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sábado, 2 de septiembre de 2017

EL REEMPLAZO DEL PROLETARIADO

EL NACIONAL, Caracas, 02 de septiembre de 2017
El concubinato de la izquierda francesa y el islam radical
Edgar Cherubini

En la esfera política francesa, una liga de intelectuales y políticos que utiliza en forma difusa las banderas del multiculturalismo, el tercermundismo y el antiimperialismo, así como el de un humanismo mal entendido, nada en esa turbia marea antidemocrática y antioccidental orquestada por movimientos fundamentalistas islámicos. Algunos promotores del tercermundismo llegan a traicionar sus propios valores al aliarse con todo aquello que atente contra Occidente y hasta contra su propio país.

Francia, que en los últimos años ha sido el blanco de cruentos atentados yihadistas, es también el escenario de una temeraria relación de la extrema izquierda con el islamismo. En el ala radical de la izquierda, organizaciones entre las que destacan: la France Insoumise, Lutte Ouvrière, Attac, EELV, La Fédération Anarchiste, Action Antifasciste y el Nuevo Partido Anticapitalista, a las que se suman ONG como el Collectif Contre l'Islamophobie en France, Lallab, entre muchas otras, son vehementes defensoras del islam en Francia. Dichos movimientos proclaman luchar contra la “islamofobia”, pero se sospecha que son utilizados como “cabezas de playa” para la penetración del islamismo radical o para excusar a los musulmanes no radicales por su falta de cooperación contra este flagelo, al tolerar a los que propagan la yihad en sus comunidades o asisten a sus mezquitas.

Pese a que en 2014 los Emiratos Árabes Unidos designaron a la Union des Organisations Islamiques de France como una organización terrorista emanada de los Hermanos Musulmanes (matriz de Al-Qaeda), esta sigue operando normalmente en el país, teniendo bajo su administración las mezquitas en suelo francés.

En relación con la ONG Lallab, esta fue fundada en 2016, en los últimos meses del gobierno socialista; fue subvencionada por las agencias del Estado y se le permitió el acceso a los liceos, lo que motivó a la ex diputada Celine Pina a formular una seria denuncia: “Lallab es un laboratorio de islamismo cuyas ideas son incompatibles con la República francesa, pues forma parte de esas asociaciones que aparentan ser fachadas respetables cuando en realidad sirven para la propagación de su ideología oscurantista y mortífera, muy próximas a los Hermanos Musulmanes. (…) Todo esto nos hace cuestionar la penetración de los enemigos de nuestra República en el más alto nivel de influencia y nos da derecho a responsabilizar a nuestros políticos, como también a señalar que algunos idiotas útiles se están transformando cada vez más en traidores activos”. (Celine Pina, “L'État doit dénoncer clairement l'association Lallab, laboratoire de l'islamisme”, Le Figaro, 23 de agosto de 2017).

Los que no piensen como los extremistas de izquierda son unos “fascistas”, “ultraderechistas”, “racistas”, “islamofóbicos”. Son los mismos que se rasgaron las vestiduras contra la prohibición del velo integral en Francia, pero son incapaces de pronunciarse contra el reclutamiento y la utilización de “niños bombas” por Hezbollah o de civiles como escudos humanos por Hamas en Gaza mientras lanzan misiles sobre Israel, amén de guardar un silencio cómplice ante los ataques terroristas en su propio país.

Pierre Vermeren, historiador de la descolonización de Argelia, escribe sobre la política del avestruz de los dirigentes franceses: “El caso francés, después de los atentados de Mehra en marzo de 2012, ilustra la exitosa estrategia de los terroristas: islamización y conversión, radicalización religiosa previa al paso a la acción, banalización del crimen y del horror, frivolidad de la élites mediáticas y de los notables, compasión y cultura de la excusa de parte de sociólogos mediatizados, cobardía de la élites políticas” (“Face au terrorisme, il faut arrêter la politique de l'autruche”, Le Figaro, 20 de agosto de 2017).

Aun después de los atentados de Mohamed Mehra en Toulouse (joven francés de la tercera generación de musulmanes de origen argelino que mató a dos militares, para después penetrar en un kinder judío y asesinar a tiros en la cabeza a uno por uno de los niños durante el recreo mientras exclamaba Allāh-akbar), el presidente Hollande no habló de “terrorismo islámico”, para no herir la sensibilidad de los votantes musulmanes que en su gran mayoría apoyan al Partido Socialista francés.

Por otra parte, ha sido notable el debilitamiento de las leyes durante el reciente quinquenio socialista, modificando u obviando las que penalizaban con expulsión del país a aquellos extranjeros que cometieran delitos. Como ejemplo de este despropósito está el perpetrador del ataque terrorista en Niza el año pasado, que mató a 85 personas e hirió a 303, de nombre Mohamed Bouhiel, un emigrante tunecino portador de un permiso temporal de residencia en Francia, reseñado por la policía y juzgado por haber cometido delitos violentos en los años anteriores al atentado.

Otro caso patético de la debilidad jurídica contra el islamismo radical es el del yihadista de 19 años de edad Adel Kermiche, procesado en Francia por el “delito de asociación terrorista” a su regreso de un intento por integrarse al ISIS en Siria. El juez lo dejó en libertad condicional en su residencia con un horario restringido de 8:30 am a 12:30 pm, controlado con una pulsera electrónica. Una mañana salió de su casa, se dirigió a la iglesia de Saint-Etienne-du-Rouvray, degolló al sacerdote en plena misa y tomó como rehén a una mujer que asistía al oficio.

Esa actitud venial ha sido siempre el reflejo del masoquismo político en relación con el tercer mundo, como bien lo define Pascal Bruckner: “Un tercer mundo espontáneo, sentimental, inocente y justo; un Occidente rapaz, materialista y cruel; sobre esa antítesis primaria y ambivalente la izquierda europea ha construido una corriente de pensamiento que se ha convertido en una ortopedia de la conciencia. Viven y proyectan una culpabilidad que hace de sus seguidores unos militantes de la expiación” (Le Sanglot de l’homme blanc. Tiers-Monde, culpabilité, haine de soi, 2002).

Después de la caída del Muro de Berlín y el alejamiento del proletariado obrero de las causas socialistas en el mundo, la izquierda ha visto en el islam la religión de los pobres, los marginados, los explotados. Los islamistas son los “nuevos condenados de la Tierra”, con quienes expiarán su pesada carga de culpa colonialista.

Para Bruckner, “un pensamiento de izquierda, huérfano de ideales, ha encontrado en el islam un sustituto a la idea del ‘proletariado’ y un ‘modelo revolucionario’. Pero además, el carácter antioccidental del islam les procura el aura de una religión del tercer mundo” (Un racisme imaginaire, 2017).

El odio a Israel y el apoyo a la causa palestina dirigida por los terroristas de Hamas se han convertido en símbolo de la nueva “lucha de liberación”.

Si los dirigentes franceses continúan con su política del avestruz, mientras proliferan los idiotas útiles transformados en colaboracionistas, el odio, la violencia y la exclusión del islamismo radical se impondrán en la cuna de la igualdad, de la libertad y de la fraternidad.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/concubinato-izquierda-francesa-islam-radical_201469
Gráficas:
http://www.grasset.fr/un-racisme-imaginaire-9782246857570
http://larealiteenface.overblog.com/2017/08/islamisme-quand-l-islamiste-avance-masque.celine-pina-l-etat-doit-denoncer-clairement-l-association-lallab-laboratoire-de-l-islamism

lunes, 28 de agosto de 2017

VENEZUELA, TAN DICTADURA COMO LAS OTRAS

EL PAÍS SEMANAL, Madrid, 21 de agosto de 2017.
El País Semanal
Documentos. Entrevista
Agnes Heller: “El islamismo radical es peor que una dictadura”
Guillermo Altares

Es una de las pensadoras más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Sobrevivió al Holocausto, tuvo que huir de la Hungría comunista y aprendió a vivir en el exilio. Agnes Heller reivindica la bondad de las personas incluso en los peores momentos de la humanidad. La filósofa húngara reconoce que la Europa actual es mejor que la de su juventud, pero recuerda que el nacionalismo sigue imperando en el Viejo Continente y que el mundo es un lugar igual de peligroso.

