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jueves, 2 de abril de 2020

ECOSONOGRAMA DEL MUNDO ÁRABE

¿Cambio o hecatombe regional?
El coronavirus en los países árabes: ¿tormenta pasajera, oportunidad de cambio o hecatombe regional?
Haizam Amirah Fernández / Real Instituto Elcano

Tema
La pandemia del COVID-19 está sacudiendo a los países árabes con fuerza. Aquí se analiza el contexto regional, las respuestas de los gobiernos, las posibles implicaciones económicas y sociales, la forma en que esto puede afectar a los regímenes políticos y los riesgos para los países vecinos, así como algunas oportunidades que pueden surgir para resolver problemas y conflictos que recorren esa compleja región.

Resumen

La pandemia del COVID-19 se ha extendido por el mundo en un momento en el que la región árabe se encuentra sometida a grandes presiones de diversa índole. Las respuestas de los Estados árabes ante la amenaza del nuevo coronavirus, sumadas al contexto internacional que está generando la pandemia, tienen el potencial de acentuar algunos de los problemas ya existentes, convirtiendo retos socioeconómicos en crisis políticas y agudizando las demandas de cambio que se extienden por diversos países de Oriente Medio y el Magreb. Mientras no se comercialice una vacuna eficaz contra esta pandemia, el coste económico y social de las restricciones drásticas que están imponiendo los gobiernos árabes puede ser desmesurado y, en última instancia, inasumible.

Análisis

Una región mal preparada para una pandemia

A pesar de que existen grandes diferencias entre los 22 países árabes en lo que se refiere a sus sistemas sanitarios y los recursos disponibles frente a una pandemia, el conjunto de la región se encuentra mal preparada para encajar el golpe de una enfermedad contagiosa y letal que se extiende por todo el mundo. La mayoría de los 435 millones de árabes viven en países donde los servicios sanitarios que ofrece el Estado son escasos, muy deficientes o prácticamente inexistentes. Las causas se centran en la falta de recursos materiales, el elevado gasto público en otros ámbitos –como la defensa–, las disfunciones de las instituciones estatales, la mala gestión, la fuga de cerebros, la falta de transparencia en la comunicación y gestión de las crisis, el déficit de confianza pública en sus gobernantes, los conflictos armados y los desplazamientos de población debido a las guerras.

Hasta la fecha, la propagación del COVID-19 en los países árabes ha sido limitada en comparación con otras regiones del mundo. Sin embargo, algunos de los mayores focos de propagación del coronavirus se encuentran en su vecindario inmediato (en países como Italia, España e Irán). Además, la región mantiene estrechos lazos comerciales y geopolíticos con países de Europa, Norteamérica y Asia Oriental, donde el coronavirus sigue estando presente o está en fase de expansión. Por otra parte, el bajo número de casos confirmados hasta ahora en países árabes se debe al reducido alcance de las pruebas que realizan los servicios sanitarios. A lo anterior hay que sumar la sospecha de muchos ciudadanos de que las autoridades gubernamentales en sus países no declaran toda la información que poseen sobre la extensión real de la pandemia.

La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) ya avisó a mediados de marzo que el COVID-19 aún no había alcanzado su pico de propagación en Oriente Medio y el Magreb, advirtiendo que la región se debía preparar para lo peor cuanto antes. También la OMS se ha quejado de que, a pesar de la gravedad de la situación, los países de la región no estaban facilitando suficiente información sobre los casos de contagio y les instaba a realizar mayores esfuerzos para luchar contra el coronavirus.

Existen varios factores que pueden facilitar una rápida propagación del nuevo coronavirus en la región árabe, como son los numerosos contactos humanos con países golpeados por la pandemia (Irán y países europeos y de Asia Oriental), la alta densidad de población en numerosas urbes árabes, la escasez de medios para la detección y tratamiento de los casos de contagio, la cercanía social asociada a las culturas árabe y mediterránea, así como la elevada proporción de población joven con una alta movilidad, que puede contribuir a propagar la pandemia en sus entornos sociales y familiares.

El hecho de que las sociedades árabes sean considerablemente más jóvenes que las de otras regiones del mundo (por ejemplo, la media de edad en Jordania es de 23,8 años, en Egipto de 24,6, en Argelia de 28,5 y en Marruecos de 29,5, frente a 47,3 en Italia, 44,9 en España y 38,4 en China) puede reducir la mortandad que provoque la pandemia en esos países, puesto que parece que las personas de mayor edad son las más vulnerables. Sin embargo, la región árabe destaca por sus elevados índices relativos de otras enfermedades que pueden aumentar la mortalidad por el COVID-19, como son las enfermedades cardiovasculares y la diabetes. A eso hay que añadir que buena parte de las clases dirigentes en varios de esos países pertenecen a los grupos más vulnerables al coronavirus, debido a su avanzada edad.

Al igual que en otras partes del mundo, los gobiernos árabes se tomaron un tiempo antes de evaluar la trascendencia del COVID-19 y de adoptar medidas para mitigar y contener su avance. Sin embargo, una vez vistos los efectos que estaba teniendo en otros países, en Oriente Medio y el Magreb se han impuesto algunas de las medidas de aislamiento y confinamiento más estrictas, al menos sobre el papel. Éstas incluyen el cierre de fronteras, la cancelación de vuelos y paralización de aerolíneas, el confinamiento domiciliario de la población, el cierre de lugares de culto y la prohibición de los rezos colectivos, la suspensión de permisos de trabajo para extranjeros y la repatriación de los turistas a sus países de origen. En varios países se han decretado distintas modalidades de toque de queda: nocturnos en Túnez desde el 18 de marzo, en Arabia Saudí desde el 23 y en Egipto desde el 24; toque de queda urbano en Bagdad desde el 17; y, en el caso más extremo, toque de queda total en Jordania a partir del 21 de ese mes, sine die. Es previsible que las medidas de contención vayan a más en el corto plazo, según se vaya extendiendo la pandemia por el mundo.

Impacto social y económico

Más allá de las dificultades que entraña la aplicación de medidas de control social a gran escala, incluso para regímenes con una alta capacidad coercitiva y de naturaleza autoritaria, el coste económico y social de las restricciones drásticas que están imponiendo los gobiernos árabes puede ser desmesurado y, en última instancia, inasumible. En el caso más extremo, el de millones de refugiados y desplazados internos que malviven en campamentos o infraviviendas sin las mínimas condiciones de higiene y sanidad, el coste humano puede ser descomunal si la pandemia hace acto de presencia. En ausencia de una vacuna eficaz contra el COVID-19, varias zonas de Oriente Medio y del Magreb podrían convertirse en nuevos focos de propagación del virus que lo causa (el SARS-CoV-2), llegando, en el peor de los casos imaginables, a aislar a la región del resto del mundo durante un período largo de tiempo.

Por el momento, ya se está empezando a notar el impacto de la pandemia de coronavirus en las economías de la región. Un primer golpe lo recibió el sector del turismo, con la cancelación masiva de viajes y servicios turísticos en algunos países árabes que generan riqueza y empleo gracias a la llegada de turistas de distintas zonas del mundo (varias sometidas ya a restricciones de viaje y confinamiento domiciliario de sus potenciales turistas). A eso hay que sumar que, el pasado 4 de marzo, Arabia Saudí suspendió los permisos para hacer la umrah (la peregrinación menor a La Meca que se puede hacer a lo largo del año), así como las visitas religiosas a Medina, debido al coronavirus. En el aire está que se pueda celebrar la gran peregrinación anual del hayy, cuyo inicio este año está previsto para finales de julio. El total de peregrinos anuales supera los 20 millones, con toda la actividad económica que eso genera dentro y fuera de Arabia Saudí.

Para hacerse una idea, la industria del turismo aporta de forma directa e indirecta cerca del 1 5 % del PIB de Egipto, del 14% en el caso de Jordania, del 12% en Túnez y del 8% en Marruecos. Al ser el turismo un sector intensivo en mano de obra, la práctica paralización de su actividad económica debido a la crisis mundial del coronavirus supone un durísimo golpe para el empleo y para el sustento de un número elevado de familias. Esto ocurre cuando las proyecciones a principios de este año pronosticaban un importante crecimiento de los ingresos del turismo en toda la región durante 2020. En pocas semanas, esos pronósticos halagüeños han saltado por los aires.

La reducción o paralización de la actividad económica se ha extendido a prácticamente todos los ámbitos tras decretarse las medidas de lucha contra el COVID-19. El cierre de comercios, servicios no básicos, centros educativos, lugares de trabajo y actividades de ocio hace imaginable un escenario de colapso económico, bien de sectores concretos, bien de economías nacionales. Eso dependerá en gran medida de lo que dure la disrupción provocada por el coronavirus, así como de las políticas económicas que apliquen los gobiernos árabes para proteger a sus empresas, trabajadores y tejido productivo. No ayudará a ello el hecho de que la actual caída de la demanda interna se verá agravada por los efectos de la anunciada recesión mundial, debido a la caída de la demanda externa de sus principales socios comerciales, sobre todo los europeos y asiáticos.

Por si todo lo anterior fuera poco, a la crisis del COVID-19 se ha sumado la guerra de precios del petróleo iniciada por Arabia Saudí el pasado 7 de marzo, que ha provocado una caída en picado del precio del crudo hasta niveles de hace casi 20 años (en el entorno de los 25 dólares por barril). La caída de la demanda por parte de China, el principal importador de crudo saudí, una vez que el coronavirus se dejó notar allí, hizo que Riad buscara un acuerdo para recortar la producción con otros países productores de petróleo. La negativa de Moscú a seguir esos pasos llevó a Arabia Saudí a aumentar su producción y ofrecer descuentos a sus compradores con el fin de conquistar cuota de mercado. Esto, a su vez, provocó que Rusia aumentara su producción. Ese exceso de oferta, coincidiendo con el frenazo económico causado por la pandemia, ha provocado el desplome abrupto del precio del petróleo, algo que no estaba contemplado en ninguno de los principales pronósticos a principios de año.

El coronavirus: un agravante de problemas existentes

Para las economías rentistas que dependen de los ingresos generados por la venta de hidrocarburos, la caída drástica de los precios en plena pandemia supone un gran problema para sus cuentas públicas. En Oriente Medio y el Magreb, eso afecta directamente a los productores de energía en el Golfo, pero también a Argelia. El país magrebí lleva más de un año con amplias movilizaciones sociales (hirak), sin precedentes por su duración y por el civismo que han mostrado los manifestantes a lo largo de 56 semanas consecutivas. Esas movilizaciones fueron suspendidas el 20 de marzo debido al aumento de casos de COVID-19 y para evitar el riesgo de contagios en un país con una infraestructura sanitaria deficiente.

