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sábado, 2 de diciembre de 2017

FORÁNEA PATERNIDAD, FORÁNEA

Napoleon Bonaparte: Libertador de América
Ángel R. Lombardi  

La historia es el olvido. Relatos desde una amnesia colectiva que solo el Poder es capaz de rescatar algo, sólo algo.
El mito y la fábula son más poderosos. Sí esto es así la historia es una variante de la literatura que se ufana de una consistencia científica que en realidad carece. Me acabo de topar con ésta cita imperdible de Carlos Fuentes: "La Historia es ficción, la realidad es apócrifa, el Nuevo Testamento fue escrito por Julio Verne". Sólo bastaría agregar, para completar todo un curso de Teoría y Metodología de la Historia, que la historia es el historiador.
Las versiones al uso sobre la Independencia Hispanoamericana (1750-1830) tienen a dos súper héroes: Bolívar y San Martín, acompañados por una “Liga de la Justicia” a los cuales han hecho llamar: los próceres. Bolívar, fue El Libertador; y San Martín, El Protector. Esta manía por apodar y sobredimensionar las muy limitadas capacidades humanas se sigue manteniendo hasta el presente. A Chávez, un militar con apenas luces, se le dice “Galáctico” o “Comandante”, y a la muy aguerrida María Corina Machado ya veo que le colocan algo así como: “La Dama de Oro”.
Desde las nuevas nacionalidades a partir de 1830, en realidad una balcanización territorial engorrosa, hecha a la medida de los nuevos colonialistas ingleses y estadounidenses, nuestra memoria quedó en blanco. Ni indios, ni negros, ni españoles, sólo un “pequeño género humano” (Bolívar, Carta de Jamaica, 1815). La criollización de nuestra nueva identidad surgió desde la duda y el rencor. El igualitarismo se proclamó alrededor de leyes que los mismos poderosos se encargaban de pisotear. El caudillismo nos definió y hundió a la vez en un atraso político mediocre. Agréguele, la vertiente militarista actual, como derivado de una nación que se hizo desde los campamentos y tropelías.
La Independencia fue un triunfo militar. Hasta ahí. Luego no hay más logros en la continuidad del tiempo. España fue negada e ignorada. Los tres siglos coloniales formaban parte de una leyenda negra; y Bolívar, “el luminoso”, siendo aristócrata y civil, se transfigura en militar y reformador social. Sólo que los contemporáneos de Bolívar, y básicamente sus más queridos aliados como Páez y Santander, lo negarían por completo. Hasta que ya muerto en 1830, su recuerdo fue rescatado en 1842. En el caso venezolano, nuestros militares han cobrado, fuerte y duro, desde hace doscientos años, el haber inventado que la “libertad nacional” se la debemos a ellos.
En realidad el padre de la nueva patria americana es Napoleón Bonaparte (1769-1840). Seguimos estudiando las causas de la Independencia continental desde unas apreciaciones equivocadas. Haciendo descansar las principales interpretaciones desde una ideología de Estado. Bolívar no hubiese existido sí Napoleón Bonaparte y sus ejércitos no hubiesen invadido España y Portugal en el año 1808 llevando al cautiverio a sus dos reyes borbónicos: Carlos IV y Fernando VII. España, la Metrópoli, se desvaneció. Y los súbditos en América, la inmensa mayoría feliz con la dominación hispánica, no supieron cómo reaccionar ante un cambio tan drástico y radical. Es bueno advertir, que Napoleón Bonaparte, y esto forma parte de las ironías de la historia, fue un tirano más que contraviene el título de éste ensayo.
Hay historiadores marginales, en realidad los más originales y de valía, que han sostenido la tesis que nuestra Independencia tiene que ser explicada y entendida no desde el descontento americano, algo que ya Michael P. McKinley (“Caracas antes de la independencia”, 1993) y otros han comprobado, sino como un proceso basado en la conflictividad geopolítica de las grandes potencias europeas de ese entonces, básicamente Francia e Inglaterra. Así tenemos que el corolario a las Guerras Napoleónicas (1799-1815) será la pretensión de Inglaterra de reinar sobre los despojos coloniales de España y Portugal en ultramar, muy especialmente, los territorios americanos. Mientras Inglaterra es una potencia militar terrestre; los ingleses basan su poderío en el dominio de los océanos y mares. Su ventaja comercial con el apoyo marítimo será su principal sostenedor.
No obstante, como Maquiavelo y muchos geniales observadores de la política realista explican: el enemigo de hoy puede ser mañana mi mejor aliado. Inglaterra apoyó a Francisco de Miranda a invadir los territorios del Caribe español en 1806 así como ella misma lo intentó hacer ese mismo año sobre Buenos Aires. El expediente de la rivalidad inglesa y española tenemos que rastrearla hasta los tiempos de Felipe II y la Armada Invencible en 1588. Francia, desde los Pactos de Familia (1733-1789), fue una estrecha aliada de España. Recordemos que estaban emparentados por la Casa de Borbón. Todo esto cambió cuando estalló la Revolución Francesa (1789) y sobre las cenizas del terror se encumbró Napoleón Bonaparte haciendo que el juego de alianzas se pusiera de cabezas. Ya en ese entonces a Inglaterra no le interesaba revolucionar los dominios españoles en América porque hizo de la “neutralidad” ante las sublevaciones americanas a partir de 1810, su nueva política oficial. Esto explica la fallida misión diplomática de Bolívar, López Méndez y Andrés Bello en Londres luego del 5 de Julio de 1811 y la reticencia inglesa a darles el reconocimiento y ayuda militar que solicitaron. Ya todo cambiaría después de la Batalla de Waterloo en 1815 donde Napoleón fue definitivamente derrotado y las sublevaciones en América se estaban produciendo desde una conflictividad endógena muy cruel, sobretodo, en el escenario venezolano a partir de la Declaración de la Guerra a Muerte (1812).
Así tenemos que el catalizador “social” de todo el proceso emancipador hispanoamericano fue Napoleón Bonaparte como derivación de la Revolución Francesa iniciada en 1789 y que llevó a la guillotina al monarca Luis XVI. Esta perspectiva es más justa y centrada que la dominante al uso que nos habla de un descontento generalizado de una población colonial privada de sus derechos y con ansias de libertad hacia un modelo de sociedad abierta republicano. Y además, hay otro aspecto prácticamente censurado en nuestros libros escolares de historia patria y nacional, que es la Independencia de España entre los años 1808 y 1814. Un conflicto de “liberación nacional” donde el pueblo español se levantó contra el invasor francés y que Benito Pérez Galdós (1843-1920) se encargó de mitologizar de la misma forma como aquí hizo Eduardo Blanco (1838-1812) con su “Venezuela Heroica” (1881).
España como potencia colonial, como Estado Monárquico, fue indiferente al destino o bienestar de sus súbditos americanos, en realidad, su principal preocupación fue saquear sus tesoros y explotar a sus habitantes originarios junto a los esclavos negros traídos por la fuerza desde África como mano de obra indispensable. Y no es que los españoles hayan sido unos monstruos, sino que esa era la lógica del comportamiento de todas las potencias europeas para la época del despliegue capitalista sobre una dinámica mundial luego de 1492. Otro asunto fueron los problemas de consciencia de raíz moral, teológica y filosófica que surgieron en torno a la Iglesia católica y el proceso de Evangelización que produjo intensos debates entre quienes abogaban por un trato humanitario a los indígenas (Las Casas, 1474-1566) y quienes fueron partidarios de su esclavitud (Sepúlveda, 1490-1573).
En realidad los tres siglos coloniales fueron autárquicos. El inmenso océano, la rusticidad de los transportes de navegación y terrestres así como la inmensidad de la geografía americana hicieron de España una Metrópoli prácticamente ausente de América. Es por ello que la verdadera dominación derivó de los descendientes de los primeros colonizadores, los llamados blancos criollos, paradójicamente, al final, los artífices de la misma Independencia.
Así tenemos que la historia es un proceso multilineal muy complejo, donde sus muchas partes, se imbrican de una forma caótica, proclive a una confusión feroz. Por eso la historia son las historias y sólo la pericia y sensatez nos pueden ayudar a obtener una comprensión más serena y plural, más amplia y justa, aunque siempre imperfecta.  

