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viernes, 10 de abril de 2020

¿NOS HACE IGUALES EL VIRUS?

Nota de Carmen Cuevas Oyarzun (Chile)
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Quédate en casa, es la premisa, el eslogan
Quédate en casa, dice el futbolista, abrazando a su esposa mientras sus hijos corren por los 400 metros cuadrados de su hogar.
Quédate en casa, dice el político, mientras elige en cuál de sus propiedades pasará la cuarentena.
La gente no entiende, mientras descargan en su puerta el cajón de fruta y verdura que compró online y pagó con su tarjeta.
Al margen, los barrios invisibles las "casas" 4x4, de chapa y cartón, donde el frío es FRÍO y el calor abraza y marea.
Esas casas, donde lo que ganaste ayer, es la comida de hoy
Donde, si no ganaste ayer, no hay comida hoy.
Donde se conocen las medidas sanitarias, pero es imposible cumplirlas. Con miedo, pero sin medios.
Sólo se intenta vivir, resistir, sobrevivir día a día.
El virus no nos hace iguales.
El virus pone en evidencia, aún más, la intolerancia, la apatía con que el sector privilegiado de esta sociedad mira a los que menos tienen.Quédate en tu casa, para cuidarnos entre todos: Se los acusa e interpela.
Afuera el virus, adentro el hambre, las caras de tus hijos, la decepción, la incertidumbre, la desesperanza.
¿Nos cuidamos entre todos?

Fuente:

sábado, 4 de abril de 2020

OTRO LUGAR MUY REAL

Carta a Caro Cox
Laureano Márquez
@laureanomar

Le escribo porque vi su llamada de auxilio realizada desde Cuba, en estos duros tiempos de coronavirus, solicitando al gobierno chileno su traslado a casa. Me conduelo con usted y su angustia, pues como diría Ramos Sucre: “los dolores pasados y presentes me conmueven…”. Tiene que ser duro en estos momentos estar lejos de los suyos, porque son tiempos de tribulación global.
Ojalá pueda volver pronto a Chile, tanto usted, como sus paisanos varados allá y estar en su tierra, en un país en el cual se puede estar en contra del gobierno y a la vez exigirle –como le corresponde con todo derecho– amparo, protección y auxilio.
Su video se ha viralizado –como dicen ahora– y los comentarios no han sido del todo favorables, por no decir bastante negativos, entiendo que por tal razón, ha cerrado usted su cuenta de twitter. Seguramente el origen de tanta indignación hay que buscarlo en la evidente contradicción que se produce en regímenes como el cubano (¡y el venezolano!) entre las ideas que se proclama defender y la radical negación de las mismas en las prácticas de los sistemas políticos que los sustentan.
Una de las cosas que hemos aprendido en la tierra de Bolívar, luego de más de 20 años de chavismo, es que ser comunista es maravilloso, pero solo si se vive lejos, en un país medianamente libre, con democracia, medios de comunicación plurales y vigilancia por el respeto a los derechos humanos.
También es maravilloso si se pertenece a la nomenclatura dirigente, gozando de todo aquello de lo que al resto de la población le está vedado, pero lo difícil es serlo en las naciones donde esta ideología se aplica con ausencia de todo lo señalado. En Cuba y Venezuela, oponerse al gobierno ocasiona prisión, tortura y muerte, sin que haya en los dirigentes petición de perdón por nada, ni rectificación de las políticas criminales y destructivas del bienestar colectivo. A los que manifiestan en las calles se les lanza a militares con armas de fuego con elevado saldo de víctimas fatales y nadie destruye el metro, porque ya el propio gobierno se encargó de hacerlo.
Cualquier cubano o venezolano podría decirle que todas esas cosas de las cuales usted se queja en su video son la cotidianidad de un régimen que, por otra parte, supongo a usted le simpatiza y lo defiende.
En Venezuela desde hace 20 años y en Cuba desde hace 60, el jabón escasea y el papel higiénico todo, tenemos las cuentas bloqueadas, no nos funcionan las tarjetas, no existen las monedas, tampoco internet, ni hay agua, ni comida, ni salud y para colmo de males no hay gasolina en el país con las mayores reservas petroleras del planeta. Los pobres, en cuyo nombre se actuó, terminaron no solo más pobres, sino comprometiendo obligatoria lealtad a cambio de una mínima posibilidad de supervivencia.
A usted le ha tocado padecer, dolorosamente, lo que es habitual para millones de ciudadanos que no tienen gobiernos a los que acudir, porque tienen las certeza de que serán desoídos y para quienes exigir derechos es un inadmisible conspiración contrarrevolucionaria que terminará etiquetándoles como fascistas y/o aliados de los gringos, con duras consecuencias.
Bueno solo le hacía estos comentarios para animarle a comprender la oleada de indignación que su mensaje ha causado.
Hay cosas que solo uno entiende bien cuando se padecen en carne propia. A usted le tocó ver –desafortunadamente– el verdadero rostro de la revolución.
Deseo de corazón que se haga realidad su ruego y consiga un vuelo para salir de Cuba muy pronto de manera segura y sin problemas, cosa que desde hace tantos años los cubanos no pueden hacer, porque deben sumar a la lista de dificultades que usted enumera, la de los tiburones en el estrecho de la Florida.

Fotografía: referente googleano de  https://www.youtube.com/watch?v=m34jCHEPc1c

sábado, 14 de marzo de 2020

ZOOM ELEKTRONIKON

1
Del mutante humano y otras veleidades más (I)
Nelson Chitty La Roche

“…Vivir en sociedad es vivir de tal modo que la acción sobre las acciones de los otros sea posible […]. Una sociedad sin relaciones de poder solo puede ser una abstracción […]” (Foucault, 1991)

Los filósofos, los sociólogos, los biólogos, los políticos, los intelectuales y en general los testigos de la actualidad, periodistas, comunicadores, publicistas, advierten que ni el hombre es el mismo que había sido pensado ni la sociedad tampoco se muestra como lo que era. Hay un mutante perceptible entonces deambulando con nosotros, en nosotros y entre nosotros.
En realidad nada es igual ni lo puede ser porque el cambio está en la naturaleza de todo lo que es, pero cabe interrogarse sobre la esencia de la condición humana, individualidad y fin en sí mismo e integrante de la sociedad que lo crea, abriga, asiste y eventualmente redime al menos parcialmente de su animalidad. El proceso que vive el hombre desde que nace con su entorno, lleva a él más que intuiciones, auténticas elaboraciones que, en su complejidad, lo descubren y enseñan a ser lo humano que puede ser. El resto, empero, queda de su cuenta.
No hay pues humano sin humanidad y, aunque el individuo insista y prefiera su mundología sobre otra conexión, está el susodicho imbuido del ser social que lo acompaña, incluso a pesar de sí mismo. Para fortuna o desgracia así pareciera ser y basta leer a Primo Levi para contactar ese espíritu conocido y extraño eventualmente. Qué es el hombre, diríamos, sin responder confiadamente la interrogante.
No debo, sin embargo, hurgar más en esos misterios inextricables sobre la naturaleza humana, porque ni tengo la destreza ni el conocimiento. Me limitaré a focalizar, no obstante, alguna sintomatología perceptiva en el yo social y que me disculpe Carlos Vela si incurro en el sintagma, pero creo sincronizarla mejor, ubicado en esa perspectiva.
El humano de hoy, y advierto que este tiempo es un modelador intenso y agresivo, nos trajo al por algunos denominado zoom elektronikón y como resultado pudiera o alteró la dinámica del zoon politikon que nos legó el gigante de Estagira. Un ser signado por variables que lo rodean y lo influyen pero que lo potencian igualmente, emerge desde la revolución electrónica, la inteligencia artificial y el culto a su propia individualidad que como otro espectáculo lo fascina y seduce aunque no lo satisfaga. Su ontología es otra, su conocimiento, su racionalidad, su identidad luce compleja y gaseosa.
El hombre de hoy, insistimos en ello, es otro ciudadano al serlo. Cabe una cita de Rosanvallon harto pertinente: “El nuevo capitalismo destrozó la capacidad de los seres humanos para vivir y construir juntos como iguales y no sólo como consumidores». No le ha bastado la propuesta de la equidad porque, a la postre, palia pero no resuelve la generación de desigualdades que ese hombre asume que le impone el sistema social. Ese hombre es primero que todo un sentir y así debe ser apreciado.
En efecto, el hombre actual combina sus escogencias personalísimas con un ascendiente notable sobre la sociedad que lo rodea, pero en la dimensión de su propia voluntad. De allí que sea menester referirse a un ser distinto, socializado pero independiente, que conoce además como una escogencia u opción la de ser por él solo y no como parte del ser social.
Ello puede y de hecho lo hace el hombre de nuestro tiempo a través del abandono de parcelas morales, de limitantes éticas o acaso, de la revisión de los conceptos que le simplifican en su complejidad permitiéndole ser más, cuando es menos. No es un juego de palabras, al despegarse del valor común por la asunción del personal, logra sentirse que es per se y no por momentos o coyunturas que le ofrecía el cuadro societario donde está comprendido.
Nunca se sintió más cerca de un ejercicio de libertad que lo define, piensa, pero que lo impulsa a dudar de todo lo demás y también de lo que otrora fueron íconos que lo sujetaban. Al Dios muerto de Nietzsche agrega una convicción sobre su propia entidad y así logra trascender para él, aunque sea por instantes que necesita y que lo alimentan. Ego fuera de serie, libérrimo, displicente. La fe que invoca es la de su propio egoísmo.
Ha sonado la hora del individualismo posesivo y “asume (Macpherson) para sí la reflexión, situando alrededor de siete proposiciones lo que llamaríamos los supuestos del individualismo posesivo: 1) Lo que hace humano a un hombre es ser libre de las dependencias de las voluntades ajenas. 2) La libertad de la dependencia ajena significa libertad de cualquier relación con los demás salvo aquellas en las que el individuo entra voluntariamente por su propio interés. 3) El individuo es esencialmente el propietario de su propia persona y de sus capacidades, por las cuales nada debe a la sociedad. 4) Aunque el individuo no puede enajenar toda su propiedad sobre su propia persona, puede enajenar su capacidad para trabajar. 5) La sociedad humana consiste en una serie de relaciones mercantiles. 6) Dado que lo que hace humano a un hombre es la libertad de las voluntades ajenas, la libertad de cada individuo solo se puede limitar justamente por unas obligaciones y reglas tales que sean necesarias para garantizar la misma libertad a los demás. 7) La sociedad política es una invención humana para la protección de la propiedad que el individuo tiene sobre su propia persona y sobre sus bienes, y (por tanto) para el mantenimiento de relaciones de cambio debidamente ordenada entre individuos considerados como propietarios de sí mismo. (Chitty La Roche, Nelson 2016) El paradigma liberal ha perdido su sustentabilidad sin encontrar no obstante un sustituto. El ideal igualitarista no sacia ni mucho menos y se agota en un discurso que se banaliza a sí mismo.
Creyéndolo necesario para sentirse libre, el hombre de Occidente abjuró de lo que le sostenía asido a su fe, a sus valores, a la ética, a la moral, a la comunidad, a la familia, a los imperativos naturales a los que también desafía en una búsqueda frenética para ser distinto y siéndolo, afirmarse y reclamar y lograr un espacio que reconozca en su insolencia su derecho. Él prela, trepa, asciende más arriba que ese mediocre todo social al que creen pertenece, pero que, en el fondo, desprecia o le es indiferente.
La civilización del islam ya sabemos que no acepta sino un modelo a ser y creer. Todo lo distinto es sospechoso de enemigo o simplemente consagrado como tal y nótese, esas formas y referencias no están dispuestas para singularidades y en intento de ser diferente te denuncia y te persigue, sin misericordia ni piedad. Lineales al extremo de inhumanos puede decirse.
Tenemos un nuevo hombre que, sin embargo, se distingue de aquel que las tesis marxistas y leninistas proponían y que cantaban en América latina con los compases de la Nueva Trova Cubana los muchachos y, en general, la llamada izquierda contestataria. El nuevo hombre al que hacemos referencia, al contrario del que viene cual godzilla emergiendo, debía mimetizarse, homogeneizarse, realizarse en su condición de miembro y substancia del conjunto humano, subsumirse en él que lo fagocitaba en su dinámica.
Este nuevo hombre se exhibe como novedoso en su ciudadanía, egoísta y personalizada. Es el chileno que, al grito de «Chile despierta», acomete la destrucción de los bienes públicos y privados, desconoce los perfiles que le son favorables y resolla un lamento hondísimo, distinto, diferente. Es el del gilet jaune francés que a su lado escucha haciéndole coro a quien no tiene nada en común con él, salvo el afán de inconformidad, fatiga, hastío. Nada más.
Mucha de la etiología que debemos aprehender para comprender, obra en el modo de producción y consumo que nos ha servido abundantemente pero, hallazgo dramático, a costa de los no renovables recursos de la naturaleza. El depredador que hemos sido, brutal, cruento, lascivo, es por encima de todo irresponsable y la constatación nos hace socios o mejor cómplices en un mea culpa al que muchos no se suman, cinismo al apoyo o ignaros, o simplemente frívolos, disolutos, ligeros, vacuos.
La semana próxima echaremos a andar algunas reflexiones sobre las causas del trauma que conocemos y la necesaria revisión de cánones, sin otra pretensión de asir más para ser más también.

