero establecer un paralelismo entre estos hechos y la represión franquista de los nacionalismos subestatales carece de fundamento. Baste recordar que, desde la Guerra Civil hasta los años setenta, no hubo en ninguna zona de España elecciones limpias ni más partidos y sindicatos autorizados que los oficiales, abundaban los presos políticos y se prohibía cualquier expresión nacionalista no española. Ningún gobernador civil de entonces hubiera permitido manifestaciones a favor de la independencia —ni tan siquiera de la autonomía— de Cataluña. La senyera, que podía entenderse como símbolo de una región española, no se izó en los ayuntamientos catalanes hasta 1975.
En realidad, las alusiones a Franco adquieren credibilidad porque su régimen se identifica, sin matices, con el nacionalismo español. No con el castellano, que apenas ha salido de la irrelevancia, sino con el que afirma que la única nación política —dotada por tanto de soberanía— en el territorio de este Estado es España. Un nacionalismo que ha tenido varias versiones desde su aparición durante la guerra napoleónica de 1808, que precedió por lo tanto al franquismo y que lo ha sobrevivido. Durante el Ochocientos y las primeras décadas del Novecientos, hubo españolistas liberales, demócratas y republicanos que, de Agustín Argüelles a Manuel Azaña, concebían España como una comunidad cívica, adornada con características propias pero compuesta de ciudadanos con derechos protegidos por el Estado a través de un régimen representativo. En algunos momentos, como en la Segunda República, estos sectores llegaron a acuerdos con los catalanistas para concederles una autonomía regional.
La coalición reaccionaria que apoyó el levantamiento contra la legalidad republicana en 1936 y luego al dictador durante los treinta y nueve años siguientes heredó otras visiones de la españolidad. Por un lado, un nacional-catolicismo que sólo admitía una manera de ser español, la católica, y propugnaba un Estado confesional y corporativo. Por otro, la vertiente hispana del fascismo, cuyas expresiones nacionalistas recogieron la sublimación de Castilla como núcleo de España y adoptaron un proyecto totalitario. La Falange proporcionó cuadros y discursos a la dictadura, pero, más allá de sus efímeros logros nacional-sindicalistas, fueron los católicos quienes dejaron una huella más profunda en ella. Sin olvidar los rasgos propios de un nacionalismo militar que atribuía al ejército la misión de salvar a la patria de sus enemigos internos, entre ellos los catalanistas: Franco no dejó de ser un general cuya legitimidad provenía de vencer en una guerra.
Poco queda de estos componentes franquistas en el nacionalismo español, reforzado ante el reto independentista catalán. Se perciben algunos síntomas poco tranquilizadores, como la presencia violenta de grupúsculos neofascistas en algunas concentraciones, donde se ha visto a descerebrados cantar el Cara al sol —himno de Falange— enarbolando banderas constitucionales. Pero las grandes fuerzas políticas españolistas parecen comprometidas con los valores democráticos y se explican en términos incompatibles con el militarismo, las premisas nacional-católicas o el falangismo, aunque haya portavoces secesionistas que acusen a Albert Rivera, de Ciudadanos, de ser un nuevo José Antonio.
Así pues, no es posible dar cuenta del conflicto que se dirime en nuestro país acudiendo al sombrío legado de Franco. Se entiende mejor como una pugna entre nacionalistas en el marco de una democracia que, como la mayoría de sus congéneres, intenta evitar la ruptura de su ordenamiento constitucional; no como la lucha entre los herederos del franquismo y los adalides de la libertad. Aunque los dirigentes del PP se cargarían de razón en sus protestas si no coqueteasen con el pseudorrevisionismo histórico que blanquea la imagen del dictador; si aceptaran la retirada de los homenajes al franquismo en calles o monumentos y comenzasen a atender las demandas de los descendientes de sus víctimas. La causa de la España democrática y europeísta saldría muy fortalecida.
(*) Javier Moreno Luzón es historiador y ha publicado, con Xosé M. Núñez Seixas, Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea (Tecnos, 2017).

Fuente:
Ilustración: Raquel Marín.

EL PAÍS, Madrid, 20 de julio de 2017
TRIBUNA
La Rusia de Occidente
Javier Moreno Luzón 
 
El revolucionario ruso León Trotski pasó en España los últimos meses de 1916, tan solo un año antes de tomar el poder en Petrogrado. Fue un viaje azaroso: expulsado de Francia, anduvo por Madrid, donde disfrutó del Museo del Prado, hasta que la policía lo encarceló y lo mandó a Cádiz, a la espera de un barco que lo sacase del país. Apenas logró manejar unas cuantas palabras en castellano, pero captó algunos rasgos de la vida española, como la mala fama de los políticos, las desigualdades sociales o el poder de la Iglesia. Le impresionaron la indolencia, la amabilidad y el calor. Desde su siguiente destino, Nueva York, escribió que el problema agrario y el carácter violento de sus habitantes hacían de España, después de Rusia, el lugar donde resultaba más probable una revolución.
Aquel paralelismo entre los dos extremos de Europa tenía antecedentes tan ilustres como el de Miguel de Unamuno, quien había afirmado que ambos pueblos compartían una misma religiosidad mística y un fondo comunal campesino. Los estereotipos hablaban de seculares atrasos y exotismos orientales, de gentes un tanto salvajes. Hasta el ancho de vía de sus respectivos ferrocarriles era mayor que el usual en el continente. El rey Alfonso XIII creía que la primera de las revoluciones rusas de 1917, la que hizo abdicar al zar, podía repetirse en España, sobre todo si entraba en la guerra europea como había hecho Rusia.
Durante unos meses, los acontecimientos dieron la razón a los augures. Ese mismo verano se encadenaron varios conatos revolucionarios en España: el de las juntas militares, que expresaban agravios corporativos; el de catalanistas y republicanos, que convocaron una asamblea de parlamentarios para exigir la reforma de la Constitución; y el de los sindicatos obreros, lanzados a la huelga general. Hubo quien pensó en una réplica de la experiencia rusa, con un proceso constituyente custodiado por sóviets de obreros y soldados. Pero España no era Rusia: a la hora de la verdad, las clases medias catalanas no se aliaron con los huelguistas y los militares reprimieron la insurrección sindical. La monarquía española, más parecida a la italiana que al imperio de los zares, resistió el embate.
La verdadera fe que llegó a España desde Rusia en 1917 no fue la del febrero democrático, sino la del octubre rojo, un potente mito político que cambió el paisaje mundial, dividió a las izquierdas y atemorizó a las derechas. El campo andaluz vivió un trienio bolchevique en el que los jornaleros aspiraban al reparto de las tierras que habían conseguido los rusos; mientras los sectores conservadores alertaban del peligro soviético para imponer soluciones autoritarias. Aunque la escasa información jugara a veces malas pasadas. Los anarcosindicalistas de la CNT acogieron con entusiasmo aquel trastorno radical y los socialistas decidieron tantear su adhesión a la nueva Internacional. Pero sendos viajes a Moscú les quitaron las ganas, pues aquellos aguerridos héroes perseguían a los ácratas, exigían disciplina y despreciaban los derechos ciudadanos. Vladímir Lenin se lo dejó claro en 1920 a un atónito Fernando de los Ríos, enviado del PSOE: “Libertad, ¿para qué?”. Por entonces se organizaban ya los comunistas españoles.
La vieja Rusia medieval se había convertido, de golpe, en el faro que alumbraba el futuro de la humanidad. En España se publicaron decenas de libros sobre el experimento y numerosos viajeros confirmaron sus excelencias. Sin embargo, sus partidarios no salieron de los márgenes hasta la Segunda República, cuando el camarada Iósif Stalin había heredado ya las herramientas dictatoriales de Lenin y lanzado al exilio a Trotski, disidente en nombre del ideal leninista. Mediados los años treinta, el régimen staliniano se sumó a las coaliciones contra el fascismo que avanzaba en Europa y sus peones españoles hicieron lo propio con el Frente Popular que ganó las elecciones de 1936. Entraron en el Parlamento y se hicieron con el control de las juventudes socialistas, aunque la posibilidad de una revolución al estilo soviético, un fantasma que agitaron las derechas antirrepublicanas, era más bien remota. Al socialista Francisco Largo Caballero le quedó, eso sí, el remoquete de Lenin español.
España estuvo algo más cerca de transformarse en la Rusia de Occidente durante la Guerra Civil. La Unión Soviética era el único apoyo internacional de peso que tenía la República y su esfuerzo militar dependía de la ayuda de Stalin, por lo que los comunistas adquirieron en la zona leal una influencia decisiva. Cabeza de la contrarrevolución que acabó con las colectivizaciones orquestadas por los anarquistas al estallar el conflicto, aplicaron las técnicas ya probadas en la Unión Soviética, donde no solo habían barrido a los trotskistas, sino que también purgaban a los más adictos, en un sistema de terror sin límites. Los marxistas antiestalinistas del POUM fueron liquidados. En 1940, el catalán Ramón Mercader, al servicio de Stalin, asesinó a Trotski en su destierro mexicano.
A partir de ahí, el comunismo español formó el tronco principal de la oposición a la dictadura de Francisco Franco. Tras el fracaso del maquis guerrillero, adoptó una línea conciliadora que aspiraba a traer a España la democracia pluralista y no un régimen autocrático al estilo soviético. Esa distancia se ensanchó y la actitud constructiva del PCE protagonizó la Transición a la muerte del tirano. Poco quedaba ya del sueño revolucionario, aunque aún subsistían los métodos de Lenin, la jerarquía implacable y la purga de los discrepantes en el interior del partido. Su progresiva insignificancia acabó por diluirlo en Izquierda Unida, donde ha sobrevivido pese al derrumbe de la Unión Soviética.
Hoy, en el centenario de las revoluciones rusas, carecen de sentido las comparaciones de antaño y nadie podría imaginar una España sovietizada. Pero el mito sigue vivo y las hazañas de Lenin y Trotski, no tanto las de Stalin, aún despiertan simpatías entre algunos izquierdistas españoles. Sobre todo en Podemos, donde sus impulsores, que han hablado de leninismo amable, no ocultan su admiración por Octubre, su fuerza y sus procedimientos. Pablo Iglesias Turrión emplea la retórica revolucionaria y rinde homenajes a “aquel calvo”, “mente prodigiosa” que satisfizo los deseos de los trabajadores. Las alusiones a 1917 no pueden ser inocentes, pues sus consecuencias, que marcaron el siglo XX, todavía nos interpelan.

(*) Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Acaba de publicar, con Xosé M. Núñez Seixas, Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea (Tecnos).