Agnes Heller (Budapest, 1929) resume la historia de Europa o, mejor dicho, la tragedia de Europa. Esta filósofa, una de las pensadoras más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, sobrevivió al Holocausto, aunque su padre fue asesinado en Auschwitz. Después de la II Guerra Mundial, esta discípula del filósofo marxista Georg Lukács se convirtió en una disidente en la Hungría comunista, después de la invasión soviética de 1956, y acabó por exiliarse, primero a Australia, donde fue profesora en Melbourne, y luego a la Universidad de Nueva York. Sigue dando conferencias por medio mundo, aunque siempre regresa a un luminoso y aireado apartamento al sur de Budapest, desde el que se contempla una preciosa vista del Danubio. Es una mujer menuda, enérgica, cuyo desorden material contrasta con una mente ordenada, lúcida y sencilla. Los libros y revistas repartidos sobre las mesas de su salón, con temas que van desde el nazismo hasta Edmund Burke, reflejan una inagotable curiosidad intelectual, al igual que sus preguntas sobre el independentismo en Cataluña. Durante la conversación, ofrece una lección de vida cuando se le pregunta si confía en la razón. Responde que no, porque “en nombre de la razón han sido asesinados millones”. Entonces, ¿en qué cree? “En que siempre hay buenas personas, incluso en los peores momentos”, replica. Todo el peso de la historia del último siglo no le ha hecho perder su confianza en la humanidad.

¿Puede imaginar que Europa vuelva a una situación como la que usted vivió cuando era joven?

El pasado no puede volver y tampoco repetirse. No podemos regresar a algo así. La situación ha cambiado, las sociedades han cambiado. El mundo también tiene sus peligros, aunque son diferentes a los que existían antes.

Usted ha sobrevivido a los dos grandes totalitarismos del siglo XX. ¿Qué siente hacia la Europa en la que vive? ¿Se la imaginaba así?

Si la comparo con la Europa de mi juventud, la de la II Guerra Mundial, el Holocausto y el comunismo, claro que estoy feliz con el mundo en el que vivimos. Pero tengo que reconocer que no estoy nada satisfecha con la situación de Hungría, aunque incluso así es mucho mejor.

¿Cree que Hungría sigue siendo una democracia plena?

¿Qué significa democracia en nuestra época? Se convocan elecciones prácticamente en todos los países del mundo. Incluso en dictaduras como Irán o Venezuela se vota de manera periódica. Los dirigentes son elegidos, también se mantiene alguna forma de oposición, como en la Rusia de Putin o la Turquía de Erdogan. ¿Podemos decir que son democracias porque sus dirigentes sean elegidos en las urnas? La cuestión está en saber por qué una mayoría se convierte en una mayoría, qué clase de ideología influye a la gente para que vote una cosa y no otra. Los dictadores logran el apoyo popular basándose en su doctrina. En Europa, hay una ideología muy importante, el nacionalismo. Aquí en Hungría tenemos una dictadura, de Viktor Orbán, que ha sido elegido dos veces y puede serlo una tercera. No hay prensa libre, no hay equilibrio de poderes, no hay instituciones fuertes, pero tenemos elecciones. Por eso lo importante no es saber si es una democracia, sino de qué clase de sistema hablamos. Lo esencial es que exista el imperio de la ley, instituciones fuertes que garanticen las libertades. Es lo que llamo democracia liberal, y para mí es la única que puede ser descrita como un sistema de derechos pleno. Las demás están gobernadas por un partido, por un líder, que puede gobernar por la fuerza, como Erdogan, o sin la fuerza, como Orbán.

Desde el caso Rushdie, cuando el escritor británico fue condenado a muerte por una fetua del ayatolá Jomeini, usted se ha mostrado muy crítica con los peligros que representa el islamismo radical. ¿Ha ido a peor? ¿Es un peligro para la democracia?

Sin duda, es peor que una dictadura, es un totalitarismo, su versión más extrema.

¿Y cree que en Occidente se ha sido tolerante con ese tipo de extremismo durante demasiado tiempo?

Es un problema de las democracias liberales. Creen que todo el mundo comparte su misma visión. Le voy a poner un ejemplo de mi juventud. Sitúese en Múnich en 1938. Piense en [el primer ministro británico Neville] Chamberlain, que acudió hasta la ciudad alemana con un pedazo de papel en el que pedía a Hitler la renuncia al uso de la fuerza. Se lo dio y lo firmó. Y Chamberlain lo vendió como una victoria. Las democracias liberales pueden ser naífs, creen que una firma en un papel o una declaración de Naciones Unidas significa algo.

¿Cree que algún día podrá entender cómo ocurrió el Holocausto, de dónde viene todo ese odio?

Se me escapa completamente. Quería entender ante todo dos cosas: ¿cómo es posible que las personas se sintiesen moralmente capaces de hacer eso? y ¿cómo las instituciones sociales y políticas se pueden deteriorar de tal forma que dejen que ocurra algo así? Nunca he logrado una respuesta. Lo que sí he llegado a comprender es que la idea de la Ilustración del siglo XVIII, la imagen de un progreso social constante, era un gran error. En el siglo XX vinieron Auschwitz y el Gulag. ¿Eso es progreso? El mundo es un lugar peligroso y siempre lo será. Debemos aprender a vivir con ello.

Pero usted mantiene que todas las desgracias del siglo pasado podrían haberse evitado.

Sin duda, empezando por la I Guerra Mundial, que es el pecado original de Europa. Sin ese conflicto, y sin la paz terrible que siguió, todo hubiese sido diferente. Pero no se puede reescribir la historia. Las cosas ocurrieron: el nacionalismo ganó la guerra frente al cosmopolitismo.

¿Cómo sobrevivió al Holocausto?

Como todo el mundo que consiguió salir vivo de aquello, por accidente. Mi padre fue asesinado en Auschwitz, mi madre y yo estuvimos a punto de morir, pero de alguna forma nos libramos. Los Flechas Cruzadas (los fascistas húngaros) mataron a muchos judíos junto al Danubio, pero pararon antes de llegar a nuestra casa. También me dispararon, pero como soy baja, el tiro pasó por encima de mi cabeza. En otro momento nos pusieron en una cola. Supe que no debíamos quedarnos allí porque nos iban a matar y logramos escapar. Aunque eso no fue suerte, sino instinto.

Muchos países rechazan estudiar la participación de sus propios nacionales en el Holocausto, no admiten que no fue solo un crimen cometido por los nazis. ¿Es el caso de Hungría?

Ningún país fue tan malo como Hungría. Piense que el 70% de los judíos franceses sobrevivieron a cuatro años de persecuciones nazis y que 500.000 judíos húngaros fueron asesinados en seis meses. [El oficial de las SS alemanas] Adolf Eichmann vino aquí con 300 personas. Los nazis no pudieron matar a 500.000 ciudadanos sin la ayuda de los húngaros. Hubo una complicidad enorme.

¿Y todo ese pasado es un peso para usted o, al revés, es algo que le hace más fuerte?

Es una pregunta muy difícil. En la época del Holocausto, lo único que tenía en mi mente era la supervivencia, mi madre y yo debíamos sobrevivir a eso. Pero después, cuando me encontraba en dificultades políticas, cuando estaba en la oposición contra el régimen comunista hice algo diferente. No solo quería sobrevivir, quería preservar mi dignidad, seguir siendo una filósofa, no renunciar a mis propias opiniones, pero tampoco a mi libertad personal. En esa época, tal vez fui valiente porque serlo significaba seguir siendo una pensadora, no adoptar compromisos con un Gobierno que despreciaba.

Usted mantiene que no le gustan los ismos, como el marxismo, porque le hacen defender cosas en las que no cree. ¿Significa eso que su libertad como pensadora está por encima de todo?

Fui marxista en una época, pero desde entonces no he querido ningún ismo, ni siquiera el de antimarxismo. Es algo que aprendí de Michel Foucault, que ningún filósofo puede sumarse a un ismo. Estábamos juntos en Nueva York y un joven se acercó a Foucault y le preguntó: “¿Profesor, es usted estructuralista o posestructuralista?”. Y él respondió: “Soy Michel Foucault”. No todos los filósofos contemporáneos pertenecemos a escuelas, tendencias…

¿El marxismo la obligó a tener posiciones que rechazaba?

Siempre fui una hereje. Quiero pensar con mi propia mente lo que considero bueno o malo, falso o verdadero.

En muchos de sus libros defiende la modernidad, la razón. ¿Sigue confiando en la razón?