Fuente:

2
Del mutante humano y otras veleidades más (II)
Nelson Chitty La Roche 

“Las cosas que han ocurrido no se pueden suprimir con el pensamiento”, escribió James Joyce en Ulises; y añadía: “El tiempo las ha marcado y residen, encadenadas, en el mismo espacio que las infinitas posibilidades que han desalojado”. La historia alternativa

Revisando el estado del arte de mi reflexión en curso, tropiezo con algunos constructos que no había antes advertido o se presentan imponentes para mí de súbito. Claro que no se trata de una certeza universal siendo que, en la civilización islámica, muy a regañadientes se acepta incluso el dictamen científico porque escogieron el anacronismo como filosofía de vida.
Lo que fue, seguirá siendo y acaso se puede leer que si fue es y lo será siempre y los estudiosos, hombres de espíritu, se permitirán más que elucidar, guiar eventualmente porque ni siquiera se admiten las traducciones de los textos sagrados como otra cosa distinta a lo que son, meras traslaciones que realiza el hombre.
Pero y valga la coincidencia, en Occidente y sus espacios irradiados culturalmente y en Asia, penetrada y seducida por el zoon elektronikón especialmente, la ficción resulta más atrayente y convincente que la realidad que otrora sirvió como el argumento de la vida. Sorprende apreciar el espacio impresionante de los juegos de video en el campo de los accesos de millones de gamers que cada día transitan en la fantasía seguros de sí, dominadores y desafiantes, al extremo que se separan e incluso se desarticulan del zoon politikon y especialmente del zoon politikon, zoon éjón lógon.
En efecto, peripatéticos como somos, constatamos que ese personaje que presenta Aristóteles y como admite la doctrina es un pensador analítico y capaz de ponderar más de lo que su sensorialidad le faculta y así, piensa, infiere, deduce, concluye. (Del Zoon Politikon al Zoon Elektronikón. Una reflexión sobre las condiciones de la socialidad a partir de Aristóteles. Vicente Huici Urmeneta).
El hombre de ahora se conecta a otra dimensión cultural y, ensaya una construcción de su mundología desde esa postura. Lo que fue no le concierne sino muy relativamente. Él transita el ahora en un ejercicio complejo de constante temeridad. Su mente solo mira al pasado como un reto intelectual que incluye preguntarse y eventualmente idear una secuencia distinta a aquella que fue. Cabe citar así: «El filósofo Charles Renouvier acuñó el término con el que también se conocen este tipo de supuestos contrafácticos: ‘Ucronías’. Describió además su desarrollo mediante un diagrama que mostraba el momento inicial en que la historia imaginaria se desviaba de la historia real –el llamado punto de divergencia–, lo que generaba la primera desviación, que debía ser siempre interesante y plausible. (La historia alternativa por José Pardina).
Otra cita ayuda más a mostrar el salto y contraste entre el zoon politikon y el zoon elektronikón y no la desaprovecharemos; “Si nos atenemos a los textos aristotélicos, se puede observar que la definición del ser humano como zoon politikon (más exactamente, como πολιτικὸν ζῷον) en la política viene a ser la culminación de la expresión del vínculo con una forma de convivencia superior. Francisco Samaranch comenta, al respecto, que la definición del hombre como animal político “implica la vinculación natural con una forma comunitaria específica, la Pólis” (Samaranch, 1982: 679), acentuando las anteriores definiciones de la Ética Eudemiana en las que se habla del hombre como animal comunitario (koinomikón) o animal doméstico (oikonomikón).
Pero el hombre real, “et verus homo”, es un mutante pensamos y se ha dislocado, haciéndolo, de la poli, de la sociedad que otrora fue su mundo y persigue otros destinos, otros caminos entre su individualismo exacerbado y su fantasía. Sócrates apura la cicuta porque no se concebía fuera del contexto social. Fue comprendido y admirado por ello. Hoy se habría marchado insolentemente ignorado. Admitirlo ayuda a comprender y más aún, a explicarnos cómo se produjeron esos eventos. Intentaremos y excúsenme la audacia, una explicación que no pretendo original pero que estimo útil, sin embargo. No en vano repiten los europeos y los franceses, especialmente, que “la novedad es vieja como el tiempo”.
El modelo de nuestra civilización cambió desde sus fundamentos económicos y en el camino agregó, como detonante motivador, el elemento cultural antes asido a la perspectiva del testigo y actor que antiguamente fue. Pensamos que se trató de un persistente proceso que, sin embargo, encontró en la compulsión del hombre su acelerador. La inteligencia del hombre se suma a su curiosidad y a su innato hedonoutilitarismo. Vale acotar su impulso congénito por destacarse, hacerse notar, sobresalir está en su naturaleza.
Otro trazo se advierte en el tortuoso caminar del espíritu humano que luego de opacarse ante el teocéntrico escenario del Medievo, inicia su renacer rompiendo parámetros y referentes que lo anulaban o ausentaban de sí mismo. Es en torno a ese tridente, economía y mercado empapado en la libertad y en la singularidad que lo catapulta hacia un ethos personalizado de un lado, y de los otros, las representaciones afirmativas de su pretendido y avasallante genio y su disposición a seguirse explorando y, el producto de su quehacer, de su hacer, de su constituir que, se fraguara ese “verus homo”, incurso en un nuevo giro secularizante que lo libera del todos, que lo amarraba e insertaba en el yo social que ahora él administra interesado y cínico a placer, y la divina tecnología que todo lo domina o si no, lo segrega y aparta displicente.
Después de la Segunda Guerra Mundial y como era de esperarse, el hombre se miró en el espejo y horrorizado decidió e instrumentó un golpe al timón de su propia navegación existencial, pero cuidando bien de mantenerse asido al argumento de la alteridad que, además, le proporcionaba una sensación agradable de humanismo. Esa perspectiva permeó la cultura con la bandera de la libertad y decantó entre los modelos civilizatorios al Occidente cristiano que, gustoso, cual prisma, irradió su quehacer de la concienciación definitoria del estado de bienestar y de la democracia como sistema político.
La economía introdujo modificaciones que incidieron en el perfil del individuo y su trato con la naturaleza. Trajo el progreso y el mejoramiento de las condiciones de vida, tecnificando, trajo a la ciudad millones de campesinos y los incorporó a la urbe, a la industria, a los servicios, reformando al hacerlo los términos de intercambio del factor trabajo y rediseñando el capítulo de valores a favor de igualar las oportunidades y reconocer la responsabilidad individual y colectiva como variables inmanentes al desempeño societario. El siglo XX culmina no multiplicando a los ricos, sino reduciendo la pobreza. El Estado se afianza y aún con la crisis surcoreana, el orden económico y financiero lució seguro.
Pero el siglo XXI coloca las cosas en un balancín de expectativas cuyo crecimiento infló por demás la burbuja financiera y la estiró hasta oírla crujir. Cabe una cita del muy respetado intelectual español Daniel Innerati como anticipo a su entrevista sobre la refundación del capitalismo y agregó, una vez más. 
“Pocos días después de la quiebra de Lehman Brothers, el gigantesco banco de inversión norteamericano, en septiembre de 2008, un acobardado presidente francés, el conservador  Nicolas Sarkozy, hizo unas declaraciones célebres que retumbaron en el mundo entero: “La autorregulación para resolver todos los problemas se acabó: le laissez-faire c’est fini. Hay que refundar el capitalismo (…) porque hemos pasado a dos dedos de la catástrofe”.
Keynes respondió a eso en el umbral de la crisis americana de los años veinte, inventó o extrajo lo que la convicción impedía ver pero, es este como antes dijimos, un período distinto y asquerosamente atípico además. Tal vez estemos sin asumirlo debidamente frente a la tormenta perfecta recordando aquella película norteamericana que nos muestra como la coyuntura puede llegar a ser convocatoria de todas las variables perniciosas y cuajar el completo desastre. Innerati insiste en que saltaron los tapones y valga el coloquio, dejándonos a obscuras o quizá, desnudos de todas las desconfianzas, descréditos y vergüenzas. El humano no se cobijó como pudo y tal vez debió hacer, lógica formal al apoyo, en la sociedad lato sensu sino que, corto esos lazos umbilicales y se recogió más bien en la recreación de sus insatisfacciones y amarguras, ceso su deambular utópico y levanto las lanzas de su pragmatismo. Decidió temerle a todo e incluso a sí mismo.
La sociedad, los hombres de pensamiento, los predictores, los futurólogos, los analistas, la institucionalidad, la organización internacional, los estadistas parecieran vivir un momento de confusión al menos. Asdrúbal Aguiar, que por cierto anda un paso adelante en esta reflexión, cita a Sartori que juega al clarividente así: “Un hombre que pierde la capacidad de abstracción es eo ipso incapaz de racionalidad y es, por tanto, un animal simbólico que ya no tiene capacidad para sostener y menos aún para alimentar el mundo construido por el homo sapiens… El hombre se ha reducido a ser pura relación, homo communicans, inmerso en el incesante flujo mediático» (De Matteis, 1995, pág. 37). Sí, homo communicans; pero ¿qué comunica? El vacío comunica vacío, y el video-niño o el hombre disuelto en los flujos mediáticos está solo disuelto”. Giovanni Sartori, Homo Videns. La sociedad teledirigida, Buenos Aires, Taurus, 1998.
¿El intelectual orgánico gramsciano habríamos dicho, debe ser citado para que rinda unas posiciones juradas sobre este contencioso pero, quién lo representa hoy en día? ¿Quién explica, elabora, piensa, convence, demuestra o persuade hoy? ¿Qué ha sido de la verdad que gozó siempre de prestigio? ¿Dónde anda el poder y cual es hoy en día su naturaleza? Esas serán nuestras interrogantes a intentar responder en la próxima entrega, la semana próxima Dios mediante.

