Mostrando entradas con la etiqueta Asdrúbal Aguiar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Asdrúbal Aguiar. Mostrar todas las entradas

sábado, 21 de marzo de 2020

LA PESTE CHINA Y LOS MUROS CIVILIZATORIOS

La máscara del coronavirus
Asdrúbal Aguiar 

Avanzo algunos párrafos de mi libro en edición Crónicas de Facundo, Bajo la usurpación de Nicolás Maduro (EJV, 2020). El miedo otra vez hace cuna entre nosotros por obra de una pandemia global de origen chino. Se suma a las pandemias anteriores y recientes, las culturales y las políticas que han significado la disolución de las seguridades modernas y el ingreso -diría Zigmunt Bauman- a la “modernidad liquida”.

Todo se mueve y vuelve informe. Todo se hace frágil y sin direcciones ciertas desde 1989. ¡Y cómo que nos hacen falta esas seguridades mínimas para enfrentar esta amenaza de muerte viral, el coronavirus, dilapidadas en el altar de lo relativo!

Cuando se derriba el muro de Berlín los marxistas no se van a Marte. Se cuelan por entre los intersticios occidentales y ocupan sus subterráneos para en venganza diluir los sólidos nuestros. Celebran la destrucción de las Torres Gemelas y después avanzan sobre la Iglesia de San Pedro, los íconos.

Dejarnos sin muros civilizatorios, relajar nuestras inmunidades morales como fracturar nuestras texturas asociativas ha sido el medio para favorecer que la violencia – islámica, la de las retículas que alegan razones de diferenciación étnico-racial o de género y se desprenden de los declinantes “estados de bandera”, y la china – atice los muchos miedos que a todos nos envuelven en la hora. Ellos paralizan y luego nos tornan indiferentes y resignados. Aceptar “la muerte de Dios” como en Zaratustra, que recrea al Papa jubilado, es el desiderátum.

Y viene al dedo para el despropósito la bondad multiplicadora de las plataformas digitales. Emergen el mismo año en que declina el socialismo real. Nace así, del maridaje, el mundo de la posverdad y el “posestado”.

Papa Francisco al apenas finalizar el año 2019, ante la Curia Romana que vela por los soportes de la civilización judeocristiana vigente ya 3.500 años, dice que “vivir es cambiar”. Ajusta que “no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época”, signada por un reclamo: que la “memoria” sea dinámica y no termine siendo custodia de cenizas puesto que “no estamos más en la cristiandad”. Son sus palabras.

El no saber ahora dónde estamos, hacia donde vamos, con quién contamos, es el verdadero virus que nos enferma de gravedad y empeora la pandemia en curso. Es el miedo, es el pánico, la sensación de haber perdido todos a las seguridades todas.

Según el Papa emérito Joseph Ratzinger “la seguridad que necesitamos como presupuesto de nuestra libertad y dignidad no puede venir de sistemas técnicos de control, sino que sólo puede surgir de la fuerza moral del hombre”, de su vuelta a la razón práctica o iluminada, contenedora de lo animal e instintivo. “Donde ésta falte o no sea suficiente, el poder que el hombre tiene se transformará cada vez más en un poder de destrucción”, argumenta en 2005, acaso mirando sobre el presente coronavirus y más allá de su circunstancia, transcurrida una generación.

De lo que se trata, entonces, es de asumir con coraje que la fuente del miedo actual, cuya máscara lo personaliza y proyecta como en el antiguo teatro griego, tiene rostro cierto y ésta lo oculta.

Luego de la caída de la Cortina de Hierro hace exactamente treinta años ocurre un quiebre civilizatorio que deja atrás tanto a los polos imperiales del mundo como a los espacios geográficos de los Estados. Son trastornados los fundamentos del Derecho internacional y constitucional una vez como abre sus compuertas la sociedad digital e impone el inédito ecosistema que nos envuelve, la llamada cuarta o quinta revolución industrial que predica la libertad de ataduras y el derrumbe incluso de los tejidos humanos y culturales. Coinciden con su visual, utilitariamente y como cabe admitirlo, los huérfanos de la Cortina de Hierro.

