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miércoles, 13 de enero de 2016

ESTADO PSICOPÁTICO

EL PAÍS, 5 de enero de 2016
TRIBUNA »
Cegados por el Estado Islámico
La solución para derrotar al ISIS no es una invasión terrestre, porque ya es una organización global con franquicias locales. La única opción realista es frenar y deteriorar el califato y convertirlo en otro Estado fallido dentro de la región
Shlomo Ben Ami 

El consenso general que surgió tras la matanza de París sugiere que sólo se puede derrotar al Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés) con una invasión terrestre de su Estado. Es un delirio. Aunque Occidente y sus aliados locales (los kurdos, la oposición siria, Jordania y otros países árabes suníes) llegaran a un acuerdo sobre quién proporcionaría el grueso de las tropas terrestres, el ISIS ya ha cambiado su estrategia. Se ha transformado en una organización global con franquicias locales capaces de causar estragos en capitales occidentales.
De hecho, el ISIS siempre ha sido el síntoma de un problema más profundo. La desintegración del Oriente Próximo árabe refleja la incapacidad de la región para encontrar un camino entre el nacionalismo secular en crisis, que ha dominado su sistema estatal desde la independencia, y una rama radical del islam en guerra contra la modernidad. El problema fundamental consiste en una lucha existencial entre Estados absolutamente disfuncionales y un tipo obscenamente salvaje de fanatismo teocrático.
Con esa lucha, en la que la mayoría de los regímenes de la región han agotado sus reservas ya limitadas de legitimidad, se está colapsando un orden regional centenario. Por cierto, Israel, Irán y Turquía —todos países con mayorías no árabes— probablemente sean los únicos Estados-nación genuinamente cohesionados de la región.
Durante años, Estados clave de la región —algunos muy queridos por Occidente, como Arabia Saudí y Qatar— en la práctica pagaron dinero a los yihadistas a cambio de protección. Es verdad que las guerras de EE UU en la región —tan destructivas como estúpidas— son básicamente responsables del caos en el que hoy está sumida la Media Luna Fértil. Pero eso no exculpa a las monarquías fundamentalistas árabes de su papel a la hora de revivir la visión del siglo VII que el ISIS (y otros) pretenden imponer.
El ejército de psicópatas y aventureros del ISIS fue creado como una startup por los magnates suníes en el Golfo que envidiaban el éxito de Irán con su apoderado chií libanés Hezbolá. Fue la combinación de una idea y el dinero para propagarla lo que creó este monstruo y alimentó su ambición de forjar un califato totalitario
Durante años, los wahabíes de Arabia han sido el origen del radicalismo islamista y el principal patrocinador de grupos extremistas en toda la región. Como señaló el exsenador norteamericano Bob Graham, el principal autor del informe clasificado del Senado sobre los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, “el ISIS es un producto de ideales saudíes” y “dinero saudí”. De hecho, Wikileaks cita a la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, que acusa a Qatar y Arabia Saudí de conspiración “con Al Qaeda, los talibán y otros grupos terroristas”.
Tampoco es particularmente convincente la Alianza militar de 34 países musulmanes contra el Estado Islámico creada por Arabia Saudí, ya que no es más que una lista hecha al azar sin apenas consultar a sus miembros. Pakistán confesaba estar en estado de shock al enterarse a través de la prensa de que formaba parte de tal coalición, en la cual el eje chií clave para la lucha contra ISIS —Irán, Siria e Irak— ni se menciona. La conquista de Ramadi por fuerzas iraquíes es una buena noticia; la batalla por Mosul será un desafío radicalmente diferente.