No, ya no confío en la razón porque los totalitarismos nos han enseñado que los malos instintos pueden matar a miles, a decenas de miles, pero solo la razón puede matar a millones, porque la ideología basada en el pensamiento racional establece que matar es correcto. La maldad puede matar a unos pocos, pero es la persuasión, el llamamiento a la razón, lo que te puede llevar a hacer cosas mucho más terribles.

¿Y cree en algo que pueda hacer mejor a la gente?

Es una pregunta difícil. ¿Tengo que creer en algo? Tal vez pueda responder a su pregunta. Creo en algo: las personas buenas existen, siempre han existido y siempre existirán. Y sé quiénes son las buenas personas.

¿Incluso en los peores momentos de la historia, como el nazismo o las dictaduras comunistas?
Sí, eso es algo que le contará cualquiera que haya pasado por una situación así, por los gulags o por los campos de exterminio. Muchos de los supervivientes deben su vida a alguien que los ayudó.

Usted fue una de las primeras pensadoras que investigaron el poder de la tecnología sobre la sociedad. ¿Imaginó alguna vez que llegaría a ser tan grande?

Claro que ha cambiado nuestra vida, pero no creo en la vieja fórmula marxista de que el desarrollo de la tecnología lleva al progreso de la humanidad. Es un fenómeno contradictorio: la innovación tecnológica puede ser utilizada para mejorar la vida humana, pero también puede destruirla. Es un medio, no un fin en sí mismo. Y no es una garantía del progreso en la historia.

¿Pueden los filósofos cambiar la sociedad en la que viven? ¿Se sigue escuchando su voz?

Marx dijo que los filósofos son los intérpretes del mundo y que solo los ciudadanos deben cambiarlo. Aunque es algo que me provoca ciertos problemas. Primero, los filósofos siempre han querido influir en la sociedad en la que vivían. Nunca se conformaron con explicarla. Pero la pregunta es saber con qué medios y objetivos querían hacerlo. Y muchas veces han querido convencer a los líderes absolutistas para llevar a cabo esas transformaciones. Desde Platón y el tirano de Siracusa hasta Sartre con Fidel Castro o Kruschev. Es el camino equivocado, nunca llegaron a persuadir al dictador de nada, solo mancharon su nombre. Pero hay otro tipo de pensadores que quieren participar en la vida pública, convencer a la sociedad, ofrecer un servicio, como Spinoza o Kant. Su filosofía era: utilízalo o déjalo de acuerdo con tus necesidades y tus intereses, son solo recomendaciones. Es lo que hizo por ejemplo John Locke, que influyó en los padres fundadores de la Constitución estadounidense. Nuestro deber es escribir libros, dar charlas, servir al público.

¿Por qué hay tan pocas filósofas mujeres en la historia?

También hay muy pocas pintoras o compositoras. Porque para dedicarse a eso se necesita la libertad, que es la primera condición de la productividad en la alta cultura. Ahora las mujeres pueden ser filósofas, directoras de orquesta, compositoras… La condición es la libertad.

De todos los cambios que ha vivido, ¿cuál es el más importante? ¿El cambio en la condición de la mujer?

Es la única revolución que no considero problemática y es la mayor de nuestro tiempo, porque no es una movilización contra un periodo histórico, sino contra todos los periodos. La única totalmente positiva, tal vez junto al desarrollo de los derechos humanos. Aunque nunca se pongan en práctica totalmente, es esencial que se planteen.

¿Puede haber una vuelta atrás en ese tipo de avances?

No creo que podamos regresar por un simple motivo: la tecnología, que ha cambiado la forma en que se organiza el hogar o la sexualidad, con el control de natalidad.

¿Y en ese sentido podemos ser optimistas? ¿Qué es el optimismo?

La liberación de la mujer es la única revolución sin zonas oscuras. Ninguna otra se ha llevado adelante sin problemas. La igualdad de la mujer, que no está aquí todavía pero que va a ocurrir, también traerá nuevos problemas y también retrocesos.

¿Qué ha aprendido de sus exilios?

Me gusta Melbourne, me gusta Nueva York, pero mi casa es Budapest.

¿Y cómo lidia con todos los recuerdos que tiene aquí, algunos terribles?

Es mi casa. ¿Cómo puede una vivir sin sus recuerdos? Tengo buenos y malos.

¿Le preocupa el crecimiento del antisemitismo en Europa?

Existe en toda Europa, el problema es cuando los Gobiernos lo apoyan o crean las condiciones para su desarrollo.

Ha citado a Spinoza y Kant como dos grandes defensores de la libertad. ¿Qué filósofos deberíamos leer?

La nueva generación está formada sobre todo por pensadores analíticos, hay una cierta falta de originalidad, se dedican a resolver problemas, no a crear. La filosofía es un género europeo. Todos los pensadores fueron refutados por otros, pero resisten cualquier falsificación porque nos hablan directamente. Aristóteles dijo que Platón estaba equivocado; lo mismo pensó Spinoza de Aristóteles, y Locke sobre las ideas de Spinoza. No importa. Todos siguen vivos porque nos proporcionan algo precioso: la libertad de pensamiento.
Fuente: http://elpaissemanal.elpais.com/documentos/agnes-heller-entrevista/
Fotografías: Zsófia Pályi.

domingo, 9 de octubre de 2016

POR MOR DE LA INSOLIDARIDAD

EL PAÍS, Madrid, 9 de octubre de 2016
 TRIBUNA
Las religiones monoteístas y el mediterráneo
El cristianismo, el judaísmo y el islam pueden contribuir a cambiar la realidad mortífera de este mar si renuncian a sus fundamentalismos y asumen el pensamiento crítico
Juan José Tamayo

Las religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo e islam, han conformado las culturas y sociedades del Mediterráneo, unas veces contribuyendo al diálogo intercultural, al encuentro intercivilizatorio y a la convivencia pacífica, y otras atizando las guerras, los choques y enfrentamientos entre civilizaciones, culturas y creencias religiosas. Hoy pueden contribuir a cambiar la realidad mortífera de este mar por mor de la insolidaridad de Europa a condición de que renuncien a sus fundamentalismos y asuman el pensamiento crítico, el lenguaje simbólico y la práctica de la solidaridad. .
Tienen que optar por la duda, en vez de por el dogmatismo; por la interidentidad, en vez de por las identidades religiosas frentistas. Es lo que recomendaba Juan Goytisolo en el discurso de recepción del Premio Cervantes: “Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayudará a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnocracia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas e ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias”.
Las religiones monoteístas han de respetar la heterodoxia y el librepensamiento en su seno. Los periodos más brillantes de la historia de estas religiones fueron aquellos en los que se reconoció, respetó y practicó la libertad de conciencia, religión, expresión e investigación. “No haya coacción en la religión... Que crea quien quiera y que no crea el que no quiera... Dios no se irrita con los que no creen, sino con los que no piensan”, afirma el Corán.
La ética de la justicia, de la solidaridad y de la paza es la teología primera en todas las creencias
Cuando las religiones monoteístas no han respetado los derechos humanos en seno y en la sociedad, cuando han perseguido a los disidentes, han sometidos a juicios inquisitoriales a quienes expresaban sus desacuerdos doctrinales y han condenado a la hoguera a los “herejes”, han perdido toda credibilidad. ¿Cómo pueden hablar del Dios de la vida y luchar contras los ídolos de muerte, cómo pueden defender el derecho a la vida como fuente de todos los derechos, cuando mandan matar en nombre de Dios? ¿Cómo pueden defender los derechos de Dios, mientras niegan los derechos de los seres humanos?
Estas religiones han de renunciar a actuaciones colonizadoras encubiertas bajo el nombre de “misioneras”, activar sus mejores tradiciones emancipatorias, igualitarias, utópicas, y fomentar el diálogo, ya que “sin diálogo el ser humano se atrofia y las religiones se anquilosan”, afirma Raimon Panikkar. Muchas de las actividades “misioneras” tienen claras connotaciones de conquista, proselitismo, imposición cultural y apropiación de las riquezas de los pueblos a los que dicen “misionar”.
“Quien dialoga –escribe Antonio Machado en Juan de Mairena-, ciertamente afirma a su vecino, al otro yo; todo manejo de razones –verdades o supuestos- implica convención entre sujetos, o visión común de un objeto ideal”. Pero no basta la razón, sigue diciendo Machado, para crear la convivencia humana; ésta precisa también “la comunión cordial, una convergencia de corazones en un mismo objeto de amor”.
El cambio de paradigma de las religiones monoteístas implica poner en el primer plano de su actividad no los ritos alejados de la vida, sino la ética. “La ética es la filosofía primera”, asevera el filósofo Emmanuel Lévinas. Me atrevo a afirmar que la ética es también la teología primera en todas las religiones. Pero no la ética neoliberal del mercado, que es excluyente e insolidaria, ni la supuesta ética de los movimientos terroristas, que siembran la muerte por doquier, sino la ética de la justicia y la solidaridad, de la paz y la defensa de la naturaleza, la ética liberadora de las religiones y los movimientos sociales, que luchan por la utopía de otro mundo posible donde quepan todos los mundos.
Y junto a la ética, la denuncia de la injusticia estructural, las desigualdades de todo tipo entre las dos orillas, los crímenes de lesa humanidad, las agresiones contra el medio ambiente, la fosa común de muertos del Sur en que se ha convertido el Mare nostrum. “No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio y negar acogida a los hombres, mujeres, niños y niñas que llegan a diario, muchas veces muriendo en el intento en las barcazas. Actuar de otra forma es negar la dignidad humana de los inmigrantes y refugiados, favorecer el trabajo esclavo y alimentar las continuas tensiones sociales”, declaró el papa Francisco en el discurso pronunciado en el Parlamento Europeo.
(*) Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de Invitación a la utopía. Estudio histórico para tiempos de crisis (Editorial Trotta).

