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jueves, 25 de agosto de 2016

CHIVOS EXPIATORIOS

EL PAÍS, Madrid, 25 de agosto de 2016
 TRIBUNA
Musulmanes europeos
No se puede sucumbir a la tentación de hacer de los musulmanes el chivo expiatorio de la crisis política y moral que vive Europa. Ni reducirlo todo a una permanente confrontación que es la base de la islamofobia
Luz Gómez García

El racismo y la xenofobia, impensables como lugar común hace una década, van camino de naturalizarse en Europa. Y los 21 millones de musulmanes de la Unión Europea, tanto de forma individual como colectiva, son la víctima propiciatoria más a mano. El auge de la islamofobia denota, por sí solo, que los fundamentos europeos de libertad, igualdad y solidaridad siempre fueron más bien retóricos, o lo que es lo mismo, que la crisis europea es, ante todo, una crisis de principios.
Las legislaciones inclusivas que en su día caracterizaron a la UE están siendo cuestionadas de forma alarmante por una serie de iniciativas políticas y legales que segregan a los musulmanes del resto del cuerpo social, y que a la postre acaban por discriminar al islam en tanto confesión. A su vez, la xenofobia rampante consuela a una parte creciente de la población, que escupe en términos identitarios su hastío hacia una Unión que según aumenta el número de ciudadanos en riesgo de exclusión (ya es una de cada cuatro) cercena el sueño de progreso social en que se asentaba su legitimidad simbólica. El resultado es que para demasiados europeos Europa cada vez es menos blanca, menos cristiana y menos de clase media, y hay que buscar un culpable.
Mucho ha evolucionado la relación de Europa con el islam desde que hace justo un siglo Lawrence de Arabia pronunció su fatalista ¡Maktub! (“¡Estaba escrito!”) con que justificó la traición británica a la promesa de un reino árabe independiente en Oriente Próximo. Si en la época colonial el islam sirvió como excusa para hacer del musulmán un sujeto subalterno, necesitado de la luz europea, hoy el islam forma parte de Europa, y los musulmanes europeos son ciudadanos tan dueños de su historia como los demás. Se trata de un cambio radical, si bien se está resolviendo de forma traumática para los musulmanes.
La sobredimensión de la identidad religiosa del musulmán europeo por parte de la opinión general le fuerza de continuo a tener que definirse a la defensiva. Sobre él se arroja la sombra del yihadismo, del burka o de la inmigración, últimas amenazas a una pax europaea que a estas alturas se sabe a sí misma inexistente. Hasta los chavales de secundaria se ven inducidos, ante las preguntas inquisitoriales de compañeros y profesores, a pensarse como peligrosos musulmanes. ¡Y pobre de aquel que haga valer su derecho a inhibirse! ¡Imposible: el musulmán es siempre musulmán!
Ni el flamante alcalde de Londres, Sadiq Khan, musulmán, escapa al escrutinio
Causa de esta sospecha generalizada que pesa sobre los musulmanes son, en buena medida, las políticas de los poderes públicos encaminadas a su fiscalización permanente. Los que más directamente las sufren son los jóvenes, que se ven sometidos a ellas a cambio de una ciudadanía europea que se les regatea. En Francia, el más reciente proyecto del Gobierno francés en su “guerra contra el terrorismo, el yihadismo y el islamismo radical” consiste en internar en centros de rehabilitación creados ex profeso a los jóvenes “radicales”, categoría escurridiza donde las haya. En España, la mera sospecha de “haber entrado en un proceso de radicalización” está en vías de convertirse en delito tipificado: a finales del año pasado, el Ministerio del Interior puso en marcha un servicio de denuncias anónimas para identificar a presuntos radicales. Ni el flamante alcalde de Londres, Sadiq Khan, musulmán entre otros atributos, escapa al escrutinio: durante la dura campaña electoral, su rival, el conservador Zac Goldsmith, recurrió al perfil confesional de Khan para cuestionar su patriotismo, mientras que a nadie se le ocurrió que Goldsmith pudiera ser antipatriota por su fe (que en este caso es judía). Khan, por el contrario, hizo entonces, y tras su triunfo, multitud de declaraciones conciliadoras recogidas por todos los medios.
Europa y sus musulmanes van en el mismo barco. Los musulmanes se juegan mucho, pero Europa también. El proyecto europeo, fundado en criterios igualitarios, también depende de su actitud con los musulmanes. El discurso xenófobo de los partidos neonacionalistas en auge, que hacen de la islamofobia caladero de sus votos, cuestiona a diario los más sagrados principios europeos. Su islamofobia no tiene complejos, es explícita y ufana. El peor exponente es el holandés Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad, que compara el Corán con Mein Kampf de Adolf Hitler y pide que se prohíba. Pero de forma indirecta y más peligrosa si cabe, hay otro tipo de islamofobia que hace que se tambaleen los cimientos de la Europa integrada. Es una islamofobia de tono sutil, de argumentos ilustrados y nunca proclamada, aunque en ocasiones se descuide y desvele sin tapujos su carácter discriminador. Es en la que incurre con frecuencia el primer ministro francés, Manuel Valls, con sus distingos entre el “islamofascismo” de algunos grupos (que según el momento pueden ser los Hermanos Musulmanes o el ISIS) y la bonhomía del islam invisible. ¿Sería posible imaginar que se hablara de “cristianofascismo” o “judeofascismo” o “budeofascismo”? Ejemplos de violencia religiosa de todo signo no faltan en la historia reciente... Tampoco, si nos ponemos, del papel de la religión en la vertebración de una ética del compromiso y la dignidad humana.
Lo que los musulmanes esperan de Europa es, en esencia, pan, libertad y justicia socia
Reducirlo todo a una permanente confrontación de los musulmanes europeos con el resto de la ciudadanía es el núcleo de la estrategia islamófoba. Hacer de los musulmanes un grupo aparte, a la defensiva y con oscuras aspiraciones político-civilizacionales, es un error interesado. Lo que los musulmanes esperan de Europa es, en esencia, pan, libertad y justicia social. Nada distinto de las demandas del europeo medio, harto de la supremacía de los mercados y de que se le escamotee su soberanía. El Brexit ha congelado la sonrisa de las élites. La tentación de los líderes de la UE es meter las pelusas debajo de la alfombra. Pero el descontento de los pescadores, los obreros o los tenderos ingleses es tan legítimo que está por ver si no asistimos a una reacción en cadena al otro lado del canal de la Mancha. En Holanda, ya se jalea el Nexit. En España, por lo pronto, las recientes elecciones legislativas nos han devuelto la imagen de un país más nacionalista y menos autocrítico de lo que imaginábamos. Pretender solucionarlo con fáciles acusaciones de populismo tardoimperial en el caso británico, o de manipulación geriátrica en el caso español, no conduce a nada. Como tampoco la tentación, siempre a mano, de hacer de los musulmanes el chivo expiatorio de la crisis política y moral que vive Europa. El problema es ese: falta Europa.
(*) Luz Gómez es profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/07/14/opinion/1468525236_653947.html

domingo, 21 de febrero de 2016

"TRANQUILISMO"

