Mostrando entradas con la etiqueta Catalunya. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Catalunya. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de diciembre de 2017

DESTEJERARSE

EL PAÍS, Madrid, 12 de diciembre de 2017
TRIBUNA
¿Es urgente reformar la Constitución?
Adela Cortina
 
El año próximo cumplirá 40 años la actual Constitución española, la novena en la historia de nuestro país, que nació para establecer un nuevo marco legal y de convivencia que sustituyera al que estuvo vigente durante los años del franquismo. Su fecundidad durante este tiempo ha sido difícilmente cuestionable, pero en los últimos días numerosas voces insisten en la necesidad de reformarla, porque lo consideran necesario para resolver problemas graves de nuestro país. En las páginas de este mismo diario se ha apuntado a menudo que España padece una triple crisis, socioeconómica, política y territorial, y que una reforma constitucional podría venir a paliarla.

Sin embargo, comentando estos asuntos con algunos amigos nos preguntábamos si esto es así, si la reforma de la Constitución es prioritaria, o más valdría empezar por los problemas urgentes e importantes que pueden resolverse con los mimbres con los que ya contamos, no sea cosa que el bosque de la reforma posible oculte los árboles de las cuestiones más acuciantes. No sea cosa que olvidemos lo prioritario.

En efecto, según el CIS, la principal preocupación de los españoles, con toda razón, es el desempleo, muy sensible en todos los grupos de edad, pero especialmente en ese 40% de jóvenes que nunca han tenido un trabajo ni se les presentan perspectivas de tenerlo a corto plazo. El Informe FOESSA de 2017 denuncia que el 70% de los hogares no ha percibido los efectos de la recuperación económica, se han precarizado las condiciones de vida de los españoles, nos hemos resignado a la precariedad y a la cronicidad de la pobreza. Continuando con la enumeración, España no cumple sus compromisos de acoger a refugiados e inmigrantes, el maltrato a las mujeres no disminuye, al fondo de pensiones le queda dinero para una sola paga más, la financiación autonómica es enigmática, arbitraria e injusta, la corrupción sigue siendo una lacra de la vida política y la evidencia de que buena parte de los políticos busca el interés particular destruye la confianza y la credibilidad en ellos y en las instituciones.

Para resolver estos problemas prioritarios no es necesario reformar leyes fundamentales, sino algo obvio: intentar encarnar en la vida compartida los valores de la Constitución vigente, que incluyen la libertad, la solidaridad y la igualdad en un país configurado no solo como un Estado de derecho, sino también como un Estado social y democrático de derecho, es decir, como una democracia liberal-social.

Precisamente esos valores nos permitieron, después de los años del franquismo, poder asumir como país algo tan necesario como una identidad, inspirada en este caso en lo que se ha llamado “patriotismo constitucional”. Un término, acuñado por Sternberger, que fue difundido por Habermas cuando Alemania intentaba darse una peculiar identidad, que no podía construirse apelando a la narración nacionalista del Tercer Reich, pero sí recurriendo a la ilusionante narrativa del triunfo del Estado de derecho y de una cultura liberal.

Una identidad de este tipo no se construye partiendo de la nada, claro está, porque toda identidad política supone unas raíces, una historia compartida o varias historias compartidas y entrelazadas. Pero sí que transforma esas historias en algo nuevo al adherirse a los valores universalistas de la Constitución. Como es obvio, esta era también una excelente opción para una España que contaba con historias, narrativas y símbolos compartidos, y optaba por los valores universalistas de una Constitución democrática. Diferentes tendencias sociales y políticas podían confluir en esa identidad nueva.

Sin duda, el patriotismo constitucional tiene límites, entre ellos —según dicen algunos autores—, que incurre en abstinencia emocional, que no suscita las adhesiones emotivas requeridas por cualquier forma de patriotismo. Lo cual sería una deficiencia, de ser cierto, porque la dimensión afectiva, la experiencia emocional de un vínculo colectivo, es esencial. Sin una motivación moral, que impulse la adhesión al modelo político, la democracia no funciona adecuadamente. Por eso en los últimos tiempos se insiste en la necesidad de articular razón y emociones en la vida política, como apuntaba Marcus en The Sentimental Citizen (2002), recordaba Nussbaum en Emociones políticas (2013) y, más recientemente, Ignacio Morgado en Emociones corrosivas (2017). Si una sociedad democrática no trata de crear adhesiones también emocionales hacia sus principios, no es extraño que propuestas totalitarias o autoritarias, fuertemente emotivas, erosionen e incluso destruyan la democracia.

No es fácil superar este obstáculo, pero para lograrlo podría servir una distinción, que se ha hecho en el mundo de las motivaciones cívicas, entre un compromiso primario y un compromiso derivado con la comunidad política. El compromiso primario es el que el ciudadano contrae directamente con la comunidad porque es la suya, ocurra en ella lo que ocurra. Es el compromiso propio del patriota nacionalista. Tiene la ventaja de asegurar la lealtad de quienes lo sienten así, pero también el inconveniente de ser acrítico con las malas actuaciones de la propia comunidad.

El compromiso derivado, por su parte, es el que el ciudadano contrae con su comunidad política, con su Estado, sobre todo porque le parece un instrumento eficaz para realizar valores y principios universales que él aprecia de forma primaria. En este caso, el ciudadano se siente perteneciente a su Estado, pero se identifica primariamente con los valores y principios éticos que el Estado puede ayudar a encarnar, y se adhiere a él de forma derivada. Lo mismo sucede en el caso de comunidades políticas supranacionales, como la Unión Europea, que generarían entonces un compromiso derivado.

Naturalmente, constatar que los valores de ese patriotismo constitucional no se encarnan en la vida diaria, que no se resuelven problemas prioritarios como los que mencionamos anteriormente, provoca una crisis socioeconómica y política y genera desafección. Y se puede reformar la Constitución, por supuesto, porque no hay ninguna ley que sea intocable, ni siquiera la fundamental, pero no es eso lo que llevará a superar la crisis.

En cuanto al problema territorial, lo urgente y lo importante es revisar el sistema de financiación para que cualquier ciudadano se sepa y sienta igualmente tratado en cualquier lugar de España. Al fin y al cabo, la igual dignidad de las personas y el trato igual constituyen la divisa progresista de la Ilustración.
(*) Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y directora de la Fundación ÉTNOR.

Ilustración: Eva Vázquez para un texto de Manuel Fraijó sobre el diálogo :https://elpais.com/elpais/2016/09/05/opinion/1473077159_395461.html
Fuente:

EL PAÍS, Madrid, 25 de diciembre de 2017
TRIBUNA
La Corona y la Constitución
El discurso de Felipe VI en la noche del 3 de octubre tuvo una gran importancia en la crisis catalana. Se trató de una intervención nada inoportuna y justificada por el papel que la Ley Fundamental otorga al Jefe del Estado
Javier García Fernández

Durante la crisis secesionista catalana, el Rey tuvo una relevante actuación expresada en su mensaje del 3 de octubre que fue considerado como una declaración de guerra por los independentistas, los comunes y Podemos. Más sorprendente es que algún trabajo académico, tras criticar la intervención regia, lamentase que el Rey no hablara de los contusionados por las cargas policiales. No hace falta ser constitucionalista para entender la crisis política que conocería la Monarquía parlamentaria si su titular criticara implícitamente a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad dirigidas por el ministro del Interior. Las críticas independentistas y de sus aliados incitan a analizar jurídicamente el mensaje del Rey, máxime cuando es la primera vez que el nuevo Monarca tiene que afrontar una crisis constitucional.

Antes de examinar el alcance jurídico del mensaje regio conviene aludir a la problemática constitucional de los mensajes de los jefes de Estado y, más particularmente, al mensaje del rey Juan Carlos en la noche del 23-F. El tema de los mensajes de los jefes de Estado ha dado lugar a una abundante bibliografía en el siglo XX. Aunque en las repúblicas no se pone en cuestión la potestad de dirigir mensajes al Parlamento o a los ciudadanos, los mensajes regios en las monarquías parlamentarias son vistos con cierto recelo salvo en situaciones muy asentadas en la opinión pública —los mensajes navideños— o en actos protocolarios y siempre con el refrendo presunto del Gobierno. En general, los mensajes regios, por tener los reyes una legitimación tradicional y no democrática, solo parecen justificados en situaciones políticas excepcionales.

Por eso tuvo interpretaciones variadas el discurso del rey Juan Carlos en la noche del golpe de Estado de 1981. Sin entrar en el anclaje constitucional que los juristas buscaron para este discurso, conviene resaltar que, a diferencia del discurso del rey Felipe, el del anterior Rey se produjo ex post a la actuación que él mismo realizó para cortar el golpe de Estado. Por eso afirmó que había cursado a los capitanes generales la orden que leyó a continuación.

Fue un discurso de gran importancia política, pero meramente informativo porque la actuación jurídica del Monarca se había producido con anterioridad, al cursar, como titular de un órgano constitucional que no estaba secuestrado, la orden que leyó. Lo contrario que el mensaje de Felipe VI que fue emitido cuando no había vacío de poder.

¿Qué encaje constitucional tiene el mensaje de Felipe VI? En primer lugar, era un mensaje ex ante porque no informó de ninguna actuación jurídica ya producida, como hizo el anterior Rey en 1981. Constatada esta diferencia, veamos cómo encaja esa actuación en la Constitución. En primer lugar, recordemos una potestad que se ha invocado con frecuencia tras el mensaje (y que también se invocó en 1981). Se ha dicho que el mensaje regio tenía su justificación en la expresión “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones” que contiene el artículo 56.1 de la Constitución, pero hay dos razones que obligan a acercarse con reservas a esta función genérica.

En primer lugar, es una expresión originada en la teoría política de Constant que ninguna Constitución española del siglo XIX contenía y que fue “repescada” por Santamaría de Paredes para acrecentar las potestades del rey en la Restauración. Que apareciera en la Constitución de 1978 es todo un anacronismo y obliga a ver en esta función una actuación informal, por medio de la influencia (Manuel Aragón Reyes: Textos Básicos de Derecho Constitucional, II, Madrid, 2001, página 32). En segundo lugar, aun cuando consideráramos que la función arbitral y moderadora es una función con un contenido preciso que habilitaría la actuación del Monarca, el método lingüístico nos dice que con su mensaje Felipe IV no pretendía arbitrar entre dos partes ni tampoco moderar el funcionamiento regular de las instituciones, expresión esta última que empleó precisamente como atribución de los legítimos poderes del Estado, en su conjunto.