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/09/02/opinion/1472837391_673445.html

miércoles, 27 de julio de 2016

CATACLISMO EN PUERTAS

EL NACIONAL, Caracas, 27 de julio de 2016
Clausewitz, el terrorismo y la muerte de la verdad
Aníbal Romero

Creo útil retomar algunas ideas de Clausewitz para enfocar retos actuales. Su gran obra, De la guerra o Von Kriege, publicada póstumamente en 1832, toma sus ejemplos de las guerras napoleónicas, que Clausewitz experimentó como participante activo. No obstante, varios de los conceptos expuestos en su libro tienen relevancia para la situación que hoy enfrentamos, de modo particular con referencia al terrorismo de raíz islamista.
Un tema clave es el de la limitación de las guerras. Clausewitz observó que la entrada protagónica de las masas en la historia, así como los avances de la industria y la tecnología, transformaban la guerra y le impulsaban hacia lo que denominó “el ascenso a los extremos”. Dicho en otras palabras, Clausewitz percibió que en las nuevas condiciones la guerra adquiría una tendencia a radicalizarse y hacerse “absoluta”. Mientras más muertes y destrucción, a la manera de un adicto a las drogas que siempre pide más, la guerra exigía todavía más dolor, en parte para justificar con la victoria el sufrimiento ya causado. Según Clausewitz –hijo de la Ilustración y creyente en el poder de la razón— correspondía a la “razón política”, encarnada en las decisiones de estadistas responsables, controlar en lo posible ese ascenso a los extremos y evitar que las guerras desembocasen en matanzas inútiles o resultados no deseados.
Interesa constatar, en primer término, que la guerra que el llamado Estado Islámico lleva a cabo contra Occidente es por definición una guerra absoluta, ya que su fin político busca la aniquilación del enemigo, de nuestra civilización sustentada en la libertad. Ello se constata en los pronunciamientos que  esta organización hace públicos a través de internet.
Con el concepto de “fin político” Clausewitz hacía referencia a la pregunta: ¿qué se busca con la guerra?, a diferencia del “objetivo militar” que responde más bien a otra pregunta: ¿qué se busca en la guerra? Y en este sentido es claro que para el Estado Islámico se trata de un fin desmesurado pero firmemente asumido, que se pretende lograr mediante el terror. El objetivo militar del Estado Islámico es el terror, y el terrorismo es un método. Fue Lenin, creo, quien dijo que “el objetivo del terror es el terror”. Lo anterior significa que los actos de terrorismo que el Estado Islámico lleva a cabo, procuran sembrar un terror tal en las sociedades abiertas y democráticas de Occidente que las obligue a cambiar cada vez más, a responder de manera que se produzca ese cataclismo apocalíptico que los adherentes al fundamentalismo islamista parecen tener planteado, como desenlace final de sus empeños.
Todo ello coloca a Occidente ante dilemas imperiosos y muy complicados. Esto último es innegable. No es sencilla la tarea de los políticos en Europa y Estados Unidos durante los tiempos que corren, lo cual no excusa sus fallas y errores. El equilibrio entre seguridad y libertad es precario, y una ciudadanía que comienza a sentir que sus dirigentes son impotentes para defenderles y garantizar el esencial pacto, postulado por Hobbes, entre protección y obediencia, podría perder su apego a las instituciones del Estado liberal y democrático y buscar otras soluciones.
El principal problema operativo frente al terrorismo también nos remite a Clausewitz y su fórmula sobre la asimetría entre defensiva y ofensiva. Clausewitz sostuvo que la defensa es la postura operacional más fuerte de la guerra, pues el defensor es el que en última instancia decide si habrá guerra o no, y si ésta continuará o no. Articulaba la idea con frases irónicas: “El invasor siempre es amigo de la paz; él desearía entrar en nuestro territorio sin oposición”. Pero con el terrorismo del Estado Islámico las cosas han cambiado. En este caso la ofensiva es la postura más fuerte de la guerra, pues los terroristas son capaces de atacar una casi inagotable lista de blancos en los momentos y circunstancias de su escogencia, en tanto que los defensores no pueden estar alertas y preparados en todas partes y a cada instante con igual eficiencia. Lo que puede entre otras cosas hacerse, como ocurre ahora en Francia, es desplegar al ejército en las calles como un método de disuasión, pero los recursos son limitados y la posibilidad de la sorpresa está en manos del enemigo.
Pocos días atrás un solo individuo, armado con una pistola, mató a nueve personas en un centro comercial de Munich, pero su acción paralizó por completo a la ciudad entera, confundió por buen rato a la policía y fuerzas especiales y expandió ondas de terror entre millones de ciudadanos en toda Alemania. ¡Un solo individuo con una pistola!
¿Qué hacer? Estas pasadas semanas, ante la sucesión de ataques en Bélgica, Francia y Alemania, diversos políticos han insistido, con razón, que un Estado constitucional no puede impedir todos los crímenes. Ello es parte de la verdad. El problema es que los ciudadanos esperan que el Estado les haga posible vivir normalmente, en relativa paz y sin estar cada minuto a la espera de que un terrorista dispare sobre ellos y sus familias. ¿Cuál debe ser el fin político de las democracias asediadas?
Luego de los ataques del 11-S en Nueva York y Washington publiqué una serie de artículos, en los que argumentaba que el fin político en la lucha contra el terrorismo islamista tenía que ser impedir un ataque con armas de destrucción masiva. Sigo creyendo que esto es crucial, pero no es suficiente. Ciertamente, el uso de armas químicas, biológicas o atómicas en un ataque terrorista constituiría una catástrofe, y la inmensa mayoría no puede siquiera concebir la magnitud de un desastre semejante. En consecuencia, quizás no podemos apreciar el éxito que se ha obtenido al evitar semejante calamidad. Pero insisto, esto no es suficiente. Con los ataques limitados que ahora se están produciendo ya empiezan a crujir las democracias de Occidente, y la ciudadanía a perder la confianza y la credibilidad en sus líderes.
Además de mejorar en todo lo posible los servicios de inteligencia y prevención (e informes oficiales aparecidos en Francia indican que no se ha hecho todo lo debido, y que cálculos mezquinos han obstaculizado acciones más eficaces), es imperativo que los dirigentes políticos digan la verdad, y no sólo parte de ella. Es increíble que importantes dirigentes en Estados Unidos, Alemania y Francia, entre otros países, todavía sean incapaces de asumir y manifestar la realidad incuestionable de que existe un vínculo palpable entre el terrorismo, el más importante y amenazante terrorismo, y el radicalismo islamista. La falta de voluntad para hacer esta identificación erosiona severamente la credibilidad de los políticos, y contrario a lo que se piensa no contribuye a preservar el respeto y apego a la ley de las comunidades islámicas en Occidente. Más bien, la renuencia de los políticos ante la verdad de las cosas acrecienta en esas comunidades la sensación de que Occidente está de rodillas, frente a una amenaza que no entiende o no desea entender.
Este fenómeno, que quisiera denominar “la muerte de la verdad”, es uno de los efectos más perniciosos y dañinos de la actual ola de terror en Europa y Estados Unidos. El ejemplo de Barack Obama, con sus reiteradas negativas a verbalizar la realidad de que existe un terrorismo islamista, a lo que se suman sus constantes evasiones y eufemismos, es sólo uno de los casos que pueden señalarse. Pero también personajes como Ángela Merkel y François Hollande son culpables de esta reiterada ofuscación. El intento de escapar de la verdad inflige una profunda herida a las sociedades abiertas.
Clausewitz realizó algunas de sus más hondas reflexiones en torno al concepto de “centro de gravedad del enemigo”. Se trata, en resumen, de aquél ámbito (puede ser una persona, una ciudad, un ejército, una estructura psíquica) cuya dislocación conduce más rápida y eficazmente a la derrota del adversario. En ese orden de ideas resulta muy difícil, diría que casi imposible, definir el centro de gravedad del terrorismo islamista. En una guerra de desgaste, de largo plazo, ese centro de gravedad del terrorismo surgiría quizás del cansancio, si nuestra civilización libre logra resistir los embates a que está siendo sometida sin cambiar su sustancia. Pero Occidente no se encuentra en una guerra de desgaste sino de decisión rápida, en cuanto que los terroristas sí entienden que el centro de gravedad de las sociedades liberal-democráticas es el vínculo de confianza entre dirigentes y dirigidos, entre los políticos y el ciudadano común. De allí que el proceso gradual de muerte de la verdad represente un riesgo tan grave, y que restaurar la confianza y la credibilidad de la gente en sus líderes sea un perentorio desafío. El tiempo apremia.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/opinion/Clausewitz-terrorismo-muerte-verdad_0_890911098.html