Se plantea, pues, una pregunta obvia: si regímenes suníes en la región colaboran con grupos terroristas, ¿cómo puede resultar creíble una cooperación de inteligencia con ellos o considerar una coalición para combatir al extremismo islámico? Los llamados regímenes pro-occidentales en el Oriente Próximo árabe simplemente no están en sintonía con Occidente respecto del significado y las implicaciones de la guerra contra el terrorismo, o inclusive sobre qué es el radicalismo violento.
Esta es una de las razones por las que una invasión del califato, con ejércitos respaldados por ataques aéreos occidentales, podría tener consecuencias imprevistas devastadoras (pensemos en la invasión de Irak por parte de George W. Bush). Es más, aunque se pudiera llegar a un acuerdo sobre división de las tareas, una invasión terrestre que le niegue al ISIS su base territorial en Irak y Siria simplemente lo obligaría a ocupar otras posiciones en una región que está colapsando en varias tierras de nadie.
En ese momento, el califa Abu Bakr al-Bagdadi, o algún potencial califa futuro, invariablemente combinaría el creciente caos de gestión política en la región con una campaña yihadista global, un proceso que, como hemos visto en París y otras partes, ya ha comenzado. A pesar de la grieta ideológica y estratégica entre el ISIS y Al Qaeda, no se puede descartar en absoluto una alianza contra el enemigo común: los regímenes árabes que están en el poder y Occidente. El propio Osama Bin Laden nunca desechó la idea de establecer un califato. Por cierto, su terrorismo era percibido como un preludio del califato.
Al mismo tiempo, Siria e Irán podrían explotar el caos inevitable para expandir su presencia en Irak; y todas los actores en el escenario político, incluida Turquía, se opondrían a un papel central para los kurdos. Estos últimos han demostrado ser combatientes extremadamente fiables y capaces, según lo han demostrado en las batallas para liberar las ciudades de Kobane y Sinjar del control del ISIS. Pero nadie puede pensar que sean la herramienta de Occidente para someter al corazón suní en Irak y Siria.
Tampoco está claro si Occidente es capaz de compensar a los kurdos con la formación de un Estado absolutamente propio. Las limitaciones geoestratégicas que han impedido la independencia kurda durante siglos son aún más agudas hoy.
Algunas de las consecuencias de una invasión árabe del califato respaldada por Occidente no son menos predecibles por no ser intencionadas. Finalmente terminaría generando una simpatía generalizada por el califato en toda la región, brindándole al ISIS una victoria de propaganda y una mayor inspiración para los jóvenes musulmanes alienados en Europa y otras partes para combatir a los cruzados y a los traidores musulmanes que se alinearon con ellos.
La única alternativa realista es más —mucho más— de lo mismo. Eso implica un esfuerzo constante y decidido para frenar la expansión del califato con operaciones de comando y fuerzas aéreas, recortar sus fuentes de financiación, profundizar y expandir la cooperación de inteligencia entre aliados creíbles, poner fin a la conspiración de las monarquías ricas en petróleo con grupos terroristas y fomentar reformas democráticas (sin involucrarse en grandes proyectos de construcción de Estado).
El Oriente Próximo árabe no es susceptible de cambios rápidos. Requiere un cambio endémico profundo que podría durar la mayor parte de este siglo. Por el momento, transformar el califato en otro Estado fallido en la región parece ser lo mejor que podemos esperar.
(*) Shlomo Ben-Ami, exministro de Relaciones Exteriores israelí, es vicepresidente del Toledo International Center for Peace. Es autor de Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia arabe-israeli.