sábado, 25 de noviembre de 2017

SE QUEDARON ESPERANDO

Lecciones de geopolítica para la fallida República de Cataluña
Nov 19, 2017 8:31 am 
Jesús Manuel Pérez Triana, en "Guerras Posmodernas"

Los criterios que generalmente se emplean en derecho internacional público sobre qué constituye un Estado Nación se toman de la Convención de Montevideo, aunque yo como sociólogo prefiero emplear a  Max Weber.

Vean por ejemplo esto que escribí en 2014: “Palestina como Estado fallido”. Cataluña cumplía los tres primeros requisitos: Población, territorio y gobierno claros y definidos. Después de la Declaración Unilateral de Independencia del viernes 27 de octubre sólo faltaba una cosa: reconocimiento internacional. Pasaron las horas y ningún país soberano reconoció la República de Catalunya. Nadie quería establecer relaciones bilaterales con el nuevo país. Pasaron los días y tampoco. Alguno sigue esperando.

Recuerdo cuando los tiempos que políticos de otros países europeos anunciaban que apoyarían la independencia de Cataluña. Juraría que más de uno de las repúblicas bálticas y otros países ex-comunistas cuya soberanía quedó limitada durante la Guerra Fría. Por evidentes razones de memoria histórica, esos países parecían dispuestos a acudir en ayuda de la futura naciente república catalana, ofreciendo el necesario reconocimiento diplomático que permitió el éxito de las declaraciones de independencia de países como Lituania o Eslovenia.

Pero lo que se sucedieron en las primeras horas tras la Declaración Unilateral de Independencia catalana fueron declaraciones oficiales de apoyo a la unidad de España. Sergio Maydeu Olivaresse dedicó a recopilar esas declaraciones y compartirlas en su perfil de Twitter. Su criterio fue no hacer caso a declaraciones de políticos a la prensa, sino sólo compartir enlaces a las comunicados oficiales surgidos de los gobiernos. O en su defecto, enlaces a los tuits lanzados por los dirigentes de cada país. Repasé la lista desde el principio y entre los primeros gobiernos en manifestarse encontré algo curioso. Aparecían los países cercanos a España (Portugal, Francia, Italia y Marruecos), países hispanoamericanos y un tercer grupo. Se trataban de Noruega, Finlandia, Lituania, Letonia Estonia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Moldavia y Kazajistán.

Me llamó la atención ese tercer grupo porque no son países que uno tenga en mente cuando piensa en los lazos fraternales e históricos de España. No recuerdo mucha literatura sobre la “tradicional amistad hispano-kazaja”. Pero el patrón me pareció evidente. Eran todos países preocupados por la Nueva Guerra Fríay la actitud de Rusia tras los acontecimientos de Ucrania en 2014. No es difícil imaginar la poca gracia que hace en esos países los movimientos separatistas, con el recuerdo presente de los “hombrecillos verdes” rusos en Crimea y la posterior acción rusa en Ucrania oriental. En esa lista de países, cada cual tiene su historial de problemas con Rusia, minorías rusas o ambos. Y no sólo hablo de los casos evidentes de las repúblicas bálticas o Kazajistán. Hablo de las conexiones con Rusia del nacionalismo en Gagauzia, la región de Moldavia.

Capítulo aparte merece el rechazo generalizado en Europa a un continente fragmentado en paisitos, lo que haría imposible el funcionamiento de la Unión Europea. Pero añadamos algo más que señalé en su momento y que más de uno tomó a guasa. España había mostrado claramente su compromiso en la defensa colectiva de las repúblicas bálticas. Primero, participando con cazas en el programa Air Policing de la OTAN. Y este año, participando con un destacamento mecanizado en Letonia el despliegue multinacional Enhanced Force Presence. Escribí sobre él en “Rumbo a Letonia. Y España entró en la Nueva Guerra Fría“.Aposté entonces que no veríamos reconocimiento diplomático alguno desde las repúblicas bálticas a Cataluña.

Las cabezas pensantes del Procès pasaron por alto las transformaciones geopolíticas en Europa en el contexto de la Nueva Guerra Fría. Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, decía el otro día que, el ver que no llegaban los reconocimientos diplomáticos, “ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?” Alguien en Cataluña no hizo los deberes y la Generalitat se lanzó a un salto al vacío.

Fuente: https://www.lapatilla.com/site/2017/11/19/lecciones-de-geopolitica-para-la-fallida-republica-de-cataluna/

martes, 16 de agosto de 2016

DE TODO, MENOS UN JUEGO

La geopolítica de los Juegos Olímpicos
Jonathan Benavides

“Citius, altius, fortius”. Estas palabras pronunciadas por el barón Pierre de Coubertin en el año 1896 en Atenas se han convertido en el emblemático lema de los Juegos Olímpicos. Su significado, “más rápido, más alto, más fuerte”, son el reflejo de la intención del pedagogo francés de fomentar el desarrollo de la humanidad a través del deporte y el esfuerzo, además de rescatar el espíritu olímpico heleno de la Antigüedad. Sin embargo, su loable intención pronto se vio afectada por los intereses de muchos de los países participantes. Así, a lo largo de las distintas ediciones olímpicas celebradas en el siglo XX y XXI, el nacionalismo, las reclamaciones políticas, sociales y económicas, las enemistades entre países y hasta el terrorismo han hecho acto de presencia en el mayor evento deportivo que el mundo ha conocido jamás. A ello ha contribuido poderosamente la creciente mediatización de la competición, que ha convertido el evento en una ventana al mundo y ha permitido que en los tiempos recientes miles de millones de personas sigan las retransmisiones de los Juegos Olímpicos.