Pero el hecho de que el mensaje no tuviera cobertura en la vaporosa función arbitral y moderadora no quiere decir que no tuviera encaje constitucional. A mi modo de ver, el discurso del Rey en la crisis catalana trae causa, en primer lugar, del juramento de guardar y hacer guardar la Constitución que el artículo 61.1 de la Constitución obliga a formular al Rey al ser proclamado ante las Cortes.

Ese mandato, que ni siquiera es una función o una facultad, posee suficiente densidad jurídica para que el Rey, excepcionalmente, se dirija a la opinión pública a advertir y a dar su opinión, dos de las funciones que Bagehot atribuía a los monarcas constitucionales. En segundo lugar, el Rey intervino en condición de símbolo de la unidad del Estado, como proclama el artículo 57.1 de la Constitución.

Si desde un punto de vista teleológico el discurso regio respondía a las previsiones constitucionales hay que ver si su contenido material también respondía a parámetros constitucionales, a fortiori cuando hay constitucionalistas que creen que el Rey carece de libertad de expresión.

Primeramente, el discurso describía muy negativamente la situación en Cataluña y lo hizo con una claridad que ninguna autoridad estatal había empleado hasta entonces. En segundo lugar, el Rey instó a los poderes del Estado a asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones para acabar tranquilizando a los ciudadanos y subrayando el compromiso de la Corona con la Constitución y la democracia. No parece que en el mensaje hubiera proposiciones de contenido inconstitucional.

En 1981 no se hubiera entendido que el Rey no diera órdenes a los mandos militares y en 2017 no se hubiera entendido el silencio del Monarca que quizá se habría interpretado como complicidad con los separatistas o como expresión de desidia o temor ante el problema.

El discurso, quizá exorbitante en una situación de regularidad institucional, no parece inoportuno en una crisis constitucional de esa importancia. Teleológicamente estaba justificado y su contenido material, con el refrendo presunto del Gobierno, era lo propio de quien simboliza la unidad del Estado y tiene que guardar y hacer guardar la Constitución.

(*) Javier García Fernández es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense de Madrid.

Ilustración: Eva Vázquez: http://evavazquezblog.blogspot.com/2014/03/
Fuente:

sábado, 25 de noviembre de 2017

SE QUEDARON ESPERANDO

Lecciones de geopolítica para la fallida República de Cataluña
Nov 19, 2017 8:31 am 
Jesús Manuel Pérez Triana, en "Guerras Posmodernas"

Los criterios que generalmente se emplean en derecho internacional público sobre qué constituye un Estado Nación se toman de la Convención de Montevideo, aunque yo como sociólogo prefiero emplear a  Max Weber.

Vean por ejemplo esto que escribí en 2014: “Palestina como Estado fallido”. Cataluña cumplía los tres primeros requisitos: Población, territorio y gobierno claros y definidos. Después de la Declaración Unilateral de Independencia del viernes 27 de octubre sólo faltaba una cosa: reconocimiento internacional. Pasaron las horas y ningún país soberano reconoció la República de Catalunya. Nadie quería establecer relaciones bilaterales con el nuevo país. Pasaron los días y tampoco. Alguno sigue esperando.

Recuerdo cuando los tiempos que políticos de otros países europeos anunciaban que apoyarían la independencia de Cataluña. Juraría que más de uno de las repúblicas bálticas y otros países ex-comunistas cuya soberanía quedó limitada durante la Guerra Fría. Por evidentes razones de memoria histórica, esos países parecían dispuestos a acudir en ayuda de la futura naciente república catalana, ofreciendo el necesario reconocimiento diplomático que permitió el éxito de las declaraciones de independencia de países como Lituania o Eslovenia.

Pero lo que se sucedieron en las primeras horas tras la Declaración Unilateral de Independencia catalana fueron declaraciones oficiales de apoyo a la unidad de España. Sergio Maydeu Olivaresse dedicó a recopilar esas declaraciones y compartirlas en su perfil de Twitter. Su criterio fue no hacer caso a declaraciones de políticos a la prensa, sino sólo compartir enlaces a las comunicados oficiales surgidos de los gobiernos. O en su defecto, enlaces a los tuits lanzados por los dirigentes de cada país. Repasé la lista desde el principio y entre los primeros gobiernos en manifestarse encontré algo curioso. Aparecían los países cercanos a España (Portugal, Francia, Italia y Marruecos), países hispanoamericanos y un tercer grupo. Se trataban de Noruega, Finlandia, Lituania, Letonia Estonia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Moldavia y Kazajistán.

Me llamó la atención ese tercer grupo porque no son países que uno tenga en mente cuando piensa en los lazos fraternales e históricos de España. No recuerdo mucha literatura sobre la “tradicional amistad hispano-kazaja”. Pero el patrón me pareció evidente. Eran todos países preocupados por la Nueva Guerra Fríay la actitud de Rusia tras los acontecimientos de Ucrania en 2014. No es difícil imaginar la poca gracia que hace en esos países los movimientos separatistas, con el recuerdo presente de los “hombrecillos verdes” rusos en Crimea y la posterior acción rusa en Ucrania oriental. En esa lista de países, cada cual tiene su historial de problemas con Rusia, minorías rusas o ambos. Y no sólo hablo de los casos evidentes de las repúblicas bálticas o Kazajistán. Hablo de las conexiones con Rusia del nacionalismo en Gagauzia, la región de Moldavia.

Capítulo aparte merece el rechazo generalizado en Europa a un continente fragmentado en paisitos, lo que haría imposible el funcionamiento de la Unión Europea. Pero añadamos algo más que señalé en su momento y que más de uno tomó a guasa. España había mostrado claramente su compromiso en la defensa colectiva de las repúblicas bálticas. Primero, participando con cazas en el programa Air Policing de la OTAN. Y este año, participando con un destacamento mecanizado en Letonia el despliegue multinacional Enhanced Force Presence. Escribí sobre él en “Rumbo a Letonia. Y España entró en la Nueva Guerra Fría“.Aposté entonces que no veríamos reconocimiento diplomático alguno desde las repúblicas bálticas a Cataluña.

Las cabezas pensantes del Procès pasaron por alto las transformaciones geopolíticas en Europa en el contexto de la Nueva Guerra Fría. Marta Pascal, coordinadora del PDeCAT, decía el otro día que, el ver que no llegaban los reconocimientos diplomáticos, “ha generat una sensació de ‘ostres, què ha passat aquí’?” Alguien en Cataluña no hizo los deberes y la Generalitat se lanzó a un salto al vacío.

Fuente: https://www.lapatilla.com/site/2017/11/19/lecciones-de-geopolitica-para-la-fallida-republica-de-cataluna/

viernes, 24 de noviembre de 2017

SORAYOS

EL MUNDO, Barcelona, 22 de noviembre de 2017
Desconstitución
Federico Jiménez Losantos

Si un dromedario es un camello dibujado por un comité, la Desconstitución sería la Constitución Española desdibujada por ese comité de catedráticos en Derecho Constitucional, tan cursi y fatuo que se bautiza "voluntariado cívico". Para entendernos: voluntarios llamados por los partidos políticos, el Gobierno y agentes cívicos para enmendar la plana a la ciudadanía que ha osado echarse a la calle con su bandera, sin aguardar a los partidos que nos han llevado a este desastre ni pedir opinión a 10 o 12 sorayos de cátedra, es decir, socialistas al baño maría de la Moncloa.Si la enseñanza ha sido destruida por la pedagogía y a la literatura la ha arruinado la metaliteratura, la Constitución Española no funciona porque los políticos, apoyados por comités expertos en justificar lo que les digan, la someten a la trituradora autonómica, esas 17 pirañas que han devorado al Estado y destrozado a la Nación. En las Cortes, los socialistas que amamantan este voluntariado de cátedra han saboteado en dos días el intento de Ciudadanos de enmendar dos situaciones rabiosamente contrarias al principio de libertad e igualdad ante la Ley, raíz de la Constitución: el Cupo vasco y el adoctrinamiento en las aulas; o sea, el privilegio fiscal y la tiranía educativa, que a partir de la inmersión lingüística discrimina a todos los castellanohablantes españoles en seis comunidades: Cataluña, Baleares, Comunidad Valenciana, Navarra, País Vasco y Galicia.Los sabios cumbayás del PSOE y el PP buscan lo que niegan: apaciguar el separatismo catalán destruyendo el orden constitucional. El artículo 2 lo derogarían por la espalda mediante disposiciones adicionales, apósitos desconstitucionales para reconocer la singularidad catalana y las que vengan. Su federalismo -tan sociata- necesitaría la destrucción previa del Estado español; y el arma es, claro, la metástasis autonómica. Sus Estatutos serían votados en los parlamentos regionales, sin pasar por las Cortes, y serían la base de la Desconstitución. Las autonomías rendirían acatamiento simbólico a España y atentarían realmente contra los derechos de los españoles, como hacen; y el Estado no podría recuperar las competencias en Seguridad y Educación que jamás debió transferir. O sea, un apaño para ir tirando cuatro añitos y el que venga detrás, que arree.