Giovanni Sartori: «El islam es incompatible con Occidente»
Ángel Gómez Fuentes

«Estamos en manos de políticos ignorantes, que no conocen la Historia ni tienen cultura. Solo se preocupan por conservar su sillón. Pasan el día escuchando la opinión del contrario y pensando en qué respuesta darle. Así no se construye nada. No hay líderes ni hombres de Estado y así nos va: la Unión Europea es un edificio mal construido y se está derrumbando. La situación se hace más desastrosa porque algunos han creído que se podían integrar los inmigrantes musulmanes, y eso es imposible».
En esta larga entrevista, Giovanni Sartori, de noventa y dos años, uno de los mayores expertos en ciencia política, entre los más leídos y estudiados del mundo -con obras de referencia imprescindibles como «Partidos políticos» o «Teoría de la democracia»-, analiza con lucidez los asuntos de más candente actualidad: inmigración, Europa, islam, multiculturalismo,xenofobia, guerra de religión, superpoblación, etcétera.
Ideas proféticas
Profesor en Florencia, su ciudad natal, y en Stanford, Harvard, Yale y Columbia, con nueve «laureas honoris causa» y numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (2005), ha escrito con estilo vivaz y muy directo ensayos que han abierto grandes debates: «Qué es la democracia» (1997); «La sociedad multiétnica: pluralismo, multiculturalismo y extranjeros» (2001); »Homo videns: la sociedad teledirigida» (1998). Publicó su último libro en junio pasado: «La carrera hacia ninguna parte. Diez lecciones sobre nuestra sociedad en peligro».
Por sus diagnósticos y severas críticas sus obras fueron recibidas al principio con recelo; pero muchas de sus ideas y pronósticos se han revelado proféticos. Por eso, no le sorprende que, en un exceso de tolerancia que supuso «renegar de nuestra cultura», media docena de estatuas desnudas fueran cubiertas en los Museos Capitolinos de Roma para no molestar al presidente de Irán, Hasan Rohani. «Fue una payasada, reflejo de un mundo imbécil que hace solamente lo que encuentra útil y conveniente al momento. Uno tiene derecho a que se respeten sus principios y tradiciones».
Falta de respeto
Puede considerarse una anécdota, pero es un episodio significativo, como otros que se han sucedido en el último mes y que reflejan que están cambiando mucho las cosas en Europa, sobre todo en relación con la inmigración, que desborda las fronteras del continente y pone en evidencia la dificultad de integrar a los inmigrantes musulmanes, por su falta de respeto a valores muy arraigados en la cultura europea, como son la tolerancia y la igualdad entre el hombre y la mujer.
En Fin de Año se produjeron en Colonia, y en otras dos ciudades alemanas, agresiones sexuales de casi un millar de jóvenes árabes, en su mayoría marroquíes y argelinos, a mujeres que encontraron en su camino. La noche que inauguraba 2016, en el país que ha abierto generosamente las puertas a casi un millón de prófugos de Oriente Medio y de otras zonas en guerra, quedaba manchada por lo que se ha considerado un gravísimo episodio de enfrentamiento de dos civilizaciones. Se ponía de manifiesto que la relación del islam con las mujeres es un asunto devastador y que existe un abismo cultural insalvable entre la Europa rica y liberal y algunos de países árabes. Los datos lo confirman: según una encuesta realizada por el centro de investigación Pew en 2013, más del 90 por ciento de marroquíes y tunecinos piensan que la esposa debería obedecer siempre al marido.
 «La Unión Europea es un monstruo, una entidad muerta. No es capaz ni de parar la inmigración»
Para comprender mejor lo que representa la mujer en el mundo de Alá y por qué es agredida sexualmente, el escritor argelino Kamel Daoud da esta explicación: «La mujer es negada, velada, encerrada, poseída. El cuerpo de la mujer pertenece a todos, pero no a ella, y no es visto como lugar de libertad».
¿Es posible entonces que un inmigrante, educado en una cultura o una religión distinta de la nuestra, como el islam, se pueda integrar, negando los principios que forman parte de su educación, de su sensibilidad? Para el profesor Sartori la integración ético-política es imposible: «El islam es incompatible con nuestra cultura. Sus regímenes son teocracias que se fundan en la voluntad de Alá, mientras que en Occidente se fundan en la democracia, en la soberanía popular».
Sentido común
¿Qué significa integrarse? Angela Merkel lo ha dicho claramente: «Queremos que los inmigrantes absorban los fundamentos culturales de nuestra convivencia»; es decir, el sistema de valores, de reglas y de comportamientos que rigen entre nosotros. Tal proyecto está en contradicción con la idea del multiculturalismo que se ha intentado imponer en Occidente, siguiendo la línea de lo políticamente correcto. Ese multiculturalismo se basa en que en una sociedad puedan convivir sin problemas culturas diversas. Según Giovanni Sartori, eso es imposible: «El multiculturalismo no existe. En nuestra sociedad tenemos unas normas generales, unos principios. El inmigrante puede hacer en su casa lo que quiera, pero debe aceptar las reglas de el Estado que le acepta».
A este respecto, cabe destacar al imán de Colonia Sami Abu-Yusuf, quien en una entrevista declaró que la responsabilidad de las violencias sexuales de Nochevieja no se debían atribuir a los jóvenes, sino a las mujeres que iban por la calle medio desnudas y perfumadas. El imán lleva decenios en Alemania, pero no ha dado un solo paso hacia la cultura que le ha acogido, mostrándose como un invasor arrogante. ¿Se puede dialogar con un troglodita que ve un demonio en la feminidad? El profesor Sartori lo tiene muy claro: «A quienes no están dispuestos a aceptar nuestras normas, se les debe colocar en la frontera para que se marchen a su casa».
Giovanni Sartori esta considerado como un liberal progresista. Cuando le digo que desde la izquierda le pueden reprochar sus ideas, o verlo como xenófobo o conservador, responde con firmeza: «La izquierda ha perdido su ideología. Utilizan la palabra multiculturalismo como una nueva ideología, porque la vieja ha muerto. Pero no tienen ni idea. No saben lo que es el islam. Son unos ignorantes. A mí no me importa la derecha o la izquierda, sino el sentido común».
Refugiados africanos son conducidos a tierra tras ser rescatados por la Armada italiana el 8 de junio de 2014
Refugiados africanos son conducidos a tierra tras ser rescatados por la Armada italiana el 8 de junio de 2014- Massimo Sestini
La integración de musulmanes en sociedades no islámicas no se ha logrado porque, asegura, «el islam no tiene capacidad de evolución». Cita, por ejemplo, a la India, «donde hay 14 millones de musulmanes, muy pobres y maltratados; después de mil años, resisten sin integrase, enemigos eternos de los hindúes». Y ya más cerca, el profesor Sartori recuerda lo que ocurre en los países europeos: «Los musulmanes de tercera generación no solo no se han integrado, sino que son los más rebeldes. Odian a Occidente porque no tienen trabajo y muchos se sienten atraídos por el islam fanático».
En peligro
La inmigración actual se está produciendo sin un flujo ordenado, porque, aparte de la que tiene motivaciones económicas, es fruto de guerras. Ante la suspensión de los acuerdos de Schengen en algunos países hasta ahora muy favorables a la inmigración, como Dinamarca o Suecia, Sartori indica: «No se puede practicar una política de puertas abiertas, como ingenuamente cree alguna izquierda. Está bien hablar de solidaridad, porque los inmigrantes pueden ser un elemento positivo para nuestra economía, pero los flujos migratorios hay que regularlos. Quien entra en Europa debe tener documentos, una identidad segura».
En definitiva, sostiene Sartori que «Occidente y sus valores están en peligro porque no se está dando una respuesta adecuada al fundamentalismo islámico». Hace ya quince años que, en el «Corriere della Sera», Sartori afirmó que estábamos asistiendo a «una guerra inédita con cuatro características: terrorista, global, tecnológica y religiosa». Hoy lo reafirma con más fuerza, viendo el terrorismo del Daesh: «En una guerra hay que emplear todas las armas que uno tiene a su disposición. Nosotros, Occidente, somos los agredidos, con un terrorismo de una ferocidad que nuestra memoria histórica no recuerda. Además, cuando un hombre-bomba, kamikaze por la fe, se hace explotar en medio de civiles, el enfrentamiento ha llegado al máximo».
    «No se puede practicar una política de puertas abiertas, como cree alguna izquierda»
«Aparte del componente militar, que es importante, pero secundario, es una guerra que se gana o se pierde en casa -añade-. Se vence si sabemos reaccionar ante la pérdida intelectual y moral en que hemos caído. Y se pierde si dudamos o nos olvidamos de nuestros valores que dan fundamento a nuestra civilización ético-política». ¿Y cómo acabará? Su respuesta no es muy reconfortante: «Veremos. Este es un mundo que se está suicidando».
Sartori está escribiendo la segunda parte de «La carrera hacia ninguna parte», ensayo para el que pensó otro título, «La carrera hacia la ruina». «Caminamos sin ideas sobre cómo progresar con tantos como somos, demasiados…», dice. Precisamente, «la superpoblación es el cáncer de fondo de nuestra sociedad». Es una de sus grandes preocupaciones, a la que dedicó «La tierra explota, superpoblación y desarrollo» (2003).
Especialmente crítico con la Unión Europea, asegura: «Es un monstruo. La Europa de los 28 es una entidad muerta, no existe. No es capaz ni de parar la inmigración. En mi nuevo libro aporto soluciones: Europa necesita un presidente experto en economía».
El «tranquilismo»
«Yo soy realista y tengo un lema muy claro -explica-: el pesimismo es peligroso si nos lleva o induce a la rendición; el mal lo hace el optimismo o el “tranquilismo” que conducen a no hacer nada».
No se siente solo el profesor Sartori desde el punto de vista intelectual. Coincide con su duro diagnóstico europeo el sociólogo francés Alain Touraine, que acaba de recibir en Italia el Premio Nonino como «maestro de nuestro tiempo»: «Los países europeos son hoy incapaces de integrarse completamente en la economía mundial y globalizada. Acabo de volver de California y me ha impactado, hablando con los americanos, que para ellos el mundo de mañana se refiere solo a EE.UU. y China. Han abandonado Europa. No nos toman en serio. Para ellos somos solamente un destino para sus vacaciones».
Desde el punto de vista sentimental, Sartori siempre tiene cerca, también durante esta conversación, a su mujer, Isabella Gherardi, pintora y fotógrafa, de la que le separan «solo» treinta y nueve primaveras. ¿La receta de la convivencia? «Buen humor y no preocuparse por el paso del tiempo». Así concluye la entrevista el viejo y sabio profesor, que ha sembrado cultura política en la derecha y la izquierda, y que todavía tiene mucho que enseñar: «Al menos espero acabar este libro. Después, basta. No soy infinito».

(http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-giovanni-sartori-islam-incompatible-occidente-201602041540_noticia.html?ref_m2w=https://www.facebook.com)
Fotografía: http://elpais.com/diario/2003/05/07/cultura/1052258410_850215.html

Breve nota LB: Comenta María Teresa Belandria en Facebook: "Comparto plenamente las expresiones de Sartori sobre la incompatibilidad del islam con nosotros, con Occidente. Igualmente su afirmación de que el multicuturalismo no existe. Ojalá quienes tienen responsabilidad de estado entiendan que estamos amenenazados, que el islam fundamentalista no respeta, solo tolera mientras te convierten y que además, como mujer sus prácticas y predicas son contrarias a lo más sagrado del ser humano: la libertad".

domingo, 28 de junio de 2015

GLOBALIDAD

EL PAÍS, Madrid, 26 de junio de 2015
ANÁLISIS
Complots que son cosa de Alá
El Estado Islámico tiene recursos para planear ataques en cadena. Los atentados de este viernes forman parte de una estrategia global
Fernando Reinares 
 
Así, como dice el título, lo afirma el llamado Estado Islámico (EI) en el más reciente número de su órgano de propaganda, la revista Dabiq. Para los seguidores de Abuker al Bagdadi, “nadie mejor que Alá maquina complots”. Estos yihadistas de orientación profética y apocalíptica definen este argumento —elaborado en base a citas coránicas seleccionadas a propósito— como una realidad que garantiza el éxito de sus objetivos frente a quienes califican de infieles y apóstatas o a rivales de similar orientación ideológica. Algo que les reafirma en su sanguinario empeño, precisamente por las expectativas de éxito inherentes a esa visión belicosa del credo islámico. Bagdadi insistió el mes pasado en que el islam “nunca ha sido religión de paz” y hacía un llamamiento a los musulmanes de todo el mundo para que se implicaran en la “guerra” que encabeza su organización.
Casi un año después de que el EI adoptase su actual denominación y fuera proclamado un nuevo Califato en los territorios de Siria e Irak donde había conseguido imponer su brutal dominio fundamentalista, los últimos atentados ocurridos en Isère, Susa y ciudad de Kuwait han puesto de relieve, una vez más, el ímpetu y las capacidades con que actúan los ejecutores de “complots que son por entero cosa de Alá”. Los dirigentes del EI tienen aptitud y recursos para planificar atentados concatenados —y altamente letales— en distintos países árabes, al tiempo que instigan la comisión de otras atrocidades en el mundo occidental. Azuzar enfrentamientos sectarios en Kuwait, obstaculizar el proceso de democratización en Túnez o quebrar la cohesión social en Francia mediante el terrorismo es parte de una estrategia global inexorable en los resultados.
El Estado Islámico ha extendido tanto su influencia como su presencia en el norte de África y así cabe además interpretar el nuevo atentado en Túnez, el país de la región con mayores niveles de movilización yihadista. Kuwait, por su parte, contribuye de modo significativo a la coalición internacional contra el EI, establecida el pasado verano. Cabe pues suponer que el EI —cuyo principal portavoz anticipó hace unos días “calamidades” para “Cruzados, chiíes y apóstatas” durante el actual periodo de Ramadán— intente elevar los costes de esa contribución para los países concernidos. También Francia participa en dicha coalición, pero es asimismo el país de la Unión Europea donde se contabiliza un mayor número de jóvenes musulmanes radicalizados en el salafismo yihadista, adheridos al EI e inclinados a intervenir en “complots que son cosa de Alá”.
(*) Fernando Reinares es catedrático de Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos y director del Programa sobre Terrorismo Global en el Real Instituto Elcano.

