EL MUNDO, Barcelona, 8 de septiembre de 2018
CAFÉ STEINER
La tentación de los cuatro
José Ignacio Torreblanca
Cuatro líderes, cuatro candidatos a la presidencia del Gobierno. Pedro Sánchez, nacido en 1972; Pablo Iglesias en 1978, Albert Rivera en 1979 y Pablo Casado en 1981. Ninguno de ellos tiene la más mínima memoria personal del franquismo, ni siquiera de la transición a la democracia o del golpe de Estado de 1981. Alcanzan su mayoría de edad entre 1990 y 1999, cuando la democracia está consolidada y España ha superado el pasado y vuelto al mundo. Son la prueba del éxito colectivo del país. Pero andan enzarzados en un debate sobre la memoria del franquismo y la Guerra Civil.
Que la generación anterior alcanzara un gran acuerdo en los años 70, celebrado dentro y fuera de España, y que ellos no sólo sean incapaces de ponerse de acuerdo sobre las cuestiones clave que marcarán el futuro de este país sino siquiera de ofrecer una visión compartida del pasado transcurridos 40 de la aprobación de la Constitución es para preocuparse.
Se puede y se debe criticar lo logrado por las generaciones anteriores. Sin duda. Pero si uno todavía no ha logrado algo que se acerque mínimamente a la altura histórica de aquello que critica, lo aconsejable sería hacerlo honrando lo logrado, entendiendo las limitaciones que sus autores enfrentaron y aspirando, con mucha modestia, a retomar la tarea donde aquellos la dejaron.
Puede ser una ensoñación pero uno esperaría que transcurridos más de 40 años de la muerte de Franco y 80 de la Guerra Civil, esta generación de jóvenes, que tan bien representa todo lo logrado por los que pactaron la Constitución del 78, no tardara más de 10 minutos en, como ciudadanos educados en una democracia europea que son, mirar al pasado con la misma justicia y equidad que, por otra parte, la mayoría de la sociedad que aspiran a gobernar ya practica. No parece pedir mucho.
Pero como ironizaba Oscar Wilde: "Puedo resistir todo menos la tentación". Así que ante la sospecha de Sánchez e Iglesias de que Casado y Rivera podrían retratarse ante una conveniente utilización del franquismo por parte del PSOE y Podemos, ¿qué es lo que hacen éstos? Retratarse con un proyecto de ley de concordia que supura equidistancia, abstenciones que siembran la duda sobre el liberalismo que se predica y miradas nerviosas a las encuestas. ¡Qué previsible todo! Si cuando estamos a punto de conmemorar los 40 años de la Constitución de 1978, lo único que nos pueden ofrecer cuatro jóvenes líderes es un desacuerdo, precisamente, sobre el pasado, es que estamos haciendo algo muy mal.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/09/08/5b926863ca474165238b4653.html
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miércoles, 12 de septiembre de 2018
lunes, 3 de septiembre de 2018
MANIOBRERO
EL MUNDO, Barcelona, 30 de agosto de 2018
EDITORIAL
Franco, un recurso ante la falta de ideas
Más que un nuevo cambio de opinión se trata de una continua improvisación. Con un solo propósito: ocultar con la enésima ocurrencia sobre la exhumación de los restos de Franco la falta de proyecto político de un Gobierno que llegó al poder para ocuparlo, no para ejercerlo. Aprovechando su visita al Museo de la Memoria chileno, Pedro Sánchez, que interpreta estos días por Sudamérica el papel de hombre de Estado, sustituyó sobre la marcha su idea de convertir la basílica de Cuelgamuros en un memorial a las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura, por la de transformar todo el complejo del Valle de los Caídos en un cementerio civil.
Sánchez reconocía así que la apuesta por hacer "un centro nacional de memoria", como pedía el PSOE en la proposición de ley presentada en el Congreso en diciembre de 2017, es inviable. Pero ante la imposibilidad de atajar el desafío independentista sólo le queda prolongar un debate que interesa más bien poco a la opinión pública, pero la divide. La política de concesiones al separatismo está llevando a Cataluña a una situación de preocupante enfrentamiento civil. Ese es el problema real al que el presidente del Gobierno debería dedicar sus energías. España no puede seguir viviendo en el pasado.
Fotografía: Fernando Calvo.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/08/30/5b86dc9546163f71178b4623.html
EDITORIAL
Franco, un recurso ante la falta de ideas
Más que un nuevo cambio de opinión se trata de una continua improvisación. Con un solo propósito: ocultar con la enésima ocurrencia sobre la exhumación de los restos de Franco la falta de proyecto político de un Gobierno que llegó al poder para ocuparlo, no para ejercerlo. Aprovechando su visita al Museo de la Memoria chileno, Pedro Sánchez, que interpreta estos días por Sudamérica el papel de hombre de Estado, sustituyó sobre la marcha su idea de convertir la basílica de Cuelgamuros en un memorial a las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura, por la de transformar todo el complejo del Valle de los Caídos en un cementerio civil.
Sánchez reconocía así que la apuesta por hacer "un centro nacional de memoria", como pedía el PSOE en la proposición de ley presentada en el Congreso en diciembre de 2017, es inviable. Pero ante la imposibilidad de atajar el desafío independentista sólo le queda prolongar un debate que interesa más bien poco a la opinión pública, pero la divide. La política de concesiones al separatismo está llevando a Cataluña a una situación de preocupante enfrentamiento civil. Ese es el problema real al que el presidente del Gobierno debería dedicar sus energías. España no puede seguir viviendo en el pasado.
Fotografía: Fernando Calvo.
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http://www.elmundo.es/opinion/2018/08/30/5b86dc9546163f71178b4623.html
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jueves, 7 de diciembre de 2017
DEL USO POLÍTICO DE LA RAZÓN
TRIBUNA
El sombrío legado de Franco
Los dirigentes del PP se cargarían de razón si no coqueteasen con el pseudorrevisionismo histórico que blanquea la imagen del dictador. Pero recurrir a él para explicar la crisis actual es sorprendente
Javier Moreno Luzón
Que para explicar la crisis catalana actual se recurra a Francisco Franco, un dictador muerto hace cuarenta y dos años, resulta cuando menos sorprendente. Pero así lo hacen numerosas voces, en los círculos independentistas, en un ala de la izquierda española y en unos cuantos medios de comunicación extranjeros. Tras las acciones del Gobierno de España se descubre la sombra de Franco, mientras a Mariano Rajoy se le erige en heredero del Caudillo y de otros autócratas dispuestos a mantener como sea la unidad nacional. Coinciden en este diagnóstico políticos, periodistas y académicos empeñados en describir un Estado ajeno a las normas democráticas occidentales. A propósito del encarcelamiento de los líderes secesionistas, hay quien ha rescatado una tajante sentencia del escritor Rafael Chirbes: “este país apesta a franquismo”.
Una respuesta inmediata a estas afirmaciones consistiría en comprobar que contienen disparates evidentes: en España, se diga lo que se diga en la BBC, no existe un régimen autoritario sino una democracia liberal, con forma de monarquía parlamentaria, en la que se garantizan los derechos y libertades individuales, hay separación de poderes y el Gobierno emana de un Parlamento elegido por sufragio universal. El Estado español es un miembro de la UE con problemas similares a los de sus socios, no un paria internacional. Costaría imaginar, bajo un sistema franquista o pseudofranquista, elementos legales tan consolidados en la vida española como la existencia de comunidades autónomas con extensas atribuciones o la falta de censura, no digamos ya el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Sin embargo, tanta insistencia merece alguna reflexión, porque no se trata sólo de una improvisada propaganda pro-catalanista. Semejantes tesis se sustentan sobre bases que las hacen verosímiles entre quienes las repiten. Algunas trazas de la cultura política española y catalana recuerdan a las del franquismo, como los hábitos caciquiles en el manejo de los recursos públicos o la corrupción rampante que vincula a autoridades y empresarios amigos. Nada que no proceda de periodos anteriores a la dictadura y que no ocurra en diversas partes de Europa donde reina también el clientelismo. Además, ahora la prensa airea y los jueces persiguen las corruptelas, que no quedan impunes. Podría hablarse asimismo de los privilegios de la Iglesia, que aún disfruta de un trato preferente que no se corresponde con la secularización de las costumbres, eco de lo que pasa en otros países de la UE con tradiciones católicas.
En cuanto a la cuestión catalana, pueden atribuirse a reflejos autoritarios los errores en la gestión del desafío nacionalista, como la torpeza gubernamental en el empleo de las fuerzas de seguridad o la actuación de la Audiencia Nacional, que ha tomado medidas preventivas más que discutibles. Pero establecer un paralelismo entre estos hechos y la represión franquista de los nacionalismos subestatales carece de fundamento. Baste recordar que, desde la Guerra Civil hasta los años setenta, no hubo en ninguna zona de España elecciones limpias ni más partidos y sindicatos autorizados que los oficiales, abundaban los presos políticos y se prohibía cualquier expresión nacionalista no española. Ningún gobernador civil de entonces hubiera permitido manifestaciones a favor de la independencia —ni tan siquiera de la autonomía— de Cataluña. La senyera, que podía entenderse como símbolo de una región española, no se izó en los ayuntamientos catalanes hasta 1975.
En realidad, las alusiones a Franco adquieren credibilidad porque su régimen se identifica, sin matices, con el nacionalismo español. No con el castellano, que apenas ha salido de la irrelevancia, sino con el que afirma que la única nación política —dotada por tanto de soberanía— en el territorio de este Estado es España. Un nacionalismo que ha tenido varias versiones desde su aparición durante la guerra napoleónica de 1808, que precedió por lo tanto al franquismo y que lo ha sobrevivido. Durante el Ochocientos y las primeras décadas del Novecientos, hubo españolistas liberales, demócratas y republicanos que, de Agustín Argüelles a Manuel Azaña, concebían España como una comunidad cívica, adornada con características propias pero compuesta de ciudadanos con derechos protegidos por el Estado a través de un régimen representativo. En algunos momentos, como en la Segunda República, estos sectores llegaron a acuerdos con los catalanistas para concederles una autonomía regional.
La coalición reaccionaria que apoyó el levantamiento contra la legalidad republicana en 1936 y luego al dictador durante los treinta y nueve años siguientes heredó otras visiones de la españolidad. Por un lado, un nacional-catolicismo que sólo admitía una manera de ser español, la católica, y propugnaba un Estado confesional y corporativo. Por otro, la vertiente hispana del fascismo, cuyas expresiones nacionalistas recogieron la sublimación de Castilla como núcleo de España y adoptaron un proyecto totalitario. La Falange proporcionó cuadros y discursos a la dictadura, pero, más allá de sus efímeros logros nacional-sindicalistas, fueron los católicos quienes dejaron una huella más profunda en ella. Sin olvidar los rasgos propios de un nacionalismo militar que atribuía al ejército la misión de salvar a la patria de sus enemigos internos, entre ellos los catalanistas: Franco no dejó de ser un general cuya legitimidad provenía de vencer en una guerra.
Poco queda de estos componentes franquistas en el nacionalismo español, reforzado ante el reto independentista catalán. Se perciben algunos síntomas poco tranquilizadores, como la presencia violenta de grupúsculos neofascistas en algunas concentraciones, donde se ha visto a descerebrados cantar el Cara al sol —himno de Falange— enarbolando banderas constitucionales. Pero las grandes fuerzas políticas españolistas parecen comprometidas con los valores democráticos y se explican en términos incompatibles con el militarismo, las premisas nacional-católicas o el falangismo, aunque haya portavoces secesionistas que acusen a Albert Rivera, de Ciudadanos, de ser un nuevo José Antonio.