Fuente:

viernes, 27 de octubre de 2017

SOPESAMIENTO

EL MUNDO, 25 de octubre de 2017
TRINOS Y REBUZNOS
Pablo en epístola
Santiago González

La cosa funciona así: Pablo Iglesias acuña la estupidez, digamos el concepto, y luego lo usan sin tasa los acólitos: Irene 'Krupskaia', 'Echeminga', Miguel Urbán y hasta Monedero.Los conceptos se sustituyen por otros a medida que quedan obsoletos. La casta fue arrumbada por la trama, luego vino la mafia y, después, la triple alianza. Lo último es el bloque monárquico, que está llamado a dar tardes de gloria a estos menguados . "¿Qué hace un jugador de ajedrez cuando va perdiendo? Mover al rey", escribe el chisgarabís, que tampoco sabe jugar al ajedrez. La figura del rey no tiene capacidad ofensiva. Un ajedrecista está obligado a proteger al rey, vaya como vaya, para no perder la partida. La teoría de la relatividad de Newton. Tengo ya dicho que Iglesias está muy sobrevalorado intelectualmente, aunque si lo comparamos con su tocayo lunfardo, podría pasar por Samuel Johnson. Dice esta figura que "el bloque monárquico quiere una segunda transición que dejará fuera a 6,5 millones de personas".Ya serán menos. Iglesias trata de contener la sangría de los votos que se anuncia. Soñaba con el sorpasso al PSOE y va a ser adelantado por Cs. Philmore A. Mellows, posibilista, encuentra alguna ventaja en el desbarre catalán: "Si gracias a Puigdemont Podemos pierde otro millón de votos, antes de encarcelarlo (digo que) se le conceda la Orden del Mérito Civil". Es trino. El rebuzno de la semana es la implacable denuncia Echeminga: "El Rey se posiciona con el bloque monárquico".En el magro espacio de esta columna no caben las ocurrencias del líder, que ha brillado en el género epistolar. En la carta de Pablo a sus adefesios denuncia que "la suspensión (sic) del autogobierno de Cataluña hará saltar por los aires uno de los pactos cruciales de la Transición". ¿Recuerdan cuando a eso lo llamaba el cerrojo del 78? En su epístola al Rey le acusa de "espetar un discurso a un gobernante democrático, elegido por las urnas". ¿Puigdemont? Qué va, hombre. Fecha el discurso del Rey el día 4-O (fue el 3). Si Puigdemont hubiera sido elegido, que no es el caso, lo habría sido en las urnas, por los ciudadanos. Finalmente, se despide del Rey con lo que parece el nuevo mantra: "No queremos vivir otra vez el franquismo". Lo escribe un memo que nació tres años después de la muerte del dictador, hay que joderse.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/10/25/59ef7d55268e3e834c8b4644.html
Ilustración: Marcos Osorno.

sábado, 7 de octubre de 2017

CACHICAMOS DICIÉNDOLE A MORROCOY, "CONCHÚO"

Del catalanismo de Maduro
Luis Barragán

Inoportuno e innecesario, Cataluña vive un drama que intenta atajar el rey desde la sobria perspectiva que ha cultivado. Historial aparte, con todos sus (des) aciertos, la región sufre las consecuencias del nacional-populismo que ha penetrado la exitosa experiencia comunitaria europea, tratando de empujarla hacia una injustificada debacle, quizá a favor – por ejemplo – de China que, igualmente, constituye un bloque artificial de varias nacionalidades.

Fenómenos de un mismo tenor, en la era de la globalización y de la glocalización que parte de una radical transformación del Estado Nacional, surge el independentismo catalán, como algún día pudiera ocurrir algo  semejante con las provincias de Barcelona, Gerona, Lérida y  Tarragona, repetido el cuadro de presiones y tensiones hoy sostenido con Madrid.  Por lo demás, de radicalizar todas las identidades del mundo, tendríamos – recordando un viejo dato de Tofler – más de cinco mil comunidades, retardando el fenómeno en cuestión e involucionando hacia los pasos iniciales del Estado Nacional que evitaría el definitivo naufragio impuesto por la anarquía, por no vislumbrar la fragmentación que también experimentarían – tarde o temprano – internamente Córcega, Baviera o Escocia. 

El asunto sabe de una enorme complejidad que groseramente simplifica el oportunismo de sendas corrientes políticas que compiten desleal e irresponsablemente, añadidos sus intérpretes más distantes. Así, Nicolás Maduro, por cierto, quien a estas alturas de la vida no ha exhibido su partida de nacimiento, siendo tan elemental el requisito, incurre en el cinismo más descarado al apuntar a Mariano Rajoy por la represión que ha ejercido en Cataluña, la cual no tiene comparación con la demencialmente vivida en la Venezuela que, por escasos meses, vivió el asesinato de más de cien jóvenes que protestaron pacíficamente a un régimen conculcador de las libertades públicas.

La temeridad del intérprete que nunca ha expuesto curiosidad, inquietud e interés alguno por las cuestiones que vayan más allá de Miraflores, creyéndolo ombligo de las angustias universales, por delimitado que sea el palacio, tiene muy pocos alcances. El más obvio riesgo está en alborotar, por sacarse una espina moral, nuestros regionalismos, comenzando por el zuliano, que segura e inmediatamente provocará la observación y reprimenda de los dueños reales del Estado Cuartel al que hemos arribado.

El catalanismo de Maduro Moros no pasa de un tremendismo circunstancial, pues, declarada la independencia de Cataluña,  resultaría impensable que oficialmente la reconociese con la pretensión de generar un caos de utilidad inmediata, a la postre contraproducente. Valga acotar, vapuleado Podemos en España, la sucursal extra-continental del chavismo que acá agoniza, bien podría respaldar y abrir el sendero para un mediador como Rodríguez Zapatero, redondeando la faena.

lunes, 2 de octubre de 2017

DEMANDA DE SENSATEZ

Nota
Tomás Straka

¡Qué difícil es para los venezolanos salir de nuestras particulares tormentas para pensar en cualquier otra cosa!
Lo de Cataluña es un ejemplo. Hemos oído mucho sobre secesionismos últimamente -Crimea, los kurdos, Escocia que se quiere ir de UK; ésta que se fue de la CE, etc- pero es el primero que más o menos nos importa por su cercanía. Hay problemas de fondo que no aparecen por primera vez en la historia y que, de hecho, están en la base de nuestra nacionalidad. Mucho de lo que se argumenta ahora de lado y lado en la península, se oyó acá en 1810 u 11 (en especial me acuerdo de aquello de: ¿y qué viven en Caracas, españoles o hotentotes?, que espetó un gaditano ante nuestro independentismo).
La tensión entre el derecho a nulificar los pactos de las confederaciones, que ninguna, que sepa, acepta (y que fue la base de la guerra de secesión norteamericana); y la autodeterminación de un pueblo a organizarse como Estado-Nación, es lo que está en el fondo. Pero acá básicamente lo vemos desde el prisma de que los independentistas catalanes suenan a Podemos y han recibido la bendición de Maduro; y Rajoy ha denunciado a nuestro actual régimen. Con base en ello hacemos simplificaciones y tomamos partido. Se comprende, porque así actuamos los desesperados; pero no por comprensible conduce a razonamientos que ayuden a entender bien las cosas.
No tengo la capacidad para opinar demasiado por el momento. Sólo que temo por la paz y la democracia españolas. ¿Qué va a hacer el Estado español ante la declaración de independencia, sobre todo cuando tiene otros secesionismos con que lidiar? ¿Hasta dónde están dispuestos a defender su independencia quienes acaban de afirmar que formarán una república? ¿Qué papel jugarán el Rey y las fuerzas armadas, sobre todo si sienten que Rajoy es muy suave o las cosas se salen completamente de cauce?
Ojalá prive la sensatez. Quisiera oír lo que gente con más formación en asuntos de derecho internacional pueda decir al respecto. Sobre todo en clave de hallar una solución que de momento -¡ojalá me equivoque!- no veo fácil por las buenas.

Fuente:
Ilustración: S/a, tomada de la red.

jueves, 28 de septiembre de 2017

NACIONALPOPULISMO

EL MUNDO, Barcelona, 24 de septiembre de 2017
CARTAS A K.
Calor de ley
Arcadi Espada