De utopía a realidad pervertida

No cabe duda de que Pierre de Coubertin quería fomentar el deporte como herramienta de cohesión y de desarrollo personal. Sin embargo, su tesis ya empezaba marcada por una sensación profundamente extendida en la sociedad francesa de finales del siglo XIX: la derrota frente a Alemania. El país germano, industrializado y con tropas mejor entrenadas, había barrido con contundencia a Francia en 1871. Uno de los factores que el barón de Coubertin achacaba a la derrota era la peor cualificación física y escasa camaradería de las tropas francesas. Por tanto, para paliar semejante desventaja, insistió con firmeza en la necesidad de que la población francesa empezase a practicar deporte, con lo que se lograría la mejora de la condición física y surgiría cierto hermanamiento gracias a la práctica común y popular de deportes.

Tampoco sería justo pensar que el noble francés era un revanchista como los que pululaban por su país y que sólo quedaron satisfechos al ver firmar a Alemania en Versalles en 1919, aunque hubiese sido a costa de millones de muertes. El barón de Coubertin extendió su razonamiento de la sociedad francesa a los países entonces existentes, con la intención de reproducir los mismos sentimientos de hermanamiento y sana competitividad entre los estados. La primera edición, celebrada en Atenas en 1896, es considerada todo un éxito, ya que el hecho de reunir a 14 países de tres continentes distintos en aquella época era todo un logro. Igualmente, la infraestructura necesaria tuvo un respaldo económico considerable, especialmente de las élites helenas, por lo que la utopía de Coubertin no pudo empezar mejor. Sin embargo, poco duraría ese espíritu olímpico.

Con el tiempo, el altruismo internacional-deportivo ha quedado secuestrado. En primer lugar por los Estados participantes, que no dudan de utilizar la cita olímpica para canalizar sus políticas exteriores o económicas, haciendo de los Juegos una poderosa herramienta. Les siguen numerosas empresas, que se valen de la marca creada por los Juegos Olímpicos –y que ellos mismos fomentan de igual manera– para hacer negocio o mejorar su imagen. Cierra el círculo el Comité Olímpico Internacional (COI), que lejos de ser un ente desinteresado y fiel a las ideas de Coubertin, se deja querer por Estados y empresas para hacer de los Juegos un evento espectacular y extremadamente rentable al mismo tiempo.

En la sucesión de ediciones olímpicas, el simbolismo popular de este evento se ha ido agrandando, algo que sin duda ha fomentado las actitudes anteriormente comentadas. Los primeros Juegos eran competiciones “elitistas” en el sentido más restrictivo de la palabra. No había una difusión universal y horizontal del deporte. El fútbol se iría convirtiendo con los años en un pionero de la democratización deportiva, pero sólo se podía ir a ver al estadio, en uno de esos primigenios procesos de identificación social a través de un club. Practicar un deporte de manera habitual o profesional era caro, algo que muy poca gente podía permitirse. Con el tiempo, las disciplinas olímpicas pasaron de estar ejecutadas por atletas elitistas a atletas profesionales –de la élite profesional más adelante–, lo que le imprimió mayor seriedad y sentimiento a las competiciones. La rapidez, la fuerza, la agilidad o la habilidad de un país se depositaban en los músculos de los enviados, lo que infería a las pruebas el simbolismo de presenciar una auténtica lucha entre Estados; entre sociedades. La discusión sobre qué país era mejor o peor se dejaba ahora en manos del atleta, que demostraba el poderío nacional a través de una prueba “objetiva” – un deporte – y de manera pacífica. Sin duda, el deporte ha sido desde comienzos del siglo XX uno de los elementos de canalización de identidades más importantes, y los Juegos Olímpicos son el cénit en el que cada cuatro años se proyectan.

Un pulso cuatrienal del mundo

Desde la primera edición olímpica ya se comprobó el tipo de dificultades que este tipo de eventos iban a tener, y sobre todo, lo difícil que iba a ser superarlos. La cita deportiva ateniense de 1896 tropezó con un boicot, el turco. El todavía Imperio Otomano se negó a participar en la competición, ya que sólo un año antes había estado en guerra con Grecia por el expansionismo irredentista heleno –la Enosis–, y el conflicto se había saldado con una clamorosa victoria otomana, sólo atenuada por la intervención de las potencias europeas, que hicieron de Grecia un país semi-intervenido. Así, los primeros Juegos Olímpicos empezaban marcados por una guerra, un estigma cuya presencia sería habitual en las citas olímpicas a lo largo del siglo XX.

A los Juegos de Coubertin en Atenas le seguirían en 1900 París, en 1904 la norteamericana Saint Louis, Londres en 1908 y Estocolmo en 1912. La siguiente cita, programada para 1916 en Berlín, quedaría cancelada por la Primera Guerra Mundial. Los Juegos se interrumpían así por el motivo que estos querían precisamente evitar.

Las rencillas heredadas de la Gran Guerra se proyectaron en el verano de 1920 en Amberes, ya que países como Alemania, Austria, Hungría o Turquía, vencidos todos en el conflicto armado, no fueron invitados a la cita deportiva. El periodo de entreguerras mostraba así en el aspecto deportivo la escasa intención de integrar a los países vencidos en una dinámica no revanchista ni políticamente agresiva. A pesar de ello, a la cita olímpica en Bélgica acudieron 29 países, lo que empezaba a dar una idea de la dimensión de este movimiento.

La respuesta alemana a su marginación post-bélica –tampoco estuvo en París 1924– tardó 16 años en llegar, pero llegó. Hitler organizó unos Juegos en Berlín en 1936 que serían todo un derroche de recursos, simbolismo y poderío económico. El Führer quiso mostrar al mundo cómo Alemania había renacido de sus cenizas, y de paso, remarcar la condición superior de la ciudadanía alemana. Un estadio olímpico gigantesco y el Hindenburg posado en el cielo berlinés fue la imagen de bienvenida para las 49 delegaciones que acudieron. Albert Speer y Joseph Goebbels fueron sus artífices, dando un paso más allá en la fastuosidad de la siempre bien medida propaganda nazi, que de la mano de Goebbels creó (para demostrar el mítico poderío y popularidad del partido Nacionalsocialista) la tradición de trasladar la antorcha olímpica en maratón desde las tierras helenas hasta la ciudad sede –Berlín-, tradición que aún hoy presenta con orgullo el movimiento olímpico mundial. El éxito del equipo olímpico germano, independientemente de momentos que han pasado a la historia como las carreras del atleta norteamericano Jesse Owens, fue rotundo. Hitler había conseguido su objetivo.