lunes, 2 de marzo de 2015

¿DE LA PÓLVORA VIENES Y A LA PÓLVORA VOLVERÁS?

EL PAÍS, Marid, 01 de marzo de 2015
LA CUARTA PÁGINA
Con violencia despiadada
Los clérigos de las religiones monoteístas han recurrido al terror y la desolación para mantener a raya a sus fieles o a los creyentes de otras confesiones. Es lo que hoy hacen los matarifes del Estado Islámico
Santos Juliá 

Como ya advirtió Max Weber, con aquella fuerza sintética que siempre caracterizó su escritura: “Toda organización de la salvación en una institución universalista de la gracia se sentirá responsable de las almas de todos los hombres, o al menos de todos los que le han sido confiados, y por ello se sentirá obligada a combatir, incluso con violencia despiadada, toda amenaza de desviación en la fe”. Nada sobra, nada falta: la organización de salvación en instituciones universalistas, esto es, la clerecía, si puede, recurrirá a la violencia despiadada: tal es la ley que atraviesa todas las historias de las religiones de salvación hasta que un poder civil, que no construye su legitimidad en la lectura de ningún libro sagrado, es capaz de reducir la religión al ámbito y al espacio que le son propios: la comunidad de creyentes y el templo.
Pero tanto la religión cristiana, como la musulmana y la judía han erigido sus templos —catedrales, mezquitas, sinagogas— en el centro del espacio público para que sus sacerdotes, imames y rabinos dominen desde esas imponentes construcciones la vida de los fieles, sus creencias y su moral, y para mantener a raya a los fieles de otras iglesias o los creyentes de otras religiones. No existe ninguna clerecía administradora de una religión de salvación que no haya pretendido que su voz, desde el púlpito, el minbar o el amud, se extendiera sobre todo el espacio circundante hasta llegar a someterlo a su mandato. Así es como los clérigos creen cumplir su misión como responsables de la salvación universal, aunque para lograrlo tengan que mezclar, según las ocasiones, la persuasión con el terror. Nada importa que, en sus orígenes, la religión de salvación haya germinado en comunidades de fraternidad y amor, como sin duda lo fue entre los primeros cristianos; cuando llegan los clérigos y se constituyen en poder, la fraternidad se transforma en odio y por amor se es capaz de llevar al matadero al hermano en la fe si sucumbe a la tentación de desviarse de la sagrada doctrina.
Por eso es vana, para alguien que no crea en una determinada religión, la pretensión de establecer cuál es su verdadero contenido o cuál el significado único de su libro sagrado: no hay ni puede haber un islamismo verdadero, de la misma manera que nunca hubo un cristianismo ni un judaísmo verdaderos, siempre idénticos a sí mismos durante todo el tiempo y en cualquier circunstancia. Más aún, los clérigos de las religiones asociadas a una concreta moral pública y de las que se derivan determinadas prácticas políticas, como ocurre con las tres monoteístas, suelen contemplar cómo surgen de sus mismas entrañas voces que se alzan contra la interpretación de la palabra divina sobre la que ellos construyen su poder; son los herejes, perseguidos y condenados a la hoguera por desviarse de la verdadera fe establecida por los dueños de los textos sagrados. Antes que a un infiel, que por definición no cree en la palabra revelada, a quien mata un creyente es al hereje, que le disputa el control de esa palabra.
Si disponen de poder para hacerlo o lo creen en peligro, derraman la sangre del infiel o del hereje
De ahí que pueda predicarse de todas las religiones monoteístas, contempladas a lo largo de siglos, aquello que Carl Schmitt decía de la católica, que era una complexio oppositorum: paz de Dios junto a guerra santa; o también: guerra santa y tregua de Dios. Lo mismo puede decirse de la judía y de la musulmana, las tres monoteístas, las tres basadas en un libro sagrado que contiene verdades reveladas, las tres —y este es el punto que aquí interesa— regidas por una clerecía, formada exclusivamente de hombres que por elección divina se encuentran investidos de autoridad para interpretar la palabra. Son ellos, los clérigos, quienes transmiten en cada momento y por medio de rituales que solo ellos pueden celebrar, y en los que solo ellos toman la palabra, el verdadero y único sentido de la fe revelada. En las tres religiones, los libros sagrados son mudos hasta que alguien, con el poder derivado de su consagración como clérigo, interpreta lo que allí quedó escrito.
Las tres con largos tramos de sus respectivas historias en los que no solo era posible sino voluntad misma de Dios, Alá o Jehová morir o matar en defensa de la fe, una voluntad que se transforma en violencia despiadada sobre las cosas y las personas cuando los clérigos sienten amenazado el poder de vida y muerte que detentan sobre la sociedad. En la larga y sangrienta historia de las religiones, no es posible encontrar ninguna dotada de ritos que celebrar, de libro sagrado en que creer y de clérigos a quienes obedecer, que no haya servido como instrumento de muerte y desolación cuando el dios de los creyentes alcanza la categoría de único dios en el mundo, cuando del libro sagrado se derivan leyes que rigen la conducta de los miembros de toda la sociedad y cuando los clérigos reclaman para sí y conquistan el poder de erigir sus templos sobre las ruinas de los antepasados, de destruir estatuas que el paso del tiempo ha convertido en símbolos perdurables de otros cultos y otras creencias, o de enviar a disidentes y heterodoxos a la muerte, después de conducirlos en procesión por las vías públicas: los herejes o las pobres brujas que la santa Inquisición llevaba a la hoguera tras someterlos a refinadas torturas; esos desventurados cristianos degollados hoy como corderos ante la mirada del mundo. Antes que derramar su sangre como mártires de la fe, los clérigos de las religiones de salvación, si pueden, si disponen de poder para hacerlo, o creen que ese poder corre peligro, derramarán la sangre del infiel o del hereje. Siempre lo han hecho, siempre lo van a hacer.
Los yihadistas ejecutan igual el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias
Nosotros guardamos en la memoria alguna reciente experiencia de toda esta desgracia. En aquel estremecedor y admirable panfleto que será por siempre Los grandes cementerios bajo la luna, el católico Georges Bernanos, procedente de la derecha nacionalista francesa y testigo horrorizado en 1936 de las matanzas en Mallorca, en las que tomaba parte uno de sus hijos bajo el mando del impostor conde Rossi, dejó escrito que “el Terror habría agotado desde hace mucho tiempo su fuerza si la complicidad más o menos reconocida, o incluso consciente, de los sacerdotes y de los fieles no hubiera conseguido finalmente darle un carácter religioso”. Fue primero el terror implantado por militares y fascistas; luego llegaron los clérigos: la religión católica vino a sacralizar la práctica derivada de una política de muerte. No fue que los rebeldes, por creyentes, mataran; fue que los asesinos, para proseguir su acción hasta el exterminio, la revestían de aura sagrada y la tomaban como prenda de salvación: la alta clerecía había predicado una guerra santa, una cruzada contra infieles e invasores que, con la religión, destrozaban la patria; su destino no podía ser otro que la muerte.
La palabra yihad podrá significar, para los eruditos en la interpretación de textos sagrados, lo que quiera que sea: esfuerzo, ayuda, lucha de liberación. Da igual. Es una auténtica yihad vivida como guerra santa —si fueran cristianos: una cruzada— lo que hoy repiten, celebrando ese horrible ritual ideado para transmitirse a todos los confines del mundo por las redes globales, los matarifes del Estado Islámico bajo la atenta mirada de un clérigo, todo vestido de negro, que observa a corta distancia y con idéntica impasibilidad el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias.