En Argelia existe un sentimiento extendido de que el sistema político está anquilosado y que requiere de reformas profundas para construir un Estado civil con separación de poderes y buen gobierno. Mientras los gobernantes argelinos disponían de elevados ingresos por la venta de hidrocarburos, se podían permitir comprar paz social con subsidios y subvenciones. Sin embargo, con la previsible fuerte caída de ingresos este año, junto con el inquietante descenso de reservas de divisas, el panorama que se presenta en Argelia durante los próximos años no es nada tranquilizador. Todo eso con un nuevo presidente de la República, Abdelmayid Tebbún, salido de unas dudosas elecciones celebradas el pasado 12 de diciembre, y cuya legitimidad y capital político no parecen lo suficientemente sólidos para la etapa que previsiblemente se avecina, agravada por la irrupción de la pandemia de coronavirus.

Marruecos, por su parte, se enfrenta también a una importante caída de ingresos en 2020, cuyas dimensiones aún se desconocen. El alto comisionado de Planificación de Marruecos ya declaró a mediados de marzo que este año será el peor para la economía marroquí desde 1999. Además de la caída del turismo, una recesión mundial puede reducir sensiblemente las remesas que envían los marroquíes que trabajan en el extranjero, principalmente en Europa, y que representan algo más del 6% del PIB de Marruecos. Por otra parte, a la caída de la demanda interna y externa, cuyas dimensiones dependerán de factores que se escapan al control de las autoridades marroquíes, se suma una proyectada bajada de la producción agrícola debido a la sequía, al igual que lo ya ocurrido en 2019. Con ese panorama, es previsible que aumenten las muestras de descontento social ya vistas en los últimos años, provocadas por la falta de oportunidades, las desigualdades económicas y las disparidades entre unas regiones y otras.

Para Túnez, la pandemia del COVID-19 supone el primer gran test para el nuevo gobierno que se formó en febrero, tras las elecciones celebradas el pasado 6 de octubre. El país magrebí –y única democracia de la región árabe– arrastra problemas económicos persistentes que la actual pandemia agravará debido a la caída de los ingresos del turismo y del comercio con Europa. El gobierno tunecino, al igual que el marroquí y otros de la región, ha lanzado una campaña pidiendo donaciones de la población para afrontar los gastos que no puede cubrir el Estado en la lucha contra el coronavirus.

Tanto Irak como Líbano han vivido manifestaciones desde octubre de 2019 pidiendo el fin de la corrupción y que el Estado cumpla con sus funciones más básicas. Los múltiples fracasos estatales y la ausencia de dirigentes políticos con legitimidad y capacidad de resolver los enormes problemas de fondo, ligados a sistemas corroídos por el sectarismo, sólo pueden empeorar con la llegada de la nueva pandemia. Por un lado, Irak está sufriendo una fuerte caída de ingresos por la venta de petróleo, causada por la guerra de precios lanzada recientemente por Arabia Saudí. Por otro lado, Líbano se enfrenta a múltiples crisis simultáneas y profundas, empezando por la bancaria que llevó al país a anunciar el 7 de marzo el primer impago de la deuda soberana de su historia. La fuerte devaluación de la lira libanesa (ha perdido más del 40% de su valor desde el pasado octubre) y la escasez de divisas en una economía fuertemente dolarizada están provocando el cierre de negocios, la pérdida de empleo, el encarecimiento de los precios y serias dificultades para importar bienes básicos, incluido material médico y sanitario. La situación ya rozaba la catástrofe antes de la irrupción de la crisis del COVID-19.

Siria, Yemen y Libia son tres países sumidos en conflictos armados y sometidos a todo tipo de injerencias externas que alimentan sus guerras civiles. Resulta llamativo que esos tres países hayan declarado un número sumamente bajo de contagios por coronavirus. Es probable que eso se deba a las pocas pruebas que se realizan, así como a la ocultación de información que ejercen los bandos enfrentados a todos los niveles. Es cierto que los peligros que entraña viajar por esos países pueden reducir la expansión del coronavirus. Ahora bien, las posibles consecuencias de la aparición de brotes en zonas de esos países serían devastadoras, sobre todo para los millones de personas y desplazados internos que carecen de atención sanitaria y de medios de prevención. La ayuda internacional sería incapaz de contener el virus si se producen emergencias complejas en zonas de conflicto o en campos de refugiados en países vecinos.

Egipto, que es el país más poblado de la región (acoge a un cuarto del total de la población árabe), ha registrado una de las cifras más altas de contagios entre los países árabes, según sus autoridades. Sin embargo, los datos oficiales no transmiten ninguna garantía de veracidad, a juzgar por el historial del actual régimen. Éste parece confirmarlo con su decisión de expulsar a corresponsales de algunos de los principales medios internacionales que publicaron noticias al respecto. A través de una filtración se ha sabido de la muerte de, al menos, dos altos cargos de las fuerzas armadas egipcias por el COVID-19, lo que sugiere que la pandemia está más extendida de lo que se declara.

El impacto económico de la pandemia en Egipto puede ser grande debido a la bajada de ingresos por la caída del turismo, el previsible descenso del tráfico marítimo a través del canal de Suez y la reducción de las remesas que envían los egipcios desde países productores de petróleo, entre otros factores cruciales para la llegada de las divisas que tanto necesita el país. El coronavirus podría extenderse rápidamente por las ciudades egipcias, sobre todo en El Cairo, debido a su alta densidad de población. También existe el riesgo de que la pandemia se propague por las masificadas cárceles egipcias, conocidas por sus pésimas condiciones sanitarias.

La crisis global del COVID-19 está poniendo de manifiesto la interdependencia que existe entre las poblaciones y economías de Israel y Palestina. La propagación del virus que provoca esa enfermedad ha obligado a los dirigentes de Israel, la Autoridad Palestina y Hamás a cooperar entre ellos con el fin de evitar un contagio a gran escala de las poblaciones bajo su control en Israel, Cisjordania y Gaza. Una muestra de lo excepcional que es esta situación es que el Gobierno de Israel ha permitido que decenas de miles de trabajadores palestinos de Cisjordania puedan establecerse en territorio israelí –algo que antes estaba prohibido– mientras dure la emergencia sanitaria para así reducir el riesgo de contagio. Donde ese riesgo sí es más preocupante es en Gaza, uno de los territorios más densamente poblados del mundo. Gaza carece de la infraestructura sanitaria y del suministro de agua y electricidad que necesitan sus 1,8 millones de habitantes como resultado del bloqueo por parte de Israel, de la mala gestión del gobierno local de Hamás y de la devastación dejada por las tres guerras con Israel entre 2008 y 2014.

Los seis países miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (Arabia Saudí, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán y Qatar) cuentan con unos recursos y sistemas de salud más eficientes que los del resto de la región. No obstante, las turbulencias económicas y la caída del petróleo están aumentando las presiones sobre sus finanzas y servicios públicos. Prácticamente todos estos países han aplicado amplias medidas restrictivas para contener la expansión de la pandemia. Sin embargo, existe un alto riesgo de contagio entre los trabajadores extranjeros (en algunos países árabes del Golfo, éstos representan la gran mayoría de la población), sobre todo entre aquellos que trabajan en los sectores clave de la construcción y los servicios, y que viven en condiciones de hacinamiento sin acceso a buenos servicios sanitarios.

Esta nueva situación puede tener un gran impacto en las industrias del turismo y del transporte internacional en los países árabes del Golfo, así como en el sector inmobiliario y en los grandes acontecimientos mundiales que tendrán lugar en esa región, como la Expo 2020 de Dubái, cuya inauguración está prevista para el próximo 20 de octubre y a la que se aspira que acudan 25 millones de visitantes. Asimismo, este año Arabia Saudí ostenta la presidencia del G-20, algo que es de máxima importancia para el líder de facto del país (el príncipe heredero). La pandemia del COVID-19 supone un gigantesco reto que dificulta el desarrollo de esa función con éxito, en un momento crítico para el sistema mundial.

Oportunidades en tiempos del COVID-19

Por el momento, los países de Oriente Medio y el Magreb no están trabajando juntos para dar respuestas colectivas a la amenaza que supone para todos ellos la pandemia del COVID-19. Con la mayoría de los 435 millones de árabes sometidos ya a distintas modalidades de confinamiento por el coronavirus, no ha habido ninguna coordinación intergubernamental entre sus países ni reuniones –aunque sean virtuales– entre sus dirigentes. La Liga Árabe ha mantenido un mutismo absoluto y todo lo que ha alcanzado a hacer ha sido aplazar la cumbre árabe que estaba previsto que tuviera lugar en Argel el 30 de marzo.

Es evidente que los países árabes, a día de hoy, están perdiendo una oportunidad para superar sus divisiones políticas y así colaborar en la lucha contra la propagación del coronavirus en la región. Sin embargo, aún no es tarde para iniciar una coordinación de las medidas adoptadas a nivel regional, así como para lanzar iniciativas de cooperación y apoyo mutuo, tanto a nivel material como técnico y financiero. Ésta es una oportunidad única para que la Liga Árabe demuestre su utilidad, en el 75º aniversario de su fundación, haciendo algo más que emitir comunicados. También esta emergencia debería servir para reactivar iniciativas subregionales como la Unión del Magreb Árabe (UMA), fundada en 1989, y que hoy se encuentra en un estado de semi hibernación.

También es ésta una oportunidad para cambiar las bases de la cooperación internacional entre regiones que, previsiblemente, van a ser duramente golpeadas por los efectos económicos de la pandemia y de la recesión mundial que se les viene encima. La UE debería empezar a pensar desde ya –incluso antes de que se haya superado la emergencia sanitaria– en formas para relanzar la cooperación euromediterránea, coincidiendo con el 25º aniversario del Proceso de Barcelona. Es muy probable que se requieran importantes esfuerzos y recursos para la reconstrucción a ambas orillas del Mediterráneo tras el paso de la pandemia. Éste es el momento para que la Unión para el Mediterráneo (UpM) demuestre para qué sirve y si puede contribuir a sacar al conjunto de la región de una grave crisis multidimensional, con el apoyo de otras instituciones multilaterales para el desarrollo. De no conseguir hacerlo, certificará su intrascendencia. El anuncio por parte de la UE de que destinará 450 millones de euros a Marruecos y 250 millones a Túnez para combatir la pandemia del coronavirus y enfrentarse a las dificultades económicas que provoca es un buen comienzo, pero servirá de poco si no va acompañado de un esfuerzo regional y global para mantener a flote a los países a ambas orillas del Mediterráneo.

