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viernes, 17 de agosto de 2018

OBSCURANTISMO

EL MUNDO, Barcelona, 16 de agosto de 2018
TRIBUNA
Nihilismo en nombre del islam

Haizam Amirah Fernández

Nadie le ha hecho más daño al islam que algunos musulmanes. Los atentados terroristas de Barcelona y Cambrils, de los que ahora se cumple un año, fueron un duro recordatorio de lo que son capaces de hacer quienes usan una religión para llevar a cabo acciones contrarias a sus enseñanzas más básicas. De nuevo, unos jóvenes procedentes de un país musulmán (Marruecos en este caso) pero criados en una sociedad europea se sumieron en un proceso de radicalización en un periodo corto de tiempo. Una vez más, los vínculos familiares y las relaciones de confianza actuaron como catalizador del radicalismo. Como ocurre casi siempre, un agente radicalizador (el imam de Ripoll) ejerció el papel de liderazgo y autoridad para hacer que el grupo pasara de las ideas extremistas a la acción letal.

Lo ocurrido en Barcelona y Cambrils forma parte de un fenómeno que se repite en países europeos desde hace cerca de 20 años, al que se ha denominado terrorismo yihadista autóctono (homegrown, en inglés). Ese fenómeno se ha acentuado en lo que va de década, sobre todo desde la aparición del Estado Islámico en 2014 a raíz del desbordamiento de los conflictos en Irak y Siria. El perfil de varios radicales violentos se repite con ligeras variaciones: suelen ser varones jóvenes, de segunda generación de inmigrantes o conversos locales, en ocasiones con un historial de delincuencia por tráfico de drogas y actos violentos, con algunas estancias en prisión, con una escasa o nula formación religiosa y que experimentan un proceso de conversión/radicalización acelerado dentro de un grupo de familiares o amigos, todo mediante el uso frecuente de internet.

Un rasgo que diferencia a la actual ola de terrorismo yihadista autóctono en comparación con etapas anteriores es el culto a la muerte. Los yihadistas que cometen atentados en Europa hoy no sólo están preparados para morir, sino que eligen la muerte de forma sistemática como parte de su propósito. Para ellos, su plan de huida es hacia la otra vida, con el paraíso como destino. Su ruptura con la vida terrenal se inicia incluso antes de detonar un artefacto explosivo o de enfrentarse a las fuerzas de seguridad. Ponen fin a su propia existencia mientras infligen un daño a quienes se quedan en este mundo que ellos detestan. Como bien indica el estudioso del yihadismo Olivier Roy, la paradoja es que esos jóvenes radicales dispuestos a entregar sus vidas no son unos soñadores utópicos, sino unos nihilistas.

La fascinación con la muerte, los atentados suicidas y la búsqueda intencionada del martirio son un fenómeno relativamente novedoso en el yihadismo contemporáneo. Ante todo, se trata de un movimiento juvenil, al menos entre los que optan por morir matando. Además de la ruptura con el mundo terrenal y con sus vidas anteriores a la radicalización, la mayoría buscan romper con la cultura de las generaciones anteriores, con las prácticas religiosas de sus padres y con las creencias en las que crecieron. Asumen que el mundo que les rodea es corrupto y aceptan que sus enemigos merecen y deben morir. Da igual que esos enemigos sean "infieles", "cruzados", judíos o musulmanes. De hecho, la preferencia de los yihadistas a nivel global es matar musulmanes, bien porque no sean de su agrado o por considerarlos "daños colaterales" de sus acciones.

Entrar en la órbita yihadista conlleva una elección autodestructiva. Eso no debería sorprender viendo las biografías de numerosos de esos individuos conocidos para las autoridades europeas: provienen de familias desestructuradas, muestran odio hacia una sociedad que sienten que les humilla y adquieren una apariencia o pautas de comportamiento dictadas por el puritanismo salafista. Con frecuencia, dicen querer dejar atrás una vida de excesos de drogas y alcohol, problemas con la justicia y recurrentes conflictos de identidad. La militancia en movimientos yihadistas tampoco ayuda al resto de musulmanes a los que los yihadistas dicen defender. Podrían elegir formas de mejorar la vida de sus correligionarios, como el activismo social o el voluntariado. Sin embargo, optan por la vía de la aniquilación. Sus acciones no ofrecen ningún horizonte más próspero a nadie, no construyen un proyecto político de futuro y dañan la imagen del islam.