Mi liberada:Como sabes, creo que el ocio, tan malsano según los viejos breviarios, es el principal sustento del apoyo en las calles a los planes del gobierno ilegal. El apoyo no pasa hasta ahora de simbólico. Una revolución necesita revolucionarios y estos días va a verse cuántas personas (personas y no grey mediática) hay dispuestas a perder una hora de trabajo por la estúpida independencia. Pero mi problema hoy es otro. Es el de saber cuántas personas hay en España dispuestas a perder una hora de trabajo (¡o de ocio!) en la defensa del Estado de Derecho. Sobre este asunto circula una teoría blanda y pasiva, que aspira con un punto de empalago a la irreprochabilidad. Los demócratas no tendrían necesidad de movilizarse, porque el Estado ya se moviliza por ellos. La teoría justifica muchas conductas. Por ejemplo, la de mi amiga y patriota L, que pasará el día de la infamia cabalgando. Y es la teoría predilecta de los partidos que no han cumplido con sus obligaciones. Durante décadas ni el Partido Socialista, que es el enfermo bipolar de la democracia española, ni el Partido Popular, cuyos complejos lo conducen con frecuencia al estado de coma, han trabajado por el desprestigio moral, político y cultural del nacionalismo, tarea a la que los obligaba sus elementales convicciones acerca de la igualdad y la libertad. Ni siquiera en este tiempo de fibrilación mediática la movilización se improvisa. Una de las tantas ridículas mentiras del nacionalismo es asegurar que sus movilizaciones son espontáneas. No lo son por ausencia de convocatoria, que la hay siempre y eficazmente replicada; pero, sobre todo, porque desde hace años la sociedad nacionalista está movilizada permanentemente, desde que se levanta para ir a la escuela hasta que se acuesta con el último informativo de la televisión pública. Sin embargo, y después de 40 años, el éxito de movilización ha sido relativo. El gran trauma silencioso del secesionismo es que solo ha logrado alistar a catalanes de origen, rompiendo definitivamente con su mantra falaz de la unidad civil de Cataluña. La relación entre el voto independentista y la lengua materna (y entre el voto secesionista y la frecuentación de la radiotelevisión pública, que ha analizado el estadístico Albert Satorra) es incuestionable y exhibe, no solo el fracaso del nacionalismo, sino la medida de la irresponsabilidad de un plan de ruptura que no alcanza ni de lejos la adhesión de la mayoría de ciudadanos. Al otro lado está la que llaman, con una punta de misterio, mayoría silenciosa. Pero como sucede con la movilización nacionalista no hay mayor misterio con ella. Ni la mayoría ruidosa ni la mayoría silenciosa actúan espontáneamente. Se trata de una población, algo más de la mitad de la población, que vive en campo contrario ajeno gracias a la insidiosa labor del nacionalismo pero también gracias a la pasividad de los dos partidos españoles, a los que ahora cabe añadir Ciudadanos, también y sorprendentemente desinteresado en impulsar la movilización de la sociedad civil favorable. La mayoría silenciosa no debe su adjetivo a ninguna especial condición biológica, sino al hecho, claro, puro y simple, de que nadie le ha pedido la palabra. Es evidente que el constitucionalismo, por su propia conducta no puede competir con el secesionismo en la frecuentación de la calle. Pero otra cosa muy distinta y desmoralizadora es que haya renunciado a trazar un vínculo caliente, emocional con los ciudadanos que en Cataluña están del lado de la democracia. A lo largo de esta semana el nacionalpopulismo ha mostrado su cara más siniestra, que ha incluido la actividad borroka de sus escuadrones. La complicidad insurreccional, al menos por pasiva, de los mandos de la policía catalana, sobre los que es difícil mantener una conjetura de lealtad constitucionalista y los graves errores del ministerio del Interior, que no previó un dispositivo de seguridad propio en la actuación de la Guardia Civil en el departamento de Economía y que envió a cuerpo gentil a la policía a la sede de la CUP, dieron lugar a escenas de humillación y peligro intolerables en un Estado de Derecho. A ellas se añadieron algunos sucesos relativamente menores como el de la bravuconería arrogante de los estibadores del puerto de Barcelona que vocearon su negativa a colaborar en la logística de los barcos que alojarán a la policía. O la ya habitual presión de la turba a los jueces, esta vez frente al edificio donde interrogaban a los imputados del departamento de Economía. Estos sucesos, que se enmarcan en una estrategia de intimidación del secesionismo, van recibiendo respuestas más o menos eficaces del Estado. La última, la coordinación bajo un mando único de todas las policías que operan en Cataluña. Pero la sociedad civil democrática sigue hablando en voz baja. Y aún es la hora de que los partidos que la representan hayan expresado un mínimo sentimiento de cordialidad hacia las policías, acosados e insultados por el matonismo nacionalista de la misma forma y por las mismas razones que los alcaldes democráticos han sido señalados, insultados y acosados. El Estado tiene el monopolio de la violencia, entre otros contundentes monopolios; pero la acción democrática la comparte con los ciudadanos. Hay una última y delicada responsabilidad que el ciudadano no puede delegar en el Estado. Alude a su propia dignidad política. Esa responsabilidad es un aliento imprescindible de la ley. Y promover y organizar su ejercicio, ¡ese calor de ley!, es una tarea que compete, principalmente, a los partidos, entre otras muchas razones porque son los que traducen en ley la voluntad de los ciudadanos. El encuentro público entre iguales no debe ser del dominio exclusivo de la demagogia populista. Si no defendida, la democracia debe ser celebrada en la calle. Y hasta este momento del Proceso en la calle catalana la democracia solo se pisotea. Es inaudito que a una semana del peligroso 1 de octubre los partidos no hayan convocado en Barcelona, en el centro del acoso nacionalpopulista, una manifestación de celebración democrática que reúna a los españoles libres e iguales de Cataluña y de fuera de Cataluña. Y cuya banda sonora sea Mediterráneo, este himno antixenófobo, que desde anoche suena en Cataluña cual sofisticada alternativa -lo admito, libe: ¡cómo nos hemos de ver!- a las rítmicas, guturales y oscuras cacerolas, ajenas a las armonías complejas.Y sigue ciega tu camino.A.

Fuente:
Ilustración: Raúl Arias.

INCERTIDUMBRE

EL MUNDDO, Barcelona, 18 de septiembre de 2017
EL RUIDO DE LA CALLE
Alcaldes dolicocéfalos
Raúl del Pozo
 
"Un vulgo errante, municipal y espeso" ha tomado el palacio gótico. La vara de los alcaldes, como la de la Justicia, es símbolo de autoridad y tiene connotaciones fálicas. Es metáfora del pene. La han utilizado para dar varazos a la Constitución, poniendo los huevos sobre la mesa. Setecientos alcaldes, autoridades menores, políticos de bache y farola, erguidos como gallos, con las varas enhiestas, se han convertido en maleantes. Se colocaron detrás de los cabecillas del motín, entre los que está Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, y los jefes del Govern títere. Como se lee en el Quijote, no rebuznaron en balde el uno y el otro alcalde porque, según el ministro de Justicia, si son 700 los que nos dieron coces, serán 700 los que irán a juicio. Habrá que verlo y habrá que observar si el Estado democrático es capaz de desmontar el retablo de los tramposos.No sé si llegarán a tiempo los yanquis para desarmar a los segregacionistas, cuyos barandas, "una república de municipios independientes" (Carlos Marx), ya no representan a sus vecinos sino a los enemigos de la ley. Pero dominan la parte más hostil del territorio y van a traer de cabeza a los fiscales.Los alcaldes que han desafiado a la Constitución no emularon al alcalde de Zalamea y o al de Móstoles. El de Zalamea, protagonista de la obra de Calderón, que luchó contra la sublevación de Cataluña, defendía a los vecinos contra el poder, mientras que los ediles catalanes apoyan a una banda facciosa del propio Estado. El de Móstoles apoyó a los españoles y éstos ya son los enemigos de los españoles que viven en sus municipios. El referente de estos secesionistas es, más bien, Bartomeu Robert, que fue alcalde de Barcelona y tiene monumentos y calles en toda Cataluña. Era dirigente de la Lliga cuando, según Pla, los catalanistas eran "cuatro gatos" y tenían fama de chalados. Decía el alcalde Robert, aquel padre del nacionalismo, que España era un país moruno y que la raza catalana era superior a la castellana. Defendía la rassa y distinguía tres perímetros craneales, braquicéfalos atlánticos, dolicocéfalos mediterráneos y mesocéfalos mesetarios.Toda esta pesadilla empezó cuando Pi i Margall ideó aquella cursilada de las nacionalidades, después del cantonalismo y la república federal frustrada. Desde entonces los españoles se han enfrascado en una conversación bizantina, estúpida e interminable, preguntándose si es igual nación que nacionalidad, sustancia que calificación y si es posible un solo Dios entre tantos dioses.Mientras, los sediciosos preparaban el asalto a la nación después de una escalada de intoxicaciones, una charca de mentiras, una sucesión de gatadas, astucias, engaños y simulaciones. Empezaron con el derecho a decidir y acabaron con el referéndum de autodeterminación. Y ahora la gente en Cataluña no sabe quién representa la ley y quién el delito, cuando está clarísimo quienes están con la democracia.Que no duden: el delito está en los que han atacado la Constitución, el Estatuto de Autonomía, la Generalitat y la soberanía nacional.

Fuente:
Iustración: Ulises Culebro.

domingo, 10 de septiembre de 2017

FALSO PARTIDO

EL PAÍS, Madrid, 10 de septiembre de 2017
 EL ACENTO
Este partido lo perdemos todos
Berna González Harbour

Hay un cierto aire de final de fútbol, de partido entretenido en el que un equipo y otro se golean, regatean, amagan, esconden la alineación y agitan banderas para animar a los suyos. Un partido triste de una liga que seguimos pocos porque aburre a las ovejas, pero que en estos días tiene un punto extra de animación porque el entrenador de un lado ha sacado al campo a los del juego sucio (Forcadell, pura zancadilla o patada en la espinilla como si no existiera la repetición de la jugada: la vemos todos) y el entrenador del otro lado juega correcto y ha desplegado todos los fichajes necesarios, aunque siga sin enamorar.

Pero no nos equivoquemos, porque esto no es un partido. Que el Parlament apruebe la ley del referéndum y que el Constitucional la anule, que los buzones de 947 alcaldes se llenen de cartas de Puigdemont conminándoles a participar; del Gobierno en contra; del Constitucional apercibiéndoles por si acaso; de informes jurídicos; de sentimientos en contra y a favor; de protestas y señalamientos... no puede contarse en goles ni en tantos de pimpón, aunque a ratos apetezca.

¿Contamos los Ayuntamientos a favor del referéndum por unidades, como hace Puigdemont, para decir que 642 se han adscrito? ¿o los contamos por población para ver que representan poco más del 40%, como dicta el sentido común? ¿Contamos las barbaridades por los tuits que generan o intentamos elevar el foco y analizar con frialdad cómo se destruye la convivencia en una espiral que dejará heridas para siempre? Rufián no sabe cómo se sacará al Ejército de Cataluña ni cómo se asumirá el control aéreo, porque —dice— le importan más los últimos contratos de venta de armas. Armas que también vienen de Cataluña, pero no estamos para matices. Tardà nos dice que el 1-O votarán entre Cataluña o la corrupción y los Pujol, Mas, convergentes y la propia ERC nos siguen sosteniendo la mirada como si —otra vez— no pudiéramos dar al botón de repetición de la jugada y revisitar lo que han hecho. Lo vimos todos.

La mentira es la nueva verdad porque la nueva legalidad es ilegal, y la fractura que hemos visto en el Parlament se empieza a trasladar como leche hervida que desborda su puchero a todos los municipios. Lo vimos en Euskadi y fue doloroso. El Gobierno catalán ha trucado las reglas hasta hacer posible que una diputada de Podemos retire las banderas españolas que unos diputados tan votados como ella pusieron con la catalana para dejar algo más simbólico que su ausencia de un voto para la vergüenza.

Stefan Zweig describe en El mundo de ayer la placidez que vivió en su niñez en Viena, cuando la civilización que le rodeaba creía haber llegado a la meta más allá de la cual poco se podía mejorar. El bienestar económico y la viveza intelectual parecían haber construido la sociedad perfecta. Entonces era impensable la guerra, la destrucción, la persecución del diferente, el señalamiento del “otro” que le llevó a él mismo a huir hasta morir suicidado en Brasil, incapaz de comprender y asimilar. Nos dotamos de unas normas para convivir. Cambiémoslas si se deben mejorar. Pero no en un falso partido en el que, aunque gane la ley, perdemos todos.