lunes, 9 de marzo de 2015

MODERNIZACIÓN

EL PAÍS, Madrid, 9 de marzo de 2015
LA CUARTA PÁGINA
Debemos limpiar nuestras estanterías
Hasta que no se emprenda un esfuerzo serio de renovación del pensamiento islámico, los musulmanes continuarán en manos de las interpretaciones literales y obsoletas de nuestras escrituras sagradas
Adnan Ibrahim / Felix Marquardt / Mohamed Bajrafil 

Como musulmanes, nuestra primera y lógica reacción ante las atrocidades cometidas en nombre de nuestra región es de incredulidad, indignación y un impulso natural de distanciarnos de sus autores. “Estos actos salvajes”, “ese John el yihadista” —el tristemente famoso verdugo de los rehenes del Estado Islámico (EI), identificado recientemente como el londinense Mohamed Emwazi— “no tienen nada que ver con el islam”, exclamamos. Aunque esta actitud es comprensible, resulta sospechosa desde el punto de vista intelectual y es completamente irresponsable. ¿Estaría alguien de acuerdo si se dijera que las Cruzadas no tuvieron “nada que ver” con el cristianismo? La verdad, hay demasiados entre nosotros que parecen indignarse más por unas caricaturas de un periódico que, en definitiva, carecen de importancia, que por la abominable caricatura que pintan de nuestra religión grupos como el EI y Boko Haram. Y, si bien es posible que los problemas sociales y económicos o las humillaciones a manos de los cuerpos de seguridad sean factores que contribuyen a la radicalización de nuestros jóvenes —como parece haber sucedido en el caso de Emwazi—, no sirven para explicarla en toda su dimensión.
Por suerte, cada vez son más los musulmanes que dicen: “Medina, El Cairo, tenemos un problema”. Cada vez son más los que exigen reformas. ¿Pero qué quiere decir esa palabra? Por supuesto, son absolutamente necesarios la renovación del pensamiento islámico y un nuevo impulso a la relectura de los textos (ijtihâd). Hasta que no se emprenda un esfuerzo serio en este sentido, los musulmanes continuarán en manos de las interpretaciones literales y obsoletas de nuestras escrituras sagradas.
La libertad, la igualdad de derechos para todos los ciudadanos, el Estado de derecho, el sufragio universal, la responsabilidad y la separación de poderes (entre Estado y religión) son nuestros principios como musulmanes del siglo XXI. Con ellos en mente, recordemos las palabras del estudioso paquistaní, reconocido mundialmente, Muhammad Khalid Masud: “En el pasado, los juristas musulmanes eran muy conscientes de la necesidad constante de resolver las contradicciones entre las normas sociales y las normas legales. Adaptaban sin cesar las leyes a las costumbres y los criterios de la gente. La base normativa de las instituciones y conceptos como familia, propiedad, derechos, responsabilidad, criminalidad, obediencia civil, orden social, religiosidad, relaciones internacionales, guerra, paz y ciudadanía han cambiado de manera considerable durante los dos últimos siglos”. Así que pongámonos manos a la obra.
Pero no basta con la interpretación. Debemos examinar con detalle, espíritu crítico y honestidad los textos que constituyen el núcleo de las enseñanzas en los centros educativos más prestigiosos de nuestra fe.
En lugar de prestar atención a los ideales nos hemos aficionado al victimismo
Debemos contraponer la frase mencionada más arriba de que los actos violentos de terrorismo no tienen “nada que ver con el islam” con la veneración que algunos de nuestros más distinguidos y respetados eruditos muestran por libros como Min Haj el Talibin, del prestigioso jurista Araf el dine el Nawawi, que recomienda lapidar a los adúlteros, o Es sarim el maslul ala chatim el rasul, de Ibn Taymiyya, o la obra de Taqi al-Din al-Subki’s Es seyf el maslul ala men sabba al rasul, dos títulos que pueden traducirse más o menos como “Desenvainamos la espada contra aquel que habla mal del profeta”. Las detalladas recetas que contienen sobre cómo castigar la blasfemia, la apostasía y el adulterio sirven de base no solo para que el EI y Boko Haram puedan asegurar que su corriente del islam es absolutamente rigurosa, sino para muchos Estados musulmanes conservadores.
No cabe duda de que, durante siglos, se persiguió, esclavizó o asesinó a muchos pueblos en nombre de Cristo. Bartolomé de las Casas, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, narraba las atrocidades cometidas por los españoles contra la población indígena en los primeros decenios de colonización de las Indias occidentales, y protestaba alegando que los nativos eran humanos y, por consiguiente, no había que matarlos ni esclavizarlos... al contrario que los africanos. Ahora bien, con posterioridad, sin prisa pero sin pausa, la reforma religiosa y los valores de la Ilustración permitieron que los cristianos se deshicieran de esas prácticas.
A comienzos del siglo XX, muchos conservadores europeos pensaban que la obra del “intelectual” francés Joseph de Gobineau Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas era un libro de “ciencia”. Desde entonces ha pasado a las secciones de “historia” o “antropología” en las bibliotecas. Ya es hora de que varios elementos importantes de las enseñanzas clásicas del islamismo sigan el mismo camino.
Más en general, ¿no ha llegado el momento de que los musulmanes, que pensamos —con razón— que nuestro profeta era un hombre de vanguardia, reivindiquemos nuestro papel como modernizadores de las normas culturales y sociales?
Tenemos que estudiar cómo es posible que algunos sectores de nuestras comunidades, como la organización británica de defensa de los musulmanes CAGE, que tuvo muchos tratos con Emwazi, estén alentando a nuestros jóvenes a considerarse víctimas y diciéndoles que la brutalidad policial, los judíos, Estados Unidos, Israel, la pobreza o incluso la “sociedad” tradicional son los culpables de que el joven se transformara en John el yihadista.
Gran parte del conservadurismo se remonta a  costumbres preislámicas beduinas
En lugar de prestar atención a los ideales originales y universales de nuestra religión —la misericordia, la libertad y la justicia—, nos hemos aficionado al victimismo y las teorías de la conspiración y nos hemos enfrascado en discusiones sobre los medios (y el atuendo) apropiados para alcanzar esos ideales. Nuestra decadencia se debe precisamente a esta confusión que muchos de nosotros tienen entre los fines y los medios del islam, a nuestra incapacidad colectiva de mantener la convergencia inicial entre la fe y la moral, que constituye la base genuina de una conciencia saludable: la espiritualidad. La religión, sin ese espíritu ético y moral, no significa nada. Y si no significa nada, no tiene sentido.
¿No ha llegado el momento de que entablemos un debate sincero sobre dónde está el límite entre religión y cultura? Las dos están entrelazadas, desde luego, pero, si un musulmán marroquí no es inferior a otro saudí, ni superior a un belga, ¿no debemos suponer que la religión consiste en los elementos que tienen en común entre ellos en su interpretación y práctica del islam, mientras que todo el resto (vestimenta, relación con sus respectivos reyes, etcétera) es cultura? Gran parte del conservadurismo que hoy se asocia con el islam se remonta en realidad a las costumbres preislámicas de los beduinos, que nuestro profeta, un auténtico innovador, se esforzó en abolir. Muchos tópicos y muchas teorías de la conspiración populares entre nuestros jóvenes proceden directamente de la concepción del mundo, tergiversada y antioccidental, de numerosos Gobiernos en el mundo árabe. Vivimos en una época en la que tres de cada cuatro musulmanes no son árabes; solo dos de los 22 países pertenecientes a la Liga Árabe pueden presumir de ser verdaderas democracias; se traducen cuatro veces más libros al griego (alrededor de 10 millones de hablantes) que al árabe (aproximadamente 350 millones de hablantes). ¿No deberíamos reconocer que el arabocentrismo histórico de nuestra religión se ha convertido en un lastre y que los musulmanes que no son árabes son tan legítimos y respetables como los que lo son? Aquellos de entre nosotros que desean convencer al mundo de que ciertas costumbres falocráticas como el sistema de tutela masculina, la prohibición de que las mujeres conduzcan o la imposición del niqab son ontológicamente “islámicas” necesitan que otros musulmanes les digamos, antes que nadie: no es así.
(*) Adnan Ibrahim es profesor de Filosofía en la Universidad de Viena e imán en la mezquita de al Shurah. Felix Marquardt es cofundador del Global Forum for Islamic Reform. Mohamed Bajrafil, doctor en Lingüística, es imán en la mezquita de Ivry-sur-Seine.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Fotografía: Miguel Calleja, La Medina de Fez (Marruecos).