Así pues, no es posible dar cuenta del conflicto que se dirime en nuestro país acudiendo al sombrío legado de Franco. Se entiende mejor como una pugna entre nacionalistas en el marco de una democracia que, como la mayoría de sus congéneres, intenta evitar la ruptura de su ordenamiento constitucional; no como la lucha entre los herederos del franquismo y los adalides de la libertad. Aunque los dirigentes del PP se cargarían de razón en sus protestas si no coqueteasen con el pseudorrevisionismo histórico que blanquea la imagen del dictador; si aceptaran la retirada de los homenajes al franquismo en calles o monumentos y comenzasen a atender las demandas de los descendientes de sus víctimas. La causa de la España democrática y europeísta saldría muy fortalecida.
(*) Javier Moreno Luzón es historiador y ha publicado, con Xosé M. Núñez Seixas, Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea (Tecnos, 2017).
Fuente:
Ilustración: Raquel Marín.
EL PAÍS, Madrid, 20 de julio de 2017
TRIBUNA
La Rusia de Occidente
Javier Moreno Luzón
El revolucionario ruso León Trotski pasó en España los últimos meses de 1916, tan solo un año antes de tomar el poder en Petrogrado. Fue un viaje azaroso: expulsado de Francia, anduvo por Madrid, donde disfrutó del Museo del Prado, hasta que la policía lo encarceló y lo mandó a Cádiz, a la espera de un barco que lo sacase del país. Apenas logró manejar unas cuantas palabras en castellano, pero captó algunos rasgos de la vida española, como la mala fama de los políticos, las desigualdades sociales o el poder de la Iglesia. Le impresionaron la indolencia, la amabilidad y el calor. Desde su siguiente destino, Nueva York, escribió que el problema agrario y el carácter violento de sus habitantes hacían de España, después de Rusia, el lugar donde resultaba más probable una revolución.
Aquel paralelismo entre los dos extremos de Europa tenía antecedentes tan ilustres como el de Miguel de Unamuno, quien había afirmado que ambos pueblos compartían una misma religiosidad mística y un fondo comunal campesino. Los estereotipos hablaban de seculares atrasos y exotismos orientales, de gentes un tanto salvajes. Hasta el ancho de vía de sus respectivos ferrocarriles era mayor que el usual en el continente. El rey Alfonso XIII creía que la primera de las revoluciones rusas de 1917, la que hizo abdicar al zar, podía repetirse en España, sobre todo si entraba en la guerra europea como había hecho Rusia.
Durante unos meses, los acontecimientos dieron la razón a los augures. Ese mismo verano se encadenaron varios conatos revolucionarios en España: el de las juntas militares, que expresaban agravios corporativos; el de catalanistas y republicanos, que convocaron una asamblea de parlamentarios para exigir la reforma de la Constitución; y el de los sindicatos obreros, lanzados a la huelga general. Hubo quien pensó en una réplica de la experiencia rusa, con un proceso constituyente custodiado por sóviets de obreros y soldados. Pero España no era Rusia: a la hora de la verdad, las clases medias catalanas no se aliaron con los huelguistas y los militares reprimieron la insurrección sindical. La monarquía española, más parecida a la italiana que al imperio de los zares, resistió el embate.
La verdadera fe que llegó a España desde Rusia en 1917 no fue la del febrero democrático, sino la del octubre rojo, un potente mito político que cambió el paisaje mundial, dividió a las izquierdas y atemorizó a las derechas. El campo andaluz vivió un trienio bolchevique en el que los jornaleros aspiraban al reparto de las tierras que habían conseguido los rusos; mientras los sectores conservadores alertaban del peligro soviético para imponer soluciones autoritarias. Aunque la escasa información jugara a veces malas pasadas. Los anarcosindicalistas de la CNT acogieron con entusiasmo aquel trastorno radical y los socialistas decidieron tantear su adhesión a la nueva Internacional. Pero sendos viajes a Moscú les quitaron las ganas, pues aquellos aguerridos héroes perseguían a los ácratas, exigían disciplina y despreciaban los derechos ciudadanos. Vladímir Lenin se lo dejó claro en 1920 a un atónito Fernando de los Ríos, enviado del PSOE: “Libertad, ¿para qué?”. Por entonces se organizaban ya los comunistas españoles.
La vieja Rusia medieval se había convertido, de golpe, en el faro que alumbraba el futuro de la humanidad. En España se publicaron decenas de libros sobre el experimento y numerosos viajeros confirmaron sus excelencias. Sin embargo, sus partidarios no salieron de los márgenes hasta la Segunda República, cuando el camarada Iósif Stalin había heredado ya las herramientas dictatoriales de Lenin y lanzado al exilio a Trotski, disidente en nombre del ideal leninista. Mediados los años treinta, el régimen staliniano se sumó a las coaliciones contra el fascismo que avanzaba en Europa y sus peones españoles hicieron lo propio con el Frente Popular que ganó las elecciones de 1936. Entraron en el Parlamento y se hicieron con el control de las juventudes socialistas, aunque la posibilidad de una revolución al estilo soviético, un fantasma que agitaron las derechas antirrepublicanas, era más bien remota. Al socialista Francisco Largo Caballero le quedó, eso sí, el remoquete de Lenin español.
España estuvo algo más cerca de transformarse en la Rusia de Occidente durante la Guerra Civil. La Unión Soviética era el único apoyo internacional de peso que tenía la República y su esfuerzo militar dependía de la ayuda de Stalin, por lo que los comunistas adquirieron en la zona leal una influencia decisiva. Cabeza de la contrarrevolución que acabó con las colectivizaciones orquestadas por los anarquistas al estallar el conflicto, aplicaron las técnicas ya probadas en la Unión Soviética, donde no solo habían barrido a los trotskistas, sino que también purgaban a los más adictos, en un sistema de terror sin límites. Los marxistas antiestalinistas del POUM fueron liquidados. En 1940, el catalán Ramón Mercader, al servicio de Stalin, asesinó a Trotski en su destierro mexicano.
A partir de ahí, el comunismo español formó el tronco principal de la oposición a la dictadura de Francisco Franco. Tras el fracaso del maquis guerrillero, adoptó una línea conciliadora que aspiraba a traer a España la democracia pluralista y no un régimen autocrático al estilo soviético. Esa distancia se ensanchó y la actitud constructiva del PCE protagonizó la Transición a la muerte del tirano. Poco quedaba ya del sueño revolucionario, aunque aún subsistían los métodos de Lenin, la jerarquía implacable y la purga de los discrepantes en el interior del partido. Su progresiva insignificancia acabó por diluirlo en Izquierda Unida, donde ha sobrevivido pese al derrumbe de la Unión Soviética.
Hoy, en el centenario de las revoluciones rusas, carecen de sentido las comparaciones de antaño y nadie podría imaginar una España sovietizada. Pero el mito sigue vivo y las hazañas de Lenin y Trotski, no tanto las de Stalin, aún despiertan simpatías entre algunos izquierdistas españoles. Sobre todo en Podemos, donde sus impulsores, que han hablado de leninismo amable, no ocultan su admiración por Octubre, su fuerza y sus procedimientos. Pablo Iglesias Turrión emplea la retórica revolucionaria y rinde homenajes a “aquel calvo”, “mente prodigiosa” que satisfizo los deseos de los trabajadores. Las alusiones a 1917 no pueden ser inocentes, pues sus consecuencias, que marcaron el siglo XX, todavía nos interpelan.
(*) Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Acaba de publicar, con Xosé M. Núñez Seixas, Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea (Tecnos).
Fuente:
Ilustración: Eva Vázquez.
EL PAÍS, Madrid, 16 de julio de 2017
Usos políticos de la Segunda República
Javier Moreno Luzón
En ese breve periodo democrático se dan cita algunos elementos clave en cualquier interpretación acerca de la España contemporánea. Antecedente inmediato de la Guerra Civil y de la dictadura de Franco, a él se acercan quienes intentan dilucidar por qué aquí no cuajó la democracia y a qué fuerzas hay que atribuir la responsabilidad en la tragedia. Naturalmente, las izquierdas y las derechas acusan a los predecesores de sus contrarias y absuelven a los propios. Una pugna histórico-política que se ha enconado en las últimas décadas y ha enrarecido el clima historiográfico hasta extremos antes inimaginables.
Para empezar, bajo la bota franquista se permitían pocas dudas: la República no era más que la culminación de una historia desgraciada, la del liberalismo español, que había traicionado las esencias nacionales y se había entregado a revolucionarios y separatistas, lo cual justificaba el levantamiento militar de 1936. En aquellos tiempos grises, los escasos historiadores que se ocupaban de la época y no se dedicaban a la propaganda vivían fuera del país. Entre ellos figuraban defensores de los republicanos y socialistas que habían diseñado el programa —educativo, social y agrario, civilista, secularizador— de 1931, pero también observadores moderados que guardaban las distancias.
Conforme se abrió paso la democracia en los setenta, el panorama cambió de forma substancial, pues desde entonces proliferaron las publicaciones y los coloquios, los cursos y los programas de radio y televisión, mientras el ambiente político animaba a no repetir los errores pretéritos y pasar página. Aquel florecimiento historiográfico, que con altibajos duró más de dos decenios, no sólo multiplicó las contribuciones, sino que puso asimismo a los académicos autóctonos al mismo nivel que los hispanistas. Se asentaron enfoques que aconsejaban contemplar la etapa en toda su complejidad y no tener a la República por un mero plano inclinado hacia la contienda. Y, cosa notable, fue posible el diálogo entre gentes de ideologías distintas, que no confundían su proximidad a una u otra tendencia con la fe ciega en sus bondades.
Sin embargo, a finales de los noventa, cuando la historia se transformó de nuevo en arena de combate político, ese entendimiento se vino abajo. Abrieron fuego pseudohistoriadores que recuperaron viejas tesis de regusto franquista: las izquierdas tuvieron la culpa de todo y la guerra comenzó no en 1936, sino en 1934, cuando se sublevaron contra un Gobierno en el que entraban los católicos. La democracia no era tal y Franco salvó a España del comunismo. Lo burdo de sus argumentos, acorde con sus métodos de investigación, no impidió que vendieran muchos libros y llenasen grandes espacios mediáticos. El público de derechas seguía ahí, dispuesto a comprar, con ropajes diferentes, las diatribas ya conocidas.
Por otro lado, los movimientos para la recuperación de la memoria histórica reivindicaron la herencia republicana, la de los perdedores de la guerra, demandaron reparaciones y proyectaron hacia atrás una visión idealizada de la República. Más que comprender qué había ocurrido, se trataba de enarbolar emblemas progresistas, lo mismo que en las manifestaciones contra los Gobiernos del Partido Popular ondeaban por miles las banderas tricolores. Según estas versiones, los partidos y sindicatos de izquierda se habían comportado como demócratas irreprochables y merecían más y mejores homenajes. Como si republicanos, socialistas, nacionalistas, anarquistas y comunistas hubieran remado siempre juntos y en la misma dirección.
Las posturas se radicalizaron cuando, ya entrado nuestro siglo, el Gabinete socialista, decidido a integrar el legado republicano en la España constitucional, impulsó una ley de reparaciones que, aunque prudente, desató una intensa pugna. Nada la ejemplificó mejor que la batalla simbólica de esquelas en la prensa, en la que cada cual recordaba a sus muertos. Y así estamos. Los conservadores repiten, día sí y día también, que hay que mantener cerradas las heridas, al tiempo que incumplen la ley y contraponen la Transición modélica al caos republicano. Por su parte, las nuevas izquierdas elogian al pueblo de 1931 y al que frenó al fascismo en 1936. La súbita crisis de la Monarquía les hizo soñar con una Tercera República, espejo de la Segunda, pero su despertar no ha borrado las trincheras cavadas en torno a las respectivas legitimidades.