Fuente:
https://elpais.com/elpais/2017/09/09/opinion/1504968054_342268.html
Fotografía:  Alejandro García (EFE).La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, a su llegada al Ayuntamiento de Barcelona. 

PATAS CORTAS Y LENGUA LARGA

EL MUNDO, Barcelona, 10 de septiembre de 2017
 A VUELTA DE PÁGINA
El ciempiés andante y el sapo burlón
Francisco Rosell

Ha hecho fábula el desconcierto que le produjo a un envanecido ciempiés no saber qué manifestar cuando un burlón sapo le alabó su destreza para mover tantas patas interesándose por cómo lo hacía. A bote pronto, el miriópodo juzgó la pregunta ridícula, pero raudo se sumergió en un mar de titubeos. Era perceptible su desazón al ver como no atinaba con la respuesta entrando en pánico al percatarse de que incluso se le había olvidado caminar. Inmovilizado en el lugar del fatal encuentro, ésa sería su tumba.

El dilema del ciempiés, o la dificultad de hacer de modo consciente aquello que se obra automáticamente, se visualiza estos días cuando el Gobierno de la nación procura activar todos los resortes del Estado para afrontar la intentona golpista del independentismo catalán para romper España. No es la primera vez, acreditando la sentencia de Bismarck de que España es la nación más fuerte del mundo, pues sus habitantes llevan siglos acometiendo su derribo. Claro que nunca hasta ahora se había originado un golpe de Estado parlamentario, presto a tornar en rebelión totalitaria. Conviene no perder de vista, en medio de la marabunta, que confluyen dos movimientos: uno primordialmente nacionalista contra España, y otro comunista en contra del sistema democrático, lo que desencadenaría un choque civil, como los que llevaron a su burguesía a auspiciar las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco, con Cambó y los catalanes de Burgos de avanzadilla, al ponerse en riesgo sus negocios levantados al socaire del proteccionismo.

Un proteccionismo que primero tuvo su expresión política en el catalanismo, luego en el nacionalismo y ahora en el independentismo. Todo ello alentando un falso agravio tras disfrutar, en las últimas cuatro décadas de democracia, del privilegio de quitar y poner gobiernos a su antojo. Además de disponer en la buchaca del "voto de oro" que decidía la aprobación de los Presupuestos del Estado. Tras lustros reclamando las balanzas fiscales, en cuanto han revelado la falacia del 'España nos roba', buscan arrojarlas al desván del olvido.

Ante tamaño atentado, el Estado afronta un desafío en el que se juega el ser o no ser movilizando todos los instrumentos a su alcance o quedando paralizado como el ciempiés. En el segundo caso, el rotundo compromiso del presidente Rajoy quedaría reducido a virutas de retórica con las que alfombrar el suelo antes de ser barridas. No en vano la historia atestigua que "el poder es la impotencia", como se sinceró De Gaulle, y el Estado simula ser el gigantón Gulliver atado de pies y manos.

Mucho más en España. Una suicida política de quimérico apaciguamiento de los nacionalistas ha llevado a concesiones que han desembocado en un Estado inerme ante un separatismo del que se ha hecho tributario, en vez de desmontar un tinglado que puede ser su patíbulo. Lo evidente se ha hecho clamoroso: Un Estado, desprovisto de administración periférica, carece de instrumentos bien dispuestos para preservar su unidad frente al enemigo interior, salvo encomendarse a los jueces.

Esa vicisitud ya la padecieron Rajoy y Sáenz de Santamaría, comisionados por Aznar en 2002, para remediar la catástrofe del petrolero Prestige en las costas gallegas. Rajoy era un general sin tropa, debiendo pechar con amenazas a familiares y cerco a sus casas. Y menos mal que el PP echó en saco roto la ocurrencia de Fraga en un congreso del PP, como si esto fuera Alemania, de convertir a las autonomías en Administración Única, lo que dejaba al Estado para vestir santos. Beligerante contra el título VIII, la edad y el sitial de la Xunta metamorfosearon a Fraga en ferviente confederalista. Rajoy recondujo la "Administración Única" en "Administración Común" y dejó que el tiempo rematara la faena. Quizá aquella destreza le sirva para redirigir esa comisión solicitada por Pedro Sánchez, con el objetivo de recoger las demandas nacionalistas, cuando lo que se impone es refundar el Estado más sólido tras el horadamiento del tronco común por orugas proces(ionarias).

La crisis del Prestige fue reflejo, tiznado de chapapote, de un "Estado sin territorio", en expresión de Sosa Wagner. El Estado de las Autonomías ha retoñado las jurisdicciones señoriales con las que había arramplado el Estado moderno. Fruto de esa refeudalización, esta España fragmentada se diluye hasta parecerse a lo que Delors, 10 años su presidente, decía de la Unión Europea: "Un objeto político no identificado". Todo ello propiciado por la ingenuidad de los escribas de la Constitución al dejar sin cerrar aspectos clave para buscar el acomodamiento nacionalista, agravado luego por las ansias de emulación de las demás taifas. Cada autonomía, sin plantearse cuál será el beneficio final, no evitó secundar la loca carrera nacionalista hacia la disgregación por temor a que sus votantes se sintieran preteridos. Ahora se relanzará en persecución de la "nación de naciones" de Sánchez.

Al mando de un Estado enclenque, un hombre al que se acusa de tener un carácter delimitado por su profesión de registrador -lo que le lleva a tomar nota de lo que pasa, pero no a ser un hombre de acción que interviene sobre lo que pasa- afronta un conato de golpe que esta vez no es de tricornios acharolados, sino encabezado por la primera autoridad del Estado en Cataluña, secuestrando al Parlament al que se debe. Es imposible saber si nuestro Umbral seguiría describiendo a Rajoy como ese sereno testigo de la Historia "que anota junto a una sonrisa la frase valiosa o comprometida de quienes van de héroes y se desmienten cada día". Sin duda, con su cachaza, parece profesar la estrategia británica de extenuar al enemigo antes de enfrentarse con él. El enigma estriba en saber si, dando tiempo al tiempo, éste se le ha escapado irremediablemente.

Pero, si Rajoy acostumbra a no dejar para mañana lo que puede dejar para pasado, es llegada la circunstancia para que demuestre su sustancia de hombre de Estado. Ante la contingencia catalana, Rajoy debe dar la talla para encarar la insensatez de unos necios que añoran un pasado reconstruido con narraciones falsas para sentirse especiales. Vuelve a patentizarse el designio -el periodista Gaziel lo vislumbró predicando en el desierto de las horas turbulentas del autoproclamado Estat català de 1934- de que "cada vez que el destino coloca a Cataluña en una de esas encrucijadas decisivas, [...] nosotros, los catalanes, nos metemos fatalmente, estúpidamente, en el que conduce al despeñadero". Su historia se ajusta a ese concepto circular por el que los episodios se reiteran con otras circunstancias, pero semejantes. Es incapaz de escapar -y con ella toda España- de una pesadilla que gira retenida en los cangilones de la noria del tiempo.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/09/10/59b43695e2704e254a8b4665.html
Ilustración:
Ulises Culebro.

miércoles, 26 de julio de 2017

¿PICARÁN, EXTENDIÉNDOSE?

ERC prevé la anexión de Valencia, Baleares y el sur de Francia a Cataluña tras la secesión
Alejandro Tercero
05/05/2014


La formación liderada por Oriol Junqueras no esconde sus planes expansionistas tras una hipotética secesión. El objetivo es la construcción política de lo que los nacionalistas denominan Países Catalanes, que incluyen territorios de España, Francia, Italia y Andorra. El primer paso sería conseguir “el reconocimiento del derecho de los habitantes del resto de territorios de los Países Catalanes a añadir la nacionalidad catalana a la española si lo desean”

ERC prevé la anexión a Cataluña del resto de territorios que los nacionalistas denominan Países Catalanes (esto es, -además de Cataluña- la Comunidad Valenciana, Baleares, la Franja de Aragón, la comarca murciana de El Carche, la región francesa del Rosellón, y, en algunos casos, también la ciudad italiana de Alguer, y Andorra) una vez se consiga la independencia.

Así lo recoge el programa electoral para las elecciones al Parlamento Europeo del próximo día 25 que han presentado este domingo en Barcelona, en el que se subraya que estos territorios ha de “estar presentes” en “el proceso iniciado en Cataluña, que ha de culminar con la constitución de un nuevo Estado catalán en el marco de la Unión Europea”:

“Estar presentes en el proceso significa dejar claras las bases de la futura relación entre la nación catalana libre y la que continuará bajo jurisdicción española o francesa”.

Expansionismo territorial nacionalista

En un punto titulado “Los Países Catalanes en el proceso de autodeterminación de Cataluña”, el programa insiste en que “hay que pensar qué papel deberá tener el nuevo Estado catalán en el resto de territorios catalanes y qué derechos han de tener los ciudadanos de adscripción nacional catalana que queden fuera del ámbito territorial del nuevo Estado”.

Y añade que “en este sentido, será necesario que durante las negociaciones con el Estado español y con el resto de agentes internacionales queden claros los vínculos culturales, sentimentales, sociales, geográficos e históricos entre los territorios históricos de los Países Catalanes; y expresar la voluntad de que estos vínculos se conviertan en políticos cuando el resto de territorios coincidan, democráticamente, en esta voluntad”.

ERC exige que “personas y entidades representativas” de todos los Países Catalanes “estén presentes en el proceso de la transición nacional” y que “las estructuras de Estado que se tengan que crear tengan presente la posibilidad de que cualquier otro territorio histórico de la nación catalana pueda, en cualquier momento, decidir de forma democrática añadirse a la futura República catalana o crear otra y federarse a ella”.

Otorgar la “nacionalidad catalana” a valencianos y baleares

Entre los objetivos que ERC se plantea destaca el de conseguir “el reconocimiento del derecho de los habitantes del resto de territorios de los Países Catalanes a añadir la nacionalidad catalana a la española si lo desean”.