La máscara muestra a la persona y es la que causa el miedo. Oculta lo real y lo trastorna. Es, a modo de ejemplo, la máscara del Joker, esa que endosan quienes destruyen a mansalva e indiscriminadamente por nuestras calles justificándose en sus indignaciones compartidas, ocultando miedos y orfandades individuales. Es el rostro final que cabe descubrir y mirar a los ojos acaso mirándonos en los nuestros, para perder el miedo y derrotarlo.

La máscara esta vez es el coronavirus. Tras ella el miedo que oculta es la falta de esas seguridades que nos diera la modernidad, el olvido de nuestras formas de organizarnos y saber protegernos ante cualquier eventualidad, criminal o natural, y también política.

Occidente decidió avergonzarse de sus raíces –lo afirma Ratzinger ante los parlamentos italiano y alemán tiempo antes de su renuncia– y se descubre enseguida omisivo y titubeante ante la pandemia como parece intuirlo la Organización Mundial de la Salud. La gente, como en el mundo primitivo, apuesta a las estaciones, ve las cuarentenas medievales, juega al azar habiendo dado a Dios ha muerto o por desconocerlo.

“Matamos a Dios y hoy estamos tratando de revivirlo como la única fuerza capaz de renovarnos espiritualmente y de resolver los problemas. Matamos a Dios y las posesiones materiales y el estatus y el poder se convirtieron en la razón de ser de los seres humanos”, leo cuanto escribe un periodista en Los rostros del miedo describiendo a la Medellín de Pablo Escobar, en 2003, pasados casi tres lustros desde el final del comunismo.

Fuente:
Fotografía:

martes, 25 de febrero de 2020

ALGO MÁS QUE UN TEMPORAL

Los rostros de la decadencia
Asdrúbal Aguiar

Hace 27 años Samuel Hungtinton escribe su ensayo seminal ¿Choque de civilizaciones?, acaso como explicación de lo que imagina se hará realidad en lo sucesivo y concluye, antes bien, en el fenómeno de la autodestrucción.

Al perder los Estados las bases de sustentación de su poder histórico como la unidad de las gentes varias y dispersas dentro de territorios comunes, luego del ingreso a la sociedad de la información y de la inteligencia artificial, quedan al descubierto e intentan sobrevivir, en su defecto, las civilizaciones raizales subyacentes. Ser musulmán o judeocristiano, o confucionista, se supone para Hungtinton como lo definitorio del nuevo marco de las relaciones globales una vez llegado el siglo XXI.

De que la historia, que se nutre del tiempo y cuyos proventos germinan en los espacios llega a su final, es lo que predica Francis Fukuyama. Y que lo teóricamente deseable es el diálogo o la “alianza entre civilizaciones” como fuera posible en 1948 cuando se adopta la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, nadie lo pone en duda; pero ni parece que sobrevivirán las civilizaciones –al menos la judeocristiana– ni promete nada el diálogo que propone ante la ONU el tristemente célebre José Luis Rodríguez Zapatero.

Reclama España, en 2005, la comprensión recíproca entre el Occidente y el islamismo, sobre una mesa de platos envenenados. Busca adormecer o adormecerse, neutralizar al primero mientras los musulmanes ganan terreno y avanzan. Tras las ideas de la amistad entre las culturas y la consolidación de la paz apenas le interesa ponerles freno a los norteamericanos, por depositarios de parte de la civilización judeocristiana y a quienes acusa de alimentar el militarismo y los males que sufre la humanidad.

El resultado está a la vista

Los musulmanes, quienes aún se destruyen entre ellos –chiitas contra sunitas– invaden los suelos del Occidente a marcha forzada como en el año 711 d.C., siguen violentando a sus propias mujeres y practicando la pederastia como parte de sus tradiciones, mientras los chinos, cultores del confucianismo asumen la economía liberal y de mercado sin renunciar a su genética paternalista, negadora de las libertades fundamentales. Entre tanto, los cristianos, como Saturno, devoramos nuestro futuro y callamos lo anterior.

Muy atrás, como antigualla queda así cuanto constata Jacques Maritain durante la reunión de la Comisión Nacional francesa de la Unesco que evalúa la citada Declaración Universal: “Alguien manifestó su extrañeza al ver que ciertos defensores de ideologías violentamente opuestas se habían puesto de acuerdo para redactar una lista de derechos. «Claro –replicaron ellos– estamos de acuerdo en esos derechos a condición de que no se nos pregunte por qué»”.