La dimensión nihilista es clave para entender el yihadismo contemporáneo en Europa. La violencia empleada en los atentados terroristas parece ser un fin en sí mismo. El salvajismo se ha convertido en una especie de iconografía imprescindible para magnificar el impacto emocional de las acciones de los yihadistas que deciden romper con el mundo. Su voluntad también es romper el mundo en el que viven los demás. Se puede entender el actual terrorismo yihadista autóctono como una revuelta de individuos marginales (o automarginados), trastornados, vulnerables y en estado de huida existencial. Entre esas categorías no resulta difícil encontrar voluntarios para morir. Basta con que un reclutador carismático dé con ellos y que se adhieran a una narrativa convenientemente escogida para dar sentido a su transformación radical. Es habitual que esos grupos una vez constituidos actúen cual sectas milenaristas, plagadas de profecías y relatos fantasiosos.

Una consecuencia de los atentados terroristas indiscriminados en suelo europeo es el aumento del rechazo hacia el islam y los musulmanes entre las poblaciones occidentales. Eso en sí mismo es una victoria, buscada o no, para los nihilistas que actúan en nombre del islam para justificar sus proyectos destructivos. Los atentados producen miedo al otro y desconfianza de sus intenciones. Ese miedo, mezclado con el desconocimiento de ese otro y de su tradición religiosa, es lo que alimenta la islamofobia. También lo hace la manipulación interesada de los extremistas y oportunistas no musulmanes que intentan sacar rédito político. Para poder luchar mejor contra la lacra del terrorismo, conviene tener claro lo siguiente: confundir islam con terrorismo yihadista es el regalo póstumo que algunos hacen -sin querer- a los suicidas que buscan radicalizar y polarizar a las sociedades occidentales.

La relación entre el yihadismo y el salafismo es compleja, aunque existen vínculos evidentes. El salafismo, entendido como la corriente de interpretación del islam más ultraconservadora y puritana, ofrece una visión del mundo en blanco y negro. Esa corriente religiosa marca pautas estrictas de comportamiento a sus seguidores y suele tener un enfoque proselitista. Los salafistas no son, ni de lejos, mayoría entre los musulmanes. Sin embargo, su mensaje cuenta con grandes apoyos, directos o tácitos, desde los poderes políticos en numerosos países. Algunos lo utilizan como herramienta para extender su influencia político-religiosa, para lo cual han financiado el salafismo generosamente durante décadas, sobre todo con dinero del petróleo. Otros autócratas buscan el apoyo salafista para legitimar su poder y recibir el sello de buenos musulmanes, aunque de cara al exterior se presenten como "laicos".

El salafismo suele estar revestido de intolerancia y rechazo a la pluralidad. Sus principales objetivos son los otros musulmanes que no siguen su corriente, bien sea para convertirlos o para atacarlos. Evidentemente, no todos los salafistas son yihadistas, pero lo cierto es que todos los yihadistas pasan por una fase salafista en su proceso de radicalización. Tal como señala el periodista experto en yihadismo Ahmed Rashid, "el nuevo orden islámico para estos grupos yihadistas se reduce a [establecer] un código penal duro y represivo dirigido a sus ciudadanos, que despoje al islam de sus valores, humanismo y espiritualidad". Con tal proyecto en mente, resulta evidente que, tanto los salafistas como los yihadistas, pretenden adueñarse del islam para ser vistos como los "verdaderos" musulmanes. Para ello, necesitan restar visibilidad a los musulmanes moderados que están bien integrados en sociedades occidentales, que son muchos más.

