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sábado, 25 de enero de 2020

ADEMIA

Sobre algunas aporías de la democracia actual (I)
Nelson Chitty La Roche

“La democracia en Chile se acabó. Desde mediados de octubre de 2019 se ha hecho patente que yacía muerta desde mucho antes de lo que pudimos percatarnos y que nos encontrábamos habitando el putrefacto cadáver de un orden en descomposición. El fin de la democracia, tal como la hemos conocido desde hace no más de dos siglos, se ha instalado como un quiebre rotundo de las instituciones decimonónicas, las tecnologías políticas que en ellas pululaban y las formas de gestionar y comprensión de lo social”. Carlos Ramírez,  Christopher Yáñez-Urbina e Iván Salinas

La situación chilena no cesa de sorprender e impactar. Un destacado columnista incluso se permitía admitir que no lograba entender sin ayuda de expertos psicólogos y psiquiatras toda una fenomenología que parecía contraria a los elementos objetivos que rodean a la sociedad del hermano país, como aquella que lo presenta como el más fuerte económica y socialmente del continente y, sin embargo, da cabida a esta erupción inconforme y violenta, con tendencias esquizoides.

La universidad chilena no escapa del estupor que produce el movimiento que, por cierto, se radica fundamentalmente en la capital, aunque hubo episodios en otras latitudes, pero de una vez conjeturan sobre la etiología del malestar, apuntando al agotamiento del modelo, aun y a pesar del éxito que anunciarían los guarismos y mediciones convencionales, en un escenario de bienestar aparente y disminución de la pobreza. Así, señalan a la democracia y a la Constitución como los agentes, víctimas y victimarios de estos episodios de explosión societaria. Demasiado pronto y demasiado convencionales me lucieron esas apuradas especulaciones.

Igual que en la Venezuela de 1992, o la Colombia de 1990, pensaron algunos que en el pacto político con sanción jurídica, como denominaremos a la Constitución, obra la explicación y la respuesta de los capítulos inesperados que se viven, cuando el orden no cumple su cometido, ni la racionalidad atina a explicarse lo que pasa. En el camino se oye una sentencia severa de que la democracia como sistema de coexistencia pacífica que se postula como la mejor forma de gobierno se muere o acaso la panacea para los males debe encontrarse en la revisión de la Constitución.

Así, pues, se avanzan hipótesis que advierten el fin de una época, pero todavía anuncian la caducidad de la cultura democrática y ello incluye las organizaciones, vale decir, los partidos políticos e incluso las movilizaciones, manifestaciones, protestas que terminaban asimiladas por el discurso del liderazgo, siempre seguido y concluyente. Pareciera que el cataclismo ha puesto a prueba las formas y las maneras como otrora reaccionaba la comunidad política.

En nuestro criterio, el asunto es mucho más hondo, mucho más ininteligible y más gaseoso al mismo tiempo. Con el respeto y la prudencia debida, sentimos a la clase política chilena e incluyo a todos, gobierno y oposición, chocados, turbados, superados y sin asir la naturaleza del tsunami que los bañó de desencuentros, desengaños y desventuras. El estallido prescindió de un tajo de la representación y precisamente, desnudó arrasándolo todo, su talante iconoclasta, impío, bárbaro.

Con motivaciones distintas, pero compartiendo el elemento económico social en positivo, Bolivia hizo su gesta, su inesperada epopeya, su faena libertadora. Como Chile, las estadísticas evidenciaban que Bolivia mejoraba, pero la procesión iba por dentro y al contrario que en Chile, la cultura democrática ajustó el aparato y con el ariete de la unidad ciudadana le abrió un boquete tan grande al muro de Evo que se le fue el control y la confianza a un orden confiado, arrogante y soberbio.

Por años, los estudios y seguimientos de los comportamientos de la ciudadanía suramericana, y en ello coincidían todos los organismos especializados de las distintas agencias de naciones unidas o del escenario regional, denunciaban una peligrosa tendencia presente en la consulta que confesaba sin vacilaciones la disposición a sacrificar democracia por estabilidad y mejoría económica por asistencia pública masiva.

Pero y entonces, ¿qué está pasando? Aunque se adujo el malestar en Chile por un aumento mínimo del transporte, la secuencia convoca otros análisis, pesquisas e investigaciones para comprender la racionalidad de la revuelta o la irracionalidad tal vez describe mejor el asunto.

No pienso que sea posible hacerlo, sin ponderar otros aspectos que han acompañado o se han mostrado en la escalada chilena. Me refiero a las reacciones de la gente, del común, de los que se sumaban al asalto, saqueo, profanación y vulgarización de sectores que no por tolerados o respetados se sintieron obligados con el statu quo y por el contrario, creyendo a todo evento reafirmarse lo desafiaron.

No pretendo ni remotamente aparentar que conozco a Chile y menos que puedo a lo lejos hacer diagnósticos ni proponer terapias. Solo sigo atento las noticias y leo con interés los artículos de opinión y de la academia que he podido encontrar, pero intento darme una explicación o, al menos, señalar para el análisis las anotaciones frecuentes y las inferencias que de ellas nos podemos hacer.

Sin embargo, es menester atreverse, buscar, indagar y conjeturar para acercarse a la verdad y haciéndolo, usamos el instrumental epistemológico disponible y ensayamos algunas construcciones como referentes metodológicas.

Nos interrogamos también y en la procura de las respuestas también hacemos interesantes hallazgos que soportan la consecuente aparición y decantación de la argumentación.