Lo paradójico es que luego del portazo islámico sobre el Occidente, cuando se derriban las Torres Gemelas de Nueva York, símbolo del capitalismo cristiano y se cierra, es verdad, el ciclo de las relaciones y confrontaciones entre Estados que viene desde 1648, la propuesta “onusiana” de la alianza entre civilizaciones como distractor deja de lado lo esencial. Valora más conjugar en clave antinorteamericana y avanzar, ahora, hacia la destrucción de los sólidos romanos. El filme Dos Papas no es ingenuo al respecto.

Lo destacable, sin embargo y como lo apunta Niall Ferguson en 2006, es la “civilización de conflictos” del mundo árabe, la propensión de su cultura política a resolver las disputas mediante la violencia y no a través de la negociación”. Lo constatable, asímismo, es que mientras una parte de los occidentales saluda y aplaude las alianzas con el mundo chino y musulmán, todos a uno se avergüenzan de sus propias raíces y las ocultan con vergüenza, comenzando por el señor Zapatero y sus muñecos de ventrílocuo, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Las Tablas de la Ley, destruidas hace 3.500 años por Moisés y no por ello desaparecidas sus prescripciones, pues son las leyes universales de la decencia humana, en suma, cristalizan en los derechos humanos que consagra el texto mencionado de 1948. Es el denominador común que ahora pisotean y relativizan los traficantes de ilusiones en Cuba, Venezuela, Nicaragua, la señalada España y sus aliados en el Lejano Oriente y en el Oriente Medio.

Que Donald Trump, sin relevarle de pecados, reivindique la defensa de lo nativo se presenta como escandaloso, obviamente. Que se obligue a las escuelas españolas retirar los crucifijos o que los alemanes de izquierda protesten a Benedicto XVI por hablar ante el Parlamento y exigir la defensa del Estado liberal y democrático de Derecho en 2011 antes de su renuncia, se presenta como un signo de tolerancia.

Papa Francisco, por si faltasen las sorpresas, habla: “No estamos más en la cristiandad. Hoy no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados… No estamos ya en un régimen de cristianismo, porque la fe –especialmente en Europa, pero incluso en gran parte de Occidente– ya no constituye un presupuesto obvio de la vida en común…”.

“Una civilización –lo precisa con lucidez y sensiblemente un ateo, en su Breviario de podredumbre – comienza a decaer a partir del momento en que la vida –el vivir para la experiencia instantánea y narcisista, agrego yo– se convierte en su única obsesión. Las épocas de apogeo cultivan los valores por sí mismos: la vida no es más que un medio de realizarlos”. En “el crepúsculo, usados y derrotados, son abolidos”, es la sentencia lapidaria de Cioran.

Fuente:
Ilustración: Melita Denaro.

martes, 18 de febrero de 2020

ESTADO CONSTITUCIONAL DE DERECHO

Entre la ficción y la virtualidad
Asdrúbal Aguiar 

La más elemental regla de la democracia es que solo se puede acceder al ejercicio del poder con apego al Estado de Derecho, en otras palabras, de acuerdo con unas normas constitucionales, sancionadas democráticamente por la soberanía popular, y en vigor.

De modo que, a la luz de dicha premisa, solo bajo la vigencia de un orden constitucional, jamás en su ausencia, puede predicarse la realización de unas elecciones libres y democráticas, léase competitivas, no discriminatorias, fundadas en la universalidad del voto, realizadas con transparencia, sujetas a control previo y posterior.

La cuestión viene al caso a propósito de un hecho central que se maneja con ligereza, no sólo en el ámbito interno de Venezuela sino por actores parciales dentro de la comunidad internacional.

Que Venezuela ha de resolver a través de unas elecciones democráticas su muy grave problema de gobernabilidad, para luego alcanzar condiciones de gobernanza, es un presupuesto indiscutible. Pero es estulticia señalar que se pueden hacer elecciones, así no más y para salir de un atolladero; pues para que sean legítimas y legales, sobre todo para que cumplan, al término, con el cometido señalado, se requiere de reglas, de cánones a los que deban ajustarse los electores y los elegidos. Y eso, exactamente, es de lo que carecen hoy los venezolanos, huérfanos de Estado de Derecho.

