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domingo, 19 de abril de 2020

CAZA DE CITAS

"Ya que en ninguna parte del mundo hay coincidencias entre lo real y lo ideal, entre la experiencia y el deseo, entre la vida y la perfección, en términos escolásticos se diría entre  la esencia y la existencia,  dondequiera surge una aspiración general a la salvación que se traduce en las religiones. Y de  aquí deriva un cuadro de proyecciones constantes, donde se contraponen el  punto de partida, es decir, la situación existencial precaria, con el punto de llegada, es decir, la meta ideal, que se presenta como liberación en  la historia o al fin de ella, el hebraísmo,  el cristianismo y el islamismo; o bien, como 'liberación de la historia'  y de la existencial individual, como en el caso del induísmo (SIC), del budismo y en general de las espiritualidades orientales y cósmicas. También encontramos reflejada la gran bipartición de la experiencia religiosa humana en las tradiciones del teísmo histórico profético y la del monismo despersonalizante. En el mismo contexto se encuentran las vías y los medios sugeridos para conseguir la salvación; las personas que sirven de guías, mediadoras e intercesoras de salvación; y la pregunta si la salvación se puede conseguir con las únicas fuerzas de que dispone el hombre, o si al contrario, es necesario un don superior, una 'palabra divina', como vaticinaba Sócrates en la víspera del gran paso a la otra vida (Fedón 85d)"

Pietro Rossano

("Los interrogantes del hombre y las respuestas de las grandes religiones" Ediciones Paulinas, Caracas, 1992: 114 s.)

Ilustración: Alejandro Santafé, "Obsesiones".

domingo, 13 de septiembre de 2015

¿DIOS SE DIO DE BAJA EN TODAS?

EL PAÍS, Madrid, 12 de septiembre de 2015
TRIBUNA »
¿Vuelven las guerras de religiones?
Juan José Tamayo 

En el imaginario sociocultural judeo-cristiano tenemos grabada la imagen del asesinato de Abel con una quijada de burro por Caín, quien, ante la pregunta de Dios "¿dónde está tu hermano?”, elude toda responsabilidad en la eliminación física su hermano. De entonces para acá la violencia es una constante en la historia de la humanidad, que se impone sobre la paz que todo ser humano anhela. Sucede, además, que, lejos de retroceder, va in crescendo. En la medida en que las sociedades más avanzan científica y técnicamente recuren a formas de violencia más sofisticadas y destructivas. El siglo XX, considerado el de mayor progreso de todos los tiempos, ha sido el más violento de la historia.
Ante esta situación nos preguntamos: ¿Son las religiones fuente de violencia o caminos de paz? ¿La violencia está en los genes de las religiones monoteístas o se trata de una patología a erradicar? El tema no puede ser más actual. Cuando creíamos que las guerras de religiones eran fenómenos del pasado y habían desaparecido las razones para provocarlas, han vuelto a resurgir con especial crudeza y radicalidad, están tiñendo de sangre no pocos de los escenarios geopolíticos del planeta, que llevan crespones negros por banderas, y destruyendo todo lo que encuentran a su paso, desde vidas humanas a manifestaciones culturales que son patrimonio de la humanidad.
Las guerras, a mi juicio falsamente religiosas, están provocando éxodos masivos de la población civil que desembocan en tragedias humanitarias como las del Mediterráneo, que sólo este año se ha cobrado más de 2.500 vidas humanas, la última la del niño sirio de tres año Aylan Kunrdi, ahogado en las costas turcas. Y todo ello ante la insensibilidad de Europa, que permite el libre acceso de los capitales para negocios bursátiles y cierra sus puertas a los inmigrantes y refugiados, que huyen del hambre y de la violencia terrorista.
Ante la falta de argumentos racionales para justificar dichas guerras, se apela a Dios –siempre con atributos masculinos y bélicos- y se mata en su nombre, convirtiéndolo en asesino. Lo expresaba con todo realismo el filósofo Martin Buber en un texto que hoy sigue conservando actualidad: “Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan manipulada…. Las generaciones humanas, con sus partidismos religiosos, han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre. Los seres humanos dibujan un monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’. Se asesinan unos a otros y dicen: ‘lo hacemos en nombre de Dios’”.
Ante la falta de argumentos racionales, se apela a Dios y se mata en su nombre, convirtiéndolo en asesino
No es extraño, por ende, que Dios haya decidido darse de baja de todas las religiones, como expresaba un chiste, creo que de El Roto en EL PAÍS, con motivo de la guerra de Bush, Blair y Aznar contra Iraq. El retorno de las guerras por motivos religiosos lleva a pensar, equivocadamente en mi opinión, que estas son una constante en la humanidad, más aún, la ley de la historia de la que no podemos escapar. Si sí fuere, la humanidad se habría convertido ya en un coloso en llamas.
La violencia tiene muchos rostros y un sinnúmero de manifestaciones a cuál más dramáticas y destructivas del tejido de la vida y de la convivencia cívica. Una de las más extremas es la violencia de género, instrumento de poder y de dominación del patriarcado en la sociedad y en las religiones que, dada su extensión y sus motivaciones, desemboca en terrorismo patriarcal, al que responde el feminismo, una de las pocas revoluciones pacíficas de la historia, a través de la no-violencia activa desde un discurso y unas prácticas fundadas en la igual dignidad de los seres humanos. Violencia patriarcal hoy muy extendida entre los adolescentes y en los jóvenes, en el trabajo, en los conflictos armados, donde las mujeres se convierten en campo de batalla, y contra la infancia, una de las más persistentes y ocultas que colocan a los niños y niñas en una situación de total indefensión.
Pero la violencia y los conflictos bélicos son solo una cara de la realidad mundial y de las religiones. Hay otra más esperanzada y esperanzadora, más optimista y constructiva: las tradiciones y experiencias religiosas que trabajan por la paz fundada en la justicia, transitan por caminos de reconciliación como respuesta a los conflictos armados, fomentan espacios de diálogo y racionalidad frente a la irracionalidad de los fundamentalismos y participan en los procesos de paz entre contendientes en guerra.
Las dialéctica violencia-caminos de paz en las religiones es el tema del 35 Congreso de Teología que se celebrará en Madrid del 10 al 13 de septiembre, en el que reflexionarán en clave inter-disciplinar teólogos, teólogas y filósofas de distintas religiones, culturas y continentes, científicos sociales, activistas de movimientos pacifistas, víctimas de los diferentes terrorismos, etcétera. El Congreso de Teología hará un homenaje a dos de las figuras más relevantes del cristianismo liberador latinoamericano: Monseñor Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado hace 35 años, y Pedro Casaldàliga, obispo-poeta-profeta del Mato Grosso (Brasil), que, en un clima de violencia política, religiosa, racial, sexista, estructural y ecológica, trabajaron por la reconciliación, la justicia, la fraternidad-sororidad y el cuidado de la tierra siempre del lado de los “crucificados de la Tierra”.
Las dialéctica violencia-caminos de paz en las religiones se tratará en el 35 Congreso de Teología que se celebrará en Madrid
(*) Juan José Tamayo es profesor de la Universidad Carlos III de Madrid y secretario general de la Asociación Teológica Juan XXIII.