Fuente:

3
Del mutante humano y otras veleidades más (III)
Nelson Chitty La Roche 

“¿Cuales son las fuerzas de que dispuso el hombre para conquistar la hegemonía del planeta?” y el filósofo francés (Rostand, 1941) responde: “Son dos; la inteligencia y el sentimiento social, o como dice Muller, la astucia y la camaradería. El hombre está desprovisto, no tiene colmillos como los animales, ni garras ni armaduras; es enclenque, inerme y vulnerable. Pero, por una parte, predomina sobre sus otros compañeros de vida por la potencia de su cerebro; por otra parte, se siente atraído por sus semejantes, tiende a formar grupos con los otros individuos de su especie, y son estas tendencias sociales las que, multiplicando al hombre por sí mismo, le han proporcionado el medio de alcanzar resultados tan prodigiosos, tanto en el campo del saber cómo en el campo del poder».
“No comparto tu opinión, pero daría mi vida por la defensa de tu derecho a expresarla”. Voltaire, con esa frase que de suyo es un clásico por cierto, resume lo que presentare como el “hombre humanidad”, pero en concordancia con el sentido ciudadano que está en ella implícita.
El homo humanitas es un constructo con el que deseo mostrar ahora una categoría en crisis precisamente. Un hombre que se asume representado en otros, en la evolución y mejoramiento de ellos como de sí mismo, un ser que reconoce en su ser a los demás y no por ello deja de ser distinto. Un ente único y semejante, pero que cuida ambos aspectos de su naturaleza que sabe compleja y milita sensible en esa doble condición.
En las anteriores entregas discurrimos sobre una suerte de fenomenología que parece caracterizar al hombre en este tiempo histórico, y que lo compromete seriamente en su significación social e individual. Sostenemos que el que es hoy, difiere del que otrora y destacamos que es una suerte de mutación que pone a prueba al zoon politikon con el que desde Aristóteles lo veníamos definiendo.
El zoon politikon era un ser social y para la sociedad. Lo veíamos como un actor dentro del teatro social. En ocasiones positivamente apreciado pero, para bien o mal, socialmente social. El castigo a su mal comportamiento era a menudo el ostracismo y así privarlo de su vita activa, como diría nuestra apreciada y admirada Hannah Arendt. Al agresor, al malhechor se le llamó antisocial.
El verus homo, así denominamos a esa realidad deliberadamente ausente del espacio público, ya por desdén, ya porque los hechos lo ubican dentro, pero fuera, espiritualmente y culturalmente disiente, difiere del zoon politikon. Él existe, él es, en una perspectiva existencial que lo plena o lo convence de su razón de ser y permanecer.
La sociedad de hoy es una coincidencia espacial de individuos posesivos, una suma, un agregado; lo que la hace una sociedad que no asocia, que opone, que disuelve cuando segmenta. En ese estadio, conspira contra la ciudadanía como membresía del cuerpo deliberante y decisorio, divide o priva de sus contenidos a la noción de soberanía que deja de ser nacional porque siéndolo estimula la exclusión.
Una sociedad que deja pues de serlo. Sin comunicación entre sus miembros porque no comparte ni legitima al hacerlo valores comunes, tal vez a la solo excepción del derecho humano a ser diferente y la disposición a la crítica indiscriminada ante todos los elementos que antes la cohesionaban, incluyendo una democracia que como bien nos advierte Daniel Inneraty, se ha quedado desfasada casi completamente.
Frente al valor de universalidad ciudadana propia del pensamiento humanista y las propuestas de construir una ciudadanía del mundo por citar a Ferrajoli, encaramos como expresión de la conciudadania uno de los capítulos del nuevo populismo que nos explica mucho de lo que acontece por doquier. Cabe una cita de Rosanvallon iluminadora, como a menudo pasa en una entrevista que concede y que corresponde a una interrogante pertinentísima: En los últimos años el populismo no ha hecho más que ganar terreno. No solo en América Latina, sino también en Europa. ¿Cuál es la razón?
“Además de los modelos sociales que hemos enumerado, defendidos por la derecha y por la izquierda, hay una tercera vía propuesta por el populismo para el que la respuesta es la homogeneidad. Su discurso es siempre el mismo: ‘Nuestras sociedades van mal porque son heterogéneas y porque hay gente que viola las reglas de juego’. Y los que violan esas reglas son en algunos países los inmigrantes; en otros, las élites. De modo que, si conseguimos desprendernos de ellos, todo irá mejor. Y todo iría mejor si, en vez de abrirnos al mundo, aplicáramos una política proteccionista. Esa es exactamente la visión que se había desarrollado en Europa a fines del siglo XIX, cuando el teórico de la derecha nacionalista Maurice Barrès decía en 1893 que «la nación se definía mediante la exclusión. Para él, el proteccionismo era la idea constitutiva del nacionalismo. Pero no el proteccionismo como elemento de política económica, sino como filosofía radical. Naturalmente, esas políticas de la hegemonía alimentan la xenofobia. Hoy lo vemos en Europa. El populismo es un discurso sobre el Estado de Bienestar, un discurso sobre la cuestión social: para los populistas, la identidad y la homogeneidad son la respuesta a la cuestión social”.
Con esos insumos en el pensamiento, la semana pasada rematábamos entre preguntas así, “¿El intelectual orgánico gramsciano habríamos dicho, debe ser citado para que rinda unas posiciones juradas sobre este contencioso, pero quién lo representa hoy en día? ¿Quién explica, elabora, piensa, convence, demuestra o persuade hoy? ¿Qué ha sido de la verdad que gozó siempre de prestigio? ¿Dónde anda el poder y cuál es hoy en día su naturaleza? Esas serán nuestras interrogantes a intentar responder…” (Del mutante humano y otras veleidades mas (II))
Con el respeto debido a Manuel Castell y a sus textos importantísimos sobre la comunicación y su significación en el ser social y, en las relaciones de poder, me permito avanzar una opinión sobre el rol que visualizo es el de los medios de comunicación y su papel como el intelectual orgánico gramsciano.
En efecto, el siglo XX unió la radio, la TV, la prensa escrita para configurar y especialmente en la última mitad, un cuadro hegemónico que los hizo inclusive legítimos administradores de todas las verdades y en ese logro, paulatinamente, se convirtieron en censores prestos y ágiles para, apuntalados en ese dominio, revisar, encausar, vigilar, juzgar a todo y a todos, deviniendo además en otro miembro de la oligarquía del dinero universal.
Los medios en varios escenarios, incluso, se hicieron del poder político y si no fue el caso, en múltiples teatros, se infiltraron o mantuvieron un elevado ascendiente que para muchos, además, no era solamente por su presumido papel de rectores de la verdad sino que se les atribuyó un valor ético y moral que la sociedad les concedía. Bastaba que lo dijeran los medios.
Pero el siglo XXI trastocó las cosas o las descubrió para todos y les desnudo, inclusive, en un arrebato de autenticidad paradójico, reclamándoles la manipulación regular e interesada de la noticia y la fabricación de verdades falsas. Entretanto, la verdad verdadera, se marchó a las calles que ahora, en el cosmos digitalizado, se llaman redes donde compite con las mentiras y vehículos de captación para guiar, torcer, orientar.
El resultado es una impresionante y gravosa fragmentación que disuelve, en el novedoso ethos digital, entre cálculos y por fuerza de las realidades, tamizados por el espectáculo que se aprecia como un elemento que transversaliza la cultura que deja de ser para, acomplejada, plegarse al instante, al momento, en que se expresa para apartar, instrumentar por lo demás, al mismísimo tiempo y al espacio y posarse, dominante y sensual en el prisma que lo irradia todo insolente.
El homo economicus es arrastrado por el fenómeno que acopla el cambio tecnológico, con el afán individual y posesivo como patología, trasladando al sistema de producción y consumo, un agente pragmático y a ratos, simplemente egoísta y misógino inclusive. El asunto se deja ver en variadas dimensiones de la mundología, en una vorágine de fantasías y derroches imaginativos que ha creado un mercado y a todo evento disputa al del intercambio convencional, sus espacios y cadenas de distribución.
En el ínterin, entró en sueños el ciudadano, el zoon politikon se ausenta del tablao, ya no se oye sino esporádicamente su vitoreó y aplauso, su voz, su protesta es tan propia que, solo en la coyuntura asemejara ser colectiva. El hombre hedon o utilitarista, et verus homo, lleno de aparatos para comunicarse pero, solitario y fascinado, empalagado consigo mismo, ahito de imágenes de sí, trasladado por la tecnología allende las fronteras sensoriales y epistémicas clásicas, adicto a todas las formas de digitalización, deja de ser responsable de los demás y ni siquiera lo es de sí mismo. Tiene planteado incluso, dejar que no solo el vehículo se conduzca por el solo sino que, está tentado dejar el oficio de pensar a la inteligencia artificial.
Empero lo anotado, la naturaleza juega otra carta con ribetes hobbesianos y el coronavirus de súbito nos muestra, nuestra vulnerabilidad, debilidad, precariedad. Al grito del planeta herido, desgastado, explotado se unen las endemias que no economizan a nadie y que nos prueban que, la humanidad para vivir requiere que los hombres ni olviden ni prescindan de los otros hombres, pero esa circunstancia dramática es menester comprenderla y sopesarla.
Fue premiada la película surcoreana Parasite, que nos restriega un asunto que no es nuevo, pero que siempre como ahora aconteció. Nunca nos vimos iguales en realidad, porque no lo somos. La igualdad es una perspectiva educada para ver más hondo, más profundo. Es un ademán del espíritu que persigue la alteridad. Es un trazo racional asido a nuestra evolución. Pero igualdad e identidad son regalos envenenados.
Hay algunas personas que huelen distinto, hay una suerte además de aporofobia que destaca, pero ¿siempre no fue así? Víctor Hugo con insoportable brillantez nos lo arrostra y aquellos miserables ¿no son como los de antes y no serán como los que vendrán? En Venezuela ya se habla siguiendo a los hermanos cubanos, de una antropología dañada por la experiencia de la sumisión, la resignación, la enajenación, el hambre, la desilusión, la frustración del homo. Hay un venezolano deambulando entre nosotros que nos ofende y nos solivianta que cada día se hace más presente y más patético.
Pero lo peor consiste en la extirpación, la castración, la lobotomía del ciudadano que consiste en el credo totalitario que postula un igualitarismo como camino a la igualdad y se convierte en el fin del argumento crítico, sin el cual, en alguna medida, el homo sapiens pierde su esencia que además, vinculo yo, modestamente, pero con la entidad de todas mis convicciones, substancialmente unida al paradigma del ciudadano griego y a la poli.