En esa dinámica, nos atrajo una de las siempre nutritivas reflexiones del filósofo italiano Giorgio Agamben y especialmente su texto titulado, “Stasis. Civil War as a Political Paradigm” y del cual hemos hecho abordaje repetido. En efecto, en las cavilaciones y afirmaciones de Agamben atrajo nuestra atención para esta ocasión aquella que comienza con el aserto según el cual el Estado moderno exhibe un cuadro de ademia.

Se trataría de constatar y definir una situación en la cual el escenario público societario carecería de pueblo como resultado de la captura en la representación de aquel y desde luego, el eclipse del susodicho dejando únicamente a la estructura constituida ocupar los espacios, suplantar la deliberación y conculcar la decisión.

Giorgio Agamben, según Pere Durán
(Girona, 2014).
El paisaje social entonces estaría sujeto a un cortocircuito, por así llamarlo, separada la gente, el común, interrumpida la comunicación entre la representación y aquellos a los que debe representar. El ejercicio comenzaría al cesar la acción constituyente que vio operar una delegación o quizá, más bien, una transferencia de soberanía que luego se oligarquizaría y provocaría una disfunción entre ciudadanía y representación.

La gente sería, como afirma Gian Giacomo Fusco, un estudioso de Agamben, una masa cuasi ausente, pasiva, distraída en sus necesidades biológicas, y no obstante, y es esa la paradoja, la constituyente de su propia negación y no necesariamente para otra cosa que su bien en la perspectiva del Estado.

El tema de suyo arisco, complejo, confuso y un tanto inasible sustenta un evidente interés académico, pero también sociológico y ciudadano, que trabajaremos más, Dios mediante, la próxima semana.

Fuente: 
https://www.elnacional.com/opinion/sobre-algunas-aporias-de-la-democracia-actual-i/


Sobre algunas aporías de la democracia actual (II)
Nelson Chitty La Roche

“Se sugiere la reinvención normativa de la democracia sin pérdida de sus referentes esenciales, pero adecuándolos a las realidades distintas que plantea el siglo XXI, comenzando por lo esencial: el restablecimiento del tejido social bajo un denominador común que sea sensible a los valores democráticos, en modo tal que se refleje en las nuevas categorías constitucionales que deban ser formuladas”. Asdrúbal Aguiar

Es ya más que frecuente, una certeza regular y presente, en cada uno de los recientes análisis sobre la democracia y aquellos raros sobre la teoría de la democracia, encontrar críticas sobre la marcha del sistema, su nomos y su eficacia. Tal vez sea tiempo de admitir que muchas preguntas quedan sin respuesta, habida cuenta de las carencias u obsolescencias epistémicas que derivan del cosmos social actual y de las dificultades para advertir su especificidad y los elementos que lo descubren e integran. El mundo, la sociedad, los valores, el hombre, mutaron y cambian aceleradamente si es que podemos captar el movimiento en esta ecuación existencial empapada de instantaneidad.

Y no es sencillo hacerlo porque, como recuerda Sartori, los conceptos que como herramientas utilizamos para comprender en ellos los fenómenos que observamos se han estirado tal vez demasiado y no logran los susodichos albergar en su seno racional, el compendio de sus distintos e incluso nóveles elementos en  sus inevitables límites.

Acontece entonces con la democracia, como pasó a mediados del pasado siglo XX con el vocablo poder, que ya Arendt o Aron, entre otros, lamentaban percatarse de la falta de cohesión o elaboración y tal vez, desnudando en considerable atraso epistemológico pero lingüístico de la ciencia política para proporcionar sustento a las reflexiones que sobre ese constructo se postulaban. Cuesta bastante definir hoy a la democracia y, se hace más importante no solamente definirla sino seguirla, hallarla, precisarla, siendo que un elevado nivel de incertidumbre la rodea.

Los parámetros de las sociedades de este momento tienen en común la fascinación por el espectáculo y la mimetización de las personas en un ambiente en el que las individualidades coadyuvan por una definición que además aporte una identidad, una suerte de imagen de marca que tendría cada cual y ello, en detrimento de los referentes societarios que otrora servían para distinguir unos de otros. Me tocó presenciar en una ocasión una marcha de zombies y confieso que un lote importante se sentían tales, ni más ni menos.

El resultado conlleva igualmente una conducta que se particulariza, afectando a la comunidad democrática que antes se homogeneizaba en la vastedad de la noción de ciudadanía pero que ahora carece de empatía, reduciendo su desempeño en el espacio de su pretendida diferenciación, en el cuadro de su personalidad que no es habitual sino en cuanto es diferente.

Nunca como ahora la democracia, sistema social y valoración compartida, se muestra más apartada en el pretendido ejercicio de la libertad que se encierra más bien en construcciones sociales en las que la presencia es limitada y mínima la participación. Segmentaciones de diversa naturaleza, origen, denominación se perciben y se reclaman suficientes como para no requerir de otros concurrentes o acaso para, ante ellos, fijar distancias.

Todas esas agrupaciones tales como el feminismo, LGBT, gamers, ecologistas radicales, xenófobos por citar algunos, no se asumen como miembros de ninguna expresión social distinta a esa que los reuniría y definiría. Es un mundo que a nombre del valor social de la igualdad ha tallado un espacio para el colectivo de las individualidades, la membresía política tropieza con auténticos antagonismos. Lo que la diferencia es lo único que los une. Una suerte de solipsismo compartido dibuja las distintas figuras de una geometría social que atinaría solo como parte de un rompecabezas, un puzzle, en el que si bien se admite un común denominador no supone nada ante aquel que en la excepción los define y amasija.