RELIGIÓN Y POLÍTICA

Sobre una pretendida cosmogonía islámica
Jonathan Benavides

¿Qué nos sugiere la historia de las relaciones entre religión y política?. La historia de las civilizaciones testimonia la tensión entre las instituciones políticas y religiosas, su rivalidad y ansia de competición, cuando no de la abierta confrontación, en búsqueda de similares objetivos: el poder de la cúpula y la dominación y control de la base. Por ello, en este sentido, es posible afirmar que las instituciones religiosas son también políticas aunque cuando se ha producido un choque abierto entre lo político y lo religioso es éste el que, a menudo, ha quedado supeditado al primero.
Curiosamente esto es contrario a lo que suele opinar la doctrina islámica contemporánea, lo que no nos debe resultar extraño, dado el papel centrípeto de la religión para ellos, ya que si deseamos comprender todo lo que ha acaecido en el pasado y lo que está sucediendo hoy en el mundo musulmán, hemos de apreciar la universalidad y centralidad del factor religión en las vidas de los pueblos musulmanes, lo que supone asumir una concepción del Islam que resalta su carácter de civilización. Una civilización completa, perfecta, cerrada, que gira en torno al factor religión; el mundo de afuera es corrupto, degenerado y no hay otro remedio que educar al pueblo para convencerle de que la libertad estriba precisamente en la religión. Tal y como lo dejara expresado en su ideario político Sayyid Qutb, la liberación de la tiranía depende de la atribución de toda la autoridad a Dios; enfoque que estima que el Islam pierde su significación básica si se le priva de su dimensión social o de sus connotaciones políticas.
¿Por qué no aceptar el origen humano de la religión?, pregunta que más de un sociólogo laico de las religiones puede hacerse en cualquier introducción. Nuestra respuesta podría ser que es imposible, ya que el Islam no ha sido secularizado, ese es su gran misterio. Todas las demás religiones se han suavizado, han consentido la ambigüedad de los significados, y sabemos que tenemos razón cuando el profesor indio de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Cambridge Akbar Ahmed nos dice en su obra “Postmodernismo e Islam” que “… para quienes creen en el Islam, la elección estriba en ser musulmán o ser nada. No hay otra”. De ahí que, un conocido hadiz (dicho) pueda sostener con inalterable naturalidad que “cada niño tiene una disposición innata para ser musulmán, pero sus padres pueden hacer de él un judío, un cristiano o un zoroastra”. Porque con nuestra mentalidad secularizada hemos sido incapaces de apreciar que, para mucha gente en el mundo, la fe religiosa es también una identidad primaria; es algo que viene dado, no es una elección.
Dentro de esta visión, la religión suministra un plan básico en el que se integran todas las actividades de la sociedad, económicas, sociales, intelectuales. Concepción que conforma toda la vida de la sociedad y de los individuos del mundo islámico; esto no significa que la visión o la creencia religiosa determina absolutamente todo el modo de vida, dado que hay varios aspectos que poseen una relativa autonomía, pero ejerce un cierto control o presión sobre el conjunto. En cualquier caso, para una aproximación de esta naturaleza la religión es simultáneamente dimensión cultural, ideología política, ritual de revitalización.
Todo ello configura una especial y característica cosmogonía islámica que la singulariza en relación a las demás. Vemos que en contraste con las otras grandes religiones universales, el Islam, desde su fundador, era el Estado y la identidad de religión y política se halla indeleblemente estampada en la memoria y la conciencia de los creyentes, reflejada en sus escritos sagrados, historia y experiencia. Para los musulmanes, la religión ha constituido tradicionalmente la base esencial y el foco de la identidad y lealtad.
¿Implica esta afirmación confundir deseos con realidades?, apoyos doctrinales no nos faltarían. Desde los que subrayan la unidad entre religión y Estado, presumiendo el carácter superfluo de todo intento encaminado a marcar la frontera de la política, hasta los que paladinamente aseveran que la vida política no es autónoma ya que está sujeta a las reglas superiores de la fe. De allí que la religión no sea algo separado, sino más bien algo integral en todo aspecto de la vida: oración, ayuno, política, derecho, sociedad. Creencia reflejada en el desarrollo del Estado islámico (el concepto, no el movimiento guerrerista que hoy hace vida en Oriente Medio) y de la sharia; de donde se puede llegar con facilidad a afirmar que la política no solo es una parte importante del Islam, sino, en muchos aspectos, su razón de ser, que es el argumento básico del que se sirven los modernos fundamentalistas, los que pretenden que la política retorne al Islam.
Tras la muerte de Mahoma, de uno a otro confín del Imperio musulmán se insiste en recordar que, bajo la dirección del Profeta, el Islam cristalizó en Medina simultáneamente como fe y como sistema sociopolítico. Desde Ghazali (1058-1111) a Taymiyya (1263-1328), en el corazón medio-oriental del Imperio, a Muhammad Baqir, muerto en 1637 en el extremo oriental del mismo, en la India islámica mogola, religión y política son consideradas hermanas gemelas. El Estado y la religión deben ser inseparables si se quiere evitar que la discordia y el desorden prevalezcan en los asuntos de los hombres. La historia nos enseña asimismo que, aunque los califas abasíes que (en alianza con el movimiento mutazilí) derrocaron a sus predecesores omeyas, eran tan autocráticos como éstos, tuvieron un buen cuidado de amoldar su forma de gobierno y su política al Islam, cosa que no siempre procuraron los omeyas.

Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2015/03/sobre-una-pretendida-cosmogonia-islamica/

domingo, 21 de julio de 2013

ISLAMIDAD

EL PAÍS, Madrid, 21 de julio de 2013
TRIBUNA
Voces laicas en el Islam
La secularización del Estado protegería a los ciudadanos de las ovejas descarriadas
Houda Louassini

La activista egipcia Nawal Saadawi expone, en referencia a los islamistas radicales, que es muy difícil entablar un diálogo con quien habla en nombre de Dios, cuando una está hablando en nombre del Hombre.
Y, efectivamente, resulta desigual hablar en nombre de los derechos humanos, de las libertades individuales, del respeto hacia las demás creencias con unos interlocutores que se alzan como portavoces de Dios. Los defensores de la laicidad son unos pobres seres falibles. Su palabra pesa poco ante los ojos de los apóstoles de la “Verdad absoluta”, los islamistas.
Sin embargo, nadie tiene la exclusividad de la palabra divina, y todos los discursos son interpretaciones del mensaje de Dios, y cuantos más lectores haya, más lecturas serán posibles y ninguna tendrá la supremacía porque todas deberían ser válidas y viables. En el islam, solo los ulemas tienen derecho a interpretar los textos sagrados y por lo tanto las explicaciones y los comentarios se diversificarán según el buen albedrío de cada ulema.
Cada día nos trae su cosecha de noticias violentas sobre el islam. Los musulmanes estamos asediados por los medios de comunicación que nos recuerdan al filo de sus crónicas que el islam es violento. Últimamente, hemos asistido a varias acciones de los llamados “lobos solitarios”, el atentado de Boston, el de Londres o el perpetrado en París; son ejemplos de ese nuevo modus operandi. A cada atentado, los musulmanes nos sentimos agredidos: tanta irracionalidad en nombre del islam nos avergüenza y nos cohíbe. Los terroristas nos embisten y la opinión pública occidental nos mete en el mismo saco en una visión reduccionista. Los extremistas de cualquier ideología o religión pueden ser violentos, no son exclusivos del islam.
Una gran parte de los marroquíes confunde laicismo con ateísmo
No obstante, como musulmana me pregunto: ¿De dónde sacan los islamistas radicales sus argumentos? Al indagar, descubro que en los textos sagrados hay pasto para todas las ovejas, hasta para las más descarriadas y perturbadas.
El excelente documental de Frédéric Brunnquell y el arabista francés Gilles Kepel traza un esclarecedor nexo entre los Hermanos Musulmanes y los demás movimientos islamistas: desde la revolución iraní hasta el movimiento terrorista de Al Qaeda. El tronco cardinal del pensamiento de Sayed Kutb, el ideólogo de los Hermanos Musulmanes, es el deber del Dyihad para todo musulmán. La obligación de llevar la cruzada en contra de Occidente, que está en decadencia, con el fin de purificarlo y dirigirlo hacia el camino de la verdad, es uno de sus principales preceptos.
Los Hermanos Musulmanes nacieron en Egipto al inicio del siglo XX y se propagaron por los demás países árabes e islámicos, a veces con distintas ramificaciones, pero todos pertenecientes al mismo árbol. Sus naturales herederos son los que se apropiaron de la primavera árabe y ganaron las elecciones en Egipto (aunque ahora un golpe de Estado ilegítimo pretende desbancarlos), en Túnez y más sigilosamente en Marruecos.
Salta a la vista que estos movimientos están en alza; cara a la galería mantienen un discurso “moderado” pero en confianza sueltan sus verdaderas convicciones y se internan en el laberinto de una pesadilla surrealista: hablan del Gran Califato islámico, del próximo dominio del islam sobre el universo, no solo sobre la tierra.
Cuando queremos alejar la sombra violenta que persigue al islam nos escudamos detrás del pensamiento sufí, que numerosas familias marroquíes practican, y nos agarramos a sus mensajes de amor, de paz, de apertura hacia el otro. Pero ese islam no gusta a los paladines de los movimientos islamistas que llevan décadas de cruzada contra el sufismo, condenando las prácticas de las cofradías y los preceptos de los pensadores sufíes. No dudan en machacar los valores ancestrales de nuestra sociedad marroquí. Se ataca a las libertades individuales, alegando que son un lastre de la colonización occidental.
Los islamistas siguen su avance y los opositores musulmanes les ayudan con su ambigüedad y silencio, porque piensan que criticarles es atacar los valores sagrados de nuestra sociedad y tienen miedo de convertirse en traidores. Caen en la trampa tendida por los propios radicales. Habría que recordar a estos que Marruecos existía antes de la llegada del islam. Durante milenios, muchas civilizaciones lo atravesaron dejando sus huellas. El pueblo amazigh, el originario del norte de África, no ha estado esperando a los árabes para fraguar su identidad. Además, están los marroquíes de confesión judía, y los marroquíes ateos, aunque estos son muy discretos a la hora de revelar sus convicciones, por temor al hacha de la apostasía.
Los extremistas de cualquier ideología o religión pueden ser violentos
Los radicales suelen atacar a los defensores de la laicidad arguyendo las influencias de Occidente. Sin embargo, Occidente recibió con los brazos abiertos el legado de los pensadores musulmanes pioneros de la corriente racionalista, tales que Ibn Rushd o Ibn Khaldún. El mundo islámico, en su gran diversidad, había permitido que proliferaran en su seno sabios, filósofos, científicos y literatos partidarios de la razón hasta que la decadencia cultural, el declive y el fanatismo islámico (en muchas fases históricas) acabó ganándoles la partida.
Los defensores de un Marruecos laico son cada día más numerosos aunque siguen siendo minoritarios, debido al analfabetismo de una gran franja del pueblo que confunde laicidad y ateísmo. Los movimientos laicos tienen la gran responsabilidad de disipar tal confusión que favorece la ideología dominante. La primera labor es pedagógica: explicar al pueblo llano el verdadero significado de la secularización del Estado.
Hay una corriente que defiende la laicidad desde el punto de vista islámico, como el caso del teólogo egipcio Ali Abderraziq, que asegura que “Nada \[en el islam\] impide a los musulmanes edificar su Estado y su sistema de Gobierno sobre las últimas creaciones de la razón humana”, y añade: “Buscaremos en vano una indicación en el Corán, implícita o explícita, que pueda apoyar la tesis de los partidarios del carácter político de la religión islámica”.
Otro teólogo, más contemporáneo, el tunecino Mohamed Talbi, apoya sus argumentos por la laicidad, citando versículos del Corán, y demuestra que, en los tiempos del profeta, el Gobierno era laico. El islam político aparece después del fallecimiento del profeta a raíz de las luchas por el poder entre fracciones opuestas, lo que pervirtió el mensaje del profeta.
Los defensores de la laicidad son fruto de sus propias sociedades. Y tampoco nada impide aprender de los demás. “Id en busca del conocimiento aunque sea en China”, dijo el profeta. La identidad cultural no se tambalea porque se impregna del otro, al contrario, la cristaliza y la enriquece.
La laicidad puede convertirse en un valor añadido al islam y preservarlo de los extremistas y los violentos. La secularización del Estado es el baluarte que podría amparar y proteger a todos los musulmanes y no musulmanes de las ovejas descarriadas.
(*) Houda Louassini es hispanista y traductora marroquí.