Fuente:
1) Fotografía: Geoffroy van der Hasselt (AFP), Notre Dame.
2) Ilustración: Antonio Berni, Manifestación.
3) Ilustración: Rosie Thompson.

sábado, 1 de febrero de 2020

¿RECUPERAR LA VIDA CON TEMPESTADES QUE LA AHOGAN?

Advertencia a los chilenos
Luis Barragán

Pocos dudan de situaciones flagrantes de injusticia, incuso, históricas en Chile.  Empero, lo acontecido es de una violencia desmedida que la agravan y agravarán aún más, lesionando irreparablemente los logros económicos alcanzados y bien ilustrados por el servicio de transportación subterránea de Santiago, incinerado tan irresponsablemente.

Siendo toda una excepción en el continente, los niveles de calidad de vida y desarrollo económico conquistados están severamente comprometidos por el discurso de una oposición a Sebastián Piñera, por cierto, extraordinariamente solidario con la causa venezolana por la libertad, caracterizada por un insólito atraso.  El imaginario de los `60 y `70 de `XX ha sobrevivido, desesperado por pasar una increíble factura, como ocurrió con la Venezuela que victimizó a una ultra-izquierda revanchista y militarista que demolió la potencia petrolera que fuimos, dándole cabida al modelo cubano de un sórdido parasitismo.

Nada casual, los consabidos eventos chilenos coincidieron con los esfuerzos de desestabilización  ecuatoriana y el resto de las vicisitudes que permiten avizorar toda una cruzada anti-occidental en este lado del mundo. Mal que bien, retomada  una cultura y tradición política de larga data, con instituciones eficaces de escaso equivalente en diferentes países, casi repentinamente soportaron el estallido de una protesta desproporcionada que esboza una conspiración nada local.

Una famosa actriz propagandizará la protesta y, lo leímos, argumentó que el panadero de la esquina tiene años robándola, porque – muy quizá – no sabe cuán gigantesco es el robo y las consecuencias del “pan pa`l pueblo” en Venezuela.  Retrotraídos a la barbarie, queman iglesias y emplean los objetos sagrados como barricadas, o pública y grotescamente se exhiben hombres y mujeres, desnudos y sodomizados, dando el testimonio inaudito de una inconformidad que violenta toda dignidad.

Por supuesto, la fórmula arranca con una ilusión constituyente que para Venezuela resultó una tragedia, empeñados en polarizar a la sociedad entre la izquierda y la (ultra)  derecha de todos nuestros tormentos, ofreciendo injustamente a Piñera como una versión actualizada de un Pinochet que, además, observado por el polémico liberal Alfredo Jocelyn-Holt, explica – paradójicamente – la constitucional supervivencia de los partidos de la Concertación. Son numerosos los venezolanos acogidos tan generosamente en Chile que pueden rendir testimonio de lo acá ocurrido y no es un ataque de súbito conservatismo, pero bien vale decir: están los chilenos buscando lo que no se les ha perdido, a manos de un alianza opositora históricamente agotada de  democristianos, socialistas, comunistas y remanentes miristas reacios a la indispensable actualización.

Ilustraciónes: Crisvector y Daniele Panebarco.

Brevísima post-data LB: ¿Recuperar la vida confundiendo actores, épocas, vicisitudes y revanchismos?
03/02/2020:

sábado, 25 de enero de 2020

ADEMIA

Sobre algunas aporías de la democracia actual (I)
Nelson Chitty La Roche

“La democracia en Chile se acabó. Desde mediados de octubre de 2019 se ha hecho patente que yacía muerta desde mucho antes de lo que pudimos percatarnos y que nos encontrábamos habitando el putrefacto cadáver de un orden en descomposición. El fin de la democracia, tal como la hemos conocido desde hace no más de dos siglos, se ha instalado como un quiebre rotundo de las instituciones decimonónicas, las tecnologías políticas que en ellas pululaban y las formas de gestionar y comprensión de lo social”. Carlos Ramírez,  Christopher Yáñez-Urbina e Iván Salinas

La situación chilena no cesa de sorprender e impactar. Un destacado columnista incluso se permitía admitir que no lograba entender sin ayuda de expertos psicólogos y psiquiatras toda una fenomenología que parecía contraria a los elementos objetivos que rodean a la sociedad del hermano país, como aquella que lo presenta como el más fuerte económica y socialmente del continente y, sin embargo, da cabida a esta erupción inconforme y violenta, con tendencias esquizoides.

La universidad chilena no escapa del estupor que produce el movimiento que, por cierto, se radica fundamentalmente en la capital, aunque hubo episodios en otras latitudes, pero de una vez conjeturan sobre la etiología del malestar, apuntando al agotamiento del modelo, aun y a pesar del éxito que anunciarían los guarismos y mediciones convencionales, en un escenario de bienestar aparente y disminución de la pobreza. Así, señalan a la democracia y a la Constitución como los agentes, víctimas y victimarios de estos episodios de explosión societaria. Demasiado pronto y demasiado convencionales me lucieron esas apuradas especulaciones.

Igual que en la Venezuela de 1992, o la Colombia de 1990, pensaron algunos que en el pacto político con sanción jurídica, como denominaremos a la Constitución, obra la explicación y la respuesta de los capítulos inesperados que se viven, cuando el orden no cumple su cometido, ni la racionalidad atina a explicarse lo que pasa. En el camino se oye una sentencia severa de que la democracia como sistema de coexistencia pacífica que se postula como la mejor forma de gobierno se muere o acaso la panacea para los males debe encontrarse en la revisión de la Constitución.

Así, pues, se avanzan hipótesis que advierten el fin de una época, pero todavía anuncian la caducidad de la cultura democrática y ello incluye las organizaciones, vale decir, los partidos políticos e incluso las movilizaciones, manifestaciones, protestas que terminaban asimiladas por el discurso del liderazgo, siempre seguido y concluyente. Pareciera que el cataclismo ha puesto a prueba las formas y las maneras como otrora reaccionaba la comunidad política.

En nuestro criterio, el asunto es mucho más hondo, mucho más ininteligible y más gaseoso al mismo tiempo. Con el respeto y la prudencia debida, sentimos a la clase política chilena e incluyo a todos, gobierno y oposición, chocados, turbados, superados y sin asir la naturaleza del tsunami que los bañó de desencuentros, desengaños y desventuras. El estallido prescindió de un tajo de la representación y precisamente, desnudó arrasándolo todo, su talante iconoclasta, impío, bárbaro.

Con motivaciones distintas, pero compartiendo el elemento económico social en positivo, Bolivia hizo su gesta, su inesperada epopeya, su faena libertadora. Como Chile, las estadísticas evidenciaban que Bolivia mejoraba, pero la procesión iba por dentro y al contrario que en Chile, la cultura democrática ajustó el aparato y con el ariete de la unidad ciudadana le abrió un boquete tan grande al muro de Evo que se le fue el control y la confianza a un orden confiado, arrogante y soberbio.

Por años, los estudios y seguimientos de los comportamientos de la ciudadanía suramericana, y en ello coincidían todos los organismos especializados de las distintas agencias de naciones unidas o del escenario regional, denunciaban una peligrosa tendencia presente en la consulta que confesaba sin vacilaciones la disposición a sacrificar democracia por estabilidad y mejoría económica por asistencia pública masiva.