La región árabe lleva toda la actual década experimentando movilizaciones y revueltas contra varios de los regímenes por sus fracasos económicos, ineficaz gestión, prácticas corruptas y modo autoritario de gobernar. Las dos olas del “despertar árabe” (2011 y 2019) han recorrido la mayoría de los países árabes y han tenido como principal causa la erosión de la seguridad económica y el deterioro de los sistemas de protección social. La pandemia del coronavirus puede minar todavía más lo que queda de seguridad económica y los sistemas de protección social que aún se sostienen. Sin duda, esta misma pandemia ofrece una oportunidad para negociar nuevos contratos sociales en los países árabes en un momento en que el virus SARS-CoV-2 ha pausado las protestas anti-régimen. Por el momento, no hay signos de que eso vaya a ocurrir. Varios países árabes de los más poblados son una olla a presión. La actual emergencia sanitaria puede servir para tapar esa olla de forma temporal, pero si la temperatura del malestar sigue aumentando, esa tapa puede saltar por los aires con más virulencia cuando termine esta crisis, sobre todo si los Estados árabes acumulan más fracasos realizando una mala gestión de los efectos sanitarios y económicos de esta crisis.

Otra oportunidad que abre la actual pandemia es el cese de combates en los territorios que sufren conflictos armados como Yemen, Siria, Libia, Irak y Gaza. Esta situación debería aprovecharse para alterar el curso de los conflictos y propiciar el acercamiento entre las partes enfrentadas, primero para frenar la propagación del coronavirus (que amenaza a todos los contendientes) y luego para adoptar medidas de confianza y dar pasos hacia la resolución de esos conflictos. La comunidad internacional no debería descuidar estas oportunidades que ahora se presentan. El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, ya hizo un llamamiento el pasado 23 de marzo para la aplicación inmediata de un “alto el fuego mundial”, recordando que ha llegado el momento de parar todos los conflictos para centrarse en “la verdadera lucha de nuestras vidas”.

Conclusiones

La pandemia más amenazadora que ha golpeado al mundo en un siglo está sacudiendo a los países árabes con fuerza. Su llegada se produce en un momento en que la región ya estaba sometida a grandes presiones por las deficiencias de sus sistemas de protección social y por el elevado desempleo juvenil. Esos son algunos de los factores que han provocado revueltas y amplias movilizaciones sociales contra los regímenes de varios países durante la actual década. Una propagación a gran escala del COVID-19 tendría implicaciones políticas, económicas y de seguridad que provocarían una mayor desestabilización en una región tan volátil.

Por el momento, las respuestas a la pandemia han variado mucho entre los distintos países de Oriente Medio y el Magreb, aunque en la mayoría se han decretado medidas de prevención que implican confinamiento social y reducción de la actividad económica. A pesar de que los datos oficiales indican una propagación limitada, en comparación con otras regiones del mundo, los gobiernos árabes son conscientes de que algunos de los mayores focos del coronavirus se encuentran en su vecindario inmediato (en países como Italia, España e Irán). Además, la región mantiene estrechos lazos comerciales y geopolíticos con países de Europa, Norteamérica y Asia Oriental, donde el coronavirus sigue estando presente o está en fase de expansión. Por otra parte, conviene tomar con precaución los datos oficiales que ofrecen los gobiernos árabes, tanto por la más que probable ocultación de información como por la escasez de medios para detectar y registrar los casos de contagio y de fallecimiento.

Aún es pronto para pronosticar el impacto que tendrá la pandemia del COVID-19 en Oriente Medio y el Magreb, pero ya hay suficientes evidencias de que, al menos, tendrá un elevado coste económico con numerosas derivadas sociales y políticas. Mientras no se comercialice una vacuna eficaz contra esta pandemia, los Estados árabes, al igual que otros muchos en el mundo, se enfrentan a un gran dilema: o relajan las medidas de prevención que tienen un alto coste socioeconómico, permitiendo que haya más contagios y muertes, o mantienen esas medidas mientras se deteriora la economía y aumenta el malestar social. En ausencia de mecanismos de participación política por parte de la población y de rendición de cuentas para los gobernantes, la gestión de esta emergencia puede tensionar todavía más la relación entre el Estado y la sociedad.

El resultado final de esta crisis para los países árabes se verá condicionado por varios factores como la duración de la emergencia sanitaria internacional, la eficacia de las políticas estatales –allá donde las haya– para mitigar sus efectos sanitarios y socioeconómicos y la percepción que la ciudadanía tenga de la gestión de sus gobernantes, entre otros. Ahora bien, con unas dinámicas globales que cambian rápidamente, muchos de los factores que condicionarán la salida de esta crisis se escapan al control de los gobiernos árabes, pues dependen de la coyuntura mundial que, a su vez, determina muchas de sus fuentes de ingresos (hidrocarburos, comercio, turismo, transporte, etc.) y de las oportunidades de empleo que puedan encontrar sus poblaciones.

El COVID-19 puede ser un agravante de problemas y multiplicador de conflictos en la región árabe. No obstante, también puede ofrecer una oportunidad para incrementar la cooperación regional, para avanzar hacia el buen gobierno y para cambiar el curso de los conflictos armados que asolan varios países de la región. Es de prever que la pandemia provocada por el nuevo coronavirus no será el último de los retos globales que vivirán las generaciones más jóvenes de los países árabes, por lo que se hace más urgente trabajar juntos y estar mejor preparados para afrontar retos de alcance global.

Es probable que ésta sea la primera vez en la historia de los Estados árabes en la que éstos se enfrentan a la amenaza de un enemigo común –una pandemia global– que no provenga de un Estado o un ejército. Tampoco debe de haber precedentes de una amenaza común que no dependa de los juegos de poder ni de las alianzas dictadas por la geopolítica.

La forma en que los Estados árabes gestionen la crisis sanitaria y económica generada por la pandemia del COVID-19 marcará el futuro de la región y tendrá fuertes implicaciones para su vecindario. Si los regímenes son capaces de gestionar dichas crisis con cierto éxito, podrían salir reforzados de esta situación. Por el contrario, si recurren a las tácticas usuales en la región para hacer frente a las calamidades (negar la evidencia, dar respuestas descoordinadas y tardías, buscar culpables en el exterior y dar rienda suelta a su carácter autoritario), entonces cabe esperar que este coronavirus acentúe las fracturas y ahonde los problemas que recorren la región árabe, creándole inestabilidad a sus vecinos en el peor de los momentos.

(*) Haizam Amirah Fernández, Investigador principal de Mediterráneo y Mundo Árabe, Real Instituto Elcano | @HaizamAmirah

Fuente:
Fotografías: https://elpais.com/elpais/2020/03/19/album/1584617566_646053.html#foto_gal_5
Dar Yasin (AP). Un devoto musulmán de Cachemira se cubre la cara mientras los trabajadores municipales desinfectan el santuario de Shah-e-Hamadan en Srinagar (India), este viernes.
Juni Kriswanto (AFP). Devotos musulmanes asisten al rezo obligatorio del viernes en una mezquita de Surabaya (Indonesia).

sábado, 14 de marzo de 2020

ZOOM ELEKTRONIKON

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Del mutante humano y otras veleidades más (I)
Nelson Chitty La Roche

“…Vivir en sociedad es vivir de tal modo que la acción sobre las acciones de los otros sea posible […]. Una sociedad sin relaciones de poder solo puede ser una abstracción […]” (Foucault, 1991)