domingo, 15 de mayo de 2011

UN VIEJO ARCHIVO

ESTADOS Y CULTURA MUSULMANES
¿Cabe un Islam liberal?
Alberto Míguez

En un reciente discurso ante el American Enterprise Institute, el presidente George W. Bush asombró a sus oyentes cuando, al referirse a «la batalla por el futuro del mundo islámico», aseguró que «existen indicios esperanzadores de un deseo de libertad». «Desde Marruecos hasta Bahrein —añadió—, los países están tomando medidas verdaderas hacia la reforma política y económica». Para el presidente americano la derrota del régimen iraquí y la desaparición de Sadam Husein debería servir como «inspiración de libertad» para las restantes naciones musulmanas.
Tanto por el lugar donde estas palabras fueron pronunciadas —el templo del liberalismo norteamericano— como por el momento —la preguerra— muchos vieron en ellas el anuncio de un plan estratégico de la primera potencia para recomponer o remodelar la geoestrategia regional (Oriente Medio), donde conviven difícilmente países tan disímiles como Arabia Saudí, Siria, Irak, Palestina, Líbano o Kuwait. El común denominador de todos ellos es de carácter étnico y cultural (todos los árabes) pero, sobre todo, religioso: el Islam es la religión preponderante y casi exclusiva.
En la misma longitud de onda intelectual, Condoleeza Rice, la poderosa consejera de Seguridad Nacional del presidente, aseguraba días después que Irak, con una población instruida como la suya, era «capaz de iniciar la senda del desarrollo democrático». Son muchas las voces, dijo la señora Rice, que se elevan en el momento actual en todo el mundo árabe en favor de una reforma política y económica.
Qué reforma y quiénes podrán inspirarla son preguntas obligadas ante una visión tan optimista del futuro, precisamente cuando el horizonte regional y mundial aparece tan sombrío. Es obvio que para la política exterior americana —y europea, aunque en menor medida— la única reforma aceptable y viable es la que incide en la democracia representativa y parlamentaria, las libertades públicas, el respeto de los derechos humanos y la economía de libre mercado —es decir, lo que en Occidente se llama modernidad o incluso posmodernidad—.
Pero cómo hacer esta cesta sin mimbres, se preguntarán sin duda muchos en América y en Europa; cómo promover una reforma de estas características sin precursores ni gestores ni, aparentemente, fuerzas sociales que la sostengan. En un mundo islámico caracterizado — al menos, en la imagen más socorrida que Occidente tiene de él— por el fanatismo, la pobreza, la corrupción, la segregación y el odio al otro, parece un tanto ingenuo, por no decir inocente, creer que los heraldos modernizadores, liberales e ilustrados pueden improvisarse, emerger de la nada, reproducirse e imponerse en una sociedad anclada en los mitos más reaccionarios, una historia más o menos inventada y el resentimiento irreductible contra quienes no aceptan sus presupuestos culturales o religiosos.
La pregunta: ¿hay un Islam liberal?, deberá sin duda replantearse en el futuro porque constituye un dato esencial del futuro. O el Islam se incorpora al mundo o se convertirá en una rémora peligrosa que genere violencia y fanatismo.
Muchos han sido en el pasado los autores, especialistas o aficionados que abordaron este problema. No creo engañarme si digo que en el futuro serán muchos más si, como algunos creen, el crecimiento del fundamentalismo islámico se mantiene e intensifica. A estas alturas todo indica que, en efecto, esta deriva hacia el fanatismo excluyente será difícil de frenar si no se produce una reacción generalizada de las propias sociedades donde aumentan las corrientes islamistas más radicales. Pero ¿cómo promover esta reacción modernizadora precisamente cuando las sociedades islámicas se sienten atacadas por fuerzas exteriores, supuestamente hostiles?

ISLAM Y LIBERTAD
El malentendido histórico
MOHAMED CHARFI
Almed
Granada, 2001, 286 páginas
En un libro de lectura aconsejable titulado significativamente Islam y libertad, el político y escritor tunecino Mohamed Charfi asegura que las razones inspiradoras del fanatismo islámico se basan en un malentendido histórico que convendría desmontar, como es el del «retorno a un Estado islámico», un Estado que nunca existió sino como una ilusión milenarista e irracional que historiadores y científicos han intentado desacreditar en... Occidente, y que los teólogos y predicadores del Islam han exaltado y convertido en verdad revelada.
Es muy discutible, desde luego, que Mahoma hubiera creado un Estado aparte de una religión y una comunidad («umma») de fieles. «Difícilmente —escribió recientemente Jerónimo Páez—, ya que ni tuvo tiempo ni pudo ser consciente ni reguló la sucesión». Fue a partir de su muerte, al iniciarse la expansión árabe, cuando la religión islámica se identificó con el Estado: una simbiosis rechazada tajantemente por los librepensadores musulmanes —que existen, aunque sean rara avis como el ulema de la universidad de Al Azar de El Cairo, Alí Abderrazak, autor de un libro imprescindible, recientemente vertido al español: Los fundamentos del poder —. Este autor advierte que el Islam es sólo una religión y no regula las relaciones entre el poder político y los ciudadanos, un problema que el cristianismo resolvió, en su opinión, hace veinte siglos.
Tras la muerte del Profeta, las sociedades islámicas elaboraron una serie de códigos de conducta para regular las relaciones políticas reflejadas en la sharia o ley islámica, un conjunto de normas y prescripciones cuya lectura actual, por muy benévola que sea, difícilmente puede disimular su incompatibilidad con los derechos humanos, las libertades y la modernidad.