Fuente:
Ilustración: Eva Vázquez.

EL PAÍS, Madrid, 16 de julio de 2017
Usos políticos de la Segunda República
Javier Moreno Luzón
 
En ese breve periodo democrático se dan cita algunos elementos clave en cualquier interpretación acerca de la España contemporánea. Antecedente inmediato de la Guerra Civil y de la dictadura de Franco, a él se acercan quienes intentan dilucidar por qué aquí no cuajó la democracia y a qué fuerzas hay que atribuir la responsabilidad en la tragedia. Naturalmente, las izquierdas y las derechas acusan a los predecesores de sus contrarias y absuelven a los propios. Una pugna histórico-política que se ha enconado en las últimas décadas y ha enrarecido el clima historiográfico hasta extremos antes inimaginables.
Para empezar, bajo la bota franquista se permitían pocas dudas: la República no era más que la culminación de una historia desgraciada, la del liberalismo español, que había traicionado las esencias nacionales y se había entregado a revolucionarios y separatistas, lo cual justificaba el levantamiento militar de 1936. En aquellos tiempos grises, los escasos historiadores que se ocupaban de la época y no se dedicaban a la propaganda vivían fuera del país. Entre ellos figuraban defensores de los republicanos y socialistas que habían diseñado el programa —educativo, social y agrario, civilista, secularizador— de 1931, pero también observadores moderados que guardaban las distancias.
Conforme se abrió paso la democracia en los setenta, el panorama cambió de forma substancial, pues desde entonces proliferaron las publicaciones y los coloquios, los cursos y los programas de radio y televisión, mientras el ambiente político animaba a no repetir los errores pretéritos y pasar página. Aquel florecimiento historiográfico, que con altibajos duró más de dos decenios, no sólo multiplicó las contribuciones, sino que puso asimismo a los académicos autóctonos al mismo nivel que los hispanistas. Se asentaron enfoques que aconsejaban contemplar la etapa en toda su complejidad y no tener a la República por un mero plano inclinado hacia la contienda. Y, cosa notable, fue posible el diálogo entre gentes de ideologías distintas, que no confundían su proximidad a una u otra tendencia con la fe ciega en sus bondades.
Sin embargo, a finales de los noventa, cuando la historia se transformó de nuevo en arena de combate político, ese entendimiento se vino abajo. Abrieron fuego pseudohistoriadores que recuperaron viejas tesis de regusto franquista: las izquierdas tuvieron la culpa de todo y la guerra comenzó no en 1936, sino en 1934, cuando se sublevaron contra un Gobierno en el que entraban los católicos. La democracia no era tal y Franco salvó a España del comunismo. Lo burdo de sus argumentos, acorde con sus métodos de investigación, no impidió que vendieran muchos libros y llenasen grandes espacios mediáticos. El público de derechas seguía ahí, dispuesto a comprar, con ropajes diferentes, las diatribas ya conocidas.
Por otro lado, los movimientos para la recuperación de la memoria histórica reivindicaron la herencia republicana, la de los perdedores de la guerra, demandaron reparaciones y proyectaron hacia atrás una visión idealizada de la República. Más que comprender qué había ocurrido, se trataba de enarbolar emblemas progresistas, lo mismo que en las manifestaciones contra los Gobiernos del Partido Popular ondeaban por miles las banderas tricolores. Según estas versiones, los partidos y sindicatos de izquierda se habían comportado como demócratas irreprochables y merecían más y mejores homenajes. Como si republicanos, socialistas, nacionalistas, anarquistas y comunistas hubieran remado siempre juntos y en la misma dirección.
Las posturas se radicalizaron cuando, ya entrado nuestro siglo, el Gabinete socialista, decidido a integrar el legado republicano en la España constitucional, impulsó una ley de reparaciones que, aunque prudente, desató una intensa pugna. Nada la ejemplificó mejor que la batalla simbólica de esquelas en la prensa, en la que cada cual recordaba a sus muertos. Y así estamos. Los conservadores repiten, día sí y día también, que hay que mantener cerradas las heridas, al tiempo que incumplen la ley y contraponen la Transición modélica al caos republicano. Por su parte, las nuevas izquierdas elogian al pueblo de 1931 y al que frenó al fascismo en 1936. La súbita crisis de la Monarquía les hizo soñar con una Tercera República, espejo de la Segunda, pero su despertar no ha borrado las trincheras cavadas en torno a las respectivas legitimidades.
Entre tanto, la historiografía se ha enriquecido con un sinfín de artículos, libros y congresos, impulsada a menudo por profesionales españoles que se mueven con soltura en las universidades europeas. Se han refrescado temas clásicos, como las biografías, las elecciones o las reformas; y también se atiende a otros actores, desde las mujeres hasta los guardias civiles, al tiempo que la historia cultural ilumina los discursos, las movilizaciones o la violencia política. Los estudios locales ya no son localistas, sino que emplean el microscopio para desentrañar fenómenos de largo alcance.
No obstante, los especialistas en la República tienden hoy a alinearse en facciones enfrentadas a cara de perro. Poco queda de los foros donde un general vencedor podía conversar con un antiguo exiliado. Ahora lo habitual es descalificar a quienes sostienen otras posiciones, porque se supone que su militancia progresista les impide ver la realidad o porque cualquier melladura en los mitos republicanos se juzga como un retorno a las ideas del franquismo. No basta con discutir las opiniones de los otros, sino que además hay que tacharles de deshonestos. Abundan los albaceas de personajes y causas del pasado, mientras algunos medios instrumentalizan las investigaciones universitarias para alimentar la controversia. Hasta ha entrado en escena, con un toque surrealista, la Fundación Francisco Franco. La política maniquea pervierte el conocimiento de la historia, y este, como la calidad de nuestros debates, sale perdiendo.
las opiniones de otros, sino que además hay que tacharles de deshonestos
(*) Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.

Fuente: 

sábado, 2 de diciembre de 2017

INCESANTE HISTORIA, INCESANTE

EL PAÍS, Madrid, 2 de diciembre de 2017
TRIBUNA
Negrín: elogio de un hombre odiado
Aurora Nacarino-Brabo
 
Corría mayo de 1937 y Azaña acabó de decidir el nombre de quien sería el último presidente del Gobierno republicano. Largo Caballero había dimitido tras los “sucesos de Barcelona”, que habían dejado 400 muertos y mil heridos. Eran tiempos difíciles para la República y Juan Negrín habría de lidiar con ellos.
El hasta entonces ministro de Hacienda se había formado principalmente en medicina, aunque posteriormente había estudiado química y economía. Negrín tenía claro que las opciones de victoria republicana pasaban por la maximización de los recursos del Estado, que habrían de garantizar la provisión de armas y municiones al ejército, pero también los suministros necesarios para el mantenimiento de la población civil en las zonas leales, menos productivas y más pobladas que las áreas bajo influencia sublevada. A las dificultades militares se añadían el oportunismo desleal de nacionalistas, anarquistas y colectivistas.
Negrín, perteneciente a una familia de comerciantes de Las Palmas, era un hombre ilustrado que hablaba seis idiomas. Se había formado en Alemania y era catedrático desde los 30 años. Aunque era un socialista moderado, un simpatizante del SPD alemán favorable al mercado (fue el primer suscriptor en España de The Economist), a las libertades individuales y contrario al comunismo, su relación con el PCE no era hostil. De él se ha dicho que quiso entregar España a Stalin y, sin embargo, no guardaba simpatía a la URSS. De hecho, la familia de su primera mujer, que era rusa, había perdido sus propiedades y se fue al exilio tras la revolución de 1917.
Digo su primera mujer porque Negrín acabaría separándose. Nunca dejó de atender las necesidades y el bienestar de su exesposa, incluso cuando ella se esmeró en propagar falsas acusaciones de infidelidad. Uno de sus hijos, también médico, confirmaría años más tarde que su madre tenía “una personalidad esquizoide con tendencias paranoicas”. Poco después de su ruptura matrimonial, Negrín conocería a su gran amor, Feliciana López, que lo acompañaría el resto de su vida.
El peso creciente de sus competencias políticas obligó al doctor a abandonar su carrera científica, decisión que lamentarían sus alumnos, pues Negrín, además de científico, fue un profesor muy querido por sus estudiantes, entre ellos el futuro Nobel Severo Ochoa. Ochoa alcanzó la gloria científica lejos de nuestro país, después de que Negrín hubiera facilitado su salida de España durante la contienda civil en una maniobra diplomática arriesgada: su pupilo solicitó que lo enviaran a Alemania, una potencia enemiga.
No fue el primero ni el último que obtendría un salvoconducto de Negrín para salir de España. El doctor se implicó para que decenas de personas pudieran partir al exilio, entre ellas intelectuales, científicos, sacerdotes o profesionales a los que su ideología conservadora o su fe católica habían puesto en peligro. También ordenó la excarcelación de Serrano Súñer, cuando se encontraba preso y enfermo en la cárcel Modelo de Barcelona.
Asimismo, Negrín intercedió por muchos presos anónimos en las infames checas controladas por elementos sindicales y partidistas, en ocasiones arriesgando la vida. Después conseguiría clausurarlas y restaurar el orden en la retaguardia. Los que lo conocieron coincidieron en señalar el arrojo del doctor, que no dudaba en visitar las zonas más expuestas del frente de batalla para insuflar ánimo a los soldados republicanos, conocidos como los “cien mil hijos de Negrín”. Dos de ellos eran, además, hijos suyos en sentido literal: Juan y Rómulo Negrín servirían en el cuerpo de carabineros y en la aviación de combate, respectivamente.
Pero quizá sea el “oro de Moscú” la razón por la que más se conoce a Negrín. Aunque circulan leyendas que involucran al último presidente de la República en su desaparición, la realidad es prosaica. Al comienzo de la guerra Negrín ordenó sacar todo el oro del Banco de España para evitar que cayera en manos de los sublevados en caso de que tomaran la capital. Los registros de depósitos y movimientos de ese oro, perfectamente documentados, fueron devueltos al Estado español por uno de sus hijos. Hasta la última peseta se había invertido en conseguir suministros que permitieran sostener civil y militarmente a la República, casi siempre a los precios abusivos que establecía Stalin, debido a la falta de otros apoyos internacionales.
Durante mucho tiempo Negrín estuvo convencido de que la República podía ganar la guerra, pero sabía que esa opción dependía de una intervención aliada en España. Incluso cuando su optimismo y su salud se fueron apagando, el doctor se esforzó por aparentar fortaleza moral ante los suyos. Cuando Prieto andaba derrumbándose por las embajadas internacionales y Azaña ya había perdido la fe, Negrín insistía en que una nueva guerra mundial estaba a punto de estallar en Europa, y que este conflicto obligaría a una intervención aliada en España.
También se ha acusado al doctor de prolongar innecesariamente la guerra para sufrimiento de los españoles. De poner en marcha, junto al general Rojo, uno de sus más leales y brillantes colaboradores, campañas militares que no suponían ningún avance republicano. Eran batallas que pretendían distraer y ralentizar el avance enemigo sobre Madrid, pues, a partir de 1938, la estrategia republicana habría de centrarse en ganar tiempo. Negrín no tenía duda de que no cabía pactar una paz sin represalias con Franco, aunque buscó sin descanso una salida internacional negociada que reflejó en sus famosos “13 puntos”.
La historia se encargó de vaciar de sentido la acusación del sufrimiento innecesario. Cuando se consumó la traición de Casado que entregó la República a los sublevados, tuvo lugar la temida represión franquista, que historiadores como Antony Beevor han cifrado en 350.000 muertos. La última obsesión de Negrín antes de que la República colapsara había sido la organización de las evacuaciones masivas, así como la provisión de barcos que trasladaran a México los fondos necesarios para financiar el exilio. A finales de ese mismo verano de 1939 se desataría el conflicto en Europa que Negrín había vaticinado. Para entonces, el doctor ya se encontraba lejos de España, con la salud muy frágil. Difamado por todos y expulsado de su partido, moriría en París en 1956.
El PSOE rehabilitaría su figura en 2009, a la luz del trabajo historiográfico de investigadores como Santos Juliá, Ángel Viñas o Enrique Moradiellos. Este último nos ha legado una descomunal obra biográfica del doctor, un retrato mortificante de un hombre de talento desmedido, comprometido, hiperactivo, esperanzado. Y, finalmente, solo, enfermo, traicionado, derrotado. Conocer su vida es conocer un poco mejor la historia de España.
(*) Aurora Nacarino-Brabo es politóloga.