La llamada generación millenial asume su entorno como un lastre con el que y a pesar de ello, debe transitar su búsqueda de la novedad que la totaliza y fascina. El presente no es más que la expectativa del futuro que se mide por las convincentes innovaciones que no por tales, menos rutinarias. La democracia que conocemos no metaboliza cómoda esos giros que la desbordan y la dejan siempre, aún en las sociedades más permisivas, varios pasos atrás.

Le falta pericia a la propuesta democrática para convencer, para atraer simplemente. La ecuación vital conoce una novación permanente, ante la compulsiva demanda del imperativo comunicacional que no por ello es otra cosa que el establecimiento de vasos comunicantes en el mismo continente social, político, económico pero no en el mundo que los rodea.

La búsqueda democrática colisiona en sus movimientos porque ofreciendo libertades culmina cediéndoles los espacios al individualismo de esos grupos y segmentaciones refractarias a los otros y al conjunto que incluye a todos. Es una auténtica aporía la que la democracia del momento exhibe y muy a su pesar debe asumirlo.

Paralelamente debe la democracia percatarse que vivimos y lo he repetido antes, el tiempo de la mentira, la tergiversación, la deformación, la adulteración e incluso, de la osada e impúdica sustitución ante todos de la verdad por la versión oficial de algunos y por si fuera poco, hay que agregar al menos, dos elementos más; la ideologización del espectáculo y, la admisión del relativismo que lo debilita todo. Nada es lo que dicen que es, hay que recordar y lo he hecho a menudo, que frente a ese discurso difundido solo podemos ripostar con la verdad, susceptible también de contrariar a los mercaderes del falso consenso que todo lo matizan.

Unas breves consideraciones sobre lo que es la teoría democrática y para ello invitamos, acotamos a nuestros comentarios, a partir de un interesante trabajo que además lleva ese título y cuya autoría corresponde a politólogos norteamericanos. En efecto, ab initio se resalta una interesante constatación que evidencia, en el estado del arte correspondiente a la temática, una sorprendente inactividad que se remonta a 1979 con la publicación de un texto de James Alfred Pennock en el que no se responde a la pregunta sobre qué es la democracia, pero responder esta pregunta resulta ser bastante más difícil que plantearlo. Pennock (1979) no responde la pregunta por sí mismo; deja esa labor a la posteridad, solo afirmando que “la frase [teoría democrática] se usa a menudo como si representara un cuerpo de doctrina claramente delimitado y acordado; pero eso está lejos del caso. Incluso la cuestión de qué temas debería incluir es objeto de un amplio “desacuerdo”.

Robert Dahl (Wikipedia).
Quizás lo único que los teóricos democráticos podrían estar de acuerdo sobre la teoría democrática es que es diversa, incluso de naturaleza incipiente. Robert Dahl (1956), por ejemplo, argumentó que «no hay una teoría democrática, solo hay teorías democráticas». También hay una letanía de reclamos rivales, ahora principalmente históricos, en el corazón de la democracia, y hasta ahora se han documentado más de 22 descriptores adjetivos de democracia (Gagnon 2018). Además, muchos teóricos democráticos contemporáneos comparten una ética pluralista preocupada por evitar un cierre autocrático en torno a lo que constituye la teoría democrática (ver, por ejemplo, Bader 1995; Blokland 2011; Erman 2009; Held 2006; Martí 2017; Moscrop and Warren 2016;). Sin embargo, el simple hecho de reconocer y abrazar esta diversidad por sí solo nos lleva tan lejos. (What Is Democratic Theory? Rikki Dean, Jean-Paul Gagnon, and Hans Asenbaum 2019).

Advierto que una materia tan atractiva desde el punto de vista del conocimiento y la academia, apenas deje, como lo afirma el estudio citado, testimonios mínimos de examen y, por cierto, ningún intento de problematización que hubiera servido al menos para desentrañar parangones que nos asistieran hoy en la tarea, convoca y glosa una dinámica que nos ayudará de algún modo y que trabajaremos, Dios mediante, la semana próxima.

Fuente:
https://www.elnacional.com/opinion/sobre-algunas-aporias-de-la-democracia-actual-ii/

domingo, 17 de noviembre de 2019

DEL VISTAZO LABERÍNTICO

¡Cuidado con los finales felices!
Luis Barragán

Los bolivianos se saben todavía en un proceso prolongado, difícil y contradictorio que tiene por única certeza  la salida de Evo Morales del poder y del país. Empero, es necesario añadir: hasta nuevo aviso.

Otro tanto ocurre con Chile, sacudido por las violentas protestas callejeras. Al parecer, la asamblea nacional constituyente – cual panacea – es el propósito compartido por todo  el liderazgo social y político opositor,  temeroso de un radical cuestionamiento.

Lo aconsejable es el seguimiento cercano de la prensa de ambos países, como de las voces calificadas que contribuyan a formar una opinión que vaya más allá de los finales felices que, por un viejo hábito telenovelístico, los venezolanos alimentamos. En 48 horas, Chávez regresó al  poder luego de creerlo, con Carmona, desterrado en el pretendido  último capítulo, como antes fue muy poderosa la ilusión de un plumazo constituyente para solventar cuánto escollo apareciese en el camino, resolviendo la trama.