Para ello, la formación presidida por Oriol Junqueras anuncia que “la futura Constitución catalana tendrá que incorporar la definición y el marco completo de la nación, teniendo en cuenta especialmente aspectos como el reconocimiento de la condición nacional a los ciudadanos de los otros territorios que libremente lo reclamen o la inclusión de una cláusula de reunificación (como hicieron en su momento las constuciones de la República Federal de Alemania o de la República de Irlanda)”.

Otros de los objetivos previstos son el de “facilitar la presencia del resto de territorios históricos en las instituciones del Estado libre mediante sus organizaciones, entidades o asociaciones”; “el establecimiento de un ministerio o departamento” dedicado a los Países Catalanes; “el Estado catalán promoverá la lengua catalana  en todos los territorios en los que es propia”; “impulsar la articulación del espacio comunicativo catalán, formado por los medios de comunicación de Cataluña y los del resto de territorios históricos de los Países Catalanes”; y “la creación de alguna instancia donde puedan coincidir y estrechar vínculos cargos electos de todos los Países Catalanes”.

El objetivo: “Completar la articulación política de la nación”

El planteamiento de ERC no es ningún brindis al sol. En las 79 páginas del programa se cita el sintagma “Países Catalanes” hasta en 47 ocasiones. De hecho, la formación independentista utiliza de forma indistinta a Cataluña o a los Países Catalanes a lo largo de todo el texto.

En todo caso, no es ninguna novedad. La ponencia política que el partido aprobó en julio de 2013, y que marcaba la hoja de ruta para los próximo años, ya advertía de que “la nación catalana completa incluye el conjunto de los Países Catalanes”, aunque también preveía que el resto de territorios -más allá de Cataluña- deberían “decidir su futuro cada uno con su propio ritmo y proceso” hasta “completar la articulación política de la nación”.

Ahora, como entonces, consideran que la secesión de Cataluña supondrá “un estímulo” para que el resto de territorios de los Países Catalanes se vayan separando de España y anexionando a la Cataluña independiente.

Por si quedaba alguna duda, ERC anuncia que sus eurodiputados “serán en la Eurocámara el altavoz de la voluntad legítima de la ciudadanía de Cataluña y los Países Catalanes de decidir democráticamente su futuro”. Aunque, de momento, las encuestas apuntan a que esa supuesta “voluntad” de la ciudadanía podría estar representada en el Parlamento Europeo únicamente por uno o dos eurodiputados.

Fuente:
https://mirdig.wordpress.com/2014/05/05/erc-preve-la-anexion-de-valencia-baleares-y-el-sur-de-francia-a-cataluna-tras-la-secesion/

sábado, 1 de abril de 2017

LA OTRA MIRADA

SOL DE MARGARITA, 30 de marzo de 2017
 A PUNTA DE APUNTES
Hablaré catalán
¿Por qué será que los catalanes se quieren separar del resto de España? La escritora catalana Lolita Bosch responde a esta pregunta diciendo que es la voluntad de independencia, por la que no se ha dejado de trabajar pacíficamente desde los inicios del siglo XVIII, hoy es un deseo abrumador que resulta finalmente visible.
Félix Roque Rivero

Aldemaro Romero, extraordinario músico venezolano escribió una canción dedicada a Cataluña. De ella recuerdo algunos de sus versos que dicen… Hablaré catalán y me voy a aprender un millón de palabras hermosas. Para entonces decir qué bonito es Montjuic y que gran catedral es Gaudí. Y poder salpicar de sardana y de mar un piropo en las ramblas de aquí... Rindo así homenaje al aguerrido pueblo catalán que hoy vive un momento de férrea lucha por lograr su independencia del reino de España, sin embargo, Nietzsche en su libro “Más allá del bien y del mal”, al referirse a los alemanes, decía que éstos eran de ayer y de pasado mañana pero que aún no tienen un hoy. Los catalanes se debaten en un hoy que parte de un ayer pero que no dibuja un claro mañana.

¿Por qué será que los catalanes se quieren separar del resto de España? La escritora catalana Lolita Bosch responde a esta pregunta diciendo que es la voluntad de independencia, por la que no se ha dejado de trabajar pacíficamente desde los inicios del siglo XVIII, hoy es un deseo abrumador que resulta finalmente visible. Ella a la vez se pregunta ¿cómo puede ser que un continente (Latinoamérica) que acogió a los exiliados de la República, un país como México que nunca reconoció al gobierno franquista, o sociedades multiculturales como muchos países latinoamericanos, no puedan entender por qué queremos irnos. “Cualquier país que haya pertenecido al Imperio Español”, dice el escritor y político Alfred Bosch, “ha vivido este proceso que hoy vivimos nosotros.

Nosotros, los vascos -y tal vez los navarros-, somos los últimos en irnos de este imperio que a lo largo de la historia se ha caracterizado por negarlo todo, combatirlo todo e impedirlo todo. Para que este proceso se entienda en América Latina”, asegura, “debería bastar con decir que queremos hacer lo que ellos hicieron 200 años atrás. Es así de simple: Queremos ser como ellos. Queremos tener lo que tienen ellos. Queremos ser libres. Es una cuestión de derechos democráticos”.

Conforme a lo establecido en la vigente Constitución de España, para que Cataluña pueda lograr su independencia, según Fernando Betancor, existen las siguientes vías: 1. Abandonar el proceso de referéndum y aceptar el statu quo. 2. Hacer un referéndum no oficial. 3. Hacer un referéndum no autorizado por el Estado. 4. Convocar elecciones en una única plataforma pro-independencia, que serviría como un referéndum de facto 5. Declarar unilateralmente la independencia.

A diferencia del Reino Unido que está integrado por cuatro países (Inglaterra, Gales, Irlanda y Escocia) y donde la Reina sólo tiene injerencia real en Inglaterra, en España las comunidades y las ciudades autónomas no tienen competencia para convocar referéndum. De allí que el Tribunal Constitucional y el Supremo hayan vetado la iniciativa refrendaria de los catalanes y han inhabilitado a los dirigentes políticos que se han atrevido a convocarla. Les acusan de haber “subvertido” la democracia y del delito de prevaricación. El pueblo catalán va a radicalizar su lucha por su independencia y el costo será muy alto. Así que zulianos y andinos, mírense en este espejo. Por ahora me conformaré con aprender catalán y un mar de piropos en las ramblas de aquí.
Barcelona, 27 de marzo de 2017.

Fuente: http://www.elsoldemargarita.com.ve/posts/post/id:186547/Hablar%C3%A9-catal%C3%A1n
Ilustración: Nicolás Aznárez para El País (Madrid, 19/03/2017).

sábado, 4 de febrero de 2017

DE LOS SOBERANISTAS

EL MUNDO, Barcelona, 2 de febrero de 2017
Golpe de Estado permanente
Jorge de Esteban
        
Adopto como título de este artículo el de la famosa obra del poliédrico François Mitterrand en su alegato contra el general De Gaulle, aunque naturalmente lo que digo aquí no tiene nada que ver con aquella controversia. Pero me parece que ese enunciado es enormemente expresivo de lo que viene ocurriendo en Cataluña desde hace ya muchos años.

Ahora bien, el concepto de golpe de Estado ha ido evolucionando desde sus primeras enunciaciones hasta llegar a esta nueva forma catalana de hacerse con el poder y, consecuentemente, de lograr la independencia. En efecto, el francés Gabriel Naudé, uno de los primeros autores que se ocuparon de este concepto en el siglo XVII, en su libro Consideraciones políticas sobre los golpes de Estado, lo define en plural, afirmando que "son acciones osadas y extraordinarias que los príncipes están obligados a realizar en los negocios difíciles, contra el derecho común, sin guardar siquiera ningún procedimiento ni formalidad de justicia, arriesgando el interés particular por el bien público". En tal caso, sería mejor definir esta modalidad como autogolpe, pues en definitiva es el mismo sujeto quien sigue ejerciendo el poder. Pero esta primera acepción cambiará en parte de sentido para pasar a definir la que es hoy habitual y que popularizó especialmente Curzio Malaparte en su famosa obra Técnicas de golpe de Estado. Sea como fuere, esta segunda versión del concepto de golpe de Estado se podría definir como una acción violenta y repentina por medio de la cual un grupo de personas, normalmente militares, se apodera del poder al margen de las reglas constitucionales. Semejante procedimiento es, curiosamente, el modo de cambio de la autoridad más frecuente tanto en la Historia como en el mundo moderno. En efecto, se pueden contabilizar más de 100 golpes de Estado en el siglo XX y en lo que llevamos de siglo XXI se señala que ya han se han producido más de 30 de este tipo. Podemos apuntar como elementos fijos de un golpe de Estado los cuatro siguientes: es un método violento, repentino en el sentido de que no se advierte su preparación, que se realiza violando las normas constitucionales y es protagonizado, en todo o en parte, por militares, sin que sea necesario que se cuente con el apoyo de una gran parte de la población, más bien al contrario.

Dicho lo cual, nos encontramos en la actualidad con una categoría nueva de golpe de Estado, dirigido a la secesión de una parte del territorio nacional de España, con la idea de crear un nuevo Estado dirigido por los nacionalistas catalanes. El objetivo es el mismo de todos los golpes de Estado, esto es, apoderarse del poder, pero las diferencias son sustanciales. En primer lugar, el poder lo seguirán ejerciendo los mismos que lo ejercen ahora, pero el marco de actuación ya no será el mismo, pues se pasaría de una comunidad autónoma a un auténtico Estado. En segundo lugar, el golpe no es repentino, sino que lleva gestándose muchos años de forma escalonada. En tercer lugar, el golpe no es violento ni está protagonizado por militares, sino que su fuerza se basa en los votos de una parte de la población catalana que, en cualquier caso, no supera el 50% .

Sea lo que sea, la cuestión consiste en saber por qué y en qué momento comenzó a labrarse el señalado golpe de Estado a la catalana. La razón de por qué surge es muy sencilla, puesto que nos la facilita la Historia. Creo que no admite discusión que por diversas razones, comenzando por la lengua, Cataluña -y, en menor medida, el País Vasco- posee una singularidad que la hace sobresalir de las demás regiones españolas, lo cual no significa que los catalanes deban tener más derechos que el resto de los españoles, pero sí que su autogobierno debe ser reconocido específicamente, pero dentro de un Estado unitario para toda España. Es más: algún historiador mantiene que "en inmensa medida, el modelo catalán, mediante la Casa de Aragón, conforma España" porque a través del pactismo adoptado por los Reyes Católicos se constituyó la unidad en la diversidad de España, puesto que cada territorio se administraba a sí mismo. Cuando se proclamó la II República en 1931, esos antecedentes históricos condicionaron el hecho de que la autonomía de Cataluña fuese una de las primeras medidas adoptadas en el nuevo Estado.