El nihilismo aniquilador en nombre del islam es un peligro real. Su éxito sería romper la convivencia en las sociedades abiertas y erosionar sus instituciones democráticas. Los yihadistas maltratan al islam para justificar su odio al mundo. Por ese motivo, los musulmanes que no están en los extremos -y que son mayoría- deben ser los principales aliados de las sociedades democráticas en la lucha contra los maltratadores de su religión, bien sean fanáticos oscurantistas o tiranos totalitaristas.

(*) Haizam Amirah Fernández es investigador principal de Mediterráneo y Mundo Árabe en el Real Instituto Elcano y profesor de Relaciones Internacionales en el Instituto de Empresa.

Ilustración: Raúl Arias.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/08/16/5b73fc26ca474150698b45f5.html.

domingo, 13 de septiembre de 2015

UNA PREGUNTA VALEDERA

EL UNIVERSAL, Caracas, 10 de septiembre de 2015
TRIBUNA »
Cómo luchar contra el Estado islámico
Una zona segura en el norte de Siria para millones de desplazados, con prohibición de vuelos, podría reforzar la prestación de asistencia humanitaria a los refugiados. Pero las 'botas sobre el terreno' tienen que ser suníes
Joseph S. Nye 

El Estado Islámico ha captado la atención del mundo con unos vídeos horripilantes de decapitaciones, destrucción gratuita de antigüedades y una hábil utilización de los medios de comunicación social. También ha conquistado una gran parte de la Siria oriental y del Irak occidental, ha proclamado un califato con base en Al Raqa (Siria) y ha atraído a yihadistas extranjeros de todo el mundo.
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, dice que se debe debilitar y en última instancia derrotar al Estado Islámico. Ha nombrado al general John Allen para que encabece una coalición de unos 60 países para ese fin, recurriendo a ataques aéreos, fuerzas especiales y misiones de formación. Algunos críticos quieren que envíe más tropas americanas; otros dicen que Estados Unidos debe limitarse a formular una doctrina de contención.
En la actual campaña electoral de EE UU, algunos candidatos están pidiendo “botas en el terreno”. Tienen razón: hacen falta botas, pero los soldados que las calcen deben ser árabes y turcos suníes, no americanos. Y con eso se dice mucho sobre la triple amenaza que afrontan ahora Estados Unidos y sus aliados.
Si la presencia militar de EE UU es demasiado fuerte, el grupo terrorista se verá fortalecido
El Estado Islámico es tres cosas: un grupo terrorista transnacional, un proto-Estado y una ideología política con raíces religiosas. Se desarrolló a partir de Al Qaeda después de la desacertada invasión de Irak encabezada por Estados Unidos; y, como Al Qaeda, apela a los islamistas suníes extremistas. Pero ha ido más lejos al crear un califato, y ahora es un rival de Al Qaeda. Su posesión de territorio le da la legitimidad y capacidad para una yihad ofensiva, que no sólo va dirigida contra infieles, sino también contra musulmanes chiíes y sufíes, a los que considera takfir, es decir, musulmanes no verdaderamente monoteístas.
El Estado Islámico ensalza la pureza del islam del siglo XVII, pero tiene una habilidad extraordinaria para utilizar los medios de comunicación del siglo XXI. Sus vídeos y cauces en los medios de comunicación social son instrumentos eficaces para atraerse a una minoría de musulmanes, fundamentalmente jóvenes que tienen problemas de identidad. Descontentos como están, muchos se sienten atraídos por el jeque Google, donde los reclutadores del Estado Islámico esperan aprovecharse de ellos. Según algunos cálculos, hay más de 25.000 combatientes extranjeros que prestan servicio en el Estado Islámico. Los que mueren son sustituidos rápidamente.
La triple naturaleza del Estado Islámico crea un drama en materia de política. Por una parte, es importante utilizar el poder militar duro para privar al califato del territorio que le brinda refugio y legitimidad; pero, si la presencia militar norteamericana es demasiado fuerte, el Estado Islámico resultará fortalecido, con lo que contribuirá a las actividades de reclutamiento mundial de este último.