El Foro de Sao Paulo ha perdido un importantísimo alfil en el sur del continente y cejará por recuperarlo de diez mil maneras, con o sin Morales, mientras que, cumplido un objetivo táctico, seguirá halando la soga para el suicidio de la llamada clase política opositora chilena, mientras que la boliviana se le resiste eficazmente. La izquierda anacrónica y anti-occidental, pactada continentalmente, como bien lo refirió nuestro amigo Julio César Moreno, no inventó los problemas, por muchísimos años postergados, pero – esta vez – ha tenido la sagacidad, malicia y – Odebrecht, como un ejemplo más – los recursos abundantes para adelantar una empresa que jamás abandonó Fidel Castro, legándola a quienes después pugnarán por sendas armas nucleares para emular al norcoreao.

Lo aconsejable es cuidarnos de los finales felices  que solemos versionar, por más que la procesión ande por dentro, concebida la marcha o concentración del sábado 16 como una suerte de réplica a lo acontecido en el sur,  sin contar con  los objetivos  precisos que reclamó insistentemente la Fracción Parlamentaria del 16 de Julio y, particularmente, Vente Venezuela.  Nuestro país, es el epicentro de  la estrategia ampliada de los paulistas que obliga a un entendimiento diferente, decidido y sustancial en la conducción opositora que, faltando poco,  tiene en casa propia la soga, pudiendo precipitarse por unas escaleras que tantos sacrificios – el de todos – costó trepar.

APOSENTO EXTENDIDO DE UNA CRISIS

Quid ultra faciam?
Guido Sosola

El problema de las universidades sigue agravándose ante la indiferencia generalizada de la llamada clase política, tentada ahora por el juego electoral que antepone al propio cese de la usurpación que tanto perifoneó. Por supuesto, hablamos de un terreno específico  y exigente en el que no se puede piratear, necesitado de  la indispensable orientación opositora para correr juntos hacia la libertad, salvando la autonomía universitaria y la existencia misma de la universidad en Venezuela.

Corre el plazo literalmente ordenado por la dictadura para realizar los comicios a su manera, en febrero de 2020. Está a la vuelta de la esquina, pero la conducción parlamentaria se limita a pocas cosas, entre ellas, a realizar un debate donde desfilan varios oradores con un trillado mensaje e intervienen, como invitados especiales, dirigentes gremiales que lo repiten y, después, cada  quien a su casa, quedando como una suerte de acto cultural de la escuela, donde sólo faltó bailar la burriquita.

Tamaña indiferencia es la que permite que surjan en importantes casas de estudios, maniobras destinadas a congraciarse con el régimen y obtener algunas prebendas inmediatas que por ley debe cumplimentar el tal ministerio de Educación Superior. El caso  está en que se articulan aspiraciones muy definidas para “competir” en el venidero febrero, bajo las reglas inconstitucionales que desean imponerse: les da igual a los distintos aspirantes al solio rectoral haberse retratado  públicamente en el consabido acto del Aula Magna y, por ahora, privadamente hacerlo con los funcionarios ministeriales para afinar una estrategia que convaliden la famosa sentencia del TSJ. ¿Total, no hay panas en  la AN que comprenden bien la movida y, luego, un favor por aquí y, otro, por allá, no arregla todo?

Esta complicidad tácita y expresa, se explica por la cátedra que ha sentado la clase política, pues, compartiendo el CNE con el  propio régimen del que dice abjurar, está presta a celebrar las elecciones presidenciales que Diosdado limita sólo a las parlamentarias. Entonces, ¿si la AN entra en combo con sus verdugos, qué más tenemos que hacer de acuerdo al latinazo que nos sirve de título? Sin embargo, algo muy diferente es el carnestolendo propósito de burlar la confianza ciudadana al asociarse con la dictadura para unos comicios de resultados ya cantados, y muy otra celebrar las elecciones de acuerdo a la Constitución y la Ley de Universidades para derrotarla y rechazar la parodia que cuenta con sendas complicidades en varias universidades.

Las generaciones recientes no supieron nunca de las célebres sillas de extensión de décadas anteriores, en las que se estudiaba pasada la medianoche en las seguras plazas públicas de ciudades y pueblos, y menos aún conocen el nombre de Jesús María Bianco (el infame, como lo llama nuestro amigo Nicomedes Febres), quien se convirtió en todo un símbolo de la autonomía universitaria, aunque ésta sirvió de burladero para la insurrección armada que, después de la derrota, vivió simplemente del presupuesto universitario. Parece mentira que por muchísimo más de lo que pasó antes, violentada y empobrecida cada universidad, la autonomía no sea una bandera nacional,  al liderazgo opositor le importe un bledo su  suerte y se imponga una suerte de cultura de izquierda que le da – al menos -  el beneficio de la duda a los herederos de Bianco, hoy en el poder.

17/11/2019:
https://www.lapatilla.com/2019/11/17/guido-sosola-quid-ultra-faciam/
https://newstral.com/es/article/es/1139843152/guido-sosola-quid-ultra-faciam-

miércoles, 2 de mayo de 2018

PODA

Biblioteca USB. Al fondo, los ficheros
Érase una distinta y elocuente clase política (o del arbolito de navidad)
Guido Sosola


La curiosidad nos llevó a la Universidad Simón Bolívar y su semana latinoamericana y caribeña, en una actividad programada por el Instituto de Altos Estudios de América Latina, a través del Centro Latinomericano de Seguridad. Como vemos, así, algunos dirán que no era fácil llegar al sitio, salvo los más familiarizados con las tareas ordinarias de una academia – faltando el detalle -  presupuestariamente asfixiada.