Los filósofos, los sociólogos, los biólogos, los políticos, los intelectuales y en general los testigos de la actualidad, periodistas, comunicadores, publicistas, advierten que ni el hombre es el mismo que había sido pensado ni la sociedad tampoco se muestra como lo que era. Hay un mutante perceptible entonces deambulando con nosotros, en nosotros y entre nosotros.
En realidad nada es igual ni lo puede ser porque el cambio está en la naturaleza de todo lo que es, pero cabe interrogarse sobre la esencia de la condición humana, individualidad y fin en sí mismo e integrante de la sociedad que lo crea, abriga, asiste y eventualmente redime al menos parcialmente de su animalidad. El proceso que vive el hombre desde que nace con su entorno, lleva a él más que intuiciones, auténticas elaboraciones que, en su complejidad, lo descubren y enseñan a ser lo humano que puede ser. El resto, empero, queda de su cuenta.
No hay pues humano sin humanidad y, aunque el individuo insista y prefiera su mundología sobre otra conexión, está el susodicho imbuido del ser social que lo acompaña, incluso a pesar de sí mismo. Para fortuna o desgracia así pareciera ser y basta leer a Primo Levi para contactar ese espíritu conocido y extraño eventualmente. Qué es el hombre, diríamos, sin responder confiadamente la interrogante.
No debo, sin embargo, hurgar más en esos misterios inextricables sobre la naturaleza humana, porque ni tengo la destreza ni el conocimiento. Me limitaré a focalizar, no obstante, alguna sintomatología perceptiva en el yo social y que me disculpe Carlos Vela si incurro en el sintagma, pero creo sincronizarla mejor, ubicado en esa perspectiva.
El humano de hoy, y advierto que este tiempo es un modelador intenso y agresivo, nos trajo al por algunos denominado zoom elektronikón y como resultado pudiera o alteró la dinámica del zoon politikon que nos legó el gigante de Estagira. Un ser signado por variables que lo rodean y lo influyen pero que lo potencian igualmente, emerge desde la revolución electrónica, la inteligencia artificial y el culto a su propia individualidad que como otro espectáculo lo fascina y seduce aunque no lo satisfaga. Su ontología es otra, su conocimiento, su racionalidad, su identidad luce compleja y gaseosa.
El hombre de hoy, insistimos en ello, es otro ciudadano al serlo. Cabe una cita de Rosanvallon harto pertinente: “El nuevo capitalismo destrozó la capacidad de los seres humanos para vivir y construir juntos como iguales y no sólo como consumidores». No le ha bastado la propuesta de la equidad porque, a la postre, palia pero no resuelve la generación de desigualdades que ese hombre asume que le impone el sistema social. Ese hombre es primero que todo un sentir y así debe ser apreciado.
En efecto, el hombre actual combina sus escogencias personalísimas con un ascendiente notable sobre la sociedad que lo rodea, pero en la dimensión de su propia voluntad. De allí que sea menester referirse a un ser distinto, socializado pero independiente, que conoce además como una escogencia u opción la de ser por él solo y no como parte del ser social.
Ello puede y de hecho lo hace el hombre de nuestro tiempo a través del abandono de parcelas morales, de limitantes éticas o acaso, de la revisión de los conceptos que le simplifican en su complejidad permitiéndole ser más, cuando es menos. No es un juego de palabras, al despegarse del valor común por la asunción del personal, logra sentirse que es per se y no por momentos o coyunturas que le ofrecía el cuadro societario donde está comprendido.
Nunca se sintió más cerca de un ejercicio de libertad que lo define, piensa, pero que lo impulsa a dudar de todo lo demás y también de lo que otrora fueron íconos que lo sujetaban. Al Dios muerto de Nietzsche agrega una convicción sobre su propia entidad y así logra trascender para él, aunque sea por instantes que necesita y que lo alimentan. Ego fuera de serie, libérrimo, displicente. La fe que invoca es la de su propio egoísmo.
Ha sonado la hora del individualismo posesivo y “asume (Macpherson) para sí la reflexión, situando alrededor de siete proposiciones lo que llamaríamos los supuestos del individualismo posesivo: 1) Lo que hace humano a un hombre es ser libre de las dependencias de las voluntades ajenas. 2) La libertad de la dependencia ajena significa libertad de cualquier relación con los demás salvo aquellas en las que el individuo entra voluntariamente por su propio interés. 3) El individuo es esencialmente el propietario de su propia persona y de sus capacidades, por las cuales nada debe a la sociedad. 4) Aunque el individuo no puede enajenar toda su propiedad sobre su propia persona, puede enajenar su capacidad para trabajar. 5) La sociedad humana consiste en una serie de relaciones mercantiles. 6) Dado que lo que hace humano a un hombre es la libertad de las voluntades ajenas, la libertad de cada individuo solo se puede limitar justamente por unas obligaciones y reglas tales que sean necesarias para garantizar la misma libertad a los demás. 7) La sociedad política es una invención humana para la protección de la propiedad que el individuo tiene sobre su propia persona y sobre sus bienes, y (por tanto) para el mantenimiento de relaciones de cambio debidamente ordenada entre individuos considerados como propietarios de sí mismo. (Chitty La Roche, Nelson 2016) El paradigma liberal ha perdido su sustentabilidad sin encontrar no obstante un sustituto. El ideal igualitarista no sacia ni mucho menos y se agota en un discurso que se banaliza a sí mismo.
Creyéndolo necesario para sentirse libre, el hombre de Occidente abjuró de lo que le sostenía asido a su fe, a sus valores, a la ética, a la moral, a la comunidad, a la familia, a los imperativos naturales a los que también desafía en una búsqueda frenética para ser distinto y siéndolo, afirmarse y reclamar y lograr un espacio que reconozca en su insolencia su derecho. Él prela, trepa, asciende más arriba que ese mediocre todo social al que creen pertenece, pero que, en el fondo, desprecia o le es indiferente.
La civilización del islam ya sabemos que no acepta sino un modelo a ser y creer. Todo lo distinto es sospechoso de enemigo o simplemente consagrado como tal y nótese, esas formas y referencias no están dispuestas para singularidades y en intento de ser diferente te denuncia y te persigue, sin misericordia ni piedad. Lineales al extremo de inhumanos puede decirse.
Tenemos un nuevo hombre que, sin embargo, se distingue de aquel que las tesis marxistas y leninistas proponían y que cantaban en América latina con los compases de la Nueva Trova Cubana los muchachos y, en general, la llamada izquierda contestataria. El nuevo hombre al que hacemos referencia, al contrario del que viene cual godzilla emergiendo, debía mimetizarse, homogeneizarse, realizarse en su condición de miembro y substancia del conjunto humano, subsumirse en él que lo fagocitaba en su dinámica.
Este nuevo hombre se exhibe como novedoso en su ciudadanía, egoísta y personalizada. Es el chileno que, al grito de «Chile despierta», acomete la destrucción de los bienes públicos y privados, desconoce los perfiles que le son favorables y resolla un lamento hondísimo, distinto, diferente. Es el del gilet jaune francés que a su lado escucha haciéndole coro a quien no tiene nada en común con él, salvo el afán de inconformidad, fatiga, hastío. Nada más.
Mucha de la etiología que debemos aprehender para comprender, obra en el modo de producción y consumo que nos ha servido abundantemente pero, hallazgo dramático, a costa de los no renovables recursos de la naturaleza. El depredador que hemos sido, brutal, cruento, lascivo, es por encima de todo irresponsable y la constatación nos hace socios o mejor cómplices en un mea culpa al que muchos no se suman, cinismo al apoyo o ignaros, o simplemente frívolos, disolutos, ligeros, vacuos.
La semana próxima echaremos a andar algunas reflexiones sobre las causas del trauma que conocemos y la necesaria revisión de cánones, sin otra pretensión de asir más para ser más también.

Fuente:

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Del mutante humano y otras veleidades más (II)
Nelson Chitty La Roche 

“Las cosas que han ocurrido no se pueden suprimir con el pensamiento”, escribió James Joyce en Ulises; y añadía: “El tiempo las ha marcado y residen, encadenadas, en el mismo espacio que las infinitas posibilidades que han desalojado”. La historia alternativa

Revisando el estado del arte de mi reflexión en curso, tropiezo con algunos constructos que no había antes advertido o se presentan imponentes para mí de súbito. Claro que no se trata de una certeza universal siendo que, en la civilización islámica, muy a regañadientes se acepta incluso el dictamen científico porque escogieron el anacronismo como filosofía de vida.
Lo que fue, seguirá siendo y acaso se puede leer que si fue es y lo será siempre y los estudiosos, hombres de espíritu, se permitirán más que elucidar, guiar eventualmente porque ni siquiera se admiten las traducciones de los textos sagrados como otra cosa distinta a lo que son, meras traslaciones que realiza el hombre.
Pero y valga la coincidencia, en Occidente y sus espacios irradiados culturalmente y en Asia, penetrada y seducida por el zoon elektronikón especialmente, la ficción resulta más atrayente y convincente que la realidad que otrora sirvió como el argumento de la vida. Sorprende apreciar el espacio impresionante de los juegos de video en el campo de los accesos de millones de gamers que cada día transitan en la fantasía seguros de sí, dominadores y desafiantes, al extremo que se separan e incluso se desarticulan del zoon politikon y especialmente del zoon politikon, zoon éjón lógon.
En efecto, peripatéticos como somos, constatamos que ese personaje que presenta Aristóteles y como admite la doctrina es un pensador analítico y capaz de ponderar más de lo que su sensorialidad le faculta y así, piensa, infiere, deduce, concluye. (Del Zoon Politikon al Zoon Elektronikón. Una reflexión sobre las condiciones de la socialidad a partir de Aristóteles. Vicente Huici Urmeneta).
El hombre de ahora se conecta a otra dimensión cultural y, ensaya una construcción de su mundología desde esa postura. Lo que fue no le concierne sino muy relativamente. Él transita el ahora en un ejercicio complejo de constante temeridad. Su mente solo mira al pasado como un reto intelectual que incluye preguntarse y eventualmente idear una secuencia distinta a aquella que fue. Cabe citar así: «El filósofo Charles Renouvier acuñó el término con el que también se conocen este tipo de supuestos contrafácticos: ‘Ucronías’. Describió además su desarrollo mediante un diagrama que mostraba el momento inicial en que la historia imaginaria se desviaba de la historia real –el llamado punto de divergencia–, lo que generaba la primera desviación, que debía ser siempre interesante y plausible. (La historia alternativa por José Pardina).
Otra cita ayuda más a mostrar el salto y contraste entre el zoon politikon y el zoon elektronikón y no la desaprovecharemos; “Si nos atenemos a los textos aristotélicos, se puede observar que la definición del ser humano como zoon politikon (más exactamente, como πολιτικὸν ζῷον) en la política viene a ser la culminación de la expresión del vínculo con una forma de convivencia superior. Francisco Samaranch comenta, al respecto, que la definición del hombre como animal político “implica la vinculación natural con una forma comunitaria específica, la Pólis” (Samaranch, 1982: 679), acentuando las anteriores definiciones de la Ética Eudemiana en las que se habla del hombre como animal comunitario (koinomikón) o animal doméstico (oikonomikón).
Pero el hombre real, “et verus homo”, es un mutante pensamos y se ha dislocado, haciéndolo, de la poli, de la sociedad que otrora fue su mundo y persigue otros destinos, otros caminos entre su individualismo exacerbado y su fantasía. Sócrates apura la cicuta porque no se concebía fuera del contexto social. Fue comprendido y admirado por ello. Hoy se habría marchado insolentemente ignorado. Admitirlo ayuda a comprender y más aún, a explicarnos cómo se produjeron esos eventos. Intentaremos y excúsenme la audacia, una explicación que no pretendo original pero que estimo útil, sin embargo. No en vano repiten los europeos y los franceses, especialmente, que “la novedad es vieja como el tiempo”.
El modelo de nuestra civilización cambió desde sus fundamentos económicos y en el camino agregó, como detonante motivador, el elemento cultural antes asido a la perspectiva del testigo y actor que antiguamente fue. Pensamos que se trató de un persistente proceso que, sin embargo, encontró en la compulsión del hombre su acelerador. La inteligencia del hombre se suma a su curiosidad y a su innato hedonoutilitarismo. Vale acotar su impulso congénito por destacarse, hacerse notar, sobresalir está en su naturaleza.
Otro trazo se advierte en el tortuoso caminar del espíritu humano que luego de opacarse ante el teocéntrico escenario del Medievo, inicia su renacer rompiendo parámetros y referentes que lo anulaban o ausentaban de sí mismo. Es en torno a ese tridente, economía y mercado empapado en la libertad y en la singularidad que lo catapulta hacia un ethos personalizado de un lado, y de los otros, las representaciones afirmativas de su pretendido y avasallante genio y su disposición a seguirse explorando y, el producto de su quehacer, de su hacer, de su constituir que, se fraguara ese “verus homo”, incurso en un nuevo giro secularizante que lo libera del todos, que lo amarraba e insertaba en el yo social que ahora él administra interesado y cínico a placer, y la divina tecnología que todo lo domina o si no, lo segrega y aparta displicente.
Después de la Segunda Guerra Mundial y como era de esperarse, el hombre se miró en el espejo y horrorizado decidió e instrumentó un golpe al timón de su propia navegación existencial, pero cuidando bien de mantenerse asido al argumento de la alteridad que, además, le proporcionaba una sensación agradable de humanismo. Esa perspectiva permeó la cultura con la bandera de la libertad y decantó entre los modelos civilizatorios al Occidente cristiano que, gustoso, cual prisma, irradió su quehacer de la concienciación definitoria del estado de bienestar y de la democracia como sistema político.
La economía introdujo modificaciones que incidieron en el perfil del individuo y su trato con la naturaleza. Trajo el progreso y el mejoramiento de las condiciones de vida, tecnificando, trajo a la ciudad millones de campesinos y los incorporó a la urbe, a la industria, a los servicios, reformando al hacerlo los términos de intercambio del factor trabajo y rediseñando el capítulo de valores a favor de igualar las oportunidades y reconocer la responsabilidad individual y colectiva como variables inmanentes al desempeño societario. El siglo XX culmina no multiplicando a los ricos, sino reduciendo la pobreza. El Estado se afianza y aún con la crisis surcoreana, el orden económico y financiero lució seguro.
Pero el siglo XXI coloca las cosas en un balancín de expectativas cuyo crecimiento infló por demás la burbuja financiera y la estiró hasta oírla crujir. Cabe una cita del muy respetado intelectual español Daniel Innerati como anticipo a su entrevista sobre la refundación del capitalismo y agregó, una vez más. 
“Pocos días después de la quiebra de Lehman Brothers, el gigantesco banco de inversión norteamericano, en septiembre de 2008, un acobardado presidente francés, el conservador  Nicolas Sarkozy, hizo unas declaraciones célebres que retumbaron en el mundo entero: “La autorregulación para resolver todos los problemas se acabó: le laissez-faire c’est fini. Hay que refundar el capitalismo (…) porque hemos pasado a dos dedos de la catástrofe”.
Keynes respondió a eso en el umbral de la crisis americana de los años veinte, inventó o extrajo lo que la convicción impedía ver pero, es este como antes dijimos, un período distinto y asquerosamente atípico además. Tal vez estemos sin asumirlo debidamente frente a la tormenta perfecta recordando aquella película norteamericana que nos muestra como la coyuntura puede llegar a ser convocatoria de todas las variables perniciosas y cuajar el completo desastre. Innerati insiste en que saltaron los tapones y valga el coloquio, dejándonos a obscuras o quizá, desnudos de todas las desconfianzas, descréditos y vergüenzas. El humano no se cobijó como pudo y tal vez debió hacer, lógica formal al apoyo, en la sociedad lato sensu sino que, corto esos lazos umbilicales y se recogió más bien en la recreación de sus insatisfacciones y amarguras, ceso su deambular utópico y levanto las lanzas de su pragmatismo. Decidió temerle a todo e incluso a sí mismo.
La sociedad, los hombres de pensamiento, los predictores, los futurólogos, los analistas, la institucionalidad, la organización internacional, los estadistas parecieran vivir un momento de confusión al menos. Asdrúbal Aguiar, que por cierto anda un paso adelante en esta reflexión, cita a Sartori que juega al clarividente así: “Un hombre que pierde la capacidad de abstracción es eo ipso incapaz de racionalidad y es, por tanto, un animal simbólico que ya no tiene capacidad para sostener y menos aún para alimentar el mundo construido por el homo sapiens… El hombre se ha reducido a ser pura relación, homo communicans, inmerso en el incesante flujo mediático» (De Matteis, 1995, pág. 37). Sí, homo communicans; pero ¿qué comunica? El vacío comunica vacío, y el video-niño o el hombre disuelto en los flujos mediáticos está solo disuelto”. Giovanni Sartori, Homo Videns. La sociedad teledirigida, Buenos Aires, Taurus, 1998.
¿El intelectual orgánico gramsciano habríamos dicho, debe ser citado para que rinda unas posiciones juradas sobre este contencioso pero, quién lo representa hoy en día? ¿Quién explica, elabora, piensa, convence, demuestra o persuade hoy? ¿Qué ha sido de la verdad que gozó siempre de prestigio? ¿Dónde anda el poder y cual es hoy en día su naturaleza? Esas serán nuestras interrogantes a intentar responder en la próxima entrega, la semana próxima Dios mediante.