Las dos siguientes ediciones, programadas para 1940 y 1944, no fueron celebradas al encontrarse medio planeta en plena guerra. La reanudación post-bélica de los Juegos estaría marcada por la gran lucha político-ideológica de la segunda mitad del siglo XX como fue la Guerra Fría; no tanto los JJOO de Londres en 1948, austeros en la organización y tristes desde el sentimiento olímpico –Alemania volvió a ser excluida y numerosos atletas habían muerto en la guerra–. El conflicto Este-Oeste empezó a percibirse con fuerza en el ámbito deportivo a partir de Helsinki ’52. Los puntuales intentos olímpicos previos de remarcar la identidad nacional quedarían en anécdota como consecuencia del clima que se empezó a generar en las semanas que duraban los Juegos durante la Guerra Fría. Desde la edición finlandesa hasta Seúl en 1988, casi todos los deportes y pruebas se veían bajo la óptica de la confrontación entre ambos mundos. Estados Unidos y la Unión Soviética eran sus protagonistas, complementados en determinados momentos por aliados del bloque como Francia, Gran Bretaña, las dos Alemanias, Hungría o Checoslovaquia.

El triunfo en Helsinki se lo llevó Estados Unidos con 46 medallas de oro, seguido de la URSS con 22, que participaba por primera vez en unos Juegos Olímpicos. Igualmente hubo apariciones delicadas, como Israel, rechazada abiertamente por multitud de Estados árabes, o China, que estuvo al borde de acudir con dos delegaciones, la comunista y la nacionalista, aunque esta última acabó retirándose en los días previos al inicio de la competición. Lamentablemente para el ideal olímpico, el contexto político y económico global fue afectando más y más a la celebración deportiva. Los juegos de Melbourne en 1956 fueron buena prueba de ello. La crisis del Canal de Suez del mismo año provocó, ante la participación británica y francesa, que Egipto, Líbano e Irak no acudiesen en acto de protesta. Sí acudió Hungría, país invadido por las tropas soviéticas pocos meses antes para aplastar las revueltas que amenazaban con tumbar el gobierno prosoviético. No obstante, el equipo de waterpolo húngaro quiso, a su manera, vengar la afrenta de Moscú en el agua, y el partido acabó además de con una contundente victoria magiar, con una brutal pelea entre ambos equipos de tal nivel que la policía desalojó el pabellón para evitar males mayores. También hubo una ausencia notable como fue la china –comunista– que se negó a ir ante la presencia taiwanesa en los juegos; sí fue, y hasta 1968, un equipo conjunto de las dos partes separadas de Alemania, uno de los pocos ejemplos políticos de los que Coubertin se hubiese alegrado ver en su idea olímpica.

Las siguientes ediciones seguirían marcadas por la competencia estadounidense y soviética en el medallero. Sudáfrica participaría en Roma en 1960 bajo el régimen del apartheid, y una y no más, ya que hasta que no abandonó ese sistema estuvo excluida de las citas olímpicas, siete concretamente –hasta Barcelona ’92–; en México ’68 pudimos ver en el podio a Tommie Smith y John Carlos alzando el puño en protesta contra la segregación en Estados Unidos y en Múnich ’72 llegamos a la antítesis del espíritu olímpico, cuando la organización Septiembre Negro, una facción de la Organización para la Liberación de Palestina, asesinó a once atletas del equipo olímpico israelí. Se ponía sobre la mesa y frente al mundo de la forma más dramática posible la realidad del conflicto palestino-israelí. Aunque los Juegos no fueron cancelados, quedó la mancha de utilizar una cita deportiva, cuyo fin es diluir los conflictos, como instrumento político a través del terrorismo.

Llegaron los años ochenta, especialmente crudos en la confrontación entre bloques. Las primeras dos citas olímpicas, en 1980 en Moscú y en Los Ángeles en 1984 fueron protagonizadas por sendos boicots del bloque opuesto. Así, los Juegos celebrados en la capital soviética tuvieron sólo 80 países participantes frente a las 65 ausencias provocadas por el boicot estadounidense como consecuencia de la invasión soviética de Afganistán en 1979. Así, numerosos países aliados y afines además de China, enemiga de la URSS, consideraron la cita moscovita como un momento perfecto para acrecentar la presión sobre el régimen soviético. Cuatro años después, la URSS haría lo propio con el evento deportivo en suelo estadounidense. Sin embargo, el reducido número de integrantes en el bloque oriental provocó que su ausencia no fuese tan llamativa, si bien la inasistencia de la URSS o la RDA eran, a nivel deportivo, bajas considerables.

Los Juegos en Seúl serían la última oportunidad en la que ambos bloques se vieron las caras. El balance deportivo de la Guerra Fría se saldó con una contundente victoria del bloque oriental; lamentablemente para la Unión Soviética, el simbolismo deportivo no es más que eso, y el hundimiento de todo el bloque en los años siguientes hizo que las victorias olímpicas quedasen como un simple recuerdo en la historia del deporte.

Nuevos intereses en un nuevo mundo


Para cuando la URSS colapsó, los Juegos Olímpicos ya eran un evento de tal magnitud mediática a nivel mundial que no tenían rival alguno. En las semanas de competición, el mundo se paraba y toda la atención se centraba en el televisor. Desde hacía unas pocas ediciones, los Juegos ya no eran un mero evento deportivo o una herramienta para muchos países; se habían convertido en un gigantesco negocio. Así, como todo negocio, para que perdurase tenía que ser rentable. La organización de la competición olímpica ya era un trabajo titánico y costoso para las ciudades que acogían la cita deportiva. Infraestructuras cada vez más variadas por el aumento de los deportes olímpicos y más grandes por cuestiones de público; mejores infraestructuras para conectar los pabellones y estadios; una villa olímpica cómoda que cada vez tenían más aspecto de ciudad pequeña y una organización extensa a la vez que meticulosa eran algunos de los retos a los que se enfrentaba la ciudad organizadora.

Estas nuevas condiciones que el espectáculo olímpico otorgaba tuvieron fuerte repercusión. La importancia ya no radicaba en cómo de potente era un país deportivamente hablando; la competencia había muerto con la Guerra Fría. Ahora, el poderío nacional se demostraba organizando unos juegos a la perfección, mostrando al mundo –cientos de millones de espectadores e inversores– lo moderno y próspero que era la ciudad candidata y el país por extensión. Para muchos Estados se convirtió en una prioridad. Suponía, en caso de éxito, colocar a la ciudad elegida en el mapa político y económico durante décadas y tener unas ganancias incalculables en reputación e imagen internacional.

El cambio de modelo vino tras el fiasco financiero que supuso el estadio olímpico en Montreal ’76 y la cita en general. Los sobrecostes y las constantes reparaciones supusieron multiplicar por diez el presupuesto inicial, generando un agujero en las arcas canadienses que tuvo que ser sufragado con un impuesto especial sobre el tabaco durante treinta años. Fue entonces cuando se tomó conciencia que organizar unos Juegos Olímpicos no podía suponer la práctica ruina de la ciudad. De alguna manera había que conseguir que los Juegos tuviesen un impacto económico positivo a largo plazo o que al menos su organización fuese rentable para la ciudad. La cita angelina en 1984 tomó buena nota de la catástrofe económica de Montreal, y planteó unos Juegos austeros, reutilizando instalaciones ya construidas. El resultado fueron casi 200 millones de dólares de beneficios.