Lo cierto es que estuvimos en dos de las mesas de discusión, en un auditorio al que se accede a través de una acogedora biblioteca que exhibe también un fichero manual que llamó la atención de un par de jóvenes: viéndolos por unos diez minutos,  jamás habían palpado unas fichas, sonriendo juguetonamente al apoyarse en una de las gavetas del insigne mueble. Continuamos nuestro camino y nos vimos en la mesa dedicada a los representantes de los partidos que tuvieron una más acusada identidad ideológica en el siglo XX.

Hubo novedades en las exposiciones, como ha de ocurrir en una actividad académica que sea tal e intente sintonizar con las realidades actuales. En efecto, aunque no pormenorizaran en torno a los seguidores o, en propiedad, a la escuela y a la tradición política que fundaron,  nos preguntamos sobre cuáles equivalentes tenemos hoy de Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Jóvito Villalba, Gustavo Machado y Luis Beltrán Prieto Figueroa.

Tomemos el ejemplo de Prieto y veremos que, independientemente de su vigencia, para llegar a la tesis del Estado Docente, en trance de su senaduría en los años treinta, dedicó muchas horas al estudio, a la investigación y al intercambio con los más entendidos y, ello, no era en nada incompatible con el perfil de un liderazgo popular, cuya margariteñidad le salía por los poros, ni con la acción en el mundo del específico gremio magisterial.  En lo personal, ocurriendo algo semejante con sus colaboradores más cercanos, estaba cultural y profesionalmente bien equipado y, aunque la política fuese una vocación inevitable, podía perfectamente dedicarse a  cosas alternas; acotemos, construyendo una propia, el orejón venía de la escuela del empedernido fumador de pipa.

Nadie está pidiendo que el dirigente político sea una suerte de Sócrates deambulante y de una imparable mayéutica en cualesquiera espacios que se presente, pero es demasiado obvio que, en una etapa de quiebre histórico, como la nuestra, urgidos de la más pronta reconstrucción posible de la mismísima República, ya estamos hartos de la improvisación, la ignorancia, la  piratería, la pose, el “tirarse una parada” como hizo Chávez Frías, cuya imitación es deplorable en las propias aceras de la oposición.  A mí, que no me simpatiza precisamente César Miguel Rondón, entiendo el asombro que le causó lo dicho por un parlamentario, a propósito de un “arbolito de navidad” (http://epmundo.com/2018/escuche-aca-la-descarga-que-le-dio-cesar-miguel-rondon-a-este-opositor) y recordaba con qué placer leí el libro “Historia de las ideas en Venezuela” de David Ruíz Chataing, de factura reciente, sobre los planteamientos y la calidad de los planteamientos de una dirigencia que publicaba sus artículos, libros, folletos, etc., al igual que tenía sentido de las cosas prácticas.

Hemos retrocedido demasiado en Venezuela y la clase política así lo revela, bastando con irse a Youtube y apreciar, en sus espacios naturales, cuánta diferencia hay entre los discursos de una Asamblea Nacional ya de varios lustros y los discursos de un Congreso de la República que sentó al liderazgo nacional, al liderazgo intermedio, al liderazgo de las más variadas vertientes políticas, sociales e ideológicas, empuñando el micrófono con la soltura, versatilidad y  hondura que le garantizaba el buen equipaje. Y a mi nadie me venga con la pendejada de la postmodernidad y afines, porque esto, lo de ahora, es premodernidad, barbarie, tribalismo, insensatez, sobreviviendo una concepción de la vida y de las cosas que legó Osmel De Souza.

Érase una muy distinta y elocuente clase política,   incomparablemente mejor equipada, formada y adiestrada que la de hoy, la que – imagínense – tiene la responsabilidad de reconstruir al país. Por ello, celebro dos textos que responden indignados ante un fenómeno demasiado propio de la crisis que nos aqueja, como los alusivos de Luis Alberto Buttó y Humberto González Briceño, en La Patilla.

02/05/2018:
https://www.lapatilla.com/site/2018/05/02/guido-sosola-erase-una-distinta-y-elocuente-clase-politica-o-del-arbolito-de-navidad/
https://venezuelaunida.com/guido-sosola-erase-una-distinta-y-elocuente-clase-politica-o-del-arbolito-de-navidad/

Salida USB
El arbolito ideológico
Luis Alberto Buttó 

La metáfora del «arbolito de navidad», utilizada por cierto diputado de la oposición para responder acerca del qué y el cómo de la realización de la jornada de protesta convocada para el pasado 27 de abril por el llamado «Frente Amplio Venezuela Libre», más allá de representar otra de las tantas anécdotas vergonzosas que ilustran el bestiario político-partidista que campea en la sociedad venezolana por lo menos desde hace dos décadas, configura demostración palmaria de la escasa, por no decir inexistente, formación ideológica que caracteriza al liderazgo político nacional; es decir, la desoladora e inmensa orfandad teórico-conceptual en que éste se encuentra.

Sin dejar de reconocer las notables excepciones del caso, es dable puntualizar que, en proporción abrumadora, el liderazgo en cuestión es fundamentalmente ágrafo e iletrado. Lo primero, hace rato quedó en evidencia en tanto y cuanto jamás se atrevió a poner por escrito las ideas que supuestamente le nutren el pensamiento acerca del país, su presente y su destino. De hacerlo, no superaría el estéril e infantil ejercicio de borronear sobre papel. Lo segundo, porque sus manos desconocen el acto de sostener un libro para algo más que encontrarle el sitio adecuado en la pequeña biblioteca de la casa o el despacho. Esto último constituye la razón por la cual aún no descubre que la lectura destinada a facilitar la exacta comprensión de las complejidades sociales, es imposible realizarla en ciento cuarenta caracteres. Inmediatez y estulticia de por medio, jura que el concepto pretorianismo refiere a la guardia personal de los emperadores romanos y evoca algún plato de la gastronomía alemana cuando se tropieza con el vocablo grundrisse.