No es, por tanto, extraño que Adolfo Suárez, respaldado por el Rey, llegase a la conclusión, apenas tres meses después de las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977, de que era necesario restablecer la Generalitat a cuyo frente estaba el presidente Tarradellas. En consecuencia, el 5 de octubre de 1977 se restituye el autogobierno provisional de Cataluña mediante un Real Decreto-Ley en el que se dice que "hasta que se promulgue la Constitución, no será posible el establecimiento estatutario de las autonomías". En ese momento lo único seguro es que Cataluña podrá disponer de autonomía, pero sin más detalles. El propio Tarradellas, que fue presidente de la Generalitat en el exilio durante 26 años, opinaba lo siguiente: "Si no me he cansado de repetir mi convicción de que la autonomía política de los catalanes no tiene nada que ver con las aspiraciones autonómicas de otros pueblos de España es porque no tengo conocimiento de que su historia los determine interiormente a la autonomía con la intensidad y las característica a que estamos acostumbrados los catalanes. Los catalanes no renunciaremos nunca a nuestros derechos, a nuestras instituciones y libertades. Y no renunciaremos a ellos dentro de España".

Pues bien, como es sabido, Tarradellas cesa en 1980 como presidente de la Generalitat y su sucesor es Jordi Pujol. A partir de ese momento, Pujol, que venía precedido por el escándalo de Banca Catalana, irá construyendo un régimen que permitiría ir dando pasos para instalar el golpe de Estado permanente, con el objetivo de lograr algún día la independencia de Cataluña, y que además le sirvió presuntamente para levantar una inmensa fortuna familiar. Algo intuyó Tarradellas porque antes de morir llegó a sentenciar que Pujol había instaurado en Cataluña una "dictadura blanca", ya que nada se movía en el Principado sin que él lo supiese. Pero, como digo, el deseo más ferviente de Pujol, aunque lo disimulase, era seguramente separarse del resto de autonomías para acabar algún día construyendo un Estado propio. Es sintomático a este respecto el comentario que Pujol formuló a Ardanza, del que estaba celoso por sus mejores datos teóricos para una posible independencia: "Es que los vascos tenéis derechos históricos, concierto económico y ETA". Sin comentarios.

Así las cosas, la autonomía se fue transformando paulatinamente en soberanía, apareciendo los llamados soberanistas, eufemismo que recoge a los separatistas que irán incrementándose entre los jóvenes gracias a la enseñanza y al control de los medios. Los avances en el golpe de Estado permanente parecía que se iban a congelar con la llegada de un nuevo presidente de la Generalitat, el socialista Pascual Maragall, al que le sucedería también otro socialista, José Montilla. Pero, paradójicamente, iba a ocurrir lo contrario, pues se elaboró un nuevo Estatuto que, sin ser necesario, desbordó ampliamente el marco constitucional y aceleró las etapas hacia la reivindicación de la independencia por parte de los soberanistas, apoyados por menos de la mitad de la población catalana. A Montilla le sucede Artur Mas, que insiste en que se reconozca el "derecho de autodeterminación", bajo el disfraz del inexistente "derecho a decidir". Así llegamos al 9-N, fecha en que se celebra un referéndum ilegal y prohibido expresamente por el Estado, pero que, sin embargo, el Gobierno de Rajoy lo permite mirando hacia otro lado. Todo lo que ocurre a partir de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut y de las manifestaciones de la Diada de 2012 no es más que un descaro inconstitucional para ir creando las estructuras del nuevo Estado catalán que la autoridad de Madrid parecía desconocer o, lo que es peor, permitir de forma suicida. Un colega mío, ex vicepresidente del TC, Carles Viver, es el cerebro que tiene todo planificado ante la pasividad del Gobierno de Rajoy y el pánico de los catalanes que no son independentistas y que se encuentran indefensos.

Las declaraciones que hizo un insensato ex juez hace unos meses nos reiteran muy claro que el golpe de Estado permanente ya se acerca a su fin porque el referéndum ilegal que piensan organizar, si se les deja, previsto para septiembre, se quiere adelantar ahora a antes del verano a causa del eco de la verborrea del juez constituyente que ha destapado el pastel. Según este jurista de pacotilla, para conseguir ese objetivo no hay más camino que no cumplir las leyes y la Constitución, algo que el Gobierno de Madrid ha tratado de impedir hasta ahora con pellizcos de monja. Ahora bien, los gobernantes catalanes siguen hablando de realizar el referéndum, pero lo curioso es que como no lo pueden hacer con la legalidad vigente, se inventarán unas normas hechas a su medida, siguiendo aquel lema de los almacenes modernos que decía: "Sírvase Ud. mismo".

Hemos llegado a la hora de la verdad y el Gobierno del PP, junto con los demás partidos que defienden la Constitución, tienen que sopesar qué medidas tomar, entre las varias que hay, para desarmar un mecano que se ha venido construyendo desde hace años y que si se mantiene el futuro de España será muy problemático.
(*) Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

Fuente:http://www.elmundo.es/opinion/2017/02/02/58922631468aeb08208b45bc.html
Ilustración: Raúl Arias.

viernes, 25 de septiembre de 2015

FAVOR QUE SE HACE

EL PAÍS, Madrid, 26 de septiembre de 2015
COLUMNA »
Identidad
El núcleo de todo fervor identitario es religioso, aunque su orientación y vocabulario sean laicos
Fernando Savater 

Milan Kundera dijo que los rusos empiezan por llamar “eslavo” a todo lo que quieren convertir en ruso. De igual modo, Germá Gordó llama “países catalanes” a lo que quiere anexionar a su ilusoria república catalana. Son ejemplos de identidades culturales pervertidas para justificar maniobras políticas. Pero ese mismo fenómeno ocurre también con identidades piadosas, étnicas, eróticas, ideológicas… Son variantes que nos explica y contra las que nos advierte Jean-Claude Kaufmann en su excelente librito Identidades. Una bomba de relojería (editorial Ariel). La democracia contemporánea ha ampliado la autonomía de cada ciudadano, que puede y debe elegir los rasgos que le caracterizan con una libertad que desampara a los menos dispuestos o peor preparados para tal aventura. Las identidades colectivas, fuertes y obligatorias, les dispensan de esa búsqueda personal, acogiéndoles bajo lo que Nietzsche llamó “un calor de establo” homogéneo y tranquilizador.
El núcleo de todo fervor identitario es religioso, aunque su orientación y vocabulario sean laicos. Se basan en dogmas tan sugestivos como indemostrables, prometen alguna forma de bienaventuranza y movilizan a los creyentes contra la caterva de infieles que se interpone entre ellos y el paraíso. En el fondo, aunque cree que aspira a un premio mayor, el fanatismo de la identidad es ya una recompensa en sí mismo. Nadie tiene que torturar su mente buscando razones para elegir bien, basta con saberse parte del pueblo elegido. No opongas resistencia, relájate y disfruta. O padece, que ser víctima también es un gozo cuando la recompensa es una buena conciencia libre de dudas. Lo importante es tener claro quienes son los enemigos, porque ellos delimitan la identidad. Háganse el favor de leer a Kaufmann: reforzará sus identidades menos obtusas y más inclusivas, les hará temer las otras.

(http://elpais.com/elpais/2015/09/25/opinion/1443195184_298685.html)

martes, 26 de mayo de 2015

DIDÁCTICA DE UN PROBLEMA

EL PAÍS, Madrid, 27 de mayo de 2015
TRIBUNA »
La Cataluña rota de Artur Mas
La catalana es una comunidad abstencionista dividida en tres variables:la territorial, la lingüística e identitaria, y la socioeconómica. Los resultados confirman una fractura inservible para el secesionismo
Joaquim Coll 