No especulo. Una cosa es el fraude o la ficción de juridicidad, cosa muy diferente la juridicidad virtual.

Hay ficción cuando se finge o se imagina uno lo que no es ni puede ser –lo recordaba en su tiempo Piero Calamandrei, a quien no me canso de citar hasta el cansancio– tanto como el fraude, que implica la vivencia bajo el “régimen de la mentira”: lo ilegal se presenta como legal y lo legal se ilegaliza, se prosterna, bajo una práctica de “organización de la ilegalidad”, tal y como ocurre bajo el fascismo italiano.

Así las cosas, es elemental convenir con lo declarado, a manera de aforismo, por la Cancillería de Colombia el pasado 16 de enero: “Una transición rápida hacia la democracia es la ruta hacia la paz y el desarrollo en Venezuela y la superación de la crisis requiere de elecciones libres, limpias y transparentes organizadas por un gobierno transicional, que cuenten con la supervisión de la comunidad internacional” (las cursivas son mías).

Sin un gobierno transicional, que asegure un marco básico de derecho y de legitimidad constitucional, nunca habrá elecciones libres, limpias y transparentes en Venezuela, internacionalmente reconocibles. En la actualidad no gozan ni el Estado ni la nación de soberanía territorial efectiva, de suyo hay orfandad real y total de gobierno efectivo, y su población es diáspora hacia adentro y hacia afuera.

De modo que, quienes ponen la carreta delante de los bueyes y hablan de convocar elecciones –unos que presidenciales, otros que generales, y las mafias que se reparten los restos de una “cosa pública” que ha desaparecido, proponen elecciones parlamentarias– apenas cuidan de sus mendrugos. No quieren ir a la cárcel, o viviendo como se encuentran dentro de la cárcel que es ese espacio infernal conocido como Venezuela y donde se juntan todas las maldades indescriptibles, apenas aspiran al plato de comida que les promete su carcelero, que son muchos y se turnan, en medio de la anarquía reinante.

Pero volvamos a lo esencial, al debate sobre la ficción y la virtualidad venezolanas.

El 5 de febrero de 2019, los venezolanos, por mediación de su representación popular legítima e internacionalmente reconocida, adoptó un Estatuto para la Transición, cabalmente virtual, es decir, “muy posible que se alcance o realice”.

En él se dice, textualmente, que su propósito es “restablecer la vigencia de la Constitución”, dado que se ha impuesto un sistema “alejado de los principios constitucionales y de la tradición republicana del país”. En síntesis, al no haber Estado constitucional de Derecho, dicho estatuto provisorio sostiene los hilos precarios de una mínima civilidad dentro de unos términos espaciales ganados por la ignominia y, lo que es peor, detentados por una criminalidad sin banda o grupo que la uniforme en sus despropósitos.

“La reinauguración del orden constitucional”, así las cosas, es el desiderátum, son los bueyes. De suyo vale, así, el orden lógico prescrito por el mismo Estatuto: “Los fines de la transición son… (1) el pleno restablecimiento del orden constitucional, (2) el rescate de la soberanía popular a través de elecciones”, según su artículo 3.

Ello explica, no de otra manera, que la Asamblea Nacional, último reducto y objetivo de guerra para las fuerzas de la delincuencia que, irremisiblemente y a la manera de tsunami inunda con sus olas fétidas los espacios sagrados de la patria, tanto como arrastra a las carroñas que se cuelan dentro de estos, haya expedido un acto sensato el 17 de septiembre del pasado año: Acordó el “respaldo político irrestricto al liderazgo de Juan Guaidó Márquez como presidente de la Asamblea Nacional, y como presidente (e) de la República Bolivariana de Venezuela, hasta que se produzca el cese de la usurpación” (cursivas mías).

Calamandrei, a quien he citado, describe a la ficción de juridicidad, y ella no encuentra mejor ejemplo que el mismo Estatuto provisorio, suerte de galimatías demencial: “El 5 de enero de 2021 se instalará la nueva Legislatura de la Asamblea Nacional de conformidad con el artículo 219 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, a cuyo efecto se celebrarán elecciones parlamentarias durante el último trimestre del año 2020”.

¿Habrá miserables que se presten a tan grave fraude, para medrar a los pies de sus secuestradores?

Fuente: