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lunes, 20 de abril de 2020

2500 AÑOS DE ESFUERZOS

EL UNIVERSAL, Caracas, domingo 11 de marzo de 2012
Dolientes de la Filosofía... pero muy queridos
La Filosofía puede seguir preguntando, interrogando o dudando cuanto quiera...
Emeterio Gómez

Un amigo muy querido arremete contra lo que él asume como un insensato empeño mío: ¡¡matar a la Filosofía!! Pero no fui yo el que parió dicha idea, de puro genio que a lo mejor soy, sin saberlo. No fui yo el que decretó esa lenta muerte que ya dura 228 años, desde que Kant fracasó al intentar conectar la Razón y la Moral. O desde que T. S. Eliot afirmó que no soportaríamos la Realidad sin los esquemitas lógicos que le superponemos para humanizarla. No fui yo sino Nietzsche el que se burló de Platón, como le dio la gana, al mostrar que la Razón carecía de basamento.

Y, por si alguna duda quedaba, Wittgenstein le dio el Tiro de Gracia a la moribunda. Acuñó en su Tractatus una idea que nadie ha rebatido; y que dejó a la Filosofía en el aire: que "Todas las proposiciones lógicas son tautológicas", esto es, que la conclusión de un silogismo no agrega -ni puede agregar- ningún conocimiento nuevo al que ya estaba en las premisas. Si "todos los hombres son mortales" y "Sócrates es hombre", es obvio que allí está ya contenida, íntegra, la conclusión.

Dice nuestro amigo (en un desafío caballeresco a dos ideas que vengo sosteniendo: que la Filosofía ha muerto y que deberíamos relanzar la Religiosidad; el otro "rollo" que, hoy, no tocaremos); dice él, que "La Filosofía es una interrogación permanente; la Religión, una respuesta permanente. Quien quiere conocer, cuestiona y eso es Filosofía... Quien quiere creer, cree y eso es Religión. Quien duda, busca la Filosofía. El que quiere certezas busca la fe".

Todo lo cual es absolutamente cierto... pero relativo. Por supuesto que la filosofía fue una "interrogación permanente"... ¡¡pero intentó producir respuestas y respuestas incontrovertibles!! Platón pretendió responder a la pregunta por el Bien... y fracasó. Y lo mismo le pasó con la Justicia, la Piedad y con todas las ideas alusivas a la Moral. Aristóteles fundó la Lógica -es decir, dio una respuesta- pero estaba a 2.400 años (hasta el siglo XIX) de saber que la suya era una lógica hipotética, sin el menor chance de captar la realidad. ¡¡Porque no hay, ni puede haber, ninguna Verdad Universal!! Algo que Rubén Blades ya sabía desde antes de Platón: "Que todo depende del color del cristal con que se mire".

Pero falta aún el fracaso esencial: Cuando se trata de captar la Naturaleza, el problema no es muy grave, porque -en ella- las premisas son más o menos sólidas. Porque allí cabe lo que el buenazo de Shakespeare creyó: la ingenua idea de que -en el plano de lo Humano- podemos escoger con claridad entre el to be y el not to be. Porque en la Natura hay realidades más o menos estables, que ciertamente son o no son. En ese plano de lo Natural, podemos "salvar" a la Filosofía diciendo que no fue que murió, sino que le cedió el paso a la Ciencia. Pero la verdadera esfera en la que se dirime el asunto es la de lo Humano, el Espíritu, la Conciencia, el Alma o como se llame. Allí la Filosofía no tiene nada que buscar. ¡¡Porque no hay premisas!!

Allí es donde "se bate el cobre", donde después de 2.500 años de esfuerzos, la Humanidad descubre que no hay Respuesta. Allí la Filosofía puede seguir preguntando, interrogando o dudando cuanto quiera, que, con toda seguridad ¡¡solo generará dogmas!! Simplemente, porque -como titulé un artículo reciente- el Alma es Inescrutable... por definición, tautológicamente. Porque si lográsemos conocerla o escrutarla (o sea ¡¡si le liquidásemos el Inconsciente!!) nuestra comprensión de ella alteraría su Ser. Con lo cual el conocimiento de lo Humano ya no sería de lo Humano sino de una Cosa.

Fotografía: Tomada de la cuenta de @rafaelarraiz. 
Brevísima nota LB: Tomado de la sección de Notas de nuestra cuenta de Facebook.

jueves, 2 de abril de 2020

LAS PREGUNTAS DE LA VIDA

AL HILO DE LOS DÍAS TRIBUNA 
Un cataclismo previsto
Las principales instituciones mundiales denunciaron hace meses que un brote de enfermedad a gran escala era una perspectiva tan alarmante como realista y alertaron de que ningún Gobierno estaba preparado
Juan Luis Cebríán
En septiembre del año pasado, un informe de Naciones Unidas y el Banco Mundial avisaba del serio peligro de una pandemia que, además de cercenar vidas humanas, destruiría las economías y provocaría un caos social. Llamaba a prepararse para lo peor: una epidemia planetaria de una gripe especialmente letal transmitida por vía respiratoria. Señalaba que un germen patógeno de esas características podía tanto originarse de forma natural como ser diseñado y creado en un laboratorio, a fin de producir un arma biológica. Y hacía un llamamiento a los Estados e instituciones internacionales para que tomaran medidas a fin de conjurar lo que ya se describía como una acechanza cierta. La presidenta del grupo que firmaba el informe, Gro Harlem Brundtland, antigua primera ministra de Noruega y exdirectora de la Organización Mundial de la Salud, denunció que un brote de enfermedad a gran escala era una perspectiva tan alarmante como absolutamente realista y podía encaminarnos hacia el equivalente en el siglo XXI de la “gripe española” de 1918, que mató a cerca de 50 millones de personas. Denunció además que ningún Gobierno estaba preparado para ello, ni había implementado el Reglamento Sanitario Internacional al respecto, aunque todos lo habían aceptado. “No sorprende” —dijo— “que el mundo esté tan mal provisto ante una pandemia de avance rápido transmitida por el aire”.
Los llantos de cocodrilo de tantos gobernantes, en el sentido de que nadie podía haber imaginado una cosa así, no tienen por lo mismo ningún sentido. No solo hubo quienes lo imaginaron: lo previeron, y advirtieron seriamente al respecto. Ha habido sin ninguna duda una negligencia por parte de los diversos ministros de Sanidad y sus jefes, y en Francia tres médicos han presentado ya una querella contra el Gobierno por ese motivo. La consecuencia es que la mayoría de las naciones occidentales están hoy desbordadas en sus capacidades para luchar contra la epidemia. Se ha reaccionado tarde y mal. Faltan camas hospitalarias, falta personal médico, faltan respiradores, y falta también transparencia en la información oficial. En nuestro caso los periodistas tienen incluso que soportar que sus preguntas al poder sean filtradas por el secretario de Comunicación de La Moncloa.
El 24 de febrero la OMS declaró oficialmente la probabilidad de que nos encontráramos ante una pandemia. Pese a ello y a conocer la magnitud de la amenaza, ya hecha realidad con toda crudeza en varios países, apenas se tomaron medidas en la mayoría de los potenciales escenarios de propagación del virus. En nuestro caso se alentó la asistencia a gigantescas manifestaciones, se sugirió durante días la oportunidad de mantener masivas fiestas populares, no se arbitró financiación urgente para la investigación, se minimizó la amenaza por parte de las autoridades, e incluso el funcionario todavía hoy al frente de las recomendaciones científicas osó decir entre sonrisas que no había un riesgo poblacional.
No es momento de abrir un debate sobre el tema, pero es lícito suponer que además de las responsabilidades políticas los ciudadanos, que ofrecen a diario un ejemplo formidable de solidaridad en medio del sufrimiento generalizado, tendrán derecho a demandar reparación legal si hay negligencia culpable. Cunden a este respecto las dudas sobre la constitucionalidad en el ejercicio del estado de alarma. Se han suspendido en la práctica, aunque el decreto no lo establezca así, dos derechos fundamentales, el de libre circulación y el de reunión. No se discute el contenido de las medidas, del todo necesarias, sino la decisión de no declarar el estado de excepción que sí cubriría sin duda alguna dichos extremos, como también la movilización del Ejército. La impresión dominante es que el Gobierno es prisionero en sus decisiones de los pactos con sus socios de Podemos y los independentistas catalanes y vascos. En una palabra, la conveniencia política prima, incluso en ocasiones tan graves como esta, sobre la protección de la ciudadanía.
La Unión Europea debería haber adoptado medidas homogéneas para el conjunto de sus miembros
En descargo de nuestras autoridades puede apelarse por desgracia a parecidos errores cometidos en la Unión Europea, cuyo fracaso institucional, si no despierta a tiempo de la parálisis, amenaza con ser definitivo. La falta de coordinación entre los Gobiernos, la variedad de las decisiones adoptadas, la incapacidad para dar una respuesta global a un problema global, es ultrajante para la ciudadanía. La Comisión, el Consejo y el Parlamento europeos deberían haber adoptado medidas homogéneas para el conjunto de sus miembros. Europa ya venía fracasando en las políticas sobre emigración o refugiados, y solo se ha mostrado firme y coherente en la exigencia de austeridad que garantice los equilibrios presupuestarios. Dicha austeridad, aplicada con criterios cortoplacistas, está en la base de la escasa inversión en los sistemas de salud, cuyas carencias nos conducen ahora al mayor desequilibrio económico y fiscal imaginable. A medida que se cierran las fronteras y se expulsa a los extranjeros, crece el nacionalismo de viejo cuño, incapaz como es de dar respuesta a problemas planetarios, y en el que se engendran desde hace siglos sangrientos conflictos.
Pero el desorden no es solo europeo. No se han reunido el G20 y el G7, los supuestos amos del mundo; los llamamientos del secretario general de la ONU a proteger a los países más desfavorecidos e inermes ante la amenaza letal no son escuchados; y al presidente de Estados Unidos no se le cae de la boca la acusación a China de ser la responsable de esta catástrofe porque el primer ataque del virus tuvo lugar en Wuhan. Uno de los principales deberes pendientes, cuando la situación se haya estabilizado, será tratar de analizar el verdadero foco del patógeno, y establecer si tiene su origen natural o fue un invento humano. Al fin y al cabo, también la pandemia de 1918 recibió el apelativo de “gripe española” cuando en realidad la transmitieron soldados norteamericanos que habían desembarcado en un puerto francés.
Dure dos semanas o dos meses (más probablemente esto último) la batalla ciudadana contra el virus, lo que se avecina tras la victoria, cuyo precio habrá que contabilizar en vidas humanas antes que en datos económicos, es una convulsión del orden social de magnitudes todavía difíciles de concebir. El poder planetario se va a distribuir de forma distinta de como lo hemos conocido en los últimos 70 años. El nuevo contrato social ya ha comenzado a edificarse además gracias al empleo masivo de la digitalización durante el confinamiento de millones de ciudadanos en todo el orbe. En el nuevo escenario, China no será ya el actor invitado, sino el principal protagonista. La eficacia de sus respuestas en las dos últimas crisis globales, la financiera de 2008 y la pandemia de 2020, le va a permitir liderar el nuevo orden mundial, cuyo principal polo de atención se sitúa ya en Asia. No por casualidad países como Corea del Sur, Singapur y Japón sobresalen en el podio de los triunfadores frente al coronavirus. Este nuevo orden mundial ha de plantear interrogantes severos sobre el futuro de la democracia y el desarrollo del capitalismo. También sobre el significado y ejercicio de los derechos humanos, tan proclamados como pisoteados en todo el orbe. Por mucho que griten los populistas es la hora de los filósofos. Uno de los más respetados en el ámbito del Derecho, el profesor Luigi Ferrajoli, llamaba precisamente desde Roma, apenas días antes de que la ciudad se cerrara al mundo, a levantar un constitucionalismo planetario, “una conciencia general de nuestro común destino que, por ello mismo, requiere también de un sistema común de garantías de nuestros derechos y de nuestra pacífica y solidaria coexistencia”. Palabras que me hubiera gustado escucharan los españoles días atrás en alguno de los mensajes a la nación, tan bienintencionados como poco inspiradores.

Fuente:
Fotografía: Noel Celis (AFP). Una mujer protegida por una mascarilla conduce una moto en Wuhan (China)  https://elpais.com/cultura/2020/03/31/babelia/1585676259_109937.html

TRIBUNA
El regreso del conocimiento
Nos habíamos acostumbrado a vivir en la niebla de la opinión; pero hoy, por primera vez desde que tenemos memoria, prevalecen las voces de personas que saben y de profesionales cualificados y con coraje
Antonio Múñoz Molina

Por primera vez desde que tenemos memoria las voces que prevalecen en la vida pública española son las de personas que saben; por primera vez asistimos a la abierta celebración del conocimiento y de la experiencia, y al protagonismo merecido y hasta ahora inédito de esos profesionales de campos diversos cuya mezcla de máxima cualificación y de coraje civil sostiene siempre el mecanismo complicado de la entera vida social. En los programas de televisión donde hasta hace nada reinaban en exclusiva charlistas especializados en opinar sobre cualquier cosa en cualquier momento, ahora aparecen médicos de familia, epidemiólogos, funcionarios públicos que se enfrentan a diario a una enfermedad que lo ha trastocado todo y que en cualquier momento puede atacarlos a ellos mismos. Cada tarde, a las ocho, sobre las calles vacías, estalla como una tormenta súbita un aplauso dirigido no a demagogos embusteros sino a los trabajadores de la sanidad, que hasta ayer mismo cumplían su tarea acosados por los continuos recortes, la falta de medios, el desdén a veces agresivo de usuarios caprichosos o quejicas. Ahora, salvo en los reductos consabidos, no escuchamos eslóganes, ni consignas de campaña diseñadas por publicistas, ni banalidades acuñadas por esa especie de gurús o aprendices de brujo que diseñan estrategias de “comunicación” y a los que aquí también, qué remedio, ya se llama spin doctors: engañabobos, embaucadores, vendedores de humo.
La realidad nos ha forzado a situarnos en el terreno hasta ahora muy descuidado de los hechos: los hechos que se pueden y se deben comprobar y confirmar, para no confundirlos con delirios o mentiras; los fenómenos que pueden ser medidos cuantitativamente, con el máximo grado de precisión posible. Nos habíamos acostumbrado a vivir en la niebla de la opinión, de la diatriba sobre palabras, del descrédito de lo concreto y comprobable, incluso del abierto desdén hacia el conocimiento. El espacio público y compartido de lo real había desaparecido en un torbellino de burbujas privadas, dentro de las cuales cada uno, con la ayuda de una pantalla de móvil, elaboraba su propia realidad a medida, su propio universo cuyo protagonista y cuyo centro era él mismo, ella misma.
Yo iba por la calle y me fijaba en que casi todo el mundo a mi alrededor se las arreglaba para vivir dentro de su espacio privado, exactamente igual que si estuviera en el salón de su casa, en su dormitorio, hasta en su cuarto de baño: la diadema de los cascos gigantes para no oír el mundo exterior y estar alimentado a cada momento por un hilo sonoro ajustado a sus preferencias; la mirada no en la gente con la que te cruzas, sino en la pantalla a la que miras; la voz que habla en el mismo tono que en una habitación cerrada, tan descuidada de los otros que era habitual asistir involuntariamente a conversaciones íntimas embarazosas, a peleas, a estallidos de lágrimas.
Nos ha hecho falta una calamidad para descubrir de golpe el valor de los saberes sólidos y precisos
“Usted tiene todo el derecho del mundo a sus propias opiniones, pero no a sus propios hechos”, escribió el gran senador demócrata y activista cívico Patrick Moynihan. Lo dijo antes de que un portavoz de Donald Trump acuñara el término “hechos alternativos”, y de que la penuria económica de los medios de comunicación los llevara a alimentarse de opiniones más que de hechos, ya que siempre será mucho más caro, más trabajoso y hasta más arriesgado investigar un hecho que emitir una opinión. Se suma a esto una difusa hostilidad colectiva, que los medios alientan, hacia todo lo que parezca demasiado serio, pesado, poco lúdico. El entrevistador no disimula su impaciencia ante el invitado que suena premioso en cuanto se esfuerza en una explicación. Lo interrumpe: “Dame un titular”. Investigar con rigor y explicar con claridad requiere conocimiento y experiencia, que es el conocimiento más profundo que solo se obtiene con el tiempo y la práctica: son las cualidades necesarias para ejercer una tarea pública comprometida, desde asistir a un enfermo en una sala de urgencias a mantenerla limpia, o conducir una ambulancia, o montar de la noche a la mañana un hospital de campaña.
Pero entre nosotros la experiencia había perdido cualquier valor y todo su prestigio, y el conocimiento provocaba recelo y hasta burla. Cuando todo ha de parecer ostentosamente joven y asociado a la última novedad tecnológica, la experiencia no sirve para nada, y hasta se convierte en una desventaja para quien la posee; cuando alguien cree que puede vivir instalado en la burbuja de su narcisismo privado o de ese otro narcisismo colectivo que son las fantasías identitarias, el conocimiento es una sustancia maleable que adquiere la forma que uno desee darle, igual que su presencia personal queda moldeada por los filtros virtuales oportunos. Y la política deja de ser el debate sobre las formas posibles y siempre limitadas de mejorar el mundo en beneficio de la mayoría para convertirse en un teatro perpetuo, en un espectáculo de realidad virtual, no sometido al pragmatismo ni a la cordura, una fantasmagoría que se fortalece gracias a la ignorancia y que encubre con eficacia la cruda ambición de poder, el abuso de los fuertes sobre los débiles, la propagación de la injusticia, el despilfarro, el robo de dinero público.
En España, la guerra de la derecha contra el conocimiento es inmemorial y también es muy moderna: combina el oscurantismo arcaico con la protección de intereses venales perfectamente contemporáneos, que son los mismos que impulsan en Estados Unidos la guerra abierta del Partido Republicano contra el conocimiento científico, financiada por las grandes compañías petrolíferas. La derecha prefiere ocultar los hechos que perjudiquen sus intereses y sus privilegios. La izquierda desconfía de los que parezcan no adecuarse a sus ideales, o a los intereses de los aprovechados que se disfrazan con ellos. La izquierda cultural se afilió hace ya muchos años a un relativismo posmoderno que encuentra sospechosa de autoritarismo y elitismo cualquier forma de conocimiento objetivo. Ni la izquierda ni la derecha tienen el menor reparo en sustituir el conocimiento histórico por fábulas patrióticas o leyendas retrospectivas de victimismo y emancipación.
Curiosamente, en España, la izquierda y la derecha se han puesto siempre de acuerdo en echar a un lado o arrinconar a las personas dotadas de conocimiento y experiencia en el ámbito público, y someterlas al control de pseudoexpertos y enchufados. Maestros y profesores de instituto llevan décadas sometidos al flagelo de psicopedagogos y de comisarios políticos; los médicos y los enfermeros en la sanidad pública se han visto sometidos al capricho y a la inexperiencia de presuntos expertos en gestión o en recursos humanos cuyo único talento es el de medrar en la maraña de los cargos políticos.
Nos ha hecho falta una calamidad como la que ahora estamos sufriendo para descubrir de golpe el valor, la urgencia, la importancia suprema del conocimiento sólido y preciso, para esforzarnos en separar los hechos de los bulos y de la fantasmagoría y distinguir con nitidez inmediata las voces de las personas que saben de verdad, las que merecen nuestra admiración y nuestra gratitud por su heroísmo de servidores públicos. Ahora nos da algo de vergüenza habernos acostumbrado o resignado durante tanto tiempo al descrédito del saber, a la celebración de la impostura y la ignorancia.