lunes, 2 de marzo de 2015

¿DE LA PÓLVORA VIENES Y A LA PÓLVORA VOLVERÁS?

EL PAÍS, Marid, 01 de marzo de 2015
LA CUARTA PÁGINA
Con violencia despiadada
Los clérigos de las religiones monoteístas han recurrido al terror y la desolación para mantener a raya a sus fieles o a los creyentes de otras confesiones. Es lo que hoy hacen los matarifes del Estado Islámico
Santos Juliá 

Como ya advirtió Max Weber, con aquella fuerza sintética que siempre caracterizó su escritura: “Toda organización de la salvación en una institución universalista de la gracia se sentirá responsable de las almas de todos los hombres, o al menos de todos los que le han sido confiados, y por ello se sentirá obligada a combatir, incluso con violencia despiadada, toda amenaza de desviación en la fe”. Nada sobra, nada falta: la organización de salvación en instituciones universalistas, esto es, la clerecía, si puede, recurrirá a la violencia despiadada: tal es la ley que atraviesa todas las historias de las religiones de salvación hasta que un poder civil, que no construye su legitimidad en la lectura de ningún libro sagrado, es capaz de reducir la religión al ámbito y al espacio que le son propios: la comunidad de creyentes y el templo.
Pero tanto la religión cristiana, como la musulmana y la judía han erigido sus templos —catedrales, mezquitas, sinagogas— en el centro del espacio público para que sus sacerdotes, imames y rabinos dominen desde esas imponentes construcciones la vida de los fieles, sus creencias y su moral, y para mantener a raya a los fieles de otras iglesias o los creyentes de otras religiones. No existe ninguna clerecía administradora de una religión de salvación que no haya pretendido que su voz, desde el púlpito, el minbar o el amud, se extendiera sobre todo el espacio circundante hasta llegar a someterlo a su mandato. Así es como los clérigos creen cumplir su misión como responsables de la salvación universal, aunque para lograrlo tengan que mezclar, según las ocasiones, la persuasión con el terror. Nada importa que, en sus orígenes, la religión de salvación haya germinado en comunidades de fraternidad y amor, como sin duda lo fue entre los primeros cristianos; cuando llegan los clérigos y se constituyen en poder, la fraternidad se transforma en odio y por amor se es capaz de llevar al matadero al hermano en la fe si sucumbe a la tentación de desviarse de la sagrada doctrina.
Por eso es vana, para alguien que no crea en una determinada religión, la pretensión de establecer cuál es su verdadero contenido o cuál el significado único de su libro sagrado: no hay ni puede haber un islamismo verdadero, de la misma manera que nunca hubo un cristianismo ni un judaísmo verdaderos, siempre idénticos a sí mismos durante todo el tiempo y en cualquier circunstancia. Más aún, los clérigos de las religiones asociadas a una concreta moral pública y de las que se derivan determinadas prácticas políticas, como ocurre con las tres monoteístas, suelen contemplar cómo surgen de sus mismas entrañas voces que se alzan contra la interpretación de la palabra divina sobre la que ellos construyen su poder; son los herejes, perseguidos y condenados a la hoguera por desviarse de la verdadera fe establecida por los dueños de los textos sagrados. Antes que a un infiel, que por definición no cree en la palabra revelada, a quien mata un creyente es al hereje, que le disputa el control de esa palabra.
Si disponen de poder para hacerlo o lo creen en peligro, derraman la sangre del infiel o del hereje