Fuente:

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Del mutante humano y otras veleidades más (III)
Nelson Chitty La Roche 

“¿Cuales son las fuerzas de que dispuso el hombre para conquistar la hegemonía del planeta?” y el filósofo francés (Rostand, 1941) responde: “Son dos; la inteligencia y el sentimiento social, o como dice Muller, la astucia y la camaradería. El hombre está desprovisto, no tiene colmillos como los animales, ni garras ni armaduras; es enclenque, inerme y vulnerable. Pero, por una parte, predomina sobre sus otros compañeros de vida por la potencia de su cerebro; por otra parte, se siente atraído por sus semejantes, tiende a formar grupos con los otros individuos de su especie, y son estas tendencias sociales las que, multiplicando al hombre por sí mismo, le han proporcionado el medio de alcanzar resultados tan prodigiosos, tanto en el campo del saber cómo en el campo del poder».
“No comparto tu opinión, pero daría mi vida por la defensa de tu derecho a expresarla”. Voltaire, con esa frase que de suyo es un clásico por cierto, resume lo que presentare como el “hombre humanidad”, pero en concordancia con el sentido ciudadano que está en ella implícita.
El homo humanitas es un constructo con el que deseo mostrar ahora una categoría en crisis precisamente. Un hombre que se asume representado en otros, en la evolución y mejoramiento de ellos como de sí mismo, un ser que reconoce en su ser a los demás y no por ello deja de ser distinto. Un ente único y semejante, pero que cuida ambos aspectos de su naturaleza que sabe compleja y milita sensible en esa doble condición.
En las anteriores entregas discurrimos sobre una suerte de fenomenología que parece caracterizar al hombre en este tiempo histórico, y que lo compromete seriamente en su significación social e individual. Sostenemos que el que es hoy, difiere del que otrora y destacamos que es una suerte de mutación que pone a prueba al zoon politikon con el que desde Aristóteles lo veníamos definiendo.
El zoon politikon era un ser social y para la sociedad. Lo veíamos como un actor dentro del teatro social. En ocasiones positivamente apreciado pero, para bien o mal, socialmente social. El castigo a su mal comportamiento era a menudo el ostracismo y así privarlo de su vita activa, como diría nuestra apreciada y admirada Hannah Arendt. Al agresor, al malhechor se le llamó antisocial.
El verus homo, así denominamos a esa realidad deliberadamente ausente del espacio público, ya por desdén, ya porque los hechos lo ubican dentro, pero fuera, espiritualmente y culturalmente disiente, difiere del zoon politikon. Él existe, él es, en una perspectiva existencial que lo plena o lo convence de su razón de ser y permanecer.
La sociedad de hoy es una coincidencia espacial de individuos posesivos, una suma, un agregado; lo que la hace una sociedad que no asocia, que opone, que disuelve cuando segmenta. En ese estadio, conspira contra la ciudadanía como membresía del cuerpo deliberante y decisorio, divide o priva de sus contenidos a la noción de soberanía que deja de ser nacional porque siéndolo estimula la exclusión.
Una sociedad que deja pues de serlo. Sin comunicación entre sus miembros porque no comparte ni legitima al hacerlo valores comunes, tal vez a la solo excepción del derecho humano a ser diferente y la disposición a la crítica indiscriminada ante todos los elementos que antes la cohesionaban, incluyendo una democracia que como bien nos advierte Daniel Inneraty, se ha quedado desfasada casi completamente.
Frente al valor de universalidad ciudadana propia del pensamiento humanista y las propuestas de construir una ciudadanía del mundo por citar a Ferrajoli, encaramos como expresión de la conciudadania uno de los capítulos del nuevo populismo que nos explica mucho de lo que acontece por doquier. Cabe una cita de Rosanvallon iluminadora, como a menudo pasa en una entrevista que concede y que corresponde a una interrogante pertinentísima: En los últimos años el populismo no ha hecho más que ganar terreno. No solo en América Latina, sino también en Europa. ¿Cuál es la razón?
“Además de los modelos sociales que hemos enumerado, defendidos por la derecha y por la izquierda, hay una tercera vía propuesta por el populismo para el que la respuesta es la homogeneidad. Su discurso es siempre el mismo: ‘Nuestras sociedades van mal porque son heterogéneas y porque hay gente que viola las reglas de juego’. Y los que violan esas reglas son en algunos países los inmigrantes; en otros, las élites. De modo que, si conseguimos desprendernos de ellos, todo irá mejor. Y todo iría mejor si, en vez de abrirnos al mundo, aplicáramos una política proteccionista. Esa es exactamente la visión que se había desarrollado en Europa a fines del siglo XIX, cuando el teórico de la derecha nacionalista Maurice Barrès decía en 1893 que «la nación se definía mediante la exclusión. Para él, el proteccionismo era la idea constitutiva del nacionalismo. Pero no el proteccionismo como elemento de política económica, sino como filosofía radical. Naturalmente, esas políticas de la hegemonía alimentan la xenofobia. Hoy lo vemos en Europa. El populismo es un discurso sobre el Estado de Bienestar, un discurso sobre la cuestión social: para los populistas, la identidad y la homogeneidad son la respuesta a la cuestión social”.
Con esos insumos en el pensamiento, la semana pasada rematábamos entre preguntas así, “¿El intelectual orgánico gramsciano habríamos dicho, debe ser citado para que rinda unas posiciones juradas sobre este contencioso, pero quién lo representa hoy en día? ¿Quién explica, elabora, piensa, convence, demuestra o persuade hoy? ¿Qué ha sido de la verdad que gozó siempre de prestigio? ¿Dónde anda el poder y cuál es hoy en día su naturaleza? Esas serán nuestras interrogantes a intentar responder…” (Del mutante humano y otras veleidades mas (II))
Con el respeto debido a Manuel Castell y a sus textos importantísimos sobre la comunicación y su significación en el ser social y, en las relaciones de poder, me permito avanzar una opinión sobre el rol que visualizo es el de los medios de comunicación y su papel como el intelectual orgánico gramsciano.
En efecto, el siglo XX unió la radio, la TV, la prensa escrita para configurar y especialmente en la última mitad, un cuadro hegemónico que los hizo inclusive legítimos administradores de todas las verdades y en ese logro, paulatinamente, se convirtieron en censores prestos y ágiles para, apuntalados en ese dominio, revisar, encausar, vigilar, juzgar a todo y a todos, deviniendo además en otro miembro de la oligarquía del dinero universal.
Los medios en varios escenarios, incluso, se hicieron del poder político y si no fue el caso, en múltiples teatros, se infiltraron o mantuvieron un elevado ascendiente que para muchos, además, no era solamente por su presumido papel de rectores de la verdad sino que se les atribuyó un valor ético y moral que la sociedad les concedía. Bastaba que lo dijeran los medios.
Pero el siglo XXI trastocó las cosas o las descubrió para todos y les desnudo, inclusive, en un arrebato de autenticidad paradójico, reclamándoles la manipulación regular e interesada de la noticia y la fabricación de verdades falsas. Entretanto, la verdad verdadera, se marchó a las calles que ahora, en el cosmos digitalizado, se llaman redes donde compite con las mentiras y vehículos de captación para guiar, torcer, orientar.
El resultado es una impresionante y gravosa fragmentación que disuelve, en el novedoso ethos digital, entre cálculos y por fuerza de las realidades, tamizados por el espectáculo que se aprecia como un elemento que transversaliza la cultura que deja de ser para, acomplejada, plegarse al instante, al momento, en que se expresa para apartar, instrumentar por lo demás, al mismísimo tiempo y al espacio y posarse, dominante y sensual en el prisma que lo irradia todo insolente.
El homo economicus es arrastrado por el fenómeno que acopla el cambio tecnológico, con el afán individual y posesivo como patología, trasladando al sistema de producción y consumo, un agente pragmático y a ratos, simplemente egoísta y misógino inclusive. El asunto se deja ver en variadas dimensiones de la mundología, en una vorágine de fantasías y derroches imaginativos que ha creado un mercado y a todo evento disputa al del intercambio convencional, sus espacios y cadenas de distribución.
En el ínterin, entró en sueños el ciudadano, el zoon politikon se ausenta del tablao, ya no se oye sino esporádicamente su vitoreó y aplauso, su voz, su protesta es tan propia que, solo en la coyuntura asemejara ser colectiva. El hombre hedon o utilitarista, et verus homo, lleno de aparatos para comunicarse pero, solitario y fascinado, empalagado consigo mismo, ahito de imágenes de sí, trasladado por la tecnología allende las fronteras sensoriales y epistémicas clásicas, adicto a todas las formas de digitalización, deja de ser responsable de los demás y ni siquiera lo es de sí mismo. Tiene planteado incluso, dejar que no solo el vehículo se conduzca por el solo sino que, está tentado dejar el oficio de pensar a la inteligencia artificial.
Empero lo anotado, la naturaleza juega otra carta con ribetes hobbesianos y el coronavirus de súbito nos muestra, nuestra vulnerabilidad, debilidad, precariedad. Al grito del planeta herido, desgastado, explotado se unen las endemias que no economizan a nadie y que nos prueban que, la humanidad para vivir requiere que los hombres ni olviden ni prescindan de los otros hombres, pero esa circunstancia dramática es menester comprenderla y sopesarla.
Fue premiada la película surcoreana Parasite, que nos restriega un asunto que no es nuevo, pero que siempre como ahora aconteció. Nunca nos vimos iguales en realidad, porque no lo somos. La igualdad es una perspectiva educada para ver más hondo, más profundo. Es un ademán del espíritu que persigue la alteridad. Es un trazo racional asido a nuestra evolución. Pero igualdad e identidad son regalos envenenados.
Hay algunas personas que huelen distinto, hay una suerte además de aporofobia que destaca, pero ¿siempre no fue así? Víctor Hugo con insoportable brillantez nos lo arrostra y aquellos miserables ¿no son como los de antes y no serán como los que vendrán? En Venezuela ya se habla siguiendo a los hermanos cubanos, de una antropología dañada por la experiencia de la sumisión, la resignación, la enajenación, el hambre, la desilusión, la frustración del homo. Hay un venezolano deambulando entre nosotros que nos ofende y nos solivianta que cada día se hace más presente y más patético.
Pero lo peor consiste en la extirpación, la castración, la lobotomía del ciudadano que consiste en el credo totalitario que postula un igualitarismo como camino a la igualdad y se convierte en el fin del argumento crítico, sin el cual, en alguna medida, el homo sapiens pierde su esencia que además, vinculo yo, modestamente, pero con la entidad de todas mis convicciones, substancialmente unida al paradigma del ciudadano griego y a la poli.