Entre tanto, la historiografía se ha enriquecido con un sinfín de artículos, libros y congresos, impulsada a menudo por profesionales españoles que se mueven con soltura en las universidades europeas. Se han refrescado temas clásicos, como las biografías, las elecciones o las reformas; y también se atiende a otros actores, desde las mujeres hasta los guardias civiles, al tiempo que la historia cultural ilumina los discursos, las movilizaciones o la violencia política. Los estudios locales ya no son localistas, sino que emplean el microscopio para desentrañar fenómenos de largo alcance.
No obstante, los especialistas en la República tienden hoy a alinearse en facciones enfrentadas a cara de perro. Poco queda de los foros donde un general vencedor podía conversar con un antiguo exiliado. Ahora lo habitual es descalificar a quienes sostienen otras posiciones, porque se supone que su militancia progresista les impide ver la realidad o porque cualquier melladura en los mitos republicanos se juzga como un retorno a las ideas del franquismo. No basta con discutir las opiniones de los otros, sino que además hay que tacharles de deshonestos. Abundan los albaceas de personajes y causas del pasado, mientras algunos medios instrumentalizan las investigaciones universitarias para alimentar la controversia. Hasta ha entrado en escena, con un toque surrealista, la Fundación Francisco Franco. La política maniquea pervierte el conocimiento de la historia, y este, como la calidad de nuestros debates, sale perdiendo.
las opiniones de otros, sino que además hay que tacharles de deshonestos
(*) Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.
Fuente:
viernes, 26 de mayo de 2017
ESCARBAR EL PASADO
EL MUNDO, Barcelona, 17 de mayo de 2017
LA ÚLTIMA COLUMNA
Homenaje a Negrín
Emilia Landaluce
Muchos niños del franquismo corrían a la cama con una amenaza equivalente a la del hombre del saco. "¡Que viene Negrín!".
Mañana se cumplen 80 años desde el nombramiento de Juan Negrín (1892-1956) como presidente del Gobierno. Y apenas una semana después de que Podemos, PSOE y Ciudadanos votaran a favor de exhumar a Franco y Primo de Rivera del Valle de los Caídos, Ximo Puig ha organizado un acto de homenaje "y desagravio" al político canario, tal y como rezaba el teletipo de Efe que se reprodujo en la web de este periódico. Los lectores no tardaron en recordar las sombras del desagraviado Negrín: su sumisión a Stalin (reprochada incluso por sus compañeros socialistas), las escapadas a los cabarés (eso lo contaba Prieto) y su empeño fatal por prolongar la Guerra Civil... Tampoco olvidaron el grotesco envío del oro de Moscú o la peripecia del Vita, uno de los episodios más sonrojantes para el exilio. En pocas líneas: Negrín fletó a México un barco con cajas repletas de divisas, joyas y monedas procedentes de las incautaciones de la República y del expolio de algunas instituciones culturales y religiosas. [Hay que recordar que gran parte de la colección de monedas del Museo Arqueológico -muchas de valor incalculable- se fundieron en lingotes]. Nadie sabe muy bien qué fue de aquel tesoro salvo que Prieto y Negrín se pelearon por él...
El homenaje a Negrín preocupa a poca gente, a la que le importa que Franco siga en Cuelgamuros. De momento, resulta sorprendente que Garicano, vehemente defensor de la exhumación, no haya protestado por el homenaje de Puig y, ni mucho menos, haya acudido al Gobierno mexicano para reclamar el tesoro del Vita. ¿Quién sabe si su valor superaría al rescate que él quiso pedir a Bruselas?
En la tumba de Franco no sólo está el resarcimiento de los años más crudos de la dictadura. Escarbando en el pasado nos encontraremos también los asesinatos de Paracuellos, Gernika, el golpe del 34, y así hasta que nos caigamos todos a la fosa para pedirle cuentas a Abel.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/05/17/591b3afe268e3efc758b4845.html
LA ÚLTIMA COLUMNA
Homenaje a Negrín
Emilia Landaluce
Muchos niños del franquismo corrían a la cama con una amenaza equivalente a la del hombre del saco. "¡Que viene Negrín!".
Mañana se cumplen 80 años desde el nombramiento de Juan Negrín (1892-1956) como presidente del Gobierno. Y apenas una semana después de que Podemos, PSOE y Ciudadanos votaran a favor de exhumar a Franco y Primo de Rivera del Valle de los Caídos, Ximo Puig ha organizado un acto de homenaje "y desagravio" al político canario, tal y como rezaba el teletipo de Efe que se reprodujo en la web de este periódico. Los lectores no tardaron en recordar las sombras del desagraviado Negrín: su sumisión a Stalin (reprochada incluso por sus compañeros socialistas), las escapadas a los cabarés (eso lo contaba Prieto) y su empeño fatal por prolongar la Guerra Civil... Tampoco olvidaron el grotesco envío del oro de Moscú o la peripecia del Vita, uno de los episodios más sonrojantes para el exilio. En pocas líneas: Negrín fletó a México un barco con cajas repletas de divisas, joyas y monedas procedentes de las incautaciones de la República y del expolio de algunas instituciones culturales y religiosas. [Hay que recordar que gran parte de la colección de monedas del Museo Arqueológico -muchas de valor incalculable- se fundieron en lingotes]. Nadie sabe muy bien qué fue de aquel tesoro salvo que Prieto y Negrín se pelearon por él...
El homenaje a Negrín preocupa a poca gente, a la que le importa que Franco siga en Cuelgamuros. De momento, resulta sorprendente que Garicano, vehemente defensor de la exhumación, no haya protestado por el homenaje de Puig y, ni mucho menos, haya acudido al Gobierno mexicano para reclamar el tesoro del Vita. ¿Quién sabe si su valor superaría al rescate que él quiso pedir a Bruselas?
En la tumba de Franco no sólo está el resarcimiento de los años más crudos de la dictadura. Escarbando en el pasado nos encontraremos también los asesinatos de Paracuellos, Gernika, el golpe del 34, y así hasta que nos caigamos todos a la fosa para pedirle cuentas a Abel.
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sábado, 18 de julio de 2015
BLADE-RUNNER
EL PAÍS, Madrid, 18 de julio de 2015TRIBUNA
El poder del 18 de julio
El régimen del general Franco se estableció y evolucionó sobre la base de un uso sistemático y permanente de la coerción y la represión sobre la población civil
Gutmaro Gómez Bravo
Nos guste o no, en cuestiones de políticas de pasado y memoria, España sigue siendo diferente. Así lo ha denunciando en reiteradas ocasiones Naciones Unidas. La última, hace relativamente poco, en su informe de 2013/4 que puede verse en Internet. España presenta el número más alto en la lista de desaparecidos del mundo después de Camboya. Este ya es un dato escalofriante, pero existe otra importante singularidad. Ni una sola de las sentencias de los tribunales militares de la dictadura salida de la Guerra Civil ha sido revisada o anulada. No es casual en modo alguno que esta anomalía coincida con el único hecho verdaderamente diferencial de la historia española del siglo XX: la extraordinaria duración de la dictadura franquista, la más larga del sur de Europa.
El 18 de julio de 1936, España vivió el estallido de un conflicto provocado tras un golpe de Estado que no triunfó pero tampoco fracasó. La guerra civil desembocó en un régimen que se institucionalizó sobre la base de la utilización sistemática de la coerción y la represión. Una de sus principales constantes fue mantener elementos particularmente activos en cuestiones de memoria e identidad, cuyo único referente fue siempre el Glorioso Alzamiento, la Cruzada, iniciada el 18 de julio de 1936. La principal consecuencia de mantener viva esa fractura moral entre vencedores y vencidos, con un alto componente psicológico de miedo, durante prácticamente cuatro décadas, fue la devastación completa de cualquier rasgo de sociedad civil. Sólo quedó, un discurso oficial, plagado de acusaciones y culpas, que el propio Franco denominaba “justicia histórica”.
Ni siquiera el paso del tiempo ni el indudable cambio histórico que ha vivido nuestro país han conseguido acabar con la fuerza simbólica de esa fecha. Las razones no son tan fáciles de esclarecer, como a veces se afirma. El caso español, no puede englobarse dentro de los modelos de justicia transicional, pero tampoco queda radicalmente fuera de ellos. En lugar de una onda expansiva como la que reflotó la sociedad de posguerra europea, España tuvo que enfrentarse a una fuerte crisis económica. En ese contexto quedó enmarcada la Transición a la democracia, algo que, unido al propio desarrollo político y legal del proceso, dificultó las posibilidades de consolidar una memoria histórica verdaderamente colectiva, positiva e integradora. El proceso de Transición a la democracia concluyó con éxito la recuperación del Estado de Derecho y sentó las bases para restablecer un marco de convivencia plural. Sin embargo, la cuestión de la memoria no se abordó desde la política oficial por la fuerte división existente en torno a lo que realmente había sucedido en el pasado. La conocida como Ley de Amnistía (Ley 46/1977 de 15 de octubre de 1977) eliminaba la responsabilidad ante cualquier delito político cometido hasta diciembre de 1976. Habría que esperar más de treinta años para que se volviera a debatir, y finalmente se aprobara, un proyecto de ley sobre la Memoria Histórica, cuya aplicación generó una fuerte controversia.
Hoy, casi ochenta años después del comienzo de aquella barbarie, las figuras del criminal y de la víctima siguen siendo las fijadas aquel 18 de julio de 1936 por los vencedores. Invertirlas no ha sido posible hasta ahora, por falta de voluntad política, desde luego, pero también por una cuestión más compleja: por la propia apariencia de legalidad de la represión franquista y por el grado de normalidad que esta terminó alcanzando en su larga existencia. La opresión y la represión políticas caracterizan a muchos regímenes, también en nuestros días, pero el alcance de ambos fenómenos ha de ser estrechamente definido y delimitado en cada caso si queremos distinguir unos de otros. En ese terreno, los avances en las dos últimas décadas de investigación han sido enormes. Los estudios sobre una serie continuada y verificada de evidencias documentales permiten concluir que el régimen del general Franco se estableció y evolucionó, sobre la base, históricamente demostrable, de un uso sistemático y permanente, de la coerción y la represión sobre la población civil.
La cuestión de la memoria no se abordó desde la política oficial por la fuerte división existente en torno a lo que realmente había sucedido en el pasado
Por qué, entonces, ¿las sentencias emanadas del poder del 18 de julio siguen sin ser revisadas?. La respuesta exige adentrarse en distintos callejones. Uno de los más oscuros, ha sido el bloqueo producido entre la memoria histórica y el revisionismo histórico. La utilización del pasado como arma arrojadiza, ha permitido la construcción de un campo apto para tergiversaciones, politizado y judicializado; su efecto más perverso y devastador ha sido su mutación en el fenómeno contrario a la propia memoria, y no necesariamente entre gente de perfil conservador. En ese sentido, la década pasada puede considerarse como la década perdida de la memoria en España. A pesar de todo, decir todavía hoy que aquellos juicios sumarísimos tuvieron garantías y que fueron justos, supone una gran ignominia, parafraseando a Borges, solo superada por aquellos que afirman que los que promueven la reparación o todavía buscan a sus familiares, en realidad, solo lo hacen por dinero. Afirmación que, afortunadamente, ha dejado de tener eco en ciertos medios más por efecto de la crisis que por que hayan dejado de creerlo quienes lo piensan y difunden.
La memoria necesita de la historia para salir de esa situación pero ¿qué historia necesitamos para ello? La de la equidistancia basada en repartir responsabilidades en la guerra y aciertos en la posguerra no responde a ninguna de las cuestiones que se plantean las generaciones que no vivieron, que no vivimos, activamente ni una ni otra, pero que habitamos sobre ese legado. Si sobre el pasado no prima el análisis y la investigación, algo que va inexorablemente ligado a los archivos pero también al rigor científico, correremos el riesgo de seguir viviendo una enorme impostura, como la que ha descrito recientemente Cercas. Su mecanismo de comprensión recuerda, si me permiten las distancias con el franquismo, a Blade Runner, donde los malos, los replicantes a los que da caza Harrison Ford, han conseguido fabricar recuerdos a través de relatos e imágenes estandarizadas, pero que no saben cómo procesarlas. Siempre ha existido memoria en España, no oficial claro está, íntima, velada o callada, pero todavía no hemos aprendido a utilizarla por falta de justicia y de reparación. La memoria se desarrolló sin historia, pero es hora ya de invertir ese proceso, porque estamos en condiciones de abordar la verdad de nuestro pasado reciente.
(*) Gutmaro Gómez Bravo es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid
Ilustración: Andrés Samper.
martes, 17 de julio de 2012
LA INSTITUCIÓN DE LA MALDAD
El alzamiento providencial
Luis Barragán
La sublevación del 18 de Julio de 1936 contra la república española, finalmente capitalizada por Franco, ofrece la oportunidad de aproximarnos a uno de sus más notables defensores en este lado del mundo: Germán Borregales. Una muestra de su obra, principalmente conformada por sus encendidos artículos de prensa, nos permite deducir la existencia de una peculiar corriente reaccionaria y sugerir su extinción o debilitamiento en el contexto populista venezolano.
Borregales, nacido en Coro el 28 de Mayo de 1909 y muerto en Caracas el 2 de Febrero de 1984, ocupó un modesto pero llamativo espacio en nuestra agenda política, cuyos trazos más gruesos pertenecen a la etapa del derrocamiento de Gallegos en la que fue un terrible polemista bajo el seudónimo de "Mister X". Conocido por un anticomunismo militante y fervoroso, resurgió en 1958 cuando eran otros los actores que pugnaban por copar la escena frente a los líderes consagrados. Candidato presidencial en más de una ocasión, alcanzó la ansiada curul en 1968 y facilitó numerosas páginas al humorismo local. Fundó el Movimiento de Acción Nacional, refugio del catolicismo preconciliar, reconocido por la célebre consigna de "El MAN salvará a Venezuela", curiosamente en los días en que apareció el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), por 1960. Y, a la postre, su tarea esencial fue la "Fundación Borregales", mediante la cual desarrolló su innata vocación filantrópica. Sin embargo, todavía sorprende la acrobacia teológica de su familiaridad con seres extraterrestres dispuestos a defender el patrimonio de Jesucristo (por ejemplo, Ultimas Noticias, 28 y 29/11/76).
La ultraconspiración
Borregales vio en la segunda república española, ultimada en 1939 tras la pavorosa guerra civil, un atentado contra las instituciones imbuidas de la contrarreforma que hizo grande e imperial al país de naciones que vino a América y en la que, a su modo de ver, confluyen y se dan la mano los Reyes Católicos, los tercios valientes y los nobles requetés del "carlismo intrépido y cristiano", José Antonio y los "falangistas heroicos y misioneros", las mujeres "bravías como su Catámbrico" (SIC), el Cid y Santiago, Vásquez de Mella, Menéndez Pelayo y Balmes, según expresara en "Franco, tres años después o la felonía de un Rey" (1978). Y, al igual que Eduardo Comín, percibió la amenaza simultánea del liberalismo, el anarquismo, el krausismo, la masonería, con la institución del jurado, la separación Iglesia-Estado, el matrimonio civil, la legitimación de los hijos naturales, la libertad de conciencia, como frutos de los principios de la Gran Logia, la que incluía a los "invertidos" de acuerdo a su libro "Copei, hoy, una negación".
En una confusa parentela, afirmará que la masonería y el liberalismo son los padres del comunismo. "hermanos gemelos, pero nacidos en distinto tiempo en un parto del infierno contra la Iglesia Católica", en estrecho maridaje con el judaísmo y protestantismo. Concibe que "el hecho histórico de la mal llamada ‘Guerra Civil’ española, fue el primer episodio de una conspiración vertebrada" que "se proyecta hasta nuestros días" y cuyo eje y motor es la masonería. Como ha dicho en alguna parte Javier Tusell, la obsesión antimasónica tal jerarquía que hizo necesaria la creación de un organismo que se especializara en la cacería de reales e imaginarios masones, sobre los cuales Franco se hizo un erudito, imponiendo una "visión conspiratorial de la historia".
Y es que siendo la masonería una "Institución de la Maldad", se vale de los concursos de belleza, los centros deportivos, las universidades laicas, las películas inmorales, la importación de prostitutas, los muñequitos infantiles (SIC), configurando "una gigantesca conspiración contra los sagrados intereses de la Cristiandad", dirá Borregales en "Así es la Masonería". Pero es el anticomunismo el que le concederá un espacio político más concreto en Venezuela que sus afanes antimasónicos, proclamando que "debemos ser dignos de nuestra ideología cristiana", muy diferente a la de los sacerdotes comunistas y la de los anticomunistas que pelearon en Indochina por dinero mientras en España lo hicieron por Dios y la Patria ( "La república sacrílega" de 1944 y Ultimas Noticias, 18/07/75).
Respecto al 18 de Julio de 1936, dirá que "el mundo de entonces no comprendió el alcance de aquel suceso, ni de sus proyecciones", pues "se declaró la guerra al enemigo de la Cultura de Occidente antes que no fuera tarde e inútil" (Ultimas Noticias, 19/07/79). Y es que "el genio y la espada del General Franco", en cuya mente Dios planificó "la conducción de las batallas y el día y la hora de la Victoria", se anticipó a los tiempos. Y, "a 43 años de aquel Alzamiento Providencial", agregará, "pudo ver en España la imagen nítida de la postguerra". Concluye que España enseñó "las rutas que deberían seguir los pueblos libres en la lucha por la libertad ... lo que hizo Franco ... deben hacerlo todos los militares que vean sus países amenazados por la anti-patria", ya que "en vida, unió a sus fuerzas armadas" y fue "el más apto y de mayores méritos militares, morales ... valiente estratega consumado".
Extemporaneidad de una posición
En un interesante trabajo, Luis Cipriano Rodríguez incluye a Borregales en las filas de un anticomunismo de "centro" que no pretendió reforzar el gomecismo cada vez más diluído sino – a través del Plan Trienal y la Ley del Trabajo- ensanchar la transición hacia un orden democrático-burgués. No obstante, podemos observar que, en la década de los sesenta, al anunciarse en forma tan vaga la "ideología anticomunista", afín a la coalición populista oxigenada por la renta petrolera, podríamos hablar de un anticomunismo doctrinario o de principios que no advierte la exactitud de su "proyecto histórico" frente a otra modalidad representada por quienes no deseaban perder sus privilegios, en el encabalgamiento de las demandas lanzadas al sistema con un desinhibido carácter utilitario.
Borregales afirmó que toda la gente de la UNE apoyó el levantamiento franquista. ¿Acaso pretendió la construcción de un Estado Nacional-Sindicalista, totalitario, imperialista y ético-misional como caracterizara Carlos Rama al régimen que se impuso en España?. ¿El heroísmo y la santidad de los mejores frente a un Estado Corporativo?. ¿En Venezuela el conflicto religioso no tuvo sus más altos decibeles durante el guzmanato?. Por lo pronto, las posturas de Borregales, resultantes de las exageradas simplificaciones de su época de iniciación política, no se tradujeron a la realidad venezolana mediante un discurso y una acción sólida, eficaz y convincente. Vocacionalmente reaccionario, no provocó crisis o tensiones en el sistema político aunque resaltara el heroísmo providencial que ejemplificó con Anastasio Somoza y estuvo ausente en Medina Angarita y Fulgencio Batista (Ultimas Noticias, 05/07/79). La movilización que pretendió, a la par de darle unas cuotas marginales de poder, puso en evidencia a otros sectores que -nominalmente reaccionarios- obtuvieron mayores y/o mejores dividendos políticos.
Al seguir la pista de Manuel Caballero ( "La Internacional Comunista y América Latina"), Jesús Sanoja Hernández (El Nacional, 26/08/79) o Víctor Sanz (Tierra Firme, nr. 4 de 1983), por ejemplo, constatamos la importancia que tuvo la guerra civil española en nuestro país pero no logramos colegir que su influencia haya sido tan virulenta, auspiciando un fanático sectarismo en los que se produjo de tal forma que sobreviviera como un factor de deslinde al principiar los años sesenta. Ya el escenario de balance de poder había dado paso a la bipolaridad, con una mínima incidencia de los conflictos culturales y religiosos en el marco internacional: el anticomunismo se hará defensa de la libertad y de la democracia.
Evaporados los viejos mitos y prejuicios, grupos y lealtades como los vínculos sociales y psicológicos del medio rural ante la fuerza irresistible del proceso urbanizador, se evidencia una predisposición favorable al régimen capitaneado, paradójicamente, por el antiguo comunista Betancourt. La experiencia democrática que arranca en 1958, al "despersonalizar el debate político", logra recursos de equilibrio que obligan a una relación de mutua transformación de los actores. Borregales atacará el Pacto de Punto Fijo y propondrá luego, en 1963, un acuerdo semejante, haciendo esfuerzos por obtener el escaño parlamentario y – síntomas de un "populismo reaccionario" – bajo la promesa de que será "un Presidente viajando en autobús, recorriendo sólo los caminos de Venezuela y luciendo en su stadium su franela de viejo magallanero" (Elite, 10/11/68). En su programa de gobierno incluye la creación del Ministerio de los Pobres, la supresión del peaje para los carros de alquiler y la disposición de dispensarios médicos gratuitos promovidos por el partido.
La posición de Borregales inevitablemente contrasta con el anticomunismo utilitario y oportunista. Valga el ejemplo de Hermógenes López: varias veces parlamentario gracias a los grandes partidos, tildó a Luis Herrera Campins de "muy izquierdista" por hablar mal de los gobiernos de Videla y Pinochet, con el cuidado de aclarar que "si el Congreso Presidencial de COPEI aprueba su nominación, no me quedará más remedio que respaldarlo" (El Universal, 14/12/76). Aquél mantuvo su devoción por la España Eterna hasta abrevar en las aguas del fascista Frente Nacional de Blas Piñar, sin que inmediatamente dijera algo cuando el Tte. Cnel. Antonio Tejero asaltara el Congreso en 1981.
El itinerario de una fuerza reaccionaria como la representada por Borregales, a propósito de la felonía franquista de 1936, fondeada en la Iglesia preconciliar, debilitada o extinguida por el régimen populista, sugiera la posibilidad de una súbita reaparición como consecuencia del proceso de modernización pendiente. E, incluso, el eventual éxito de demandas que se afinquen en la cuestión religiosa como medio indirecto de expresión de otras demandas, en razón del índice de divorcios, el uso de anticonceptivos, la paternidad irresponsable, la legalización del aborto o la invasión de sectas fundamentalistas.