Para justificar tan desacertadas conductas, los integrantes de este liderazgo se atrincheran en excusas abiertamente lastimosas. Por un lado, suelen enrostrarle a quienes los critican que lo hacen anclados en la mera teoría y reivindican el hecho de que ellos no tienen tiempo para disquisiciones academicistas porque todos los días están «pateando» la calle. Al atrincherarse tras ese escudo, no perciben que poco provecho rinde andar a campo traviesa en una sociedad de la cual ignoran los móviles profundos de su desenvolvimiento. Desconocen con toda la intensidad del verbo que ningún conjunto social es lo que es sino lo que viene siendo y que descifrar ese lo que viene siendo sólo es producto del estudio sistemático, concienzudo y sereno de la realidad en sus dimensiones pasada y presente; la identificación de las constantes históricas, por ejemplo.

Por otro lado, justifican la simpleza y parquedad del vocabulario desplegado en cuanta oportunidad se les presenta, recalcando que el lenguaje utilizado es aquel que es entendible por el pueblo. Se ufanan de hablar de aquello que al pueblo le interesa, de aquello que el pueblo comprende. En primer lugar, al pronunciarse en tal sentido, demuestran que no tienen ni remota idea de lo que el constructo pueblo significa. En segunda instancia, a ese conglomerado que pregonan enaltecer, en realidad lo desprecian a rabiar al considerarlo corto de entendimiento. En resumidas cuentas, quien mal habla no lo hace porque provenga del pueblo o porque quiera darse a entender por el pueblo. Habla mal porque es ignorante y punto. Lo demás son puras zarandajas.
Es necesario recordar que las luces de un arbolito de navidad son festivas, no intelectuales. ¡Ay del país dirigido por quien no entienda la diferencia!

Fuente:
https://www.lapatilla.com/site/2018/04/29/luis-alberto-butto-el-arbolito-ideologico/


Biblioteca USB
El “arbolito de navidad” de la MUD Humberto González Briceño

 En Venezuela hay dos tipos de oposición: la oposición radical al régimen y la oposición estilo MUD. La primera es la respuesta instintiva de millones de venezolanos que comprenden que el fin de esta pesadilla pasa por el derrocamiento de la tiranía y la ruptura innegociable con el estado chavista. Es espontánea e insolente. Es la oposición que ha madurado y aprendido, luego de diecinueve años de engaños y desesperanzas con una dirección política “opositora” que siempre ha colaborado y traicionado.

La otra, es la oposición de siempre, negociadora y colaboracionista con el régimen. Ha sido la responsable de promover la ilusión electoral que atornilló al régimen chavista, al inmovilizar al pueblo y descartar la confrontación directa. Esta es la oposición que intenta cubrir su rastro con maniqueos llamados a protestar en horas de oficina y una insincera proclama por la abstención electoral.

Mientras la semana pasada el Frente Amplio de la MUD convocaba una protesta tipo “arbolito de navidad”, como lo dijo un anodino diputado de Primero Justicia, Venezuela ya tenía más de doce semanas con vigorosas protestas en la calle — continuas y espontáneas— las cuales no ha podido detener el gobierno.

Estas protestas que se salen del guión de la MUD recorren toda Venezuela, y son el resultado de un aprendizaje social y la convicción de que al chavismo se le expulsará del poder solo por la vía de la fuerza. Seguirán, aumentarán, a pesar de la represión del régimen, y de la falsa oposición con su “arbolito de navidad” como icono de la banalidad y la hipocresía política.

Fuente:
https://www.lapatilla.com/site/2018/05/02/humberto-gonzalez-briceno-el-arbolito-de-navidad-de-la-mud/

sábado, 7 de abril de 2018

DE LA CLASE POLÍTICA

Érase Jorge Eliécer Gaitán
Guido Sosola


Pocos acontecimientos han estremecido profundamente al continente, como el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en la Bogotá del 9 de abril de 1948, al día siguiente de la extraordinaria defensa que hizo de un oficial en los tribunales. La ciudad se estremeció ante la noticia, sublevándose de mil maneras y, siendo tan profusa la literatura alusiva, real y de ficción, bastará con evocar las escenas de Gabriel García Márquez en sus memorias, incluyendo la máquina de escribir que voló por los aires, para preciar algo que tuvo más de realismo que de magia.

Lo que fue el típico enfrentamiento de liberales y conservadores colombianos que, después, dará paso a la dictadura y a las guerrillas, contextualizando el crimen, todavía sirve de lección para propios y extraños en relación a la suerte de las libertades públicas, la democracia y la pobreza crónica latinoamericana. Sobre todo, respecto al liderazgo político que, por cosas quizá del azar, encontró 70 años atrás, en la capital neogranadina, a un jovenzuelo, como Fidel Castro, y, hay que decirlo, convertido posteriormente en un estadista, como Rómulo Betancourt, al frente de la delegación venezolana en la IX Conferencia Interamericana.

Desde siempre, posiblemente con una intensidad ahora sin equivalente, los venezolanos vivimos la situación colombiana como propia. Entre mis archivos, todavía conservo la larga entrevista que le hiciera Aquiles Nazoa a Gaitán para El Nacional de Caracas (12/11/1945), aunque perdí otros referidos al impacto en Caracas del homicidio, a corto y mediano plazo.

