EL MUNDO, Barcelona, 2 de mayor de 2018
EL RUIDO DE LA CALLE
Napoleón y la ONCE
Raúl del Pozo
Tenemos tanta información sobre Napoleón que no sabemos si sus mariscales trajeron a España en la mochila las luces o la opresión. Cuando el Papa se enfrenta con el corso, éste habla sin parar y Pío VII le dice: "¡Comediante!". Napoleón se encoleriza y Pío VII le dice, simplemente: "¡Tragediante!".
No sabemos si Bonaparte era un actor con manto imperial y corona o un guerrero a la altura de Julio César. Hace 210 años, seis abuelos y 50 perros, aproximadamente, Madrid se alzó contra el invasor. Carlos Marx describe la hazaña de los españoles como un cotilleo: "Godoy, favorito de la reina, firmó el Tratado de Fontainebleau, que permitió que las tropas francesas ocuparan España y provocó una insurrección popular en Madrid". Añade: "Murat aplastó el levantamiento matando a cerca de mil personas. Debe subrayarse que el levantamiento estuvo protagonizado por el pueblo, mientras las clases bien se habían sometido tranquilamente al yugo extranjero".
Napoleón Bonaparte durmió a una pedrada de donde yo duermo. Estuvo alojado en el palacio de la madre del Duque del Infantado -hoy, sede de la Fundación ONCE, en el Paseo de la Habana, 208, Chamartín de la Rosa, una aldea de pastores y jornaleros-. Napoleón no tenía un pase; juró no pisar Madrid, donde "una chusma de aldeanos dirigida por una chusma de frailes" se había enfrentado a sus gloriosas tropas siete meses antes. Anduvo por este barrio con su capote gris y su mano en el estómago. Dirigió la venganza contra Madrid, que el día 2 de mayo había asaltado las armerías y había luchado casa por casa en la Puerta del Sol y la Calle Mayor. Goya, que vio a los fusilados de noche, con un farol, dio cuenta de la carnicería.
El ejercito napoleónico también actuó con ferocidad en Barcelona. Después de Madrid se sublevó Manresa. Un mes después, las tropas del general Schwartz tomaron el Bruch. El tamborilero obligó a retroceder al enemigo. Cuenta la leyenda que la reverberación del sonido del tambor al chocar con las paredes de Montserrat hizo creer a los franceses que el número de españoles era más numeroso. En el Bruch se erigió una estatua al niño del timbal, en la que se lee: "Viajero, para aquí, que el francés también paró. El que por todo pasó, no pudo pasar de aquí".
Los historiadores del 'procés' han desmontado el heroísmo de los catalanes diciendo que Bonaparte redibujó los límites de los imperios y que el Principat de Catalunya pasó a la administración gala. "Los nuevos funcionarios franceses -escribió Marc Pons-, ilustrados y revolucionarios, sustituyeron a la vieja administración española, inquisitorial y casposa". Y Barcelona fue convertida en la gran capital del Midi, dice.
Ilustración: Ulises Culebro.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/05/02/5ae8a51522601d77618b45d2.html
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miércoles, 2 de mayo de 2018
jueves, 7 de diciembre de 2017
DEL USO POLÍTICO DE LA RAZÓN
TRIBUNA
El sombrío legado de Franco
Los dirigentes del PP se cargarían de razón si no coqueteasen con el pseudorrevisionismo histórico que blanquea la imagen del dictador. Pero recurrir a él para explicar la crisis actual es sorprendente
Javier Moreno Luzón
Que para explicar la crisis catalana actual se recurra a Francisco Franco, un dictador muerto hace cuarenta y dos años, resulta cuando menos sorprendente. Pero así lo hacen numerosas voces, en los círculos independentistas, en un ala de la izquierda española y en unos cuantos medios de comunicación extranjeros. Tras las acciones del Gobierno de España se descubre la sombra de Franco, mientras a Mariano Rajoy se le erige en heredero del Caudillo y de otros autócratas dispuestos a mantener como sea la unidad nacional. Coinciden en este diagnóstico políticos, periodistas y académicos empeñados en describir un Estado ajeno a las normas democráticas occidentales. A propósito del encarcelamiento de los líderes secesionistas, hay quien ha rescatado una tajante sentencia del escritor Rafael Chirbes: “este país apesta a franquismo”.
Una respuesta inmediata a estas afirmaciones consistiría en comprobar que contienen disparates evidentes: en España, se diga lo que se diga en la BBC, no existe un régimen autoritario sino una democracia liberal, con forma de monarquía parlamentaria, en la que se garantizan los derechos y libertades individuales, hay separación de poderes y el Gobierno emana de un Parlamento elegido por sufragio universal. El Estado español es un miembro de la UE con problemas similares a los de sus socios, no un paria internacional. Costaría imaginar, bajo un sistema franquista o pseudofranquista, elementos legales tan consolidados en la vida española como la existencia de comunidades autónomas con extensas atribuciones o la falta de censura, no digamos ya el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Sin embargo, tanta insistencia merece alguna reflexión, porque no se trata sólo de una improvisada propaganda pro-catalanista. Semejantes tesis se sustentan sobre bases que las hacen verosímiles entre quienes las repiten. Algunas trazas de la cultura política española y catalana recuerdan a las del franquismo, como los hábitos caciquiles en el manejo de los recursos públicos o la corrupción rampante que vincula a autoridades y empresarios amigos. Nada que no proceda de periodos anteriores a la dictadura y que no ocurra en diversas partes de Europa donde reina también el clientelismo. Además, ahora la prensa airea y los jueces persiguen las corruptelas, que no quedan impunes. Podría hablarse asimismo de los privilegios de la Iglesia, que aún disfruta de un trato preferente que no se corresponde con la secularización de las costumbres, eco de lo que pasa en otros países de la UE con tradiciones católicas.
En cuanto a la cuestión catalana, pueden atribuirse a reflejos autoritarios los errores en la gestión del desafío nacionalista, como la torpeza gubernamental en el empleo de las fuerzas de seguridad o la actuación de la Audiencia Nacional, que ha tomado medidas preventivas más que discutibles. Pero establecer un paralelismo entre estos hechos y la represión franquista de los nacionalismos subestatales carece de fundamento. Baste recordar que, desde la Guerra Civil hasta los años setenta, no hubo en ninguna zona de España elecciones limpias ni más partidos y sindicatos autorizados que los oficiales, abundaban los presos políticos y se prohibía cualquier expresión nacionalista no española. Ningún gobernador civil de entonces hubiera permitido manifestaciones a favor de la independencia —ni tan siquiera de la autonomía— de Cataluña. La senyera, que podía entenderse como símbolo de una región española, no se izó en los ayuntamientos catalanes hasta 1975.
En realidad, las alusiones a Franco adquieren credibilidad porque su régimen se identifica, sin matices, con el nacionalismo español. No con el castellano, que apenas ha salido de la irrelevancia, sino con el que afirma que la única nación política —dotada por tanto de soberanía— en el territorio de este Estado es España. Un nacionalismo que ha tenido varias versiones desde su aparición durante la guerra napoleónica de 1808, que precedió por lo tanto al franquismo y que lo ha sobrevivido. Durante el Ochocientos y las primeras décadas del Novecientos, hubo españolistas liberales, demócratas y republicanos que, de Agustín Argüelles a Manuel Azaña, concebían España como una comunidad cívica, adornada con características propias pero compuesta de ciudadanos con derechos protegidos por el Estado a través de un régimen representativo. En algunos momentos, como en la Segunda República, estos sectores llegaron a acuerdos con los catalanistas para concederles una autonomía regional.
La coalición reaccionaria que apoyó el levantamiento contra la legalidad republicana en 1936 y luego al dictador durante los treinta y nueve años siguientes heredó otras visiones de la españolidad. Por un lado, un nacional-catolicismo que sólo admitía una manera de ser español, la católica, y propugnaba un Estado confesional y corporativo. Por otro, la vertiente hispana del fascismo, cuyas expresiones nacionalistas recogieron la sublimación de Castilla como núcleo de España y adoptaron un proyecto totalitario. La Falange proporcionó cuadros y discursos a la dictadura, pero, más allá de sus efímeros logros nacional-sindicalistas, fueron los católicos quienes dejaron una huella más profunda en ella. Sin olvidar los rasgos propios de un nacionalismo militar que atribuía al ejército la misión de salvar a la patria de sus enemigos internos, entre ellos los catalanistas: Franco no dejó de ser un general cuya legitimidad provenía de vencer en una guerra.
Poco queda de estos componentes franquistas en el nacionalismo español, reforzado ante el reto independentista catalán. Se perciben algunos síntomas poco tranquilizadores, como la presencia violenta de grupúsculos neofascistas en algunas concentraciones, donde se ha visto a descerebrados cantar el Cara al sol —himno de Falange— enarbolando banderas constitucionales. Pero las grandes fuerzas políticas españolistas parecen comprometidas con los valores democráticos y se explican en términos incompatibles con el militarismo, las premisas nacional-católicas o el falangismo, aunque haya portavoces secesionistas que acusen a Albert Rivera, de Ciudadanos, de ser un nuevo José Antonio.
Así pues, no es posible dar cuenta del conflicto que se dirime en nuestro país acudiendo al sombrío legado de Franco. Se entiende mejor como una pugna entre nacionalistas en el marco de una democracia que, como la mayoría de sus congéneres, intenta evitar la ruptura de su ordenamiento constitucional; no como la lucha entre los herederos del franquismo y los adalides de la libertad. Aunque los dirigentes del PP se cargarían de razón en sus protestas si no coqueteasen con el pseudorrevisionismo histórico que blanquea la imagen del dictador; si aceptaran la retirada de los homenajes al franquismo en calles o monumentos y comenzasen a atender las demandas de los descendientes de sus víctimas. La causa de la España democrática y europeísta saldría muy fortalecida.