Fuente:
https://elpais.com/elpais/2020/03/24/opinion/1585071202_661178.html
Fotografía: Milan Sabic (Pixsell). Un camionero de Ancona, Italia, durante un chequeo después de llegar al puerto de ferry croata en Split  https://www.verkehrsrundschau.de/nachrichten/coronavirus-ticker-scheuer-will-guetertransportpakt-deutlich-weniger-chinazuege-im-duisport-2548316.html


TRIBUNA 
La hora de la filosofía
Las preguntas que despierta el coronavirus son innumerables. El pensamiento tiene el deber de formularlas para la que la ciencia las pueda investigar
Juan Arnau Navarro
En un artículo reciente publicado en EL PAÍS, Juan Luis Cebrián reclama que, tras los estragos de la pandemia (y por mucho que protesten los populistas), será “la hora de los filósofos”. A continuación citaba a un profesor italiano que llamaba a erigir un “constitucionalismo planetario”, una conciencia general de nuestro destino común y un sistema que garantice nuestros derechos como especie. La llamada a la uniformidad, a cerrar filas, clásica ante las grandes amenazas, no se ha hecho esperar. El cine y la literatura la avanzaron. Ante el ataque de los extraterrestres, los enemigos históricos se transforman en aliados. Aunque, paradójicamente, la amenaza del virus ha hecho que los países cierren fronteras y expulsen a los extranjeros. Cualquier excusa es buena para el nacionalismo.
En otra línea, que corre en paralelo a la anterior, Muñoz Molina celebraba la llegada de la hora de los expertos, del reconocimiento “del conocimiento sólido y preciso” y de que, en medio del barullo de la opinión, se escuchara la voz de profesionales cualificados, como si ese conocimiento fuera uno y uniforme, como si hubiera una lectura científica unificada de lo que está ocurriendo. Ambas propuestas tienden a la generalización de las conductas y las reacciones, a cierta “uniformización” del pensamiento, como decía Hannah Arendt. Una amenaza única, una reacción única. Este modo de pensar, útil en las ciencias que recurren con frecuencia a abstracciones y generalizaciones, es el caballo de batalla contra el que ha luchado la antropología y el pluralismo epistemológico.
En una tercera línea, afín a las anteriores, Byung-Chul Han, filósofo surcoreano afincado en Berlín, explica por qué los países asiáticos están gestionando mejor la crisis. La herencia confuciana de Japón, Corea, China y Hong Kong, hace que la ciudadanía tienda a respetar más la autoridad y sea más obediente que en Europa. Para Han esa reacción eficaz se debe además a la tecnología, la multitud de cámaras que registran lo que sucede en las calles y el uso del big data. La propuesta del surcoreano es la menos filosófica de todas y se muestra tan inane como la de Yuval Noah Harari. De nuevo es una agente externo, en este caso tecnológico, el que nos sacará las castañas del fuego. La interpretación de Zizek de que el virus asestará el golpe definitivo al capitalismo parece una broma. El virus no hará la revolución, pero debería al menos restringir radicalmente la lógica capitalista de la aceleración productiva.
Los sueños van por delante. El culto a lo viral se ha convertido en una macabra realidad. El COVID-19 no sólo está poniendo a prueba el capitalismo moderno (suicida, parcheado, invertido, deficiente, huyendo continuamente hacia adelante), también está cuestionando nuestra forma de vida y valores. Cuando el terrible terremoto que asoló Lisboa en 1755, con los cadáveres todavía frescos, Rousseau lamentaba el espíritu de colmena que lleva a los hombres a vivir hacinados en ciudades, en altos apartamentos lejos de suelo. Hoy se podría plantear algo parecido. ¿Son excesivos los niveles de tráfico aéreo? ¿No habría que poner freno al turismo depredador que ya no contempla el arte o el paisaje, sino el modo efectivo de hacer una instantánea para subirla a las redes? ¿Es lícito que dejemos a los ancianos arrumbados en residencias? ¿Es necesario prolongar la vida hasta límites inhumanos? Nuestro planeta ya ha dado muestras de no soportar la lógica acelerada del mercado global. Sabemos que no todas las familias pueden tener el número de automóviles que tiene las familias alemanas, pero hacemos como si no lo supiéramos.
"La mejor recomendación es dejar de pensar en el virus y seguir trabajando. El miedo baja las defensas y el atracón de informativos da cuerda a la enfermedad"
Probablemente nunca lleguemos a conocer cuál fue el origen del patógeno, si tuvo un origen natural, si escapó accidentalmente de un laboratorio, si lo difundió una mano negra ansiosa de acelerar la selección natural o si es consecuencia de la excesiva exposición de los seres vivos a campos electromagnéticos (Wuhan es uno de los centros de la tecnología 5G). Pero hay un aspecto de la pandemia que sí es posible asumir. A todos nos han dicho en alguna ocasión en tono admonitorio: “confundes la causa con la circunstancia”. Eso es precisamente lo que hicieron, de modo consciente, algunos pensadores budistas. Difuminar el concepto de causa en el de circunstancia, algo que hace de continuo la física-matemática. En general, las ecuaciones no distinguen entre causa y efecto. Mantienen un sano escepticismo sobre quién golpeó y quién recibió el golpe. Matemáticamente, la gallina y el huevo son intercambiables y la flecha del tiempo desaparece. La circunstancia difumina el protagonismo de la causa. Cuando las causas se multiplican, pasamos a hablar de circunstancias. Algunos filósofos budistas llegaron al extremo de afirmar que nada es causa de nada, que sólo hay circunstancia. El problema estaría entonces en nuestra circunstancia actual a nivel global, dado que el virus participa de esa globalidad tan buscada.
En este punto no está de más recordar que, sin un sentimiento de pertenencia al orden natural, la ciencia desvaría. Hace ya mucho tiempo que la naturaleza ha dejado de ser la madre bienhechora que nos acoge en su seno para convertirse en enemiga. “Torturar a la naturaleza hasta que escupa sus secretos”, decía Bacon. Ese sentimiento hostil del hombre hacia la naturaleza es antiguo y no sólo ha creado un delirio ontológico, afianzando la soledad de nuestra especie, sino que ha desatado la indiferencia hacia el planeta. La ciencia del futuro tendrá que tener en cuenta esta circunstancia. A nivel personal, creo que la mejor recomendación es dejar de pensar en el virus y seguir trabajando. El miedo baja las defensas y en este sentido el atracón de informativos no es inocuo y da cuerda a la enfermedad. La cultura mental en este punto es decisiva. La vida y la muerte pueden decidirse en el ámbito de la imaginación.
(*) David Hume decía que la filosofía era la costumbre de alimentar un humor inquisitivo que nunca quedará satisfecho. Se me ocurren muchas preguntas y me gustaría dejar constancia de algunas. ¿Por qué este virus tiene un comportamiento poliédrico? En la ecuación del virus, el comportamiento de éste no depende exclusivamente de sí mismo, sino que las condiciones de contorno. Sabemos que un virus es una entidad fronteriza entre la vida y lo inerte. En cierto sentido es la presencia de la muerte en la vida. No tiene capacidad de reproducirse como la vida y, para hacerlo, entra en la célula como en una madre de alquiler y replica su ADN gracias a la maquinaria de la propia célula. Para atravesar la membrana celular requiere de cierta afinidad química. Al parecer el virus afecta a los mayores y respeta a los niños. ¿Detecta el cansancio celular? ¿Qué podemos aprender de esta circunstancia? Las preguntas son innumerables. La filosofía tiene el deber de ofrecerlas para la que la ciencia las investigue.

Fuente:
Fotografía: Emmanuele Contini (Imago). Una persona sin hogar, recorre  sola Alexanderplatz en Berlín, en medio de la crisis del corona virus   https://www.deutschlandfunkkultur.de/obdachlose-in-der-coronakrise-die-pandemie-trifft-die.976.de.html?dram:article_id=473162

viernes, 20 de marzo de 2020

ELOGIO DE LA RAZÓN INSTRUMENTAL

El triunfo de la ignorancia
José Rafael Herrera

Cuenta el historiador Yuval Noah Harari, en De animales a dioses, de 2014, cómo en 1744 dos pastores presbiterianos escoceses, Webster y Wallace, se propusieron establecer un fondo de previsión social que les permitiera pensionar a las viudas y huérfanos de los clérigos fallecidos, mediante el aporte de un pequeño porcentaje del salario de cada pastor de la Iglesia. El fondo se proponía garantizar la manutención de las viudas e hijos de los difuntos por el resto de sus vidas. Para poder concretar el proyecto, los dos pastores tenían que predecir cuántos pastores, aproximadamente, fallecían por año, cuántas viudas, cuántos huérfanos y cuántos años sobrevivirían las viudas. Los sacerdotes Webster y Wallace, como observa Harari, no se limitaron a rezarle a Dios para obtener respuesta de sus cálculos, ni las buscaron en las Escrituras. Como escoceses que eran, contactaron a un profesor de matemáticas de la Universidad de Edimburgo, Colin Maclaurin y, entre los tres, recopilaron datos etarios y los usaron como insumo de sus cálculos probabilísticos, sustentando sus investigaciones en las llamadas “tablas” de Edmond Halley.

Con la ayuda de la “ley de los grandes números”, descubierta por Jakob Bernoulli, establecieron  como patrón de medida el principio según el cual, aunque no es posible predecir el fallecimiento de un individuo, es posible, sin embargo, “predecir con gran precisión el resultado promedio de muchos acontecimientos similares, casi con total certeza”. El éxito de las pesquisas no se hizo esperar, dado que “sus cálculos resultaron ser asombrosamente exactos”.

Mejor las enseñanzas de Bernoulli que las sentencias de Jeremías o las de San Juan. Y de hecho, como afirma Harari, hoy en día el fondo Webster & Wallace es una de las más importantes compañías aseguradoras del mundo entero, con activos cercanos a los 100.000 millones de libras. Tales fueron los orígenes no solo de las llamadas “ciencias actuariales”, sino también de la razón instrumental que da soporte a la estadística y la demografía, fundada por Malthus. Pero, además, un aspirante a pastor anglicano, de nombre Charles Darwin, sentó las bases de su teoría de la evolución de las especies utilizando las herramientas que proporciona la demografía.

De hecho, el cálculo de probabilidades le permitió “computar la verosimilitud de que una determinada mutación se extienda en una población dada”. A partir de entonces, se crearon los primeros fundamentos para la aplicación de los métodos demográficos y estadísticos en el ámbito de los estudios de economía, sociología, antropología, ciencias políticas, pedagogía didáctica, psicología y filología, entre otros campos pertenecientes a las ciencias humanas que, en algún momento, fueran calificadas como “ciencias del espíritu”, según las indicaciones hechas por Dilthey, pero con el cual ya no parecieran guardar la menor relación de comprensión. Eso sin mencionar la importancia que ha adquirido, por ejemplo, en el campo de la salud pública, en el de la genética o en el de la seguridad ciudadana. Entre tantos otros. El conjunto de las actuales relaciones sociales existentes está, de hecho, estadísticamente matematizado, al punto de que el ser social conteporáneo se traduce en términos de cifras. En una expresión, se trata de un ser des-cifrado que ha terminado por cifrar-se.