Convengamos en los excesos del populismo de entonces, la violencia inaudita y la irresponsabilidad militante de los voceros del status quo, crónica y duradera, pero también en dos facetas importantes del liderazgo encarnado por Gaitán. Una, la extraordinaria defensa que hizo de las causas populares, dándole protagonismo a la chusma despreciada en el antiguo virreinato, pagando un alto precio al iniciarse – apenas – la Guerra Fría, a la que se le deja intactas y disponibles, como masa, a la aviesa imaginación de las más variadas corrientes de un tercermundismo recurrente, como ha acaecido en la Venezuela del siglo XXI; y, la otra, las cualidades personales de una dirigencia arrojadiza, temperamental y no menos valiosa de compararla con aquella tan docta en las intrigas de palacio, improvisada y temeraria aún en los momentos de las insólitas crisis que suelen parir un aventurerismo de salón, además, llamando a un diálogo por cuyos fracasos no desean responder, con la dictadura.

Un orador fuera de serie, aunque en lo personal no gustamos nunca del timbre de voz, por el testimonio magnetofónico que todavía circula, Gaitán igualmente fue un insigne penalista que, de no ocuparse tanto de la política de calle, como se vio forzado a hacer, me atrevo a decir que hubiese dejado una importante obra escrita más allá de las defensas ejercidas en el estrado.  En la era de la sociedad de la información y del conocimiento estratégico que los venezolanos dejamos atrás, extrañamos a una clase política que, común en el continente, suficientemente demostrado en décadas cada vez más remotas, fue inteligente y reflexiva, porque la política misma conjugó el hacer y el pensar como muy pocos lo sospechan en el presente: el ruido de las cosas al caer.

07/04/2018:
https://www.lapatilla.com/site/2018/04/07/erase-jorge-eliecer-gaitan-por-guido-sosola/
https://www.scoopnest.com/es/user/la_patilla/983240654305316864-erase-jorge-eliecer-gaitan-por-guido-sosola-
https://venezuelaunida.com/erase-jorge-eliecer-gaitan-por-guido-sosola/erase-jorge-eliecer-gaitan-por-guido-sosola-2/
https://apuntoenlinea.com/2018/04/07/erase-jorge-eliecer-gaitan-por-guido-sosola/

lunes, 28 de enero de 2013

DES-AFECTACIÓN

EL PAÍS. Madrid. 29 de Enero de 2013
LA CUARTA PÁGINA
Elogio y desprecio de la clase política
Sin representantes públicos nos ahorraríamos sueldos y algunos espectáculos bochornosos, pero perderían la representación de sus intereses y aspiraciones de igualdad los que no tienen otro medio de hacerse valer
Daniel Innerarity 