Fuente: http://www.analitica.com/vam/1999.01/nacionales/05.htm
Fotografía: http://noticieroalternativo.wordpress.com/2010/04/13/german-agustin-borregales-pachano-uno-de-lo-mas-destacados-lideres-de-la-extrema-derecha-de-venezuela/
Luis Barragán
La sublevación del 18 de Julio de 1936 contra la república española, finalmente capitalizada por Franco, ofrece la oportunidad de aproximarnos a uno de sus más notables defensores en este lado del mundo: Germán Borregales. Una muestra de su obra, principalmente conformada por sus encendidos artículos de prensa, nos permite deducir la existencia de una peculiar corriente reaccionaria y sugerir su extinción o debilitamiento en el contexto populista venezolano.
Borregales, nacido en Coro el 28 de Mayo de 1909 y muerto en Caracas el 2 de Febrero de 1984, ocupó un modesto pero llamativo espacio en nuestra agenda política, cuyos trazos más gruesos pertenecen a la etapa del derrocamiento de Gallegos en la que fue un terrible polemista bajo el seudónimo de "Mister X". Conocido por un anticomunismo militante y fervoroso, resurgió en 1958 cuando eran otros los actores que pugnaban por copar la escena frente a los líderes consagrados. Candidato presidencial en más de una ocasión, alcanzó la ansiada curul en 1968 y facilitó numerosas páginas al humorismo local. Fundó el Movimiento de Acción Nacional, refugio del catolicismo preconciliar, reconocido por la célebre consigna de "El MAN salvará a Venezuela", curiosamente en los días en que apareció el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), por 1960. Y, a la postre, su tarea esencial fue la "Fundación Borregales", mediante la cual desarrolló su innata vocación filantrópica. Sin embargo, todavía sorprende la acrobacia teológica de su familiaridad con seres extraterrestres dispuestos a defender el patrimonio de Jesucristo (por ejemplo, Ultimas Noticias, 28 y 29/11/76).
La ultraconspiración
Borregales vio en la segunda república española, ultimada en 1939 tras la pavorosa guerra civil, un atentado contra las instituciones imbuidas de la contrarreforma que hizo grande e imperial al país de naciones que vino a América y en la que, a su modo de ver, confluyen y se dan la mano los Reyes Católicos, los tercios valientes y los nobles requetés del "carlismo intrépido y cristiano", José Antonio y los "falangistas heroicos y misioneros", las mujeres "bravías como su Catámbrico" (SIC), el Cid y Santiago, Vásquez de Mella, Menéndez Pelayo y Balmes, según expresara en "Franco, tres años después o la felonía de un Rey" (1978). Y, al igual que Eduardo Comín, percibió la amenaza simultánea del liberalismo, el anarquismo, el krausismo, la masonería, con la institución del jurado, la separación Iglesia-Estado, el matrimonio civil, la legitimación de los hijos naturales, la libertad de conciencia, como frutos de los principios de la Gran Logia, la que incluía a los "invertidos" de acuerdo a su libro "Copei, hoy, una negación".
En una confusa parentela, afirmará que la masonería y el liberalismo son los padres del comunismo. "hermanos gemelos, pero nacidos en distinto tiempo en un parto del infierno contra la Iglesia Católica", en estrecho maridaje con el judaísmo y protestantismo. Concibe que "el hecho histórico de la mal llamada ‘Guerra Civil’ española, fue el primer episodio de una conspiración vertebrada" que "se proyecta hasta nuestros días" y cuyo eje y motor es la masonería. Como ha dicho en alguna parte Javier Tusell, la obsesión antimasónica tal jerarquía que hizo necesaria la creación de un organismo que se especializara en la cacería de reales e imaginarios masones, sobre los cuales Franco se hizo un erudito, imponiendo una "visión conspiratorial de la historia".
Y es que siendo la masonería una "Institución de la Maldad", se vale de los concursos de belleza, los centros deportivos, las universidades laicas, las películas inmorales, la importación de prostitutas, los muñequitos infantiles (SIC), configurando "una gigantesca conspiración contra los sagrados intereses de la Cristiandad", dirá Borregales en "Así es la Masonería". Pero es el anticomunismo el que le concederá un espacio político más concreto en Venezuela que sus afanes antimasónicos, proclamando que "debemos ser dignos de nuestra ideología cristiana", muy diferente a la de los sacerdotes comunistas y la de los anticomunistas que pelearon en Indochina por dinero mientras en España lo hicieron por Dios y la Patria ( "La república sacrílega" de 1944 y Ultimas Noticias, 18/07/75).
Respecto al 18 de Julio de 1936, dirá que "el mundo de entonces no comprendió el alcance de aquel suceso, ni de sus proyecciones", pues "se declaró la guerra al enemigo de la Cultura de Occidente antes que no fuera tarde e inútil" (Ultimas Noticias, 19/07/79). Y es que "el genio y la espada del General Franco", en cuya mente Dios planificó "la conducción de las batallas y el día y la hora de la Victoria", se anticipó a los tiempos. Y, "a 43 años de aquel Alzamiento Providencial", agregará, "pudo ver en España la imagen nítida de la postguerra". Concluye que España enseñó "las rutas que deberían seguir los pueblos libres en la lucha por la libertad ... lo que hizo Franco ... deben hacerlo todos los militares que vean sus países amenazados por la anti-patria", ya que "en vida, unió a sus fuerzas armadas" y fue "el más apto y de mayores méritos militares, morales ... valiente estratega consumado".
Extemporaneidad de una posición
En un interesante trabajo, Luis Cipriano Rodríguez incluye a Borregales en las filas de un anticomunismo de "centro" que no pretendió reforzar el gomecismo cada vez más diluído sino – a través del Plan Trienal y la Ley del Trabajo- ensanchar la transición hacia un orden democrático-burgués. No obstante, podemos observar que, en la década de los sesenta, al anunciarse en forma tan vaga la "ideología anticomunista", afín a la coalición populista oxigenada por la renta petrolera, podríamos hablar de un anticomunismo doctrinario o de principios que no advierte la exactitud de su "proyecto histórico" frente a otra modalidad representada por quienes no deseaban perder sus privilegios, en el encabalgamiento de las demandas lanzadas al sistema con un desinhibido carácter utilitario.
Borregales afirmó que toda la gente de la UNE apoyó el levantamiento franquista. ¿Acaso pretendió la construcción de un Estado Nacional-Sindicalista, totalitario, imperialista y ético-misional como caracterizara Carlos Rama al régimen que se impuso en España?. ¿El heroísmo y la santidad de los mejores frente a un Estado Corporativo?. ¿En Venezuela el conflicto religioso no tuvo sus más altos decibeles durante el guzmanato?. Por lo pronto, las posturas de Borregales, resultantes de las exageradas simplificaciones de su época de iniciación política, no se tradujeron a la realidad venezolana mediante un discurso y una acción sólida, eficaz y convincente. Vocacionalmente reaccionario, no provocó crisis o tensiones en el sistema político aunque resaltara el heroísmo providencial que ejemplificó con Anastasio Somoza y estuvo ausente en Medina Angarita y Fulgencio Batista (Ultimas Noticias, 05/07/79). La movilización que pretendió, a la par de darle unas cuotas marginales de poder, puso en evidencia a otros sectores que -nominalmente reaccionarios- obtuvieron mayores y/o mejores dividendos políticos.
Al seguir la pista de Manuel Caballero ( "La Internacional Comunista y América Latina"), Jesús Sanoja Hernández (El Nacional, 26/08/79) o Víctor Sanz (Tierra Firme, nr. 4 de 1983), por ejemplo, constatamos la importancia que tuvo la guerra civil española en nuestro país pero no logramos colegir que su influencia haya sido tan virulenta, auspiciando un fanático sectarismo en los que se produjo de tal forma que sobreviviera como un factor de deslinde al principiar los años sesenta. Ya el escenario de balance de poder había dado paso a la bipolaridad, con una mínima incidencia de los conflictos culturales y religiosos en el marco internacional: el anticomunismo se hará defensa de la libertad y de la democracia.
Evaporados los viejos mitos y prejuicios, grupos y lealtades como los vínculos sociales y psicológicos del medio rural ante la fuerza irresistible del proceso urbanizador, se evidencia una predisposición favorable al régimen capitaneado, paradójicamente, por el antiguo comunista Betancourt. La experiencia democrática que arranca en 1958, al "despersonalizar el debate político", logra recursos de equilibrio que obligan a una relación de mutua transformación de los actores. Borregales atacará el Pacto de Punto Fijo y propondrá luego, en 1963, un acuerdo semejante, haciendo esfuerzos por obtener el escaño parlamentario y – síntomas de un "populismo reaccionario" – bajo la promesa de que será "un Presidente viajando en autobús, recorriendo sólo los caminos de Venezuela y luciendo en su stadium su franela de viejo magallanero" (Elite, 10/11/68). En su programa de gobierno incluye la creación del Ministerio de los Pobres, la supresión del peaje para los carros de alquiler y la disposición de dispensarios médicos gratuitos promovidos por el partido.
La posición de Borregales inevitablemente contrasta con el anticomunismo utilitario y oportunista. Valga el ejemplo de Hermógenes López: varias veces parlamentario gracias a los grandes partidos, tildó a Luis Herrera Campins de "muy izquierdista" por hablar mal de los gobiernos de Videla y Pinochet, con el cuidado de aclarar que "si el Congreso Presidencial de COPEI aprueba su nominación, no me quedará más remedio que respaldarlo" (El Universal, 14/12/76). Aquél mantuvo su devoción por la España Eterna hasta abrevar en las aguas del fascista Frente Nacional de Blas Piñar, sin que inmediatamente dijera algo cuando el Tte. Cnel. Antonio Tejero asaltara el Congreso en 1981.
El itinerario de una fuerza reaccionaria como la representada por Borregales, a propósito de la felonía franquista de 1936, fondeada en la Iglesia preconciliar, debilitada o extinguida por el régimen populista, sugiera la posibilidad de una súbita reaparición como consecuencia del proceso de modernización pendiente. E, incluso, el eventual éxito de demandas que se afinquen en la cuestión religiosa como medio indirecto de expresión de otras demandas, en razón del índice de divorcios, el uso de anticonceptivos, la paternidad irresponsable, la legalización del aborto o la invasión de sectas fundamentalistas.
Fuente: http://www.analitica.com/vam/1999.01/nacionales/05.htm
Fotografía: http://noticieroalternativo.wordpress.com/2010/04/13/german-agustin-borregales-pachano-uno-de-lo-mas-destacados-lideres-de-la-extrema-derecha-de-venezuela/
UNA MISMA CAMPAMENTALIDAD
Franco y Chávez o la empresa constituyente de sí
Luis Barragán
Miércoles, 6 de abril de 2011
El ya desaparecido y eminente historiador español, Javier Tusell, entregó por 1992 un título extraordinario: “Franco en la guerra civil. Una biografía política” (Tusquets, Barcelona), ejemplificando al profesional no sólo capaz de alcanzar fuentes inéditas, sino de meditar los eventos con sentido creador. Cazador reflexivo, puede decirse, pues – desde el momento inicial – nos atrajo el tratamiento riguroso de los hechos, al igual que dos nociones que las creemos vigentes en la Venezuela actual.
La emergencia del generalísimo Francisco Franco, tras una guerra que punzó con la radical frialdad de soldado experimentado en África, guardó correspondencia con una de las dos España resistida a la modernidad, nostálgica de sus viejos afanes imperiales. Sin embargo, casi inadvertidamente, logró colarse entre los resquicios con una habilidad suprema en nombre de los más altos ideales de la nacionalidad.