Esa es la razón por la que las botas en el terreno deben ser suníes. La presencia de tropas extranjeras o chiíes refuerza la afirmación del Estado Islámico de que está rodeado y retado por infieles. Hasta ahora, gracias en gran medida a las eficaces fuerzas kurdas, abrumadoramente suníes, el Estado Islámico ha perdido el 30%, aproximadamente, del territorio con el que contaba hace un año. Sin embargo, el despliegue de una infantería suní requiere formación, apoyo y tiempo, además de la presión al Gobierno central de Irak, dominado por chiíes, para moderar su actitud sectaria.
Después del desastre en Libia —donde el Estado Islámico apoya a milicias yihadistas y anuncia la creación de tres “provincias lejanas”—, Obama es comprensiblemente reacio a derribar el régimen de Bachar el Asad, para ver simplemente al Estado Islámico hacerse con el control de más territorio, acompañado de atrocidades genocidas contra los numerosos musulmanes no suníes de Siria. Pero Asad es uno de los instrumentos de reclutamiento más eficaces del Estado Islámico. Muchos yihadistas extranjeros responden a la perspectiva de contribuir al derrocamiento de un Gobierno alauí tiránico que mata a suníes.
En un escenario tan complejo, la estrategia debe ser de “contención, con avances lentos”
La tarea diplomática de Estados Unidos es la de persuadir a Rusia e Irán, partidarios de Asad, para que lo destituyan sin desmantelar los restos de la estructura estatal siria. Un espacio de prohibición de vuelos y una zona segura en el norte de Siria para millones de desplazados podría reforzar la diplomacia norteamericana y la prestación de asistencia humanitaria a los refugiados (para lo que el Ejército americano es muy eficaz) aumentaría enormemente el poder blando de Estados Unidos.
Así las cosas, la financiación y la coordinación de la estrategia del poder blando no son suficientes, pero sabemos que el poder duro tampoco lo es, en particular para conquistar el ciberterritorio que ocupa el Estado Islámico: por ejemplo, eliminando las redes zombis y contrarrestando las posiciones de los medios de comunicación hostiles.
Aun cuando Estados Unidos y sus aliados derroten al Estado Islámico en el próximo decenio, debemos estar preparados para que un grupo extremista similar surja de las cenizas. Las revoluciones del tipo de las que están produciéndose en Oriente Próximo tardan mucho en disiparse. Las causas de una inestabilidad revolucionaria son, entre otras, unas fronteras poscoloniales tenues, una modernización detenida, el fracaso de la primavera árabe y el sectarismo religioso, exacerbado por la rivalidad interestatal entre Arabia Saudí, gobernada por suníes, y el Irán gobernado por chiíes.
En Europa, las guerras de religión entre católicos y protestantes duraron casi un siglo y medio. Los combates solo acabaron (con la paz de Westfalia en 1648) hasta que Alemania perdió una cuarta parte de su población en la guerra de los Treinta Años. Pero conviene recordar que las coaliciones de aquella época eran complejas, pues la Francia católica ayudaba a los protestantes holandeses contra los Habsburgo católicos por razones dinásticas, más que religiosas. En el Oriente Próximo actual debemos esperar una complejidad similar.
Pensando en el futuro de una región en la que Estados Unidos tiene intereses tan diversos como la energía, la seguridad de Israel, la no proliferación nuclear y los derechos humanos, las autoridades norteamericanas deberán seguir una estrategia flexible de “contención, junto con avances lentos”. Tanto si la política iraní se vuelve más moderada como si no, a veces Irán compartirá los intereses norteamericanos y a veces se opondrá a ellos. En realidad, el reciente acuerdo nuclear puede brindar oportunidades de una mayor flexibilidad. Sin embargo, para aprovecharlas, la política exterior de Estados Unidos tendrá que desarrollar un nivel mayor de complejidad de lo que revela el debate actual.
(*) Joseph S. Nye, Jr., profesor de la Universidad de Harvard y autor de Is the American Century Over? ("¿Se ha acabado el siglo americano?"), ha copresidido recientemente un grupo de debate estratégico en Aspen sobre el Estado Islámico y el radicalismo en Oriente Próximo.
Traducción de Carlos Manzano.
Ilustración: Eduardo Estrada.