(*) Javier Moreno Luzón es historiador y ha publicado, con Xosé M. Núñez Seixas, Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea (Tecnos, 2017).
Fuente:
Ilustración: Raquel Marín.
EL PAÍS, Madrid, 20 de julio de 2017
TRIBUNA
La Rusia de Occidente
Javier Moreno Luzón
El revolucionario ruso León Trotski pasó en España los últimos meses de 1916, tan solo un año antes de tomar el poder en Petrogrado. Fue un viaje azaroso: expulsado de Francia, anduvo por Madrid, donde disfrutó del Museo del Prado, hasta que la policía lo encarceló y lo mandó a Cádiz, a la espera de un barco que lo sacase del país. Apenas logró manejar unas cuantas palabras en castellano, pero captó algunos rasgos de la vida española, como la mala fama de los políticos, las desigualdades sociales o el poder de la Iglesia. Le impresionaron la indolencia, la amabilidad y el calor. Desde su siguiente destino, Nueva York, escribió que el problema agrario y el carácter violento de sus habitantes hacían de España, después de Rusia, el lugar donde resultaba más probable una revolución.
Aquel paralelismo entre los dos extremos de Europa tenía antecedentes tan ilustres como el de Miguel de Unamuno, quien había afirmado que ambos pueblos compartían una misma religiosidad mística y un fondo comunal campesino. Los estereotipos hablaban de seculares atrasos y exotismos orientales, de gentes un tanto salvajes. Hasta el ancho de vía de sus respectivos ferrocarriles era mayor que el usual en el continente. El rey Alfonso XIII creía que la primera de las revoluciones rusas de 1917, la que hizo abdicar al zar, podía repetirse en España, sobre todo si entraba en la guerra europea como había hecho Rusia.
Durante unos meses, los acontecimientos dieron la razón a los augures. Ese mismo verano se encadenaron varios conatos revolucionarios en España: el de las juntas militares, que expresaban agravios corporativos; el de catalanistas y republicanos, que convocaron una asamblea de parlamentarios para exigir la reforma de la Constitución; y el de los sindicatos obreros, lanzados a la huelga general. Hubo quien pensó en una réplica de la experiencia rusa, con un proceso constituyente custodiado por sóviets de obreros y soldados. Pero España no era Rusia: a la hora de la verdad, las clases medias catalanas no se aliaron con los huelguistas y los militares reprimieron la insurrección sindical. La monarquía española, más parecida a la italiana que al imperio de los zares, resistió el embate.
La verdadera fe que llegó a España desde Rusia en 1917 no fue la del febrero democrático, sino la del octubre rojo, un potente mito político que cambió el paisaje mundial, dividió a las izquierdas y atemorizó a las derechas. El campo andaluz vivió un trienio bolchevique en el que los jornaleros aspiraban al reparto de las tierras que habían conseguido los rusos; mientras los sectores conservadores alertaban del peligro soviético para imponer soluciones autoritarias. Aunque la escasa información jugara a veces malas pasadas. Los anarcosindicalistas de la CNT acogieron con entusiasmo aquel trastorno radical y los socialistas decidieron tantear su adhesión a la nueva Internacional. Pero sendos viajes a Moscú les quitaron las ganas, pues aquellos aguerridos héroes perseguían a los ácratas, exigían disciplina y despreciaban los derechos ciudadanos. Vladímir Lenin se lo dejó claro en 1920 a un atónito Fernando de los Ríos, enviado del PSOE: “Libertad, ¿para qué?”. Por entonces se organizaban ya los comunistas españoles.
La vieja Rusia medieval se había convertido, de golpe, en el faro que alumbraba el futuro de la humanidad. En España se publicaron decenas de libros sobre el experimento y numerosos viajeros confirmaron sus excelencias. Sin embargo, sus partidarios no salieron de los márgenes hasta la Segunda República, cuando el camarada Iósif Stalin había heredado ya las herramientas dictatoriales de Lenin y lanzado al exilio a Trotski, disidente en nombre del ideal leninista. Mediados los años treinta, el régimen staliniano se sumó a las coaliciones contra el fascismo que avanzaba en Europa y sus peones españoles hicieron lo propio con el Frente Popular que ganó las elecciones de 1936. Entraron en el Parlamento y se hicieron con el control de las juventudes socialistas, aunque la posibilidad de una revolución al estilo soviético, un fantasma que agitaron las derechas antirrepublicanas, era más bien remota. Al socialista Francisco Largo Caballero le quedó, eso sí, el remoquete de Lenin español.
España estuvo algo más cerca de transformarse en la Rusia de Occidente durante la Guerra Civil. La Unión Soviética era el único apoyo internacional de peso que tenía la República y su esfuerzo militar dependía de la ayuda de Stalin, por lo que los comunistas adquirieron en la zona leal una influencia decisiva. Cabeza de la contrarrevolución que acabó con las colectivizaciones orquestadas por los anarquistas al estallar el conflicto, aplicaron las técnicas ya probadas en la Unión Soviética, donde no solo habían barrido a los trotskistas, sino que también purgaban a los más adictos, en un sistema de terror sin límites. Los marxistas antiestalinistas del POUM fueron liquidados. En 1940, el catalán Ramón Mercader, al servicio de Stalin, asesinó a Trotski en su destierro mexicano.
A partir de ahí, el comunismo español formó el tronco principal de la oposición a la dictadura de Francisco Franco. Tras el fracaso del maquis guerrillero, adoptó una línea conciliadora que aspiraba a traer a España la democracia pluralista y no un régimen autocrático al estilo soviético. Esa distancia se ensanchó y la actitud constructiva del PCE protagonizó la Transición a la muerte del tirano. Poco quedaba ya del sueño revolucionario, aunque aún subsistían los métodos de Lenin, la jerarquía implacable y la purga de los discrepantes en el interior del partido. Su progresiva insignificancia acabó por diluirlo en Izquierda Unida, donde ha sobrevivido pese al derrumbe de la Unión Soviética.
Hoy, en el centenario de las revoluciones rusas, carecen de sentido las comparaciones de antaño y nadie podría imaginar una España sovietizada. Pero el mito sigue vivo y las hazañas de Lenin y Trotski, no tanto las de Stalin, aún despiertan simpatías entre algunos izquierdistas españoles. Sobre todo en Podemos, donde sus impulsores, que han hablado de leninismo amable, no ocultan su admiración por Octubre, su fuerza y sus procedimientos. Pablo Iglesias Turrión emplea la retórica revolucionaria y rinde homenajes a “aquel calvo”, “mente prodigiosa” que satisfizo los deseos de los trabajadores. Las alusiones a 1917 no pueden ser inocentes, pues sus consecuencias, que marcaron el siglo XX, todavía nos interpelan.
(*) Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Acaba de publicar, con Xosé M. Núñez Seixas, Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea (Tecnos).
Fuente:
Ilustración: Eva Vázquez.
EL PAÍS, Madrid, 16 de julio de 2017
Usos políticos de la Segunda República
Javier Moreno Luzón
En ese breve periodo democrático se dan cita algunos elementos clave en cualquier interpretación acerca de la España contemporánea. Antecedente inmediato de la Guerra Civil y de la dictadura de Franco, a él se acercan quienes intentan dilucidar por qué aquí no cuajó la democracia y a qué fuerzas hay que atribuir la responsabilidad en la tragedia. Naturalmente, las izquierdas y las derechas acusan a los predecesores de sus contrarias y absuelven a los propios. Una pugna histórico-política que se ha enconado en las últimas décadas y ha enrarecido el clima historiográfico hasta extremos antes inimaginables.
Para empezar, bajo la bota franquista se permitían pocas dudas: la República no era más que la culminación de una historia desgraciada, la del liberalismo español, que había traicionado las esencias nacionales y se había entregado a revolucionarios y separatistas, lo cual justificaba el levantamiento militar de 1936. En aquellos tiempos grises, los escasos historiadores que se ocupaban de la época y no se dedicaban a la propaganda vivían fuera del país. Entre ellos figuraban defensores de los republicanos y socialistas que habían diseñado el programa —educativo, social y agrario, civilista, secularizador— de 1931, pero también observadores moderados que guardaban las distancias.
Conforme se abrió paso la democracia en los setenta, el panorama cambió de forma substancial, pues desde entonces proliferaron las publicaciones y los coloquios, los cursos y los programas de radio y televisión, mientras el ambiente político animaba a no repetir los errores pretéritos y pasar página. Aquel florecimiento historiográfico, que con altibajos duró más de dos decenios, no sólo multiplicó las contribuciones, sino que puso asimismo a los académicos autóctonos al mismo nivel que los hispanistas. Se asentaron enfoques que aconsejaban contemplar la etapa en toda su complejidad y no tener a la República por un mero plano inclinado hacia la contienda. Y, cosa notable, fue posible el diálogo entre gentes de ideologías distintas, que no confundían su proximidad a una u otra tendencia con la fe ciega en sus bondades.
Sin embargo, a finales de los noventa, cuando la historia se transformó de nuevo en arena de combate político, ese entendimiento se vino abajo. Abrieron fuego pseudohistoriadores que recuperaron viejas tesis de regusto franquista: las izquierdas tuvieron la culpa de todo y la guerra comenzó no en 1936, sino en 1934, cuando se sublevaron contra un Gobierno en el que entraban los católicos. La democracia no era tal y Franco salvó a España del comunismo. Lo burdo de sus argumentos, acorde con sus métodos de investigación, no impidió que vendieran muchos libros y llenasen grandes espacios mediáticos. El público de derechas seguía ahí, dispuesto a comprar, con ropajes diferentes, las diatribas ya conocidas.