Les enfants de Rifaa
GUY SORMAN
Librairie Arthème Fayard
París, 2003, 370 páginas
El cristianismo, pese a etapas de oscurantismo y fanatismo indudables, pudo modernizarse y pasar, no sin fracturas ni dificultades, desde la Contrarreforma al Concilio Vaticano II. El liderazgo vaticano facilitó, pese a todo, la evolución y el aggiornamento. En el Islam no hay vaticanos ni pontífices y esto cercenó desde el principio la posibilidad de adaptarse a los nuevos tiempos. Ni evolución ni separación de poderes ni modernización económica y social: encerradas en sí mismas, ajenas a lo que era el mundo exterior, estas sociedades vivieron durante diez siglos en un universo autocentrado. Las consecuencias de una ausencia tan larga todavía se sienten hoy.
Coincido totalmente con el ya citado Jerónimo Páez —inventor y director de una obra singular, El legado andalusí— cuando escribe que, en Occidente, fueron necesarios varios siglos para crear sociedades prósperas y tolerantes y que, por desgracia, hoy no se dan en los países musulmanes las mejores condiciones para que prospere un Islam liberal. «En nada ayudan a ello, desde luego, la carrera de armamento, la explosión demográfica y la pobreza. Tampoco facilita el camino, sino todo lo contrario, el profundo trauma que sufre el mundo musulmán debido a la doble moral que practican algunas potencias occidentales en relación con Chechenia, Irak o Israel-Palestina». Todo eso crea, sin duda, resentimientos y fomenta todo tipo de fanatismos.
Un ensayista francés, Guy Sorman, acaba de plantear para el gran público el problema de la evolución del Islam, partiendo de una serie opiniones y percepcions polémicas —y, por tanto, de bastante interés—. El libro se titula Les enfants de Rifaa. Musulmans et modernes («Los hijos de Rifaa. Musulmanes y modernos»; París, 2003) y voy a hacer unos breves comentarios de él.
La tesis principal de Sorman es que en las sociedades musulmanas se enfrentan dos tendencias generales, imposibles de conciliar: el fanatismo integrista y el pensamiento modernizador y liberal. Unos —los integristas— han logrado notoriedad y fama gracias a la inocencia, cuando no la frivolidad, de los medios occidentales dispuestos siempre a utilizar los estereotipos para diagnosticar una realidad que conocen mal o que no conocen en absoluto. Lo contrario de lo que ocurre con los «musulmanes y modernos», los «aliados naturales» de Occidente, que luchan en solitario por modernizar unas sociedades que los persiguen o ignoran.
La primera paradoja que Sorman denuncia es que, siendo el islamismo fanático una «ideología moderna» (no tiene más de un siglo de existencia), y nacido de una relación conflictiva con la modernidad occidental, es capaz sin embargo de utilizar los medios de la ciencia occidental, sus instrumentos de comunicación, incluso sus armas de destrucción. Se aprovecha, pues, de la mundialización de los medios y recursos occidentales aunque, eso sí, rechaza lo que constituye la clave de la ciencia y la razón, que es la crítica como método.
El integrismo musulmán nacería precisamente del fracaso de las tentativas de conciliación del Islam y la modernidad, que varios países islámicos iniciarion a principios del siglo xx con la idea de reducir, de ese modo, la distancia que les separaba de Occidente.
La reactivación de estas tentativas en los últimos veinte años ha producido resultados todavía más decepcionantes. Así sucedió en países como Irán (un caso aparte, dadas las características culturales e históricas del chiismo), Sudán, Argelia o Afganistán.
En efecto, las utopías fundamentalistas hechas en nombre de la verdad revelada y de su reinterpretación integrista, condujeron al caótico, sangriento y deslavazado panorama que hoy conocemos y cuyo símbolo sería el régimen talibán de Afganistán. Pese al fracaso apabullante de estas tentativas, la fuerza de la utopía todavía alimenta a las muchedumbres de los países islámicos, convencidas de que «las condiciones históricas no son todavía las adecuadas» para instituir el «Estado islámico» que resolverá todos los problemas, permitirá el acceso a la prosperidad a través de la solidaridad y hará posible que la nación árabe, mediante «el Libro (Corán) y la espada», recupere el papel que desempeñó cuando se extendía desde la India hasta Andalucía.
La irracionalidad del proyecto —la fragilidad intelectual de los argumentos utilizados— quedan relegados a un segundo plano cuando los letrados, clérigos (cuando los hay), teólogos y comentaristas comprueban el fracaso e intentan explicarlo. Se culpa entonces a la maldad intrínseca de las otras civilizaciones (especialmente de la cristiana occidental) y a la corrupción de los gobernantes.
Claro que, advierte Sorman, la búsqueda de una vía que haga compatible la modernidad con el Islam no conduce obligatoriamente al fanatismo irracional. Hay otra vía que simboliza un pensador egipcio, Rifaa El Tahtawi, cuyo nombre da título al libro que comento.
En 1826 el pachá otomano de Egipto envió a veinticinco jóvenes príncipes a París con el objetivo concreto de descubrir los secretos de la superioridad técnica y científica de Occidente. Entre ellos se encontraba un estudiante de teología islámica, Rifaa El Tahtawi. Rifaa vivió en París entre 1826 y 1831 y allí descubrió que casi nada en el Corán impedía al mundo musulmán modernizase. A partir de ese momento dedicó su vida pública, como letrado y político, a introducir en el mundo árabe-musulmán las innovaciones y descubrimientos occidentales sin renunciar, sin embargo, a la revelación coránica.
Durante los cinco años que Rifaa vivió en París desarrolló una febril actividad intelectual y científica: conoció a los grandes orientalistas (Jomard, Silvestre de Sacy, etc.) y aprendió su lengua con rara facilidad. Pronto se abrieron ante él las puertas de los salones y de las Academias: era una curiosidad exótica y un tertuliano simpático. Pero su tarea más importante fue una suerte de enciclopedia, descripción sociológica y libro de viajes titulado El oro de París , la primera obra de un musulmán en la que se describía la sociedad occidental moderna.
El libro obtuvo una acogida contradictoria en el mundo árabe y sólo vio la luz en francés hace algunos años (1957, traducción de Anuar Louca), lo que no fue bastante para impedir al de otro modo sagaz por tantas razones, Ernest Renan, afirmar solemnemente, basándose en críticas periodísticas y referencias de segunda mano, que el Islam y la ciencia eran incompatibles. «El musulmán odia la ciencia», escribió el autor de La vida de Cristo, que a buen seguro no conocía la obra de Rifaa.
Porque éste demostraba precisamente lo contrario: que en el mundo musulmán había —y él era un ejemplo— gente interesada en la ciencia occidental y dispuesta a utilizarla para modernizar sus sociedades.
La historia de Rifaa y su gran aventura intelectual es larga y tal vez no valga la pena describirla con la minuciosidad que Sorman lo hace. Simplemente reseñemos que algunos lo consideran uno de los precursores del Renacimiento árabe, esa curiosa —y fallida— tentativa de adaptar a la modernidad unas estructuras culturales y mentales arcaicas. Y que en cierta medida su figura guarda ciertas semejanzas con la de Averroes.
Sorman cree que, en el mundo o mundos del Islam (hay cincuenta y siete países musulmanes y casi todos ellos son diferentes), Rifaa dejó herederos y que son ellos —intelectuales, profesores, técnicos, académicos, mujeres y hombres libres— quienes deberían promover la gran aventura modernizadora que evitaría el choque de civilizaciones, tantas veces vanamente citado desde que Huttington lo anunció con rara y simple oportunidad.
Para demostrarlo, el ensayista francés visitó los países más importantes del llamado mundo islámico, desde Egipto a Bangladesh pasando por Indonesia y Malasia, Irán, Turquía, Marruecos, Arabia Saudí, Argelia, etc. Resulta relativamente difícil sintetizar las amables y optimistas conclusiones del viajero que pretendía, con esa gira, contrarrestar la ignorancia y prepotencia intelectual con que frecuentemente en Occidente se juzga al mundo musulmán. Sorman enumera los avances tanto en el terreno intelectual como económico y social que descubre en muchos de estos países —¡incluida Arabia Saudita!, a cuya modernidad dedica un capítulo— y lo hace en un tono decididamente optimista, a veces un tanto superficial, aunque también describe y evalúa los avances indiscutibles del radicalismo fanático, el dogmatismo excluyente y el pensamiento único que existe, y cómo, en el Islam.
Tras describir, por ejemplo, la existencia y presencia de sectores modernizadores en Egipto señala que, si hubiera elecciones libres y transparentes —algo que no se produce en el país de los faraones desde hace muchos años y que es poco probable que en el futuro se hagan—, los islamistas ganarían por goleada. Lo mismo sucedería en Argelia si se permitiera al fis volver a las tribunas y mezquitas. O, me dicen, en Marruecos, donde el avance islamista es apabullante y, desde luego, debería ser fuente de preocupación para España y los españoles, aunque estos asuntos no afecten en demasía ni a políticos ni a los diplomáticos, como siempre en la inopia.
Sorman describe algo evidente que tal vez no justificase su largo viaje a través del Islam (semejante al que hizo Naipul, el premio Nobel, hace diez años) y que malamente apoya su tesis principal: que existen corrientes cada vez más significativas en las sociedades musulmanas, capaces de orientarlas hacia la reforma la libertad y la modernidad. Pero estas corrientes difícilmente podrían en el futuro cambiar el rostro y el alma de los cientos de hombres y mujeres que miran hacia Occidente (¿qué es el mundo musulmán sino un producto «occidental»?) entre fascinados y resentidos, extraña mezcla de atracción e inquina, admiración y resentimiento.
¿Un Islam liberal? No por ahora salvo que los dirigentes de los países musulmanes fuesen capaces de concertarse en una suerte de despotismo ilustrado pan árabe, algo totalmente ilusorio e inviable Como en la imagen de la botella medio llena o medio vacía, Sorman tiene razón en muchas de sus reflexiones y yerra en otras muchas.

Alberto Míguez.

(Cuando terminaba estas líneas el príncipe heredero saudí, Abadía Ben Abdelaziz, presentó ante la cumbre árabe de Charm El Cheick una «carta de reforma» que podría inscribirse en ese movimiento de modernización pendiente, mezcla de despotismo y oportunismo. La carta, como tantas otras cosas en el mundo musulmán, duerme el sueño de los justos. ¿Por cuánto tiempo?)

Fuente: Fuente: http://www.nuevarevista.net/nr_ultimo.htm

miércoles, 16 de marzo de 2011

UNA DE VARIAS LÍNEAS SOBRE EL ISLAM


EL UNIVERSAL, Caracas, 13 de Marzo de 2011
Los musulmanes como enigma
Un vistazo de los temores de un cristianismo que pierde su anterior seguridad...
ELÍAS PINO ITURRIETA

A mediados del siglo XV, Roma recomienda el rezo del Ángelus todos los días para evitar la llegada de un terrible agente de Satán que merodea la comarca de la cristiandad. ¿Cuál peligro se pretende entonces conjurar? Calixto III, alarmado por los éxitos de Mohamed II, implora el auxilio del creador frente a la amenaza otomana. Alemania no solo recibe entonces el consejo pontificio. También se familiariza con el sonido de la "campana de los turcos". Es una señal ordenada por Carlos V, que debe repetirse en todas las poblaciones cristianas, tanto católicas como protestantes, para recordar el inminente riesgo representado por el acecho de los heraldos del diablo. Un nuevo Papa, Pío V, ordena en 1571 la celebración de preces públicas mediante las cuales se procura el apoyo divino para la flota que debe enfrentarse con el Sultán. Después, cuando recibe las noticias de la batalla de Lepanto, crea la solemnidad de Nuestra Señora de las Victorias, también llamada fiesta del Rosario, que se convierte en una de las aglomeraciones más populares del catolicismo moderno.

Debido a la batalla de Lepanto se crea un imaginario capaz de prevalecer en la sensibilidad de los creyentes. Se multiplica la efigie de la Madre de Dios victoriosa del turco, se machacan alegorías de la cruz triunfante sobre la media luna y se establece la costumbre de los cantos de júbilo llamados epinicios, que se entonan en la proximidad de los templos y en el interior de las escuelas religiosas para congratularse por el declive de los pecadores venidos de Oriente. Después de la batalla por Viena, sucedida en 1683, el estandarte capturado al Gran Visir es llevado en procesión hasta el trono de Inocencio XI, quien ordena su ostentación en el portal de San Pedro. Además, el Pontífice establece la celebración de una fiesta de acción de gracias en honor del santo nombre de María, cada año treinta días después de los fastos de la Asunción y siempre en íntima relación con los éxitos frente a fuerzas del Islam. Se hace costumbre entonces la presencia de capellanes predicadores en las flotas cristianas, tanto cismáticas como fieles al Papado, en las cuales se describen las atrocidades de los mahometanos. El avance otomano se compara con las plagas medievales -epidemias, hambrunas, inundaciones e incendios- y se convoca a la penitencia para evitarlo.