De ahí que pueda predicarse de todas las religiones monoteístas, contempladas a lo largo de siglos, aquello que Carl Schmitt decía de la católica, que era una complexio oppositorum: paz de Dios junto a guerra santa; o también: guerra santa y tregua de Dios. Lo mismo puede decirse de la judía y de la musulmana, las tres monoteístas, las tres basadas en un libro sagrado que contiene verdades reveladas, las tres —y este es el punto que aquí interesa— regidas por una clerecía, formada exclusivamente de hombres que por elección divina se encuentran investidos de autoridad para interpretar la palabra. Son ellos, los clérigos, quienes transmiten en cada momento y por medio de rituales que solo ellos pueden celebrar, y en los que solo ellos toman la palabra, el verdadero y único sentido de la fe revelada. En las tres religiones, los libros sagrados son mudos hasta que alguien, con el poder derivado de su consagración como clérigo, interpreta lo que allí quedó escrito.
Las tres con largos tramos de sus respectivas historias en los que no solo era posible sino voluntad misma de Dios, Alá o Jehová morir o matar en defensa de la fe, una voluntad que se transforma en violencia despiadada sobre las cosas y las personas cuando los clérigos sienten amenazado el poder de vida y muerte que detentan sobre la sociedad. En la larga y sangrienta historia de las religiones, no es posible encontrar ninguna dotada de ritos que celebrar, de libro sagrado en que creer y de clérigos a quienes obedecer, que no haya servido como instrumento de muerte y desolación cuando el dios de los creyentes alcanza la categoría de único dios en el mundo, cuando del libro sagrado se derivan leyes que rigen la conducta de los miembros de toda la sociedad y cuando los clérigos reclaman para sí y conquistan el poder de erigir sus templos sobre las ruinas de los antepasados, de destruir estatuas que el paso del tiempo ha convertido en símbolos perdurables de otros cultos y otras creencias, o de enviar a disidentes y heterodoxos a la muerte, después de conducirlos en procesión por las vías públicas: los herejes o las pobres brujas que la santa Inquisición llevaba a la hoguera tras someterlos a refinadas torturas; esos desventurados cristianos degollados hoy como corderos ante la mirada del mundo. Antes que derramar su sangre como mártires de la fe, los clérigos de las religiones de salvación, si pueden, si disponen de poder para hacerlo, o creen que ese poder corre peligro, derramarán la sangre del infiel o del hereje. Siempre lo han hecho, siempre lo van a hacer.
Los yihadistas ejecutan igual el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias
Nosotros guardamos en la memoria alguna reciente experiencia de toda esta desgracia. En aquel estremecedor y admirable panfleto que será por siempre Los grandes cementerios bajo la luna, el católico Georges Bernanos, procedente de la derecha nacionalista francesa y testigo horrorizado en 1936 de las matanzas en Mallorca, en las que tomaba parte uno de sus hijos bajo el mando del impostor conde Rossi, dejó escrito que “el Terror habría agotado desde hace mucho tiempo su fuerza si la complicidad más o menos reconocida, o incluso consciente, de los sacerdotes y de los fieles no hubiera conseguido finalmente darle un carácter religioso”. Fue primero el terror implantado por militares y fascistas; luego llegaron los clérigos: la religión católica vino a sacralizar la práctica derivada de una política de muerte. No fue que los rebeldes, por creyentes, mataran; fue que los asesinos, para proseguir su acción hasta el exterminio, la revestían de aura sagrada y la tomaban como prenda de salvación: la alta clerecía había predicado una guerra santa, una cruzada contra infieles e invasores que, con la religión, destrozaban la patria; su destino no podía ser otro que la muerte.
La palabra yihad podrá significar, para los eruditos en la interpretación de textos sagrados, lo que quiera que sea: esfuerzo, ayuda, lucha de liberación. Da igual. Es una auténtica yihad vivida como guerra santa —si fueran cristianos: una cruzada— lo que hoy repiten, celebrando ese horrible ritual ideado para transmitirse a todos los confines del mundo por las redes globales, los matarifes del Estado Islámico bajo la atenta mirada de un clérigo, todo vestido de negro, que observa a corta distancia y con idéntica impasibilidad el sacrificio de vidas humanas y la destrucción de estatuas milenarias.

Ilustración: Enrique Flores.