Pero y entonces, ¿qué está pasando? Aunque se adujo el malestar en Chile por un aumento mínimo del transporte, la secuencia convoca otros análisis, pesquisas e investigaciones para comprender la racionalidad de la revuelta o la irracionalidad tal vez describe mejor el asunto.

No pienso que sea posible hacerlo, sin ponderar otros aspectos que han acompañado o se han mostrado en la escalada chilena. Me refiero a las reacciones de la gente, del común, de los que se sumaban al asalto, saqueo, profanación y vulgarización de sectores que no por tolerados o respetados se sintieron obligados con el statu quo y por el contrario, creyendo a todo evento reafirmarse lo desafiaron.

No pretendo ni remotamente aparentar que conozco a Chile y menos que puedo a lo lejos hacer diagnósticos ni proponer terapias. Solo sigo atento las noticias y leo con interés los artículos de opinión y de la academia que he podido encontrar, pero intento darme una explicación o, al menos, señalar para el análisis las anotaciones frecuentes y las inferencias que de ellas nos podemos hacer.

Sin embargo, es menester atreverse, buscar, indagar y conjeturar para acercarse a la verdad y haciéndolo, usamos el instrumental epistemológico disponible y ensayamos algunas construcciones como referentes metodológicas.

Nos interrogamos también y en la procura de las respuestas también hacemos interesantes hallazgos que soportan la consecuente aparición y decantación de la argumentación.

En esa dinámica, nos atrajo una de las siempre nutritivas reflexiones del filósofo italiano Giorgio Agamben y especialmente su texto titulado, “Stasis. Civil War as a Political Paradigm” y del cual hemos hecho abordaje repetido. En efecto, en las cavilaciones y afirmaciones de Agamben atrajo nuestra atención para esta ocasión aquella que comienza con el aserto según el cual el Estado moderno exhibe un cuadro de ademia.

Se trataría de constatar y definir una situación en la cual el escenario público societario carecería de pueblo como resultado de la captura en la representación de aquel y desde luego, el eclipse del susodicho dejando únicamente a la estructura constituida ocupar los espacios, suplantar la deliberación y conculcar la decisión.

Giorgio Agamben, según Pere Durán
(Girona, 2014).
El paisaje social entonces estaría sujeto a un cortocircuito, por así llamarlo, separada la gente, el común, interrumpida la comunicación entre la representación y aquellos a los que debe representar. El ejercicio comenzaría al cesar la acción constituyente que vio operar una delegación o quizá, más bien, una transferencia de soberanía que luego se oligarquizaría y provocaría una disfunción entre ciudadanía y representación.

La gente sería, como afirma Gian Giacomo Fusco, un estudioso de Agamben, una masa cuasi ausente, pasiva, distraída en sus necesidades biológicas, y no obstante, y es esa la paradoja, la constituyente de su propia negación y no necesariamente para otra cosa que su bien en la perspectiva del Estado.

El tema de suyo arisco, complejo, confuso y un tanto inasible sustenta un evidente interés académico, pero también sociológico y ciudadano, que trabajaremos más, Dios mediante, la próxima semana.

Fuente: 
https://www.elnacional.com/opinion/sobre-algunas-aporias-de-la-democracia-actual-i/


Sobre algunas aporías de la democracia actual (II)
Nelson Chitty La Roche

“Se sugiere la reinvención normativa de la democracia sin pérdida de sus referentes esenciales, pero adecuándolos a las realidades distintas que plantea el siglo XXI, comenzando por lo esencial: el restablecimiento del tejido social bajo un denominador común que sea sensible a los valores democráticos, en modo tal que se refleje en las nuevas categorías constitucionales que deban ser formuladas”. Asdrúbal Aguiar

Es ya más que frecuente, una certeza regular y presente, en cada uno de los recientes análisis sobre la democracia y aquellos raros sobre la teoría de la democracia, encontrar críticas sobre la marcha del sistema, su nomos y su eficacia. Tal vez sea tiempo de admitir que muchas preguntas quedan sin respuesta, habida cuenta de las carencias u obsolescencias epistémicas que derivan del cosmos social actual y de las dificultades para advertir su especificidad y los elementos que lo descubren e integran. El mundo, la sociedad, los valores, el hombre, mutaron y cambian aceleradamente si es que podemos captar el movimiento en esta ecuación existencial empapada de instantaneidad.

Y no es sencillo hacerlo porque, como recuerda Sartori, los conceptos que como herramientas utilizamos para comprender en ellos los fenómenos que observamos se han estirado tal vez demasiado y no logran los susodichos albergar en su seno racional, el compendio de sus distintos e incluso nóveles elementos en  sus inevitables límites.

Acontece entonces con la democracia, como pasó a mediados del pasado siglo XX con el vocablo poder, que ya Arendt o Aron, entre otros, lamentaban percatarse de la falta de cohesión o elaboración y tal vez, desnudando en considerable atraso epistemológico pero lingüístico de la ciencia política para proporcionar sustento a las reflexiones que sobre ese constructo se postulaban. Cuesta bastante definir hoy a la democracia y, se hace más importante no solamente definirla sino seguirla, hallarla, precisarla, siendo que un elevado nivel de incertidumbre la rodea.

Los parámetros de las sociedades de este momento tienen en común la fascinación por el espectáculo y la mimetización de las personas en un ambiente en el que las individualidades coadyuvan por una definición que además aporte una identidad, una suerte de imagen de marca que tendría cada cual y ello, en detrimento de los referentes societarios que otrora servían para distinguir unos de otros. Me tocó presenciar en una ocasión una marcha de zombies y confieso que un lote importante se sentían tales, ni más ni menos.

El resultado conlleva igualmente una conducta que se particulariza, afectando a la comunidad democrática que antes se homogeneizaba en la vastedad de la noción de ciudadanía pero que ahora carece de empatía, reduciendo su desempeño en el espacio de su pretendida diferenciación, en el cuadro de su personalidad que no es habitual sino en cuanto es diferente.

Nunca como ahora la democracia, sistema social y valoración compartida, se muestra más apartada en el pretendido ejercicio de la libertad que se encierra más bien en construcciones sociales en las que la presencia es limitada y mínima la participación. Segmentaciones de diversa naturaleza, origen, denominación se perciben y se reclaman suficientes como para no requerir de otros concurrentes o acaso para, ante ellos, fijar distancias.

Todas esas agrupaciones tales como el feminismo, LGBT, gamers, ecologistas radicales, xenófobos por citar algunos, no se asumen como miembros de ninguna expresión social distinta a esa que los reuniría y definiría. Es un mundo que a nombre del valor social de la igualdad ha tallado un espacio para el colectivo de las individualidades, la membresía política tropieza con auténticos antagonismos. Lo que la diferencia es lo único que los une. Una suerte de solipsismo compartido dibuja las distintas figuras de una geometría social que atinaría solo como parte de un rompecabezas, un puzzle, en el que si bien se admite un común denominador no supone nada ante aquel que en la excepción los define y amasija.

La llamada generación millenial asume su entorno como un lastre con el que y a pesar de ello, debe transitar su búsqueda de la novedad que la totaliza y fascina. El presente no es más que la expectativa del futuro que se mide por las convincentes innovaciones que no por tales, menos rutinarias. La democracia que conocemos no metaboliza cómoda esos giros que la desbordan y la dejan siempre, aún en las sociedades más permisivas, varios pasos atrás.

Le falta pericia a la propuesta democrática para convencer, para atraer simplemente. La ecuación vital conoce una novación permanente, ante la compulsiva demanda del imperativo comunicacional que no por ello es otra cosa que el establecimiento de vasos comunicantes en el mismo continente social, político, económico pero no en el mundo que los rodea.

La búsqueda democrática colisiona en sus movimientos porque ofreciendo libertades culmina cediéndoles los espacios al individualismo de esos grupos y segmentaciones refractarias a los otros y al conjunto que incluye a todos. Es una auténtica aporía la que la democracia del momento exhibe y muy a su pesar debe asumirlo.

Paralelamente debe la democracia percatarse que vivimos y lo he repetido antes, el tiempo de la mentira, la tergiversación, la deformación, la adulteración e incluso, de la osada e impúdica sustitución ante todos de la verdad por la versión oficial de algunos y por si fuera poco, hay que agregar al menos, dos elementos más; la ideologización del espectáculo y, la admisión del relativismo que lo debilita todo. Nada es lo que dicen que es, hay que recordar y lo he hecho a menudo, que frente a ese discurso difundido solo podemos ripostar con la verdad, susceptible también de contrariar a los mercaderes del falso consenso que todo lo matizan.

Unas breves consideraciones sobre lo que es la teoría democrática y para ello invitamos, acotamos a nuestros comentarios, a partir de un interesante trabajo que además lleva ese título y cuya autoría corresponde a politólogos norteamericanos. En efecto, ab initio se resalta una interesante constatación que evidencia, en el estado del arte correspondiente a la temática, una sorprendente inactividad que se remonta a 1979 con la publicación de un texto de James Alfred Pennock en el que no se responde a la pregunta sobre qué es la democracia, pero responder esta pregunta resulta ser bastante más difícil que plantearlo. Pennock (1979) no responde la pregunta por sí mismo; deja esa labor a la posteridad, solo afirmando que “la frase [teoría democrática] se usa a menudo como si representara un cuerpo de doctrina claramente delimitado y acordado; pero eso está lejos del caso. Incluso la cuestión de qué temas debería incluir es objeto de un amplio “desacuerdo”.

Robert Dahl (Wikipedia).
Quizás lo único que los teóricos democráticos podrían estar de acuerdo sobre la teoría democrática es que es diversa, incluso de naturaleza incipiente. Robert Dahl (1956), por ejemplo, argumentó que «no hay una teoría democrática, solo hay teorías democráticas». También hay una letanía de reclamos rivales, ahora principalmente históricos, en el corazón de la democracia, y hasta ahora se han documentado más de 22 descriptores adjetivos de democracia (Gagnon 2018). Además, muchos teóricos democráticos contemporáneos comparten una ética pluralista preocupada por evitar un cierre autocrático en torno a lo que constituye la teoría democrática (ver, por ejemplo, Bader 1995; Blokland 2011; Erman 2009; Held 2006; Martí 2017; Moscrop and Warren 2016;). Sin embargo, el simple hecho de reconocer y abrazar esta diversidad por sí solo nos lleva tan lejos. (What Is Democratic Theory? Rikki Dean, Jean-Paul Gagnon, and Hans Asenbaum 2019).