Fuente:
Ilustración: Enrique Flores.

viernes, 31 de julio de 2015

LAS LECCIONES OLVIDADAS

EL NACIONAL, Caracas, 29 de julio de 2015
España, la izquierda y la historia
Aníbal Romero 

Como es sabido los partidos políticos de izquierda, tanto la presuntamente moderada encarnada en el PSOE como la más radical representada por Podemos, lograron importantes avances en las elecciones autonómicas y municipales del pasado mes de mayo en España. Hablo de una izquierda “presuntamente moderada” al referirme al PSOE, pues uno de los fenómenos políticos de este tiempo es la progresiva radicalización hacia la izquierda de ese movimiento.
Empujado por un genuino descontento derivado de una economía que no termina de arrancar, así como por la extendida corrupción de las élites políticas tradicionales, un electorado inquieto y desconcertado ha empezado a experimentar con fórmulas heterodoxas, que sólo presagian borrascas para España.
Por los momentos, algunos de los ayuntamientos y regiones controlados por la izquierda española y por los sectores independentistas, se están dando a la tarea de eliminar en salas de reuniones y sitios públicos retratos y bustos de los reyes Juan Carlos I y Felipe VI, entre otros símbolos de la monarquía, así como de proseguir el rumbo –que comenzó hace ya algunos años– de cambiar nombres a calles, derribar estatuas, programar y publicar nuevos textos con versiones sesgadas y parcializadas de la historia, a fin de desfigurar y desechar en todo lo posible la memoria de lo realmente acontecido durante la guerra civil de 1936-1939, y condenar sin miramientos y en todos sus aspectos al régimen franquista.
Lo primero, es decir, la ofensiva antimonárquica se refiere al presente de manera directa; y lo segundo, la perspectiva unilateral de la historia, también tiene que ver con el presente, sólo que en este caso se accede a la actualidad mediante la transformación del pasado. En tal sentido, con su ataque creciente a la monarquía, la izquierda radical y el independentismo regionalista apuntan con gran acierto contra las bases del Estado español, a objeto de erosionarlas y eventualmente lograr su desintegración.
La distorsión del pasado en función de una perspectiva única y hegemónica, procura transmitir a las nuevas generaciones la versión que la izquierda derrotada en la guerra civil tiene de ese conflicto, y que se caracteriza por su miopía y falta de equilibrio.
Con estos dos procesos, el ataque a la monarquía y la distorsión de la historia, la izquierda española en general, pero particularmente su sector más radical, pone de manifiesto otra vez un rasgo clave de la acción de la izquierda política internacional en su camino al poder y en su ejercicio del mismo. Lo que ahora hace la izquierda radical en España, con una pequeña ayuda de los “moderados”, fue lo que hicieron los bolcheviques en Rusia, los maoístas en China, los hermanos Castro en Cuba, los sucesores de Allende y la Unidad Popular en Chile, y Chávez y sus seguidores en Venezuela. El proceso de desfiguración de la historia con base a una versión unilateral de la misma es empleado como instrumento de consolidación del poder.
La versión que la izquierda española ofrece sobre la guerra civil y el franquismo, sería capaz de convencer a más de un incauto que ese conflicto y el régimen que produjo salieron casi de la nada, o quizás sencillamente de las torcidas intenciones de un grupito de conspiradores, alentados por los más oscuros designios y situados en una especie de limbo fuera de todo contexto concreto. Pero cualquier persona que se ocupe de leer un poco acerca de lo que fue la República española y luego la guerra civil, en libros de historiadores serios y ponderados como Hugh Thomas y Anthony Beevor, por ejemplo, con seguridad alcanzará una perspectiva mucho más balanceada, una perspectiva que muestre no solamente el caos en que el radicalismo de la izquierda sumió a España antes de la guerra civil, sino también las atrocidades que tanto la izquierda como los nacionalistas se infligieron mutuamente entre 1936 y 1939.
Basta con informarse un poco acerca de lo ocurrido dentro de las propias filas republicanas durante esos años, sobre las luchas implacables entre comunistas y anarquistas, la incontrolable violencia callejera, la ausencia de autoridad, la ingobernabilidad, la destrucción de todo derecho y la pérdida absoluta de un sentido del orden y de vigencia de las leyes, para tener claro qué le esperaba a España bajo un régimen comandado por quienes dirigieron la guerra civil del lado republicano.
El régimen franquista nacido de esa feroz guerra civil estuvo lleno de las sombras propias de toda dictadura, en especial de una dictadura surgida de un enfrentamiento fratricida, caracterizado por la inmensa y dolorosa crueldad desplegada por todos los bandos participantes. Ahora bien, la necesaria crítica a ese pasado no debe jamás perder de vista sus orígenes en el caos republicano. La pretensión de erradicar a Franco y el franquismo de la historia española es una tarea sin destino aunque políticamente útil, y la izquierda española actual desea hacerlo, desea execrar toda esa etapa histórica para servir sus metas de poder presente, golpeando también a la monarquía que emergió fortalecida del franquismo y de la posterior transición democrática.
Con relación a Allende, a la experiencia trágica de la Unidad Popular y al consiguiente régimen de Augusto Pinochet, ha sucedido algo parecido. Se olvida hoy con demasiada frecuencia el desastre que fue la etapa allendista en la historia chilena, un incesante caos impulsado por una minoría exaltada y radicalizada, incapaz de respetar los límites que la Constitución y una larga tradición de convivencia democrática establecían en Chile. Esa minoría fue incapaz de percatarse del peligro mortal que corría al movilizar a las masas hacia el abismo. La dictadura de Pinochet se vincula de manera directa al empeño de Allende y sus seguidores, especialmente en el partido socialista y agrupaciones como el MIR, de imponer su voluntad por encima de todo, enlazados de paso con Fidel Castro, quien con característica temeridad acentuó las tensiones de la vorágine que fracturó a Chile.
No obstante, no pocos presentan hoy a Allende como un mártir impoluto, y la izquierda chilena, de nuevo en el gobierno y dirigida por la poco iluminada presidenta Bachelet, se dedica a escarbar el pasado para revolverlo y distorsionarlo, asegurándose así que una versión sesgada y parcializada de la historia prevalezca.
La receta ha sido aplicada, con la inmensa torpeza, ignorancia y malevolencia que tipifican al chavismo, en una Venezuela cada día más postrada, sometida de modo implacable al bombardeo propagandístico de un régimen que ha llegado al extremo de cambiar el nombre al país y desmembrar sus símbolos patrios, así como de transformar el rostro de Bolívar para hacerlo menos blanco y más “pardo”, según el guion de un grupo que lleva el resentimiento hondamente marcado en el alma. Además de esto, y tal vez de manera todavía más destructiva para las nuevas generaciones, el chavismo ha execrado los cuarenta años de República Civil sin hacer la más mínima concesión a la objetividad y el equilibrio históricos, condenando globalmente y sin atenuantes cuatro décadas cruciales de nuestra historia, durante las que Venezuela alcanzó importantes logros en los más diversos ámbitos del progreso colectivo.
No debe sorprendernos todo ello, en vista –entre otras razones– de que un nutrido contingente de asesores de la izquierda radical española se ha hecho presente en Venezuela desde hace años, cobrando gruesas sumas de dinero a cambio de suministrar a nuestros delirantes gobernantes el libreto que señala la distorsión de la historia como un método fundamental para la consolidación del poder. Se trata de seguir el consejo de Antonio Gramsci, teórico comunista italiano de comienzos del siglo pasado, levantando el edificio casi infranqueable de la “hegemonía comunicacional”.
El régimen creado por Chávez y ahora en manos de Maduro ha usado esa hegemonía con no poca eficacia, hasta el punto de que la misma oposición no se atreve, o no desea, diferenciarse del populismo socialista de manera clara e inequívoca. Y al respecto cabe preguntarse, ya a estas alturas del proceso de demolición institucional y socioeconómica chavistas: ¿qué hemos aprendido los venezolanos, si es que algo hemos aprendido, durante estos pasados 17 años?¿Entendemos acaso el vínculo entre el proyecto socialista y el colapso de la nación? ¿Existe acaso una visión, así sea somera, dentro del liderazgo opositor acerca de la sociedad y el sistema económico alternativos que sería necesario construir sobre las terribles ruinas del chavismo?
Si bien cabe dudar acerca del aprendizaje de los venezolanos luego de la fatal etapa histórica chavista, en lo que a España se refiere parece claro que ya muchos han olvidado las lecciones de la guerra civil y el franquismo. La izquierda y los separatistas de nuevo se radicalizan, en tanto que las élites políticas se enredan en una enmarañada red de corrupción que día a día depara nuevas sorpresas. Y todo ello ocurre en medio de la creencia, bastante generalizada, de que “lo que pasó no volverá a pasar”. Grave e imperdonable error.