Solo después de la publicación del Novum organum de Bacon y del Discurso cartesiano sobre el método, las matemáticas comenzaron a ser conscientemente acogidas como el nervio central de las relaciones entre conocimiento y poder. Como afirma Harari, “en la actualidad, pocos estudiantes estudian retórica; la lógica está restringida a los departamentos de filosofía y la teología a los seminarios. Pero cada vez más estudiantes se sienten motivados (o se ven obligados) a estudiar matemáticas”. Y hasta la lingüística y la psicología han encontrado su base de apoyo en las matemáticas, con lo cual “intentan presentarse como ciencias exactas”. La conclusión de Harari deja mucho para pensar: “Confucio, Buda, Jesús y Mahoma se habrían sentido desconcertados si se les hubiera dicho que, con el fin de comprender el alma humana y curar sus dolencias, primero hay que estudiar estadística”.

Es verdad que las conquistas alcanzadas por este tipo de conocimiento son inmensas. Nadie puede negar que los avances del modelo de matematización llevado a cabo por la formación social moderna y contemporánea han sido -y siguen siendo- sorprendentes y que han contribuido decisivamente en la mejora sustancial de la calidad de vida en todos sus aspectos. Y sin embargo, en la medida en la cual la humanidad prosigue, indetenible, hacia la reafirmación del triunfo del cómo sobre el por qué,  en esa misma medida aumenta su fragilidad, su inseguridad y sus miedos. La vacuidad de su entendimiento, su estricto apego a las formalizaciones, ha terminado vaciando por completo su sensibilidad. Como nunca antes, la vieja expresión kantiana -“la sensibilidad sin el entendimiento es ciega, el entendimiento sin la sensibilidad es vacío”- ha cobrado la mayor vigencia. La sonrisa de Harari solo muestra uno de los rostros de Jano. Y es que, como ha observado Hegel, “el movimiento de la demostración matemática no forma parte de lo que es el objeto, sino que es una operación exterior a la cosa”. Decía Bacon que “conocer es poder”.

El conocimiento, en consecuencia, no tiene por objeto conocer(se) sino conquistar y preservar el poder. Hoy se afirma que no hay teoría definitiva, que todas son relativas y que, por ende, son desechables. Se suceden unas a otras, tal como los números. La verdad no cuenta, su saber(se) es inútil, en cuanto que no forma parte de las relaciones inherentes al poder. Solo lo útil cuenta. Lo curioso es que todas estas afirmaciones acerca de la condición desechable del conocimiento, de su uso meramente profiláctico en pro de la conservación del poder, han devenido sentencias fijas e inamovibles, es decir, máximas absolutas. Es el problema con el entendimiento abstracto: todo lo invierte y lo fija. Sin proponérselo, hace de lo absoluto algo relativo y de lo relativo algo absoluto. Sus respuestas materiales son causa de la concentración de la incertidumbre espiritual. Y, mientras más plena los escenarios de mayor fastuosidad y glamour, más seca, más empobrece y vacía el alma humana. Cuando afirma niega y cuando niega afirma: es el origen secreto de la descomposición civil que se ha instalado en el presente y el anuncio de su bancarrota.

Quizá algún técnico llegue a observar que acá no hay soluciones sino denuncias. Es que el propósito de la filosofía no consiste en acicalar el cuerpo revestido de representaciones sino en el esfuerzo de sorprender su desnudez. Ella -la filosofia- es como el impertinente niño del impertinente cuento de Andersen: los mayores y más significativos éxitos del poder tutelado por las abstracciones del entendimiento, han terminado creando un mundo de pulsaciones instintivas e insustanciales que van conduciendo a la humanidad al retorno de la barbarie -¡paradoja de paradojas!-, en plena era nanotecnológica. No se triunfa sobre la barbarie entendiéndola sino comprendiéndola. Este presente pasará a la historia como el triunfo de la ignorancia.

Fuente:
https://www.elnacional.com/opinion/el-triunfo-de-la-ignorancia
Ilustración: Lygia Clark.

jueves, 19 de diciembre de 2019

DESMORONAMIENTO

Balance
José Rafael Herrera 

La filosofía no adivina, no prestidigita, no se adelanta ni anuncia. Y cuando lo hace deja de ser filosofía.

Las profecías, las predicciones y el muy respetable arte de la taumaturgia no son parte del quehacer filosófico. El pensar prefiere dejar el futuro en manos de los especialistas, bajo el cuidado de  los expertos dígitos de los astrólogos de profesión y fe o de sus legítimos herederos contemporáneos, los epistemólogos, los metodólogos, los estadísticos, los llamados científicos sociales -de clara ascendencia positivista- o los versados en publicidad, auténticos profesionales de la manipulación de la opinión pública, de quienes se puede afirmar -¡oh, sorpresa!- que mientras mayor es su inmersión en las espesas aguas de la razón instrumental, paradójicamente, más profundo navegan en la condición de los divinari.

En esa desenfrenada búsqueda de los “instrumentos más adecuados”, y con el auxilio de la reflexión del entendimiento “científico” por delante, terminan confirmando el hecho de que su labor consista en propiciar los augurios sustentados en la esperanza y el temor que emanan del prejuicio. La filosofía, en cambio, siempre llega demasiado tarde: “por ser la investigación de lo racional -dice Hegel-, consiste en la captación del presente y de lo real, y no en la posición de un más allá que sabe Dios dónde estará, aunque en realidad bien puede decirse donde: en el error de un racionamiento vacío y unilateral”.

“El búho de Minerva inicia su vuelo con el ocaso”. Como “pensamiento del mundo”, la filosofía surge como resultado de una realidad que ya se ha consumado, de un proceso ya cumplido, acabado en sí mismo. Cuando la filosofía pinta de gris los tonos grises del tiempo, es porque ya ha envejecido una figura de la vida que sus penumbras no pueden rejuvenecer sino solo reconocer. No resulta fácil pronunciar estas afirmaciones sin poner en riesgo el consenso mínimo de un mundo que ha terminado por convertir la previsión y la prevención -de las cuales derivan directamente los incumplidos deseos de los safety and security nuestros de cada día- en, quizá, sus mayores imaginarios, devenidos postulados de la cotidianidad.

Todo, o casi todo -según el punto de vista propio de la ratio técnica-, es previsible. Los oráculos se multiplican, asegurando que ahora sí, que ya ha llegado el momento, que esta vez saldremos del secuestro. Los razonamientos “de fondo”, por supuesto, no trascienden más allá del universo tautológico: cuando algo se va a caer lo más probable es que se caiga. Y, entre tanto, la barbarie narcoterrorista impone el funcionamiento de un “Parlamento virtual” que le prohíbe a los parlamentarios ingresar al recinto para el cual fueron legítimamente electos. Nicolás Maduro es “el hombre del año”, según la cadena panárabe Al Mayadeen, por su “firme defensa de la causa palestina”. Un estrafalario y repugnante mequetrefe, sin más credenciales que las de la vulgaridad, aparece como “candidato de consenso” a rector de la Universidad Central de Venezuela. La Fuerza Armada, fracturada en su columna vertebral, divide sus intereses entre el narcotráfico, el oro, el petróleo y el coltán. Un drogadicto, ya sin cerebro sano, que se asume como “Drácula”, gobierna el Estado donde nació Venezuela. Y la gente lo celebra. Estos son los síntomas. El desquicio ha llegado al paroxismo.

Mientras tanto, “mamá Odie” y “el Hombre Sombra” se baten en cruento duelo a fin de pronosticar, frente al gran público, cómo terminará la historia de la Princesa y el Sapo en “Armando.info”. Y cabe advertir que, por si no se han enterado, el cuento no es de Disney, es uno de los cuentos populares alemanes, recopilados y publicados por los hermanos Grimm entre 1812 y 1815. Es decir, el balance de este año, entre la fantasía de «todas las opciones están sobre la mesa», las continuas  improvisaciones, la emboscada de los diálogos, las compras y ventas al por mayor, los “vamos bien” y los “sí o sí” da, más que para una hermenéutica de la sospecha, para la reafirmación del gran teatro del absurdo.

Por eso mismo, en vez de ponerse a pronosticar o a enunciar “posibles escenarios” de lo que “tarde o temprano” pudiese llegar a ocurrir -por supuesto, con la ayuda de la perfectibilidad del tiempo de Dios- en una sociedad sin recuerdos -por lo demás, premeditadamente educada para no tenerlos-, la más sensata y sobria labor del oficio filosófico consiste en dar cuenta de lo que es mediante el estudio de lo que ha sido. Eso sí: sin dejar de auscultar, con la debida atención, los latidos del corazón del viejo topo que labra las galeras del presente y, sin tan siquiera percatarse de ello, va construyendo el porvenir.

Ha concluido un año más de sobrevivencia en usurpación, y la usurpación no desfallece en su propósito de seguir cerrando el cerco de su brutal dominio, sin la menor resistencia. Aguas abajo del conflicto político entre los partidarios del narcosocialismo y los promotores de la exigencia de una sociedad abierta, va quedando la extraña sensación de la inversión de las imágenes en el cuarto de los espejos. Y mientras que los defensores de un modelo de sociedad liberal y de iniciativa privada insisten en mantener el discurso característico del populismo, los apologetas del furor totalitario incrementan los negocios privados y lavan dólares a discreción, mientras desde el Hotel Humboldt le lanzan trompetillas a las “severas medidas” con las cuales la displicente comunidad internacional ha pretendido lavarse el rostro frente a las peores atrocidades. Las palabras van por un lado, las cosas van por el otro.

Buena parte de la población que no se ha ido, exhausta como está, se va resignando, y ya pareciera no tener más fuerzas para resistir. Las veces que lo intentó, durante estos largos años de oprobio, le permitieron constatar que “el método” de lucha predilecto de la dirigencia opositora consiste en el “ensayo y error”. La verdad es que, a pesar de que el narcorrégimen ha sido efectivo diseminando por doquier la cultura de la muerte mediante la siembra del terror, la derrota y la sumisión, no son pocos los compatriotas que hoy están presos y son sometidos a las peores torturas; otros han entregado sus vidas por la causa de la libertad. Ellos merecen ser recordados en este menesteroso presente, no como mártires sino, precisamente, como sembradores de una cultura para la vida. Quizá sea esta la clave que permita dar razón de todo este enredo que ha terminado por convertir a uno de los países más prósperos de América Latina en una Cuba de segunda que ya va siendo un segundo Haití. Por lo pronto, el viejo topo hamletiano sigue horadando las profundas galerías del devenir. Y habrá que estar atentos al aumento de la frecuencia de sus latidos. ¡Feliz Año Nuevo!

