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martes, 25 de febrero de 2020

ALGO MÁS QUE UN TEMPORAL

Los rostros de la decadencia
Asdrúbal Aguiar

Hace 27 años Samuel Hungtinton escribe su ensayo seminal ¿Choque de civilizaciones?, acaso como explicación de lo que imagina se hará realidad en lo sucesivo y concluye, antes bien, en el fenómeno de la autodestrucción.

Al perder los Estados las bases de sustentación de su poder histórico como la unidad de las gentes varias y dispersas dentro de territorios comunes, luego del ingreso a la sociedad de la información y de la inteligencia artificial, quedan al descubierto e intentan sobrevivir, en su defecto, las civilizaciones raizales subyacentes. Ser musulmán o judeocristiano, o confucionista, se supone para Hungtinton como lo definitorio del nuevo marco de las relaciones globales una vez llegado el siglo XXI.

De que la historia, que se nutre del tiempo y cuyos proventos germinan en los espacios llega a su final, es lo que predica Francis Fukuyama. Y que lo teóricamente deseable es el diálogo o la “alianza entre civilizaciones” como fuera posible en 1948 cuando se adopta la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, nadie lo pone en duda; pero ni parece que sobrevivirán las civilizaciones –al menos la judeocristiana– ni promete nada el diálogo que propone ante la ONU el tristemente célebre José Luis Rodríguez Zapatero.

Reclama España, en 2005, la comprensión recíproca entre el Occidente y el islamismo, sobre una mesa de platos envenenados. Busca adormecer o adormecerse, neutralizar al primero mientras los musulmanes ganan terreno y avanzan. Tras las ideas de la amistad entre las culturas y la consolidación de la paz apenas le interesa ponerles freno a los norteamericanos, por depositarios de parte de la civilización judeocristiana y a quienes acusa de alimentar el militarismo y los males que sufre la humanidad.

El resultado está a la vista

Los musulmanes, quienes aún se destruyen entre ellos –chiitas contra sunitas– invaden los suelos del Occidente a marcha forzada como en el año 711 d.C., siguen violentando a sus propias mujeres y practicando la pederastia como parte de sus tradiciones, mientras los chinos, cultores del confucianismo asumen la economía liberal y de mercado sin renunciar a su genética paternalista, negadora de las libertades fundamentales. Entre tanto, los cristianos, como Saturno, devoramos nuestro futuro y callamos lo anterior.

Muy atrás, como antigualla queda así cuanto constata Jacques Maritain durante la reunión de la Comisión Nacional francesa de la Unesco que evalúa la citada Declaración Universal: “Alguien manifestó su extrañeza al ver que ciertos defensores de ideologías violentamente opuestas se habían puesto de acuerdo para redactar una lista de derechos. «Claro –replicaron ellos– estamos de acuerdo en esos derechos a condición de que no se nos pregunte por qué»”.

Lo paradójico es que luego del portazo islámico sobre el Occidente, cuando se derriban las Torres Gemelas de Nueva York, símbolo del capitalismo cristiano y se cierra, es verdad, el ciclo de las relaciones y confrontaciones entre Estados que viene desde 1648, la propuesta “onusiana” de la alianza entre civilizaciones como distractor deja de lado lo esencial. Valora más conjugar en clave antinorteamericana y avanzar, ahora, hacia la destrucción de los sólidos romanos. El filme Dos Papas no es ingenuo al respecto.

Lo destacable, sin embargo y como lo apunta Niall Ferguson en 2006, es la “civilización de conflictos” del mundo árabe, la propensión de su cultura política a resolver las disputas mediante la violencia y no a través de la negociación”. Lo constatable, asímismo, es que mientras una parte de los occidentales saluda y aplaude las alianzas con el mundo chino y musulmán, todos a uno se avergüenzan de sus propias raíces y las ocultan con vergüenza, comenzando por el señor Zapatero y sus muñecos de ventrílocuo, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Las Tablas de la Ley, destruidas hace 3.500 años por Moisés y no por ello desaparecidas sus prescripciones, pues son las leyes universales de la decencia humana, en suma, cristalizan en los derechos humanos que consagra el texto mencionado de 1948. Es el denominador común que ahora pisotean y relativizan los traficantes de ilusiones en Cuba, Venezuela, Nicaragua, la señalada España y sus aliados en el Lejano Oriente y en el Oriente Medio.

Que Donald Trump, sin relevarle de pecados, reivindique la defensa de lo nativo se presenta como escandaloso, obviamente. Que se obligue a las escuelas españolas retirar los crucifijos o que los alemanes de izquierda protesten a Benedicto XVI por hablar ante el Parlamento y exigir la defensa del Estado liberal y democrático de Derecho en 2011 antes de su renuncia, se presenta como un signo de tolerancia.

Papa Francisco, por si faltasen las sorpresas, habla: “No estamos más en la cristiandad. Hoy no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados… No estamos ya en un régimen de cristianismo, porque la fe –especialmente en Europa, pero incluso en gran parte de Occidente– ya no constituye un presupuesto obvio de la vida en común…”.

“Una civilización –lo precisa con lucidez y sensiblemente un ateo, en su Breviario de podredumbre – comienza a decaer a partir del momento en que la vida –el vivir para la experiencia instantánea y narcisista, agrego yo– se convierte en su única obsesión. Las épocas de apogeo cultivan los valores por sí mismos: la vida no es más que un medio de realizarlos”. En “el crepúsculo, usados y derrotados, son abolidos”, es la sentencia lapidaria de Cioran.

Fuente:
Ilustración: Melita Denaro.

viernes, 13 de julio de 2018

TERRITORIO DE CONQUISTA

EL NACIONAL, Caracas, 11 de julio de 2018
Ética aplicada
Elio Pepe Trifance

Con el sentido analítico aplicado por el Centro Hastings en 1969 y por el Instituto de Ética Georgetown’s Kennedy en 1970, se comienza a tratar la ética en sus especificaciones de política pública, que establece las tipificaciones del desarrollo objeto de las preocupaciones fundamentales de un gobierno democrático.

Profundizando aspectos ya considerados por Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein y Gottlob Frege, en Principia ética de 1997, George Edward Moore demuestra que se han confundido lo extrínseco con lo intrínseco, los medios con los fines. Nace la “falacia naturalista” por la cual tanto las teorías naturalistas como la metafísica de la ética han atribuido el valor del bien en sí a los objetivos de lo bueno, lo suprasensible, lo útil, el placer.

En los cálculos probabilísticos para la solución de problemas, Moore afirma que “la relación de la parte con el todo no es la misma que la del todo con la parte”, de modo que las combinaciones entre una serie de bienes o males intrínsecos hacen posible la “idea de libertad” ínsita en la acción determinada por el libre albedrío del hombre, máxime si este es responsable del gobierno del Estado, de modo que el concepto que de ella tienen los políticos determina el nivel de la democracia y de la participación de los ciudadanos, su organización social, su relación con el Estado.

Es oportuno precisar que el sentido comparativo (mejor que, peor que) y superlativo (lo mejor, lo peor), mediante la existencia de escalas de grado en lo bueno y lo malo, dispone condiciones de indeterminación, a pesar de que tanto el bien como el mal quedan precisados por el nivel que respectivamente los califica.

Estas premisas de carácter filosófico permiten definir la ética aplicada en el desarrollo como reflexión sobre medios y fines para los cambios socioeconómicos que las diversas políticas pueden resguardar. Se crea una sustancial diferencia entre la relación de los valores propios del desarrollo, la defensa de las teorías básicas normativas del modelo escogido, la funcionalidad de las decisiones adoptadas. Derivan las características de la relación entre naturaleza e historia que distinguen la ética de los países desarrollados de la aplicada por los países emergentes o subdesarrollados.

David Krocker (2004) precisa que la ética debe acompañar las reflexiones sobre los fines y medios utilizables en los cambios económicos y sociales de los países pobres o, añadimos, que han sido reducidos a la condición de pobreza por la conducción política, económica y social aplicada por gobiernos preocupados por detener el poder a espalda de las necesidades básicas y los derechos humanos de la población.

Pero ni la historia ha terminado ni la ideología ha muerto, por lo cual Kjell Magne Bondevik (2003), en la perspectiva del Club de Madrid, y superando la concepción kantiana, niega la posibilidad de que el mundo sea regido solo por intereses económicos y formula la hipótesis de que los principios éticos y los valores y derechos humanos, la protección del ambiente y la solidaridad se pueden convertir en una fuente de movilización política para determinar la tipología del desarrollo y así contribuir al cambio socioeconómico.