Una posible lectura de las elecciones municipales en Cataluña es que los partidos secesionistas han logrado amplias mayorías en más del 70% de los Consistorios. Lo proclaman los más convencidos apologetas del “proceso”. En realidad, era bastante previsible atendiendo a los resultados de hace cuatro años y al hecho de que esta vez en muchos pueblos solo había candidaturas soberanistas debido a la debilidad del PSC y PP, sin que tampoco C’s los sustituya. Ahora bien, esta cifra tan abultada de municipios, por encima de 700 sobre 947, representa tan solo al 25% de la población. Por eso, la lectura del 24 de mayo debería incidir en otro análisis más a fondo de la realidad catalana desde que se desató la tensión soberanista en 2012, y que confirma la triple rotura que evidenció la pseudoconsulta soberanista del pasado 9 de noviembre. Tenemos una Cataluña dividida en tres variables: la territorial, la lingüística e identitaria, y la socioeconómica. Todas convergen en otro elemento que las unifica en términos electorales: Cataluña es una comunidad abstencionista, sobre todo lo es allí donde vive el 75% de la población, en el litoral y las zonas metropolitanas de Barcelona y Tarragona. En efecto, tanto en las elecciones municipales como en las autonómicas se mantiene un diferencial negativo de participación considerable respecto a la Cataluña del otro 25%, justamente donde CiU, ERC y CUP han obtenido mayorías claras el pasado 24 de mayo. Según el estudio Catalanes, secesionismo y participación electoral,elaborado por los catedráticos de estadística Albert Satorra y Josep M. Oller y la politóloga Montserrat Baras, por encargo de Societat Civil Catalana, este diferencial en las últimas autonómicas fue del 5,8%, y en las municipales de 2011 del 8,4%. Aunque el pasado 24-M se redujo bastante, se mantiene una brecha considerable. Curiosamente, la participación es más alta y homogénea entre ambas Cataluñas en las elecciones generales, lo cual nos interroga sobre el desapego de una parte de los catalanes hacia sus propias instituciones.
La triple fractura se puso de manifiesto con claridad el pasado 9 de noviembre, aunque sorprendentemente haya sido muy poco analizada. En cuanto a la participación, la afluencia solo alcanzó el 50% del censo en la Cataluña interior, llegando a superar en algunas comarcas y poblaciones el 60%. Por el contrario, en el litoral no fue más allá del 30%, y en muchos municipios metropolitanos se quedó muy por debajo del 20%. En la primera Cataluña, el voto sí-sí, netamente secesionista, alcanzó el 48,4% del censo (incluyendo a mayores de 16 años y extranjeros residentes). En la demográficamente mayoritaria no fue más allá del 27%. Una diferencia de 21 puntos que refleja tanto la escisión territorial como el hecho de que el secesionismo tiene su base natural en el nacionalismo identitario de las comarcas interiores.
El segundo elemento de fractura es el lingüístico. Allá donde el castellano es la lengua de uso habitual (en la región metropolitana, el Penedès y área de Tarragona), la participación fue baja. Si cruzamos los mapas del 9-N con la última encuesta lingüística (2013) y los diversos estudios sobre sentimiento de pertenencia, observamos una Cataluña dual. Los que se sienten más catalanes que españoles, o solo catalanes, son mayoritariamente independentistas, mientras que los que comparten catalanidad y españolidad son refractarios al secesionismo. Lengua y origen son factores claves para entender que estamos ante una pulsión de base identitaria que intenta saltar el muro de los sentimientos plurales de pertenencia apelando a una promesa de bienestar social, que se viste incluso con un ropaje de izquierdas, aunque por ahora tenga poco éxito en la Cataluña que se expresa mayoritariamente en castellano y con orígenes en otras partes de España.
Finalmente, hay otro dato del que apenas se habla, el socioeconómico, que nos brinda algunas pistas sobre la auténtica alianza de clases que hay tras la pulsión independentista en el marco de la grave crisis social que sufrimos. En el área metropolitana, solo en los barrios y ciudades de clases medio altas hubo una participación destacada en la jornada del 9-N. Vale la pena analizar los datos de dos municipios tan próximos y al mismo tiempo tan diferentes en su composición. En un lado, Santa Coloma de Gramenet, municipio de 118.000 habitantes, donde el pasado 24-M el PSC logró mayoría absoluta, sin que CiU ni ERC obtuvieran representación alguna. El nivel de renta es bajo. En otro, Sant Cugat del Vallès, con 87.000 habitantes, donde CiU revalidó una cómoda mayoría, con la CUP como segunda fuerza, frente a la irrelevancia de C’s, PSC y PP. La renta familiar disponible es de las más altas de Cataluña. Pues bien, en el primer municipio la participación en la consulta soberanista fue del 17,6%, mientras que en el segundo alcanzó casi el 48%. Además, las papeletas a favor del Estado independiente fueron 20 puntos superiores en Sant Cugat (82%) que en Santa Coloma (62%) en relación con el total. Si analizamos lo sucedido en la ciudad de Barcelona entre sus diferentes barrios y distritos, observamos un comportamiento muy parecido entre las zonas con rentas altas, como Les Corts o Sarrià-Gervasi, y los distritos populares y de clase trabajadora, como Ciutat Vella, Nou Barris o Sant Martí. Por eso no es extraño que la Asamblea Nacional de Cataluña haya decidido fijar su objetivo para la próxima Diada en la Meridiana, la entrada a la Barcelona obrera, e incidir más en la dimensión social de la independencia, como desea su nuevo líder, Jordi Sánchez.
De todo ello se concluye que tras casi tres años de tensión secesionista, Cataluña aparece visiblemente fracturada entre las comarcas interiores y el litoral metropolitano, y que la rotura se produce igualmente en términos lingüísticos-identitarios y sociales. En realidad, la tensión secesionista se puede definir como la respuesta oportunista frente a la crisis de una parte de las clases medio altas urbanas/metropolitanas en alianza con el nacionalismo de la Cataluña interior. Los resultados de las pasadas municipales nos dejan un escenario políticamente muy fragmentado, que se sobrepone a una sociedad cuarteada por esas tres variables. No parece que ahora Artur Mas tenga muchos alicientes para materializar el anuncio de celebrar elecciones el 27-S, que deseaba convertir en plebiscitarias. Si finalmente lo hace, en su decisión pesará más el orgullo personal y el peso de su promesa que cualquier otra lógica política. Porque lo más probable es que vaya a encontrarse con la expresión de una Cataluña rota, que ni le sirva para lograr la secesión y puede que ni tan siquiera le alcance para gobernar.
(*) Joaquim Coll es historiador y vicepresidente primero de Societat Civil Catalana.
Ilustración: Eva Vázquez.

martes, 17 de febrero de 2015

OBJETIVO MORAL

EL PAÍS, Madrid, 17 de febrero de 2015
Guetos escolares
El ascensor social se detiene cuando se desatienden las diferencias sociales que entorpecen el progreso educativo
Victoria Camps 
   
Después de los atentados islamistas, el Gobierno francés se ha propuesto iniciar una ofensiva en las escuelas con el propósito de reforzar los “valores republicanos”. Un objetivo etéreo que se materializa en la puesta en marcha de algunas enseñanzas poco canónicas: las virtudes cívicas, la utilización responsable de los medios de comunicación, el sentido de la laicidad. Todas ellas convergen en la necesidad de “enseñar a vivir juntos”, pues lo de convivir es una práctica que nunca hay que dar por supuesta, sino que debe ser explícitamente enseñada. No sólo eso, los mandatarios franceses saben muy bien que la infraestructura también educa y que, más allá de cualquier enseñanza programada, lo perentorio es salir del “apartheid escolar”.
Los alumnos procedentes de la inmigración se acumulan en las escuelas de las temidas banlieues. Existe una segregación étnica y social que es resultado de la segregación residencial. Se crean escuelas-guetos que acumulan peligros de todo tipo: drogas, embarazos precoces, incivismo, intolerancia hacia el extranjero. La excelente película La Classe, de Laurent Cantet, es un exponente perfecto de los fallos del modelo de integración republicana, que no ha podido evitar ni el fracaso escolar ni la exclusión social.
No es un fenómeno exclusivo de Francia. Ocurre también aquí. Las escuelas catalanas del cinturón metropolitano concentran el mayor número de alumnos procedentes de la inmigración. Por no hablar de localidades como Salt o Vic. Precisamente en Vic se ideó, hace años, cuando la inmigración era incipiente, una iniciativa municipal destinada a equiparse con las medidas necesarias para hacer frente a los problemas que podía plantear el flujo creciente de inmigrantes. El experimento tuvo éxito hasta el punto de que se conocía en toda España como “el modelo de Vic”. Hace unos días, la consejera de Enseñanza ha anunciado el propósito de dotar a las escuelas que lo requieran de aulas de acogida que presten una atención especial a los alumnos inmigrantes. Los informes PISA y los controles autóctonos realizados por la Administración catalana reflejan reiteradamente que el fracaso escolar es proporcional al bajo nivel cultural, económico y social de las familias. El ascensor social que debiera ser la educación se detiene cuando se desatienden las diferencias económicas y culturales que entorpecen el progreso educativo.
El ascensor social es necesario porque las familias son desiguales. Tal es la convicción que llevó a instaurar la escuela pública como garantía de un acceso a la educación igualitario. Pero el ideal de una misma escuela para todos está lejos de ser una realidad salvo en algunos países, véase Finlandia, donde, como explicaba muy bien en estas páginas Judit Carrera, los padres no necesitan elegir la escuela de sus hijos porque todas son iguales en excelencia, con maestros formados y socialmente reconocidos, diseños cuidados y ambientes cálidos. Si la educación en Finlandia es pionera en Europa, y casi en el mundo, es porque es realmente una prioridad de los gobiernos y de la sociedad en su conjunto. Ese es el primer paso que hay que dar para enseñar la compleja asignatura de enseñar a vivir juntos.
Si la educación en Finlandia es pionera en Europa es porque es una prioridad de los gobiernos y de la sociedad en su conjunto
Nuestro sistema escolar no es malo. La escuela pública ha perdido las connotaciones despreciativas que tuvo en el franquismo, pero su revalorización aún deja bastante que desear. No es paralela a la que se ha producido en el sistema sanitario donde lo público goza de una aceptación total y sin reservas. En el caso de la educación no es así. Tenemos una escuela pública de verdad, y otra medio pública —concertada— que marca diferencias. No por lo que se refiere al profesorado que, cuando puede, opta por trabajar en la escuela pública, sino por la desigualdad que introduce en el acceso del alumnado. Aunque sólo sea porque las escuelas concertadas escasean en los barrios más desfavorecidos.
El objetivo de aprender a vivir juntos es un objetivo moral. No puede ser sólo teórico, tiene que ser práctico. La ética, decía Aristóteles, no se enseña como la geometría o la matemática, se enseña practicándola. Es el ejemplo de los que tienen que servir de referentes, la imitación, lo que lleva a crear costumbres, maneras de ser, eso que los griegos llamaron ethos, de donde procede el término “ética”. Si el ethos no refleja lo que la teoría pretende inculcar, esta se desvanece en un instante. Si el ethos no elimina las desigualdades injustas, aquellas en las que uno se encuentra sin haberlo querido ni buscado, es inoperante teorizar sobre el respeto y la igual dignidad.
Estamos a las puertas de una serie de convocatorias electorales que se anuncian convulsas y propiciadoras de cambios radicales. Estos, para ser radicales de verdad, no pueden ser sólo cuantitativos, sino cualitativos. En el caso de la educación, lo que necesitamos no son más escuelas, sino un sistema educativo de calidad. Ahí se ha estrellado la izquierda. Supo universalizar la educación, pero no darle la calidad necesaria. Tampoco veo en los discursos de Podemos que la educación sea un tema prioritario, ni siquiera en un partido cuyos dirigentes son todos ellos universitarios. Pero es que, según los últimos sondeos del CEO de la Generalitat, ni la educación ni la cultura son prioritarios en las preocupaciones de los catalanes. Está todo dicho.
(*) Victoria Camps es profesora emérita de la UAB