Una vez superada la fase de rentabilidad olímpica, se avanzó hacia la de visibilización. Además, para 1988 se produjo un cambio sustancial dentro de la geopolítica olímpica: Seúl, la ciudad organizadora, iniciaría la racha en la que los Juegos se desplazaban a la periferia global, dejando de rotar de manera casi permanente entre países del centro o de potencias –con la salvedad de México ‘68–. La capital surcoreana aprovecharía su designación para iniciar la remodelación de la ciudad y proyectar así la imagen de “tigre asiático” y desterrar los fantasmas de la guerra con su vecina del norte treinta años atrás, algo así como hizo Tokio en la cita olímpica de 1964.

Sin embargo, el modelo de Juegos Olímpicos rentables, exitosos y con un impacto positivo en la ciudad a largo plazo lo crearía la candidatura de Barcelona ’92. Su logro, referencia en casi todas las candidaturas posteriores, radicó en tres aspectos: implicación de todos los actores políticos –gobierno central, gobierno autonómico y local–, así como del COI, entonces presidido por el barcelonés Juan Antonio Samaranch, y empresas privadas; financiación público-privada, reduciendo así los gastos públicos y el uso de los Juegos Olímpicos como excusa para acometer una remodelación integral de la ciudad de Barcelona a nivel urbanístico, económico y social gracias a inversiones a largo plazo.

Todavía hoy los Juegos de 1992 son considerados como unos de los mejores jamás celebrados. El cambio acometido en Barcelona fue espectacular; la ciudad dejó su impronta industrial para reconvertirse en una ciudad moderna y conectada con el mundo –de ese mismo año es la remodelación del aeropuerto de El Prat–. El impulso económico y mediático olímpico, además de generar más empleo y actividad en el corto plazo, ha permitido el posicionamiento de la capital catalana en el “centro” europeo, y en muchos aspectos de índole económica, turística y comercial supera ampliamente a Madrid. Un claro ejemplo de las bondades de gestionar bien tanto una cita olímpica como la inercia que esta provoca.

Este modelo mixto fue adoptado posteriormente por las candidaturas de Atlanta ’96  –unos Juegos pagados por Coca Cola–, Sidney 2000 y Londres 2012, que con mayor o menor éxito han replicado la experiencia barcelonesa. Sin embargo, dicha manera de organizar el evento olímpico dista de hacerse norma. La antítesis de la gestión del 92 se produjo en 2004 en Atenas, cuando la capital helena tuvo la responsabilidad de organizar los Juegos. Aunque deportivamente la competición salió adelante, el fracaso económico para Atenas fue tremendo; incluso algunos sugieren que fue la primera piedra –o una de ellas al menos– de la actual crisis que atraviesa Grecia. Y es que dichos Juegos costaron nada menos que 12.000 millones de dólares, que unidos a la escasa rentabilidad de la cita y la mala gestión de su impacto hicieron un considerable agujero en la economía nacional griega con deudas que ascendieron a un 3% del PIB. No es de extrañar que en 2005, el año siguiente a la celebración de los Juegos, el PIB griego decreciese un 1,1% respecto al año anterior y fuese un 2,2% respecto al año siguiente. Semejante bache estaba causado en gran medida por el fiasco olímpico ateniense.

Se comprobaba así como en esta nueva gestión de los JJOO de “marca-ciudad” había proyectos que salían bien y salían mal. La apuesta de Beijing en 2008 siguió por los derroteros de la cita anterior, sin embargo, la economía china no es ni era comparable con la de Grecia; sus efectos, por tanto, tampoco. No obstante, los Juegos en Beijing sirvieron para demostrarle al mundo la capacidad económica, tecnológica y organizativa de China más allá de los productos baratos. Aunque no pasarán a la historia del olimpismo, sí le fueron útiles al país como herramienta de soft power, a pesar de las evidentes carencias en materia medioambiental y el poco respeto a los Derechos Humanos.

Especialmente a partir de los Juegos de los años noventa, el statu quo en la elección de la sede empezó a cambiar. El criterio olímpico propio del siglo XX de ir rotando por las potencias para mantener contentos a todos dejó paso a los intereses económicos y comerciales. En la actualidad, los Juegos Olímpicos casi se puede decir que se compran; pero no se compran por la ciudad candidata, sino que son los poderes económicos los que acaban dirigiendo los votos hacia una candidatura u otra. La explicación es sencilla: en los tiempos recientes, la candidatura que más oportunidades de negocio genera es la que más probabilidades tiene de acabar alojando la llama olímpica. Esto, traducido, supone que aquella ciudad sin apenas infraestructuras construidas y que mayores planes de inversión tiene tanto para instalaciones olímpicas como para la propia ciudad es la que albergará los juegos. En Beijing los costes ascendieron a 40.000 millones de dólares, ya que numerosas infraestructuras debían ser construidas de cero. Así, los contratos para hacerlas son reñidos, además de una excelente oportunidad para muchas empresas. En parte esto explica el triple fracaso de la candidatura olímpica de la ciudad de Madrid y las dos derrotas de París. El reciclaje de infraestructuras ya levantadas, una baza argumentada por la candidatura, políticamente está bien vista al no tener que realizar más gastos; económicamente tiene un atractivo nulo al no haber oportunidades de negocio. El mensaje que se intenta enviar en la actualidad es el de que los Juegos son caros, y si los quieres, hay que pagarlos.

Río 2016 y Tokio 2020 son dos ejemplos de esta nueva política. La ciudad carioca tuvo un tremendo reto logístico ante la cita olímpica puesto que en el momento de ser designada llevaba poco trabajo hecho detrás. Sin embargo, el amparo de Brasil como país y la cita futbolística del Mundial de Fútbol 2014 suponían la creación de un clima político propicio a la inversión y la renovación total de la ciudad que abarca más de lo estrictamente  olímpico. Brasil se encuentra en un punto crítico como país. Pretende insertarse plenamente en las dinámicas económicas del mundo globalizado del siglo XXI mientras tiene a sus espaldas problemas tan graves como la desigualdad, la delincuencia o las inmensas favelas situadas en muchas ciudades de Brasil, que se acentúan en el caso de Río. Se ha convertido en una prioridad dar carpetazo a esos temas –o empezar de manera seria a solucionarlos al menos– aprovechando los Juegos Olímpicos. La elección de Tokio para cuatro años después responde a intereses similares: poco atractivo de las otras candidaturas –Madrid sin oportunidades de negocio y Estambul con serias carencias en DDHH y demasiado cerca del avispero de Oriente Medio– y un considerable montante en inversión para instalaciones deportivas –el 60% está por construir– y urbanas en la capital nipona decantaron la elección de Tokio. Para 2024 la puerta está todavía abierta, ya que hasta 2017 no será elegida la sede. De momento existen cuatro candidaturas repartidas entre Europa y Norte América, Roma, París, Budapest y Los Ángeles. Veremos qué deciden los miembros del COI en la reunión a celebrarse en la ciudad de Lima en Perú para Septiembre de 2017.