Ilustración: Enrique Flores.

martes, 17 de febrero de 2015

INTENSIFICACIÓN

EL PAÍS, Madrid, 16 de febrero de 2015
TRIBUNA
En defensa de los judíos, otra vez
El resurgimiento del antisemitismo indica una crisis de la democracia
Shlomo Ben Ami 
    
Pese a la impresión dada por las concentraciones unitarias y en masa habidas en toda Francia, el reciente ataque contra la revista Charlie Hebdono significa que la libertad de expresión se encuentre gravemente amenazada en la Europa occidental. Tampoco indica que el radicalismo islámico esté a punto de inundar, en cierto modo, o transformar a las sociedades occidentales. La amenaza que, en cambio, pone de relieve es otra menos comentada: el resurgimiento de la discriminación y la violencia contra los judíos de Europa.
Tanto en la masacre de París como en el caso del sábado en Copenhague —en ambos el asesinato de periodistas vino acompañado con ataques contra objetivos judíos— el yihadismo en tierras europeas ha conseguido convertir la libertad de expresión y la existencia de comunidades judías en Europa en los dos pilares esenciales de la democracia liberal. Desde ahora la defensa de ambos son vasos comunicantes sin los cuales estaremos presenciando la bancarrota de la idea europea.
Charlie Hebdo, el último vestigio de una tradición obscena y bastante salvaje de caricaturización escandalosa de las figuras políticas y religiosas de la Francia del siglo XIX, puede muy bien ser un icono ideal de la libertad de expresión. Los europeos se alzaron para defender un principio vital; la libertad de expresión, por brutal que sea lo expresado, conserva un puesto en cualquier democracia. Asimismo, “Eurabia”, la profecía de un fatal destino islámico para Occidente formulada por Bat Ye’Or, no se está cumpliendo, sencillamente. No hay partidos islámicos que ocupen escaños en los parlamentos europeos, pocas figuras musulmanas aparecen en los más importantes centros de poder político y cultural de Europa y en las instituciones de la Unión Europea, árabes y musulmanes brillan prácticamente por su ausencia. Los intentos de los radicales de reclutar a jóvenes musulmanes europeos no reflejan el inexorable ascenso de influencia islamista —o islámica siquiera— en Europa. Más bien ponen de relieve el feroz deseo de los radicales de influir en una región en la que una mayoría abrumadora de musulmanes aspira a integrarse en el orden establecido, en lugar de desafiarlo.
Lo que de verdad está amenazado en Europa es la comunidad judía. En 2006, el judío francés Ilan Halimi fue secuestrado y torturado brutalmente en un sótano durante tres semanas, a consecuencia de lo cual murió. En 2012, tres colegiales judíos y un rabino fueron asesinados a tiros en Toulouse y, en el pasado mes de abril, un matrimonio judío fue atracado en un suburbio de París, porque, como dijeron los atacantes, “los judíos han de tener dinero” (aunque eso no explica por qué después violaron a la mujer). Un mes después, un yihadista francés atacó el museo judío de Bruselas y mató a tres personas e hirió gravemente a una. Meses después, una muchedumbre asaltó una sinagoga en París.
Ninguno de esos sucesos desencadenó nada que se pareciera ni remotamente a la indignación pública de las últimas semanas. Si el asesinato de cuatro judíos en un supermercado kosher de París, perpetrado por un compinche de los atacantes de Charlie Hebdo, hubiera ocurrido en otras circunstancias, podemos dar por sentado que no habría provocado un movimiento generalizado para defender los valores de la República Francesa.
Algunos sostienen que la intensificación de la violencia antisemita en Europa está motivada primordialmente por la difícil situación de los palestinos, pero, según una encuesta de opinión de 2012, son más los europeos que creen que la violencia contra los judíos se alimenta de actitudes antisemitas muy antiguas y no de un sentimiento antiisraelí.
El islam radical propagó el odio a los judíos mucho antes de que surgiera el sionismo, y seguirá haciéndolo después de la creación de un Estado palestino. No es de extrañar que el aumento del relieve público del extremismo islamista, al despertar la atención de jóvenes musulmanes frustrados de Europa y otros países, ha espoleado un aumento de la violencia contra los judíos.
Un 63% de polacos cree que los judíos conspiran para controlar la banca
Pero el problema tiene raíces más profundas y da la impresión a los judíos de que no tienen futuro en Europa. Una reciente encuesta de opinión de YouGov reveló que un porcentaje importante de las poblaciones francesa y británica abrigan opiniones antisemitas. Otra encuesta, llevada a cabo por el Centro de Investigación de los Prejuicios, de la Universidad de Varsovia, mostró que en 2013 aproximadamente el 63% de los polacos creía que los judíos conspiran para controlar el sistema bancario y los medios de comunicación del mundo.
Las consecuencias de ello, no sólo para los judíos, sino también para Europa, son graves. Como señaló Hannah Arendt hace seis decenios, el ascenso del antisemitismo provocó la caída de Europa en el totalitarismo. Al conseguir afianzarse en muchos países los movimientos populistas y extremistas de derecha, el sistema político de Europa —y los valores que lo sostienen— está en peligro.
El primer ministro de Francia, Manuel Valls, reconoció ese peligro. En un discurso pronunciado en la Asamblea Nacional, que recordó al ataque de Émile Zola a la “ciega estupidez” del odio a los judíos hace casi 120 años, preguntó: “¿Cómo podemos aceptar que en nuestras calles de Francia (...) se oigan gritos de ‘¡Muerte a los judíos!’? (...) ¿Cómo podemos aceptar que personas francesas sean asesinadas por ser judías?”. Después advirtió que el renacimiento del antisemitismo en Francia —patente en la preocupación provocada por la inclusión del Holocausto en el programa de estudios de la escuela francesa— indica una crisis de la democracia.
Valls sigue siendo el único político europeo que ha puesto de relieve el peligro con la urgencia que merece. Ya es hora de que sus homólogos den un paso al frente y, al hacerlo, no deben descartar políticas audaces, sin complejos, encaminadas a influir en la política de Israel para con Palestina.
Al mismo tiempo, buscar la solución para un problema que está tan profundamente arraigado en la historia de Europa —y en la del islam—, achacándolo al conflicto palestino-israelí o a jóvenes musulmanes alienados constituye una falacia peligrosa. Para no volver a caer en las garras del miedo, el odio y la política atroz, los europeos deben mirarse detenidamente a sí mismos.
(*) Shlomo Ben Ami, exministro de Asuntos Exteriores de Israel y actual vicepresidente del Centro Internacional por la Paz de Toledo.