Fuente:
Fotografía: Derrumbe de un edificio en Shenzhen, China (29/08/2019), sin víctimas fatales (AFP).

domingo, 27 de octubre de 2019

CAZA DE CITAS

"Pero, uno podría preguntarse: ¿para qué es necesaria la filosofía, si, al parecer, no hace más que eliminar las impurezas que ella misma creó? La respuesta pasa por mostrar que, en realidad, el intento de comprender racionalmente, una vez que se ha iniciado y se tuerce, no puede ser corregido mediante la supresión de la actividad de comprender, o simplemente ignorándola"

Carlos Augusto Casanova Guerra

("Racionalidad y justicia. Encrucijadas políticas y culturales", UCAB - ULA, Cracas, 2004: 274)

Ilustración: Gerhard Richter.

lunes, 28 de agosto de 2017

VENEZUELA, TAN DICTADURA COMO LAS OTRAS

EL PAÍS SEMANAL, Madrid, 21 de agosto de 2017.
El País Semanal
Documentos. Entrevista
Agnes Heller: “El islamismo radical es peor que una dictadura”
Guillermo Altares

Es una de las pensadoras más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Sobrevivió al Holocausto, tuvo que huir de la Hungría comunista y aprendió a vivir en el exilio. Agnes Heller reivindica la bondad de las personas incluso en los peores momentos de la humanidad. La filósofa húngara reconoce que la Europa actual es mejor que la de su juventud, pero recuerda que el nacionalismo sigue imperando en el Viejo Continente y que el mundo es un lugar igual de peligroso.

Agnes Heller (Budapest, 1929) resume la historia de Europa o, mejor dicho, la tragedia de Europa. Esta filósofa, una de las pensadoras más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, sobrevivió al Holocausto, aunque su padre fue asesinado en Auschwitz. Después de la II Guerra Mundial, esta discípula del filósofo marxista Georg Lukács se convirtió en una disidente en la Hungría comunista, después de la invasión soviética de 1956, y acabó por exiliarse, primero a Australia, donde fue profesora en Melbourne, y luego a la Universidad de Nueva York. Sigue dando conferencias por medio mundo, aunque siempre regresa a un luminoso y aireado apartamento al sur de Budapest, desde el que se contempla una preciosa vista del Danubio. Es una mujer menuda, enérgica, cuyo desorden material contrasta con una mente ordenada, lúcida y sencilla. Los libros y revistas repartidos sobre las mesas de su salón, con temas que van desde el nazismo hasta Edmund Burke, reflejan una inagotable curiosidad intelectual, al igual que sus preguntas sobre el independentismo en Cataluña. Durante la conversación, ofrece una lección de vida cuando se le pregunta si confía en la razón. Responde que no, porque “en nombre de la razón han sido asesinados millones”. Entonces, ¿en qué cree? “En que siempre hay buenas personas, incluso en los peores momentos”, replica. Todo el peso de la historia del último siglo no le ha hecho perder su confianza en la humanidad.

¿Puede imaginar que Europa vuelva a una situación como la que usted vivió cuando era joven?

El pasado no puede volver y tampoco repetirse. No podemos regresar a algo así. La situación ha cambiado, las sociedades han cambiado. El mundo también tiene sus peligros, aunque son diferentes a los que existían antes.

Usted ha sobrevivido a los dos grandes totalitarismos del siglo XX. ¿Qué siente hacia la Europa en la que vive? ¿Se la imaginaba así?

Si la comparo con la Europa de mi juventud, la de la II Guerra Mundial, el Holocausto y el comunismo, claro que estoy feliz con el mundo en el que vivimos. Pero tengo que reconocer que no estoy nada satisfecha con la situación de Hungría, aunque incluso así es mucho mejor.

¿Cree que Hungría sigue siendo una democracia plena?

¿Qué significa democracia en nuestra época? Se convocan elecciones prácticamente en todos los países del mundo. Incluso en dictaduras como Irán o Venezuela se vota de manera periódica. Los dirigentes son elegidos, también se mantiene alguna forma de oposición, como en la Rusia de Putin o la Turquía de Erdogan. ¿Podemos decir que son democracias porque sus dirigentes sean elegidos en las urnas? La cuestión está en saber por qué una mayoría se convierte en una mayoría, qué clase de ideología influye a la gente para que vote una cosa y no otra. Los dictadores logran el apoyo popular basándose en su doctrina. En Europa, hay una ideología muy importante, el nacionalismo. Aquí en Hungría tenemos una dictadura, de Viktor Orbán, que ha sido elegido dos veces y puede serlo una tercera. No hay prensa libre, no hay equilibrio de poderes, no hay instituciones fuertes, pero tenemos elecciones. Por eso lo importante no es saber si es una democracia, sino de qué clase de sistema hablamos. Lo esencial es que exista el imperio de la ley, instituciones fuertes que garanticen las libertades. Es lo que llamo democracia liberal, y para mí es la única que puede ser descrita como un sistema de derechos pleno. Las demás están gobernadas por un partido, por un líder, que puede gobernar por la fuerza, como Erdogan, o sin la fuerza, como Orbán.

Desde el caso Rushdie, cuando el escritor británico fue condenado a muerte por una fetua del ayatolá Jomeini, usted se ha mostrado muy crítica con los peligros que representa el islamismo radical. ¿Ha ido a peor? ¿Es un peligro para la democracia?

Sin duda, es peor que una dictadura, es un totalitarismo, su versión más extrema.

¿Y cree que en Occidente se ha sido tolerante con ese tipo de extremismo durante demasiado tiempo?

Es un problema de las democracias liberales. Creen que todo el mundo comparte su misma visión. Le voy a poner un ejemplo de mi juventud. Sitúese en Múnich en 1938. Piense en [el primer ministro británico Neville] Chamberlain, que acudió hasta la ciudad alemana con un pedazo de papel en el que pedía a Hitler la renuncia al uso de la fuerza. Se lo dio y lo firmó. Y Chamberlain lo vendió como una victoria. Las democracias liberales pueden ser naífs, creen que una firma en un papel o una declaración de Naciones Unidas significa algo.

¿Cree que algún día podrá entender cómo ocurrió el Holocausto, de dónde viene todo ese odio?

Se me escapa completamente. Quería entender ante todo dos cosas: ¿cómo es posible que las personas se sintiesen moralmente capaces de hacer eso? y ¿cómo las instituciones sociales y políticas se pueden deteriorar de tal forma que dejen que ocurra algo así? Nunca he logrado una respuesta. Lo que sí he llegado a comprender es que la idea de la Ilustración del siglo XVIII, la imagen de un progreso social constante, era un gran error. En el siglo XX vinieron Auschwitz y el Gulag. ¿Eso es progreso? El mundo es un lugar peligroso y siempre lo será. Debemos aprender a vivir con ello.

Pero usted mantiene que todas las desgracias del siglo pasado podrían haberse evitado.

Sin duda, empezando por la I Guerra Mundial, que es el pecado original de Europa. Sin ese conflicto, y sin la paz terrible que siguió, todo hubiese sido diferente. Pero no se puede reescribir la historia. Las cosas ocurrieron: el nacionalismo ganó la guerra frente al cosmopolitismo.

¿Cómo sobrevivió al Holocausto?

Como todo el mundo que consiguió salir vivo de aquello, por accidente. Mi padre fue asesinado en Auschwitz, mi madre y yo estuvimos a punto de morir, pero de alguna forma nos libramos. Los Flechas Cruzadas (los fascistas húngaros) mataron a muchos judíos junto al Danubio, pero pararon antes de llegar a nuestra casa. También me dispararon, pero como soy baja, el tiro pasó por encima de mi cabeza. En otro momento nos pusieron en una cola. Supe que no debíamos quedarnos allí porque nos iban a matar y logramos escapar. Aunque eso no fue suerte, sino instinto.

Muchos países rechazan estudiar la participación de sus propios nacionales en el Holocausto, no admiten que no fue solo un crimen cometido por los nazis. ¿Es el caso de Hungría?

Ningún país fue tan malo como Hungría. Piense que el 70% de los judíos franceses sobrevivieron a cuatro años de persecuciones nazis y que 500.000 judíos húngaros fueron asesinados en seis meses. [El oficial de las SS alemanas] Adolf Eichmann vino aquí con 300 personas. Los nazis no pudieron matar a 500.000 ciudadanos sin la ayuda de los húngaros. Hubo una complicidad enorme.

¿Y todo ese pasado es un peso para usted o, al revés, es algo que le hace más fuerte?

Es una pregunta muy difícil. En la época del Holocausto, lo único que tenía en mi mente era la supervivencia, mi madre y yo debíamos sobrevivir a eso. Pero después, cuando me encontraba en dificultades políticas, cuando estaba en la oposición contra el régimen comunista hice algo diferente. No solo quería sobrevivir, quería preservar mi dignidad, seguir siendo una filósofa, no renunciar a mis propias opiniones, pero tampoco a mi libertad personal. En esa época, tal vez fui valiente porque serlo significaba seguir siendo una pensadora, no adoptar compromisos con un Gobierno que despreciaba.

Usted mantiene que no le gustan los ismos, como el marxismo, porque le hacen defender cosas en las que no cree. ¿Significa eso que su libertad como pensadora está por encima de todo?

Fui marxista en una época, pero desde entonces no he querido ningún ismo, ni siquiera el de antimarxismo. Es algo que aprendí de Michel Foucault, que ningún filósofo puede sumarse a un ismo. Estábamos juntos en Nueva York y un joven se acercó a Foucault y le preguntó: “¿Profesor, es usted estructuralista o posestructuralista?”. Y él respondió: “Soy Michel Foucault”. No todos los filósofos contemporáneos pertenecemos a escuelas, tendencias…

¿El marxismo la obligó a tener posiciones que rechazaba?

Siempre fui una hereje. Quiero pensar con mi propia mente lo que considero bueno o malo, falso o verdadero.

En muchos de sus libros defiende la modernidad, la razón. ¿Sigue confiando en la razón?

No, ya no confío en la razón porque los totalitarismos nos han enseñado que los malos instintos pueden matar a miles, a decenas de miles, pero solo la razón puede matar a millones, porque la ideología basada en el pensamiento racional establece que matar es correcto. La maldad puede matar a unos pocos, pero es la persuasión, el llamamiento a la razón, lo que te puede llevar a hacer cosas mucho más terribles.

¿Y cree en algo que pueda hacer mejor a la gente?

Es una pregunta difícil. ¿Tengo que creer en algo? Tal vez pueda responder a su pregunta. Creo en algo: las personas buenas existen, siempre han existido y siempre existirán. Y sé quiénes son las buenas personas.