Fuente:
1) Fotografía: Geoffroy van der Hasselt (AFP), Notre Dame.
2) Ilustración: Antonio Berni, Manifestación.
3) Ilustración: Rosie Thompson.

martes, 25 de febrero de 2020

ALGO MÁS QUE UN TEMPORAL

Los rostros de la decadencia
Asdrúbal Aguiar

Hace 27 años Samuel Hungtinton escribe su ensayo seminal ¿Choque de civilizaciones?, acaso como explicación de lo que imagina se hará realidad en lo sucesivo y concluye, antes bien, en el fenómeno de la autodestrucción.

Al perder los Estados las bases de sustentación de su poder histórico como la unidad de las gentes varias y dispersas dentro de territorios comunes, luego del ingreso a la sociedad de la información y de la inteligencia artificial, quedan al descubierto e intentan sobrevivir, en su defecto, las civilizaciones raizales subyacentes. Ser musulmán o judeocristiano, o confucionista, se supone para Hungtinton como lo definitorio del nuevo marco de las relaciones globales una vez llegado el siglo XXI.

De que la historia, que se nutre del tiempo y cuyos proventos germinan en los espacios llega a su final, es lo que predica Francis Fukuyama. Y que lo teóricamente deseable es el diálogo o la “alianza entre civilizaciones” como fuera posible en 1948 cuando se adopta la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, nadie lo pone en duda; pero ni parece que sobrevivirán las civilizaciones –al menos la judeocristiana– ni promete nada el diálogo que propone ante la ONU el tristemente célebre José Luis Rodríguez Zapatero.

Reclama España, en 2005, la comprensión recíproca entre el Occidente y el islamismo, sobre una mesa de platos envenenados. Busca adormecer o adormecerse, neutralizar al primero mientras los musulmanes ganan terreno y avanzan. Tras las ideas de la amistad entre las culturas y la consolidación de la paz apenas le interesa ponerles freno a los norteamericanos, por depositarios de parte de la civilización judeocristiana y a quienes acusa de alimentar el militarismo y los males que sufre la humanidad.

El resultado está a la vista

Los musulmanes, quienes aún se destruyen entre ellos –chiitas contra sunitas– invaden los suelos del Occidente a marcha forzada como en el año 711 d.C., siguen violentando a sus propias mujeres y practicando la pederastia como parte de sus tradiciones, mientras los chinos, cultores del confucianismo asumen la economía liberal y de mercado sin renunciar a su genética paternalista, negadora de las libertades fundamentales. Entre tanto, los cristianos, como Saturno, devoramos nuestro futuro y callamos lo anterior.

Muy atrás, como antigualla queda así cuanto constata Jacques Maritain durante la reunión de la Comisión Nacional francesa de la Unesco que evalúa la citada Declaración Universal: “Alguien manifestó su extrañeza al ver que ciertos defensores de ideologías violentamente opuestas se habían puesto de acuerdo para redactar una lista de derechos. «Claro –replicaron ellos– estamos de acuerdo en esos derechos a condición de que no se nos pregunte por qué»”.

Lo paradójico es que luego del portazo islámico sobre el Occidente, cuando se derriban las Torres Gemelas de Nueva York, símbolo del capitalismo cristiano y se cierra, es verdad, el ciclo de las relaciones y confrontaciones entre Estados que viene desde 1648, la propuesta “onusiana” de la alianza entre civilizaciones como distractor deja de lado lo esencial. Valora más conjugar en clave antinorteamericana y avanzar, ahora, hacia la destrucción de los sólidos romanos. El filme Dos Papas no es ingenuo al respecto.

Lo destacable, sin embargo y como lo apunta Niall Ferguson en 2006, es la “civilización de conflictos” del mundo árabe, la propensión de su cultura política a resolver las disputas mediante la violencia y no a través de la negociación”. Lo constatable, asímismo, es que mientras una parte de los occidentales saluda y aplaude las alianzas con el mundo chino y musulmán, todos a uno se avergüenzan de sus propias raíces y las ocultan con vergüenza, comenzando por el señor Zapatero y sus muñecos de ventrílocuo, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Las Tablas de la Ley, destruidas hace 3.500 años por Moisés y no por ello desaparecidas sus prescripciones, pues son las leyes universales de la decencia humana, en suma, cristalizan en los derechos humanos que consagra el texto mencionado de 1948. Es el denominador común que ahora pisotean y relativizan los traficantes de ilusiones en Cuba, Venezuela, Nicaragua, la señalada España y sus aliados en el Lejano Oriente y en el Oriente Medio.

Que Donald Trump, sin relevarle de pecados, reivindique la defensa de lo nativo se presenta como escandaloso, obviamente. Que se obligue a las escuelas españolas retirar los crucifijos o que los alemanes de izquierda protesten a Benedicto XVI por hablar ante el Parlamento y exigir la defensa del Estado liberal y democrático de Derecho en 2011 antes de su renuncia, se presenta como un signo de tolerancia.

Papa Francisco, por si faltasen las sorpresas, habla: “No estamos más en la cristiandad. Hoy no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados… No estamos ya en un régimen de cristianismo, porque la fe –especialmente en Europa, pero incluso en gran parte de Occidente– ya no constituye un presupuesto obvio de la vida en común…”.

“Una civilización –lo precisa con lucidez y sensiblemente un ateo, en su Breviario de podredumbre – comienza a decaer a partir del momento en que la vida –el vivir para la experiencia instantánea y narcisista, agrego yo– se convierte en su única obsesión. Las épocas de apogeo cultivan los valores por sí mismos: la vida no es más que un medio de realizarlos”. En “el crepúsculo, usados y derrotados, son abolidos”, es la sentencia lapidaria de Cioran.

Fuente:
Ilustración: Melita Denaro.

viernes, 17 de agosto de 2018

OBSCURANTISMO

EL MUNDO, Barcelona, 16 de agosto de 2018
TRIBUNA
Nihilismo en nombre del islam

Haizam Amirah Fernández

Nadie le ha hecho más daño al islam que algunos musulmanes. Los atentados terroristas de Barcelona y Cambrils, de los que ahora se cumple un año, fueron un duro recordatorio de lo que son capaces de hacer quienes usan una religión para llevar a cabo acciones contrarias a sus enseñanzas más básicas. De nuevo, unos jóvenes procedentes de un país musulmán (Marruecos en este caso) pero criados en una sociedad europea se sumieron en un proceso de radicalización en un periodo corto de tiempo. Una vez más, los vínculos familiares y las relaciones de confianza actuaron como catalizador del radicalismo. Como ocurre casi siempre, un agente radicalizador (el imam de Ripoll) ejerció el papel de liderazgo y autoridad para hacer que el grupo pasara de las ideas extremistas a la acción letal.

Lo ocurrido en Barcelona y Cambrils forma parte de un fenómeno que se repite en países europeos desde hace cerca de 20 años, al que se ha denominado terrorismo yihadista autóctono (homegrown, en inglés). Ese fenómeno se ha acentuado en lo que va de década, sobre todo desde la aparición del Estado Islámico en 2014 a raíz del desbordamiento de los conflictos en Irak y Siria. El perfil de varios radicales violentos se repite con ligeras variaciones: suelen ser varones jóvenes, de segunda generación de inmigrantes o conversos locales, en ocasiones con un historial de delincuencia por tráfico de drogas y actos violentos, con algunas estancias en prisión, con una escasa o nula formación religiosa y que experimentan un proceso de conversión/radicalización acelerado dentro de un grupo de familiares o amigos, todo mediante el uso frecuente de internet.

Un rasgo que diferencia a la actual ola de terrorismo yihadista autóctono en comparación con etapas anteriores es el culto a la muerte. Los yihadistas que cometen atentados en Europa hoy no sólo están preparados para morir, sino que eligen la muerte de forma sistemática como parte de su propósito. Para ellos, su plan de huida es hacia la otra vida, con el paraíso como destino. Su ruptura con la vida terrenal se inicia incluso antes de detonar un artefacto explosivo o de enfrentarse a las fuerzas de seguridad. Ponen fin a su propia existencia mientras infligen un daño a quienes se quedan en este mundo que ellos detestan. Como bien indica el estudioso del yihadismo Olivier Roy, la paradoja es que esos jóvenes radicales dispuestos a entregar sus vidas no son unos soñadores utópicos, sino unos nihilistas.