Las disposiciones de las autoridades religiosas ensanchan los pavores frente al Islam, cuya cultura convierten en deplorable caricatura, y propician conductas de violencia y rechazo sobre las cuales abundan trabajos de notables historiadores. Sin embargo, tales actitudes no obedecen sólo a la influencia del Papa y del resto de la jerarquía. También los portavoces más esclarecidos de la cultura occidental en el comienzo de los tiempos modernos, profundizan la tendenciosa representación. Erasmo, por ejemplo, quien llama a los turcos "raza bárbara de oscuro origen" y solicita brazos para su combate. Igualmente Lutero, quien comienza una de sus famosas Proposiciones así: "Es una desgracia que nos sintamos tranquilos mirando al Turco como a un enemigo ordinario, tal como lo sería el rey de Francia o el rey de Inglaterra". Así mismo Grocio, quien en su célebre De veritate religionis christianae, texto de numerosas impresiones en varias lenguas, presenta las victorias de los turcos como castigo divino. Son luminarias del humanismo de su tiempo, traídas a colación para que se puedan calcular los alcances de una campaña y los corolarios de un convencimiento capaces de permanecer a través del tiempo en las respuestas de los fieles cristianos o en el talante de los lectores independientes.
La versión que se ha comentado no es única. Al contrario, otras voces fundamentales de la modernidad occidental manejan opiniones opuestas. Bodino, por ejemplo, quien habla de la sobriedad de los vasallos del Sultán. También Montaigne, quien escribe en sus Essais... sobre la potencia de los dominios turcos sin caer en descalificaciones. Igualmente el historiador Paolo Giovio, quien se atreve a asegurar en los círculos intelectuales y ante figuras del poder político que "Solimán está inclinado a la religión y a la liberalidad". Otra media docena de pensadores se aleja de la posición ortodoxa, pero sus integrantes no pueden prevalecer ante voceros de gran audiencia en las esferas culturales; ni frente a quienes pueden producir temores, como el Emperador y el Papa. No en balde refieren al poder otomano. En el siglo XVI ese poder está demasiado cerca, comienza en las playas del Adriático, pero forma parte de un antagonismo de mayor profundidad cuyo origen se encuentra en la etapa de la primera cruzada hacia Jerusalén, de la cual dependía la salvación del alma después de un baño de sangre.

No se ha intentado ahora sino un vistazo de los temores de un cristianismo que pierde su anterior seguridad mientras la dominación que ha propiciado recibe los embates de una amenaza de envergadura, la caída de Constantinopla. La inseguridad fabrica una interpretación cuyo alcance no se limita a convencer a los hombres de la época. Pretende permanencia y quizá sea tal pretensión la que nos nuble la vista ante los movimientos políticos que hoy suceden en el Medio Oriente justo cuando, otra vez, el cristianismo no las tiene todas consigo. De allí una distancia que no sólo es geográfica, sino también el resultado de una ausencia de conocimientos movida por antiguos prejuicios.

sábado, 5 de marzo de 2011

LIBIA (UNO)


EL NACIONAL - Miércoles 02 de Marzo de 2011 Opinión/9
El fantasma de Hegel
ANÍBAL ROMERO

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de Hegel. Comprobamos su aparición en la cobertura mediática de las sublevaciones del mundo árabe-islámico. Nadie pronosticó las rebeliones. Nadie sabe a dónde se dirigen. No obstante, las ilusiones vuelan como la lechuza de Hegel y su "astucia de la razón". Basta leer los editoriales de la prensa bienpensante: El País, The Guardian , Le Monde, The New York Times. Es como tomar un curso titulado "Hegel para principiantes", según el cual la historia marcha inexorablemente hacia la libertad, la razón impone su curso y todo lo que acontece, por confuso que luzca, contribuye al ideal supremo.

La verdad, no obstante, es que desconocemos el futuro rumbo de la historia. Los que se apegan al consuelo hegeliano consideran que, por ejemplo, Auschwitz y Treblinka cambiaron la naturaleza humana al revelarnos el mal sin límites y enseñarnos a no repetirlo. ¿Pero quién puede estar seguro de ello? Las amenazas de Ahmadinejad contra Israel y los judíos traen ecos de otros siglos, pero resultaría ingenuo e irresponsable tomarlas a la ligera.

Hace seis años, en el Líbano, grandes masas ocuparon las calles y poco tardó CNN en llevar sus cámaras a Beirut, proclamando el florecimiento de la democracia. Hoy Hezbolá, apoyado por Irán, domina el país. Lo que importa es qué pasará en Egipto, Libia, Bahrein, Yemen y el resto, cuando la prensa occidental se mueva a otro lado con sus simplificaciones y quimeras. En esos países no he visto rostros sino multitudes, no he palpado mensajes sino tumulto, no he percibido proyectos sino consignas.

Un poco de cautela debería acompañar nuestros juicios. Ignoro qué ocurrirá y sería grato ilusionarse, pero afortunadamente dejé de creer en las especulaciones de Hegel hace rato.

Recuerdo la campaña electoral de Barack Obama en 2008, cuando afirmó que él era un "espejo en el que cada cual ve lo que quiere ver". Así nos pasa con las sublevaciones en Egipto, Libia y otros lugares: vemos lo que deseamos ver y creo que sólo rozamos la superficie. Tal es el destino de un espejismo.

Destaquemos lo esencial: se fragmenta gradualmente en el Medio Oriente una estructura geopolítica clave para Occidente durante sesenta años.

Washington está perdido y sin brújula. La política reactiva y acrobática de Obama pone de manifiesto que con el fin de la URSS y luego de su irresolución en Irak y Afganistán, Estados Unidos carece de sentido de dirección estratégica y atraviesa una etapa de profundo debilitamiento psicológico.

No pocos olvidan que sólo meses después del derrocamiento de Sadam Hussein, un aterrorizado Gadafi depuso sus armas de destrucción masiva y proyectos nucleares, que ahora se encuentran depositados en una base militar norteamericana. ¡Qué habría hecho Gadafi si poseyese un arsenal químico, biológico o quizás nuclear! Entretanto, el Irán radical avanza. Tiene problemas, pero no provienen de Twitter y Facebook sino de la pobreza y el resentimiento. Los verdaderos revolucionarios en Teherán son fanáticos y no atienden razones. Hegel se frustraría ante Ahmadinejad.

Estas son mis conjeturas: No estamos frente al despliegue del Espíritu Absoluto hegeliano en el mundo árabe-islámico. Contemplamos el desmembramiento de precarias estructuras geopolíticas y su parcial sustitución por otras, lo que revela la decadencia del imperio estadounidense en manos de un Presidente inexperto, incapaz de suscitar miedo en sus adversarios o lealtad en sus aliados. Con amigos como Obama, ¿quién necesita enemigos?

lunes, 28 de febrero de 2011

ISLAMIDAD (ES)


EL UNIVERSAL, Caracas, 27/02/11
Occidente y el Islam
La Infinitud de la Conciencia es el comienzo en el proceso de descubrir la profundidad de Lo Humano

Un amigo muy querido, aludiendo a mi artículo anterior, me critica afectuosamente: "¿Qué se hicieron tus durísimas críticas a la Civilización Occidental? ¿Cómo es que vas a salir ahora a cantarle loas cuando tienes tanto tiempo agrediéndola?". Mi respuesta fue, por supuesto, automática: ¡Depende de con qué la comparemos! Mantengo intactas mis críticas, pero frente al Islam, el traumático Desarrollo Espiritual que ha logrado Occidente -así, tal como es, profundamente lamentable- es por demás loable. Sus limitaciones pueden resultarnos más tragables. Pero, olvidémonos de ambas deficiencias y regodeémonos un poco en los formidables logros que, para nosotros, se derivaron de esa fusión de la Filosofía Griega, el Judeocristianismo, el Libre Albedrío, los derechos civiles y políticos de los ciudadanos, los derechos sociales, el sindicalismo, los partidos políticos, la libertad de expresión, la Revolución Francesa, la abundancia generada por la Economía de Mercado y el Capitalismo, las ventajas de la Democracia, la Igualdad, los Derechos Humanos, la posibilidad de criticarnos abierta y mutuamente, la hermenéutica, la heurística, las sucesivas aperturas del arte, etc.

Resumamos ese regodeo en los logros de Occidente en un segundo elemento, superior en su fuerza a la Autonomía de la Conciencia Individual que destacamos la semana pasada. Un segundo componente que refuerza nuestra visión de Lo Humano: ¡La Infinitud de la Conciencia Individual! Ese mundo etéreo, absolutamente inescrutable y misterioso... pero que podemos sentir en algún lugar entre nuestros parietales -o donde quiera que habite el Espíritu- con una certeza mucho más profunda que aquella con la que sentimos nuestras manos o nuestros codos. Lo esencial y lo maravilloso de Lo Humano, repetimos, no es tanto la Autonomía de la Conciencia Individual, ¡sino la Infinitud de dicha Autonomía! Esa condición nuestra que tiene una vertiente nefasta, porque ella fácilmente se convierte en la aterradora Libertad Absoluta; pero que es, al mismo tiempo, nuestra mejor posibilidad de sentir a Dios, de acercarnos a Él.

Pero la Infinitud de nuestra Conciencia es apenas el comienzo -o un paso más- en el maravilloso proceso de descubrir la profundidad de Lo Humano. Porque lo esencial en nosotros no es ni la Libertad ni la Infinitud de la Libertad ¡sino la Capacidad de Crear, nuestra indudable Capacidad de Crear! De la única forma que se puede crear: a partir de la Nada. La capacidad increíble que tenemos de poner en la Realidad "Realidades" que no estaban de ninguna manera en ella, que emergen sin lugar a dudas de ese Infinito y de ese Absoluto que reside en algún sitio ubicado entre el frontal y el occipital. Podemos perdonar una ofensa, vengarnos o mentir, cuando podríamos hacer, en cada caso, exactamente lo contrario, con exactamente el mismo contexto, las mismas razones y la misma rabia. Y todas esas decisiones -siempre una u otra, la buena o la mala, la noble o la innoble- pudieran ser intrascendentes, pero pudieran también cambiarnos radicalmente la vida. Kadafi podría, ahora mismo, asumir -o imponerse a sí mismo- que todo terminó para él, recoger sus realitos e irse a morir tranquilo en algún país amigo, ¡pero podría también seguir masacrando a los libios! Porque él, igual que cada uno de nosotros, tiene la posibilidad de Crear la Realidad. Una dimensión humana infinitamente superior a la simple Libertad. Una aproximación a la noción de Dios mucho más hermosa que esa que permite que a un niño, en la plaza pública, le corten una mano por robarse una naranja.

Ilustración: http://politicamenteconservador.blogia.com/temas/conociendo-al-islam.php

jueves, 24 de febrero de 2011

UNA INTERROGANTE DE HONDURA (INADVERTIDA)


EL UNIVERSAL, Caracas, 20 de Febrero de 2011
¿Libertad Individual Islámica?
La posibilidad -¡o el sueño!- de que el Mundo Islámico desarrolle la noción de Libertad Individual
EMETERIO GÓMEZ

Lo que está ocurriendo en el Mundo Islámico, es una magnífica oportunidad para reflexionar... ¡¡sobre la Civilización Occidental!! Sobre el inmenso y radical proceso de transformación que Occidente produjo entre el siglo XVI y el XVIII. Esa hecatombe política, jurídica, económica, religiosa y científico-tecnológica que -en esos 300 años- cambió drásticamente una sociedad dogmática, aristocrática, fundamentalista y fanática, en otra democrática, libertaria, igualitaria, regida por el derecho y, lo esencial, constituida sobre la Autonomía de la Conciencia Individual. No hay que hacerse muchas ilusiones con lo que pueda pasar en el Islam, pero los cambios que allí ¡¡no ocurran!!, son una magnífica oportunidad para evaluar los que sí ocurrieron en Occidente en aquellos fértiles 300 años conocidos como la Modernidad. Nada como compararnos con lo que hoy son y con lo que podrían ser los musulmanes, para sentir profundamente -no tanto para comprender conceptualmente, sino para sentir a fondo, para valorar- el impacto positivo de aquellos tres siglos.