Advierto que una materia tan atractiva desde el punto de vista del conocimiento y la academia, apenas deje, como lo afirma el estudio citado, testimonios mínimos de examen y, por cierto, ningún intento de problematización que hubiera servido al menos para desentrañar parangones que nos asistieran hoy en la tarea, convoca y glosa una dinámica que nos ayudará de algún modo y que trabajaremos, Dios mediante, la semana próxima.

Fuente:
https://www.elnacional.com/opinion/sobre-algunas-aporias-de-la-democracia-actual-ii/

domingo, 29 de diciembre de 2019

L' ENFANT TERRIBLE

Alfredo Jocelyn-Holt, historiador
«Lo que nosotros tuvimos fue una dictadura exitosa»
Juan Manuel Vial

Lo que sigue es una larga y distendida entrevista con el autor de tantos libros clave para entender nuestro pasado y nuestra realidad actual. Con sus habituales graduaciones de intensidad —que van desde el énfasis irónico hasta el bufido exasperado— Jocelyn-Holt revisa aspectos no conocidos de su vida al tiempo que esclarece su linaje intelectual sin dejar, por cierto, de echarle un vistazo crítico a la contingencia.
A fines de los años 90 me topé por casualidad con Alfredo Jocelyn-Holt en el andén del metro Los Leones. Lo saludé, pues nos ubicábamos, y antes de ponernos a conversar de lo que fuera, él propuso con cierta inquietud que nos alejáramos de los rieles. Al percibir la ligera sorpresa que me causó su petición, se explicó: tengo demasiados enemigos por estos días, dijo, y a varios de ellos no les costaría nada pasar por detrás mío y darme un empujoncito mortal aprovechando que estoy distraído hablándote. De la sorpresa pasé al desconcierto, pero me recompuse: concluí que se trataba de una broma e intenté una sonrisa. Indudablemente calibré mal: su rostro no reveló asomo alguno de complicidad, por el contrario, se endureció, delatando lo frívola y desconsiderada que le parecía mi sonrisilla. En ese momento, y en otros posteriores, estimé que él exageraba. Transcurrido el tiempo, hoy pienso que Alfredo no dejaba de tener razón al protegerse de esa manera. Es tal la cantidad de enemigos que este historiador liberal de 63 años ha cultivado en las últimas décadas, que para algunos de sus cercanos resulta milagroso que siga en pie, profesionalmente activo y con tribuna en la prensa escrita y en la radio. Otros, los no cercanos, lo tildan de conflictivo, demente y paranoide. Los atributos clásicos, dicen, del francotirador. Lo indesmentible, cualquiera sea el caso, es que en su obra publicada abundan las invectivas dirigidas hacia los sujetos más poderosos de este país, algo que, por supuesto, le ha significado pagar los costos correspondientes.
-Hay gente que sostiene que como enemigo eres implacable. Yo creo que también eres un poco suicida. ¿Qué consecuencias trae pelearse con los poderosos de este país?
-Bueno, me han sacado de cuatro o cinco universidades.
-¿Y te han vetado en los medios de comunicación?
-Claro que sí. En El Mercurio, por ejemplo, estoy vetado por Cristián Zegers, pues dije que él era uno de los autores de El libro blanco de la dictadura y nunca me lo ha perdonado. A fines de los años 90 ciertas personas tenían veto en la televisión, gente como Armando Uribe, Manuel Antonio Garretón, Gabriel Salazar, Tomás Moulián, yo, que en ese entonces estábamos reflexionando una historia bastante crítica de la transición. Eso está comprobado.
-¿Cuál ha sido el mayor costo que has pagado?
-Cuando hay vetos, te marcan. En el pasado, cuando estaba marcado por la derecha, era muy querido por la gente de izquierda, porque yo era esa especie de cuico, esa especie de momio que criticaba la dictadura y la transición. Pero una vez que te marcan, puedes ser marcado para siempre por cualquiera. Y eso es nefasto, pues se genera la idea de que eres una persona difícil, un marginal, un francotirador. Mil veces me han calificado de francotirador, pero la gente que lo hace ni siquiera sabe utilizar el término con propiedad. Cuando me fui de la Universidad Diego Portales —entre que me echaron y me hice echar—, surgió la posibilidad de que me contratara otra universidad privada. Las gestiones las había hecho alguien a mis espaldas. Claro que cuando no resultaron, me contaron cómo había sido todo: en la universidad yo les caía muy bien, no tenían dudas de mis competencias, pero cualquier cosa que pudiese ocurrir conmigo iba a salir en la prensa. Ese era el resquemor. Curioso, ¿no? Ahí me di cuenta de que no podía permanecer en ningún otro lugar que no fuese la Universidad de Chile. Pero al estar marcado, gozas de muy poca movilidad. Y la universidad a la que aludo es totalmente derechista, entonces, imagínate: el veto de derecha todavía sigue en pie.
-En este país los intelectuales no son vistos como sujetos de fiar. ¿Tendrá que ver esto con lo tuyo?
-Efectivamente. Los intelectuales son marcados como gente no confiable. Me acuerdo que una vez le pregunté a Hernán Errázuriz Talavera —que en paz descansa— por qué teníamos los políticos que tenemos. Hernán era un personaje muy divertido, embajador en Londres, abogado de Dodi Al-Fayed, también parece que defendió al Señor de los Cielos, en fin, le hice esa pregunta en la época en que Frei Ruiz-Tagle era presidente. Y me respondió: «Es que él es confiable». Hernán no hablaba solo en función de sí mismo, pues había sido hijo del presidente del Partido Liberal, es decir, lo suyo era un conocimiento adquirido. Hay una cantidad de personas no confiables, pero no hemos sido convincentes en demostrar que somos necesarios (risas). Hemos sido muy torpes en eso: no hemos podido asegurar que, conforme, somos no confiables, pero podemos aportar en otro sentido. Ahora bien, que los intelectuales no sean confiables me parece muy razonable. A los grupos políticos les agradan los intelectuales a sueldo.
-Concederás en que no eres un tipo común dentro del orden de las relaciones profesionales, puesto que, si no eres un francotirador, al menos eres temerario. Y aquí lo que tiende a primar es la componenda más que el ataque.
-Es que no me formé en los patios de los colegios tradicionales chilenos.
-Pero tuviste las mismas ventajas de quienes sí se formaron en los colegios tradicionales.
-Por supuesto. Mis ventajas no son naturales, son sociales. Cuando me echan de alguna universidad, siempre me planteo que debo ser la primera generación de mi familia, en casi cuatrocientos años, que se queda cesante, con una mano por delante
y otra por detrás. Y eso como que no es aceptable, no solo para mí, sino que también para otra gente. Y me ayudan, me socorren. Cada vez que me ha sucedido algo tremendo, se abren al mismo tiempo perspectivas.
-Tú ganaste la beca Presidente de la República que entregaba Pinochet.
-Cuando me planteo por qué la dictadura militar me apoyó con una beca para obtener un doctorado en Oxford, siendo contrario al régimen, siempre concluyo que este país no es tonto, y que incluso la gente de la dictadura militar no era tonta: al existir personas con cierta preparación, simplemente no se puede prescindir de ellas. No es que me esté vanagloriando, pero la verdad es que en ese momento había muy pocos individuos que tenían mi educación. Yo estudié una licenciatura y un máster en cuatro años, en Estados Unidos, eso es bien notable. Lo normal es tardar seis años. Contaba además con una formación en Derecho, donde me había ido muy bien. A ver: postulantes así no se encuentran fácilmente. Alcancé a estar 16 años en una universidad, siendo universitario, que es más o menos lo que estudia un aspirante para convertirse en jesuita. Mira, no me gusta nada lo que piensan algunos de mis alumnos, ni tampoco sus militancias, pero debo reconocer que, si son habilosos, cometes un gravísimo error al perseguirlos. Las primeras veces que tuve dificultades en la universidad, supe decir que si me vetaban, me podía transformar en un Abimael Guzmán. Y creo que el país no quiere eso, hay que tener muchísimo cuidado.
-¿Eres de derecha?
-Sí, soy de derecha, pero ocurre algo curioso: en los años 90 yo siempre decía que era de derecha, pero nadie me creía. Lo notable es que ahora nadie duda que soy de derecha. Y yo no he cambiado (risas).
Exilio interno
La entrevista se desarrolla en la casa del historiador, una construcción de ladrillo ubicada en la comuna de Providencia. Él me recibe en el living, pintado de un elegante celeste pálido, un lugar plácido donde la principal decoración, además de algunos cuadros antiguos cuya procedencia no logro identificar, son los libros y un busto de José Manuel Balmaceda. Jocelyn-Holt es tataranieto del presidente suicida, pero no por ello lo defiende a brazo partido. De hecho, se declara parlamentarista, en oposición a uno de los principales legados de su ancestro, el presidencialismo.
-¿Cuántos libros tienes?
-No sé bien, he hecho cálculos, creo que entre 12 mil y 14 mil ejemplares. Pero Carmona dijo el otro día que tenía 7 mil libros y que valían 254 millones de pesos ¡Los tiene tasados! Sus libros son más caros que una propiedad de la que habló, que vale 80 millones de pesos. Los míos, debo admitir, son más baratitos.
-¿Te refieres a Carlos Carmona, el ex presidente del Tribunal Constitucional y académico de la Universidad de Chile, el que generó la toma feminista en la Facultad de Derecho, la toma que en rigor originó todo el movimiento feminista de nuestros días?
-Ese mismo, el sexual (carcajada). Dijo que tenía 7 mil libros, y, no sé, ha de tener incunabula o ejemplares muy especiales. Mi experiencia con los libros es que cuestan muy caros y nomás sales de la librería valen un tercio. No soy coleccionista de libros, mi biblioteca es estrictamente de uso. Entonces compro libros totalmente rayados, a veces porque son los únicos que encuentro. Y hay lectores que subrayan, incluso con lápiz pasta, que son extraordinarios, es decir, subrayan justo lo que uno debiera subrayar, te hacen la pega.
-Me imagino que en tu biblioteca también hay libros selectos, libros sobre los que siempre vuelves.
-Claro, hay conjuntos de lecturas. Yo me especialicé en Renacimiento italiano en la Universidad Johns Hopkins, por lo tanto para mí es muy importante el tema de los humanistas. El libro de Hans Baron sobre el humanismo cívico, por ejemplo, es crucial. Recuerdo que cuando fui alumno de Mario Góngora, se lo presté. Y cuando me lo devolvió, conversamos largo sobre él. Pero el gran autor, el que me introdujo en todo, fue Jacob Burckhardt. La cultura del Renacimiento en Italia es fundamental.
-A Burckhardt lo citas en tu Historia general de Chile.
-A ciertos autores los cito en todos mis libros.
-¿Tus padres leían?
-Mi madre es muy lectora, aunque curiosamente le gustan mucho las novelas del corazón. Mi padre, que era arquitecto, leía mucho y tenía una pequeña biblioteca dedicada a la arquitectura, que a su vez es la base de todos los libros de arquitectura que yo tengo. Entonces hay una cosa medio edípica ahí.
-¿Tu pasión por la arquitectura viene de él?
-Sí, de él. Y por dibujar también. Llegué a dibujar bastante bien.
-¿Sigues dibujando?
-No. Pero los libros siempre estuvieron presentes. La casa de mi bisabuelo Letelier tenía muchos libros, hartos libros jurídicos. En la casa de mi abuela todavía existían libros de Balmaceda, de la biblioteca que fue saqueada el 91, provenían de ahí, tenían los sellos. Y también en las casas de mis bisabuelas había mucha pintura. En la casa de mi bisabuela Velasco, por ejemplo, había un Dufy, dos Sorolla, un Rousseau, el Aduanero, pero era totalmente realista, debe haber sido uno de los pocos. Había una Venus de Milo bastante buena, un busto de Voltaire (Houdon auténtico), regalado por el embajador de Francia. Y la casa de mi bisabuela Balmaceda estaba llena de estatuas, repleta. Muchos bronces. Parece que algunos habían pertenecido al Presidente. Y pianos que no se tocaban. A esas alturas del juego, ya nadie tocaba el piano. Son mundos bastante potentes para sensibilizarte por la cosa artística. Me venía por todos lados.
-¿Qué otros conjuntos de lecturas te impresionaron?
-Hubo una época en que me dediqué profundamente a la historia intelectual, y ahí fue muy importante el grupo Bloomsbury. Yo quería entender un ambiente colectivo, no solo a una figura. Por supuesto que me interesaban mucho Lytton Strachey y Virginia Woolf. Pero todo lo que se produjo en torno a ellos durante los años 70 y 80 del siglo XX, las biografías colectivas que surgieron de ese grupo, Leon Edel, por ejemplo, o cuando Richard Ellmann se abocó a Oscar Wilde, ese material fue muy relevante para mí, puesto que trataba a una generación, a un grupo.
-¿Te hubiera gustado participar de un colectivo intelectual?
-Siempre tuve el anhelo de que existiera esa especie de colectivo, pero nunca he visto un colectivo en la vida real.
-Eso es un poco triste, ¿no?
-Sí, es triste. En consecuencia, yo trabajo bajo una suerte de exilio interno.
-¿Tu condición de profesor daría para formar grupos?
-Antes podría haberse dado, ya que en otra época el mundo académico era estimulante. Hoy por hoy me sorprendo cuando alguien me sugiere un título que desconozco, y créeme que los anoto. Pero antes me gustaba ser profesor justamente porque los alumnos me entregaban mucho conocimiento, no era solo yo el que impartía. Hoy no es así. Y las conversaciones con otros profesores son nulas. No creo que mi caso sea el único.
-¿En qué va tu Historia general de Chile?
-Está parada, hasta ahora. La escritura, digo, pues todos mis cursos los hago en función de la Historia general. Faltan tres volúmenes, otros tres ya se han publicado. Estoy en el período de la Independencia y de la Revolución Francesa. El próximo volumen me lleva hasta la Generación del 42, el quinto va de 1842 hasta los años 20, y finalmente arribo al siglo pasado.
-¿Hay algún historiador que te inspire para escribir tu historia de Chile?