Y es que este organismo tampoco puede decidir con gran libertad. Depende económicamente de los patrocinios y los derechos de retransmisión de las citas olímpicas, y los réditos de los mismos pesan poderosamente en sus decisiones. Por ejemplo, las televisiones estadounidenses presionan al COI para que las sedes estén situadas en una franja horaria aceptable para los telespectadores norteamericanos. Algo similar ocurre con las televisiones europeas. Así, los husos horarios y su relación con la cantidad de espectadores que pueden estar viendo en directo las pruebas es algo a tener en cuenta. Los Juegos en Asia no son recibidos con emoción en Estados Unidos y Europa por ese motivo. Cuatro o cinco horas de diferencia son aceptables, diez no. A estas presiones televisivas se les unen las de las empresas que ven una oportunidad en el evento deportivo. Constructoras, empresas de publicidad, de aparatos electrónicos, de bebidas o empresas financieras son algunos de los sectores que con más ahínco presionan para conseguir que la ciudad escogida sea la más acorde a sus intereses. El deporte hace mucho tiempo que dejó de ser exclusivamente deporte, y los Juegos Olímpicos, su máxima expresión, no iban a ser menos.
Fuente:http://opinionynoticias.com/internacionales/27281-la-geopolitica-de-los-juegos-olimpicos

viernes, 10 de abril de 2015

YA ERA TIEMPO

EL NACIONAL, Caracas, 10 de abril de 2015
La geopolítica de Obama
Demetrio Boersner

Contrariamente a algunos observadores internacionales, estamos convencidos de que la doble presidencia de Barack Obama quedará registrada en la historia de Estados Unidos y del mundo como episodio estelar, comparable en importancia con las presidencias de Franklin D. Roosevelt y de John F. Kennedy. En medio de una severa crisis económica y al cabo de una época de creciente desigualdad y plutocracia, Obama abre al pueblo norteamericano  renovadas esperanzas de democracia social. Al mundo exterior, incluida  América Latina, le ofrece iniciativas tangibles de reducción del contenido imperial de la primacía estadounidense (que seguirá existiendo por razones objetivas), para darle un carácter más cooperador y democrático a través de la acción multilateral. Consideramos particularmente admirable el hecho de que Obama vaya logrando su cometido con tranquila tenacidad, sin perder la compostura ante opositores indecentes que no han superado el racismo y no retroceden ante canalladas calumniosas.
Interpretando correctamente el hastío de los norteamericanos con el  intervencionismo unilateral de mandatarios anteriores, Obama dejó en claro su anhelo de dar prioridad a los problemas internos de su país y reducir sus compromisos externos unilaterales, procurando descargar responsabilidades en los hombros de aliados confiables. Ha puesto en práctica estas intenciones, al lanzar la iniciativa transpacífica que procura dar un marco multilateral a la previsible gran rivalidad global entre Estados Unidos y China. Por otra parte, dio a entender a sus aliados europeos –tanto en el marco de la OTAN como de la UE– que de ahora en adelante deberán asumir mayores responsabilidades globales y admitir que muchas veces Estados Unidos los “dirija desde atrás” y no desde las primeras filas. Hizo un loable esfuerzo para corregir errores occidentales pasados frente a Rusia e invitar a esta a formar parte del directorio mundial, pero ello fracasó por la excesiva desconfianza del presidente Putin. En la actual crisis ruso-occidental en torno a Ucrania, Obama resiste a las presiones peligrosas de “neoconservadores” empeñados en renovar la Guerra Fría, y alienta a los líderes europeos (primordialmente Merkel y Hollande) a negociar discretamente con Moscú para reducir las tensiones.
El mundo musulmán (Medio Oriente, Noráfrica y Asia Central), que es, al mismo tiempo, el “heartland” geoestratégico y energético del mundo, ha requerido un exceso de atención por parte de Obama y le ha quitado tiempo para ocuparse de algunas otras áreas (por ejemplo, América Latina y el Caribe). Pero ha logrado, en esa álgida región, el mayor de los éxitos: sin involucrar a tropas norteamericanas en ningún frente, ha alentado la formación de una alianza de gobiernos musulmanes responsables, encabezados por Arabia Saudita, para enfrentar militarmente al fascismo yihadista, tanto sunita como chiita. Ello  ha tendido a facilitarles a Obama y a John Kerry otro logro importante que es el preacuerdo con Irán para poner coto al  armamentismo nuclear de ese país y normalizar sus relaciones con el Occidente. Un efecto indirecto podría ser el de alentar un mayor avance de fuerzas moderadas o liberales dentro de Irán.
Por fin, Obama ha podido comenzar a reanudar la presencia estadounidense en las Américas. Ya era tiempo. La gran decisión de normalizar las relaciones con Cuba, y así alentar a esta a acelerar su inevitable proceso de liberalización económica y política, parece racional e inobjetable. Igual lo es su decisión de dejar muy en claro ante el mundo que por ello la administración demócrata estadounidense no deja de luchar contra la violación de derechos humanos, la corrupción, el narcotráfico, el lavado de dinero y otros delitos cometidos por funcionarios de regímenes represivos y antidemocráticos en la región.
Contrariamente a algunos observadores internacionales, estamos convencidos de que la doble presidencia de Barack Obama quedará registrada en la historia de Estados Unidos y del mundo como episodio estelar, comparable en importancia con las presidencias de Franklin D. Roosevelt y de John F. Kennedy. En medio de una severa crisis económica y al cabo de una época de creciente desigualdad y plutocracia, Obama abre al pueblo norteamericano  renovadas esperanzas de democracia social. Al mundo exterior, incluida  América Latina, le ofrece iniciativas tangibles de reducción del contenido imperial de la primacía estadounidense (que seguirá existiendo por razones objetivas), para darle un carácter más cooperador y democrático a través de la acción multilateral. Consideramos particularmente admirable el hecho de que Obama vaya logrando su cometido con tranquila tenacidad, sin perder la compostura ante opositores indecentes que no han superado el racismo y no retroceden ante canalladas calumniosas.