jueves, 4 de septiembre de 2014

RAÍCES

EL PAÍS, Madrid, 22 de agosto de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Españoles en Gurs
No hay mucha gente que sepa lo que ocurrió en esta zona del sur de Francia. Y, sin embargo, el campo de concentración que se instaló allí resume uno de los momentos más trágicos de la historia del viejo siglo XX
Miguel Martorell 

Lo primero que llama la atención al llegar es la altura de los árboles y la frondosidad del bosque. No porque los árboles sean más altos que otros de la vecindad, ni porque el bosque sea más tupido que otros muchos que pueblan el Bearn, frescos en verano, gélidos en invierno. Lo que ocurre es que uno no esperaba encontrar allí un bosque. Ni mucho menos que, tras comprender que solo puede tener unas décadas, fuera tan compacto, tan oscuro y silvestre. Sorprende el empuje de la naturaleza, parejo al de aquellas películas de ciencia ficción donde la Estatua de la Libertad figura en medio de la selva o mecida por las olas. Solo que en esta ocasión los árboles no esconden un símbolo de la libertad, sino todo lo contrario: bajo sus raíces hubo no hace tanto un campo de concentración.
Fue desmantelado a finales de 1945. Sus desechos se vendieron como chatarra, los restos se incendiaron. Sobre su emplazamiento, en 1950, se plantó el bosque. Y frente al bosque solo quedó un cementerio con más de mil muertos: no se atrevieron a arrasarlo. Es fácil comprender que quisieran borrarlo del mapa: nadie desea vivir junto a un símbolo de la ignominia. Al fin y al cabo, Gurs es un hermoso pueblecito de la Navarra francesa. El camino hacia el campo está festoneado de coquetas casas residenciales, palacetes a la parisina construidos para veraneantes al comenzar el siglo pasado o típicas viviendas de estilo local, con sus enormes tejados. Ciertamente, desentonaba con el encanto del pueblo.
El campo de Gurs es uno de los varios espacios en los que Francia refrenó la avalancha de republicanos españoles que atravesó los Pirineos huyendo de las tropas de Franco al acabar la Guerra Civil, en el invierno de 1939: cerca de medio millón cruzaron la frontera tras la caída de Cataluña. No quiso el Gobierno republicano francés que sus correligionarios españoles se extendieran por todo el país y estableció en el sur varios centros de internamiento: Argèles-sur-mer, Rivesaltes, Barcarès, Septfonds, Gurs… Algunos apenas albergaban construcciones, como la playa de Argèles, cerca de Colliure, donde una cerca delimitaba el espacio en el que a la intemperie se hacinaron 100.000 españoles en un invierno tan frío como no se recordaba en años, con varios centímetros de nieve sobre la arena mediterránea.
No había en los barracones ningún equipamiento; los presos dormían en el suelo
Gurs se construyó entre marzo y abril de 1939 para aliviar la sobrepoblación de la playa de Argèles. Fue el mayor de los “campos de internamiento administrativo” —como eufemísticamente los denominaba la jerga burocrática francesa— destinados a contener a los españoles. Cercado por una doble red de alambre de espino, medía casi dos kilómetros de largo y estaba dividido en 13 islotes, cada uno de ellos con 25 barracones de madera: todos iguales, de 6 metros por 30, alojaban a 60 presos cada uno. No había en los barracones ningún equipamiento: ni camas, ni estanterías; los presos dormían en el suelo. Cada islote tenía cocinas y letrinas comunes. El suelo era de tierra y con la lluvia, siempre copiosa, se transformaba en un pantano: “En cuanto salíamos del barracón, nos hundíamos en un suelo esponjoso hasta los tobillos”, recordaba un superviviente. Gurs podía retener a unas 20.000 personas: era el núcleo más poblado de la región tras Pau y Bayona. Por él pasaron más de 25.000 españoles y brigadistas internacionales que lucharon en España. Cerca de una treintena perdieron allí la vida y hoy reposan en su cementerio.
Los españoles, empero, constituyen solo una pequeña parte de los habitantes del cementerio de Gurs. La mayoría son judíos. Y ello es así porque el campo tuvo en sus seis años de vida una intrincada historia. La mayoría de los españoles fueron expulsados entre finales de 1939 y principios de 1940. A muchos los repatriaron: el Gobierno francés los entregó en mano a la maquinaria represiva franquista. Otros, sin alternativas, regresaron por su cuenta y afrontaron una suerte parecida. Algunos fueron reclutados —más o menos voluntariamente— para los batallones de trabajo que construían trincheras en el frente, a la espera de la invasión alemana, o en el Ejército francés. Solo unos pocos tuvieron la fortuna de permanecer en el sur de Francia, de encontrar allí un trabajo o una familia que les brindaran la oportunidad de empezar una nueva vida.
Entre agosto de 1939 y la primavera de 1940 los franceses confinaron en Gurs a ciudadanos alemanes. Fueron los meses de la drôle de guerre, o guerra de broma. Mientras los nazis estuvieron ocupados en el frente del este no hubo operaciones bélicas en Europa occidental, pero la contienda ya había comenzado y Francia recluyó en campos a los alemanes residentes en el país. Una terrible paradoja, pues la mayoría eran refugiados políticos o judíos huidos del Tercer Reich. Hannah Arendt, por ejemplo, pasó por Gurs aunque logró abandonarlo en julio. Cuando finalmente llegaron los nazis se encontraron que los franceses habían hecho el trabajo sucio de recluir a sus opositores. Como observó Arendt con ironía, los disidentes alemanes fueron ingresados “por sus amigos en campos de internamiento y por sus enemigos en campos de concentración”.
La última tanda de reclusos fue de 1.500 guerrilleros que luchaban contra el franquismo
Tras la ocupación alemana y la creación del régimen títere de Vichy, entró la tercera oleada de cautivos. Los nazis y sus aliados franceses llenaron el campo con quienes reputaban como indeseables: disidentes políticos, gitanos y judíos. Judíos franceses detenidos por las autoridades de Vichy, judíos alemanes trasladados desde Baden, Renania y el Sarre: llegaron, en total, unos 18.000 judíos. Más de mil murieron debido a la desnutrición y al frío, implacable en el crudo invierno del Bearn. No corrieron mejor suerte los supervivientes. Gurs fue la “antesala de Auschwitz”, escribió hace unos años Jorge Semprún, pues allí fueron deportados los internos judíos entre 1942 y 1943. No era un campo de exterminio, no tenía cámara de gas. Pero sí fue una escala en el camino hacia las cámaras de gas.
Expulsados los judíos, Gurs languideció hasta la liberación del sur de Francia, en agosto de 1944, cuando las nuevas autoridades encerraron allí a prisioneros alemanes y colaboracionistas franceses. La última tanda de reclusos la integraron… republicanos españoles. Esta vez fueron cerca de 1.500 guerrilleros que desde la frontera francesa hostigaban a la España franquista. Habían perdido dos guerras, la española y la mundial, y la Francia recién liberada no sabía qué hacer con ellos. Fueron puestos en libertad en pocos meses y en diciembre de 1945 el Gobierno francés clausuró el campo. De este modo se cerró el círculo: presos españoles estrenaron Gurs; presos españoles fueron los últimos en abandonarlo. Luego vinieron el bosque y el olvido.
No hay mucha gente en España que sepa dónde está Gurs ni qué ocurrió allí o en otros campos del sur de Francia como Septfonds, Barcarès o Argelès. O en Mauthausen, el campo de concentración nazi donde murieron más de 8.000 españoles. Son nombres chocantes, de extraña resonancia. Parecen ajenos y sin embargo constituyen una pieza esencial de nuestra historia. A principios de este siglo Jorge Semprún escribió su única obra de teatro: la tituló Gurs, una tragedia europea. Superviviente del campo de concentración nazi de Buchenwald, Semprún sabía que en aquellos años la historia de España y la de Europa formaban una sola y que Gurs testimoniaba dicho vínculo, como también atestiguaba la barbarie que asoló el continente en las décadas centrales del pasado siglo, desde Algeciras hasta los Urales.
Así lo refleja su cementerio, sito frente a un bosque oscuro y húmedo, plantado para borrar el recuerdo de todo aquello. Un cementerio donde más de mil hombres y mujeres hallaron la paz que les fue negada en vida. Paseando entre sus lápidas se pueden ver apellidos tan diferentes como Klein, Durlacher, Gómez, Kauffmann u Orzolkowski. Nombres de gentes venidas al mundo en lugares tan distantes, y allí tan cercanos, como Karlsruhe, Odessa, Rotterdam, Torredonjimeno...
(*) Miguel Martorell es profesor de Historia Contemporánea de España en la UNED.
Ilustración: Eduardo Estrada

lunes, 25 de marzo de 2013

UNA Y OTRA FECHA

El otro 14 de Abril
Luis Barragán


Dictaduras militares sucesivas de Primo, Berenguer y Aznar en la España de Alfonzo XIII, urdiendo una crisis zanjada por las elecciones municipales del 12 de abril de 1931. Ventajista, aunque teme por unas elecciones generales, el régimen  resulta demoledoramente sorprendido por el triunfo republicano, cuyas fuerzas y corrientes pactaron la unidad el año anterior, en San Sebastián.

Hay gabinete el día 13 y, por la tímida respuesta de las jefaturas militares regionales, el rey decide marcharse al extranjero, sin abdicar ni apostar por una guerra civil que la supone perdida. Y, al siguiente día, tan amplia consulta edilicia se traduce en el nacimiento de la II República, fracasada la estrategia para retornar a la monarquía parlamentaria, resignado el cacicazgo rural, y  hastiados los militares de la política, según comenta Stanley Payne en un afamado estudio (1967).

Acotemos, las dramáticas vicisitudes ibéricas no tuvieron un impacto inmediato y decisivo en nuestro medio, excepto las consecuencias generadas por la edición del celebérrimo “Libro rojo”, auspiciada por el gobierno de López Contreras. Por lo demás,  Manual Caballero ha advertido la importancia secundaria concedida por los comunistas al conflicto español, en su conocida obra sobre la Sección Venezolana de la Internacional (1978). Empero, reconozcamos la posterior utilidad para la esgrima de los estereotipos, siendo sincera la solidaridad ofrecida a todos los inmigrantes, así no los hubiese aventado el compromiso político.