Tusell trabajó muy bien la idea del Estado Campamental, instalado en Burgos por una junta que obligó a Franco a sentarse con otros competidores por el poder. La provisionalidad e improvisación gubernamental, a la espera de la caída de Madrid, contrastó con la coherencia y perseverancia de la estrategia y tareas militares, pero – gobierno al fin – anunció y dibujó muy bien la transición que se esperaba con el definitivo triunfo de 1939: prolongada y por siempre adaptada a las circunstancias.
La otra idea reside en el golpe de Estado por etapas, pues el Caudillo por la Gracia (etcétera), concibió y concretó alevosa y premeditadamente las secuencias que la garantizaron el poder absoluto, antes y después de ganar la guerra. Impensable que ocurriese en la hora inicial, porque eran diversas, experimentadas, prestigiosas y también arraigadas las corrientes y personalidades de la derecha, incluyendo a oficiales de reconocidas credenciales, que – sencillamente – no repararon en el nombre del gallego hasta que se hizo muy tarde.
Nos hemos permitido, por estos años, tomar ambas nociones o ideas tusellianas para caracterizar también al chavezato, ya que el socialismo en curso es de una inaudita improvisación que deja atrás a los funcionarios de Burgos, salvo tratemos del estamento militar y de los planes correspondientes para sobrevivir. El imaginario militar – además, “tropero” - explica el modelo de interminable transición, elevándose sobre un culto a la personalidad presidencial sin precedentes en Venezuela.
Doscientos años de vigencia de la Constitución, fue promesa esencial de Hugo Chávez que la proclamó de ejemplar, insuperable, magnífica, pero que – fracasando en su reforma – la ha violentado hasta celebrar un (auto) golpe de Estado por etapas. Tuvimos, tiempo atrás, ocasión de advertirlo en el seno del partido al que pertenecemos, además de manifestarlo públicamente en algunas oportunidades, pero – esta vez – perseveró la representación de la técnica y ejecución de acuerdo al esquema clásico: el golpe realizado en un solo y definitivo evento.
Finalizando el texto, el autor de marras observaba el caudillaje como “una fórmula de poder carismático cuya autoproclamación cumplía una función constituyente” (387), y, si bien son ciertos sus arreos marciales y decimónicos, con una gigantesca capacidad de comunicación, todavía el suscrito no logra encuadrar a Chávez Frías en el arquetipo.
Empero, no menos cierto es la intensa, indoblegable e inescrupulosa función constituyente que lo emparenta con el ibérico, ya que – por ejemplo, los estudios de Adriana Bolívar lo demuestran – hablar de sí es una especialidad cada vez más sofisticada y apasionada, por lo que – según aquella famosa canción de Les Luthiers, que les pertenece – cuando se ve en el espejo todas las mañanas … dos o tres horas…
Fuente:http://www.analitica.com/va/politica/opinion/9108427.asp
Luis Barragán
Miércoles, 6 de abril de 2011
El ya desaparecido y eminente historiador español, Javier Tusell, entregó por 1992 un título extraordinario: “Franco en la guerra civil. Una biografía política” (Tusquets, Barcelona), ejemplificando al profesional no sólo capaz de alcanzar fuentes inéditas, sino de meditar los eventos con sentido creador. Cazador reflexivo, puede decirse, pues – desde el momento inicial – nos atrajo el tratamiento riguroso de los hechos, al igual que dos nociones que las creemos vigentes en la Venezuela actual.
La emergencia del generalísimo Francisco Franco, tras una guerra que punzó con la radical frialdad de soldado experimentado en África, guardó correspondencia con una de las dos España resistida a la modernidad, nostálgica de sus viejos afanes imperiales. Sin embargo, casi inadvertidamente, logró colarse entre los resquicios con una habilidad suprema en nombre de los más altos ideales de la nacionalidad.
Tusell trabajó muy bien la idea del Estado Campamental, instalado en Burgos por una junta que obligó a Franco a sentarse con otros competidores por el poder. La provisionalidad e improvisación gubernamental, a la espera de la caída de Madrid, contrastó con la coherencia y perseverancia de la estrategia y tareas militares, pero – gobierno al fin – anunció y dibujó muy bien la transición que se esperaba con el definitivo triunfo de 1939: prolongada y por siempre adaptada a las circunstancias.
La otra idea reside en el golpe de Estado por etapas, pues el Caudillo por la Gracia (etcétera), concibió y concretó alevosa y premeditadamente las secuencias que la garantizaron el poder absoluto, antes y después de ganar la guerra. Impensable que ocurriese en la hora inicial, porque eran diversas, experimentadas, prestigiosas y también arraigadas las corrientes y personalidades de la derecha, incluyendo a oficiales de reconocidas credenciales, que – sencillamente – no repararon en el nombre del gallego hasta que se hizo muy tarde.
Nos hemos permitido, por estos años, tomar ambas nociones o ideas tusellianas para caracterizar también al chavezato, ya que el socialismo en curso es de una inaudita improvisación que deja atrás a los funcionarios de Burgos, salvo tratemos del estamento militar y de los planes correspondientes para sobrevivir. El imaginario militar – además, “tropero” - explica el modelo de interminable transición, elevándose sobre un culto a la personalidad presidencial sin precedentes en Venezuela.
Doscientos años de vigencia de la Constitución, fue promesa esencial de Hugo Chávez que la proclamó de ejemplar, insuperable, magnífica, pero que – fracasando en su reforma – la ha violentado hasta celebrar un (auto) golpe de Estado por etapas. Tuvimos, tiempo atrás, ocasión de advertirlo en el seno del partido al que pertenecemos, además de manifestarlo públicamente en algunas oportunidades, pero – esta vez – perseveró la representación de la técnica y ejecución de acuerdo al esquema clásico: el golpe realizado en un solo y definitivo evento.
Finalizando el texto, el autor de marras observaba el caudillaje como “una fórmula de poder carismático cuya autoproclamación cumplía una función constituyente” (387), y, si bien son ciertos sus arreos marciales y decimónicos, con una gigantesca capacidad de comunicación, todavía el suscrito no logra encuadrar a Chávez Frías en el arquetipo.
Empero, no menos cierto es la intensa, indoblegable e inescrupulosa función constituyente que lo emparenta con el ibérico, ya que – por ejemplo, los estudios de Adriana Bolívar lo demuestran – hablar de sí es una especialidad cada vez más sofisticada y apasionada, por lo que – según aquella famosa canción de Les Luthiers, que les pertenece – cuando se ve en el espejo todas las mañanas … dos o tres horas…
Fuente:http://www.analitica.com/va/politica/opinion/9108427.asp
SER DIFERENTE
EL PAÍS, Madrid, 17 de Julio de 2012
LA CUARTA PÁGINA
Una sublevación militar con ayuda fascista
El 1 de julio de 1936, el Gobierno de Mussolini firmó cuatro contratos por los que se comprometía
a suministrar aviones y armas a los insurgentes españoles. Faltaban diecisiete días para la rebelión
Ángel Viñas
Se acerca lo que durante la dictadura fue la “Fiesta Nacional”. Es el momento de dar a conocer algunos pormenores que rodearon el “18 de Julio”. No gustarán a franquistas, neofranquistas, conservadores y neoconservadores. Menos aun a los “historiadores patrióticos”. Hay que reescribir un pelín la conspiración, los antecedentes del golpe y revalorizar, sobre todo, la conexión fascista.
Hechos. a) El 1º de julio de 1936 se firmaron en Roma cuatro contratos. Detallaban el material que los italianos se comprometieron a suministrar a los futuros insurgentes. El primero fue el más importante: recayó sobre 12 aviones Savoia-Marchetti 81, bombas, carburantes y productos varios de aviación. Ascendió a 16.246.750,55 liras. Los aviones constituían la parte del león (14.400.000 liras). El lote debía entregarse en el mes de julio.
b) Los otros contratos abarcaron aviones, explosivos, municionamiento y diversos materiales, extremadamente detallados en larguísimos anexos. Debían entregarse antes de finales de agosto. Lo más significativo fueron los primeros: 24 Fiat CR 32, los famosos chirris; 3 hidroaviones de caza Macchi 41 y otros 3 SM 81.
c) El importe de los cuatro contratos ascendió a 39,3 millones de liras. Los precios se especificaron pormenorizadamente. Aplicando los tipos de cambio utilizados en uno de los pagos parciales, ello equivalía a 615.987 libras esterlinas, de las cuales 362.915 correspondían a los 42 aviones. Expresado en pesetas de la época los compromisos representaban unos 22.5 millones. Hoy, aplicando la fórmula utilizada por el profesor José Ángel Sánchez Asiaín, los suministros contratados supondrían al menos 337 millones de euros.
Implicaciones. La determinación del material y de sus precios tuvo que llevar tiempo. Los contactos operativos que desembocaron en los contratos debieron establecerse tras las elecciones de febrero de 1936. No había motivo para hacerlo antes. Probablemente, y como es habitual, en las negociaciones habría un toma y daca. Tuvieron lugar en Roma. Los nombres de los negociadores son desconocidos, pero entre ellos hubo aviadores italianos y probablemente españoles.
Fueron los monárquicos de Renovación Española y del Bloque Nacional los que negociaron con Italia
Mussolini entendió su apoyo en una clave ofensiva contra la República que databa, según Heiberg, de 1931. Esto revela el carácter agresivo de su política exterior. Acababa de demostrarla con éxito en Abisinia. Una España amiga le permitiría, por su posición geoestratégica, aspirar a la hegemonía en el Mediterráneo occidental. El Duce, que ya se aproximaba velozmente a Hitler, se disponía a sentar las bases para agredir, en su momento, a las decadentes democracias. Las elucubraciones de historiadores como Renzo de Felice y sus numerosos seguidores, que la caracterizaron de “oportunista”, deben descartarse. Los contratos dan la razón, por el contrario, a las interpretaciones de Mauro Canali, Lucio Ceva, John Gooch, Morten Heiberg, MacGregor Knox, Robert Mallet o Brian Sullivan. (El lector no encontrará demasiadas referencias a estos autores entre nuestros historiadores “patrióticos”).
Del lado español, es obvio que los conspiradores no retrocedían ante una guerra. La composición de los 42 aviones contratados, en general muy superiores a la aviación gubernamental, permitía combinar tres tipos de operaciones: de bombardeo, de transporte y de caza. También proteger ciertos territorios. Nos inclinamos a pensar que se trataba de las Baleares. Actividades, no es necesario subrayarlo, que eran estrictamente bélicas.
¿Quiénes lograron tan significativo éxito? Podemos eliminar a los falangistas (hiperexaltados en cierta literatura). También a los políticos de la CEDA (que se concentraron en otras actividades como las de excitar a la opinión pública y, en frase inmortal de Gil Robles, “desgastar a las izquierdas”). Sabemos que no fueron los carlistas. ¿Quiénes quedan? Algunos militares, que aportarían su know-how técnico, y sobre todo los monárquicos: la gente de Renovación Española y del Bloque Nacional. Con nombres y apellidos: Joaquín Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea, Pedro Sainz Rodríguez. Los que gravitaban en torno a la revista Acción Española. Quienes predicaban la “contrarrevolución” y se preparaban para la guerra pura y dura. Los que durante años habían amamantado cuidadosamente los contactos con los italianos. Quienes no temían adentrarse por la vía fascista, como anunció orgullosamente Calvo Sotelo el 14 de junio en las Cortes. Precisamente cuando Goicoechea escribió a Mussolini pidiendo dinero. Por si las moscas.
Podemos tranquilamente dejar de lado a Luis Antonio Bolín y sus omnipresentes mentiras. Al igual que en la operación del Dragon Rapide, se autopresentó como un superman. Él solito habría detonado la ayuda italiana, camelo que se ha creído más de algún autor. Hasta ahora.