Por otro lado, los movimientos para la recuperación de la memoria histórica reivindicaron la herencia republicana, la de los perdedores de la guerra, demandaron reparaciones y proyectaron hacia atrás una visión idealizada de la República. Más que comprender qué había ocurrido, se trataba de enarbolar emblemas progresistas, lo mismo que en las manifestaciones contra los Gobiernos del Partido Popular ondeaban por miles las banderas tricolores. Según estas versiones, los partidos y sindicatos de izquierda se habían comportado como demócratas irreprochables y merecían más y mejores homenajes. Como si republicanos, socialistas, nacionalistas, anarquistas y comunistas hubieran remado siempre juntos y en la misma dirección.
Las posturas se radicalizaron cuando, ya entrado nuestro siglo, el Gabinete socialista, decidido a integrar el legado republicano en la España constitucional, impulsó una ley de reparaciones que, aunque prudente, desató una intensa pugna. Nada la ejemplificó mejor que la batalla simbólica de esquelas en la prensa, en la que cada cual recordaba a sus muertos. Y así estamos. Los conservadores repiten, día sí y día también, que hay que mantener cerradas las heridas, al tiempo que incumplen la ley y contraponen la Transición modélica al caos republicano. Por su parte, las nuevas izquierdas elogian al pueblo de 1931 y al que frenó al fascismo en 1936. La súbita crisis de la Monarquía les hizo soñar con una Tercera República, espejo de la Segunda, pero su despertar no ha borrado las trincheras cavadas en torno a las respectivas legitimidades.
Entre tanto, la historiografía se ha enriquecido con un sinfín de artículos, libros y congresos, impulsada a menudo por profesionales españoles que se mueven con soltura en las universidades europeas. Se han refrescado temas clásicos, como las biografías, las elecciones o las reformas; y también se atiende a otros actores, desde las mujeres hasta los guardias civiles, al tiempo que la historia cultural ilumina los discursos, las movilizaciones o la violencia política. Los estudios locales ya no son localistas, sino que emplean el microscopio para desentrañar fenómenos de largo alcance.
No obstante, los especialistas en la República tienden hoy a alinearse en facciones enfrentadas a cara de perro. Poco queda de los foros donde un general vencedor podía conversar con un antiguo exiliado. Ahora lo habitual es descalificar a quienes sostienen otras posiciones, porque se supone que su militancia progresista les impide ver la realidad o porque cualquier melladura en los mitos republicanos se juzga como un retorno a las ideas del franquismo. No basta con discutir las opiniones de los otros, sino que además hay que tacharles de deshonestos. Abundan los albaceas de personajes y causas del pasado, mientras algunos medios instrumentalizan las investigaciones universitarias para alimentar la controversia. Hasta ha entrado en escena, con un toque surrealista, la Fundación Francisco Franco. La política maniquea pervierte el conocimiento de la historia, y este, como la calidad de nuestros debates, sale perdiendo.
las opiniones de otros, sino que además hay que tacharles de deshonestos
(*) Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.
Fuente:
sábado, 25 de noviembre de 2017
SE QUEDARON ESPERANDO
Lecciones de geopolítica para la fallida República de Cataluña
Nov 19, 2017 8:31 am
Jesús Manuel Pérez Triana, en "Guerras Posmodernas"
Los criterios que generalmente se emplean en derecho internacional público sobre qué constituye un Estado Nación se toman de la Convención de Montevideo, aunque yo como sociólogo prefiero emplear a Max Weber.
Vean por ejemplo esto que escribí en 2014: “Palestina como Estado fallido”. Cataluña cumplía los tres primeros requisitos: Población, territorio y gobierno claros y definidos. Después de la Declaración Unilateral de Independencia del viernes 27 de octubre sólo faltaba una cosa: reconocimiento internacional. Pasaron las horas y ningún país soberano reconoció la República de Catalunya. Nadie quería establecer relaciones bilaterales con el nuevo país. Pasaron los días y tampoco. Alguno sigue esperando.
Recuerdo cuando los tiempos que políticos de otros países europeos anunciaban que apoyarían la independencia de Cataluña. Juraría que más de uno de las repúblicas bálticas y otros países ex-comunistas cuya soberanía quedó limitada durante la Guerra Fría. Por evidentes razones de memoria histórica, esos países parecían dispuestos a acudir en ayuda de la futura naciente república catalana, ofreciendo el necesario reconocimiento diplomático que permitió el éxito de las declaraciones de independencia de países como Lituania o Eslovenia.
Pero lo que se sucedieron en las primeras horas tras la Declaración Unilateral de Independencia catalana fueron declaraciones oficiales de apoyo a la unidad de España. Sergio Maydeu Olivaresse dedicó a recopilar esas declaraciones y compartirlas en su perfil de Twitter. Su criterio fue no hacer caso a declaraciones de políticos a la prensa, sino sólo compartir enlaces a las comunicados oficiales surgidos de los gobiernos. O en su defecto, enlaces a los tuits lanzados por los dirigentes de cada país. Repasé la lista desde el principio y entre los primeros gobiernos en manifestarse encontré algo curioso. Aparecían los países cercanos a España (Portugal, Francia, Italia y Marruecos), países hispanoamericanos y un tercer grupo. Se trataban de Noruega, Finlandia, Lituania, Letonia Estonia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Moldavia y Kazajistán.
Me llamó la atención ese tercer grupo porque no son países que uno tenga en mente cuando piensa en los lazos fraternales e históricos de España. No recuerdo mucha literatura sobre la “tradicional amistad hispano-kazaja”. Pero el patrón me pareció evidente. Eran todos países preocupados por la Nueva Guerra Fríay la actitud de Rusia tras los acontecimientos de Ucrania en 2014. No es difícil imaginar la poca gracia que hace en esos países los movimientos separatistas, con el recuerdo presente de los “hombrecillos verdes” rusos en Crimea y la posterior acción rusa en Ucrania oriental. En esa lista de países, cada cual tiene su historial de problemas con Rusia, minorías rusas o ambos. Y no sólo hablo de los casos evidentes de las repúblicas bálticas o Kazajistán. Hablo de las conexiones con Rusia del nacionalismo en Gagauzia, la región de Moldavia.
Capítulo aparte merece el rechazo generalizado en Europa a un continente fragmentado en paisitos, lo que haría imposible el funcionamiento de la Unión Europea. Pero añadamos algo más que señalé en su momento y que más de uno tomó a guasa. España había mostrado claramente su compromiso en la defensa colectiva de las repúblicas bálticas. Primero, participando con cazas en el programa Air Policing de la OTAN. Y este año, participando con un destacamento mecanizado en Letonia el despliegue multinacional Enhanced Force Presence. Escribí sobre él en “Rumbo a Letonia. Y España entró en la Nueva Guerra Fría“.Aposté entonces que no veríamos reconocimiento diplomático alguno desde las repúblicas bálticas a Cataluña.
Las cabezas pensantes del Procès pasaron por alto las transformaciones geopolíticas en Europa en el contexto de la Nueva Guerra Fría. Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, decía el otro día que, el ver que no llegaban los reconocimientos diplomáticos, “ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?” Alguien en Cataluña no hizo los deberes y la Generalitat se lanzó a un salto al vacío.
Fuente: https://www.lapatilla.com/site/2017/11/19/lecciones-de-geopolitica-para-la-fallida-republica-de-cataluna/
Nov 19, 2017 8:31 am
Jesús Manuel Pérez Triana, en "Guerras Posmodernas"
Los criterios que generalmente se emplean en derecho internacional público sobre qué constituye un Estado Nación se toman de la Convención de Montevideo, aunque yo como sociólogo prefiero emplear a Max Weber.
Vean por ejemplo esto que escribí en 2014: “Palestina como Estado fallido”. Cataluña cumplía los tres primeros requisitos: Población, territorio y gobierno claros y definidos. Después de la Declaración Unilateral de Independencia del viernes 27 de octubre sólo faltaba una cosa: reconocimiento internacional. Pasaron las horas y ningún país soberano reconoció la República de Catalunya. Nadie quería establecer relaciones bilaterales con el nuevo país. Pasaron los días y tampoco. Alguno sigue esperando.
Recuerdo cuando los tiempos que políticos de otros países europeos anunciaban que apoyarían la independencia de Cataluña. Juraría que más de uno de las repúblicas bálticas y otros países ex-comunistas cuya soberanía quedó limitada durante la Guerra Fría. Por evidentes razones de memoria histórica, esos países parecían dispuestos a acudir en ayuda de la futura naciente república catalana, ofreciendo el necesario reconocimiento diplomático que permitió el éxito de las declaraciones de independencia de países como Lituania o Eslovenia.
Pero lo que se sucedieron en las primeras horas tras la Declaración Unilateral de Independencia catalana fueron declaraciones oficiales de apoyo a la unidad de España. Sergio Maydeu Olivaresse dedicó a recopilar esas declaraciones y compartirlas en su perfil de Twitter. Su criterio fue no hacer caso a declaraciones de políticos a la prensa, sino sólo compartir enlaces a las comunicados oficiales surgidos de los gobiernos. O en su defecto, enlaces a los tuits lanzados por los dirigentes de cada país. Repasé la lista desde el principio y entre los primeros gobiernos en manifestarse encontré algo curioso. Aparecían los países cercanos a España (Portugal, Francia, Italia y Marruecos), países hispanoamericanos y un tercer grupo. Se trataban de Noruega, Finlandia, Lituania, Letonia Estonia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Moldavia y Kazajistán.
Me llamó la atención ese tercer grupo porque no son países que uno tenga en mente cuando piensa en los lazos fraternales e históricos de España. No recuerdo mucha literatura sobre la “tradicional amistad hispano-kazaja”. Pero el patrón me pareció evidente. Eran todos países preocupados por la Nueva Guerra Fríay la actitud de Rusia tras los acontecimientos de Ucrania en 2014. No es difícil imaginar la poca gracia que hace en esos países los movimientos separatistas, con el recuerdo presente de los “hombrecillos verdes” rusos en Crimea y la posterior acción rusa en Ucrania oriental. En esa lista de países, cada cual tiene su historial de problemas con Rusia, minorías rusas o ambos. Y no sólo hablo de los casos evidentes de las repúblicas bálticas o Kazajistán. Hablo de las conexiones con Rusia del nacionalismo en Gagauzia, la región de Moldavia.
Capítulo aparte merece el rechazo generalizado en Europa a un continente fragmentado en paisitos, lo que haría imposible el funcionamiento de la Unión Europea. Pero añadamos algo más que señalé en su momento y que más de uno tomó a guasa. España había mostrado claramente su compromiso en la defensa colectiva de las repúblicas bálticas. Primero, participando con cazas en el programa Air Policing de la OTAN. Y este año, participando con un destacamento mecanizado en Letonia el despliegue multinacional Enhanced Force Presence. Escribí sobre él en “Rumbo a Letonia. Y España entró en la Nueva Guerra Fría“.Aposté entonces que no veríamos reconocimiento diplomático alguno desde las repúblicas bálticas a Cataluña.
Las cabezas pensantes del Procès pasaron por alto las transformaciones geopolíticas en Europa en el contexto de la Nueva Guerra Fría. Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, decía el otro día que, el ver que no llegaban los reconocimientos diplomáticos, “ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?” Alguien en Cataluña no hizo los deberes y la Generalitat se lanzó a un salto al vacío.
Fuente: https://www.lapatilla.com/site/2017/11/19/lecciones-de-geopolitica-para-la-fallida-republica-de-cataluna/
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Jesús Manuel Pérez Triana
sábado, 28 de octubre de 2017
FALSO DILEMA
EL MUNDO, Barcelona, 22 de febrero de 2016
COMENTARIOS LIBERALES
La buena antipolítica
Fedrico Jiménez Losantos
Hay dos clases de antipolítica: la que busca regenerar la obediencia de los representantes a sus representados y la que quiere sustituir el sistema de representación por unos representantes a los que los representados sólo pueden aplaudir o padecer. Entre estos últimos, están las teocracias, cuyo modelo es el islam, que a lo largo de los siglos han abolido la posibilidad de una política nacida de la sociedad civil y se erigen en sacerdotes de una religión militarizada cuya negación o discusión acarrea la muerte. España tiene, desde las últimas elecciones, dos modelos de antipolítica occidental: Podemos y Ciudadanos. El primero, el leninista, que, como decía Azaña de Primo de Rivera, habla de liquidar las imperfecciones de toda democracia pero busca erigir una dictadura perfecta, con un Ejecutivo que lo primero que debe ejecutar sumariamente es la división de poderes, convirtiendo a Pablenín Iglesias en juez y fiscal supremo, Telehermano Omnipresente y Padre Omnisciente del Verdadero Pueblo, el que lo sigue. El renuente es plebe reprimible. En fin, la URSS: en la ciudad, checa, en el campo, Gulag.Ciudadanos sería el típico partido reformista europeo si no hubiera nacido de una situación atípica: la destrucción del régimen constitucional español en Cataluña. Podemos quiere acabar con la legalidad democrática para fundar una legalidad revolucionaria, la suya, de partido rector y casta intocable. Ciudadanos busca recuperar la legalidad española y acabar con el golpismo separatista, hoy trufado de extraños pecios antisistema acogidos al golpismo nacionalista, rémoras del tiburón liberticida fundado por Pujol. Su camino viene favorecido por la corrupción del PP y el PSOE, pero está obstaculizado porque el suyo no es un proyecto adanista, salvo por esa estúpida fórmula de la «vieja política» que debería abandonar: no hay política vieja y nueva, sino buena o mala, sin equívocos de calendario. La ventaja de Ciudadanos es que su proyecto es el de la mayoría de los españoles, que quiere limpiar la democracia, no acabar con ella. La desventaja es que los medios de comunicación para explicar ese proyecto están tomados por una extrema izquierda a la que el PP ha favorecido hasta el suicidio para blindar a Rajoy y Soraya. El futuro de España se juega ahí: reforma democrática o revolución totalitaria.
Fuente:
Ilustración: Dumont.
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Representación
DEL LENGUAJE DE LA CULPA
EL PAÍS, Madrid, 27 de octubre de 2017
CLAVES
La fragilidad de la política
El ejercicio de victimización de Puigdemont y su respuesta a las delirantes “155 monedas de plata” del tuitstar Rufián quedarán en la retina
Máriam M-Biscuñán
Ocurrió, ya lo saben. La retórica que ha dominado la conversación pública, plagada de acusaciones cruzadas y acentuada por el subterfugio político de la culpa, alcanzó el clímax. Han fingido una victoria disfrazados de impecables justicieros, paladines del bien escapando de la ficticia persecución de las diabólicas fuerzas del mal. Quedará en nuestra retina el ejercicio de victimización universal de Puigdemont y su respuesta, tan católica, a las delirantes “155 monedas de plata” del tuitstar Rufián.
Deberíamos saberlo: la dialéctica del resentimiento sigue la lógica del escarnio y se modula apelando a una catarsis colectiva bajo el paraguas de ese absurdo “mandato heroico” tiznado por el voto secreto. Lo lógico hubiera sido escapar de la moral y entrar en el barro de la política, especialmente quienes tanto la reclamaban. Pero olvidaron la lección de Russell: erigirse en oprimidos no les convierte en virtuosos, ni es en absoluto necesario “para la exigencia de igualdad”. Conocemos el consolador efecto de fijar un solo foco, origen de todos los agravios, al que se opone una única salida indiscutible. Sin grises o tensiones dolorosas, se elude el deber de juzgar políticamente las situaciones.
El lenguaje de la culpa es antipolítico porque impide pensar los conflictos en términos de responsabilidad e invoca una respuesta defensiva. El peligro es que interiorizamos los dilemas políticos como injurias personales que emergen como una herida que supura. La culpa nos estanca en el pasado; la responsabilidad proyecta futuros que es necesario articular colectivamente, abandonando la concepción del individuo marcado por los pecados cometidos.
Avanzar hacia el futuro era la única garantía para cerrar las cicatrices del pasado. Es de ahí de donde surge la solidaridad política, antes que de la apelación a una suerte de hermandad religiosa. Esta presupone una acrítica alineación homogénea sobre tradiciones heredadas; aquella, compromiso entre los diferentes. Porque la solidaridad nos vincula a proyectos vivos que miran al futuro. Es tan firme como frágil, pero sin ella jamás nos emanciparemos de los grilletes del pasado. No es tarde para hacerlo. @MariamMartinezB
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/10/27/opinion/1509104798_103794.html
Ilustración: Nicolás Aznárez. El País, Madrid, 19/03/2017.
CLAVES
La fragilidad de la política
El ejercicio de victimización de Puigdemont y su respuesta a las delirantes “155 monedas de plata” del tuitstar Rufián quedarán en la retina
Máriam M-Biscuñán
Ocurrió, ya lo saben. La retórica que ha dominado la conversación pública, plagada de acusaciones cruzadas y acentuada por el subterfugio político de la culpa, alcanzó el clímax. Han fingido una victoria disfrazados de impecables justicieros, paladines del bien escapando de la ficticia persecución de las diabólicas fuerzas del mal. Quedará en nuestra retina el ejercicio de victimización universal de Puigdemont y su respuesta, tan católica, a las delirantes “155 monedas de plata” del tuitstar Rufián.
Deberíamos saberlo: la dialéctica del resentimiento sigue la lógica del escarnio y se modula apelando a una catarsis colectiva bajo el paraguas de ese absurdo “mandato heroico” tiznado por el voto secreto. Lo lógico hubiera sido escapar de la moral y entrar en el barro de la política, especialmente quienes tanto la reclamaban. Pero olvidaron la lección de Russell: erigirse en oprimidos no les convierte en virtuosos, ni es en absoluto necesario “para la exigencia de igualdad”. Conocemos el consolador efecto de fijar un solo foco, origen de todos los agravios, al que se opone una única salida indiscutible. Sin grises o tensiones dolorosas, se elude el deber de juzgar políticamente las situaciones.
El lenguaje de la culpa es antipolítico porque impide pensar los conflictos en términos de responsabilidad e invoca una respuesta defensiva. El peligro es que interiorizamos los dilemas políticos como injurias personales que emergen como una herida que supura. La culpa nos estanca en el pasado; la responsabilidad proyecta futuros que es necesario articular colectivamente, abandonando la concepción del individuo marcado por los pecados cometidos.
Avanzar hacia el futuro era la única garantía para cerrar las cicatrices del pasado. Es de ahí de donde surge la solidaridad política, antes que de la apelación a una suerte de hermandad religiosa. Esta presupone una acrítica alineación homogénea sobre tradiciones heredadas; aquella, compromiso entre los diferentes. Porque la solidaridad nos vincula a proyectos vivos que miran al futuro. Es tan firme como frágil, pero sin ella jamás nos emanciparemos de los grilletes del pasado. No es tarde para hacerlo. @MariamMartinezB
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/10/27/opinion/1509104798_103794.html
Ilustración: Nicolás Aznárez. El País, Madrid, 19/03/2017.
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viernes, 27 de octubre de 2017
SIN LEAL ...
EL PAÍS, Madrid, 8 de octubre de 2017
TRIBUNA
Bienvenido Serrat
Jean Maninat
El cantautor español, que a veces cantaba en catalán, Joan Manuel Serrat, fue por años un símbolo de la España antifranquista, y luego un ícono del progresismo de cabellos largos y actitud desparpajada. Rozó los linderos de la afición por Cuba y sus líderes barbudos, y progresivamente se hizo un progresista respetado, de los que cuidan nietos y velan por sus ahorros, como tantos ciudadanos europeos de la tercera edad. Para nuestro agrado, ha seguido cantando, con el descaro de siempre.
Resulta que el tío afable, al que todos los insumisos aplaudían y veneraban entre troncho y troncho y plaza y plaza, con cuyas canciones fue acunado el mismísimo Pablo Iglesias –con su respectivo chupón untado de Karl Marx para que durmiera con la conciencia de clase tranquila–, se ha convertido en un cerdo burgués, en un peón de la imperialista España, un hijo indigno de la Cataluña sometida por siglos de dictadura extranjera. ¿Cuál ha sido su pecado? Declarar su desacuerdo con la forma express como fue convocado el referéndum de Cataluña: “No puede representar a nadie”, dicen que dijo.
Las tribus progresistas que han ido copando la política española –with a little help from my friends– han sacado a lucir su talante autoritario y la acomodaticia vara moral con la cual se miden ellos mismos, y a los demás. Mudos ante la represión en Venezuela, o en Cuba, o en Irán, o en cualquier país que les deslice en el monedero unos duros de solidaridad silente, o unas vacaciones bajo el sol del Caribe, ahora se duelen por la represión –a todas luces desmedida– que sufrió el “pueblo catalán”.
Poco duró el aire de mayo del 68 que envolvía a los dirigentes de Podemos y sus auxiliares. Luego de los avances electorales que tuvieron, se fueron deslizando hacia la izquierda más rancia española y en el camino hicieron rodar las cabezas de sus pares moderados.
El ejemplo de Íñigo Errejón, antiguo número dos, defenestrado –con todo y su permanente cara de infantil asombro– para poner en su lugar a un próximo de Iglesias, y al lado de este a una cercana a su corazón, su novia, tiene más de la Managua de los Ortega, que de los unicornios retozones de Silvio Rodríguez.
Ahora, han hecho suya la peste negra del regionalismo y el nacionalismo que se cuela por Europa. Todo en nombre de una utopía regresiva –una distopía – donde aislados serían mejor, menos contaminados, más cerca de Rousseau y bien lejos del capitalismo que tanto parasitan para sobrevivir. Buenos, como una semilla de girasol, se pretenden.
Frente a tanto independentismo, qué nos queda a nosotros, sudacas de estas orillas, si ya se nos estaba poniendo difícil conseguir un permiso de trabajo en España, ahora obtener otro para Cataluña, nos pone el suquet morado.
Y no digamos que habrá que interiorizar (ugh, que fea palabreja) que Miró, Gaudí, Dalí, Tàpies, son grandes artistas catalanes y no españoles como siempre nos hicieron creer; que es mentira que Eduardo Mendoza es un gran escritor español nacido en Barcelona, al igual que lo fue Manuel Vázquez Montalbán; que Ferran Adrià brilló, en su momento, como el cocinero más famoso de Cataluña y no de España; y que el Barça es el mejor equipo del… condado de Barcelona.
“Se acabó, el sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó que cada uno es cada cual. Vamos bajando la cuesta que arriba en mi calle se acabó la fiesta”.
Bienvenido Serrat, aquí todavía te queremos.
Fuente:
Breve nota LB: So pretexto del caso catalán, la nota es eminentemente nostálgica de una cultura de consumo de izquierda, pero no se pregunta sobre el Serrat que calla, como lo ha hecho por todos estos años, sobre Venezuela, por cierto, país al que no ha vuelto: sin leal, no hay lopa, tío.
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(IN) FORMALIDADES
EL PAÍS, Madrid, 27 de octubre de 2017
TRIBUNA
La tragedia y la farsa
Tomás de la Quadra-Salcedo
La sesión del Parlament del 6 y 7 de septiembre consumó un atentado contra el Estatuto de Cataluña y los reglamentos de la Cámara, pero sobre todo constituyó una violación de los principios y la esencia de la democracia. Dos hechos de esas sesiones —y de la del 10 de octubre— merecen ser destacados. El primero tiene que ver con que las dos leyes aprobadas en dichas sesiones se promulgan —por primera vez desde el nacimiento de la autonomía hace 38 años— sin hacerlo en nombre del Rey. Nunca durante estos años han dejado de promulgarse las leyes por el presidente de la Generalitat en nombre del jefe del Estado.
El segundo hecho tiene que ver con que el presidente de la Generalitat, la presidenta del Parlament y un número de diputados superior a la mitad más uno, firman un documento en el que atribuyéndose la representación democrática del pueblo de Cataluña “constituyen la república catalana como Estado independiente… disponen la entrada en vigor de la ley de transitoriedad” e “inician el proceso constituyente, democrático, de base ciudadana, transversal, participativo y vinculante”. Declaraciones de voluntad que se expresan en presente de indicativo el día 10 de octubre de 2017.
La promulgación de una ley sin hacerlo en nombre del Rey como exige el artículo 65 del Estatuto no es una infracción de menor importancia o de puro carácter formal. Una infracción no comparable, podrían decir algunos, a la que supone violar la Constitución o el Estatuto por razón del contenido material de las dos leyes del referéndum o de transitoriedad. Bien al contrario, si no más grave es mucho más expresiva si cabe, pues la promulgación de una ley al margen del artículo 65 del Estatuto es la demostración de que la Generalitat ha decidido desvincularse del Estatuto. Es decir, sus decisiones no se fundamentan ya en el Estatuto —ni en la Constitución que lo ampara— sino en un orden jurídico y político distinto.
Que no se trata de un error u omisión por inadvertencia lo prueba que a partir de ese momento la única ley dictada después (D. O. del 22-9-17, la de la agencia catalana de protección social) prescinde de nuevo de hacerlo en nombre del jefe del Estado. Prescindir voluntariamente de este al promulgar las leyes es prescindir del Estatuto, suspenderlo y declarar por la vía de los hechos que Cataluña no tiene ya nada que ver con el Estado. No se trata aquí de una cuestión atinente a Monarquía o República, sino una cuestión atinente a que Cataluña prescinde ya de su carácter de órgano del Estado integral del que hasta ahora ha formado parte como fundamento de legitimidad de su actuación.
El segundo hecho, la declaración firmada en la noche del 10 de octubre de 2017, es, ahora sí, una declaración formal de independencia y el inicio de la efectividad de la ley de transitoriedad. Es posible que sus firmantes digan que no es una declaración porque no se ha votado en sesión del Parlament constituido como tal y no se ha registrado. Pero entonces habría que preguntarles por qué en dicha declaración afirman actuar en nombre del pueblo de Cataluña y por qué afirman, en presente de indicativo, que “constituyen la República catalana como Estado independiente” … “disponen la entrada en vigor de la ley de transitoriedad” e “inician el proceso constituyente”. Si fuera un documento carente de valor jurídico habrían dicho algo así como que se comprometían a “constituir la república catalana, poner en vigor la ley de transitoriedad e iniciar el proceso constituyente” en lugar de lo que realmente han dicho. Expresiones todas que manifiestan la posición de ruptura de la legalidad en que se han colocado.
Ahora bien, frente a esas claras expresiones, sus firmantes se escudan en el Estatuto, del que han renegado, para afirmar que, formalmente, no ha habido declaración de independencia, porque no ha llegado a haber votación en sesión plenaria.
Por primera vez en 38 años en Cataluña no se dictan las normas en nombre del Rey
La combinación de las dos cosas —el modo en que promulgan las leyes y la declaración firmada del 10 de octubre— desvela el juego conjunto y contradictorio de una mezcla imposible de legalidad y rebeldía-revolución que sirve para sostener una cosa y su contraria.
La fórmula promulgatoria de todas las leyes a partir del 6 de septiembre expresa de forma voluntaria e inequívoca el olvido del Estatuto y la ruptura con él. La declaración del 10 de octubre, hecha con solemnidad y en presente de indicativo por el president, la presidenta del Parlament y una mayoría de diputados establece ya la república. Es un acto de rebeldía-revolución; es un acto trágico.
Ocurre que sus autores nos dicen después que el solemne acto de rebeldía-revolución no vale porque le falta el sello de registro: la farsa (Carlos Marx dixit).
No puede olvidarse tampoco que el requerimiento del Gobierno se dirigía a aclarar si “alguna autoridad ha declarado la independencia” o si la declaración del president ante el pleno “implica la declaración de independencia”.
No hubo respuesta a la pregunta del Gobierno en las cartas de Puigdemont
No hay respuesta a la pregunta en la primera carta de Puigdemont del 16 de octubre y menos todavía en la del 19 de octubre, en la que amenaza, al final de la misma, con que el Parlament de Cataluña podrá proceder a votar la declaración formal de independencia “que no votó el día 10 de octubre”.
Que el Parlament no votó tal declaración era evidente, pero lo que le preguntaban no era eso, sino si alguna autoridad había declarado la independencia o si su propia declaración del día 10 implicaba tal declaración.
Lo que tendría que haber explicado también era qué significaba suspender una declaración de independencia, no existente, ni cómo puede haber suspensión si la misma no se ha sometido a la Cámara.
¿Se han declarado unilateralmente la independencia y la república catalana? Al parecer depende de la perspectiva con que lo analicemos: en clave de tragedia (desde la rebelión-revolución) o en clave de farsa (desde la falta del sello de registro de la declaración). Solo una cosa permanece: la fórmula promulgatoria de sus leyes muestra negro sobre blanco en el Diario Oficial que han querido acabar con el Estatuto.
Sea como fuere aún hay resquicios para una salida política que pasa por recuperar el Estatuto y la Constitución. Se trata de querer buscarlos.
(*) Tomás de la Quadra-Salcedo Fernández del Castillo es catedrático emérito de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III y expresidente del Consejo de Estado.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/10/24/opinion/1508871930_836497.html
Imagen: https://www.canarias7.es/nacional/el-parlament-declara-la-independencia-de-cataluna-DB2461162
TRIBUNA
La tragedia y la farsa
Tomás de la Quadra-Salcedo
La sesión del Parlament del 6 y 7 de septiembre consumó un atentado contra el Estatuto de Cataluña y los reglamentos de la Cámara, pero sobre todo constituyó una violación de los principios y la esencia de la democracia. Dos hechos de esas sesiones —y de la del 10 de octubre— merecen ser destacados. El primero tiene que ver con que las dos leyes aprobadas en dichas sesiones se promulgan —por primera vez desde el nacimiento de la autonomía hace 38 años— sin hacerlo en nombre del Rey. Nunca durante estos años han dejado de promulgarse las leyes por el presidente de la Generalitat en nombre del jefe del Estado.
El segundo hecho tiene que ver con que el presidente de la Generalitat, la presidenta del Parlament y un número de diputados superior a la mitad más uno, firman un documento en el que atribuyéndose la representación democrática del pueblo de Cataluña “constituyen la república catalana como Estado independiente… disponen la entrada en vigor de la ley de transitoriedad” e “inician el proceso constituyente, democrático, de base ciudadana, transversal, participativo y vinculante”. Declaraciones de voluntad que se expresan en presente de indicativo el día 10 de octubre de 2017.
La promulgación de una ley sin hacerlo en nombre del Rey como exige el artículo 65 del Estatuto no es una infracción de menor importancia o de puro carácter formal. Una infracción no comparable, podrían decir algunos, a la que supone violar la Constitución o el Estatuto por razón del contenido material de las dos leyes del referéndum o de transitoriedad. Bien al contrario, si no más grave es mucho más expresiva si cabe, pues la promulgación de una ley al margen del artículo 65 del Estatuto es la demostración de que la Generalitat ha decidido desvincularse del Estatuto. Es decir, sus decisiones no se fundamentan ya en el Estatuto —ni en la Constitución que lo ampara— sino en un orden jurídico y político distinto.
Que no se trata de un error u omisión por inadvertencia lo prueba que a partir de ese momento la única ley dictada después (D. O. del 22-9-17, la de la agencia catalana de protección social) prescinde de nuevo de hacerlo en nombre del jefe del Estado. Prescindir voluntariamente de este al promulgar las leyes es prescindir del Estatuto, suspenderlo y declarar por la vía de los hechos que Cataluña no tiene ya nada que ver con el Estado. No se trata aquí de una cuestión atinente a Monarquía o República, sino una cuestión atinente a que Cataluña prescinde ya de su carácter de órgano del Estado integral del que hasta ahora ha formado parte como fundamento de legitimidad de su actuación.
El segundo hecho, la declaración firmada en la noche del 10 de octubre de 2017, es, ahora sí, una declaración formal de independencia y el inicio de la efectividad de la ley de transitoriedad. Es posible que sus firmantes digan que no es una declaración porque no se ha votado en sesión del Parlament constituido como tal y no se ha registrado. Pero entonces habría que preguntarles por qué en dicha declaración afirman actuar en nombre del pueblo de Cataluña y por qué afirman, en presente de indicativo, que “constituyen la República catalana como Estado independiente” … “disponen la entrada en vigor de la ley de transitoriedad” e “inician el proceso constituyente”. Si fuera un documento carente de valor jurídico habrían dicho algo así como que se comprometían a “constituir la república catalana, poner en vigor la ley de transitoriedad e iniciar el proceso constituyente” en lugar de lo que realmente han dicho. Expresiones todas que manifiestan la posición de ruptura de la legalidad en que se han colocado.
Ahora bien, frente a esas claras expresiones, sus firmantes se escudan en el Estatuto, del que han renegado, para afirmar que, formalmente, no ha habido declaración de independencia, porque no ha llegado a haber votación en sesión plenaria.
Por primera vez en 38 años en Cataluña no se dictan las normas en nombre del Rey
La combinación de las dos cosas —el modo en que promulgan las leyes y la declaración firmada del 10 de octubre— desvela el juego conjunto y contradictorio de una mezcla imposible de legalidad y rebeldía-revolución que sirve para sostener una cosa y su contraria.
La fórmula promulgatoria de todas las leyes a partir del 6 de septiembre expresa de forma voluntaria e inequívoca el olvido del Estatuto y la ruptura con él. La declaración del 10 de octubre, hecha con solemnidad y en presente de indicativo por el president, la presidenta del Parlament y una mayoría de diputados establece ya la república. Es un acto de rebeldía-revolución; es un acto trágico.
Ocurre que sus autores nos dicen después que el solemne acto de rebeldía-revolución no vale porque le falta el sello de registro: la farsa (Carlos Marx dixit).
No puede olvidarse tampoco que el requerimiento del Gobierno se dirigía a aclarar si “alguna autoridad ha declarado la independencia” o si la declaración del president ante el pleno “implica la declaración de independencia”.
No hubo respuesta a la pregunta del Gobierno en las cartas de Puigdemont
No hay respuesta a la pregunta en la primera carta de Puigdemont del 16 de octubre y menos todavía en la del 19 de octubre, en la que amenaza, al final de la misma, con que el Parlament de Cataluña podrá proceder a votar la declaración formal de independencia “que no votó el día 10 de octubre”.
Que el Parlament no votó tal declaración era evidente, pero lo que le preguntaban no era eso, sino si alguna autoridad había declarado la independencia o si su propia declaración del día 10 implicaba tal declaración.
Lo que tendría que haber explicado también era qué significaba suspender una declaración de independencia, no existente, ni cómo puede haber suspensión si la misma no se ha sometido a la Cámara.
¿Se han declarado unilateralmente la independencia y la república catalana? Al parecer depende de la perspectiva con que lo analicemos: en clave de tragedia (desde la rebelión-revolución) o en clave de farsa (desde la falta del sello de registro de la declaración). Solo una cosa permanece: la fórmula promulgatoria de sus leyes muestra negro sobre blanco en el Diario Oficial que han querido acabar con el Estatuto.
Sea como fuere aún hay resquicios para una salida política que pasa por recuperar el Estatuto y la Constitución. Se trata de querer buscarlos.
(*) Tomás de la Quadra-Salcedo Fernández del Castillo es catedrático emérito de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III y expresidente del Consejo de Estado.
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/10/24/opinion/1508871930_836497.html
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A AMBOS LADOS DEL EBRO
EL PAÍS, Madrid, 26 de octubre de 2017
ANÁLISIS
Las grietas del miedo
Javier Ayuso
Entre los defensores de la legalidad democrática, la disputa está en si hay que mirar para otro lado si Carles Puigdemont convoca elecciones autonómicas sin renegar de los pasos dados hasta ahora, o si, por el contrario, hay que ser estrictos y mantener la intervención salvo que los secesionistas se retracten públicamente de su salto a la ilegalidad.
Inicialmente, tanto el Gobierno como el PSOE y Ciudadanos estaban dispuestos a aplicar una doctrina laxa frente al paso que pueda dar el presidente de la Generalitat. Pero el lunes, La Moncloa envió un mensaje claro: solo se frenará el 155 si los secesionistas vuelven a abrazar la ley, o sea, la Constitución. El miedo inicial a no ser eficaces en la intervención en Cataluña fue superado por el temor a quedar como un Estado fallido si no son capaces de restaurar la legalidad plena en España, tras haber conseguido todos los apoyos internacionales para ello.
En Ferraz, este último resquemor no existe, porque no son más que el primer partido de la oposición; y siendo responsables de apoyar a Mariano Rajoy en su lucha contra secesión, no lo son de su eficacia. Por eso, ha pesado más el miedo que les sacude el cuerpo cada vez que alcaldes o dirigentes del PSC, o líderes de Podemos, hacen el más mínimo amago de crítica frente a su política de Estado.
Al otro lado del Ebro, las grietas se ensanchan día a día. Dentro del Govern, en el PDeCAT y en ERC, todos ellos movidos por las manos que mecen la cuna del independentismo, que no son otras que la ANC, Òmnium y, por supuesto, la CUP. Hoy puede ser un día de dimisiones en el Ejecutivo catalán y de toma de la calle para jalear la declaración unilateral de independencia (DUI) e impedir la intervención efectiva de la autonomía.
Las grietas en Podemos, esta vez por la posición nacionalista de Pablo Iglesias, se gestionan de una manera diferente, como ha podido comprobar por segunda vez Carolina Bescansa. El sistema, desde el inicio de los tiempos del partido, es muy sencillo: se deja que se abra la grieta y se empuja al vacío a los críticos que han perdido el miedo al líder. Eso sí, las purgas se hacen con el espíritu fraternal que les caracteriza.
Con temor o sin él, de aquí al domingo se van a desencadenar todos los escenarios posibles, entremezclados. Habrá DUI (emboscada o no), convocatoria de elecciones, aplicación del 155 y un ambiente enrarecido en las calles que aprovecharán los populismos de uno y otro lado. Eso sí que es para tener miedo.
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domingo, 15 de octubre de 2017
NOTICIERO RETROSPECTIVO
- Arturo Uslar Braum. "Betancourt y Uslar Pietri". El Nacioal, Caracas, 20/10/1965.
- Alberto Krygier. "Las ciencias de la complejidad". El Nacional, 19/06/92.
- Ramón González Paredes. "Andrés Maurois, novelista". El Universal, Caracas, 03/11/64.
- Marco Aurelio Vila. "Cataluña y la Venezuela de 1713". El Nacional, 11/09/52.
- Mariano Picón-Salas. "Existencialismo". El Nacional, 10/12/50.
Reproducción: Rómulo Betancourt encabeza el acto de finalización de cursos en la Escuela Militar de Venezuela. Revista de las Fuerzas Armadas, Caracas, vol. 3, nr. 4 de 1947.
viernes, 29 de septiembre de 2017
miércoles, 26 de julio de 2017
¿PICARÁN, EXTENDIÉNDOSE?

Alejandro Tercero
05/05/2014
La formación liderada por Oriol Junqueras no esconde sus planes expansionistas tras una hipotética secesión. El objetivo es la construcción política de lo que los nacionalistas denominan Países Catalanes, que incluyen territorios de España, Francia, Italia y Andorra. El primer paso sería conseguir “el reconocimiento del derecho de los habitantes del resto de territorios de los Países Catalanes a añadir la nacionalidad catalana a la española si lo desean”
ERC prevé la anexión a Cataluña del resto de territorios que los nacionalistas denominan Países Catalanes (esto es, -además de Cataluña- la Comunidad Valenciana, Baleares, la Franja de Aragón, la comarca murciana de El Carche, la región francesa del Rosellón, y, en algunos casos, también la ciudad italiana de Alguer, y Andorra) una vez se consiga la independencia.
Así lo recoge el programa electoral para las elecciones al Parlamento Europeo del próximo día 25 que han presentado este domingo en Barcelona, en el que se subraya que estos territorios ha de “estar presentes” en “el proceso iniciado en Cataluña, que ha de culminar con la constitución de un nuevo Estado catalán en el marco de la Unión Europea”:
“Estar presentes en el proceso significa dejar claras las bases de la futura relación entre la nación catalana libre y la que continuará bajo jurisdicción española o francesa”.
Expansionismo territorial nacionalista
En un punto titulado “Los Países Catalanes en el proceso de autodeterminación de Cataluña”, el programa insiste en que “hay que pensar qué papel deberá tener el nuevo Estado catalán en el resto de territorios catalanes y qué derechos han de tener los ciudadanos de adscripción nacional catalana que queden fuera del ámbito territorial del nuevo Estado”.
Y añade que “en este sentido, será necesario que durante las negociaciones con el Estado español y con el resto de agentes internacionales queden claros los vínculos culturales, sentimentales, sociales, geográficos e históricos entre los territorios históricos de los Países Catalanes; y expresar la voluntad de que estos vínculos se conviertan en políticos cuando el resto de territorios coincidan, democráticamente, en esta voluntad”.
ERC exige que “personas y entidades representativas” de todos los Países Catalanes “estén presentes en el proceso de la transición nacional” y que “las estructuras de Estado que se tengan que crear tengan presente la posibilidad de que cualquier otro territorio histórico de la nación catalana pueda, en cualquier momento, decidir de forma democrática añadirse a la futura República catalana o crear otra y federarse a ella”.
Otorgar la “nacionalidad catalana” a valencianos y baleares
Entre los objetivos que ERC se plantea destaca el de conseguir “el reconocimiento del derecho de los habitantes del resto de territorios de los Países Catalanes a añadir la nacionalidad catalana a la española si lo desean”.
Para ello, la formación presidida por Oriol Junqueras anuncia que “la futura Constitución catalana tendrá que incorporar la definición y el marco completo de la nación, teniendo en cuenta especialmente aspectos como el reconocimiento de la condición nacional a los ciudadanos de los otros territorios que libremente lo reclamen o la inclusión de una cláusula de reunificación (como hicieron en su momento las constuciones de la República Federal de Alemania o de la República de Irlanda)”.
Otros de los objetivos previstos son el de “facilitar la presencia del resto de territorios históricos en las instituciones del Estado libre mediante sus organizaciones, entidades o asociaciones”; “el establecimiento de un ministerio o departamento” dedicado a los Países Catalanes; “el Estado catalán promoverá la lengua catalana en todos los territorios en los que es propia”; “impulsar la articulación del espacio comunicativo catalán, formado por los medios de comunicación de Cataluña y los del resto de territorios históricos de los Países Catalanes”; y “la creación de alguna instancia donde puedan coincidir y estrechar vínculos cargos electos de todos los Países Catalanes”.
El objetivo: “Completar la articulación política de la nación”
El planteamiento de ERC no es ningún brindis al sol. En las 79 páginas del programa se cita el sintagma “Países Catalanes” hasta en 47 ocasiones. De hecho, la formación independentista utiliza de forma indistinta a Cataluña o a los Países Catalanes a lo largo de todo el texto.
En todo caso, no es ninguna novedad. La ponencia política que el partido aprobó en julio de 2013, y que marcaba la hoja de ruta para los próximo años, ya advertía de que “la nación catalana completa incluye el conjunto de los Países Catalanes”, aunque también preveía que el resto de territorios -más allá de Cataluña- deberían “decidir su futuro cada uno con su propio ritmo y proceso” hasta “completar la articulación política de la nación”.
Ahora, como entonces, consideran que la secesión de Cataluña supondrá “un estímulo” para que el resto de territorios de los Países Catalanes se vayan separando de España y anexionando a la Cataluña independiente.
Por si quedaba alguna duda, ERC anuncia que sus eurodiputados “serán en la Eurocámara el altavoz de la voluntad legítima de la ciudadanía de Cataluña y los Países Catalanes de decidir democráticamente su futuro”. Aunque, de momento, las encuestas apuntan a que esa supuesta “voluntad” de la ciudadanía podría estar representada en el Parlamento Europeo únicamente por uno o dos eurodiputados.
Fuente:
https://mirdig.wordpress.com/2014/05/05/erc-preve-la-anexion-de-valencia-baleares-y-el-sur-de-francia-a-cataluna-tras-la-secesion/
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miércoles, 28 de diciembre de 2016
REHACER LO DESHECHO
EL MUNDO, Barcelona, 27 de diciembre de 2016
TRIBUNA
¿Hacer política? ¿Qué política?
Raúl Arias
En el omnipresente debate con el nacionalismo catalán -no con Cataluña-, se habla muy a menudo de la necesidad de hacer política. Y si me lo permiten, desde mi modesta experiencia personal, no puedo estar más de acuerdo. Entre otras cosas, porque siempre hay que hacer política en un sistema democrático y abierto.
Y hacer política democrática es, fundamentalmente, pedagogía. Es dar argumentos, plantear debates y sostenerlos, transmitir mensajes y posiciones a la sociedad, contraponer ideas y posiciones a las de los adversarios, y, por consiguiente, disputar espacio social y político, como paso imprescindible para ganar, legítimamente, espacio electoral.
Y me parece poco discutible que, desde el Gobierno de España, y desde el partido que lo sustenta, no ha habido suficiente política. Es verdad, a su vez, que, de esta ausencia, o insuficiencia, han adolecido también gobiernos anteriores. Y que la principal crítica a la última etapa es que la respuesta política al desafío independentista se ha limitado a la respuesta jurídica. Condición necesaria, pero, sin duda, no suficiente. Porque no basta, evidentemente, con hacer cumplir la ley. Hace falta llegar a las mentes y a los sentimientos. Y no sólo a los que están enfrente, difíciles de convencer. Sobre todo, a los que se han sentido poco arropados -por decirlo de manera suave- por los sucesivos gobiernos de España, y, siento decirlo, también por el último.
Y ahí es donde hay que hacer política. El nacionalismo catalán lleva décadas en un proceso de "construcción nacional" que, ahora, cree que ha llegado a un suficiente grado de maduración como para plantear seriamente la independencia. Y para ello ha utilizado tres palancas, sobre las cuales ha "hecho política". La primera es el sistema educativo. Y, en mi opinión, el principal error ha sido centrar el debate en la lengua y no en los contenidos educativos, sobre todo en Historia y Geografía. La segunda es la política de medios de comunicación, dejando que los medios públicos y privados subvencionados hayan contribuido, en contra de su obligación de reflejar la pluralidad de la sociedad catalana, a ese proceso de "construcción nacional", que se basa en el enaltecimiento de lo propio en contraposición a lo que se considera ajeno, es decir, la idea de España. Y tercero, la progresiva aceptación, implícita pero real, del "oscurecimiento" del Estado en Cataluña, de manera que, en muchas zonas de su territorio, viven ya como si fueran independientes, puesto que la presencia de los símbolos estatales y/o nacionales españoles es inexistente.
Y en los tres ámbitos, el nacionalismo catalán no ha dejado de hacer política. Con notable éxito, a la vista de su determinación de culminar el procès con un referéndum unilateral de independencia. Y de plantearlo desde las instituciones de autogobierno y no sólo desde las posiciones -legítimas en democracia- de determinadas fuerzas políticas. Y todo ello, aunque sea con el altísimo coste de desgarrar a la propia sociedad catalana y de situar a las instituciones al margen de la defensa del interés general y ponerlas al servicio de un proyecto político de sólo una parte.
Y ese posicionamiento ha sido posible porque ha habido un repliegue, en la práctica, de los planteamientos contrarios. Las batallas que no se dan, siempre se pierden. Y muchas veces, por incómodo que sea, eso implica luchar en el terreno en el que te ha situado el adversario, a la espera de hacerlo en terreno más propicio. Ha habido ausencia de política. Y en los tres ámbitos mencionados, hay mucho que hacer.
Y, ahí, el largo y, además, estéril y profundamente destructivo debate sobre el nuevo Estatuto, es un buen ejemplo de profundísimos errores. El más importante fue el del PSOE y el de su Gobierno. Pensar que, para "arrinconar" al PP, era posible transformar la arquitectura institucional de España sin su concurso (el Pacto del Tinell y la famosa declaración de Zapatero sobre su aceptación acrítica de lo que viniera del Parlament). En definitiva, romper con el consenso constitucional que, por primera vez en nuestra historia, habíamos conseguido con el concurso de todos.