Valga recordar ese otro 14, cuando tocamos a las puertas de un período de mayores dificultades que – seguramente - abrirá otras. No significa renunciar a nuestras posturas, pues, al contrario, las reforzarnos,  llamando a la paz indispensable y a la radical defensa de la vida, peligrosamente hoy subestimadas al tratarse siempre de la suerte ajena.

Fotografía: Conmemoración del 14 de Abril de 1931. El Nacional, Caracas, 15/04/48.

http://www.noticierodigital.com/2013/03/el-otro-14-de-abril/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=951425

martes, 17 de julio de 2012

UCRÓNICAMENTE, SUYO

Ucronías sobre la Guerra Civil
Juanma Santiago (Madrid. España)

¿Qué hubiera pasado si Franco no hubiese ganado la guerra civil? Desde siempre, la ucronía ha sido una de las facetas más interesantes de la ciencia ficción, en la cual, aunada a la historia, se plantean rumbos diferentes de hechos auténticos acontecidos. Este artículo nos ofrece un recorrido por la obra literaria que se ha producido sobre este importante evento histórico español...

1. La introducción de rigor
En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército faccioso, han alcanzado las tropas republicanas sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.
Madrid, 1 de abril de 1939. Manuel Azaña, Presidente de la República.
Este último parte de guerra, mera transposición de términos del que firmara Francisco Franco, aparece recogido en las dos ucronías literariamente más satisfactorias sobre la guerra civil, En el día de hoy, de Jesús Torbado, y la ganadora del último premio UPC, El Coleccionista de sellos, de César Mallorquí. Tanto Mallorquí como Torbado han sucumbido a la tentación de decir "faccioso" donde decía "rojo", cambiar a Francisco Franco por Manuel Azaña y Burgos por Madrid y respetar el resto del texto. Como boutade hay que reconocerle una cierta gracia, y desde luego permite al lector no perderse en un marasmo de datos, fechas y nombres alterados, pero ¿hasta qué punto se trata de una aproximación superficial a la verosimilitud histórica?¿Cabe creer de un gobierno demócrata, civil y progresista expresiones como "cautivo y desarmado", más propias de una mentalidad autocrática, castrense y reaccionaria? ¿No pecamos de ingenuos deterministas al suponer que una hipotética victoria republicana habría de producirse precisamente el 1 de abril de 1939? Tal vez haya que conceder mayor crédito en ambos aspectos a la versión de Fernando Díaz-Plaja (paradojas de la vida) en su por otra parte insostenible novela El Desfile de la Victoria, que hace concluir la contienda el 13 de abril e introduce algunos cambios en la redacción del último parte de guerra:
En el día de hoy, las tropas republicanas han desarmado a las pocas fuerzas facciosas que todavía resistían nuestro victorioso avance. La guerra ha terminado.
Juan Negrín, Presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra.
Dejando al margen estas imprecisiones, poco indicativas de los méritos o defectos de planteamiento de sus respectivos autores, interesa aquí destacar el carácter fantástico de sus obras: en las tres se plantea una situación ucrónica, el triunfo de la República en la guerra civil. Y ello, tratándose de una ciencia ficción como la española, desdeñosa de la fantasía histórica en general y de lo ucrónico en particular, es algo digno de estudio.
Si atendemos a la fecha de escritura de las ucronías españolas sobre la guerra civil, observamos un curioso boom de las mismas en 1976, es decir recién muerto Franco. Se publican en los primeros años de la Transición cantidades ingentes de obras en las que, ya con plena libertad de expresión, se aborda el conflicto civil y la figura del dictador. Algunas de ellas añaden a sus argumentos un cierto componente fantástico, por primera vez se atreven con ciertos asuntos hasta entonces tabúes y se permiten especular con la posibilidad de que la guerra civil,origen del franquismo, no se hubiera producido o, de producirse, se hubiera saldado con una victoria republicana. Para sus autores, se trataba de puro divertimento, especulación sociohistórica o "política-ficción". Para los lectores asiduos de ciencia ficción, se trata de obras claramente adscritas al género. A esta "primera oleada" de 1976, y dejando aparte el precedente que sentó Ramón Sierra con su inocente Anales de la IV República Española, pertenecen las ya citadas En el día de hoy, de Jesús Torbado y El Desfile de la Victoria, de Fernando Díaz-Plaja, más 1936-1976. Historia de la II República Española, de Víctor Alba.
Con el paso del tiempo, la Guerra vuelve al olvido y, veinte años después, con la proliferación de publicaciones acerca de la Transición, las mentalidades más abiertas y los ánimos menos encrespados, regresan las ucronías sobre el enfrentamiento civil. A diferencia de la "primera oleada", la "segunda oleada" de los noventa no tiene como autores a franquistas comprometidos (Díaz-Plaja) ni republicanos exiliados (Alba) ni periodistas de prestigio (Torbado), sino a gente del fandom; por tanto, la guerra es analizada desde una nueva perspectiva, menos ideologizada y más centrada en la ucronía por la ucronía, en el ejercicio puramente narrativo aderezado con algunas gotas de especulación histórica. Salvo omisión, tenemos tres obras reseñables: los relatos "Baraka", de Rafael Marín, "Confesiones de un papanatas de mierda", de Juan Manuel Santiago (para servirles a ustedes) y la ya citada novela corta de César Mallorquí El Coleccionista de sellos.
2. Las obras en sí
Si hemos de ser precisos, ni la obra de Víctor Alba ni la de Ramón Sierra pueden considerarse propiamente ucronías sobre la guerra civil, pues en la primera el conflicto no llega a producirse y en la segunda la acción arranca en 1984. De hecho, la división va mucho más lejos: el ensayo-novela de Alba es una ucronía; la novela de Sierra es simple anticipación. A pesar de estas cuestiones, hablaremos de ambas a continuación.
Como muy bien comenta Agustín Jaureguízar al referirse a ella, la inocente Anales de la IV República carece de otro interés que el de la fecha de su publicación, 1967, en vida del Caudillo. Concebida como un manuscrito hallado por un astronauta americano, pasa revista a la historia de España entre 1984 y 1987, desde la instauración de la III República hasta el final de la epónima IV República. La premisa no puede ser más estúpida: muerto Franco, España queda en manos del Regente, el Cardenal Primado don Federico Cejuela Aboitiz, Jefe de Estado de acuerdo con la Ley de Sucesión, pero éste dimite de su cargo y huye de España "incorporándose a una peregrinación que se dirigía a Fátima". Las Cortes aprueban una República Presidencialista que es mal acogida tanto por monárquicos como por republicanos y que encabeza, con carácter provisional, el Presidente del Consejo del Reino (sic). Convocadas elecciones, triunfa la candidatura republicana, frente a los "saguntinos" (sic, de nuevo) y los "leales". Se suceden los cambios de gobierno, circunstancia ésta que aprovechan los "coloraos" (otro sic, y van...) para imponerse a "grises" y monárquicos. Se instaura tras esta victoria la IV República, de carácter ligeramente socializante, y acceden al Gobierno fuerzas como los castristas, comunistas pequineses, federalistas e incluso un "Partido del Califato"... Insisto, la novela es muy inocente, incluso para haberse publicado en vida de Franco, y abunda en chascarrillos y guiños pasados de moda, por lo que su único valor es el puramente testimonial. Hay, no obstante, buenos momentos, como el capítulo dedicado a caracterizar los distintos grupos políticos o algunas apreciaciones aisladas acerca de la política internacional, como la caricatura que se ofrece de la Confederación de Estados Europeos, de la cual se espera la supresión de las aduanas y, pasmáos, lectores,
...se acuñó una supermoneda, el Europeo, que poco a poco se fue abriendo camino (p. 46).
Más seria y lograda es 1936-1976. Historia de la II República Española, de Víctor Alba. Exiliado durante la dictadura, Alba ejerció el periodismo y la docencia en París, México y Estados Unidos. Posee, por tanto, una sólida base teórica y ello, unido a su participación directa en la guerra, la permite trazar un esquema mucho más verosímil a su obra.
Alba parte de la premisa de que la guerra civil pudo haberse evitado. La noche del 6 de julio del 36 se desarticula una conjura militar y civil gracias a las denuncias de Lluís Companys. El gobierno Casares Quiroga pasa a la reserva a doce generales, entre ellos Franco, Saliquet, Mola y Goded. Sorteado el peligro involucionista, hay que afrontar, también con cierto éxito, las exigencias cenetistas y comunistas. El Partido Socialista aglutina a prácticamente todas las fuerzas de la izquierda en un gobierno de "Front Populaire" a la francesa. Ello no obstante, Alba considera inevitable el ascenso de los comunistas, su alianza con el sector del PSOE encabezado por Negrín y las purgas contra los trotskistas del POUM: no olvidemos que es la época de los procesos de Moscú y el ascendiente de Stalin sobre las izquierdas europeas occidentales es aún claro.
Con respecto a la Guerra Mundial, España opta por la neutralidad, pero no se puede evitar una serie de agresiones fascistas -como el bombardeo de Guernica- ni la invasión alemana, que Alba plantea a imagen y semejanza de la campaña napoleónica: el gobierno republicano se traslada a Cádiz, los ejércitos se organizan en forma de guerrillas y se crean unos Consejos -a semejanza de las Juntas de 1808- soberanos como forma de gobierno con carácter local. La Liberación se produce en 1944, curiosamente con Franco y Rojo como héroes nacionales, y acarrea la instauración de la III República, pero eso ya queda fuera del ámbito de este artículo. Quedémonos con la idea de que Alba urde un libro que tiene más de ensayo que de novela, que se lee con auténtico interés y que es de una verosimilitud innegable, pero en su contra hemos de señalar la tendencia a considerar inevitables ciertos hechos contingentes y la proliferación de guiños al lector. En todo caso, se trata de una obra recomendable, que hay que leer con mucha clma y una buena historia de España a mano.