La realidad no fue la prevista. Los planes monárquicos se cumplieron en lo instrumental. Tan pronto como Goicoechea y Sainz Rodríguez se desplazaron a Roma el 24 de julio despejaron las incógnitas que habían hecho dudar a Mussolini durante varios días. Sus espías militares le habían informado desde Tánger que el golpe se hacía bajo la dirección de un desconocido general, Francisco Franco. ¡Pero nadie había negociado por Franco en Roma! Aclarada la cuestión, los 12 SM prometidos emprendieron raudos el vuelo hacia Marruecos, más fácil de alcanzar que Burgos. Aterrizaron solo 9. Mussolini cumplió a rajatabla y en plazo el primer contrato. También cumplió los otros, adaptándolos a las nuevas circunstancias de guerra.
El Duce aspiraba a la hegemonía en el Mediterráneo occidental y se disponía a sentar las bases para agredir a las decadentes democracias
¿Y Mola? Atascado en Burgos y desesperado. Las cosas no le habían salido como había previsto. No avanzaba hacia Madrid. Necesitaba aviones. Afirmó (en contra de la máxima de que a nadie le desagrada una perita en dulce) que no era para ganar la superioridad aérea. Lo que quería era aviones para apoyar las tropas de tierra, que podrían desmoralizarse fácilmente en cuanto se las bombardease, aunque fuera con bombitas. El conde de los Andes salió disparado a Roma a convencer a los italianos.
Este episodio no es anecdótico. Le otorgamos un interés relevante. Mola estaba dispuesto a adquirir aviones a cualquier precio. Tal era el inequívoco mensaje. Los italianos lo entendieron y cumplieron a rajatabla su deseo. No gustará a los historiadores neofranquistas que comparemos los precios de los aviones contratados el 1º de julio de 1936 con los suministrados al simpar Caudillo a lo largo de la guerra. Muestran un notable aumento. Los SM pasaron de 1,2 millones de liras por unidad a un máximo de 2 millones, con precios intermedios entre 1,35 y 0,954 millones según los niveles de equipamiento. Los chirris, valorados en los contratos a 175.000 liras (9 lo fueron a 250.000 porque tendrían un equipo superior), ascendieron hasta 664.000. Y ¿qué hizo Franco? Tragárselos. Como también se tragó los sobreprecios cargados por los nazis, siempre tan pulcros y aseados. (El lector debe saber que este reproche del trágala lo hacen algunos autores a los republicanos en relación con los precios soviéticos, aunque ninguno de ellos ha querido advertir que estuvieron en línea con los cargados a Franco, a pesar de partir de supuestos de atribución de costos de producción radicalmente diferentes).
Con la muerte violenta del “proto-mártir” Calvo Sotelo, el accidente mortal de Sanjurjo, el estancamiento de Mola y el fulgurante ascenso de Franco, supuesto general monárquico, los planes restauradores de Renovación Española y del Bloque Nacional no fructificaron. Se contentaron con lo que, en el fondo, más les importaba: anular las reformas económicas, sociales, educativas, políticas y culturales republicanas. Ni siquiera fueron capaces de reconocer su mayor logro: el haber apalabrado la ayuda fascista antes del 18 de julio. Si Alfonso XIII, en Roma, había estado al corriente de las negociaciones, lo cual es verosímil, tampoco dijo ni pío. Algunos, eso sí, maldijeron de Franco de puertas adentro. A Goicoechea Franco le compró con la suculenta prebenda de gobernador del Banco de España. Sainz Rodríguez, ministro de Educación Nacional, echó la vista hacia la España católica, imperial y sobre todo reaccionaria como modelo a emular.
Las interpretaciones propaladas en general por los republicanos (que presentan la sublevación un golpe militar fascista o la guerra civil como una de defensa contra el fascismo) se aproximan más a la realidad documentable que las de la derecha (un golpe para impedir que España cayera en los abismos del comunismo). Todavía algunos de sus prohombres continúan creyendo tal camelo.
Coda. Se ha defendido la no desclasificación de millares de documentos militares entre otras razones para no “perjudicar” las relaciones diplomáticas. Desvelar la fría agresión italiana, que es lo peor que un país puede hacer a otro, no dañará las relaciones con Italia. Un Gobierno temeroso del pasado y que tampoco se fía de sus ciudadanos da que pensar. En la Unión Europea, tras tantos años, España vuelve a ser diferente.
(*) Ángel Viñas es historiador y catedrático emérito de la UCM. Este artículo adelanta una investigación en curso.
LA CUARTA PÁGINA
Una sublevación militar con ayuda fascista
El 1 de julio de 1936, el Gobierno de Mussolini firmó cuatro contratos por los que se comprometía
a suministrar aviones y armas a los insurgentes españoles. Faltaban diecisiete días para la rebelión
Ángel Viñas
Se acerca lo que durante la dictadura fue la “Fiesta Nacional”. Es el momento de dar a conocer algunos pormenores que rodearon el “18 de Julio”. No gustarán a franquistas, neofranquistas, conservadores y neoconservadores. Menos aun a los “historiadores patrióticos”. Hay que reescribir un pelín la conspiración, los antecedentes del golpe y revalorizar, sobre todo, la conexión fascista.
Hechos. a) El 1º de julio de 1936 se firmaron en Roma cuatro contratos. Detallaban el material que los italianos se comprometieron a suministrar a los futuros insurgentes. El primero fue el más importante: recayó sobre 12 aviones Savoia-Marchetti 81, bombas, carburantes y productos varios de aviación. Ascendió a 16.246.750,55 liras. Los aviones constituían la parte del león (14.400.000 liras). El lote debía entregarse en el mes de julio.
b) Los otros contratos abarcaron aviones, explosivos, municionamiento y diversos materiales, extremadamente detallados en larguísimos anexos. Debían entregarse antes de finales de agosto. Lo más significativo fueron los primeros: 24 Fiat CR 32, los famosos chirris; 3 hidroaviones de caza Macchi 41 y otros 3 SM 81.
c) El importe de los cuatro contratos ascendió a 39,3 millones de liras. Los precios se especificaron pormenorizadamente. Aplicando los tipos de cambio utilizados en uno de los pagos parciales, ello equivalía a 615.987 libras esterlinas, de las cuales 362.915 correspondían a los 42 aviones. Expresado en pesetas de la época los compromisos representaban unos 22.5 millones. Hoy, aplicando la fórmula utilizada por el profesor José Ángel Sánchez Asiaín, los suministros contratados supondrían al menos 337 millones de euros.
Implicaciones. La determinación del material y de sus precios tuvo que llevar tiempo. Los contactos operativos que desembocaron en los contratos debieron establecerse tras las elecciones de febrero de 1936. No había motivo para hacerlo antes. Probablemente, y como es habitual, en las negociaciones habría un toma y daca. Tuvieron lugar en Roma. Los nombres de los negociadores son desconocidos, pero entre ellos hubo aviadores italianos y probablemente españoles.
Fueron los monárquicos de Renovación Española y del Bloque Nacional los que negociaron con Italia
Mussolini entendió su apoyo en una clave ofensiva contra la República que databa, según Heiberg, de 1931. Esto revela el carácter agresivo de su política exterior. Acababa de demostrarla con éxito en Abisinia. Una España amiga le permitiría, por su posición geoestratégica, aspirar a la hegemonía en el Mediterráneo occidental. El Duce, que ya se aproximaba velozmente a Hitler, se disponía a sentar las bases para agredir, en su momento, a las decadentes democracias. Las elucubraciones de historiadores como Renzo de Felice y sus numerosos seguidores, que la caracterizaron de “oportunista”, deben descartarse. Los contratos dan la razón, por el contrario, a las interpretaciones de Mauro Canali, Lucio Ceva, John Gooch, Morten Heiberg, MacGregor Knox, Robert Mallet o Brian Sullivan. (El lector no encontrará demasiadas referencias a estos autores entre nuestros historiadores “patrióticos”).
Del lado español, es obvio que los conspiradores no retrocedían ante una guerra. La composición de los 42 aviones contratados, en general muy superiores a la aviación gubernamental, permitía combinar tres tipos de operaciones: de bombardeo, de transporte y de caza. También proteger ciertos territorios. Nos inclinamos a pensar que se trataba de las Baleares. Actividades, no es necesario subrayarlo, que eran estrictamente bélicas.
¿Quiénes lograron tan significativo éxito? Podemos eliminar a los falangistas (hiperexaltados en cierta literatura). También a los políticos de la CEDA (que se concentraron en otras actividades como las de excitar a la opinión pública y, en frase inmortal de Gil Robles, “desgastar a las izquierdas”). Sabemos que no fueron los carlistas. ¿Quiénes quedan? Algunos militares, que aportarían su know-how técnico, y sobre todo los monárquicos: la gente de Renovación Española y del Bloque Nacional. Con nombres y apellidos: Joaquín Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea, Pedro Sainz Rodríguez. Los que gravitaban en torno a la revista Acción Española. Quienes predicaban la “contrarrevolución” y se preparaban para la guerra pura y dura. Los que durante años habían amamantado cuidadosamente los contactos con los italianos. Quienes no temían adentrarse por la vía fascista, como anunció orgullosamente Calvo Sotelo el 14 de junio en las Cortes. Precisamente cuando Goicoechea escribió a Mussolini pidiendo dinero. Por si las moscas.
Podemos tranquilamente dejar de lado a Luis Antonio Bolín y sus omnipresentes mentiras. Al igual que en la operación del Dragon Rapide, se autopresentó como un superman. Él solito habría detonado la ayuda italiana, camelo que se ha creído más de algún autor. Hasta ahora.
La realidad no fue la prevista. Los planes monárquicos se cumplieron en lo instrumental. Tan pronto como Goicoechea y Sainz Rodríguez se desplazaron a Roma el 24 de julio despejaron las incógnitas que habían hecho dudar a Mussolini durante varios días. Sus espías militares le habían informado desde Tánger que el golpe se hacía bajo la dirección de un desconocido general, Francisco Franco. ¡Pero nadie había negociado por Franco en Roma! Aclarada la cuestión, los 12 SM prometidos emprendieron raudos el vuelo hacia Marruecos, más fácil de alcanzar que Burgos. Aterrizaron solo 9. Mussolini cumplió a rajatabla y en plazo el primer contrato. También cumplió los otros, adaptándolos a las nuevas circunstancias de guerra.
El Duce aspiraba a la hegemonía en el Mediterráneo occidental y se disponía a sentar las bases para agredir a las decadentes democracias
¿Y Mola? Atascado en Burgos y desesperado. Las cosas no le habían salido como había previsto. No avanzaba hacia Madrid. Necesitaba aviones. Afirmó (en contra de la máxima de que a nadie le desagrada una perita en dulce) que no era para ganar la superioridad aérea. Lo que quería era aviones para apoyar las tropas de tierra, que podrían desmoralizarse fácilmente en cuanto se las bombardease, aunque fuera con bombitas. El conde de los Andes salió disparado a Roma a convencer a los italianos.