Interpretando correctamente el hastío de los norteamericanos con el  intervencionismo unilateral de mandatarios anteriores, Obama dejó en claro su anhelo de dar prioridad a los problemas internos de su país y reducir sus compromisos externos unilaterales, procurando descargar responsabilidades en los hombros de aliados confiables. Ha puesto en práctica estas intenciones, al lanzar la iniciativa transpacífica que procura dar un marco multilateral a la previsible gran rivalidad global entre Estados Unidos y China. Por otra parte, dio a entender a sus aliados europeos –tanto en el marco de la OTAN como de la UE– que de ahora en adelante deberán asumir mayores responsabilidades globales y admitir que muchas veces Estados Unidos los “dirija desde atrás” y no desde las primeras filas. Hizo un loable esfuerzo para corregir errores occidentales pasados frente a Rusia e invitar a esta a formar parte del directorio mundial, pero ello fracasó por la excesiva desconfianza del presidente Putin. En la actual crisis ruso-occidental en torno a Ucrania, Obama resiste a las presiones peligrosas de “neoconservadores” empeñados en renovar la Guerra Fría, y alienta a los líderes europeos (primordialmente Merkel y Hollande) a negociar discretamente con Moscú para reducir las tensiones.
El mundo musulmán (Medio Oriente, Noráfrica y Asia Central), que es, al mismo tiempo, el “heartland” geoestratégico y energético del mundo, ha requerido un exceso de atención por parte de Obama y le ha quitado tiempo para ocuparse de algunas otras áreas (por ejemplo, América Latina y el Caribe). Pero ha logrado, en esa álgida región, el mayor de los éxitos: sin involucrar a tropas norteamericanas en ningún frente, ha alentado la formación de una alianza de gobiernos musulmanes responsables, encabezados por Arabia Saudita, para enfrentar militarmente al fascismo yihadista, tanto sunita como chiita. Ello  ha tendido a facilitarles a Obama y a John Kerry otro logro importante que es el preacuerdo con Irán para poner coto al  armamentismo nuclear de ese país y normalizar sus relaciones con el Occidente. Un efecto indirecto podría ser el de alentar un mayor avance de fuerzas moderadas o liberales dentro de Irán.
Por fin, Obama ha podido comenzar a reanudar la presencia estadounidense en las Américas. Ya era tiempo. La gran decisión de normalizar las relaciones con Cuba, y así alentar a esta a acelerar su inevitable proceso de liberalización económica y política, parece racional e inobjetable. Igual lo es su decisión de dejar muy en claro ante el mundo que por ello la administración demócrata estadounidense no deja de luchar contra la violación de derechos humanos, la corrupción, el narcotráfico, el lavado de dinero y otros delitos cometidos por funcionarios de regímenes represivos y antidemocráticos en la región.
Contrariamente a algunos observadores internacionales, estamos convencidos de que la doble presidencia de Barack Obama quedará registrada en la historia de Estados Unidos y del mundo como episodio estelar, comparable en importancia con las presidencias de Franklin D. Roosevelt y de John F. Kennedy. En medio de una severa crisis económica y al cabo de una época de creciente desigualdad y plutocracia, Obama abre al pueblo norteamericano  renovadas esperanzas de democracia social. Al mundo exterior, incluida  América Latina, le ofrece iniciativas tangibles de reducción del contenido imperial de la primacía estadounidense (que seguirá existiendo por razones objetivas), para darle un carácter más cooperador y democrático a través de la acción multilateral. Consideramos particularmente admirable el hecho de que Obama vaya logrando su cometido con tranquila tenacidad, sin perder la compostura ante opositores indecentes que no han superado el racismo y no retroceden ante canalladas calumniosas.
Interpretando correctamente el hastío de los norteamericanos con el  intervencionismo unilateral de mandatarios anteriores, Obama dejó en claro su anhelo de dar prioridad a los problemas internos de su país y reducir sus compromisos externos unilaterales, procurando descargar responsabilidades en los hombros de aliados confiables. Ha puesto en práctica estas intenciones, al lanzar la iniciativa transpacífica que procura dar un marco multilateral a la previsible gran rivalidad global entre Estados Unidos y China. Por otra parte, dio a entender a sus aliados europeos –tanto en el marco de la OTAN como de la UE– que de ahora en adelante deberán asumir mayores responsabilidades globales y admitir que muchas veces Estados Unidos los “dirija desde atrás” y no desde las primeras filas. Hizo un loable esfuerzo para corregir errores occidentales pasados frente a Rusia e invitar a esta a formar parte del directorio mundial, pero ello fracasó por la excesiva desconfianza del presidente Putin. En la actual crisis ruso-occidental en torno a Ucrania, Obama resiste a las presiones peligrosas de “neoconservadores” empeñados en renovar la Guerra Fría, y alienta a los líderes europeos (primordialmente Merkel y Hollande) a negociar discretamente con Moscú para reducir las tensiones.
El mundo musulmán (Medio Oriente, Noráfrica y Asia Central), que es, al mismo tiempo, el “heartland” geoestratégico y energético del mundo, ha requerido un exceso de atención por parte de Obama y le ha quitado tiempo para ocuparse de algunas otras áreas (por ejemplo, América Latina y el Caribe). Pero ha logrado, en esa álgida región, el mayor de los éxitos: sin involucrar a tropas norteamericanas en ningún frente, ha alentado la formación de una alianza de gobiernos musulmanes responsables, encabezados por Arabia Saudita, para enfrentar militarmente al fascismo yihadista, tanto sunita como chiita. Ello  ha tendido a facilitarles a Obama y a John Kerry otro logro importante que es el preacuerdo con Irán para poner coto al  armamentismo nuclear de ese país y normalizar sus relaciones con el Occidente. Un efecto indirecto podría ser el de alentar un mayor avance de fuerzas moderadas o liberales dentro de Irán.
Por fin, Obama ha podido comenzar a reanudar la presencia estadounidense en las Américas. Ya era tiempo. La gran decisión de normalizar las relaciones con Cuba, y así alentar a esta a acelerar su inevitable proceso de liberalización económica y política, parece racional e inobjetable. Igual lo es su decisión de dejar muy en claro ante el mundo que por ello la administración demócrata estadounidense no deja de luchar contra la violación de derechos humanos, la corrupción, el narcotráfico, el lavado de dinero y otros delitos cometidos por funcionarios de regímenes represivos y antidemocráticos en la región.