A medio camino entre la ucronía y la anticipación está El Desfile de la Victoria, de Fernando Díaz-Plaja, ambientada treinta años después del triunfo republicano en la guerra civil. Todo lo que os diga sobre la babosería que impregna esta novela es poco, pero intentaré ser objetivo. La República vence, se beneficia del Plan Marshall y queda integrada en el bloque occidental tras la II Guerra Mundial; sin embargo, y fijáos en la incongruencia, los gobernantes ejercen una especie de Dictadura del Proletariado y gerontocrática que margina a las fuerzas políticas de derechas y monárquicas. Frente a semejante estado de cosas, un grupo de jóvenes, auténticos españoles preocupados por la degeneración progresiva de su Patria, luchan valerosos contra la dictadura y las descerebradas masas obreras que el gobierno lanza como fuerza de choque contra ellos. Carlos -hijo de un dirigente histórico republicano, para mayor inri-, su novia Elisa y sus amiguitos falangistas son unos chicos tan buenos y razonables que no tienen más remedio que poner una bomba en el Desfile conmemorativo de la Victoria republicana y cargarse a unos cuantos dirigentes políticos para hacer oir sus sensatas demandas de democratización del régimen...
No niego la necesidad de una visión franquista de un posible triunfo republicano en la guerra, pero Díaz-Plaja equivoca el enfoque. En primer lugar, por atribuir a los dirigentes republicanos comportamientos calcados del franquismo, por lo que la credibilidad es mínima. En segundo lugar, por la inconsistencia del sistema mixto soviético-occidental aquí propuesto, impensable en una época como la guerra fría. En resumen, resulta insostenible esta visión de una España pseudodemocrática tan inmovilista, con unas Cámaras que no se han renovado en treinta años y todo eso. Se nos ofrece un retrato en negativo de los últimos años del Movimiento, dividido en familias más que en partidos políticos y clamando por mantener su status quo. Como crítica al franquismo desde posiciones declaradamente franquistas, El Desfile... no parece muy creíble: dudo que fuera esa la intención del autor. Una novela, pues, pésima tanto en su concepción como en su ejecución.
Adentrándonos ya en las ucronías propiamente dichas, tenemos En el día de hoy, de Jesús Torbado, la más famosa de todas, puesto que ganó el premio Planeta de 1976. Se trata de una novela coral, con múltiples protagonistas y acciones yuxtapuestas.La acción transcurre entre abril de 1939 y finales de 1940 y comienza, como es de rigor, con el desfile de la victoria republicana en el paseo de la Castellana. Con tal vez demasiadas referencias a sucesos o personajes reales, Torbado nos va ambientando en esta España alternativa. Franco perdió la batalla del Ebro, y con ella la guerra. Azaña y Negrín han huido de España, con lo que Besteiro y Prieto ejercen las funciones de Jefe de Estado y de Gobierno, respectivamente. El gabinete socialista incluye numerosos elementos del PCE, como Alberti y Pasionaria. Los militares insurrectos parten hacia el exilio, con su séquito de cardenales y acólitos. Franco es acogido en Cuba por Batista, y su apatía irrita a un Hitler que no puede comprender la manía del general gallego de dejarle colgado en medio de una trascendental conversación para echarse una siesta. Demostrada la ineptitud de los generales españoles, toda solución pasa por un atentado pagado por los servicios secretos italianos contra la Pasionaria y, más adelante, una invasión alemana. Torbado se nos muestra fatalista: el fascismo triunfa.
El ritmo de la novela es tal vez demasiado lento, "no pasa nada", y ello ahoga un tanto a la narración, pese a los innegables rigor histórico y calidad literaria. Las intrigas políticas son algo muy secundario y las apariciones de personajes históricos no pasan de meros cameos, con muy contadas excepciones, como Indalecio Prieto -cuya figura es tratada con verdadero cariño por Torbado-, Franco -un verdadero inútil- y Ernest Hemingway, espectador impasible de la vida cotidiana del Madrid de la postguerra, aburrido del provincianismo de la capital pero incapaz de abandonarla... Ya digo, tal vez con un carácter algo menos especulativo y algo más de acción, Torbado podría haber escrito un clásico menor y entrañable del género. Aun así, En el día de hoy sigue siendo la novela más digna de la "primera oleada" del 76, porque logra un mayor equilibrio entre especulación histórica, narración y credibilidad.
Y llegamos a la por el momento última ucronía destacable sobre la guerra civil: El Coleccionista de sellos, de César Mallorquí, recién aparecida en el mercado editorial. Dado que Mallorquí publica en colecciones especializadas en género fantástico, El Coleccionista... es, y ello no debería sorprendernos, la novela más genuinamente de ciencia ficción de las aquí reseñadas, aunque su justificación sea "poco científica" y bastante "fantástica" (y espero no estar desvelando nada acerca de su desarrollo)... El caso es que es más "de género fantástico" que las otras, contiene un mayor gusto por la narración y su lectura es más fácil.
Es difícil hablar de El Coleccionista... sin contar demasiado acerca de su argumento. Bástenos saber que Mallorquí juega con un par de vueltas de tuerca acerca del desenlace de la guerra y que, lejos de contarnos una simple ucronía, habla de la aflicción por una muerte cercana y de los dilemas que se le pueden presentar al protagonista... y ya he contado demasiado.
La trama es en principio de novela policíaca. En el Madrid de finales de marzo de 1939, inminente ya el triunfo republicano, el comisario de policía Telmo Vega se encarga de un extraño caso cuyo único nexo de unión son las víctimas, coleccionistas de sellos. Las pistas conducen hacia unos extraños sellos y un enigmático personaje, Leonor Hidalgo, cautivadora mujer muy bien relacionada en las altas esferas y vagamente relacionada con algunos momentos históricos cruciales de los últimos veinte años. La guerra, en cierto modo, es lo de menos, se reduce a meras referencias tangenciales, a través de las cuales sabemos que un atentado contra Franco a finales de 1937 condenó a la derrota alas descoordinadas fuerzas golpistas (con un Saliquet que se limita a hacer lo que buenamente puede), privadas del apoyo alemán e italiano, todo lo cual facilita las cosas al general Rojo. En suma, se aportan pocas aunque coherentes ideas ucrónicas; pero la narración se desliza por otros derroteros, y no pienso desvelarlos.
3. ¿Pudo haber sido así?
Ahora bien, ante la lectura de todas estas novelas y relatos, no cabe sino plantearse cuál fue el hecho decisivo para que la República ganase la guerra. Hayexplicaciones para todos los gustos. Víctor Alba prefiere abortar la conspiración, con lo que el conflicto no se produce. Jesús Torbado sitúa el punto de inflexión en la batalla del Ebro. César Mallorquí, en un atentado contra Franco. ¿Cuál es más verosímil, si es que alquna lo es?
3.1. La guerra evitada
La España de julio de 1936 se encontraba en un momento de máxima tensión. La fractura ideológica entre izquierdas y derechas y centralistas y nacionalistas era ya insalvable desde la represión subsiguiente a la revolución de octubre de 1934 en Asturias y Cataluña. Por un lado, la revolución del 34 inflamó de revanchismo losánimos del movimiento obrero y nacionalista, y, por otro, sirvió como excusa para que los gobiernos de derechas situasen a hombres clave como Franco al frente del Ejército. La victoria del Frente Popular en febrero de 1936 no fue más que otro paso adelante en la espiral hacia la guerra, así como la destitución de Alcalá-Zamora como presidente, que terminó de privar a la República de apoyos entre la derecha moderada. A la altura de julio la guerra se percibe como inevitable (excepto para el gobierno de Casares Quiroga) y no es necesario recurrir a los asesinatos del republicano teniente Castillo y el filofascista Calvo Sotelo el 12 de julio como desencadenante para la conspiración: ésta ya estaba en marcha, y se hubiera producido de todas maneras antes de agosto. Por ello, situar la desarticulación de la trama golpista el 6 de julio, como hace Alba, parece razonable, siempre y cuando se hubiera producido una acción policial adecuada y hábil que conjurase definitivamente el riesgo de asonada militar. El punto de partida de Alba es, pues, factible, aunque por completo indemostrable.
3.2. Una guerra sin Franco
¿Hasta qué punto hubiera sido viable el triunfo nacionalista sin Franco? César Mallorquí lo ve imposible:
No obstante, el curso de los acontecimientos sufrió un brusco giro de ciento ochenta grados cuando... un atentado acabó con la vida del general Franco. Aquello ocurrió el dos de diciembre de 1937 en el monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, en Burgos, durante la ceremonia de juramento de lealtad de los miembros del recientemente creado Consejo Nacional de Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Una bomba oculta en el estrado de autoridades explotó, mandando al otro barrio al Generalísimo y medio Consejo Nacional.
(VV.AA.,Premios UPC 1995, pag.53)
Desde luego, es una posibilidad a considerar. A finales de 1937, Franco carece de oposición interna en el seno del Ejército ("se le han muerto" Sanjurjo y Mola, y Cabanellas ha pasado a la reserva) y, no sin dificultades -los sucesos de Salamanca en abril de 1937, en que depuró el conato de resistencia de los falangistas de Manuel Hedilla, nostálgicos de la figura de José Antonio, otro muerto bastante oportuno-, ha unificado en torno a su figura a todas las fuerzas políticas más reaccionarias en un Partido Único a lo fascista, FET y de las JONS, en cuyo acto inaugural sitúa con muy buen tino Mallorquí el hipotético atentado. A lo largo de 1937, Franco ha ido erigiéndose en dirigente indiscutible del Alzamiento; por ello, situar el atentado en esa fecha y ese acto concretos se nos aparece como el momento ideal. Lástima que Mallorquí no se recreara más con el escenario teatral de la ceremonia:
(...) una pomposa puesta en escena sacada del Siglo de Oro. (...) .Precedidos por tambores y cornetas, ataviados a la usanza del siglo XVI, los miembros del Consejo desfilaron por los claustros. Juraron lealtad a Franco ante una imagen de mármol de Cristo y el pendón de la histórica batalla de las Navas de Tolosa(...)
(Paul PRESTON, Franco. "Caudillo de España". Ed. Grijalbo. Barcelona, 1994. pp. 363-4.)
Rafael Marín, sin embargo, juega en su relato "Baraka" con un atentado acaecido en los primeros compases del Alzamiento. Al Franco de 1936 se le aparece el Franco moribundo de 1975, advirtiéndole del peligro que corre y del futuro glorioso que le depara si salva la vida. (Dicho atentado anarquista fue planeado tal y como relata Marín.) Tras el diálogo con su alter ego, el Franco de 1936 adopta las correspondientes medidas de seguridad. El curso de la Historia ha sido enderezado. Franco salva la vida y la guerra... El relato merece la pena, desde luego, pero nos deja con la duda de si algún otro general -Mola, Sanjurjo, Saliquet, Queipo de Llano...- hubiera podido ganar la guerra de todas maneras; dicho de otro modo, si Franco era realmente imprescindible para el triunfo de la rebelión. Otra posible ucronía.