Este episodio no es anecdótico. Le otorgamos un interés relevante. Mola estaba dispuesto a adquirir aviones a cualquier precio. Tal era el inequívoco mensaje. Los italianos lo entendieron y cumplieron a rajatabla su deseo. No gustará a los historiadores neofranquistas que comparemos los precios de los aviones contratados el 1º de julio de 1936 con los suministrados al simpar Caudillo a lo largo de la guerra. Muestran un notable aumento. Los SM pasaron de 1,2 millones de liras por unidad a un máximo de 2 millones, con precios intermedios entre 1,35 y 0,954 millones según los niveles de equipamiento. Los chirris, valorados en los contratos a 175.000 liras (9 lo fueron a 250.000 porque tendrían un equipo superior), ascendieron hasta 664.000. Y ¿qué hizo Franco? Tragárselos. Como también se tragó los sobreprecios cargados por los nazis, siempre tan pulcros y aseados. (El lector debe saber que este reproche del trágala lo hacen algunos autores a los republicanos en relación con los precios soviéticos, aunque ninguno de ellos ha querido advertir que estuvieron en línea con los cargados a Franco, a pesar de partir de supuestos de atribución de costos de producción radicalmente diferentes).
Con la muerte violenta del “proto-mártir” Calvo Sotelo, el accidente mortal de Sanjurjo, el estancamiento de Mola y el fulgurante ascenso de Franco, supuesto general monárquico, los planes restauradores de Renovación Española y del Bloque Nacional no fructificaron. Se contentaron con lo que, en el fondo, más les importaba: anular las reformas económicas, sociales, educativas, políticas y culturales republicanas. Ni siquiera fueron capaces de reconocer su mayor logro: el haber apalabrado la ayuda fascista antes del 18 de julio. Si Alfonso XIII, en Roma, había estado al corriente de las negociaciones, lo cual es verosímil, tampoco dijo ni pío. Algunos, eso sí, maldijeron de Franco de puertas adentro. A Goicoechea Franco le compró con la suculenta prebenda de gobernador del Banco de España. Sainz Rodríguez, ministro de Educación Nacional, echó la vista hacia la España católica, imperial y sobre todo reaccionaria como modelo a emular.
Las interpretaciones propaladas en general por los republicanos (que presentan la sublevación un golpe militar fascista o la guerra civil como una de defensa contra el fascismo) se aproximan más a la realidad documentable que las de la derecha (un golpe para impedir que España cayera en los abismos del comunismo). Todavía algunos de sus prohombres continúan creyendo tal camelo.
Coda. Se ha defendido la no desclasificación de millares de documentos militares entre otras razones para no “perjudicar” las relaciones diplomáticas. Desvelar la fría agresión italiana, que es lo peor que un país puede hacer a otro, no dañará las relaciones con Italia. Un Gobierno temeroso del pasado y que tampoco se fía de sus ciudadanos da que pensar. En la Unión Europea, tras tantos años, España vuelve a ser diferente.
(*) Ángel Viñas es historiador y catedrático emérito de la UCM. Este artículo adelanta una investigación en curso.
lunes, 12 de diciembre de 2011
IRRECONCILIACIÓN

EL PAÍS, Madreid, 11 de Diciembre de 2011
TRIBUNA: SANTOS JULIÁ
Una imposible resignificación
El 25 de enero de 1942 realizó el general Franco una visita a la abadía benedictina de Montserrat. Allí, el abad mitrado, Antoni Maria Marcet, rodeado de obispos y superiores de órdenes religiosas, lo recibió como "instrumento de la Providencia", agradeciendo a sus ejércitos, victoriosos "contra la furia de sus enemigos", la devolución a los monjes de "sus templos y hogares y con ellos el ejercicio de los derechos de cristianos y españoles". Franco, entronizado en la basílica bajo palio y en loor de multitud, recordó la Cruzada y mostró su alegría por haber liberado "a España de las hordas rojas".
El Valle de los Caídos nunca será un monumento a la reconciliación
De nuevo bajo palio, de nuevo rodeado de cardenales, obispos y monjes, de nuevo en loor de multitud, el 1 de abril de 1959, Franco visitó otra abadía benedictina, recién construida en roca viva, bajo una cruz colosal erigida a la memoria de los caídos en la Cruzada. Allí, ante otro abad mitrado, Justo Pérez de Urgel, y su ilustre y nutrida audiencia, sentenció una vez más: "La anti-España fue vencida y derrotada".
Y ahora, tantas décadas después de tan gloriosas efemérides, una comisión de expertos propone a un gobierno en funciones, incapaz de resolver por sí mismo el futuro de aquel horror de monumento, que negocie con la Iglesia católica el traslado del cadáver del general allí enterrado, de manera que se proceda a "resignificar" todo el conjunto monumental como lugar de reconciliación y de memorias compartidas. Donde los fundadores erigieron un monumento a la gloria de los que dieron su vida por Dios y por España, los expertos, previo el obligado trabajo de resignificación, quieren fundar, "sin destruir ni cambiar nada", un Memorial a las víctimas de "los dos bandos".
¿Puede dotarse a una gigantesca cruz sobre una enorme basílica de un significado no ya distinto sino contrario a lo que en sí misma significa? ¿Cabe la "relectura" de un monumento extrayendo de él un sentido contrario al que se deriva de su texto en piedra? Los expertos dicen que sí, porque "como no son las piezas, los soportes, quienes poseen la fuerza comunicativa sino el relato que emana de su fundación, lo que procede es un discurso que desvele el significado global del proyecto".
O sea, las piezas y sus soportes, la colosal cruz y la basílica, son mudas, no dicen nada; lo que importa no es lo que en sí mismas significan, sino el relato que acompañó su fundación. Cambiemos, pues, de relato, y cambiará el significado del monumento.
No será "empresa fácil", escriben, y por eso proponen abordar esa resignificación del Valle "de una manera global", con una "actuación integral" que proporcione a los visitantes la relectura completa del conjunto monumental. Para lograrlo, los expertos sugieren la construcción de un Centro de Interpretación, situado a la entrada de la basílica, de la que se habrá retirado el cadáver del general Franco. El visitante, antes de entrar en lugar sagrado, habrá de tomar una especie de ducha laica, impartida en el Centro, de la que saldrá empapado de relectura y de resignificado. Y ¿quiénes serán los que impartan esa relectura, quiénes serán los muñidores de la resignificación? De eso nada se dice, pero es curioso que encarguen la tarea de resignificación a un centro oficial que necesariamente habrá de estar bajo control del Estado.
Dejando aparte discusiones teóricas sobre los límites de la interpretación y representación del pasado -ni aunque se arrepintieran todos los nazis se podría nunca reinterpretar Auschwitz como lugar de reconciliación- una cosa es clara en esta propuesta: los estragos que han provocado las amenidades posmodernas cuando reducen la realidad, pasada o presente, a mera construcción discursiva. Pues por mucha relectura y mucha resignificación que caiga sobre sus piedras, el Valle de los Caídos nunca será un monumento a la reconciliación ni un lugar de memorias compartidas. Es el monumento erigido al triunfo de la Nación Católica por un dictador, tras una devastadora guerra civil, resignificada, ella sí, como Cruzada en el relato mítico de los obispos. Eso fue en su origen, eso era a la muerte del dictador, eso es hoy, y eso será siempre que, bajo la sombra y el peso de la cruz, se mantenga en pie la abadía y no se derrumbe la basílica.
Hay, con todo, en el informe un motivo de esperanza para el futuro: el conjunto amenaza ruina y serán necesarios millones de euros para taponar las filtraciones de agua en la basílica y rehabilitar el deterioro de los grupos escultóricos. Dejemos, pues, que la madre naturaleza siga su curso y resignifique por sí sola como campos de soledad, mustio collado, todo el conjunto monumental. Abandonemos, con o sin Franco en su tumba, aquellos parajes a las nieves del invierno y a los soles del verano hasta que surja otro poeta que cante: "Este llano fue plaza, allí fue templo
Mira mármoles y arcos destrozados / mira estatuas soberbias que violenta / Némesis derribó, yacer tendidas / y ya en alto silencio sepultados / sus dueños celebrados..."
Nunca lucirá más hermoso que en sus ruinas el Valle de los Caídos.
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Santos Juliá
jueves, 7 de abril de 2011
DE LA HISTÓRICA INICIATIVA EMPRESARIAL

Franco y Chávez o la empresa constituyente de sí
Luis Barragán
El ya desaparecido y eminente historiador español, Javier Tusell, entregó por 1992 un título extraordinario: “Franco en la guerra civil. Una biografía política” (Tusquets, Barcelona), ejemplificando al profesional no sólo capaz de alcanzar fuentes inéditas, sino de meditar los eventos con sentido creador. Cazador reflexivo, puede decirse, pues – desde el momento inicial – nos atrajo el tratamiento riguroso de los hechos, al igual que dos nociones que las creemos vigentes en la Venezuela actual.
La emergencia del generalísimo Francisco Franco, tras una guerra que punzó con la radical frialdad de soldado experimentado en Africa, guardó correspondencia con una de las dos España resistida a la modernidad, nostálgica de sus viejos afanes imperiales. Sin embargo, casi inadvertidamente, logró colarse entre los resquicios con una habilidad suprema en nombre de los más altos ideales de la nacionalidad.
Tusell trabajó muy bien la idea del Estado Campamental, instalado en Burgos por una junta que obligó a Franco a sentarse con otros competidores por el poder. La provisionalidad e improvisación gubernamental, a la espera de la caída de Madrid, contrastó con la coherencia y perseverancia de la estrategia y tareas militares, pero – gobierno al fin – anunció y dibujó muy bien la transición que se esperaba con el definitivo triunfo de 1939: prolongada y por siempre adaptada a las circunstancias.
La otra idea reside en el golpe de Estado por etapas, pues el Caudillo por la Gracia (etcétera), concibió y concretó alevosa y premeditadamente las secuencias que la garantizaron el poder absoluto, antes y después de ganar la guerra. Impensable que ocurriese en la hora inicial, porque eran diversas, experimentadas, prestigiosas y también arraigadas las corrientes y personalidades de la derecha, incluyendo a oficiales de reconocidas credenciales, que – sencillamente – no repararon en el nombre del gallego hasta que se hizo muy tarde.
Nos hemos permitido, por estos años, tomar ambas nociones o ideas tusellianas para caracterizar también al chavezato, ya que el socialismo en curso es de una inaudita improvisación que deja atrás a los funcionarios de Burgos, salvo tratemos del estamento militar y de los planes correspondientes para sobrevivir. El imaginario militar – además, “tropero” - explica el modelo de interminable transición, elevándose sobre un culto a la personalidad presidencial sin precedentes en Venezuela.
Doscientos años de vigencia de la Constitución, fue promesa esencial de Hugo Chávez que la proclamó de ejemplar, insuperable, magnífica, pero que – fracasando en su reforma – la ha violentado hasta celebrar un (auto) golpe de Estado por etapas. Tuvimos, tiempo atrás, ocasión de advertirlo en el seno del partido al que pertenecemos, además de manifestarlo públicamente en algunas oportunidades, pero – esta vez – perseveró la representación de la técnica y ejecución de acuerdo al esquema clásico: el golpe realizado en un solo y definitivo evento.
Finalizando el texto, el autor de marras observaba el caudillaje como “una fórmula de poder carismático cuya autoproclamación cumplía una función constituyente” (387), y, si bien son ciertos sus arreos marciales y decimónicos, con una gigantesca capacidad de comunicación, todavía el suscrito no logra encuadrar a Chávez Frías en el arquetipo. Empero, no menos cierto es la intensa, indoblegable e inescrupulosa función constituyente que lo emparenta con el ibérico, ya que – por ejemplo, los estudios de Adriana Bolívar lo demuestran – hablar de sí es una especialidad cada vez más sofisticada y apasionada, por lo que – según aquella famosa canción de Les Luthiers, que les pertenece – cuando se ve en el espejo todas las mañanas … dos o tres horas…
Fuente:
http://www.analitica.com/va/politica/opinion/9108427.asp#
Fotografía: LB (remoción decembrina de los libros en casa, 12/11)
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