-Escribir una «historia general» es hacer lo que muchos otros han hecho antes. Nuevamente esto tiene que ver con el Renacimiento: los pintores en el Renacimiento tenían que demostrar cierto tipo de avances para transformarse en maestros. Entonces pintaban predelas, que están en los altares menores, en las que son muy innovadores. Y después van subiendo y pintan santos, hasta que, al final, se gradúan, se titulan haciendo una crucifixión, por ejemplo, o una ascensión de la Virgen, o una serie mural. En Chile existe esta secuencia con los historiadores: todos escriben un libro sobre la Independencia, uno sobre Portales, uno sobre historia contemporánea, y todos terminan escribiendo una «historia general». Yo he seguido la línea al pie de la letra. Al principio no me di cuenta de que lo hacía, pero después caí en que eso es Encina, eso es Barros Arana, eso es Vicuña Mackenna. Todos lo hicieron de alguna u otra manera. En su momento le planteé una crítica a Gabriel Salazar, a quien estimo muchísimo: si seguía escribiendo nada más que del bajo pueblo, de la señora Peta y de la remolienda y demases, no iba a poder entrar en esta especie de canon. Y parece que me encontró razón, porque después escribió un libro sobre Portales y otro sobre la Independencia. Ha ido siguiendo la pauta.
-Tu Historia general de Chile tiene cierto componente imaginativo y audaz que no ha sido bien entendido por todos. ¿Has recibido críticas de tus pares por ello?
-Según algunos, soy un ensayista y no un historiador. El juicio es ridículo, porque ambos acercamientos no son excluyentes. Además, en Chile el género de la historia es el ensayo, el que ha gozado de mayor impacto. Como sea, lo bonito de mi profesión es contar un cuento que todo el mundo sabe, claro que relatado de un modo distinto, de un modo que te permita apreciar y ver cosas que no se habían visto antes. Por eso me entretiene escribir mi Historia general de Chile.
-¿Lees a tus pares?
-La verdad es que, cosa notable, me carga leer historiadores. Por lo demás, los historiadores académicos son un bodrio y no tienen idea de urdir un relato. Tenemos historiadores fenomenales, como Simon Schama, Alexis de Tocqueville, Jacob Burckhardt, Mario Góngora, pero la media del historiador es muy precaria, hay que evitarla. Los historiadores podrían ser audaces, tienen todas las herramientas para serlo. Al escribir uno tiene que darse cuenta de que le estás hablando a un público que es profesional y que es culto, pero no compuesto únicamente por historiadores. Eso es la perdición.
-¿La academia también te detesta?
-No tengo nada que ver con ellos. Aun así, me hacen sentir su rechazo. Ello explica, en parte, por qué me moví al mundo periodístico, en vista de que se cerraban puertas. Pero no los echo de menos, para nada. Nuestra academia produce cada vez más para revistas indexadas que nadie lee. Y sus miembros no escriben libros. Somos contadísimos los que escriben y publican. Y ello genera animadversiones. Estoy vetado en la Facultad de Historia de la Universidad Católica, y eso que no tengo ni el más mínimo interés en hacer clases allí. Estoy vetado en la Universidad de Chile, en la misma facultad donde soy profesor: no formo parte del Departamento de Historia porque tengo veto. Pero son tantos allí los acusados de acoso sexual, que la verdad es que no dan ganas de ser parte de eso (risas). Además, la gente podría pensar por asociación que uno es más sexy de lo que realmente es. En suma, no tengo ningún vínculo formal con el mundo historiográfico. Me invitan a charlas, conferencias, seminarios, pero no asisto.
-Eso con los historiadores chilenos. ¿Lees historiadores contemporáneos de otras nacionalidades?
-Para serte bien franco, leo mucha historia, pero, insisto, no me agrada leer historia. Eso sí, me encantan los historiadores con oficio. Últimamente me sorprendo leyendo historiadores de los años 30, 40, 50 del siglo pasado, historiadores generalistas, muy competentes. Te hablo de esas largas colecciones de períodos completos de la historia francesa, norteamericana o inglesa, que van poco menos que por décadas. Eso es un trabajo de oficio que me atrae muchísimo. Pero lo que más me estimula son los ensayistas y no los historiadores. Aunque evidentemente necesito leer demasiada historia.
Salazar, Góngora, Marx, Žižek
-A la gente le llama la atención tu amistad con Gabriel Salazar, dado que ambos representan extremos opuestos de una misma profesión, él en el flanco marxista y tú en el ala liberal de derecha.
-Gabriel es una persona generosa, tolerante con las opiniones ajenas y para mí es un historiador admirable. Resulta muy necesario tener gente a quien admirar, pues de otro modo te conviertes en un onanista feroz. Es fundamental. Con Gabriel somos historicistas, fuimos formados en una misma línea, y ahí hay un nexo común, que es Mario Góngora, de quien Gabriel fue ayudante. Yo no fui su ayudante, pero a mí él me marcó mucho. Gabriel y yo apreciamos la historia a partir de un sujeto privilegiado —en el caso suyo es el bajo pueblo, en el mío son las elites—, y tratamos de observar el fenómeno desde el interior de su propio contexto, no desde la perspectiva de hoy en día. Así entiendo un poco el historicismo. Lo curioso, dicho sea de paso, es que Gabriel se lleva mucho mejor con gente ubicada en el extremo opuesto de su pensamiento. Recordemos que se tuvo que ir de Humanidades en la Universidad de Chile espantado por las feministas: lo funaron, lo insultaron, incluso algunas de sus exalumnas. Y, bueno, se mandó a cambiar. A mí me parece que la izquierda es demasiado sectaria.
-¿Quedan todavía buenos historiadores marxistas en Chile? Pienso en gente de la talla del fallecido Armando de Ramón, por ejemplo.
-Aquí siempre hemos tenido buenos historiadores marxistas. Y hoy en día, aparte de Gabriel, tenemos a Julio Pinto, que también es muy excepcional. Armando de Ramón y Gabriel Salazar —eran íntimos amigos— armaron este asunto de la historia social, que fue muy importante hasta hace poco. Pero hoy en día se ha desperfilado. Uno piensa que las posturas de derecha son más proclives a desperfilarse, pero es fascinante ver cómo el progresismo pasa por encima de avances progresistas previos. Muy valioso observar un proceso basado en las ansias de figurar, en las ganas de hacerse con parte de la torta, de ocupar el espacio. Aquí no es que queden marginados únicamente los liberales, los moderados, los de derecha, llámalos como tú quieras. Hoy en día es todos contra todos.
-¿Leíste El Capital?
-Me temo que no. Pero El manifiesto comunista lo he leído enésimas veces.
-¿Cómo se juzga a Karl Marx hoy en día?
-Al igual que todas las autoridades intelectuales de peso, tenemos que estar volviendo a él permanentemente, es ineludible. Eso sí, debemos cuidarnos de sus divulgadores, de sus discípulos, de sus acólitos. Yo provengo de una generación en la que se descubrían distintas facetas de Marx, aspectos que no habían sido considerados por la ortodoxia, te hablo «del joven Marx», del Marx que sacaba a relucir Erich Fromm. Y eso era bastante rico. Tengo una muy buena opinión de Marx. Quienes atacan duramente a Marx nunca lo entendieron bien. Cada vez que lo leo, lo encuentro novedoso. Claro que no acepto la dialéctica, pues me parece una sobresimplificación de la historia.
-¿Qué te parece la obra de Slavoj Žižek, el historiador marxista del momento?
-Las partes que logro entender, las encuentro admirables.
-Claro, él recurre demasiado a Lacan, y Lacan es bastante incomprensible, ¿o no?
-A mí Lacan ciertamente me supera. A Žižek me cuesta seguirlo, muchísimo. Hay cosas que he logrado comprender, y las cito, porque encuentro que son como descubrir una perla, un diamante único. Tiene frases muy lúcidas, por cierto, pero es francamente agotador.
Liberalismo: malos entendidos
-¿Qué es ser liberal hoy por hoy en Chile? Te pregunto porque aquí consideran a Mario Vargas Llosa como el ícono del liberalismo contemporáneo, y a mí me parece que él es un personaje anclado en el siglo XX. No es una figura contemporánea.
-Bueno, los anacronismos suelen durar mucho (risas). Imagínate que Vargas Llosa dura más que el Premio Nobel: puede que el Premio Nobel de Literatura se extinga, pero a Vargas Llosa lo vamos a tener el próximo año hablando de derechas cavernarias (carcajada). Lo mejor del famoso último encuentro fue cuando él dijo que apoyaría un golpe militar en Venezuela, pero que ese gobierno fuera cortito (carcajada). Bueno, Eduardo Frei dijo lo mismo en 1973, pensaba que los militares iban a llamar a elecciones en 90 días. No es por defender a Axel Kaiser, pero me da la impresión de que Vargas Llosa no podía hacer una confesión pública de que hay dictaduras buenas, pero cortas. Volvamos mejor a tu pregunta: ¿liberales en Chile? Recuerdo que en los años 90 empezaron a aparecer encuestas en que más del 50 por ciento de los consultados, esto en revistas como Qué Pasa y otras, afirmaban ser liberales, lo cual me parecía muy sospechoso, porque en los años 60 y 70 nadie quería ser liberal. ¿Cómo pudo darse entonces un aggiornamento tan rápido? Era bastante raro. En Chile confunden liberalismo con progresismo. Es muy llamativo que desde los años 60 en adelante aquí no exista ningún progresista que no sea de izquierda. En consecuencia, ser liberal hoy en día significa adherir a una línea progresista en una serie de asuntos, adherir a una agenda. Por ejemplo: si estás a favor del aborto, eres liberal; si estás por no casarte y convivir, eres liberal; si asumes en forma pública una identidad de género o una sexualidad minoritaria, no las heterodoxas, eres liberal. Pero eso no tiene nada que ver con lo que tradicionalmente ha sido el liberalismo.
-¿Ves algún personaje público de nuestros días al que pudieras definir como un liberal de tomo y lomo?
-No, no veo a nadie así por los alrededores. En Chile no hay liberales hoy en día porque la fascinación con el poder y el querer adelantar intereses impide darse cuenta de que lo que le importa al liberalismo de verdad es la limitación del poder, la sospecha del poder.
-¿Ni siquiera algún liberal camuflado en las esferas del columnismo de prensa, de la radio, de la televisión?
-Nadie. Imagínate que un liberal, para ser realmente liberal, tiene que ser bastante ilustrado, y lo que hoy está en juego es el cuestionamiento de la ilustración, entonces si cuestionas la ilustración, ¿cómo no va a estar cuestionado el liberalismo? El liberalismo debe plantearse en términos muy de orden político, porque es estrictamente político.
-Y si se acabó el liberalismo, ¿qué fue lo que lo destruyó?
-Lo que deshizo al liberalismo en Chile fue el positivismo, hacia fines del siglo XIX y principios del XX. Y ese positivismo engendra sectores de izquierda, como el marxismo, sin ir más lejos. Muchas veces se ha señalado, con razón, que el marxismo tuvo tanta acogida en América Latina porque teníamos un pasado positivista muy fuerte. El positivismo es también toda esa línea técnica, tecnocrática, que entra en las lógicas desarrollistas de los años 60. En nuestro caso, la izquierda socialdemócrata, la Democracia Cristiana y luego el neoliberalismo. Hablamos entonces de ingenieros comerciales, de un positivismo con lógicas cercanas a Saint-Simon, según el cual debieran gobernarnos los ingenieros. En Chile se inventó una especie única de ingenieros. Yo soy profesor en Beauchef, la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, y mis alumnos siempre se ríen cuando les pregunto cómo ven a los ingenieros comerciales. Los ingenieros comerciales son un poco raros, pero sin duda son saintsimonianos en esa lógica constructivista, dirigista, y en que todo se mide a través de hechos y utilidades concretas. Son una especie de factismo. Pero no hay que olvidar que mataron al liberalismo y al romanticismo, que, bueno, habrán tenido sus pifias, como todas las ideologías, pero eran más nobles que el positivismo.
-¿Quién fue el gran liberal del siglo XIX chileno?
-Todos lo fueron. Absolutamente todos. Incluso los conservadores. Bilbao, Lastarria, el mismo Bello, que a veces es más conservador, otras veces liberal, Sarmiento, Alberdi, todos los argentinos. Ahí comienza. Realmente ahí comienza el liberalismo. Pero son todos, porque la hegemonía liberal en el siglo XIX es total. Hasta los conservadores pueden ser más liberales que los liberales, por ejemplo en materia económica.
-El neoliberalismo vendría a ser entonces una nomenclatura, pues del liberalismo clásico no parece tener mucho.
-El neoliberalismo es un hijo bastardo del liberalismo y es un liberalismo taquigráfico (bufido irónico), porque abrevia más de la cuenta los asuntos. Es muy económico en su visión del liberalismo. Súper económico. Como que elimina lo fundamental. Mira tú: el neoliberalismo en Chile sostenía que en realidad bastaba con el desarrollo económico para obviar el problema político. Y entonces estallan las protestas sociales del 2011. Esto ya era evidente en la dictadura, y era muy evidente bajo el consensualismo de los años 90. Vaya cuento, ¿no?
-En una de tus columnas propusiste que un paso vital para mejorar las universidades chilenas es un consenso nacional. ¿Es posible hoy en día alcanzar ese consenso?
-Impensable, impensable en un contexto donde la gente cree que hay que repensarlo todo. La maldita costumbre de fundarlo todo. Si la derecha ahora no está en esa parada, se debe únicamente a que durante la dictadura hizo exactamente eso, refundó todo. La derecha fue la primera en demostrar que ese modus operandi era exitoso: uno podía repensar un país desde cero, empezando por el bombardeo a La Moneda, para luego dejar nada más que los muros, pues con todo lo demás se arrasa. He ahí un modelo, que además triunfó.
Y por favor dejémonos de hablar de dictaduras buenas o malas, hablemos mejor de dictaduras exitosas o fracasadas, porque lo que nosotros tuvimos, y esto sí que es real, nos guste o no, y a mí francamente no me gusta, lo que nosotros tuvimos fue una dictadura exitosa, algo que explica muchas cosas. Y entonces la izquierda, que hoy día es gran lectora del nazi Carl Schmitt, dice «esto es papita pa’ Micifuz»: si les fue bien a ellos, ¿por qué no nos va a ir bien a nosotros? Todo bajo un sectarismo brutal. Y vuelvo a mi caso, pues resulta ilustrativo: si hoy día existiesen 20 becas para ir a Oxford con Becas Chile, alguien como yo no la gana.
-Y del neofeminismo actual, ¿qué puedes decir?
-El otro día recibí un correo que informaba de un seminario de historiadoras feministas. Tras leerlo, quedé con la impresión de que no podía asistir ningún hombre. Entiendo que en las asambleas de la toma feminista de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile pusieron vetos como condicionantes de quién podía asistir o no. Estamos frente a un estalinismo y maoísmo muy duro. Y en ese plano no tenemos nada qué hacer.