Ilustración: "
 En esta caricatura un supuesto miembro de ISIS ataca, sin éxito, un lápiz, el “arma” de los caricaturistas. (RESISTART.IR/CNN)", en: http://www.diariolavoz.net/2015/06/01/iran-sede-de-un-concurso-de-caricaturas-contra-isis/

martes, 17 de febrero de 2015

INTENSIFICACIÓN

EL PAÍS, Madrid, 16 de febrero de 2015
TRIBUNA
En defensa de los judíos, otra vez
El resurgimiento del antisemitismo indica una crisis de la democracia
Shlomo Ben Ami 
    
Pese a la impresión dada por las concentraciones unitarias y en masa habidas en toda Francia, el reciente ataque contra la revista Charlie Hebdono significa que la libertad de expresión se encuentre gravemente amenazada en la Europa occidental. Tampoco indica que el radicalismo islámico esté a punto de inundar, en cierto modo, o transformar a las sociedades occidentales. La amenaza que, en cambio, pone de relieve es otra menos comentada: el resurgimiento de la discriminación y la violencia contra los judíos de Europa.
Tanto en la masacre de París como en el caso del sábado en Copenhague —en ambos el asesinato de periodistas vino acompañado con ataques contra objetivos judíos— el yihadismo en tierras europeas ha conseguido convertir la libertad de expresión y la existencia de comunidades judías en Europa en los dos pilares esenciales de la democracia liberal. Desde ahora la defensa de ambos son vasos comunicantes sin los cuales estaremos presenciando la bancarrota de la idea europea.
Charlie Hebdo, el último vestigio de una tradición obscena y bastante salvaje de caricaturización escandalosa de las figuras políticas y religiosas de la Francia del siglo XIX, puede muy bien ser un icono ideal de la libertad de expresión. Los europeos se alzaron para defender un principio vital; la libertad de expresión, por brutal que sea lo expresado, conserva un puesto en cualquier democracia. Asimismo, “Eurabia”, la profecía de un fatal destino islámico para Occidente formulada por Bat Ye’Or, no se está cumpliendo, sencillamente. No hay partidos islámicos que ocupen escaños en los parlamentos europeos, pocas figuras musulmanas aparecen en los más importantes centros de poder político y cultural de Europa y en las instituciones de la Unión Europea, árabes y musulmanes brillan prácticamente por su ausencia. Los intentos de los radicales de reclutar a jóvenes musulmanes europeos no reflejan el inexorable ascenso de influencia islamista —o islámica siquiera— en Europa. Más bien ponen de relieve el feroz deseo de los radicales de influir en una región en la que una mayoría abrumadora de musulmanes aspira a integrarse en el orden establecido, en lugar de desafiarlo.
Lo que de verdad está amenazado en Europa es la comunidad judía. En 2006, el judío francés Ilan Halimi fue secuestrado y torturado brutalmente en un sótano durante tres semanas, a consecuencia de lo cual murió. En 2012, tres colegiales judíos y un rabino fueron asesinados a tiros en Toulouse y, en el pasado mes de abril, un matrimonio judío fue atracado en un suburbio de París, porque, como dijeron los atacantes, “los judíos han de tener dinero” (aunque eso no explica por qué después violaron a la mujer). Un mes después, un yihadista francés atacó el museo judío de Bruselas y mató a tres personas e hirió gravemente a una. Meses después, una muchedumbre asaltó una sinagoga en París.
Ninguno de esos sucesos desencadenó nada que se pareciera ni remotamente a la indignación pública de las últimas semanas. Si el asesinato de cuatro judíos en un supermercado kosher de París, perpetrado por un compinche de los atacantes de Charlie Hebdo, hubiera ocurrido en otras circunstancias, podemos dar por sentado que no habría provocado un movimiento generalizado para defender los valores de la República Francesa.
Algunos sostienen que la intensificación de la violencia antisemita en Europa está motivada primordialmente por la difícil situación de los palestinos, pero, según una encuesta de opinión de 2012, son más los europeos que creen que la violencia contra los judíos se alimenta de actitudes antisemitas muy antiguas y no de un sentimiento antiisraelí.
El islam radical propagó el odio a los judíos mucho antes de que surgiera el sionismo, y seguirá haciéndolo después de la creación de un Estado palestino. No es de extrañar que el aumento del relieve público del extremismo islamista, al despertar la atención de jóvenes musulmanes frustrados de Europa y otros países, ha espoleado un aumento de la violencia contra los judíos.
Un 63% de polacos cree que los judíos conspiran para controlar la banca
Pero el problema tiene raíces más profundas y da la impresión a los judíos de que no tienen futuro en Europa. Una reciente encuesta de opinión de YouGov reveló que un porcentaje importante de las poblaciones francesa y británica abrigan opiniones antisemitas. Otra encuesta, llevada a cabo por el Centro de Investigación de los Prejuicios, de la Universidad de Varsovia, mostró que en 2013 aproximadamente el 63% de los polacos creía que los judíos conspiran para controlar el sistema bancario y los medios de comunicación del mundo.
Las consecuencias de ello, no sólo para los judíos, sino también para Europa, son graves. Como señaló Hannah Arendt hace seis decenios, el ascenso del antisemitismo provocó la caída de Europa en el totalitarismo. Al conseguir afianzarse en muchos países los movimientos populistas y extremistas de derecha, el sistema político de Europa —y los valores que lo sostienen— está en peligro.
El primer ministro de Francia, Manuel Valls, reconoció ese peligro. En un discurso pronunciado en la Asamblea Nacional, que recordó al ataque de Émile Zola a la “ciega estupidez” del odio a los judíos hace casi 120 años, preguntó: “¿Cómo podemos aceptar que en nuestras calles de Francia (...) se oigan gritos de ‘¡Muerte a los judíos!’? (...) ¿Cómo podemos aceptar que personas francesas sean asesinadas por ser judías?”. Después advirtió que el renacimiento del antisemitismo en Francia —patente en la preocupación provocada por la inclusión del Holocausto en el programa de estudios de la escuela francesa— indica una crisis de la democracia.
Valls sigue siendo el único político europeo que ha puesto de relieve el peligro con la urgencia que merece. Ya es hora de que sus homólogos den un paso al frente y, al hacerlo, no deben descartar políticas audaces, sin complejos, encaminadas a influir en la política de Israel para con Palestina.
Al mismo tiempo, buscar la solución para un problema que está tan profundamente arraigado en la historia de Europa —y en la del islam—, achacándolo al conflicto palestino-israelí o a jóvenes musulmanes alienados constituye una falacia peligrosa. Para no volver a caer en las garras del miedo, el odio y la política atroz, los europeos deben mirarse detenidamente a sí mismos.
(*) Shlomo Ben Ami, exministro de Asuntos Exteriores de Israel y actual vicepresidente del Centro Internacional por la Paz de Toledo.