¿Incluso en los peores momentos de la historia, como el nazismo o las dictaduras comunistas?
Sí, eso es algo que le contará cualquiera que haya pasado por una situación así, por los gulags o por los campos de exterminio. Muchos de los supervivientes deben su vida a alguien que los ayudó.

Usted fue una de las primeras pensadoras que investigaron el poder de la tecnología sobre la sociedad. ¿Imaginó alguna vez que llegaría a ser tan grande?

Claro que ha cambiado nuestra vida, pero no creo en la vieja fórmula marxista de que el desarrollo de la tecnología lleva al progreso de la humanidad. Es un fenómeno contradictorio: la innovación tecnológica puede ser utilizada para mejorar la vida humana, pero también puede destruirla. Es un medio, no un fin en sí mismo. Y no es una garantía del progreso en la historia.

¿Pueden los filósofos cambiar la sociedad en la que viven? ¿Se sigue escuchando su voz?

Marx dijo que los filósofos son los intérpretes del mundo y que solo los ciudadanos deben cambiarlo. Aunque es algo que me provoca ciertos problemas. Primero, los filósofos siempre han querido influir en la sociedad en la que vivían. Nunca se conformaron con explicarla. Pero la pregunta es saber con qué medios y objetivos querían hacerlo. Y muchas veces han querido convencer a los líderes absolutistas para llevar a cabo esas transformaciones. Desde Platón y el tirano de Siracusa hasta Sartre con Fidel Castro o Kruschev. Es el camino equivocado, nunca llegaron a persuadir al dictador de nada, solo mancharon su nombre. Pero hay otro tipo de pensadores que quieren participar en la vida pública, convencer a la sociedad, ofrecer un servicio, como Spinoza o Kant. Su filosofía era: utilízalo o déjalo de acuerdo con tus necesidades y tus intereses, son solo recomendaciones. Es lo que hizo por ejemplo John Locke, que influyó en los padres fundadores de la Constitución estadounidense. Nuestro deber es escribir libros, dar charlas, servir al público.

¿Por qué hay tan pocas filósofas mujeres en la historia?

También hay muy pocas pintoras o compositoras. Porque para dedicarse a eso se necesita la libertad, que es la primera condición de la productividad en la alta cultura. Ahora las mujeres pueden ser filósofas, directoras de orquesta, compositoras… La condición es la libertad.

De todos los cambios que ha vivido, ¿cuál es el más importante? ¿El cambio en la condición de la mujer?

Es la única revolución que no considero problemática y es la mayor de nuestro tiempo, porque no es una movilización contra un periodo histórico, sino contra todos los periodos. La única totalmente positiva, tal vez junto al desarrollo de los derechos humanos. Aunque nunca se pongan en práctica totalmente, es esencial que se planteen.

¿Puede haber una vuelta atrás en ese tipo de avances?

No creo que podamos regresar por un simple motivo: la tecnología, que ha cambiado la forma en que se organiza el hogar o la sexualidad, con el control de natalidad.

¿Y en ese sentido podemos ser optimistas? ¿Qué es el optimismo?

La liberación de la mujer es la única revolución sin zonas oscuras. Ninguna otra se ha llevado adelante sin problemas. La igualdad de la mujer, que no está aquí todavía pero que va a ocurrir, también traerá nuevos problemas y también retrocesos.

¿Qué ha aprendido de sus exilios?

Me gusta Melbourne, me gusta Nueva York, pero mi casa es Budapest.

¿Y cómo lidia con todos los recuerdos que tiene aquí, algunos terribles?

Es mi casa. ¿Cómo puede una vivir sin sus recuerdos? Tengo buenos y malos.

¿Le preocupa el crecimiento del antisemitismo en Europa?

Existe en toda Europa, el problema es cuando los Gobiernos lo apoyan o crean las condiciones para su desarrollo.

Ha citado a Spinoza y Kant como dos grandes defensores de la libertad. ¿Qué filósofos deberíamos leer?

La nueva generación está formada sobre todo por pensadores analíticos, hay una cierta falta de originalidad, se dedican a resolver problemas, no a crear. La filosofía es un género europeo. Todos los pensadores fueron refutados por otros, pero resisten cualquier falsificación porque nos hablan directamente. Aristóteles dijo que Platón estaba equivocado; lo mismo pensó Spinoza de Aristóteles, y Locke sobre las ideas de Spinoza. No importa. Todos siguen vivos porque nos proporcionan algo precioso: la libertad de pensamiento.
Fuente: http://elpaissemanal.elpais.com/documentos/agnes-heller-entrevista/
Fotografías: Zsófia Pályi.

viernes, 28 de octubre de 2016

¿TODAVÍA INTRAGABLE?

EL PAÍS, Madrid, 2 de octubre de 2016
 PIEDRA DE TOQUE
¿Para qué los filósofos?
Mario Vargas LLosa

En un bouquiniste de los alrededores de Nôtre Dame encontré, medio desecha por el tiempo y el manoseo de los paseantes, la primera edición de Pourquoi des philosophes? (1957), de Jean-François Revel. La compré y la volví a leer, medio siglo después de la primera lectura. Este panfleto volteriano con que Revel inició su carrera literaria conserva intacta su explosiva ferocidad y tal vez ella ha aumentado porque algunas de las figuras con las que se encarniza, como Heidegger, Jacques Lacan o Claude Lévi-Strauss, se han convertido desde entonces en referencias intelectuales intocables.
Como diría él mismo después, este libro fue su despedida tormentosa de la filosofía. Y, por cierto, de la universidad francesa y de sus profesores de humanidades, otro de sus blancos, a los que acusaba de estar muy por detrás de las universidades norteamericanas y alemanas, medio aletargados por el amiguismo mafioso y una retórica cada vez más incomprensible e insulsa. Este libro tuvo consecuencias muy provechosas para los lectores de Revel: lo sacó de un mundo académico donde acaso hubiera vegetado muy lejos de la actualidad y lo convirtió en el formidable periodista y pensador político que sería. Sus artículos y ensayos, con los de Raymond Aron, fueron un modelo de lucidez en esa segunda mitad del siglo XX, marcada en Francia por el predominio casi absoluto del marxismo y sus variantes, a los que ambos se enfrentaron con valentía y talento en nombre de la cultura democrática. Nadie los ha reemplazado y sin ellos los diarios y revistas francesas parecen haberse apocado y entristecido.
La palabra panfleto tiene ahora cierto relente ignominioso, de texto vulgar, desmañado e insultante, pero en el siglo XVIII era un género creativo y respetable, de alto nivel, del que se valían los intelectuales más ilustres para ventilar sus diferencias. En esa tradición se inscriben muchos de los libros de Revel, como ¿Para qué los filósofos?, un ajuste de cuentas con los pensadores de su tiempo y con la propia filosofía a la que, según este ensayo, los descubrimientos científicos, de un lado, y, de otro, la falta de vuelo, de originalidad y el oscurantismo de los filósofos modernos va encogiendo como una piel de zapa y —lo peor— volviendo cada vez menos legible. Revel sabía de lo que hablaba, tenía un conocimiento profundo de los clásicos griegos y todo su libro está plagado de contrastes entre lo que significaba “filosofar” en la Grecia de Platón y Aristóteles, o en la Europa de Leibniz, Descartes, Pascal, Kant y Hegel y el modesto y superespecializado quehacer (confinado a menudo en la lingüística) que usurpa su nombre en nuestros días.
Pero no sólo hay críticas severas en el libro contra los filósofos contemporáneos; también algunos elogios. De Sartre, por ejemplo, por El ser y la nada, que le parece a Revel una reflexión profunda, de gran audacia especulativa, y de Freud, de quien hace una reivindicación beligerante, sobre todo contra ciertos psicoanalistas, como Jacques Lacan, quien, a su juicio, no sólo frivoliza y enreda grotescamente las ideas de Freud, sino lo utiliza para levantarse un vanidoso monumento a sí mismo. Para quienes hemos perdido muchas horas tratando de entender a Lacan (sin conseguirlo), la dura crítica que le merece a Revel resulta alentadora.
No así, sin embargo, las severas reprimendas a Claude Lévi-Strauss, cuyo libro sobre Las estructuras elementales del parentesco Revel cuestiona de raíz, acusando a su autor de ser un buen psicólogo pero no aportar nada desde el punto de vista sociológico al conocimiento del hombre primitivo. Esta aseveración la extiende al conjunto de los estudios sobre las sociedades marginales de Lévi-Strauss, con el argumento de que al reducir todo el análisis a describir la mentalidad primitiva, concentrándose en su intimidad psicológica, se desentendió de investigar lo más importante desde el punto de vista social: por qué las instituciones de la sociedad tradicional tuvieron determinado carácter, por qué se diferenciaban tanto unas de otras, qué necesidades satisfacían los rituales, creencias e instituciones de cada comunidad. La obra de Lévi-Strauss estaba todavía en proceso cuando Revel escribió este ensayo y tal vez otra hubiera sido su evaluación del gran antropólogo si hubiera tenido una perspectiva más amplia de su obra.

 En el año 1971, con motivo de una reedición de ¿Para qué los filósofos?, Revel escribió un extenso prólogo pasando revista a lo que había ocurrido en el ámbito intelectual de Francia en los últimos 11 años. No rectificaba nada de lo que había escrito en 1957 y, por el contrario, encontraba en el “estructuralismo”, entonces de moda, las mismas insuficiencias e imposturas que había denunciado en los años del “existencialismo”. Sus críticas más acerbas las dirige a Althusser y a Foucault, sobre todo a este último, muy de actualidad desde la publicación de Las palabras y las cosas, quien había declarado que “Sartre era un hombre del siglo XIX” y cuyas aparatosas afirmaciones según las cuales “las humanidades no existen” y “del hombre, una invención reciente, se puede prever el fin próximo” hacían las delicias de los bistrots de Saint-Germain. (Todavía apedreaba policías y negaba la existencia del sida). Revel advierte que las modas van arrastrando a la filosofía a unos niveles de artificialidad y esoterismo que parece una forma de suicidio, empezando por el fuego graneado que los nuevos filósofos disparan contra el humanismo. Pero lo que excita más su humor sarcástico es la extraña alianza que se daba entre el esnobismo político —léase marxismo o, todavía más grave, maoísmo— y las especulaciones más alambicadas de las “teorías” que producían sin freno los literatos y críticos de una corriente estructuralista que abarcaba tantas disciplinas y géneros que ya nadie sabía sobre qué escribía. En esto se lleva todos los premios la revista Tel Quel, cuyo genio tutelar, el sutil Roland Barthes, acababa de explicar, inaugurando sus charlas en el Collège de France, que “la lengua es fascista”. El análisis de un número especial de Tel Quel que hace Revel, ridiculizando la pretensión de los discípulos de Barthes y Derrida de que sus teorías literarias y experimentos lingüísticos servirán al proletariado para derrotar a la burguesía en la batalla a muerte en que están trabados, no tiene desperdicio. Basta citar una frase: “La función ideológica de Tel Quel es muy clara: consiste en fabricar una cultura burguesa presentándola como antiburguesa. Ya que ella es antiburguesa y proletaria en la exacta medida en que la finca de María Antonieta, en el Petit Trianon, era antimonárquica y campesina”.
Las modas arrastran a la filosofía a niveles de artificialidad y esoterismo que parecen un suicidio
Por encima y por debajo de la virulencia intelectual que anima este ensayo de Revel, algo sigue ahora tan válido como entonces: la nostalgia de una vida intelectual creativa y responsable, que ayude a ver claro aquello que parece confuso, y en la que las ideas rivalicen y jueguen un papel central en la búsqueda de soluciones para los escalofriantes problemas que enfrenta el mundo de hoy.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/09/30/opinion/1475226888_712131.html
Ilustración: Fernando Vicente. 