Nos recuerdan las encuestas que este es nuestro principal problema. La misma expresión “clase política” incluye un desafecto, alude a una distancia, a una falta de coincidencia entre sus intereses y los nuestros. No es nueva esta crítica; lo novedoso tal vez sea que, gracias al poder multiplicador de los medios y las redes, la crítica ha adquirido las dimensiones de un auténtico linchamiento. Además de las causas objetivas que justifican este malestar (que van desde la incompetencia hasta la corrupción), se ha producido una constelación desfavorable hacia la política por muy diversos motivos, a veces incluso contradictorios, como es frecuente en las coincidencias reunidas en torno a la indignación: unos están seducidos por el éxtasis de la democracia directa; otros tienen aspiraciones más modestas en torno a la reforma electoral; los hay que hacen un cálculo de rentabilidad y se preocupan porque tal vez los políticos sean demasiados y ganen en exceso; otros se frotan las manos porque una sociedad con un sistema político débil les beneficia…
Cabe destacar entre las expresiones de nuestro malestar la performance de rodear el Congreso, un gesto que tiene menos sentido que la vieja ley británica que prohibía a los representantes morir en el edificio del Parlamento. ¿No habría que rodear más bien al resto del mundo —especialmente a los poderes económicos o mediáticos— para que el Parlamento ejerciera las funciones que esperamos de él en una sociedad democrática?
Que los políticos y las políticas dejen mucho que desear es una evidencia en la que no merece la pena perder demasiado tiempo. Tampoco es algo que debería sorprender a quien conozca cómo funcionan otras profesiones, ninguna de las cuales se libra de un serio repaso, con mayor o menor dureza. Ocurre, sin embargo, que esos otros oficios también manifiestamente mejorables tienen la suerte de estar menos expuestos al escrutinio público. La pregunta que yo me hago es cómo pueden encontrarse todavía candidatos para una actividad tan vilipendiada, dura, competitiva, discontinua, escrutada y poco comprendida. Estoy convencido de que, en general, los políticos son mejores que la fama que tienen. Pero el problema, adelantando un poco mi posición, no es exactamente este. Si así fuera, sería más fácil de resolver con una simple sustitución. A lo que estamos aludiendo cuando tomamos nota de la desafección política es a la crítica hacia cualquiera que esté desempeñando esa tarea (“todos son iguales”, etcétera) y aquí el problema adquiere una naturaleza más grave.
Una actitud crítica hacia la política es señal de madurez democrática, no signo de su agotamiento
De entrada, conviene advertir que la actitud crítica hacia la política es una señal de madurez democrática y no la antesala de su agotamiento. Que todo el mundo se crea competente para juzgar a sus representantes, incluso cuando estos tienen que tomar decisiones de enorme complejidad, es algo que debería tranquilizarnos, aunque solo sea porque lo contrario sería más preocupante. Una sociedad no es democráticamente madura hasta que no deja de reverenciar a sus representantes y administra celosamente su confianza en ellos.
Una buena parte de la desafección política tiene su origen en un error de percepción. En cualquier democracia asentada hay multitud de representantes políticos que realizan honradamente su trabajo, pero solo es noticia la corrupción de algunos. La sensación que nos queda es que la política es sinónimo de corrupción y no advertimos que el escándalo es noticia cuando lo normal es que las cosas se hagan moderadamente bien. Ocurre lo mismo que con los errores médicos: nunca se habla en los medios de comunicación de las operaciones bien hechas, sino las fallidas y de ahí a sacar la impresión de que los médicos lo hacen mal no hay más que un paso. Gracias a los medios de comunicación el poder se ha hecho más vulnerable a la crítica, pero su lenguaje crispado y el mensaje de fondo que así transmiten ha extendido una mentalidad antipolítica. Una cosa es desvelar la mentira, ridiculizar la arrogancia y dar cauce a las voces diferentes; pero esa insistencia en lo negativo tiende a ocultar otras dimensiones de la política tan importantes como, por ejemplo, el valor de los acuerdos o la normalidad poco espectacular de los comportamientos honrados.
Supuesto lo anterior, y sin dejar de reconocer que la mayor parte de las críticas están justificadas, propongo invertir el punto de vista y preguntarnos si tras algunas de sus versiones menos matizadas no hay una falta de sinceridad de la sociedad respecto de sí misma. En una democracia representativa están ellos porque no estamos nosotros o para que no estemos nosotros. Seguramente es cierto que a la política no van los mejores, pero eso debería preocuparnos más a nosotros que a ellos.
Es contradictorio esperar que el representante sea  como nosotros, pero pedirle cualidades de élite
La crítica ritual hacia los políticos nos permite escapar de ciertas críticas que, si no fuera por ellos, deberíamos dirigirnos a nosotros mismos. ¿Tiene sentido mantener al mismo tiempo ciertas críticas hacia nuestros representantes políticos y exhibir la inocencia de los representados? Hay una contradicción en pretender que nuestros representantes sean como nosotros y al mismo tiempo esperar de ellos cualidades de élite. Es imposible que unas élites tan incompetentes hayan surgido de una sociedad que, por lo visto, sabe perfectamente lo que debería hacerse. Aquí se pone de manifiesto que el populismo es un “igualitarismo invertido”, es decir, un modo de pensar que no se basa en la creencia de que el pueblo es igual que sus gobernantes, sino de que es mejor que sus gobernantes. Si los políticos lo hacen tan mal, no puede ser que los demás lo hayamos hecho todo bien.
Hay una paradoja tras la crítica de la política que podríamos llamar “la paradoja del último vagón”. Me refiero a aquel chiste acerca de unas autoridades ferroviarias que, tras descubrir que la mayor parte de los accidentes afectaban especialmente al último vagón, decidieron suprimirlo en todos los trenes. De acuerdo, supongamos que la política no funciona. ¿Cómo se suprime a toda la clase política? ¿Quién la podría sustituir? ¿Quién mandaría en un espacio social sin formatear políticamente? ¿A quién beneficiaría un mundo así? La política es una actividad que se puede mejorar pero, sobre todo, algo inevitable. Los populismos ignoran u ocultan esta inevitabilidad; extienden la desconfianza hacia los políticos como si fuera posible que de su actividad se hicieran cargo quienes no lo son o actuando como si no lo fueran. Hay quien en el fondo tiene una aspiración de suprimir la mediación que la representación política supone: consultas sin deliberación, marcos constitucionales irrevisables, imposición sin reconocimiento, mandatos imperativos… Una cosa es introducir procedimientos para contrastar la voluntad popular o para impedir que los representantes se eternicen —participación, rotación en los cargos, prohibir la reelección— y otra pretender una superación de la democracia representativa.
En el desprecio a la clase política se cuelan no pocos lugares comunes y algunas descalificaciones que revelan una gran ignorancia acerca de la naturaleza de la política y promueven el desprecio hacia la política como tal. A estos críticos deberíamos recordarles el principio de que siempre que se impugna algo estamos en nuestro derecho de exigir que se nos diga qué o quién ocupará su lugar. Para ser razonable la crítica debe medir a quién favorece en ocasiones su desproporción. Estamos hablando de incompetencia y de este modo favorecemos que los técnicos se apoderen del Gobierno; criticamos su sueldo y justificamos así que se entregue la política a los ricos; la descalificamos globalmente y asienten con entusiasmo quienes no le deben nada a la política porque ya tienen un poder de otro tipo.
¿Hay algo peor que la mala política? Si, su ausencia, la mentalidad antipolítica, con la que se desvanecerían los deseos de quienes no tienen otra esperanza que la política porque no son poderosos en otros ámbitos. En un mundo sin política nos ahorraríamos algunos sueldos y algunos espectáculos bochornosos, pero perderían la representación de sus intereses y sus aspiraciones de igualdad quienes no tienen otro medio de hacerse valer. ¿Que a pesar de la política no les va demasiado bien? Pensemos cuál sería su destino si ni siquiera pudieran contar con una articulación política de sus derechos.
(*) Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y profesor visitante en el Robert Schuman Centre for Advanced Studies del Instituto Europeo de Florencia.

Ilustración: Eulogia Merle.