3.3. El ejército del Ebro, rumba la rumba...
Jesús Torbado nos explica la victoria en la batalla del Ebro de la siguiente manera:
Los franceses dejaron pasar trenes y trenes cargados de armamento traido de media Europa y durante cuatro meses se desencadenó una de las más sangrientas batallas de la historia del mundo. ¿Con qué iba a ganar la República sin aquellas armas? ¿Alzando los puños? ¿A base de arengas de los poetas y de los comisarios comunistas?
(En el día de hoy, p. 14)
Desde luego, es indudable que Torbado pone el dedo en la llaga. Las dos causas con que se suele explicar la derrota republicana en una guerra que no estaba necesariamente perdida son las disensiones internas y la falta de ayuda internacional. Es difícil saber si en 1938 Francia y en general las naciones europeas estaban dispuestas a colaborar, aunque fuera indirectamente, con la Unión Soviética y, mucho peor aún, a desafiar la amenaza nazi con un movimiento táctico de consecuencias tal vez fatales. La inhibición de Francia y Gran Bretaña tuvo tanto de miedo como de desinterés por la suerte que pudiera correr el gobierno republicano.
En cuanto al desarrollo de la batalla del Ebro, a su inicio ambos bandos estaban relativamente equilibrados, y la victoria republicana bien podría haber desequilibrado la guerra en su favor, y mucho más con el apoyo internacional. Lo que estaba en juego era no permitir que Cataluña y el resto del bando republicano quedasen separados, pues en ese caso la guerra sí estaría decantada en favor de los nacionales, como fue el caso, y lo único que cabría esperar por parte de la República sería una resistencia numantina hasta el inicio de la temida guerra mundial, y entonces ya se vería. Esa fue la táctica del gobierno Negrín durante el último año de la guerra, y ese es el cuadro que trazo en mi relato "Confesiones de un papanatas de mierda". La República consigue concatenar ambos conflictos, y ello origina un caos incomprensible y una disgregación de la Península en reinos de Taifas enfrentados entre sí.
3.4. ¿Se hubiera salvado la República?
Esta es la cuarta y última cuestión fundamental que se plantea en este artículo, y desde luego la más controvertida, pues no se sustenta en ningún hecho histórico, sino en especulación pura y dura. En el ya citado "Confesiones..." doy a entender que sí: el partido monárquico de Don Juan, desgajado de las fuerzas golpistas, obtiene el apoyo de Gran Bretaña y desembarca en las costas andaluzas. Víctor Alba también "salva" a la República con un desembarco británico que libera a España de los nazis. Por contra, Torbado se muestra más pesimista y finaliza su novela con la invasión nazi: triunfara quien triunfara en la guerra civil, parece querer decirnos, nadie hubiera librado a España de una agresión fascista.
4. ¡Construye tu propia ucronía!
Escribir una ucronía es una tarea complicada, requiere muchas horas de documentación para cuidar hasta el más ínfimo detalle, como si de una novela histórica se tratara, y una imaginación disciplinada hasta grados muy elevados. Pero es divertido, divertido y enriquecedor para quien la escribe... y para quien la lee, si está bien escrita.
Como ya hemos visto, pocas, muy poquitas ucronías se han escrito en España, y casi todas ellas acerca de la guerra civil. Que yo recuerde, sólo hay otra ucronía, ésta sobre la Armada Invencible -"La derrota de la Grande Armada", de Carlos Sáiz Cidoncha, finalista del Pablo Rido del 94-95-, y sigue inédita, a la espera de que Deus Ex Machina arranque de una santa vez. El hecho es que tanto la guerra civil como cualquier otro hecho de la Historia de España abren numerosos interrogantes que muy bien merecerían ser desarrollados por vuestras imaginaciones. Por lo que a este artículo respecta, hemos analizado sólo cuatro cuestiones clave relacionadas con la guerra civil -la desarticulación de la trama golpista, un posible atentado contra Franco, un vuelco en el desenlace de la batalla del Ebro y la prolongación del conflicto hasta hacerlo coincidir con la II Guerra Mundial-, pero no son las únicas. ¿Qué hubiera sucedido de sobrevivir Mola y Sanjurjo a sus respectivos "accidentes" aéreos? ¿Y si una Falange acaudillada por José Antonio hubiera conseguido relegar a los militares a un segundo plano? ¿Podrían haber impuesto anarquistas y trotskistas las colectivizaciones y al mismo tiempo ganar la guerra al fascismo? ¿O, y ésta es mi ucronía favorita, si Franco hubiese permanecido fiel a la República y ganado la guerra? Son demasiadas preguntas, todas ellas fascinantes, y tal vez merezca la pena desarrollarlas en un relato, una novela... o una película.
Francisco Regueiro, en su brillante Madregilda, nos presenta una de las más impactantes visiones que jamás se hayan ofrecido sobre Franco. Acompañado por Longinos (José Sacristán), su fiel pareja de mus, el Caudillo (Juan Echanove) penetra en su cenáculo secreto, un templo masónico presidido por un belén que reproduce con todo lujo de detalles la -inexistente- batalla de la Colina de la Nieve, supuestamente acaecida en el frente oeste de Teruel en junio de 1937. En el transcurso de la misma, Longinos le "rajó la panza" a su mujer, al verla embarazada de otro. Franco le descubre a Longinos que su mujer no sólo no murió en aquel lance, sino que vive y, más aún:
se trata de una heroína nacional (...). Esta admirable mujer, con una de sus manos taponó su vientre y con la otra trepó colina arriba. Encontró un nido de ametralladora enemiga abandonado, engatilló el arma que estaba municionada, y comenzó a disparar a ciegas, ¿y a quién encontró? Encontró el único ángulo de tiro desde el que podía cruzar su fuego con el fuego de nuestras posiciones situadas en la cota 24 (...). Sus balas empezaron a cruzar por encima de nuestras cabezas. Al principio creíamos que eran balas rojas. (...) Yo y mi séquito tuvimos que echarnos cuerpo a tierra. Y justamente aquí, contra el suelo, cuando me encontraba en la situación más ridícula de toda mi carrera, aquí, repito, aquí se ganó la guerra, así como suena. (...) No le jodo, mi coronel. Puede creerme. (...) El chorro de plomo cruzó por encima de nuestras cabezas y batió la zona abierta que había tras la hondonada. Nos abrió paso con el enemigo batido hacia las cotas 27, 28, 33 y 36, que fueron tomadas por los nuestros. En contra de nuestras previsiones, y sin que yo me enterase, la batalla, Longinos, estaba ganada. La guerra estaba ganada. ¿Y quién la ganó? (...) No me diga tonterías. No intente consolarme con mentiras piadosas. ¡Qué voy a ganar yo la guerra! Mis planes eran todo lo contrario. De haber conocido la tropa mis órdenes, habríamos sufrido una derrota irrecuperable y hubiéramos perdido la batalla, y con ella la guerra, pues ésta se habría demorado lo suficiente como para que se hubiese declarado la conflagración mundial, y el panorama político europeo nos fuese adverso... ¡Qué voy a ganar yo la guerra! La guerra la ganó tu mujer, Longinos, no yo... Yo no gané la guerra: la ganó ella.
Para saborear la cita en su integridad, os recomiendo que veáis la película, y oigáis y veáis la interpretación de Juan Echanove.
Y, ya que hablamos de Franco, comentar que una simple lectura de Raza (publicada con el seudónimo de Jaime de Andrade, y llevada al cine por José Luis Sáenz de Heredia) o los artículos que escribiera al alimón con Carrero Blanco bajo el seudónimo de Jakin Boor y el título genérico de Masonería, nos convencerá de que el personaje del Caudillo era en sí mismo ucrónico. A la espera de que Julián Díez encuentre algo de tiempo para perfilar su anunciada Franco contra Fu-Manchú, que se augura apocalíptica, yo no puedo por menos que concluir este artículo con unos textos igualmente delirantes, autoría del decano del colegio de arquitectos de Madrid en los años cuarenta, Antonio Palacios, quien aventuraba una reordenación de la capital que nos hace dudar acerca de si Frank R. Paul era lectura obligatoria para los estudiantes de Arquitectura de primeros de siglo:
1. Creación del Madrid-Oeste, de análoga extensión semicircular -8.700 metros de radio- del Madrid-Este, separados ambos por una densa zona verde. Un anillo forestal de tres kilómetros de anchura circunvalaría el conjunto urbano resultante. Partiendo de El Escorial en magna calzada ininterrumpida de 40 kilómetros, la "Vía Triunfalis", llegaría al Madrid-Oeste para culminar en el centro de la capital de España.
2. Construcción de la Gran Vía Aérea, a modo de enlace entre las dos mitades del futuro Madrid. (...) un colosal puente, asentado sobre pilares-rascacielos habitados, con dos vías superpuestas de 85 metros de anchura y 2.700 de longitud, sin parangón posible en el mundo. (...) en los ocho pilares-rascacielos (...) viviendas para 100.000 personas. Los extremos de este superpuente (...) coronados por grandes edificios representativos, alzándose en el extremo de la Casa de Campo un faro luminoso de 300 metros de altura.
3. Creación del recinto interior del Madrid Imperial, con centros monumentales en la Puerta del Sol y el Nuevo Salón del Prado (...). Esta nueva Puerta del Sol... y aun todo el dispositivo urbanístico del centro de la capital de España, será, pues, una arquitectural sinfonía heroica, (...) colosal monumento, cuyo volumen de 15 millones de metros cúbicos habrá de elevarse a las glorias históricas pretéritas y ansias futuras del Imperio Ibérico.
(Daniel SUEIRO y Bernardo DÍAZ NOSTY, Historia del Franquismo, vol. II, pp. 18-19. Ed. Sarpe, Barcelona, 1986)
4. Bibliografía
Víctor ALBA, 1936-1976. Historia de la II República Española. Ed. Planeta. Barcelona, 1976.
Fernando DÍAZ-PLAJA, El Desfile de la Victoria. Ed. Argos-Vergara. Barcelona, 1976.
César MALLORQUÍ, El Coleccionista de sellos. En VV.AA., Premios UPC 1995. Ediciones B. Barcelona, 1996.
Rafael MARÍN, "Baraka". En R. MARÍN, Ozymandias. Ed. La Calle de la Costa. Sta. Cruz de Tenerife, 1995.
Juan Manuel SANTIAGO, "Confesiones de un papanatas de mierda". En Javier REDAL (Selecc.), Visiones 1994. Ed. A.E.F.C.F. Sta. Cruz de Tenerife, 1994.
Ramón SIERRA, Anales de la IV República Española. Ed. Afrodisio Aguado. Madrid, 1967.
Jesús TORBADO, En el día de hoy. Ed. Planeta. Barcelona, 1976.