(*) Alfredo JocelynHolt, historiador, nació en Santiago de Chile en 1955. Hizo sus primeros estudios en la Johns Hopkins University, donde obtuvo una licenciatura en Historia del Arte y un máster en Estudios Humanísticos. Se licenció también en Derecho por la Universidad de Chile. Posteriormente se doctoró en la Universidad de Oxford. Es autor de varios libros, ensayos y, recientemente, publicó el libro La Casa del Museo, que estudia la historia de la casa Yarur Bascuñán, hito de la arquitectura moderna chilena y actual Museo de la Moda.

Fuente:
https://www.revistaatomo.com/es/2018/10/alfredo-jocelyn-holt-historiador/
Fotografías: Pablo Izquierdo.
Cfr.
https://www.latercera.com/la-tercera-pm/noticia/alfredo-jocelyn-holt-esta-nueva-constitucion-esta-viciada-surgira-bajo-amenazas-y-se-remontara-a-actos-terroristas/943701/
https://www.youtube.com/watch?v=kkOS8_nt7ls
https://www.youtube.com/watch?v=LSkgfmNoPsk
https://www.youtube.com/watch?v=pp71H2IV0gU
https://www.youtube.com/watch?v=zqe3LKendi8
En la cuenta facebookeana del historiador Víctor Pineda está la confiable, breve per elocuente crónica del historiador Víctor Pineda sobre la otrora residencia presidencial La Casona: https://facebook.com/victormigpineda