(http://www.el-nacional.com/demetrio_boersner/geopolitica-Obama_0_607139374.html)

martes, 17 de febrero de 2015

NOTICIERO RETROSPECTIVO





- Carlos Moller. "Nuestro pasado colonial". Élite, Caracas, nr. 520 del 31/08/1935.
- Alfonso Rumazo González. "Derroteros: Bolívar y Rusia". El Universal, Caracas, 11/10/63.
- Juan Uslar Pietri. "Esquema histórico de la inmigración en Venezuela". El Nacional, Caracas, 01|/09/54.
- Coronel Jacinto Rafael Pérez Arcay. "Bolívar y la geopolítica". 2001, Caracas, 20/07/78.

sábado, 26 de julio de 2014

EL CHOQUE SIEMPRE PENDIENTE

EL NACIONAL - Miércoles 28 de Mayo de 2008     Nación/11
Petróleo y geopolítica
ANÍBAL ROMERO

Debemos admitirlo: somos en general de memoria corta. Ante el acentuado aumento de los precios del petróleo comienza a cundir el pánico entre los analistas, que no recuerdan crisis anteriores.
También en los años setenta y ochenta del pasado siglo se estremeció el mercado petrolero y los pronósticos geopolíticos eran aun más sombríos. Sin embargo, el mundo occidental, capitalista y democrático no hizo sino fortalecerse. Estoy convencido de que ocurrirá lo mismo como resultado de las actuales sacudidas.
¿Qué pasó después de la guerra de 1973 en el Medio Oriente y de la cruel confrontación entre Irán e Irak? Cabe resaltar dos hechos. En primer lugar, una enorme masa de dinero fluyó hacia los países productores de petróleo, todos los cuales, sin excepción, preservan sus rasgos de sociedades atrasadas y dependientes de un solo producto para sobrevivir y prosperar. En segundo lugar, las naciones capitalistas avanzadas del norte de América y Europa aprendieron a ser más eficientes en el consumo de energía derivada del petróleo, intensificaron su avance tecnológico y multiplicaron la riqueza generada por el trabajo y la innovación.
El oro negro sigue contaminando a los países que le poseen, países gobernados por monarquías reaccionarias (Arabia Saudita), satrapías orientales (Libia), o autocracias militarizadas y retrógradas (Rusia, Venezuela y Nigeria, entre otras). El dinero fácil continúa llenando sus tesorerías y los bolsillos de sus gobernantes, pero se trata de sociedades desiguales y estériles que carecen de las capacidades para superar con éxito los retos de la modernidad. En particular, los países de la OPEP no podrían solventar una caída de precios en el corto o mediano plazo sin experimentar severas turbulencias sociales.
La única novedad en el ámbito geopolítico, a decir verdad, es el programa nuclear iraní, cuyo futuro sigue en duda y que probablemente traerá más desgracias que beneficios al sufrido pueblo de esa nación. ¿Cuánta de esa tecnología es resultado del esfuerzo de las universidades y otros institutos científicos de Irán y qué parte ha sido comprada e importada? ¿Qué utilidad tendrá semejante proyecto en la mejora de la existencia cotidiana de la población? No demasiada, me atrevería a apostar.
El choque psicológico y económico de los elevados precios de hoy tendrá efectos saludables sobre el capitalismo, y conducirá a cambios significativos tanto en materia tecnológica como de conducta social. Ya es hora de que las naciones avanzadas del globo reduzcan su dependencia de Estados y gobiernos atrasados e irresponsables como los que forman la OPEP, y minimicen el dañino flujo de petrodólares hacia naciones que despilfarran el dinero o lo utilizan para desestabilizar el sistema internacional, como lo hizo Libia en su momento y ahora lo hacen Irán y Venezuela. Lejos de ser un factor negativo, los altos precios del petróleo son una bendición a mediano y largo plazo para las grandes democracias occidentales, y de manera especial para Estados Unidos.
Los opulentos, desinformados e ingenuos electorados occidentales llevan a cabo su aprendizaje político a través de sus bolsillos, y el precio de la gasolina les obligará a dejar de lado los inmensos automóviles e insaciables motores que les hipnotizan y que se traducen en millones de dólares para los jeques árabes y tiranuelos como Putin y Chávez. La transición a una existencia con menos petróleo será difícil pero no será mortal, y abrirá las puertas a una nueva etapa del capitalismo y la democracia, que vislumbro con optimismo.
En cambio, a los petroestados les aguarda sin remedio el conocido abismo de una dependencia todavía más profunda y degradante.

viernes, 7 de marzo de 2014

ANCLAJE (S)

EL UNIVERSAL, Caracas, 6 de marzo de 2014
Ucrania y la Caja de Pandora
Sólo la vía electoral puede arbitrar un ambiente de tanta polarización y complejidad
ALFREDO TORO HARDY 

Ucrania se ha transformado en punto álgido de la geopolítica global y en factor de amenaza para la recuperación económica europea y aún para la paz mundial. Cómo ocurre habitualmente no existe una lectura única para este tipo de acontecimientos.
Desde la óptica de la prensa occidental una ola de protestas, sustentada en el legítimo derecho de sus habitantes de estrechar vínculos con la Unión Europea y con Occidente, quiso ser aplastada a sangre y fuego por el gobierno, lo que desembocó en la caída de éste. En respuesta Rusia ha invadido a Crimea, al sureste de Ucrania, en una acción que rememora a Hitler y al inicio de la II Guerra Mundial. La violación de la legalidad internacional, tanto más significativa cuanto que en 1994 Ucrania y Rusia suscribieron un acuerdo de partición, exige de una respuesta firme por parte de la comunidad internacional. Este llamado es dirigido de manera particular a Obama, cuya falta de firmeza en Siria invitó al acto de aventurerismo que hoy lleva adelante el presidente Putin.
La lectura de Moscú, sin embargo, es muy distinta. Una ola de protestas desencadenada por el deseo de la Unión Europea de jalar a Ucrania hacia su bando, y apoyada claramente desde las capitales occidentales, buscó dar al traste no sólo con el orden institucional imperante sino con los estrechos vínculos que ese país tiene con Rusia. Cuando la tensión entre las partes llegó a un punto extremo y un acuerdo entre éstas, arbitrado por Alemania, Francia y Polonia, determinó una salida apta para preservar el ordenamiento institucional, se consumó un golpe de Estado que echó por tierra lo acordado.
Más aún, para Rusia no se trata de un incidente aislado sino del último capítulo de una larga saga cuyo objetivo es debilitarla y aislarla. Luego de la humillación y desmembración de su aliada Serbia por parte de la OTAN, de la expansión de dicha organización hacia los estados del Báltico que habían integrado la Unión Soviética y de la absorción por parte de la Unión Europea de varios estados de la Europa del Este que formaron parte de esa órbita, Rusia siente que la acción envolvente de Occidente da un nuevo paso. Para Moscú se trata, en este caso, de un paso que va demasiado lejos. No sólo existe una importantísima comunidad étnica rusa en Ucrania sino que en particular la península de Crimea es demasiado relevante para Moscú. Esto último en función de una historia plena de acontecimientos, por su significación geopolítica y por tener allí su asiento la base naval rusa del Mar Negro.
Una tercera lectura es la que dan los ciudadanos ucranianos. Allí la polarización es total. Para una mitad de éstos, aquellos que apoyaron las protestas, Ucrania debe fluir hacia la Unión Europea. Para la otra mitad, en cambio, el anclaje étnico, histórico y económico con Rusia es demasiado grande. Lo interesante es que esas dos mitades se encuentran linealmente repartidas entre el Oeste y el Este del país.
Si algún mensaje deja Ucrania es que sólo vía electoral pueden arbitrar un ambiente de tanta polarización y complejidad como el allí planteado. Dejar la respuesta a las calles es abrir la Caja de Pandora.

Brevísima nota LB: "Jalar". Extraño en el autor.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Coronel Jacinto Pérez Arcay. "Bolívar y la geopolítica". 2001, Caracas, 20/07/1978.
- J. M. y el aniversario de la Universidad Real y Pontificia. El Nacional, Caracas, 22/12/65.
- Miguel Layrisse.  "Recursos humanos en hidrocarburos y petroquímica". El Nacional, 09/08/74.
- Luis Herrera Campíns. "Los vamos a derrotar". El Nacional,  02/06/78.
- Gumersindo Rodríguez. "Período 1964-1969: la política económica de Raúl Leoni". El Nacional, 04/07/86.

Reproducción: El Universal, Caracas, 1958.