La injusticia presente en grados y formas diferentes en cada nación, el aumento generalizado de la pobreza como síntoma emblemático en la conducción política y económica del caso venezolano en la historia de las naciones de los últimos dos siglos, si a alguna circunstancia se puede atribuir es al uso intensivo de la tecnología; en la situación específica emerge por la visible incapacidad de las instituciones para aplicar las normas que permitirían combatirla. Se contrapone la necesidad de que el desarrollo se haga constante en el tiempo y se precisa la aplicación de la ética propia para promover, formar y consolidar en el comportamiento de la dirigencia política y en el desenvolvimiento de la vida de cada día, la “conciencia ética” de cada ciudadano y de la sociedad en su conjunto.

De este modo, los actores institucionales, el gobierno, las empresas, los sindicados de trabajadores y los gremios profesionales, la sociedad civil, la misma Iglesia católica y las otras confesiones religiosas, en el ámbito de las respectivas competencias, adquieren precisas responsabilidades hacia la recuperación interna e internacional del país. Es ilusorio que esta se pueda averiguar sin el aporte de un análisis previo del estatus presente, del nivel de la propia evolución o involución política, económica y social, de las causas del deterioro del desarrollo, de las condiciones de disfuncionalidad de las empresas públicas y privadas, al contrario, es preciso indicar formas, modalidades y medios que pueden permitirla a través de las acciones consecuentes para producir el cambio.

En particular, cada quien con su propia identidad e idiosincrasia, y en las formas y modalidades definidas por la ley, gobierno y oposición, deberían enfrentar y solucionar los problemas de la justicia y de la exclusión, de la deuda y de la inflación, de las inversiones productivas para reducir el desempleo, aumentar la demanda, eliminar la especulación, estabilizar la economía; la Asamblea Nacional tendría que legislar para la adecuación, vigilar al Poder Ejecutivo según lo establecido en la Constitución, promover y defender en cualquier instancia los derechos humanos, crear enlaces dialógicos entre las partes sociales y el Estado en el marco definido por la ética del comportamiento.

Pero el Estado-nación ha perdido cualquier credibilidad nacional e internacional y se ha transformado en territorio de conquista de los narcotraficantes y del extranjero: independientemente de quien esté interesado en realizar dicha conquista para perseguir finalidades explícitas y ocultas relacionadas con la opción política que representa, queda para Venezuela solo la perspectiva de ser transformada en la nueva colonia de América Latina del siglo XXI, una condición que niega los valores de la lucha liberadora descrita por los padres de la patria y que anula los sacrificios constantes realizados por los ciudadanos en el curso de la historia para la emancipación individual y colectiva conquistada en los procesos de transición que han caracterizado a la civilización de la sociedad venezolana.

Es exigencia de la ética aplicada para recuperar la identidad y soberanía nacional, tanto en el contexto de las naciones como en el comportamiento con los organismos internacionales mediante la tipificación del desarrollo, la búsqueda de la recomposición de condiciones aceptables de vida para cada ciudadano, la consecución de un moderno funcionamiento y la organización de las estructuras de la sociedad, que si bien descansan en la voluntad política, tienen raíces en los profundos cambios ideológicos y programáticos de la economía, de la sociología, de la cultura.

No es utopía pregonar un nuevo comportamiento de la sociedad entera en el modo de concebir la política, lo jurídico, la economía, pero bajo un enfoque ético y humanístico, más cónsono con el intento de encontrar proposiciones de evaluación y de alternativas sociales que aseguren una evolución positiva del ser del hombre, en conformidad con los valores y principios definidos en la Constitución de la República.

Es nuestra obligación seguir los acontecimientos con sentido hermenéutico, es decir mediante un racionalismo evolutivo que, más allá de los postulados por la Escuela de Frankfurt, se fundamenta en el puro pragmatismo: el soporte teórico será utilizado para definir los aportes de las diferentes realidades históricas con las reflexiones que serán permitidas por los conceptos de razón instrumental y objetiva. Este es el camino analítico que indicamos para estructurar una formulación ética de la política y que intentaremos seguir en los límites de nuestro conocimiento.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/etica-aplicada_243329
Fotografía:
http://www.novacorrientes.com/nota.asp?n=2017_7_20&id=33974&id_tiponota=24

domingo, 19 de junio de 2016

DE LA INVOLUCIÓN DEL ESTADO NACIONAL



Territorio y Estado Cuartel

Luis Barragán

Extremada la noción de enemigo interno, gracias a la lamentable versión de la doctrina de seguridad nacional que cursa en nuestro país, cobra importancia una distinción frecuentemente inadvertida en relación al Estado Nacional.  Éste, tiende a una involución de aparente resistencia frente a la globalización que tarda, pero llegará, mientras no logre adecuarse a  los viejos y nuevos intereses del poder directamente usufructuario de las circunstancias, en contraste con lo que ocurre en otras latitudes, evolucionando con cautela en el marco de un irreversible proceso.

Una básica aproximación, da cuenta de los elementos existenciales del Estado que expresan las tensiones de uno y otro estadio. Por lo que respecta a la población, por ejemplo, el desplazamiento forzoso y desesperado para buscar nuevas oportunidades literalmente de vida, dentro o fuera de las fronteras, siendo altísimas las tasas de  muertes violentas en Venezuela,  en nada abona al que libre y voluntariamente se conoce en otros países, sin perder un ápice de las oportunidades que ofrezca el propio. O del poder agresivo, arbitrario y cada vez más concentrado, lejos del mismo garantismo que cobra fuerza allende la mar. Sin embargo, la más sentida ironía del Estado Cuartel está en el territorio.

Fronteras adentro, el Estado ha perdido el control del territorio nacional a manos del hampa, en el supuesto de que deseara ejercerlo,  porque – ciertamente – ha permitido la consolidación de una suerte de Ciudades-Estados, temidas e inexpugnables, donde los colectivos armados y grupos delictivos afines, deciden, incluso, hasta los llamados  toque de queda.  Y es que, al parecer, el Estado entiende como territorio sólo el que declara formalmente como  de seguridad militar, segregando al resto de la población y, aún así, excediéndose en las áreas,  ofrece la curiosa contraposición entre la insegura y desaseada Plaza Madariaga al oeste caraqueño, y la Plaza Altamira al este, más segura y limpía bajo la administración civil.

Fronteras afuera, el Estado Cuartel luce indiferente ante el diferendo territorial con los países vecinos, apostando por un apoyo que lo lleva a postergar u olvidar cualesquiera reclamaciones y, faltando poco, indolente ante las incursiones irregulares de fuerzas extrañas. No sólo desmiente la presencia de las guerrillas que, desde hace más de década y media, se hacen sentir al occidente y sur del país, sino que, apartando las actividades mineras y otras de muy dudosa legitimidad, revela una actitud entreguista hacia el oriente.

Perversión de la necesidad, justificación y desarrollo profesional de la institución castrense, el militarismo y la sociedad militarizada vela únicamente y sirve desde el territorio indispensable para el poder establecido. Una somera revisión del proyecto de reforma constitucional de Chávez Frías exhibe esta intención y propósito que, a pesar del fracaso comicial que conoció, se ha impuesto por la vía de los hechos y del fraude normativo. 

lunes, 12 de octubre de 2015

DESESTATIZARSE, ULTRAESTATIZÁNDOSE

De la otra información: la de Estado
Luis Barragán


El Estado Nacional trajo consigo el perfeccionamiento eficaz en la búsqueda e interpretación de la información relacionada con su preservación, que es – propiamente -  la de sus primarios elementos existenciales: territorio, población y poder. Los servicios de inteligencia y de contra-inteligencia prosperaron en forma desigual, consumiendo grandes recursos, que ameritaron del control simultáneo o posterior de la ciudadanía, en los países de convincente vida democrática, mientras que en otros, debieron soportarlo como expresión emblemática de una tiranía, cuyo único interés fue el de sobrevivir a cualquier precio: sobran los testimonios, todavía vigentes,   en uno y en otro sentido.