miércoles, 27 de julio de 2016

COMPLEJO DE INFERIORIDAD

EL PAÍS, Madrid, 23 de julio de 2016
LA POLÉMICA DE LA FILOSOFÍA
La Filosofía y sus facultades
La materia sobrevivirá a las condiciones a las que su complejo de inferioridad y, sobre todo, sus defensores la han conducido
Arturo Leyte

Si todos los hombres aspiran por naturaleza al saber”, como Aristóteles afirma al principio de su Metafísica, presumo que afortunadamente la Filosofía -extraña ciencia- sobrevivirá a su organización académica. Incluso habría que imaginar si fuera de esa organización no tendría mejor vida, si no tan prolífica (por lo mucho que se publica), sí más libre y acertada. Después de todo, la integración de la filosofía en facultades es bastante reciente, por más que hoy parezca su estado natural. De hecho, muchos de nuestra generación no se formaron en una “facultad de Filosofía” sino en una de “Filosofía y Letras” o incluso de “Filosofía, Psicología y Ciencias de la Educación”.
Fuera de la opaca disposición ministerial, desconozco la razón de tales vinculaciones, en el segundo caso quizá más motivada por la aspiración al poder (de la Pedagogía) que al saber (de la Filosofía). Porque, bien pensado, ¿qué tiene que ver la Filosofía con la Psicología, con la Pedagogía o incluso, si vamos al fondo del asunto, con las Letras? Ya que en su momento se volvió necesidad organizar institucional y administrativamente los saberes, ¿no hubiera gozado nuestra extraña ciencia de mejor fortuna en una facultad de “Filosofía y Ciencias”? Seguro que su destino hubiera sido, además de influyente, más abierto y decisivo. Pero no por la falta de importancia de las llamadas “Letras”, sino por su actual declive, ligado a su aparente improductividad frente a una emergencia industrial indisociable de las ciencias que la alimentaban. Definitivamente, la Física (mecánica, atómica) se volvió modelo teórico y metodológico de las llamadas “ciencias duras”, al parecer las únicas relevantes para el sostén de las sociedades complejas.
De hecho, esos saberes comenzaron a llamarse “ciencias”, y a separarse de la Filosofía, porque esta última dejó de tener propiamente un contenido que la ligara a la realidad empírica. Su único reducto exitoso quedó reducido a su condición formal, de ahí su supervivencia en la lógica, la metodología y el análisis del lenguaje. Comienza así el ocaso de la filosofía refugiada en las humanidades, reconvertidas a su vez, en el marco de la nueva sociedad burguesa, en la mera administración de una tradición (histórica, literaria y artística) en el fondo irrelevante fuera de su papel como entretenimiento dentro de la industria cultural.
Fue una pena, ciertamente, que los estudiantes de las nuevas ciencias y tecnologías se volvieran analfabetos filosóficos, porque eso les hurtó una comprensión más adecuada de sus respectivas investigaciones, cualesquiera que fueran. Recíprocamente, mayor pena fue que los estudiantes de Filosofía se quedaran sin conocer ninguna de esas ciencias; es decir, que se quedaran sin saber nada de nada. Pero tampoco hay que escandalizarse por esta doble “pérdida”, en cierto modo inevitable una vez que las ciencias se volvieron autónomas, sin necesitar ya la reflexión que las aupó a su posición de dominio.
Las ciencias se volvieron autónomas, sin necesitar ya la reflexión que las aupó a su posición de dominio
Ninguna decisión administrativa hubiera podido reparar un horizonte que superaba con mucho lo que cualquier plan de estudios hubiera pretendido corregir, incluso bajo sus mejores intenciones: la retirada del saber (ligado a la reflexión) se había hecho inevitable para que pudieran triunfar las ciencias. Pero tampoco nos engañemos respecto a las reivindicadas “bondades” de la Filosofía, pues su señal de identidad más visible, que es el conocimiento “reflexivo”, no hubiera inhibido el camino de la investigación que llevó a desarrollar la bomba atómica ni tampoco frenado la decisión de lanzarla, como tampoco hubiera impedido el establecimiento de regímenes totalitarios.
Definitivamente, el estudio de la Filosofía no nos hace más “buenos” ni tampoco nos “enseña a pensar”, como argumentan de modo mostrenco muchos de sus defensores, a quienes habría que recordarles que difícilmente podría iniciar su estudio alguien que no supiera ya pensar. Ciertamente, la Filosofía no produce esas virtudes, ni su estudio nos hace automáticamente filósofos. Pero entonces, ¿qué nos enseña, si es que nos enseña algo más allá de eso tan difícil de identificar como la reflexión?
Antes de contestar tan decisiva pregunta, puesto que imposible resulta su respuesta, toda vez que quizá ocurra que no nos enseñe nada (la reflexión no es nada, sino la distancia respecto a su objeto de estudio), permítasenos afrontar un asunto más accesible: la vinculación de los estudios de Filosofía a las ciencias habría tenido una ventaja decisiva: que la Filosofía no se enroscara sobre sí misma y sus estudiantes conocieran al menos otros saberes, desde la Física y la Biología a la Lingüística, la Historia o incluso el Arte, y no se volvieran a su vez analfabetos en todo, incluso en Filosofía, pues, ¿cómo se puede estudiar esta última desconociendo los elementos imprescindibles para su puesta en marcha, las lenguas en las que fue escrita y los temas a los que ineludiblemente dedicó su atención? ¿De qué pobreza, en fin, se tiñó la Filosofía cuando se enclaustró en sus “facultades” sin la habilidad (facultad) para entender qué se jugaba de verdad en aquello de lo que ésta habló durante siglos: el espacio, el tiempo, la política, la lengua, la sociedad, la economía, la cosmología?
Pongamos las cosas en su lugar antes de escandalizarnos porque desparezca el título “Facultad de Filosofía”, que no la Filosofía, de una determinada institución como la universidad, algo de lo que ciertamente no me alegro en absoluto, porque sus motivaciones no guardan relación alguna con el fondo del asunto. Pero aunque no podamos alegrarnos, seamos honestos: ¿es ese hoy el verdadero problema de la filosofía o no reside, en cambio, en algo fatal, y mucho más difícil de solucionar por procedimientos administrativos, a saber, que pocos se encuentran dispuestos a “leer” en serio una obra de filosofía porque ni se está dispuesto a invertir sin contrapartida social un larguísimo tiempo en ello ni se está facultado técnicamente para hacerlo? ¿Acaso los estudiantes de Filosofía disponen de los instrumentos imprescindibles para leer esas obras y de los conocimientos para descubrir qué y cómo pensar hoy? ¿Qué propuesta puede proceder de una escolástica vacía que ni siquiera incluye en sus planes de estudio las lenguas en las que se escribió el texto filosófico, aspecto tan decisivo para su interpretación?
El estudio de la Filosofía no nos hace más “buenos” ni tampoco nos “enseña a pensar”, como argumentan de modo mostrenco muchos de sus defensores
Al igual que los estudiantes de Ingeniería, Físicas o Económicas tienen que conocer y dominar las matemáticas correspondientes para construir un puente, reconocer qué pasa en un acelerador de partículas o simplemente hacer la auditoria de una empresa, también los estudiantes de Filosofía, incluso restringidos al mundo de las letras (qué le vamos a hacer, extender la filosofía, al menos en nuestro país, al reino de las ciencias, sería tarea divina), harían muy bien estudiando simultáneamente Filología clásica o moderna, Historia antigua, Historia moderna y contemporánea, Ciencias humanas y sociales, Lógica, pero también, rebelándose así contra el sistema administrativo, estudiando Matemáticas, Geología o cualquier otra ciencia.
Seguramente ahí se encontraría una leve esperanza de salvación, que desde luego tampoco vendrá de la mera reorganización facultativa programada, la cual de seguro no obedece a los argumentos expuestos. Porque la verdadera pregunta que deberían hacerse hoy los profesionales de la filosofía es si, de seguir desconectada de cualquier otro estudio, la filosofía no se perderá definitivamente en esa complacencia narcisista de su propio aislamiento, entendido como una heroicidad, y por ende, en el reconocimiento de sí misma como la “reina de todas las ciencias”, la única que no tiene que rendir cuentas ante nadie. Los que luchamos por la filosofía tampoco deberíamos engañarnos con la falacia de que sin ella el mundo se precipitaría hacia la barbarie, ni con la ilusión de que pueda transformarlo. Quizá deberíamos conformarnos con que su estudio ayudara a interpretarlo, aparentemente resultado menor, pero si cabe de más largo alcance.
Pero que no cunda el pánico: la filosofía sobrevivirá a las condiciones a las que su complejo de inferioridad y, sobre todo, sus defensores la han conducido. Ciertamente el juego ya se juega en otra parte. A ver si adivinamos en cuál.
En todo caso siempre habrá que distinguir entre la “facultad de Filosofía” y las facultades de la filosofía.
(*) Arturo Leyte es filósofo, ensayista y traductor de Heidegger y Schelling.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/07/22/opinion/1469205378_170990.html

martes, 29 de septiembre de 2015

GUARALEADA




Ilustración: LB (tomado de los Cuadernos Hemerográficos).

sábado, 20 de junio de 2015

NOTICIERO RETROSPECTIVO



- Alfredo Planchart. "Pantallería y educación". El Nacional, Caracas, 11/04/1978.
- "Tema de hoy: Magisterio". El Nacional, 14/01/89.
- Enrique Rondón. "Mito y realidad del plan de becas Gran Mariscal de Ayacucho". El Diario de Caracas, 12/12/82.
- José González. "Gil Fortuol: economista". El Nacional, 23/09/79.