Pero también fue un error que, por parte del PP, no se contrarrestara adecuadamente, más allá de la respuesta, lógica pero insuficiente, de negarse a un planteamiento anticonstitucional y, sobre todo, rupturista del espíritu que hizo posible la Constitución del 78. Faltó política. Es decir, explicarse suficientemente y evitar que cuajara la idea de que se iba contra la voluntad del pueblo de Cataluña -incrementado por una petición confusa de un referéndum que se interpretó, en Cataluña y en el resto de España, como un rechazo a la voluntad del pueblo catalán- y no contra algo que cuestionaba gravemente los consensos básicos sobre nuestra convivencia. Y esa ausencia de política así entendida, está en la base de algunos de los argumentos de los independentistas, sobre todo después de la sentencia -jurídicamente impecable, por cierto- del TC, posterior a la aprobación -muy minoritaria sobre el censo- por parte del pueblo catalán en referéndum. Otro gravísimo error que proviene de la derogación del recurso previo de inconstitucionalidad.
Y ha habido muchos más. Pero ya no tiene mucho sentido darle más vueltas. Volvamos a la política democrática. Es decir, quitarles argumentos a los adversarios. Y, por ello, por primera vez en mucho tiempo, apostar por el diálogo. Obviamente, con líneas rojas. La básica es que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español y que el futuro de España, que incluye a Cataluña, nos corresponde a todos, catalanes incluidos por supuesto, pero a todos los demás también, porque estamos hablando de algo que nos incumbe profundamente a todos y no sólo a una parte.
Por ello, hay que ganar la batalla del diálogo. E invertir la carga de la prueba. Y trabajar con cosas concretas y absolutamente lógicas, porque van en beneficio de todos. ¿O es que alguien duda de que cambiar el sistema de financiación es absolutamente imprescindible para todas las CCAA? ¿O de la necesidad del corredor mediterráneo para toda España? ¿O de que no tiene ningún sentido que no exista una red de alta velocidad entre Barcelona y Valencia?
Hay muchas cosas que debatir. Pero lo más importante, a mi parecer, es hacer política de presencia de los símbolos y del sentimiento de España en Cataluña. Y que los catalanes que se sienten españoles, que aún son mayoritarios, no se sientan desamparados y faltos de arrope. Hacer política, y diálogo, pues, no es ceder a las posiciones de los adversarios, cuando pretenden romper con lo básico. Es quitarles razones y argumentos, arropar a los que lo necesitan y lo esperan, y atender a lo razonable, que puede ser mucho. Ojalá sea esa la política del Gobierno. Sobre todo, si concita el consenso con más de dos tercios del Parlamento, y con una parte sustancial de la sociedad catalana. Volvamos al espíritu de la Transición.
(*) Josep Piqué es empresario y ex ministro en diferentes carteras de los Gobiernos de José María Aznar.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2016/12/27/586170e946163f896d8b45b7.html
TRIBUNA
¿Hacer política? ¿Qué política?
Raúl Arias
En el omnipresente debate con el nacionalismo catalán -no con Cataluña-, se habla muy a menudo de la necesidad de hacer política. Y si me lo permiten, desde mi modesta experiencia personal, no puedo estar más de acuerdo. Entre otras cosas, porque siempre hay que hacer política en un sistema democrático y abierto.
Y hacer política democrática es, fundamentalmente, pedagogía. Es dar argumentos, plantear debates y sostenerlos, transmitir mensajes y posiciones a la sociedad, contraponer ideas y posiciones a las de los adversarios, y, por consiguiente, disputar espacio social y político, como paso imprescindible para ganar, legítimamente, espacio electoral.
Y me parece poco discutible que, desde el Gobierno de España, y desde el partido que lo sustenta, no ha habido suficiente política. Es verdad, a su vez, que, de esta ausencia, o insuficiencia, han adolecido también gobiernos anteriores. Y que la principal crítica a la última etapa es que la respuesta política al desafío independentista se ha limitado a la respuesta jurídica. Condición necesaria, pero, sin duda, no suficiente. Porque no basta, evidentemente, con hacer cumplir la ley. Hace falta llegar a las mentes y a los sentimientos. Y no sólo a los que están enfrente, difíciles de convencer. Sobre todo, a los que se han sentido poco arropados -por decirlo de manera suave- por los sucesivos gobiernos de España, y, siento decirlo, también por el último.
Y ahí es donde hay que hacer política. El nacionalismo catalán lleva décadas en un proceso de "construcción nacional" que, ahora, cree que ha llegado a un suficiente grado de maduración como para plantear seriamente la independencia. Y para ello ha utilizado tres palancas, sobre las cuales ha "hecho política". La primera es el sistema educativo. Y, en mi opinión, el principal error ha sido centrar el debate en la lengua y no en los contenidos educativos, sobre todo en Historia y Geografía. La segunda es la política de medios de comunicación, dejando que los medios públicos y privados subvencionados hayan contribuido, en contra de su obligación de reflejar la pluralidad de la sociedad catalana, a ese proceso de "construcción nacional", que se basa en el enaltecimiento de lo propio en contraposición a lo que se considera ajeno, es decir, la idea de España. Y tercero, la progresiva aceptación, implícita pero real, del "oscurecimiento" del Estado en Cataluña, de manera que, en muchas zonas de su territorio, viven ya como si fueran independientes, puesto que la presencia de los símbolos estatales y/o nacionales españoles es inexistente.
Y en los tres ámbitos, el nacionalismo catalán no ha dejado de hacer política. Con notable éxito, a la vista de su determinación de culminar el procès con un referéndum unilateral de independencia. Y de plantearlo desde las instituciones de autogobierno y no sólo desde las posiciones -legítimas en democracia- de determinadas fuerzas políticas. Y todo ello, aunque sea con el altísimo coste de desgarrar a la propia sociedad catalana y de situar a las instituciones al margen de la defensa del interés general y ponerlas al servicio de un proyecto político de sólo una parte.
Y ese posicionamiento ha sido posible porque ha habido un repliegue, en la práctica, de los planteamientos contrarios. Las batallas que no se dan, siempre se pierden. Y muchas veces, por incómodo que sea, eso implica luchar en el terreno en el que te ha situado el adversario, a la espera de hacerlo en terreno más propicio. Ha habido ausencia de política. Y en los tres ámbitos mencionados, hay mucho que hacer.
Y, ahí, el largo y, además, estéril y profundamente destructivo debate sobre el nuevo Estatuto, es un buen ejemplo de profundísimos errores. El más importante fue el del PSOE y el de su Gobierno. Pensar que, para "arrinconar" al PP, era posible transformar la arquitectura institucional de España sin su concurso (el Pacto del Tinell y la famosa declaración de Zapatero sobre su aceptación acrítica de lo que viniera del Parlament). En definitiva, romper con el consenso constitucional que, por primera vez en nuestra historia, habíamos conseguido con el concurso de todos.
Pero también fue un error que, por parte del PP, no se contrarrestara adecuadamente, más allá de la respuesta, lógica pero insuficiente, de negarse a un planteamiento anticonstitucional y, sobre todo, rupturista del espíritu que hizo posible la Constitución del 78. Faltó política. Es decir, explicarse suficientemente y evitar que cuajara la idea de que se iba contra la voluntad del pueblo de Cataluña -incrementado por una petición confusa de un referéndum que se interpretó, en Cataluña y en el resto de España, como un rechazo a la voluntad del pueblo catalán- y no contra algo que cuestionaba gravemente los consensos básicos sobre nuestra convivencia. Y esa ausencia de política así entendida, está en la base de algunos de los argumentos de los independentistas, sobre todo después de la sentencia -jurídicamente impecable, por cierto- del TC, posterior a la aprobación -muy minoritaria sobre el censo- por parte del pueblo catalán en referéndum. Otro gravísimo error que proviene de la derogación del recurso previo de inconstitucionalidad.
Y ha habido muchos más. Pero ya no tiene mucho sentido darle más vueltas. Volvamos a la política democrática. Es decir, quitarles argumentos a los adversarios. Y, por ello, por primera vez en mucho tiempo, apostar por el diálogo. Obviamente, con líneas rojas. La básica es que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español y que el futuro de España, que incluye a Cataluña, nos corresponde a todos, catalanes incluidos por supuesto, pero a todos los demás también, porque estamos hablando de algo que nos incumbe profundamente a todos y no sólo a una parte.
Por ello, hay que ganar la batalla del diálogo. E invertir la carga de la prueba. Y trabajar con cosas concretas y absolutamente lógicas, porque van en beneficio de todos. ¿O es que alguien duda de que cambiar el sistema de financiación es absolutamente imprescindible para todas las CCAA? ¿O de la necesidad del corredor mediterráneo para toda España? ¿O de que no tiene ningún sentido que no exista una red de alta velocidad entre Barcelona y Valencia?
Hay muchas cosas que debatir. Pero lo más importante, a mi parecer, es hacer política de presencia de los símbolos y del sentimiento de España en Cataluña. Y que los catalanes que se sienten españoles, que aún son mayoritarios, no se sientan desamparados y faltos de arrope. Hacer política, y diálogo, pues, no es ceder a las posiciones de los adversarios, cuando pretenden romper con lo básico. Es quitarles razones y argumentos, arropar a los que lo necesitan y lo esperan, y atender a lo razonable, que puede ser mucho. Ojalá sea esa la política del Gobierno. Sobre todo, si concita el consenso con más de dos tercios del Parlamento, y con una parte sustancial de la sociedad catalana. Volvamos al espíritu de la Transición.
(*) Josep Piqué es empresario y ex ministro en diferentes carteras de los Gobiernos de José María Aznar.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2016/12/27/586170e946163f896d8b45b7.html
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