OBJETIVO MORAL

EL PAÍS, Madrid, 17 de febrero de 2015
Guetos escolares
El ascensor social se detiene cuando se desatienden las diferencias sociales que entorpecen el progreso educativo
Victoria Camps 
   
Después de los atentados islamistas, el Gobierno francés se ha propuesto iniciar una ofensiva en las escuelas con el propósito de reforzar los “valores republicanos”. Un objetivo etéreo que se materializa en la puesta en marcha de algunas enseñanzas poco canónicas: las virtudes cívicas, la utilización responsable de los medios de comunicación, el sentido de la laicidad. Todas ellas convergen en la necesidad de “enseñar a vivir juntos”, pues lo de convivir es una práctica que nunca hay que dar por supuesta, sino que debe ser explícitamente enseñada. No sólo eso, los mandatarios franceses saben muy bien que la infraestructura también educa y que, más allá de cualquier enseñanza programada, lo perentorio es salir del “apartheid escolar”.
Los alumnos procedentes de la inmigración se acumulan en las escuelas de las temidas banlieues. Existe una segregación étnica y social que es resultado de la segregación residencial. Se crean escuelas-guetos que acumulan peligros de todo tipo: drogas, embarazos precoces, incivismo, intolerancia hacia el extranjero. La excelente película La Classe, de Laurent Cantet, es un exponente perfecto de los fallos del modelo de integración republicana, que no ha podido evitar ni el fracaso escolar ni la exclusión social.
No es un fenómeno exclusivo de Francia. Ocurre también aquí. Las escuelas catalanas del cinturón metropolitano concentran el mayor número de alumnos procedentes de la inmigración. Por no hablar de localidades como Salt o Vic. Precisamente en Vic se ideó, hace años, cuando la inmigración era incipiente, una iniciativa municipal destinada a equiparse con las medidas necesarias para hacer frente a los problemas que podía plantear el flujo creciente de inmigrantes. El experimento tuvo éxito hasta el punto de que se conocía en toda España como “el modelo de Vic”. Hace unos días, la consejera de Enseñanza ha anunciado el propósito de dotar a las escuelas que lo requieran de aulas de acogida que presten una atención especial a los alumnos inmigrantes. Los informes PISA y los controles autóctonos realizados por la Administración catalana reflejan reiteradamente que el fracaso escolar es proporcional al bajo nivel cultural, económico y social de las familias. El ascensor social que debiera ser la educación se detiene cuando se desatienden las diferencias económicas y culturales que entorpecen el progreso educativo.
El ascensor social es necesario porque las familias son desiguales. Tal es la convicción que llevó a instaurar la escuela pública como garantía de un acceso a la educación igualitario. Pero el ideal de una misma escuela para todos está lejos de ser una realidad salvo en algunos países, véase Finlandia, donde, como explicaba muy bien en estas páginas Judit Carrera, los padres no necesitan elegir la escuela de sus hijos porque todas son iguales en excelencia, con maestros formados y socialmente reconocidos, diseños cuidados y ambientes cálidos. Si la educación en Finlandia es pionera en Europa, y casi en el mundo, es porque es realmente una prioridad de los gobiernos y de la sociedad en su conjunto. Ese es el primer paso que hay que dar para enseñar la compleja asignatura de enseñar a vivir juntos.
Si la educación en Finlandia es pionera en Europa es porque es una prioridad de los gobiernos y de la sociedad en su conjunto
Nuestro sistema escolar no es malo. La escuela pública ha perdido las connotaciones despreciativas que tuvo en el franquismo, pero su revalorización aún deja bastante que desear. No es paralela a la que se ha producido en el sistema sanitario donde lo público goza de una aceptación total y sin reservas. En el caso de la educación no es así. Tenemos una escuela pública de verdad, y otra medio pública —concertada— que marca diferencias. No por lo que se refiere al profesorado que, cuando puede, opta por trabajar en la escuela pública, sino por la desigualdad que introduce en el acceso del alumnado. Aunque sólo sea porque las escuelas concertadas escasean en los barrios más desfavorecidos.
El objetivo de aprender a vivir juntos es un objetivo moral. No puede ser sólo teórico, tiene que ser práctico. La ética, decía Aristóteles, no se enseña como la geometría o la matemática, se enseña practicándola. Es el ejemplo de los que tienen que servir de referentes, la imitación, lo que lleva a crear costumbres, maneras de ser, eso que los griegos llamaron ethos, de donde procede el término “ética”. Si el ethos no refleja lo que la teoría pretende inculcar, esta se desvanece en un instante. Si el ethos no elimina las desigualdades injustas, aquellas en las que uno se encuentra sin haberlo querido ni buscado, es inoperante teorizar sobre el respeto y la igual dignidad.
Estamos a las puertas de una serie de convocatorias electorales que se anuncian convulsas y propiciadoras de cambios radicales. Estos, para ser radicales de verdad, no pueden ser sólo cuantitativos, sino cualitativos. En el caso de la educación, lo que necesitamos no son más escuelas, sino un sistema educativo de calidad. Ahí se ha estrellado la izquierda. Supo universalizar la educación, pero no darle la calidad necesaria. Tampoco veo en los discursos de Podemos que la educación sea un tema prioritario, ni siquiera en un partido cuyos dirigentes son todos ellos universitarios. Pero es que, según los últimos sondeos del CEO de la Generalitat, ni la educación ni la cultura son prioritarios en las preocupaciones de los catalanes. Está todo dicho.
(*) Victoria Camps es profesora emérita de la UAB

martes, 2 de septiembre de 2014

DESORBITACIÓN

EL NACIONAL, Caracas, 01 de septiembre de 2014
El otro islam
Demetrio Boersner

Es preocupante la existencia, en el mundo occidental actual y sobre todo en Europa, de un anti-islamismo inmundo y vulgar, tan condenable como lo es, por otro lado, el antisemitismo o antijudaísmo. La presencia de un gran número de inmigrantes musulmanes fue tolerada por la población europea mientras existía la situación de prosperidad y pleno empleo de décadas pasadas, pero se tornó odiosa para los europeos atrasados y de mente estrecha a partir del momento en que el inmigrante aparecía como potencial competidor en un mercado que se contraía. La recesión económica, y la falta de liderazgo democrático de calidad, hicieron que creciera el sector de pequeños burgueses y sub-proletarios ignorantes, frustrados y rabiosos que se enrolan en peligrosos movimientos xenófobos y neofascistas como los de Marine Le Pen y Geert Wilders.
Lamentablemente en Venezuela no faltan unos pocos desorbitados en el campo de la oposición que, por el hecho de que el chavismo se muestra indiscriminadamente pro-islámico, van al extremo contrario y difunden generalizaciones difamatorias contra la respetable comunidad religiosa, histórica y cultural constituida por los 1.500 millones de musulmanes en el mundo. Frente a ello, en un artículo anterior, citamos frases del Corán que apuntan a una fraterna convivencia universal y mencionamos los episodios del pasado histórico en los cuales el Islam superó con creces, en materia de civilización y de tolerancia, a la Cristiandad y, en particular, dio acogida y protección a los judíos que ésta perseguía y expulsaba.
Pero también señalamos en aquel artículo que el mundo musulmán sufrió un retroceso infortunado desde el siglo XVIII en adelante, por la ascendente supremacía del moderno Occidente expansionista y colonizador y la incapacidad de las élites musulmanas de reaccionar positivamente. De allí resultó una profunda frustración que con frecuencia se traduce en violentos brotes de fanatismo religioso que tergiversa el mensaje del profeta Mahoma mediante frases sacadas de su contexto, y que sirve de mampara a movimientos terroristas que, siguiendo el ejemplo del fascismo, aspiran a la creación de un orden universal de desigualdad y autoritarismo totales.
Con la reciente fundación del “Estado Islámico de Irak y el Levante”, elevado a la categoría de califato universal y ya reconocido como tal por Al Qaida y otros grupos extremistas, esa corriente totalitaria ha ganado gran poder ideológico y estratégico. Afortunadamente, esto parece tener el efecto de movilizar, en reacción defensiva, a las vastas reservas del Islam decente, no fanático ni totalitario. La mayoría musulmana que no acompañó nunca a los islamistas fanáticos, sino opta por un nacionalismo moderno y acepta los conceptos teóricos de la soberanía popular y de la separación entre la Mezquita y el Estado, o que practica un islamismo moderado, está actualmente en proceso de alinearse en un frente internacional anti-califato. Los gobiernos islamo-demócratas de Turquía y de Túnez, los regímenes laicistas militaristas de Egipto y de Siria, las monarquías tradicionalistas de Arabia Saudita y del Golfo, las monarquías constitucionales de Marruecos y Jordania, el régimen nacional-liberador de Argelia, la teocracia moderada de Irán -y hasta las organizaciones radicales Hermandad Musulmana, Hamás y Hezbolá- repudian el horrendo extremismo del califato.
No tenemos la menor duda de que la vasta mayoría de los musulmanes dispersos por el mundo –incluso en nuestro propio país- rechazan el fanatismo fascista del “califato” y abogan por un mundo de convivencia pacífica entre los seres humanos de buena voluntad. Pero hace falta que manifiesten esa posición con claridad. Hasta ahora no lo han hecho por temor a las minorías islamistas terroristas que amenazan su vida y las de sus seres queridos.  Esperamos que logren superar sus inhibiciones y que pronto, en muchas mezquitas, imanes humanistas prediquen homilías de tolerancia y fraternidad.
Estos tiempos son curiosos. Los adversarios de ayer se convierten en los aliados de hoy, y viceversa. Estados Unidos, afectado por la crisis económica y gobernado por un presidente cauteloso, se muestra reacio a intervenir en el tercer mundo, mientras países de dicho mundo le ruegan que lo haga. Europa, Rusia, China e India –todos amenazados por el yihadismo- a su vez anhelan que el califato sea neutralizado de manera contundente, y quizás añoran el liderazgo yanqui de otros tiempos. En cuanto a nosotros, miembros de la OPEP, más que nadie necesitamos que un grupo de naciones serias (del norte, del sur, de derecha y de izquierda) una sus fuerzas para eliminar una seria amenaza de tipo totalitario y, de paso, salvaguarde el mercado petrolero mundial.