Que sepamos, hay parlamentos que cuentan con sendas comisiones especializadas para ejercer el control de las agencias de seguridad, velando porque – sencillamente – lo sean, evitando los abusos o desviaciones de poder y, en todo caso, existiendo la posibilidad de limitarlos a través de la consideración y aprobación anual del presupuesto público. Potencias nucleares que generan y cotizan una información vital, deben lidiar – además – con fenómenos como WikiLeaks, afrontando la todavía inconclusa y costosa polémica en torno a las libertades.

En buena parte del planeta, tales controles y desafíos no existen, porque – puede aseverarse – son las propias agencias o servicios de seguridad las que gobiernan, ya que los regímenes a los que sirven no se explican sin ellas, gozando – por decir lo menos – de una inmensa discrecionalidad. Frecuente y directamente gobiernan quienes las dominan previamente, convertidos en los zares de la política – además – prebendaría que dice darle prestancia a la extorsión, versionándose en los niveles medios y más básicos.

Nos llama poderosamente la atención el control democrático posterior de las labores de tales agencias o servicios que se traduce en la tardía publicación de sus documentos, faltando aún otros mecanismos eficientes, provocando la sanción moral que alguna incidencia tiene en el mantenimiento y prestigio de tales agencias o servicios.  Veinte o más años después, cuando las amenazas o peligros que los justificó cesan, existe la obligación de liberarlos acarreando un debate histórico que también puede gozar de las más actuales implicaciones políticas.

Entre las más célebres divulgaciones, por ejemplo,  se encuentra la transcripción de las grabaciones realizadas en la Casa Blanca durante la crisis de los cohetes en Cuba, o los papeles que abonan al caso de  Ethel y Julius Rosenberg, ejecutados en tiempos de la cacería de brujas. En contraste, únicamente con el derrumbe de la Unión Soviética, se ha sabido de una parte del historial macabro de la KGB, aunque todos los regímenes postdictatoriales cuidan – paradójicamente – de no revelar los procedimientos e intimidades de sus predecesores, forzando también a la creación de las comisiones de la Verdad para conocer de todos sus excesos.

En Venezuela no hubo ni hay un control adecuado de las delicadas informaciones que procesa el Estado, excepto las diligencias parlamentarias que antes se acercaban. El sólo debate democrático, abierto y susceptible del escándalo, o el planteamiento mismo del proyecto de presupuesto, constituía una seria advertencia para quienes dirigían los las agencias o servicios de inteligencia y contrainteligencia y más de una vez, sus directores o agentes tuvieron que someterse a una comparecencia en el Congreso de la República o en el mismo tribunal de la opinión pública para responder personalmente por sus actos.

Evidentemente ahora, nada parecido ocurre y ni siquiera el ministro de adscripción siente el deber de contestar alguna pregunta precisa, directa e inequívoca. Mucho menos, suelta la documentación relacionada y, por muy insistente que sea la demanda de explicaciones, manipulan las investigaciones, como acaeció en 2002 simulando una comisión de la “verdad”.

Nadie duda de la preeminencia que tales agencias o servicios exhiben por más de década y media en nuestro país, siendo legítimo asegurar que hay inmensa documentación acumulada sobre el seguimiento de muchísimas personas y sucesos que se encuentran en las bóvedas del poder establecido, incluyendo el realizado en tierras foráneas que dejan muy atrás las diligencias – preferiblemente consulares – de las que Gómez tanto se benefició. Horas siderales de transcripciones e informes, espesamente alfombrarán cada decisión racional y hasta díscolamente adoptada.

Tratándose de una información de Estado, costeada y realizada en su nombre, no debe desaparecer más allá del necesarísimo interés histórico que implica.  Constituye un delito la pérdida, extravío o destrucción de tan valiosa documentación – añadida la audiovisual – que, apenas, como la punta de un iceberg, ha sido empleada – la otra paradoja de la innovación – como arma política en la programación radiotelevisiva de los que gobiernan, “entreteniéndonos” a la vez que profundizando en su guerra psicológica.

Puede decirse de una “secuela documental” del régimen, importante para la indispensable reflexión que su superación traerá. Empero, se nos ha dicho, que las novedades tecnológicas apuntan a una extraordinaria captación y procesamiento de las informaciones que incluye su oportuna desaparición.

Reproducción: Traspapelada la fecha, tomado de la revista Élite.
Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinionnacional/24065-de-la-otra-informacion-la-de-estado