Un primer componente a analizar -pero sobre el que no me detendré- es, por supuesto, la Democracia. No sólo por lo del Gobierno del Pueblo, sino por lo que atañe al Gobierno Electo, a la posibilidad de que la sociedad elija a sus gobernantes. Realidad esta, estrictamente ligada al Derecho, a la Libertad de los ciudadanos respecto del Estado y, tal vez lo más importante, una sociedad fundada en la Igualdad, por lo menos ante la Ley. Un fenómeno que en los dos últimos siglos ha avanzado de manera sustancial desde la Igualdad formal, a la Igualdad real y material. ¡Por mucho que la pobreza siga estando allí!

Todo ello es muy importante, pero el núcleo de este artículo es la posibilidad -¡o el sueño!- de que el Mundo Islámico desarrolle la noción de Libertad Individual. Vista ésta, no sólo como libertad jurídica, política o económica, sino como la Autonomía de la Conciencia Individual. Como el logro más elevado de Occidente: la constitución o fundamentación de Lo Humano, no a partir de la naturaleza, la razón, la sociedad, Dios, los dogmas religiosos, el Estado, el derecho o la cultura, sino a partir de la mencionada Autonomía. Nada más fértil para comprender la importancia de ésta y de la Libertad Individual a ella adscrita, que compararnos con esos seres humanos aplastados por el Islam. Nada ayuda más a intuir lo que somos, que cotejar nuestra dimensión espiritual absolutamente libre con la negación radical de la Libertad y de lo Individual que a los musulmanes les impone la sumisión a Dios.

Por mucho que esa Autonomía de la Conciencia Individual -que Occidente intentó desarrollar entre el siglo XVI y el XVIII- se frustrara en los dos siguientes; por más que ello desembocase en la profunda crisis que hoy vivimos, y que nuestra idolatrada Libertad Individual, la Moralidad y la Espiritualidad fuesen aplastadas por la Racionalidad, la Ciencia y la Tecnología, por más que todo ello haya desembocado en el Holocausto, el Nazifascismo, el Comunismo -y, lo esencial, en la estúpida posibilidad de una guerra nuclear-, nada nos impide aprovechar este sacudón de la Cultura Islámica para sentir y disfrutar esa cosa maravillosa que es la Libertad Individual y, tras ella, la Autonomía de nuestra Conciencia, la certeza de que Lo Humano es absolutamente independiente de la Naturaleza, la Sociedad y el Estado. Y, finalmente, "lo máximo": ¡¡Que la noción de Dios y la Religiosidad se pueden reconstruir y relanzar a partir de la Infinitud Absoluta de nuestro Espíritu!!

Ilustración: Pedro León Zapata (El Nacional, Caracas, 23/02/11)

¿CHOCAN LOS FANTASMAS?


El Nacional - Sábado 05 de Agosto de 2006 S/4 / Papel Literario
LA VIDA ESTÁ EN OTRA PARTE
Nuevos viejos fantasmas
Melina Graves

Un fantasma recorre el mundo: es el fantasma del choque de civilizaciones. En 1993, Samuel Huntington publicó el célebre artículo (que luego se ampliaría en célebre libro) en el que pronosticaba que los futuros choques en política internacional estarían signados por las irreconciliables diferencias culturales de bloques antagónicos: "Los estados-nación seguirán siendo los actores más poderosos del panorama internacional --dice Huntington--, pero los principales conflictos de la política global ocurrirán entre naciones y grupos de naciones pertenecientes a diferentes civilizaciones. El choque de civilizaciones dominará la política global. Las fallas entre las civilizaciones serán los frentes de batalla del futuro". En particular, Huntington hacía referencia a las contradicciones entre oriente y occidente, que representarían la mayor amenaza para el futuro de la humanidad. Las hipótesis de Huntington fueron blanco de críticas certeras: los bloques de civilización a los que hace referencia no son homogéneos al interior, supuestas culturas antagónicas, como las que se ven en Estados Unidos y Japón, son aliadas y no enemigas, la influencia occidental ha logrado penetrar en culturas no occidentales, lo que daría por tierra con la idea de bloques articulados de una vez y para siempre y armados para la guerra con el Otro... Pero, sobre todo, la crítica más aguda que ha recibido Huntington tiene que ver con la consecuencia política que su propuesta disimula débilmente: todos los occidentales deberíamos alinearnos detrás de Estados Unidos, país líder del bloque, único con el presupuesto y la tecnología adecuada para hacer frente a la zona oriental-musulmana que amenaza con destruirnos: esta es una lucha a matar o morir, no hay otra alternativa.

El 11-S y los otros atentados asociados, la invasión a Afganistán e Irak y las discusiones sobre "el eje del mal", pusieron de nuevo sobre el tapete los problemas del choque de civilizaciones. Y el nuevo conflicto entre Israel y el Hezbollah (el "Partido de Dios", literalmente) instalado en Líbano vuelve a pensarse en esta clave. Nadie en el mundo occidental con cierta información básica sobre la cuestión se atrevió a criticar el comienzo de las acciones israelíes contra el Líbano. Desde 2000, cuando Israel se retiró unilateralmente del Líbano, la frontera había estado completamente fría y tranquila. Luego del secuestro de dos soldados israelíes y del lanzamiento de misiles por parte del Hezbollah hacia el norte de Israel, todos consideraron sensato que Israel atacara. Inclusive Amos Oz, reconocido adalid del movimiento pacifista, a favor de la integración, el contacto y la negociación con el mundo musulmán, afirma que "Esta sí es una guerra justa": "Esta vez la guerra no es por la expansión ni la colonización por parte de Israel. No hay ningún territorio libanés ocupado por los israelíes. Tampoco reclamos territoriales de uno ni de otro", describe Oz.

Con el correr de los días, los cuestionamientos florecieron, a veces acompañados por discursos antisemitas y antisionistas: el problema era el de la proporción, porque, con el objetivo de destruir al Hezbollah, Israel bombardeó zonas civiles y muchos libaneses cayeron víctimas de una disputa en la que no tenían arte ni parte. En este contexto, se alega también que el número de muertos en Israel es insignificante en comparación con lo que pasa al otro lado de la frontera, con lo que los misiles de Hezbollah serían bombas de flaco poder, casi unas inocentes cosquillas frente al arsenal bélico israelí. Por supuesto, estos argumentos olvidan (u omiten deliberadamente), que el estado de Israel, en guerra histórica desde antes de su constitución, tiene una fina organización de refugios antibombas y aceitados planes de evacuación que la población sigue disciplinadamente. Por el contrario, Beirut es caos: las personas no saben dónde correr (su gobierno no sabe orientarlos), y si lo supieran no podrían salir del país, puesto que los únicos que han dispuesto la salida de civiles son las embajadas o instituciones internacionales que sólo conceden la bondad de sus helicópteros o barcos a los felices poseedores de pasaportes extranjeros. Así, los libaneses comunes, abandonados a su suerte, son las verdaderas víctimas, los escudos humanos de un ataque que comenzó con un sentido defensivo y que hoy parece estar fuera de cualquier control posible.

Algunos siguen hoy respaldando la práctica de una guerra contra el terrorismo a cualquier precio y caiga quien caiga. En la línea de Huntington, el profesor de Historia Islámica Moshé Sharon, por ejemplo, indica que "El Islam nace con la idea de que debe gobernarse al mundo (...) la guerra continuará hasta que todo se someta al dominio y soberanía del Islam. (...) La guerra está allí porque Alá lo diseño así. El Islam debe regir, someter y gobernar. (...) En el Islam la paz sólo puede existir dentro del mismo mundo islámico; hay paz sólo entre musulmanes". Si bien Sharon aclara que estas concepciones belicistas serían patrimonio de una facción del Islam, y que de ninguna manera se pretende que todos los musulmanes adhieran a estas ideas, lo cierto es que en Oriente, de a poco, los grupos fundamentalistas radicales van accediendo a puestos de poder: Hamas en Palestina, Ahmadineyad en Irán, democráticamente elegidos por el "pueblo", son ejemplos de gran envergadura.

Es imposible, sin embargo, aceptar que esta situación esté dada y se continuará de manera homogénea y vacía: si es así, si lo que explica Sharon es lo único verdadero y la hipótesis de Huntington es cierta, más vale que Israel guarde sus misiles y que los estadounidenses se escondan bajo la cama: si el fundamentalismo ha vencido, la guerra está perdida, porque el soldado musulmán será un mártir, feliz de morir al servicio de una fuerza militar divina que lucha por difundir la cultura del Islam. Entonces, si un bloque (el occidental) hace un culto del valor de la vida por sobre todo, y el otro (el oriental-musulmán) celebra al Atten täter y a la muerte en general, las armas conjuntas de todo occidente serán inútiles. Y es por esto que las hostilidades, de ambos lados, deben cesar ya. Incluso en este momento de crítica desesperación, hay que apostar a lo que hoy parece una vetusta diplomacia internacional, al diálogo que permita deconstruir el aparato de la fuerza del choque de civilizaciones y buscar, como pedía Benjamin casi frente al suicidio, el pensar una historia a contrapelo, alguna alternativa para la palabra que logre inmovilizar la guerra. Si los organismos internacionales se quedan callados o lanzan comunicados fútiles, si la prensa se limita al reporte de historias de vida sumidas tras el umbral de la miseria y la destrucción, si la sociedad se queda en la comodidad del ataque antjudío/antisionista o antimusulmán, la guerra se abrirá paso sin obstáculos. Hannah Arendt ya dijo que que "sólo la pura violencia es muda, razón por la que nunca puede ser grande". Es cierto, sólo las personas podemos ser grandes, anudando ya palabras con acción política para salvarnos de este Apocalipsis temprano.