La fascinación con la muerte, los atentados suicidas y la búsqueda intencionada del martirio son un fenómeno relativamente novedoso en el yihadismo contemporáneo. Ante todo, se trata de un movimiento juvenil, al menos entre los que optan por morir matando. Además de la ruptura con el mundo terrenal y con sus vidas anteriores a la radicalización, la mayoría buscan romper con la cultura de las generaciones anteriores, con las prácticas religiosas de sus padres y con las creencias en las que crecieron. Asumen que el mundo que les rodea es corrupto y aceptan que sus enemigos merecen y deben morir. Da igual que esos enemigos sean "infieles", "cruzados", judíos o musulmanes. De hecho, la preferencia de los yihadistas a nivel global es matar musulmanes, bien porque no sean de su agrado o por considerarlos "daños colaterales" de sus acciones.

Entrar en la órbita yihadista conlleva una elección autodestructiva. Eso no debería sorprender viendo las biografías de numerosos de esos individuos conocidos para las autoridades europeas: provienen de familias desestructuradas, muestran odio hacia una sociedad que sienten que les humilla y adquieren una apariencia o pautas de comportamiento dictadas por el puritanismo salafista. Con frecuencia, dicen querer dejar atrás una vida de excesos de drogas y alcohol, problemas con la justicia y recurrentes conflictos de identidad. La militancia en movimientos yihadistas tampoco ayuda al resto de musulmanes a los que los yihadistas dicen defender. Podrían elegir formas de mejorar la vida de sus correligionarios, como el activismo social o el voluntariado. Sin embargo, optan por la vía de la aniquilación. Sus acciones no ofrecen ningún horizonte más próspero a nadie, no construyen un proyecto político de futuro y dañan la imagen del islam.

La dimensión nihilista es clave para entender el yihadismo contemporáneo en Europa. La violencia empleada en los atentados terroristas parece ser un fin en sí mismo. El salvajismo se ha convertido en una especie de iconografía imprescindible para magnificar el impacto emocional de las acciones de los yihadistas que deciden romper con el mundo. Su voluntad también es romper el mundo en el que viven los demás. Se puede entender el actual terrorismo yihadista autóctono como una revuelta de individuos marginales (o automarginados), trastornados, vulnerables y en estado de huida existencial. Entre esas categorías no resulta difícil encontrar voluntarios para morir. Basta con que un reclutador carismático dé con ellos y que se adhieran a una narrativa convenientemente escogida para dar sentido a su transformación radical. Es habitual que esos grupos una vez constituidos actúen cual sectas milenaristas, plagadas de profecías y relatos fantasiosos.

Una consecuencia de los atentados terroristas indiscriminados en suelo europeo es el aumento del rechazo hacia el islam y los musulmanes entre las poblaciones occidentales. Eso en sí mismo es una victoria, buscada o no, para los nihilistas que actúan en nombre del islam para justificar sus proyectos destructivos. Los atentados producen miedo al otro y desconfianza de sus intenciones. Ese miedo, mezclado con el desconocimiento de ese otro y de su tradición religiosa, es lo que alimenta la islamofobia. También lo hace la manipulación interesada de los extremistas y oportunistas no musulmanes que intentan sacar rédito político. Para poder luchar mejor contra la lacra del terrorismo, conviene tener claro lo siguiente: confundir islam con terrorismo yihadista es el regalo póstumo que algunos hacen -sin querer- a los suicidas que buscan radicalizar y polarizar a las sociedades occidentales.

La relación entre el yihadismo y el salafismo es compleja, aunque existen vínculos evidentes. El salafismo, entendido como la corriente de interpretación del islam más ultraconservadora y puritana, ofrece una visión del mundo en blanco y negro. Esa corriente religiosa marca pautas estrictas de comportamiento a sus seguidores y suele tener un enfoque proselitista. Los salafistas no son, ni de lejos, mayoría entre los musulmanes. Sin embargo, su mensaje cuenta con grandes apoyos, directos o tácitos, desde los poderes políticos en numerosos países. Algunos lo utilizan como herramienta para extender su influencia político-religiosa, para lo cual han financiado el salafismo generosamente durante décadas, sobre todo con dinero del petróleo. Otros autócratas buscan el apoyo salafista para legitimar su poder y recibir el sello de buenos musulmanes, aunque de cara al exterior se presenten como "laicos".

El salafismo suele estar revestido de intolerancia y rechazo a la pluralidad. Sus principales objetivos son los otros musulmanes que no siguen su corriente, bien sea para convertirlos o para atacarlos. Evidentemente, no todos los salafistas son yihadistas, pero lo cierto es que todos los yihadistas pasan por una fase salafista en su proceso de radicalización. Tal como señala el periodista experto en yihadismo Ahmed Rashid, "el nuevo orden islámico para estos grupos yihadistas se reduce a [establecer] un código penal duro y represivo dirigido a sus ciudadanos, que despoje al islam de sus valores, humanismo y espiritualidad". Con tal proyecto en mente, resulta evidente que, tanto los salafistas como los yihadistas, pretenden adueñarse del islam para ser vistos como los "verdaderos" musulmanes. Para ello, necesitan restar visibilidad a los musulmanes moderados que están bien integrados en sociedades occidentales, que son muchos más.

El nihilismo aniquilador en nombre del islam es un peligro real. Su éxito sería romper la convivencia en las sociedades abiertas y erosionar sus instituciones democráticas. Los yihadistas maltratan al islam para justificar su odio al mundo. Por ese motivo, los musulmanes que no están en los extremos -y que son mayoría- deben ser los principales aliados de las sociedades democráticas en la lucha contra los maltratadores de su religión, bien sean fanáticos oscurantistas o tiranos totalitaristas.

(*) Haizam Amirah Fernández es investigador principal de Mediterráneo y Mundo Árabe en el Real Instituto Elcano y profesor de Relaciones Internacionales en el Instituto de Empresa.

Ilustración: Raúl Arias.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/08/16/5b73fc26ca474150698b45f5.html.

jueves, 25 de agosto de 2016

CHIVOS EXPIATORIOS

EL PAÍS, Madrid, 25 de agosto de 2016
 TRIBUNA
Musulmanes europeos
No se puede sucumbir a la tentación de hacer de los musulmanes el chivo expiatorio de la crisis política y moral que vive Europa. Ni reducirlo todo a una permanente confrontación que es la base de la islamofobia
Luz Gómez García

El racismo y la xenofobia, impensables como lugar común hace una década, van camino de naturalizarse en Europa. Y los 21 millones de musulmanes de la Unión Europea, tanto de forma individual como colectiva, son la víctima propiciatoria más a mano. El auge de la islamofobia denota, por sí solo, que los fundamentos europeos de libertad, igualdad y solidaridad siempre fueron más bien retóricos, o lo que es lo mismo, que la crisis europea es, ante todo, una crisis de principios.
Las legislaciones inclusivas que en su día caracterizaron a la UE están siendo cuestionadas de forma alarmante por una serie de iniciativas políticas y legales que segregan a los musulmanes del resto del cuerpo social, y que a la postre acaban por discriminar al islam en tanto confesión. A su vez, la xenofobia rampante consuela a una parte creciente de la población, que escupe en términos identitarios su hastío hacia una Unión que según aumenta el número de ciudadanos en riesgo de exclusión (ya es una de cada cuatro) cercena el sueño de progreso social en que se asentaba su legitimidad simbólica. El resultado es que para demasiados europeos Europa cada vez es menos blanca, menos cristiana y menos de clase media, y hay que buscar un culpable.
Mucho ha evolucionado la relación de Europa con el islam desde que hace justo un siglo Lawrence de Arabia pronunció su fatalista ¡Maktub! (“¡Estaba escrito!”) con que justificó la traición británica a la promesa de un reino árabe independiente en Oriente Próximo. Si en la época colonial el islam sirvió como excusa para hacer del musulmán un sujeto subalterno, necesitado de la luz europea, hoy el islam forma parte de Europa, y los musulmanes europeos son ciudadanos tan dueños de su historia como los demás. Se trata de un cambio radical, si bien se está resolviendo de forma traumática para los musulmanes.
La sobredimensión de la identidad religiosa del musulmán europeo por parte de la opinión general le fuerza de continuo a tener que definirse a la defensiva. Sobre él se arroja la sombra del yihadismo, del burka o de la inmigración, últimas amenazas a una pax europaea que a estas alturas se sabe a sí misma inexistente. Hasta los chavales de secundaria se ven inducidos, ante las preguntas inquisitoriales de compañeros y profesores, a pensarse como peligrosos musulmanes. ¡Y pobre de aquel que haga valer su derecho a inhibirse! ¡Imposible: el musulmán es siempre musulmán!
Ni el flamante alcalde de Londres, Sadiq Khan, musulmán, escapa al escrutinio
Causa de esta sospecha generalizada que pesa sobre los musulmanes son, en buena medida, las políticas de los poderes públicos encaminadas a su fiscalización permanente. Los que más directamente las sufren son los jóvenes, que se ven sometidos a ellas a cambio de una ciudadanía europea que se les regatea. En Francia, el más reciente proyecto del Gobierno francés en su “guerra contra el terrorismo, el yihadismo y el islamismo radical” consiste en internar en centros de rehabilitación creados ex profeso a los jóvenes “radicales”, categoría escurridiza donde las haya. En España, la mera sospecha de “haber entrado en un proceso de radicalización” está en vías de convertirse en delito tipificado: a finales del año pasado, el Ministerio del Interior puso en marcha un servicio de denuncias anónimas para identificar a presuntos radicales. Ni el flamante alcalde de Londres, Sadiq Khan, musulmán entre otros atributos, escapa al escrutinio: durante la dura campaña electoral, su rival, el conservador Zac Goldsmith, recurrió al perfil confesional de Khan para cuestionar su patriotismo, mientras que a nadie se le ocurrió que Goldsmith pudiera ser antipatriota por su fe (que en este caso es judía). Khan, por el contrario, hizo entonces, y tras su triunfo, multitud de declaraciones conciliadoras recogidas por todos los medios.
Europa y sus musulmanes van en el mismo barco. Los musulmanes se juegan mucho, pero Europa también. El proyecto europeo, fundado en criterios igualitarios, también depende de su actitud con los musulmanes. El discurso xenófobo de los partidos neonacionalistas en auge, que hacen de la islamofobia caladero de sus votos, cuestiona a diario los más sagrados principios europeos. Su islamofobia no tiene complejos, es explícita y ufana. El peor exponente es el holandés Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad, que compara el Corán con Mein Kampf de Adolf Hitler y pide que se prohíba. Pero de forma indirecta y más peligrosa si cabe, hay otro tipo de islamofobia que hace que se tambaleen los cimientos de la Europa integrada. Es una islamofobia de tono sutil, de argumentos ilustrados y nunca proclamada, aunque en ocasiones se descuide y desvele sin tapujos su carácter discriminador. Es en la que incurre con frecuencia el primer ministro francés, Manuel Valls, con sus distingos entre el “islamofascismo” de algunos grupos (que según el momento pueden ser los Hermanos Musulmanes o el ISIS) y la bonhomía del islam invisible. ¿Sería posible imaginar que se hablara de “cristianofascismo” o “judeofascismo” o “budeofascismo”? Ejemplos de violencia religiosa de todo signo no faltan en la historia reciente... Tampoco, si nos ponemos, del papel de la religión en la vertebración de una ética del compromiso y la dignidad humana.
Lo que los musulmanes esperan de Europa es, en esencia, pan, libertad y justicia socia
Reducirlo todo a una permanente confrontación de los musulmanes europeos con el resto de la ciudadanía es el núcleo de la estrategia islamófoba. Hacer de los musulmanes un grupo aparte, a la defensiva y con oscuras aspiraciones político-civilizacionales, es un error interesado. Lo que los musulmanes esperan de Europa es, en esencia, pan, libertad y justicia social. Nada distinto de las demandas del europeo medio, harto de la supremacía de los mercados y de que se le escamotee su soberanía. El Brexit ha congelado la sonrisa de las élites. La tentación de los líderes de la UE es meter las pelusas debajo de la alfombra. Pero el descontento de los pescadores, los obreros o los tenderos ingleses es tan legítimo que está por ver si no asistimos a una reacción en cadena al otro lado del canal de la Mancha. En Holanda, ya se jalea el Nexit. En España, por lo pronto, las recientes elecciones legislativas nos han devuelto la imagen de un país más nacionalista y menos autocrítico de lo que imaginábamos. Pretender solucionarlo con fáciles acusaciones de populismo tardoimperial en el caso británico, o de manipulación geriátrica en el caso español, no conduce a nada. Como tampoco la tentación, siempre a mano, de hacer de los musulmanes el chivo expiatorio de la crisis política y moral que vive Europa. El problema es ese: falta Europa.
(*) Luz Gómez es profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/07/14/opinion/1468525236_653947.html