jueves, 10 de julio de 2014

NOTICIAS DEL IMPERIO

EL PAÍS, Madrid, 10 de julio de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Califato y terrorismo global
El Estado Islámico, que se ha despojado de las referencias a Irak y Levante en su nombre, aspira a instaurar un imperio político panislámico en competencia con Al Qaeda por la supremacía en el universo yihadista
Fernando Reinares 

¿Estamos ante una resolución tomada por dirigentes de una entidad con liderazgo y estrategia propios o responde a los designios de las autoridades estatales que patrocinan su campaña terrorista? Si se trata de lo primero, ¿es una iniciativa adoptada por yihadistas cuya agenda es predominantemente local y en particular iraquí, o ante un nuevo desarrollo del yihadismo internacional con proyección regional o incluso mundial? Caso de que se trate de lo segundo, ¿es la opción de una organización que intenta ante todo subsistir en el escenario de conflicto armado que conforman Siria e Irak, o que es ya núcleo de una nueva red de terrorismo global?
Empiezo por el primero de estos interrogantes. Durante los dos últimos años han circulado, incluso entre periodistas y comentaristas occidentales dedicados a temas de Oriente Próximo, especulaciones en apariencia racionalistas, unas veces infundadas y otras exageradas, sobre conexiones de la actividad terrorista que tiene lugar en Siria e Irak con los gobernantes de ambos países o de otros de la región, incluyendo a los de la península Arábiga. Especulaciones, por ejemplo, a las que era común relacionar los atentados el EIIL con el beneficio que supuestamente suponían para el régimen de El Asad en Siria. Como si dicha organización yihadista no tuviese una dinámica autónoma respecto al modo en que evolucionara la correlación de fuerzas entre otros contendientes asimismo implicados en la guerra civil que desde 2011 asola ese país.
Especulaciones que también lo eran al presentar al EIIL y sus actividades terroristas como mero producto de los servicios de inteligencia de Arabia Saudí o de patrocinadores que actúan desde otros países del Golfo como Qatar. En este sentido, sin embargo, hay indicios suficientes para considerar verosímil que los extraordinarios avances del EIIL en Siria e Irak se deben en parte al apoyo que esta organización yihadista ha recibido desde esos dos sultanismos. Incluso para sospechar que los servicios de inteligencia saudíes, al menos hasta abril de este mismo año, intentaron manejarla como proyecto de su asistencia encubierta a las facciones extremistas de la oposición siria. Pero la lógica del EIIL no estaba sujeta a la voluntad de quienes imaginaron instrumentalizarla. Menos aún, es obvio, a la de quienes eran vistos como favorecidos por su brutalidad. Al contrario.
El nuevo líder reivindica su autoridad política y religiosa sobre todos los musulmanes
Paso entonces a abordar el segundo interrogante. El EIIL es la tercera denominación consecutiva de una organización yihadista que asumió este nombre en 2013 pero desde 2006 era conocida como Estado Islámico de Irak (EII) y anteriormente como Al Qaeda en la Tierra de los Dos Ríos (AQTDR), fundada en 2004. A lo largo de más de ochos años confinó sus actividades al territorio iraquí. A excepción de un importante atentado suicida perpetrado en noviembre de 2005 en Ammán, que podría relacionarse con el origen jordano de su entonces máximo dirigente, Abu Musab al Zarqaui, no se le habían atribuido otros actos de terrorismo fuera de Irak hasta que empezó a ejecutarlos en Siria. Sin embargo, el mero hecho de que su líder inicial tuviese nacionalidad jordana y que la organización fuera la extensión reconocida de Al Qaeda en Irak indica que su actuación local se enmarcaba en la yihad global.
Por definición, la proclamación de un nuevo califato apenas anunciada por el EIIL reafirma esta orientación internacional, que además trasciende a la de una agenda regional. Para empezar, el EIIL se ha despojado de las referencias a Irak y Levante en su nombre, que ha pasado a ser el de Estado Islámico (EI) sin más. Al tiempo, discusiones doctrinales aparte, aunque los dirigentes del mismo admiten que la extensión de aquel califato queda administrativamente delimitada en estos momentos a un área “de Alepo a Diyala”, alegan que su autoridad política y religiosa “incumbe a todos los musulmanes”, de modo que el califa designado lo es “para los musulmanes en cualquier lugar”.
Es difícil negar que esta iniciativa, cuya aspiración última es instaurar una suerte de imperio político panislámico que incluya al conjunto de territorios en los que, en algún momento de la historia posterior al siglo VII, ha existido dominio musulmán, supone un evidente desarrollo del yihadismo internacional.
La actual rivalidad entre los combatientes en Irak y Al Qaeda podría acabar en cooperación
Esto me lleva al tercero de los interrogantes planteados. Desde la formación de Al Qaeda en 1988, el yihadismo internacional se encuentra estrechamente relacionado con el terrorismo global. Hace poco más de un año, Ayman al Zawahiri, como el emir de esa estructura terrorista que sucedió a Osama bin Laden, rompió su vinculación con el EIIL, organización a la que desposeyó de la condición de rama territorial de Al Qaeda que hasta entonces ostentaba junto a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y Al Shabab. Pero Al Qaeda y el EIIL, ahora EI, comparten fines aunque discrepan en tácticas y en la secuencia temporal a lo largo de la cual deben alcanzarse. Pero esos objetivos últimos declarados, al margen de otras consideraciones sobre su formulación, son de alcance global, lo que hace que la violencia terrorista a que se recurra con la intención de avanzarlos cumpla con uno de los dos criterios de demarcación del terrorismo global.
El otro criterio de demarcación que permite definir a un terrorismo no ya como transnacional o internacional sino como global, se refiere a la extensión de los actores individuales y colectivos implicados en el mismo, que debe estar en consonancia con aquellos objetivos. Este criterio, que desde hace década y media satisface la urdimbre terrorista relacionada de uno u otro modo con Al Qaeda, está por ver lo cumpla por sí mismo el EI. No es casual que, inspiradas en una misma ideología, ambas entidades pugnen ahora por la supremacía en el yihadismo global como movimiento. Desde la ruptura entre Al Qaeda y el EIIL, éste ha conseguido recabar el apoyo de distintas organizaciones yihadistas que existen como tales, desde Ansar al Sharia en Libia o Túnez hasta Ansar Bayt al Maqdis en Egypto o Abu Sayaf en Filipinas. Incluso provoca fracturas internas en otras aún asociadas con Al Qaeda. También está concitando la adhesión de una mayoría de los musulmanes radicalizados en el seno de las sociedades occidentales, incluida España.
En el contexto de esta competición entre yihadistas adquiere un especial sentido la proclamación del califato hecha por el EI. Esta iniciativa, presentada literalmente como una “victoria”, al igual que la realidad del control que dicha organización ejerce sobre amplias zonas de Siria e Irak, son difundidas como éxitos que contrastarían con el estancamiento y la relativa escasa notoriedad de Al Qaeda. No debe descartarse, sin embargo, que hechos consumados y llamamientos a la reconciliación dentro del movimiento yihadista internacional conviertan la actual competición en cooperación. Mientras tanto, una posible consecuencia de la rivalidad entre el núcleo de una red de terrorismo global existente y el de otra emergente es que ambas, mientras se esfuerzan por revertir la situación y consolidar ventajas respectivamente, traten de movilizar apoyos en su común población de referencia exhibiendo determinación y capacidad para ejecutar atentados espectaculares en o contra Occidente.
(*) Fernando Reinares es investigador principal en el Real Instituto Elcano y catedrático en la Universidad Rey Juan Carlos. Actualmente imparte un curso de posgrado sobre terrorismo global en la Universidad de Georgetown, en Washington.

Ilustración: Eduardo Estrada.