Rafael Vegas, ministro de Educación Nacional, para un texto de Vicente Gerbasi: "Estudiantes de filosofía". Últimas Noticias, Caracas, lunes 01/10/ 1945.

jueves, 4 de diciembre de 2014

SELFIE REFLEXIVO

EL IMPULSO, Barquisimeto, 14 de noviembre de 2014
Planteamientos - Filosofía popular
Alexis J. Guerra C.

Un especialista en filología hispánica como Tomás Salas aborda el tema con mucha seriedad, por su condición de académico, pero sin alusión a la condición peyorativa que muchas veces suele asignársele equivocadamente, por cuestiones originales de alcurnia, a lo vulgar, en el fondo, lenguaje llano, popular. Refiere, primero, que se ignora el tesoro que guarda el pueblo y que, en momentos especiales, oportunos, manifiesta como sabiduría genuina o filosofía. A partir de lo anecdótico, construye su hipótesis al respecto, para establecer un puente entre ambas, en su condición popular.
Narra el citado profesor que fue en el entierro de un conocido, a raíz de haber escuchado una frase de esas que se pronuncian cuando se siente el adiós postrero de quién desciende a la tierra, tras cerrar la fosa, "cuando una voz anónima (aunque volví la cabeza no pude localizar a su autor) dijo detrás de mí: tó pa ná. Lo dijo así, con esa economía de sílabas propia de esta tierra andaluza, con el deje inconfundible de la fonética meridional”.
En su reflexión, apunta a traducir que tó (todo) es la vida, los afanes, las preocupaciones. Tó es la hipoteca que hay que pagar, las notas de los hijos, los problemas del trabajo, los gozos y las sombras de cualquier vida. Pues este tó es… pa ná. Todo acabará con el paso del tiempo; todo adquiere, así, un valor relativo y secundario. No vale la pena preocuparse por tó, porque es pa ná. Reflexión, además, nada nueva, porque está en la filosofía desde sus orígenes y en todo el espectro del conocimiento que lo inquiere, incluyendo la religión y la poesía.
También por el mismo puente transitan los refranes como expresiones de sabiduría popular para tratar de ir construyendo un espacio de síntesis explicativa y tratar de cerrar la brecha que la deificación de la ciencia contribuyó a abrir, tornándose marginal el saber popular. La economía podría apuntalarse didácticamente desde la explicación de la denominada filosofía del utilitarismo, contrastando las teorías de autores como J.Bentham o J.S. Stuart Mill, con el aforismo que reza: "Más vale pájaro en mano que cien volando”. La politología y la psicología electoral, como especialidad, tendrían en el adagio: "Más vale conocido que bueno por conocer”, una cantera desde iniciar la razones que fundamentan el miedo y sus motivaciones al momento de votar. Ni qué hablar de la poesía. Personalmente, para aludir al análisis del contexto, me valgo de la genial frase de Walt Whitman: "…Y pasaré un hilo a través de mis poemas para demostrar que el tiempo y los sucesos están unidos”.
También el saber popular venezolano, en cualquier pueblo, aun recoge en el anecdotario respuestas geniales. Esta me la contó mi compadre Nelson Anzola (de los que no tienen real, como él mismo aclara). La de Don Roberto Fréitez, en El Tocuyo. Preguntado: ¿Epa Roberto, tú que te la echás de sabío, cuántas palás de tierras se necesitarán pá bajá el cerro del Campano? A lo cual respondió: "Depende, porque si la pala es del tamaño del cerro con una sola basta”. Como para explicar el principio de la relatividad, de Albert Einstein.

FILO-FIARSE

EL NACIONAL, Caracas, 4 de diciembre de 2014
Ocaso, o la vindicación de la filosofía
José Rafael Herrera

Por estas fechas, de finales de año, se celebra “el Día Mundial de la Filosofía”, quizá sin tener clara conciencia de que, con ello, se le rinde tributo a la conocida frase de Hegel: “El búho de Minerva inicia su vuelo con el ocaso”. El ocaso del año llega y dispone el ambiente propicio para que el pensamiento voltee la mirada hacia el fragor de lo hecho por el “viejo topo” shakespereano en el interior de sus galeras, justo en medio de su ciego accionar cotidiano. Solo al final del camino llega el momento de dar cuenta de las acciones humanas. Es el viejo quien, al final del trayecto, puede dar perfecta cuenta del resultado de lo que fueron su niñez, su adolescencia y su madurez. Como dice Hegel: “No nos contentamos con que se nos enseñe una bellota cuando lo que queremos ver ante nosotros es un roble”. La filosofía es, justamente, ese resultado concebido en su totalidad crítica e histórica.
Algo de nostalgia hay, sin lugar a dudas, en esta mirada retrospectiva. Como dice Novalis, en la filosofía está presente el deseo ilimitado –precisamente, nostálgico– de tener el hogar en todas partes. Y la filosofía se sustenta en ese doloroso desprenderse, en ese desgarramiento de vida viviente y vida vivida, de lo externo y lo interno, de lo finito y lo infinito, siendo ella, precisamente, el signo de la diversidad esencial de mundo y yo, el signo de la incongruencia de acción y reflexión. Por eso mismo, la filosofía no es para los tiempos felices. La crisis es el caldo de cultivo de toda filosofía que se asuma en sentido enfático. La nostalgia es un pathos que aparece cuando se sufre una pérdida. De ahí que su aparición –la de la filosofía– se presente, a un tiempo, como el intento de comprensión de esa separación, de esa crisis, y como la posibilidad de reencontrar la unidad perdida. En su propia composición gramatical se encuentra registrado su propósito esencial, a mitad de camino entre no ser saber y serlo, entre el amor, concebido como afectación filial (filo) y la concreta totalidad del saber (sofía): “Y entonces –se pregunta Platón–, ¿quiénes filosofan, si no son los sabios ni los ignorantes? Pues los intermedios entre los unos y los otros, entre los cuales está también el Amor, de suerte que es necesario que el Amor sea filósofo, el intermediario entre el sabio y el ignorante”.
La filosofía, en suma, es una de las disciplinas o, como diría el querido Ezra Heymann, uno de los “oficios” constitutivos e imprescindibles de la historia de la humanidad. Nada más estimulante que la (de)construcción filosófica cuando las sociedades parecen haber perdido su rumbo, su eticidad y su destino. Y es esta, por cierto, su función principal: elevar la conciencia social a la necesidad de reconstruir la armonía desgarrada, siendo ella misma la más acabada manifestación de esa determinada forma asumida por el desgarramiento. De nuevo, la escisión, el desgarramiento, es el manantial de donde brota la necesidad de la filosofía. Por eso resulta incómoda. Por eso causa tanto escozor entre los resentidos y prejuiciosos, cultores de la ignorancia, que sustentan los hilos del poder y que prefieren la obediencia ciega a la duda que enciende en los hombres el pensamiento y, con él, la transformación de la sociedad. Las sociedades sin filosofía son, de hecho, templos con múltiples ornamentos, pero carentes de sanctasanctórum. Apariencias sin esencia, formas sin contenido. En ellos, pueblos de dogmas y consignas, de iluminados profetas y de sátrapas corruptos, pronto comienzan a surgir las “telarañas cerebrales”, el sicariato contra la inteligencia y el igualitarismo propio de la malandritud.
El carácter estrictamente reaccionario, a-histórico de semejantes supuestos, revestidos de un cientificismo cuartelero, se pone de relieve en el hecho de favorecer de continuo la manipulación de la realidad, de querer tapar el sol con el dedo hasta el absurdo. Una divulgación enfermiza, absolutamente fantasiosa, de una felicidad, de un progreso, de una solvencia, que en la cruda realidad se traducen en tristeza, retroceso y pobreza. En un conocido cuento –“El traje nuevo del emperador”– Hans Christian Andersen ha definido con sorprendente exactitud este asfixiante y tupido tejido de arañas que tuerce la verdad: “El rey está desnudo”. La filosofía de nuestro tiempo tiene la obligación, el compromiso lógico, ético y estético de hacer suya la frase de Andersen.      
“Transformación social y diálogo intercultural” fue, no por mera casualidad, el tema seleccionado por la Unesco para este año 2014. ¿Qué decir, desde nuestro respetable y –para sorpresa de muchos– sólido medio filosófico venezolano, en medio de un año que amaneció de barricadas, de masivas protestas sociales y políticas, diseminadas por la mayor parte del territorio nacional? Protestas que terminaron en el mediodía de la represión, en atropello sistemático de la diferencia y en la más brutal violación de los derechos humanos. Y, ¿qué decir de un año en el cual, finalmente, se puso en evidencia el rotundo fracaso económico y social de un régimen que, en nombre de las mayorías, ha depauperado a todos; que se ha ensañado contra las universidades y las instituciones de investigación científica; que ha literalmente destrozado el aparato productivo; que ha incrementado los niveles de corrupción hasta la insaciable saciedad; que dejó desplomar el sistema de salud, de educación y de seguridad ciudadana; que ha hecho de la desconfianza su “santo y seña”, de la violencia su mejor aliado y de la injusticia su más preciada fuente ideológica? Ese es nuestro atardecer, y aún la noche no llega. ¿Es posible disertar acerca de la “transformación social” y del “diálogo intercultural” en una sociedad que ha terminado por acostumbrarse a hacer colas para comprar los artículos de primera necesidad? Primum vivere deinde philosophari. Ciertamente, lo “extraordinario” se ha hecho “cotidiano”, lo anormal se ha vuelto normal. Como nunca antes, el diminutivo y despectivo de Venezia se ha hecho más definitorio y fiel a su objeto.
Y, sin embargo, la filosofía anuncia el ocaso. Es tiempo de reconocimiento. El silencio decretado por Wittgenstein se ha roto y, justo por amor, es momento de decir lo que no se puede decir. Si “transformación” y “diálogo” constituyen los grandes problemas en virtud de los cuales la filosofía cobra vigencia para el presente, entonces cabe romper el develamiento, mostrar la verdad desgarrando el velo de las apariencias. Los ojos del búho de Minerva imponen la tarea de transformar y dialogar sobre los fundamentos mismos de una conciencia social inadecuada respecto de su ser social, roto, extraviado y carente de Logos.