miércoles, 27 de julio de 2016

CATACLISMO EN PUERTAS

EL NACIONAL, Caracas, 27 de julio de 2016
Clausewitz, el terrorismo y la muerte de la verdad
Aníbal Romero

Creo útil retomar algunas ideas de Clausewitz para enfocar retos actuales. Su gran obra, De la guerra o Von Kriege, publicada póstumamente en 1832, toma sus ejemplos de las guerras napoleónicas, que Clausewitz experimentó como participante activo. No obstante, varios de los conceptos expuestos en su libro tienen relevancia para la situación que hoy enfrentamos, de modo particular con referencia al terrorismo de raíz islamista.
Un tema clave es el de la limitación de las guerras. Clausewitz observó que la entrada protagónica de las masas en la historia, así como los avances de la industria y la tecnología, transformaban la guerra y le impulsaban hacia lo que denominó “el ascenso a los extremos”. Dicho en otras palabras, Clausewitz percibió que en las nuevas condiciones la guerra adquiría una tendencia a radicalizarse y hacerse “absoluta”. Mientras más muertes y destrucción, a la manera de un adicto a las drogas que siempre pide más, la guerra exigía todavía más dolor, en parte para justificar con la victoria el sufrimiento ya causado. Según Clausewitz –hijo de la Ilustración y creyente en el poder de la razón— correspondía a la “razón política”, encarnada en las decisiones de estadistas responsables, controlar en lo posible ese ascenso a los extremos y evitar que las guerras desembocasen en matanzas inútiles o resultados no deseados.
Interesa constatar, en primer término, que la guerra que el llamado Estado Islámico lleva a cabo contra Occidente es por definición una guerra absoluta, ya que su fin político busca la aniquilación del enemigo, de nuestra civilización sustentada en la libertad. Ello se constata en los pronunciamientos que  esta organización hace públicos a través de internet.
Con el concepto de “fin político” Clausewitz hacía referencia a la pregunta: ¿qué se busca con la guerra?, a diferencia del “objetivo militar” que responde más bien a otra pregunta: ¿qué se busca en la guerra? Y en este sentido es claro que para el Estado Islámico se trata de un fin desmesurado pero firmemente asumido, que se pretende lograr mediante el terror. El objetivo militar del Estado Islámico es el terror, y el terrorismo es un método. Fue Lenin, creo, quien dijo que “el objetivo del terror es el terror”. Lo anterior significa que los actos de terrorismo que el Estado Islámico lleva a cabo, procuran sembrar un terror tal en las sociedades abiertas y democráticas de Occidente que las obligue a cambiar cada vez más, a responder de manera que se produzca ese cataclismo apocalíptico que los adherentes al fundamentalismo islamista parecen tener planteado, como desenlace final de sus empeños.
Todo ello coloca a Occidente ante dilemas imperiosos y muy complicados. Esto último es innegable. No es sencilla la tarea de los políticos en Europa y Estados Unidos durante los tiempos que corren, lo cual no excusa sus fallas y errores. El equilibrio entre seguridad y libertad es precario, y una ciudadanía que comienza a sentir que sus dirigentes son impotentes para defenderles y garantizar el esencial pacto, postulado por Hobbes, entre protección y obediencia, podría perder su apego a las instituciones del Estado liberal y democrático y buscar otras soluciones.
El principal problema operativo frente al terrorismo también nos remite a Clausewitz y su fórmula sobre la asimetría entre defensiva y ofensiva. Clausewitz sostuvo que la defensa es la postura operacional más fuerte de la guerra, pues el defensor es el que en última instancia decide si habrá guerra o no, y si ésta continuará o no. Articulaba la idea con frases irónicas: “El invasor siempre es amigo de la paz; él desearía entrar en nuestro territorio sin oposición”. Pero con el terrorismo del Estado Islámico las cosas han cambiado. En este caso la ofensiva es la postura más fuerte de la guerra, pues los terroristas son capaces de atacar una casi inagotable lista de blancos en los momentos y circunstancias de su escogencia, en tanto que los defensores no pueden estar alertas y preparados en todas partes y a cada instante con igual eficiencia. Lo que puede entre otras cosas hacerse, como ocurre ahora en Francia, es desplegar al ejército en las calles como un método de disuasión, pero los recursos son limitados y la posibilidad de la sorpresa está en manos del enemigo.
Pocos días atrás un solo individuo, armado con una pistola, mató a nueve personas en un centro comercial de Munich, pero su acción paralizó por completo a la ciudad entera, confundió por buen rato a la policía y fuerzas especiales y expandió ondas de terror entre millones de ciudadanos en toda Alemania. ¡Un solo individuo con una pistola!
¿Qué hacer? Estas pasadas semanas, ante la sucesión de ataques en Bélgica, Francia y Alemania, diversos políticos han insistido, con razón, que un Estado constitucional no puede impedir todos los crímenes. Ello es parte de la verdad. El problema es que los ciudadanos esperan que el Estado les haga posible vivir normalmente, en relativa paz y sin estar cada minuto a la espera de que un terrorista dispare sobre ellos y sus familias. ¿Cuál debe ser el fin político de las democracias asediadas?
Luego de los ataques del 11-S en Nueva York y Washington publiqué una serie de artículos, en los que argumentaba que el fin político en la lucha contra el terrorismo islamista tenía que ser impedir un ataque con armas de destrucción masiva. Sigo creyendo que esto es crucial, pero no es suficiente. Ciertamente, el uso de armas químicas, biológicas o atómicas en un ataque terrorista constituiría una catástrofe, y la inmensa mayoría no puede siquiera concebir la magnitud de un desastre semejante. En consecuencia, quizás no podemos apreciar el éxito que se ha obtenido al evitar semejante calamidad. Pero insisto, esto no es suficiente. Con los ataques limitados que ahora se están produciendo ya empiezan a crujir las democracias de Occidente, y la ciudadanía a perder la confianza y la credibilidad en sus líderes.
Además de mejorar en todo lo posible los servicios de inteligencia y prevención (e informes oficiales aparecidos en Francia indican que no se ha hecho todo lo debido, y que cálculos mezquinos han obstaculizado acciones más eficaces), es imperativo que los dirigentes políticos digan la verdad, y no sólo parte de ella. Es increíble que importantes dirigentes en Estados Unidos, Alemania y Francia, entre otros países, todavía sean incapaces de asumir y manifestar la realidad incuestionable de que existe un vínculo palpable entre el terrorismo, el más importante y amenazante terrorismo, y el radicalismo islamista. La falta de voluntad para hacer esta identificación erosiona severamente la credibilidad de los políticos, y contrario a lo que se piensa no contribuye a preservar el respeto y apego a la ley de las comunidades islámicas en Occidente. Más bien, la renuencia de los políticos ante la verdad de las cosas acrecienta en esas comunidades la sensación de que Occidente está de rodillas, frente a una amenaza que no entiende o no desea entender.
Este fenómeno, que quisiera denominar “la muerte de la verdad”, es uno de los efectos más perniciosos y dañinos de la actual ola de terror en Europa y Estados Unidos. El ejemplo de Barack Obama, con sus reiteradas negativas a verbalizar la realidad de que existe un terrorismo islamista, a lo que se suman sus constantes evasiones y eufemismos, es sólo uno de los casos que pueden señalarse. Pero también personajes como Ángela Merkel y François Hollande son culpables de esta reiterada ofuscación. El intento de escapar de la verdad inflige una profunda herida a las sociedades abiertas.
Clausewitz realizó algunas de sus más hondas reflexiones en torno al concepto de “centro de gravedad del enemigo”. Se trata, en resumen, de aquél ámbito (puede ser una persona, una ciudad, un ejército, una estructura psíquica) cuya dislocación conduce más rápida y eficazmente a la derrota del adversario. En ese orden de ideas resulta muy difícil, diría que casi imposible, definir el centro de gravedad del terrorismo islamista. En una guerra de desgaste, de largo plazo, ese centro de gravedad del terrorismo surgiría quizás del cansancio, si nuestra civilización libre logra resistir los embates a que está siendo sometida sin cambiar su sustancia. Pero Occidente no se encuentra en una guerra de desgaste sino de decisión rápida, en cuanto que los terroristas sí entienden que el centro de gravedad de las sociedades liberal-democráticas es el vínculo de confianza entre dirigentes y dirigidos, entre los políticos y el ciudadano común. De allí que el proceso gradual de muerte de la verdad represente un riesgo tan grave, y que restaurar la confianza y la credibilidad de la gente en sus líderes sea un perentorio desafío. El tiempo apremia.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/opinion/Clausewitz-terrorismo-muerte-verdad_0_890911098.html