Fuente: http://www.pasadizo.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1069

LA INSTITUCIÓN DE LA MALDAD

El alzamiento providencial
Luis Barragán


La sublevación del 18 de Julio de 1936 contra la república española, finalmente capitalizada por Franco, ofrece la oportunidad de aproximarnos a uno de sus más notables defensores en este lado del mundo: Germán Borregales. Una muestra de su obra, principalmente conformada por sus encendidos artículos de prensa, nos permite deducir la existencia de una peculiar corriente reaccionaria y sugerir su extinción o debilitamiento en el contexto populista venezolano.
Borregales, nacido en Coro el 28 de Mayo de 1909 y muerto en Caracas el 2 de Febrero de 1984, ocupó un modesto pero llamativo espacio en nuestra agenda política, cuyos trazos más gruesos pertenecen a la etapa del derrocamiento de Gallegos en la que fue un terrible polemista bajo el seudónimo de "Mister X". Conocido por un anticomunismo militante y fervoroso, resurgió en 1958 cuando eran otros los actores que pugnaban por copar la escena frente a los líderes consagrados. Candidato presidencial en más de una ocasión, alcanzó la ansiada curul en 1968 y facilitó numerosas páginas al humorismo local. Fundó el Movimiento de Acción Nacional, refugio del catolicismo preconciliar, reconocido por la célebre consigna de "El MAN salvará a Venezuela", curiosamente en los días en que apareció el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), por 1960. Y, a la postre, su tarea esencial fue la "Fundación Borregales", mediante la cual desarrolló su innata vocación filantrópica. Sin embargo, todavía sorprende la acrobacia teológica de su familiaridad con seres extraterrestres dispuestos a defender el patrimonio de Jesucristo (por ejemplo, Ultimas Noticias, 28 y 29/11/76).
La ultraconspiración
Borregales vio en la segunda república española, ultimada en 1939 tras la pavorosa guerra civil, un atentado contra las instituciones imbuidas de la contrarreforma que hizo grande e imperial al país de naciones que vino a América y en la que, a su modo de ver, confluyen y se dan la mano los Reyes Católicos, los tercios valientes y los nobles requetés del "carlismo intrépido y cristiano", José Antonio y los "falangistas heroicos y misioneros", las mujeres "bravías como su Catámbrico" (SIC), el Cid y Santiago, Vásquez de Mella, Menéndez Pelayo y Balmes, según expresara en "Franco, tres años después o la felonía de un Rey" (1978). Y, al igual que Eduardo Comín, percibió la amenaza simultánea del liberalismo, el anarquismo, el krausismo, la masonería, con la institución del jurado, la separación Iglesia-Estado, el matrimonio civil, la legitimación de los hijos naturales, la libertad de conciencia, como frutos de los principios de la Gran Logia, la que incluía a los "invertidos" de acuerdo a su libro "Copei, hoy, una negación".
En una confusa parentela, afirmará que la masonería y el liberalismo son los padres del comunismo. "hermanos gemelos, pero nacidos en distinto tiempo en un parto del infierno contra la Iglesia Católica", en estrecho maridaje con el judaísmo y protestantismo. Concibe que "el hecho histórico de la mal llamada ‘Guerra Civil’ española, fue el primer episodio de una conspiración vertebrada" que "se proyecta hasta nuestros días" y cuyo eje y motor es la masonería. Como ha dicho en alguna parte Javier Tusell, la obsesión antimasónica tal jerarquía que hizo necesaria la creación de un organismo que se especializara en la cacería de reales e imaginarios masones, sobre los cuales Franco se hizo un erudito, imponiendo una "visión conspiratorial de la historia".
Y es que siendo la masonería una "Institución de la Maldad", se vale de los concursos de belleza, los centros deportivos, las universidades laicas, las películas inmorales, la importación de prostitutas, los muñequitos infantiles (SIC), configurando "una gigantesca conspiración contra los sagrados intereses de la Cristiandad", dirá Borregales en "Así es la Masonería". Pero es el anticomunismo el que le concederá un espacio político más concreto en Venezuela que sus afanes antimasónicos, proclamando que "debemos ser dignos de nuestra ideología cristiana", muy diferente a la de los sacerdotes comunistas y la de los anticomunistas que pelearon en Indochina por dinero mientras en España lo hicieron por Dios y la Patria ( "La república sacrílega" de 1944 y Ultimas Noticias, 18/07/75).
Respecto al 18 de Julio de 1936, dirá que "el mundo de entonces no comprendió el alcance de aquel suceso, ni de sus proyecciones", pues "se declaró la guerra al enemigo de la Cultura de Occidente antes que no fuera tarde e inútil" (Ultimas Noticias, 19/07/79). Y es que "el genio y la espada del General Franco", en cuya mente Dios planificó "la conducción de las batallas y el día y la hora de la Victoria", se anticipó a los tiempos. Y, "a 43 años de aquel Alzamiento Providencial", agregará, "pudo ver en España la imagen nítida de la postguerra". Concluye que España enseñó "las rutas que deberían seguir los pueblos libres en la lucha por la libertad ... lo que hizo Franco ... deben hacerlo todos los militares que vean sus países amenazados por la anti-patria", ya que "en vida, unió a sus fuerzas armadas" y fue "el más apto y de mayores méritos militares, morales ... valiente estratega consumado".
Extemporaneidad de una posición
En un interesante trabajo, Luis Cipriano Rodríguez incluye a Borregales en las filas de un anticomunismo de "centro" que no pretendió reforzar el gomecismo cada vez más diluído sino – a través del Plan Trienal y la Ley del Trabajo- ensanchar la transición hacia un orden democrático-burgués. No obstante, podemos observar que, en la década de los sesenta, al anunciarse en forma tan vaga la "ideología anticomunista", afín a la coalición populista oxigenada por la renta petrolera, podríamos hablar de un anticomunismo doctrinario o de principios que no advierte la exactitud de su "proyecto histórico" frente a otra modalidad representada por quienes no deseaban perder sus privilegios, en el encabalgamiento de las demandas lanzadas al sistema con un desinhibido carácter utilitario.
Borregales afirmó que toda la gente de la UNE apoyó el levantamiento franquista. ¿Acaso pretendió la construcción de un Estado Nacional-Sindicalista, totalitario, imperialista y ético-misional como caracterizara Carlos Rama al régimen que se impuso en España?. ¿El heroísmo y la santidad de los mejores frente a un Estado Corporativo?. ¿En Venezuela el conflicto religioso no tuvo sus más altos decibeles durante el guzmanato?. Por lo pronto, las posturas de Borregales, resultantes de las exageradas simplificaciones de su época de iniciación política, no se tradujeron a la realidad venezolana mediante un discurso y una acción sólida, eficaz y convincente. Vocacionalmente reaccionario, no provocó crisis o tensiones en el sistema político aunque resaltara el heroísmo providencial que ejemplificó con Anastasio Somoza y estuvo ausente en Medina Angarita y Fulgencio Batista (Ultimas Noticias, 05/07/79). La movilización que pretendió, a la par de darle unas cuotas marginales de poder, puso en evidencia a otros sectores que -nominalmente reaccionarios- obtuvieron mayores y/o mejores dividendos políticos.
Al seguir la pista de Manuel Caballero ( "La Internacional Comunista y América Latina"), Jesús Sanoja Hernández (El Nacional, 26/08/79) o Víctor Sanz (Tierra Firme, nr. 4 de 1983), por ejemplo, constatamos la importancia que tuvo la guerra civil española en nuestro país pero no logramos colegir que su influencia haya sido tan virulenta, auspiciando un fanático sectarismo en los que se produjo de tal forma que sobreviviera como un factor de deslinde al principiar los años sesenta. Ya el escenario de balance de poder había dado paso a la bipolaridad, con una mínima incidencia de los conflictos culturales y religiosos en el marco internacional: el anticomunismo se hará defensa de la libertad y de la democracia.
Evaporados los viejos mitos y prejuicios, grupos y lealtades como los vínculos sociales y psicológicos del medio rural ante la fuerza irresistible del proceso urbanizador, se evidencia una predisposición favorable al régimen capitaneado, paradójicamente, por el antiguo comunista Betancourt. La experiencia democrática que arranca en 1958, al "despersonalizar el debate político", logra recursos de equilibrio que obligan a una relación de mutua transformación de los actores. Borregales atacará el Pacto de Punto Fijo y propondrá luego, en 1963, un acuerdo semejante, haciendo esfuerzos por obtener el escaño parlamentario y – síntomas de un "populismo reaccionario" – bajo la promesa de que será "un Presidente viajando en autobús, recorriendo sólo los caminos de Venezuela y luciendo en su stadium su franela de viejo magallanero" (Elite, 10/11/68). En su programa de gobierno incluye la creación del Ministerio de los Pobres, la supresión del peaje para los carros de alquiler y la disposición de dispensarios médicos gratuitos promovidos por el partido.
La posición de Borregales inevitablemente contrasta con el anticomunismo utilitario y oportunista. Valga el ejemplo de Hermógenes López: varias veces parlamentario gracias a los grandes partidos, tildó a Luis Herrera Campins de "muy izquierdista" por hablar mal de los gobiernos de Videla y Pinochet, con el cuidado de aclarar que "si el Congreso Presidencial de COPEI aprueba su nominación, no me quedará más remedio que respaldarlo" (El Universal, 14/12/76). Aquél mantuvo su devoción por la España Eterna hasta abrevar en las aguas del fascista Frente Nacional de Blas Piñar, sin que inmediatamente dijera algo cuando el Tte. Cnel. Antonio Tejero asaltara el Congreso en 1981.
El itinerario de una fuerza reaccionaria como la representada por Borregales, a propósito de la felonía franquista de 1936, fondeada en la Iglesia preconciliar, debilitada o extinguida por el régimen populista, sugiera la posibilidad de una súbita reaparición como consecuencia del proceso de modernización pendiente. E, incluso, el eventual éxito de demandas que se afinquen en la cuestión religiosa como medio indirecto de expresión de otras demandas, en razón del índice de divorcios, el uso de anticonceptivos, la paternidad irresponsable, la legalización del aborto o la invasión de sectas fundamentalistas.

Fuente: http://www.analitica.com/vam/1999.01/nacionales/05.htm
Fotografía: http://noticieroalternativo.wordpress.com/2010/04/13/german-agustin-borregales-pachano-uno-de-lo-mas-destacados-lideres-de-la-extrema-derecha-de-venezuela/